Editorial de la edición número 2 de la Revista Ultraversal, por Gavrí Akhenazi

El asunto del rol en la narrativa convencional

Cuando un escritor enfrenta el desarrollo de la idea narrativa y debe comenzar a plasmar todos los detalles que compondrán el texto, descubre que el trabajo de explayar una idea tiene resortes mucho más complejos que no se contemplan dentro de la idea original, que es lo mismo que una semilla.

Un escritor tiene una idea o sea una semilla.

Sabe por ejemplo que es una semilla de cerezo  y tiene más o menos una idea “normal” de cómo es un árbol de cerezo. Ese será su marco. Pero luego, cuando comienza a germinar la semilla, resulta casi imprevisible la cantidad de brotes que surgen a medida que se enlazan las acciones entre los planos y sus habitantes.

La narración es algo prácticamente imprevisible, incontrolable inclusive hasta para el autor que de lo único que es dueño, por volver al ejemplo anterior,  es de “una semilla de cerezo” que “teóricamente” por ser una semilla de cerezo dará un árbol de cerezas, aunque a veces, ni ese postulado se cumple y aparecen otras frutas colgando de las ramas.

Por ser la narración un trabajo de relativa longitud, es una especie de monstruo autofecundante, que se gema a sí mismo en cada oportunidad que tiene de concebir un orgasmo, así que el escritor enfrenta ese imperioso afán copulador que tiene el ente con el que trabaja. Por ejemplo, los roles protagónicos.

El autor normalmente parte de la trilogía: protagonista, agonista, antagonista y seres anexos que pueden ser diferentes o comunes a las tres posiciones de rol protagónico.

De repente y a mitad de trama, advierte asombrado que el planteado como “antagonista” es tan rico en matices, tan complejo psicológicamente y tan especial en sus acciones, que comienza a opacar al protagonista o por lo menos, a resplandecer a su par de tal manera que el autor  —mientras termina de darle forma a esa novela— ya se ve exigido por esa otra personalidad naciente a escribir una nueva, en la que ese original antagonista se transforme en protagonista.

También sucede con algunos personajes secundarios que no pertenecen a la trilogía, pero que, en un punto dado, es tal el clima creado a su alrededor o tan oportuna y fascinante su intervención, que el autor comienza a buscar las causas de ese “desborde” y termina asombrado por las virtudes de un personaje con el que capítulos antes no contaba.

Y también sucede el hecho inverso.

El protagonista resulta ser un anodino intrascendente del que es prácticamente imposible remontar la personalidad y queda allí, tristón y sin rasgos, abúlico y desteñido.

No se trata de imprimir personalidades ponderosas a los protagonistas y obligarles a mantener el tipo, porque con el transcurrir de los capítulos, ellos mismos demuestran sus facetas desconocidas y humanas y van transformándose, mal que nos pese, en lo que realmente son.

El autor bosqueja a sus personajes. No los conoce, realmente.

Abre una caja con varios muñequitos, los bautiza, los pone en un retablo y ellos, extraordinariamente, cobran vida a medida que oyen el tiqui-tiqui-tiqui de las teclas y empiezan a escribirse, prácticamente, solos.

El autor que no permite que sus seres imaginarios (aunque sean reales, dentro de la cabeza del autor son seres imaginarios) se desarrollen y trata de luchar e imponerles personalidades a sus ficciones humanas, rara vez resulta convincente.

Esa es la magia del trabajo literario narrativo: la espontaneidad de lo que el autor no conoce de sí mismo y que se plasma como un acto místico en el papel.
Un autor que pueda conseguir que la novela “se escriba sola”, será ampliamente versátil y podrá explorar y explorarse, en todos los tipos de género y con todo tipo de argumentos.

Los personajes jamás mienten.

Son los autores los que, como quien domestica a un tigre, los obligan a mentir a fuerza de rigor, siguiendo un argumento.

El argumento es solamente la tierra del camino. Todo lo demás es la magia que nace del don y que es inexplicable para quien no la haya experimentado.

Todos los hombres estamos llenos de seres que desconocemos.

El escritor les permite hablar de sus historias. Es el ghost writter de su propia pluralidad.

Acerca de Gravrí Akhenazi

Poesía de Vicente Mayoralas

Por Isabel Reyes Elena

Vicente Mayoralas nace en la Solana, provincia de Ciudad Real (España), y fallece en Madridejos (Toledo) en 2012 tras una larga y penosa enfermedad. Engrosa ya el elenco de grandes poetas, escritores y artistas que nos ha dejado en herencia La Mancha.

De grandes inquietudes, empezó a sentir atracción por la poesía desde la infancia, dada su inclinación natural a la filosofía y la esencia de la naturaleza humana.

Tras la muerte prematura de su padre ingresa en la Legión Española que le marca profundamente y forja su carácter, para posteriormente incorporarse  a  las Fuerzas y cuerpos de Seguridad del Estado.

De formación autodidacta y amante de las formas clásicas, utiliza una retórica sencilla y fácilmente inteligible con el objetivo de establecer una comunión con todos los lectores. Una poesía que incluye al yo poético, o que lo excluye explícita y voluntariamente, para pintar escenas, personajes y paisajes con palabras. Como él mismo afirmó, “una poesía en blanco y negro”.

Fue “el poeta de la búsqueda”, siempre a la espera de respuestas que no llegan. La primera fue en la tierra, en la existencia física del hombre, de ahí poemas en los que rememora su infancia y sus primeros referentes vitales, y donde sabe captar la árida dureza de los campos manchegos.

Al no hallar respuesta, comienza una bús-queda espiritual dentro de sí, una especie de Vía Crucis que le fue elevando del mismo suelo a las alturas. Desde su duda existencial crea su mundo más íntimo, un lugar infranqueable para capear las borrascas.

En su Poética de la Agonía vislumbra ya la muerte como un tránsito cercano y su serenidad se mezcla con la inquietud de resolver sus propios enigmas personales. De ahí a debatir con Dios, al que busca y no encuentra, al que niega pero acepta, en un contrapunto en blanco y negro tan típico de su personalidad, una persona de contrastes.

Al fin, estando ya gravemente enfermo, escribe sobre la lucha y aceptación de la muerte, abrazando a Dios en sus últimas instancias.

Murió con la elegancia del Legionario que abraza a la muerte en un acto de valentía, sin hacer ruido ni lamentarse, y dejando en Ultraversal sus últimos poemas impregnados de un realismo estremecedor.

Verso del arado

Cómo me gusta el verso del arado
cuando labra la tierra estremecida,
y cómo de su amor surge la herida,
hecha surco: poema cultivado.

La rima en su quehacer es el legado
secular de sustento, propia vida,
donde la mano terca y dolorida
de la necesidad, y su dictado,

convierten el arado en el apero
que utiliza el poeta de la tierra;
cada surco es un verso, y cada verso

melodía perfecta, voz de arriero,
y el hálito del hombre que se aferra,
metáfora suprema, al universo.

Vicente y su duda

Vicente fue un chiquillo con tendencia
a no dar por sentado cosa alguna;
su herencia fue el ingenio de la hambruna
y una dosis sobrada de impaciencia.

Su mundo era un por qué, una exigencia,
buscaba una respuesta sin fortuna,
oía explicaciones, mas ninguna
otorgaba a su duda transparencia.

Quería comprender, pues no entendía,
la razón verdadera de este mundo
y por qué la presencia de lo humano.

Le dijeron que Dios se lo diría,
pero un silencio terco y tremebundo
acompañó su espera hasta lo arcano.

Gente sencilla

Su caminar es lento, concienzudo,
se rige por el tiempo de labranza,
de sol a sol, con ritmo de una danza,
con el atril del cielo por escudo.

Es parco en la palabra, el gesto rudo,
la mirada de siembra y enseñanza,
que sabe que las prisas son tardanza
y el dicho inteligente siempre mudo.

Es hombre agradecido, temeroso
de Dios, un buen cristiano y fiel esposo,
que lleva en el calvario de su frente

la señal de la cruz desde que nace;
amante de su tierra, donde pace,
y dueño de una vida indiferente.

La huella del hombre (VI)

Debajo de mis pies, por los rastrojos,
la sequía estrangula todo anhelo.
Oprime la solana. El sol ahoga.
La tierra se bifurca en soledades
y en sus raíces drago mis silencios.
Suspira la esperanza en el crepúsculo,
teñida de sopor, bajo el azul
desmedido de un cielo que no entiende
de oraciones. Aquí, por la llanura,
se crían las verdades primigenias;
nace el olvido, áspero y cerril,
mientras la vida brota hacia adentro,
hasta la muerte, en busca de su origen.
Soy un hombre curtido en el secano,
con el ayer a cuestas y mi infancia
en ristre y la sonrisa del hoy. Alguien
que sabe que vivir es algo más
que un simple recorrido por el tiempo.
A golpe de azadón, con estas manos
que adoran y estremecen cuanto tientan,
me siembro en la aridez de los eriales
y cavo, junto al alma, su alarido.

Al Cristo de la buena muerte

Me llago en tu dolor y en tu tristeza,
y venero tu imagen dolorosa
donde la pena íntima reposa
sobre el llanto sublime que te reza.

En ti sangra el amor y la pobreza,
el sueño de otra vida más gozosa,
la fe inquebrantable y generosa
que te ayudó a morir con entereza.

Te siento tan cercano, tan adentro,
que brota en mí la sed de tu creencia
y en duelo el corazón al recordarte,

pues soy un pecador que va a tu encuentro
en busca del perdón y la indulgencia
que me procura el hecho de rezarte.

Profundidades

Crezco hacia adentro, boca abajo,
con el gesto sombrío
y la mirada en balde,
mientras escarbo más y más,
como si no supiera
que cuanto más me aleje de la superficie
las lombrices custodias de la duda
envolverán mi marcha.

Qué hondo que me encuentro de esta vida.
Cuántos metros de sombras nos alejan.
Y cuánta soledad une y separa
al hombre del silencio.

Sepultado en la umbría de mis noches
habito en las entrañas de la tierra,
ceguera de mi alma,
mientras anhelo
una luz que ilumine mi crepúsculo
y pueda verme como soy.

Poemas de la agonía

En busca de Dios

I

Oh, Dios, vengo a buscarte entre los vivos,
en el aliento humano, entre sus dudas,
en esas cotidianas y menudas
cosas que el hombre escribe en tus archivos.

Revierte mi ansiedad en sucesivos
rezos. Sigues callado y me desnudas
palabra por palabra entre las mudas
calaveras de hombres pensativos.

Necesito de Ti.  Mas no te encuentro.
La soledad del huérfano me habita
y en cada cita surge el desencuentro.

¡Señor! ¡Señor!, ¿por qué no me respondes?
¿No sientes mi dolor que resucita
cada vez que te busco y Tú te escondes?

II

Ay, Dios, cuánta amargura contenida
en este rezo agrio de salmuera.
Te busco en vano, en vano entre la cera
de una fe por el tiempo derretida.

Sé bien que no me escuchas y la herida
de tu silencio sangra como fiera
salvaje acorralada y prisionera
que busca libertad en su estampida.

Un resquemor, la duda de si existes
chirría en mi interior hasta atronarme
y sordo, como Tú, medito y duermo

en ese paraíso de los tristes,
humanamente dócil, sin hallarme,
con el ansia y la fiebre de un enfermo.

Mi DNI

Le sobran horas a mis días. Todos
son iguales. Hartazgo es lo que siento.
Trago a trago con vino me reinvento
bebiéndome mi drama por los codos.

Hablo de mí con esos malos modos
que utiliza la nube contra el viento,
y el rayo destructor de su lamento
convierte su abundancia en propios lodos.

Miro hacia el cielo, pero el cielo calla,
y en la noche derivo en plena ausencia
rodeado de excesos sin latido.

Mi voz tan sólo, que el silencio acalla,
me llama por mi nombre en su demencia.
Soledad es mi único apellido.

A solas con la muerte

He muerto de repente. Con lo puesto.
A solas y encerrado en mi retiro.
Me fui tal como vine: en un suspiro
de impotencia. El rostro descompuesto.

Deshabitado en mí quedé traspuesto.
La vida me mordió, como un vampiro,
sedienta e insaciable. No respiro.
No noto nada. Y a materia apesto.

Todo está consumado. Sin adioses
ni lágrimas me voy por donde vine.
Yo no elegí la vida ni la muerte.

Me llevo a mis demonios y mis dioses
en espera a que el tiempo me fulmine
y en los brazos de nadie me despierte.

Desnudez

Se me pone la carne de gallina,
dando diente con diente miro el cielo
mientras mi corazón se aferra al suelo,
depositario de mi propia ruina.

En la tierra la losa y la sordina
me impedirán que alce alto el vuelo.
—ya se sabe que el mundo es un pañuelo—
Pequeño se me hace en la retina.

La certeza en la muerte por contagio,
la duda en otro mundo, mal presagio,
y todo al retortero y sigo mudo.

Me sobran las palabras y los gestos.
Aquí ya sobra todo. Son los restos
mortales de mis versos al desnudo.

Mi sombra

Por suerte o por desgracia —no se sabe—
nací con un difunto aquí, a mi lado.
Siempre estuvo conmigo, amortajado,
e ignoro si en mi cementerio cabe.

Le pido que a mi alma no la trabe.
Aquí tiene mi cuerpo desangrado.
Y aquí me tiene a mí, medio enterrado
gritándole a la vida que se acabe.

Su presencia es oscura y alargada.
Me sigue a todas partes. Desespero.
Y sin una palabra a mí me nombra.

Sobre el filo siniestro de su espada
camino hacia el final. Mi mal agüero:
es el luto reflejo de mi sombra.

Ipso facto

Si he de morir, que sea ya. Me inquieta
el óxido del tiempo en mi memoria,
pues mañana, mi muerte será historia,
la historia clandestina de un asceta.

Seré un difunto más, sin etiqueta,
un referente anónimo, sin gloria,
un grito, uno más sin trayectoria
que sabe que el olvido le interpreta.

Si he de morir, ahora es el momento,
me siento en paz conmigo, que no es poco,
y a la vida he pagado ya con creces.

Soy múltiplo de cero y me presento
con las manos vacías mientras choco
con el vientre alquilado de mis heces.

Poema de la Agonía

Un día moriré. Uno cualquiera.
Al destino le dejo mi mortaja.
La muerte por mi cuerpo se desgaja.
Y vivir por vivir, sólo es espera.

Morir antes de tiempo no quisiera,
y vivir de alquiler, polvo de paja.
Este estar por estar se desencaja
de este ser o no ser que me exagera.

Me finjo hasta la médula y soporto,
a fuerza de imitar lo que me callo,
la fiebre delirante del enfermo.

Transito por las órbitas del orto
y entre signos de incógnita me hallo,
y entre símbolos fúnebres me duermo.

Acerca de Isabel Reyes Elena

Textos Exclusivos, por Rosario Alonso

Me gusta el olor que desprenden los libros polvorientos. Estar rodeada de ellos me proporciona una inexplicable sensación de calma. A la luz de los fluorescentes que iluminan este sótano, convertido en almacén de libros, ojeo un ejemplar único, del que he tenido noticias hoy mismo.

Juan me telefoneó esta mañana para anunciarme su último y más extraordinario descubrimiento: el ejemplar de un libro del siglo XVIII, escrito en castellano antiguo pero de autor desconocido y contenido aún por descubrir. “Textos Exclusivos”, se titula.

Tardé poco en vestirme y, de forma precipitada, me dirigí a la librería de mi amigo. Tuve que llamar a la puerta, porque el local estaba cerrado. Vi a Juan en el interior, visiblemente nervioso pero con una alegría que se desbordaba por momentos.

—¡Es lo mejor que he encontrado en mi vida de librero! –me dijo nada más penetrar en el local– De hecho, no lo he puesto a la venta porque me lo pienso quedar. Lo siento —su lamentación fue un mal presagio. Yo pensaba ofrecerle un buen precio si el ejemplar mere-cía la pena.

A continuación descendimos por unas estrechas escaleras al polvoriento almacén que Juan, a lo largo de muchos años, había convertido en una biblioteca improvisada, aunque reservando un pequeño hueco para situar una mesa y una lamparita y convertir aquel rincón en un despacho.

Las paredes estaban cubiertas de estanterías y en sus baldas se acumulaban enciclopedias completas, volúmenes sueltos, manuales de todas las ciencias y artes, novelas rosa, negras… de todos los colores. En algunos lugares, a falta de estantes, los libros, acumulados unos encima de otros en altos rimeros, se convertían en columnas de papel que quisieran sostener el bajo techo.

A la luz de la lamparita sobre la mesa de roble del almacén, Juan me mostró el lujoso ejemplar causa de nuestro precipitado encuentro.

—Sólo he tenido tiempo de leer la primera página y, curiosamente —me dice—, el libro empieza con una cita entre un librero y una clienta para hablar de un manuscrito que el primero ha encontrado. Es una sorprendente casualidad —añade tras descubrir en mi rostro una muestra de asombro.

Comienzo a leer y he de darle la razón. Paso la página y las palabras escritas, hace siglos, reviven para infundir cierta aprehensión de la que no sé el origen. Juan, como siempre se retira con cualquier excusa y sube. Sabe que me gusta ojear estos libros a solas, porque hay placeres que sólo se pueden saborear en la soledad.

Así, bajo la luz amarillenta, no puedo contener mi impaciencia. Obvio la encuadernación de cuero negro, sus letras doradas, desgastadas por el tiempo y el olvido. Y leo. Y en la lectura me sumerjo en un pasado que se hace presente, como si el autor o autora de este libro estuviese a mi lado, observando cada movimiento, cada gesto, cada silencio.

De pronto, algo salta junto a mí. Me echo a un lado, atemorizada, e imagino que alguna rata está allí delante, dispuesta a clavarme sus colmillos. Solo encuentro un gato canela que maúlla cansinamente. Tan asustado como yo, vuelve sobre sus patas y sale por el único ventanuco del almacén. Riéndome de mí misma cierro la ventana y vuelvo a la lectura inacabada. Para mi sorpresa, en sus lí-neas encuentro a la mujer y al gato, contados con tal minuciosidad de detalles que pareciera que el autor estuvo presente apenas unos minutos antes, en esta misma habitación.

Una inquietud creciente me invade. Quizá debería dejar la lectura, subir con Juan y olvidarme de todo. Hay momentos en los que la mente ha de limpiarse de los aires mefíticos que la enturbian, sobre todo si se ha respirado el polvo de muchos años.

Pero no, sigo. Al continuar desbrozando el camino literario las alarmas se encienden. ¿Casualidades o causalidades?  En el libro, una novela cae de un estante y provoca un gran ruido al golpear contra el suelo. Escucho. Sólo tengo tiempo de atisbar, entre las penumbras que rodean el halo de luz. Hay un libro sobre el suelo. Siento mi sobresalto. El libro, este libro extraño que Juan ha dejado en mis manos, es más de lo que parece, concluyo y mi corazón se acelera.

Avanzo en la lectura, cada vez más ofuscada por descubrir entre aquellas páginas la clave de tantas casualidades, y cada vez más nerviosa al releer la historia de todo lo que me ha acontecido y sigue acaeciendo en cada minuto de esta mañana llena de enigmas.

Mi lógica de las cosas me hace dar un paso más. Me digo que por qué esperar tanto tiempo si puedo saber cuál es el final. Así que paso todas las páginas de golpe y llego hasta la última. No me atrevo a leer.

Asustada estoy, pero la curiosidad me obliga a una mirada sobre el último párrafo de la página: “Y entonces ella escuchó el sonido de las pisadas que descendían por las estrechas escaleras. Eran pasos lentos, furtivos, como si el que los provocase arrastrara los pies al darlos.  Ella, entonces, levantó la mirada del libro que leía y giró la cabeza…”

Acababa la página cuando escuché, con una nitidez aterradora, esos pasos lentos, pausados, cautelosos que, procedentes de la escalera, se acercaban a mí.

Acerca de Rosario Alonso

Recursos literarios (segunda entrega)

, por Enrique Ramos

Segunda entrega del estudio de Enrique Ramos
publicado en el taller de Ultraversal

Símil o comparación

La actividad de comparar es inherente al ser humano; comparamos de forma habitual para presentar de una manera más plástica, más visual, lo que se quiere decir y, en muchas ocasiones, para concretar un pensamiento abstracto.

En literatura, decimos que SÍMIL o COMPARACIÓN es una figura estilística del pensamiento que sirve para vincular dos o más términos para ampliar la significación de uno de ellos. No es otra cosa que comparar un término con otro a fin de poner en evidencia su semejanza o su diferencia. La comparación  requiere tres elementos:

  1. Un plano o término real (la realidad que vamos a comparar con otra cosa), al que podemos llamar A.
  2. Un plano o término imaginario (o varios), también llamado “imagen”, (la realidad con la que comparamos el plano real), al que podemos llamar B.
  3. Una o varias partículas comparativas, o expresiones que sirvan de enlace y establezcan la relación comparativa entre los dos planos. Entre estos nexos explícitos, el más utilizado es la palabra “como”, aunque se pueden emplear otros como “tan”, “tal”, “cual”, “así como”, además de verbos como “parecer” y algunas formas perifrásticas.

Por ejemplo, si decimos:

Su tez era blanca como la nieve

El término A, el plano real, es “Su tez”.

El término B, el plano imaginario, es “la nieve”.

La partícula comparativa es “como”.

La existencia de la partícula comparativa es importante porque su presencia nos indica que nos hallamos ante una comparación, no ante una metáfora. En el símil o comparación decimos que “A es COMO B”, no que A ES B. Sirva este comentario sólo como pequeño avance sobre lo que es la metáfora, tropo que se analizará más adelante.

La comparación es un recurso estilístico muy potente (capaz de generar gran extrañeza) siempre y cuando resulte sugestiva, ni extravagante ni desmesurada.

Veamos algunos ejemplos:

En primer lugar, un fragmento de un poema de Morgana de Palacios dentro del conjunto de poemas insertados en “Días de Marihuana”, en cuyo segundo verso se utiliza este recurso:

Y vuelvo a mí del Sur, vuelvo a mi Norte,
lamiéndome la duda como una perra herida,
un gesto de salitre me acompaña
y la sonrisa torpe, grisácea por el polvo
de la batalla inútil que pende de mis labios.

O este otro fragmento de un poema de Morgana de Palacios, insertado dentro de “Días de Marihuana”, en el que se puede apreciar un bellísimo símil en el primer verso:

Sólo tus ojos nacen como gemas astrales
para inundar los míos de murmullos silentes,
sólo tus ojos hablan de ríos siderales
y de amores nacidos en diminutas fuentes.

De gran plasticidad es la comparación que nos regala Ángel González en este fragmento de “Quinteto enterramiento para cuerda en cementerio y piano rural”:

El primer violín canta
en lo alto del llanto
igual que un ruiseñor sobre un ciprés

En el que se puede apreciar perfectamente el término real “el primer violín” y el término imaginario “un ruiseñor”.

También de gran hermosura es esta comparación continuada obra de José Hierro en un fragmento de su “Poema para una nochebuena”

Te soñé como un ángel
que blandiera la espada
y tiñera de sangre
la tierra pálida;

como una lava ardiente;
como una catarata
celeste, como nieve
que todo lo olvidara

Por último, dos bellas comparaciones escritas por Miguel Hernández, en uno de sus conocidos Sonetos, cuyos primeros ocho versos reproduzco:

Tengo estos huesos hechos a las penas
y a las cavilaciones estas sienes:
pena que vas, cavilación que vienes
como el mar de la playa a las arenas.

Como el mar de la playa a las arenas,
voy en este naufragio de vaivenes
por una noche oscura de sartenes
redondas, pobres, tristes y morenas.

Enrique Ramos

La vida en blues / Ceguera del agnóstico / Ha pasado un ángel, por Jordana Amorós

La vida en blues

Las lágrimas que esperan ser lloradas
no han de saciar jamás la sed del diablo.

Es más
que una penosa anécdota,
que una tribulación común y cotidiana.

Cuando la piel es dolor,
cuando la carne es dolor,
cuando la sangre es dolor
sin tregua.

Cuando es dolor esa amena polilla
que carcome tus vísceras,
que amedrenta tus huesos
y se vuelve presencia omnipresente
que modula,
tu existencia y su grito.

Cuando no quedan ojos que ofrecer
a los cuervos ansiosos,
cuando no quedan pies
que aplaquen el fervor de las ortigas,
cuando si quedan manos que se agarren,
ya no hay clavos ardiendo.

Cuando ya son todas más una las vueltas de las tuercas
que te atenazan.
Entonces, lo sé,
ha llegado la hora
de mirar a otro lado y simular
que, ya que en lo esencial me desconozco,
me soy desconocida.

¿Veis?
Soy aquella de allí,
la figura imprecisa
que en la acuarela triste de la lluvia
se funde con las sombras de la noche,
y se va diluyendo.
Mientras silba despacio
entre dientes un blues.

Ceguera del agnóstico

Quizás me vio venir.

Una vez más.

Miraba hacia lo lejos
negándose a esperar todo lo que no fuese
señales de sirocos,
rugidores vendavales.
Prohibiendo a su ilusión
a su fe,
a su retina
creer en espejismos de neón que anunciasen
horizontes festivos.

Él
quizás me vio llegar envuelta en humo
y en alucinaciones
por el campo agostado,
yo llevaba
la falda alborotada por la brisa,
en la boca un revuelo
de pájaros rapsodas.
Y en las manos
toda la compasión con que tejerles
sudarios a las flores.

Quizás me vio llegar
como quien ve en el aire
la primera cigüeña
y sigue estando triste pues no escucha
latir su corazón
y no descifra
que aquella primavera inevitable
incluso a los agnósticos concierne.

Quizás quiso decir una palabra
y no encontró en su boca los acentos,
para pedir la lluvia.

Yo pasé,
tenía que pasar,
sin detenerme
como pasan las nubes,
embarazadas de agua sin saberlo
con rumbo a su destino de diluvio.

Tras de mí
solo dejé un rumor de cañas secas
tañidas por el viento poco antes de quebrarse,
una especie de música sumisa,
inusitadamente melancólica.

Y una mirada oscura
dibujando en silencio la silueta
que hacia el Sur se alejaba pisando la hojarasca.

En soledad de nuevo.

Ha pasado un ángel

Está la casa fría.
Los cristales
atrapan el aliento y lo transforman
en caprichos de escarcha.

Sobre el aire transita un silencio que existe
de espaldas a la música.
Un turbador silencio sin latido
como aquel que se instala sobre el mundo
cuando la nieve cae
con lentitud agónica y suaviza,
copo
a
copo,
nimbado en mansedumbres,
pluma
a
pluma,
el rigor del destierro.

Está la casa fría
y yo he tomado, y es inamovible,
la decisión heroica
de quedarme en la cama un rato más.

Hasta que se disipe el aleteo
del ángel sin sonrisa
que pasa en nuestra vida sembrando glaciaciones.

Acerca de Jordana Amorós

No volveré a ser poeta / Haikúes / A pluma rota / Solus coniuncti, possumus, por Manuel Martínez Barcia z’l

No volveré a ser poeta

No importa que me pienses criminal
o puedas perdonar el salvajismo
cuando todo mi ardor
es casi apología de un culpable
con nadie en su defensa.

Ya no caben en mí
los copos de ceniza que fueron el afán
de los amaneceres al desnudo
que supieron querella
desórdenes de luz
en cárceles sombrías.

Yo solo quiero ser
un soñador,

acaso un no-poeta,

presentir que lo amado
no es llave de un encierro en soledad,

me juzgue quien me juzgue,

sea o no la penuria
la voz de sus lamentos.

Haikúes

No es el haiku,
es Dios quien enmudece
eternidades.

Sucede a veces,
se oxida un corazón
y el verso calla.

Luego, el poema,
busca donde latir
lo ensangrentado.

A pluma rota

Porque tú eres la piedra donde yo soy tropiezo

metafóricamente, diríase caer,
a paso cambiado, sin riesgo a fracasar
el límite absoluto, lo que repta el amor
sin huella en las alturas.

Porque ambos fingimos ser pálpito de luz
mientras sueñan los cuervos
el tiempo de un poema,

porque yo soy guión
y te conozco actriz,
sobreactuando siempre,
veraz a tu manera.

Por estas tan inútiles razones
hoy pretendo extravíos,
la búsqueda de mí
sin que sangren palomas los aires de mi vuelo.

Solus coniuncti, possumus

Hay quienes son razón de lo apropiado
creyéndose destino en certidumbre,
perspectiva de ser antigua ofrenda
en templos de algún dios sin directrices.

Podemos los demás pertenecer
a ese mundo tribal de los guerreros
donde la gloria es un logro fácil
si por ende gobierna la utopía.

Podemos emboscar a los políticos
con urnas de silencio, decidir
qué sacramento es hambre y luego pan,

podemos poseer la transparencia
del tiempo en un cristal, la servitud
y al hombre en una patria sin esclavos.

Acerca de Manuel Martínez Barcia

Relecturas

Por Gerardo Campani

Microensayo

Pedro Abelardo: Historia de mis desventuras
Buenos Aires, CEAL, 1967
Trad. José María Cigüela

Pedro Abelardo (1079-1142) ocupa apenas dos páginas (de las casi cuatro mil) en el Diccionario de Filosofía de José Ferrater Mora. Sin embargo, su papel en la historia del pensamiento occidental es imposible de soslayar. Veamos por qué.

Hay cuestiones de la filosofía que no se agotan jamás, y a cada solución aportada por una escuela (un ismo) le sucede un renacer de la anterior, sea en su forma original o en otra menos ingenua, frecuentemente precedida en su denominación por el prefijo neo.

Es decir, por ejemplo, que la refutación de Platón llevada a cabo por Aristóteles, no podía sino provocar una reacción llamada neoplatonismo.

Justamente en tiempos de Platón y Aristóteles comenzó a tratarse la cuestión de los universales. Para los absolutamente legos en estas cuestiones baste saber que el término universal es asimilable a la idea de general, abstracto, en contraposición a lo individual, concreto. De esta manera, el perro es un universal, y mi perra siberiana, y cada uno de los mastines de Aspide, y la Pitu extraviada en la noche de San Juan, son particulares.

Ahora bien, ¿existen tales universales, o son sólo conceptos sin consistencia ontológica? ¿Conocemos a diversos bichos y luego proponemos el término perro que los contempla (vía inductiva) o reconocemos a cada uno de esos bichos porque están comprendidos previamente en el universal perro (vía deductiva)? Y en caso de que los universales existan verdaderamente, ¿qué tipo de existencia tienen?

No pareciera esta una problemática urgente (casi nada en filosofía lo es), y de hecho estuvo postergada durante siglos, sin embargo aún hoy se la trata entre especialistas, sin llegar a una conclusión unánime.

El punto más interesante de esta polémica es la discusión ocurrida en Francia, en el siglo XII, entre las dos corrientes opuestas que exponían la cuestión.

Por un lado los realistas, defendiendo la existencia plena de los universales, y por el otro los nominalistas, que afirmaban que los universales son solamente palabras.

Hubo un antecedente, editorial, por así llamarlo: la traducción y comentarios hechos por Boecio (480-525) de la Isagoge de Porfirio (233-304), en donde se trata con cierta extensión el concepto de categoría en Aristóteles.

Y seis siglos después, cuando la filosofía seguía siendo pasión, pero bajo la mirada rigurosa de la teología, estalló la controversia.

Abelardo fue discípulo de los dos máximos exponentes de ambas corrientes, y con los dos polemizó.

Roscelino de Compiègne (1050-1120) acuñó el término flatus vocis (pedos de la voz) para referirse a los universales. Argumentaba este canónigo que “un color no es algo distinto del cuerpo coloreado”, negando así la existencia real de un color, más allá de los particulares coloreados que fueren. Así, cada particular es substancia en sí mismo, sin un universal real que los comprenda. No estaba del todo mal el encuadre, pero… el díscolo pensador no pudo dejar de inferir en esta línea que “las tres personas de la Trinidad deben ser substancias distintas”, lo que fue interpretado lógicamente como herejía triteísta en el Concilio de Soissons de 1092, y Roscelino abjuró de su proposición, y todos en paz.

Guillermo de Champeaux (1070-1121), alumno de Roscelino, creía en cambio que “toda individualidad es simple accidente de lo genérico y específico”, de manera que los particulares (individuos) están en esencia en el universal. Por lo tanto, el universal es real (esta postura es la llamada realismo) y no solamente un nombre (nominalismo) como enseñaba su maestro.

Después de una paliza dialéctica recibida por Abelardo, Guillermo rectificó ciertas rigideces de su sistema introduciendo elementos que dejaron menos desprolija su proposición.

Entiendo que estas cuestiones abstrusas no despierten mayor interés que lo anecdótico, y sirva esta brevísima reseña como marco para entender el clima de debates intelectuales en la Edad Media en el seno de la Iglesia, que no fueron precisamente monocordes ni alejados de la lógica más seglar.

La postura de Abelardo fue ciertamente razonable. Los universales no son cosas (res) a la manera de Guillermo, ni voces (vocis) como quería Roscelino; el universal es un nombre (nomen) de una vox significativa. Ni cosa ni voz: concepto. Y de ahí el término conceptualismo con que se conoce hasta hoy esta interpretación. Claro que no es cuestión de cambiar ismos como etiquetas de un frasco, sino llegar al concepto por mecanismos de razonamiento. Los empleados por Abelardo se basaron en la predicabilidad que se estudia en la Lógica y su aplicación a la ontología. Y sentaron precedente para el sistema de Santo Tomás de Aquino (1225-1274) que, agiornamientos mediante, sigue vigente para muchos hasta el día de hoy.

Hasta aquí, el Abelardo pensador, eximio polemista y brillante orador, que atraía discípulos de todos los rincones de Europa. El Abelardo más conocido es el de la historia de amor, a punto tal que es raro que su nombre no vaya junto con el de Eloísa. Abelardo y Eloísa, particulares arquetípicos del universal amor. Del verdadero, del amor que es tanto pasión como entrega, y que sobrevive a la mutilación y a la muerte, y poco tiene que ver con ciertos amores de cabotaje.

A mis amigos ultraversales quiero presentarles también al Abelardo escritor. No al técnico ni al teólogo, sino al íntimo, al que nos cuenta sus desdichas de una manera tan llana y persuasiva que no podemos sino creer en él y amarlo.

Fragmentos

Así comienza. Nótese lo directo de su discurso, sin engolamiento ni falsa modestia.

Soy oriundo de una villa fortificada que fue construida a la entrada de la Bretaña Menor. Tiene por nombre Pallet y según entiendo, dista hacia oriente ocho millas de la ciudad de Nantes.

De la índole de mi tierra y de mi estirpe me viene el ser ligero de corazón; pero también el estar dotado de inteligencia superior para las disciplinas literarias.

(…) Yo, a medida que más avanzaba y más fácilmente aprendía, más me encendía en el amor por los conocimientos. De forma que fui totalmente seducido por la literatura hasta el punto de abandonar la pompa militar y los derechos de la primogenitura en favor de mis hermanos. Abdiqué de la corte de Marte para ser educado en el regazo de Minerva.

Y en este pasaje, su voz íntima (refrendada por la Historia) relatando hechos y relatándose él mismo, con una descarnada pluma no muy común entre pensadores de la época.

Llegué finalmente a París, ciudad en que ya hacía tiempo que esta disciplina se cultivaba florecientemente. Allí me establecí al lado de Guillermo, el Capellense, mi preceptor, que por aquel entonces era famoso y realmente eminente en ese magisterio.

Por algún tiempo permanecí escuchándole. Al principio me tenía simpatía, pero después se puso molestísimo conmigo. Esto aconteció cuando me atreví a refutarle algunas de sus sentencias y opiniones, cuando comencé a razonar contra lo que él sostenía y a manifestarme en el curso de las polémicas, algunas veces, superior a él.

(…) Se sumó a esto, el que yo mismo, joven aún, presumiendo de las fuerzas de mi edad y de mi talento más de lo que correspondía, quise tener mis propias escuelas.

(…) Mas al poco tiempo, atacado por una enfermedad (…)

(…) Algunos años me mantuve alejado de Francia.

(…) Yo volví a él, a fin de aprender el arte de la retórica. En esta ocasión, siendo nuestras opiniones tan dispares, se reanudaron los choques entre los dos. Y yo traté de hacer zozobrar o mejor dicho destruir con claras argumentaciones su antigua tesis sobre la comunidad de los universales. Traté de destruirlo a él mismo.

(…) Acosado, corrigió esta opinión modificándola. Vino a sostener que la naturaleza no era una y la misma en los individuos desde el punto de vista esencial; pero afirmó que lo seguía siendo desde el punto de vista de la indiferencia.

¿Y cómo pensar que las cosas fueran distintas de como Abelardo las cuenta?

Vivía en la ciudad de París una jovencita de nombre Eloísa, sobrina de un canónigo llamado Fulberto. Este hombre, que sentía por ella un inmenso amor, había hecho todo lo que estaba de su parte para que ella progresara lo más posible en todas las ramas del saber.

Ella, que no estaba mal físicamente, era maravillosa por los conocimientos que poseía. Y como este don imponderable de las ciencias literarias es raro en las mujeres hacía más recomendable a esta niña. Por esto era famosísima en todo el reino.

Vistas todas las circunstancias que suelen excitar a los amantes, fue a esta a la que pensé me sería más fácil de enamorar. Llevarlo a cabo se me antojó lo más sencillo.

Era yo tan famoso entonces y sobresalía tanto por mi elegancia que no tenía temor alguno de ser rechazado por ninguna mujer a la que hubiera dignificado con la oferta de mi amor.

(…) Como nos encontrábamos separados creí que era conveniente que nos presentáramos por intermedio de cartas. Pensé que muchas cosas las expresaría mejor por escrito, pues es más fácil ser atrevido por escrito que de palabra.

(…) Cuando me vi enteramente inflamado por el amor a esta adolescente, busqué la manera de hacérmela más familiar. Pensé que una íntima conversación y un trato diario la llevarían más fácilmente al consentimiento.

Traté entonces de que el predicho tío abuelo de la joven me recibiera en su casa, que no estaba lejos del lugar de mis clases, en calidad de huésped. Me ofrecí a pagar por ello cualquier precio.

(…) El viejo cedió a la avidez de dinero que lo devoraba, al mismo tiempo que creyó que su sobrina se habría de aprovechar de mis conocimientos.

(…) Había, en verdad, dos circunstancias que me hacían aparecer a los ojos del canónigo como totalmente inofensivo: una era el amor que él sentía por su sobrina; y otra la fama de mi continencia.

¿Qué más pasó?

Primeramente, convivimos bajo el mismo techo. Llegando después a convivir en una sola alma.

Al amparo de la ocasión del estudio, comenzamos a dedicarnos por entero a la ciencia del amor.

Los escondrijos que el amor hambrea nos lo proporcionaba la tarea de la lección. Pero, una vez que los libros se abrían, muchas más palabras de amor que del tema del estudio se proferían.

(…) Ningún grado del amor fue omitido por los ardientes amantes. Y si algo desacostumbrado el amor inventa, ése también fue añadido. Y como éramos novatos en estos goces insistíamos con ardor en ellos, sin que nos aburriesen.

(…) Transcurridos algunos meses, el tío se enteró de nuestras relaciones.

¡Qué infinito fue el dolor que este conocimiento despertó en el tío! ¡Qué inmensa pena recibimos los amantes por la separación! ¡Cómo me confundí de vergüenza! ¡Con qué opresión se ahogaba mi corazón por la aflicción de la niña! ¡Qué ahogos tan grandes le produjo a ella mi abatimiento! Ninguno de los dos se preocupaba de lo que le pasaba a sí mismo, sino de lo que le estaba pasando al otro. (…) La separación de los cuerpos estrechó aún más los lazos que unían nuestros corazones.

Privados de toda satisfacción, más se inflamaba el amor. El pensamiento del escándalo sufrido nos hacía insensibles a todo escándalo. Pequeña nos parecía la pena proveniente del qué dirán ante la dulzura del goce de poseernos.

La historia sigue, pero no sé si con mis apostillas y mi selección de fragmentos consigo transmitir lo que me interesa. Tal vez la continúe, no sé. Ojalá haya despertado alguna curiosidad en quienes no la conocían.

Hay bastante bibliografía. Consigno tres obras:

  • Ottaviano, Carmelo: Pietro Abelardo, la vita, le opere, il pensiero (1930)
  • Casaubon, J. A: El problema de los universales (1984)
  • Pernoud, R: Eloísa y Abelardo (1973)

Acerca de Gerardo Campani

Jorge Ángel Aussel – Argentina

Duelo por piratas

Izaste a media asta las banderas
al dar lo nuestro por finiquitado,
y entre la densa bruma y lo abrumado
no vi las tibias ni las calaveras.

Me costaba creer que concluyeras
el cuento sin haberlo comenzado,
con un final coprotagonizado
por un actor que nunca describieras.

Y sin embargo, al filo traicionero
del garfio en tu muñeca, lo he sentido
justo en mi médula espinal hundido.

En ocasiones no es el bucanero
sino el pirateado quien va cojo
con un parche de tela… en cada ojo.

La fuerza oscura de la Luz

1

Te falta el pinche tirano
que ponga en jaque tu vida,
quien te acuchille en la herida
para cortar por lo insano.
Sin cruz no habría cristiano
y sin un Judas, tampoco,
ni habría mucho sin poco
ni poco sin mucho y nada
ni sería la balada,
sin un cuerdo, para un loco.

2

Te falta la indócil fuerza
del golpe in-justo en la entraña,
la que te estampe su saña,
la que te forje o te tuerza.
Será preciso que ejerza
sobre ti, tu lado opuesto,
la presión de lo funesto,
y si eres de cesio o cromo,

con ese lastre en el lomo
se pondrá de manifiesto

De finales sin principios

La oscuridad se devoró mi mundo
tras el This is the end —y no es ninguna
desmedida metáfora oportuna
que desenvaino para ser rotundo—.

Esa noche con ojos de inframundo
que amamantaba en brazos la infortuna,
no quiso dar la cara ni la luna
en un cielo de humus infecundo.

Me cortaron la luz —lo que faltaba
para encajarle la cereza al plato
de la desolación— y el desconsuelo

se apoderó de un hombre que lloraba
a la luz de las velas de lo ingrato
en el espejo donde hacía el duelo.

Sigo

¿Estos últimos tiempos? Agonía,
muerte, velorio, sepultura, llanto,
resurrección, vivir el desencanto
y morir nuevamente cada día.

Aspereza, esperanza, fantasía,
realidad, desilusión, quebranto
y querer no poder quererte tanto
sabiendo que te quiero todavía.

Cinglar de día por ciar de noche
hasta rayar la aurora del reproche

que como Tom a Jerry me persigue…

Y para resumir, ¿cómo te digo?
No estuve en Disneylandia, pero sigo
porque la vida mata al que no sigue.

Acerca de Jorge Ángel Aussel

Comenzar a escribir

Por Silvio Rodríguez Carrillo

Aprender a escribir poesía es como aprender a ejecutar un instrumento, al menos si la cosa va en serio. Así, lo primero que hay que considerar es el hacerse de un horario, de un tiempo para dedicarse a estudiar y practicar. Sin una rutina fija, muy difícilmente un novato llegará a nivel de experto, salvo, claro, que posea un don y un talento innatos para la escritura.

Por otra parte, al tener una rutina fija, uno puede medir los propios tiempos, cosa fundamental. Es decir, uno va tomando conciencia respecto de cuánto conocimiento teórico es capaz de internalizar en una unidad de tiempo personal. Así, uno va aprendiendo a medir cuánto tiempo le lleva escribir un soneto o un romance.

Luego, al ir probando los diferentes metros y estilos, décimas, gaitas, alejandrinos, uno va descubriendo cuál es el estilo en el que se mueve mejor, el que con más comodidad y celeridad le sirve para expresarse.

Hasta aquí, lo que estoy marcando es que no sólo se trata de estudiar, practicar y corregir, sino también de medir los propios tiempos, dado que escribir es un estilo de vida y no un simple entretenimiento.

Aunque en lo normal el arrebato poético conlleva un gran toque pasional, y por esto deviene en frustración el no conseguir de buenas a primeras un poema correcto en fondo y forma, es preciso aprender a desapasionarse al momento de recibir críticas y asumir la tarea de corrección. Es muy común el deseo de abandono, o por lo menos el dudar de si servimos para este oficio. Estos son los momentos en donde uno da o no da la talla. Es preciso recordar que así como somos tolerantes con los demás, también debemos serlo con nosotros mismos para poder avanzar.

Una vez que hemos adquirido los conocimientos necesarios para poder escribir en cualquier metro y estilo, y una vez que aprendimos a manejar el proceso de frustración/satisfacción, de crisis/crecimiento, es que llegamos al momento en que se desarrolla la propia voz, el personalísimo estilo que cada escritor tiene como marca de fábrica.

Alcanzada la propia voz, con Whitman uno comprende que “la obra no tiene fin” y cada curva y cada recta de cada circuito no son más que pruebas en donde, al menos en parte, uno se realiza.

Como anécdota, dado que esto está dirigido a los que recién comienzan a escribir, dejo constancia de que mi primer soneto me llevó unas 14 horas. Hoy día, escribir un soneto, sea alejandrino, gaita, tridecasílabo u otros metros, me lleva entre 14 y 18 minutos. Pero esto no es nada, he visto escribir sonetos en 7 minutos y justo antes de haber aprendido a escribir ese primero.

Finalmente, como me enseñara Morgana de Palacios, la cosa está en aprender a disfrutar tanto del proceso como del resultado, cosa que yo aprendí a hacerlo conociendo mis propios tiempos. Este es el consejo que puedo dar desde la vivencia.

Acerca de Silvio Manuel Rodríguez Carrillo