El mundo, el demonio y la carne, por Morgana de Palacios

El 2.015 ha sido un año duro para todos, un año en el que se ha puesto en evidencia que el hombre con Dios en la boca, es el peligro más grande de la humanidad, y en el que hemos seguido juntos, quizás porque cuanto más inhóspito se hace el mundo, más necesidad tenemos de compartirnos a nivel almático y regalarnos lo único que no pasará nunca de moda: la emoción.

Sentí que pese a los problemas de cada uno, las enferme-dades, las tragedias y hasta la muerte de algún compañero, o precisamente por todo ello, sería hermoso reunirnos para hablar, como tantas otras veces, sobre la vida con todas sus consecuencias y ceder al golpe de la inspiración que suele ser tan positivo para los que pertenecemos a la corriente literaria que bautizamos como “Poesía del arrebato”. Ceder al impulso de la inspiración, aunque uno empiece a escribir algo como ejercicio de costumbre, porque el poema va tomando por asalto al pensamiento y termina adueñándose de él.

Os convoqué y una vez más habéis respondido con el espíritu de los ultraversales a la llamada a la acción.

Ultraversal va cumpliendo sus ciclos vitales, sus objetivos, sin prisa pero sin pausa, y en este año, la Revista adquirió consistencia dando una idea muy aproximada de la altura poética y literaria de los autores que componen nuestro proyecto, con el que seguimos adelante en todos los frentes potenciando calidad sobre cantidad, sin olvidarnos de la solidaridad tan necesaria en cualquier faceta de la vida, e imprescindible en la lírica y la literatura por ser un ambiente extremadamente proclive al egocentrismo.

Lo mejor que se puede decir de un Ultraversal es que, además de ser buen escritor, digno escritor, es solidario, sincero y generoso con sus compañeros a la hora de com-partir conocimientos sin melindres ni falsos pudores para ejercer la crítica honesta que ayude al crecimiento de todos.

Estoy orgullosa y agradecida de compartir la vida con vo-sotros y os lo hago saber, porque somos mucho más que un grupo que se reúne para desengrasar neuronas dialécticas: somos un auténtico ejemplo de creatividad literaria vanguardista.

Salud para todos y no olvidéis compañeros que, hoy por hoy, seguimos siendo el futuro.

Un año más que pasa y sigo viva.

Algo obvio, quizás, para la gente
pero no para mí que estoy amenazada
por la “larga y penosa enfermedad”
a la que alude el mundo
cuando, disimulando en un susurro,
pretende hablar del cáncer
como si fuera algo vergonzoso.

El mundo, sí,
qué discreto y delicado para ciertos temas
y qué salvaje y turbio para otros
donde la crueldad la ejerce el hombre
y no precisamente,
con la total indiferencia de Natura,
sino con la ambición que frena y desbarata
la evolución del bien en nuestra tierra.

Nada cambia en el mundo,
la carne sigue siendo fragilidad sufriente
y el demonio se impone con su imperio
caótico y perverso sobre todas las razas.

Escriban un poema que no sea un panfleto
de los muchos que surgen por las redes,
una emoción que, humana, se aproxime
al otro con las letras extendidas,
los pájaros dispuestos para el vuelo más alto
y el diente para el hambre que nos acucia a todos.

Un rítmico poema
que ponga los acentos en la vida
porque tendremos tiempo ad aeternum
de ser fans de la muerte.

Escriban el poema que acelere los pulsos
de los que, por amor, siguen despiertos,
y avanzan por amor y se rebelan
ante el inmovilismo de las masas.

Nihil novum sub solem, compañeros,
pero escribamos viejas cosas nuevas
y estrenemos el alma.

Acerca de Morgana de Palacios

El mundo, el demonio y la carne, por Gavrí Akhenazi

cada vez me veo más como un enfermo
me veo y me siento así, como un enfermo dentro de un leprosario
como si yo habitara en otra realidad

en otro mundo que no queda en el de las cosas putamente buenas

no puedo atribuir a nadie más que a mí esta sensación
esta hambruna de hombre
esta carne del corazón que se me atrofia un poco cada día
cada hora
cada oscuro minuto en el que roto sobre el eje de los malos vientos

no reconozco en el Diablo un enemigo superior al hombre
no he visto nunca a ese señor
pero he visto kilómetros de serpientes con sonrisas hipócritas
antropomorfas y políticamente correctísimas
empáticas serpientes a las que solo emociona su saliva asquerosa
cuando babean delante de un McDonald’s

ya sé que existen como criaturas que nos rozan a todos
y que animan la vida colosalmente impune
en la que nacen, crecen, se reproducen, mueren
mientras joden al prójimo con sus manos lavadas
y sus trajes planchados
y su voz que no sirve más que para callarse

qué es el mundo sino una pantomima
sin dioses y sin diablos

todos murieron cuando el primer hombre
ejerció la humanidad sobre la tierra

Acerca de Gravrí Akhenazi

El mundo, el demonio y la carne, por Arantza Gonzalo Mondragón

Qué difícil se hace escribir sobre el mundo
sin caer en panfletos demagógicos.
Yo prefiero llevar el dolor en silencio
como el Dios que se usa en todas las matanzas,
el Dios que observa y nunca da respuesta.

Yo tengo que sacar a mis demonios
tan inocentes y catárticos,
a veces tan amables,
a veces tan esquivos y poéticos
y los invito a un trago que adormezca
el profundo dolor de ser humana.

Qué poca cosa soy entre tanta barbarie
pero aún tengo un corazón dispuesto
a compartir contigo la utopía.

Acerca de Arantza Gonzalo Mondragón

El mundo, el demonio y la carne, por Eugenia Díaz Mares

me expulsaste del vientre y de tu vida

hacia un mundo que gira sin parar

flaca como un polluelo careciendo de plumas
con la estrella sin luz
caminé a tropezones escalando la cuesta
resbalando mis pies por agua salitrada
fluyendo de mis ojos

me caí muchas veces engruesando mi carne
con tantas cicatrices

y en una intensa lucha con demonios internos
fracasé intentando llegar hasta mi oasis
la cuna de tus brazos
tu mano al sostenerme
o tu sonrisa madre

una que devolviera el calor a mi alma
la que tú congelaste al querer abortar

aunque logré vivir
me has dejado marcada con una sombra oscura
tan llena de temores
que apenas sí despego centímetros del suelo

mis demonios me atan
para qué me engendraste

Acerca de Eugenia Díaz

El mundo, el demonio y la carne, por Orlando Estrella

Incógnitas de vida que se tornan fantasmas
vacíos sin respuestas que llegan sin verdades
traumas que te corroen como el ácido al hierro.

Trastornos de conciencia dilemas y conflictos
del ser y del no ser, eterna dualidad.

Creces oyendo Dioses que proclaman bondades
dando la otra mejilla al atorrante vil
te hablan de perdonar criminales de guerra
enemigos eternos de la paz de los hombres.

Borrón y cuenta nueva impunidad e indultos
palabras que confunden y burlan el saber
mientras ¿que tú vislumbras? un mundo endemoniado
donde Dioses y Diablos moran en la indolencia.

El mundo, el demonio y la carne, por Eva Lucía Armas

resolveré la vida enfrentando este miedo
y mataré los diablos con la mano en el alma

si no escribo habré muerto como una planta seca
en una macetita que se olvidó el vecino
en el décimo piso de una torre sin nadie
después de la mudanza que la dejó tan sola
en el sol de noviembre

yo no diré ¡ay de mí!¡que cálices amargos
pusiste en mi camino mientras buscaba agua
vida que me vivís, humanamente!

llevo la miel conmigo
el sol es siempre mi defensor y aliado
y en los rebordes del camino hay verdes

siempre escucho los pájaros
mis hijos están sanos
mi perro sobrevive a todos sus problemas
y después del pulgón
los pensamientos y las alegrías han florecido fuertes
ante la luz del este melancólico

yo sé que nací efímera en medio de los siglos,
que el demonio ha querido seducirme de prisa
y hacerme de su corte
que el mundo gira impávido en su peor frecuencia
y que la carne es apenas carne
apenas carne
apenas carne, putrecible carne, que se enferma y se muere

pero este ser que soy y que fue destinado a la batalla
es un idioma fértil
tan hijo de la luz que se deslumbra solo ante el espejo
y que nunca, jamás
se ve como una pobre y demacrada víctima

¿qué más puedo pedir?

ya me creció el cabello

Acerca de Eva Lucía Armas

El mundo, el demonio y la carne, por Silvana Pressacco

Cuál será la palabra poderosa
que rompa las costuras de los párpados
y cosa en nuestras manos dedos multicolores.

En qué otoño caerán las armas
para abonar el mundo.

Qué río lavará los ojos de inocentes
y les presentará sus sonrisas sin hambre.

De qué semilla nacerá la estaca
que venza los demonios.

Acerca de Silvana Pressacco

El mundo, el demonio y la carne, por Ovidio Moré

Yo tengo
algo de Satán, y de algoritmo,
de matemático ente endemoniado,
de poros que destilan un azufre
inocuo y, a la vez, algo perverso.

Tengo
algo de ángel caído, de Ícaro desnudo,
de corazón que late bajo hojas de yagruma,
pero en el fondo, muy a mi pesar,
sólo soy hojarasca voluble.
Irrisorio neonato, blanda carne,
romántico héroe.

Tengo
algo del músculo de la tierra,
de la arcilla cocida del alfarero:
pájaro sediento en su nido,
pájaro de barro (bestia taciturna,
poética bestia
perdida en los pliegues
de la noche incandescente).
Ave pétrea en la rama
de un árbol bicéfalo y triste.
Así me veo,
como en un evangelio apócrifo,
donde los milagros se concretan a golpe de pluma,
a golpe de tinta, a penitencia del verbo,
a silicio de la metáfora.

Tengo
de la carne de la isla, que es madre
y atalaya donde otear el horizonte
de aquel otro mundo arcaico
que ahora quiere retoñar
de entre las cenizas y desde las naves quemadas.

Tengo
del ciclón que silba y saca sus pezuñas
arañando el agua, y luego llora sus lágrimas
de verde cocodrilo.
De esa carne, tengo.
Acaso he de sobrevolar esa galaxia imberbe
que saca sus colores de mundo nuevo,
de estrella recién creada;
acaso he de vestir sobre mis hombros
otra piel de león de Nemea,
ahora, justo ahora, que Oshun
ha llenado de miel las jícaras
y Obatalá pinta de blanco
con cal viva cada rincón,
cada estancia, cada arteria…
Y el hacedor de los caminos,
el inquieto Eleguá,
limpia de marabú y de guao
el sendero que ha de conducirme
al último grito, al último suspiro.

Acaso no soy yo mi propio demonio.
Acaso cada hombre no es un mundo.

Todos tenemos nuestro infierno cotidiano,
el paraíso no estaba a la vuelta de la esquina.
Se equivocaba Vargas Llosa,
el paraíso estaba en mi única neurona,
y hace tiempo,
mucho, pero mucho tiempo,
que celebré sus exequias.

Acerca de Ovidio Moré

El mundo, el demonio y la carne, por Héctor Michivalka

He sido una ilusión inoportuna
siempre que quise nunca estuve listo
cuando lo estuve nunca pude hacerlo
cara o cruz dando vueltas en el aire

Subyugan los aprietos en la vida
y te aflojan la cuerda los fracasos
a intervalos los sueños se despiertan
y a veces por insomnio ya no duermen

siempre vivo sumido en la lujuria
y pago los favores al pecado

Soy el payaso alegre en el entierro
el cura desnortado en una morgue
la nostalgia moral de una ramera
los recuerdos salaces de una monja

me aguarda la esperanza en un andén
comiéndose las uñas de los pies

El mundo, el demonio y la carne, por Mirella Santoro

Me estoy yendo de a gotas,
como migas que caen de un pan seco,
me voy,
pellizcando la nada
para hacerla cenestesia de mis células enfermas.

Me voy de este mundo que amo y desprecio.

Lo amo en el candor de los niños, en sus dientes de leche
o cuando los pájaros en vuelo trazan sombras en el agua,
lo amo en la tibieza de la mano amiga en mis manos.
Lo desprecio en la avidez por los cetros,
en la hipocresía de las guerras santas,
en el gatopardismo, la indiferencia, el abandono.

Me voy,
en puntas de pie para no despertar sospechas
ni sepan que aún estoy
y ser leal a la mujer invisible que siempre fui.

Ya me ha visto la muerte
en alguna de sus rondas hambrientas,
la muerte, portadora de sahumerios de incienso
para cubrir su fetidez.
Ella, la simbólicamente oscura,
es la otra cara de la vida, su inseparable hermana gemela.

Me voy,
encorvada bajo el peso de dioses y demonios, míos y ajenos,
con la bolsa roja de Papá Noel al hombro, vacía de amores:
esa suma de misterios,
pliegues y dobleces de la carne y el alma
un entrar y salir por puertas giratorias
así como entramos y salimos del mundo,
desnudos y solos.

Acerca de Mirella Santoro

El mundo, el demonio y la carne, por Rosario Alonso

Ya sé que el mundo tiende su cuerpo malherido
sobre un diván de acero
y que el diablo le apremia vestido de psiquiatra
con el firme propósito de anestesiar su mente
para estrenar más sangre.

Y así
la historia se repite igual que una condena.

También nacen demonios noche y día
—miserables e innobles—
y se alojan en cada pensamiento
que se acerque a sus códigos,

—nos invaden—

pero saco correas del fondo de mi piel
y los sujeto
con camisas de fuerza improvisadas.

Después puedo sentir que les venzo en la guerra
donde todo sucede a puro corazón,

aunque me dejen llagas sus intentos de fuga
indefinidamente.

Acerca de Rosario Alonso

El mundo, el demonio y la carne, por Ana Bella López Biedma

Dices que hable del mundo.

El mundo era un desierto y yo desnuda.
Eso fue ayer… Ayer e incluso antes.

Y ya no es más.

Como una herida azul, de orillas anchas,
una grieta cansada y sin esquinas
no deja sin embargo
de mirar hacia el sol
entre las sombras de las catedrales
y las esquirlas de fuego.

Yo no soy nada apenas,
un reducto de carne diminuto
que no pide perdón por estar viva.

Pero creo en la piel y en el asombro,
en el hombre mejor porque se sabe.

El mundo tiene manos de poeta
y sigue siendo un pájaro sin miedo.

El mundo, el demonio y la carne, por Silvio Rodríguez Carrillo

Embrutecido al mango por tanta erudición
nutrida por los libros que me leyó mi viejo
y por relatos duros contados por mi abuela
—los de tanto patriota y soldado guerrero—
el mundo, mis queridos, era un asco sencillo
donde sólo hermanaban los pobres con sus miedos.

Ya con muertos encima, la depresión hambrienta
mordiéndome las manos si acaso no exigía
a mi sangre su límite de herencia inmaculada,
y mi cara de póker luciéndome de arcilla,
entendí que el demonio, prisionero del mundo,
no es más que un crío triste que en los muchos habita.

Cansado, si pudiera —si acaso yo pudiera—,
de arrastrar mi cansancio de la gente y sus cosas,
de escuchar el lamento que se nutre de sí
y por eso detesta la luz y ama las sombras,
sentí desde mis yemas y desde mis rodillas
la majestad del polvo, las infinitas horas.

Hoy, que voy captando el drama del presente
no me lastima la comedia del enviado,
ni me levantan ni me aquietan las virtudes
de tanto cura y tanto rey de los satánicos.
Hoy sólo sé que alguna vez dije su nombre
que fui de carne al conocerla entre mis labios.

Acerca de Silvio Manuel Rodríguez Carrillo

Editorial de la edición número 4 de la Revista Ultraversal, por Rosario Alonso

Sobre el estilo propio

Un escritor que se precie  debe tener su estilo propio, o sea, un sello distintivo que no resulte una copia del estilo de otro autor. Es lógico que en los comienzos se produzca cierto mimetismo con los autores de referencia y, por esta razón, los trabajos presenten ese aire a “esto ya lo leí”, pero eso forma parte del proceso de aprendizaje donde paulatinamente, al afianzar conocimientos, se irá logrando una voz con mayor identidad. Esto suele ocurrir hasta tal punto que incluso si el escrito no apareciera firmado podríamos reconocer a su autor por los rasgos inherentes a su forma de expresión.

Pero no caigamos en la trampa de pensar que logrado este estilo único e inconfundible los trabajos tienen necesariamente que ser buenos; aquí el talento tiene mucho que decir pues también se puede reconocer a un autor por la mala calidad de su obra. En este punto muchas veces el cine ha contribuido a elevar el nivel de una pésima obra literaria que, trascurridos años y años, sigue ocupando un buen puesto en las estanterías de cualquier librería.

En cuanto a la poesía, surge  una corriente que avanza cada vez con más fuerza por las redes sociales, y que, cargada de snobismo, apunta en la dirección del “todo vale”, anclada en la creencia de que innovar consiste en componer obras llenas de palabras malsonantes, en cortar los versos aleatoriamente, o en apelar a construcciones sintácticas que pecan mucho más de desconocimiento que de novedad. Estos autores, normalmente, carentes de autocrítica, ignoran que para romper las reglas hay que conocerlas y que es necesario labrarse un criterio sobre lo que es gato y lo que es liebre porque en caso contrario quedarán anclados en ese estilo de tercera.

En Ultraversal pretendemos que cada autor logre expresarse con voz propia, o al menos que alcance su techo para desenvolverse de una manera digna, tanto a nivel teórico como práctico. Unas veces el proceso de consolidación es rápido y otras más lento, pero siempre edificante. Pensando en ellos, en los que empiezan, resultan muy útiles las lecciones de preceptiva que vamos incluyendo número tras número.

En esta ocasión, igual que en las ediciones precedentes, ofrecemos una amplia diversidad de voces.

Espero que sean del agrado del lector.

Acerca de Rosario Alonso

Homenaje a Alejandro Sahoud

El día que me sangre la boca por tu nombre
llegará el fin del mundo
llegará como llegan las cosas presentidas
con una carta, un rito, un último hundimiento.

Se hará, quizás, de sangre mi saliva
y sangre correrá despacio hecha sudor
o lágrima
o esperma
quizás también insulto
por todo lo sangrado anteriormente.

Pero no importa el borde de las cosas.
Solamente ese fondo a corazón abierto
es capaz de cavar la tumba con sus uñas
y liberar un pájaro
que no quiere vivir en este mundo
absoluto y ridículo.

Que me lleguen las venas a la boca
el día que me corte los labios con tu nombre
y la lengua
y el alma
y los testículos.
Y me castre
por fin
las ganas de estar vivo donde no sirvo a nadie.

Si me muero en tu sangre algún crepúsculo

odio los crisantemos.

Gavrí Akhenazi


Y ahora ¿qué me queda?
Vagar entre tus cosas como un fantasma blando
que arrastra su sollozo entre tus versos
tus libros, tus canciones, tus nostalgias
y la mía, de vos, eternamente.

Qué me queda del día de las risas
más que este gesto amargo
pintado con cenizas y con niebla
de pájaros que huyen hacia nadie.

Otra vez amputada
luciendo este muñón de carne viva
que espera en un alarde de estoicismo
por otra cicatriz que no se forma.

Al final, soy toda cicatrices.
¿No te das cuenta que es terriblemente idiota
morirse sin cumplir cincuenta años?
Pa…maldita tu ocurrencia.

Eva Lucía Armas


Quién hará del desierto un vergel de vocablos
ahora que negándote a tí mismo
me adelantas un mar de soledades.
Quién, que no seas tú, mi Señor de los Tristes,
me gritará en los ojos, mientras calla
la eternidad entera.

Me vas a seguir dando
aunque sea un suspiro, una arcada, un ahogo,
la apertura del ojo a la mañana herida,
un pensamiento lúcido, un instante
de rebeldía endógena
que entronque con la médula del aire
que te une a nosotros en la ausencia final.

Ya lo ves,
porque sé que lo ves,
me guardo las promesas, las lealtades todas,
tu boca de cristal que lleva tantos días
jugando al escondite con la muerte
con tal de seducirla, como a mí,
como a tantas, que cruzaron tu vida
hipnotizadas
por esa voz caliente de tragedia.

(Pobre muerte, ma vie,
no sabe con quién juega).

Yo sigo en Vendavalia
y no tuerzas el gesto
que no pienso ejercer de plañidera

(siempre te dieron asco las lloronas
que no ponen remedio a sus desdichas).

Hoy no ha salido el sol y se me agrisa el alma
pero oyendo tus pájaros, te siento,
así que ya lo sabes,
queridísimo loco
—esta vez no te sales con la tuya—
para mí no te has muerto.

Morgana de Palacios


Eterno Requiem.

Ahora mismo quisiera recitarte
poemas como entonces.
Ver caer sobre el mar aquella lluvia
que calaba tan hondo en nuestros cuerpos.
Poder tomar tu nombre entre mis manos
y grabarlo sin prisas en mi piel
cuando duele el poniente de febrero.

Ahora mismo
que pronuncio tu nombre como un salmo
la creación entera
se pone de rodillas para abrirte
el hueco que merece tu universo.

Mis manos balbucean y siento que el amigo
es un requiem eterno que me llora por dentro.
Y me quedo callada
mientras sigo buscando los porqués
a esta nueva manera de perderme
contigo en el recuerdo.

Pero sigo buscando
el rayito de sol —como decías—
con palabras que nacen de lo hondo
y edifican por dentro el corazón.

Vivirás siempre en mí
por llevarme la mano en el camino.
Jamás estarás muerto.

Firmado y rubricado
por tuamigadelalma de los ojos azules

Isabel Reyes


Horacio, Salvador, dos veces Alejandro,
y Aragón, y Sahoud, y Ángel de la Niebla,
y Zugzwang, cuántos nombres, cuántas formas distintas
de nombrar al amigo, de llamar al poeta.

La tinta gris del chat, la tinta azul del foro,
el avatar heráldico que le regaló ella;
el escueto discurso de las charlas nocturnas
y la prodigación en sus mejores letras.

Registros, los registros en tus discos a salvo,
registros en la Red -al pulsar de una tecla-
de la alta poesía, de la prosa sangrada,
de la flagrante crítica que derriba y enseña.

Me llevo otro registro (y yo soy el soporte),
el registro más hondo y el que más me consuela:
la huella memoriosa que al pasar por la vida
algunos pocos hombres en el alma nos dejan.

Gerardo Campani


Muerdo túnicas en el silencio
al extirpar una palabra
de todas tus sombras,
bajo pliegos de auras
sobre lunas y soledades.
Enlazo en las estrellas
su letargo a tu ausencia,
para colgar al hombro
esa luz sin tus ojos,
esas semillas de alientos
y esas raíces de tus dedos.
Ahora con lágrimas de ríos,
abro los caminos del alma
entre el lodo y las huellas,
quizás pintando un embrión
de tus versos en un poema,
quizás para llegar a mis labios
y dejarme mudo de asombros.

Leo Fabián Zambrano


Comienza aquí tu luz. Aquí comienza
el eco de tu voz en los paisajes
como un grito sin fin en el recuerdo.

Comienza aquí la historia no contada,
el final nunca escrito en los andenes
donde alzaron sus vuelos los pañuelos.

Tuvo que ser así, con tanta magia
demoledoramente redimida
labrando sin cesar en las llanuras
los últimos ocasos de febrero.

Tuvo que ser así, como fue siempre
que inventaste en un verso las estampas
que se quiebran al bies de los cristales,
mientras pasan los trenes del invierno.

Enrico Espino


Es duro ser escéptico
cantas tu dolor
en un violín
que sangra
de las cuerdas

que lo engrandecen.

Héctor Michivalka


A golpes de badajo
que al luto nos congrega
va la tarde morada
y las palabras secas
y los ojos mojados
mas el alma serena
y el corazón alegre
porque te siente cerca,
que no nos has dejado
que eres polvo de estrellas
que se posa en nosotros
y en nosotros se queda.
Yo no quiero llorarte,
hacer de plañidera;
trascendiendo la vida
vuelves tu vida eterna
y poco a poco, amigo
—será corta tu espera—,
a golpes de campana
con las puertas abiertas
nos irás recibiendo
cuando llegue la fecha
que habrá de reunirnos
para escribir poemas
o todas esa prosas
que nuestras vidas cuentan.
¿Qué más puedo decir
para burlar mi pena,
para que no se note
que todo esto es tristeza?

Idella Estevez


A retazos. Sólo con la palabra.
Con un nombre quizá envolviendo la música.
Con un cuchillo hondo, plenamente clavado
más allá de la sangre.
Con los ojos del hijo que le arañan
donde crece la vida, camina en el perfil
de las horas. No hay tiempo
cuando Alejandro viene y va y aún vuelve y gira
entre verbos y espacios consagrados
y entre amaneceres totalmente dispersos
como su voz ahora, como su mano ahora;
al igual que sus labios, que ya son nuestro enigma
y son nuestro silencio y nuestro son y el canto
que nos mostró en la sombra.
Y con él nuestros pies, dibujando su arena,
y nuestro lloro, un río, donde se lava entero
de esa muerte maldita que le muerde;
y así, con nuestras flores, se dibuja parterres en la carne
y le brotan olivas de los ojos
y un madrigal de pájaros le anida entre las cejas.

A retazos, partiéndose, donándose de nuevo
como hizo en la vida,
y siendo nuestro amigo
hasta el fin de los mapas y las leyes.

Dolors Alberola


Contemplo las espigas del alba:
el viento las mece sin ti,
ágil canto ido en la prisa de las horas;
haces que germinen lirios en mis ojos,
me vistes de madreselvas y corales,
me alistas de armaduras y de guerra.

De espaldas al cielo que me ignora
siembro flores en tu lecho,
mis brazos buscan tu soledad inagotable.
Te faltaban por contar tantas estrellas…

Pesadas piedras de mi mente:
molino que rueda en un ayer
de memorias circulares.
Busco,
en su doliente girasol,
el dulce timbre de tu voz de bronce,
la liviana herramienta de tu abrazo.

Bello ingenio
—antifaz del tiempo—,
mueres, y aún así vence tu ausencia.

Humedad terrosa y fértil,
guardiana de sueños duraderos,
muéstrame hacia dónde
se marchó en silencio.

Ando tras la huella de sus pasos mortales.

Antonio Rojas


Dónde estarás ahora? Cómo encontrarte
si la luz que iluminó esa ruta
siempre fue tu mano extendida?
Nos ha embargado tu frío al reunir tus recuerdos.
Dónde estará tu voz?
El silencio, que reclama tu nombre,
al acercarse a nosotros
se nos ha ahojado en la mirada.
Es irreal la noche, pero parece buscarte.
Hacia atrás hemos mirado. Es que tal vez,
tan sólo, te has detenido un momento
viendo sonriente cómo nosotros
verificábamos si nuestros pasos, alguna vez,
serían tan grandes como tus huellas.
Ven, amigo, ha de quedarte algún poco
de tiempo sobre los hombros.
Continuemos juntos el viaje.

Edwin Solano Reyes


Escribo poquito a poco
cuando la risa se espera
cuando se aleja la pena
cuando del alma las voces
hacen nacer el poema.

Escribo desde la sombra
de un álamo en la pradera
de una nostalgia en la hierba
de alguna una luz temblorosa
si las lágrimas se espesan.

Si muere la primavera
si el amor ya no está cerca
si mirando hacia mi izquierda
el tuntún de unas esquinas
vienen y me traen fuerza.

Más quisiera morirme escribiendo un poema
como escriben los buenos,
los valientes, los poetas.

Como Alejandro y Villena
yo quisiera morirme…
como muere un poeta.

Gloria Forasté Giravent


Ojalá (Silvio Rodríguez)

Ojalá que las hojas resbalen por tu cuerpo cuando caigan
para que así las puedas convertir en cristal.
Ojalá que la lluvia regrese a ser milagro que baja por tu cuerpo.
Ojalá que la luna vaya pronto a por ti.
Ojalá que la tierra te devuelva los pasos.

Ojalá que retorne tu mirada constante,
tu palabra precisa, tu sonrisa perfecta.
Ojalá pase algo que te traiga de pronto:
una luz cegadora, un disparo de nieve.

Ojalá por lo menos que me lleve la muerte,
para no verte tanto, para no verte siempre
en todos los segundos, en todas las visiones:
ojalá si pudieran tocarte mis canciones

Ojalá que la aurora no dé gritos que caigan en mi espalda.
Ojalá que tu nombre no la olvide mi voz
Ojalá las paredes retengan tu sonido de camino cansado.
Ojalá mi deseo se vaya tras de ti,
a tu nuevo gobierno de difuntos y flores.

Teresa Vento


No sé por qué te cuento
si tú lo sabes todo sobre estas cosas,
pero de vez en vez, de tarde en tarde,
me dan ganas de venir pausadamente
—como una insidia—
para dejarte un fárrago
que ya conoces. Quizás, te contaría,
que aquí vuelven las voces extranjeras
para llenar mis playas
de bellas sombrillas de colores,
de pieles blancas en los bares,
de expuestas damas entre las dunas
o te diría,
aunque lo sabes,
que alguna vez [subrepticiamente]
regreso a tus lugares
y sin pensarlo
te escribo en los cristales
algunos fárragos
por si fuera que fuese
que no estés haciendo nada
y te distraes.

J. Azimut


Torrenteras sin cauce
bañan hoy los cristales más profundos,
los espejos que aún traduce el alma
porque la pena rueda más allá
del hueco de tu ausencia,
cuando paseo por tus versos
y, sin alzar la vista,
me muerde la impotencia del tiempo adormilado,
punzante sentimiento
que buscando las huellas del silencio te nombra
y al hacerlo me dice:

no esperes más palabras,
están todas aquí.

Leo, leo y te leo…

Y al levantar la vista,
presiento la gran fiesta
que han de tener ahí,

al otro lado.

Alcya Miguele


Ahora me pasa que no hallo palabras
que no estén significadas
en algún extremo loco de geografía literaria
que contenga tus pasos
y los de esta música.

Va dejando una estela en tu perfume
—adviertes—
como encargándote de que no exista el nunca
en que te olvide.

¿Acaso puede un corazón desoír
ese pálpito de folcklore, sonata o jazz
que le ha respirado
más allá del infinito nombre
en que te quedas
amigo, hermano, padre, poeta amado?
porque para mí no habrá suficiente música
con que interpretarme en un ¡Gracias!
y ser tu farfallina sul fiore di sangue.

Solange Schiaffino


Llora el bandoneón
y llega un rumor de tango dulce y lastimero
como un poema de amor inmortal,
hermoso y frágil
como un recipiente de alargado cuello celeste…
Infinitas cosas lo evocan y él evoca infinitas cosas.
Y llora el bandoneón
por el guerrero que duerme.
Y era de barro
y era de viento
y la palabra sangraba belleza en su pluma eterna.
Sacó oro del estiércol, amor del odio y nobleza de la inquina.
Era sobre todo, un levantador de almas.
Se han quedado solos todos los pájaros.
Se han quedado más solos Los Solos.

Arantza Gonzalo Mondragón