Editorial de la edición número 6 de la Revista Ultraversal » Por Jorge Ángel Aussel

Resilientes

Especial aniversario

Cuando mis compañeros me cedieron el honor de la palabra para escribir el editorial aniversario de nuestra Revista, lo hicieron creyendo que era la persona más indicada para transmitir a nuestros lectores el proceso de creación y evolución de la misma a lo largo de su primer año de vida. No porque sea más o menos importante que ninguno de ellos, claro está, sino porque me desenvuelvo en un puesto del equipo que estriba de que todos los jugadores de todos los demás puestos hagan su trabajo antes que yo pueda hacer el mío, lo que me proporciona una vista panorámica del juego y sus jugadas, por decirlo de algún modo, privilegiada. Pero como cualquier honor, el que me otorgaron lleva implícita la responsabilidad de estar a la altura de las circunstancias frente al compromiso que asumí y, ante mis múltiples y fracasados intentos de escribir un editorial aniversario a la manera convencional, como pensaba, quería y no pude hacerlo a pesar de haberme empeñado en ello, temo defraudar a las siete personas que dejaron este encargo entre mis dedos. Y es que la tragedia, esa sinvergüenza que no sabe de timbres ni de aldabas ni de puertas, que no pide ni espera el beneplácito de nadie cuando llega dispuesta a entrar en nuestras casas, respira en mi nuca en estos momentos y me recuerda las veces que ha escupido su nombre en nuestras caras en todos estos meses y, testarudo como ella, quiero hacerle saber que no pudo con nosotros; recordarle cómo nos bebimos nuestras propias lágrimas cuando sembró en nuestras almas el desierto, pensando que moriríamos deshidratados.

La tragedia, esa que pasa furiosa con su mirada de ocasos, los labios pintados de negro caótico, la sombra del dalle entre sus falanges de tsunami, envuelta en otoños y calzada en unos borceguíes número cuarenta y siete, punta de duelo y suela de lona para grabar a fuerza de infortunios las huellas de la nada y arrasar con todo lo que se interponga en su paso, desde que iniciáramos esta travesía a fines de dos mil catorce, se ha llevado a varios de nuestros compañeros, amigos y familiares cercanos en complicidad con doña fría, e incluso puso en jaque la vida de más de uno de nosotros, aunque no le permitimos que mate nuestra carne ni mucho menos nuestro espíritu. Eso nunca.

Para el acontecimiento que nos convoca quería escribir en detalle la historia de cuando el foro poético y literario Ultraversal llevaba más de una década de trayectoria en internet formando a escritores y poetas de todas partes del mundo, y la Comunidad Ultraversal en Google Plus acababa de cumplir su primer año de vida, y surgió la idea de crear una revista de escritores para escritores, como la llamaría por primera vez Morgana de Palacios, en la que poder publicar las mejores obras de los autores ultraversales que dieran su consentimiento para dicho fin y, por supuesto, estuvieran comprometidos con el proyecto. Quería escribir de cómo en principio se pretendía que la Revista fuese publicada en un blog como único soporte digital, y Gavrí Akhenazi, conocedor de mi afición por el diseño web, propuso que fuera yo quien me encargara de la realización de la página, a pesar de que por entonces mis estudios me mantenían alejado de Ultraversal. Quería contarles de cómo una vez creado el staff de planta permanente, en el cual me incluyeron como miembro, dicho con toda honestidad, para mi asombro, el primer punto de encuentro del equipo editorial fue el correo electrónico, donde tuvieron lugar diversos debates, acuerdos, desacuerdos y hasta alguna que otra controversia en el apasionamiento generado por alcanzar la excelencia y entregar a quienes serían nuestros lectores un producto digno y de buen gusto, donde la presentación estuviese a la altura del contenido en una mixtura que representara nuestro sello de calidad, puesto que sabíamos que revistas digitales las hay como para forrar una nación sólo con sus portadas, pero también que muy pocas de ellas expresan una imagen profesional o se toman con la seriedad que nosotros nos tomamos cada cosa que hacemos, porque aunque tengamos la capacidad de improvisar sobre la marcha si la situación lo amerita y seamos humanos, tengamos falencias y podamos equivocarnos como cualquiera, no somos unos improvisados. Quería escribir de cuando el dos mil quince asomaba su cabeza como una criatura recién nacida y con mis compañeros nos reunimos en sucesivas ocasiones por Hangouts para repartir democráticamente los cargos en los que se desempeñaría cada uno de nosotros dentro de la Revista y esclarecer el modo en que llevaríamos a cabo nuestro plan. Escribir de cómo si bien el reparto fue sencillo, ya que nos conocemos lo suficiente como para saber cuál es la tarea indicada para las aptitudes de cada cual, organizarnos de tal modo que funcionáramos como una máquina humana con todos sus engranajes perfectamente hermanados, como un auténtico equipo, tal y como trabajamos en la actualidad, fue una labor mucho más compleja que requirió tiempo de adaptación, constancia y firmeza de ánimo en esos momentos en que la meta parecía inalcanzable ante la aparición de nuevos, y cada vez más complejos, obstáculos. Deseaba contarles de cómo teniendo nada más que una vaga noción del modo en que se realiza una revista digital, nos formamos, estudiamos todo lo que teníamos que estudiar, hicimos los deberes que nosotros mismos nos mandamos y desde las ganas mismas, con amor, inteligencia y muchísima voluntad logramos lo que nos propusimos. Quería, como ya dije, contar una historia, y en cierto modo lo hice con estas vagas pinceladas de reminiscencia que acabo de dar, pero no es lo único que tenía ni lo único que tengo para decir.

Cumplir nuestro primer aniversario es un motivo de celebración, no caben dudas de ello, pero ante todo, la oportunidad de reflexionar sobre aquello que celebramos que, desde mi óptica, es mucho más que el simple hecho fortuito e inevitable de que transcurrieron trescientos sesenta y seis días desde el lanzamiento de nuestra Revista hasta la fecha. Detenernos en ese continente cuyo único artífice es el tiempo, sería negarnos la posibilidad de bucear en el contenido con el que nosotros llenamos dicho continente, dándole un sentido más profundo. Porque lo que celebramos este primero de mayo, lo que yo particularmente celebro, no es que llegamos hasta aquí impelidos por la inercia del movimiento de rotación y traslación de la Tierra, sino que lo hicimos de pie, erguidos incluso cuando el agua empetrolada nos mordía las narices y lidiando en simultáneo con circunstancias personales de lo más adversas, pérfidos y un séquito de opositores a los que ya les dediqué suficientes palabras en el primer editorial que escribí para esta Revista como para darles más cámara de la que de por sí roban cada vez que, salvo nobles excepciones, hacen su bufonesca aparición.

Hoy celebro y agradezco la posibilidad de formar parte de un proyecto cultural que es la prueba viviente de que el que quiere, si se esfuerza y sirve para lo que quiere, puede. Celebro pertenecer a un grupo de personas talentosísimas con un nivel literario a la altura de cualquier gran escritor, cuya cualidad preponderante no es el talento, a pesar de tenerlo de sobra, sino su formidable capacidad de resiliencia. Y celebro, además, en un mundo gobernado por el individualismo, que nuestra Revista simbolice una victoria del altruismo frente al egoísmo, que aunque resulte de las dimensiones de una partícula subatómica comparada con las innumerables batallas que gana a diario su antagonista, sumada a un montón de otros pequeños triunfos, nos proporciona el oxígeno necesario para seguir viviendo.

Hoy celebro y agradezco más que nunca ser ultraversal.

Acerca de Jorge Ángel Aussel

Homenaje a Vicente Mayoralas

Este nudo que tengo, que quiebra mi garganta
tan solo con tus voces de vida en el olvido.
Este nudo que aprieta tan fuerte y tan perdido,
este nudo de lágrima que en tu piel se levanta.

Este nudo que rompe lastimando a quien canta
porque no quiso herirme con todo su latido.
Este nudo que grita, y que a mi lado ha sido,
la pausa de tu pena sobre mi pena tanta.

Este nudo que tengo y que sólo nos deja
el cuerpo sin aliento y la mirada ausente.
Nudo de compañero, bordando la guadaña.

Este nudo que incide, y que en ti se refleja,
que muerde y desbarata tus ganas de presente.
Este nudo lo llevo metido en mis entrañas.

Vicente Vives

Poemas de la agonía

La vida en ti dispara sus sagitas
compañero del alma y te descubre
mamando silencioso de la ubre
de la desolación en que palpitas.

La vida en tí aguza los sonidos
del más allá que escribes inclemente
como si recrearas en la mente
la exacta dimensión de sus aullidos.

Si sólo somos carne en las cunetas
más negras de la muerte o marionetas
que bailan en el filo del espanto,

la vida en ti renace cada día
en que le pones voz a la utopía
y eres un hombre transmutado en canto.

Mientras mire la vida por tus ojos
no los cierres al sol de lo inmediato
porque la muerte, por pasar el rato,
se disfrace de musa con antojos.

Ya conoces sus mañas, sus enojos,
y cómo tergiversa tu arrebato
para que trastabille el alegato
de la hombría que elude sus cerrojos.

Mientras una ventana sin cortinas
de claridad seduzca tus retinas
no emprendas ningún vuelo sin escalas

ni siquiera al País de la Belleza.
No tiene Carta de Naturaleza
la muerte en el reinado de tus alas.

Morgana de Palacios

El decaer jamás, no es permitido
en esta gran contienda, en esta lucha
en la que el alienígena que achucha
ha de ser reducido, ser barrido.

El decaer es darle a ese transido
el arma que precisa y que serrucha
truncando la moral, su saña es mucha,
no es por lo tanto opción ni cometido.

Me he puesto en tu lugar, si bien es duro,
tampoco es imposible, y si maduro,
aprenderé a afrontar lo que nos mata.

No me es ajeno el Mal que bien conozco
por haberlo enfrentado, y reconozco,
si bien no fuera en mí do dio la lata.

Y así, como una rata,
hace unos treinta años lo he vivido,
de experimentación a ser hundido.

Enrique Gutierrez Ísoba

¿Dónde iremos, amigo, cuando la vida cese?
¿Dónde estábamos antes de venir a este mundo?
Tengo una teoría que me ayuda bastante:
Iremos, justamente, allí donde estuvimos.

La memoria del hombre solo abarca esta vida
por lo tanto es inútil querer adivinar
el antes y el después de lo que ahora somos.
No le compete al hombre interpretar a Dios.

¿Fuimos olvido antes del latido uterino?
¿Es ciencia o es misterio la quiniela vital?
Son preguntas al viento, sin respuesta certera.

Pero todos tenemos la necesidad íntima
de querer seguir siendo. No queremos perder
en el silencio eterno la aventura del alma.

Arantza Gonzalo Mondragón

Si pasto del olvido ha de ser nuestro paso
por el breve paréntesis al que llamamos vida,
si está ya de antemano la suerte repartida,
¿por qué llamar a Dios, si no nos hace caso?

Si cargamos a cuestas con la cruz del fracaso
y en los cuatro costados se nos abre la herida,
si lo que fue mañana hoy es tarde aterida
y nos despierta el alba esperando el ocaso.

De la nada venimos y a la nada volvemos,
aunque el hombre no quiera perderse con su huella,
porque nació con sueños y le crecieron alas,

y terca la esperanza, la que nunca perdemos,
buscando va en el cielo el brillo de su estrella,
mientras la tierra espera con sus mejores galas.

Juliana Mediavilla

Mi querido Vicente, mil perdones
por decirte en soneto lo que siento,
no existen ni creencias ni argumento,
ni males que se curen con razones.

Te habla quien conoce el sufrimiento,
mi gran invalidez fueron los dones
que hicieron destrozar los corazones
de mis pobres papás cada momento.

Yo sé que sigo vivo en este instante,
dicen que moriré y no me importa.
pues si llego a morir mi mal se acorta.

He sabido sufrir pero no obstante
aprendí a sonreír estando enfermo
para soñar despierto y cuando duermo.

Antonio Cárdenas

Introducción al género “culebrón” / El brillo en la mirada (primera entrega) » Por Eva Lucía Armas & Gavrí Akhenazi

Introducción al género “culebrón”

El género “culebrón” es también un tipo de novela muy interesante. Como ejemplo de “escritor de culebrones” tenemos el del brasilero Jorge Amado quien lo utilizó (cuando ya no pudo escribir como su idea política le hacía escribir) para plasmar las realidades más crudas del Brasil.

Denostado por los que se la dan de no sé qué culturosa reserva, el culebrón permite contar una realidad como si fuera un cuento de piratas, plasmar costumbres sin acomodarlas a la rigurosa norma de la crítica social y permitirle al autor que los buenos sean extraordinariamente buenos y los villanos denodadamente villanos, sin que por ello se tilde al que escribe de parcialidad.

El culebrón, en general, siempre es una epopeya, una gran epopeya de las pasiones humanas bajas y altas, en las que el bien y el mal pueden combatir a gusto sin que se asombre nadie, relatando como cuestión pintoresca hechos y costumbres sin necesidad de moderarlos.
En un culebrón, todo es simpático, porque el género así lo permite, ya que todo en él es grande: el amor, el odio, la nobleza, la furia, el egoísmo.

Así que he aquí el culebrón. El que yo quise escribir alguna vez y que Gavrí Akhenazi gentilmente se ofreció a compartir.


Capítulo 1

De mi abuela

Por Eva Lucía Armas

Mi abuela tenía un don.

Mi abuela predecía la tristeza. La adivinaba. La averiguaba detrás de las sonrisas, de la buena disposición y de las bromas. La desenmascaraba tras la carcajada y le decía a mi madre, como un sutil consejo y si se trataba de alguna de sus amigas “hazle una visita a…” Y me decía a mí: Es que está triste de esa tristeza que ya no se va.

A veces transcurría mucho tiempo antes de que aquella aseveración se confirmara pero siempre era cierta. Nosotras nos preguntábamos como había hecho mi abuela para descubrirla en el mismo momento de su origen. “Es bruja” decía mi padre.

En vano oteaba yo resquicios e intersticios en risas y palabras, en bromas y silencios. No conseguía la misma exactitud de mi abuela, que condescendía accediendo a que sí, del que le hablaba yo estaba triste “pero es un mal pasajero”. Ella era experta en la otra tristeza. La que se lleva con uno para siempre.

En Villarrica, las cosas no pueden ocultarse mucho tiempo, así que siempre se confirmaba lo que ya sabíamos como presunción.
La pregunta de ¿cómo hace la abuela?  recibía una respuesta más o menos uniforme por parte de mi madre: El diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo.

No fue sino hasta que conocí a Daniel Irala, que tuve la explicación.

Él reunía todas las características de un triste. Y además, era el primer triste desconocido que se cruzaba en mi camino. Alguien que yo no había visto antes. Alguien que no pertenecía a mi pueblo, que no estaba asociado a ningún recuerdo de la infancia ni a ninguna vivencia posterior. Alguien nuevo, sin historias compartidas, sin parientes ni amigos compartidos, sin nada compartido más que aquella primer mirada, una tarde, en el camino polvoriento, al paso de las vacas y que sostuvimos ambos, alambrado por medio, descubriéndonos.

Él, apenas se rozó el borde del sombrero que lo protegía del sol de la intemperie.

Yo, incliné la cabeza.

Ambos decidimos un saludo, a pesar de que no habíamos sido presentados formalmente y en un acto sin premeditación, nos fijamos los ojos en una mezcla de curiosidad y falta de recato.

“Mirar así a un hombre no es de señorita decente” dirían las viejas de mi pueblo.

“Mirar así a una señorita encierra intenciones inconfesables” agregarían después, antes de enviarme al confesionario.

Una opinión similar tuvo mi hermana Josefina cuando le comenté el encuentro, ya que Daniel Irala rozaba en mi pueblo, casi la imaginería.

Había llegado una tarde.

No era un ser social.

Vivía encerrado en la gran casa de sus campos, que se extendían desde donde acaba Villarrica, a donde acaba la mirada.
Lo que se sabía de él, era lo que se inventaba.

Pocos lo habían visto personalmente así que podía yo contarme como afortunada. Se había expuesto a mi mirada más de lo necesario y quizás más de lo que se había expuesto  desde su llegada a la mirada de los pocos que lo habían visto: el Jefe de Estación del Ferrocarril, el turquito Abú de la proveeduría y don Fausto Mirándola, dueño del Banco, por cuyas hijas había trascendido la comidilla de su fortuna.
De cualquier modo, un hombre rico no se comporta como un anacoreta. “Los hombres ricos tienen comportamientos liberales”, decía mi tía Felicitas y agregaba, “les gustan las fiestas, las mujeres, las reuniones donde puedan exponer el poder que les otorga el dinero y de seguro no estarán encerrados en un retiro conventual donde su única compañía sean un perro y una momia”.

Tal la descripción de Daniel Irala.

Un monje recluido en compañía de un perro y una sirvienta vieja que solita había mantenido la casa en pie durante medio siglo, hasta que apareció el heredero de tanta vastedad, de modo que podía considerársela parte del mobiliario.

De ahí en más, el misterio.

—Veo que más allá de lo mítico… causó en ti otra impresión…

Fueron las palabras de mi abuela, cuando le comenté el encuentro. Muchas veces, se habla mejor con mi abuela que con cualquiera de mis hermanas.

—Creo que sí… Es un hombre triste. —aseveré con una convicción que me asombró a mí misma. Me descubrí, estupefacta, ese extraño poder que se le atribuía a mi abuela.

Ella sonrió.

—¿Ah… sí?¿Es triste? Y.. ¿Cómo sabes eso?

—Tiene… un gesto en los ojos… diferente…

—¿Un gesto en los ojos?¿Qué clase de gesto?

No supe explicarle. Siquiera estaba segura de que fuera un gesto, porque no solamente se había rozado el sombrero, también me ha-bía sonreído con una sonrisa espléndida y gentil, que, extraída del contexto de su rostro, no podría catalogarse de “sonrisa de hombre triste”. Siquiera su rostro era el de alguien triste, con la boca hacia abajo y esa actitud de cordero a degollar que caracteriza a esas personas.
Era un rostro sereno, de rasgos firmes, enérgico, huesudo, más cercano a la crueldad que a la tristeza. Agradable sin belleza. Un rostro personal.

—No es un gesto en los ojos, Luisina —me dijo entonces mi abuela, concediéndome ser partícipe de su sabiduría fabulosa.

—¿Pero, usted lo conoce, abuela? —pregunté, ya que no sabía que alguna vez ella hubiese sido de los pocos que alcanzaron a verlo.

—Sí… por supuesto. Su abuela y yo fuimos grandes amigas, aunque nuestras familias se enemistaran hace mucho… El muchacho vino a saludarme… Su abuela le había hablado de mí… Fue una gran alegría que Oriana me recordara con tanto afecto. Yo también la recuerdo en forma sumamente afectuosa y así se lo dije a Daniel. Y le agradecí que hubiera logrado independizarse del odio familiar para transmitirme un cariño tan caro a mi corazón… ¿Sabes… me preguntaba cuando ibas a descubrir el secreto?.. —y repitió— No es un gesto…

—¿Y qué es, abuela?

Entonces, ella levantó sus dos manos y acarició mi cabello entre sus dedos.

—Es un brillo en la mirada, Luisina. Es “el brillo en la mirada”. Las personas tenemos luz en los ojos, una luz que viene desde el alma. Y no es que los ojos están tristes… sino que se apagó el brillo en la mirada.

Fue como si descubriera algo que íntimamente ya sabía. Aún así le dije a mi abuela que Daniel Irala no era ningún muchacho.
—A mi edad ya todos lo son. —respondió ella, sonriendo.


Capítulo 2

Cosas pendientes

Por Gavrí Akhenazi

Alfonsina, que durante un buen rato estuvo mirando por la ventana el atardecer sobre el pueblo y el camino que llevaba desde su lugar al horizonte, comenzó a encender los candiles.

La luminosidad impregnó el ámbito de un amarillento tembloroso en el que el humo de las frituras de cocina tomó el aspecto de un velo impalpable suelto por el aire sobre todas las cosas.

Algunos parroquianos bebían tragos de bebidas fuertes en la penumbra de candiles y humo. Había olor a tabacos, sudores y perfumes. Había algunas voces.

Alfonsina había envejecido muchos más años en el alma que en el cuerpo.

Ya casi no recordaba la risa explosiva de su juventud y su andar cadencioso sobre el que caían todas las miradas.

No era el mismo su cabello negrísimo resbalando como una cascada por su espalda, ni el retintín de sus pulseras que había ido empeñando de a una en una, frente a la codicia infinita de don Fausto hasta que sus brazos perdieron la musicalidad característica.

Pero no se quejaba.

Su padre le había enseñado a no quejarse, mientras iban empobreciendo.

Quizás, había sido tan rápido el proceso que no dio tiempo a la queja y ya consumado, solamente quedó la resignación, porque vuelta atrás no existiría.

Se limitaron a salvar las ruinas que por ruinas no le interesaron a nadie en la rapiña.

Así le había dicho ella alguna vez a Juan Luis Irala y él, que estaba tan golpeado o más que ella le había respondido “La dignidad, niña, no te la puede quitar ningún verdugo así que si te vas a morir, muere de pie sin pedir clemencia y con los ojos bien fijos en los ojos de tu asesino”.

Esas palabras, las únicas de alguien que se acercó cuando todos se alejaron, le signaron la vida.

Recordaba a Juan Luis el día de su muerte.

Lloró junto al féretro como si se tratara de alguno de su propia familia.

Ella, Eleuteria la criada y algún que otro peón que se había quedado junto a él, fueron los únicos.

De los del pueblo, solamente la señora Clarisa y su hija María de los Milagros que se había puesto de luto. Ni su hermanastro Francisco se presentó a acompañar el cortejo al campo santo.

Mejor, porque a ella en especial no le hubiera gustado encontrarse a Francisco.

Le hubiera dicho unas cuantas cosas sobre traiciones y falacias.

La señora Clarisa se ocupó de todos los menesteres del entierro sin cansarse de protestar: “Muchacho… muchacho… tan valiente y tan frágil…” María de los Milagros lloró todo el tiempo y anduvo de negro durante varios meses hasta que se casó.

A los pocos días del entierro de Juan Luis, Francisco enterró también a su mujer.

Alfonsina recordaba como ensoñaciones las fiestas del pueblo en su juventud. Recordaba a todos los actores de su vida.

Aún a veces se soñaba bailando en el gran salón de su casa, cuando cumplió los quince años y sus padres la presentaron en sociedad.

Luego, cuando llegó el desastre, todos se olvidaron de ellos y les dieron la espalda. La echaron a un lado sus antiguas amigas. Sólo María de los Milagros y Felicitas De León continuaron visitándola, viéndola empobrecerse y envejecer día por día. La sostuvieron y apoyaron hasta donde les fue permitido hacerlo.

Juan Luis Irala compró la casa donde ahora vivía porque ni casa les habían dejado. Llegó un día y le puso el acta del notario en las manos a su padre. Pero el padre de Alfonsina había quedado enfermo de tristeza y se moría un poquito todas las mañanas. Ella, que tenía diecisiete años, miró al hombre moreno allí frente al viejo extendiéndole los papeles.

Aquella actitud le valió a él la vindicta pública. Fue un acto de osadía oponerse al despojo consumado.

Ella nunca había comprendido con claridad que cosa había pasado. Nadie se lo había explicado tampoco. Sólo sabía de escuchar conversaciones entre su madre y su padre, en voz baja, de algunos negocios que habían salido mal.

Francisco y Juan Luis no se parecían en nada el uno al otro.

El menor había cargado toda la vida con el mote de “arrimado” porque a pesar de ostentar el apellido y vivir en la casa de los Irala, nadie le perdonaba su origen clandestino. Quizás por eso tenía tanta vocación por arreglar las injusticias de los poderosos.

La voz de Margarita, su ayudante, diciéndole “Doña Alfonsina, un señor pregunta por usted” interrumpió los recuerdos.

Se acercó al salón en el que la luz amarilla y el humo formaban una niebla fantasmal ahora.

Y el Jesús se le murió en los labios, porque se le subió el corazón a la garganta.

“Jesús, María y José” se persignó unas cuantas veces, detenida detrás del mostrador y con los ojos fijos en la figura de pie casi a la entrada.

“Ahí está mi patrona” le indicaba Margarita al hombre de camisa blanca, que avanzó por fin.

—¿Juan Luis? —preguntó Alfonsina entrecortadamente, sin detener la mano que la persignaba una y otra vez automáticamente y agregó como si sollozara— Dios mío… no puede ser usted…

Daniel Irala se apoyó en el mostrador.

—¿Perdón? —preguntó, viendo el efecto que causaba en la mujer.

—No puede ser usted… —le repitió Alfonsina, alargando sus manos para rozar el rostro frente a ella.

Daniel Irala se echó hacia atrás, sorprendido.

—¿Señora Alfonsina Reguera? —insistió.

—Juan Luis Irala… usted está muerto… ¿qué está haciendo aquí, en la tierra de los vivos? —musitaba Alfonsina, luchando por rozar la figura del hombre frente a ella que la miraba azorado.

—Yo soy Daniel… Daniel Irala —replicó él y por si faltara algún dato el dueño de “Las Sombras”.

Alfonsina salió del trance por un instante.

Miró bien al hombre frente a ella y aún se cubrió la boca con ambas manos.

Demoró un largo rato en reponerse y en poder hablar con normalidad.

El corazón era un tumulto asfixiante en su garganta y las lágrimas le caían por las mejillas, incontenibles. Aún así, tomó a Daniel por una mano y lo condujo a la más apartada de las mesas. Pidió para ellos un buen vino “Brindaremos… ¿tiene usted hambre? Hay buena comida hoy, una buena caldereta. Debe hacer frío allí donde está. Siempre me imaginé que hacía frío allí…”

Daniel la acompañó pensando que la pobre no estaba muy en su juicio. Le dijo que sí te-nía un poco de frío porque había caído el rocío de la tarde mientras venía a visitarla.

—Milagros no le ha visto aún ¿verdad? — preguntó Alfonsina de repente, con sobresalto.

— No vaya a darle el susto que me ha dado a mí… Esas cosas no se hacen… de aparecerse así… Y sabe usted, la casaron con Huberto De León así que no le vaya a dar esa serenata que le daba. Aún la recuerdo… Dios mío ¡¿por qué cantaba usted cosas tan tristes?! Allí donde está no se envejece… Mírese, tiene todavía treinta y cuatro años.

—Creo que me está confundiendo con otro Irala, señora. —acabó Daniel con la disquisición de Alfonsina— Yo soy Daniel Irala. Daniel, el último hijo de Francisco.

Se hizo un silencio profundo.

—Beba —murmuró Alfonsina al fin y le ordenó a Margarita un buen plato de la caldereta de cerdo “y trae pan, bastante pan ¿No decía que no había buena caldereta sin bastante pan?.. Le extrañé durante treinta y cuatro años… Y si se ha cambiado el nombre, pues da igual. Este le sienta mejor para lo que le gusta hacer.”

Daniel se echó hacia atrás en la silla.

Miró alrededor. Algunos indiscretos los observaban de soslayo.

Había pensado explicarle a la mujer el motivo de su visita, pero bien se veía que la pobre estaba más anciana de lo que en realidad aparentaba y venirle con esos asuntos que hasta a él le habían resultado siempre confusos de explicar, hubiera empeorado la situación.

En una de esas, la doña se le moría por recibir otra emoción encima de la primera, que aún no se le pasaba del todo, ya que continuaba persignándose de vez en cuando.

—Milagros también ha envejecido. No se la vaya a confundir a usted con Luisina, su cuarta hija. —le dijo de repente Alfonsina, llevándose la copa de vino a los labios— Es muy parecida a ella, así que… yo sólo le digo… porque a veces el tiempo hace que no recordemos con claridad y han pasado treinta y cuatro años. Así que bien puede habérsele desdibujado a usted Milagros y cuando vea a Luisina… pensará…

—Conozco a Luisina —la interrumpió Daniel mientras Margarita situaba frente a su nariz el plato de guisado humeante.
Alfonsina lo miró devorar la caldereta.

—¡No ha perdido usted ese buen apetito! —exclamó, satisfecha, reconociendo los detalles de su memoria uno por uno— Mírese qué bonito está… aunque el pelito un poquitín más largo le sentaba a usted mejor… pero bueno… si allá le piden de pelito corto, tendrán sus reglas…

Daniel sonrió entre los bocados.

“Le hubiera mandado los papeles en vez de traerlos yo” pensó entre dientes aunque en el fondo, la situación lo divertía.

Sin duda que se lo había confundido con el otro.

Ya le había pasado antes con el banquero, que se quedó pasmado allí mirándolo como si hubiese visto alguna aparición poco afortunada, hasta que Daniel consiguió presentarse y estrecharle la mano.

El pobre hombre tenía las palmas empapadas de sudor frío y le temblaba tanto el cuerpo que le contagió a él el movimiento por todo el brazo.

Pero como don Fausto Mirándola era hombre práctico, superada la primera emoción, aceptó que Daniel fuera quién era y no el que él se había imaginado.

Tiempo después, terminaron haciendo negocio.

Don Fausto le dijo en confianza que “la primera vez que lo vi a usted, pensé que era el difunto que me venía con reclamos”.

Daniel Irala no opinó sobre los decires de don Fausto. Tampoco opinó sobre “el difunto” que acabó muerto de varias puñaladas “aunque realmente se estaba transformando en un problema, porque le había entrado vocación por defender cosas indefendibles y enfrentarse a nosotros…” le había aclarado don Fausto.

Durante días Eleuteria lo miró revolverse como si se hubiera quedado enjaulado.

Daniel conocía bien los síntomas. Sabía cómo empezaban a aparecer despacio pero inexorablemente y se iban acomodando uno por uno encima de sus días hasta que la fuerza se le soltaba adentro y empezaba la lucha de quién gobernaba a quién.

En el colegio religioso, donde su padre lo internó, seguramente con el afán oculto de salvarlo de aquel mal pernicioso y devorador, enseguida empezaron las curas, porque había llegado con el mote de “endemoniado”, así que cada cual podía probar en él el exorcismo que le viniera en ganas, además de los que ya había probado todo el mundo.

Pero ni todas las fórmulas de la Inquisición pudieron contra la fuerza poderosa de su naturaleza.

Sí, en cambio, lo obligaron, para poder sobrevivir, a manejarla. A que no se estuviera saliendo a cada rato. A controlarla segundo por segundo. A saber sus secretos. A conocerla detallada e íntimamente.

Aún así, pese al esmero furioso que ponía en ocultarla, los curas la descubrían.

Hasta que un día, el padre Benedicto, harto de tanta penitencia y exorcismo y convencido de que tanta agresión era más perjudicial que beneficiosa, lo llamó al Refectorio.

Daniel ya esperaba alguna nueva forma de quitarle el demonio, más sofisticada quizás que las burdas torturas y los interminables rezos. No dijo, en consecuencia, ninguna palabra, porque cada vez que hablaba, lo que decía se le venía en contra.

“Quedan muy pocos de tu especie… Pero el Señor sabe que a cada cual su afán y por eso, todas las criaturas de su Creación tienen un propósito. Si me prometes manejar tus fuerzas yo prometo educarte sin castigos. Y te aseguro que puedo hacer que te parezcas a los demás hasta que el Señor disponga lo contrario.”

El padre Benedicto había cumplido y por eso él había podido regresar a Villarrica.

Mirando a Alfonsina, Daniel acabó la comida y luego de beber un largo sorbo de vino, se puso de pie.

Sobre la mesa le dejó algunos papeles con un apenas murmurado: “Para usted, señora…”

Y esa noche, luego de varias sin hacerlo, durmió como un bendito.

Miguel Ángel Palacios – España

Agricultura ecológica 

Hay algo en común en la siguiente enumeración de sustancias. La cicuta que mató a Sócrates, el ácido cianhídrico que produce algunas intoxicaciones no mortales y que se encuentra en la mandioca, el tremetol de la leche de vaca que dejó huérfano a Abraham Lincoln, la capsaicina que hace que piquen los pimientos y los chiles y que puede producir males graves si no se consume moderadamente y, la solalina de la patata, tóxico fungicida e insecticida que puede resultar venenoso al ingerirlo en la versión silvestre del tubérculo.

Todos estos agentes son naturales. Tan naturales como la vida misma. Se encuentran en abundancia en estado salvaje. En muchas ocasiones anidan en alimentos que consumimos diariamente y si no nos contaminan, intoxican, envenenan o matan es porque hemos diseñado una batería de estrategias artificiales para eliminarlos. La pasteurización, el procesado de alimentos, la fertilización química, la domesticación de animales, la selección genética. Son todas ellas prácticas que no fueron diseñadas por la naturaleza sino por el ingenio del hombre.

Sin embargo, uno de los mayores éxitos de la ideología ecologista contemporánea ha consistido en generalizar la injusta creencia de que lo natural siempre es sinónimo de limpieza, salud, seguridad y bienestar y lo artificial lo es de peligro, toxicidad, mala calidad.

Descubren un “planeta de diamante”, dos veces más grande que la Tierra

“La superficie de este planeta parece estar cubierta de grafito y diamante en vez de agua y granito”, señaló el investigador principal, Nikku Madhusudhan, de la Universidad de Yale.

El planeta, llamado 55 Cancri e, es uno de los cinco planetas que orbitan en torno a una estrella similar al Sol en la constelación de Cáncer, a 40 años luz de la Tierra, relativamente cerca, por lo que se puede ver a simple vista.

El planeta orbita tan rápido que un año dura 18 días, frente a los 365 de la Tierra, es además extremadamente caliente ya que, según los investigadores, su temperatura alcanza los 2.148 grados centígrados.

“Parece estar compuesto principalmente de carbono (como el grafito y el diamante), hierro, carburo de silicio, y, posiblemente, algunos silicatos”.

Se calcula que al menos un tercio de la masa del planeta, equivalente a tres veces la masa de la Tierra, podría ser diamante. Este descubrimiento significa que “ya no se puede asumir que los planetas rocosos distantes tienen componentes químicos, interiores, ambientes, o biologías similares a las de la Tierra”.

Acerca de Miguel Palacios

La muerte desde el páramo: un libro de Gavrí Akhenazi

Por B.Kvekdze

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Ficha del libro

Título: La muerte desde el páramo
Autor: Gavrí Akhenazi
Publicado: 26 de diciembre de 2012
Género: Novela
Idioma: Español
Páginas: 227
ISBN: 9781300566601
Encuadernado: Libro en rústica con encuadernación americana
Tinta interior: Blanco y negro
Peso: 0,87 lb
Dimensiones en pulgadas: 5.83 de ancho x 8.26 de alto

“Terminé el libro. Voy a enviártelo” fueron sus palabras y pensé: “no, por favor no”, porque recordar una guerra como aquella es volver a morir. Pero no me negué. La cobardía es un acto que reservo solo para mí cuando debo enfrentar mi memoria.

Llegó así a mis manos el manuscrito de “Relatos del páramo” y comprobé que mi amigo le había cambiado el título original y puesto en su lugar “La muerte desde el páramo”.

Inmediatamente acudieron aquellos momentos a esta cansada mente mía. Las palabras me trajeron olores, gritos, rostros que viajan junto al mío desde aquellos días de 20 años atrás y que no olvidaré porque es necesario mantenerlos vivos luego de que la guerra se los llevara como a un puñado de hojarasca. Los hombres en la guerra no son otra cosa que un puñado de hojarasca.

Luego de leer el manuscrito, me pregunté cómo mi amigo puede hacer poesía con la guerra y cómo puede hacer que la guerra se transforme en un acto de humanidad y de horrenda belleza.

Sólo lo hace.

Acerca de Gravrí Akhenazi

Recursos literarios (sexta entrega)

Por Enrique Ramos

Exclamación

Sexta entrega del estudio de Enrique Ramos
publicado en el taller de Ultraversal

Figura del pensamiento con que se manifiesta, expresándolo en forma exclamativa, un movimiento del ánimo o una consideración de la mente. Es la intensificación de la expresión emocionada de un juicio o sentimiento.

Véase el énfasis que imprimen las exclamaciones en estos versos de Garcilaso de la Vega:

¡Oh más dura que mármol a mis quejas,
y al encendido fuego en que me quemo,
más helada que la nieve, Galatea!

La exclamación como figura tiene mucha relación con la entonación del poema. Una sentencia aseverativa se caracteriza por comenzar con un tono bajo que se eleva hasta un tono medio, para terminar en un tono bajo. La exclamación ofrece una línea melódica marcada por un tono más elevado y con más altibajos en la modulación. Los cambios de modulación afectan al significado del poema, pero más aún al dinamismo que se aprecia en la lectura. Un poema construido a base de frases aseverativas tendrá necesariamente un tono más bajo que otro construido con sentencias exclamativas. Un poema construido en un tono bajo dará una sensación de monotonía, de letanía o de intimidad, mientras que uno construido a base de exclamaciones tendrá un tono mucho más vivo y agitado y un efecto retórico, como el que adopta un orador cuando está ante un oratorio y tiene un público abundante delante de sí.

Las exclamaciones pueden servir para enfatizar el poema en su conjunto o bien para producir pequeñas elevaciones de tono que pueden romper la monotonía de una línea melódica baja. La primera opción no suele ser muy eficaz en la poesía actual, ya que el mantenimiento de un tono elevado durante mucho tiempo termina pareciendo monótono, no menos que el mantenimiento de un tono bajo. Lo que rompe realmente la monotonía son los cambios, no el énfasis, al menos desde un punto de vista de la estética actual. Los poetas románticos, sin duda, no estaban muy de acuerdo con esta afirmación.

En nuestros días, un poema que abusa de la exclamación nos parece pomposo, grandilocuente y hueco, rebuscado y poco natural.

Fijaos en la sensación que produce la lectura de los siguientes versos, del Canto a Teresa, de José de Espronceda:

(…)
¡Oh llama santa!, ¡celestial anhelo!
¡Sentimiento purísimo! ¡memoria
acaso triste de un perdido cielo,
quizá esperanza de futura gloria!
¡Huyes y dejas llanto y desconsuelo!
¡Oh, mujer!, ¡que en imagen ilusoria
tan pura, tan feliz, tan placentera,
brindó el amor a mi ilusión primera…!
(…)

La utilización de los signos de exclamación para proporcionar un énfasis sobredimensionado a los versos fue un recurso muy utilizado en el romanticismo poético; hoy día la utilización desmedida de este recurso empobrece el poema, pues éste deja de sonar natural, dando una sensación similar a la que dejan unos actores que sobreactúan, es decir, no convence.

Obsérvese cómo en este poema Ángel González utiliza la exclamación con la máxima mesura, a fin de no comprometer la credibilidad del mensaje poético:

La trompeta

(Louis Armstrong)

¡Qué hermoso era el sonido de la trompeta
cuando el músico contuvo el aliento
y el aire de todo el Universo
entró por aquel tubo ya libre
de obstáculos!

Qué bello resultaba el estremecimiento
producido por el roce
de los huracanes contra el metal,
de los cálidos
vientos del Sur, y luego del helado
austral, que dio la vuelta al mundo.

El viento solano llegó lleno de luz
salpicando de sol y de verano.
El siroco dejó un poco de arena,
y el mistral
era casi silencio,
igual que los alisios.

Pero escuchad,
escuchad todavía
el ramalazo,
la poderosa ráfaga
que trae gotas de azul
y deja
sobre la piel
la húmeda caricia del salitre.

Un grito agudo interrumpió la melodía.

El artista, extrañado,
agitó su instrumento,
y cayó al suelo, yerta, rota,
una brillante y negra golondrina.

Es muy destacable la manera en que el poeta comienza empleando los signos de exclamación en la primera estrofa y cómo el lector, casi sin darse cuenta, continúa exclamando según sigue leyendo, sin necesidad de que exista signo de exclamación alguno, pero siempre sin perder la sensación de honestidad, de naturalidad que tiene el poema.

Aprovecho la ocasión para recordar aquí que los signos de exclamación son dos, uno de apertura y otro de cierre, y que se colocan al principio y al final del enunciado exclamativo. En castellano es obligatorio poner el signo de apertura, a diferencia de lo que sucede en otras lenguas, como el inglés. No ponerlo implicará, además de tratarse de una falta de ortografía, que el lector entonará de forma errónea hasta el momento en que termine de leer la frase, momento en que verá el signo de cierre, por lo que estaremos forzando al lector a releer para volver a entonar correctamente.

Enrique Ramos

Ritmo: un libro de Silvio Rodríguez Carrillo »

Por Arantza Gonzalo Mondragón

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Ficha del libro

Título: Ritmo
Autor: Silvio Manuel Rodríguez Carrillo
Publicado: 11 de diciembre de 2013
Género: Poesía
Idioma: Español
Páginas: 114
ISBN: 9781105526107
Encuadernado: Libro en rústica con encuadernación americana
Tinta interior: Blanco y negro
Peso: 0,49 lb
Dimensiones en pulgadas: 6 de ancho x 9 de alto

Ritmo es el aprendizaje definitivo de la forma poética en todas sus variantes.
Adentrarse en este libro significa un viaje por el amor y todos sus opuestos, desde la óptica rebelde y filosófica del autor.

Es un viaje interesante a través del talento, del yo consciente y subconsciente que pone la palabra como arma de supervivencia.

Las fobias y las filias, paradójicamente, forman parte de la misma cosa, así como el cielo y el suelo delimitan el paisaje.

Silvio Manuel tiene una voz única, una forma de contar y contarse que no deja indiferente. Es un explorador de sus propias cavernas que observa concienzudamente todas las variables, los vínculos afectivos pasados, presentes y futuros.

Al fin y al cabo es lo que importa.