Editorial de la edición número 7 de la Revista Ultraversal » Por Arantza Gonzalo Mondragón

La emoción, esa gran trasmisora

Cuando era adolescente escuchaba programas específicos de radio donde la música y la buena literatura eran los principales contenidos. Mientras mis congéneres se pirraban por Los 40 Principales, yo iba alimentando mi mundo interior con aquellos locutores y sus elecciones para despertar los sentidos.

Si me gustaba especialmente algún poema, anotaba el nombre del autor y compraba libros. Así hice una buena biblioteca. Mis momentos favoritos eran cuando llegaba a casa y los leía en voz alta, varias veces, e incluso llegaba a grabarlos en mi viejo radiocasete.

Un día escuché uno que me cambió la vida. No era especialmente emotivo, pero tenía una belleza y unas metáforas tan mágicas que se me erizó hasta el último pelo de mi cuerpo. Se titulaba Ella y era de Vicente Huidobro. Nunca imaginé que un hombre pudiera escribir algo tan hermoso a una mujer y de una forma tan diferente al romanticismo exagerado y plagado de tópicos. Ese poema me hizo absolutamente feliz.

Desde entonces es ese golpe mágico el que busco como lectora y también como poeta.

Yo soy una convencida de que para hacer sentir al otro, tienes que sentir tú. Tiene que haber una trasmisión, sea estética o puramente emocional. El que lee, como el que escucha música, observa un cuadro o ve una película va buscando sensaciones que conecten con su yo más emocional.
Todo vale excepto la indiferencia.

Yo he leído poemas de catedráticos en literatura, perfectos en la forma que no me han dicho nada y también he leído otros de gente humilde y apenas sin estudios que me han traspasado. La única explicación es que la forma se aprende, pero el talento no, por eso cualquiera con talento tiene la obligación de aprender lo formal para poder expresar las cosas con altura. Eso es lo que hacemos en Ultraversal, un taller literario donde todos aprendemos de todos y compartimos crítica sincera con el único objetivo de ayudar a mejorar al otro.

No es un trabajo fácil, requiere tiempo y esfuerzo, pero el premio del crecimiento personal y literario merece la pena.

El propio y el ajeno.

Homenaje a Manuel Martínez Barcia

Querido Manuel:

hoy no puedo llegar hasta la cumbre
si es allí donde aguardas y contemplas al fin
la bahía del lado de los sueños
donde el mar te esperaba

y para mí se oculta en la vertiente
que tan solo iluminan los crepúsculos

mi camino se cierra en la espesura
ya cerca del lugar
que ahora te contiene

prometo que mañana intentaré
romper esa distancia con mis versos

retomaré el camino hasta el dolmen sagrado
que guarda entre sus losas las ausencias

desde allí la mirada
no entiende de confines

Mercedes Carrión

Emigras con tus alas más allá de los límites
y llegas a la altura del silencio.

Desde allí seguirás con nuestra historia
porque la vida no se ha dado cuenta
que siempre prescindimos de su mundo,
que nunca hicieron falta los sentidos.

Somos dos transgresores delirantes
que no aceptan las reglas de otro juego.

Tú sigue susurrándome palabras en las noches,
sigue con tu diluvio limpiando mi guarida
y habita en mi.

Juntos nos burlaremos otra vez
del destino.

Silvana Pressaco

El río de la vida

Flota su embrujo, fuego sobre el río;
llora el Guadalquivir, está llorando,
y me duelen sus lágrimas tan puras
que tan lejos de mí hielan mis manos.
Otro poeta duerme sobre el agua,
cruza la Estiguia solo, mientras tanto,
los lirios crecen altos en la noche
y un sol yace en sus libros sin amparo.
También mi lira tañe en la ribera
versos entre los sauces solitarios.
Sonetos a la ausencia de tu verbo,
poemas que se agarran a sus brazos.

Golondrinas oscuras de Triana,
comed mi corazón sobre la tierra,
mi rostro sin color, mis ojos blancos.
Mi esqueleto se niega a estar de pie
muriendo día a día sin descanso.
Cuándo se quebrará mi ser maltrecho,
porque el río me ahoga desbordado.

Mar García Romero

Un algo

Todo ocurre de ojos para adentro.

Un algo en el azul se nos opaca,
sin saber bien por qué , con ciertas pérdidas
y un poso de tristeza indefinible
gravita sobre el aire.

Hay modos de vivir,
al menos tantos
como vivientes , y cada cual estampa
—hosca o amable— su deleble huella
según su decisión sobre el camino.

Algunos, los benditos por la suerte,
nacieron para ser los paladines
de la palabra y defender su enseña
armados de belleza y poesía.

La muerte solo es una y nos iguala:
un mismo polvo para un mismo olvido.

Hay formas de morir y de quedarse
morando un poco más entre nosotros.

Cuando muere un poeta no se apaga
ningún astro ni tiemblan conmovidos
los pilares del cosmos .

Pero suspira un ángel
y se impregnan
de paz las cuatro esquinas del silencio.

Y algunos, los lunáticos de siempre,
nos quedamos un rato pensativos.

Jordana Amorós

El cuerpo tembloroso conmutó mis sonrisas
en lágrimas furiosas que no aceptan destinos
y se rebelan ante crueldades insumisas
que no saben de amores y que siegan caminos.

No habrá ningún adiós que pueda pronunciar
pues en mi corazón ya te alojé eterno
y los versos llorando solicitan volar
fugaces a tus manos con cariño fraterno.

Declino despedidas que te nombren ausente
y el alma se emociona de este dolor consciente
que desnuda callado mis profundas flaquezas.

Un poeta sin rostro dueño de lo versátil
enraizó sin querer de manera vibrátil
mis labios a los suyos que hoy respiran tristezas.

Carmen Jimenez

Escribir un poema
más allá de las sombras
y deshacer los nudos de silencios
que invaden y nos hieren las gargantas.

Deletrear tu voz muy poco a poco
como la deletrean tantas voces
e intentar ser semilla y ser cobijo
de esa mano que escribe
y acoge todo un cosmos con sus dedos abiertos

¿Acaso el infinito es suficiente
para este firmamento de poemas?

Salir y despertar a todas las ciudades
que siguen proyectando
la rabia y la tristeza en sus paredes
y recorrer las calles nuevamente
persiguiendo algún sueño.

Joan Cassafont Gaspar

Impro uan

Qué poco te entendieron, compañero.
Qué fácil y jodido era entenderte.

Agosto se agostó. Se hizo chiquito
como todo lo que se agosta, finalmente,
y me falta ese tul de tus poemas
y esa costumbre que instauraste en mí
de devanar mis sesos intentando hacerme a tus metáforas.

Nos enojamos mucho, compañero,
y nos gritamos mucho
o yo te grité mucho y vos pusiste esa cara de mártir
tan austera
que me jodía vivo y me hacía callar y repensar
“soy verdugo de un mártir”.

Pero yo sé que nada nos debemos
`porque a pesar de todo, nos quisimos.

Te quise mucho. Para qué negarlo.
Te odié y te quise y te odié y te quise
y me hiciste enojar más de mil veces que siempre perdoné.

Te quise mucho y agosto se agostó como es agosto.
Costumbre de llevarse tantas cosas
que te llevó como un ladrón difícil
que encima, por robarte, te golpea.

Te golpea. Y te golpea mal. Y te golpea.
Sin piedad te golpea. Nos golpea.

Te quise mucho e igual te quise poco
y renegué de vos y renegamos, uno del otro, una y varias veces
en que nos insultamos
y terminamos en abrazos profundos y complejos.

Ahora me faltás, hijo de puta…
Que mal tan necesario te volviste.

Gavrí Akhenazi

Todo pasa y todo queda,
porque lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre la mar.

Te fuiste sin aviso, escribiendo quizás
el último poema, con la muerte en los dedos.
Y se quedaron huérfanas de golpe las mañanas,
los versos, las metáforas y todo tu paisaje
que ya era compartido, que ya era de nosotros.
Agosto se vistió de escarcha y de carámbanos,
nos vino a helar el alma, quebrando su verano.

Todo queda, mi amigo, más allá del misterio
de la muerte implacable, del destino inseguro,
tú estás entre tus versos que contienen la vida:
poeta del presente, acaso estudiarán
en tus versos alados, esa voz encantada
de secretos matices y humano corazón.

Y a mí, ¿quién me traerá los ecos susurrados,
cerquita del oído, de mi Antonio Machado?

Juliana Mediavilla

Tu voz ya estaba en mí, sobre este barro
no engendrada mi sed bajo tu soplo.
Yo era en ti una quimera,
un espejismo azul sobre tu tiempo.

Yo aún no era nada, entre raíces
de cepas soterradas, entre el légamo
donde estaban los granos de mi trigo
tú estabas preparándome el sendero.

Tu voz ya removía por mi surco
y apuntaba maneras hacia mí.
Hacía mi esperanza tu esperanza.

Ahora, de repente, falta el limo
y el poema me sabe a siempreviva.
Alguna vez, quizás, nos besaremos
en la limpia lujuria de la nada.
Dame la libertad
de quedarme sentada en el guijarro
y agrietarme a los soles de tu lluvia.

Yo soy libre, lo sé, tú solo esperas.
Tú que fuiste mi boca para el beso
me has dejado
en la nocturnidad más absoluta.

Isabel Reyes

A tu manera vuelvo, compañero
para ver si leyéndote me creces.
Dónde han ido a parar tantas preñeces
de amores de papel y de tintero.

Paso y te quiero, vuelvo y te desquiero
porque duele quererte tantas veces,
y me callo y te oculto y apareces
y te buscó y te anhelo y te requiero.

Tristísimo de ti por mí te invoco
buscando algo que incite tu presencia
sin dejar ni un segundo de llorarte.

Porque sabes de sobra que estoy loco,
loco de loco y loco de tu ausencia
y es que jamás aprenderé a olvidarte.

Vicente Vives

yo detuve mis versos con la tonta ilusión
de ver aparecer tus contrapuntos
tus versos cotidianos en el foro
Manuel acompañando
con ese interminable caudal de poesías
fluyendo por sus venas

no sé porque de pronto sin aviso
el reloj personal se nos detiene
con rebeldía y tristeza yo tengo que aceptar
que el tuyo se ha cansado se detuvo en silencio
este silencio pesa con versos sofocados

asómate en tu cielo déjame que te cuente
cómo la vida sigue con altas y con bajas
y aunque ya estemos hartos
nuestro reloj nos lleva
con su tic tac constante como si fueran pasos
que la vida esta dando con tacones

nos pone en el camino las pesadas lecciones
con sumas y con restas
nos remueve las costras de nuestras cicatrices
nos hace que sigamos el ritmo que nos marca
hasta que se detenga

tu voz se extraña como sol en día nublado

Eugenia Díaz

Mirella Santoro – Argentina

No-es

Hoy un hecho que esperaba no se produjo. Uno de esos acontecimientos, cada vez más escasos, que todavía me provocan cierto entusiasmo.

Esperaba esta tarde con ganas. Ganas que hace mucho duermen el sueño de los injustos, porque actualmente los justos son los que padecen insomnio, mientras que quienes no lo son duermen a pata tendida, envueltos en la frazada de la impunidad.

Como generalmente no pego una —y en los últimos tiempos todavía menos— cuando leí el mail de la cancelación, quedé en blanco. Entonces vi sobre el escritorio los objetos que había preparado para el evento la noche anterior y me acordé de otros preparativos, de antiguas ilusiones, especialmente las de la infancia, con el ulterior gusto acibarado de la frustración.

Ese NO mayúsculo que te viene de afuera, si se vuelve una constante en tu vida muy por encima de tus decisiones, te forma una costra que, poco a poco, te impermeabiliza para que te inmunices ante los reiterados “no-es”.

Creí que estaba vacunada, pero la negativa que apareció al comienzo del día, me afectó más de lo normal. Caí en una sensación que detesto: la autocompasión, cuando lo habitual en mí es culparme hasta por el vuelo de una mosca.

Recordé el refrán que taladró mi mente desde que tengo uso de razón: unos nacen con estrella y otros nacen estrellados. Nosotros pertenecíamos a la casta de los sin estrella. En mi familia se había dictaminado que la fortuna no nos favorecía ni acompañaba.

No voy a hacer un análisis sobre la suerte y la mala suerte. Lo que para otros era simple y les salía al primer intento —y me refiero a cuestiones cotidianas— en mi caso venían encarajinadas, con vueltas, trabas, esperas. Si el asunto llegaba a buen término, la alegría era una alegría mustia por la incertidumbre previa y por toda la carga energética invertida para lograr la concreción.

Este pesimismo que avanza como una marea oscura, el vacío de anhelos que se agiganta, no son aspectos de los que me sienta orgullosa, sin embargo, ahora existen en mí y ya no me importa manifestarlos.

Hoy necesito tener piedad hacia esa mujer que acarrea un baúl de ilusiones trizadas. Ilusiones sin desmesura, apenas algunas expectativas sobre sucesos comunes, que siguen pasando de largo por su puerta.

Hoy soy egoísta, hoy me quejo. No puedo decirme, a modo de lenitivo como hago ante otras frustraciones, fíjate en los que viven en la calle, en los chicos que son enviados a pedir limosna, en…

Hoy me encuentro espiritualmente inarmónica y aunque me siguen doliendo las manos al tipear, escribo mi queja.

No quiero consuelo, consejos, solo la posibilidad de desahogarme, un derecho al que no le doy cabida.

Hoy se me volaron los pájaros.

Recursos literarios (séptima entrega)

Por Enrique Ramos

La etopeya

Séptima entrega del estudio de Enrique Ramos
publicado en el taller de Ultraversal

La etopeya consiste en la descripción del carácter, cualidades, defectos y valores morales o espirituales, de las acciones y costumbres de una persona, es decir, en la descripción de su interior.

Veamos algunos ejemplos. En primer lugar, un magnífico poema de Morgana de Palacios, publicado en la serie de “Días de Marihuana”, sin título:

Soy la Reina Negra de las calaveras, 
la del holograma de un fantasma triste, 
la que escupe al cielo de las primaveras 
y desde su invierno, se eleva y persiste. 

Soy la del insomnio vestido de verso, 
la de los secretos detrás de la luna, 
nictálope oscura de oscuro universo, 
la de la mirada de verde aceituna. 

Soy la gata en vela, la bruja nocturna, 
la de negras alas robadas al viento, 
la que finge risas siendo taciturna 
y miente verdades de amor fraudulento. 

La de los cuchillos, la de los trigales, 
la de los divorcios y los esponsales 
de Dios y el Diablo tras de mi ventana. 

No tengo respuestas, soy tiempo perdido 
en la sombra leve de un pájaro herido 
que sueña su tumba. Me llaman Morgana. 

A continuación, un poema de Ángel González:

Para que yo me llame Ángel González

Para que yo me llame Angel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante voz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose 
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida 
fuerza del desaliento…” 

Bellísimo este poema de nuestro compañero Aspideviper:

Osetia

Soy una arista, una lágrima, 
un inmenso dolor imperceptible, 
soy un aullido socavado, soy 
una sombra deshuesada, 
soy un recurso, un sin nombre, 
el solar de la injusticia, soy la carne 
despiezada en las paredes, 
un error de la paciencia y un rostro 
sin quejidos, un pájaro de plomo, 
soy dos ojos asustados 
de la terrible hazaña de los dioses 
y la palabra soy que habla de jazmines 
en vez del horror en las escuelas 
o del limpio estallido de las aves 
con cien almas en sus vientres, 
soy, como bien sabes, soy 
los restos del naufragio, el asco 
de la arcilla, las sobras del milagro, 
soy un muerto perfectamente muerto 
aun en vida, eso, un muerto. 

José Luis Jiménez Villena nos deleitó con el poema que reproduzco aquí completo:

El animal

Yo soy el animal y tú la selva húmeda 
la raíz que endereza el tesón de los árboles, 
el calor sofocante, la tormenta, la lluvia 
salvaje eres, aire, la comida del hambre. 

Yo soy el animal, soy el eco lejano 
que resuena en la voz de las ramas más altas 
de tus sueños, soy yo la fiera del pantano, 
el caimán acechante, el felino que asalta 
el latir de tu cuello y ansioso lo devora. 

Yo soy el minotauro, cabalgo por el tiempo 
arcano de la noche, y soy tu laberinto, 
soy la furia del viento, la ley de la manada, 
soy yo el animal que te ha mordido el alma. 

Y también precioso, este ya clásico de la poesía en habla hispana, de Antonio Machado:

Retrato

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conoceréis mi torpe aliño indumentario—,
mas recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.
Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.
Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.
Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.
¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.
Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con este buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía”
Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho donde yago.
Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

Eva Lucía Armas – Argentina

Cuestión de sicariato

Mr. Smith… he visto que anda suelto
a la caza de dulces pajaritos
pródigos en amores celestiales y labios de rubí

(perdone mi obviedad liric-odiosa
pero verlo indefenso me aturulla).

Ande usted, Mr. Smith… con esa 22 de sicariato
ejecutando óperas de almíbar
y remando en el pan de la dulzura.

¿Quién lo ha visto, señor y quién lo ve
con su repento místico?

El amor es tan áspero como un papel de lija del 40
inclusive para un corazón áspero,
un corazón de hueso hecho de huesos mondos
por los viejos mordiscos del amor.

Toda una paradoja criminal
la del efebo gordo con su arco desaforado, errático y maléfico.

Ese bichito sí que es un sicario del mal, obra de Venus,
que para la malicia fue más ducha que Hera,
no me diga…

Mujeres…ayyyyyyyyyyy, mujeeeeeeeeres.

Le escribo con la premisa simple de escoltarlo
en la andadura al punto de regreso
a su centro cordial del corazón (pleonasmo adherido a la verdad).

Le guardaré la espalda en el camino,
la mirada en los ojos,
la palabra en la hondura abecedárica
y el vuelo

yo le guardaré el vuelo afuera de las jaulas
y en la parte de afuera de los muros
y en la fronda más alta donde se apoya el viento para agitar la luz

y aquí
en el sentimiento y en el amor que tengo por las alas y por los horizontes.

Coaching de libertad
sparring de la vida,

baile, Mr. Smith… encima de la tumba de Cupido.



Alabando tu voz

Esa, tu voz morena, antigua, góspel,
tan morena como un toffee de cacao y café,
sabrosa como la libertad,
ancha como las esperanzas de los enamorados
y rabiosa
como el estómago de un varón con hambre

va gritando como una tempestad
que grita loca,
como un rabo de nube que arranca una laguna,
como el rugir de un rayo que desgaja una ceiba.

Esa voz de moreno
es una voz con ojos,
es una voz con instrumentos inmortales
que repueblan las playas con cavernas
cavadas con timbales en los sueños,

un tumulto de olas y ambulancias
que corren por las calles del socorro
cruzando pentagramas y opulencias
con acordes brillantes y mayores.

Parece un huracán de la madera
tu voz interminable
que llega por el siempre
como un pentagrama atormentado
en el que canta el sol.

¡Qué voz, moreno loco, esa voz tuya
de azúcar mascabado!



A-par-cando

la paz a veces es una cosa triste
pero yo la disfruto
porque me hace sentir que estoy pulsando
los acordes del grito
aún
cuando esa dulce Átropos se acerque
seductora y lesbiana
hasta mis sexos

la miro
por venir como una sombra de amenaza de lluvia

y con el hacha en mano
parto la cruz de sal
pongo frontera
a su avance de Atila por mi sangre

ahora somos dos
o yo soy ella que se personifica
en ésta que se mira en el espejo
y sonríe
porque la vida siempre debe ser sonrisa
y nunca cobardía

la vida es un diseño para armar con futuro
con chispas y con pájaros
con vientos de jardines
y con velas
de barcos que jamás naufragarían

mi vida es mía
y la disputo con ella
—o a ella—
palmo a palmo
si le gusta mi imagen y cepillarse el pelo
o teñirse de rubia ante el combate

mi vida es mía
no la negocio fácil a su nombre difícil
de comedora compulsiva y agria

mi vida es mía
vamos a ver quién gana esta contienda



Desangelando a angélica

El domingo decae como una vedette rubia
que en un rincón de la ciudad
se acuesta en los papeles de la calle.
Se queda ahí
ecléctica y gatuna
esperando el desfile de suicidas,
de grandes solitarios que mastican ausencias
y rosas disecadas en los libros.

Yo traspaso mi sombra en el espejo
buscando el corazón que tiene ella
reservado a otro mundo.
Se escapó de mi boca cuando legró el silencio
su cáscara de vidrio.
Ella lo guarda roto por si vuelvo.

El brillo en la mirada (segunda entrega) » Por Eva Lucía Armas & Gavrí Akhenazi

Capítulo 3

Historias de cocina

Por Eva Lucía Armas

Alguien dijo de mí que estaba muy salidora últimamente, mientras se preparaba el almuerzo.

Con eso de “salidora” no se referían a que me estaba dedicando a hacer visitas a parientes o amigas ni que una arrasadora fe me había poseído como para llevarme varias veces al día hasta la iglesia.

Pensé que eso no se notaba. Que mis ausencias no eran suficientemente percibidas como para hacer algún comentario sobre su frecuencia. Ser la cuarta de una buena lista te provee de cierto anonimato, pensaba yo y ejercía la exclusión de estar satélite a la mirada general, siempre más obsesiva con las mayores que ya andaban de pretendiente o tenían algunas obligaciones más que yo.

Acerca de eso de las obligaciones, en mi concordaban, no sólo el número en la lista, sino además, mi fama de “propio criterio” que podía tornar “dificultosa” una negociación simple o “muy simple” algo dificultoso. Como nadie podía predecir el resultado al que lo llevaría tenerme por partícipe, preferían encargarme lo no aleatorio, en lo que ya pudieran predecir un resultado sin contarme como factor de riesgo, a saber: tender la mesa, levantar la ropa de cama… y no creo que hubiera más situaciones en las que pudiera intervenir sin complicar.

Preparar una comida era una aventura culinaria, por ende, entre los ingredientes de una carne asada de domingo, podían aparecer castañas, chocolates, picantes, mentas… que los ortodoxos paladares familiares no estaban en condiciones mentales de comprender, lo que transformaba mis manjares en insaboreables.

Además, mi veleidosa cocina ponía en riesgo la cocina rutinaria de mis hermanas mayores, porque sus pretendientes solían ser los primeros en ponderarla.
Mi padre decía entonces a mi madre que hiciese algo conmigo, ya que no iba a casarme nunca si continuaba cocinando y pensando como yo lo hacía. “No hay un hombre en toda la Tierra que acepte casarse con alguien como Luisina, ni aunque la dote con el doble que a sus hermanas. Van a devolvérmela enseguida y me exigirán un resarcimiento por los perjuicios ocasionados”.

Mi hermana Josefina lo decía con otras palabras: Vas a ser una solterona que ni el cura va a querer para que le vista los santos.

A pesar de tanto mal augurio familiar yo tenía buen éxito con el sexo opuesto. Era ocurrente, inquieta, padecía de distracción, testaruda en mis convicciones, impredecible, un elemento francamente dinámico en la estanca sociedad femenina del pueblo.

Eso no escapaba al dominio del entorno, así que Josefina se puso al frente de la curiosidad general y elaboró su propia hipótesis. Según mi hermana, yo tenía algún oculto festejante del que debían preservarme, porque, según daba la cuenta, era imposible que yo fuera considerada seriamente para fines matrimoniales. “Hasta ella lo sabe… por eso mantiene todo en secreto”.

Me sorprendió la agudeza en la observación. Y como de mí podía esperarse todo, hasta eso entraba en la probabilidad.

A pesar de ser una especulación sin asidero, no escapaba a la realidad de lo que estaba ocurriendo.

Nos habíamos encontrado una vez por esas cosas de la casualidad. Luego, la casualidad de los hechos empezó a reproducirse poco casualmente pero ya estábamos convencidos de que no importaba el porqué, sino que lo verdaderamente importante era que sucedía.

De la primer mirada aquella tarde, él pasó sin trámite en el segundo encuentro a echar pie a tierra, acercarse hasta mí sin el menor titubeo y decirme: “Hola… ¿cómo está usted?

Yo dije “bien… gracias… ¿Y usted?”, pero mis ojos debían decirle otro cúmulo de cosas como: “me gusta lo atrevido de este señor… que linda sonrisa franca tiene debajo de esos ojos burlones… le queda muy bien la cabellera entrecana… de lejos me lo había imaginado más maduro y resulta que es más joven… será por el cabello casi plateado… no es guapo pero es atrevido y eso me gusta más que si fuera un buen mozo enorme como el pretendiente de Cayetana…”

Pero por sobre todo me preguntaba “¿cómo es posible que quién no conversa probadamente con nadie, me elija tan decididamente como interlocutor?”
—Conociéndola… hasta podría andar de amores con Irala.

El aire en la cocina se detuvo por arte de encantamiento y todas las miradas cayeron sobre Bernardina, como si en vez de una suposición que podría tomarse hasta como jocosa, hubiera lanzado sobre todas nosotras la peor de las maldiciones.

–La boca se le haga a un lado, mi niña Bernardina –musitó persignándose Magnolia, la cocinera– Eso no se ha de decir ni en broma en esta casa… Y menos así… tan livianito… hablar de ese Irala sin persignarse para que la Virgen la libre de todo mal.

Yo ya sabía que Daniel era el séptimo hijo, porque él me lo había contado cuando andábamos por ahí entre los pastizales y los bosquecillos y a la vera del río, con esa libertad despreocupada con la que caminábamos el uno junto al otro, llevando los caballos de la rienda y a los perros detrás en un retozo.

–¿Por qué, Magnolia? –pregunté– ¿Se convertirá en hombre lobo el vecino?

–Yo sé que cuando era niño, un buen día su padre lo llevó a la ciudad de repente. El patrón Irala se lo llevó y lo hizo encerrar… porque decía que era peligroso… –contó la cocinera, mientras nosotras nos reuníamos como cuando éramos niñas y ella nos relataba cuentos fabulosos.

–Y… ¿es porque se convertía en hombre lobo? –insistí.

–Y después… un buen día… toditos se fueron como si huyeran de algo… Tan así que dejaron semejante propiedad sola, abandonada a la buena de Dios. Y si la casa no se derrumbó con el tiempo, fue porque adentro quedó Eleuteria que no se habrán llevado porque se la olvidaron con el apuro. Y de repente… vuelve este… el séptimo… Yo sé que su familia no le quería, que era malo y que se la pasaban de castigo con él. Eso lo sé por Eleuteria.

Cara de malo tiene, pensé yo. Y de su familia no habla.

–Un pretendiente a la medida de Luisina. –se rió Josefina– Los descastados se unen entre sí.

–No digas esas cosas. –se molestó Cayetana– A misa no va. Debería ir. Las buenas gentes necesitan de Dios.
–Es ateo.

Todas me miraron por la convicción con que dije esas palabras.

–Es la explicación de por qué no va a misa… –suavicé tal dicho– Y si es un hombre lobo, pertenece a las fuerzas infernales como dice el cura. Haría hervir el agua bendita.

Todas al unísono reprocharon tan heréticos comentarios, pero, como provenían de mí les restaron importancia.

Daniel no hablaba de su familia, como si tuviera de todos ellos un vago recuerdo que su memoria no alcanzaba a clarificar.

Había heredado “Las Sombras” como se llamaba su inmensa propiedad, a la muerte de su padre y por expresa voluntad testamentaria. La única voluntad testamentaria que de-bía cumplirse a rajatabla. “Para mi séptimo hijo, Daniel, dejo “Las Sombras”, en mi firme decisión de conservar la armonía y unión familiar, sabiendo que si mantengo al díscolo, indisciplinado y conflictivo hermano fuera del patrimonio general, estaré contribuyendo a la felicidad de mis demás herederos.”

Daniel lo recitaba de memoria. Y agregaba, sonriendo burlón: “Le estaré eternamente agradecido por esta bendición”.

Yo pensaba que aquel comentario tan lapidario de su padre, debió causarle dolor. No lo estaba bendiciendo. Lo excluía como a lo indeseable, a lo que no debe ser, a lo maldito. Pero no le dije lo que pensaba. Solamente lo escuché.

Era bastante mayor que yo. Aunque era un hombre joven, ya no era un muchacho, como decía mi abuela. Tenía treinta y cuatro años o sea que me llevaba dieciséis, lo que marcaba entre nosotros una considerable diferencia que saneamos enseguida suprimiendo el riguroso usted, como medida de acercamiento.
En una oportunidad le pregunté si estaba o había estado casado. Me costaba imaginármelo treinta y cuatro años soltero.

Me miró con sus ojos burlones y respondió sin titubear: “Es que soy de genio complejo”. “O sea que ninguna mujer te aguanta…” ironicé yo y él se puso a reír. “Yo soy el que no las aguanta” contestó. “Gracias por lo que me toca… En cualquier momento me vas a echar al demonio…” dije. “¿Por qué?… ¿Está en tus planes mudarte conmigo?” dijo él, fingiendo un asombro pueril que no sentía y una sorpresa que lo desconcertaba. Yo no dudé: “De eso se trata esto, Daniel… ¿recuerdas?”.

Él soltó una carcajada.

Esa faceta de conflictividad, sí se manifestaba en el trato con sus peones. Era excesivamente severo, casi despótico. Demasiado exigente para la masa de poca levadura con la que estaba condenado a hacer el pan. Los peones le tenían miedo, un miedo silencioso y carnívoro, que los enmudecía y corroía.

Había tenido hasta entonces pocas oportunidades de observar el fenómeno, porque tratábamos de vernos sin testigos, pero a veces, quizás por mi poco sentido de lo oportuno o por mi inclinación innata hacia lo trasgresor, había ido yo a buscar el oso a su madriguera.

Con aire casual había pasado a la vera de sus faenas rurales para contemplarlo de lejos en el trabajo rutinario, sin intercambiar saludos ( miradas siempre) y había podido notar yo la tremenda influencia que tenía él sobre sus gentes.

Los dominaba sin hablar, apenas con una mirada, con un gesto, con un ademán, en un ritual de silencio que confirma lo que es inapelable.
“Hazte la fama y échate a la cama” dice el dicho.

–¿Por qué están peleadas nuestras familias? –pregunté a mis hermanas y a Magnolia.

También le había hecho a Daniel esa pregunta y él me había contestado: “No sé… ¿Te importa acaso?”

Magnolia, legendaria de tan vieja, rememoró alguna oscura historia pasada, con todo tipo de condimentos pueblerinos que la enrare-cían más que clarificarla.

En realidad, el verdadero porqué no lo sabía, pero había escuchado que cierto Irala tuvo amoríos con alguna pariente mía, aunque no podían darse por ciertos como todos los rumores en los pueblos, cuando vienen de lejos.

—Cuídate entonces, Luisina, porque contigo seguro que no se casaría ni siquiera un hombre lobo. –me dijo Josefina.

Capítulo 4

Hechos y costumbres

Por Gavrí Akhenazi

A Daniel Irala no le había costado absolutamente ningún esfuerzo hacerse las composiciones de lugar necesarias como para comprender las anfractuosidades en el paisaje social de Villarrica.

Así, había estudiado en silencio todo, porque estaba acostumbrado a sentarse en el tiempo como en un sillón, mientras el mundo discurría en sus ojos atentos.

De la familia de León tenía sus propios apuntes, ya que le tocaban como de rigurosa vecindad.

Sabía por ello que don Huberto de León te-nía todas hijas mujeres, de las cuales cuatro estaban en edad de merecer.

Sabía además que Luisina, la cuarta y la cercana, nunca había tenido cómplices entre sus hermanas. Sí, se llevaba con unas mejor que con otras y con Josefina, la mayor, no se llevaba.

Cayetana, de la que siempre ponderaba la posición de moderadora como una actitud de vida, había sido la primera en alzarse con pretendiente.

Josefina, para no ser menos que Cayetana, había dado un veloz consentimiento a un galancete cuyo nombre era Faustino, que la rondaba como una mosca y al que ella había hecho blanco de todos sus desprecios hasta que de la noche a la mañana optó por él, como si no quedaran más hombres en la tierra.

Hasta fecha de boda fijaron en un apresuramiento asombroso.

Luego Josefina se encargó de dilatar aquel tiempo tan escaso.

Cayetana, en cambio, ya sea por su temperamento observador, dulce y apacible o por arte de magia, había cosechado la envidia de todas las casaderas del pueblo cuando Félix se presentó formalmente a sus padres, pretendiendo visitarla.

La sorpresa mayor se la llevó la misma Cayetana que le quería en secreto pero no esperaba reciprocidad de tan codiciado soltero.

Bernardina, la tercera, tejía novelas de amores fabulosos y esperaba por algún príncipe azul que, estaba visto, no vivía en el pueblo.

Daniel, desde ya, se había dado a sí mismo por descartado, porque, según Luisina, aquel príncipe azul debía cumplir a rajatabla varios requisitos indispensables para oficiar de tal: alto (Daniel sin ser bajo no era alto), rubio (Daniel era entrecano), de ojos azules ( los de Daniel eran negros) y blanco ( Daniel era bien morenito).

Luego de Luisina, continuaban dos hermanas más, Guillermina y Benjamina que aún no participaban del reparto.

Por el otro lado de Las Sombras, se extendía la propiedad de los Otaisa.

María Rosa Otaisa era la representante primaria de su enjundiosa familia, ya que su padre no estaba ya para cuestiones de ese tenor y prefería delegar en su hija (a falta de un hijo varón) el férreo manejo de la fortuna familiar.

Todos la llamaban “La Dueña”. Inclusive en el pueblo, su fama de ser poderoso la ungía de un extravagante halo de poderío, que sumado a la fortuna capaz de adquirir todo lo comprable –conciencias y morales incluidas– la volvían temible y dictatorial.

La de Villarrica era una sociedad convencional y estrecha.

Cuatro o cinco apellidos poderosos, dirigiendo un rebaño de ovejas y obsecuentes, cuando no, temerosos de perder los escasos flacos favores que cualquiera de aquellas familias concedía más próximos a una compra de voluntad que a una limosna.

Por muchas razones Daniel Irala se mante-nía apartado del núcleo y si accedía a negociaciones, las llevaba a cabo directamente con don Fausto Mirándola, que hacía las veces de banquero, prestamista, corredor inmobiliario y facilitador de enjuagues diversos que beneficiaran a los que debían beneficiar.

Como en la mesa del rico Dios tiene siempre un plato caliente, el cura usufructuaba las bondades del confesionario para codirigir los destinos de la comunidad desde un razonable sitio de poder sin que se le notara demasiado a su piedad cristiana.

La atención de Irala, entonces, se había centrado especialmente en la de la “niña Otaisa”, porque, en realidad, la atención de ella se había centrado en él, que no participaba de su pequeña sociedad de ganancia y poder y parecía decididamente obstinado en arruinarles gratificaciones que ellos se consideraban con derecho a recibir.

Menos Huberto de León, que parecía el más periférico de los adinerados y al que se le veía en general una cuota de mayor humanidad, los demás estaban tan nerviosos como expectantes frente a la irrupción en la estática escena pueblera, de este Irala venido de la nada, ya que de la familia Irala no quedaba ni el banco de la iglesia que les correspondió en sus épocas de esplendor.

Había llegado con un testamento y unas escrituras que debieron los interesados en repartirse Las Sombras, dar por buenas, ya que se notaba claramente su legitimidad.

Todos habían esperado que jamás aparecieran de nuevo los antiguos dueños, así que lentamente habían comenzado a avanzar sobre las tierras, un poco cada día.
Los Otaisa fueron los más perjudicados con la aparición casi fantasmagórica de aquel personaje tan hosco como misterioso.

Como no se andaba con vueltas de ninguna clase, lo que les había tomado su tiempo paciente invadir, debió ser desalojado a toda velocidad.
María Rosa, sin embargo, pensó que la mejor estrategia era la que ella mejor sabía usar.

Así como era de cruel, era de hermosa.

Tenía una cabellera rubia, voluptuosa como si la envolviera una espesa luz de sol y ojos grandes, azules y rasgados, además de una figura que alborotaba mal a los varones. Se le habían conocido muchos. Se entretenía una temporada y luego los despachaba.

Dos se suicidaron cuando ella los abandonó como a un pelecho de fruta. A otros les sacó el jugo como hacen las arañas, hasta que se quedaron secos.
Con todas sus artes, comenzó la campaña para atraer al díscolo al redil.

La primera vez que lo vio, no pudo creer que ese moreno tan mal entrazado fuera el extraño Irala del que hablaban todas las lenguas.

María Rosa no pudo con su asombro.

Se había imaginado de cualquier modo al Irala, menos como en realidad era.

Se quejó con Nieves “que un hombre de su poder y fortuna no puede andar hecho un estropicio por el mundo, como si fuera el último de sus criados”. “Que un hombre con su poder y su fortuna no puede andar arreglando él mismo sus asuntos a cuchillo, como si no se pudiera pagar un secretario que se los arreglara”.
Nieves, su criada personal, le preguntó si era guapo.

–Ni siquiera me saludó cuando nos encontramos en lo del Licenciado Alamandós –se quejaba ella recordando la escena.

“¿Sabes quién soy?” lo había enfrentado ella.

“No me interesa” le había respondido él.

Esa noche, María Rosa no durmió.

Estaba enfurecida y desconcertada.

No le parecía posible que el Irala, con la animalidad que ella podía intuir que lo habitaba, no se detuviera un instante a considerarla como todo el resto de los mortales masculinos la consideraba.

Mandó a averiguar si era casado, si vivía con alguna mujer, si le interesaba alguna mujer o “si era así de raro, nomás”. Porque ella sabía el estrago que hacía en los machos mejor plantados y éste, no la consideraba ni siquiera para preguntarle el nombre.

“Maldito orgulloso” mascullaba en la intimidad, mientras Nieves le cepillaba su espléndido cabello “¿Juegas, eh? … Ya te veré venir como un perrito a que rasque tu cabecita…”

La respuesta de Bravo, su capataz, que anduvo de averiguaciones hasta que ya no le asistieron dudas fue: “es de raro , nomás”. Y le contó lo que el pueblo decía y que ella ya ha-bía oído. “Una gran cantidad de fábulas inútiles, en las que no cabe la mirada de los ojos del Irala” lo cortó María Rosa, porque la fastidiaban los inventos de las comadres.

Fabricó toda clase de excusas y reuniones. Cursó todo tipo de invitaciones a fiestas y convites. Reunió cien veces a la más rancia sociedad de Villarrica, intentando unir el agua y el aceite.

El nunca llegó.

Apostó vigías que le avisaron si aparecía por el pueblo. Pero cuando ella llegaba, él ya no estaba.

La cacería se volvió una obsesión para Ma-ría Rosa, que no hallaba resignación. Para ella era absolutamente imposible no poseer lo que se le antojaba. Y más imposible aún le resultaba entender que lo que se le antoja no tuviera interés en ser de ella, que era el objeto de deseo de todos los hombres de Villarrica.

Cuando uno de los hombres de Bravo llegó diciéndole “que al caballo del Irala se le aflojó una herradura y está en lo de don Berto, esperando que se la compongan”, María Rosa salió corriendo.

Desde la boca de la calle lo vio.

Estaba sentado en unos maderos, distraído en quién sabe que pensamientos, jugando a arrojarle piedritas a las gallinas que comían granos esparcidos y aburrido de esperar que llegara el herrero.

María Rosa avanzó por la calle, fingiendo una casualidad.

Pasó frente al Irala y dudó si detenerse a saludarlo o jugar su juego de indiferencia.

–¿Andas de apuro , doña?… –escuchó ella que le decía él, mientras iba pasando y sintió de repente el tirón firme en su brazo, que la atrajo violentamente.
Casi la arrastró al interior del galpón, donde se agolpaban piensos y caballos y caía un sol a monedas sobre el aire brillante en el que danzaban partículas de polvo.

–¿Estás detrás de mi … o me parece? –le preguntó el Irala, mirándola con una sonrisa maliciosa.

–¿Cómo se te ocurre? –protestó María Rosa, intentando desasirse de las manos que la sujetaban con fuerza contra el cuerpo moreno, sin permitirle muchos movimientos– Suéltame, bruto… ¿Qué te está sucediendo?

–Lo mismo que a ti –le respondió el Irala y la acorraló contra los fardos de pienso.

Se le apoderó de la boca, de los pechos erguidos que temblaban, de las nalgas bajo las faldas y los calzones, como si ella no tuviera voluntad.

María Rosa lo sentía adherirse a ella, pegarse frotándose. Su olor a animal, a jugo verde, a limón y gramilla, se fundía con sus perfumes caros, mientras se mezclaban sudores y ja-deos calientes encima de las bocas y salivas y lenguas.

–¡Suéltame! –exigió, porque le pareció que le estaba regalando demasiado territorio al invasor y permitiéndole un avance desorbitado sobre ella, que deseaba el privilegio de avanzar sobre él y conquistarlo.

Irala la tomó por el cabello con una mano y por el mentón con la otra. María Rosa sintió los dedos hundiéndosele en las mejillas y los ojos quemándose en los suyos. Peleó.

Nunca la habían maltratado. Nunca la ha-bían sacudido por el cabello como ella remecía a sus sirvientas. Nunca la habían sujetado hasta casi ahogarla por el cuello, como ella había visto que Bravo le hacía a los díscolos. Y nunca la habían sometido por la fuerza.

Se arqueó, con un gemido largo de animal malherido, ya sin forcejear contra el cuerpo violento que se hundía en el suyo.

Le diría luego a Nieves, mientras se quitaba los restos de polvo y pienso de la piel, queriendo arrancarse el olor a hierba y a limón, que “definitivamente ese es el varón que quiero”.

Cuando la soltó, María Rosa todavía temblaba.

El placer le estremecía las entrañas y los labios y le agitaba de gemidos la respiración. Se recompuso, acomodándose las faldas y el cabello y volviendo a ajustar a sus formas el corpiño.

Sentía los labios hinchados y mojados de besos. Le ardían los pezones erguidos y entre las piernas le palpitaba el sexo un estremecimiento que le chorreaba jugo por los muslos.

El ni siquiera se ocupó de ella.

Se fue hasta el barril de agua y metió la cabeza para empaparse los cabellos, levantándolos después con una sacudida, mojados. Se le adhirieron a la nuca y al rostro.

María Rosa no supo que decir.

Salió casi corriendo del galpón, llevándose como una estela el olor a limón y la brujería de los ojos.

–Oye María Rosa…Cuando quieras… –escuchó que le decía él, riéndose, mientras le arrojaba una piedrecilla brillante, como a las gallinas del herrero.
María Rosa se detuvo.

Iba a responderle alguna cosa. A jurarle venganza o a mirarse otra vez en sus ojos.

No pudo hacer ninguna de esas cosas.

La furia se le quedó atragantada cuando el caballo gris pasó al galope a su lado, develando que las reglas del juego eran distintas.

El detuvo el caballo varios metros adelante y la miró subir desde arriba la callecita empinada y terrosa.

Cuando la tuvo cerca, empezó a darle vueltas alrededor, en un alarde de rienda, obstaculizándole los pasos y el avance.

–¡Basta , maldito seas!  –le gritó María Rosa, deteniéndose al fin, atrapada en el círculo del caballo que le daba vueltas y vueltas encerrándola.
–Sube…te llevo… –le dijo él y la arrancó del suelo en la curva de su brazo, para acomodarla de través en la montura, como si la raptara. Ella aceptó el brazo fuerte alrededor de su cintura y se acomodó contra el pecho caliente.

–¿Te regresaron los modales, animal? –le preguntó.

Los ojos de negros la miraron.

No le respondió.

El caballo entró al pueblo bajo la resolana del fin del mediodía y se detuvo ante el amplio portal de la casa, que en el centro del parque se veía enorme y magnífica.

Como la había subido a la montura, igualmente la depositó en tierra.

Ella quiso decirle “quédate, no te vayas” pero solamente lo miró, alejándose al galope por el mismo camino.

La quinta estación: un libro de Silvio Rodríguez Carrillo

Por Alejandro Pérez

Ficha del libro

Título: La quinta estación
Autor: Silvio Manuel Rodríguez Carrillo
Publicado: 2003
Género: Poesía
Editorial: Libros En Red
Idioma: Español
Páginas: 248
ISBN: 9871022840
ISBN-13: 9789871022847

Prólogo del libro

Si se me permitiese una metáfora elocuente, tendría que decir que la poesía es una flor que esparce en el otoño de sus sueños los pétalos crucificados de una vida anclada en el vacío, en la nada de ser alguien que sabe que está condenado a vivir en el sufrimiento o, mejor dicho, a morirse varias veces sin que pueda hacer nada por evitarlo. “Pobrecita raza, pobrecita humanidad, que nace llorando / y que debe aprender a reír, porque no ríe al nacer.” Si tuviera que pensar lo que uno siente, si no tuviera que sentir lo que uno piensa, si la historia no fuese más que un presente que uno sueña, donde el olvido no fuese más que el refugio de una memoria malherida por las garras de un beso, si la verdad, como un racimo de pétalos, se derramase entre mis manos y, entre el sí y el no, bostezara la flor de un sentimiento, si todas estas hazañas se dieran al unísono, al autor de este libro de poemas no le quedaría más remedio que claudicar con estas palabras suyas: “Qué sería de mí, de vos, de nuestras cosas si yo / tuviera que pensarlo todo antes de hacerlo.” Y es que la poesía se siente por encima de todo, late en la mano nerviosa por la emoción de quien escribe unos versos, se disfraza de luciérnaga para alumbrarnos en la tristeza acomodada de la soledad, detiene el reloj pausado de un corazón que madruga en el corazón de la noche donde el amor da sentido al sinsentido de la existencia humana y cae rendido ante los pies de un mar que duerme la ausencia, que busca lo que no tiene y quiere, que se busca a sí misma entre el eco lejano de dos olas, entre la distancia de dos orillas opuestas, entre el rumor nocturno de una espuma muerta de risa, muerta de sueños, muerta de soledad. “Un corazón a distancia que escucha lo que escriben nuestros dedos / una terraza sola, vigilada por estrellas, traicionada siempre por un nuevo día”. “La mañana se anticipaba demasiado al dolido despertar / de ojos entreabiertos.”

Silvio Rodríguez Carrillo deshoja las páginas de La Quinta Estación por medio de 5 pétalos que caen desmayados en el papel: Maitines, Laudes, Guerra, La quinta estación y Piedras y arquitectos donde los poemas van despertándose a la vida y la vida del poeta va desgranándose verso a verso, pétalo a pétalo. Las esperanzas de la vida quedan depositadas en un futuro mordido ya por la colilla del tiempo que se tumba a pierna suelta sobre la inocencia virgen del hombre en minúsculas, que se lanza al mundo sin casco y con la única protección de un alma desnuda con el fin de que pueda latir en otro cuerpo, bucear en las aguas de un desconocido y reflejarse en el espejo herido del dolor sin darnos cuenta. Es el hombre quien se busca a sí mismo. “Sabrías darlo todo por nada”.”Sólo existe lo que aún no está, lo que se busca”. Ese desconocido puede ser el mismo autor que dialoga con el silencio, con ese yo que perdió hace años, pero que recupera siempre gracias a la nostalgia, al desengaño y al café de las tardes que son muy afines porque ambos quitan el sueño y por la noche crece el germen de una fe que no cree en nada, ni en nadie y mucho menos en el mundo y en el hombre. El autor se refugia en el almanaque de la noche y en un mundo de palabras que atropella las páginas de su vida. “Es un ejercicio que me corresponde / hilar no las palabras, sino sus intenciones”. Pero debe enfrentarse a la desconsolada realidad, despertar y afrontar el desafío del día, de un yo solitario que nos acusa a nosotros, que apunta siempre a los ojos. La idea del tempus fugit revolotea por el aire como un ave que empieza a volar en una zona de cazadores. La vida es una muerte que no llega a matarnos del todo. “El tiempo ha dejado de ser lúdico”. Y el poeta ha dejado de ser pasivo. Es un inconformista anclado en la paradoja, recurso que emplea para de algún modo dar forma a ese halo de incomprensión y de confusión que es el mundo y la vida. No le queda más remedio que vivir contracorriente. Dirige su mirada hacia ese hombre que tiene que mentirse a sí mismo para encontrarse con el niño inocente que fue, que busca el consuelo de la noche, donde se cierran los ojos a la realidad y se abren al sueño. “Así tu imagen en la memoria, la memoria en el recuerdo / como un cuadro instalado en una pared rota”. El llanto de la lluvia no cesaba en ese empeño de morir ahogado donde el amor es amigo del recuerdo y de una soledad que me recuerda a una espalda huida y esa espalda me dice adiós. Amar y amarse, amar y ser amado. Este principio conlleva a una doble salida: la condena del amor y la salvación de ser amado. “Hay una sonrisa que he perdido (…) Yo me pregunto dónde estarás cuando la recobre”. “Y el corazón por fin dudó de seguir hablándole a los labios”. Porque todo tiene su precio, aunque el corazón no se vende, se deja matar por una causa noble.

Silvio Rodríguez es un poeta que no está de vuelta de nada, sino que su vida es un continuo viaje en el que aprender a vivir es su objetivo. Las pequeñas cosas nos hacen grandes, afirma con la boca llena, y la posesión es la cruz de una cara llamada búsqueda. Se escuda en el silencio de no callar lo que uno siente, de no sentir lo que calla, porque su alma sale valiente a la calle, da la cara ante la vida y sus circunstancias y se enfrenta a un verso desnutrido por la palabra. ¿Derrota o pérdida? Tan sólo Carpe Diem: “Se me pudre la boca de tanto callar”. Hablemos.

Isabel Reyes Elena – España

No sirváis a nadie que se os pueda morir

¿Qué es la poesía sino un deslumbramiento, compañero? Porque la vida es un minuto que brilla, una alegría que transcurre, el vuelo sutil de los pájaros, el gesto de unas manos, el aire fresco contra la cara, que bullidores, van y vienen, vuelven y tornan a llegar desde den-tro y fuera de la palabra. Acuérdate de lo que te digo.

Pensabas que los versos eran solamente envoltorios, dedalillos de coser en los que cabían únicamente las lágrimas, arroyos para las avemarías con sueño, cajitas para significar, nada más. Pero antes de todo fueron aguas abismales.

La poesía entró por libre en nuestra existencia y el día que enmudezcamos habremos muerto. Las palabras son excesivamente engañosas. No sirváis a nadie que se os pueda morir.

Después, a base de espigar en los campos de las palabras, hemos sabido que es cuestión de escuchar. Todas las palabras van, desde el primer latido emocionado en procesión. Graduales como los salmos.

No paras de estarte a ahí sobre la mesa dale que te pego a la máquina de escribir. Se te va a desorientar el sentido y la conducta como no salgas a darte una vuelta.

Tiramos muchos escritos a la papelera, pero las palabras quedan esculpidas sobre los dedos anchos del pantocrátor de la memoria. Tal vez la poesía no nos lleve a ningún sitio, pero ¿qué es al fin la poesía sino un grito de auxilio, un peldaño más en la escalera que sube hasta la azotea para contemplar el amanecer? Hay noches y noches, eso es cierto. La poesía, que os quede constancia, destruye todo lo malo de algunas noches.

Jordana Amorós – España

Nihilismo

Aovillarme
es todo lo que hoy me pide el cuerpo.
Sumirme en el placer del nihilismo.

Vivir…
Vivir sin más,
sin molestarme
en buscarle un por qué al hado absurdo
de existir masticando la congoja
de ser burda materia que suspira
por trascender,
por ser iridiscente
aleteo en el aire, que trastoca
universos perdidos y es pálpito que crea
el caos necesario.

Entregarme a la plácida desidia
de respirar,
gozando del instante
lo mismo que la hierba, que se esponja
bajo la carantoña de la lluvia
y agradece cualquier deleite mínimo
que sin querer la vida le regala.

Ser solamente
un ser elemental, emancipado
de sus mil soliloquios, que rumian
soledades y agravan
el silencio con ecos de derrota.

Regresar al estado venturoso
que tenía en el vientre de mi madre
donde un don de quietud era infalible.

Y dejar de pensar…
Y dejar de sentir, si se pudiera.



El día de los lúcidos

Alguna vez
tenía que llegar a reclamarme
el día de los lúcidos.

Hoy sí
voy a mirar de frente,
por fin voy a atreverme a vislumbrar
lo que vale la pena,
a dejarme
tentar por el peligro
de la vida exultante que deflagra
ante mis ojos secos.

A subvertir la historia y a lograr
que campen a sus anchas en tropeles
las mariposas blancas sobre mis prevenciones.

Porque yo sí que sé
qué color tiene el miedo, pues lo he visto
enturbiarme el fulgor de la mirada.

Astillarme en los labios la sonrisa,
asaltarme el latido, hasta volverlo
una insana cadencia que acongoja
y abruma el corazón.

Porque yo sí que sé
cuánto puede pesar sobre los párpados
un tenue velo de desesperanza.

Voy a mirar de frente,
a buscar
la verdad,
esa que dicen todos,
que siempre duele y que nos hace libres.
Valdrá la pena desangrarse a cántaros,
llorar sobre las ruinas que contemplas
y redimirte en tus contradicciones.

Y ver cómo amanece
más luminosa y clara la mañana.



Designio

No se entretiene el viento en la cintura
del sauce, ni se enreda en su ramaje,
los acaricia, en breve travesura,
con sus dedos de brisa y sigue el viaje.

No se ensimisma el río en el celaje
de su orilla bucólica, procura
discurrir, susurrándole al paisaje,
hacia la mar, buscando otra aventura.

Los astros, suspendidos en el cielo,
no saben de quietud, son un revuelo
de azares enfrentándose a su suerte.

¿Y quieres tú, espíritu inaudito,
contrariar el designio de este rito
del cambio universal y detenerte?

Sabido es que lo inerte
lleva sobre la frente un nombre escrito
con escarcha y es muerte, muerte, muerte.

Jorge Ángel Aussel – Argentina

Matrix

«La ley básica del capitalismo es tú o yo, no tú y yo». Karl Liebknecht

En la Matrix macabra del cinismo
somos mitad humanos, mitad clones
fraguados bajo estandarizaciones
que representan al capitalismo.

Como trágicos títeres del mismo
nos debatimos entre las nociones
del ser y del tener más posesiones,
enajenados por el consumismo.

Importa más que ser, el parecer,
aunque esto signifique perecer,
pasando de ser alguien a ser algo.

Como es una película animada,
en Matrix lo que tengo es lo que valgo
y no soy nadie si no tengo nada.



Un poema de ardor

Un poema de amor que me lacere
como un escupi-tajo en la mejilla,
de esos que son hijos del desprecio
y madres meretrices de la angustia.

Un poema de odio que me escueza
como un ají picante en la garganta,
de esos que son ácido sulfúrico
cuando muerden la carne del espíritu.

No un poema de amor indigerible
donde las heces huelan como rosas
y sean siempre suaves los c-olores.

No un poema de odio en que procures
lanzar tu anfibológico venablo
siendo indulgente con Jesús y el diablo.



Una verdad incuestionable

Un toque de locura es razonable
y muy poca razón, una locura,
aunque sea mal vista la cordura
que amplía nuestra sombra deleznable.

A veces la persona más amable
cubre su fealdad con hermosura,
y quien viste el disfraz de la tortura
nos salva de una vida miserable.

La criatura que nace saludable
instaura en su país la dictadura,
se vuelve intransigente e implacable
y aplica una mordaza a la cultura.

Si busca una verdad incuestionable,
no juzgue al bollo por su levadura.

Silvio Rodríguez Carrillo – Paraguay

Introducción tardía a él

La violencia es para él, en primer término, un lenguaje, un modo de expresarse, una manera de cuestionar, responder o afirmar. Una pelea a trompadas entre niños por la defensa o el intento de conquista de un juguete —ajeno para ambos contendores—, o por la defensa o conquista de un pedazo de patio de recreo —del que nuevamente ninguno es propietario— es solamente hablar con otros medios. Ya en una segunda interpretación, la violencia le significaba energía puesta en movimiento, intensidad manifestada a través de un grito que putea, carajea y busca ofender cuando no humillar al receptor de turno. Manifestación que, como en la primera instancia, normalmente lo que busca es defender o conquistar. Así, cuando el gerente le dice burra a su asistente porque ésta ha redactado una carta con errores gramaticales, cuando el maestro trata de animal al alumno que yerra por falta de atención o incluso por incapacidad congénita, hay detrás el deseo de conquistar lo correcto. Y cuando la asistente le responde al gerente que hay que ser imbécil para tratar a una persona de burra, cuando el alumno le dice al maestro que sólo un idiota se pone a enseñar a un animal, es cuando se da la defensa del territorio intelectual que dominan, que conocen, y entonces hay que ver cómo sacarlos de ahí.

Ahora bien, ¿y cómo explica él el tiempo de los gladiadores? Para él, aquello de la violencia por satisfacer a tal o cual grupo es simple y tristemente una degeneración de la concepción original. Esto es, gente que conquistó o que salvó un territorio —cualquiera sea este— por medio de la violencia puede llegar a confundir la satisfacción de lo conquistado o defendido con éxito, con el medio en sí. Extrapolando, gente que es feliz comprando una casa, antes que teniendo una casa. Pero claro, todo esto siempre dentro de los planos de la tercera dimensión, dicho sea.

Por otra parte están los que por a o b han desarrollado la capacidad de accionar violentamente y sin errores, en un principio quizás obligados a la defensa, luego quizás obligados al ataque. Una vez que las destrezas han sido adquiridas —y aquí los no violentos deben saber que el adquirir estas destrezas es un proceso muy doloroso a nivel físico como mental y emocional— el poseedor de las mismas puede comerciar con esta habilidad. Y así tenemos a los guardaespaldas y a los que buscan liquidar a quien protegen los guardaespaldas, a los policías y a los ladrones, a los ejércitos y a los mercenarios, a los que raptan y a los que rescatan, e incluso a los ángeles y a los demonios, ya que estamos. Aquí también hay que considerar que hay un trasfondo metálico, como ocurre en la final por el cinturón mundial de pesos pesados de boxeo.

Y como se ha mencionado la frase “ya que estamos”, partamos de la redundancia de ella para indicar la existencia de la magia blanca y la magia negra. Y aquí tenemos al hechicero que con siete fumadas poderosas te recupera la pareja en seis horas, como también al brujo que con un sapo le causa la muerte a un pobre tipo, o que consigue exactamente lo contrario del hechicero anterior, separar a una pareja en seis horas. Por supuesto que ya en este nivel, que roza salirse del plano de la tercera dimensión, ya muchos apartarán la vista aún cuando la lógica anteriormente expuesta carezca de ningún tipo de error —y que es lo que molesta, en demasiados casos—, sencillamente porque aun cuando les sea sencillo asumir que dos o doscientos tipos se maten en un circo para alegría de un millar de fanáticos, no son capaces de asumir con la misma gracia que puedan hacer lo mismo —o incluso cosas mejores y/o peores— unos tipos que sólo usan velas, plumas y rezos.

Nudo

La chichería era de muy mala muerte, gente pobre en apariencia y en gustos, claro está, pero cargada de monedas. Un local lleno de luces desordenadas que parecían buscar generar un caos antes que una mínima decencia al momento de iluminar. De pronto un foco azul, y a los dos metros un foco rojo, y luego otro verde, y otro más allá pero amarillo. Mesas redondas, con lo incómodas que son, y con lo feo de los manteles agujereados, blancos de blancura escondiendo la suciedad de grasa y cenizas de cigarrillos y trago derramado por virtud de todos los focos mintiendo estúpidamente una suma de luces enalteciendo la superioridad del cálculo diferencial por sobre el cálculo integral.

Seis metros al frente de la puerta de entrada, sentado y dando la espalda a la pared, Chichimali bebía su chicha. Dos negritas lo flanqueaban y, enfrente, acompañándolo duro y parejo en el arte de beber porquerías —que alguna vez fueron néctar de sacerdotes— uno de sus fanáticos, uno de esos paralíticos almáticos que por gracia y altísima sabiduría bondadosa —of course— del mago/brujo, de paralítico pasó a cojo, luego de una serie de ceremonias con las que Chichimali logró eliminar el trabajo que otro mago/brujo hiciera sobre la existencia del ahora juramentado devoto del gran Chichimali, humilde hacedor de milagros.

A la derecha de la mesa de Chichimali, también con la pared detrás, él luce el brillo innegable de unas pulseras de oro de grueso calibre triunfando sobre la sorda lucha de los focos coloridos. Por dentro de la v que delinea su camisa blanca desabotonada, un juego de tres collares también de oro, cada uno con un crucifijo, parecen señalar su fe, como también el desprecio hacia la cruz, a la que se llega por fe y no por dinero, claro está. Él bebe cerveza, aunque no le gusta, bebe cerveza, porque eso es lo que tiene que hacer. Y aunque le molestan las seis botellas sobre su mesa, aunque la mesera intentó llevar la primera una vez acabada, están ahí, porque él quiere que se sepa cuánto sabe beber a solas. Se lo dijo con un “no quiero que me engañen en la cuenta aunque esté borracho”. Cada botella es de litro.

Le sirvieron la segunda botella de cerveza cuando Chichimali llegó, la tercera cuando llegaron sus negritas y la cuarta cuando llegó el devoto fiel. En la quinta botella, él notó que a Chichimali se le encendía el indio, que comenzó a manosear a las negritas pese a la presencia del devoto, para quien todo lo que hacía el mago/brujo era sacro como el orín de un papa. Ahora que él andaba en la sexta botella, las negritas reían felices con los pezones al aire, y Chichimali los lamía o los chupaba, alternadamente, felizmente borracho. Él cabeceaba al ritmo de la música, como mucho más borracho, eternamente más borracho que Chichimali, pues hasta los párpados se le caían haciendo brotar la risa lastimera y al tiempo altanera de las negritas, y el comentario del devoto que se permitió un “está quemado el amigo, don Chichi”, a lo que Chichimali respondió “dejalo, es un pendejo”.

Como un cisne estúpido y con la idiota precisión de la manecilla de un reloj ingresó al local el Sebas. Puso su mano izquierda sobre el hombro del devoto, y cuando éste se volvió con la boca abierta y sonriendo, atravesó en ella el largo puñal. Narcisa, a la izquierda de Chichimali, no pudo ni gritar antes de que el mismo puñal le corte de un tajo la garganta. Carmen era todo gritos cuando se levantó de su silla pensando confusamente en refugiarse detrás del borracho enjoyado, pero al cruzar al lado del Sebas este le enterró el puñal también en la garganta.”Ahora te toca a vos, maricón”, dijo el Sebas, mientras que a él le costaba fingir lo que disfrutaba de ver al mago/brujo estar en la situación en la que se encontraba.

Sólo él, enjoyado y pletórico de cerveza, escuchó el estruendo torpe de la mesa que separaba al Sebas del brujo/mago, porque los demás, a excepción de los tres cuerpos encharcados en su propia sangre, habían salido disparados de la chichería, algunos buscando tan solamente escapar, otros pocos buscando también ayuda. Sólo él pudo ver el pánico sereno en total posesión del brujo/mago, y el gesto de su boca dibujando en ese pedacito asfixiante de noche un “no, no, por favor, no, no, por favor”, al tiempo que el Sebas demoraba como un cocodrilo en la orilla de un río el momento preciso de hincar su colmillo de acero.

El disparo no lo vio nadie, y menos él, que fue quien disparó. El Sebas cayó desplomado, con lo que le quedó de cara, a los pies de Chichimali e irónicamente, hay que decirlo, sobre los orines del disfrutador de negritas. Él cruzó los charcos granates —disfrazados de colores indecibles a causa de los focos— y pasó por encima de los cuerpos hasta darle su mano izquierda a Chichimali diciéndole “mejor nos vamos, antes que lleguen los pacos”. Chichimali, sobrio de toda sobriedad, se dejó llevar, como un nene al que llevan a la dirección de la escuela y que se deja hacer porque no tiene ni a la madre ni al padre al lado. Ya en la calle, él guardó el arma y —feliz coincidencia— justo en el momento en el que pasaba un taxi, el cual abordaron. “Hay cada loco”, dijo él, luego de beber un trago de whisky que llevaba en una petaca, petaca que Chichimali aceptó semiinconsciente cuando él se la ofreció, casi sonriente.

Desenlace

Una semana después él entró a la consulta del brujo/mago, que lo recibió entre feliz y azorado, porque odiaba sentirse en deuda después de tantas décadas viviendo de acreedor, y porque así es que no sabía cómo conducirse ante quien le había salvado la vida sin tener motivos para hacerlo.

—Tengo un enemigo —dijo él—. Y quiero que muera.

—Eso es muy grave, hermanito —le respondió Chichimali. Lamentando entrever por dónde iría a pagar la deuda.

—Tengo un enemigo y quiero que muera ahora —dijo él, sacando un arma y posándola sobre su vientre como se coloca un halcón enjaulado sobre una mesa.
—Pero todo se puede hacer, aun cuando sea difícil —se apresuró a decir Chichimali, recordando de pronto la explosión del balazo en la chichería, los charcos de sangre, la cara de la Narcisa y la de la Carmen, y la que él tendría, recordando el futuro, si no le complacía a él.— Pero necesitaré una prenda, o un cabello, una fotografía también puede ser.

—Tiene su saliva —dijo él, extendiendo un ínfimo pedacito de metal.

—Sirve —dijo Chichimali, sintiéndose feliz por tan buen elemento.

—Necesito que muera ahora —dijo él, blandiendo el arma y apuntando al brujo mago.

—Pero esto lleva su tiempo, hermanito —balbuceó Chichimali, casi tan acobardado como la noche aquella en la chichería.

—Tan cansado —dijo él, suspirando y engatillando el arma, cansinamente decidido a presionar el dedo índice, a que de nuevo todo estalle contra una pared como mandan los tan aburridos manuales.

—Ya, ya, ahora lo hacemos, hermanito —dijo Chichimali, resignado.

El brujo/mago fumó tabacos muy negros, rezó oraciones aymaras, quechuas y guara-níes, escupió, gritó, danzó en contorsiones horriblemente absurdas, se laceró los muslos, y hasta convulsionó por unos segundos con los ojos puestos en blanco y la espalda contra el suelo. Luego, lentamente, volvió en sí, con los ojos brillantes y una sonrisa vanidosa desacomodándole un poco el rostro. Se sienta detrás de su mesa y suspira satisfecho.

—Está hecho —dijo Chichimali. — En unos veinte minutos estará muerto, sea quien sea.

—¿Y cómo sabré si fuiste vos y no otro? —le cuestionó él.

—Su boca estará llena de baba —contestó Chichimali, orgulloso y despreciativo.

—Bien, esperemos —dijo él.

Él sacude sus brazos, como si estuviesen llenos de mosquitos o polvo, saca de un bolsillo su móvil, lo pone en función cronómetro y lo coloca sobre la mesa. “Mi gente está en su casa”, le dice a Chichimali. Chichimali asiente, tranquilo. Luego, él toma el arma y la acomoda con sus dos manos apuntando a la boca de Chichimali, sonriendo por dentro su capacidad de saber estar por horas sosteniendo lo que ahora sostiene. Sabiendo, sintiendo, conociendo lo que Chichimali siente, esa seguridad del acierto.

Faltan 60 segundos y, a diferencia de Chichimali, él no confía. Quiere que funcione, y quiere que no, aunque no le importa. La 21C es una con él, y sus 13 tiros anhelan decir su voz, él las escucha antes que sean dichas.

Cumplidos los plazos la expresión de Chichimali cambia. Un estertor inútil y la baba cayéndole por entre los labios. Un temblequeo, sí. Y luego su mirada pegada al techo.

Él toma su móvil, presiona un botón y dice “Yónas”.

Del otro lado escucha decir “¿funciona?”.

Y responde “Sí. Ahora nos quedan seis”.

Novelas robadas sin terminar: un libro de Gavrí Akhenazi

Por Morgana de Palacios

Ficha del libro

Título: Novelas robadas sin terminar
Autor: Gavrí Akhenazi
Publicado: 4 de agosto de 2013
Género: Novela
Editorial: Lulu editores
Idioma: Español
Páginas: 183
ISBN: 978-1-304-29256-8
Encuadernado: Tapa blanda
Tinta interior: Blanco y negro
Peso: 0,73 lbs.
Dimensiones en pulgadas: 5,83 de ancho x 8,26 de alto

Consíguelo en Lulu.com

Prólogo del libro

El protagonista es un antihéroe con pocas cosas rescatables, un villano en un mundo de villanos, que actúa como tal sin remordimientos precisamente porque es amoral. De todas formas, una cosa es lo que nosotros desde nuestra subjetividad tengamos ganas de ver y otra la realidad del personaje que, en esta ocasión, nos llena los ojos de cristales porque es así como lo pretende el autor desde su propia concepción de esa amoralidad impune. Nos han acostumbrado a que el villano pague finalmente, porque eso es lo que permite a la sociedad continuar en su Babia particular. Paga tanto como paga en la vida, el cerdo que se come a sus crías porque tiene hambre. La realidad es justo la que pinta Akhenazi y en pintar realidades sin edulcorar, no hay quien le supere. Y es así de injusta y así de repugnante. Y así, a su manera y como en todo hay grados, ese protagonista, tiene también sus códigos porque todos los hombres somos una mezcla de bien y mal. Cuestión de equilibrio universal.