Carmen Jiménez Meneses – España

Poemas escogidos

Forest by Mabel Amber

Tiene mi afán

Tiene mi afán mareo de resaca,
miedo de precipicio, mal de altura,
un vértigo de cumbre, una blandura
de febril transacción endocardiaca.

No sé si es la vejez la que me ataca
con su tenaz y fría mordedura,
que hunde la mermada arquitectura
de mi esperanza, náufraga elegiaca.

Sé que yo no soy yo, la yo que anduvo
conmigo o contra mí, mi lucernario,
mi terca rebeldía, mi condena.

Y sé que el corazón es un osario
y que laten ausencias donde hubo
expectación de noche de verbena.


Tarde de otoño

Este café y yo, aquí sentados
al pie de un rascacielos de cristal
en un atardecer de finales de octubre.

Él se enfría, yo pienso,
varada en esta playa de adoquines.

Corazones metálicos braman en oleadas
sonidos in crescendo
de latidos unísonos
que elevan su berrea sobre todo lo humano.

Van y vienen a riadas hombres tristes
que se cubren el alma con la prisa,
y retornan hastiados a sus lechos escondiendo, quizás, en los bolsillos
sus bandadas de pájaros.

Comandan los corales luminosos,
en rojo, verde y ámbar,
en este bulevar, al aire esclavo,
de neutros arrecifes.

¡Y yo otro figurante, jugando a espectador del gran teatro! .

No parece esta tarde ni de otoño ni mía,
sin quietud y sin magia en su ausencia de hojas.
Grapado a las cornisas, el cielo se oscurece,
y es apenas un parche imperceptible,
destinado al olvido.


Carta a mi madre.

Empujo con mis manos los fantasmas
a otro lado del velo de los sueños
y bendigo mi suerte,
¿sabes madre?
La de haber atisbado, siendo niña,
tantas clases de frío arropada en tu embozo.

La de llorar, la blanda de tus hijas,
consolada por ti.
Y agradezco el haberos añorado,
aunque no comprendiera por entonces
las razones de aquel alejamiento,
y viviera los días y las noches
deseando volver.

La de emprender mi viaje al propio nido
apoyada en las palmas
de tus cálidas manos entreabiertas,
sintiendo tras de mi
el soplo de tus labios hacia el cielo.

La de haberos cuidado desvalidos,
la de seguir oyéndoos.

Desde que tú te fuiste, después de que papá se despidiera,
empezó a cortejarme mi vejez,

no diré que me alegra, ¿pero sabes?,
cuanto mayor, más cerca de vosotros,
y ya puedo decir
que empiezo a conoceros.

Ahora duermo mal, eso aseguran,
siempre de madrugada
un sonido inaudible acude, puntual,
al borde de mi lecho,
es una voz sin nombre,
más que una voz,
una presencia etérea que habita junto a mi
en un lugar de tiempo
donde la voluntad yace dormida.

Se acerca muy despacio para que no me asuste
y me envuelve en la calma antes de despertarme
para que encuentre grata la vigilia.
Entonces me parece
que es una tarde alegre de verano,
y que duermo la siesta en una cama grande,
de aquella habitación semivacía en casa de la abuela,
y que tu voz me llama, retumba en las paredes
con un frescor de cántaro.
y aroma de alhacena.

Y sé que esa presencia no eres tú,
porque nunca osarías desvelarme,
aun así, te convoco en un abrazo.

Bajamos sigilosas y escribimos,
somos dos compañeras,
las dos supervivientes,
cada una a un lado de la muerte.

Lo único importante de verdad es el amor.

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