«Desamar en tiempo de cólera», prosas breves, Gavrí Akhenazi

Pediluvio


Dentro de este lugar el silencio es un inmensurable eco que se hace maquinalmente pulcro en los rincones y ambiguo y anchuroso mientras flota pegado sobre el aire.

La elección de hacer las cosas sucias me está permitida en el contexto de la desolación, como a la luz se le ha concedido volverse magia refractando en un prisma.

Se ausentaron las moscas y los peces son gotas de alabastro panza arriba, o redondeles de mecurio cósmico, enredado en el moho de un agua podrida por cadáveres.

Me lavo los pies en ese charco quieto, donde la bruma verde se ha adherido a la cárcel del vidrio y el olor a abandono trepa todos sus muertos a mi olfato.

Dejé morir los peces del demiurgo como murió la luz cuando trabé con maderas las ventanas que siempre dan al viento y abandoné las plantas a un desierto cerrado hecho todo de muebles y sin sol.

Profano los recuerdos como un bárbaro.
Dentro de la pecera caen lágrimas.


De(h)errumbre

La luz se ha derrumbado.
Debajo de la luz, soy una sombra que escapa por un hueco.
La luz se ha derrumbado sobre mí, igual que la memoria.
Anaqueles de luz se han derrumbado con sus libros monótonos encima de mis libros y todos confundidos, somos papeles viejos.
Pero no llega el viento a hacer limpieza.

La luz no existe más.
Tampoco el aire.


Apex vacío

Larga piel de agonía. Subluxación del alma que no se amolda al hueco en que le sobra espacio porque es poca y se retuerce, tratando de agrandarse hacia la vastedad de estar sin nadie.

¿Quién entiende de luz en estas sombras en la que el grito es una flecha opaca y mata ciervos de tela y de peluche?

Sólo ambulan dragones de Komodo en la parafernalia de esta boca con más dientes que aquellos de lo humano y una lengua infecciosa como un antro de prostituir ángeles de vidrio.

Igual estoy en paz desde el retorno.
Toda sombra es aquello de lo impune.


Canto de la herida

Que todo sea un apagón de sangre. Un sitio de metales que rodean un latido penúltimo y disparan – fiera violencia rota – destiñendo la boca de la carne hacia un cementerio de cerámicos.

Que todo sea un apagón de sangre. Una boca deshecha que se abre con hondo estremecimiento muscular y tiembla, precipitada como alguien que corre, boqueando como alguien que gotea su último estertor amurallado y acaba, dulcemente, en un sopor de charco que coagula.

La sangre es lo más íntimo de un hombre.
Pinto en rojo tu nombre sobre el karma y luego resucito, ya vacío.


Las frases en la sombra

Es tan dulce que amarga esta boca sin fresas ni melones. Pero es así, preciosamente húmeda como todas las gotas en las que el sol estalla, como un diamante extraño en la más sumergida de las minas.

Es raro lo que pasa pero pasa.

El tiempo es tan escaso entre las bocas, que no voy a gastarlo con preguntas.


*

Luego la luna llueve esos pájaros torpes.
Y ella mientras no escapa, siempre se ingenia para perder el zapatito.

Sutilmente sabia, conoce la ansiedad de todo sapo por convertirse en príncipe en los cuentos.

Entonces fragua un cuento y soy feliz.


*

Ya estoy viejo y bruñido de huracanes.
Remonto mis riberas como un eterno y Caronte canoero, que va de un lado al otro con sus muertos a bordo.

¿La subo? ¿No la subo?

Hace dedo en la orilla y me hago el tonto.

Su dedo que hace dedo indica al sol.

Sobre mi espalda, cada vez más sombra.


Zonda


Ya sonaron las seis y sigo fijo en la espesura dócil de mi espanto, porque aparto una memoria y nace otra, como en la selva cuando vas abriendo y siempre hay hojas y hojas adelante y pienso en la malaria y en estas manos que luchan contra el viento.


Pero regresa el viento desde esta huella honda que es la vida debajo del esternón. Regresa el viento como algo incontenible y me llena los ojos con álgidos demonios de mí mismo.

Nunca me dije ángel, ni me concebi ángel ni busqué parecerme en algo a ser un ángel, pero me vendrian bien menos demonios royéndome los ojos mientras lloran.

Recuerdo demasiado como para estar vivo.

*

Lo malo es vivir para contarlo. O para callarlo.
Pero las manos tienen el tacto de la vida, como toda la piel; pero las manos que son ejecutoras se cuestionan el don de acariciar porque han tocado todo lo que es pólvora y conservan un largo olor de sangre que mi sangre no lava.

Y conservan un largo olor a piel ausente que mi sangre no lava.
No se lava.
Yo me seco una vez más las lágrimas.
Y el olor permanece ahora más húmedo.

*

Vos sos un poco sórdido, medio dark, siempre tan reservado y autosuficiente, tan observador de las conductas y tan oportunista a la hora de las resoluciones.

Oportuno, lo corrige Freak y Viktor asiente y dice, sí, sí oportuno, de dominar la oportunidad, de ser a tiempo.

¿ Un águila? susurra Iñigo desde más atrás.

No, un cuervo, le respondo y Víktor se sonríe mientras dice por primera vez : Bad Raven, Bad Raven…como si fuera la voz de un dibujito.


Amor de mi cólera


Hasta qué norte llegará el reclamo y hasta qué sur tendré que hacer silencio, como si yo jamás fuera importante en tu tablero raro de piecitas en orden decreciente.

Hoy leí tantas cosas que estoy mudo.

Se hicieron emigrantes mis palabras y apenas queda suelo en que poner la piel de mis zapatos. Y en el mar de las dudas pesco perlas de cal, perlas de arena y perlas que palpitan, cazadoras, pero infructuosamente.

En esta rota red, todo es memoria y dádiva y todo es pleitesía al rey de los adioses que no tienen remedio.


¿Y qué hago yo en tu templo, deshonrándote?

Y qué hago yo en tu templo y de rodillas, como un sacerdote que maldice al dios que lo alimenta y se lleva la ofrenda a sus estancias, para comerla a solas.

Tan sin y tan ajeno que me espanto de haber dejado de ser en quien confiabas.
El culto del amor me dejó solo.

Un comentario en “«Desamar en tiempo de cólera», prosas breves, Gavrí Akhenazi”

  1. Debajo de la luz, soy una sombra que escapa por un hueco.

    Prosas breves que dicen tanto, están llenas de historia y mensajes de vida.

    Leerte es seguir aprendiendo.

    Abrazo con cariño y admiraciòn.

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