«Esdrújula-mente», «Serendib», Ana Bella López Biedma

Imagen by J Plenio

Esdrújula-mente

Como una Hipatia torpe que no intuye la órbita
donde tu boca artera debajo de mis párpados
dirigirá su rumbo en tacto de relámpago,
te espero a cielo raso fuera de toda lógica.

Y te espero temblando, desnuda de retórica,
cansada de otro lunes, anhelando ese sábado
que hay en la comisura de tu decir de escándalo
donde solo yo veo tu soledad inhóspita.

Has destrozado en vuelo esa barrera última
donde parapetaba mi ternura de acuífero,
volviéndome mujer de transparencia impúdica

que te busca en los labios un resquicio de oxígeno.
Para sobrevivir en mi mundo caótico
he imbricado a mi piel tu corazón indómito.


Serendib

Me resisto a la inercia de romper el espejo,
de construir mañanas de polvo y de quimera,
de aguardar mientras otros me llenan la cartera
de verdades prestadas. Existo en el reflejo

de la mujer hermosa de sol dulce y añejo
que corre por las calles sin masticar la espera
con los huesos en flor. Boca salina y fiera,
no me agrieto jamás por ningún dolor viejo.

Miro en tecnicolor los espacios más grises
y habito entre las ruinas con ventanas al mar.
Mi suerte está en tu estrella que alumbra mi recuerdo.

Guardo cartas de espuma en el bolsillo izquierdo
de mi camisa. Canto sin garantías bises
y doy gracias si a ratos conjugo el verbo amar.

«Me llamo claridad», Morgana de Palacios – Gavrí Akhenazi

Contrapunto

… y entre mi escombro,
sanadora su agua si me ensombro
enciende un lucerío…
(Akhenazi)



Digo la luz y el mundo se ilumina.
Porque nombro la luz, la luz se crea
y porque hay luz tu sombra se alabea
y me besa en la boca y me asesina.

Mato la luz y asombro tu retina
con la penumbra viva de la idea,
parásito de luz que melindrea
entre la esclavitud de la rutina.

Cuando escribo la luz, algo se enciende
por seducir tu verbo que trasciende
por la geografía de mis lutos.

Me llamo Claridad siendo La Oscura
y en lo profundo de tu arboladura
brilla el dulzor acerbo de mis frutos.

Morgana de Palacios


Digo la luz y el mundo se ilumina.

Morgana

Taciturna la luz. Lanza de fuego,
su atemporal gemido de alabanza
y donde sombra hay, sin voz me alcanza
con la vertiginosa luz del ruego.

Queda la sombra en sombra. Con reniego,
cae un ruin vendaval sin enseñanza
con su locuaz feracidad que, a ultranza,
alimenta los dientes del trasiego.

Sorda la pez y sordo el mundo —oscuros—
en que asorda su cueva de extramuros
el que medra sin luz junto al calor.

Si vas con la palabra vuelta tea,
seré el hondo tonel donde la brea
ardiendo borbotea su clamor.

Gavrí Akhenazi


Para después de ti, tu frente quiero,
con todo lo que guarda en la memoria,
tu frente diluvial para mi gloria,
para mi frente abierta a tu aguacero.

Para después de ti, hondo venero,
tu boca transitiva y migratoria,
creadora de alas en mi historia,
para después de ti, tu boca espero.

Porque después de ti, sombralunado,
luna adentro tu nombre en mi costado,
refundaré tu sombra bajo el sol.

Que solamente tú, que sol-a-mente
podrás después de ti, ambivalente,
ocupar tu vacío en mi crisol.

Morgana de Palacios

«Siempre llueve en otoño», «Bye, bye», Jordana Amorós

Siempre llueve en otoño

Huele a húmedo octubre… No varía
el ritmo estacional y a mí, puntuales,
llegan hoy los aromas espectrales
a flores secas y a melancolía.

Siempre llueve en otoño y la sangría
de las líquidas venas celestiales
escribe mansamente en mis cristales
con su confidencial caligrafía.

Quisiera descifrar, tras la angostura
lacrimosa que traza en sus regueros,
a qué pesar se deben sus enojos.

Y es que me niego a oír lo que murmura
mi corazón, que tales aguaceros
perennes solo ocurren en mis ojos.


Bye, bye

Dos mil veinte maldito, hace ya doce meses
todos te recibíamos contentos y felices
pues aunque no creyéramos que trajeras perdices,
tampoco imaginábamos que tan nefasto fueses.

Te habríamos cerrado con muy malos modales
la puerta en las narices, de haberte conocido
y así nadie en el mundo hubiese padecido
tu luctuoso e infame catálogo de males.

A pesar de las lágrimas que hemos derramado
por ti, nos disponemos hoy a decirte adiós
con el ánimo firme y el gesto esperanzado.

Y alzamos nuestra copa por el que ahora a estreno
viene a sustituirte, pidiendo solo a Dios
que, queriendo imitarte, no llegue a hacerte bueno.

«El tiempo que nos quede», «Ente oscuro», Eugenia Díaz Mares

Imagen by Ogutier

El tiempo que nos quede

Amanece con viento de aire puro.
Tu mirada ya libre de amargura,
me provoca estrecharte con ternura
y decirte no temas al futuro.

Pensar en nuestra muerte es prematuro,
no te deja vivir y te tortura;
es mejor continuar nuestra aventura,
sobrevivir saliendo de lo oscuro.

Nuestros logros podemos disfrutar.
Sin culpas y sin pena ya nos toca
liberarnos de cargas y volar.

Todavía hay puentes que cruzar,
tan solo de pensarlo me provoca
irnos a una cabaña junto al mar.


Ente oscuro

Tus cementerios llenos, inundados
de aguaceros salados por la pena
y las terribles muertes en cadena
que dejan los hogares silenciados.

Vagas por los rincones más cerrados
llevándote las almas, sin condena,
en soledad, sin aire y por docena,
¡Detente, por favor! son demasiados.

Te recuerdo, te tengo muy presente.
Arrancaste a mi hija de mis brazos
llevándome a lo oscuro en su mirada.

Hoy arrasa tu oleaje con la gente
dejándoles la vida hecha pedazos,
débil, sin esperanza y aterrada.

«A la vejez», «Dolía el corazón», Idella Esteve

Imagen by Suzanne Jutzeler

A la vejez

Tres hurras por el tiempo transcurrido,
no tiene la vejez por qué asustarse
ni maldecir, penar o lamentarse
por aquello que no se ha conseguido.

No demos lo pasado por perdido,
en el presente no hay que abandonarse
ni tampoco pensar en aferrarse
a lo fácil por sernos conocido.

Habiendo lucidez en nuestra mente
podremos continuar con esta empresa
de existir dignamente cada día.

Que no se acaba el mundo de repente,
cada mañana nace una sorpresa
para poder vivir con valentía.


Dolía el corazón

Dolía el corazón cuando te amaba
y también hoy me duele tras tu ausencia
en el rememorar de tu presencia
y la falsa ilusión que me amparaba.

De toda sensación me siento esclava
y es dolerme quizás mi quintaesencia
pues me apena además la contingencia
de ante la pena no sentirme brava.

Aunque he sido valiente algunas veces
nunca pude matar la cobardía
y asesinar mentiras y acideces.

Dolía el corazón, ¡Dios, me dolía!
Exterminó el dolor mis candideces
y quedó la aflicción por siempre mía.

«Volátil rosa negra», «El grito», Sergio Oncina

Imagen by Vesna Harni

Volátil rosa negra

Volátil rosa de perfume eterno
que floreciste roja por error,
solo te creo símbolo de amor
por las espinas, prueba de tu infierno.

Así te llegue pronto el mismo invierno
que me abrasó. Que pruebes su dolor
sobre tu piel: tenaz, devastador,
inútil como un llanto sempiterno.

Que mueras carcomida por la ausencia
de la belleza pura. Que tu esencia
efímera no exista más. Que llores.

Que exasperada sufras la caída
de tus marchitos pétalos. Que, herida
por el mal, no se alivien tus temores.


El grito

A veces la recuerdo y me repito
que no debo llorar por tonterías,
que soy un hombre libre de utopías
de las que solo viven en lo escrito.

Aunque sea su sombra donde habito
y su luz la tristeza de mis días,
he de saber fingir entre ironías
y retener las lágrimas y el grito.

Pero todo es minúsculo si falta,
menos el desconsuelo que me asalta,
y no hay ningún remedio para mí.

Entonces, surge de mi voz, potente,
un alarido, un llanto que es torrente
de la vida exultante que perdí.

«Decir amigo», «No me vengan con necesidades, Eva Lucía Armas

Imagen by Elina Elena

Decir amigo

a Gerardo Campani

La vida nos plantea sus recursos de barro.
¿Qué lejos nos conmina a largamente frágiles,
y pálidos y solos?

Si me doliera menos tu amistad en mis manos
y el corazón tuviera ese cándido eclipse
con que se aparta el día de los ojos del hombre
podríamos bebernos tu agraz filosofía,
tu vino de cosecha selecta y arrumbada
y discutir, nocturnos, la lengua de los dioses
y el pánico del viento sobre los versos planos.

Se quedará la tarde tan tontamente sola
como la vieja noche de cervezas y umbrales
conque arreglamos mundos,
mancamos utopías
y quedamos mojados de soles sobre el río.

No me dejes tan sola
porque ya estoy cansada
de sostener las drizas en mi nave violenta.

Y si te vas un día, “cuando muera la tarde”
las palomas ocultas romperán las fronteras.

Amigo,
amigo mío de los vinos del alba,
siempre serás el tango que nunca compusiste
para que yo bailara tu terco pragmatismo.

Cuando nos encontremos después de nuestros días
hablaremos de todo en lo que no creíste,
pensador de alas quietas
y todo será nuevo
en tu boca prosaica.



No me vengan con necesidades

Ya no estoy para amores de película
ni para suspirar como Gautier
por un Armando más de otros armandos.

La felicidad
es coja y se construye una pata de palo
o anda renga
igual que un pajarito al que una rata hambreada mutiló
pero no deja de volar por eso.

El amor
tiene mucho de hambre
porque el corazón es un desconsolado
que no sabe qué hacer consigo mismo
y entonces busca afuera
igual que una vecina -de aquellas de visillo-
que ocupaban su nada en espiar
qué hacíamos los jóvenes turgentes
con nuestra propia magia.

Ya no estoy para amores. Ni siquiera
recuerdo los pasados.
Espanto a los futuros con el Raidmatamoscas
-y mosquitos-, porque chupan la sangre
de la ilusión que queda
en algún rinconcito donde nadie ha pasado la Ultracomb.

La ilusión es un muerto
a cuyo velatorio nunca iré
porque los muertos siempre nos existen
en el fondo del alma.

Ya no estoy para amores de película
ni para hombres que ilusionen gatos,
ni para hombres a los que ilusionen
brebajes de gastada hechicería.

Casi soy una ostra, hablando mal y pronto.
Pragmática, serena,inteligente,
a veces peleadora,

a veces,
mansa como una diplomática que pretende un acuerdo
pero siempre soy yo,
sola y distinta.

Estoy como “De nos”…*

Ya lo hice todo.
Ahora,
solo quiero a mi perro.

Punto.

Aparte.**

NdA: *Cuarteto de Nos (grupo musical uruguayo)

**Expresión del campo argentino que se usa cuando se separan las vacas que por edad o por problemas, ya no pueden integrar el rodeo

«Historia de unas manos», «Diciembre», Ángeles Hernández Cruz

Imagen by Полина Андреева

Historia de unas manos

Escribe en el reverso de tus manos
“valentía” en mayúsculas,
y al bajar tu mirada en los momentos
en que sientas pisadas de amargor,
recordarás quién eres.

Aunque la vida
no siempre nos enseña su perfil
que viste de hermosura,
me permitió escuchar nobleza en pentagramas
que hilaban tus adentros.

Tus dedos no conocen la arrogancia;
sus durezas sí saben que esculpieron
tiempos y laberintos,
y tus manos guiaron a las mías
a desbrozar malezas para hallarnos.


Diciembre

Me sorprendió diciembre
como una primavera anticipada.

Con tus manos hiciste rebrotar
torrentes en mi cuerpo,
arenal epicentro de una estepa
queriendo ser laguna.

Y me inundaste
con un perfume a sueños,
a soledad difusa adivinada
en la piel de tus labios.

Lucharé por atar a la memoria,
entre mi boca y tu extrañeza,
las huellas de este invierno
que llegó con llovizna hecha de risas
que juegan a encontrarse.

«Me esquiva la calma», «Tres ángeles caídos», Orlando Estrella

Me esquiva la calma

Me esquiva la calma
como un sano a un contagiado.
Será que proyecto un mal de fondo,
una enfermedad esquizofrénica que perdura
pero que no se muestra.

Es la sangre que reverbera silenciosa
esperando lo imposible,
un volcán dormido que ni las leyes naturales
reviven pero que lo angustia.
¿Qué pasó en mi transitar que me aisló de la paz
y me arrinconó como a un perro
que abandonaron por necio y por gruñón?

Será que maldigo lo que otros aman,
lo que me mantiene atado a la soledad
viendo a los malditos disfrutando
del dolor y de la sangre ajena,
muriéndose tranquilos en sus camas
rodeado de sus familiares y secuaces.

Es grave expresar ciertos pensamientos
pero más grave es no poder revertirlos.
No puedo, ni el subconsciente me ayuda,
no tengo lo que todos, un dios al que rezar
y pedirle ángeles de guerra
pues sólo eso puede regresar la maldición
de vivir en un purgatorio dirigido por ratas
con zapatos y camisas.

Quizás la ausencia de calma, la soledad,
el exilio humano, el olvido
y el horizonte en tinieblas
es lo que me hace
no ser uno de ellos.


Tres ángeles caídos

Busca en la espuma de la mar y observa,
escudriña los tonos de la orilla
para ver si han quedado rastros nítidos
del ángel abatido por la maldad que impera.

Aun sepultado por las aguas, logra
el aliento de sangre que resiste
los tiempos de la muerte, acuérdate de Cristo,
esa sangre persiste según hablan
los profetas de antaño.

No esperes que las puertas del infierno
se quiebren y se escape un ser ya redimido
de sus viejos pecados en busca de venganza.
Carga con tu conciencia y caza los malandros,
haz la justicia de los hombres buenos
esos que creen que el mal no puede ser impune.

Proclama luego al viento tu hazaña de cobrar
crímenes que apagaron las alas de tres ángeles
que creyeron que el hombre es signo de bondades.

Emely y su retoño y Liz María
esperan por tu fuerza, no las desilusiones.

Hay crímenes que nunca pueden quedar indemnes,
no importa que la sangre te manche la conciencia.

«Trepidaciones», «La flor de agua», Morgana de Palacios

Imagen by 김경복

Trepidaciones

Cómo trepida el nombre del amor
en la quietud brumosa de la noche,
aunque mi indiferencia ante su sombra
sea más estruendosa que su escándalo
y me pronuncie al margen de sus reclamaciones
y a salvo de su dádiva.

No le presto atención a la sonrisa
promiscua del amor, si busca abrazo,
porque hace mucho tiempo que desacralicé
su ritual de cinismo
y hay demasiadas grietas en su rostro
por las que mi silencio no penetra.

Cómo percute el tiempo del amor
en la piel rasurada de los sueños,
aunque ya no me excite
la realidad impávida,
ni me provoque resquebrajamientos
en la voz de la sed.

Puedo decir te amo
y no amar más que el aire de un vacío,
y callarme por siglos lo invisible
del asma de un amor cuando me ahoga.

El mío es un amor que no precisa
de vértigos extraños
ni de focos que impacten sobre su lejanía
para cegar las públicas
retinas asombradas de la pasión ajena.

Es fiel a mi desnudo y hasta sabe
que no lo necesito para ser lo que soy:
el claroscuro de una descreída
que salmodia penumbras
con boca de espejismo inverosímil.



La flor de agua

Me he dejado empapar por tu voz de tormenta
en la distancia,
por tu imagen viril otoñecida,
y he puesto rumbo a ti, a tu aguacero,
sin irme a pique pese a su potencia.

Hoy soy tu flor de agua, tu marítima actinia,
y puedo ser de carne,
de escarcha,
o de pólvora
cuando a ti te apetezca,
porque tú que naciste original y único
no te has vuelto,
la triste fotocopia de tantos que no extraño.

No me exilio de mí cuando estás cerca,
me mueve a la alegría tu arrogancia,
tu voluntad a la oración lumínica,
y estoy casi segura de que vas a morirte
tan sólo cuando a ti te dé la gana,
porque muera el poder que tengo sobre ti.

Nunca vas a estar solo,
-terco animal de láudano-
nunca, mientras la tinta nos corra por las venas
y el músculo responda a los rituales íntimos.

Yo te daré un poema sin ningún adjetivo,
un tiempo para amar disturbios en mi boca,
una duda que arrase con todas tus certezas
y te daré un motivo para salir de ti.

Como si no tuviera otra cosa que darte
te daré la ocasión de violentar mis ojos
y liberar tus muertos seduciendo los míos
por compartir aquellos que están pidiendo paso.

Te voy a dar un sueño para que lo maltrates
cuando te incite Sade, la carne para el diente
y un pedazo de instinto para tu diversión.

Y por si fuera poco, te voy a dar el alma
para el último trago del desierto que cruzas.
Deséchala una vez que no te sirva.

«De vuelta», «Lágrimas frías», Sergio Oncina

Imagen by Sookyung An

De vuelta

Creen que me olvidé de escribir poesía,
del juego deslumbrante y del placer
de la piel en el verbo
y de la muesca exacta en el renglón maldito.

Los fetiches caducan con la monotonía
y el velo de las vírgenes
ni frena la calima de la tinta en el sexo
ni cubre tempestades.

Me entretuve, sin más,
sin ninguna razón que justifique
el borrón de la pena
y el tiempo evaporado en las caricias.

Me erguí para otear lo que se palpa
y abracé los paisajes con el temblor extraño
de quien se sabe solo
en los muslos calientes del origen.

Hube de regresar al frío de mi roca,
decepcionado, falto de la verdad escrita,
el fármaco que palia los dolores agudos
del bienestar fingido.


Lágrimas frías

¿Cuántas veces, a punto de llorar,
contuviste el dolor?
No sirvió. Nunca sirve.
Las lágrimas vedadas congelan lo profundo
y su hielo carcome.

Los cuerpos piden sexo, manjares, agua y aire,
y exigen desprenderse del veneno
si quema las entrañas.

La alegría se muere cada noche
en las cárceles faltas de verdades
y en la carne vacía de deseos.

El invierno interior araña y nos descubre
en la firmeza frágiles
y en las dudas humanos
pues la sinceridad busca salidas
y la tristeza escuece si se oculta.

No se libera el miedo con el llanto
pero mata la rabia,
los impulsos suicidas y la vana indolencia.

«Eternal sunshine of the spotless mind», «Crónicas marcianas», Ronald Harris

Imasgen by Anke Sundermeier

Eternal sunshine of the spotless mind

“How happy is the blameless vestal’s lot!
The world forgetting, by the world forgot.
Eternal sunshine of the spotless mind!
Each pray’r accepted, and each wish resign’d.”

(Extracto de “Eloisa to Abelard” – Alexander Pope)

Toda verdad es una trampa en las cavernas de sus lunas,
señales que apuntan hacia la incertidumbre de la memoria.

Debemos de olvidar entonces
el odio y su paciencia hermética,
como las vírgenes vestales consagradas al diluvio.

Salir en busca del fuego
que nunca debimos dejar de adorar.

Volver al sueño primitivo que no se convirtió en llanto,
ni en borde del borde de este abismo de quimeras.

Hemos de quemarte en ese fuego
y hacerte brillar en él hasta que grites
y te hagas resurrección de la alegría;

eterno resplandor de una mente sin recuerdos.


Crónicas marcianas

Visitas la calma cada tanto, melancólico,
como cualquier paisaje de crónicas marcianas,
y encuentras en su fondo volcánico,
en su cavidad sísmica,

esa centésima que empuja nuevamente a la creación.

Y la violenta naturaleza del genio
se hace en ti unos segundos;

el dramatismo aquel que conduce al arte y a la ira,
y que se vuelca en las mareas guiadas por la luna,
y que no deja lugar habitable sino en otros mundos sin azul;

mundos amarillos, polvorientos,
con cuatro soles como clavos ardientes,
mundos de cuatro sombras que te impiden sentir la soledad.

«Siempre al borde», «Tan breve y sin embargo», Silvio Rodríguez Carrillo

Imagen by Antonio López

Siempre al borde

Hoy, aquí, siempre al borde
de lo que espero y de lo que quieren
de eso que consigo y de aquello que tensa
la mirada que proyecto –limpiándome de furias–
sobre el lomo de las aves que prescinden, por perfectas
de imaginar cosas raras
de vivir extremos
de pensar iniciar el día sin saludarme

me pregunto cuánto puede durar una estrofa
cómo se mide el ritmo de un imbécil
cuánto vale el silencio de un amigo
de qué manera se calcula el peso
emocional
que tiene la mirada con el rabillo del ojo
para
cada cual.

Nunca he sabido esconderme,
aun habiéndome doctorado en jamás
darle importancia a lo inservible,

con la espalda llena, pletórica,
de olvidos de gente que siente,

de chicas que no rasguñan el detrás de sus ojos
buscando el por qué de sus puentes,

de chicos que meten las manos en sus bolsillos
asumiendo que el miedo es buen consejero.

Me miro y admiro
en el amor
que irreverente cuando lo recibes
irreverente lo impones
es
así.


Tan breve y sin embargo

Siempre era debajo de los puentes
desde donde miraba los eclipses,
aunque si tocaba lluvia, y los gatos se le arrimaban a los tobillos
cerraba los ojos y con el pulgar y el índice de la mano derecha
se tocaba los párpados pensando en Saint-Exupéry
cuando pensó, con-en su amada soledad por qué tenía que morir.

Si ocurría el día, y era el torneo o la kermés
se guardaba lo mejor para el final,
cuidando de que el sudor le marque la camiseta
el hambre la mirada
y todas las hormonas el aliento de chita nómada,
sintiendo en las caderas el reclamo de Gaia
exigiéndole aparearse.

En un mismo cubo mágico nos miramos,
sin sabernos del todo, en altos riesgos pasados y futuros
coincidimos en un calendario espiral
de ojos verdes y pelos largos y rubios,
en un frenesí vital que por amar la vida y temer a la muerte
necesita
componer catedrales inauditas en donde someterse
pisando con los pies desnudos
antes que brasas de carbones cristianos o paganos,
trizas de vidrios sobre un asfalto nocturno, de callejón.

Se dijo que habité en el borde de su boca
cuando el hijo de María conoció a su primo,
que me acarició las espaldas, cargadas de sombras,
cuando Ceres se abstuvo de ser puta;
hubieron niños que cantaron, solemnes, un réquiem
cuando una misma tarde nuestras rodillas se rompieron.

A veces llora
con la frente apoyada en un muro de 200 kilómetros de altura;
sabiéndole,
en silencio le arrimo palabras a las manos,
como si le sirviera
por si le fuera útil
sentir que existo, de algún modo.

En otros momentos soy el que ríe,
el que cruza las nubes más gordas,
como un titán entrenando sus piernas en un lodazal infinito;
entonces me alienta
me escribe libros en idiomas que no conozco,
me arroja piedras a la cara
y un espejo para que vea que sangro
todavía.

Todo esto es muy breve
y edad es lo que nos sobra.

«El lector, socio capitalista», por Gavrí Akhenazi

El hombre que no tiene la costumbre de leer está apresado en un mundo inmediato, con respecto al tiempo y al espacio. Pero en cuanto toma en sus manos un libro entra en un mundo diferente. Ling Yu Tang

Pese a que las nuevas tecnologías han hecho de los libros algo cercano, al alcance de todos, y que existen muchas formas gratuitas de acercarse a ellos desde infinidad de plataformas o bibliotecas virtuales, la lectura ha mutado extrañamente hacia el aspecto inverso.

El lector, antes, era un animal selectivo y reconocía a qué llamar literatura, independientemente de si fuera un clásico o un innovador a quien leía. La literatura, desde la perspectiva del lector aquel, sometía su apetencia a la búsqueda de mundos diferentes y trabajaba sobre los pensamientos y su libertad ya sea desde la proposición o desde la oposición.

Un lector, entonces,  podía apartarse del presente inmediato para observarlo desde un ángulo distinto, con el que dialogar e intercambiar perspectivas acerca de lo pasado, lo presente y lo futuro, porque ese intercambio y esa interpelación entre enfoques, creaba pensamiento y trabajaba sobre las ampliaciones de otras facetas y criterios menos ponderables de lo real y de lo irreal.

Daba la posibilidad de acordar o cuestionar, porque la verdadera literatura no existe vacía de contenidos y están entre sus funciones tanto el consenso como el disenso con su potencial consumidor.

Este feedback o esta interpelación diferente, separa las partes del hombre que, mediante la lectura, abandona lo corporal para darle verdadera entidad a la capacidad intelectual de la que está dotado y resumirse a ella  como un viajero capaz de transportarse a lo desconocido o a lo ya conocido de otra manera y obtener de ello otras sensaciones, otras reflexiones y otras confrontaciones más allá de las propias.

Es algo que la lectura hace sin que el lector lo advierta. 

Provee al lector de otro mundo, hecho a la cavilación y al pensamiento. Ensancha las fronteras y obliga a la imaginación y a la razón por igual. Edifica hombre.

El problema, creo yo, radica en que la literatura y quienes la producen, olvidan su función en este asunto y entran en la vulgaridad y el pasatismo del todo vale, todo sirve, todo está bien, todo es bueno.

No digo, entiéndaseme bien, que la literatura debe ser un hecho solemne y elitista, sino justo lo contrario. Debe aproximarse al lector y a su vez, aproximar a este a la reflexión, a la medición, a la duda, la pregunta y a la repregunta.

Es función de la literatura hacer aportes sobre sí mismos a los lectores que se descubren como entidades participantes de un dialogo interpelativo en el cual poseen la capacidad de formular opinión propia sobre lo que les es ofrecido. Pueden ser creyentes, incrédulos o ambas cosas: incrédulos creyentes que buscan respuestas tanto a la creencia como a la incredulidad.

La función de la literatura, creo yo, va más allá de lo estético de otras artes porque, no olvidemos, la literatura también es un arte.

No es la estética sino la razón, su principal punto de apoyo. Necesita de un hecho intelectivo eficaz para hacer sus propuestas y por eso, el buen lector es el que determina qué es literatura y qué no pasa de ser apenas una moda para claqueros sin otra pretensión que estar a la moda esgrimiendo la superficialidad que toda moda tiene en su momento de auge.

No hace falta remontarse en el tiempo  –porque las vacas sagradas por algo lo son y nacen en todos los tiempos y en todos los espacios– para encontrar verdadera literatura de fragua actual y contextual a la época, que maneje a su vez lo universal del siempre que posee la condición humana y que, leída en cualquier momento de cualquier siglo, se aplicará a los hechos y a las sociedades con exactitud matemática, independientemente del momento en que viera la luz.

Los hombres repiten la monotonía de su Historia con mayor o menor grado de sofisticación, pero en la base, solo hay una Historia que el buen lector recoge a través de la verdadera literatura, ya que la verdadera literatura, cuente lo que cuente, siempre será un testigo, un espejo, un relator constante de los hechos de la especie humana sobre la tierra.  

«Siempre diciembre», relatos breves de Silvana Pressacco

Imagen by Myriams Photos

La caja de bombones


Ese año diciembre me había parecido un mes demasiado largo; sin embargo, la navidad que no queríamos llegó para recordarnos que nada sería igual, que ya nunca nada sería lo mismo.

El arbolito había quedado olvidado en el armario de todos mis olvidos y aún hoy, cuando se aproxima esa fecha religiosa, me privo de recordarlo.

La familia que se había congregado en mi casa no estaba completa. Fue difícil explicarles a los más pequeños por qué faltaban los abuelos. Ni yo misma encontraba explicaciones que me conformaran y las que el tiempo me dio tampoco lo hicieron.

Cuando levantamos las copas para cumplir con la tradición del brindis los adultos no nos miramos a los ojos para superar el peor momento. Recuerdo a los niños, ingenuos de todo, con los ojitos contagiados de las chispitas brillantes y coloridas que caían del cielo. Los míos, en cambio, se llenaron de lágrimas inoportunas.

Todavía no sé cómo pude murmurar un “feliz navidad” mientras entregaba los regalos, ni cómo pude medir la ansiedad que me gritaba que debía estar en otro lugar mientras elegíamos con mi hija qué vestido ponerle a la nueva muñeca.

Apenas cumplí con lo que consideraba un trámite; dejé un beso en el aire a todos y me fui a la casa de mis padres, una casa que olía a hospital desde que alojaba a dos sombras junto a todos los silencios corridos de las calles.

No permanecí mucho tiempo, mi madre casi me empujó de ahí cuando me dio un paquete envuelto en papel de regalo. Creo que quería la última navidad de mi papá para ella sola y obedecí aunque sentí que me robaba unas horas junto a él. Aún escucho el diálogo a una sola voz que ella comenzó a interpretar mientras yo recorría el largo pasillo camino a la puerta de salida.

Ninguno de mis familiares me preguntó nada cuando regresé porque mi rostro acostumbra a hablar por sí solo.

El grito alegre de mis hijos dándome la bienvenida me hizo recordar el libreto por lo tanto retomé la actuación deslizando el paquete por la mesa en dirección a las tres caritas curiosas que controlaban sus manos en espera de alguna señal.

-Los abuelos –fue lo único que me permitió decir mi voz.

Después vi entre nubes cómo el papel volaba en pedazos por el aire.

No hizo falta averiguar el contenido del paquete, todos sabíamos que era una caja con los bombones que mi papá tenía siempre en sus bolsillos. Mientras circulaba de mano en mano sentí la presencia de los que estaban en la casa de los silencios.

Ahora, cada vez que llega la navidad, vuelven a pesarme los ojos, pero es inevitable dejar de sonreír cuando alguien pasa con la caja para compartir los bombones.


Mes de emociones


Diciembre es el mes en el que despiertan las emociones que hibernaron durante el año, ellas bostezan mientras abren la puerta que mi celador racional había cerrado con llave porque las obligaciones debían ser la prioridad.

En este mes huelo el verano, el mar y la piel bronceada. Es un mes que asocio a la libertad, un mes que es sinónimo de caminar descalza. Tal vez transcurre alimentándose de todas las rutinas porque roba los relojes y los almanaques, cualquier momento es propicio para vivir el ahora porque el después todavía no importa. Durante sus semanas aparecen los jueces de mi conciencia obligándome a una pausa, a una mirada que evalúan las acciones realizadas durante el año y a veces en la vida. Muchas veces sin querer, termino ante los álbumes familiares que conducen también sin querer, a momentos de risa y de llanto porque encuentro evidencias de cómo las largas mesas que conformábamos como familia fueron perdiendo el bullicio y ganando ausencias.

Cuando empieza diciembre y despiertan las emociones, las mañanas tienen más aire, más color. Disfruto sin considerar que es una pérdida de tiempo, sin que me sorprenda el miedo a olvidar hacer lo que sea porque se despejan los apuros de mi entorno y en los espejos por fin me veo.

Diciembre es el mes que explota mi sensibilidad porque apenas comienzan a ceder los nudos en mi cuello comienzan a formarse otros en la garganta. Es un mes que trajo a mi primer hijo y durante el cual agonizó mi padre.

Es un mes agridulce que tiene sobre mí poderes que otros meses desconocen. En su transcurso me libero y sin embargo me concede el tiempo para enredarme en viejos dolores.