«Ruleta rusa», «Coloreando», «Juguete del miedo», poemas de Ángeles Hernández Cruz

Imagen by Victoria Borodinova

Ruleta rusa


Eres cabalgata inagotable de segundos
que a veces galopa
y otras ralentiza el paso
para cincelarnos el alma,
a golpe de recuerdos.

Hoy te tengo, tiempo,
atrapado en una lata de galletas
donde mi madre encerró
un caótico muestrario de tu rostro
en distintos contornos y colores
desgastados por viajes de ida y vuelta
entre ojos y manos.

De vez en cuando juego
a arrancarte al azar un trozo
que coloco como un naipe,
boca abajo sobre la mesa.

¿Será de risa o llanto la bala que dispares
al voltear la foto?



Coloreando


Hace tiempo descubrí
la realidad de mis adentros mortecinos
con olor a pétalos y polen que se pudren
en búcaros de melancolía
que ahora redecoro.

Pinto en esta casa las paredes
con la esmerada tarea
de cubrir el miedo y el hastío,
o el pasado que aparece insidioso
entre las grietas.

Las pinto de verde:
verde árbol, verde alga.
Las pinto de rojo:
rojo sangre, rojo vida .
Las pinto de azul:
azul sueño, azul mañana.
Las pinto de confianza y de sonrisas
porque el pincel es mío.



Juguete del miedo


Como siempre te arrastras en silencio,
serpiente trepadora de mis piernas
que entorpece el andar.

Encorsetas mi pecho y lo aprisionas,
envuelves mi cabeza en un turbante
pegajoso y caliente
que me quema los ojos y la lengua.
El aire se enrarece y ya no quiero
bocanadas de brisa que me presten
solo un fugaz alivio en la tortura.

Y es que me sé objeto de tus juegos:
me ahogas y me sueltas,
me sueltas y me ahogo en alegría,
me alegro y apareces de repente
para impregnarme, miedo, de tu esencia.

«Historia de una baldosa», relato de Ángeles Hernández Cruz

Soy una baldosa de gres color beige, de las baratas, fabricada hace más de 30 años. Me eligieron para la edificación de un enorme bloque de viviendas de alquiler y unos albañiles me fijaron con una pasta pegajosa al suelo de uno de los pequeños apartamentos oscuros que dan al interior. No me quejo, pues mi situación es privilegiada, soy la segunda baldosa según se entra por la puerta de la escalera, en la confluencia entre la entrada, la cocina, el salón-comedor y el pasillo; todo un lujo.

En todo este tiempo han pasado muchas cosas sobre mi superficie, cada vez más desgastada y no siempre limpia. No sé por qué, pero por alguna extraña razón tengo una sensibilidad especial para detectar las emociones de los humanos -y no tan humanos- que me han pisado. Comprendo que es difícil de entender. Puede que haya sido un defecto de fábrica o que yo sea la reencarnación de algún ser mezquino, despreciable y soberbio cuyo destino era ser pisoteado por los demás.

Pero aquí he estado muchos años viendo como pasaban (o pisaban) historias sobre mí, sin poder abrazar a sus protagonistas en los momentos duros o reír con ellos en los de felicidad.

Entre mis primeros recuerdos está el de una pareja muy joven. Entraban apresurados, devorando el tiempo con manos y bocas inexpertas, y en el pequeño espacio que ocupo daban rienda suelta a sus deseos. No esperaban a llegar al dormitorio, a pocos pasos, no; preferían la frialdad del gres para llenarla de una excitación que me llegaba a traspasar. Luego se vestían con las mismas prisas y se marchaban. Ahora que lo pienso, y atando cabos, creo que en realidad no eran inquilinos porque el edificio estaba a medio construir.

Más tarde, un matrimonio de mediana edad se trasladó a la vivienda. Ella andaba como si sus pies estuvieran atados por algún tipo de grilletes que no eran sino su anclaje a la tristeza y a su obsesión por mantener la casa siempre impoluta. Me cepillaba con lejía todas las mañanas, algo que yo odiaba profundamente. Era justo sobre mi rectángulo, donde cada noche esperaba a su marido de pie, inmóvil. Por el pequeño temblor de sus zapatillas de andar por casa, yo notaba una débil señal parecida a la esperanza, que sabía a ilusión desgastada. Entonces él abría sigilosamente la puerta y entraba tambaleándose y soltando improperios. La mujer se quedaba un rato más allí y luego, remolcando sus pasos, se iba a dormir al sofá del salón.

Sobre mis centímetros cuadrados han ocurrido cosas terribles pero también otras de gran ternura. Como aquel adolescente que giraba una y otra vez sobre sí mismo mirándose al espejo de la entrada. Yo percibía su nerviosismo a través de las suelas de sus lustrosos zapatos mientras él seguía atusándose el pelo, la chaqueta y el pantalón. No quería defraudar a aquella muchacha en su primera cita.

Y cómo olvidar aquel perro de raza y color indefinibles que esperaba horas y horas enroscado, calentando mi espacio cerquita de la puerta, hasta que llegaba su dueño: un joven callado y gran amante de la música. Todos los días se repetía el ritual del encuentro entre el perro y su amo. Quizá fueron los momentos más llenos de dulzura que mi corazón de gres haya sentido; mucho más gratificantes que los que he presenciado entre algunos de los humanos que han pisado por aquí.

Sin duda lo más trágico y duro que he vivido ocurrió hace pocos años, cuando la cabeza de una joven y bella inquilina impactó sobre mí después de que su pareja le propinara el último puñetazo. El rostro inerte ya no tenía la belleza de antes. Sus rasgos quedaron desfigurados por los golpes y en sus ojos el miedo pedía ayuda. Unos minutos más tarde, que para mí fueron eternos desde mi impotencia, alguien echó la puerta abajo y sentí las pisadas urgentes de la policía y de los sanitarios que llegaron alertados por los vecinos del apartamento contiguo. Demasiado tarde.

También fue aquí donde se arrodilló la señora que vino a vivir sola al apartamento. Era tan delgada que apenas me dí cuenta de su presencia. Aquella tarde alguien había metido un sobre por debajo de la puerta y ella se agachó para recogerlo y leer su contenido. Allí se quedó de rodillas llorando en silencio, abrazando con fuerza aquel trozo de papel y meciendo su frágil cuerpo hasta quedarse dormida hecha un pequeño y triste ovillo. Al día siguiente recogió todas sus pertenencias y se fue para siempre.

Durante un tiempo, una pareja joven vivió en el piso. Cada vez que se encontraban sobre mi territorio, se paraban muy juntos durante un segundo, probablemente para regalarse un beso o una leve caricia. A los pocos meses, detecté cómo los pies de ella se detuvieron y un líquido tibio cayó sobre mí como una lluvia espesa llena de vida . Percibí gran agitación, idas y venidas de pies temblorosos, hasta que salieron. Los siguientes meses se convirtieron en un peregrinaje, día y noche, pisándome con pasos cada vez más fatigados, para intentar acallar el llanto del bebé.

Han sido muchas las personas que han pasado por este sitio: familias numerosas que apenas tenían espacio para moverse y, como consecuencia, yo siempre tenía algún pie grande o pequeño encima. Familias pequeñas y tranquilas que pasaban casi flotando. Parejas que se pasaban el día discutiendo entre la cocina y el comedor. Estudiantes que organizaban fiestas en las que todo el suelo retumbaba por la reverberación de la música y el baile… Muchos vinieron pero todos se fueron.

Pero ahora, después e todos estos años, llegó el momento del final. Los dueños han decidido colocar parqué de madera sobre una capa aislante. Empezaron a instalarlo desde las habitaciones del fondo y probablemente mañana me cubrirán con esa capa que me desconectará del mundo, como un sudario, y dos o tres tablones a modo de ataúd. Ya no podré sentir los pies de la gente que pase por este lugar oscuro, pero lleno de historias.

Nadie me quitará lo que he vivido pero espero volver a reencarnarme en algo diferente: un piano, por ejemplo, o en un botón de ascensor. Creo que también podré percibir las emociones de la gente a través de sus manos.

Un relato de Ángeles Hernández Cruz

Cenicienta sin baile



«¿Ya son las cuatro?», pregunta Inmaculada por quinta vez. « Date prisa y hoy, ponme la rosa en el pelo, que se vea bien».

El ritual se viene repitiendo cada tarde desde hace un año. Su sobrino Pedro o la cuidadora que está de turno en el Centro de Mayores donde reside la anciana se encargan de acicalarla. Le peinan su abundante pelo blanco, le ponen carmín en los labios, un foulard de colores vivos al cuello, y su rosa, siempre roja, en algún lugar visible. Después, empujan su silla de ruedas y la colocan al lado la ventana que da al pequeño jardín interior del edificio.

Ella sonríe como una adolescente, y en sus ojos se percibe el brillo de una ilusión antigua resucitada. Se asoma a la ventana mirando de reojo a ambos lados del jardín con pretendido disimulo y espera. Espera hasta las cinco, la hora de la merienda.

Cuando la separan de la ventana, sigue con la sonrisa en la cara -de hecho, ya se ha convertido en parte de su rostro- y dice en voz alta: «¿Qué habrá hecho mi Antonio esta vez? No lo dejaron salir del cuartel. Estará arrestado como siempre». Entonces se quita la rosa roja de tela y la guarda bien tapada en una caja de madera sobre la cómoda.

Cuando era muy pequeña, Inmaculada sufrió una caída que le dejó graves secuelas en la espalda. Tuvo que pasar gran parte de su infancia en cama y no pudo asistir a la escuela para aprender a leer o escribir. Recibía los mimos y el cariño de su padre que cada noche se sentaba a su lado a contarle cuentos, y la familia destinó buena parte su escaso presupuesto a la medicación para la pobre niña.

Todas aquellas atenciones tuvieron resultado. A los catorce años Inmaculada logró levantarse y poco a poco empezó a hacer una vida normal. Sin embargo, sus dos hermanas pequeñas no pudieron contener unos celos enfermizos que habían crecido en sus adentros y se afianzaban con raíces profundas. Con el tiempo, la joven pasó de ser cuidada a cuidadora. Al morir su padre, ella se quedó a cargo de su madre y de los hijos y nietos de sus hermanas. También fue cocinera y criada para ellas. Nunca tuvo un día de descanso en muchos, muchos años.

Cuando su madre y sus hermanas fallecieron, Pedro, el único sobrino que realmente la había querido -incluso más que a su propia madre- la ingresó en la mejor Residencia de Ancianos que su sueldo le permitía, y allí es donde Inmaculada por fin encontró la felicidad. Tiene su propia habitación con aire acondicionado, le sirven la comida, acude a una sesión de peluquería y manicura cada viernes, aprende a pintar y hace amistad con otras personas de su edad.

Hace un año, buscando una prenda de ropa dentro del armario de la habitación de su tía, Pedro encontró un hatillo perfumado. Era un fajo de cartas amarillentas. Al verlas, la mirada de Inmaculada se oscureció. Explicó que eran las cartas de un pretendiente, un soldado llamado Antonio, que había conocido cuando ella apenas tenía dieciséis años. Como no sabía leer, eran sus hermanas las encargadas de desvelarle el contenido de la correspondencia que el joven recluta le estuvo enviando durante un mes. Se trataba de un recuerdo muy doloroso, pero también la única vez que un hombre se había interesado por ella y por eso lo guardaba.

Cuando sus hermanas le leían aquellos manuscritos, entre ridículas y exageradas frases de amor, aparecían burlas hacia su físico e insinuaciones de baja moralidad. Estaba claro que aquel chico solo quería aprovecharse de su inocencia. Inmaculada no podía creer la persistencia de Antonio en aquella clase de misivas, pero sus dos hermanas insistían en que tenía que oír lo que contenían.

Pedro se sentó, extrañado por aquella historia que desconocía, desanudó la cinta del paquete y leyó las cartas. Eran unos textos llenos de dulzura en los que el joven Antonio confesaba su amor a una linda muchacha que a veces le sonreía cuando él pasaba cerca del patio de la casa cuando ella se ocupaba de las labores domésticas. Le pedía que si ella sentía lo mismo, se asomara a la ventana trasera a las cuatro de la tarde con una flor en la mano. Esa sería la señal.

Antonio le repetía siempre el mismo ruego, la misma consigna: «una rosa roja, es todo lo que espero, no lo olvides», hasta que en la última carta se despidió diciendo que lo habían destinado a un cuartel en Santander, muy lejos de la isla canaria donde vivían, y que lamentaba mucho que su amor no fuera correspondido.

Pedro se llenó de indignación pensando en lo que su madre y su otra tía habían hecho con el alma pura y buena de aquella mujer. Después de pensarlo un tiempo, una tarde le dijo a Inmaculada que iba a leerle de nuevo las cartas, que no se preocupara porque no contenían nada ofensivo y le mintió diciendo que probablemente su madre no las había interpretado bien.

La anciana escuchó con atención las palabras que su sobrino iba desenterrando de aquellos papeles que había guardado durante tanto tiempo. Cuando Pedro terminó, pudo ver que a Inmaculada se le había iluminado el rostro con una luz que irradiaba esperanza.

Desde entonces, cada tarde, a las cuatro, espera a Antonio asomada a la ventana con su rosa roja.

«Regalo de espliego», «Encuentros», «Grietas reconfortantes», poemas de Ángeles Hernández Cruz

Imagen by Phuc Nguyen

Regalo de espliego



Tu mirada en penumbras, envuelta en el hastío,
me pedía en silencio descoser las amarras
para llevarse lejos la carga de los años
que tú ya no podías llevar a tus espaldas.

Yo quería hechizar a la bestia sombría.
A modo de sirena mi voz desafinaba
en un arrullo astuto que la guiara lejos
y nos dejara, madre, a salvo de sus zarpas.

Comencé por un tango, tus ojos se agrandaron
escuchando a Gardel perderse en mi garganta.
¡Qué idea tan absurda! En vez de una sonrisa
asomó la tristeza en tu frente argentada.

Seguí con los boleros, con angelitos negros,
con gardenias a pares al son de las maracas
y tus dedos marcaron el compás de mis notas
reviviendo el calor de unas tierras lejanas.

Bailé junto a Adelita rancheras de Jalisco
comiéndonos las tunas hasta Guadalajara
y allí es donde encontré lo que andaba buscando:
tu risa, mi regalo, con lazos de lavanda.



Encuentros



A veces se me olvida, solamente unas horas,
que a la felicidad le gusta disfrazarse.
Se maquilla de rojo en las vendas sangrantes
y en las baladas tristes se camufla de nota.

Aprendí la lección una lúcida tarde:
lo supe al revisar el perfil de una roca
que al herirme explotó y se hizo redonda
sin aristas ni agujas; como la arena, suave.

Puedo ver la alegría como espuma de olas
en los charcos en calma de enfurecidos mares;
refugiada en mis ojos para ver los paisajes
cuando el cielo sonríe tras las ventanas rotas.

Aunque busque escondrijo, sé que está en todas partes.
Encontrarla es mi lucha y una ilusión asoma
después de cada golpe, lastimada la sombra,
cuando afianzo mis pasos para seguir el viaje.



Grietas reconfortantes



“Hay una grieta en todo.
Así es como entra la luz…”

Himno, Leonard Cohen


Hay una grieta en todo por la que asoma la luz que gana
a las sombras rotundas, como en su himno cantó el poeta
desgarrando la noche triste del hombre con su saeta
que atrajo al resplandor con la candencia de una campana.

También por las rendijas de cicatrices que todavía
duelen al roce leve de una caricia con sinfonía
de reproches antiguos, entran las llamas luminiscentes
para rellenar huecos con dulces hilos de luz dorados.

Ya siento el entusiasmo de bellos surcos desagraviados
como por el kintsugi, pero son firmes por resilientes.

«Disparos de palabras», «Alas de papel», poemas de Ángeles Hernández Cruz

Disparos de palabras


Te visten de asesina
en las balas que expulsan los vocablos
de gritos colectivos, aquelarres
que lapidan al débil.

O cuando te convierten en violencia
que perfora la puerta con llaves encrespadas,
se cuela en el futuro de los niños,
y escupe en el orgullo
de quien está esperando junto al miedo.

Yo te prefiero hermosa y atrevida,
palabra agitadora o tierna y afectuosa,
descarada y vulgar o delicada,
pero no con tu máscara de muerte.


Alas de papel



Un día de septiembre,
sentada en el pupitre de la escuela,
sentí cómo mis dedos perseguían
a un grupo de plumones renegridos.

Huían de mis manos afanadas
en engarzarlos uno a uno
a la epidermis blanca del papel.

Descubrí que esas plumas,
pegadas en las alas de los libros,
me llevaban a un mundo inabarcable
en una sola vida.

Disfrutaba volando entre las páginas.
Era protagonista de aventuras
en lugares remotos que jamás pisaría,
y acribilló el presente sus postigos
para que yo asomara mis ojos impactados.

Cuántos vuelos a ras del alma,
contorsionando angustias y consuelos
para que me cupiesen
en el pequeño hueco de un poema
cuando empecé a inventar mis propios viajes.

«Se vende, se permuta», «Una ola de olvido», «La forja», por Ángeles Hernández Cruz

Muchacha by Thuan Vo

Se vende, se permuta

Se vende

Se venden días tristes.
Los entrego encerrados en un baúl de espanto
atestado de cajas con etiquetas blancas
escritas con mi mano temblorosa.

Unas contienen miedos de los que se te anudan
en la garganta fría, que ya sientes tapiada
por viejas soledades.

Las de remordimientos
están acompañadas de desesperación
junto con la amargura
de no tener el brío de parar
el transcurso tirano de los días.

También hay cofrecillos y envoltorios
tan raídos y viejos que no me atrevo a abrir
ya que solo contienen ilusiones caducas.

A mí ya no me sirven
porque los versos piden a mis brazos
que deje de arrastrar este equipaje
que se sigue rompiendo,abriendo las heridas
y que una y otra vez remolco en mis escritos.

Se permuta

He cambiado de idea: ya no quiero vender.
Prefiero permutar el contenido
del pesado baúl
por la bolsa ligera de los grandes poetas
que cantan al amor con arrebato,
con palabras ardientes que enrojecen
los rescoldos helados de mi fuego.


Una ola de olvido

Anoche desperté sin mis recuerdos.
Rebusqué entre las sábanas, a tientas,
y solo encontré frío.
Sobre los almohadones, mi pelo se cubría
de un laberinto húmedo de algas.

Una ola de olvido gigantesca
que venía de lejos elevándose
arrastró mi pasado al mar profundo.

Al verme en el espejo,
pegadas a mi piel desconcertada
se asomaban millones de blancas caracolas,
nácar tornasolado.
Me vi hermosa y valiente vestida con mi escudo.

Solo tengo el ahora, este instante,
para verter sonrisas
y llenar mi equipaje de historias relucientes.


La forja

Quise ablandar el hierro de los barrotes que aprisionaban mis auroras. Lentamente, encendí una hoguera. Con ladrillos de rabia construí una fragua mientras las llamas me proponían a gritos su consuelo.

Emboqué las barras hasta que el calor reblandeció su intransigencia y, entonces, las moldeé en el yunque con mis manos. A pesar del tormento, logré formar una hoja con espiga que templé en un barril rebosante de lluvias que nunca se detuvieron en mi cara.

Adelgacé el filo contra la piel dura de la memoria y le hice un mango suave que acariciara las llagas de mis dedos.

Fabriqué un cuchillo con mi jaula. Con él corté los hilos que me ataban a la nostalgia y podé las ramas que me impedían crecer hacia el futuro.

He perdido mi voz, poema de Ángeles Hernández Cruz

Imagen by Gundula Vogel

He perdido mi voz

He perdido mi voz.
Camino por los campos tratando de imitar
el aria matutina de un gallo somnoliento,
el ladrido de un perro solitario,
el crujir de las hojas del otoño
o el silbido del viento entre las ramas,
y no aparece.

En la ciudad rebusco y pruebo a repetir
las risas y los llantos de los niños
que juegan en los parques, y hasta ensayo
los gritos en los puestos de las ferias,
y no la oigo.

Por las noches visito los tugurios más sucios
y trato de reír la risa del borracho ,
o cantar la letrilla de una canción obscena
que un joven desafina al magullar
las teclas de su piano moribundo,
y es imposible.

Solo me queda hallarla entre mis versos.
Allí la descuidé buscando mil palabras
que llenaran poemas con murmullos sumisos.

Estaré esperando, por Ángeles Hernández Cruz

Forest by S.Hermann & Richter

He oído que en una minúscula isla, perdida en un océano de nombre tranquilo, vive una tribu extraña .

El sosiego de las aguas salpicadas de corales se ha apoderado de ese pequeño grupo que forma un mismo clan.

En su lengua no existe la palabra ausencia, igual que muchas tribus del desierto desconocen el término hielo. Porque nunca han experimentado lo que esos vocablos significan no los necesitan.

Los miembros de esta tribu no conocen el hueco profundo y doloroso que deja en el pecho la partida o la separación porque ninguno ha precisado abandonar la isla ni a su gente.

¿Para qué iban a tener una palabra para privación o escasez si todo lo que tienen lo comparten?

Tampoco saben lo que significa abundancia. Simplemente se reparten lo que el mar, a veces generoso y otras mezquino, les regala.

Ni siquiera tienen una voz para soledad o tristeza. Son una única familia que se protege de las tormentas debajo de las hojas de palmeras de su casa común, construida con paredes fuertes, levantadas con un amasijo de ayuda y comunicación.

¿Qué pasa con la ausencia eterna de la muerte? Tampoco la conocen. Creen que cuando alguien muere, se convierte en estrella.

Cada noche sin luna, cuando el cielo se les cuaja de millones de puntos de luz, cantan, bailan, ríen y les cuentan sus historias a los que algún día brillaron, que es su forma de decir perecer.

Si mañana no me encuentras, búscame en una vieja balandra rumbo a esa isla o levanta tu mirada en las noches de luceros. Allí estaré esperando a que me cantes.

Ángeles Hernández Cruz – España

La huella indeleble



Antes de tu partida, aquel día de verano, ya tenía impresa tu huella en mi piel. Sin embargo, tus pisadas en la nieve del invierno y tu rastro en la arena de la playa fueron borrados por el viento.

La tinta azul del tatuaje que un día nos hicimos se ha ido despintando, y el olor de tu perfume se evaporó una mañana al abrir el armario.

Pero el dolor de tu ausencia no se desvanece.

Cuando cada noche tecleo tu nombre en la pantalla de mi móvil, aparecen nuestras fotos, tus mensajes de voz, los vídeos que grabamos; y vuelvo a sentirte aquí, entre mis sábanas. Escucho tus risas mientras el sueño me lleva hacia tus brazos.

Aunque he intentado desactivarla, la sección de Recuerdos cada cierto tiempo me vuelve a traer tu imagen sin mi permiso. Es entonces cuando me doy cuenta de que tu huella es indeleble, y tu memoria, eterna en las redes

Ángeles Hernández Cruz – España

Carnaza

Antes de que las mallas, cibernautas encajes,
pescaran en sus redes de algoritmos binarios
amistades y amores,
mentiras y certezas,
odios e hipocresía,
era fácil leer en las miradas.

Ahora somos peces, carnaza para escualos
privados de conciencia que llenan sus bolsillos
de dinero indecente,
con perversos engaños,
con verdades a medias,
jugando con el miedo y el rencor.

Bajamos el semblante domados por los bytes
que secuestran cerebros e hipnotizan pupilas
que solo ven pantallas.

Ya no hay piel ni caricias,
las manos no estremecen,
los ojos ya no leen a otros ojos.

Ángeles Hernández Cruz

Blues en clave de sí

Un cantante de blues, un escenario,
una conversación entre dos cuerpos:
mi escote, las miradas, las sonrisas.

Sus ojos son acordes que me apremian
a beberme su boca,
a susurrarle
“Summer Time” al oído.

Se acerca hasta mi mesa.
La noche y el tequila nos arrastran
por las calles de un barrio que retiene
el eco del desfile de carrozas,
los sonidos, collares y colores
del Mardi Gras de ayer.

Me dejo conducir
sin perder la cadencia,
con el tempo in crescendo,
sujeta por sus manos en mi vientre.

Es en clave de sí la partitura
que encadena mis dedos a los suyos
para evitar que flote,
embriagada de blues,
al final del camino.

Ángeles Hernández Cruz

Imagen by Matthias Böckel

Gotas humildes

Imagina una gota en singular
que mezclada con otras de su grupo
convivía en el fondo de un pozo en un oasis.
Ella nunca dirá que por sí misma
amortiguó la sed de todo un pueblo.
Sí sabe que alivió la lengua seca
de un viajero extraviado agonizante
confortando su muerte.

Gotas de agua de lluvia
que mojan las semillas en la tierra
son las que nos obsequian con los frutos
y no se vanaglorian de matarnos el hambre,
ni nos piden a cambio
elogios, palmoteos ni ovaciones.

Hay mucho que aprender de la humildad
del que crea algo hermoso
y no busca alabanzas comediantes;
contempla su faena terminada
y mirando a otro lado continúa
forjando con su fuego la belleza.


Solo un árbol

..pero bajo la tierra
los árboles de nuevo
se entienden y se tocan.

Solo el hombre (Pablo Neruda)


Tan solo soy un árbol desahuciado,
memoria desterrada de un gran bosque.

Los gorrriones dejaron de anidarme
cuando vieron mis ramas desvestidas.
Mi tronco tambaleante ya no sirve
de sombra ni de leña ni alimento
a termitas que horaden mis entrañas.

Se quejan moribundas mis raíces
y agotadas suplican compañía.

Hoy siento que aparecen poco poco
abrazos de otras ramas subterráneas
con distintos acentos.
Como dedos nudosos y alargados
se extienden y se enredan con los míos.

Desde muy lejos llegan
reptando por debajo de los mares
por túneles que excavan con sus versos.
Me entienden y me tocan
trenzando un lazo fuerte que me yergue.


Para todos los ultraversales

Ángeles Hernández Cruz – España

Imagen by Syambatul Hamdi

Un poema

Insólitas palabras

Llegó la primavera de puntillas
y al sur llegó el otoño incomprendido
– una página más del calendario –

Y no nos dimos cuenta porque somos rehenes
de un virus sin fronteras que nos robó el confort.
Nuestros ojos mutaron a pantallas
con píxeles de miedo.

Mientras, en otros sitios olvidados
no saben si es invierno , qué más da.
Los padres ya no lloran el hambre y la agonía
que azotan a fantasmas que antes eran sus hijos.
Otros callan su espanto ante la muerte
con el sometimiento a la injusticia
de no encontrar refugio contra la sinrazón.

Y entonces, los del lado de este mundo,
donde el apocalipsis ahorca al bienestar,
entendimos insólitas palabras
que hace tiempo tachamos con vergüenza
en nuestros diccionarios:
Compasión, empatía y gratitud.

Cuando acabe esta lucha y vuelvan los abrazos,
confío en que el olvido no nos ciegue.
No enterremos de nuevo en egoísmo
el noble compromiso , tampoco las palabras.



Sin tus manos

En el confinamiento en el que vivo
o en el que voy muriendo desabrigada
de ese consuelo dulce de tus manos,
soy cavidad oscura,
el vano de la puerta que no cierra,
el surco sin semillas y sin agua,
la grieta de las rocas por las noches,
el pozo que está seco y sin un cubo,
el eco que enmudece cuando grito,
el pecio sin corales y sin vida,
el globo desinflado tras la fiesta.

Pero cuando me llamas y te escucho
soy la cesta repleta de manzanas,
la voz que desafina por las risas,
la bebida caliente en el invierno,
el billete perdido que aparece,
el campo rebosante de amapolas,
la ropa que se seca tras la lluvia,
y el pájaro que canta cuando truena.

Ángeles Hernández Cruz – España

Poemas escogidos

Imagen by Wei Zhu

Falsedad

Que no me engañen
las amapolas mustias que iluminaron prados
a orillas de los surcos de caminos vacíos.

Ni siquiera las losas de viejos camposantos
que quedaron sin tumbas entienden mi secreto.

El sosiego aparente en el que viven
esconde el alboroto del gemido del aire,
del gorjeo del pájaro alegre en primavera,
del clamor de los truenos en días de borrasca.

Yo conozco el silencio.



El cuerpo en el que vivo

El cuerpo en el que vivo ya no llora,
se guarda sus miserias en un bolso
que tejió con madejas de entusiasmo.

La boca de este cuerpo no enmudece,
a veces vocifera si es preciso
pero ha aprendido a hablar con la mirada.

El cuerpo en el que habito abre los ojos
cubriéndose los párpados de flores
que tamizan la luz de cada día.

El cuerpo que me guarda no es perfecto,
le sobran tu silencio y la nostalgia.
le faltan las caricias de tus manos.



Colores

Eliges cada día los colores
que cubran la vergüenza que te asola:
Tono falsa sonrisa en el semblante,
fondo de maquillaje frívolo diversión,
y un turquesa impostada hilaridad
que disfraza tus párpados morados.

Te embadurnas en tinta gris tiniebla
-como el suelo al que miras cuando huyes-
que camufla tu falta de amor propio.

Para la voz ajada de tu autoestima
reservaste un rojizo casi altivo
que insufle bocanadas de potencia.

Con armas de color has intentado
desmoronar al miedo,
sin que puedas dejar de verlo siempre
en el espejo triste de tus ojos.

¿Qué color te pondrás cuando vuelvas a casa
esta noche con él?

Ángeles Hernández Cruz – España


Esta poeta canaria vive en Tenerife. Es licenciada en Filología Inglesa y lleva algo más de tres décadas enseñando inglés en la Escuela Oficial de Idiomas de la capital de su isla.

Su preparación universitaria le permitió conocer la poesía hispana y la anglosajona.
Dice de sí misma que disfruta mucho en su trabajo como docente, pero más aún en su faceta de aprendiz. Se define como muy curiosa y autodidacta en el mundo de la cultura y ha hecho alguna incursión, siempre amateur,
en la música coral, en el teatro, en la pintura y ahora en la poesía.

No se considera poeta sino aspirante a escritora de versos ya que empezó a escribir hace muy poco como una necesidad vital de contar sus propias vivencias y expresar sus ideas de una forma diferente. No sabría definir su estilo porque cree todavía no haberlo encontrado, aunque el poeta canario José Manuel F. Febles la ha calificado de realista. Lo que sí puede
afirmar es que ahora siente a la poesía como una parte esencial de su vida, en la que vuelca
sus recuerdos, tristezas y alegrías y su particular percepción de los sentimientos.