«Anoche te pensaba», «Mi rayo que no cesa», poemas de Carmen Jiménez Meneses- España

Anoche te pensaba

Anoche te pensaba:
Un cachorrillo dulce y vivaracho,
tan tenaz en el juego, tan amigo,
tan inventor de historias, tan extremo.
Tan de cerca de mí, como yo tuya.

Anoche te lloré porque te fuiste
y a menudo tus ojos me interrogan
y no sé contestar esa pregunta.

Porque ya no te encuentro ni te encuentras.

Anoche te lloramos, igual que cada noche,
tu padre y yo, en silencio.


Mi rayo que no cesa

No me conformo, no: me desespero
como si fuera un huracán de lava
en el presidio de una almendra esclava

o en el penal colgante de un jilguero.
(El rayo que no cesa. Miguel Hernández)

Mándame un simple selfie
sin mirarte al espejo,
sin impostar sonrisas que tus ojos desmienten.

Déjame que te bese, en la distancia al menos,
ese rictus amargo que tienes en los labios
cuando nadie te mira y cuando miras lejos.

Porque quiero beberme la dulzura que esconde,
porque no me conformo, porque me desespero.

«La dulce ausencia», «La piel», dos poemas de Carmen Jiménez Meneses

La dulce ausencia

No hablaré de mi muerte,
no merece la pena,
será solo un instante
por mucho que te duela,
tampoco muy dispar
del dolor de una ausencia.
Hay ausencias en vida
que las entrañas queman,
y si me apuras, hijo,
será más llevadera
porque nunca se extinguen
los amores que bregan,
mano a mano, en los surcos
de pasiones gemelas.

Y aunque a tu juventud,
aún salvaje y tierna,
le parezca un horror
vivir la vida huérfana,
es mejor que otras muertes,
y vivimos con ellas.

No te hablaré tampoco
de mis propias vivencias,
mi condición de madre
respetará las reglas
que entre los dos pactamos
y que firmé a sabiendas,
para que mis fracasos
no te cancelen puertas
que la ilusión traspasa
con voluntad y fuerza,
si el azar nos ayuda
con su mano de niebla.

Te hablaré del afán,
de las noches en vela,
en que brillamos juntos
igual que dos luciérnagas,
porque allí me hallarás
convertida en estrella.
Y cuando el tiempo pase
seré una dulce ausencia.

La piel

Su ausencia es como un barco a la deriva
que se acerca a mi costa sin motivo
y me desborda de melancolía
cambiando mi razón por espejismos.

Hoy me dejó la playa reducida
a un extenso mosaico cristalino,
cada tesela muestra una sonrisa
en millares de rostros de mis hijos.

Yo contemplo sus gestos en la arena,
a la luz de este lento atardecer,
hasta que se los lleva la marea.

Y regreso pensando que no sé
resetearme y despedir su estela
ni detenerme al borde de mi piel.

Carmen Jiménez Meneses – España

Virtualismo

Mi zona de confort está en la brega
de la realidad más inmediata,
remangada hasta el codo en la refriega
para dejar mi huella sin postdata.

Más allá de beber de algún colega
en sus fuentes de más reciente data,
al emporio virtual estuve ciega,
me acostumbré a vivir a raja y cata.

No medió postureo ni codicia
ni exhibición de insólitos quehaceres
para ejercer mi yo ni mis deberes
en las distancias cortas, sin franquicia.

Analfabeta soy del virtualismo.
Que me crean o no, me da lo mismo.

En lo virtual

Existen los amores verdaderos
ciertos como la luz, como las sombras,
sin atisbo de engaño ni de sexo,
fieles sin condición como la aurora.

Una pasión común los implosiona,
y las notas del yo vibran de anhelo
como un diapasón que emite ondas
en la extraña frecuencia de lo eterno.

Son amores que tienen de la muerte
lo mejor, lo profundo, lo inmutable
y de la vida tienen la hermosura

de una preñez ingrávida y creciente
que abraza los silencios y nos late
íntima en la distancia cual la luna.

Carmen Jiménez Meneses

Imagen by S. Hermann & F. Richter

Muere la poesía

Como mueren los peces, en las redes,
asfixiada, perdida en la estulticia
de un canto de cigarras, muere la poesía
al tiempo que lo humano languidece.

Es la nueva abducción del influencer
cebo de la molicie y la desidia
y la daga que empuña la puntilla
dejándola a la altura de los memes.

¿Esta es la humanidad
de nuevo sello
virtual y yoista del futuro?
donde el arte reniega de su esencia

en una extraña suerte de pandemia
que acercará a los hombres a aquel mundo
que dibujó La máquina del tiempo.



La máquina del tiempo (The Time Machine) es una novela de ficción del escritor británico Herbert George Wells, publicada por primera vez en Londres en el año 1895.

Carmen Jiménez Meneses – España

Imagen by Gordon Jhonson

Un poema

¿Cómo pausar el vuelo?,
planear como el ave
en el calmado huerto
interior de mi sangre
asida a los recuerdos.

¿Cómo?, si el mundo arde
alrededor sin freno,
si encerrada en panales,
la miel, sin colmenero,
desfallece en el agre
olor de los entierros.

Qué paradoja infame
que venga el aislamiento
a erigirse en remedio,
cuando ha sido el culpable
ignorante y soberbio,
que despreció los males
por creerlos ajenos
y renegó del hambre
para cercarla lejos.

Carmen Jiménez Meneses – España

Poemas escogidos

Manos by Javier Darío Fuentes Hernández

De nacimiento

A pleno sol paseo mi balsa de dolor,
la arrastro, la doblego, la desoigo.
Acepto lo que soy, por fin lo acepto.

Pero a veces me aparto,
como si fuera un perro en busca de una esquina
donde aliviar el peso de sus aguas.

Porque preciso de la soledad
y de un puñal que guardo entre las sienes
para rasgar el fondo de mis penas.

Padezco de sufrir, mal que me marca
lo mismo que un lunar de nacimiento.

Mas pese a esta dolencia, consustancial a mí,
una penuria humana siempre tuvo
la fuerza de un imán para atraerme.



Re-sentimiento

Antes de que te vayas, por si te vas primero,
limpiaremos la casa de los viejos enseres,
tiraremos a un pozo los que fueron deberes
de rigor en el aire, – mariposas de cuero-,

de tiempos de mudanza, de lumbre y aguacero,
de posponer hogar, caprichos y placeres
de entregarle al azar tantos atardeceres
en un sobre timbrado con un simple te quiero.

Regaló nuestro patio aquella algarabía
de guerras juguetonas y pájaros de tarde
a paredes al raso de la obligada ausencia.

Y en horas como esta, cuando en el cielo arde
la última luz del día, la frustrada emergencia
de abrazaros me duele más que ayer todavía

Carmen Jiménez Meneses – España

Poemas escogidos

Forest by Mabel Amber

Tiene mi afán

Tiene mi afán mareo de resaca,
miedo de precipicio, mal de altura,
un vértigo de cumbre, una blandura
de febril transacción endocardiaca.

No sé si es la vejez la que me ataca
con su tenaz y fría mordedura,
que hunde la mermada arquitectura
de mi esperanza, náufraga elegiaca.

Sé que yo no soy yo, la yo que anduvo
conmigo o contra mí, mi lucernario,
mi terca rebeldía, mi condena.

Y sé que el corazón es un osario
y que laten ausencias donde hubo
expectación de noche de verbena.


Tarde de otoño

Este café y yo, aquí sentados
al pie de un rascacielos de cristal
en un atardecer de finales de octubre.

Él se enfría, yo pienso,
varada en esta playa de adoquines.

Corazones metálicos braman en oleadas
sonidos in crescendo
de latidos unísonos
que elevan su berrea sobre todo lo humano.

Van y vienen a riadas hombres tristes
que se cubren el alma con la prisa,
y retornan hastiados a sus lechos escondiendo, quizás, en los bolsillos
sus bandadas de pájaros.

Comandan los corales luminosos,
en rojo, verde y ámbar,
en este bulevar, al aire esclavo,
de neutros arrecifes.

¡Y yo otro figurante, jugando a espectador del gran teatro! .

No parece esta tarde ni de otoño ni mía,
sin quietud y sin magia en su ausencia de hojas.
Grapado a las cornisas, el cielo se oscurece,
y es apenas un parche imperceptible,
destinado al olvido.


Carta a mi madre.

Empujo con mis manos los fantasmas
a otro lado del velo de los sueños
y bendigo mi suerte,
¿sabes madre?
La de haber atisbado, siendo niña,
tantas clases de frío arropada en tu embozo.

La de llorar, la blanda de tus hijas,
consolada por ti.
Y agradezco el haberos añorado,
aunque no comprendiera por entonces
las razones de aquel alejamiento,
y viviera los días y las noches
deseando volver.

La de emprender mi viaje al propio nido
apoyada en las palmas
de tus cálidas manos entreabiertas,
sintiendo tras de mi
el soplo de tus labios hacia el cielo.

La de haberos cuidado desvalidos,
la de seguir oyéndoos.

Desde que tú te fuiste, después de que papá se despidiera,
empezó a cortejarme mi vejez,

no diré que me alegra, ¿pero sabes?,
cuanto mayor, más cerca de vosotros,
y ya puedo decir
que empiezo a conoceros.

Ahora duermo mal, eso aseguran,
siempre de madrugada
un sonido inaudible acude, puntual,
al borde de mi lecho,
es una voz sin nombre,
más que una voz,
una presencia etérea que habita junto a mi
en un lugar de tiempo
donde la voluntad yace dormida.

Se acerca muy despacio para que no me asuste
y me envuelve en la calma antes de despertarme
para que encuentre grata la vigilia.
Entonces me parece
que es una tarde alegre de verano,
y que duermo la siesta en una cama grande,
de aquella habitación semivacía en casa de la abuela,
y que tu voz me llama, retumba en las paredes
con un frescor de cántaro.
y aroma de alhacena.

Y sé que esa presencia no eres tú,
porque nunca osarías desvelarme,
aun así, te convoco en un abrazo.

Bajamos sigilosas y escribimos,
somos dos compañeras,
las dos supervivientes,
cada una a un lado de la muerte.

Lo único importante de verdad es el amor.

Carmen Jiménez Meneses – España


Aunque su inclinación a la literatura estaba en ella desde siempre, nunca la había explorado más allá de salpicar de pensamientos y de sentimientos, encerrados en frases cortas, los márgenes de todos sus cuadernos personales.

Es tiempo para ella de dar rienda suelta a una vocación que ha sobrevivido en “stand by”, como una lucecita roja en la oscuridad, esperando docilmente su turno.