«Pan quemado», por Gavrí Akhenazi – Israel

Dentro del sueño, el pan tostado se deshace en su boca y el aroma de ese mordisco llega como en la infancia, esculpido con crujidos tibios y untuosos que impregnan la conciencia de una dulce gratitud.  

Trata de encontrar una palabra que defina la consistencia de ese pan que sueña, pero no la consigue. El sueño se la niega y le aproxima, en cambio, palabras que nada tienen que ver con lo que él sueña, mutilado al fin por el cansancio. El sueño insiste con aportaciones caprichosas como: “mordisco fluo, pan volátil, miga desesperada, espuma despanada”.  

El hombre busca angustiosamente la palabra que defina a ese pan de sus sueños como el pan de su infancia, hasta que pierde la palabra y el pan.  

Duerme en un rincón que comparte con la oscuridad y la vigilia. Todo lo sobresalta en los momentos en que no busca el pan.   Allí los hombres reposan como pueden, bajo un constante murmullo de quejumbre que levita insistente, lo mismo que un fantasma usa la noche para alimentarse. Es un mismo tono sostenido en una grave perpetuidad.   A veces, un niño se despierta gritando. Llora y llora, con voces angustiosas. Provoca un remezón del aire, un sobresalto que avasalla al fantasma y sus gemidos, como avasalla al sueño. Entonces, otros niños lloran de igual forma, como una rabiosa reacción en cadena, inconsolable.  

Pero cuando sólo existe la quejumbre sobre todos y el resto está en silencio por afuera, existe, también, un mal presagio. La calma se transforma en un presentimiento que se solaza en la vigilia y nadie duerme, porque el afuera, ese afuera desconocido, oscuro y silente, es una garra pronta que está eligiendo, en soledad, el momento para cerrarse sobre los hombres desprevenidos en sus sueños. Por eso, nadie duerme, realmente. Ni los que están de guardia ni los que aguardan su turno para hacer la guardia.  

El hombre se recoge en una posición aún más fetal. Se enrolla sobre sí, como un ciempiés, para aferrarse al pan con el que sueña o con el que quiere soñar todavía un rato. Evoca desesperadamente al pan. Lo edifica cien veces en su mente vigil, para soñarlo. No pide más que eso. Un sueño en que haya pan.  

Luego ocurren el fuego y el estruendo. Ocurren los gritos y las armas, sobre ese brusco campamento insomne en que los hombres se levantan y buscan posiciones de defensa, atrapados repentinamente por la garra que ha saltado desde la oscuridad y corre libre, incendiando las pocas chozas precarias que persisten en pie, luego de su último asalto hace seis noches, cuando aún no habían llegado los que ahora, con armas, le hacen frente.  

El hombre que soñaba relega el pan, aparta el pan, olvida el pan y se transforma en uno de esos feroces animales del miedo, que dispara sobre otros animales. Los fogonazos van llevándose la noche con incendios.   

—Perdimos un camión —susurra alguien en la oscuridad. Una voz conocida, que jadea detrás de algunos tiestos que la ocultan.  

La corresponsal de la BBC, cámara en mano, intenta rescatar esas secuencias en que los hombres corren y combaten. Toma fotografías compulsivas, apresuradamente instintivas.  

El camión incendiado es una luminaria majestuosa, intrépida, que se eleva en la noche como un fuego sagrado e invencible.  

—Son niños… son niños… —grita alguien, pero el fuego no cesa, aunque los que atacan desde la furia de la garra, sean niños soldado.  

Uno de esos niños se detiene.   

Queda frente al lente de la cámara y a la mujer que lo ha enfocado mientras avanzaba disparando contra el hospital. El niño soldado se detiene allí, mirando a la fotógrafa y de espaldas al fuego del camión. Sonríe. Se acomoda en una pose marcial frente al objetivo, como un niño que se toma una foto. Baja el fusil y simplemente sonríe para su retrato, con una sonrisa ancha y orgullosa.  

Suena el disparo. El niño cae hacia adelante y su cuerpo se desarma sobre el suelo. La fotoperiodista observa al hombre que ha disparado y se acerca hacia ella.  

—¿Está usted bien? —pregunta él— ¡No haga estupideces, mujer! ¡Póngase a cubierto!   

Ella escucha la orden y mira al hombre que le obliga con gestos apremiantes a que busque reparo.  

—Él sólo quería una fotografía —musita la mujer—. Sólo quería un retrato.  

Sabe que el hombre ya no la escucha porque se ha alejado a cubrir otro flanco.  

La periodista permanece allí, junto al cadáver del niño soldado, que aún le sonríe.

«Soledumbre», «Hay amores», «Polvo y sal», «Humito de vara verde», poemas de Eva Lucía Armas – Argentina

Soledumbre

Entonces,
una descubre que está sola,
absoluta y completamente sola,
con su teléfono vacío de amistades lejanas al horario de los dramas
y a las que no llamar, inoportuna-mente.

Una está sola. Sola, sola, sola.
Y llora sola
y llora y llora y llora
mientras la ira le come las ideas
y no consigue a nadie en quien confiar.

Irremisiblemente, una está sola,
más sola que la una,
sola, sola,
como ha enfrentado al mundo tantas veces
y como está cansada de matar.

Se muere al matar lo que se quiere.

Pero una, como la una, está absolutamente sola.
Y mata y muere sola

sola

sola

Y se levanta sola al día siguiente de matar y morir.

Luego me vienen con llanto los llorones,
los que se tienen lástima en las vísceras
y los que se acumulan en su ombligo juzgando a los demás.

Los pobrecitos del ombligo grande y del ego más grande que el ombligo.

La soledad es árida y tremenda.

Y una llora si mata y una llora si muere
en esa soledad en que está sola
sin nadie en quién confiar ni nadie en quién creer,
sin nadie en que apoyar la soledad
y con la ira multiplicando tantos dientes hembras.

La soledad es eso.
Un campo de batalla donde me quedan pocos contendientes
con los que me encarnizo más y más
porque me hieren más y más y más me hieren.

Yo soy la soledad.
Y estoy tan sola.


Hay amores

Mi amor se había puesto esclerótico
y era un jubilado que planeaba poemas
en la franela de lustrar los muebles.

Los escribía con el polvo de los días inútiles.

Después
los guardaba en el armario con la escoba de barrer cenizas
y con la radio vieja que había olvidado la onda corta.

Era un amor lejano a la comunicación en gigabaits,
un amor de esos que llegan en las cartas no llamadas e-mail
y que, a falta de buzones que no fueran
hot, gi, yahoo
no encontraba donde depositar su único sobre.

Era un amor en sobre,
ensobrado después de perfurmarse,
recoleto y modernista como el cisne de Ruben Darío,
a su vez, antiguo como pocos,
y caído en desgracia sanitaria.

Un amor en medio de un alzheimer
que sacaba al amor de su galera y corría con él
por los pasillos de los hospitales
que el mar fue devorando pez tras pez.

No se rindió a desalinearse con el mundo
por propia vocación de desaliño.

Era un amor esdrújulo con una lengua renga
que sabía besar.

Hablaba con el fondo de los ojos.


Polvo y sal

El sol ha suspendido su desnudo,
se ha quitado su cáscara de seda sobre la voz del día
y en pantuflas de niebla
camina por la calle como un pequeño preso
que no recibe cartas.

El frío llega a pie sobre su sombra.

Es un filo de cristal que punza
la claridad más fértil
y la deja caer, lluviosa y desangrada,
lo mismo que un disfraz apolillado.

Todo parece diferente ahora.
Yo no sé si más claro.

Diferente.

Será la procesión de las ausencias
como una larga colecta interminable
de robar las pequeñas alegrías.
Ese rebrote a muerto que no termina nunca de morir
y nace en todas partes
enfrentándose al sol y al viento sur.

Yo no sé escribir cuentos cuando escribo poemas.
Soy bastante primaria en ese aspecto.
Escribo lo que late entre mis manos,
lo que mi mundo siente
y todas esas cosas pequeñitas que no reclaman nada.

Ya sufrí mucho.
Ya fui una fruta rota y una canción mordida
y un eclipse y un muerto.

Ya estuve muerta alguna vez también.

Ahora estoy viva
tan de regreso como una clarinada

a pesar del otoño en que anochece.


Humito de vara verde

Viejas palomas sin aire
se despeñan de silencio
sobre la luz de un mañana
que tiene en cueros al tiempo
mientras mis ojos se calman
en el fondo de lo negro,
porque no ceja la sombra
de proponerme sus duelos.

Mi brazo está desarmado,
delicuescente y pequeño
y mi mano culinaria
se apaga como un mal fuego
con humo de vara verde
que no rebrotó en anhelo.

No voy a pedir la vida
al genio de los deseos
porque con las cuentas claras
nada me deben ni debo.

No pienso llevarme lastre
arrastrando al cementerio.

Mientras tanto, a veces bailo
escribo a veces,

y sueño.

«Anoche te pensaba», «Mi rayo que no cesa», poemas de Carmen Jiménez Meneses- España

Anoche te pensaba

Anoche te pensaba:
Un cachorrillo dulce y vivaracho,
tan tenaz en el juego, tan amigo,
tan inventor de historias, tan extremo.
Tan de cerca de mí, como yo tuya.

Anoche te lloré porque te fuiste
y a menudo tus ojos me interrogan
y no sé contestar esa pregunta.

Porque ya no te encuentro ni te encuentras.

Anoche te lloramos, igual que cada noche,
tu padre y yo, en silencio.


Mi rayo que no cesa

No me conformo, no: me desespero
como si fuera un huracán de lava
en el presidio de una almendra esclava

o en el penal colgante de un jilguero.
(El rayo que no cesa. Miguel Hernández)

Mándame un simple selfie
sin mirarte al espejo,
sin impostar sonrisas que tus ojos desmienten.

Déjame que te bese, en la distancia al menos,
ese rictus amargo que tienes en los labios
cuando nadie te mira y cuando miras lejos.

Porque quiero beberme la dulzura que esconde,
porque no me conformo, porque me desespero.

«El tesoro de la sombra de Alejandro Jodorowsky», por Silvio Rodríguez Carrillo

Un microcuento es un arma de múltiples filos, sobre todo para el autor, si acaso pretende lograr un efecto específico en quien lo lee. Dice Alejandro: «Los cuentos cortos, mínimos, son semillas de voluminosas novelas», señalando que todo microrelato es un resumen de una obra mucho más extensa, quizás, como esa parte del iceberg que puede ser vista por el ojo normal, y de la que un ojo entrenado es capaz de deducir su verdadera dimensión. En su brevedad, el microcuento debe lograr fijar un escenario, manifestar la trama y precisar los símbolos con los que habrá de transmitir su mensaje.

«El tesoro de la sombra» se compone de 199 relatos breves –que con el del prólogo suman 200–, de los cuales la mayoría pueden considerarse microrelatos, o microcuentos. A través de estas historias el autor busca dejar una enseñanza que queda en el espíritu de cada lector alcanzar, a su propio modo individual, porque, a diferencia de las fábulas, aquí no se cierra ningún relato con una «moraleja» universal, sino que la simbología expuesta queda en poder de quien accede a la misma para que sobre la base de su propio entendimiento aplique el significado que sus circunstancias le sugiere.

Dice uno de los textos: «”Y apareció Jehová a Abram…”» Abram vio a Dios. Es decir no vio nada más de lo que veía de ordinario. Sólo que se dio cuenta de que eso que veía –paisaje, animales y gente– era en realidad Dios». La realidad externa no cambia, sino la manera de ver del sujeto, de Abram. Ahora, luego de esta visión, ¿el sujeto habrá de realizar cambios en esa realidad externa? ¿Es un milagro estar vivo y saberlo? ¿Cuánto tiempo precisó Abram para alcanzar a ver a Dios? Son innumerables las posibles extrapolaciones, todas a la medida del descifrador.

Dice otro: «El árbol decidió viajar. Cuando logró desprenderse de la tierra, se dio cuenta de que sus ramas eran raíces celestes». Aquí, ¿es el cambio individual lo que permite una nueva percepción del entorno? ¿Al cambio individual, le sucede un cambio correspondiente en el entorno? Dice otro: «De pronto, mientras pataleaba, se dio cuenta de que su ataúd era un huevo». ¿Lo que nos protege, en realidad nos aprisiona? ¿Lo que nos limita, en realidad es lo que nos impulsa a la libertad? Como se ve, de un disparo se puede leer su sonido y el silencio a su alrededor.

La sabiduría de Alejandro Jodorowsky se vuelca en estos relatos de una manera sencilla, como también ilimitada. Cada una de estas joyas, breves en su extensión, refieren un largo caminar para conseguirlas, y es parte del disfrutarlas entrever, quizás apenas, quizás claramente, todos los procesos vivenciales como intelectuales que fueron necesarios para tenerlas a la vista. Todo escritor disfruta de escribir, y es por eso que lograr lo conciso sin renunciar al arte resulta difícil, aunque luego el resultado esté asegurado, un lector satisfecho. «El tesoro de la sombra» es uno de esos libros en los que sólo se puede ganar.

Teoría y práctica de la gauchesca, un relato de Gerardo Campani – Argentina

El profesor Adalberto Almeida daba una charla libre y gratuita en el salón de actos del Instituto de Estudios Sociales, que gentilmente cedía sus instalaciones. El tema era “Recursos poemáticos de la Gauchesca”, y además de algunos de sus alumnos y alumnas de la Facultad -entre las que se encontraba Sol- había una inesperada concurrencia.

Durante casi una hora el profesor Almeida pasó revista, analizó y alabó autores, estrofas, tradiciones y originalidades. Después recalcó la superioridad de Hernández sobre Ascasubi. Después trató de demostrar que en esa superioridad no estaba ajena la elección de la estrofa.

—Las décimas, acriolladas —dijo en un momento—, se desmerecen; el hablar gauchesco las torna desprolijas. Las sextillas, en cambio, por su sencillez, parecen ir sólo un poco más allá de las coplas corrientes de los payadores. Esa ventaja, a saber: la escasa pretensión de la forma, resalta el contenido y lo jerarquiza.

En este punto, el profesor Almeida se interrumpió y bebió un sorbo de agua. En el silencio producido se oyeron algunos murmullos de la gente, como si ya a esta altura de la charla se hubiesen formado dos bandos de opiniones contrapuestas. ¿En qué bando estaría Sol? Después prosiguió:

—En la célebre primer estrofa del Martín Fierro es notablemente marcada la simplicidad de la rima y de los recursos empleados. ¿Recuerdan? «Aquí me pongo a cantar / al compás de la vigüela; / que el hombre que lo desvela / una pena extraordinaria, / como el ave solitaria / con el cantar se consuela.» Estos versos parecen decir más de lo que dicen, como si el verdadero hallazgo fuera una idea universal, de la que sólo se expone una de sus variantes. Fíjense que los versos 4 y 5 tienen una rima bastante pobre: a los adjetivos en femenino extraordinaria y solitaria podrían corresponderle estrafalaria, sectaria, milenaria, plenipotenciaria, etc. etc. Y la rima de los versos 3 y 6 no es más ingeniosa: a los verbos conjugados desvela y consuela le corresponden recela, desmantela, cancela, congela, etc. Como el verso 1 es suelto, sólo nos queda el verso 2, que termina con la palabra clave vigüela, que es la que estructura toda la estrofa y en la cual recae la única precaución del versificador.

En ese instante, las luces del salón de actos parpadearon, como suele suceder antes de un corte de energía. El profesor Almeida miró la luminaria que tenía por encima de su cabeza y los fluorescentes adosados a las paredes. Después paseó la vista sobre la concurrencia, como manejando el tiempo de su charla.

—Veo algunas caras conocidas, algunos alumnos, ¡hola, Federico; hola, Sol! ¡Qué tal, ingeniero Rubulotta! ¡Hola, doctor Saralegui! Mucha gente nueva… y este señor, se vino con la guitarra… ¿no será payador, no?

—Alguito —contestó desde la primera fila de sillas el hombre con cara de entrerriano, que no soltaba el instrumento.

—¡Qué interesante! Me gustaría conocer su punto de vista de todo esto.

—No sé…

—¿Cuál es su gracia?

—Olmo, Juan José.

—¡Ah! Seguramente aprovechará Juan José para ahí lo ve y Olmo para para colmo, ¿no?

—Y…

—¿Se animaría a ilustrar lo que hemos dicho con algunas coplas?

—¿En sextas?

—Bueno, sí, si pudiera ser en sextillas, mejor.

—¿A favor o en contra?

—¿¡!?… como a usted le parezca…

Se hizo un breve e incómodo silencio, y cuando el profesor Almeida comenzaba a arrepentirse de ese convite fuera de programa, el hombre con cara de entrerriano se levantó con su guitarra, pasó al frente, y se sentó en la tarima sobre la que se encontraba la mesita del disertante. Acompañándose con una melodía indefinida dijo:

—Aquí me pongo a cantar
al compás de mi guitarra,
que el hombre que se desgarra
por una pena secreta
pruebe esta simple receta:
salamín y vino en jarra.

Hubo algunas risitas en un sector del salón, al fondo. Desde la segunda fila de asientos alguien dijo, en voz baja pero no tanto como para que no se oyera:

—Esa se la trajo de su casa. Además, es bastante vulgar.

El payador no se inmutó, y siguió rasgueando. Del mismo sector, otra voz, con sorna, pidió:

—¡Pianoforte!

Sonriendo y enarcando las cejas, mientras asentía con un leve movimiento de cabeza, repitió unos acordes durante algunos segundos.

—Aquí me pongo a cantar
al compás del pianoforte;
que el hombre que se comporte
como un estoico en la vida,
no tendrá llaga ni herida
ni dolor que no soporte.

—¡Ahí tenés —gritó uno del medio—, lo quisiste correr con el pianoforte y te retrucó con los estoicos!

—Además —agregó el de al lado— te escuchó lo que dijiste y empalmó el epicureísmo vulgar de la primera estrofa con otra digna de Séneca…

—¡Epa, no exageremos! —terció el ingeniero Rubulotta— ¿Por qué no continúa, caballero, con otros instrumentos de la orquesta?

Y el payador, que no había dejado de hacer acordes sin apartar la mirada de su mano izquierda, como si no le importaran las opiniones de los presentes, acometió de inmediato:

—Aquí me pongo a cantar
al compás de los violines;
que el cerebro no imagine
ni el corazón se acelere:
eso es cosa de mujeres
que andan llorando en los cines.

Otra vez se oyeron risitas en el fondo. El que había pedido pianoforte dijo:

—Bueno, no se dirá que no es consecuente con la anterior… Esta es muy estoica también.

—Y machista —aclaró una flaca de anteojos de la primera fila.

El que había acusado al payador de vulgar pidió más instrumentos de la orquesta. Y un adolescente que estaba sentado cerca de Sol –y no dejaba de mirarla– se atrevió a decir, en voz alta:

—Timbales.

Y al punto el payador espetó:

—Aquí me pongo a cantar
al compás de los timbales.
No hay dos dolores iguales
en la gente dolorida,
yo conozco mis heridas
y me acostumbro a mis males.

—¡Eso! —gritó uno del fondo.

—Eso ya más que estoico es masoquista —comentó el que había pedido pianoforte. Y en seguida exclamó, redoblando la sorna:— Pruebe con espineta.

—Sí, a ver con espineta —reforzó la flaca de anteojos, que no conocía de qué instrumento se trataba pero le había gustado la palabra.

—Aquí me pongo a cantar
al compás de la espineta,
que el hombre que no respeta
las normas de convivencia,
poco honor hace a su ciencia
cada vez que abre la jeta.

—¡Eso es una grosería! —gritó el del pianoforte y la espineta, dándose por aludido.

—¿Y qué querés? —dijo otro del medio, donde se habían ubicado los estudiantes de filosofía— Es el lenguaje de la gauchesca…

—Haya paz, caramba —intervino Rubulotta, ya convertido en mediador—, esto es un acto cultural…

El profesor Almeida escuchaba pasivamente y miraba el espectáculo con fastidio, o con indiferencia, ya seguro de que las cosas se le habían escapado de las manos.

El adolescente de los timbales volvió a intentar una participación que, al menos, atrajera una mirada de Sol.

—Clarinete —balbuceó en una rima tácita que aludía a su emisión en falsete.
E inmediatamente se oyó al payador:

—Aquí me pongo a cantar
al compás del clarinete;
si te molesta el juanete
y no aguantás los zapatos,
hay un remedio barato:
caminar con los zoquetes.

—¡Ah, esto es extraordinario —bramó uno de los del medio de la sala, ya convertidos en una espontánea claque—, ha dejado lo epicúreo y lo estoico y ya anda en lo utilitarista!

—¡En lo pragmático! —aportó el de al lado.

El acusador de vulgaridad volvió a ejercer su desconfianza:

—Así claro que no es difícil versificar, este hombre no tiene discurso propio, va cambiando de voz según le convenga la rima. ¡No está seguro de nada!

—Corno inglés —insistió el del pianoforte y la espineta, que ya había perdido la sorna.

—Justo —murmuró el payador mientras terminaba un rasguido.

—Aquí me pongo a cantar
al compás del corno inglés;
que si sufrís un revés
que te tira por el piso,
levantate de improviso
que eso es lo mejor. Tal vez.

Hubo unos murmullos de aprobación y otros de incomprensión. Desde atrás, alguien que comenzaba a perder la paciencia, o a entusiasmarse (quién sabe) gritó:

—¡Violonchelo!

Y con un gesto indulgente dijo el payador:

—Aquí me pongo a cantar
al compás del violonchelo,
que no hay mayor desconsuelo
ni cosa más aburrida
que vivir en esta vida
pensando en ganarse el cielo.

—¡Colosal! —gritó en coro la claque.

—¡Piramidal, insólito! —bramó uno de ellos— ¡Más allá de Mill y de James! ¡Estamos en la declaración de un escepticismo radical y superador que nos abre quién sabe qué caminos de la especulación metafísica y ética!

—Parece mentira —dijo el acusador de vulgaridad—, parece mentira que gente instruida se deje engañar así. ¿No se dan cuenta de que este señor se estudió de memoria los instrumentos de la orquesta? A ver si es tan rápido con el ukelele.

Y sin mediar un instante se oyó la voz del payador:

—Aquí me pongo a cantar
al compás del ukelele;
si trabajás dele y dele
sin poder juntar un mango,
practicá chistes guarangos
y probá suerte en la tele.

—¡A las pruebas me remito! —dijo uno de los filósofos de la claque— Ahí está la contestación, rozando el campo de la crítica sociológica.

Un joven de barba y amante del jazz, que parecía ajeno a la polémica pero tenía posición tomada, se incorporó de su asiento de la cuarta fila y sentenció con tono solemne y lapidario:

—Banjo.

Por unos segundos, que sintieron triunfales unos y fatales otros, sólo se oyó un lento rasguido apócrifo. Y en seguida la voz, segura y parsimoniosa, que decía:

—Aquí me pongo a cantar
al compás del dulce banjo:
este problema lo zanjo
pronunciándolo con jota.
¡Qué fácil que es dar la nota,
si encima me llamo Juanjo!

Entre la explosión de risas de casi todos y los aplausos de la claque se oyó decir al doctor Saralegui:

—No sé qué dirá el profesor Almeida, pero yo creo que la conferencia ha sido suficientemente ilustrada ya, y podríamos…

—Yo propongo… —alcanzó a decir el ingeniero Rubulotta, y en ese mismo instante se cortó la luz.

—¡Ohhhhhhhhhh! —se oyó como un coro entre la concurrencia.

Y todo el mundo supo que ahí se terminaba la cosa, porque no se había previsto una contingencia así, y la sala era una boca de lobo. Algunos encendedores alumbraron intermitentemente la desconcentración, que duró unos pocos minutos. Afuera no se formaron grupos para seguir charlando, como suele suceder a veces, porque hacía frío y corría mucho viento, y la gente ya estaba cansada.

El profesor Almeida, que no fumaba, aprovechó las lucecitas del encendedor del ingeniero Rubulotta y, tomándolo del brazo, caminaron juntos hacia la salida. Al llegar a la calle vieron al payador que se alejaba charlando animadamente con una chica.

—Tengo el coche a la vuelta. ¿Lo alcanzo hasta su casa, Profesor?

—Ahí va, con Sol —dijo el conferencista, como si no hubiese escuchado la propuesta de su alumno.

—Ah, sí, el payador se va con Sol. Y dígame, Profesor: al final, ¿la payada fue a favor o en contra?

—Me parece que en contra, Ingeniero. ¿Vamos?

Desde adentro del Instituto, como ya habían salido todos, el sereno, con una vela en la mano, echó llave a la puerta.

«Tres reflexiones», por Gildardo López Reyes – México

Imagen by Alexa

De pensamientos mágicos

Es tan tonto creer que la vida te debe algo, que todo el sufrimiento o la miseria vivida te hacen merecedor de cierto premio. No. Los lindos casi siempre tienen cosas lindas, no han hecho nada para merecer lujos y privilegios, y generalmente su comportamiento deleznable no termina con ellos; la mayoría de las veces crecen. Y si llegan a cometer una falta o delito, seguro también se libran de un destino carcelario: hay quien nace entre algodón y quien lo hacen entre la mierda. Pensar que mereces un buen amor porque el anterior te destruyó completamente es una completa estupidez, pero nos han hecho creer que es lo justo. Te mereces esto y te mereces aquello y te mereces todo. Y seguramente no te mereces nada. Lo verdaderamente cierto es que a pesar de haber llevado una vida buena y caritativa quizá te quedes esperando esa recompensa que te dijeron te daría la vida.
Aun así, me sigue encantando cantar eso que dice: cuánto me debía el destino que contigo me pagó. Sobre todo si hay tequila para lubricar la garganta: todo funciona mejor cuando está lubricado.


Mirando el mundo en cuarentena

No me parece nada extraordinario que la gente se junte para ayudar frente a una tragedia (el temblor del 2017, por ejemplo). Lo sorprendente en estos casos sería la apatía frente a la desgracia del prójimo. Nuestra naturaleza “humana” no es del todo vil, desprende algunos rayos de bondad.
Pero luego, una gran parte se comporta como esa señora (o señor) narcisista que le da una moneda al pobre pero se toma su selfie y la comparte por todas sus redes: que todos vean lo buena persona que es, faltaba más. Ahí van cientos de mexicanos a decirle a todo el mundo que los mexicanos no sólo somos los más chingones entre los chingones, sino que además somos los más buenos, digo, por algo la virgencita se vino a aparecer aquí y no en otro lado.
Bueno, dicen las bocas menos ignorantes que el halago en boca propia es vituperio. Pero yo creo que todavía esconde algo más. Pienso que cuando alardeamos de todo lo buenos que somos, inconscientemente es porque queremos tapar toda la demás mierda que cargamos, porque nos concierne también. Y quizá si miras de más lo bueno, por fingido que sea, dejas de ver lo malo, tan sincero.
Y hablando de bocas ignorantes, y cerebros que los son mucho más, en este país de gente tan maravillosa se han visto actos de completa estupidez, que sobrepasan esa ignorancia abismalmente. Y no son casos aislados. Gente imbécil ha agredido a doctores y enfermeras que tienen que trabajar lo mejor que puedan para salvar a desconocidos. Porque pues, una enfermera no puede permitirse un automóvil para llegar a su trabajo y debe compartir el transporte público con la peor ralea de este país lleno de gente maravillosa.

Y entonces, como dijera el buen Arjona: abrace a los suyos y aférrese, que aquí no es bueno el que ayuda, sino el que no jode. Y a ver cómo nos va.


Niños distintos

Estoy comiéndome una hamburguesa en McDonalds después de mucho tiempo de no hacerlo. Un niño de la calle se metió al lugar y pasó a pedir dinero a todas las mesas. Segundos después, un hombre que recién llega ve al niño, lo llama y le dice que si tiene hambre. El niño responde que sí, y el señor le compra una hamburguesa. Cuando se la entregan va a sentarse casi frente a mí.
Del otro lado también frente a mí hay una familia comiendo. Los padres y dos niños. El niño mayor debe tener dos o tres años más que el pedigüeño. Desde que éste se acercó a pedir a su mesa no ha podido dejar de mirarlo. Parece fascinado.
No sé si lo asombre la edad del niño, o el descaro que tiene para pedir dinero a extraños. No sé si piense en lo diferentes que son a pesar de lo similar de sus edades, pero no puede dejar de mirarlo mientras continúa comiendo lo que compraron sus padres.
Es tan insistente la mirada del niño mayor que el otro se siente observado y en su expresión parece verse que eso no le incomoda. Más bien parece hacerle gracia mirar esos enormes ojos del otro que expresan tantas cosas y que hasta parece que lo admira de cierta manera.
El “niño de la calle” termina su comida y se va, satisfecho. El otro, como poseído por un hechizo lo sigue con la mirada hasta que sale y se pierde en la calle. Ambos continuarán con sus vidas, tan distintas.

«Enanos dobles de jardín», relatos breves de Ovidio Moré – Cuba

Manteca y Cocuyo

Cocuyo le dijo a Manteca que subiera a la loma. Manteca subió a la loma. Manteca nunca había subido a la loma, le daba miedo, pero, aun así, subió porque se lo había dicho Cocuyo. Cocuyo no era el jefe de Manteca, sólo era su amigo. Manteca confiaba en Cocuyo porque Cocuyo alumbraba, tenía aquella lucecita fosforescente y verdosa que le transmitía seguridad.  Manteca, en cambio, no tenía luz, era opaca, muy opaca, como las cenizas o el carbón del marabú quemado. Cuando Manteca llegó a la cima de la loma, muerta de miedo y cagada en los pantalones, descubrió que la isla era más grande de lo que le habían dicho. Desde allí arriba se veía el mar anaranjado en toda su plenitud, el horizonte se hacía lejano, y el monte, lleno de guásimas, palmas, jagüeyes, ceibas y ocujes, parecía una mancha verde ante el insólito espejo naranja del agua. Manteca, entonces, se sentó en la hierba y lloró y lloró. Lloraba porque tanta belleza y tanta inmensidad no cabían en sus pupilas. Cocuyo llegó caminando despacito, muy despacito, sin hacer ruido, y con un abrazo luminiscente la abarcó en su totalidad a pesar de que Manteca era gorda gordísima. Y, por primera vez en la vida, Manteca sintió que brillaba con luz propia.


Micaela y Agapito

Agapito tocaba el silbato y Micaela el acordeón. Agapito era fuerte como el ácana y tan alto como una palma real. Micaela era pequeñita y frágil, sin embargo, cargaba con el enorme acordeón como si cargara con un saco lleno de aire. A Agapito parecía que el silbato le pesara en el cuello, caminaba cimbrado hacia adelante arrastrando sus largas patas de flamenco y siempre daba la sensación de estar cansado. Micaela llegaba la primera a la plaza del batey, mucho antes de que saliera el sol, y montaba su carpa y su escenario en menos de lo que cantaba el gallo. Agapito se levantaba tarde y cuando llegaba a la plaza apenas había sitio, y si encontraba cabida era porque él parecía un alfiler. Micaela, apenas aparecían los niños, entonaba canciones alegres e improvisaba décimas sobre los animales del monte y la laguna: que si de la cotorra, de la biajaca, de la jicotea, del jubo o del perro jíbaro, y los niños aplaudían pidiendo más y más. Agapito tocaba el silbato cada vez que un niño corría, reía un poco más alto de lo habitual o se ponía a dar brincos como un chivo, y entonces les gritaba con semblante avinagrado: ¡Muchacho, carijo, quédese quieto y no joda más!. Micaela y Agapito eran hermanos.


Mandinga y Carabalí

Mandinga y Carabalí sólo se tienen el uno al otro. Mandinga es tan viejo como la ceiba del potrero y tiene la cara lisa como una polymita. Carabalí tiene cara de jutía y es mucho más viejo que Mandinga. Mandiga, de tan negro que es, no se ve por la noche, pero si se ríe sus dientes brillan en la oscuridad. Carabalí ya ha perdido todos los dientes y su negritud se está volviendo gris. Mandinga viste como un tocororo, con colores vivos y alegres y se entretiene con los zunzunes, los jubos, las arañas peludas y cuanto bicho hay en el monte, y como es así de “entretenido” y se ríe solo cuando saca las papas, las malangas o las yucas, de los sembrados, le llaman el Bobo de la Yuca.  A Carabalí le gusta vestir de blanco, pero desde que se ha enfermado, prefiere ir desnudo por temor a que el color se enferme con su podredumbre (así llama él a la enfermedad). Mandinga, a pesar de ser “entretenido” cuida de Carabalí: le toma la temperatura con la mano, le baja la fiebre con paños húmedos y le hace tamales, guenguel y majarete con el maíz que él mismo siembra; le espanta los jejenes y las moscas y le da los jarabes en una jícara hecha de güira. Carabalí se lo agradece contándole historias de princesas y guerreros de su África natal. Carabalí y Mandinga habían venido en el mismo barco y los había comprado el mismo amo. Mandinga antes no era así, era inteligente y jacarandoso, pero por romper sin querer una botija en la casa del amo, el amo le pegó tan fuerte en la cabeza que se quedó “entretenido” para siempre. Carabalí le cuidó entonces y se lo trajo a vivir con él a su bajaraque en los lindes del ingenio. Carabalí tenía un bajareque propio porque ya era muy viejo. Y como ahora Mandinga, además de viejo, es “entretenido”, el amo dejó que viviera en el bajaraque de Carabalí. Al ser ambos tan ancianos  no rinden en el cañaveral, por lo tanto ya no han de vivir en los barracones ni ir al corte de caña, pero Mandinga y Carabalí no saben vivir sin hacer nada, por eso la amita Eduvilges, que es una niña muy buena, le había pedido  al amo que dejara que ellos se ocuparan del cuidado de su jardín, el único, en toda la casona, que está plagado de romerillo, mariposas,  varitas de San José, girasoles, siguarayas, coralillo, cundeamor, y de las orquídeas malvas que se alimentan del caigurán. Ahora es Mandinga, como he dicho, el que cuida de Carabalí. Carabalí se ve como un clavel mustio y se entristece, se siente inútil, pero sobre todo, se entristece más, porque sabe que si él se muere, Mandinga se quedará solo, muy solo.


Nadie y Alguien

Nadie no tiene nada y, por no tener, no tiene ni sombra. Alguien tiene mucho y tiene una sombra muy larga. Nadie, aunque se ponga al sol y el sol le ilumine con toda su intensidad, nunca tiene sombra. Alguien, hasta en la oscuridad tiene sombra, o mala sombra, según como se mire. A Nadie no le importa no tener sombra, y no le gusta hacer sombra ni ser la sombra de otro. A Alguien le gusta que su sombra siga creciendo y que cubra la sombra de los demás. Nadie cultiva letras. A veces sus cosechas son tan escasas que apenas puede alimentarse de palabras, pero a él le da igual, sus palabras, aunque estén algo raquíticas y sólo den para una oración, le mantienen vivo. Las cosechas de Alguien, que también cultiva letras, son copiosas y le dan para párrafos y parrafadas, y para mantener inmaculada su obesidad mórbida. A Nadie le gusta cosechar palabras como: blanco, lagartija, espejo o lluvia. A Alguien le gusta cosechar palabras como: oropel, ditirambo, suculento o grandilocuencia. Nadie y Alguien  viven en un pequeño islote dentro de un mar inmenso que a su vez está dentro de un gran océano. Nadie no ocupa casi nada, sólo un cuarto del islote que comparte con los otros. Alguien lo ocupa casi todo: las tres cuartas partes restantes. A Nadie le gusta no ser nadie, y a Alguien le gusta ser alguien, aunque sigue soñando que un día será Dios.

«Gestación de vacío», «Bocados de realidad», «Los peripatéticos», poemas de Jordana Amorós – España

Imagen by Stefan Keller

El hueco

No fue en cuarto menguante…

Ni el inquietante aullido de los perros,
que huelen los siniestros,
alborotó las tapias.

La noche del estrago
llegó sin avisar.

El corazón
notó que congelado quedaba su latido
al sentir el mordisco pavoroso
del desamor.

Después,
quién sabe cómo,
el hueco
fue ocupando lugar, ganando espacio
a expensas de lo vivo y su dolor.

Enorme vientre inverso,
en el alma gestante apenas hubo
señales de aquel mal, que, soterrado,
carcomía su entraña.

Ya ni siquiera soy un manantial
de bilis corrosivas.

De mí hoy sólo queda
este vacío ingente, este imposible
afán por vomitarse.

Esta atroz,
visceral,
abrumadora
y omnipresente náusea.


Bocados de realidad

Pudiera parecerlo, pero esto
no es un desvarío
ni principio
de demencial senil.

Sucede todo
de forma natural.

Es algo que nos pasa
sobre todo a nosotras,
las que fuimos
tan minuciosamente programadas
para pasar la vida desviviéndonos
cuidando de los otros.

De repente,
una tarde de lluvia,
delante de una taza de poleo,
te da por echar cuentas
y encuentras cien desfalcos en tu haber
y demasiadas cosas que te debes.

Y te apuntas a clase de pilates
o a un curso de bachata,
o te pones a dar la vuelta al mundo
montada en parapente.

O te unes al club
de Los Poetas Cuerdos…

Nunca es negociable
renunciar a uno mismo
toda una eternidad.

Sientes cómo demanda,
vital la sangre, que busques y devores
el mínimo bocado de la realidad
que la ocasión te brinde.

Siempre fue ahora o nunca.

Pero hoy es urgente exprimir la experiencia
de vivir
mientras dure.

Toca gastar tus últimos alientos
persiguiendo las sombras
de sueños ya olvidados.

Y echar en el olvido lo único que sientes
como una certidumbre.

Cómo crujen tus huesos
y cómo a tus espaldas
los rumores del frío muy poco a poco crecen.


Los peripatéticos

Lo mismo sí,
lo mismo en otro tiempo
sí que fue necesario rebelarse
contra el cielo, que nunca dejaba de mandarnos
sus lúgubres augurios.

Gritar, como se debe,
cuando a tu alrededor todo es desierto
y tú no eres un cactus
ni una rosa de sal.

Gritar,
hacer del grito
el venablo de rabia
que alcance las alturas y logre penetrar
su coraza de impía indiferencia

O al menos gritar
hasta hacer que los cuervos
se espanten y no sueñen
en darse a nuestra costa su gran festín de vísceras.

Gritar hasta vaciar
los últimos vestigios
de hiel de las entrañas y que con ello deje
de asfixiarnos la náusea .

Lo mismo sí,
lo mismo en otro tiempo sí que hubo
que dejarse jirones
del alma y de la voz en el intento
de tratar de enmendarle los designios
torcidos al futuro.

Ahora lo que toca
es callar y seguir hacia adelante,
con la sobria elegancia de los peripatéticos
que pasean sus dudas por los ásperos
senderos de la vida,
vestidos de estoicismo
y de serenidad,
como todos aquellos que ya están
libres de cualquier miedo,
pues con sus propias manos se encargaron
de arrancar de raíz sus esperanzas.

Poco puede pasar…
acaso que se abran las puertas del infierno,
y diluvie la ira de los dioses
sobre nuestras cabezas

Que esta vez, si hay suerte,
se muestren compasivos con tanta indefensión.

Y que dejen caer sobre nosotros,
feroz,
definitivo,
un aluvión de piedras.

Los presentes ausentes: José Luis J. Villena – poemas

Huya el tiempo

A veces el pasado es el destino
del humo de la vida, de la farsa
del amor que, sin serlo, nunca fragua,
como nunca es el agua un espejismo.

Dejaré en la tristeza un verso escrito,
desamor, esperanza huera o vana
e igual que su sentencia el reo acata
yo quiero que después cunda el olvido.

Huya el tiempo también y su premura
por caminos o vientos muy lejanos,
que yo quiero de nuevo la dulzura

de tener el amor entre mis labios
como el sediento que abre dulces frutas
y se come la pulpa muy despacio.


El espejo

Tras el frío bruñido del espejo
de alinde en que te miro,
en el eco del silencio estás llorando
y lloras lágrimas de cristal molido
y lloras penas que son de hielo seco
y lloras como un desterrado
en el espejismo de tu dolor secreto.

Vives en una ciudad de vidrio y viento
que tintinea en mi cabeza,
casi rompiéndose cada día,
pero yo no sé quién eres tú
y tú no sabes por qué lloras.

Y yo que venía desarrimado
a averiguarte la esencia del alma,
héroe efímero de los escaparates…
y yo que deseaba beber el aliento
de cristal envenenado de tus labios,
amor cercano e intocable…

y yo que quería preguntarte mi nombre…


La mujer del secreto

La mujer que me lleva a la otra orilla
es un puente de sombras deshiladas,
un atajo a la gloria o al infierno
de un querer que me quiere a vida o muerte.

La mujer que me mata y me desea
es la maga que embruja mis sentidos,
la razón que se pierde con ungüentos
aplicados de noche y a escondidas.

La mujer que me guarda y que me aleja
trae un río de ayeres altaneros,
desaguando en las dudas del ahora
lo cierto y lo seguido de su estirpe,
y es un brote de piedra en el futuro.

La mujer del secreto que ella sabe,
lo desvela en las noches del instinto
y fía ciegamente a mi vigilia
su vida, que hace tiempo que es la mía.

Hay dos firmas de amor al pie de un trato
avalando la sangre y su bullicio
en los frágiles días que nos sueñan.


Nocturno

La noche se abre en una flor de brea
que naciera del tallo de lo oscuro
y derrama su efluvio misterioso
bajo una lluvia de marfil eléctrico,
de una luz que quizás sea de luna.

Camino en la quietud de las aceras
buscando una guarida que me ampare
y un bar es un lugar donde esconderse
para encontrar sosiego en una copa
y suponer tu cara entre las caras
que me miran mirando lo que miro.

No sabe nadie que te busco a tientas,
que me parece verte en algún rostro
o en el cristal narcótico de un beso
que me devuelve a ti,
a la derrota absurda de quererte
en unos labios de carmín postizo.

No estás y a la intemperie,
cuando las putas vuelven del infierno,
en esa hora turbia en que el delirio
tiene un aroma de flor del trasmundo,
sin aliento ni ruido vuela un ángel
que desangra en palabras su agonía
y un poeta se bebe los silencios
del amargo licor de los crepúsculos.

Nunca hubo un amor tan imposible.


In the road

Dejé que el coche fuera despacio y sin destino
hacia la noche albada del neón y el desvelo,
igual que un ángel roto volando al ras del suelo
la gloria me pillaba muy lejos del camino.

Por las calles oscuras, por las sombras opacas,
la gente de la noche peleaba su esquina
con la sed insaciable del vicio y la ruina
que, al hervir de la niebla, bullía en las cloacas.

Yo, que buscaba el rastro y el perdón del olvido,
devoraba kilómetros huyendo de lo inmundo
y drogado de pánico, conduciendo errabundo,
maldecía la suerte que tiene el forajido.

Repartía el semáforo en tres luces el mundo
y en la duda del ámbar me quedé detenido.


«Ars de un clandestino», tríptico de Silvio Rodríguez Carrillo

Imagen by Albretch Fietz

Al Prosor, Hamal, que muy a su manera me entrenó en la paciencia del que corrige.

Si te aplicas al ritmo y a la rima
es posible que logres universos
de palabras sedientas de la esgrima
que se nutre de santos y perversos.

Observa la canción que te lastima
el temple que procuran sus reversos
y entiende que el valor es lo que estima
la bestia que devora a los dispersos.

El camino es difícil, inseguro
se precisa de sangre por las venas
del rencor y de Roma en los latidos

si acaso se pretende que lo puro
no suene al rechinar de las cadenas
que burlan los poetas exigidos.

*

No creas que desprecio lo sencillo
de andar con claridad por los cuadernos
sin liarse en los oscuros laberintos
que imponen un formato a los momentos.

Yo también me prohíbo que los ritos
de un poema sometan a mis textos
a contarme privándome del brillo
que consigo al decirme sin sus metros.

Escribo valorando las palabras
sabiendo que me expongo a la caída
al acto del tropiezo en la carrera
que pretendo ganar con mis espaldas
protegiendo a mis manos de la herida
de exponer sin estilo mis certezas.

*

No importan los tropiezos, las deshoras
que implica el atreverse a profesar
las formas defendidas por los doctos
que hicieron de sus versos su legado.

Procurando alcanzar a la belleza
que se oculta sonriente en la grafía
del esteta mordaz, irreverente,
es normal lastimarse sin remedio.

Lo cierto que trasciende a los detalles
de dudas, desconfianzas y temores
se inscribe en el adentro del sentido,

en el pulso que empuja al buscador
a vivir en el borde de lo triste
por honrar sin errores su palabra.

«La libido textual», «Vanguardia», «La lengua diminuta», «Vis a vis», poemas de Morgana de Palacios

La libido textual

No toca techo la libido textual
y sólo toca fondo
si se abre de piernas a la muerte,
deriva
salta
gira
se deprime
se le quitan las ganas y recupera el ansia
violando silencios
pese a las alambradas de la mente.

Mata la realidad que no le excita
y la recrea, tan en exclusiva,
que entra en erección al roce de las letras
suspira
llora
gime
y se refleja
en la húmeda piel de los orgasmos.

Una sigue escribiendo, embarazada,
vulnerabilidades
y dando a luz los monstruos de la tinta
como si un padre oscuro los amara.


Vanguardia

Yo no voy con las modas,
no me adapto
a su veneno tópico y efímero.

La vanguardia soy yo, desde intramuros,
auriga de mi tempo
y nadie va a decirme qué registros
he de emplear, qué fibras
he de tocar,
qué pedante origami
he de poner en vuelo para darle
placer a algún estúpido aburrido,
ni cómo seducir una mirada.

Yo salgo con mi jaula vacía
a las calles de todos
a los campos de nadie
en busca de los pájaros del sueño
que alguna vez insomnian en mi lengua
antes de suicidarse
en algún viento alisio atormentado.

No me derramo en lágrimas
por prescripción de algún facultativo
ni río, escandalosa,
después de haber vaciado
la botella del ansia.

No me sujeto a voces moralistas
ni me escudo
en la crudeza estética del trampantojo porno,
y no ando, famélica,
a la caza de reconocimiento,
como pueda pensar la muchedumbre
de poetas esclavos de la gloria.

El rostro de la fama, inexpresivo,
no me atrajo jamás.

Soy la caligrafía del silencio
que íntimo me grita,
cuando quiere vivir de muerte súbita,
orgasmo en la garganta.

Un graffiti pulsante en algún muro
que el tiempo borrará
sin una duda.


La lengua diminuta

Por despertarte a ti que traes el pensamiento
ardido en una pira de voces taciturnas,
te voy a discutir el agua si sediento
me vienes a beber y el día si avariento,
intentaras negarme tus palabras nocturnas.

El pan si estás hambriento, la paz si desolado
-como si sólo fuera la flor de la discordia-
el aire que respiras por no sentirte ahogado
y el mar cuando lo quieras atravesar a nado,
a puñalada limpia y sin misericordia.

Te voy a discutir por el placer perverso
de verte derribando muros de catedrales,
el crucifijo cátaro de tu acerado verso
y porque formes parte de mi oscuro universo,
la luz donde radican tus principios morales.

Si no puedes vivir sin que yo te discuta
porque lo necesitas para sentirte fuerte
no me exijas silencio. Yo soy la que disfruta
azuzando tu verbo, la lengua diminuta
que te va a discutir hasta la misma muerte.


Vis a vis

Estamos tú y yo frente al poema
como un verdugo que latiga el alma,
la espuela en los ijares de la mente
que galopa al gemido de la máscara.

Aunque le pongas música a la noche
y a la imagen de libre dentellada,
inequívocamente nos miramos
como dos enemigos sin palabras
que copulan mentiras violentas
y verdades hirientes como dagas.

Ni descansas en mí ni yo recuesto
la sed en tu pupila de aire y agua,
pero un júbilo extraño te recorre
cuando mi lengua arisca se desata
sobre tu adusta boca de soldado,
impúdica de sangre si me habla.

Escándalo tu verbo proxeneta
para mi puta voz desarraigada.

Prosas escogidas de Ronald Harris

Imagen by Enrique López Garre

Sin título

Emerges desde el fondo del caos convertida en milagro. A qué temer entonces, si no hay más muerte que el miedo, ni más oscura extensión de la nada que el temor. Somos hombres porque odiamos. Somos hijos, porque al final, no importa realmente el origen, sino tan sólo aquello que lo sustituye. Así quedamos a la espera de que alguien nos guíe, cuando el camino se nos dibuja bajo los pies inexorablemente, y el destino es en nosotros, fórmula y ejercicio del error. Sumar ceros a la nada no nos servirá, ni agregarle más letras al odio porque la ira es insobornable. Ya pesa el gramo en mis ojos, y es más noche en la noche, y un sopor mortecino y amigable saluda mis dedos, hasta entumecerlos. No hay variaciones del yo en lo que ocurre, sino la continuidad del oro de tus ojos en mi mente: esa sabiduría brutal que nos empuja a Dios cuando nos hieren. Un ser mutilado y clarividente se cierne tras mi lengua y te habla. Escupe estas palabras y se duerme.


No he de volver a Dios cada mañana

No he de volver a Dios cada mañana luego de besar el húmedo labio de la noche. No he de volver de tanta oscuridad negando la sabiduría cruel que se esconde en la derrota. No he de ser otro si soy éste que ilumina de sombra tu camino y tu caída, cuando otra vez nos vuelve a mirar la bestia que habita tu dulce abismo.


Infantes

Ayer no lloraste. Me quedé esperando tus lágrimas hasta que nos visitó la morfina. Pensé en acariciar estérilmente tus deformidades. Entonces recordé que Dios te tocó primero y preferí olvidar el regalo de tus uñas. Lamí un espejo trizado donde se reflejaba tu cara de niño-monstruo, de niño-insecto, de niño-niña, hasta que el semen de tu lengua se secó sobre los ojos, y mis dedos untados se apaciguaron de ti.

Jugamos a besar el odio hasta la náusea, hasta agotarnos y caer en la vigilia. Jugamos a rozar los pies entre las sábanas y sufrir el hambre sin emocionarnos. Probaste que mi voz no se escurre en tus brazos como el agua (ni lo necesario) mientras todos duermen. Pero dividir la máscara no fue suficiente. Ábrela si quieres. Estamos preparados.

Desátame como la naturaleza engendra la catástrofe. Ya sembramos tu sien y mi sien. Cosecha entonces este bello fruto que esperamos abrazados a un mismo torso, invertidos y en silencio. Hoy son tuyas mis dagas y el ánimo de mis cuervos. Son tuyas ahora mis palabras. Invócame. Llama nuestro fuego a la calle y precisa la víctima. No temas, ya te dije. El resplandor de tus alas nos protege.

«Un hada en primavera», «Líbrame del amor», poemas de María José Quesada

Un hada en primavera

Ahora que se acerca la primavera
de princesita yo me voy a vestir,
con tres flores blancas haré mi diadema
-dos margaritas y un alhelí-
Será mi vestido muy largo y hermoso,
de gasas y tules, como el mes de abril,
bordado de espigas, también de madroños,
de verde manzana, de menta y anís.
Pero mis piecitos andarán descalzos
-las hadas del bosque caminan así-
para no hacer ruido ni romper el canto
de los mil gorriones que habitan allí.
Y una vez vestida toda de princesa
un cisne me espera, por llevarme a ti,
y allí acurrucados en sus tibias alas
voy a darte el beso que te prometí.


Líbrame del amor

Se me clava la tristeza
como una espuela oxidada,
daña, duele, amarga, escuece,
me enferma la piel y el alma.
Cómo cierro yo esa herida,
quién me quita esa navaja,
el crujido de mi carne
el dolor que no se acaba.
Quítame, madre, el tormento,
nímbame con tu agua clara,
hazme de nuevo en tu vientre
como flor resucitada
y apártame del cariño,
del sentido de nostalgia,
de todas las trampas dulces
que engañan y te desarman.
Del recuerdo que no cesa
de dar portazos al alba.
De tocar la libertad
con las dos manos atadas.

Líbrame del amor.

«Exégesis», «De esperas», «A pura muerte», poemas de Ana Bella López Biedma

Imagen by Mollu Rose Lee

Exégesis

Agitas la distancia
como un pañuelo blanco contra el cielo.

Nada te toca afuera de tu llanto o tu risa.
Hombre de peces quietos sin escamas
que reniega del tacto de oleaje
y del mar hecho añicos.

Hombre de piel de herida, nunca dueles,
cara de mimo, toda escarcha y tajo
y siempre sangre adentro.

Te observo en el alféizar de mis noches
-de sábanas inermes-
bámbola apenas luz hecha de llanto,
mientras te boicoteas las esquinas
con papeles que crujen
como grillos pisados, o que cortan
la yema de los dedos con su látigo.

A veces me pregunto
cuándo tiembla tu arena
al contorno de espuma, o se derraman
flores incandescentes en tu boca.

Cuando la oscuridad
sueña renglones rotos en tu abrazo.


De esperas

Donde pongo mi voz, pongo la espera
y pongo mi silencio si es preciso.
Guardo en mi boca el sol más insumiso
y en la caricia soy blanca bandera.

Donde pongo el amor me ofrezco entera,
sin medida, sin precio y sin permiso.
Abraza al hierro mudo en compromiso
mi vocación tenaz de enredadera.

Donde muere la sal beso la herida,
donde brota la sangre más oscura
cierro con mis dos manos y en sutura

derramo mi agua clara, canto y vida.
De espera el corazón, sin parapeto,
hibernará a tu verso, tibio y quieto.


A pura muerte

Acomodo tu verso a mi costado,
una estatua de luz, un dios obsceno,
tan fieramente dulce que un pecado
me graba a sal tu lengua como un trueno.

Me tiembla el agua en tu reflejo armado
de níspero procaz, hirsuto y pleno,
que empujo a la pared en verbo osado
bebiéndome de un trago su veneno.

A plexo descubierto y piel devota
la lluvia escribe en piedra los vaivenes
que anegan mi garganta gota a gota

y desanuda el sol de mi cordura.
Guardo el último canto en que te avienes
y abrazo a pura muerte tu ternura.

«Se vende, se permuta», «Una ola de olvido», «La forja», por Ángeles Hernández Cruz

Muchacha by Thuan Vo

Se vende, se permuta

Se vende

Se venden días tristes.
Los entrego encerrados en un baúl de espanto
atestado de cajas con etiquetas blancas
escritas con mi mano temblorosa.

Unas contienen miedos de los que se te anudan
en la garganta fría, que ya sientes tapiada
por viejas soledades.

Las de remordimientos
están acompañadas de desesperación
junto con la amargura
de no tener el brío de parar
el transcurso tirano de los días.

También hay cofrecillos y envoltorios
tan raídos y viejos que no me atrevo a abrir
ya que solo contienen ilusiones caducas.

A mí ya no me sirven
porque los versos piden a mis brazos
que deje de arrastrar este equipaje
que se sigue rompiendo,abriendo las heridas
y que una y otra vez remolco en mis escritos.

Se permuta

He cambiado de idea: ya no quiero vender.
Prefiero permutar el contenido
del pesado baúl
por la bolsa ligera de los grandes poetas
que cantan al amor con arrebato,
con palabras ardientes que enrojecen
los rescoldos helados de mi fuego.


Una ola de olvido

Anoche desperté sin mis recuerdos.
Rebusqué entre las sábanas, a tientas,
y solo encontré frío.
Sobre los almohadones, mi pelo se cubría
de un laberinto húmedo de algas.

Una ola de olvido gigantesca
que venía de lejos elevándose
arrastró mi pasado al mar profundo.

Al verme en el espejo,
pegadas a mi piel desconcertada
se asomaban millones de blancas caracolas,
nácar tornasolado.
Me vi hermosa y valiente vestida con mi escudo.

Solo tengo el ahora, este instante,
para verter sonrisas
y llenar mi equipaje de historias relucientes.


La forja

Quise ablandar el hierro de los barrotes que aprisionaban mis auroras. Lentamente, encendí una hoguera. Con ladrillos de rabia construí una fragua mientras las llamas me proponían a gritos su consuelo.

Emboqué las barras hasta que el calor reblandeció su intransigencia y, entonces, las moldeé en el yunque con mis manos. A pesar del tormento, logré formar una hoja con espiga que templé en un barril rebosante de lluvias que nunca se detuvieron en mi cara.

Adelgacé el filo contra la piel dura de la memoria y le hice un mango suave que acariciara las llagas de mis dedos.

Fabriqué un cuchillo con mi jaula. Con él corté los hilos que me ataban a la nostalgia y podé las ramas que me impedían crecer hacia el futuro.