Otra casa, poema de Gerardo Campani

Otra casa

Cada pared de esta casa es una escena vacía;
cada sillón que no te abraza, un trasto que desprecio;
cada café tomado a solas, un rito cruel que trato de evitar.

Es que nunca estuviste aquí, y ¿por qué esta tarde
mis músicas y mis desapegos y mis dulces soledades
me han abandonado para dejarme solamente solo?

¿Cuándo tu piel adivinada en sueños
empezó a ser pesadilla de mis horas desnudas?

Inicio cada noche en cada ensueño
la trama perfecta que dibuja tu figura en nuestra escena,
una y otra vez.

La noche y mi tristeza me aseguran
que mi única realidad imprescindible
es ese sueño incesante que te repite adormeciéndome.

(Ignoro de qué materia tan sutil
he tomado esas imágenes que se velan bajo el sol
y no me bastan para poblar esta tarde.)

Ahora los rumores de la calle me ensordecen,
y una inquietante sospecha de no recordar lo primordial
me atenaza contra este sillón absurdo.

«La dulce ausencia», «La piel», dos poemas de Carmen Jiménez Meneses

La dulce ausencia

No hablaré de mi muerte,
no merece la pena,
será solo un instante
por mucho que te duela,
tampoco muy dispar
del dolor de una ausencia.
Hay ausencias en vida
que las entrañas queman,
y si me apuras, hijo,
será más llevadera
porque nunca se extinguen
los amores que bregan,
mano a mano, en los surcos
de pasiones gemelas.

Y aunque a tu juventud,
aún salvaje y tierna,
le parezca un horror
vivir la vida huérfana,
es mejor que otras muertes,
y vivimos con ellas.

No te hablaré tampoco
de mis propias vivencias,
mi condición de madre
respetará las reglas
que entre los dos pactamos
y que firmé a sabiendas,
para que mis fracasos
no te cancelen puertas
que la ilusión traspasa
con voluntad y fuerza,
si el azar nos ayuda
con su mano de niebla.

Te hablaré del afán,
de las noches en vela,
en que brillamos juntos
igual que dos luciérnagas,
porque allí me hallarás
convertida en estrella.
Y cuando el tiempo pase
seré una dulce ausencia.

La piel

Su ausencia es como un barco a la deriva
que se acerca a mi costa sin motivo
y me desborda de melancolía
cambiando mi razón por espejismos.

Hoy me dejó la playa reducida
a un extenso mosaico cristalino,
cada tesela muestra una sonrisa
en millares de rostros de mis hijos.

Yo contemplo sus gestos en la arena,
a la luz de este lento atardecer,
hasta que se los lleva la marea.

Y regreso pensando que no sé
resetearme y despedir su estela
ni detenerme al borde de mi piel.

«El futuro del sin», «¿Maldito?», dos poemas de Sergio Oncina

El futuro del sin

A veces se me apagan las luces de la mente
y las sombras me invaden y campan a sus anchas
bajo el gobierno tibio de una mirada oscura
que no ve más allá de las viejas tristezas.
Y soy hombre de ojos apagados y muertos,
un engendro del odio por faltarle un amor
en el que abandonarse cuando sufre derrotas,
las ausencias que el tiempo va sembrando en su vida.
Esta falsa sonrisa, este maldito rictus
asesina mi rostro, la esperanza y la fe.

No se tuercen los gestos por batallas perdidas
mas sí por no aceptarlas como parte de uno.
Tampoco es la cuestión olvidar sufrimientos
con la monotonía que nos regala el sol.
Esta suma de albas y alegrías falaces
no recosen heridas ni borran cicatrices,
son un parche pirata para un tuerto sin luz
que, agotado, no quiere ni siquiera mirar,
pero aún en tinieblas, ve lo que tiene enfrente
y se queda a sufrir peleando el ocaso.

El futuro del sin es el futuro único.
No regresará el aire puro que respiré
en tiempos de embelesos, inocencias e ímpetu
cuando el sol despertaba y no me daba cuenta,
cuando, como un milagro, mi voz anochecía
y dormía profundo recostada a mi lado,
soñando con mentiras sin la verdad nostálgica
que cada noche añoro y cada día pierdo.
Y habrá más, más ausencias. Y serán las peores
y las lloraré solo por no doler a nadie.



¿Maldito?

Una tarde tras otra agonizan los días,
impertérrito al sol dilapido las horas
y los sueños se escapan sin llegar a la noche
por las grietas de un cuerpo que simula dureza,
mas se quiebra al sentir tu maldito recuerdo.

Y me río. ¿Maldito? Ni yo mismo lo sé,
ojalá no importase la razón y pudiese
como un necio seguir contemplando el vacío,
esconderme en mentiras que recubran los huecos
que horadaste en mi alma. Solo quiero vivir.

Necesito volver a un estado de calma
sin pensar en preguntas que no tienen respuestas;
en por qué nunca más se detuvo el ocaso.

Necesito creer que también existía
cuando tú todavía no habitabas en mí.

Territorio de jaimas, por Gavrí Akhenazi

Todos saben que me gusta estar solo. Me siento bien dentro de la soledad que queda en mi mundo. Las personas me estorban, excepto aquellas únicas que elijo para relacionarme, para que puedan avanzar por mis largos yermos carentes de agua y despiadados de pájaros, donde se gestan y apaciguan mis tumultos de polvo, mis tormentas de olvido, el calmo paroxismo de mis furias.

Vivo ahí, en esa jaima inhóspita, hecha con huracanes y veleros. Una jaima cosida con gigantescas gavias para capear oleajes de la sangre.  Vivo dentro de mi rutina de silencios, de intermitentes y oscuros monosílabos y, dicen esos que siempre están conmigo, que soy una alimaña hecha con gestos y con ojos de bruscas mutaciones.

Los niños, sin embargo, no ven en mí lo que los hombres ven. Jugamos, cantamos, trabajamos y aprenden “cosas raras” (como suele decirme el hombre sabio que conduce la civilización en este lado tan poco hospitalario de la existencia humana).

Yo les explico la gesta de los hombres, mientras dibujo mapas en la tierra y les hago relatos de otros lugares que están inaccesiblemente lejos, pero que los niños consiguen imaginar para asombrarse.  No hablo de ese occidente dominador y férreo que parece el único territorio habitado sobre el mundo. Les hablo de culturas antiguas como la suya propia, de largos mitos rústicos que se parecen en todos los lugares y que se repiten con diferentes nombres. No hablo de religiones con los niños. Hablo de civilizaciones y esperanzas.

La escuela es paga aquí, porque de otro modo, es imposible retener un maestro sin comer. Algunos pueden pagarla. La mayoría no, así que esos de la mayoría son mis niños del fútbol y la historia y los mapas que los humanos han trazado para cortar en trozos la esperanza.

Disfruto enormemente de estos niños, como en mis viejos tiempos de docencia, en el margen que nadie quiere ver.

Luego, regreso a mis silencios, a esta imprecisa ejecución del día, que implican los informes, los ajustes a la necesidad, el miedo de los otros, los que migran como si el suelo bajo sus pies se les moviera y ese resabio a pólvora que dejan los malos daños impregnado en la piel.

La soledad se aprende, como todo. La soledad no es más que un hábito más, una costumbre que no precisa de zurcidos ni parches porque es una muralla no vencida por el asalto de las hordas trágicas.

Afuera de mi jaima hay otras jaimas. Tratamos, apenas, de ser buenos vecinos, en la desértica amplitud que constituye no saber si hay mañana cuando cae la noche día a día.

Otros planos de ausencia, editorial de Gavrí Akhenazi



Otredad. Ajenidad. Individualidad. Xenofobia. Indiferencia. Ignorancia. Palabras que definen la relación con el otro y su búsqueda de invisibilización.

El otro, eso que es diferente y que está ahí, por todas partes. Eso que no somos. El que nos es extraño.

La ausencia no se centra solamente en la percepción de lo que no está y que se necesita. No es la falta de algo que ocupaba un valor emocional y que al desaparecer genera un espacio de vacío.

La ausencia en sí es un vacío que ocupa (valga el oxímoron) la conducta humana a lo ancho y a lo alto de ella.

La ausencia es en la conducta humana, el resumen de las palabras que menciono al comienzo de esta reflexión. El desplazamiento de la conexión con ese ser social que los hombres, como especie, dicen ser y que, en la práctica, solamente son capaces de desarrollar con reservas dentro de su metro de confort.

La especie humana posee en su genética un enorme espacio vacío para con sus propios integrantes. No se reconoce en el otro y en «el otro» deposita la desconfianza, la suma de sus males, las reservas de sus aprensiones más desarrolladas y de las más ocultas, las responsabilidades y las culpas y, por supuesto, la ajenidad, el desentendimiento, esa otredad enfrentada decididamente al individuo como unicidad que no acepta lo disímil.

En una u otra forma, todos los humanos practicamos ese registro de conducta.

En mayor o menor medida, todos somos ausentes.

A la espera, por Ovidio Moré

Imagen by Mircea Iancu

Recordé aquella canción, la que ahuyentaba al silencio, al vacío, la que susurrabas inesperadamente mientras la banalidad anegaba la casa y mis palabras se escondían en los rincones de la alacena.

Recordé tu tibia música, el fulgor que brotaba fundiéndose en el cristal de la ventana.

Recordé tu sonrisa mezclada en el susurro y al susurro mientras sonreías.

Toda la arquitectura del silencio caía derribada por tu voz apenas audible, pero que, como un disparo, fulminaba tanto gris, tanta mediocridad, tanta melancolía… Y la casa se llenaba de alegres trinos, de avecillas iridiscentes posándose en cada resquicio, en cada oquedad, en cada poro de mi piel. Entonces la soledad también huía aterrorizada por los sumideros, y sus alaridos se dejaban oír en las cañerías. Y las palabras bajaban a la hoja y danzaban desenfrenadamente con sus piececitos manchados de tinta dejando un reguero de versos estampados en lo blanco del papel.

 Recordé aquella canción y yo también la susurré. La susurré al oído de la casa, al cuerpo del espejo, al  pubis de las sábanas… Pero el color seguía siendo el mismo, un gris apagado, yerto; el silencio continuaba y a cada paso eran más espeso, como un muro pétreo e insalvable. El vacío se arremolinaba en el interior de mi cuerpo, viajaba por mi sangre dejando un frío riachuelo de temor serpenteando por las venas. Y la soledad, esa dama soberbia y omnipresente, se paseaba desnuda por cada habitación. Por más que lo intenté no pude. Mi susurro era anodino, insípido, la casa no era capaz de encontrarle el sabor a mi canto. Las palabras volvieron a refugiarse tras el frío de la porcelana y es por tu ausencia. Y aquí estoy, a la espera. En tu espera.

La ausencia del creador, por Sergio Oncina

Quien haya escrito más de cien líneas con la intención de emocionar al lector se habrá dado de bruces, consciente o inconscientemente, y no solo una vez, contra la ausencia. Y habrá repetido imágenes, conceptos y recursos, suyos y de otros.

¿En cuántas ocasiones nos encontramos con un ser querido fallecido actuando como ángel de la guarda o con un espectro sombra de un viejo amor?
Me declaro culpable del hueco en la cama y las formas de la ausencia fantasmagórica en el colchón y la almohada.

El folio en blanco es así de traicionero.

Lugares comunes lo llaman. Lugares para ir demostrando nuestra falta de originalidad y nuestra pertenencia a la misma humanidad.
Qué envidia del artista que se sale de la mediocridad y nos muestra de un modo diferente como duelen las llagas de la vida.

Todo lo escrito es ausencia. Por ejemplo, las cien líneas enteras de ese supuesto principiante de escritor.
Pensemos sobre qué escribimos: vivencias y recuerdos o sueños y deseos.
¿No son también las ficciones sueños en los que nos vemos inmersos con tal claridad que conseguimos desarrollarlos? ¿Y no les añadimos parte de nuestros recuerdos y deseos?


Y, en definitiva, ¿no escribimos sobre aquello que ya nunca podremos repetir (recuerdos) o aquello que queremos experimentar (deseos)? Ausencias.


Incluso cada párrafo se convierte en una ausencia más de las que van conformando nuestra memoria.
Miro al inicio del texto y leo ese primer párrafo. Si lo reescribo no voy a encontrar las mismas sensaciones que encontré al redactarlo por primera vez. Y si lo leo por segunda vez, tampoco percibiré igual la nueva lectura.

No se puede entender la ausencia como una sensación ajena al paso del tiempo. Pero tampoco el paso del tiempo se sentiría sin saber lo que es la ausencia. Esto es importante: somos capaces de comprender el tiempo porque existen las ausencias.

Los momentos felices son cubiertos de tristeza hasta emborracharse en ella, son bizcochitos a los que el alcohol acaba por estropear.
Algunas de las escenas más aplaudidas y emotivas del cine son parte de películas infantiles. La más conocida posiblemente sea la historia del inicio de Up. También Inside Out, con una originalidad sorprendente, ahonda a la perfección en ese cambio de felicidad por aceptación de la pérdida y la nostalgia como parte del crecimiento personal.

No se trata de que me falte el amor del fantasma cuyo cuerpo ya no duerme en mi cama, sino de que ya no volveré a ser el mismo, ahora soy un bizcocho empapado en licor. La dificultad para superar las ausencias radica, primero, en que hay que asumir que el tiempo transcurre, nos cambia y nos equipa con miles de pequeñas sombras que son los recuerdos y, después, en que hay que desprenderse de las sombras que nos dañan.

Lo complicado es aceptar las ausencias como parte de uno.

Seguro que lo ideal es buscar nuevos horizontes, no echar la vista atrás y no perseguir quimeras. No es tan fácil. Yo prefiero afianzar y crear ausencias. Yo prefiero escribir.

He perdido mi voz, poema de Ángeles Hernández Cruz

Imagen by Gundula Vogel

He perdido mi voz

He perdido mi voz.
Camino por los campos tratando de imitar
el aria matutina de un gallo somnoliento,
el ladrido de un perro solitario,
el crujir de las hojas del otoño
o el silbido del viento entre las ramas,
y no aparece.

En la ciudad rebusco y pruebo a repetir
las risas y los llantos de los niños
que juegan en los parques, y hasta ensayo
los gritos en los puestos de las ferias,
y no la oigo.

Por las noches visito los tugurios más sucios
y trato de reír la risa del borracho ,
o cantar la letrilla de una canción obscena
que un joven desafina al magullar
las teclas de su piano moribundo,
y es imposible.

Solo me queda hallarla entre mis versos.
Allí la descuidé buscando mil palabras
que llenaran poemas con murmullos sumisos.

Estaré esperando, por Ángeles Hernández Cruz

Forest by S.Hermann & Richter

He oído que en una minúscula isla, perdida en un océano de nombre tranquilo, vive una tribu extraña .

El sosiego de las aguas salpicadas de corales se ha apoderado de ese pequeño grupo que forma un mismo clan.

En su lengua no existe la palabra ausencia, igual que muchas tribus del desierto desconocen el término hielo. Porque nunca han experimentado lo que esos vocablos significan no los necesitan.

Los miembros de esta tribu no conocen el hueco profundo y doloroso que deja en el pecho la partida o la separación porque ninguno ha precisado abandonar la isla ni a su gente.

¿Para qué iban a tener una palabra para privación o escasez si todo lo que tienen lo comparten?

Tampoco saben lo que significa abundancia. Simplemente se reparten lo que el mar, a veces generoso y otras mezquino, les regala.

Ni siquiera tienen una voz para soledad o tristeza. Son una única familia que se protege de las tormentas debajo de las hojas de palmeras de su casa común, construida con paredes fuertes, levantadas con un amasijo de ayuda y comunicación.

¿Qué pasa con la ausencia eterna de la muerte? Tampoco la conocen. Creen que cuando alguien muere, se convierte en estrella.

Cada noche sin luna, cuando el cielo se les cuaja de millones de puntos de luz, cantan, bailan, ríen y les cuentan sus historias a los que algún día brillaron, que es su forma de decir perecer.

Si mañana no me encuentras, búscame en una vieja balandra rumbo a esa isla o levanta tu mirada en las noches de luceros. Allí estaré esperando a que me cantes.

Solo el olvido mata, por Morgana de Palacios

Cuando el dolor se instala para no marcharse, hay que apretar los dientes, callar y no ponerle alas, silenciar el ritual del desespero, hacer oídos sordos al pitido del tren que atraviesa la estación de la carne como una navaja afilada que reabre la herida, y la pudre y la transforma en llaga que nunca cauteriza.

Sobornar al silencio con caricias, es una buena forma de conseguir que se quede a tu lado. Murmurarle al oído tu lealtad perpetua y dejar que el resto del mundo se desgañite iterando sus pérdidas que son las de todos y, por tanto, las mismas, un año y otro año.Un punto de frialdad o incluso insensibilidad, favorecería al sensible en momentos de manida quejumbre y al pretencioso que considera su pena inimitable e imprescindible de ser contada y te pone perdido de añoranza tu vestido de estreno que solo esperaba algún piropo que no llega.

Cada quién su dolor, cada cual su almohada para llenar de lágrimas, sus cartas imborrables, sus recuerdos de tiza sobre pizarra negra que repasar como una constante sobre el tiempo, cuando se van borrando de la mente.

Porque la muerte nos pelea a todos y a todos llegará, porque las ausencias que provoca son una masa informe e invasiva que todo lo devora, yo intento centrarme en lo vivo y si cuando le hablo no me responde porque aquello que esté vivo siga refocilándose en sus lejanías (susurrando lejanías, amando lejanías, llorando lejanías, escribiendo lejanías), prefiero estar callada abriendo puertas al olvido que siempre termina por matar las vorágines de la memoria. Cualquier ausencia que se nos dé en la vida.

La del amor, también.

Dolencias de un bastardo, poema de Silvio Rodríguez Carrillo

Imagen By Stefan Keller

Dolencias de un bastardo

Buscando tu voz en la luz intranquila -que tiembla
de noche invernal sin un vino dispuesto en su vaso-
me arritmo a la calle de extraños fantasmas sin nombre,
con algo de cobre en mi ruin billetera amorosa,
por ver si te pillo llenando de verbos la nada.

Camino lo oscuro, el perfume lejano y sencillo
que dejan tus alas quemadas torciendo la suerte
de tanto pendejo sin gusto, de tanto doctor
que cree que el arte consiste en hartar de basura
el pulso inocente del hombre que olvida ser uno.

Si fijas el foco, la lente, verás que al seguirte
–los pasos, los sueños, la historia indecible y audaz
de todas tus fallas y aciertos– consigo alegrías
que sólo capturan los tigres, las osas, los solos;
aquellas que gozas sabiendo de un otro en tu sangre…

No, perdona.

Perdona si paso de ritmo, si acaso insinúo
el porte del alfa que sella sin prisa en sus labios
la ausencia de paz si le falta su chica de bucles;

si inquieto tu siesta buscando le impongas tu estilo
de cálida sierra a los huecos que horadan mi mente
por ser de tus manos el hijo insondable, el bastardo.

Ausencias, por María José Quesada

Smoke by Florian Berger

—Pedro, he estado hablando con mamá y escucha todo lo que me ha contado al preguntarle cómo ha sido su vida.

«Mis hijos siempre me han llevado loca. Cuando eran pequeños, de amor; cuando adolescentes, de preocupación; cuando se casaron, de alegría.

Pedrito era un maníaco de las motos. Su padre lo enseñó a pilotar el Vespino que tenía para ir al trabajo y llevarme de compras. Doce años tenía el niño, y el padre lo veía bien… A mi no me hacía gracia que se fuera con la moto él sólo por los descampados y para solucionarlo se juntó con una pandilla de amigos motorizados. Ya no iba sólo, según él. ¿Has visto qué solución?

Patricia me preocupaba de otra manera. No salía de casa más que para ir al colegio y hacer los recados que le mandaba. Hasta que cumplió los trece años me pareció normal, sí, hasta esa edad ni siquiera le echaba cuenta a que la niña no saliera en pandilla ni quedara con las amigas, que las tenía, a dar un paseo. Ya tendrá tiempo, decía yo. Pero claro, cuando llegaron los 14, 15, 16 años y esa actitud era constante ya me empezó a preocupar. Yo la animaba a que saliera, a que aprovechara el tiempo y su maravillosa juventud para hacer cosas nuevas -¿sabes?, tenía la carita de porcelana- La animaba a que hiciera algún curso de pintura, de fotografía, hasta le propuse que participara como voluntaria en un albergue de animales, que tanto le gustaban. Y la niña que no, solo estudiar y estudiar y estar en casa.

Pero como todo, con el tiempo cambiaron. Solitos».

Pedro escucha y sé que se conmueve igual que yo.

—Nos recuerda, Pedrito, nos recuerda.

Mamá nos mira, sentada, balanceándose en el asiento de su mecedora. No nos sonríe, no dice nada. Nos mira extrañada.

Pedro le coge las manos y ella lo rechaza pero Pedro insiste dulcemente hasta que al fin las doma. Yo también me acerco a ella, y frunce el ceño. Reclina su espalda y se aleja un poquito pero hoy nos deja que la toquemos, que le acariciemos las manos y el cabello. Ella nos pregunta dónde están sus hijos.
Mi hermano me mira y me dice: «No llores Patricia, nuestra madre es la misma, quien nos está hablando ahora es solo la ausencia».

Origamia, por Alejandro Salvador Sahoud

Imagen by Susan Cipriano

Llevaba un retrato en el morral y preguntaba a todos en las calles, imponiéndoles la visión de retrato: «Has visto a La Mujer».

Los habitantes todos lo miraban, porque el retrato vacío tenía solamente escritas dos palabras: «La Mujer».

Pero él insistía, como enfermo de algún mal incurable que debiera encontrar un mago curandero en un mundo sin magos.

«Esa Mujer no existe», se animó a decirle el que cuidaba burros, indicándole irónico el retrato vacío y las palabras.

Él señaló entonces todos los papeles de los que estaba hecha la ciudad, tanto y tanto papel escrito de formas infinitas, sólidos como muros, voladores como pájaros, luminosos como farolitos, altos como palabras, profundos como el cielo, tristes, como él mismo.

—Esa busco.

—Esa es lo que estás viendo. No tiene forma. Es lo que estás viendo…papeles con palabras.

«Menos tu nombre», «Cuando yo me haya ido», «Como una voz ausente», tres poemas de Alejandro Salvador Sahoud

Imagen by Matthias Böckel

Menos tu nombre

cuando soy triste
yo me voy al viento
porque la sombra se vuelve inhabitable
inhallable el camino
y cuadrada la esfera

todo está de revés menos tu nombre
que hace señas de niño en un andén sin trenes
pero con tanto papel despedazado
y tanto polvo largo
que a veces
es sólo un buen fantasma
diletante

tu nombre sin zapatos
que pisa minucioso el agua turbia
me exime en la navaja
y en las cruces
del no miedo a sufrir
mas sí a que sufras
como la rozadura larga de una herida
que me sangra en la frente

triste que soy a veces desleído
acuarela de nieblas y lloviznas
y babas
que devoran eso pétreo de mí
como un unto pulsátil
largo musgo y ausencia
inhóspita guarida de éste
mi
último
aliento
con que a veces escribo
o
me mojo en verde oliva
rozo el viento en tu nombre
con el cansancio trágico en el ala
y la certeza
de que el sol existe
sobre lo más oscuro de su vientre

¿quién llagará tu espalda
una vez que mi látigo se hiele?
¿quién llagará mi sed
si se muere despacio en tu diluvio?

los dioses no se ocupan de esta tarde
en que el viento
y el polvo
comulgan imprudentes
en una niebla espesa de pañuelos

si no te importa
me llevaré tu nombre en algún lado



Cuando yo me haya ido

Cuando yo me haya ido, quizás de madrugada
sabrás que se habrá muerto lo mejor de ti misma
porque los sueños caben, porque viene la albada
y habrás de descubrirte desnuda y encendida.
Cuando yo me haya muerto porque tu me has matado
habrá un silencio oculto, en tu mirar de ausencia
habrá de desarmarse el río de tu mundo,
musitarás mi nombre…como en la adolescencia
porque el amor abarca también lo inabarcable
porque el sueño fulgura el revés de las rosas
porque todo es presente, desigual e involable
porque tu amor es mio…porque estoy en tus cosas
porque me tienes siempre y no te tengo nunca
como nunca he tenido aquello que he amado
pero saberte apenas, un sitio, una penumbra
me habita todo aquello que está deshabitado.



Como una voz ausente

Matar el alma a veces es como matar pájaros
que habitan en las islas donde nace lo verde
de las resurrecciones y de las madrugadas
donde no llega nunca el dolor que nos muerde.

El alma muere sola de propia cuchillada
sequita, otoñecida, de tanto perder tiempo
detenida mirando larguísimos ponientes
como un recuerdo de esos que van a contratiempo

Luego el amor se filtra como una escaramuza
de guerrillero torpe. Como una voz ausente
se camufla de escarcha, de tomillo y espliego
haciéndose pequeño en un cajón que miente
el sueño de Pandora.

La esperanza de otoño, tus ojos en los míos
son luz de una candela oculta, intermitente.

«Los veo», «Soldadito de cuerdas», dos poemas de Orlando Estrella

Imagen by Peggy Choucair

Los veo

Donde quiera que esté los veo a ellos
una presencia muda, pero viva.

No tengo muy seguro quién es el que procura
esas extrañas peñas
matizadas con humos de cigarros
que solo yo disfruto, acompañado a veces
de unos pequeños tragos que solo yo degusto.

Hago los ademanes que acostumbran los protocolos
de invitar a brindar por sus pasados,
pues el presente en solitario nunca,
tendrá un futuro digno de contarse.

A veces creo que los anfitriones
son ellos y me invitan, apenados porque
notan la soledad acostada en mi casa.

En sus miradas veo siempre dudas.
Seguro porque observan a los hombres
como una copia modelada en mierda
de aquellos de su tiempo
en que el honor y dignidad valían.

Me preguntan sin voces:
¿Valió la pena tanto sacrificio?

En más de una ocasión, gotas de perro
ruedan por mis pupilas. Esos canes
son más puros y honestos que los prójimos.

Quizás esos espectros sean mi cura hoy.
Y es que alguien que no cree ni en avernos ni en ídolos,
en algo tiene que confiar, y más,
si conoció lo puro de esos amigos muertos.

Soldadito de cuerdas

Si miro tu fantasma por las noches,
y no hiede a podredumbre de cadáver
es que sigues tan viva como en aquellos tiempos.
Tan dinámica como esos corceles
libres en la pradera detrás de un horizonte
no importando cuan lejos estaba de tu lar.

Tarareabas siempre “soldadito de cuerdas”
y parlabas que había que clavarme una estaca
en el centro del pecho -como a cualquier vampiro-
para hacer que brotara el fuego por mis ojos,
y pudiera salir de un letargo quimérico
mientras tú cimbreabas tus sueños a mil pies,
allá en lo alto.

La cuerda se gastó y tuve que crear
energías internas como esos chips robóticos
que nunca se degradan y seguirán aún
después de muertos.

Sí, después de enterrado,
lo poco que habré escrito, me mantendrá con vida,
pues no estarás para romperme el tórax.