La quinta estación: un libro de Silvio Rodríguez Carrillo

Por Alejandro Pérez

Ficha del libro

Título: La quinta estación
Autor: Silvio Manuel Rodríguez Carrillo
Publicado: 2003
Género: Poesía
Editorial: Libros En Red
Idioma: Español
Páginas: 248
ISBN: 9871022840
ISBN-13: 9789871022847

Prólogo del libro

Si se me permitiese una metáfora elocuente, tendría que decir que la poesía es una flor que esparce en el otoño de sus sueños los pétalos crucificados de una vida anclada en el vacío, en la nada de ser alguien que sabe que está condenado a vivir en el sufrimiento o, mejor dicho, a morirse varias veces sin que pueda hacer nada por evitarlo. “Pobrecita raza, pobrecita humanidad, que nace llorando / y que debe aprender a reír, porque no ríe al nacer.” Si tuviera que pensar lo que uno siente, si no tuviera que sentir lo que uno piensa, si la historia no fuese más que un presente que uno sueña, donde el olvido no fuese más que el refugio de una memoria malherida por las garras de un beso, si la verdad, como un racimo de pétalos, se derramase entre mis manos y, entre el sí y el no, bostezara la flor de un sentimiento, si todas estas hazañas se dieran al unísono, al autor de este libro de poemas no le quedaría más remedio que claudicar con estas palabras suyas: “Qué sería de mí, de vos, de nuestras cosas si yo / tuviera que pensarlo todo antes de hacerlo.” Y es que la poesía se siente por encima de todo, late en la mano nerviosa por la emoción de quien escribe unos versos, se disfraza de luciérnaga para alumbrarnos en la tristeza acomodada de la soledad, detiene el reloj pausado de un corazón que madruga en el corazón de la noche donde el amor da sentido al sinsentido de la existencia humana y cae rendido ante los pies de un mar que duerme la ausencia, que busca lo que no tiene y quiere, que se busca a sí misma entre el eco lejano de dos olas, entre la distancia de dos orillas opuestas, entre el rumor nocturno de una espuma muerta de risa, muerta de sueños, muerta de soledad. “Un corazón a distancia que escucha lo que escriben nuestros dedos / una terraza sola, vigilada por estrellas, traicionada siempre por un nuevo día”. “La mañana se anticipaba demasiado al dolido despertar / de ojos entreabiertos.”

Silvio Rodríguez Carrillo deshoja las páginas de La Quinta Estación por medio de 5 pétalos que caen desmayados en el papel: Maitines, Laudes, Guerra, La quinta estación y Piedras y arquitectos donde los poemas van despertándose a la vida y la vida del poeta va desgranándose verso a verso, pétalo a pétalo. Las esperanzas de la vida quedan depositadas en un futuro mordido ya por la colilla del tiempo que se tumba a pierna suelta sobre la inocencia virgen del hombre en minúsculas, que se lanza al mundo sin casco y con la única protección de un alma desnuda con el fin de que pueda latir en otro cuerpo, bucear en las aguas de un desconocido y reflejarse en el espejo herido del dolor sin darnos cuenta. Es el hombre quien se busca a sí mismo. “Sabrías darlo todo por nada”.”Sólo existe lo que aún no está, lo que se busca”. Ese desconocido puede ser el mismo autor que dialoga con el silencio, con ese yo que perdió hace años, pero que recupera siempre gracias a la nostalgia, al desengaño y al café de las tardes que son muy afines porque ambos quitan el sueño y por la noche crece el germen de una fe que no cree en nada, ni en nadie y mucho menos en el mundo y en el hombre. El autor se refugia en el almanaque de la noche y en un mundo de palabras que atropella las páginas de su vida. “Es un ejercicio que me corresponde / hilar no las palabras, sino sus intenciones”. Pero debe enfrentarse a la desconsolada realidad, despertar y afrontar el desafío del día, de un yo solitario que nos acusa a nosotros, que apunta siempre a los ojos. La idea del tempus fugit revolotea por el aire como un ave que empieza a volar en una zona de cazadores. La vida es una muerte que no llega a matarnos del todo. “El tiempo ha dejado de ser lúdico”. Y el poeta ha dejado de ser pasivo. Es un inconformista anclado en la paradoja, recurso que emplea para de algún modo dar forma a ese halo de incomprensión y de confusión que es el mundo y la vida. No le queda más remedio que vivir contracorriente. Dirige su mirada hacia ese hombre que tiene que mentirse a sí mismo para encontrarse con el niño inocente que fue, que busca el consuelo de la noche, donde se cierran los ojos a la realidad y se abren al sueño. “Así tu imagen en la memoria, la memoria en el recuerdo / como un cuadro instalado en una pared rota”. El llanto de la lluvia no cesaba en ese empeño de morir ahogado donde el amor es amigo del recuerdo y de una soledad que me recuerda a una espalda huida y esa espalda me dice adiós. Amar y amarse, amar y ser amado. Este principio conlleva a una doble salida: la condena del amor y la salvación de ser amado. “Hay una sonrisa que he perdido (…) Yo me pregunto dónde estarás cuando la recobre”. “Y el corazón por fin dudó de seguir hablándole a los labios”. Porque todo tiene su precio, aunque el corazón no se vende, se deja matar por una causa noble.

Silvio Rodríguez es un poeta que no está de vuelta de nada, sino que su vida es un continuo viaje en el que aprender a vivir es su objetivo. Las pequeñas cosas nos hacen grandes, afirma con la boca llena, y la posesión es la cruz de una cara llamada búsqueda. Se escuda en el silencio de no callar lo que uno siente, de no sentir lo que calla, porque su alma sale valiente a la calle, da la cara ante la vida y sus circunstancias y se enfrenta a un verso desnutrido por la palabra. ¿Derrota o pérdida? Tan sólo Carpe Diem: “Se me pudre la boca de tanto callar”. Hablemos.

Conversa con nosotros