Selección de poemas de Silvio Rodríguez Carrillo

Viene a mí

El amor, sustantivo que esquiva mi boca,
atropella los blancos que visten el libro
de combates a muerte que cargo en los ojos
heredados de selvas y ríos granates.

Tan sencillo vocablo, jazmín que no muere,
se me instala en el medio mortal del silencio
que, sin música, danza en mi pecho sus números
sabedores de versos, de jueces y biblias

Con temor me confieso enfrentado a la sombra
de un pasado que busca la triste pobreza
y un futuro terrible de fuerza que tiende
a lo bello del puño venciendo de un golpe.

En camino a mis labios, al gesto sencillo
de mi mano tomando su historia, mi chica
se sonríe sabiéndome cerca, latiendo
en el antes del tiempo el después del presente.


Roma nunca cede ni fracasa

Yo trabajé tranquilo la alegría
que muchas veces traje a nuestra mesa,
y en silencio aprendí que no interesa
al tullido ninguna cacería.
Al que sólo le importa su valía
el brillo ajeno duele; le incomoda
que el triunfo pueda estar casi de moda.
Exulta entonces, firme, sus dolores
sus embustes nocivos e interiores
en los que cree, puros y sin soda.

En ese tiempo andado mi mirada
se fijó en la manera tan amable
en que te convertían en culpable
los que no laburaban la jornada.
La culpa, los prejuicios, ¡qué jugada!
y yo buscando premios, medallitas
que me negaban mentes no eruditas
porque «podría hacerlo mejor», claro
«si para eso estudiaste, qué descaro,».
En fin, mejor dos tetas infinitas.

Confieso que tardé más de la cuenta
en anotar la trama y confesarme
que yo lo permití, que ya vengarme
sería cosa inútil, mala venta.
Dejarlo diluir como una menta
que se pierde y se olvida, que se pasa
porque algo más me dice y sobrepasa
lo que fue y que pasó, porque seguimos
siendo menos los pocos que sentimos
que Roma nunca cede ni fracasa.


Pesas y medidas

Cuéntame las aristas de tu meta
para que sin errores determine
qué posibilidad de que germine
tiene -y sin palabritas de poeta-
.

Y mejor si me dices de los bienes
de la plata y del oro que con ganas
donarás en las noches y mañanas
por plasmar lo que portas en las sienes.

Mas si acaso no gustas de gozar de tus dotes
y disfrutas del arte de ignorar a quijotes,
ni por Cristo te acerques al que intenta, sin llave

abrir con disciplina las puertas de una nave
que lleva a la alegría del acto consumado,
del coito en la mirada del guacho sin pasado.

Selección de poemas de Eugenia Díaz Mares

Imagen by Tower Art

Un cigarro, oídos sordos

Qué ganas con ser pasiva,
si las tormentas te pegan
y las alas te las pliegan
de manera primitiva.
Buscas una alternativa
que apacigüe el vendaval
tener un día normal,
un cigarro, oídos sordos,
o el gorjeo de los tordos
para la salud mental.

O bien cedes en tu mente
y a tus miedos te regresas,
o marcando tus promesas
a tu pavor le haces frente
sin dejar que se alimente,
ni que esparza su amargura,
tan violenta y tan oscura,
que con sus demonios trate
y con ellos el desate
toda su furia futura.


Cerrojos sin combinación

Se me perdió el amor, y solo me ha quedado
el remanso de haberlo conocido.
Se me quedó impregnado ese aroma a maderas,
sabor a menta fresca que probé en su sonrisa,
la sensación del mundo entre mis manos
y su mirada fija agitando mis entrañas.

Con mi cuerpo de agua he mojado las calles
siguiéndole las huellas.
Él no me quiso gris, me quería fresca y verde,
me dejó con mis sombras en la oscura parada
del tranvía que partió.

¿Qué voy a hacer conmigo?
sí ha dejado cerrojos sin la combinación,
a mi piel con escarcha, mis voces silenciadas
con labios moribundos cómo las golondrinas
perdidas que no migran.


Ofrenda en el día de muertos

La gente dice que has muerto.
Nena mía, ellos no saben
que resplandeces y vives
como el sol todas las tardes,
que sigues siendo murmullo
de amanecer en los mares,
eres música y el ruido
alejando oscuridades.

Que ansiosa espero noviembre
invadida de saudades,
en un altar con ofrendas
flores, velas esenciales,
tu platillo preferido,
con mis lágrimas fugaces.
Celebrando el día de muertos
llorar es inevitable.

Ven a casa, mi pequeña,
te dejare las señales
que te indiquen el camino,
abriré los ventanales
para sacar el silencio,
la tristeza y soledades
hay mucha muerte en el mundo.
Perdona las novedades.

Yo sigo en recogimiento
esperando tu mensaje,
con maleta preparada,
y en mi corazón, finales.
En mi mirada el anhelo
de atravesar los zaguanes
feliz contigo del brazo,
muy lejos de los mortales.

«El culmen vanguardista», Eva Lucía Armas

Imagen by Anh Henry Nguyen

Qué asfixiante resulta su estulticia,
pipirigallo de inflexible gola,
que nada escucha más que su vitrola
ajustada a su ritmo y su impericia.
Hasta el mejor plantado se desquicia
oyendo sus rebuznos opulentos
fundados en nubajes flatulentos
decorados con falsas etiquetas.
Un vendedor de humo, un anti esteta,
con la lengua falaz de los violentos.

Un otario que abusa de su suerte
-porque de razonar, nada de nada-
y solo se dedica a la estocada
de un discurso que todo lo subvierte.
Es un jetita más ya que no advierte
lo cansina y obtusa que resulta
hasta su mala leche cuando insulta.
Insustancial, retórico, aburrido,
se cree innovador por retorcido
jugando a ser la rata sabia-inculta.

Mas repetido que puré de ajo,
no cambia sintonía ni a garrote
porque de estrecho peca su marote:
le cabe media idea a este burrajo.
De su raro disfraz ¿qué habrá debajo?
¿Un resentido, un infeliz, un mono
que lucha por ser hombre, tener trono
escupiendo en la boca de la gente?
No podremos decir que no es ingente
su vocación por mantener su encono.

Un inútil pazguato con dos copas,
que se las da de eximio transgresor
sin conocer de nada ni el olor,
mientras insulta nuestro guardarropas.
Payaso rellenado, solo estopas,
un triste comic de la misiadura
que juega a ser la voz anticultura
del fundamentalista, sin ideas.

Cuánta pena me das mientras te creas
el culmen vanguardista en tu chatura.

«De copas con Escocia», Gavrí Akhenazi

Imagen by Steve Buissinne

Que no falte la víctima, señores,
que somos puro gesto victimario
contra el que esgrimen como escapulario
las voces impolutas sus rencores.
Vienen de vieja data sinsabores
mal resueltos al pie de la palabra.
Vano intentar que el corazón se abra
y que pueda leerse en su interior.
Sinceramente, ya me da pavor
tocarle el caramillo a tanta cabra.

Siempre la queja a punta de plumero
como un hábito más que se prodiga
sin que haya gesto alguno que desdiga
esa repetición del cancionero.
Nunca un poco de humor, siempre aguacero,
siempre la moralina y la frontera
al pensamiento abierto y la montera
a lo que, transgresor, despliega el ala.
Es gota de veneno que hace gala
de conducta ejemplar por lo severa.

Así que aquí me encierro y hablo solo
con mis ganas de hablar conmigo mismo,
mientras me circunscribo a mi ostracismo
por mantener intacto el protocolo.
Que aunque sea león, conozco el dolo
que provoca mi zarpa si la extiendo
y por eso también me recomiendo
este retraimiento y esta purga.
Los huevos tengo al plato con la murga
y estoy cansado de ofrecer remiendo.

Al final, acá estamos, perdidosos
ya por hache o por be de la quejumbre
que obedece a su propia y sola lumbre
poblada de argumentos quejumbrosos.
Todos somos tan malos, tan mañosos,
tan pero tan, tan, tan hijos de puta
que nos place mirar que no disfruta
quien quiere disfrutar de su centrismo.
Qué generosa prueba de egoísmo
damos, cuando al centrismo se refuta.

Y nada viene bien, nada es bastante,
así que comprendiendo aquí la idea
dejaré de bailar con la más fea
y me iré con Escocia, en adelante.
Que bien ya me explicó con buen talante:
«hacerse a un lado trae beneficio
y deja de atraparte el maleficio
de contemporizar con lo inconforme,
que escribas como escribas el informe
para quejarse, hallará resquicio».

«Probando con décimas», Silvana Pressacco – Gerardo Campani

Imagen by Gordon Jhonson

Contrapunto a dos voces

Si no les gusta mi gente
que desfile en este ritmo
para probar su algoritmo
echen mano al repelente.
Me siento una delincuente
invadiendo estos terrenos
pero sé que son tan buenos
que aplaudirán mi coraje
aunque seguro es que raje
para salvar sus duodenos.

Silvana Pressacco



Te aplaudo por corajuda,
Silvana de mis afectos,
tus versos son tan perfectos
(que no quepa ni una duda)
que ni siquiera Neruda
pudo haber hecho mejores,
ni con rimas, ni con flores.
Pero eso del duodeno
resuena pelín obsceno:
sugiero que lo elabores.

Gerardo Campani


Cuando amanece en mis ojos
la mañana ya es adulta
pero enero siempre indulta,
duermo mucho y sin enojos.
¿De comer? pan con hinojos
pues no morirá mi gente
por comida insuficiente
ni por gula desmedida,
eso sí soy precavida
a las doce estoy ausente.

Silvana Pressacco



A la gula, sobriedad.
Así suele aconsejarse.
Y para despabilarse
y entrar a la realidad,
la receta es Voluntad.
En la virtud está el goce
del que la vida conoce.
Y la recomendación
(esto sí vale un millón)
es acostarse a las doce
.

Gerardo Campani

A este juego me han llamado
y aunque sea una novata
soy una vieja que acata,
creo que ya me han junado.
Un compañero callado
debe dejarnos sus versos
porque no soy de reversos
ni tampoco de rencores
menos con los escritores
que no huelen a perversos.

Silvana Pressacco

«De fanfarrones», «Corazones», Gildardo López Reyes

Imagen by Vinzenz Lorenz

De fanfarrones

Nunca faltan fanfarrones
que se vistan de poetas,
se sientan grandes estetas
plagiando versos simplones.
Claro, tienen sus razones:
calzarse de intelectuales,
cumpliendo simples rituales
de reescribir malos versos:
folios huecos sin reversos,
simples palabras triviales.

Genes creen tener ellos
de Baudelaire y Sabines,
pero fácil los defines
en patéticos Coelhos,
grandes poetas de aquellos,
que no tienen parangón,
puro poeta chingón;
sólo escribiente maldito.
Como Bukowski son hito:
no tienen comparación.

Les diré con gran zozobra
que estos farsantes del verso
tienen público diverso,
gente devota de sobra;
que no distingue una “obra”
de cualquier perogrullada,
gente que vive engañada
por merolicos virtuales,
payasos de carnavales,
y se conforman con nada.

¡Ay! nuestra pobre poesía,
le han mancillado la casa,
cualquiera entra y se propasa
con su vil bisutería.
Y entre tanta porquería
lo bueno queda escondido;
el talento ahí perdido
entre el lodo no se nota;
menos lo nota un idiota
por las redes confundido.


Corazones

Dicen que los corazones
se hicieron para romperse.
Es difícil de creerse
para cariños simplones
de amor sin preocupaciones.
Bueno, estoy exagerando,
y de amor no estoy hablando;
hablo de un cierto cariño,
del sentir de cualquier niño
que no ve a qué está jugando.

Amorcitos desechables
de tequieros inmediatos,
tornan cariños ingratos
al sentirse indispensables.
Amores banalizables
de corazones miedosos,
sentimientos pudorosos
que se dan sin entregarse,
no vaya uno a estrellarse
bajo cielos tormentosos.

Y mueran las fantasías
quebrando los corazones,
proveyendo mil razones
de prevenir agonías;
y enterrar las alegrías
antes que se hagan pedazos.
Y queden sólo retazos
de un corazón indefenso
con un temor tan intenso
que no puede abrir los brazos.

«Seis destellos profanos», Jorge Ángel Aussel

Seis destellos profanos

I
La chica se arrodilló
frente al altar de aquel hombre,
para rezar en su nombre,
cuando la noche cayó.
Su boca urgida se abrió
para pintarse los labios,
que pronto se hicieron sabios
en eso de confesarse
y de la culpa librarse
sin importar los resabios.

II
Su lengua de fuego eterno
enroscaba hasta al demonio
cuando daba testimonio
de ser reina del infierno.
Con ella frente al gobierno
ningún mortal se oponía,
y el mismo Dios la quería
rezándole una plegaria,
pues era una perdularia
que de oraciones sabía.

III
Quería ser bendecida
en la pila bautismal
del apetito carnal
que le da vida a la vida.
Quería ser sometida
a los deseos y antojos
del hombre que con sus ojos
la instaba a que prosiguiera
y fuera en él y viniera
con sus vastos labios rojos.

IV
Le gustaba provocar
en su papel de inocente,
como niña adolescente
que le falta madurar.
Le gustaba suplicar,
con un puchero en la cara,
que el profesor le enseñara
cómo tenía que hacer
para entregarle placer,
por más que lo recordara.

V
Las puertas de sus capillas
se abrieron a los pecados
y los lugares sagrados
murieron entre comillas.
Ella gastó sus rodillas
de tanto hincarse en el suelo
en pos de llevar al cielo
al prójimo venturoso
que en su cáliz espumoso
ansiaba remontar vuelo.

VI
Su rostro se transformaba
en el del ángel perverso
que ocultaba en su universo
de señorita aniñada.
Andaba así, disfrazada
de la madre superiora
y no veía la hora
de desgarrarse el vestido
para exhibir su tejido
de hembra profanadora.


Mordacidad lectora

Cómo me aburro, Ricardo,
leyéndote cada día,
en esta monotonía
de poemario bastardo.
Dónde se ha visto que un bardo
escriba sin un sentido,
por el hecho de hacer ruido
y nada más que por eso.
Pido un poquito de seso,
porque si no… me suicido.

Esto se está haciendo largo,
más largo que la pandemia,
sin una sola paremia
que rompa con el letargo.
Si no te cae un embargo
de nuestra administración,
es porque aquí la expresión
nunca ha tenido censura.
Pido un poquito de altura,
una puta reflexión.

«Décimo autorretrato bicéfalo», «Érase una vez en una isla», Ovidio Moré

Imagen by Enrique López Garre

Décimo autorretrato bicéfalo

No soy ese animal que se levanta
y lame sus heridas de postguerra,
y luego va arrastrando por la tierra
el típico disfraz que le suplanta.
Ni menos el iluso que se encanta
con visos de pueriles profecías;
los rezos, otras «trovas» y utopías
dejaron de vibrarme bajo el pecho.
Yo sólo soy un hombre algo deshecho
que escribe en un papel sus ucronías.


II


No soy el animal que se levanta
lamiéndose su herida de postguerra,
ni soy la docta lluvia que en la tierra
de verde pinta el tallo de la planta.
Yo sólo soy el tiempo que agiganta
su paso en la clepsidra inapetente;
y soy otro pasado, otro presente
abierto a los canales del futuro.
Agnóstico, socrático, inmaduro,
queriendo navegar contracorriente.


Érase una vez en una isla

A Rumpelstiltskin

Tú me dices que vista de utopía,
tú, que ayer disfrazabas anatemas;
no me quieras tejer estratagemas
que hace tiempo que sé de tu herejía.
No me vendas ahora la anarquía,
ni ilusiones, ni cambios de contrato,
que sabemos los dos que en el substrato
se camuflan las mismas intenciones.
Estoy harto de tantas decepciones,
yo ni muerto contigo firmo un trato.


Monólogo de Peter Pan


Me parezco a mi sombra, me parezco
a esa negra silueta recortada
pues soy un Peter Pan hecho de nada
y no sé lo que siento ni padezco.
Así vivo, pensando que adolezco
de mi carne, mi cuerpo y mi cabeza,
y que aislado resisto en la maleza
esperando por Wendy ser salvado.
Siempre fui como un niño abandonado
en medio de un desierto de incerteza.



Historia de un cerdito

Cuando tuve la casa hecha de paja
vino el Lobo Feroz y en un soplido
derribó la pared, y su rugido
hizo trizas la mesa y la tinaja.
Entonces con maderas de una caja
levanté mi casita estoicamente,
pero el Lobo Feroz e impertinente
otra vez en soplar puso su empeño.
Está claro que aquí mi único sueño
no tendrá ni futuro ni presente.


Caperucita Roja


Al vestir Caperuza roja capa
se creyó que era joven comunista,
y por ello la enviaron de conquista
por la isla con la estrella en la solapa.
Pero ella constató en cada etapa
del periplo (en el campo y la ciudad)
que el rojo era el color de la Deidad
y la gente vestía de incoloro.
Al volver, Caperuza, con decoro,
se vistió del color de la verdad.

«Llueve», «Tiempo de bruma», «Soneto de invierno», tres poemas de Ana Bella López Biedma

Llueve

Me crecen las ortigas en la boca
donde antes sólo había un mar de espliego.
En tus manos de azogue y voz de fuego
lo que fue pedernal se ha vuelto roca.
Mi piel no se equivoca.
Soy el hambre que existe entre dos despedidas
o el olor de estas lágrimas suicidas
que siempre se deslizan por mi cara.
Mi vocación de beso y almazara
no llega a tantas vidas.

La espera se hace líquida y fecunda
en todos los espacios de mis noches.
Mientras en las aceras, los parques y los coches
llueve ausencia de ti, llueve e inunda
cada rincón. Como una flor rotunda
crece el dolor, un agujero espeso
que rompe cada luna, cada hueso
entre sus dientes de alimaña impía.
Llueve y no hubo nunca mas sequía
en este corazón torpe ex profeso.

Tiempo de bruma

Hay días largos y fríos,
como una tundra infinita
que se extiende ante los ojos
y nunca se va. Proscrita
del paisaje de la piel
huye la vieja alegría,
mientras las ausencias clavan
su silencio en las costillas.

Me rebelo en soledad
a la muerte sin orillas
que se lleva los pedazos
de la que fue nuestra vida
en un hermano, una madre,
viejos, jóvenes, chiquillas…

Nadie se escapa al abrazo
del adiós. Y aunque no olvida
nuestra realidad presente
el puntal de tanta herida,
hay que honrar al que no está
con cada sol que nos brilla.
Nada nos cabe en el hueco
de un corazón a medida
que nos completaba ayer
y hoy es sombra en cada esquina.

Pero el tiempo, hecho de bruma,
se está yendo de puntillas.

Hay que soltar la tristeza
del pasado retenida
cuando una mano aparece
como un pájaro suicida
para ventilar la casa,
sacudir las esterillas
y llenarnos el jardín
de guirnaldas y bombillas.

Dejar que nos vuele adentro,
y que pose su caricia
en el alero del mundo
donde todo va deprisa.
Que nos sosiegue las nubes
y nos respire de brisa.

Que recuerde quiénes somos,
esa espontánea alegría
que se anida en nuestra boca
cuando se encuentran las risas
y chocan en la distancia
como dos locos tranvías.
Ese tiempo compartido
donde no caben mentiras,
y las promesas se cumplen
y los tiempos se apaciguan.

Soneto de invierno

He bailado en el agua frente a frente
con tu ausencia de páramo. Desnuda
he rozado tu prisa que se muda
dejándome su rastro de aguardiente

en la garganta de soñar. La gente
ha pasado por mí sin ver que, aguda,
se clava la palabra de tu duda
bajo la piel de mi coraza. Miente,

porque no quiero desvivir contigo
si me dejas las manos sin abrigo.
Por ti el milagro, tú sembraste eterno

la flor exuberante en mis despojos
y brotó tierra y agua. Ahora el invierno
ha vuelto a la ciudad que hay en mis ojos.

Jorge Ángel Aussel

Seis destellos profanos

I
La chica se arrodilló
frente al altar de aquel hombre,
para rezar en su nombre,
cuando la noche cayó.
Su boca urgida se abrió
para pintarse los labios,
que pronto se hicieron sabios
en eso de confesarse
y de la culpa librarse
sin importar los resabios.

II
Su lengua de fuego eterno
enroscaba hasta al demonio
cuando daba testimonio
de ser reina del infierno.
Con ella frente al gobierno
ningún mortal se oponía,
y el mismo Dios la quería
rezándole una plegaria,
pues era una perdularia
que de oraciones sabía.

III
Quería ser bendecida
en la pila bautismal
del apetito carnal
que le da vida a la vida.
Quería ser sometida
a los deseos y antojos
del hombre que con sus ojos
la instaba a que prosiguiera
y fuera en él y viniera
con sus vastos labios rojos.

IV
Le gustaba provocar
en su papel de inocente,
como niña adolescente
que le falta madurar.
Le gustaba suplicar,
con un puchero en la cara,
que el profesor le enseñara
cómo tenía que hacer
para entregarle placer,
por más que lo recordara.

V
Las puertas de sus capillas
se abrieron a los pecados
y los lugares sagrados
murieron entre comillas.
Ella gastó sus rodillas
de tanto hincarse en el suelo
en pos de llevar al cielo
al prójimo venturoso
que en su cáliz espumoso
ansiaba remontar vuelo.

VI
Su rostro se transformaba
en el del ángel perverso
que ocultaba en su universo
de señorita aniñada.
Andaba así, disfrazada
de la madre superiora
y no veía la hora
de desgarrarse el vestido
para exhibir su tejido
de hembra profanadora.


Tríptico

I

Tu boca es la cerilla que se enciende
al roce de esa lengua lijadora
que todo lo que toca lo devora,
lo esculpe, lo barniza y lo trasciende.

Tu boca es una artista que sorprende
en cuadros que la pintan pecadora,
sonríe de rodillas mientras llora,
escala hasta mi cumbre y la desciende.

Tu boca es como un libro contra el tedio
que avanza desde el nudo al desenlace
con la profundidad de la garganta.

Tu boca es una víbora al asedio
que enrosca mi vigor cuando le place
y muda en mí su piel de virgen santa.

II

Tu boca es como un huerto donde planto
mis labios que a su luz recogen besos,
tierra fértil de todos los excesos
que brotan en la noche de su encanto.

Tu boca es como un templo sin un santo
y yo, profanador de los confesos,
el limbo donde vamos los posesos
que en el cielo perdimos el espanto.

Tu boca es una boca de tormenta
captando el albo flujo de la lluvia
que lluevo en las orillas de su ría.

Tu boca es una fruta que me tienta
a morderla y tallarla con la gubia
de mi lengua cavando hasta su umbría.

III

Tu boca es lo que dice cuando calla,
se abre sin mediar palabra alguna,
me observa como un cíclope en la hambruna
y libra por mi carne una batalla.

Tu boca es como un traje hecho a mi talla
y mi cuerpo, al crecer, no la importuna,
pues su elasticidad nos mancomuna
y es la presa en la prenda la que estalla.

Tu boca es un soldado que ametralla
los ecos que acrecientan mi fortuna,
y su arrojo merece una medalla.

Tu boca es un oasis que en mi duna
se expande, se desborda y se amuralla.
Tu boca es como todas y ninguna.

Ovidio Moré

Imagen by Anna Larin

A lo Quevedo

Hoy vengo antigongorino
pues me siento un quevediano
con el azote en la mano
a flagelar con buen tino.
Como un Lope hilando fino,
o como el docto Boscán
haré con mis versos pan
en el horno del sarcasmo
para tener un orgasmo
de sapiencia o lo Gracián.


No soy yo el que alardea
de rimar trabucaciones,
pues estas deposiciones
siempre acaban en diarrea.
Te agravan la cefalea,
la mollera se te empacha,
confundes la “Cucaracha”
con una danza zulú
y quedas como un sijú
en una oscura covacha.
 
Tres tigres en un trigal,
tristes a más no poder,
tristeza, tristona, ser,
tristotecnia intestinal.
Ya ves, yo puedo “ri-mal”
y meter con calzador:
anfíbraco, inquisidor,
trocaico, limbo, espondeo,
alambique, camafeo,
oligarca, pundonor.
 
Y puedo seguir así
rimando como un bellaco
sin que sea un caricato
ni pierda mi pedigrí.
 A mí me dijo Martí:
“Sé culto para ser libre”
y un poeta de calibre
un día puede que seas;
es necesario que leas
y todo en tu pecho vibre.
 
Aprendí a domar el verso
con la métrica y la rima,
y a acentuar, que legitima
que el ritmo no sea disperso.
El poema queda terso
cuando aplicas lo aprendido,
pues todo lo que has leído
de Quilis, Tomás y Bello
es el quilate, el destello,
que luce el verso pulido.
 
Si no hay métrica o sintaxis,
ni “acentos” ni ortografía,
ni imagen ni alegoría,
ni metáforas ni praxis;
si no haces profilaxis:
no limpias de polvo y paja,
ni le quitas la mortaja
al pobre verso estertóreo,
sólo será un incorpóreo
cadáver en una caja.

Tener léxico te ayuda,
es signo de inteligencia;
también saber cuál licencia
has de usar ante una duda.
Pero abusar sólo engruda
y logras un gran pastiche
que ni mojado en ceviche
habrá quien pueda tragar
porque esto suele acabar
en un tremebundo enchiche.

Y a mi prima la semántica
la dejaste patitiesa;
en el desencanto y lesa
como heroína romántica.
La poiesis nigromántica
que te has sacado del gorro,
es vetusta como el Morro,
y es tanto y tanto estropicio
que ni un nuevo frontispicio
arregla este chorroborro.
 
“Ya que coplas componeis”
y hasta públicas las haces...
¿nos es hora que las amases
con tino…., o no sabéis?
La monorrima que hacéis
sin métrica ni cordura,
es safia literatura
y sólo leerla prueba
que la llevaba el “Esgueva”
en “gongorina” andadura.


Y creo que hay buena fe
en tus remedos atroces,
y también que hay ciertas voces
que te encienden el quinqué.
Dicen saber el por qué
escribes estos panfletos
que son intrincados setos
que esa “voz” viste de flores
rindiéndoles mil honores
a lo que son esqueletos.
 
Yo no juzgo a la persona,
estoy juzgando al poeta
de poiesis incompleta
y de atrofiado genoma.
No pretendo que un axioma
sea esta exposición,
tampoco una expiación
de mis pecados veniales,
son sólo ciertos retales
de inane improvisación.

Yo sólo espero, Florindo,
que te vaya todo bien;
no hay maldad, lo juro. Cien
achés con la paz te brindo.
Tú piensas que escribes lindo;
yo entiendo que escribes mal.
La antonimia es abismal,
pero si tú eres feliz,
siguiendo esa directriz,
lo afirmo, lo soy igual.