EN VERSOS DE ARTE MAYOR

Eva Lucía Armas – Argentina

Escaramuza

(quintetos endecasílabos consonantes)

Era como una larga espumadura
de cimbreante cadencia y de paisajes
en tonos de amapola, con celajes
de aromo y hierbabuena. Una apertura
al íntimo pregón y a sus anclajes

en un lecho abismal, intenso y ácido.
Era en la suavidad un limonero
que al tronco lleva atado al Can Cerbero
defendiendo las gamas de lo plácido.
En el fondo de mí, un dios austero

me llenaba de fe como de ramas.
Creí en lo que decía y me hice fuerte
en la batalla franca con la muerte
que pelaba a cuchillo mis escamas.
No voy a ser un pez, flotando inerte
esperando abonar agua podrida.

Para quien lo pregunte : soy mi vida.



Isabel Reyes – España

El reto

(quintetos alejandrinos consonantes)

Era mujer de sombras, mañana luminaria
huyendo del vacío que me niega el futuro;
me deslizo en silencio de espaldas a lo oscuro
emprendiendo la huida de la red carcelaria
de viejas soledades con alma de siluro.

Intuyo un aire cálido que remueve los sauces
que arraigaron antaño en los tiempos de ausencia
marcándome el camino donde late la esencia
de una vida alejada de los amargos cauces
de hembra regicida que su muerte sentencia.

Temeraria y audaz desempolvo pasiones
que quedaron ancladas en un arcén dormido
me atavío de rojo –mi color preferido-.
y con la mente abierta a golpe de pulsiones
comienzo un nuevo puzle con todo lo vivido.

Ando por las cornisas de los esperanzados
y amplío mis cajones para el dolor extinto;
me dispongo a salir del aciago recinto
que recoge las lágrimas de los desesperados.
Hoy nace otra mujer… ¿Será todo distinto?



John Madison – Cuba

Jack Skeleton

(serventesios endecasílabos consonantes)

En voto de silencio me declaro
aunque la «verbi gratia» me desborde
que puede mi discurso no ser claro
si mi voz de poeta es m
onocorde.

Y ya puede mi Sally tras la reja
pedir que rompa en dos mi mandamiento
que no daré cordel a la madeja
de versos sin tener conocimiento

Hay silencios que dictan en su arrastre
una suerte de efecto mariposa
no temas, Sally Persson, si el desastre
alcanza a mi liturgia clamorosa.

Te vuelves por momentos adictiva
a amores que alimenten tu brasero,
yo soy tu Frankenstein y tú la diva
que doma la pasión del romancero.

Y mientras la metáfora resiste
a regalarme su divino encanto
carcelera es la sombra que te asiste
hasta que el verbo anuncie el contracanto.



Morgana de Palacios – España

Mis rarezas

(serventesios pentadecasílabos consonantes)

Atarse por gusto al sonido de un metro supone,
la vuelta de tuerca divina que reta al talento.
No todos buscamos lo mismo ni a nadie se impone,
mirar con mirada distinta los rostros del viento.

La música late en el aire: suspiro y tormenta,
relámpago y rayo en el cielo de las armonías,
rebeldes tambores que incitan a la guerra cruenta
que a solas mantengo en la tierra de sus melodías.

No existe alambrada ni muro ni oscura frontera,
que yo no atraviese buscando prohibidas canciones.
Mi boca es soldado de guardia desde su trinchera,
mi sangre tumulto en la esencia de sus vibraciones.

Si presa por gusto liberta de alas gloriosas
persigo la huella de Orfeo sobre el pentagrama,
mi vuelo es el vuelo brillante de las mariposas,
mi voz envenena a la prosa cuando se derrama.


EN VERSO BLANCO

Selección de poemas – varios autores

Paisaje con laguna – Eva Lucía Armas – Argentina

Nada va a devolverme
ni la laguna rota por la luna de octubre
ni la pluma de cisne para escribir el agua.

Nada va a devolverme
el rizo fantasmal del espejismo
sobre un camino claroscuro y árido
como un hábil recuerdo del corazón que fue.

Le propongo distancia a los silencios.

Una distancia fuera de rituales,
lejos de los excesos de las rosas,
cercada de lavandas,
ardida de romeros.

Ahí, nada puede llegar a devolverme
las frecuencias del antes
donde el jolgorio de las mariposas
era una fe de vida
o era una fe debida.

La luz dispersa la credulidad,
ilumina con sombras repentinas y calmas
lo que se apaga del deslumbramiento

y deja apenas un claror difuso
un claror desmembrado
como algún buen recuerdo que termina
travestido de olvido.



En este panorama – Silvio Rodríguez Carrillo – Paraguay

Con el barro marcando su tibieza
de líquido brumoso, de piedra que se amolda
a cada altanería que le impone mi zurda,
avanzo con las manos desprovistas
del puño que habitaron.

El sol, abyecto hermano que tiñó en mis espaldas
el dorado inmoral de los temibles,
discute con mis ojos lo que veo
mientras mi pelo sigue su propio juego oscuro
en el que se entrelaza con los dedos de ella.

Los fracasos sensibles, los dolores grandiosos,
se me van desprendiendo como escamas
de un animal antiguo que mutando
continua siendo el mismo, que sin querer se muere
de no poder mentir-se.

Los aciertos brutales, los aplausos, las sábanas
manchadas de carmín, de azúcar bien,
igual se me derriten por el pecho,
y siguiendo su ritmo, de caracol o puta,
terminan en la tierra.

«en este panorama»… de penas y de glorias
«de» diciembre, «de» cenas con dis_cursos pro_fundos
por un rato recuerdo
como un golpe difícil de entender
la cara de los otros, el gesto de ser isla
del gregario común cuando no se le nombra.



Quizás en la otra orilla – Isabel Reyes – España

Acuden las imágenes y se acumulan aguas
en la cúpulas abiertas de mis ojos.

«Anuncias el futuro cuando mueves
el aire entre tus pies, y entre tus manos,
peregrinan metáforas que avivan
deseos de querer eternizarte
en el atardecer del arco de mi boca.

No te quedas en ti
vas más allá del sol hasta lugares
donde mora escondida la esperanza
esa escondida tierra que nos ve germinar».

Nos llevaba la tarde de verano
lo mismo que un diluvio dirigiéndose al mar
por la escalera íntima de los primeros éxtasis.

Hoy vuelvo a recordarte después de tanto tiempo
y al atraparte toco la azotea más honda
de todas las salinas de mi sed
mientras voy dando cuerda al reloj para atrás
con el vértigo agraz de la nostalgia.

Quizás en la otra orilla
pueda pisar de nuevo las huellas de tu paso.



En memoria de Elia – María José Quesada – España

Podía haberla sazonado de caricias,
trenzarle el nido con agujas de romero,
lucirla entre sus manos como un ánfora
que en tiempo de escasez contiene aceite.
Velar el fruto predilecto de esos padres
que en acto de confianza le entregaron.

Amarla con bondad bajo las cejas.

Y no hizo más que propagar golpe y disturbio
ante el terrible amerizaje de sus ojos,
descolocándole del cuerpo hasta las uñas
con un desprecio inabarcable.

El ritmo evolutivo habrá de darnos,
por pura protección de nuestra cría,
olfato preventivo,
so pena de que el tiempo nos disponga
en gen y sangre
la no continuidad de engendrar hembras.

Será el tercer arbitrio
para frenar un daño irreparable,
la invocación y grito en consecuencia:

¡María y cierra, España!

LOS NARRADORES

Eva Lucía Armas

Eva-nescente

Había aprendido a huir.

Y de tanto huir le parecía pertenecer a mundos que desaparecían con solamente sacar el pie de ellos.

Había vivido en un montón de mundos que huían unos de los otros, como un complejo juego de escondidas. Mundos que se iban perdiendo en su memoria, escapando mientras se escapaba de algún otro mundo.

Alguna vez pensó que era de aire y que vivía subida en algo que no admitía la condición de enraizar más que en la valija que a veces tampoco se llevaba.

Ella terminó siendo su propia valija, que huía de la vida con los pocos recuerdos que podía meter dentro del pecho:
Su abuela Catalina, que era ampulosa y feliz como una pajarera.
Los sandwiches de queso cremoso de la tía Chichí, cuando en las huídas alguien se la olvidaba en esa casa como a un bulto que todos se niegan a portar.
El aroma profundo del poleo y la menta en un atardecer lleno de verdes.
El gesto serenísimo de la tía Elvina leyendo a Proust debajo de los sauces.
La soledad recóndita.
Los campos polvorientos del abuelo Bautista, tan infinitamente planetarios.

Era, al fin y al cabo, un bulto que manos apuradas iban dejando en diferentes oficinas que no lo recibían.

Hasta que apareció el Dueño del Paquete y lo reclamó como Cosa Muy Suya, a la que nadie, ni siquiera ella, podría volver a acceder, según le dijo cuando se casaron.

Pensó que se había olvidado la cara de su padre y no conseguía recordar la voz de su madre, cuando cargó a los dos hijos menores en el auto y huyó sin secarse la sangre de los golpes.

¿A qué mundo me escapo una vez más?

Como cuando escapaba con su madre de un inevitable momento político, en la valija, transportaba el miedo.



John Madison

Imagen de Souvick Ghosh en Pixabay

A change is gonna come

A los siete días de separarme de mi mujer me compré una botella de tequila. Recuerdo que era sábado y que yo deambulaba por la casa en bóxer como un fantasma, un fantasma que bebía a morros mientras lloraba.

Los niños y la asistenta me veían ir de un lado a otro, pero no me decían nada porque sabían que me encontraba en un estado de depresión profunda. Mi cuerpo y mis emociones reflejaban, prácticamente, los mismos síntomas que un toxicómano siente cuando el síndrome de abstinencia lo tiene pillado por los huevos.

Lo que te convierte en adicto no es la sustancia, actividad u objeto en cuestión, sino tu comportamiento ante su ausencia, la ausencia de mi mujer.

Sí, soy un adicto al amor. Pero no supe que lo era hasta que comencé mi proceso de divorcio. Abría y cerraba el día llorando por una hija de perra que me había maltratado psicológica y físicamente tanto a mis hijos como a mí.

Quedé muy descalabrado de esa relación en todos los frentes: el emocional, el físico y el financiero. Sufría ataques de pánico, alcoholismo, depresión, ansiedad, agorafobia, impotencia, recuerdos intrusivos, pérdida del control, arrebatos de ira, aislamiento, pensamientos suicidas, trastorno del sueño y pesadillas recurrentes en esos días en los que conseguía dormir, además de transfiguración de la realidad, insensibilidad ante los estímulos vitales y una profunda dificultad para mantener la atención; hecho que afectó considerablemente a mi carrera de escritor.

¿Se puede superar la dependencia emocional? Por supuesto que sí, pero primero has de reconocer que eres codependiente.

La dependencia emocional está catalogada a día de hoy por la psiquiatría moderna como adicción. Mi cuerpo es un libro abierto que atestigua todas las humillaciones que soporté durante veintisiete años: un navajazo en una pierna, rotura del radio, una cicatriz en el cráneo, dos dientes partidos por los que pagué un ojo de la cara al dentista que los devolvió a su estado original y una larga lista de marcas invisibles.

Esas son las más difíciles de calibrar ya que los sucesos que las acompañan me salen al paso sin que yo los llame y cuando esto sucede, por regla general, la herida vuelve a sangrar profusamente.

¿Tiene alguien idea de lo que es despertar en medio de la noche con un cuchillo de sushi en la garganta?

Existen muchos tipos de maltrato: el psicológico, el financiero, el físico, el sexual…Yo los soporte todos.

El maltrato está, a menudo, se asocia con las mujeres como víctimas, aunque todas las personas que hemos pasado por situaciones similares sabemos que el asunto no tiene estatus social, bandera o género.

Socialmente se juzga y condena a un hombre que no responde a un acto de tal índole con la misma moneda. Al parecer los que nos abstenemos de golpear somos menos hombres. Pero hay que ser muy hombre para mirarse ante el espejo y hacer el obligado recuento de los daños, mucho más que para ocultarlo. El gran aliado de la violencia conyugal es el silencio del cónyuge afectado. No solo sentía vergüenza de exponer mi calvario, sino que había desarrollado una simpatía hacia mi ex mujer que me llevaba a justificar su mal comportamiento.

Podría haberle soltado dos carajazos bien dados, y aquí paz y en el cielo gloria. Pero nunca lo hice por mi educación. Mi abuelo nos grabó a martillo, tanto a mí como a mis hermanos varones, Rafa y Yeyo, que el hombre que le levantaba la mano a una mujer no era nunca más un hombre. «La violencia es un camino sin retorno», solía decirnos. Pese a ello, confieso que alguna vez la abofeteé para llamarla a capítulo.

No, no podía responder a sus ataques con un contraataque efectivo, pero tampoco era capaz de apartarla de mi vida. Mi matrimonio era peor que formar parte del reparto de actores del film A Nightmare on Elm Street en versión vida real.

La historia era siempre la misma. Ella montaba un pollo, yo la echaba de casa. Luego de unas semanas ella regresaba, me pedía perdón y yo la dejaba entrar, una vez más, en mi reino. A veces se presentaba en el colegio de los niños y les pedía envuelta en sus lágrimas de cocodrila trágica que intercedieran por ella. Entonces los niños hacían de mediadores, también envueltos en lágrimas, solo que las de los niños no eran falsas.

Tantas noches llegué a hacerme la pregunta de por qué me sentía imposibilitado de romper aquel círculo cíclico de broncas y perdones que la vida me trajo de vuelta la respuesta: «Apriétate el cinturón, guaperas. Dependes emocionalmente de una psicópata».

Los psicópatas tienen un comportamiento similar al de un pitbull. Una vez pillan a la presa se resisten a abrir las fauces y como suele ocurrir con las perras suelen ser más agresivas y territoriales que los machos, y es una realidad clínicamente probada que los dependientes emocionales respondemos a una jerarquía de mando. El alfa es quien gobierna y yo no he sido jamás alfa de nada. Yo representaba en aquel guirigay monumental el papel de perro, también. Aunque mi fuerza física era superior mi cerebro interpretaba que la cadena de mando era inviolable.

Como dependiente emocional tenía auténticos problemas para lidiar con los espacios vacíos. Vivir sin mi ración diaria de sexo era un infierno. Ni siquiera era capaz ya de masturbarme porque me hacía sentir más terriblemente solo aún. Me tiraba todo el día colocado en una especie de trance provocado por el hachís la marihuana y el alcohol que anestesiaba por completo mi sensibilidad.

No me divorcié por voluntad propia, pero todo círculo se cierra cuando Dios le asigna a uno escuderos poderosos. Marie, nuestra Marie, nos sentó en la cocina de casa una mañana y le pidió a su madre que se marchara a Londres. Tanto mis hijos como mi asistenta estaban hasta el moño de las manipulaciones y de las malas pulgas de la señora.

Me llevó tres años divorciarme, fue laborioso. Cada vez que mi abogada presentaba el preacuerdo mi mujer se declaraba en desacuerdo y vuelta a empezar. A excepción de la casa familiar a mi nombre le permití quedarse con todo lo que me exigía con tal que me dejara en paz, cuenta bancaria incluida.

Aun así, no era suficiente para ella. Chapeadora profesional al fin, intentó quedarse con la custodia total del niño. No por amor de madre, sino porque vivir con el niño le permitiría mantenerse en contacto conmigo.

Por supuesto que peleé por quedármelo con uñas y dientes. A mí había que matarme para que lo entregara a cambio de mi libertad. Pero no estaba en mis planes permitir tal cosa, ya ni siquiera porque el niño me hubiera suplicado quedarse conmigo. Sé perfectamente que mi hijo y yo tenemos el mismo monstruo del armario: nuestras madres.

Como suele ocurrir en las tragedias familiares irresueltas, Dios solo cambia el escenario y el atrezzo, los personajes y el trasfondo de la escena a interpretar son los mismos: el maltrato.



Silvio Rodríguez Carrillo

16 – 50

Detrás de una de las cabeceras de la cancha de vóley, estaba el edificio con las aulas y, detrás de la otra cabecera, la cantina. Con la cantina de frente, podías ver, a la derecha un muro que iba hasta llegar a la escalera por la que subíamos a las aulas. A la izquierda, algo del patio de recreo, por el que se accedía a las escaleras que llevaban al vestuario. Sabíamos que no debíamos ir a los vestuarios salvo en los días de fútbol, cuando nos juntábamos por lo menos dos o tres cursos para jugar algún partido del calendario.

Nunca fui un rebelde sin causa, conviene decirlo, pero sí, siempre me gustó experimentar cosas, probar distintas maneras de hacer algo, aunque jamás tuve en mí el menor deseo de violar reglas sólo por joder. Por ejemplo, primero logré cambiar la misa de las 13:30 para las 17:00 porque se hacía más soportable al evitar la hora de más calor de la siesta, y luego pude eliminar su obligatoriedad al reemplazarla por charlas vocacionales que venían a darnos algunos profesionales. Ahí tenías a un abogado, o a un ingeniero contándonos de qué se trataba su trabajo, como para que supiéramos algo.

Por otro lado, debo confesar que siempre tuve problemas con mis superiores si estos no me despertaban admiración. Y digo admiración y no respeto, sabiendo bien qué estoy diciendo. Creo que nunca he respetado a nadie, aunque sí he valorado en todo lo posible a cualquier ser humano que se me cruzó enfrente. Ahora, si un superior no es gigantescamente superior no lo puedo tratar como tal y entonces, en lugar de admirable, me parece despreciable, y al ladito del desprecio, me nacen, incontenibles, las ganas de burlarme, de joderlo adrede para que sepa quién es el guacho de la manada.

Supongo que acabé de joder al padre Brítez cuando logré que –no bien terminado el segundo mes lectivo– me exoneraran de las tediosas clases de religión. Yo venía jugadísimo desde el primer curso, cuando el padre Venancio me escogió como a su favorito y me entrenó en la biografía de los santos, en la simbología oculta de los textos bíblicos y en los misterios del sacerdocio. Yo era un animal de misa y comunión diaria y mi único pecado era, quizás, decir palabrotas. Me fascinaba ser cristiano y me imagino que el padre Venancio esperaba que yo llegue a ser sacerdote.

Cinco años después, con el padre Venancio en Roma, Brítez era el que mandaba. Yo ya sabía, entonces, que nada como un profesor imbécil para domesticar el carácter de un alumno como yo. Sin embargo, en la otra mano, había profesores que darían pena si analizáramos su erudición, pero que tenían una humanidad, un don de gentes severo y gentil, que me desarmaban. El de sicología era tan flojo, el pobre, que si no fuese por mí, no hubiera podido dar. Algo similar ocurría con la profe de Sociales. A Brítez le dolía que yo dominase ciertos quilombos, estaba muy claro.

De repente fue por eso, justamente, que intuitivamente pillé que me tenía rabia y decidí cagarlo. Las notas iban del uno al cinco, uno: aplazado; dos: aceptable; tres: bueno; cuatro: muy bueno; cinco: excelente. Mi nota más baja era 4, en inglés. En todas las demás, religión entre ellas, a puros 5. Yo sabía –como se saben esas cosas que no pueden demostrarse– que Brítez iba a hacer lo que tuviese que hacer para que yo no alcance el 5 en religión. Fue por eso, ahora que lo empiezo a ver, por vanidad y por odiador de injusticias que lo cagué.

Le comencé a estropear las clases de religión mostrándole que su Biblia, la de Reina Valera, era una patada en los huevos, y que con la de Jerusalén el discurso sería más fácil de entender, aunque mucho más difícil de explicar. El golpe de gracia se lo dí después, cuando me burlé de Pablo, tratándolo de posible homosexual al que le faltaron huevos para declararse un puto cualquiera, o por lo menos un misógino al uso, y que me demuestre lo contrario, «si podés, hermano en Cristo». En el consejo de profesores decidieron ya no tenía que pasar clases de religión.

Como sea, yo sabía que no debía bajar por las escaleras hasta el vestuario, al tiempo que sentía que debía hacerlo. La gente como yo sabe que muchas veces las cosas están decididas desde mucho antes, de lo contrario, ¿cómo explicar a Vivaldi y a Richter, a Tolstói y a Cortázar? Así que pasé por el costado de la cantina y bajé la primera y la segunda escalera hasta dar con el vestuario. Estaba vacío, olía a azulejos con lavandina, a humedad limitada, a frescor deportivo. Y escuché, como un rumor, el sonido del agua corriendo por uno de los mingitorios.

Apenas me acerqué para cerrar la llave sentí la tenaza en mi nuca que estrelló mi frente contra la pared de azulejos blancos y una mano hábil, hijoputezca, tomando mi muñeca izquierda para llevarla hasta mi espalda. Un dolor físico, puro, que no conocía, se instaló en mi hombro izquierdo, mientras mi frente primero, mis pómulos después, le aceptaban su realidad de muro a los azulejos. Quien me sometía no era otro que Britez. El aroma a menta que salía de su boca jadeante lo delataba y me encumbraba, porque en mi aliento había tabaco, como oposición necesaria, quizás hasta justa.

Apalanqué mi empeine zurdo detrás del talón de su pierna izquierda y me tiré hacia atrás. Entonces él, desparramado y medio mareado –puede que al golpearse la cabeza por no soltarme– se quedó debajo, con el día boca arriba y mis ojos mirando por una milésima de segundo el terror que le ganaba la mirada. Estrellé mi puño derecho en un gancho debajo de su oreja izquierda y mi puño izquierdo contra el lado derecho de su quijada, por comenzar racionalmente. Golpeé su cráneo con mis puños muchas veces, desde el rencor hasta la calma. Desde el ruido hasta mi nombre.

Yo tenía entonces 16 años, Brítez, casi 50.

Los autores

Eva Lucía Armas

John Madison

Silvio Rodríguez Carrillo

POESÍA DE CONTRAPUNTO

Morgana de Palacios – Eva Lucía Armas

Estéreo – tipos

(romance heroico)

Ahí está mi boca desbocada
mezcla de ira ansiosa y de ternura
cegada por la luz de la alborada
y vidente de noche como un búho
insomne por la presa deseada.

Mi amor sin nombre, está, mi voz sin grito
mi corazón, mi esencia silenciada
mi muerte protectora, mi estrategia
para enfrentar la guerra programada.
Ahí está mi cuerpo imperturbable
su carne de cañón esclavizada,
ahí mi libertad de pensamiento
mi letra de cristal, mi llamarada.

Ahí está mi espera, mi renuncia.
Nada más afilado que su espada.

Morgana de Palacios



Vaya por tu emoción mi furia trunca,
mi visión sin amor, desabrigada,
esta garganta al sol y este silencio,
estas letras en rosa tan rosáceas
en las que han muerto pájaros y árboles
al son vibrante de sus asonadas.

Impotente de todo y vuelta furia
la vida se ha ensañado en nuestras alas
y ha dejado su sino el guerrerismo
que tu ira y la mía acostumbraban.

Vamos de los cansancios a las flores,
de la cocina suculenta al arma,
de la quimioterapia a los escándalos
del juzgado de turno a nuestra casa
y nos quedamos como un jazmín seco
guardadas en el libro de las causas.

Perdidas en las guerras de los otros
nos volteamos furiosas y agraviadas,
con estas manos que nacieron pródigas
de abrigar el vacío y la nostalgia
mientras la letra se nos va alejando
hacia un futuro que no diga nada.

Vos con tu rebelión, yo con mi mundo.
Nuestras almas gemelas. La distancia.

Y que nadie se meta en esta historia.
Hagan silencio. Dos mujeres hablan.

Eva Lucía Armas



Jamás una palabra más alta que la otra
ni aún cuando el poema dejara de ser arte
y transmutado en losa nos crispara los nervios
por no poder callarnos unas cuantas verdades.

No sé si hemos perdido los tiempos del amor
o hemos ganado juntas tantas guerras brutales
que se nos acabaron las razones profundas
para fundar de nuevo bulliciosas ciudades.

Todo nos pasa cuenta mientras pasa la vida,
los hombres y los hijos, los nietos, los pesares
que siempre pesan más que aquellas alegrías
que alguna vez tuvieron visos de realidades.

Fuiste para tu padre un escudo de luz
y para mí una igual de mi raza y mi sangre,
y no ha habido mujer más lúcida y leal
renunciando al sosiego por seguir adelante.

Llegaste acostumbrada a jugarte la vida
de palabra y de obra. No tuve que enseñarte.

Lejos de mí la muerte si te miro a esos ojos
que la vencieron antes de mis oscuridades,
porque no por más niña fuiste menos valiente
para pisar descalza su senda de cristales.

Hablemos cuanto quieras, tú eliges el idioma
que hay un mundo infinito de posibilidades
para dos que se entienden más allá de los versos
y pueden cerrar juntas los más siniestros bares.

Morgana de Palacios



En una macetita hoy he plantado incienso,
un esqueje arrancado que me encontré en la calle
mientras iba hacia el super con el bolso vacío
y los ojos gastados por el mismo paisaje
con que la vida ajusta esta ciudad cerrada
a los dolores varios que atesora mi carne.

Porque yo soy de carne desde dentro hacia fuera
y es de dentro hacia fuera que los dolores laten
si fisuras de lluvia ocultan mis jardines
bajo esta arquitectura de pagoda y cristales
en la que se refugian los ecos trasegados
con sus mendigos húmedos de tristeza insaciable.

Tanto romance heroico suena a marcha profana,
a propaganda persa, a contínuos timbales
con que marcan el paso los días de la angustia
y se quedan callados los de festividades,
porque solo una misma, amiga mía y larga,
sabe hasta donde lucha la vocación de madre.

Nosotras guerrilleras del acto libertario
convocamos a veces a todo el aquelarre
por mantener intacta la esperanza baldía
y sostener el día sobre los estandartes.

Porque si cabe pena en todos los caminos
nosotras somos duras y fuertes caminantes.

Eva Lucía Armas

Las autoras

Morgana de Palacios

Eva Lucía Armas

MADEMOISELLE

Cadáver exquisito en prosa – fragmentos

John Madison – Eva Lucía Armas

Mademoiselle (John Madison)

En la mar todo era lejano. Y él había olvidado, temporalmente y por su bien, los mapas de retorno hacia su isla.

En la calma chicha de las noches serenas las leguas se le antojaban eternas, insalvables, mientras el galeón se mecía solitario como un crío huérfano indefenso ante lo imprevisible de las aguas.

El capitán de aquel vaixell era el espíritu del mar. Un verdadero corsario de acero que nunca había conocido en sus carnes el miedo a la soledad de las aguas. Tal vez porque en el fondo él también se sentía tan solitario e impío como el océano. Un renegado que jamás lamentó tanto su condición de marinero errante hasta encontrar a su «ella».

No se conocían personalmente. Aunque él presumía de tener en su camarote una imagen del perfil de su mademoiselle brillando sobre el blanco de las elegantes perlas que rodeaban su cuello de cisne.

Sí.
Mademoiselle lo hacía feliz desde su exótico paraíso en el hemisferio Sur del mundo. Desde su lejanía cercana en la correspondencia. Lo hacía feliz aunque él no pudiera desnudarla en su santuario marino y amarla a plenitud como le gustaría.
Como un hombre.

Pensaba mucho en «ella», a diario. La pensaba como esa pieza imprescindible que completaba el puzzle de su hombría. Algo valioso que ya había tenido con anterioridad en otro estado físico y que perdió, bien sabía el universo por qué, en algún tramo del camino.

Si existía en el mundo una versión de los sueños que lo haciera sentir mágico era la de fabular despierto: la verticalidad de su cabello castaño sobre su espalda desnuda camino de la ducha. Su dulzor tímido y callado estallando en hecatombe, solamente, cuando ella quería y necesitaba gritar junto a ese otro hombre que él había sido en el pasado su placer. Sus grávidos y sensuales pies de geisha (siempre imaginaba a aquella mujer pragmática de cabellera alegre sin los rituales mágicos femeninos del maquillaje, con el rostro lavado y puro avanzando descalza por las viejas calles de su espalda curtida por las largas travesías) El camarote desordenado en suspiros. Sus armas y cortafuegos de mujer derribados, dispuestos a matar su soledad transoceánica.

Lo cierto es que entregaría al destino el contenido al completo del botín atesorado en sus bodegas si eso le permitiera formar parte de su olor a hembra asilvestrada, a mate, en el camarote, mientras ella escribía novelas de navegación en la noche. Todo, por quebrantar en mil nocturnos su atractiva soledad.

Ella sin él.

Fantaseaba con lo mucho que debió haberla amado en alguna de sus anteriores vidas. O quizás en todas.

«Que el destino y los dioses le concedan nuevamente tan alto privilegio a mi próxima piel marinera.
Y un galeón español para perdernos mar (cuerpo y verso) adentro».

Pensó mientras volcaba su pasión en verso encerrado en su cripta de cristal, el camarote, rumbo a Tombuctú:

«Detén los tiempos, mademoiselle.

Detenlos.

Detenlos y desnudate conmigo
sobre tu cama roja y solitaria
pensando en mis
insomnios sin tu risa.

Detén los mundos, vida de mi muerte,
que yo desataré todos los nudos ciegos
de esos amantes que no supieron nunca
que el amor vive en tu boca de poeta.

Que dios vuela en tu boca tan lejana»

Los versos.

Fue de esa manera tan antigua y almática que ambos volvieron a retomar el tren de la vida.



El libro de los sueños (Eva Lucía Armas)

Mientras esperaba que el bicicletero terminara de aplicar un parche a la cámara de la rueda trasera que había pinchado durante la vuelta a casa, a través de la vidriera atiborrada de cuadros y accesorios, Mara observaba el suave trajín del mar.

El pueblo costero que había elegido para vivir era breve. Pocas casas sobre calles de arena talcosa que se pegaba a todo como harina integral; muchos árboles que sostenían a la tierra en su sitio; médanos calmos como cuerpos que se desagregaban al pisarlos y nada de turistas, por ahora.

Con las monedas que heredara al morir su padre –un hombre rico en experiencias pero desapegado de lo material– había concretado aquella mudanza, soñada prácticamente desde la niñez.

La casa era como ella: hecha a medida con las cosas imprescindibles. Eso sí, de madera, una madera embreada y fuerte, como un casco de barcaza antigua, no de las modernas. Una casa como una cáscara de nuez muy grande y con un corazón de pulpa dulzona situado en la cocina que olía siempre a especias, a azúcar quemada y a plantas aromáticas.

Legéndero era un pueblo con mar, como el de la canción de Sabina, en el que no había un banco pero sí una taberna en la que Mara había conseguido trabajo recreando recetas extraídas del libro en que su abuela había escrito las que inventara. Legéndero era, sin ir más lejos, el pueblo de su abuela y a eso se debía el regreso de Mara a aquel lugar.

En el libro de recetas de su abuela había encontrado historias sobre Legéndero que, al igual que las recetas, Mara supuso inventadas por su abuela. Ella tenía la misma vocación: inventaba comidas y cuentos.

En el pueblo, a su abuela la llamaban Mara I y por eso a ella la apodaron Mara II. Mara I, porque ese había sido el nombre que un hombre navegante pintó en su barco. Un hombre que no fue su abuelo y que llegó a Legéndero en ese barco que tripulaba solo, como un «Solo en mi balsa».

Contaban los más viejos, casi como una leyenda urbana, que, hasta llegar a Legéndero, aquel barco no había tenido nombre de botadura. Lo contaban con alarma supersticiosa, porque todo barco debe tener un nombre para moverse entre los fantasmas del mar y no ser confundido con alguno de ellos, como le sucedió al Holandés Errante. Pero el de aquel hombre no lo tenía. Para referirse a ellos, al barco le decían «el barco» y al hombre le decían «el capitán del barco» y todos sabían de quién hablaban porque en el pueblo eran pocos y se conocían por sus nombres y por los nombres de sus barcos.

En el libro de recetas de su abuela los cuentos se relacionaban con las comidas.
Todas las comidas tenían su historia y todas las historias tenían su comida, así que de ese modo aparecían en la carta de la taberna.

Los martes, esos en los que no te cases ni te embarques, se servían Cuentini d’il capitano.

Así figuraba en el libro de la abuela de Mara II el primer plato que le sirvió un martes al capitán del barco sin nombre de botadura, para que saboreara la hospitalidad de Legéndero.

Los autores

John Madison

Eva Lucía Armas

Eva Lucía Armas – John Madison, contrapunto poético

Imagen by Mchael RossI

Bien esmaltada

Mi viejo color rosa ha madurado
hacia el fondo de mí
y este que uso ahora se me parece más
porque tiene esa impronta a cocimiento
que lucen las cazuelas esmaltadas.

Soy ya de arcilla bien modelada y firme,
un cuenco para sopa en el invierno,
un ánfora de agua,
un plato con un guiso suculento

y así degusto a solas mis manjares.

Ya no convido a cuanto peregrino
da golpes a la puerta de mi mundo
ni a tanto trashumante trasnochado
buscador del pastizal de altura.

No creo en los mendigos que sollozan
males de amor
ni en otros mendicantes que ruegan por apósitos.

Tuve mi etapa de credulidad
porque quise creer.

Pero las tonterías tienen las patas cortas
igual que las mentiras.

Ambas nos hacen
daño.

Eva Lucía Armas


Tu color

Me gusta tu color
Dios bien lo sabe,
tu color de princesa sin corona
sin trajes ni aspavientos. Tú me gustas
porque tu voz convierte mis angustias
en divino placer.

Tú mi amapola,
tú el bolero mejor de mi vitrola.

Me gusta tu color: mi Dios lo sabe.

John Madison


El hombre en el balcón

El hombre en el balcón arroja incienso
a la calle poblada de guirnaldas
y festeja en la sombra a las estrellas
que le ocupan la voz y la garganta.

El hombre en el balcón canta en silencio
con voz de sol tallada de guitarra
y acróbata en el aire teje espumas
desagregando olas en fogatas.

El hombre aquel en el balcón me gusta
porque su voz es indisciplinada
pero alza vuelo sobre malos vientos
o se duerme en las noches de las playas
cuando se terminaron las gaviotas
sobre el clamor del agua.

El hombre del balcón tiene en la lengua
todas mis amapolas
desangradas.

Eva Lucía Armas


ORÍ

De vez en cuando el hombre de los versos
perdía la ilusión por la palabra
y marchaba a su reino, con sus muertos,
a llorar en silencio sus rondallas.

De vez en cuando el hombre de los versos
dejaba de ser hombre, no era nada.

Y como ocurre (siempre) en las historias
escritas en el libro irrevocable
de la vida, llegaba a la discordia
del hombre azul de boca insoslayable
su mujer en espíritu, su novia
su mustang cobra mágico, su trance.

La dueña de su *Orí, su pan de gloria,
su deuda no resuelta irrecordable.

Llegaba esa mujer y recogía
sus lágrimas de Juan Martinez Frágil
y a golpe de romance construía
un nuevo corazón,
un nuevo mástil
una nueva galera,
un Juan vigía
para ahuyentar las voces de las banshees.

Llegaba su mujer:
Eva Lucia,
con su amor de vestal insobornable.

John Madison

Selección de poemas de Eva Lucía Armas

La rosa de Buscemi

Quiero decirte
-ahora que estás triste y antologando karmas-
que el tiempo (sinalefa ridícula en queel)
jamás
(así, jamás )
jugó a nuestro favor.

Yo vengo muy gastada de ilusiones
(y por lo tanto, ya no me ilusiono).

Y vos no sé.

Eras amor sangrante que sangraba demasiados amores.

A veces me pregunto

si no quise
no supe
o.ni quise ni supe la verdad.

Una se queda sola con sus miedos
para combatirlos de por vida.

Ni siquiera
ahora
en esta indescriptible soledad
sabemos cómo acompañarnos.

No nos alcanzan bergantines ni sueños.

Siempre seremos

(tan solo)

dos amores solos que no saben amarse.


Toma 1

Yo he nacido de pie, como la fuerza,
y no a merced del viento.
Soy un quebracho de raíz profunda,
no un pino blando
que no propicia calor cuando se quema.
Yo te quemo la cara, las pestañas,
soy brasa firme y esplendor sonoro.
No soy queja ni llanto ni suplicio,
soy toda libertad, toda talante,
y vendaval de aguas y de musgos.

Me río de la histeria y los histéricos.
Me río de las pálidas bacantes
que cantan a Dionisos travestidos.

Yo renací de muertes y de furias
como un Fénix de intrépidos cristales
y no me pueden venir con pantomimas
ni con besos de lengua que no existen.

Soy mi propio fantástico deleite,
mi soledad apócrifa,
mi aguerrida e incuestionable Lisa Simpson.

Y decido qué hago con mi vida,
le pese a quien le pese; incluso a Dios
que me mandó en pelotas a este mundo de diablos
y arreglate.

Mi espíritu está viejo de universo y soy la libertad,
la independencia.

Nada tengo de frágil, ni muriendo.


Existencias

Ahora que estás ebrio de mar
como un contramaestre melancólico
que desposa sirenas de espuma por el mundo,
escucho tu voz.

Canta desde el fondo de un suspiro
y murmura mil nombres con su tinta salina
atrapado en el engarce del hombre solitario.

Cuenta tu voz, atadas al relato de tu piratería caribeña,
las bocas y las manos que cosechó por tantas noches blancas
en la vertiginosa copa de la luna
y sobre la desesperanza y el calor.

Un tesoro de pieles y perfumes que se van apagando
en el profundo arcón de la memoria
como se apaga suavemente una plegaria
en una catedral
te obliga a regresar a los regresos
y a buscar a tus búsquedas.

El Viejo Relicario vaga con su Cubano Errante
proponiendo palomas, disparos y palmeras
y seduciendo ninfas, ondinas y bañistas
atrapado en la red de pescar versos.
Es su contramaestre melancólico
que intenta, mientras canta, ser feliz.

Yo soy de las que bailan de sol a sol la vida
en una playa ignota
hecha toda con esqueletos de cangrejos y de estrellas fugaces.

Diría que no existo.

Metamorfosis, Eva Lucía Armas

Imagen by Camilo Contreras

Sobraba en todas partes.
Inclusive al humor de Tomás, que tuvo que prestarme un par de pantalones y una camisa ancha en la que entraba mi cuerpo varias veces.

Los pantalones me los arremangaba y los metía adentro de las medias, porque Tomás me llevaba más de una cabeza.
La camisa la dejaba suelta y me disfrazaba de fantasma.
Total, tampoco nadie me veía en esa casa.

Nos alojaron en la pieza de atrás, que daba sobre el huerto.
La abuela dejó dos juegos de sábanas que olían a mucho sol, pero que estaban duras, como plastificadas por el agua de pozo y el jabón.
Eran sábanas blancas, poderosamente blancas, de una tela dura, rígida, como la abuela.

Yo hice mi cama. Mi mamá se acostó sobre el colchón y se subió el acolchado hasta los ojos.
Supongo que lloraba debajo.
Era lo único que hacía últimamente.

En la habitación, había además una cómoda con un espejo en medialuna, enorme y un ropero de madera tan oscura, que parecía negro. También tenía un espejo en la puerta central.

Yo nos miré ahí, retratadas en ese espejo alto.
Mi mamá era un bulto, una apariencia, cubierta totalmente y aún así, no invisible.
Yo, no sé lo que era.
Las trenzas mal atadas dejaban escapar pelos de todos las medidas. Se notaba mucho que la camisa era la parte de arriba de un pijama que no pegaba con el pantalón. Estaba fea, como un pájaro que no acabó el emplume, todavía con el polvo que entraba por las desvencijadas ventanillas del tren, adherido a mis formas.

No podía imaginar un lugar más polvoriento que aquel en el que estábamos.

Otras veces habíamos llegado igual, como una imposición. Pero era la primera que no llevábamos valija ni bolso ni una muda de algo. Pensé si la gente se habría dado cuenta en el tren que yo viajaba vestida con pijama.

La abuela lo notó.

– Usted…vaya a bañarse.- me dijo, desde lejos, apareciendo como una sombra estricta en la suave penumbra del corredor que llevaba a nuestra habitación.
Esperó que pasara junto a ella, sin otro gesto que su dedo señalando el baño.
Después, se acercó a la puerta, para hablar con mi madre que seguía debajo del cubrecama.

—Podrías haber traído ropa —dijo, solamente.

Yo me encerré en el baño.
Pensé en las otras veces de mi tan larga historia de paquete.
Siempre terminaba vestida con la ropa de otro, contribuyendo a mi estilo de adefesio.

La abuela abrió la puerta y me miró todavía sin desvestir, de pie junto al lavabo.

—Báñese rápido, que no se desperdicie nada de agua. Acá tiene.

Dejó sobre el banquito de junto al bidet la ropa de Tomás.
Me tuve que desnudar delante de ella, para que se llevara la mía y la lavaran.

– Su madre tendrá que coserle alguna cosa. No va a andar siempre vestida de varoncito, pidiendo ropa ajena- comentó y volvió a cerrar la puerta mientras yo me metía bajo el agua.

Pero mi madre no salió durante mucho tiempo de debajo del cubrecama.
Y yo tuve que andar vestida de Tomás, que tampoco tenía más ropa sobrante que la que me había dado y que le hacía a él tanta falta como a mí.

La abuela le dijo varias veces a mi madre : Ocupate de tu hija, que para eso sos la madre.
Después, le encargó a Tomás que me cuidara.
Cuidar para Tomás era enseñarme a hacer lo que él hacía. Ser mandadero, peón de patio, andar entreverado con los otros peones, un poco acá un poco allá, aprendiendo el oficio de los hombres. También la libertad de andar tan suelto.
Lo fastidiaba hacerme de niñero pero no se animaba a traspasar el límite y transformarme en su propio peón.
Yo, más que su peón era su perro.
Andaba todo el día atrás de él, tratando de no molestar al único que me dirigía muy de vez en cuando la palabra, o me compartía una galleta, un pedazo de pan, un mate en el galpón, alguna broma, además de la única ropa que tenía yo para vestirme.

Cuando le preguntaban los jornaleros quién era yo , él se encogía de hombros. No lo tenía claro. Solamente obedecía el encargo de la patrona. “Una parienta”, murmuraba entre dientes sin conseguir asegurarme un rango de parentesco con los patrones. Y los peones farfullaban : “¿pero es hembra?”

Así fue que le pedí el cuchillo que llevaba cruzado sobre los riñones, una tarde.
Me lo alcanzó sin otro ademán que el de alcanzármelo ni otra recomendación que la de su gesto.
Yo me corté el cabello a cuchilladas delante de un pedazo de espejo que él usaba para afeitarse sus principios de bigote.
—Ya no soy más mujer —le dije a su mirada.
Él., como siempre, se encogió de hombros.

«El culmen vanguardista», Eva Lucía Armas

Imagen by Anh Henry Nguyen

Qué asfixiante resulta su estulticia,
pipirigallo de inflexible gola,
que nada escucha más que su vitrola
ajustada a su ritmo y su impericia.
Hasta el mejor plantado se desquicia
oyendo sus rebuznos opulentos
fundados en nubajes flatulentos
decorados con falsas etiquetas.
Un vendedor de humo, un anti esteta,
con la lengua falaz de los violentos.

Un otario que abusa de su suerte
-porque de razonar, nada de nada-
y solo se dedica a la estocada
de un discurso que todo lo subvierte.
Es un jetita más ya que no advierte
lo cansina y obtusa que resulta
hasta su mala leche cuando insulta.
Insustancial, retórico, aburrido,
se cree innovador por retorcido
jugando a ser la rata sabia-inculta.

Mas repetido que puré de ajo,
no cambia sintonía ni a garrote
porque de estrecho peca su marote:
le cabe media idea a este burrajo.
De su raro disfraz ¿qué habrá debajo?
¿Un resentido, un infeliz, un mono
que lucha por ser hombre, tener trono
escupiendo en la boca de la gente?
No podremos decir que no es ingente
su vocación por mantener su encono.

Un inútil pazguato con dos copas,
que se las da de eximio transgresor
sin conocer de nada ni el olor,
mientras insulta nuestro guardarropas.
Payaso rellenado, solo estopas,
un triste comic de la misiadura
que juega a ser la voz anticultura
del fundamentalista, sin ideas.

Cuánta pena me das mientras te creas
el culmen vanguardista en tu chatura.

«No Arianna», «Ya no apuesto a los incendios», Eva Lucía Armas

Imagen by Jim Cooper

No Arianna

Hay algo en tu voz de fragua,
de tallador de infinitos,
de burilador de lunas
que van hilando en sus filos,
las singladuras de luz
en el pozo de lo efímero.

¿Acaso tu corazón
acaudillador de trinos
agitará la alfaguara
oscura, donde no hay brillos,
que yace dentro de mí
y que ahoga a los navíos
en derroteros sin mar
por un secarral de espíritus?

Me dimensiona tu voz.

Y tus versos aguerridos
disparan balas de audacia
sobre mi mundo más íntimo,
reacio para sembrado,
inhóspito por antiguo
y sediento por sediento,
mientras, profundo, su acuífero,
troca en diamantes de trueno
al tam tam de tus latidos.

Caminador de este páramo,
tu verso en sus intersticios
se cuela como si un dios
le fuera dando sonidos
a las grutas de mi karma
para que hablen a tu oído
y te guíen, lentamente,
a través del laberinto.

Yo jamás he sido Arianna
ni hay Teseos en mi abismo.

La minotaura se oculta
en su propio maleficio.


Ya no apuesto a los incendios


Hace tiempo, jubilosa,
iba inventando fogatas
con mis páginas insólitas
donde contaba romances
como aquel, el de Verona,
pero en mis cuentos de amor
nunca hubo muertos ni alondras.

Tan solo yo me morí.

Desgajada rama rota
en el árbol del milagro
de haber nacido escritora,
entre historias de novela
fue una novela mi historia.

Y me morí, simplemente,
arrancándome las hojas.

Mis alas se desplumaron,
mi imaginación fue otra
y me estrellé contra el suelo
en una pirueta tonta
escapando a mi destino
desde la sima más honda.

Si no pájaro, arañita,
lagartija trepadora,
vaporcito que se eleva
levitando entre las sombras,
voz de voz recuperada
que no aprende a dar la nota
pero que vuelve eco el canto
como la sierra pedrosa
manda a las voces del viento
a salamanquear victorias

así yo, toda de barro,
toda yo de piedra indómita,
me levanto cada día,
desde esa novela sórdida
y escribo de puño y letra
una página de aroma
envuelta en la paz extraña
de que me dota estar sola.

Por eso no escribo incendios.
Que hablen de incendios las novias
y de besos y de amor.

Ya no creo en esas cosas.

EDITORIAL

ULTRAVERSAL – LA SECTA LITERARIA

Por Eva Lucía Armas

Ultraversal y nosotros, los ultraversales. Los sectarios, los elitistas, los perfeccionistas, los que deseamos que la literatura no termine siendo un arte menor en la que no importen ni el fondo ni la forma y todavía, menos aún, el contenido. Los que no deseamos que la técnica literaria que defendemos, se transforme en un montón de escombros sobre la que cualquier gallina pone un huevo y lo llama «obra».

De la mano de su mecenas, Morgana de Palacios,  quien fundara este proyecto cultural virtual y gratuito en 2003, cuando aún el potencial de internet estaba inexplorado, Ultraversal se ha mantenido constante en sus ideas y firme en el camino de sus objetivos: un Taller de Perfeccionamiento y Crítica Literaria, responsable y honesta, hecho por escritores para escritores.

Por nuestro espacio han pasado, durante estos dieciocho años de trayectoria, una cantidad innumerable de poetas y narradores que ahora pueden verse en las librerías y en las plataformas virtuales.

Pero Ultraversal es algo más que un Taller de Perfeccionamiento en las reglas del arte. Es un trabajo intenso y solidario, en el que cada miembro de la plataforma colabora desinteresadamente con sus compañeros desde su conocimiento o desde su óptica. Es un lugar en el que la generosidad priva sobre el ego natural del artista y en el que la única exigencia es «ayudar al compañero, en la medida de nuestras posibilidades».

Cito las palabras del escritor y poeta cubano, John Madison:

«Ultraversal es una herramienta de rescate.

Ser un ultra es la pasión que más placer y orgullo me ha dado a mis 51 años. Ser un ultra requiere valor extremo, vas a mirarte desde todos los puntos, vas a viajar a zonas de ti que ni siquiera sabías que existían y vas a dejar que otros te miren, te cuestionen, te señalen, te guíen…

Los mayores descubrimientos sobre mí los he hecho mientras trabajaba en mis versos. Ultraversal te ubica como parte del todo. Es la manera en que este lugar dimensional te enfrenta a ti mismo.

Alguien me preguntó una vez porqué volvía siempre.

Bueno, uno siempre regresa a los lugares donde fue feliz.»

Nuestro fin jamás fue ni será el lucro. Solo la excelencia.

«Decir amigo», «No me vengan con necesidades, Eva Lucía Armas

Imagen by Elina Elena

Decir amigo

a Gerardo Campani

La vida nos plantea sus recursos de barro.
¿Qué lejos nos conmina a largamente frágiles,
y pálidos y solos?

Si me doliera menos tu amistad en mis manos
y el corazón tuviera ese cándido eclipse
con que se aparta el día de los ojos del hombre
podríamos bebernos tu agraz filosofía,
tu vino de cosecha selecta y arrumbada
y discutir, nocturnos, la lengua de los dioses
y el pánico del viento sobre los versos planos.

Se quedará la tarde tan tontamente sola
como la vieja noche de cervezas y umbrales
conque arreglamos mundos,
mancamos utopías
y quedamos mojados de soles sobre el río.

No me dejes tan sola
porque ya estoy cansada
de sostener las drizas en mi nave violenta.

Y si te vas un día, «cuando muera la tarde»
las palomas ocultas romperán las fronteras.

Amigo,
amigo mío de los vinos del alba,
siempre serás el tango que nunca compusiste
para que yo bailara tu terco pragmatismo.

Cuando nos encontremos después de nuestros días
hablaremos de todo en lo que no creíste,
pensador de alas quietas
y todo será nuevo
en tu boca prosaica.



No me vengan con necesidades

Ya no estoy para amores de película
ni para suspirar como Gautier
por un Armando más de otros armandos.

La felicidad
es coja y se construye una pata de palo
o anda renga
igual que un pajarito al que una rata hambreada mutiló
pero no deja de volar por eso.

El amor
tiene mucho de hambre
porque el corazón es un desconsolado
que no sabe qué hacer consigo mismo
y entonces busca afuera
igual que una vecina -de aquellas de visillo-
que ocupaban su nada en espiar
qué hacíamos los jóvenes turgentes
con nuestra propia magia.

Ya no estoy para amores. Ni siquiera
recuerdo los pasados.
Espanto a los futuros con el Raidmatamoscas
-y mosquitos-, porque chupan la sangre
de la ilusión que queda
en algún rinconcito donde nadie ha pasado la Ultracomb.

La ilusión es un muerto
a cuyo velatorio nunca iré
porque los muertos siempre nos existen
en el fondo del alma.

Ya no estoy para amores de película
ni para hombres que ilusionen gatos,
ni para hombres a los que ilusionen
brebajes de gastada hechicería.

Casi soy una ostra, hablando mal y pronto.
Pragmática, serena,inteligente,
a veces peleadora,

a veces,
mansa como una diplomática que pretende un acuerdo
pero siempre soy yo,
sola y distinta.

Estoy como «De nos»…*

Ya lo hice todo.
Ahora,
solo quiero a mi perro.

Punto.

Aparte.**

NdA: *Cuarteto de Nos (grupo musical uruguayo)

**Expresión del campo argentino que se usa cuando se separan las vacas que por edad o por problemas, ya no pueden integrar el rodeo

«Soledumbre», «Hay amores», «Polvo y sal», «Humito de vara verde», poemas de Eva Lucía Armas – Argentina

Soledumbre

Entonces,
una descubre que está sola,
absoluta y completamente sola,
con su teléfono vacío de amistades lejanas al horario de los dramas
y a las que no llamar, inoportuna-mente.

Una está sola. Sola, sola, sola.
Y llora sola
y llora y llora y llora
mientras la ira le come las ideas
y no consigue a nadie en quien confiar.

Irremisiblemente, una está sola,
más sola que la una,
sola, sola,
como ha enfrentado al mundo tantas veces
y como está cansada de matar.

Se muere al matar lo que se quiere.

Pero una, como la una, está absolutamente sola.
Y mata y muere sola

sola

sola

Y se levanta sola al día siguiente de matar y morir.

Luego me vienen con llanto los llorones,
los que se tienen lástima en las vísceras
y los que se acumulan en su ombligo juzgando a los demás.

Los pobrecitos del ombligo grande y del ego más grande que el ombligo.

La soledad es árida y tremenda.

Y una llora si mata y una llora si muere
en esa soledad en que está sola
sin nadie en quién confiar ni nadie en quién creer,
sin nadie en que apoyar la soledad
y con la ira multiplicando tantos dientes hembras.

La soledad es eso.
Un campo de batalla donde me quedan pocos contendientes
con los que me encarnizo más y más
porque me hieren más y más y más me hieren.

Yo soy la soledad.
Y estoy tan sola.


Hay amores

Mi amor se había puesto esclerótico
y era un jubilado que planeaba poemas
en la franela de lustrar los muebles.

Los escribía con el polvo de los días inútiles.

Después
los guardaba en el armario con la escoba de barrer cenizas
y con la radio vieja que había olvidado la onda corta.

Era un amor lejano a la comunicación en gigabaits,
un amor de esos que llegan en las cartas no llamadas e-mail
y que, a falta de buzones que no fueran
hot, gi, yahoo
no encontraba donde depositar su único sobre.

Era un amor en sobre,
ensobrado después de perfurmarse,
recoleto y modernista como el cisne de Ruben Darío,
a su vez, antiguo como pocos,
y caído en desgracia sanitaria.

Un amor en medio de un alzheimer
que sacaba al amor de su galera y corría con él
por los pasillos de los hospitales
que el mar fue devorando pez tras pez.

No se rindió a desalinearse con el mundo
por propia vocación de desaliño.

Era un amor esdrújulo con una lengua renga
que sabía besar.

Hablaba con el fondo de los ojos.


Polvo y sal

El sol ha suspendido su desnudo,
se ha quitado su cáscara de seda sobre la voz del día
y en pantuflas de niebla
camina por la calle como un pequeño preso
que no recibe cartas.

El frío llega a pie sobre su sombra.

Es un filo de cristal que punza
la claridad más fértil
y la deja caer, lluviosa y desangrada,
lo mismo que un disfraz apolillado.

Todo parece diferente ahora.
Yo no sé si más claro.

Diferente.

Será la procesión de las ausencias
como una larga colecta interminable
de robar las pequeñas alegrías.
Ese rebrote a muerto que no termina nunca de morir
y nace en todas partes
enfrentándose al sol y al viento sur.

Yo no sé escribir cuentos cuando escribo poemas.
Soy bastante primaria en ese aspecto.
Escribo lo que late entre mis manos,
lo que mi mundo siente
y todas esas cosas pequeñitas que no reclaman nada.

Ya sufrí mucho.
Ya fui una fruta rota y una canción mordida
y un eclipse y un muerto.

Ya estuve muerta alguna vez también.

Ahora estoy viva
tan de regreso como una clarinada

a pesar del otoño en que anochece.


Humito de vara verde

Viejas palomas sin aire
se despeñan de silencio
sobre la luz de un mañana
que tiene en cueros al tiempo
mientras mis ojos se calman
en el fondo de lo negro,
porque no ceja la sombra
de proponerme sus duelos.

Mi brazo está desarmado,
delicuescente y pequeño
y mi mano culinaria
se apaga como un mal fuego
con humo de vara verde
que no rebrotó en anhelo.

No voy a pedir la vida
al genio de los deseos
porque con las cuentas claras
nada me deben ni debo.

No pienso llevarme lastre
arrastrando al cementerio.

Mientras tanto, a veces bailo
escribo a veces,

y sueño.

Eva Lucía Armas – Argentina

Floresta by Enrique López Garre

Carne de tierra

No soy un ser virtual.
Soy carne de cañón, hueso de abono,
terrestremente anclada al pensamiento,
a la razón, al hecho, al pragmatismo.

No soy un ser virtual
sino yo misma,
mi condición humana y trascendente,
mi poquito de Dios en la conciencia,
mi arte, mis rituales redivivos,
mi vocación de prójimo.

Yo soy un ser real,
sin Facebook, sin Instagram, sin Twitter,
por eso me conecto poco y nada
a las venas radiantes de un sol frío,
espejismo y cristal, ilusionante.

No soy un ser virtual
ni soy una paloma
que guste disfrazarse para Ícaro
por parecer nacida de un milagro.

Soy mineral. Es parte de mis formas.
No es mi juego de alquimia ilusionista
sacar del plomo el oro
porque me guste el fuego que me unge.

Y soy una animal, ruda y terrestre
como el olor a lluvia sobre el barro,
o el cielo en que los pájaros dispersan
bandadas migratorias y alegría.

No soy un ser virtual,
nunca lo he sido.

Y no me creo nada que no pueda romper
con mi silencio.

Abrazo con mi abrazo y vivo «a vivo».

EDITORIAL

por Eva Lucía Armas

Imagen by Ivan Erl Erymar Cabayan

La virtualidad, desarrollo de lo imaginario

Se ha asociado, comúnmente, el término «virtualidad» a la existencia de un proceso tecnológico y a todo su intenso desarrollo en los últimos tiempos. Sin embargo, lo virtual, «la otra realidad» intangible si se quiere pero no por eso ni menos cierta ni menos real, es lo que ha sabido combinar la tecnología con los procesos sensibles del ser humano.

Lo virtual ha constituido una segunda realidad basada en hechos simbólicos y con un marcado componente ontológico sin el cual su existencia no sería tan eficaz y su resumen sería un automatismo alfanumérico exclusivo de los datos.

En cierto modo, la virtualidad penetra en campos imaginarios casi del mismo modo que las religiones lo hacen y, asentado en el campo imaginario, lo transforma en un campo real, activo y creíble. De ahí su denominación que etimológicamente proviene de “virtus”: fuerza, energía, impulso, aquello que se manifiesta en lo real, la energía de la acción.

Lo virtual, que muchos intentan hacer propio resolviéndolo exclusivamente al campo de las nuevas tecnologías, ha sido capaz de crear dos ámbitos humanos muy bien diferenciados y a la vez, igualados y concomitantes. Ha desdoblado al ser humano, permitiéndole expandir su horizonte cotidiano y hacer cotidianos a horizontes que antes solamente imaginaba, como muchos libros de ciencia ficción o de ficción distópica anticipaban, casi con una premonición verneana.

Lo virtual ha existido siempre en el hombre, desde Deus ex machina hasta Matrix.

Lo tecnológico ha conseguido desarrollar un sistema de experiencia, diferente y alternativo, que se ha denominado «virtual» como «no presencial», como no necesitado del contacto físico para hacerse real y esto ha despertado otras sensaciones humanas, diferentes de las experiencias físicas o de la sensibilidad física propiamente dicha. Ha generado vínculos reales entre entidades que podríamos definir como abstractas, holográficas.

El plano virtual ha creado una nueva relación de poder entre las fuerzas humanas que puede condicionar o puede liberar. Si la mente lo capta, lo asimila, es capaz de imbuirse de su sentido profundo y poseer sus alquimias ¿quién puede decir que lo virtual es un espejismo y no una integración de realidades congnitivas que han estado presentes desde siempre en el hombre, pero dormidas, dominadas u ocultas?

Comparándola con el teatro, la virtuadidad es un escenario que permite representar la mímesis que se escoja como actores. La propia, otra, no tiene importancia. Lo virtual permite expresiones que lo real no permite, porque a través de lo virtual, lo óntico parece liberado sin condicionamientos ni falsos focales.

Es en la virtualidad donde los límites perceptivos de lo tangible se flexibilizan y avanzan. Lo que se ve pierde su territorialidad frente a lo que se percibe. La realidad concebida como tal se difumina y permite acceder a lo remoto y transforma aquello que no se realiza de manera concreta en algo que es tan concreto como lo realizado in situ.

Quizás, la virtual es, en el fondo, nuestra última forma de libertad real.