«Soledumbre», «Hay amores», «Polvo y sal», «Humito de vara verde», poemas de Eva Lucía Armas – Argentina

Soledumbre

Entonces,
una descubre que está sola,
absoluta y completamente sola,
con su teléfono vacío de amistades lejanas al horario de los dramas
y a las que no llamar, inoportuna-mente.

Una está sola. Sola, sola, sola.
Y llora sola
y llora y llora y llora
mientras la ira le come las ideas
y no consigue a nadie en quien confiar.

Irremisiblemente, una está sola,
más sola que la una,
sola, sola,
como ha enfrentado al mundo tantas veces
y como está cansada de matar.

Se muere al matar lo que se quiere.

Pero una, como la una, está absolutamente sola.
Y mata y muere sola

sola

sola

Y se levanta sola al día siguiente de matar y morir.

Luego me vienen con llanto los llorones,
los que se tienen lástima en las vísceras
y los que se acumulan en su ombligo juzgando a los demás.

Los pobrecitos del ombligo grande y del ego más grande que el ombligo.

La soledad es árida y tremenda.

Y una llora si mata y una llora si muere
en esa soledad en que está sola
sin nadie en quién confiar ni nadie en quién creer,
sin nadie en que apoyar la soledad
y con la ira multiplicando tantos dientes hembras.

La soledad es eso.
Un campo de batalla donde me quedan pocos contendientes
con los que me encarnizo más y más
porque me hieren más y más y más me hieren.

Yo soy la soledad.
Y estoy tan sola.


Hay amores

Mi amor se había puesto esclerótico
y era un jubilado que planeaba poemas
en la franela de lustrar los muebles.

Los escribía con el polvo de los días inútiles.

Después
los guardaba en el armario con la escoba de barrer cenizas
y con la radio vieja que había olvidado la onda corta.

Era un amor lejano a la comunicación en gigabaits,
un amor de esos que llegan en las cartas no llamadas e-mail
y que, a falta de buzones que no fueran
hot, gi, yahoo
no encontraba donde depositar su único sobre.

Era un amor en sobre,
ensobrado después de perfurmarse,
recoleto y modernista como el cisne de Ruben Darío,
a su vez, antiguo como pocos,
y caído en desgracia sanitaria.

Un amor en medio de un alzheimer
que sacaba al amor de su galera y corría con él
por los pasillos de los hospitales
que el mar fue devorando pez tras pez.

No se rindió a desalinearse con el mundo
por propia vocación de desaliño.

Era un amor esdrújulo con una lengua renga
que sabía besar.

Hablaba con el fondo de los ojos.


Polvo y sal

El sol ha suspendido su desnudo,
se ha quitado su cáscara de seda sobre la voz del día
y en pantuflas de niebla
camina por la calle como un pequeño preso
que no recibe cartas.

El frío llega a pie sobre su sombra.

Es un filo de cristal que punza
la claridad más fértil
y la deja caer, lluviosa y desangrada,
lo mismo que un disfraz apolillado.

Todo parece diferente ahora.
Yo no sé si más claro.

Diferente.

Será la procesión de las ausencias
como una larga colecta interminable
de robar las pequeñas alegrías.
Ese rebrote a muerto que no termina nunca de morir
y nace en todas partes
enfrentándose al sol y al viento sur.

Yo no sé escribir cuentos cuando escribo poemas.
Soy bastante primaria en ese aspecto.
Escribo lo que late entre mis manos,
lo que mi mundo siente
y todas esas cosas pequeñitas que no reclaman nada.

Ya sufrí mucho.
Ya fui una fruta rota y una canción mordida
y un eclipse y un muerto.

Ya estuve muerta alguna vez también.

Ahora estoy viva
tan de regreso como una clarinada

a pesar del otoño en que anochece.


Humito de vara verde

Viejas palomas sin aire
se despeñan de silencio
sobre la luz de un mañana
que tiene en cueros al tiempo
mientras mis ojos se calman
en el fondo de lo negro,
porque no ceja la sombra
de proponerme sus duelos.

Mi brazo está desarmado,
delicuescente y pequeño
y mi mano culinaria
se apaga como un mal fuego
con humo de vara verde
que no rebrotó en anhelo.

No voy a pedir la vida
al genio de los deseos
porque con las cuentas claras
nada me deben ni debo.

No pienso llevarme lastre
arrastrando al cementerio.

Mientras tanto, a veces bailo
escribo a veces,

y sueño.

Eva Lucía Armas – Argentina

Floresta by Enrique López Garre

Carne de tierra

No soy un ser virtual.
Soy carne de cañón, hueso de abono,
terrestremente anclada al pensamiento,
a la razón, al hecho, al pragmatismo.

No soy un ser virtual
sino yo misma,
mi condición humana y trascendente,
mi poquito de Dios en la conciencia,
mi arte, mis rituales redivivos,
mi vocación de prójimo.

Yo soy un ser real,
sin Facebook, sin Instagram, sin Twitter,
por eso me conecto poco y nada
a las venas radiantes de un sol frío,
espejismo y cristal, ilusionante.

No soy un ser virtual
ni soy una paloma
que guste disfrazarse para Ícaro
por parecer nacida de un milagro.

Soy mineral. Es parte de mis formas.
No es mi juego de alquimia ilusionista
sacar del plomo el oro
porque me guste el fuego que me unge.

Y soy una animal, ruda y terrestre
como el olor a lluvia sobre el barro,
o el cielo en que los pájaros dispersan
bandadas migratorias y alegría.

No soy un ser virtual,
nunca lo he sido.

Y no me creo nada que no pueda romper
con mi silencio.

Abrazo con mi abrazo y vivo “a vivo”.

EDITORIAL

por Eva Lucía Armas

Imagen by Ivan Erl Erymar Cabayan

La virtualidad, desarrollo de lo imaginario

Se ha asociado, comúnmente, el término «virtualidad» a la existencia de un proceso tecnológico y a todo su intenso desarrollo en los últimos tiempos. Sin embargo, lo virtual, «la otra realidad» intangible si se quiere pero no por eso ni menos cierta ni menos real, es lo que ha sabido combinar la tecnología con los procesos sensibles del ser humano.

Lo virtual ha constituido una segunda realidad basada en hechos simbólicos y con un marcado componente ontológico sin el cual su existencia no sería tan eficaz y su resumen sería un automatismo alfanumérico exclusivo de los datos.

En cierto modo, la virtualidad penetra en campos imaginarios casi del mismo modo que las religiones lo hacen y, asentado en el campo imaginario, lo transforma en un campo real, activo y creíble. De ahí su denominación que etimológicamente proviene de “virtus”: fuerza, energía, impulso, aquello que se manifiesta en lo real, la energía de la acción.

Lo virtual, que muchos intentan hacer propio resolviéndolo exclusivamente al campo de las nuevas tecnologías, ha sido capaz de crear dos ámbitos humanos muy bien diferenciados y a la vez, igualados y concomitantes. Ha desdoblado al ser humano, permitiéndole expandir su horizonte cotidiano y hacer cotidianos a horizontes que antes solamente imaginaba, como muchos libros de ciencia ficción o de ficción distópica anticipaban, casi con una premonición verneana.

Lo virtual ha existido siempre en el hombre, desde Deus ex machina hasta Matrix.

Lo tecnológico ha conseguido desarrollar un sistema de experiencia, diferente y alternativo, que se ha denominado «virtual» como «no presencial», como no necesitado del contacto físico para hacerse real y esto ha despertado otras sensaciones humanas, diferentes de las experiencias físicas o de la sensibilidad física propiamente dicha. Ha generado vínculos reales entre entidades que podríamos definir como abstractas, holográficas.

El plano virtual ha creado una nueva relación de poder entre las fuerzas humanas que puede condicionar o puede liberar. Si la mente lo capta, lo asimila, es capaz de imbuirse de su sentido profundo y poseer sus alquimias ¿quién puede decir que lo virtual es un espejismo y no una integración de realidades congnitivas que han estado presentes desde siempre en el hombre, pero dormidas, dominadas u ocultas?

Comparándola con el teatro, la virtuadidad es un escenario que permite representar la mímesis que se escoja como actores. La propia, otra, no tiene importancia. Lo virtual permite expresiones que lo real no permite, porque a través de lo virtual, lo óntico parece liberado sin condicionamientos ni falsos focales.

Es en la virtualidad donde los límites perceptivos de lo tangible se flexibilizan y avanzan. Lo que se ve pierde su territorialidad frente a lo que se percibe. La realidad concebida como tal se difumina y permite acceder a lo remoto y transforma aquello que no se realiza de manera concreta en algo que es tan concreto como lo realizado in situ.

Quizás, la virtual es, en el fondo, nuestra última forma de libertad real.

Eva Lucía Armas

En la penumbra

Junto a la ventana, mientras mira la calle al mismo tiempo que destapa el vino con ademán vigoroso, pienso que la poca luz le queda bien. Esa luz tenue, vidriosa, que palpita desde afuera, le queda bien a su cuerpo.

Revuelvo con lentitud la crema que estoy preparando para los fetucchini y pienso, también, que hay una belleza particular en esa madurez muscular que la remera ligeramente ceñida le dibuja. Se le adivinan bajo el color sepia los dorsales anchos y se curvan los bíceps rotundos, a medio emerger por la imprudencia de las mangas cortas frente al movimiento.

“Qué fuerte está este tipo”, pienso para mí, detrás de la sonrisa que no sé cómo evitar mientras lo miro, distraído en la calle con un abandono de esos que muestran los grandes felinos. Un gato esbelto y cazador, que reflexiona desde la oscuridad.

No hablo. Solamente observo que de espaldas hasta podría ser un jovencito de trasero firme, de cadera segura, que practica crossfit o algún deporte de esos de exigencia. Es un cuerpo metódicamente trabajado, entrenado para dar su mejor calidad de rendimiento. Un cuerpo casi griego.

Vuelvo a la idea. “Qué fuerte está este tipo”.

Ahora sirve el vino y pienso también cuánta seguridad tienen algunos hombres. Cómo se nota esa potencia interior que les domina la actitud y que da un placer mórbido mirar.

Andan por la vida como si sembraran pasos.

También sirve el vino como si lo hubiera cosechado, con una rotundidad de manos de vasija y lagarero. En su distracción es imponente, porque le brota ese júbilo tremendo que saben tener los que son íntimamente poderosos.

Se acerca y el aire se impregna del aroma maderoso del perfume. Pienso que ese olor extraño, difícil, le va perfecto, porque el suyo no es de esos perfumes que te encontrás en todas partes, con un toque de pino. Este, de él, es un desafío olfatorio que mi percepción de buena cocinera no termina de dividir en sus mixturas. Quizás té, tal vez algo de almizcle, un toque de amargor, quizás acanto. Huelo como si el perfume me llevara directo a una cocina de hechiceros.

Él sabe que odio que metan los dedos en mis salsas pero ensopa el pan y desafía con el gesto de adolescente rebelde de sus ojos, mis normas más severas. Le pego en la mano. Él no se inmuta, como si no notara mi golpe. Me mira y muerde el pan, casi en cámara lenta. Después sonríe.

La sonrisa hace juego con sus ojos, como en un contraluz. Me pesan los dos sobre los labios: la sonrisa y los ojos. Es como si ese ejercicio de silencio, porque ninguno de nosotros habla, fuera algo emparentado con la fuerza de gravedad.

Cuando me alcanza la copa, me acaricia apenas la mano con sus dedos. Tiene ese tacto áspero de animal caminador.

Mi piel se eriza.

Eva Lucía Armas

Cacareadores varios

Hay hombres que han perdido la condición genuina
y apenas
son pobres insurrectos de salón.

Desconocen la muerte.
Desconocen la absoluta impiedad del miedo.
Desconocen como desgarra un grito la garganta que grita.
Desconocen la voracidad de la intemperie,
lo anchurosa que puede ser la soledad,
la vastedad humana que cimbra en la catástrofe.

Se piensan malditos porque escriben su mustia frustración.
Y son sólo infelices. Infelices y pobres
o pobres infelices.

Ya quisieran estar realmente malditos
como Haití.

Ya quisieran (o no), sufrir en piel y hueso
la condición humana.

Pero son insurrectos de salón,
vanguardistas entre terciopelos
donde no acampa el hambre
y la muerte es parte de su fábula.

Escriben de amarguras que nunca han degustado.

Son apologetas
de fracasos que sus mentes inventan
acomodadas a la simpleza de siempre tener pan
que alimente a sus bocas dentadas.

Miserables
que se erigen en cuestores
igual que las gallinas que alborotan la paz de un gallinero
con su cacareo irremediable.

Cacareadores vanos que no han vivido nada
y piensan que alcanza con el grito
para hacerse notar
sin dejar esa comodidad que los protege
y en la cual se apoltronan
mientras escriben sus “tragedias griegas”
irrisorias y fatuas.

Seres que sólo claman por tener su minuto de gloria
en el monitor de los demás
cuando se abra la notificación en la que escupen
miserias que no entienden ni padecen
en su circo de ignorante molicie internetera.

Ridículos
en la sobreactuación de la miseria impúdica,
jamás han sufrido lo que cuentan.

Es solamente una borrachera de jarabe de pico.

Sólo los verdaderos luchadores
han vivido la umbra en los eclipses.

Poemas afuera

Entonces me reclino
encima de esta mesa de madera
como madera húmeda
como estatuita indígena
que alguien dejó acostada entre dos vasos
y unas migas de pan.

Lluevo como una cosa crepuscular
que nadie ha descubierto
ni ha nombrado.

Lluevo sin el rocío de la mañana
encima de la espina de la rosa
cuando cuelga
en una efímera lágrima llovida
en que se mira el día mientras nace.

Lluevo en tu vino mordisqueador
en tus ojos bulímicos
en tus manos de artífice de flores
en tu poema lluevo
sobre las velas que nos iluminan en tu bar de mentira
como dos figuritas en las que quepa el alma.

Lluevo en mi pastoral
sobre todas mis cosas y tus versos
y sobre las reliquias
desde el fondo de mí te lluevo en vino
en apresuramiento
en mi misma te lluevo…

No sé si de tu tierra nacerán mis relámpagos
pero igual
es tu sed…

y este es mi trueno
hoy
matador de homicidas a palabras.

Eva Lucía Armas – Argentina

Crepúsculo by Mabel Amber

Una historia

Todos somos un producto de algo y ese algo es lo que nos proveyeron las circunstancias para ser lo que somos. Qué hacemos con nuestras experiencias, con nuestros errores y nuestros aciertos y cómo vemos y procesamos hacia nosotros los de los demás.

Somos lo que vivimos (además de lo que comemos y de lo que escribimos, en nuestro caso particular de escritores). Somos lo que vivimos pero fundamentalmente, creo yo, somos la forma en la que vivimos lo que vivimos. Qué hacemos con eso.

Sinceramente, no tengo miedo, porque ya pasé varias veces por el cuello de la botella y sé que pasás o te atascás. No hay muchas variables.

La vida, en eso, es inexorable. No pasás a medias ni te atascás a medias. Las leyes son iguales para todos, porque la vida no hace distingos entre unos y otros cuando le cede el paso a la muerte.

El enemigo no se ve porque los verdaderos enemigos no se ven. Solamente se ven las consecuencias que producen. En general, son sustantivos que no tienen forma, solamente consecuencia.

¿Qué forma tiene el hambre como tal? Ninguna. Vemos sus resultados, sus manifestaciones.
¿Qué forma tiene la muerte? Ese cuerpo que queda ahí y al que velamos.
¿Qué forma tiene la guerra? La de los hombres que la hacen posible.
¿Y la peste? Hoy por hoy, la fibrosis pulmonar. Antes las variolas, las cavernas tuberculosas, las bubas que explotaban dentro de los pulmones en la Edad Media. La peste tiene todas las formas y por eso, no tiene ninguna.

Digo esto por Los cuatro jinetes. Desde qué tiempo se nombra a esas cuatro entidades como lo aterrador.

Y aquí estamos, con los cuatro presentes, galopando cada uno por donde el hombre le ha permitido hacerlo, pero presentes, como en todas las épocas en que el hombre se ha negado a escuchar lo único que debe escuchar: “ama a tu prójimo como a ti mismo”.

Dice mi nuera más joven, la que ve gente muerta (porque nosotros pertenecemos a una familia tan extraterrestre que le daríamos envidia a Alf), que somos demasiado antiguos, que somos “los antiguos”, almas que ya han aprendido la mayoría de las cosas que la Humanidad se niega a aprender y eso que ha probado por las buenas y por las malas para hacerlo y que por eso, ninguno tiene miedo. No es porque vivimos en Argentina, porque hay pocos casos, porque cumplimos la cuarentena. Es porque ya sabemos que lo que deba ser, será, haga el hombre lo que haga, porque las leyes que no son las del hombre, funcionan de esa manera.

(No se rían que el tumor temporal ya me lo sacaron, pero yo sigo igual que antes, o sea que no era el tumor. Soy yo así).

Nos reunimos sobre el final o sobre algún final de los tantos que jalonan las historias del hombre.

Siempre me pregunté por qué, después de varias experiencias fallidas, ahora tengo estas tres nueras tan pero tan afines a mí que parecemos cuatro hermanas (prometo foto) que tenemos discursos comunes, ideas comunes, cosas tan en común que algo así no puede jamás ser azaroso sino una reunión de causalidades.

También me pregunté muchas veces por qué estamos en Ultra personas tan afines más allá de la mera escritura. Por qué personas tan pero tan afines que hasta podrían ser la misma, son los administradores de este lugar. Morgana, Aira, Ángel, es como si fueran yo.

No existen las casualidades en el universo. Existe la causalidad. Todo sucede “por algo” y siempre está en el hombre entender el porqué. Pero el hombre no se esmera. Prefiere inventar patrañas conspiranoicas, echarle la culpa a oscuros laboratorios bajo tierra, a los Iluminati o al pangolín. No se hace cargo de su inquebrantable torpeza.

Pude morir muchas veces hasta hoy y de muchas maneras diferentes, así que esta es una más. Nunca tuve miedo.

Vi morir todo lo que amaba y acá estoy. Lo acepté porque a la muerte no se le opone resistencia. Se asimila al aprendizaje de la soledad y del tener que resolver ese “de ahora en más” que se une de pronto a nuestra vida. Y hacer algo con ese “de ahora en más”. Compensación: mi nieto. La vida es equilibrio.

¿Estoy en riesgo? No más que los demás que también lo están. Soy una del montón. Una más del montón.

En resumen, no me gustaría morirme en esta época porque quisiera saber que el hombre, al final de esta pandemia aprendió alguna cosa, pero estoy segura de que eso no lo verán mis ojos tampoco esta vez y que la vida, como siempre, sigue y se renueva todas las veces que sea necesario porque es algo que no se detiene.

Los hombres se detienen. La vida, no.

El amor en los tiempos del Covid

Eva Lucía Armas & John Madison

Soy esa vieja luz que intenta algo
entre la sombra que lo ocupa todo
y sin embargo, priman otros ritmos
sobre mi pulso antiguamente sabio.

Estoy acostumbrada a las historias
que no terminan bien.

A veces me aproximo hasta el ribete
de los nudos oscuros de los fosos
pero nadie me ve
o el que me ve, desvía la mirada
hacia otro fulgurar no compasivo

y se aparta de mí.

Me deja sola en la premonición del universo.

Quizás no soy fragor ni calentura
de hoguera despertada a contralumbre
pero conozco el verde como nadie
y el marrón de la tierra y sus crepúsculos
como un poco de sol que vocifera
que el canto habita siempre en las semillas.

Vuelo sola.

Quisiera compañía, pero todos se cansan de este cielo
hecho de cosas extrañamente místicas
y de verdades duramente humanas.

No he aprendido a callarme lo aprendido.

La fe me dura porque yo le exijo que dure para siempre.
Y es que conozco el rumbo
aunque me sigan pocos navegantes del mapa constelar.

Porque yo sé volar a contraviento
navego en otro mar, vivo otras olas

y te espero en silencio, por si acaso
lo que vas hablando de mí sea posible…

Si querés caminar
puedo llevarte a conocer los duendes

todavía.

Eva Lucía Armas

Anoche los arkontes llegaron a tu mundo.

Todo se ensombreció.
Llevabas armadura y cimitarra
y peleabas conmigo.
Algo me derribó. No alcancé a ver su forma,
pero te oí gritar desde la multitud:

¡Qué cierren el portal! ¡protejed al heraldo!

Y una horda de hombres tan altos como muros
cerró filas urgente sobre mí.

Me desperté llorando
y no por la premura de la muerte,
lloré por la belleza de aquel mundo y su reina.

El cielo era un festín de llamaradas.
(A Octavia siempre, solo Dios sabe en secreto)

John Madison

Alguna vez quizás, tiempo de ríos,
mi corazón atrajo tus derivas,
mi férrea vocación de acuartelada
dibujó encrucijadas en tu esquina
y con algún porqué, nuestras historias
huyeron sin que hubiera despedida.

Una vez fue que el puerto estaba lejos;
otra vez, había guerras en la orilla;
un día entre la niebla te atraparon
mejores arabesques que las mías
y paralelamente a los espejos
se reflejó total la asincronía.

Tuve que acostumbrarme a lo de siempre.

Amazona se nace con la herida
sobre el costado izquierdo, todo un símbolo
que te indica a qué gremio estás adscripta.

Imponente tu río cruza el bosque,
con sus voces galácticas y antiguas.

Acabo de llamar a mis ejércitos.
No me nombres Octavia… todavía.

Eva Lucía Armas

El mundo va a acabarse y ella quiere
llevarme a navegar, a ver los elfos.
Los peces voladores de su armario,
su cónclave de perlas en estéreo.

El mundo se nos rompe y yo contrato
Arturos y Merlines que a buen sueldo.
practiquen misas blancas y conjuros:
¡Qué surzan esa nube, hagan remiendos!

El mundo va a morirse y nunca pude
llevarla de mi brazo, mas que en sueños.


***



Siempre fui marinero, eso lo sé.
Siempre fui del salitre y de los puertos.
El precio de encarnar es entregar
la memoria a esa red que teje el tiempo.

Siempre fui marinero, no lo dudo.
Fui un hombre del parnaso, un faenero,
un buscador de ostras, mercader
polizonte, fui carne de pesqueros.
Pero si le pregunto al corazón
en qué puerto te vi, no lo recuerdo.

No recuerdo tus senos ni tu olor,
tus ritos de sudores con mi sexo.
Lo único que tengo como dato
de esas vidas pasadas en tu reino
es este abecedario, este amor,
este sansara hermoso que tu verbo
retorna a mi saliva. Etéreo aroma
a bandoneón que siembras en mi pecho.

Ya no pregunto a Dios, extraño idilio,
qué Nautilo de dos guardó en sus templos.
Yo ya no le pregunto a mi razón
por qué este jubileo, este misterio
de pasión desbocada cuando llegas
y levantas de golpe mis requiebros
y me haces desear ser un gran tipo,
ser un hombre de bien, tu Canserbero*

Ser un hombre de bien, a mí que nunca
me ha interesado el reino de los cielos.

John Madison

Yo estoy… ¿cómo se dice…? metafísica,
una espiral de paz que es todo intento,
una frecuencia azul que aturde el día
con ladridos dispares de silencio.

En la playa del mundo donde anida
toda su soledad mi Clavileño
mi Barataria ya no es una isla
y el faro no intimida al mar abierto.

Yo soy un pez cansado, un ave acuífera,
desteñido color, hoja del tiempo,
un almanaque apático sin rima.

No sé si te seduce, marinero,
internar a tu nave en la marisma
y acabar encallado entre mis sueños.

Eva Lucía Armas

Hace mucho que estoy en tu cornisa
como un concorde al que los aeropuertos
le niegan el visado. Octavia mía,
mi Octavia hoy y siempre en desafuero.
No me leves el puente todavía
que antes quiero besarte por entero
con mi streptease valiente. Octavia mía,
si estoy vivo y coleando es por tu verso.

Está escrito en mi libro, mi osadía
de aceptar la propuesta de tu reto
me salvó de la muerte por desidia.
Mi Octavia, solo Dios sabe el secreto
de esta causalidad que nos domina.

John Madison

Eva Lucía Armas – Argentina

Poemas escogidos

Imagen by Syaibatul Hamdi

Taumaturgia

El hombre se destrama mientras siente
el porqué de callar sus vendavales
y volverse llovizna
o no volverse nada más que espuma
de un aire sin orquestas.

El hombre alza el pañuelo de los besos
y lo libera al aire

mientras lo ve rodar como una piedra líquida
piensa en todas sus lágrimas
en todos sus bostezos
en sus insomnios húmedos
en sus últimas risas.

El pañuelo
se transforma en pájaro
que ríe entre las nubes
la búsqueda del sol.

El hombre, abajo,
quisiera ser pañuelo
mientras dibuja pájaros sin alas
que va guardando en jaulas de papel.

Así apaga la luz,
cierra la puerta
mientras oye volar entre sus páginas.



Animal que conversa

Ciertas cosas no están hechas para el don, decías
y abreviabas la vida de la desesperanza;
yo aprendí a combatir esa constante
y me dejé llevar por la inconstancia de la improvisación.
Agregabas aquella expresión a tus victorias
como una conquista sobre la voluntad de pertenencia
que llamabas tu sino
y te reías de él.

Siempre me pareció la tuya una irreverencia trágica
y por eso te contestaba eso de que yo
me consideraba un tanto mística
aunque intentara
también
sacarme el don de encima.

Mi rebelión te hace reír, aún.

Te hace reír con tu inclinación hacia la metafísica inclemente
donde los muertos se manifiestan
en una procesión que no termina sino en tu corazón

desangelable.



El terror de las sombras

«de pasionales sombras con voces de ventrílocuo
Oliverio Girondo
»

Hablábamos de vos,
del mineral oscuro de tu sombra.
Éramos varias voces en un claro esponjoso
donde cabía el verde
igual que una parroquia abandonada
está llena de ecos que recuerda
aunque Dios haya muerto.

Hablábamos de vos,
de tu salitre cáustico,
de las capas profundas que ignoran la curtiembre,
del descarne,
del pulso metafísico,
del reloj que olvidaste junto al brocal del pozo.

Hablábamos de vos
y de la voz del agua entre tu nombre
de viejo paredón,
de orín del hierro,
de arcilla sin esmalte

pero él no lograba descubrirte
y el resto hacía silencio.

Yo le hablaba de vos
y él me hablaba de vos.
Los dos hablábamos
como si no estuvieras entre todas las voces

como si no estuvieras siquiera en nuestras voces.

Como si no estuvieras.

El brillo en la mirada (séptima entrega) por Eva Lucía Armas & Gavrí Akhenazi

Capítulo 11

Cuerpo y alma

Por Gavrí Akhenazi


Eleuteria, al principio, se puso muy nerviosa, pero después regresó a las cocinas y lo dejó hacer sus caprichos.
Sabía que era inútil metersele en el medio, tratando de modificarle las conductas, porque Daniel se empecinaba en ellas cuanto más otros intentaban torcérselas.

Como todos se habían ido hacía tanto, Eleuteria acomodó los muebles a su gusto, para sentirse cómoda y no fantasma, habitando entre disposiciones de otros.

A él, la disposición de las cosas lo sacó de quicio y estuvo durante días y días yendo y viniendo con jarrones, estatuas y sillas, que no pudo acomodar.

Sumido en un estado de desquicio, por eso de la salida de quicio gracias al desprolijo y absurdo sistema de los objetos en los planos de sol y sombra de la casa, optó por lo más sanitario que encontró.
Sacó todo al patio y le prendió fuego.

Eleuteria, que lo vio a punto de arder el universo de su mundo con una tea, le dio un grito de alto y ofreció una solución casi ideal.

Vio que en los ojos de su niño se encendía una llama extraña, maravillosa.

Durante varios días, todos los pobres de los alrededores se estuvieron llevando las cosas de la casa, transportando aquel mobiliario costosísimo, mientras formaban sobre el horizonte y el atardecer, con tanta portación de cosas, una fantasmal caravana de emigrantes.

La casa quedó tan vacía, que cualquier cosa que habitara en ella además de sus habitantes de carne y hueso, no encontraba dónde meterse.

Eleuteria ya se había acostumbrado a los demás que pululaban tan fantasmales como ella que había sufrido la gracia de conservar los cueros sobre el ánima, por eso el bochinche que hacían al no encontrar sus cosas, no la perturbaba.

A Daniel, en cambio, las voces de las cosas lo ponían de pésimo humor.

Había conservado para sí el dormitorio cerrado.

Eleuteria tuvo que abrirle aquella habitación, porque no consiguió meterlo en otra ni con buenos oficios ni con amenazas. Luego él se mudó.

La habitación era tan austera como una celda de convento, pero se llenaba por la tarde del dulce sol oeste.

Daniel era muy parecido a ese momento. Él mismo era un crepúsculo que se reclinaba pesadamente sobre el aire encerrado, poblándolo con aromas de pasto y de limón.

Mientras pensaba, Eleuteria mojó otra vez el paño en la jofaina y lo extendió, lavando los restos sangrientos que persistían encima de la piel.
Su niño, enmudecido en brazos de un desmayo que no lo abandonaba, respiraba en un hilo. A los pies del camastro, el peón nuevo, que lo había traído hasta la casa cuando lo halló boqueando sobre el polvo, lejos de su caballo espantadizo y en un barro de sangre, esperaba alguna orden de la nana Eleuteria. Pero ella no hablaba. Se limitaba a lavar aquella herida –seguro que un cornazo– imaginando que Dios le guiaba la mano sobre el vientre tenso de su niño.

—Mucha sangre perdió —le dijo el peón nuevo a la nana, por decirle alguna cosa.
Ella lo miró apenas. Después rezó, porque no sabía hacer nada mejor que eso. Rezó y encendió velas y siguió rezando hasta que todas las velas se apagaron.

Así, durante varios días.

El peón nuevo la acompañó como un perro durante todo el tiempo. Fiel como un perro. Callado. Guardián. Veló de noche y de día ante la puerta, combatiendo fantasmas y atendiendo preguntas de los otros peones que intentaban saber qué hacer, ya que el señor no estaba en persona para ordenar el mundo.

Pero el señor no estaba. Se debatía en una rara atmósfera entre fiebre y quebranto, como un reo condenado a muerte al que todos los días le suspenden sentencia y ya no sabe cuál será su último. Había perdido tanta sangre –seguro que por el cornazo– que no resucitaba. A la vida, lo sujetaba un hilo estertoroso de respiración como de fragua, porque así son las fiebres.

Eleuteria quiso saber que había pasado.
Fue un cornazo, seguro, pero no supo más que lo supuesto.

Por las dudas quemó en el mismo hogar del dormitorio las ropas entintadas con la sangre del niño –porque para ella era y sería el niño Daniel– mientras los dientes del frío masticaban los gruesos postigones.

Para ella fue una larga semana, en que se acosumbró a ver llegar la muerte y pararse ante el umbral de la puerta, donde el peón nuevo le echaba unas palabras. Qué le decía, Eleuteria no alcanzaba a oír, pero la muerte hacía un gesto suave y se iba a otra parte.

Los Irala, por lo menos los de la rara rama de Juan Luis, tenían esas cosas de los aparecidos y las voces. Nunca quiso aceptar la nana que Daniel tuviera aquellas partes, aunque siempre lo supo.

Después de muchos días, Daniel abrió los ojos, mucho más negros y más grandes, porque con la fiebre y la hemorragia, la piel le forraba la calavera como una especie de guante magro que destacaba grotescamente las desproporciones entre rasgos.

Eleuteria se apresuró a ofrecerle leche tibia, pero él estaba desconcertado.

—¿Qué me pasó, nana? —preguntó, atónito frente al estado de calamidad en que se despertaba y reconocía.
La nana le explicó lo poco que sabía, intentando a la vez alimentarlo con la leche con miel.

-—Tu peón sí sabe, pero no quiere contarme nada a mí. Alguna cosa mala habrás hecho y por eso… —dijo la nana, señalando la puerta.
—Quiero darle las gracias —dijo Daniel—. Llámalo, nana.

Eleuteria descubrió que en tantos días de compartir el hilo de la vida, nunca le había preguntado al peón desgarbado su nombre.

Como Daniel insistió en que quería agradecerle el salvataje –fue un cornazo, nana, fue un cornazo– ella llamó.

Eustaquio Ocaña giró suavemente la cabeza y saludó a Irala desde lejos.


Capítulo 12

Los secretos ocultos

Por Eva Lucía Armas

Mi madre había encontrado por la mañana el relicario. Muy descuidada yo, había abandonado el trofeo sobre la mesita de junto a mi cama, cuando debí habérmelo colgado del cuello y mantenerlo así a resguardo de todos los ojos indiscretos. Ahora, ella lo sostenía entre sus dedos, a la luz difusa de los ventanales, absorta, contemplándolo como si fuese a ella a la que se le hubiera extraviado la joya.

Era un relicario muy antiguo, de oro, labrado en filigranas maravillosas. Una miniatura costosísima, que el clandestino quizás había recibido de manos de doña Matricia, como prueba de su amor o que se había robado del cuello de ella. Dentro, no tenía ninguna imagen. Sus dos tapas se hallaban vacías o sea que lo que estaba destinado a guardar, no estaba guardado. Lo que me daba a pensar que era más probable el robo que el recuerdo.

Mi madre, sin embargo, parecía pensar otra cosa.

Sus dedos acariciaban los repujados del oro de la tapa como si estuviera leyendo algún mensaje secreto solamente destinado a ella. Los acariciaba y miraba la distancia de los campos hacia el horizonte de pájaros y vacas. No quise interrumpirla así que pasé de puntillas hacia la puerta de salida pero ella, con el oído de un ciervo, me llamó a su lado. Me acerqué, mientras el relicario pendía de la mano de mi madre, recibiendo la luz del sol de la siesta.

—Lo encontré en la enredadera de los Ibarguren… No vaya usted a pensar que lo tomé de otro sitio —me excusé.
-—¿¡Dónde lo hallaste!? —se asombró ella— Oh… Dios mío…entonces…

No dijo más. Ocultó su dolor en un silencio obligado, llevándose mano y relicario hasta los labios como para sellarlos.

—No sabía que era suyo, mamá —murmuré, sin saber qué decir ni qué pensar.
—Lo extravié hace demasiados años… —me dijo ella— Alguien lo robó. Ahora sé quién fue. Tantos años… y se lo habían quitado…

Con un ademán, lo colgó de mi cuello.

Hablaba consigo misma y no conmigo. Reflexionaba sobre los supuestos de su vida, pero no quería la joya. «Prefiero que lo tengas tú…» me dijo sencillamente «Tú lo recuperaste».

Si con recuperarlo se refería a habérmelo traído de la casa de los Ibarguren, ella también había traído cosas de allí. Se había traído a Lumilla, que con la muerte de su ama había quedado desempleada y le había rogado, llorándole por detrás, que no la abandonara a la indigencia. Mi madre, de corazón vulnerable, se hizo cargo de la tragedia de la pobre.

Lumilla era joven y chispeante. Tenía un carácter más saludable que Magnolia, porque no andaba de rezos y admoniciones todo el día. Además, sabía a detalle el romance de su señora lo que la volvía de contar suculento para los ávidos oídos del resto de la servidumbre. Como yo andaba siempre de mezclada entre ellos, aproveché para aprender las cosas que Lumilla contaba y que yo no alcanzaba a imaginar en mis viajes hacia el infinito.

Fue durante el pelado de las papas, que, acosada por Berenice y Camila, Lumilla se puso a narrar la última noche, mientras yo, desde mi rincón de quitarle la vaina a las habas, conseguía estirar mis oídos hasta sus secretos.

Al cabo le dije: «Habla más fuerte que me interesa…» y ella, seguramente por miedo a ser corrida de su nuevo hogar si me desobedecía, comenzó en voz alta su relato.

Todas queríamos saber cómo era el galán en cuestión. Pero la descripción no variaba. Moreno, fuerte, lo de siempre. La casa siempre estaba muy oscura como para que se viera bien o nadie quería ver demasiado y se contentaban con adivinar. ¡Con la falta que me hacían a mis los detalles para entender como se hacían de verdad las cosas!

«A la señora le gustaba que la vieran hacerlo… por eso dejaba la puerta abierta o lo hacían por cualquier lado…» nos contaba Lumilla sin distraer su movimiento de pelar las papas «Chillaba como gata encelada la señora…»
La voz de Lumilla me transportaba a mis propias fantasías. Pobre doña Matricia, si tenía un infierno tan caliente como el mío, por supuesto que necesitaba que alguien se lo enfriara con urgencia. Yo sólo pensaba en Daniel. Ningún hombre me producía lo que él me producía de solamente verlo, de solamente pensarlo. Soñaba en las noches sueños indecentes que me agotaban y me levantaba con un humor pésimo a la mañana. Estaba ansiosa, desasosegada y ya viajar al infinito en mi propia fantasía no me resultaba suficiente. Quería su boca. Quería sus manos. Quería su fuerte olor cálido.

La última noche de doña Matricia fue en la capillita que tenía en su casa. La había mandado construir cuando todavía su amor estaba consagrado a los santos y lo único que le importaba era ser santa a pesar de don Ferdinando. Pero esa noche , no se salvó ni el reclinatorio.

Contaba Lumilla con tantos detalles que a mí me resultaba hasta difícil ubicar los sitios, como el amante, un salvaje de aquellos, hacía aullar a su señora mientras se le metía por detrás y la sacudía como un saco vacío a la vista de todos los santos, mientras ella, su señora, se metía por delante un crucifijo chillando como una chancha, de parados, en el reclinatorio y que sé yo qué más, porque la geografía anatómica se me extraviaba con tanto que jadeaban y gemían los amantes y exclamaban las sirvientas.

«Al menos se murió contenta» comenté al fin, mientras Berenice se servía agua y Camila se apantallaba los calores con ambas manos.

Lumilla era la mejor narradora de relatos que yo había escuchado en mi vida. Nos había transportado hasta tal extremo, que todas habíamos llegado a ser parte de la locura amorosa de doña Matricia como si la hubiéramos visto protagonizándola.

Las habas estaban todas por el suelo. Las papas habían ido a la olla a medio pelarse. El maíz hacía olor a requemado sobre el fuego. Y nosotras cuatro nos mirábamos como que debíamos cada una ir corriendo a buscarnos un cubo de agua fría en el que meternos hasta el cuello.

Josefina irrumpió en nuestra complicidad, haciéndonos notar que todos aspiraban a cenar en la casa.

—Además, tenemos visita, Luisi. Estás al comando de la cena. No haga pasar un papelón a la familia con tus extravagancias culinarias esta vez —dijo y se fue.
—Esta doña se parece a mi doña Matricia…—nos comentó Lumilla— Era así de mandona ella. Todo estaba siempre mal, hasta lo que una hacía siempre bien.

Lo de la visita ya lo sabía. Siempre los novios de mis hermanas, (porque ambos estaban de visita ese día y por eso yo había quedado confinada a la cocina), eran gentilmente convidados a compartir la mesa por mi padre, que insistía en apurar los trámites del casamiento de Josefina, como si su insistencia fuera capaz de adelantar la fecha ya fijada para el principio del invierno.

No sé qué temía tanto mi padre. Si hubiese podido, además de adelantar la fecha también hubiera cosido el vestido más rápido que la tía Felicitas, por más que el pobre Faustino fuera un idiota incapaz de meterle una mano a Josefina ni el día de su boda.

Quizás quería sacársela de encima, para tener un mal carácter menos que aguantar. Pero le hacía deferencias especiales a Faustino, para que el tipo no fuera a arrepentirse y soltar a mi hermana antes de subirla al barco.

Félix, en cambio, se veía tan enamorado y tan apurado, que no necesitaba empujón de nadie. Lo que necesitaba era una buena esclusa que le contuviera tanto torrente amoroso como le profesaba a Cayetana.

—Cuéntanos más… —le dije a Lumilla, mientras por el suelo iba recogiendo habas que meter en la fuente y las otras pelaban bien las papas. Luego le dije a Berenice que se fuera hasta el salón de recibir para ver si estaba solamente Faustino o si Félix también se quedaba al convite. Para el imbécil que se peinaba como si lo hubiese lamido una vaca y que nunca decía que no a las invitaciones de mi padre, yo no preparaba manjares extravagantes. Para mi hermana Cayetana, yo preparaba manjares fabulosos, que hubieran agasajado el paladar de un maharajá, solo para que Félix se sintiera bien apreciado en la familia.

Berenice volvió al rato.
—Hay otro más, niña —me dijo con descuido.

Yo odiaba las visitas.
Con mis futuros cuñados ya tenía confianza, pero con los invitados tenía que comportarme como una damita. Vestirme bien, hablar con recato, lucir con modales y sonreír como lela estúpida. Además, tenía que callarme la boca y no opinar de nada. Estar sentada allí en la mesa, haciendo de figurita.

«Maldición… maldición… maldición…» me enfurecí con el papel y mandé a Berenice a averiguar quién era el inoportuno que desguasaba mi tranquilidad. ¡Y yo que pretendía quedarme toda la noche en las cocinas, oyendo los relatos de Lumilla!

Berenice regresó enseguida.

—No sé quién es… No lo conozco —me dijo.

Había ajusticiado un pavo en el interín de sus idas y venidas, así que alguien había elegido por mí el menú. Lo estampó en medio de la mesa. Camila se apresuró a meterlo en el agua caliente y comenzó el festival de las plumas. Mi madre apareció un rato después. No porque dudara de mi papel como jefa de cocina, sino para permitirme acicalarme.

—Ve a ponerte bonita —me ordenó, sonriente.
—Mamá, no estoy de buen ánimo… Si quisiera usted excusarme, prefiero hoy comer en las cocinas —no agregué «y escuchar los relatos de Lumilla», porque mi madre hubiese dicho que no.
Igualmente dijo que no.
—Ve… Luisina —repitió muy seria ahora e insistió—. Ponte bonita.

Le dije a Lumilla que me acompañara para asistirme. Como no tenía aún un lugar fijo en la casa, ella me siguió. Y nos acomodamos en la habitación, intentado encontrar un vestido acorde, un peinado acorde, un perfume acorde. Ella echaba ropa sobre la cama y yo le advertía «No que es de Bernardina… No que es de Cayetana… Esa no me gusta». Al cabo le pregunté si doña Matricia se desnudaba cuando estaba con su amante.

Lumilla me dijo que sí. Me dijo que él le arrancaba toda la ropa porque le gustaba ella desnuda y que ella lo desnudaba a él también.
Le pregunté que era eso de por detrás y por delante y ella me explicó muy sabihonda de esos temas que por detrás es para no tener niños y por delante es para tenerlos porque «salen por el mismo lugar por donde te los meten». Y yo repetí «Ah… ah…» Y ella me explicó que doña Matricia tenía terror a quedarse preñada, aunque se veía bien que le hacía buena falta una cría. Pero que, me imaginara yo, si la doña se quedaba preñada del moreno, como iba a hacer para explicarle a don Ferdinando que no creía en el Espíritu Santo, que la había embarazado un crucifijo. Aunque no fuera a creer yo que el moreno no se la montaba también hasta hacerla gritar.

Acabó explicándome que las mujeres tenemos muchos orificios para que el varón sea nuestro dueño. Así me explicó que doña Matricia se volvía muy promesante, de rodillas delante del moreno. Le pregunté qué cosa era esa de promesante y como mi madre me llamaba a gritos, decidió que me le explicaría en la próxima ocasión y que «mejor se pone bonita… porque de seguro que le han hallado pretendiente allá abajo».

—La boca se te haga a un lado, Lumilla —le grité.

Lo que me faltaba es que mi padre se pusiera a disponer sobre mi vida, como si yo fuese una sobra en la suya.
Lumilla me dijo que a veces las cosas no son tan terribles como parecen y que debía darle una oportunidad al destino.

La cuestión es que llegué al salón, cuando ya todos estaban sentados y Magnolia comenzaba el servicio alrededor de la mesa.

El invitado era Daniel Irala.

Parecía que lo había arrasado un desastre natural. Estaba pálido, demolido, más delgado que la última vez y su colorcito sabroso de aceituna había desteñido hacia un verde amarillento, propio de un tifoso.
Lo único que no desteñía en Daniel era la oscuridad tersa de su mirada negra. Me sorprendió tanto verlo casi deplorable, que sin saludarlo le pregunté: «¿Y el sarcófago?». Me corregí al instante.

—Perdón… es que lo veo a usted tan… desmejorado…

Mi padre se encargó de explicarme sin dejar que Daniel se explicara, que un toro le había dado una cornada «aquí», (mi padre se señaló el vientre, por debajo de las costillas y antes del cinturón), «cuestión que es de mucho sangrar».

—Pero ya estoy mejor… —acotó el Irala, porque si algo no le ha gustado nunca, es que hablen por él.
—Se ve… —murmuré yo y ocupé mi sitio que algún malhadado había situado justo frente al de Daniel. Por supuesto, Josefina me reprendió hablándome sobre mi poca disciplina, mi falta de urbanidad y mi mal aprendizaje de la buena educación que mis padres trataron de inculcarme. Para ser urbana, cortés y disciplinada le pregunté a Daniel cuando había sido el episodio en cuestión.
—El martes —me respondió Irala. Sus ojos negros, ardientes y serenísimos, se me metieron dentro como el día de la misa.
—No fue un día muy afortunado el martes —dije, haciendo referencia a la muerte de don Ferdinando y su mujer, la santa.

La tía Felicitas lo llevó por el lado de la luna. Según su versión de la desgracia, la luna había influido sobre todos los que se desdicharon el martes. Y agregó: Ni te cases ni te embarques. Y pasó a narrarle a Daniel el fin de los Ibarguren.

Todos, incluyéndome, estaban interesadísimos en Irala. Al fin, el hombre lobo había abandonado la madriguera para dejarse ver y tratar y eso no podía desaprovecharse con silencios en la mesa. Entre la tía Felicitas y mis hermanas, lo atiborraban de preguntas a las que mi padre imponía un cierto coto de modo que Daniel pudiera llevarse un bocado a los labios y no tener que estar toda la cena explicándoles a ellas las estupideces que le preguntaban.

La tía Felicitas le salió enseguida conque «si no supiera que está muerto el difunto, diría que usted es Juan Luis Irala».

Mi madre la amonestó con los ojos. Con los mismos ojos que no le quitaba de encima a Daniel, buscándole alguna cosa que solamente ella conociera y que perteneciera en realidad al otro.

Yo, hacía lo propio. Le miraba las manos, huesudas y secas, heridas por el duro trabajo rural. Le miraba los labios, el mentón, el cuello, las orejas. Los ojos los evitaba porque él se apoderaba de mi mirada al instante como un ave de presa.

Durante la conversación, me enteré que Daniel había rescatado la famosa hipoteca de mi padre y que aquella actitud de presentarse a negociarla, como quién le echa una soga a un ahogado, había fascinado la buena disposición natural que mi padre le profesaba a la gente honrada. Por eso, el Irala estaba sentado ahí, como invitado de honor y mi padre no terminaba nunca de agradecerle aquella oportunidad de recobrarse monetariamente sin perder su patrimonio endeudado por culpa de los Mirándola y su tenebroso banco.

Faustino le habló sobre su caballo. Era un padrillo gris, bellísimo, nervioso y salvaje. Nunca había entendido yo cómo Daniel lo dominaba. Cómo conseguía que esa bestia furiosa se amansara en sus manos y le hiciera los gustos. El caballo era un verdadero demonio, al que no hubiera podido resistir ningún jinete. Al parecer, había sido presa codiciada para varios cazadores, pero ninguno había tenido certidumbre en el lazo, según narraba Faustino que agregó a su disquisición, en un tono casi sentencioso como si velara una amenaza «Es un caballo que no pasa desapercibido, señor Irala…»
Daniel lo había bautizado Fantasma.

Mi padre le dijo entonces algo como que a mí me gustaban mucho los caballos y tenía gran manejo de ellos y que lamentaba mucho que yo no fuera varón, porque así podría delegar muchísimos asuntos para que yo los resolviera, dada mi capacidad, pero «lamentablemente era mujer».
Daniel lo escuchaba atentamente , pero estaba pensando en otra cosa. Conocía yo bien su facilidad para distraerse cuando la conversación no le interesaba.

Como ya íbamos hacia el café, le dije a mi padre si me permitía ver el tan ponderado caballo del señor Irala y agregué «Me acompaña usted, por supuesto, Daniel…»

Cayetana y Félix se vinieron con nosotros hasta la cuadra, pero se quedaron a mitad del recorrido, entre los árboles. No le creí a Cayetana que ella y Félix no se dieran los besos del matrimonio como había querido hacerme creer. Para que querrían atrincherarse allí en lo oscuro, si no para hacer cosas que la luz no permitía.

Daniel, como si tal cosa, me pasó su brazo fuerte por encima de los hombros y me pegó a su cuerpo, para que camináramos abrazados. No era cuestión de estar peleándome con él, después de haberlo extrañado a rabiar, así que le aferré la cintura con mis dos brazos, fuertemente.

—Ayyy… me duele… —gimió— Es verdad lo que te dije de la herida.

Me reí, desprendiéndome del abrazo para abrir el gran portón de la cuadra.
El potro estaba allí.

—Si lo quieres, es tuyo —me dijo Irala.

Deslumbrada y avariciosa, acaricié su morro plateado y sus crines de luna. Era un dibujo de mis fantasías hecho realidad.
Daniel, detenido detrás de mí, me observaba. Consideraba cumplida la etapa de las paces y seguramente ya pergeñaba como continuar adelante, por encima del cadáver de todas sus amantes. Ya, con regalarme el caballo, bastaba para halagar mi vanidad femenina y que, resarcida ya de sus faltas, pudiéramos regresar a andar juntos. Luego, si tenía otro desliz, ya vería la forma de arreglarlo también, porque para los hombres, las flores y las joyas zurcen los corazones. Este se la había jugado por algo más que un ramo de flores. Había apelado a algo que sabía que yo no podía resistir.

Lo miré al fin, con los ojos temblando de agradecimiento.

—¿Qué quieres a cambio? —gestioné.
—Una sonrisa… —me respondió— ¿Sigues tan enojada?.. Te ves más bonita, tan enojada.
—Acaba Irala… qué tu y yo nos conocemos bien… Y tu no das puntada que no lleve hilo… Dime que quieres y abreviamos.
—¿Qué cosa te ha hecho enojar tanto? —me preguntó directamente.
Le expliqué brevemente su romance con la hija del banquero.
—¡Qué cabecita más loca tienes! —exclamó riéndose— ¡Estás celosa, Luisina! ¡Estás celosa de ese papagayo chillador! ¿En qué puede aventajarte? .. En las estupideces que habla, solamente…

Me tomó entre sus brazos y me apretó contra él. Sus manos me revolvieron el cabello, corriendo por el contorno de mi rostro hacia mi nuca, hasta alzar mi boca hacia sus labios que se entreabrieron como a mí me gustaba, listos a envolver los míos en esos besos que me quitaban el buen tino.

El «Luisi… Luisi…» de Cayetana nos obligó a soltarnos como repelidos. Me dediqué a estudiar las formas del potro que Daniel me había obsequiado, mientras él se recostaba contra un puntal, muy pendenciero, sosteniendo el candil, mientras mi hermana y Félix hacían su irrupción en la escena, seguidos de Josefina y Faustino.

Nosotros los miramos con fastidio.

El Fantasma, fue el centro de atención del novio de Josefina.

Se dirigió directamente a donde el mozo de cuadra lo había dejado y se puso a observarlo, como si supiera mucho de todo.

Los ojos de Daniel se le fueron detrás, sin que él se moviera un centímetro. No alteró en nada su posición reclinada ni varió el ángulo con que sostenía el candil para que yo estudiara al potro ni bajó la pierna que había recogido para apoyarse en el puntal, pero el relampagueo en lo profundo de sus tormentas negras me alertó de que la actitud de Faustino lo preocupaba.

—No te vaya a patear… —le dije a mi cuñado— Yo que tú ni me le acerco.
—No hay muchos caballos como este… De hecho, es un pelaje poco común en la zona… —murmuró Faustino. Su voz no me sonó bien en los oídos—. Qué casualidad que sea el suyo…

Daniel no cayó en la obviedad de preguntar ¿por qué?

Hizo como que no escuchaba y reclinó sus ojos encima de mí, que había dejado su regalo para acercarme. Entendí que si él no preguntaba, yo tampoco debía hacerlo.

—Nos vamos… antes de que papá venga con la escopeta a buscarnos—sugirió Cayetana.

Salimos los seis. Ellos adelante y Daniel y yo los últimos, para cerrar la cuadra.

Él, por supuesto, me puso su brazo encima, porque ya me consideraba de su propiedad. En realidad, fue para retrasarnos un poco y distanciarnos de mis hermanas.

—No le hagas caso a Faustino… Está celoso porque siempre él fue el consentido de mi padre y esta noche, lo ha sido tú —le dije, reclinándome en su pecho para escuchar su corazón— Le caes bien a mi papá. El no es tan amable con los desconocidos.

—Tu padre es un buen hombre —me respondió Daniel.

El brillo en la mirada (sexta entrega) Por Eva Lucía Armas & Gavrí Akhenazi

Capítulo 9

Histeria colectiva

Por Gavrí Akhenazi

Imagen by Stefan Keller


La nombraban «Oculta».

Porque no tenía alma, según se decía, le resultaba fácil comunicarse con los espíritus de todo tipo, buenos y malos, sin correr peligro de fallar en sus trabajos. No cedía a ninguna de las dos tentaciones y por eso sus conjuros eran los más efectivos de la zona.

Hasta el cura había ido a consultarla una vez, tantísimos años antes, para que lo asesorara sobre como combatir al Demonio, porque sus artes sacras no le daban el resultado esperado en la batalla. Y el Demonio aquel se le estaba empezando a transformar en ángel, con la ayuda de la superchería de la gente. Y lo demonizaba a él, quitándole los menesteres de Dios, como eso de la ayuda, el amor al prójimo, el pronto consuelo y algún que otro milagro inoportuno.

La Oculta lo había mirado con sus raros ojos de lechuza y le había contestado simplemente : «Porque Juan Luis Irala no es un diablo, Monseñor».

Con este nuevo Irala, la bruja no estaba tan segura . Así que miró a Monseñor, de nuevo ahí con la misma cantinela, con un gesto que develaba su estado de duda.

-—¿O sea que es un demonio? —preguntó el cura.
—No lo aseguraría —replicó La Oculta— Le tiene a Monseñor muy alborotada la grey… —se burló después, acariciando el aire— Y todo lo que vendrá, que Monseñor ni espera.

—¿Algo que me puedas decir?

Ella arrojó sus runas sobre el polvo, dentro del círculo mágico y cantó un canto de esos del Demonio. Mientras lo hacía, observó que el cura no se persignaba ni aferraba el crucifijo, así que pensó que entre demonios todos se entienden y Dios sobra en estas cuestiones tan prácticas.

—Uno por uno…ninguno —murmuró La Oculta, más alegre que tétrica, mientras su boca mostraba la lengua filante, recorriendo los labios como si se saboreara con la agorería.

Por el pueblo, los rumores corrían hacia abajo y hacia arriba como un reguero de pólvora, que iba quemando cosas sin detenerse.
De Irala, entre lo que se inventaba y lo que él mismo impedía que se inventara porque lo hacía explícitamente, cualquier cura en su sano oficio habría dicho que le tocaba el Diablo por vecino. Más aún, con las cosas que tenía que escuchar en el confesionario, de las atribuladas damas a las que «el íncubo» les ponía sus ojos.

Pero eso no lo preocupaba tanto. Con alguna cosa tenía que matizar tanta confesión meliflua. Lo que verdaderamente le preocupaba eran las astucias negociadoras de Irala, cuya influencia sobre Fausto Mirándola se hacía cada vez más perjudicialmente notable.

—Por supuesto que si pone en mi mesa un pago en efectivo que ninguno de ustedes es capaz de epatar, voy a venderle a él hasta mi alma —se había excusado, cuando le reclamaron en el cónclave de los poderosos, la liviandad con que había soltado la hipoteca de Huberto de León.

Enseguida se defendió diciendo que todos le habían dado vueltas para comprarla, y que como Huberto no la pagaba en término y siempre venía con temas de prórroga, él no tuvo más remedio que ejecutarla si quería resarcirse. Entonces, oportunamente, llegó Irala y le acomodó el precio completo, comprándola para sí, porque según le dijo, los campos eran colindantes y él tenía toda la intención de agrandar su propiedad hacia los ojos de agua que Huberto poseía.

Le pareció a don Fausto por demás de razonable la actitud de Irala y ya que, veladamente, le había ofrecido la venta, no rechazó la compra que el otro le esparcía encima de su escritorio.

También veía con buenos ojos el poder acomodar a la mayor de sus hijas a la masculina tentación de Irala, porque se le estaba pasando la edad del compromiso y estaba entrando en la de los santos.

El tipo demostraba aunque no demasiado interés, casi el necesario como para llevarse el premio, porque al fin y al cabo, tendría una mujer para atenderlo y llevarle la casa adelante, que Eleuteria no le iba a durar para siempre con lo vieja que era ya. Entonces, qué mejor que asegurarse una mujer con un apellido y un futuro pecuniario de considerables proporciones. Tanto como el que don Fausto Mirándola se aseguraba, consiguiéndose al Irala como yerno.

—Divide y reinarás —murmuró el cura, mientras La Oculta sonreía.
—No Monseñor. El mensaje no es ese —murmuró la voz húmeda de la bruja, mientras ella se mojaba los labios otra vez con la lengua.
—Tendremos que repetir lo de Juan Luis. Malditos todos estos malditos Iralas. No se cansan nunca. A éste no me lo esperaba. Pensé que Francisco había dado buena cuenta de él, tal como le aconsejé.

La bruja echó de nuevo las runas sobre el suelo dentro del círculo.

—Yo no lo intentaría de ser usted, Monseñor —murmuró, señalando las piedras con los dedos.


Capítulo 10

Historia sobre historias cruzadas

Por Eva Lucía Armas

Otoño by Kushen Rustamov

Cuando llegó la noticia de la muerte de don Ferdinando Ibarguren y de su esposa, la beata Matricia, no pude menos que recordar la muerte de Eustaquio Ocaña. Y me corrió un escalofrío.

En mi casa estaban alarmados por lo sucedido y hablaban en voz baja sobre qué cosa pudo llevar a don Ferdinando a vaciar una pistola en su mujer y luego «volarse la tapa de los sesos» según decía mi padre.

A la tía Felicitas, que seguía cosiendo el vestido de Josefina, la preocupaba el hecho de que el párroco no iba a querer enterrar al muerto en el campo santo, por haberse quitado la vida, cosa que solamente puede hacer Dios y «habrá que cavarle una tumba por ahí».

Una tumba por ahí, como la que le cavó Irala a Eustaquio.

Ahora, don Ferdinando estaba tan muerto como Eustaquio y doña Matricia como la mujer de Eustaquio.

Mi madre dijo enseguida que ella no iba a ir al velorio, porque ni velorio se merecía don Ferdinando. «Era muy mala gente» agregó, pese a la mirada de reconvención de mi padre, antes de irse del salón.

La tía Felicitas, que había dejado el vestido de Josefina, volvió a decir lo de «la tumba por ahí» y agregó, cuando se fue mi padre a vestirse los negros «Y si el cura supiera… tampoco la haría enterrar a ella…»

La exclamación de «¡¿supiera qué?!» , acorraló a la tía contra un sillón, mientras mis hermanas y yo avanzábamos sobre ella que siempre sabía algo más que nadie más sabía.

Habrá sido que doña Matricia se lo contó entre jaculatorias, porque le pareció más confiable confesarse con Felicitas que con el cura mismo o porque mi tía en realidad tenía el don de la adivinación. Se excusó diciendo que no eran cosas que niñas decentes debieran saber. Pero contar chismes era su eterna debilidad, así que con un poco de presión por parte de Bernardina, cuyo único interés fue siempre agregar más capítulos a novelas de amor complicadísimas, soltó la lengua.

Nos acomodamos veloces a su alrededor en los sillones.

—Además… lo sabe todo el pueblo —dijo la tía, como si aquello sirviera de excusa a la infidencia que estaba por cometer y que, al ser voz popular los sucesos, era lo mismo que fueran la voz de Dios— Matricia… tan discreta, tan severa y tan santa como se la veía… tenía un amante… —aseguró, en voz baja, mientras todas arrimábamos la cabeza como confabulando.

Hubo exclamaciones sofocadas. Y la tía se despachó con tantos detalles, que no pareció la tía. Se olvidó, en su afán por relatarnos todos los pormenores que la misma Matricia le había relatado, de que ella era la custodia del recato y nosotras, sus sobrinas.

La relación de la señora Matricia, fue de una fogosidad descomunal y de una desvergüenza inapelable y en el relato de la tía, pareció aún más arrebatada y loca.

Conocía tantos detalles de la intimidad de doña Matricia y su amante, que nos asombró que no supiera el nombre de él. Fue un secreto que la beata no le reveló. El único que estaba ajeno a la cuestión era don Ferdinando, porque la relación era cosa pública para los criados de la casa que no dudaron en desparramarla entre otros criados, de modo que todas las orejas, menos la del marido, escucharon un poco de las cosas que le hacía el amante a la beata y que según mi tía «sólo se les pueden contar a las casadas, aunque ni los casados hacen todas esas porquerías…» ¡Cómo si la tía Felicitas supiera!

Mientras la tía hablaba, yo pensaba en como Daniel separaba los labios para besarme, como inclinaba sus ojos, como sus manos se afirmaban gravitando sobre mis senos, como se pegaba su cadera a la mía y su pecho a mi pecho y su aliento a mi aliento.

No quería buscarlo. No quería andarle detrás ni hacer que no había dicho lo de Genara, aunque la tía Felicitas se había encargado de confirmarme que no era cierto que Irala estuviera pretendiendo a la hija de don Fausto y de dónde había sacado yo semejante cuento. «Todavía dijeras de las demás, pero no con Genara», había agregado, para ponerme contenta.

De cualquier manera, me martillaba en el tímpano eso de «mis hembras» y no me dejaba en paz. Martillaba más eso que lo mucho que yo le importaba. Cuestión de inexperiencia, supongo, para manejar sentimientos tan contundentes.

Bernardina quería saber cómo era el hombre en cuestión. No fuera que se le hubiera pasado el príncipe azul para enredarse con Matricia. O quizás, para comparar como eran los príncipes azules de otras y no ser tan exigente con el suyo.

La tía Felicitas le hizo un buen retrato. Podría haber sido cualquier mozo de cuadra de los tantos que había. La cuestión es que éste tenía dotes particulares que habían arrastrado a la beata a la perdición y ahora estaba bien muerta.

Nos fuimos al velorio, por esa cuestión de los compadres. Mi madre, por obediente o cediendo a la rogativa de mi padre para el que los velorios son un tedio infernal en el que no le gusta estar solo, vino con nosotros.

De Matricia y su amante, era de lo único que se hablaba en el corrillo.

—Ves, Milagros, por qué es mejor vivir lejos del pueblo —dijo mi padre a mi madre. Todos intentaban contarle los mil y un detalles.

Genara estaba también entre el tumulto del último adiós. Era la última persona que yo deseaba ver, pero era una de las que más detalles sabían sobre lo sucedido. No en vano viven jardín por medio y ella se la pasa con la nariz en la ventana, ya que no tiene otra cosa para ocuparse.

Salimos al patio, donde no hubiera ese olor a flores descompuestas y donde no se oyera el coro de las viejas de negro que lloriqueaban junto a los dos ataúdes de lujo y sus mortajas de seda y puntilla.

Ni Eustaquio ni su mujer habían tenido lágrimas por ellos. A Paula, Eustaquio la enterró solo. Para Daniel, enterrar a Eustaquio fue una diligencia. Sí, lo puso mal enterrar al niño.

Estuvo callado mucho tiempo junto a la tumba, con los ojos fijos en la cruz que Eleuteria le había hecho con dos maderitas. Le habían puesto de nombre Nazario pero no alcanzaron ni a nombrarlo. Tampoco tuvo lágrimas. Daniel no llora. Y Eleuteria llora mucho, así que lágrimas particulares para Nazario, no sé si hubo.

En cambio, alrededor de los féretros de los Ibarguren, todos vertían sus lagrimones de cocodrilo y ponderaban su paso por la vida, como si nadie supiera cual era la calaña de don Ferdinando y ahora, hubiera salido a la luz también la de su mujer.

Genara se sentó en el borde de la fuente que estaba en medio de los patios. Yo quedé de pie, con el viento del otoño en el cabello.

Me dijo que don Ferdinando estuvo espiando todo el tiempo lo que hacían doña Matricia y el amante. Que los gritos de placer de ella se escuchaban «hasta mi casa». Que a veces lo hacían «aquí mismo, en los patios, a la vista de todos… aquí, sobre la fuente… desnudos ¡te imaginas!…como si fueran gatos…»

Yo no me lo imaginaba.

-—¿Tú los viste? —pregunté al fin, suponiendo que eso la autorizaba a ella a contarme más cosas y no abandonar todo a que me lo imaginara. Me dijo que por culpa de las tapias no se puede ver, porque están las enredaderas grandes «y si me trepaba, me enganchaba el vestido», pero se podía oír.

«Fue para los fines del verano que empezaron…» Y agregó que el amante no era del pueblo, que debe ser un empleado de alguno «de ustedes« o sea de los campos, porque no era fino de hablar, sino que tenía modismos bruscos, como los cerriles. Luego dijo que estaban todavía juntos cuando entró don Ferdinando y que él se alcanzó a escapar, saltando por los techos hacia lo de don Fausto. “Todavía hay gotas de sangre en el pasto de los jardines de atrás» me dijo Genara, con lo que inferí que había recibido un balazo el amante también y que si no habían hallado al muerto tirado por ahí, no demorarían en hacerlo.
«Luego de los disparos… yo escuché el caballo que salía al galope» terminó de narrar Genara.

Le pregunté como andaba su asunto con Irala.

Evidentemente no quería hablar mucho de eso, porque se levantó de la fuente y se puso a caminar hacia el final del patio, donde estaba el tronco de la enredadera. «¡Mira… Luisi… hay sangre aquí!» me llamó.

Yo me acerqué a donde Genara señalaba. Efectivamente, había sangre seca sobre las lozas, en el tronco y patinando la tapia. La herida del amante era una buena herida también por la cantidad de sangre derramada en la huída.

—Supongo que se lo tiene merecido —dijo Cayetana, por detrás de nosotras, que mirábamos los restos del romance.

—El que se lo tiene merecido es don Ferdinando —dije yo a mi vez.

—A eso me refiero… —corroboró Cayetana y luego hizo un gesto de asco señalando la sangre— Le tocó en carne propia todo lo que le hizo a otros. Lo peor para él debe haber sido la humillación pública de ser el último en enterarse. No lo soportó, por eso se disparó.

—¿Tú crees? —pregunté.

—A él lo ponía poderoso el temor que nos metía a todos. Por una cosa o por otra, todos sabían que no había que enfrentarse a don Ferdinando, si no querías acabar muy mal. Una persona con tanto poder, burlada en su propia cama, en su propio dormitorio, por su propia mujer… con un mozo de cuadra… No hay orgullo que resista —comentó Genara.

—¡Qué arriesgado el amante, también! —exclamé yo— Si lo llegaba a pescar vivo… acabaría hecho carne molida ¿no creen? Yo hubiera esperado para pillarlo y luego sí, cuando los tuviera a los dos, cobrarme la trastada muy bien cobrada. Ya vería si me suicido o sí quedo en la historia como más terrorífico que antes, porque…

—Ya sé… Colgarías las cabezas de los traidores a la entrada de tu casa…—me interrumpió Cayetana.

Genara dijo ¡puajjjjj! Y como su madre la llamaba, regresó a la capilla ardiente con las flores, las velas y las lloronas.

Cayetana la siguió, argumentando que hacía mucho frío en los patios y que le daba impresión ver la sangre manchando todo.

—Estás malherido, muchacho valiente… —murmuré, porque requería de valor elegir a la esposa del ogro, vulnerar sus severos muros morales, (porque doña Matricia digan ahora lo que digan, podría haber sido monja de clausura), meterse en la madriguera y ganar la presa en el territorio del enemigo, considerando quién era el dueño de la presa.

Don Ferdinando no tenía piedad. Era de una perversidad malsana que lo llevaba a destruir a sus enemigos de una forma despiadada y brutal. Y éste, lo había destruido a él con una simplicidad aterradora.

—O eres un verdadero idiota —agregué.

El brillo en la rama baja de la enredadera, destelló un instante. Lo busqué con los ojos. Estuve un rato rondando, hasta que el viento volvió a mover lo que brillaba. Era una cadena cortada, seguramente arrancada en la huída, de la que pendía una especie de relicario.

Me trepé a la planta y alcancé a tomarla estirando los dedos cuanto más pude. La sentí, deslizando sobre mi palma y la encerré en ella, mientras me bajaba.

Josefina, al pie de la enredadera, me miraba con su eterna cara de «siempre serás la vergüenza de la familia».

—¡Puedes comportarte con normalidad!.. Estamos en un velorio y tus andas subiéndote a los árboles para espiar el patio de los vecinos —me retó, enfurecida, mientras yo metía el relicario en uno de los bolsillos del abrigo y bajaba la cabeza para seguirla al interior de la casa.

El brillo en la mirada (quinta entrega) por Eva Lucía Armas & Gavrí Akhenazi

Capitulo 8

Espejos y espejismos

Por Eva Lucía Armas




Mi madre me envió a buscar su coronilla de novia al baúl grande del cuarto de las cosas guardadas.
De niña me gustaba encerrarme allí a jugar con los recuerdos de otros. Estaban las colecciones de pipas de mi abuelo, los primeros zapatitos de Josefina, un sillón de mi abuela paterna con el apoyabrazos roto, las muñecas de porcelana de mi madre, mi cuna, los abanicos, las telarañas y algunos rayos de sol que arañaban el suelo polvoriento.

Mi madre y mis hermanas, en el salón de costura, luchaban por adecentar el vestido de novia de Josefina para la que no había frunce que luciera bien. «Que me hace gorda… que me hace flaca… que me ajusta… que me sobra… que me aumenta… que me achata…»

—Yo voy a casarme en pantalones de montar —anuncié a las pobres conflictuadas costureras, encabezadas por la tía Felicitas que con tanto movimiento de la modelo, llevaba picaduras de aguja en todos los dedos, y subí a buscar la corona que sostendría el velo.

Amaba el aroma particular de aquella habitación y su luz de monedas amarillas dibujadas sobre la madera del piso.

El baúl estaba en un rincón, bajo antiguos cortinados damasquinos devorados por la polilla, junto a un maniquí ya destripado y unas sillas desfondadas.
Me arrodillé como en un cuento.
La tapa chirrió mientras la levantaba.
Y empecé a revolver.

Estaban los cuadernos de escuela de mi madre, algunas tonterías que guardaba vaya a saber por qué, un caballito de paño descosido al que le faltaba la cola, libros rotos con hojas amarillas que se rompían al contacto de mis manos, poemas manuscritos ( no sabía que a mi madre le gustara escribir también) atados con una cinta negra. «Qué mal gusto», pensé por el color de la cinta.

La coronilla estaba tan en el fondo, que prácticamente vacié el baúl para hallarla, trabada con otra cosa. Al tironear, la coronilla salió con uno de sus extremos enganchado en un portarretratos.

—Por Dios… —gruñí, pensando si podría volver a meter en sitio todo lo que había extraído del baúl aquel— Sólo a mi madre se le puede ocurrir guardar esto aquí…

Para desenganchar la coronilla que había pescado al portarretratos tuve que salir al pasillo.

Con buena luz, vi lo que tenía entre las manos.
Desde el principio, pese al parecido asombroso, me negué a creer que mi madre guardara en el fondo de su baúl, una foto de Daniel Irala. Por lo tanto inferí que podría ser Francisco, su padre. Y de inmediato me imaginé la historia que mi abuela no había contado. Un romance oculto, las familias enfrentadas como Montescos y Capuletos, lo que no pudo ser. Y todas esas cosas que una se imagina cuando descubre secreto ajeno. Lo que no podía imaginar, era a mi madre enredada en situaciones clandestinas que pusieran en riesgo su tranquilidad. Mi madre no daba el tipo de alguien que busca amores fuera de las formas sociales prefijadas.
Pero el retrato estaba allí, bien oculto.

Me produjo una rara sensación pensar a mi madre en alguna situación como las que yo había protagonizado con Daniel, viéndome por allí a escondidas del mundo, entre los árboles y los pedregales, a donde no llegaran más pisadas que las nuestras, en un estado de libertad que permitía otras libertades que el salón familiar de recibir pretendientes, jamás permitiría. Y sin embargo, Daniel Irala y yo ni siquiera nos habíamos rozado. Ni qué decir que se acercaran nuestras bocas a menos distancia que un metro. Y no porque yo no tuviera curiosidad por saber como se sentirían sus labios encima de los míos. La curiosidad me mataba pero no era cosa de hacérselo notar al caballero, aunque más de una vez sentí la tentación de prenderme con mi boca de su sonrisa burlona, como de una naranja muy jugosa y mordérsela. A veces, en las noches, recordando nuestros encuentros ahora interrumpidos por la aparición de Genara, me entraba una especie de ansiedad, de necesidad física, de desasosiego inexplicable y me imaginaba que Daniel me estrechaba con fuerza entre sus brazos, contra su piel caliente y podía percibir el aroma que desprendía ese calor de alientos y caricias.

Después, mirando el retrato me puse a sacar cuentas. Daniel era séptimo hijo, había nacido dieciséis años antes que yo y era el último de su lista. El señor del retrato, tendría la edad que Daniel ahora tenía. Cuando Daniel cumplió los dieciséis, los Irala ya no estaban en el pueblo. Cuando yo nací, mi madre tenía veinticuatro años por lo tanto, cuando Daniel nació mi madre tendría ocho años.

—No creo que sea Francisco Irala… porque el señor sería muy mayor para entonces —me dije al cabo— Tendría sin duda más de cuarenta.
Daniel estaba segura que no era. La ropa no era la de moda y además éste tenía al cuello una medalla, quizás de alguna Virgen, que Daniel no tenía. Eso lo sabía yo bien porque me la pasaba mirándole los vellos que le surgían por las desabotonaduras de la camisa con el ánimo de tironeárselos a la primera oportunidad.

De la planta inferior me gritaron que si me faltaba aún mucho para concretar mi misión de encontrar la coronilla.
«Algún hermano mayor de Daniel», pensé, sacando el retrato del portarretratos y guardándomelo debajo de las ropas.

Bajé con la coronita, se la dejé a la tía Felicitas que clamaba «Era hora niña» y me fui a los patios, para imaginar cosas bonitas sobre el señor del retrato.
Por el envés, escrito con caligrafía varonil, había un poema y estaba la firma: Juan Luis.

-¡El de la misa!- exclamé en voz alta.

Era tan triste lo que el señor había escrito detrás del retrato que subieron lágrimas a mis ojos. Me las enjugué con la manga del abrigo. Le decía «amor mío» a mi madre. Alguna vez soñé que alguien me diría amor mío. Hasta había fabulado con que Daniel Irala lo hiciera. Recordaba las palabras de mi abuela: «Ya había perdido el brillo… por eso se casó en silencio…»

—Tenía que ser un Irala —me dije.
Entré nuevamente en la casa. Busqué mis guantes de montar y le pedí al mozo de cuadra que trajese mi caballo.

Hacía tiempo que no salía a cabalgar, por temor a que Irala me pillara al descubierto y tuviera que darle una explicación sobre mi desaparición repentina. Me molestaba que él advirtiera mi enojo por los coqueteos que Genara había dicho que tanto se traía con ella. Después de todo, no podía yo irle con reclamos, si nada lo obligaba a mí.
Guardé el retrato en uno de los bolsillos del abrigo.

A Daniel lo encontré enseguida, porque fui directamente a buscarlo sin excusa previa. No inventé ninguna. Nos conocíamos perfectamente como para intentar darle una fabulosa explicación sobre por qué había estado casi dos semanas sin verlo, cuando antes no podía estar lejos de él dos horas seguidas. No podía mentirle a Daniel porque sabía todo por mis ojos, sin que yo le hablara. Como yo sabía las cosas por los ojos de él.

Estaba con sus peones finalizando la faena. Desde donde detuve mi caballo, a la vera de sus campos sobre el camino, podía distinguirlo entre los otros que ya se despedían llevándose la tropilla de vacas a mejores pastos.
Podía ver el sudor empapando en una mancha oscura la espalda de su camisa, la suciedad del barrial del pisoteo trepando por sus botas hacia casi sus muslos, su cabello mojado goteando por su rostro. Y sus ojos, que se fijaron en los míos un instante. Desvió la mirada, bajó la cabeza y siguió haciendo lo que estaba haciendo.

«Así que ahora… la juegas de disgustado» gruñí entre dientes y eché pie a tierra. Avancé sobre el pasto, sobre el duro cascotal del potrero, mirando los pájaros de la tarde sostenerse en las corrientes de aire y pendular. Ya no quedaban peones a la vista.

Daniel había sumergido en un tacho con agua los brazos que la camisa arremangada desnudaba y se lavaba despacio el barro pegajoso y el olor a animal.
Me detuve junto a él, que se escurría el rostro mojado. Echó hacia atrás su cabello con ambas manos y me volvió a mirar.

—Hola —me saludó, tranquilamente— Vete para allá… te vas a ensuciar toda si resbalas —me indicó después un terreno más seco que aquel en el que estábamos parados.
—¿Cómo estás? —le pregunté por decirle alguna cosa que rompiera la rigidez del encuentro.

Verlo tan desprolijo, me producía sensaciones extrañas. Algo salvaje, casi animal, emanaba de él y lo volvía extrañamente bello. Me pareció mucho más atractivo en esas trazas que en cualquier otra. Quizás, porque estaba absolutamente natural, a la intemperie, como un dios rural, primitivo e infinito.

—Cansado —respondió, alegremente.
Yo no podía con mis palpitaciones.
—Tú estás muy bonita —murmuró.
Nunca antes me había dicho algo así.
—Tú también —me apresuré a responderle, porque era la verdad.
—Tienes un gusto extraño —ironizó él, señalándose el entrace y se puso a reír. Salió del barro y se dirigió a su caballo. Tuve que correr para alcanzarlo.
Ajustó la cincha y arregló la embocadura, teniéndome allí de pie a su lado sin saber qué agregar a lo que ya le había dicho. El silencio nunca había sido incómodo entre nosotros. Es más, creo que habíamos llegado a disfrutar acompañarnos sin hablar.
—Estás más delgado —dije, al cabo de estar allí viéndole los aprontes del ensillado.

Me miró fijamente y acomodó un rizo de mi cabello que escapaba de la atadura de la cinta. Lo colocó detrás de mi oreja y pude percibir el aroma a pasto verde y cuero que tenía su mano, tan cerca de mi rostro, que acabó rozándolo con el dorso de los dedos.
Las mejillas me ardieron como tomates. Bajé los ojos, avergonzada por semejante flaqueza pero no me eché hacia atrás para evitar su caricia. La mano corrió por el contorno de mi rostro y se asentó en mi nuca, por debajo de mi cabello. Apenas gravitaba un movimiento de exigencia en su gesto. Firme, la mano quedó detenida. Y sin que mediara nada más, la boca de Daniel se prendió de la mía con la voracidad de una piraña. El otro brazo me ciñó con violencia, como si fuera yo un atadito de mies y me pegó contra su cuerpo.

Al principio no supe que hacer con tanta vehemencia. Por la nariz me entraban sus olores cerriles, por la piel, su piel, caliente y agitada y mi boca se perdía en el laberinto de las lenguas, dentro de la suya que mordía y besaba en una conjunción de hambre atrasado. Todo me latía debajo de las manos de Daniel que habían abandonado la sujeción primera para explorar intrépidas debajo de mis abrigos y mi blusa, debajo de mi falda, entremetiéndose entre sostenes, gruesas medias de lana, calzones y enaguas de puntilla.

Le respondí los besos como si no fueran los primeros que daba. Tanto había imaginado esa secuencia en nuestra vida que, de ensayarla y ensayarla noche tras noche, la conocía perfectamente. Me di el gusto de jalar los vellos de su pecho y morder sus orejas y con mis manos apretar por sobre el pantalón sus nalgas que resultaron tan duras como mi imaginación las predecía.

Éramos iguales, ilimitados y transgresores, con una disposición particular a romper con lo que la sociedad ha establecido. Yo quería saber lo que no se decía, lo que no se enseñaba, lo que no se contaba. Quería saber los secretos profundos de la especie, lo primario y prohibido, sobre lo que nadie se animaba a hablar. Quería saber lo que no se le podía preguntar a nadie y por ende, yo debía descubrir según me pareciera. Y como recatada lo que se dice nunca fui y hallaba en Irala un alma gemela, como si él en hombre y yo en mujer fuéramos el haz y el envés de la moneda, con una zancadilla lo tiré por tierra. Daniel trastabilló hasta que dio de espaldas sobre el suelo, entre las patas de su caballo que se hizo de costado para no molestar y yo pude extenderme encima de su cuerpo tumbado y meter mis piernas entre las suyas y sentarme sobre él y arañarle a través de la camisa desabotonada con las efusividades, el fuerte pecho moreno y morderle la barbilla y el vientre junto al ombligo hasta la barrera del cinturón de cuero.

Me quedé quieta, con mi mano apoyada sobre el bulto.

—Bájate… ya está bien —me dijo él, mirándome con una sonrisa— Aún eres una señorita decente. No lo olvides.
Me echó de lado y se sentó en el suelo.
—Quiero que me enseñes —le dije a mi vez— Además… fuiste tú quién empezó.Tú metiste tu lengua en mi boca.
—¿Así? —me preguntó sonriendo y volvió a besarme, pero esta vez con menos furia y mucha más ternura. Recostada en el suelo, sus manos acariciaron otra vez mi cuerpo, mientras me besaba. El roce de sus dedos entre mis piernas, por debajo de la falda, era una sensación absolutamente nueva y urgente. Siempre me dijeron que era indecente andar tocándose por allí abajo. Con razón. La sensación podía conseguir hacerle perder el buen juicio a una.

Daniel tomó una de mis manos y la acomodó en el rinconcito prohibido. Me enseñó, con su mano sobre la mía, un movimiento «como si fueras una guitarra muda… arráncale sonido» me susurró al oído, guiando el movimiento. Sentí sus dedos dentro de mí, mientras me arqueaba. Cerré los ojos. Y toqué el infinito.

Luego, cuando regresábamos y él me llevaba abrazada le pregunté si así se hacían los niños.

—No exactamente —respondió, burlón— ¿Qué no les enseñan ninguna cosa a ustedes las mujeres?.. Ni lo único que deben saber.
—No creo que sea lo único que debamos saber —lo corregí.
—Los hombres no parimos, no quedamos preñados… Si hubiera estado otro en mi lugar dentro de nueve meses me estarías dando la razón de que eso, por lo menos, sí lo debes saber —me reprendió.
—¿Por qué?.. ¿Hay algo más que no hicimos? —le pregunté, asombrada de haber tocado el infinito y que aún quedara más espacio.
—Mira… lo haré sencillo… Los hombres no son diferentes de los caballos — gruñó y que me imaginara lo que quisiera.
—Y… ¿por qué no hiciste lo que tenías que hacer… ? —le pregunté— ¿Lo haces con otras mujeres?… eso de montarlas como hacen los caballos ¿lo haces con otras?¿o tu lo haces así… como conmigo?

Me miró como si acabara de insultarlo.

—¡Te estoy cuidando, niña! —me gritó, enojadísimo.
—Y… ¿ por qué me cuidas? Me hubiera gustado que lo hicieras como se hace. Te pedí que me enseñaras y creo que tú también deseabas enseñarme… ¿o no? Tú te me viniste como los caballos sobre las yeguas y luego te quedaste a mitad de las aguas.

Pensé que me abofetearía, por el negro relampaguear de su mirada y lo nublado feroz de su entrecejo. Osciló un instante entre su masculinidad herida y mi ignorancia.

—Te cuido porque me importas, niña… y porque me importas te respeto — aclaró luego, con serena dulzura— Tú no eres las otras… Tú eres tú… la que me importa.
-¿Con Genara… lo hiciste como los caballos?

Conseguí exasperarlo.

—¿Quién es Genara? —casi me gritó y agregó para que acabara de fastidiarlo— Seguramente sí. No acostumbro cuidar a mis hembras si ellas no saben hacerlo solas. Y ahora… termina con esto.
—¿Tus hembras? —le grité a mi vez, rabiosa por la confirmación sobre Genara y todas las que, según él mismo acababa de decirme, también había en la lista, tal y como comentaban las secretas voces del pueblo— ¿También me metes en tu manada, señor hombre lobo? Pues te diré algo, Daniel Irala. Quédate con la rubia estúpida de la que ni siquiera recuerdas el nombre y cásate con ella cuando le empiece a crecer la barriga.Te llevarás muy bien con tu suegro el banquero que le ha puesto cuernos de todos los colores a la mujer. Pero de mí ¡te olvidas!

Salté al lomo de mi caballo, deshaciéndome de las manos de Daniel que intentaron sujetarme.
—¡Luisina!.. ¡No sé quién es Genara! —me persiguió su voz detrás del viento.

Al rato me alcanzó su caballo. Lo puso de través al galope del mío, obligándome a detener la escapatoria. No quise que me viera con las mejillas empapadas de lágrimas, así que di un rodeo por su izquierda, para seguir la marcha, pero Daniel alcanzó las riendas junto al bocado. Su caballo escarceaba nerviosamente, obstaculizándole la sujeción del mío.
—Sólo tú me importas… —me dijo Irala— Sólo tú me importas —repitió.

Pero yo no deseaba escucharlo. Ya es sabido que los hombres rompen el corazón de las mujeres. Ya otro Irala parecido a éste le había roto sin duda el corazón a mi madre. Y sin duda eran ciertas todas las historias que se contaban sobre ellos ¿Acaso no había admitido con un desparpajo monumental su asunto con Genara?

Me enfurecía estar en la misma lista que ella. Me hacía sentir aún más estúpida a mí, de lo que yo pensaba que ella era. Me avergonzaban los besos de Daniel. Me avergonzaba haber gemido en sus brazos. Me avergonzaba su olor pegado sobre mí y la ruda sensación de sus manos arrasando mi cuerpo. Me avergonzaba haber disfrutado de sus caricias íntimas y haberle permitido penetrar en mis intimidades.
Le arranqué las riendas de la mano y me dejó pasar.

Llegué a mi casa sin poder quitarme todos los regustos, así que le dije a Magnolia que me preparara un buen baño, para limpiarme de tanta quemadura como sentía en la piel y lavarme todas las sensaciones que me perduraban en donde no debían.

Mi madre supo que yo había llorado y eso en mí era un acontecimiento que sin duda merecía toda su atención.
Llegó a donde yo me estaba arrancando las ropas y arrojándolas tan lejos, que se pasó un buen rato recogiéndolas. Yo me hundí hasta el cuello en la tina de agua caliente y cerré los ojos. Todavía se me caían las lágrimas mientras me repetía «Tonta… tonta… tonta…»

Del abrigo, el retrato del baúl se había caído, así que mi madre lo levantó en silencio y se me acercó.
—No es Daniel Irala. Es Juan Luis Irala —me dijo, enseñándomelo.
—Sé quién es- le respondí yo— ¿Se enamoró usted de ese señor?
—Yo tenía tu edad, quizás un poco menos. No conocía a tu padre aún… si por eso estás llorando —me respondió mi madre y untó la esponja con jabón para pasarla por mi espalda.
—No… no estoy llorando por eso… ¿Quisiera usted contarme?

Quizás, su historia de amor le hiciera bien a la mía. Jamás pensé que Daniel me importara tanto como para hacerme perder el juicio. Me sentía ridícula. Primero, ardiéndome por él y luego, llorando con unos celos rabiosos a pesar de escuchar de sus propios labios que yo era la única que le importaba al señor y vérselo en sus profundos ojos negros.

—Juan Luis Irala era un hombre diferente… No se llevaba bien con la sociedad, porque él pensaba un mundo más justo de lo que en realidad es este. A veces, yo creía que él era un ángel. Un día aprendí que era solamente un hombre bueno y que los hombres buenos también hacen cosas humanas. Se equivocan, aciertan, lastiman, curan… Debí valorar que era un hombre bueno que se había equivocado.

Miré a mi madre.
La emocionaba hablar de sus secretos, quizás, porque nadie antes la había escuchado. Y porque ella intuía que yo podía entenderla más allá de las formas de sus silencios.
—Él rompió su corazón, mamá —afirmé.
—No fue él. Yo rompí mi corazón… porque sabes hija ¡qué terrible que es la muerte cuando no se dice adiós!… Yo era muy joven. Creí lo que me dijeron. Dios sabe cuánto quisiera escuchar ahora lo que Juan Luis tenía para decirme y que no quise oír cuando lo dijo… Pero ya nunca jamás sucederá eso y el dolor en mí persistirá por siempre.
—¿La traicionó con otra mujer, mamá?
—Eso me dijeron… y eso fue lo que creí… Daría mi vida entera por volver atrás el tiempo y escucharlo, solamente escucharlo… aunque no le creyera luego, pero permitirle y permitirme la otra realidad. Y oír también a mi madre, atenderla cuando me dijo: Sólo míralo a los ojos y sabrás si te miente… No hice nada de eso.
—Por favor… abráceme mamá… —le pedí y lloré contra su pecho.

Eva Lucía Armas – Argentina

Sitio web: https://anforayagua.blogspot.com/

Dadas las condiciones actuales, dado el “cómo anda el mundo hoy en día”, Eva Lucía Armas es una especie de mundo aparte. No porque ella sea de esas personas introvertidas que habitan en una burbuja encerrada en su propio juego, mucho menos porque a la hora de escribir elija construir textos cargados de claves personales, o de un hermetismo propio de doctos, sino exactamente por lo contrario.

El dominio que tiene sobre la lengua española le permite, justamente, no sólo expresarse con precisión, sino también leer con exactitud cualquier texto -espíritu y letra-, generando así un ida y vuelta entre lectura y escritura que explica la sustancia de su quehacer literario: una reflexividad activa acerca de la realidad.


En poesía, suele alternar la suavidad sin afectaciones con la firmeza tajante sin excesos, a veces, incluso una melancolía breve y serena con un entusiasmo maduro como envidiable. No es la suya una poesía de indagación, sino más bien de manifestación de lo sabido, no es una poética de alguien que “busca”, sino la de alguien que “construye”. Así, como particularidad no cabe ahondar en aquello de que “maneja cualquier estilo”, es mejor remarcar que es del tipo de poetas que consigue brillar con o sin métrica.


En prosa, ya sea en ficción o no ficción, logra presentar tanto lo espacial como lo temporal sin esa tradicional herramienta de las descripciones excesivas, por lo que el lector entra en la piel de los personajes y en el ámbito de las circunstancias sin el menor esfuerzo. Es notable aquí cómo consigue, por decir un detalle, con un diálogo y un par de acotaciones durante el mismo, exponer todo un rango de emociones vivenciales.


Mencionado lo de “vivencial”, y con ello la labor que ella realiza en favor de otros día a día,  queda decir que Leer a Eva Lucía Armas es leer integridad, dación fraterna y raciocinio vigoroso. Mas, así como acceder a su escritura -que no es otra cosa que su esencia convertida en grafías-, resulta en premio para quien es fiel a los principios que erige, no deja de ser castigo severo para quien no sabe ser honesto consigo mismo. Porque ella es la hermana que sabe todos los juegos y disfruta enseñando a jugarlos, y por eso, no admite trampas.
Si lees a Eva, lees la vida. ¿Te animas?

Eva Lucía Armas – Argentina

Mundo biblios

Mi mundo siempre tuvo mucho de papel más allá de su fragilidad. Había muchos libros en mi mundo.

Grandes bibliotecas había en mi mundo que tapizaban las paredes y la forma de ser.

Alguien que tiene tantos, tantos libros, no es como los otros.

Luego, estaban las bibliotecas públicas. Y mi padre con ellas. Era un hombre/ángel diseñado para habitar entre los libros.

En Córdoba, también, toda una habitación era una biblioteca.

En las dos casas, los estantes no daban abasto para sostener tanta afición por el conocimiento y los libros que no encontraban mundo quedaban apilados en la mesa, en el escritorio, en las sillas o en el suelo.

La geografía montañosa de mi vida estuvo hecha de sierras y de libros.

Metamorfosis

P or entonces sobraba en todas partes, inclusive al humor de Tomás que tuvo que prestarme un par de pantalones y una camisa ancha en la que entraba mi cuerpo varias veces.

Arremangaba los pantalones y los metía adentro de las medias porque Tomás me llevaba más de una cabeza. La camisa la dejaba suelta y me disfrazaba de fantasma. Total, tampoco nadie me veía en esa casa.

Nos alojaron en la pieza de atrás que daba sobre el huerto.

La abuela dejó dos juegos de sábanas que olían a mucho sol, pero que estaban duras, como almidonadas por el agua de pozo y el jabón.

Eran sábanas blancas, poderosamente blancas, de una tela dura, rígida, como la abuela.

Yo hice mi cama. Mi mamá se acostó sobre el colchón y se subió el acolchado hasta los ojos.

Supongo que lloraba debajo. Era lo único que hacía últimamente.

En la habitación, había además una cómoda con un espejo en medialuna, enorme, y un ropero de madera tan oscura que parecía negro. También tenía un espejo en la puerta central.

Yo nos miré ahí, retratadas en ese espejo alto.

Mi mamá era un bulto, una apariencia, cubierta totalmente y aún así, no invisible. Yo, no sé lo que era.

Las trenzas mal atadas dejaban escapar pelos de todos las medidas. Se notaba mucho que mi camisa era la parte de arriba de un pijama que no pegaba con el pantalón. Estaba fea, como un pájaro que no acabó el emplume, todavía con el polvo que entraba por las desvencijadas ventanillas del tren, adherido a mis formas.

No podía imaginar un lugar más polvoriento que aquel en el que estábamos.

Otras veces habíamos llegado igual, como una imposición. Pero era la primera que no llevábamos valija ni bolso ni una muda de algo. Pensé si la gente se habría dado cuenta en el tren que yo viajaba vestida con pijama.

La abuela lo notó.

-Usted… vaya a bañarse -me dijo, desde lejos, apareciendo como una sombra estricta en la suave penumbra del corredor que llevaba a nuestra habitación.

Esperó que pasara junto a ella, sin otro gesto que su dedo señalando el baño. Después se acercó a la puerta para hablar con mi madre que seguía debajo del cubrecama.

-Podrías haber traído ropa -dijo, solamente.

Yo me encerré en el baño.

Pensé en las otras veces de mi tan larga historia de paquete.

Siempre terminaba vestida con la ropa de otro, contribuyendo a mi estilo de adefesio.

La abuela abrió la puerta y me miró todavía sin desvestir, de pie junto al lavabo.

-Báñese rápido, que no se desperdicie nada de agua. Acá tiene.

Dejó sobre el banquito de junto al bidet la ropa de Tomás.

Me tuve que desnudar delante de ella, para que se llevara la mía y la lavaran.

-Su madre tendrá que coserle alguna cosa. No va a andar siempre vestida de varoncito, pidiendo ropa ajena -comentó y volvió a cerrar la puerta mientras yo me metía bajo el agua.

Pero mi madre no salió durante mucho tiempo de debajo del cubrecama. Y yo tuve que andar vestida de Tomás, que tampoco tenía más ropa sobrante que la que me había dado y que le hacía a él tanta falta como a mí.

La abuela le dijo varias veces a mi madre: Ocupate de tu hija, que para eso sos la madre.

Después, le encargó a Tomás que me cuidara.

Cuidar para Tomás era enseñarme a hacer lo que él hacía. Ser mandadero, peón de patio, andar entreverado con los otros peones, un poco acá un poco allá, aprendiendo el oficio de los hombres. También la libertad de andar tan suelto.

Lo fastidiaba hacerme de niñero pero no se animaba a traspasar el límite y transformarme en su propio peón.

Yo, más que su peón, era su perro. Andaba todo el día atrás de él, tratando de no molestar al único que me dirigía muy de vez en cuando la palabra o me compartía una galleta, un pedazo de pan, un mate en el galpón, alguna broma, además de la única ropa que te-nía yo para vestirme.

Cuando le preguntaban los jornaleros quién era yo, él se encogía de hombros. No lo tenía claro. Solamente obedecía el encargo de la patrona. “Una parienta”, murmuraba entre dientes sin conseguir asegurarme un rango de parentesco con los patrones. Y los peones farfullaban: “¿pero es hembra?”

Así fue que le pedí el cuchillo que llevaba cruzado sobre los riñones, una tarde.

Me lo alcanzó sin otro ademán que el de alcanzármelo ni otra recomendación que la de su gesto.

Yo me corté el cabello a cuchilladas delante de un pedazo de espejo que él usaba para afeitarse sus principios de bigote.

-Ya no soy más mujer -le dije a su mirada.

Él, como siempre, se encogió de hombros.

El brillo en la mirada (tercera entrega) » Por Eva Lucía Armas & Gavrí Akhenazi

Capítulo 5

Anecdotario

Por Eva Lucía Armas

Cayetana puso la tetera sobre el mantel bordado en encaje de la bandeja y sonrió.

Solamente a ella le había contado que estaba frecuentando al “señor Irala” por ese cúmulo de casualidades que terminaron transformándose en un hábito y después, para mí, en una necesidad.

Muchas cosas de mi propia naturaleza me identificaban con él y como a él parecía sucederle algo más o menos similar, encontrarnos para conversar o para no conversar y caminar en silencio —aunque yo demasiado silencio nunca pude hacer— era parte de nuestra rutina diaria.

Si algo sucedía que nos impedía encontrarnos, entraba yo en una especie de necesidad difícil de explicar que no se calmaba hasta que conseguía dar con Irala en alguna parte.
—De cualquier modo, cuídate, Luisi… No está bien visto en esta casa el señor Irala y no faltarán lenguas que traigan el rumor a los oídos de papá. Evítate un disgusto … —me recomendó suavemente Cayetana, mientras regresábamos al saloncito llevando el té.
Yo le había contado lo que me sucedía, porque mis hermanas estaban conversando sobre Genara, quien, como Irala iba seguido a cenar a su casa por asuntos de negocios con su padre, se consideraba candidata probable a ser su futura esposa, porque, todo según mis hermanas que contaba Genara, el tipo le establecía encima su negrísima mirada y no se la quitaba en toda la noche.

Hasta que ellas no me contaron eso, yo no había advertido cuanto me importaba Daniel Irala ni por qué me importaba tanto.

Me había engañado a mí misma con una amistad sin implicancia, entre dos almas gemelares que comparten su visión peculiar del mundo y sus habitantes.
De pronto, sus ojos me importaban, su voz me importaba, su vida me importaba. Lo extrañaba si no podía verlo todos los días y atribuía ésto a que él interpretaba mis sentimientos y pensamientos como nadie. Era el mejor de los amigos hasta que se transformó en la más urgente de mis necesidades. Todo gracias a Genara. Como si ella hubiese tenido la sola misión de descorrerle un velo a mis ojos.

Sin duda, a la misa del domingo concurría todo el mundo y no se podía faltar a ella a menos que la enfermedad la diera a una por tierra y estuviera transformada en un ánima cercana al sepulcro.

Yo no me sentía en tal extremo de quebranto, pero la abstinencia obligada que me impuse para que el mal no acabara derribándome con peores consecuencias que las hasta ahora experimentadas, volvía el remedio de la misma calaña que la enfermedad.
“Purga de Irala” me dije cuando Genara regresó a contarnos que había ejecutado en el piano (para el buen partido que su padre peleaba por predestinarle) todo el repertorio que una señorita que se precie debe conocer.

Ella misma había puesto sus manos de “no hacer nada” en la cocina, sólo para decírselo a él, entre melosas sonrisas y gorjeos de calandria atragantada y él había festejado su gusto culinario y musical, mientras conversaba de negocios con don Fausto y ofrecía sus ojos      “de almíbar negro” según el decir de Genara, a los ojos que lo contemplaban fascinados.

—No te vayas a quemar con ese almíbar —le dije—. Son fosos de brea más que almíbar quemado —rompí al cabo la imagen poética de la pobre Genara y mi mal humor empezó a ser más malo y más negro.

—Nuestras familias están enemistadas —terció Bernardina, mientras yo me levantaba de la mecedora del jardín, donde escuchábamos el relato de Genara y hería el pedregullo del camino de acceso.

Fue en el momento del beso, cuando decidí purga y abstinencia “y si me quieres venir a buscar, vas a tener que entrar por la puerta de mi casa, Daniel Irala, arriesgándote a que mi padre te corra a escopetazos”.

El beso en cuestión fue en la mano.

Yo no había sido merecedora de tal privilegio ninguna de las veces en que estuvimos por allí conversando y riéndonos de nuestras propias similitudes y diferencias.

Tampoco vino a buscarme a la puerta de mi casa ni en los siete días que transcurrieron desde aquel hasta el domingo en que debía enfrentar la misa, porque no había concurrido a ninguna durante la semana larga de recogimiento.

Intenté una excusa para no ir al pueblo y encontrarme con Genara del brazo de Irala, porque con la velocidad que él llevaba, ya debían andar del brazo. Por supuesto, la misa estaba por encima de cualquier cosa, como una condición para no ser acusada de hereje, plenamente. Ya tenía yo demasiadas diferencias con el señor cura que mi madre, sabiamente, intuía que se mitigaban si me arrastraba a la comunión y así hacía valer su buen juicio sobre el mío.

Misa al fin.

Genara estaba en el banco de su familia, saludándome con alegría. Irala no estaba con ella.

En realidad, Daniel Irala no asistía a misa y según me había dicho, “porque explicaciones solamente le debo a mi Señor”.

Tenía sus convicciones el hombre. Habíamos protagonizado algunos diálogos teológicos muy interesantes, en los que demostró un vasto conocimiento de La Biblia y la doctrina de la iglesia. Literalmente no comulgaba ni de hecho ni de derecho. Y no escatimaba epítetos para hablar del cura.

Esa breve sabiduría sobre Daniel Irala me permitió considerarme a salvo.

De cualquier manera, con fingida gentileza, le pregunté a Genara por qué Daniel no la acompañaba.

Ella me dijo que desde la “segunda visita” no había vuelto a verlo porque el negocio que tenía con su padre ya estaba arreglado pero que, probablemente, en el transcurso de la semana volvería a cenar a su casa, según la invitación oportunamente cursada.

—Y me cuentas… —le reclamé. Después de todo, éramos amigas antes de Irala.

Me acomodé la mantilla sobre la cabellera y dispuse mi ánimo aliviado a soportar estoicamente el sermón del cura.

Cuando salimos de soportar la ímproba retahila de monseñor para quién nunca era suficiente la limosna ni podía servir de absolución a la lujuria y desenfreno que —según él y sus sueños— acontecía en el pueblo, el sol estaba enorme sobre la plaza, pero para mí se hizo de noche.

Irala se había detenido justo frente a la puerta de la iglesia y a sus cuatro escalones.

Apenas lucía la ropa de faena, aún sucia del barro y del sudor del día, como si su presencia fuese algo casual allí y le diera lo mismo haber detenido el caballo frente a la iglesia que frente a lo del turco. Su actitud era la de quién está esperando alguna cosa que bien no sabe desde dónde debe aparecer.

Reclinado contra el palenque donde se hileraban los caballos más allá de los coches, esperaba.

Sus ojos recorrían parsimoniosamente al pueblo convocado por las campanas, sin hacer el menor caso de la conmoción que provocaba su presencia allí, porque se mostraba tan poco, poquísimo en público, que aquella actitud tan expuesta a los ojos de todos provocaba una ola de murmullos entre toda la masa que salía de la iglesia al mediodía.

Me encontró enseguida.

Sentí sus ojos adentro de los míos. Me empujaron sus ojos.

Él, por un instante me quitó de encima la mirada y la fijó en el cura, que estaba despidiendo a la feligresía y haciendo las recomendaciones necesarias para un buen convivir cristiano en el infiernillo del pueblo. Del rictus contrariado, sus labios pasaron a esa sonrisita sarcástica que bien yo le conocía.

El cura sintió los ojos que se le prendían y quedó también mirando al Irala, como si el tiempo se detuviera momentáneamente entre ellos y todos los demás que estábamos ahí, quedáramos excluídos de alguna ceremonia privada entre sus ojos.

Mi madre, que me llevaba del brazo y notó que yo me distraía en contemplar a aquel moreno mugroso que no le sacaba los ojos de encima al cura, tembló a mi costado.

Fue tan notorio su temblor, que empezó a sacudirme también a mí, que la llevaba del bracete.

—Mamá… ¿qué le pasa? —acabé por preguntarle a tanto estremecimiento.

—Es igual que Juan Luis… —balbuceó ella, como si yo debiera entender.

—Juan Luis… ¿ quién es Juan Luis? —insistí en preguntar, si aquello era lo que mantenía tan en vilo el ansia de mi madre.
Ella no respondió.

Cuando regresé mis ojos a Irala, él ya no estaba más. ◣

Capítulo 6

Afectos utilitarios

Por Gavrí Akhenazi

Venían por el camino, al galope, midiendo la energía de un caballo nuevo que él le había obsequiado, porque según decía, el de Luisina era pesado como un odre de vino. Como el suyo era veloz por encima del viento, siempre la dejaba atrás y tenía que detenerse a esperarla, cuestión que lo malhumoraba porque interrumpía sus conversaciones (cuando todavía conversaban). Entonces, un buen día, le dio la montura de recambio.

—Pruébate este… —le dijo, como si fuera un vestido y le dio las riendas.

Igualmente, también la dejó atrás. O sea que el problema era él y no los caballos de la niña.

Se había acostumbrado a ella, como quien se acostumbra a un perro noble, de esos que nos acompañan por la vida como una mudez presente y dulce a la que recurrir en los momentos de intensa soledad.

Aunque la chiquilla no llegaba ni a los veinte, era especialmente ubicada en ese mundo particular que le exigía ser de un montón al que ella parecía desesperada por no pertenecer.

Era radicalmente diferente, desde sus vestidos hasta sus pensamientos y, quizás ese y no otro, era el motivo íntimo por el cual él le permitía aquella cercanía cotidiana.

Ni siquiera podría decirse que era hermosa. Apenas alcanzaba a raspar lo bonita, cosa que suplía grandemente con la chispa de su simpatía y su predisposición a la aventura y la discusión.

Pero él se sentía proclive a la muchacha y le consentía la sencillez de una relación sin pretensiones como la que se ofrecían mutuamente.

Además, se confesaba Daniel consigo mismo, ella lo mantenía al tanto de todo lo que se cocinaba en la estrecha sociedad de Villarrica y como informadora oficial de los acontecimientos puebleros —como era tan dada a la conversación— le venía a él como anillo al dedo.

No le costaba nada cultivar raptos de paciencia, para ganar ese beneficio de saber siempre los chismes sin tener que ir a buscarlos él.

Cuando regresó sobre el camino, porque Luisina no llegaba nunca a alcanzar su caballo, la encontró detenida con la vista fija en un punto distante que oscilaba como un péndulo pesado, colgando de la rama de un árbol.

Ella estaba inmóvil, con la vista absolutamente fija, negándose a admitir que lo que estaba viendo fuera lo que estaba viendo, sino que su gesto parecía querer imaginar alguna otra cosa que se pareciera a lo que sus ojos no podían dejar de mirar.

—Daniel… —balbuceó al fin, aferrando su brazo cuando él se puso a su par, regañándola porque no le alcanzaba— Mira.

Él miró.

—Virgen Santa… —alcanzó a decir y se lanzó al galope a través del campo hacia los árboles.

Al muerto llegaron juntos.

Luisina se quedó allí, mirándolo desde abajo, colgado de la rama con una gruesa soga de enlazar, con la cara hinchada como un sapo, los ojos hacia fuera que se le saltaban de ella y la lengua morada. Si no hubiese sido un hombre, bien podría haber sido un muñeco grotesco para espantar los pájaros del sembrado.
Pero era un ahorcado.

En las ramas, se acomodaban los carroñeros, graznando.

—Vete para atrás… —le ordenó Daniel y él, desde su montura, tomó al cuerpo por las caderas y con un certero golpe del machete que llevaba siempre colgando de la silla, cortó la soga.

Eustaquio Ocaña se desarmó como una cosa, de través entre el pescuezo del caballo y Daniel, quien desmontó de un salto y le quitó la soga del cuello lacerado.

—¿ Está muerto? —preguntó Luisina, entre el espanto y la náusea.

—¿Tú que crees? —le respondió él, como su siempre tan autosuficiente acompañante, acabando de acomodar el cuerpo para que no se cayera— Habrá que avisarle a su gente… ¿Sabes quién es?

—No tiene familia. Es Eustaquio Ocaña. — respondió la muchacha— Era peón de los Ibarguren… pero ya no trabaja para ellos.

—Bueno… pero alguien tendrá para avisarle.— insistió Irala, que había atado el cadáver sobre su montura— Lo llevaremos a la policía y que ellos se encarguen.

Antes de que se complicara más la vida con el muerto, Luisina le contó la historia en dos palabras. Le dijo que su mujer se había tirado al río en la olla unos días antes y que los peones de don Huberto la habían sacado muerta. Como parecían demasiados suicidios juntos sin una explicación que los justificara, Luisina también  la dio. Le contó la costumbre de don Ferdinando Ibarguren de quedarse con las mujeres bonitas de sus peones para hacer cosas con ellas que la beata de doña Matricia no le permite hacer y “que se dice por ahí que si la mujer se le resiste, pues que es mucho peor y que seguramente eso fue lo que pasó con Eustaquio… que cuando Ibarguren se la devolvió, la pobre mujer…”

—Ya… ya… —la interrumpió Irala y de un salto se acomodó en la grupa del caballo de ella. Manoteó las riendas, quitándoselas de las manos y se fueron de ahí con el muerto a la rastra.

Daniel le cavó una fosa en sus propios campos y lo metió en ella. Luisina lo miraba cavándole una fosa al muerto sin creer casi lo que veía. Tardó buen tiempo en hacer un hoyo en el que Eustaquio cupiera cómodo mientras ella, que se había quedado con la historia en la mitad, se la completaba para entretenerle el trabajo que se estaba tomando.

Lo único que le interesó realmente es cómo era la doña Matricia esa que se la pasaba de jaculatorias con la tía de Luisina.

Las paladas de tierra caían sobre Eustaquio.

—¿Es vieja? —insistió Daniel en sus preguntas, porque Luisina se abstraía en ver el cuerpo desapareciendo. Ella dijo que sí. “Debe tener tu edad” agregó.

Él protestó porque lo consideraba viejo ya que no se consideraba así.

—Bueno… tampoco eres joven —le respondió Luisina consiguiendo fastidiarle el orgullo pero como el muerto no se enterraba nunca, Daniel dejó de discutir con ella para terminar la poco grata tarea.

—¿Es gorda? —preguntó al rato.

—Pues no. Además… ustedes los hombres, por más que tengan una mujer bonita en la casa, siempre andan poniéndole los ojos a otras —protestó la niña, según la sabiduría general.

—No es cuestión de que sea bonita. Es cuestión de que te entienda, de que se lleve contigo… —le explicó él, limpiándose las manos en la ropa, para quitarse la tierra y los restos de muerto— Alguien que sea como tú, que te comprenda como eres. Lo de bonita, bueno… si es bonita mejor… pero no es lo más importante.

Igual pasaron por el rancho donde Eustaquio vivía porque Daniel Irala no tenía mucha confianza en los dichos de Luisina sobre que no hubiera nada de familia del finado.

—Nos llevamos el perro —dijo, como excusa— porque seguro que si no estaba con su dueño, está atado.

Se llevaron el perro y él se llevó un niño lleno de mocos que lloraba de hambre, frío y mugre en un cajón.

No opinó sobre las aseveraciones de Luisina sobre que no hubiera nadie, más que con el gesto de ponerle el niño en los brazos, que olía apestosamente y como no encontró más trapos con que envolverlo, lo lió dentro de sus propios abrigos.

El niño murió a los días, a pesar de los cuidados que la nana Eleuteria le dio. Daniel anduvo de diablos una buena semana en la que ni hablarle se podía.

Luisina optó por seguir el consejo de la vieja mujer, ya que ella era quien había criado a Irala desde que nació y permanecía fiel allí, ancianamente fiel, envejeciendo con sus secretos dentro de la enorme casa de Las Sombras.

Y además, porque seguramente, la niña nunca había visto tantas tormentas juntas en los ojos de él, que se quemaban y quemaban de fogatas negras. ◣

Eva Lucía Armas – Argentina

Cuestión de sicariato

Mr. Smith… he visto que anda suelto
a la caza de dulces pajaritos
pródigos en amores celestiales y labios de rubí

(perdone mi obviedad liric-odiosa
pero verlo indefenso me aturulla).

Ande usted, Mr. Smith… con esa 22 de sicariato
ejecutando óperas de almíbar
y remando en el pan de la dulzura.

¿Quién lo ha visto, señor y quién lo ve
con su repento místico?

El amor es tan áspero como un papel de lija del 40
inclusive para un corazón áspero,
un corazón de hueso hecho de huesos mondos
por los viejos mordiscos del amor.

Toda una paradoja criminal
la del efebo gordo con su arco desaforado, errático y maléfico.

Ese bichito sí que es un sicario del mal, obra de Venus,
que para la malicia fue más ducha que Hera,
no me diga…

Mujeres…ayyyyyyyyyyy, mujeeeeeeeeres.

Le escribo con la premisa simple de escoltarlo
en la andadura al punto de regreso
a su centro cordial del corazón (pleonasmo adherido a la verdad).

Le guardaré la espalda en el camino,
la mirada en los ojos,
la palabra en la hondura abecedárica
y el vuelo

yo le guardaré el vuelo afuera de las jaulas
y en la parte de afuera de los muros
y en la fronda más alta donde se apoya el viento para agitar la luz

y aquí
en el sentimiento y en el amor que tengo por las alas y por los horizontes.

Coaching de libertad
sparring de la vida,

baile, Mr. Smith… encima de la tumba de Cupido.



Alabando tu voz

Esa, tu voz morena, antigua, góspel,
tan morena como un toffee de cacao y café,
sabrosa como la libertad,
ancha como las esperanzas de los enamorados
y rabiosa
como el estómago de un varón con hambre

va gritando como una tempestad
que grita loca,
como un rabo de nube que arranca una laguna,
como el rugir de un rayo que desgaja una ceiba.

Esa voz de moreno
es una voz con ojos,
es una voz con instrumentos inmortales
que repueblan las playas con cavernas
cavadas con timbales en los sueños,

un tumulto de olas y ambulancias
que corren por las calles del socorro
cruzando pentagramas y opulencias
con acordes brillantes y mayores.

Parece un huracán de la madera
tu voz interminable
que llega por el siempre
como un pentagrama atormentado
en el que canta el sol.

¡Qué voz, moreno loco, esa voz tuya
de azúcar mascabado!



A-par-cando

la paz a veces es una cosa triste
pero yo la disfruto
porque me hace sentir que estoy pulsando
los acordes del grito
aún
cuando esa dulce Átropos se acerque
seductora y lesbiana
hasta mis sexos

la miro
por venir como una sombra de amenaza de lluvia

y con el hacha en mano
parto la cruz de sal
pongo frontera
a su avance de Atila por mi sangre

ahora somos dos
o yo soy ella que se personifica
en ésta que se mira en el espejo
y sonríe
porque la vida siempre debe ser sonrisa
y nunca cobardía

la vida es un diseño para armar con futuro
con chispas y con pájaros
con vientos de jardines
y con velas
de barcos que jamás naufragarían

mi vida es mía
y la disputo con ella
—o a ella—
palmo a palmo
si le gusta mi imagen y cepillarse el pelo
o teñirse de rubia ante el combate

mi vida es mía
no la negocio fácil a su nombre difícil
de comedora compulsiva y agria

mi vida es mía
vamos a ver quién gana esta contienda



Desangelando a angélica

El domingo decae como una vedette rubia
que en un rincón de la ciudad
se acuesta en los papeles de la calle.
Se queda ahí
ecléctica y gatuna
esperando el desfile de suicidas,
de grandes solitarios que mastican ausencias
y rosas disecadas en los libros.

Yo traspaso mi sombra en el espejo
buscando el corazón que tiene ella
reservado a otro mundo.
Se escapó de mi boca cuando legró el silencio
su cáscara de vidrio.
Ella lo guarda roto por si vuelvo.