Eva Lucía Armas – John Madison, contrapunto poético

Imagen by Mchael RossI

Bien esmaltada

Mi viejo color rosa ha madurado
hacia el fondo de mí
y este que uso ahora se me parece más
porque tiene esa impronta a cocimiento
que lucen las cazuelas esmaltadas.

Soy ya de arcilla bien modelada y firme,
un cuenco para sopa en el invierno,
un ánfora de agua,
un plato con un guiso suculento

y así degusto a solas mis manjares.

Ya no convido a cuanto peregrino
da golpes a la puerta de mi mundo
ni a tanto trashumante trasnochado
buscador del pastizal de altura.

No creo en los mendigos que sollozan
males de amor
ni en otros mendicantes que ruegan por apósitos.

Tuve mi etapa de credulidad
porque quise creer.

Pero las tonterías tienen las patas cortas
igual que las mentiras.

Ambas nos hacen
daño.

Eva Lucía Armas


Tu color

Me gusta tu color
Dios bien lo sabe,
tu color de princesa sin corona
sin trajes ni aspavientos. Tú me gustas
porque tu voz convierte mis angustias
en divino placer.

Tú mi amapola,
tú el bolero mejor de mi vitrola.

Me gusta tu color: mi Dios lo sabe.

John Madison


El hombre en el balcón

El hombre en el balcón arroja incienso
a la calle poblada de guirnaldas
y festeja en la sombra a las estrellas
que le ocupan la voz y la garganta.

El hombre en el balcón canta en silencio
con voz de sol tallada de guitarra
y acróbata en el aire teje espumas
desagregando olas en fogatas.

El hombre aquel en el balcón me gusta
porque su voz es indisciplinada
pero alza vuelo sobre malos vientos
o se duerme en las noches de las playas
cuando se terminaron las gaviotas
sobre el clamor del agua.

El hombre del balcón tiene en la lengua
todas mis amapolas
desangradas.

Eva Lucía Armas


ORÍ

De vez en cuando el hombre de los versos
perdía la ilusión por la palabra
y marchaba a su reino, con sus muertos,
a llorar en silencio sus rondallas.

De vez en cuando el hombre de los versos
dejaba de ser hombre, no era nada.

Y como ocurre (siempre) en las historias
escritas en el libro irrevocable
de la vida, llegaba a la discordia
del hombre azul de boca insoslayable
su mujer en espíritu, su novia
su mustang cobra mágico, su trance.

La dueña de su *Orí, su pan de gloria,
su deuda no resuelta irrecordable.

Llegaba esa mujer y recogía
sus lágrimas de Juan Martinez Frágil
y a golpe de romance construía
un nuevo corazón,
un nuevo mástil
una nueva galera,
un Juan vigía
para ahuyentar las voces de las banshees.

Llegaba su mujer:
Eva Lucia,
con su amor de vestal insobornable.

John Madison

Selección de poemas de Eva Lucía Armas

La rosa de Buscemi

Quiero decirte
-ahora que estás triste y antologando karmas-
que el tiempo (sinalefa ridícula en queel)
jamás
(así, jamás )
jugó a nuestro favor.

Yo vengo muy gastada de ilusiones
(y por lo tanto, ya no me ilusiono).

Y vos no sé.

Eras amor sangrante que sangraba demasiados amores.

A veces me pregunto

si no quise
no supe
o.ni quise ni supe la verdad.

Una se queda sola con sus miedos
para combatirlos de por vida.

Ni siquiera
ahora
en esta indescriptible soledad
sabemos cómo acompañarnos.

No nos alcanzan bergantines ni sueños.

Siempre seremos

(tan solo)

dos amores solos que no saben amarse.


Toma 1

Yo he nacido de pie, como la fuerza,
y no a merced del viento.
Soy un quebracho de raíz profunda,
no un pino blando
que no propicia calor cuando se quema.
Yo te quemo la cara, las pestañas,
soy brasa firme y esplendor sonoro.
No soy queja ni llanto ni suplicio,
soy toda libertad, toda talante,
y vendaval de aguas y de musgos.

Me río de la histeria y los histéricos.
Me río de las pálidas bacantes
que cantan a Dionisos travestidos.

Yo renací de muertes y de furias
como un Fénix de intrépidos cristales
y no me pueden venir con pantomimas
ni con besos de lengua que no existen.

Soy mi propio fantástico deleite,
mi soledad apócrifa,
mi aguerrida e incuestionable Lisa Simpson.

Y decido qué hago con mi vida,
le pese a quien le pese; incluso a Dios
que me mandó en pelotas a este mundo de diablos
y arreglate.

Mi espíritu está viejo de universo y soy la libertad,
la independencia.

Nada tengo de frágil, ni muriendo.


Existencias

Ahora que estás ebrio de mar
como un contramaestre melancólico
que desposa sirenas de espuma por el mundo,
escucho tu voz.

Canta desde el fondo de un suspiro
y murmura mil nombres con su tinta salina
atrapado en el engarce del hombre solitario.

Cuenta tu voz, atadas al relato de tu piratería caribeña,
las bocas y las manos que cosechó por tantas noches blancas
en la vertiginosa copa de la luna
y sobre la desesperanza y el calor.

Un tesoro de pieles y perfumes que se van apagando
en el profundo arcón de la memoria
como se apaga suavemente una plegaria
en una catedral
te obliga a regresar a los regresos
y a buscar a tus búsquedas.

El Viejo Relicario vaga con su Cubano Errante
proponiendo palomas, disparos y palmeras
y seduciendo ninfas, ondinas y bañistas
atrapado en la red de pescar versos.
Es su contramaestre melancólico
que intenta, mientras canta, ser feliz.

Yo soy de las que bailan de sol a sol la vida
en una playa ignota
hecha toda con esqueletos de cangrejos y de estrellas fugaces.

Diría que no existo.

Metamorfosis, Eva Lucía Armas

Imagen by Camilo Contreras

Sobraba en todas partes.
Inclusive al humor de Tomás, que tuvo que prestarme un par de pantalones y una camisa ancha en la que entraba mi cuerpo varias veces.

Los pantalones me los arremangaba y los metía adentro de las medias, porque Tomás me llevaba más de una cabeza.
La camisa la dejaba suelta y me disfrazaba de fantasma.
Total, tampoco nadie me veía en esa casa.

Nos alojaron en la pieza de atrás, que daba sobre el huerto.
La abuela dejó dos juegos de sábanas que olían a mucho sol, pero que estaban duras, como plastificadas por el agua de pozo y el jabón.
Eran sábanas blancas, poderosamente blancas, de una tela dura, rígida, como la abuela.

Yo hice mi cama. Mi mamá se acostó sobre el colchón y se subió el acolchado hasta los ojos.
Supongo que lloraba debajo.
Era lo único que hacía últimamente.

En la habitación, había además una cómoda con un espejo en medialuna, enorme y un ropero de madera tan oscura, que parecía negro. También tenía un espejo en la puerta central.

Yo nos miré ahí, retratadas en ese espejo alto.
Mi mamá era un bulto, una apariencia, cubierta totalmente y aún así, no invisible.
Yo, no sé lo que era.
Las trenzas mal atadas dejaban escapar pelos de todos las medidas. Se notaba mucho que la camisa era la parte de arriba de un pijama que no pegaba con el pantalón. Estaba fea, como un pájaro que no acabó el emplume, todavía con el polvo que entraba por las desvencijadas ventanillas del tren, adherido a mis formas.

No podía imaginar un lugar más polvoriento que aquel en el que estábamos.

Otras veces habíamos llegado igual, como una imposición. Pero era la primera que no llevábamos valija ni bolso ni una muda de algo. Pensé si la gente se habría dado cuenta en el tren que yo viajaba vestida con pijama.

La abuela lo notó.

– Usted…vaya a bañarse.- me dijo, desde lejos, apareciendo como una sombra estricta en la suave penumbra del corredor que llevaba a nuestra habitación.
Esperó que pasara junto a ella, sin otro gesto que su dedo señalando el baño.
Después, se acercó a la puerta, para hablar con mi madre que seguía debajo del cubrecama.

—Podrías haber traído ropa —dijo, solamente.

Yo me encerré en el baño.
Pensé en las otras veces de mi tan larga historia de paquete.
Siempre terminaba vestida con la ropa de otro, contribuyendo a mi estilo de adefesio.

La abuela abrió la puerta y me miró todavía sin desvestir, de pie junto al lavabo.

—Báñese rápido, que no se desperdicie nada de agua. Acá tiene.

Dejó sobre el banquito de junto al bidet la ropa de Tomás.
Me tuve que desnudar delante de ella, para que se llevara la mía y la lavaran.

– Su madre tendrá que coserle alguna cosa. No va a andar siempre vestida de varoncito, pidiendo ropa ajena- comentó y volvió a cerrar la puerta mientras yo me metía bajo el agua.

Pero mi madre no salió durante mucho tiempo de debajo del cubrecama.
Y yo tuve que andar vestida de Tomás, que tampoco tenía más ropa sobrante que la que me había dado y que le hacía a él tanta falta como a mí.

La abuela le dijo varias veces a mi madre : Ocupate de tu hija, que para eso sos la madre.
Después, le encargó a Tomás que me cuidara.
Cuidar para Tomás era enseñarme a hacer lo que él hacía. Ser mandadero, peón de patio, andar entreverado con los otros peones, un poco acá un poco allá, aprendiendo el oficio de los hombres. También la libertad de andar tan suelto.
Lo fastidiaba hacerme de niñero pero no se animaba a traspasar el límite y transformarme en su propio peón.
Yo, más que su peón era su perro.
Andaba todo el día atrás de él, tratando de no molestar al único que me dirigía muy de vez en cuando la palabra, o me compartía una galleta, un pedazo de pan, un mate en el galpón, alguna broma, además de la única ropa que tenía yo para vestirme.

Cuando le preguntaban los jornaleros quién era yo , él se encogía de hombros. No lo tenía claro. Solamente obedecía el encargo de la patrona. “Una parienta”, murmuraba entre dientes sin conseguir asegurarme un rango de parentesco con los patrones. Y los peones farfullaban : “¿pero es hembra?”

Así fue que le pedí el cuchillo que llevaba cruzado sobre los riñones, una tarde.
Me lo alcanzó sin otro ademán que el de alcanzármelo ni otra recomendación que la de su gesto.
Yo me corté el cabello a cuchilladas delante de un pedazo de espejo que él usaba para afeitarse sus principios de bigote.
—Ya no soy más mujer —le dije a su mirada.
Él., como siempre, se encogió de hombros.

«El culmen vanguardista», Eva Lucía Armas

Imagen by Anh Henry Nguyen

Qué asfixiante resulta su estulticia,
pipirigallo de inflexible gola,
que nada escucha más que su vitrola
ajustada a su ritmo y su impericia.
Hasta el mejor plantado se desquicia
oyendo sus rebuznos opulentos
fundados en nubajes flatulentos
decorados con falsas etiquetas.
Un vendedor de humo, un anti esteta,
con la lengua falaz de los violentos.

Un otario que abusa de su suerte
-porque de razonar, nada de nada-
y solo se dedica a la estocada
de un discurso que todo lo subvierte.
Es un jetita más ya que no advierte
lo cansina y obtusa que resulta
hasta su mala leche cuando insulta.
Insustancial, retórico, aburrido,
se cree innovador por retorcido
jugando a ser la rata sabia-inculta.

Mas repetido que puré de ajo,
no cambia sintonía ni a garrote
porque de estrecho peca su marote:
le cabe media idea a este burrajo.
De su raro disfraz ¿qué habrá debajo?
¿Un resentido, un infeliz, un mono
que lucha por ser hombre, tener trono
escupiendo en la boca de la gente?
No podremos decir que no es ingente
su vocación por mantener su encono.

Un inútil pazguato con dos copas,
que se las da de eximio transgresor
sin conocer de nada ni el olor,
mientras insulta nuestro guardarropas.
Payaso rellenado, solo estopas,
un triste comic de la misiadura
que juega a ser la voz anticultura
del fundamentalista, sin ideas.

Cuánta pena me das mientras te creas
el culmen vanguardista en tu chatura.

«No Arianna», «Ya no apuesto a los incendios», Eva Lucía Armas

Imagen by Jim Cooper

No Arianna

Hay algo en tu voz de fragua,
de tallador de infinitos,
de burilador de lunas
que van hilando en sus filos,
las singladuras de luz
en el pozo de lo efímero.

¿Acaso tu corazón
acaudillador de trinos
agitará la alfaguara
oscura, donde no hay brillos,
que yace dentro de mí
y que ahoga a los navíos
en derroteros sin mar
por un secarral de espíritus?

Me dimensiona tu voz.

Y tus versos aguerridos
disparan balas de audacia
sobre mi mundo más íntimo,
reacio para sembrado,
inhóspito por antiguo
y sediento por sediento,
mientras, profundo, su acuífero,
troca en diamantes de trueno
al tam tam de tus latidos.

Caminador de este páramo,
tu verso en sus intersticios
se cuela como si un dios
le fuera dando sonidos
a las grutas de mi karma
para que hablen a tu oído
y te guíen, lentamente,
a través del laberinto.

Yo jamás he sido Arianna
ni hay Teseos en mi abismo.

La minotaura se oculta
en su propio maleficio.


Ya no apuesto a los incendios


Hace tiempo, jubilosa,
iba inventando fogatas
con mis páginas insólitas
donde contaba romances
como aquel, el de Verona,
pero en mis cuentos de amor
nunca hubo muertos ni alondras.

Tan solo yo me morí.

Desgajada rama rota
en el árbol del milagro
de haber nacido escritora,
entre historias de novela
fue una novela mi historia.

Y me morí, simplemente,
arrancándome las hojas.

Mis alas se desplumaron,
mi imaginación fue otra
y me estrellé contra el suelo
en una pirueta tonta
escapando a mi destino
desde la sima más honda.

Si no pájaro, arañita,
lagartija trepadora,
vaporcito que se eleva
levitando entre las sombras,
voz de voz recuperada
que no aprende a dar la nota
pero que vuelve eco el canto
como la sierra pedrosa
manda a las voces del viento
a salamanquear victorias

así yo, toda de barro,
toda yo de piedra indómita,
me levanto cada día,
desde esa novela sórdida
y escribo de puño y letra
una página de aroma
envuelta en la paz extraña
de que me dota estar sola.

Por eso no escribo incendios.
Que hablen de incendios las novias
y de besos y de amor.

Ya no creo en esas cosas.

EDITORIAL

ULTRAVERSAL – LA SECTA LITERARIA

Por Eva Lucía Armas

Ultraversal y nosotros, los ultraversales. Los sectarios, los elitistas, los perfeccionistas, los que deseamos que la literatura no termine siendo un arte menor en la que no importen ni el fondo ni la forma y todavía, menos aún, el contenido. Los que no deseamos que la técnica literaria que defendemos, se transforme en un montón de escombros sobre la que cualquier gallina pone un huevo y lo llama «obra».

De la mano de su mecenas, Morgana de Palacios,  quien fundara este proyecto cultural virtual y gratuito en 2003, cuando aún el potencial de internet estaba inexplorado, Ultraversal se ha mantenido constante en sus ideas y firme en el camino de sus objetivos: un Taller de Perfeccionamiento y Crítica Literaria, responsable y honesta, hecho por escritores para escritores.

Por nuestro espacio han pasado, durante estos dieciocho años de trayectoria, una cantidad innumerable de poetas y narradores que ahora pueden verse en las librerías y en las plataformas virtuales.

Pero Ultraversal es algo más que un Taller de Perfeccionamiento en las reglas del arte. Es un trabajo intenso y solidario, en el que cada miembro de la plataforma colabora desinteresadamente con sus compañeros desde su conocimiento o desde su óptica. Es un lugar en el que la generosidad priva sobre el ego natural del artista y en el que la única exigencia es «ayudar al compañero, en la medida de nuestras posibilidades».

Cito las palabras del escritor y poeta cubano, John Madison:

«Ultraversal es una herramienta de rescate.

Ser un ultra es la pasión que más placer y orgullo me ha dado a mis 51 años. Ser un ultra requiere valor extremo, vas a mirarte desde todos los puntos, vas a viajar a zonas de ti que ni siquiera sabías que existían y vas a dejar que otros te miren, te cuestionen, te señalen, te guíen…

Los mayores descubrimientos sobre mí los he hecho mientras trabajaba en mis versos. Ultraversal te ubica como parte del todo. Es la manera en que este lugar dimensional te enfrenta a ti mismo.

Alguien me preguntó una vez porqué volvía siempre.

Bueno, uno siempre regresa a los lugares donde fue feliz.»

Nuestro fin jamás fue ni será el lucro. Solo la excelencia.

«Decir amigo», «No me vengan con necesidades, Eva Lucía Armas

Imagen by Elina Elena

Decir amigo

a Gerardo Campani

La vida nos plantea sus recursos de barro.
¿Qué lejos nos conmina a largamente frágiles,
y pálidos y solos?

Si me doliera menos tu amistad en mis manos
y el corazón tuviera ese cándido eclipse
con que se aparta el día de los ojos del hombre
podríamos bebernos tu agraz filosofía,
tu vino de cosecha selecta y arrumbada
y discutir, nocturnos, la lengua de los dioses
y el pánico del viento sobre los versos planos.

Se quedará la tarde tan tontamente sola
como la vieja noche de cervezas y umbrales
conque arreglamos mundos,
mancamos utopías
y quedamos mojados de soles sobre el río.

No me dejes tan sola
porque ya estoy cansada
de sostener las drizas en mi nave violenta.

Y si te vas un día, “cuando muera la tarde”
las palomas ocultas romperán las fronteras.

Amigo,
amigo mío de los vinos del alba,
siempre serás el tango que nunca compusiste
para que yo bailara tu terco pragmatismo.

Cuando nos encontremos después de nuestros días
hablaremos de todo en lo que no creíste,
pensador de alas quietas
y todo será nuevo
en tu boca prosaica.



No me vengan con necesidades

Ya no estoy para amores de película
ni para suspirar como Gautier
por un Armando más de otros armandos.

La felicidad
es coja y se construye una pata de palo
o anda renga
igual que un pajarito al que una rata hambreada mutiló
pero no deja de volar por eso.

El amor
tiene mucho de hambre
porque el corazón es un desconsolado
que no sabe qué hacer consigo mismo
y entonces busca afuera
igual que una vecina -de aquellas de visillo-
que ocupaban su nada en espiar
qué hacíamos los jóvenes turgentes
con nuestra propia magia.

Ya no estoy para amores. Ni siquiera
recuerdo los pasados.
Espanto a los futuros con el Raidmatamoscas
-y mosquitos-, porque chupan la sangre
de la ilusión que queda
en algún rinconcito donde nadie ha pasado la Ultracomb.

La ilusión es un muerto
a cuyo velatorio nunca iré
porque los muertos siempre nos existen
en el fondo del alma.

Ya no estoy para amores de película
ni para hombres que ilusionen gatos,
ni para hombres a los que ilusionen
brebajes de gastada hechicería.

Casi soy una ostra, hablando mal y pronto.
Pragmática, serena,inteligente,
a veces peleadora,

a veces,
mansa como una diplomática que pretende un acuerdo
pero siempre soy yo,
sola y distinta.

Estoy como “De nos”…*

Ya lo hice todo.
Ahora,
solo quiero a mi perro.

Punto.

Aparte.**

NdA: *Cuarteto de Nos (grupo musical uruguayo)

**Expresión del campo argentino que se usa cuando se separan las vacas que por edad o por problemas, ya no pueden integrar el rodeo

«Soledumbre», «Hay amores», «Polvo y sal», «Humito de vara verde», poemas de Eva Lucía Armas – Argentina

Soledumbre

Entonces,
una descubre que está sola,
absoluta y completamente sola,
con su teléfono vacío de amistades lejanas al horario de los dramas
y a las que no llamar, inoportuna-mente.

Una está sola. Sola, sola, sola.
Y llora sola
y llora y llora y llora
mientras la ira le come las ideas
y no consigue a nadie en quien confiar.

Irremisiblemente, una está sola,
más sola que la una,
sola, sola,
como ha enfrentado al mundo tantas veces
y como está cansada de matar.

Se muere al matar lo que se quiere.

Pero una, como la una, está absolutamente sola.
Y mata y muere sola

sola

sola

Y se levanta sola al día siguiente de matar y morir.

Luego me vienen con llanto los llorones,
los que se tienen lástima en las vísceras
y los que se acumulan en su ombligo juzgando a los demás.

Los pobrecitos del ombligo grande y del ego más grande que el ombligo.

La soledad es árida y tremenda.

Y una llora si mata y una llora si muere
en esa soledad en que está sola
sin nadie en quién confiar ni nadie en quién creer,
sin nadie en que apoyar la soledad
y con la ira multiplicando tantos dientes hembras.

La soledad es eso.
Un campo de batalla donde me quedan pocos contendientes
con los que me encarnizo más y más
porque me hieren más y más y más me hieren.

Yo soy la soledad.
Y estoy tan sola.


Hay amores

Mi amor se había puesto esclerótico
y era un jubilado que planeaba poemas
en la franela de lustrar los muebles.

Los escribía con el polvo de los días inútiles.

Después
los guardaba en el armario con la escoba de barrer cenizas
y con la radio vieja que había olvidado la onda corta.

Era un amor lejano a la comunicación en gigabaits,
un amor de esos que llegan en las cartas no llamadas e-mail
y que, a falta de buzones que no fueran
hot, gi, yahoo
no encontraba donde depositar su único sobre.

Era un amor en sobre,
ensobrado después de perfurmarse,
recoleto y modernista como el cisne de Ruben Darío,
a su vez, antiguo como pocos,
y caído en desgracia sanitaria.

Un amor en medio de un alzheimer
que sacaba al amor de su galera y corría con él
por los pasillos de los hospitales
que el mar fue devorando pez tras pez.

No se rindió a desalinearse con el mundo
por propia vocación de desaliño.

Era un amor esdrújulo con una lengua renga
que sabía besar.

Hablaba con el fondo de los ojos.


Polvo y sal

El sol ha suspendido su desnudo,
se ha quitado su cáscara de seda sobre la voz del día
y en pantuflas de niebla
camina por la calle como un pequeño preso
que no recibe cartas.

El frío llega a pie sobre su sombra.

Es un filo de cristal que punza
la claridad más fértil
y la deja caer, lluviosa y desangrada,
lo mismo que un disfraz apolillado.

Todo parece diferente ahora.
Yo no sé si más claro.

Diferente.

Será la procesión de las ausencias
como una larga colecta interminable
de robar las pequeñas alegrías.
Ese rebrote a muerto que no termina nunca de morir
y nace en todas partes
enfrentándose al sol y al viento sur.

Yo no sé escribir cuentos cuando escribo poemas.
Soy bastante primaria en ese aspecto.
Escribo lo que late entre mis manos,
lo que mi mundo siente
y todas esas cosas pequeñitas que no reclaman nada.

Ya sufrí mucho.
Ya fui una fruta rota y una canción mordida
y un eclipse y un muerto.

Ya estuve muerta alguna vez también.

Ahora estoy viva
tan de regreso como una clarinada

a pesar del otoño en que anochece.


Humito de vara verde

Viejas palomas sin aire
se despeñan de silencio
sobre la luz de un mañana
que tiene en cueros al tiempo
mientras mis ojos se calman
en el fondo de lo negro,
porque no ceja la sombra
de proponerme sus duelos.

Mi brazo está desarmado,
delicuescente y pequeño
y mi mano culinaria
se apaga como un mal fuego
con humo de vara verde
que no rebrotó en anhelo.

No voy a pedir la vida
al genio de los deseos
porque con las cuentas claras
nada me deben ni debo.

No pienso llevarme lastre
arrastrando al cementerio.

Mientras tanto, a veces bailo
escribo a veces,

y sueño.

Eva Lucía Armas – Argentina

Floresta by Enrique López Garre

Carne de tierra

No soy un ser virtual.
Soy carne de cañón, hueso de abono,
terrestremente anclada al pensamiento,
a la razón, al hecho, al pragmatismo.

No soy un ser virtual
sino yo misma,
mi condición humana y trascendente,
mi poquito de Dios en la conciencia,
mi arte, mis rituales redivivos,
mi vocación de prójimo.

Yo soy un ser real,
sin Facebook, sin Instagram, sin Twitter,
por eso me conecto poco y nada
a las venas radiantes de un sol frío,
espejismo y cristal, ilusionante.

No soy un ser virtual
ni soy una paloma
que guste disfrazarse para Ícaro
por parecer nacida de un milagro.

Soy mineral. Es parte de mis formas.
No es mi juego de alquimia ilusionista
sacar del plomo el oro
porque me guste el fuego que me unge.

Y soy una animal, ruda y terrestre
como el olor a lluvia sobre el barro,
o el cielo en que los pájaros dispersan
bandadas migratorias y alegría.

No soy un ser virtual,
nunca lo he sido.

Y no me creo nada que no pueda romper
con mi silencio.

Abrazo con mi abrazo y vivo “a vivo”.

EDITORIAL

por Eva Lucía Armas

Imagen by Ivan Erl Erymar Cabayan

La virtualidad, desarrollo de lo imaginario

Se ha asociado, comúnmente, el término «virtualidad» a la existencia de un proceso tecnológico y a todo su intenso desarrollo en los últimos tiempos. Sin embargo, lo virtual, «la otra realidad» intangible si se quiere pero no por eso ni menos cierta ni menos real, es lo que ha sabido combinar la tecnología con los procesos sensibles del ser humano.

Lo virtual ha constituido una segunda realidad basada en hechos simbólicos y con un marcado componente ontológico sin el cual su existencia no sería tan eficaz y su resumen sería un automatismo alfanumérico exclusivo de los datos.

En cierto modo, la virtualidad penetra en campos imaginarios casi del mismo modo que las religiones lo hacen y, asentado en el campo imaginario, lo transforma en un campo real, activo y creíble. De ahí su denominación que etimológicamente proviene de “virtus”: fuerza, energía, impulso, aquello que se manifiesta en lo real, la energía de la acción.

Lo virtual, que muchos intentan hacer propio resolviéndolo exclusivamente al campo de las nuevas tecnologías, ha sido capaz de crear dos ámbitos humanos muy bien diferenciados y a la vez, igualados y concomitantes. Ha desdoblado al ser humano, permitiéndole expandir su horizonte cotidiano y hacer cotidianos a horizontes que antes solamente imaginaba, como muchos libros de ciencia ficción o de ficción distópica anticipaban, casi con una premonición verneana.

Lo virtual ha existido siempre en el hombre, desde Deus ex machina hasta Matrix.

Lo tecnológico ha conseguido desarrollar un sistema de experiencia, diferente y alternativo, que se ha denominado «virtual» como «no presencial», como no necesitado del contacto físico para hacerse real y esto ha despertado otras sensaciones humanas, diferentes de las experiencias físicas o de la sensibilidad física propiamente dicha. Ha generado vínculos reales entre entidades que podríamos definir como abstractas, holográficas.

El plano virtual ha creado una nueva relación de poder entre las fuerzas humanas que puede condicionar o puede liberar. Si la mente lo capta, lo asimila, es capaz de imbuirse de su sentido profundo y poseer sus alquimias ¿quién puede decir que lo virtual es un espejismo y no una integración de realidades congnitivas que han estado presentes desde siempre en el hombre, pero dormidas, dominadas u ocultas?

Comparándola con el teatro, la virtuadidad es un escenario que permite representar la mímesis que se escoja como actores. La propia, otra, no tiene importancia. Lo virtual permite expresiones que lo real no permite, porque a través de lo virtual, lo óntico parece liberado sin condicionamientos ni falsos focales.

Es en la virtualidad donde los límites perceptivos de lo tangible se flexibilizan y avanzan. Lo que se ve pierde su territorialidad frente a lo que se percibe. La realidad concebida como tal se difumina y permite acceder a lo remoto y transforma aquello que no se realiza de manera concreta en algo que es tan concreto como lo realizado in situ.

Quizás, la virtual es, en el fondo, nuestra última forma de libertad real.

Eva Lucía Armas

En la penumbra

Junto a la ventana, mientras mira la calle al mismo tiempo que destapa el vino con ademán vigoroso, pienso que la poca luz le queda bien. Esa luz tenue, vidriosa, que palpita desde afuera, le queda bien a su cuerpo.

Revuelvo con lentitud la crema que estoy preparando para los fetucchini y pienso, también, que hay una belleza particular en esa madurez muscular que la remera ligeramente ceñida le dibuja. Se le adivinan bajo el color sepia los dorsales anchos y se curvan los bíceps rotundos, a medio emerger por la imprudencia de las mangas cortas frente al movimiento.

“Qué fuerte está este tipo”, pienso para mí, detrás de la sonrisa que no sé cómo evitar mientras lo miro, distraído en la calle con un abandono de esos que muestran los grandes felinos. Un gato esbelto y cazador, que reflexiona desde la oscuridad.

No hablo. Solamente observo que de espaldas hasta podría ser un jovencito de trasero firme, de cadera segura, que practica crossfit o algún deporte de esos de exigencia. Es un cuerpo metódicamente trabajado, entrenado para dar su mejor calidad de rendimiento. Un cuerpo casi griego.

Vuelvo a la idea. “Qué fuerte está este tipo”.

Ahora sirve el vino y pienso también cuánta seguridad tienen algunos hombres. Cómo se nota esa potencia interior que les domina la actitud y que da un placer mórbido mirar.

Andan por la vida como si sembraran pasos.

También sirve el vino como si lo hubiera cosechado, con una rotundidad de manos de vasija y lagarero. En su distracción es imponente, porque le brota ese júbilo tremendo que saben tener los que son íntimamente poderosos.

Se acerca y el aire se impregna del aroma maderoso del perfume. Pienso que ese olor extraño, difícil, le va perfecto, porque el suyo no es de esos perfumes que te encontrás en todas partes, con un toque de pino. Este, de él, es un desafío olfatorio que mi percepción de buena cocinera no termina de dividir en sus mixturas. Quizás té, tal vez algo de almizcle, un toque de amargor, quizás acanto. Huelo como si el perfume me llevara directo a una cocina de hechiceros.

Él sabe que odio que metan los dedos en mis salsas pero ensopa el pan y desafía con el gesto de adolescente rebelde de sus ojos, mis normas más severas. Le pego en la mano. Él no se inmuta, como si no notara mi golpe. Me mira y muerde el pan, casi en cámara lenta. Después sonríe.

La sonrisa hace juego con sus ojos, como en un contraluz. Me pesan los dos sobre los labios: la sonrisa y los ojos. Es como si ese ejercicio de silencio, porque ninguno de nosotros habla, fuera algo emparentado con la fuerza de gravedad.

Cuando me alcanza la copa, me acaricia apenas la mano con sus dedos. Tiene ese tacto áspero de animal caminador.

Mi piel se eriza.

Eva Lucía Armas

Cacareadores varios

Hay hombres que han perdido la condición genuina
y apenas
son pobres insurrectos de salón.

Desconocen la muerte.
Desconocen la absoluta impiedad del miedo.
Desconocen como desgarra un grito la garganta que grita.
Desconocen la voracidad de la intemperie,
lo anchurosa que puede ser la soledad,
la vastedad humana que cimbra en la catástrofe.

Se piensan malditos porque escriben su mustia frustración.
Y son sólo infelices. Infelices y pobres
o pobres infelices.

Ya quisieran estar realmente malditos
como Haití.

Ya quisieran (o no), sufrir en piel y hueso
la condición humana.

Pero son insurrectos de salón,
vanguardistas entre terciopelos
donde no acampa el hambre
y la muerte es parte de su fábula.

Escriben de amarguras que nunca han degustado.

Son apologetas
de fracasos que sus mentes inventan
acomodadas a la simpleza de siempre tener pan
que alimente a sus bocas dentadas.

Miserables
que se erigen en cuestores
igual que las gallinas que alborotan la paz de un gallinero
con su cacareo irremediable.

Cacareadores vanos que no han vivido nada
y piensan que alcanza con el grito
para hacerse notar
sin dejar esa comodidad que los protege
y en la cual se apoltronan
mientras escriben sus “tragedias griegas”
irrisorias y fatuas.

Seres que sólo claman por tener su minuto de gloria
en el monitor de los demás
cuando se abra la notificación en la que escupen
miserias que no entienden ni padecen
en su circo de ignorante molicie internetera.

Ridículos
en la sobreactuación de la miseria impúdica,
jamás han sufrido lo que cuentan.

Es solamente una borrachera de jarabe de pico.

Sólo los verdaderos luchadores
han vivido la umbra en los eclipses.

Poemas afuera

Entonces me reclino
encima de esta mesa de madera
como madera húmeda
como estatuita indígena
que alguien dejó acostada entre dos vasos
y unas migas de pan.

Lluevo como una cosa crepuscular
que nadie ha descubierto
ni ha nombrado.

Lluevo sin el rocío de la mañana
encima de la espina de la rosa
cuando cuelga
en una efímera lágrima llovida
en que se mira el día mientras nace.

Lluevo en tu vino mordisqueador
en tus ojos bulímicos
en tus manos de artífice de flores
en tu poema lluevo
sobre las velas que nos iluminan en tu bar de mentira
como dos figuritas en las que quepa el alma.

Lluevo en mi pastoral
sobre todas mis cosas y tus versos
y sobre las reliquias
desde el fondo de mí te lluevo en vino
en apresuramiento
en mi misma te lluevo…

No sé si de tu tierra nacerán mis relámpagos
pero igual
es tu sed…

y este es mi trueno
hoy
matador de homicidas a palabras.

Eva Lucía Armas – Argentina

Crepúsculo by Mabel Amber

Una historia

Todos somos un producto de algo y ese algo es lo que nos proveyeron las circunstancias para ser lo que somos. Qué hacemos con nuestras experiencias, con nuestros errores y nuestros aciertos y cómo vemos y procesamos hacia nosotros los de los demás.

Somos lo que vivimos (además de lo que comemos y de lo que escribimos, en nuestro caso particular de escritores). Somos lo que vivimos pero fundamentalmente, creo yo, somos la forma en la que vivimos lo que vivimos. Qué hacemos con eso.

Sinceramente, no tengo miedo, porque ya pasé varias veces por el cuello de la botella y sé que pasás o te atascás. No hay muchas variables.

La vida, en eso, es inexorable. No pasás a medias ni te atascás a medias. Las leyes son iguales para todos, porque la vida no hace distingos entre unos y otros cuando le cede el paso a la muerte.

El enemigo no se ve porque los verdaderos enemigos no se ven. Solamente se ven las consecuencias que producen. En general, son sustantivos que no tienen forma, solamente consecuencia.

¿Qué forma tiene el hambre como tal? Ninguna. Vemos sus resultados, sus manifestaciones.
¿Qué forma tiene la muerte? Ese cuerpo que queda ahí y al que velamos.
¿Qué forma tiene la guerra? La de los hombres que la hacen posible.
¿Y la peste? Hoy por hoy, la fibrosis pulmonar. Antes las variolas, las cavernas tuberculosas, las bubas que explotaban dentro de los pulmones en la Edad Media. La peste tiene todas las formas y por eso, no tiene ninguna.

Digo esto por Los cuatro jinetes. Desde qué tiempo se nombra a esas cuatro entidades como lo aterrador.

Y aquí estamos, con los cuatro presentes, galopando cada uno por donde el hombre le ha permitido hacerlo, pero presentes, como en todas las épocas en que el hombre se ha negado a escuchar lo único que debe escuchar: “ama a tu prójimo como a ti mismo”.

Dice mi nuera más joven, la que ve gente muerta (porque nosotros pertenecemos a una familia tan extraterrestre que le daríamos envidia a Alf), que somos demasiado antiguos, que somos “los antiguos”, almas que ya han aprendido la mayoría de las cosas que la Humanidad se niega a aprender y eso que ha probado por las buenas y por las malas para hacerlo y que por eso, ninguno tiene miedo. No es porque vivimos en Argentina, porque hay pocos casos, porque cumplimos la cuarentena. Es porque ya sabemos que lo que deba ser, será, haga el hombre lo que haga, porque las leyes que no son las del hombre, funcionan de esa manera.

(No se rían que el tumor temporal ya me lo sacaron, pero yo sigo igual que antes, o sea que no era el tumor. Soy yo así).

Nos reunimos sobre el final o sobre algún final de los tantos que jalonan las historias del hombre.

Siempre me pregunté por qué, después de varias experiencias fallidas, ahora tengo estas tres nueras tan pero tan afines a mí que parecemos cuatro hermanas (prometo foto) que tenemos discursos comunes, ideas comunes, cosas tan en común que algo así no puede jamás ser azaroso sino una reunión de causalidades.

También me pregunté muchas veces por qué estamos en Ultra personas tan afines más allá de la mera escritura. Por qué personas tan pero tan afines que hasta podrían ser la misma, son los administradores de este lugar. Morgana, Aira, Ángel, es como si fueran yo.

No existen las casualidades en el universo. Existe la causalidad. Todo sucede “por algo” y siempre está en el hombre entender el porqué. Pero el hombre no se esmera. Prefiere inventar patrañas conspiranoicas, echarle la culpa a oscuros laboratorios bajo tierra, a los Iluminati o al pangolín. No se hace cargo de su inquebrantable torpeza.

Pude morir muchas veces hasta hoy y de muchas maneras diferentes, así que esta es una más. Nunca tuve miedo.

Vi morir todo lo que amaba y acá estoy. Lo acepté porque a la muerte no se le opone resistencia. Se asimila al aprendizaje de la soledad y del tener que resolver ese “de ahora en más” que se une de pronto a nuestra vida. Y hacer algo con ese “de ahora en más”. Compensación: mi nieto. La vida es equilibrio.

¿Estoy en riesgo? No más que los demás que también lo están. Soy una del montón. Una más del montón.

En resumen, no me gustaría morirme en esta época porque quisiera saber que el hombre, al final de esta pandemia aprendió alguna cosa, pero estoy segura de que eso no lo verán mis ojos tampoco esta vez y que la vida, como siempre, sigue y se renueva todas las veces que sea necesario porque es algo que no se detiene.

Los hombres se detienen. La vida, no.

El amor en los tiempos del Covid

Eva Lucía Armas & John Madison

Soy esa vieja luz que intenta algo
entre la sombra que lo ocupa todo
y sin embargo, priman otros ritmos
sobre mi pulso antiguamente sabio.

Estoy acostumbrada a las historias
que no terminan bien.

A veces me aproximo hasta el ribete
de los nudos oscuros de los fosos
pero nadie me ve
o el que me ve, desvía la mirada
hacia otro fulgurar no compasivo

y se aparta de mí.

Me deja sola en la premonición del universo.

Quizás no soy fragor ni calentura
de hoguera despertada a contralumbre
pero conozco el verde como nadie
y el marrón de la tierra y sus crepúsculos
como un poco de sol que vocifera
que el canto habita siempre en las semillas.

Vuelo sola.

Quisiera compañía, pero todos se cansan de este cielo
hecho de cosas extrañamente místicas
y de verdades duramente humanas.

No he aprendido a callarme lo aprendido.

La fe me dura porque yo le exijo que dure para siempre.
Y es que conozco el rumbo
aunque me sigan pocos navegantes del mapa constelar.

Porque yo sé volar a contraviento
navego en otro mar, vivo otras olas

y te espero en silencio, por si acaso
lo que vas hablando de mí sea posible…

Si querés caminar
puedo llevarte a conocer los duendes

todavía.

Eva Lucía Armas

Anoche los arkontes llegaron a tu mundo.

Todo se ensombreció.
Llevabas armadura y cimitarra
y peleabas conmigo.
Algo me derribó. No alcancé a ver su forma,
pero te oí gritar desde la multitud:

¡Qué cierren el portal! ¡protejed al heraldo!

Y una horda de hombres tan altos como muros
cerró filas urgente sobre mí.

Me desperté llorando
y no por la premura de la muerte,
lloré por la belleza de aquel mundo y su reina.

El cielo era un festín de llamaradas.
(A Octavia siempre, solo Dios sabe en secreto)

John Madison

Alguna vez quizás, tiempo de ríos,
mi corazón atrajo tus derivas,
mi férrea vocación de acuartelada
dibujó encrucijadas en tu esquina
y con algún porqué, nuestras historias
huyeron sin que hubiera despedida.

Una vez fue que el puerto estaba lejos;
otra vez, había guerras en la orilla;
un día entre la niebla te atraparon
mejores arabesques que las mías
y paralelamente a los espejos
se reflejó total la asincronía.

Tuve que acostumbrarme a lo de siempre.

Amazona se nace con la herida
sobre el costado izquierdo, todo un símbolo
que te indica a qué gremio estás adscripta.

Imponente tu río cruza el bosque,
con sus voces galácticas y antiguas.

Acabo de llamar a mis ejércitos.
No me nombres Octavia… todavía.

Eva Lucía Armas

El mundo va a acabarse y ella quiere
llevarme a navegar, a ver los elfos.
Los peces voladores de su armario,
su cónclave de perlas en estéreo.

El mundo se nos rompe y yo contrato
Arturos y Merlines que a buen sueldo.
practiquen misas blancas y conjuros:
¡Qué surzan esa nube, hagan remiendos!

El mundo va a morirse y nunca pude
llevarla de mi brazo, mas que en sueños.


***



Siempre fui marinero, eso lo sé.
Siempre fui del salitre y de los puertos.
El precio de encarnar es entregar
la memoria a esa red que teje el tiempo.

Siempre fui marinero, no lo dudo.
Fui un hombre del parnaso, un faenero,
un buscador de ostras, mercader
polizonte, fui carne de pesqueros.
Pero si le pregunto al corazón
en qué puerto te vi, no lo recuerdo.

No recuerdo tus senos ni tu olor,
tus ritos de sudores con mi sexo.
Lo único que tengo como dato
de esas vidas pasadas en tu reino
es este abecedario, este amor,
este sansara hermoso que tu verbo
retorna a mi saliva. Etéreo aroma
a bandoneón que siembras en mi pecho.

Ya no pregunto a Dios, extraño idilio,
qué Nautilo de dos guardó en sus templos.
Yo ya no le pregunto a mi razón
por qué este jubileo, este misterio
de pasión desbocada cuando llegas
y levantas de golpe mis requiebros
y me haces desear ser un gran tipo,
ser un hombre de bien, tu Canserbero*

Ser un hombre de bien, a mí que nunca
me ha interesado el reino de los cielos.

John Madison

Yo estoy… ¿cómo se dice…? metafísica,
una espiral de paz que es todo intento,
una frecuencia azul que aturde el día
con ladridos dispares de silencio.

En la playa del mundo donde anida
toda su soledad mi Clavileño
mi Barataria ya no es una isla
y el faro no intimida al mar abierto.

Yo soy un pez cansado, un ave acuífera,
desteñido color, hoja del tiempo,
un almanaque apático sin rima.

No sé si te seduce, marinero,
internar a tu nave en la marisma
y acabar encallado entre mis sueños.

Eva Lucía Armas

Hace mucho que estoy en tu cornisa
como un concorde al que los aeropuertos
le niegan el visado. Octavia mía,
mi Octavia hoy y siempre en desafuero.
No me leves el puente todavía
que antes quiero besarte por entero
con mi streptease valiente. Octavia mía,
si estoy vivo y coleando es por tu verso.

Está escrito en mi libro, mi osadía
de aceptar la propuesta de tu reto
me salvó de la muerte por desidia.
Mi Octavia, solo Dios sabe el secreto
de esta causalidad que nos domina.

John Madison

Eva Lucía Armas – Argentina

Poemas escogidos

Imagen by Syaibatul Hamdi

Taumaturgia

El hombre se destrama mientras siente
el porqué de callar sus vendavales
y volverse llovizna
o no volverse nada más que espuma
de un aire sin orquestas.

El hombre alza el pañuelo de los besos
y lo libera al aire

mientras lo ve rodar como una piedra líquida
piensa en todas sus lágrimas
en todos sus bostezos
en sus insomnios húmedos
en sus últimas risas.

El pañuelo
se transforma en pájaro
que ríe entre las nubes
la búsqueda del sol.

El hombre, abajo,
quisiera ser pañuelo
mientras dibuja pájaros sin alas
que va guardando en jaulas de papel.

Así apaga la luz,
cierra la puerta
mientras oye volar entre sus páginas.



Animal que conversa

Ciertas cosas no están hechas para el don, decías
y abreviabas la vida de la desesperanza;
yo aprendí a combatir esa constante
y me dejé llevar por la inconstancia de la improvisación.
Agregabas aquella expresión a tus victorias
como una conquista sobre la voluntad de pertenencia
que llamabas tu sino
y te reías de él.

Siempre me pareció la tuya una irreverencia trágica
y por eso te contestaba eso de que yo
me consideraba un tanto mística
aunque intentara
también
sacarme el don de encima.

Mi rebelión te hace reír, aún.

Te hace reír con tu inclinación hacia la metafísica inclemente
donde los muertos se manifiestan
en una procesión que no termina sino en tu corazón

desangelable.



El terror de las sombras

«de pasionales sombras con voces de ventrílocuo
Oliverio Girondo
»

Hablábamos de vos,
del mineral oscuro de tu sombra.
Éramos varias voces en un claro esponjoso
donde cabía el verde
igual que una parroquia abandonada
está llena de ecos que recuerda
aunque Dios haya muerto.

Hablábamos de vos,
de tu salitre cáustico,
de las capas profundas que ignoran la curtiembre,
del descarne,
del pulso metafísico,
del reloj que olvidaste junto al brocal del pozo.

Hablábamos de vos
y de la voz del agua entre tu nombre
de viejo paredón,
de orín del hierro,
de arcilla sin esmalte

pero él no lograba descubrirte
y el resto hacía silencio.

Yo le hablaba de vos
y él me hablaba de vos.
Los dos hablábamos
como si no estuvieras entre todas las voces

como si no estuvieras siquiera en nuestras voces.

Como si no estuvieras.