«Soledumbre», «Hay amores», «Polvo y sal», «Humito de vara verde», poemas de Eva Lucía Armas – Argentina

Soledumbre

Entonces,
una descubre que está sola,
absoluta y completamente sola,
con su teléfono vacío de amistades lejanas al horario de los dramas
y a las que no llamar, inoportuna-mente.

Una está sola. Sola, sola, sola.
Y llora sola
y llora y llora y llora
mientras la ira le come las ideas
y no consigue a nadie en quien confiar.

Irremisiblemente, una está sola,
más sola que la una,
sola, sola,
como ha enfrentado al mundo tantas veces
y como está cansada de matar.

Se muere al matar lo que se quiere.

Pero una, como la una, está absolutamente sola.
Y mata y muere sola

sola

sola

Y se levanta sola al día siguiente de matar y morir.

Luego me vienen con llanto los llorones,
los que se tienen lástima en las vísceras
y los que se acumulan en su ombligo juzgando a los demás.

Los pobrecitos del ombligo grande y del ego más grande que el ombligo.

La soledad es árida y tremenda.

Y una llora si mata y una llora si muere
en esa soledad en que está sola
sin nadie en quién confiar ni nadie en quién creer,
sin nadie en que apoyar la soledad
y con la ira multiplicando tantos dientes hembras.

La soledad es eso.
Un campo de batalla donde me quedan pocos contendientes
con los que me encarnizo más y más
porque me hieren más y más y más me hieren.

Yo soy la soledad.
Y estoy tan sola.


Hay amores

Mi amor se había puesto esclerótico
y era un jubilado que planeaba poemas
en la franela de lustrar los muebles.

Los escribía con el polvo de los días inútiles.

Después
los guardaba en el armario con la escoba de barrer cenizas
y con la radio vieja que había olvidado la onda corta.

Era un amor lejano a la comunicación en gigabaits,
un amor de esos que llegan en las cartas no llamadas e-mail
y que, a falta de buzones que no fueran
hot, gi, yahoo
no encontraba donde depositar su único sobre.

Era un amor en sobre,
ensobrado después de perfurmarse,
recoleto y modernista como el cisne de Ruben Darío,
a su vez, antiguo como pocos,
y caído en desgracia sanitaria.

Un amor en medio de un alzheimer
que sacaba al amor de su galera y corría con él
por los pasillos de los hospitales
que el mar fue devorando pez tras pez.

No se rindió a desalinearse con el mundo
por propia vocación de desaliño.

Era un amor esdrújulo con una lengua renga
que sabía besar.

Hablaba con el fondo de los ojos.


Polvo y sal

El sol ha suspendido su desnudo,
se ha quitado su cáscara de seda sobre la voz del día
y en pantuflas de niebla
camina por la calle como un pequeño preso
que no recibe cartas.

El frío llega a pie sobre su sombra.

Es un filo de cristal que punza
la claridad más fértil
y la deja caer, lluviosa y desangrada,
lo mismo que un disfraz apolillado.

Todo parece diferente ahora.
Yo no sé si más claro.

Diferente.

Será la procesión de las ausencias
como una larga colecta interminable
de robar las pequeñas alegrías.
Ese rebrote a muerto que no termina nunca de morir
y nace en todas partes
enfrentándose al sol y al viento sur.

Yo no sé escribir cuentos cuando escribo poemas.
Soy bastante primaria en ese aspecto.
Escribo lo que late entre mis manos,
lo que mi mundo siente
y todas esas cosas pequeñitas que no reclaman nada.

Ya sufrí mucho.
Ya fui una fruta rota y una canción mordida
y un eclipse y un muerto.

Ya estuve muerta alguna vez también.

Ahora estoy viva
tan de regreso como una clarinada

a pesar del otoño en que anochece.


Humito de vara verde

Viejas palomas sin aire
se despeñan de silencio
sobre la luz de un mañana
que tiene en cueros al tiempo
mientras mis ojos se calman
en el fondo de lo negro,
porque no ceja la sombra
de proponerme sus duelos.

Mi brazo está desarmado,
delicuescente y pequeño
y mi mano culinaria
se apaga como un mal fuego
con humo de vara verde
que no rebrotó en anhelo.

No voy a pedir la vida
al genio de los deseos
porque con las cuentas claras
nada me deben ni debo.

No pienso llevarme lastre
arrastrando al cementerio.

Mientras tanto, a veces bailo
escribo a veces,

y sueño.

«Anoche te pensaba», «Mi rayo que no cesa», poemas de Carmen Jiménez Meneses- España

Anoche te pensaba

Anoche te pensaba:
Un cachorrillo dulce y vivaracho,
tan tenaz en el juego, tan amigo,
tan inventor de historias, tan extremo.
Tan de cerca de mí, como yo tuya.

Anoche te lloré porque te fuiste
y a menudo tus ojos me interrogan
y no sé contestar esa pregunta.

Porque ya no te encuentro ni te encuentras.

Anoche te lloramos, igual que cada noche,
tu padre y yo, en silencio.


Mi rayo que no cesa

No me conformo, no: me desespero
como si fuera un huracán de lava
en el presidio de una almendra esclava

o en el penal colgante de un jilguero.
(El rayo que no cesa. Miguel Hernández)

Mándame un simple selfie
sin mirarte al espejo,
sin impostar sonrisas que tus ojos desmienten.

Déjame que te bese, en la distancia al menos,
ese rictus amargo que tienes en los labios
cuando nadie te mira y cuando miras lejos.

Porque quiero beberme la dulzura que esconde,
porque no me conformo, porque me desespero.

«Gestación de vacío», «Bocados de realidad», «Los peripatéticos», poemas de Jordana Amorós – España

Imagen by Stefan Keller

El hueco

No fue en cuarto menguante…

Ni el inquietante aullido de los perros,
que huelen los siniestros,
alborotó las tapias.

La noche del estrago
llegó sin avisar.

El corazón
notó que congelado quedaba su latido
al sentir el mordisco pavoroso
del desamor.

Después,
quién sabe cómo,
el hueco
fue ocupando lugar, ganando espacio
a expensas de lo vivo y su dolor.

Enorme vientre inverso,
en el alma gestante apenas hubo
señales de aquel mal, que, soterrado,
carcomía su entraña.

Ya ni siquiera soy un manantial
de bilis corrosivas.

De mí hoy sólo queda
este vacío ingente, este imposible
afán por vomitarse.

Esta atroz,
visceral,
abrumadora
y omnipresente náusea.


Bocados de realidad

Pudiera parecerlo, pero esto
no es un desvarío
ni principio
de demencial senil.

Sucede todo
de forma natural.

Es algo que nos pasa
sobre todo a nosotras,
las que fuimos
tan minuciosamente programadas
para pasar la vida desviviéndonos
cuidando de los otros.

De repente,
una tarde de lluvia,
delante de una taza de poleo,
te da por echar cuentas
y encuentras cien desfalcos en tu haber
y demasiadas cosas que te debes.

Y te apuntas a clase de pilates
o a un curso de bachata,
o te pones a dar la vuelta al mundo
montada en parapente.

O te unes al club
de Los Poetas Cuerdos…

Nunca es negociable
renunciar a uno mismo
toda una eternidad.

Sientes cómo demanda,
vital la sangre, que busques y devores
el mínimo bocado de la realidad
que la ocasión te brinde.

Siempre fue ahora o nunca.

Pero hoy es urgente exprimir la experiencia
de vivir
mientras dure.

Toca gastar tus últimos alientos
persiguiendo las sombras
de sueños ya olvidados.

Y echar en el olvido lo único que sientes
como una certidumbre.

Cómo crujen tus huesos
y cómo a tus espaldas
los rumores del frío muy poco a poco crecen.


Los peripatéticos

Lo mismo sí,
lo mismo en otro tiempo
sí que fue necesario rebelarse
contra el cielo, que nunca dejaba de mandarnos
sus lúgubres augurios.

Gritar, como se debe,
cuando a tu alrededor todo es desierto
y tú no eres un cactus
ni una rosa de sal.

Gritar,
hacer del grito
el venablo de rabia
que alcance las alturas y logre penetrar
su coraza de impía indiferencia

O al menos gritar
hasta hacer que los cuervos
se espanten y no sueñen
en darse a nuestra costa su gran festín de vísceras.

Gritar hasta vaciar
los últimos vestigios
de hiel de las entrañas y que con ello deje
de asfixiarnos la náusea .

Lo mismo sí,
lo mismo en otro tiempo sí que hubo
que dejarse jirones
del alma y de la voz en el intento
de tratar de enmendarle los designios
torcidos al futuro.

Ahora lo que toca
es callar y seguir hacia adelante,
con la sobria elegancia de los peripatéticos
que pasean sus dudas por los ásperos
senderos de la vida,
vestidos de estoicismo
y de serenidad,
como todos aquellos que ya están
libres de cualquier miedo,
pues con sus propias manos se encargaron
de arrancar de raíz sus esperanzas.

Poco puede pasar…
acaso que se abran las puertas del infierno,
y diluvie la ira de los dioses
sobre nuestras cabezas

Que esta vez, si hay suerte,
se muestren compasivos con tanta indefensión.

Y que dejen caer sobre nosotros,
feroz,
definitivo,
un aluvión de piedras.

Los presentes ausentes: José Luis J. Villena – poemas

Huya el tiempo

A veces el pasado es el destino
del humo de la vida, de la farsa
del amor que, sin serlo, nunca fragua,
como nunca es el agua un espejismo.

Dejaré en la tristeza un verso escrito,
desamor, esperanza huera o vana
e igual que su sentencia el reo acata
yo quiero que después cunda el olvido.

Huya el tiempo también y su premura
por caminos o vientos muy lejanos,
que yo quiero de nuevo la dulzura

de tener el amor entre mis labios
como el sediento que abre dulces frutas
y se come la pulpa muy despacio.


El espejo

Tras el frío bruñido del espejo
de alinde en que te miro,
en el eco del silencio estás llorando
y lloras lágrimas de cristal molido
y lloras penas que son de hielo seco
y lloras como un desterrado
en el espejismo de tu dolor secreto.

Vives en una ciudad de vidrio y viento
que tintinea en mi cabeza,
casi rompiéndose cada día,
pero yo no sé quién eres tú
y tú no sabes por qué lloras.

Y yo que venía desarrimado
a averiguarte la esencia del alma,
héroe efímero de los escaparates…
y yo que deseaba beber el aliento
de cristal envenenado de tus labios,
amor cercano e intocable…

y yo que quería preguntarte mi nombre…


La mujer del secreto

La mujer que me lleva a la otra orilla
es un puente de sombras deshiladas,
un atajo a la gloria o al infierno
de un querer que me quiere a vida o muerte.

La mujer que me mata y me desea
es la maga que embruja mis sentidos,
la razón que se pierde con ungüentos
aplicados de noche y a escondidas.

La mujer que me guarda y que me aleja
trae un río de ayeres altaneros,
desaguando en las dudas del ahora
lo cierto y lo seguido de su estirpe,
y es un brote de piedra en el futuro.

La mujer del secreto que ella sabe,
lo desvela en las noches del instinto
y fía ciegamente a mi vigilia
su vida, que hace tiempo que es la mía.

Hay dos firmas de amor al pie de un trato
avalando la sangre y su bullicio
en los frágiles días que nos sueñan.


Nocturno

La noche se abre en una flor de brea
que naciera del tallo de lo oscuro
y derrama su efluvio misterioso
bajo una lluvia de marfil eléctrico,
de una luz que quizás sea de luna.

Camino en la quietud de las aceras
buscando una guarida que me ampare
y un bar es un lugar donde esconderse
para encontrar sosiego en una copa
y suponer tu cara entre las caras
que me miran mirando lo que miro.

No sabe nadie que te busco a tientas,
que me parece verte en algún rostro
o en el cristal narcótico de un beso
que me devuelve a ti,
a la derrota absurda de quererte
en unos labios de carmín postizo.

No estás y a la intemperie,
cuando las putas vuelven del infierno,
en esa hora turbia en que el delirio
tiene un aroma de flor del trasmundo,
sin aliento ni ruido vuela un ángel
que desangra en palabras su agonía
y un poeta se bebe los silencios
del amargo licor de los crepúsculos.

Nunca hubo un amor tan imposible.


In the road

Dejé que el coche fuera despacio y sin destino
hacia la noche albada del neón y el desvelo,
igual que un ángel roto volando al ras del suelo
la gloria me pillaba muy lejos del camino.

Por las calles oscuras, por las sombras opacas,
la gente de la noche peleaba su esquina
con la sed insaciable del vicio y la ruina
que, al hervir de la niebla, bullía en las cloacas.

Yo, que buscaba el rastro y el perdón del olvido,
devoraba kilómetros huyendo de lo inmundo
y drogado de pánico, conduciendo errabundo,
maldecía la suerte que tiene el forajido.

Repartía el semáforo en tres luces el mundo
y en la duda del ámbar me quedé detenido.


«Ars de un clandestino», tríptico de Silvio Rodríguez Carrillo

Imagen by Albretch Fietz

Al Prosor, Hamal, que muy a su manera me entrenó en la paciencia del que corrige.

Si te aplicas al ritmo y a la rima
es posible que logres universos
de palabras sedientas de la esgrima
que se nutre de santos y perversos.

Observa la canción que te lastima
el temple que procuran sus reversos
y entiende que el valor es lo que estima
la bestia que devora a los dispersos.

El camino es difícil, inseguro
se precisa de sangre por las venas
del rencor y de Roma en los latidos

si acaso se pretende que lo puro
no suene al rechinar de las cadenas
que burlan los poetas exigidos.

*

No creas que desprecio lo sencillo
de andar con claridad por los cuadernos
sin liarse en los oscuros laberintos
que imponen un formato a los momentos.

Yo también me prohíbo que los ritos
de un poema sometan a mis textos
a contarme privándome del brillo
que consigo al decirme sin sus metros.

Escribo valorando las palabras
sabiendo que me expongo a la caída
al acto del tropiezo en la carrera
que pretendo ganar con mis espaldas
protegiendo a mis manos de la herida
de exponer sin estilo mis certezas.

*

No importan los tropiezos, las deshoras
que implica el atreverse a profesar
las formas defendidas por los doctos
que hicieron de sus versos su legado.

Procurando alcanzar a la belleza
que se oculta sonriente en la grafía
del esteta mordaz, irreverente,
es normal lastimarse sin remedio.

Lo cierto que trasciende a los detalles
de dudas, desconfianzas y temores
se inscribe en el adentro del sentido,

en el pulso que empuja al buscador
a vivir en el borde de lo triste
por honrar sin errores su palabra.

«La libido textual», «Vanguardia», «La lengua diminuta», «Vis a vis», poemas de Morgana de Palacios

La libido textual

No toca techo la libido textual
y sólo toca fondo
si se abre de piernas a la muerte,
deriva
salta
gira
se deprime
se le quitan las ganas y recupera el ansia
violando silencios
pese a las alambradas de la mente.

Mata la realidad que no le excita
y la recrea, tan en exclusiva,
que entra en erección al roce de las letras
suspira
llora
gime
y se refleja
en la húmeda piel de los orgasmos.

Una sigue escribiendo, embarazada,
vulnerabilidades
y dando a luz los monstruos de la tinta
como si un padre oscuro los amara.


Vanguardia

Yo no voy con las modas,
no me adapto
a su veneno tópico y efímero.

La vanguardia soy yo, desde intramuros,
auriga de mi tempo
y nadie va a decirme qué registros
he de emplear, qué fibras
he de tocar,
qué pedante origami
he de poner en vuelo para darle
placer a algún estúpido aburrido,
ni cómo seducir una mirada.

Yo salgo con mi jaula vacía
a las calles de todos
a los campos de nadie
en busca de los pájaros del sueño
que alguna vez insomnian en mi lengua
antes de suicidarse
en algún viento alisio atormentado.

No me derramo en lágrimas
por prescripción de algún facultativo
ni río, escandalosa,
después de haber vaciado
la botella del ansia.

No me sujeto a voces moralistas
ni me escudo
en la crudeza estética del trampantojo porno,
y no ando, famélica,
a la caza de reconocimiento,
como pueda pensar la muchedumbre
de poetas esclavos de la gloria.

El rostro de la fama, inexpresivo,
no me atrajo jamás.

Soy la caligrafía del silencio
que íntimo me grita,
cuando quiere vivir de muerte súbita,
orgasmo en la garganta.

Un graffiti pulsante en algún muro
que el tiempo borrará
sin una duda.


La lengua diminuta

Por despertarte a ti que traes el pensamiento
ardido en una pira de voces taciturnas,
te voy a discutir el agua si sediento
me vienes a beber y el día si avariento,
intentaras negarme tus palabras nocturnas.

El pan si estás hambriento, la paz si desolado
-como si sólo fuera la flor de la discordia-
el aire que respiras por no sentirte ahogado
y el mar cuando lo quieras atravesar a nado,
a puñalada limpia y sin misericordia.

Te voy a discutir por el placer perverso
de verte derribando muros de catedrales,
el crucifijo cátaro de tu acerado verso
y porque formes parte de mi oscuro universo,
la luz donde radican tus principios morales.

Si no puedes vivir sin que yo te discuta
porque lo necesitas para sentirte fuerte
no me exijas silencio. Yo soy la que disfruta
azuzando tu verbo, la lengua diminuta
que te va a discutir hasta la misma muerte.


Vis a vis

Estamos tú y yo frente al poema
como un verdugo que latiga el alma,
la espuela en los ijares de la mente
que galopa al gemido de la máscara.

Aunque le pongas música a la noche
y a la imagen de libre dentellada,
inequívocamente nos miramos
como dos enemigos sin palabras
que copulan mentiras violentas
y verdades hirientes como dagas.

Ni descansas en mí ni yo recuesto
la sed en tu pupila de aire y agua,
pero un júbilo extraño te recorre
cuando mi lengua arisca se desata
sobre tu adusta boca de soldado,
impúdica de sangre si me habla.

Escándalo tu verbo proxeneta
para mi puta voz desarraigada.

«Un hada en primavera», «Líbrame del amor», poemas de María José Quesada

Un hada en primavera

Ahora que se acerca la primavera
de princesita yo me voy a vestir,
con tres flores blancas haré mi diadema
-dos margaritas y un alhelí-
Será mi vestido muy largo y hermoso,
de gasas y tules, como el mes de abril,
bordado de espigas, también de madroños,
de verde manzana, de menta y anís.
Pero mis piecitos andarán descalzos
-las hadas del bosque caminan así-
para no hacer ruido ni romper el canto
de los mil gorriones que habitan allí.
Y una vez vestida toda de princesa
un cisne me espera, por llevarme a ti,
y allí acurrucados en sus tibias alas
voy a darte el beso que te prometí.


Líbrame del amor

Se me clava la tristeza
como una espuela oxidada,
daña, duele, amarga, escuece,
me enferma la piel y el alma.
Cómo cierro yo esa herida,
quién me quita esa navaja,
el crujido de mi carne
el dolor que no se acaba.
Quítame, madre, el tormento,
nímbame con tu agua clara,
hazme de nuevo en tu vientre
como flor resucitada
y apártame del cariño,
del sentido de nostalgia,
de todas las trampas dulces
que engañan y te desarman.
Del recuerdo que no cesa
de dar portazos al alba.
De tocar la libertad
con las dos manos atadas.

Líbrame del amor.

«Exégesis», «De esperas», «A pura muerte», poemas de Ana Bella López Biedma

Imagen by Mollu Rose Lee

Exégesis

Agitas la distancia
como un pañuelo blanco contra el cielo.

Nada te toca afuera de tu llanto o tu risa.
Hombre de peces quietos sin escamas
que reniega del tacto de oleaje
y del mar hecho añicos.

Hombre de piel de herida, nunca dueles,
cara de mimo, toda escarcha y tajo
y siempre sangre adentro.

Te observo en el alféizar de mis noches
-de sábanas inermes-
bámbola apenas luz hecha de llanto,
mientras te boicoteas las esquinas
con papeles que crujen
como grillos pisados, o que cortan
la yema de los dedos con su látigo.

A veces me pregunto
cuándo tiembla tu arena
al contorno de espuma, o se derraman
flores incandescentes en tu boca.

Cuando la oscuridad
sueña renglones rotos en tu abrazo.


De esperas

Donde pongo mi voz, pongo la espera
y pongo mi silencio si es preciso.
Guardo en mi boca el sol más insumiso
y en la caricia soy blanca bandera.

Donde pongo el amor me ofrezco entera,
sin medida, sin precio y sin permiso.
Abraza al hierro mudo en compromiso
mi vocación tenaz de enredadera.

Donde muere la sal beso la herida,
donde brota la sangre más oscura
cierro con mis dos manos y en sutura

derramo mi agua clara, canto y vida.
De espera el corazón, sin parapeto,
hibernará a tu verso, tibio y quieto.


A pura muerte

Acomodo tu verso a mi costado,
una estatua de luz, un dios obsceno,
tan fieramente dulce que un pecado
me graba a sal tu lengua como un trueno.

Me tiembla el agua en tu reflejo armado
de níspero procaz, hirsuto y pleno,
que empujo a la pared en verbo osado
bebiéndome de un trago su veneno.

A plexo descubierto y piel devota
la lluvia escribe en piedra los vaivenes
que anegan mi garganta gota a gota

y desanuda el sol de mi cordura.
Guardo el último canto en que te avienes
y abrazo a pura muerte tu ternura.

«Se vende, se permuta», «Una ola de olvido», «La forja», por Ángeles Hernández Cruz

Muchacha by Thuan Vo

Se vende, se permuta

Se vende

Se venden días tristes.
Los entrego encerrados en un baúl de espanto
atestado de cajas con etiquetas blancas
escritas con mi mano temblorosa.

Unas contienen miedos de los que se te anudan
en la garganta fría, que ya sientes tapiada
por viejas soledades.

Las de remordimientos
están acompañadas de desesperación
junto con la amargura
de no tener el brío de parar
el transcurso tirano de los días.

También hay cofrecillos y envoltorios
tan raídos y viejos que no me atrevo a abrir
ya que solo contienen ilusiones caducas.

A mí ya no me sirven
porque los versos piden a mis brazos
que deje de arrastrar este equipaje
que se sigue rompiendo,abriendo las heridas
y que una y otra vez remolco en mis escritos.

Se permuta

He cambiado de idea: ya no quiero vender.
Prefiero permutar el contenido
del pesado baúl
por la bolsa ligera de los grandes poetas
que cantan al amor con arrebato,
con palabras ardientes que enrojecen
los rescoldos helados de mi fuego.


Una ola de olvido

Anoche desperté sin mis recuerdos.
Rebusqué entre las sábanas, a tientas,
y solo encontré frío.
Sobre los almohadones, mi pelo se cubría
de un laberinto húmedo de algas.

Una ola de olvido gigantesca
que venía de lejos elevándose
arrastró mi pasado al mar profundo.

Al verme en el espejo,
pegadas a mi piel desconcertada
se asomaban millones de blancas caracolas,
nácar tornasolado.
Me vi hermosa y valiente vestida con mi escudo.

Solo tengo el ahora, este instante,
para verter sonrisas
y llenar mi equipaje de historias relucientes.


La forja

Quise ablandar el hierro de los barrotes que aprisionaban mis auroras. Lentamente, encendí una hoguera. Con ladrillos de rabia construí una fragua mientras las llamas me proponían a gritos su consuelo.

Emboqué las barras hasta que el calor reblandeció su intransigencia y, entonces, las moldeé en el yunque con mis manos. A pesar del tormento, logré formar una hoja con espiga que templé en un barril rebosante de lluvias que nunca se detuvieron en mi cara.

Adelgacé el filo contra la piel dura de la memoria y le hice un mango suave que acariciara las llagas de mis dedos.

Fabriqué un cuchillo con mi jaula. Con él corté los hilos que me ataban a la nostalgia y podé las ramas que me impedían crecer hacia el futuro.

«A Carlín», «Pacto un pulso», dos poemas de Orlando Estrella

Imagen by Janet Domínguez

A Carlín

Cuando la sombra se desplaza rauda
a través del pasillo
evocando memorias de la sangre vertida
aparecen las lágrimas todavía inocentes
de ese muchacho pleno de vigor
buscando sus sandalias.

Tanto que mencionaba al R. Douglas
famoso francotirador, el gringo,
el mismo que cayó al llegar a Vietnam.

“Le tira hasta a los gatos y a los perros” -¡es un bárbaro!-
decía el joven que vivia un sueño
con su mauser al hombro.

Dieciséis años y al oír disparos
se sonreía como si viviera una comedia.

—¿Por qué no hablas ? -siempre me decía-
—No sabría decirte, es que soy medio alzao -le contestaba-.

Una tarde de lluvias, un disparo, y Carlín
se fue con su sonrisa en busca de otros sueños.

Un dieciséis de junio.


Pacto un pulso

Pacto un pulso de fuerza para ver quién derrota
a mi silencio activo o al vozarrón sin alma.
En mi esquina callada solo se oye el crujir
de mis huesos sin fans, aunque firmes y alertas,
sin embargo al contrario le sobra algarabía.

El ruido enajenado no me llega a los huevos,
tengo filtros antiguos que me hacen sordo al trompo.
A esa bulla apagada, callo con mi mudez
y será con los truenos que ensordecen la carne
que callarán mi voz, esa que no se escucha
cuando resuena recia en oídos malandros.

El barullo barato se desgrana en los aires,
solo inquieta la paz y molesta el sosiego
pero el sigilo pleno, pensado y concienzudo
es letal y procura dominar la algazara.

«Nubes», «Elefante gris». «El calor de lo inerte», tres poemas de Sergio Oncina

Nubes

Me hablabas de un jinete
sobre un corcel gris humo,
de un delfín sobre el mar
y de casas de gnomos.

Y yo solo veía
las nubes en el cielo
y mi cielo en tus ojos.


Elefante gris

¿Mamá,
por qué cuando estoy triste
un elefante gris
me oprime el corazón?

¿Será para que duela
y mi pena se cure

al llorar?


El calor de lo inerte

Cuando ella lo abraza
siento su calidez
y una ternura inmóvil
impropia de lo inerte.

Sus ojos saltarines
de plástico y cristal
reflejan a la niña.
Refulgen y se alegran.

¿Qué vive en su interior?

«El sueño de un beso», «Efecto hotel», «Vendrás», tres poemas de Juan Carlos González Caballero

Hands by Jackson David

Tres poemas

El sueño de un beso

Me he encontrado en el cielo de la boca
un beso antiguo, tuyo, y el tropiezo
por el que mueren los amantes ávidos
de robarse los líquidos del cuerpo,
de entorpecerse la venida rápida
mutuamente, mordiendo el mismo anzuelo.

Te encontraba en el velo de la boca,
te encontrabas conmigo allí en el techo
hecho de ambos, sin luna y sin estrellas,
éramos luz bermeja de un recuerdo,
era el lenguaje de mi lengua trémula
apurando las mieles de tu verbo
que por dulces pensé que no eran malas,
que por buenas me hieren estos sueños.


Efecto hotel

Amarte fue como habitar hoteles,
con todo atornillado a paredes y suelos,
como estar de turista en una estancia estandarizada
de placeres con costes elevados
para mi pobre paz hambrienta de tu sexo.

Pero te amé.

La bipolaridad de tu mirada,
después de los vaivenes en un único olor de tactos húmedos,
me desahuciaba de tu mundo helado,
tu reino quieto de emociones quietas
y tus senos tapados de forma calculada.

Y yo, desnudo, viendo el vuelo de quien quiere
olvidarse muy lejos.
Y yo tan cerca, mientras mi lenguaje
me ahogaba la garganta.
Y tú te habías ido, ya no estabas
antes de darme cuenta.

Nunca fui el cliché que se conoce
por despertar deseos en mujeres.

Tú fuiste quien abrió la puerta de los vértigos,
iluminada con la luz azul
y alguna serenata
de las que matan suavemente al cómplice
con el paso del tiempo.

Me encontré dentro, me encontré feliz,
por un instante,
en el lugar más frío
que haya podido conocer un joven
sin experiencia.

Eras un corazón de piedra pómez
y de intemperie,
con poco espacio para el buen amor.


Vendrás

¿Vendrás desde el pasado con tu aroma de lirios,
como el perfume dulce de la flores que mueren
dejando sus estelas en la niebla noctámbula
al servicio y señuelo de tu copa caliente?

¿Vendrás así, ligera, como un aire de pompa
o el peso de burbujas que intrépidas me ascienden
al mostrarme tus piernas y su rubor abierto
para que yo me lance, desde mi sed que crece,
a la espuma de un tiempo que jamás volverá
y me rompa la calma tu cruz, siendo mi suerte?

Tendría que purgarme de hechizos, cada vez
que me embriagues los diques, te infiltres y me anegues.

«Pájaro lastimado», «Breves», «No está en la línea de mis manos», por Silvana Pressacco

Prosas

Pájaro lastimado

Cuando comprobé que no existen aves guías inmortales creí haber elegido ser un pájaro huérfano que con las alas plegadas se dejaba caer.

El tiempo me enseñó que no existen pájaros sin lastimaduras y que los que realizan los mejores vuelos son los que aprenden a llevar consigo el dolor sin darle combate.

Me enseñó que en los puentes de salvación siempre existen tablas sueltas y que el único soldado que las puede reconocer es uno mismo.

No necesito hacer pie en la fragilidad de otro y salvarlo para comprobar mi propia capacidad de resistencia ante la adversidad porque mostrarme débil ya no me importa.

Solté mi afán absurdo de ser una semirrecta impaciente con vocación de empuje y resistencia porque comprendí que soy un punto en la grandeza de la vida, un punto que puede detenerse y que detenerse no es necesariamente morir.


Breves

Inventé un mundo tan lejos de mí que ahora no encuentro un pájaro que me quiera regresar.

Por proyectar tantos vuelos he olvidado cómo agitar las alas.

Suspendida en el aire, con las alas entumecidas por imposibles, vigilo el cambio de guardia. Tal vez hoy se vaya el silencio o la araña del tiempo.

En muchas oportunidades me propuse modificar la rapidez con la que transito por la vida porque, siempre confabulada con mi responsabilidad, impidió que disfrutara de muchos paisajes que dejé atrás. No puedo victimizarme porque mientras mantenía la mirada fija en el cartel de llegada sabía que no había caminos de retorno.

Mis talones nunca encuentran una fuerza externa que resista el empuje de las obligaciones. Sigo el trayecto vencida por la inercia.Cuando me busco cierro los párpados. Cuando necesito sentir o pensar apago la luz del afuera. ¿Será que la verdad se pega al reverso de los ojos? ¿Qué es lo que ellos ven que enceguece el entendimiento? ¿Por qué si en el silencio oscuro de mi habitación la verdad es tan clara, por la mañana ando a tientas?



Un poema

No está en la línea de mis manos

Si quieres conocerme
no alcanza con leer las líneas de mis manos
porque no guardan rastros de escapes y locuras.

Solo pueden contarte
que a veces ser entrega me lastima
porque soy incapaz
de levantar columnas desde la periferia;

escapar de reclamos
para garantizar la protección
de mis células sanas,

silenciar el idioma de mis ojos
que exponen claramente lo que guarda mi lengua.
También pueden decirte
que a veces soy un pájaro,
un pájaro que elige vivir en una jaula
que mantiene la puerta siempre abierta;

o una fiel maleza, empecinada
en hacerse frondosa
en un terreno húmedo y oscuro
mientras sus ramas tímidas
acarician el árbol
coronado de sol.

Te dirán que soy mapa, también ruta y refugio;
un paisaje pintado con montañas de euforia
y llanuras de pausas.

Pero hay algo intangible, sin registro en las palmas,
algo que transfigura
si las garras del tiempo descansan y desprenden,
algo que me transporta a la vereda opuesta
donde impera la magia,
en donde lo perfecto es toda imperfección.

Te confieso que ahí

soy aire por segundos.

Otra casa, poema de Gerardo Campani

Otra casa

Cada pared de esta casa es una escena vacía;
cada sillón que no te abraza, un trasto que desprecio;
cada café tomado a solas, un rito cruel que trato de evitar.

Es que nunca estuviste aquí, y ¿por qué esta tarde
mis músicas y mis desapegos y mis dulces soledades
me han abandonado para dejarme solamente solo?

¿Cuándo tu piel adivinada en sueños
empezó a ser pesadilla de mis horas desnudas?

Inicio cada noche en cada ensueño
la trama perfecta que dibuja tu figura en nuestra escena,
una y otra vez.

La noche y mi tristeza me aseguran
que mi única realidad imprescindible
es ese sueño incesante que te repite adormeciéndome.

(Ignoro de qué materia tan sutil
he tomado esas imágenes que se velan bajo el sol
y no me bastan para poblar esta tarde.)

Ahora los rumores de la calle me ensordecen,
y una inquietante sospecha de no recordar lo primordial
me atenaza contra este sillón absurdo.

«La dulce ausencia», «La piel», dos poemas de Carmen Jiménez Meneses

La dulce ausencia

No hablaré de mi muerte,
no merece la pena,
será solo un instante
por mucho que te duela,
tampoco muy dispar
del dolor de una ausencia.
Hay ausencias en vida
que las entrañas queman,
y si me apuras, hijo,
será más llevadera
porque nunca se extinguen
los amores que bregan,
mano a mano, en los surcos
de pasiones gemelas.

Y aunque a tu juventud,
aún salvaje y tierna,
le parezca un horror
vivir la vida huérfana,
es mejor que otras muertes,
y vivimos con ellas.

No te hablaré tampoco
de mis propias vivencias,
mi condición de madre
respetará las reglas
que entre los dos pactamos
y que firmé a sabiendas,
para que mis fracasos
no te cancelen puertas
que la ilusión traspasa
con voluntad y fuerza,
si el azar nos ayuda
con su mano de niebla.

Te hablaré del afán,
de las noches en vela,
en que brillamos juntos
igual que dos luciérnagas,
porque allí me hallarás
convertida en estrella.
Y cuando el tiempo pase
seré una dulce ausencia.

La piel

Su ausencia es como un barco a la deriva
que se acerca a mi costa sin motivo
y me desborda de melancolía
cambiando mi razón por espejismos.

Hoy me dejó la playa reducida
a un extenso mosaico cristalino,
cada tesela muestra una sonrisa
en millares de rostros de mis hijos.

Yo contemplo sus gestos en la arena,
a la luz de este lento atardecer,
hasta que se los lleva la marea.

Y regreso pensando que no sé
resetearme y despedir su estela
ni detenerme al borde de mi piel.