«Tríptico: Ángel, no vengo de Sodoma», poemas de Orlando Estrella

I



Al Ángel que me escucha cuando hago mis
monólogos,
el que cruza de acera al vernos en la calle
y me mira con dudas de ser yo el elegido,
debo advertirle pronto que no soy de Sodoma.

Él, todo poderoso, solo anda por mi senda,
no es por casualidad a pesar del recelo.
Detrás de su mirada de terneza,sencilla,
hay hongos destructivos que se traslucen claros.

Sabe y también conozco su objetivo final
pero quiere ser justo. Algunos inocentes
pagaron en antaño culpas viles, ajenas
y quedaron dolores que el tiempo no ha curado.

¿Por qué a mí loco impuro, me busca como amigo
será que ha visto letras salidas de mi puño?
Parece que las mira como muestra de honor
de alguien que no traiciona ni venderá a sus hijos
por salvar el pellejo, eso habrá de entender.

Hablaremos de frente, y estaremos acorde.
Y le diré:

—Cumple tu cometido, ya nuestro referente
lo dijo alguna vez. -¡Qué se hunda la isla
antes de la ignominia!-. Lanza todo tu fuego,
nadie mirará atrás, esta vez no habrá estatua,
porque yo haré la única en el fondo del mar.
No somos un desierto, recuerda lo que somos.

Mañana, dos isleños, una pareja apátrida
querrá recomenzar y le dará color
de tres tonos a un lienzo que habrán de enarbolar
quién sabe en qué lugar más lejano del globo.
Inventarán los cantos que nunca se escucharon,
unas baladas tristes colmadas de dolor
y nadie sabrá quiénes moraban en la isla
más bella del caribe.


II

Arcángel, ¿le propones a este mortal de barro
una misión tan noble, de tanta envergadura?
Un proyectil gastado, casi al implosionar
aunque lleno de hongos y deseos frustrados.
¿Esos eran tus planes al perseguirme ansioso?

No sé que poder viste en este cadavérico
que arrastra sus caídas como Cristo a su cruz,
con victorias efímeras solo como consuelo
del derrotado. Oye, he logrado entender
que el amor por el prójimo son lágrimas de salva
si no va de la mano de la fuerza brutal
y del odio aprendido a través de los golpes.

¿Estaré apto y tendré el amor suficiente
para la hora crucial? Mira que no lo sé.
Nunca me he contemplado en mis sueños constantes
acostado, en la espera del decreto oficial
anunciando el deceso de un vivo desahuciado.

Eso está a tu favor y de aquellos que esperan
que se haga la justicia que ellos por cobardía
nunca han decidido. Pero si me acompañas
cuidaré de tus alas “vaya suerte de ateo”
porque en ellas me iré a la estrella más triste
que no será más mustia que el país donde moro.


III

Hace ya cierto tiempo que me ocupan los ángeles,
no es por remordimiento por mi poca creencia
y no es por el rechazo cada vez más al prójimo
que solo ve su sombra como si más allá
no existieran más hombres que solo se reflejan
levemente en vidrieras. Y si, tengo remuerdos.

Serán los serafines, los que habitan mi mente
que tratan de guardarme, o son dardos mortales
en busca de respuestas, de por qué un ilusorio
se sumió en la catástrofe trepándose a las nubes
queriendo sofocar las llamas en que el hombre
y sus propias miserias se extinguían
en vez de suscitar una canción de cuna
a parte de su sangre, de ser mio aquel niño.

Podrán ser rescatistas detrás de perdedores
que contienen las lágrimas esperando el momento
para inundar los suelos y extinguir los demonios
que pululan y dictan las normas a seguir.

Los veo blandir espadas sin inspirar temores,
quizás son los espectros que otrora fueron víctimas
y hoy, en su nuevo rol, llegan con nuevos bríos
transformados en líderes proyectando las luces
adquiridas en luchas con los demonios muertos.

Puede ser todo un símbolo que refleja el fracaso
de aquel tipo de ayer muy cerca de victorias
o un signo de esperanza en días venideros.

De todas formas guardo una espada embotada
a un lado de la cama y en otro unos escritos
por si me toca irme, casarme con la gloria,
o si por el contrario solo me espera un mueble
cercano a una máquina para corregir musas.





«Llévame contigo al mar», poema de María José Quesada

Imagen by Tim Hill

Llévame contigo al mar

Te conocí una mañana,
tú te marchabas del puerto
yo a la bahía bajaba
y quiso dios que ese encuentro
mi vida entera cambiara.

Llevabas la red al hombro,
venías de la almadraba,
para el mar eras un lobo
para mis ojos, un Atlas.

Y al pasar junto a tu mano
y contemplar tu sonrisa
mi ser quedó hipnotizado
como por arte de ondina.

La red te ofreció la estrella
que me engarzaste en el pelo:
Es para ti, mi sirena,
dijiste sin titubeo.

Sin tener culpa la estrella
quise esquivar ese gesto
y al darme la media vuelta
se me enredó en el cabello.

Cerró el círculo de presa
tu corazón lisonjero.

Las caracolas cantaban
y susurraban dulzonas,
algo fue cortando el aire
con alas de mariposas.

Cada noche una fogata
nos encendía la Luna,
sí mi amor, mi lirio de agua,
febril, lumínica, pura.


Volviste de nuevo al mar,
pasión de los marineros,
yo te quería alcanzar
con las ondas del pañuelo
que lloraban soledad,
marino de mis anhelos.

Guardado celosamente,
el miedo, veta profunda,
desbarató los dinteles
de mi templanza madura.

Regidas por un mal viento
una formación de bocas
iba desgarrando el puerto.
Gritaban las caracolas,
yo les pedía silencio.

Marché hasta la última piedra,
aquella que el mar bañaba.
Con arañazos de fieras
nereidas desesperadas
no daban siquiera tregua
a que mi voz te nortara.

Sin guarda quedó la noche,
los ángeles descansaban
y el agua imantó en su cauce
nombre, amor, estrella y barca.

No quiero ver más el mar
sino entregarle a su hambre
mi cuerpo y mi soledad.
Me dejará enamorarte
vestida de agua y coral.

«Regalo de espliego», «Encuentros», «Grietas reconfortantes», poemas de Ángeles Hernández Cruz

Imagen by Phuc Nguyen

Regalo de espliego



Tu mirada en penumbras, envuelta en el hastío,
me pedía en silencio descoser las amarras
para llevarse lejos la carga de los años
que tú ya no podías llevar a tus espaldas.

Yo quería hechizar a la bestia sombría.
A modo de sirena mi voz desafinaba
en un arrullo astuto que la guiara lejos
y nos dejara, madre, a salvo de sus zarpas.

Comencé por un tango, tus ojos se agrandaron
escuchando a Gardel perderse en mi garganta.
¡Qué idea tan absurda! En vez de una sonrisa
asomó la tristeza en tu frente argentada.

Seguí con los boleros, con angelitos negros,
con gardenias a pares al son de las maracas
y tus dedos marcaron el compás de mis notas
reviviendo el calor de unas tierras lejanas.

Bailé junto a Adelita rancheras de Jalisco
comiéndonos las tunas hasta Guadalajara
y allí es donde encontré lo que andaba buscando:
tu risa, mi regalo, con lazos de lavanda.



Encuentros



A veces se me olvida, solamente unas horas,
que a la felicidad le gusta disfrazarse.
Se maquilla de rojo en las vendas sangrantes
y en las baladas tristes se camufla de nota.

Aprendí la lección una lúcida tarde:
lo supe al revisar el perfil de una roca
que al herirme explotó y se hizo redonda
sin aristas ni agujas; como la arena, suave.

Puedo ver la alegría como espuma de olas
en los charcos en calma de enfurecidos mares;
refugiada en mis ojos para ver los paisajes
cuando el cielo sonríe tras las ventanas rotas.

Aunque busque escondrijo, sé que está en todas partes.
Encontrarla es mi lucha y una ilusión asoma
después de cada golpe, lastimada la sombra,
cuando afianzo mis pasos para seguir el viaje.



Grietas reconfortantes



“Hay una grieta en todo.
Así es como entra la luz…”

Himno, Leonard Cohen


Hay una grieta en todo por la que asoma la luz que gana
a las sombras rotundas, como en su himno cantó el poeta
desgarrando la noche triste del hombre con su saeta
que atrajo al resplandor con la candencia de una campana.

También por las rendijas de cicatrices que todavía
duelen al roce leve de una caricia con sinfonía
de reproches antiguos, entran las llamas luminiscentes
para rellenar huecos con dulces hilos de luz dorados.

Ya siento el entusiasmo de bellos surcos desagraviados
como por el kintsugi, pero son firmes por resilientes.

«Sin preámbulos», «Insensibilidad», «Mausoleo de emociones», poemas de Eugenia Díaz Mares

Imagen by Victoria Borodinova

Sin preámbulos


Se ha dormido en mi piel ese estremecimiento
que me daban tus manos tan solo con tocarme
y dentro de mi mano hay un vacío
sin tu latido ardiente que antes me quemaba.

Son helados tus besos
ya no existe sabor en esos labios
destilando amargura;
se va muriendo todo y solo queda
grabado en nuestro lecho aquel vaivén salvaje
que tanto disfrutamos.

Hoy es todo rutina
marcada en una agenda cuando llegas al día,
sin hacer un preámbulo tú llegas y te instalas.
Quizás tú sí disfrutas la visita,
pero a tu paso dejas anhelos inconclusos.

Quisiera recordarte lo que tú le enseñaste
al mapa de mi cuerpo,
y cómo despertabas tanta sensualidad
tan solo con mirarte.

Pero mejor decido sofocar
a la mujer ardiente que aún sigue vibrando,
aquella que perdiste en el camino.



Insensibilidad



Continúas enviando tus sueños remendados
al cometa en el aire,
y mientras yo te observo y admiro tu entereza,
me busco en los bolsillos,
aquella que perdí bajo una sepultura.

Decrépitos del alma con apariencia joven,
invadidos de hojas
que sueltan en verano nuestros brazos,
como si fuese otoño.

Hay un sol tan radiante que no logramos ver
por la humedad constante en los cristales
y tantos desengaños.
Aún así,
tú sigues hilvanando visiones inconclusas
con una terquedad que me enloquece.

Estoy desalentada,
por eso me he soltado en las aguas del río
que va vertiginoso
y sin poder sentir dentro de mí emociones
por tanta oscuridad en el futuro.



Mausoleo de emociones.



Al mirarse en sus ojos
le devolvió la savia a sus entrañas
provocó ebullición a inertes sentimientos
y un intenso deseo de morderle su voz,
que quería convencer con mimos y susurros
a su limpia conciencia.

Dentro del pentagrama de su pecho
le fue creciendo un bosque,
con ramificaciones buscando una salida
de esa vasija ajada.

Afiló sus cuchillos de cordura
para cortar de tajo todas las tentaciones.
Con intensa ansiedad fue removiendo miedos
para que despertaran
y sacando el espejo como escudo,
al verse con su sombra,
se fundió en una sola para enterrar la llave
de aquellas emociones lejanas y dormidas.

Ama su mausoleo
y se siente muy bien caminando descalza
cubierta de cenizas.

«Tríptico del trino», poemas de Jordana Amorós

Proclamación



Lo primero es el trino. Lo proclamo.
No el pan, el agua, el aire… y es que siento
que respiro con él y es el acento
encendido y vital lo que más amo.

La música serena es fundamento
de lo más placentero y fiel reclamo
de mi alegría , pues si así la llamo
pronto me llena el pecho de contento.

He compuesto, vaciándome en canciones,
tantos anuarios de mi biografía,
que es cada una la radiografía
más fidedigna de mis emociones.

Todo momento tiene su encanto y su cadencia
y yo cantando atrapo su más intima esencia .



Copulación



Tengo una espina que me está matando
clavada en la mitad de la garganta,
más que el brutal dolor, lo que me espanta
es poderla olvidar solo cantando.

No debes confundirte, si me escuchas
cantar desaforada noche y día,
no busques ni una nota de alegría
en mi voz…. de penares , sí que hay muchas .

Parece un desatino verdadero
de la Naturaleza , la imposible
copulación del cardo y el jilguero.

Pero quién calculó cuánta belleza,
un corazón prolífico y sensible
es capaz de exprimirle a la tristeza…



Bendición



Un nido de lunáticos jilgueros
debe okupar mi pecho desolado,
pues cantan cuando arrecian aguaceros
tanto como en un día soleado .

Acaso es que envolverse en armonía
pudierase ser la única manera
para amansar la voz de la jauría
de penas que nos sigue dondequiera.

La musical caricia no diluye
la angustia existencial , ni su arte ensalma
tanto quebranto que la vida incluye .

Pero su grata suavidad nos calma
un momento el dolor y constituye
un bálsamo bendito para el alma.


«La sabiduría de las fresas, «Buscando la sombra del relámpago», «Me designo», poemas de William Vanders

Imagen by Joshua Woroniecki

La sabiduría de las fresas


soy presente
un hoy de abeto tallado en el pasado
pincelando el aquaforte futuro

no me molestan los ayeres

algunos visten camisas ocres
otros son traslúcidos y soñolientos

me visitan por las mañanas
bebemos sonrisas
y untamos el pan con la sabiduría de las fresas

luego

las sombras

me susurran las manzanas que vendrán en diciembre
y duermo en el ahora del hoy mismo
para despertar

de nuevo

junto al reloj de lo que voy siendo



Buscando la sombra del relámpago



Si hay oscuridades atrapadas
en los ojos de las aves
y cansancios varados en las piedras:

¿por qué los filósofos mueren
buscando la sombra del relámpago?

¿por qué hay libros con hambre
acurrucados en las raíces de los árboles?

¿por qué los sonidos sueñan
con el vuelo del silencio primigenio?

Por si las dudas,

zurcí bocas a mis suelas para hablar con dios
en la grieta del asfalto.



Me designo


Bucanero sobrio y ladrón de ladrones.

Punto.

De tiempo libre para los oficios libres.

Punto.

Sufriente inmolesto y mártir justificado.

Doble punto:

Vivo en una buhardilla junto a mis muertos,

colecciono playas redimidas en caracoles viajeros,

duermo sin almohada y con espada al cinto,

me asombro fácilmente y sueño el mar,

despierto sin sol y alimento a mis polillas.

Punto y aparte.


Luego, soy feliz.

No me hambruna la soledad.

«Nocturno del lobo», «Turno de noche», «Tarareo nocturno», poemas de Juan Carlos González Caballero

Imagen by Riya Mishra

Nocturno del lobo


La luna creciente se dibuja apenas
en un cielo opaco con su uña fina
y poco ilumina los ruidos de pasos
por estas aceras de hierbas oscuras,
entonces comprendo que el libre albedrío
sorprende e irrumpe por grietas y huecos
con esa belleza que tiene lo oculto
por tanto hormigón y tanta ceniza
de tráfico en horas carentes de fin.

Es noche de lobos que intuyo acercarse
bajando del monte en busca de signos
que muestren que siguen sus calles vacías,
sus cuevas y páramos, su antiguo reinado
de caza y violencia de diente que ataca
el miedo al silencio de víctimas tiernas.

Dejadme tranquilo andar el crepúsculo
oyendo el sonido de cómodos sueños
de urbe que cierra y blinda sus casas
al ser que mastica ideas de furia
que crecen en mí al tiempo que engorda
la luna que ordena todas las mareas
y muta mis pieles en bestia del hombre.


Turno de noche



Todo pasa, te dicen los que pasaron antes.

A pesar de no haber estado nunca
tan despierto
en ciclos que se acaban con un rayo de sol,
te preguntas porqué no se ha fijado en ti
esa radiante luz.

Se convierte en un hábito mortal
aceptar la vigilia como vida
sometida a los párpados.

Llegas a verlo todo con los ojos perdidos
de un corazón que late detestando la música
pero aprende muy rápido de los momentos cortos
afilando un sentido de humor surrealista,
diseñando los chistes que se cuentan en serio.

Aquello de lo joven que es la noche
te parece una broma desfasada;
un verso de un neón a punto del descuelgue
para luego partirse
en mil lágrimas sobre los recuerdos.

Por no saber unirte a tanta carcajada
a veces notas algo del sabor de la sal.


Tarareo nocturno



Escucho tu respiración serena
en medio del latido de la noche
y al resguardo de aullidos que avisan a la vida
del mal que nos vendrá
del que yo te mantengo lo más lejos posible.

Cometeré el error
de dejarte el legado que evito transferir
como son mis temores absolutos
que me azogan al ver
lo vulnerable del recién nacido,
el sufrimiento de la gente chica.

Aunque estas son horas de apagar la luz última
que me dejé encendida
tras contarte ese cuento que hace que sueñes bien,
como también debieran
los niños que no pueden descansar.

«Los hay suaves», «Movimiento de rotación», «Orientación sin brújula», poemas de Sergio Oncina

Imagen by Evgeni Tcherkasski

Los hay suaves



Los hay suaves, amores que en pucheros de barro
hierven borboteando a fuego lento
e impregnan las cocinas
de exquisitos aromas
a carbón, leña y especias.

Son guisos magistrales de novatos.

Son talento cuidado por el mimo
de quienes aman sin más exigencias
que aprender a quererse.

Son la infancia del sexo suculento,
donde nace el deseo desnudo de mentiras
y el sabor en el otro es el que imaginaste
cuando solo intuías que besabas su piel.

Densos y silenciosos
rellenan los rincones de la vida
y alimentan vacíos.

Permanecen en uno
recordándonos cómo fuimos, somos
y querríamos ser.



Movimiento de rotación



Gente, risas, bullicio,
un barril de cerveza
y un rincón para dos
alejados del resto.

También en ese bar
había camarera y servía las cañas
con igual diligencia que las chicas
que inspiran mis poemas rutinarios
sobre cafés y brownies.

El universo se vestía de color estridente
para llamarnos la atención
y en la televisión daban noticias
que no eran importantes
porque lo ajeno a ti y a mí
era solo un atrezzo
con el que el mundo simulaba
una realidad ficticia y aburrida
e intentaba mostrar
que no giraba a nuestro alrededor.

Como si de verdad
existiese algo más y no tuviera
relación con nosotros.
Como si los muchachos que reían allí
fuesen felices como yo
o las chicas, tan guapas como tú.

Ya no existe ese bar,
escribo versos por rutina
y me engancho al maldito telediario.
Cada día la Tierra
rota sobre su eje.


Orientación sin brújula


También la carretera habla de ti
en cada intersección.
Múltiples direcciones
y cambios de sentido
nombran pueblos que habitas sin estar.

En el norte te veo
corriendo en una playa
con un minúsculo bikini azul
y ganas de inundar el mar Cantábrico
con el contacto fiero de tu cuerpo.

El oeste, el lugar de tu infancia,
es todavía más tuyo que yo.
Ahí es donde creciste sin saber
quien sentiría tu presencia
muchos años más tarde.

El sur me atemoriza
porque nunca volvimos a encontrarnos
y el mundo es un pañuelo
y no es tan grande el metro de Madrid.

El truco es conocer la línea, la estación,
el horario y la puerta de salida.

Y esquivarte.

«El chopo y la luna», «En cambio yo», poemas de Carmen Jiménez Meneses

Imagen by Nika Akin

El chopo y la luna

Cómo no voy a escribir
que esta noche placentera,
¡chopo!, a los pies de mi lecho
relumbra tu cabellera.
Y es tu sombra en la pared
como de agua que corriera
y me llenara de peces
alegres, la alcoba entera.

Hoy no quiero levantarme
antes de que la primera
luz del día desaliñe
tu peinado y mi quimera

de ser un río que fluye
hacia el mar por la ladera
suave de alguna campiña
donde nada interrumpiera
este bullir sosegado
de su cauce y su ribera.

Cómo no voy a esculpirlo
en versos, ¡ luna platera!,
si ya presiento que el alba,
como una hoz traicionera,
viene a segarnos los sueños
sin clemencia y sin espera.


En cambio yo

Yo he sido la añoranza contenida.
Como una flor cortada precozmente,
del lecho primigenio. De mi herida,
llevo una cicatriz en plena frente.

De la fugacidad siempre consciente
a la fragilidad comprometida,
el tiempo es un trayecto transparente
como el cristal del vaso de mi vida.

Qué importan los detalles de este viaje,
lo que nos desanima o nos alienta,
si al final, todo encaja en el paisaje

agreste o cultivado, si sentimos
que es la veracidad con que vivimos
la auténtica raíz que nos sustenta.

«Anotaciones para repetir en silencio», selección de poemas de Ronald Harris

Imagen by Szilárd Szabó

Estoy condenado al travestismo de mi lengua
decir tantas veces lo mismo
amerita camaleones en el alma
camaleones y payasos
y malabaristas ciegos

tantas verdades disfrazadas de predicados sangrientos
ameritan la mentira de estos ropajes
de mi lencería púrpura
de mis peinados artificiales
de todo este maquillaje que devora mi rostro
en una sonrisa negra y vacía

porque hasta llorar aquí
es un espectáculo de geishas
y arlequines

el teatro está lleno
todos me miran con una expresión similar
que va desde el asco hasta el asombro

en este espectro hasta el miedo muestra su cara

comienza entonces la parodia
cae parte del telón al suelo
y me revuelco en él
dibujando sobre el escenario
una mancha grotesca y “sempertina”

parte del público quiere huir despavorido
otra parte está demasiada absorta
para darse cuenta

sólo unos pocos me miran hipnotizados

para terminar el acto
saco una paloma muerta de la manga
y me la trago

muchos a esta altura ya vomitan

entonces
de rodillas y llorando
les leo un poema sobre ellos mismos

los más enfurecidos
suben al escenario y me golpean en la cara
la mayoría se retira murmurando
hablando de cualquier cosa

quedo solo
pero siempre estoy solo

me saco la vestimenta para quedar desnudo y recostado

dentro
todos mis fantasmas susurran al mismo tiempo

estoy cansado muy cansado
quiero levantarme y salir corriendo a ninguna parte
pero ya es tarde

duermo


29 de junio de 2007

Cómo bordar este apetito con la voluntad que no tengo
acomodarlo en algún rincón polvoriento
junto a las fotos prohibidas

vienen sucediéndose las funciones
tarde a tarde
y el papel no me sienta del todo

y no es que los disfraces me incomoden
es sólo esa necesidad de sentir a veces
algo de verdad entre los dedos
algo de pudor en las encías

tanta lucidez a ratos desagrada

realidad sobre realidad

la noche fue larga sin la dosis
un prurito de sombras batalló entre mis sábanas
hasta ese amanecer siempre gélido
siempre desolado

una luz como una espada
se clavó en mi frente
para llamarme a la vigilia

fría luz de Julio para rezar

lejos
bulle la ciudad a la espera
de la somnolencia transeúnte

pronto un café frío y tres galletas
conectarse a los deberes y el ocio
suena “no todo está perdido” en los auriculares
aprieto los dientes y los ojos
para no llorar

igual lloro


3 de julio de 2007

Debo pintarme todos estos los labios
para besar a mis espectros
y dejarlos marcados con esta pena de cabaret
(tan similar a la alegría)

supongo que es mi destino
habituarme a la voluntad de los atrapados
ser fiel al postizo afán que profesa tanta angustia

vestirme de estas sombras
es un juego que bien puede valerme
un pasaje a la trascendencia
o a la condenación

pero ya es miércoles en la derrota

vienen los santos semanales
y un momento para practicar el ostracismo
en la patética compañía de los otros

la muchacha me sirve una bebida
me pregunta mi nombre
obviamente le miento
la miro absorto varios minutos mientras baila
no estoy aquí
no hay nadie aquí

Santiago se desmorona en los callejones

me tocan el hombro para llevarme hacia otra habitación
“son diez mil si la quiere desnuda”
acepto sin pensar

entra la muchacha y se desprende
de los restos de humanidad que nos separan
yo mientras
pretendo no sentir náuseas

voy a decirle que me voy
pero me hace un gesto de silencio
me besa en la única boca que nos queda
algo como la noche me sube por la espalda
algo como el abismo
o la desesperación

la verdad no deseo tocarla

preparo un intento de melancolía
pero suena el celular

me retiro sin cambiar de expresión
la perplejidad es una máscara excelente

me escondo al fondo del teclado y digito estas palabras

hablo con mi hijo por teléfono
y hago promesas que sé
no cumpliré

entro y salgo de la nada buscando fuerzas

voy a baño
orino
vuelvo al teclado y cierro los ojos
vuelvo al baño
me miro largamente en el espejo gigante que lo devora todo
está manchado en las orillas con los dedos
ya no lo soporto

vomito


4 de julio de 2007

Batallamos cada día con toda esta ternura
que llamamos tristemente soledad

abrimos y cerramos nuestros ojos a tanta maravilla diciendo

no gracias
hoy no quiero ser ni parecer

pero nos equivocamos
y caemos arrodillados cada siguiente ocasión
tentados en la posibilidad
de encontrar lo que nos huye

pertenecer no es verbo para moribundos

supongo que no todo obedece
al macabro juego del azar
eso debería incitar una plegaria
pero mi lengua está cansada de pedir

es que quizá
me he metido demasiadas cosas en el alma

o los alvéolos

demasiadas trampas demasiadas pesadillas
he recorrido este infierno demasiadas veces

pero hoy todo me parece demasiado
el horario las luces
el pastoso murmullo de mi respiración

todo me parece innecesario y repugnante
la música que baja de los muros
la sequedad del aire acumulado en la oficina
todos estos papeles llenos de garabatos incomprensibles

si pudiera gritar o llorar
levantarme para destruirlo todo con un alarido
asesinarlos a todos bramando sus nombres
en un sola y aterradora palabra

también
me parecería

demasiado

Manuel Martínez Barcia

Selección de poemas

Origen y exterminio

Necesito idear
un yo interpretativo del amor
sin llave en sus compuertas,

una imagen de ti

que sea irrenunciable cercanía
capaz de ser adverbio,
de modo, de lugar, de negación
si tú fueras apenas, casi, nunca,
el no de lo absoluto.

No pudiste escuchar mis oraciones
mientras éramos luz, el pulso creador
de lluvia estéril, pacto perdurable
de algún inexistir
en noches de recursos sin alzada.

Preciso creaciones que sean abstracción
fingiéndote invisible en mi materia,
temblor, ilusionismo, paréntesis que ocupe
este origen febril,

tan ávido ecuador de tu exterminio.


Las formas del aire

Hacia donde orientar
esta cálida luz
que pretende metáforas de ti
sembrando agitación en mis palabras
mientras los versos vuelan
las frágiles ideas de las ensoñaciones.

¿Acaso eres la ruta del amor?

Después de caminar por tu noche mis pasos
me basta con sentir la soledad que despiertan las flores
cuando tú eres mujer y el único atributo
capaz de ser escrito en un poema.

No sabría medir
la distancia que une
ese ir y volver
que atrae los sentimientos
y luego despereza.

Albérgame en tu sombra,
yo seré corazón
y hélice y válvula
y aliento

ese ardor tan fugaz que siempre te ilumina
y es bautismo de ángeles con sexo,
vigilia de tu nombre y la merced
de las formas del aire…


A pluma rota

Porque tú eres la piedra donde yo soy tropiezo

metaforicamente, diríase caer,
a paso cambiado, sin riesgo a fracasar
el límite absoluto, lo que repta el amor
sin huella en las alturas
.

Porque ambos fingimos ser pálpito de luz
mientras sueñan los cuervos
el tiempo de un poema,

porque yo soy guión
y te conozco actriz,
sobreactuando siempre,
veraz a tu manera.

Por estas tan inútiles razones
hoy pretendo extravíos,
la búsqueda de mí
sin que sangren palomas los aires de mi vuelo.


El norte de la rosa

Ayer estaba herido de locuras,
de ilusiones negándose a vivir
los tiempos que más amo.

¿De qué vale un ardor sin alegría,
silenciado en lo estéril que enfebrece
fulgores de la nada?

Gracias por este norte que oloriza
la brújula del sueño,
también la rosa virgen que liberta
lo esclavo del placer
sembrándome en la flor que lo perdura.


Des-atadura

Ya no me pesa el alma,
es como si por fin nos libertasen
de aquella esclavitud,
del abismo tan hondo que labramos
a golpes de insistencia, sin apenas minar
vetas del corazón,
sembrando la espesura en lo infeliz
sin frutos de esperanza.

Ya no duele el dolor,
me deshojo en tu piel, mientras náufrago escucho
el vacío del mar,
la silente inmersión de nuestra nada,

efímera la luz
nos desconvoca,
no hay sales en sus lágrimas
ni amor que las realce.


Pastoral sin nadie

Son mezcla de intuición y de lejura,
de relojes sin horas y mentes enceladas
en la promiscuidad de amoríos sin nadie.

En ellos las pasiones
sueñan que tiempo y luz son compañía
de un lápiz que gravita soledad
sobre un papel en blanco.

No hacen falta razones en su luna de miel,
ni siquiera invitados que engrandezcan
festejos por venir
cuando lo apalabrado ya es memoria.

En los poemas pueden contemplarse
los ecos del silencio cantando lo inmortal,
una sílaba oculta
que emite resplandores en espejos de sol
y a tu sombra sucede.

(así es como te escribo mi temblor cuando eres ausencia)


Sentir lo Ultraversal

Crucé lo imaginario sin saber
qué fuerza me arrastraba con sus brazos
hacia un mundo irreal,
emociones sin mí en la existencia,
con otro corazón alguna vez
latiendo mi sentir
en pulsiones gemelas de un tiempo iluminado.

No es tan fácil hallar
los mágicos instantes de Dios en las palabras,

tan cerca del amor,
tan lejos de extinguirme de lo humano
que podría pecar de incongruencia
fingiendo lo que fui,

-un ángel asombrado en el espejo-

y un verso en la retina
mirándome con luz de mis pestañas,
aunque nadie lo vea,

aunque sean mudez
voces de poesía
tan adentro,

acaso pedernal cuando hay un fuego

(o tan solo palitos…)

«Para la soledad», «No te juro», poemas de Carmen Jiménez Meneses

Imagen by Adrian Campfield

Para la soledad

Era mi travesía como un Nilo
surcado cada noche por cruceros,
viajaba entre palacios ancestrales
y amaneceres verdes recién hechos.

Hoy al pensar extraño vuestro ruido,
la casa, sin vosotros, es un túnel de espejos
bajo la luz desierta de un quirófano
donde operan los duendes mi esqueleto.

Ahora que mis huesos son al alba
peines destrenzadores de los vientos,
para la soledad quiero las alas
porque ella se escabulle en el silencio
como un pájaro libre que atisbara
la fruta inalcanzable que no encuentro.


No te juro

No te juro, si llegas a quererme,
fidelidad eterna. Yo no juro,
porque a veces nos llueve la nostalgia,
a golpes de latido alquitranado,
y nos crece en las alas la soledad de puente,
de algún éxodo antiguo.

Te prometo el presente de este instante:
una esfera candente de mi vida,
un incendio voraz contra tu boca,
una nave varada en tus adentros,
un ciego y loco anhelo, una franquicia,
dos estrellas fugaces que se chocan.

«Azules sueños», «Armas», poemas de Jordana Amorós

Imagen by Thanh Tuân Ta

Azules sueños

¿Quién no fue alguna vez
un proyecto de pajaro?

¿Quién no trajo de serie
unas alas inquietas,
una avidez sin límites
por exprimirle a un cielo sorprendido
su colección inédita de añiles luminosos
y jugar a esconderse,
camuflada , como un rayo de Sol,
entre sus nubes blancas ?

Tener tan pocos años
y tanto fuego dentro
predispone a pensar
que se tiene la fuerza suficiente
para alcanzar tus sueños, sin perder
alguna que otra pluma en el intento.

Luego el tiempo se afana
en ir atemperando los impulsos
a base de inclementes vendavales.

Después de tomar tierra, toca hacer
un recuento de daños.

Más que nada
perturba la conciencia de saber de memoria
las múltiples miserias que conlleva
el ser sobreviviente .

Y aun así abrazarte a su rutina
de días grises,
de noches incoloras , sin una mala estrella
que llevarte a los ojos,
que te haga recordar que alguna vez tuviste
celestes ilusiones .

Hoy solamente quiero
vivir , sencillamente.

Vivir serenamente,
sin la necesidad recurrir
a otro paliativo que embriagarme
a base de poemas.

Vivir sin que vivir
me me duela demasiado.

Y morirme también
sin darme apenas cuenta,
al despuntar de alguna madrugada,
silenciosa y tranquila,
mientras sueño
que estoy mirando al mar y que me arrullan
con su canción azul las caracolas.

Que vienen a mirarme
dormir eternamente, como antaño,
nubes encanecidas, que conocen
los secretos que guardo , tan amorosamente,
debajo de mi almohada,
los que habrán de llevarse
con ellas hacia inmensos horizontes turquesa
volando como alegres palomas en bandadas.

Los sueños, sueños son hasta que muere
la última esperanza.


Armas

Lo siento, no me gusta
este oficio oficioso de ser correveidile
de las malas noticias,
pero mucho me temo que aún no han inventado
tiritas para el alma.

Y ya me gustaría…

Aquí, quién más , quién menos,
no hay nadie que no esté muy bien llorado
y quien no se conozca los salitres
de todas sus heridas.

A veces con la ayuda
de algún licor con hielo
y otras embriagándose con unos cuantos tragos
de suave poesía,envenenada
por la pasión salvaje,
todos intentan ir recomponiéndose
y seguir con su vida como pueden.

Y sé lo que me digo…

Soy ese ser doliente que palpita
porque a diario consiente en medir con su dedo
la hondura de su llaga.

Allí dónde reside
la verdad más extrema,
la que ni tan siquiera consigue enmascararse
a base de metáforas.

Solo puedes salvarte y redimirte
haciendo tu armadura
de tu fragilidad,
mostrándote al desnudo sin sonrojo,
convirtiendo tus múltiples miserias
en tus mejores armas.

Admitiendo que nunca
has tenido al alcance de tu mano
gustarle a todo el mundo,
aceptando que eres lo que eres,
otro mono lampiño , parlanchín y curioso,
reidor y desnortado …
perfectible.

Sencillamente humano,
tallado en roca viva,
es decir,
feroz y resiliente sin fisuras
y a la vez sensitivo
y extraordinariamente vulnerable.

Que atesora en secreto, tatuado en su adeene,
la fórmula perfecta de las lágrimas.

«Sobre alas y armas», poemas de Juan Carlos González Caballero

Imagen by Syaibatul Hamdi

Por Akhen, Maestro armero

Por el amor del dios de los dolores,
por la conformidad del hombre acomodado,
por el gorgojo gordo de tanta sangre dulce,
por la queja infantil del roce de un zapato,
por el traje burgués de medias pintas,
por el oro perdido en unas pulcras manos,
por la savia indolente de un bosque de hormigón,
por la omisión que engrosa filas de falsos santos.

Por eso es menester que el mundo vea el horror
con la tinta del luto, piel, desnuda palabra,
que manche con sudor oscuro mentes planas.
Y por eso se os siente, lejos, en las antípodas
de cualquier egoísmo
o cosa parecida.


En el ring

Viniendo de esos ojos no supo conocer
la trampa sensorial unida al pestañeo
que fortalece la mirada helada
–aquilatada al paso de los años
en el club de la lucha–

En la boca del loco enamorado,
directos asestados por un par de alas negras
como abanicos que descubren poco
de la fiereza oculta del deseo;
una cadencia justa
para hacer de los sueños las caídas,
y de su día, el mejor amigo
que le espera en la esquina de la lona
y le trae a la vida sacándolo del KO.

Se hace más fuerte
una víctima que no quiere serlo,
que aprende pronto
y se torna en verdugo alguna vez.

Se profesionaliza hasta que le derriban
con un ascendente al mentón, cruzado,
su vocación de sparring
al que se le enseñan los diez números
que anuncian el final
de los jabs destinados a mantener distancias
entre los aspirantes
al título de rompecorazones.

«Poema a una bala», «Las cargas», poemas de Orlando Estrella

Imagen by Enrique Meseguer

Poema a una bala

Sola y desnuda viajas
libre
por el espacio
a velocidades irreales,
en espera de contactos que suplan tu soledad.

Tu silvido trágico es la canción fúnebre
de un vampiro en vuelo en busca de alimento
para saciar codicias de otros
a tu espalda.

Manipulada eres
sin concesión alguna.
Un ave indefensa sin voluntad,
sin decisión.

Tu éxito depende
del talento criminal del experto
en blancos
y negros augurios.

Te conozco
puedo dar fe de tu beso ardiente

o, quizás fue un aviso para el acto final
y no
tendrás
la culpa.


Las cargas

Salgo a la calle remolcando bloques
que pesan como un mundo, pero siempre sonrío
-más por vergüenza que por propio orgullo-
pues si muestro flaquezas soy carne de pirañas.
No es mi norma la imprudencia, miren,
quizás por eso es que obtuve algunos
años de vida más.

Mostrar el alma no es propicio allí,
además, he encontrado un lugar franco
en donde desnudarme por completo,
sin prejuicios ni miedo a que se noten
las muchas cicatrices que me adornan.

Si me miran escualos (esas bestias
de letras y palabras) creo haber ubicado
el oasis perdido. No tendré que morir
con lágrimas podridas pues ya sé
cómo evacuar fantasmas y dolores ocultos.