«Sea sombra», William Vanders

Imagen by Víctor Furtuna

Sea sombra -me dijeron-
y fui reflejo colándose
por los resquicios de las rejas.

Luego me gritaron: Sea callado.
Y junté todas mis voces,
las insospechadas, las ocultas, las no tan mías;
y fui atronador dentro de la palabra incesante.

Me insistieron: camine derecho mirando al piso.
Y fui recto por rumbo torcido viendo al cielo.
Entonces los pájaros migraron a mi ojos
y me sentí aumentado en cosas buenas.

Me buscaron, me golpearon y me encerraron.
Me obligaron a borrarme.
Me volví arena entre grilletes,
y salí por pies
a coleccionar caracolas en playas redimidas.


Agradecido

Mientras exista gente más vieja a tu alrededor siempre serás joven. Si sufres, calla, aguanta, sé fuerte hasta el final. Es de hombre tragar nudos y no soltar lágrimas. Vamos, hombre, la vida es dura, enfréntala con valentía.

Desde niño escuché este tipo de sentencias como si se tratara de una receta para el vivir bien. Hoy no gestionaré mi muerte en silencio. Me cansé de ocultar este dolor enemigo. Haré lo correcto: otorgarle al tiempo espacios para las despedidas, una ventana de vida en la agonía. Y como dice Silvio, en ansi dejaré una lista de voluntades:

a.- La docena de bisagras para ataúdes que me debe Raúl, que se las pague a Florencio con 3 arrobas de naranjas. Y que Florencio se dé por bien pagado.

b.- Los sillones de caoba agradezco los pongan en la buhardilla mirando a la ventana. Eso es por si confirmo que uno se vuelve fantasma. Me gustaría en el más allá sentarme un rato junto a mis abuelos-padres.

c.- A mis tres hijas, les heredo todas las pinturas, la hacienda y los poemas inconclusos por si quieren, algún día, continuarlos. Si tocan las bocas de cualquier lienzo apareceré para darles un abrazo y decirles cuánto las amo.

d.- A mi esposa, le debo cada cosa del todo . Convivimos en el triunfo, en la derrota y sobrevivimos sobre rescoldos de velones. A mi esposa, le dejo un te amo eterno sentado en el mueble del ático; ahí cabremos los dos como siempre. Dejo rollos de btc ocultos dentro de un código memorioso, para cuando lo material sea necesario. La maravilla de la añadidura seguirá forjándose, es un imán que nos ganamos a pesar de haber creído en la penuria inmortal.

e.- A mis padres, lamento irme anciano en sus tiempos de vejez milenaria. El tiempo es del tiempo y todos somos la misma semilla. En la arena seremos uno, pronto.

f.- A mi entrañable amigo de las letras y el teatro. A quien rescató de la hoguera mis libros y los acunó como suyos. La trova de esperanza juro sembrarla en el incendio como prueba de su inmortalidad.

g.- A quienes espantaron mi hambruna cuando el vientre se hizo espalda.

h.- Casi siempre se deja algo cuando el habitáculo es abandonado. Se debe a los ojos. Solo vemos átomos lentos. Pero existe la maravilla de lo intangible, eso esencial que pervive en el recuerdo y alimenta el alma. Dejo todo aquello inmaterial que honró mi humanidad estando vivo.


El dolor se amiga de mis huesos. Es cómplice del destino y no pacta con los tiempos extras. Agradecido del mar, agradecido
de las orejas en mis suelas y del dios sin boca que me habló en el silencio.

«Dos», «Mujer», William Vanders

Imagen by Tomasz Marciniak

Dos

La luz creadora no precisa de soles,
ni las sombras de obstáculos para prolongarse.
A veces, las manos pintan silencios
y la voz edifica ruinas sordas.

Probable es volver a tus huellas,
como imposible deshacer
la vocación del río para surcar al destino.

A veces, las estrellas son largas
porque están lejos,
o el amor acorta espacios
como ensayando
la serigrafía
de la proximidad
para volverse huraño en el ego,
y despertar sobre el asombro
de ser dos sin almas rotas.


Mujer

La luz es un arma innecesaria
cuando traes en el pecho
el coraje de la mujer primigenia.

Te basta el ademán:
ese universo de mutismos
ajustando la tuerca del injusto.

Y no es que se te antoje el matriarcado
por sobre el abominable patriarca,
no es que acuses al hombre por el hombre
en su inequidad idiotizante,
no, no es eso,
es que naciste con un entrecejo de mil astros,
viniste al mundo alfabeta de emociones
y aunque tu odio derribe titanes,
tu amor es imán
sobre la vena de los defectos ferrosos.

«Hoja, camino, tiempo y silencio», «Egombre», relatos de William Vanders

Imagen by Dimitris Vetsikas

Hoja, camino, tiempo y silencio


Hace poco más de veinte años mis padres mutaron piel y huesos, sangre y memoria, por arena. Y de la arena surgieron un ciruelo y un apamate. En los ojos de las frutas y en el polen de las flores, los encuentro y me aroman.

Recuerdo cuando cumplí dieciocho años. Me dijeron: ya eres un hombre y queremos entregarte una carta que escribimos para ti antes de que vieras la luz de este mundo. Solía releer la carta a menudo, pero hace 35 años que no lo hago. Mi visión de mundo se fue desarmando con los años y solo me queda una tuerca, un tornillo y la mano derecha para girar los ciclos meditativos tanto como para distraer a mi mente en asuntos propios de la eternidad. La mano izquierda la dejé sin oficios naturales, solo la empleo para formar con ella un tragaluz por el que puedo espiar a las hormigas.

Hicimos todo lo que no debimos. Era el título de la carta escrita por mis padres tres meses antes de nacer:

“Amado hijo. Cuando tengas la mayoría de edad leerás por primera vez esta carta. Queremos confesarte que previo a tu nacimiento, hicimos todo lo que no debimos. Que como seres humanos cometimos los mismos errores que todos cometieron. Nos creimos eternos y desperdiciamos la vida empeñados en defender ideales. Gastamos nuestro dinero creyendo que la muerte nos llegaría al día siguiente. Nos educamos para ser alguien y encontrar el respeto de la sociedad. Compramos autos, viajamos, bebimos, nos llenamos de recuerdos materiales. Y hoy, al saber que pronto nacerás, convinimos en repensar nuestros propósitos y creer que la vida es larga en su brevedad. Eres una extension nuestra y queremos estar contigo tanto tiempo como sea posible. Sabemos ahora que entre nacimiento y muerte nada es al azar y que todas las circunstancias están preescritas y sucederán predestinadamente. Con esta carta anexaremos instrucciones a seguir luego de abandonar este habitáculo. No es el fin, hijo, es la continuidad de la creación transmutante. Aunque no nos veas, nuestra esencia seguirá a tu lado y te abrazaremos con colores, sabores y aromas, hasta que nos reencontremos renacidos en otras formas de vida. Te dejamos libre en Hocatisi, porque libre naciste y libre serás siempre. Hoja, camino, tiempo y silencio. Recorre la senda a tu criterio sin dañar a nadie. Observa que el daño que puedas causar no necesariamente es físico. Puedes aplastar emociones sin mover un dedo y puedes, también, ser feliz sin mucho esfuerzo. Solo debes concentrarte y mirarte. Hocatisi es una casa, es un reloj, es libertad. Sé libre para los oficios libres. Duerme mucho y despierta temprano. Come poco y siéntete saciado. Haz de las aves tus amigas y no arruines a la culebra por culebra. Toma de la naturaleza los dones y agradece. Ve al árbol y dialoga. Camina y háblate. Libera el ruido de tu mente. Hocatisi te revelará que el silencio es un camino y que la hoja es tiempo. Aunque la hoja esté marchita no significa que ha muerto. Esa hoja está en un proceso de vida eterna. Hocatisi son tus ojos y los ojos de quienes miras. Entenderás a las miradas por el rostro que llevan puesto. Conocerás a tus bisnietos y tus últimos veinte años serán vividos como si hubiesen transcurrido sesenta. Sabrás que el tiempo no es el que se mide en horas sino aquél que dentro ti fue marcado por el infinito. Por último, si escuchas nuestras sonrisas y voces, ve rápido al espejo, tócalo, cierra tus ojos y luego duerme. Que el amor esté contigo, por siempre, para siempre. Mamá y Papá”

Hace mucho decidí no revelar todos los detalles de las otras partes de la carta, porque son las mismas instrucciones que siguieron mis padres justo después de verse morir. Solo es indispensable llevar una pisca de sal, un trozo de tiza , un espejo ovalado,pequeño, y cien metros de hilo pabilo, entre otras menudencias. Es que como me indicaron mis padres: Al morir es como dicen. Te conviertes en fantasma a semejanza de tu cuerpo hasta que se ejecute la metamorfosis. Entre el tránsito de abandonar el esqueleto y adaptarse a gravedad cero, es necesario lamer un poco de sal para alejar espíritus malignos atrapados en la tristeza. La tiza es para marcarse la frente con un punto porque por ahí es por donde entra la nueva existencia. Un espejo para ver la distancia entre el alma y los pies no vaya a ser que sintamos vértigo. Y cien metros de hilo pabilo por si nos arrepentimos y queremos retornar al cuerpo físico.

Estos apuntes siempre me parecieron exagerados y fantasiosos, pero cuando toco el espejo y me duermo, confirmo que todo es cierto. Y que el apamate está florido y que el ciruelo está en cosecha y que estoy aquí, conmigo, viviendo en un camino de hojas dentro de un silencio sin tiempo.



Egombre


Ronco Campana surcó su existencia sin estrellas para la fortuna. Cuando se percató de haber nacido en una época ambigua, ensilló a Sur y a Monte, dio la espalda a su rancho y cabalgó sin ver ni hablar con nadie. En aquella casona de bahareque enterró sus armas, su pasado y sus recuerdos. También ocultó su nombre entre dos tapias y con los años olvidó su linaje. Juró anularse y que nadie lo conociera, salvo sus caballos y su perro Panza. Su plan eremita pronto encontró una nueva tragedia. Monte enfermó repentinamente y murió. Luego la tristeza tocó el corazón de Sur y también falleció. Panza se mantuvo fuerte y longevo, salvo por tres cráteres que crecieron en su garganta. Parecían volcanes negros, profundas cimas agoreras del infortunio. Panza se fue aletargando y convirtió en costumbre tumbarse a dormir casi todo el día. Esta actitud preocupó a Ronco y le preguntó con voz dulce, melancólica y entretenida:

—Qué tienes Panza, por qué ya no ladras. Hacia dónde migró tu sonrisa y por qué ya no vienes cuando te llamo.

El perro lo miró con párpados agazapados, se echó en su regazo, lamió sus manos y durmió profundamente. Ronco Campana acarició su pelaje y tornó ojos al cielo con boca apretada y cuello extendido, para hundir su congoja en las cuencas de sus ojeras. Supo con los años que Panza era un perro transmutador, que absorbía los males para aminorar sufrimientos de quienes amaba con el propósito de extender sus vidas tanto como fuera posible. Panza acumuló tanta enfermedad ajena como pudo, pero no logró salvar a Sur ni a Monte. El destino de los equinos se escribió hace mucho y la configuración matemática de sus nacimientos es como la vida de todo: inmodificable.

En otro día de mucho calor, Panza se arremolinó en los pies de Ronco, lamió sus tobillos, lo miró con amor profundo, cerró sus ojos y dejó de respirar. Los ojos de Ronco quedaron huecos por siempre, su rostro fue un sin semblante y ya no hubo espacio en su pecho para ningún sentimiento. Se convirtió en un hombre sin nadie ni para nadie, de pasos sin ruido ni huellas. Ni la soledad fue su compañía. Caminó durante años sin rumbo fijo, como embebido en lo inerte. Todo lo que amó lo perdió y todo lo que tocó lo arruinó. Es una energía extraña con la que algunos seres nacen y sin querer ni merecerlo llegan a la vida estando muertos.

«Eternidad trasmutada», «Espantando a mis ojos de los otros», «Vendo libros», «Abandonado», relatos de William Vanders

Imagen by Gabe de Jong

Eternidad trasmutada

«Entré a la casa tocando con el dedo índice la pared del zaguán. Desde antaño supe que las paredes son archivos memoriales que rinden honor a los no presentes. También cuentan horrores, sospechas, suspicacias y a veces guardan el secreto de cada secreto susurrado. El dedo índice es especial. Es el dedo creador pero también el asesino. Pocos saben que en su milimetritud semicircular hay decenas de sensores capaces de traducir el significado de todas las humedades, de los salitres, de esas voces encapsuladas que aguardan el instante justo para pronunciarse. Sin dedo índice las paredes son mudas… pero la mudez es habladora, es una especie de excepción a la regla: si te concentras notarás un crepitar invisible de mariposas fantasmas y ahí está el código… cierra los ojos, camina en silencio, acerca tu palma derecha sobre el muro, sin tocarlo, y encuentra el significado de la vida oculta de un pasado insospechado.»

Lo mencionado con anterioridad es una copia exacta de una nota envejecida que hallé dentro una pequeña lata oculta tras un ladrillo falso sobre el dintel de entrada a la cocina. Nunca supe quién la escribió, ni si el autor habría sido el anterior dueño de la hacienda. Lo cierto es que hice la prueba, coloqué mi dedo índice en todas las paredes de la casa. No hubo susurros ni secretos ni voces encapsuladas ni mudeces habladoras ni mariposas fantasmas ni códigos revelados.

Esa noche fui a dormir temprano, cosa rara en mí. Jamás duermo a las 8 de la noche, casi siempre lo hago entre las cero y las dos horas porque tengo la plena facultad de saberme vivo en un día nuevo, de modo que si me sorprende la muerte antes de despertar, tendré acceso a la eternidad transmutada sin la polvareda de un día viejo.

Amaneció. No fue necesario abrir los ojos. Supe que amaneció por el característico frío de las siete de la mañana y por el mismo pájaro carpintero de hace 10 años accionando su eterna inconformidad: encontrar refugio diferente cada día. No sé porqué lo hace ni cómo lo logra, pero entre sol y sol siempre tiene una guarida nueva.

Me senté en la cama, giré mi cuerpo hacia la derecha, puse ambos pies sobre el suelo, respiré profundamente, subí mis brazos, entrelacé las manos, proferí voces ininteligibles y por fin me puse de pie frente a la pequeña ventana de la buhardilla. Caminé los mismos doce pasos hasta el baño pero ya no había baño. Las paredes tornaron su antiguo color marfil a uno cobrizo. Los espacios se habían reducido. La altura del techo se retrotrajo un treinta por ciento y hasta yo me hice más pequeño. Me dije: o estoy soñando o mientras dormía algo me hechizó para castigar mi osadía de evadir a la muerte. En medio de la confusión, recordé que este tipo de experiencias son producto de una alucinación hipnagógica en la que es imposible reconocerse despierto. Es como una cárcel onírica desprovista de cerrojos y la única salida es semiatarse en cada mano -previo al dormirse de brazos abiertos- una esfera metálica hueca, de modo que al soltarse alguna y caer al piso, produciría ruido suficiente para autoliberarse del trance y quedar completamente consciente y con el reconocimiento de la realidad real del entorno.

Lo cierto es que no puse esferas metálicas huecas, semiamarradas en cada mano, que tampoco estaba inmerso en mi sueño y que sí había despertado; que en realidad todo era diferente y más pequeño: me había convertido en un hombre diferente, de menor estatura; un habitante del espejo, un individuo hecho del reflejo de otro reflejo, sin relojes, sin luz ni oscuridad, solo una vida a secas y sin trascendencia.

Dicho lo dicho, este raro existir me pareció adecuado a mi soledad. Confieso que la sensación de extravío es indecifrable, pero se acomodó en mi nueva espacialidad sin desajuste. Lo sé, es extraño. Acaso he muerto en la vida o en la muerte estoy vivo?


Espantando a mis ojos de los otros

Los gallos suelen anunciar el amanecer con tres horas de anticipación, como si se supieran libres del influjo demónico de las cero horas. No importa que el sol se oculte, ellos saben que está ahí y que deben cantarle a las serpientes sus próximas rutinas de caverna. Los gallos no están en el mundo para despertarlo, están para las sierpes, son sus agoreros de luces.

Como preludio de alborada voy al cobertizo por madera para el fuego. Jamás me gustó el mate, siempre preferí el café. El mate cocido sabe a agua de hoja verde de banano y ni por más que lo endulce me agrada. Solo cuando le agrego leche de cabra es que puedo tolerarlo, además, entre mate y café, ni la costumbre hace que el amargo sea de mejor calidad que las semillas tostadas de las rubisáceas. El café es como el cacao, alimento de los dioses. Entre Bistrea y la Teobroma animo mi jornada labriega, sea porque labregue las páginas y junte letras para decir algo, o porque vaya por hilo pabilo para amarrar las ramas de los tomateros. Los indígenas aseguran que el matecito es un regalo divino, pero mi ancestros me enseñaron que no porque algo sea saludable debe provenir del cielo, uno nunca sabe con qué tierra infernal fue cultivada la yerba.

Digo para evadirme de la muerte. Nada de lo anteriormente dicho es lo que quiero contar. Solo es un divague o un espejismo. Algún yo haciéndome sombra y susurrándome tonterías. Lamento haberme perdido en años de lucha estéril. El minutero marca la palmas de mis manos y me cuenta que poco más allá de la línea 700, mi vida hallará una curva final y ya no retornaré más a este cuerpo. La madera carbonizada crepita. Es tiempo para beber nuevamente a los dioses y espantar a mis ojos de los otros.


Vendo libros

Era casi de noche. Los libreros bajando santamarías. El frío, penetrante. Entre las sombras de un ceibo, unas manos abiertas tanteaban nerviosamente el aire al mismo tiempo que una voz vívida, muy potente, resonaba: Soy un ignorante, vendo libros. Y lo repetía incesantemente con variaciones: Soy un ignorante. Vendo libros…no los leo. Señor, señora, vendo libros, soy un ignorante. Ignoro el contenido, vendo portadas. Vengan, vengan, tengo los mejores libros.

Asombrado de tan peculiar personaje y siendo asiduo visitante a la feria de libros de segunda mano, me acerqué poco a poco y pregunté:

—Señor, disculpe. ¿Ya va a cerrar?

Repentinamente, la luz de todos los faroles recién encendidos parecía desplazarse a los ojos del librero, al punto de iluminarlos con una especie de ceguera, como cuando alguien habla contigo y te mira como si no te mirara. Esa mirada del loco que se hace el distinto, el profundo, el especial: el imán que extrae del corazón de la tierra las verdades inquebrantables. Y justo ahí, con los ojos alumbrados, su voz golpea mi caja toráxica.

—Dígame, qué le trae a mi tienda, qué libro busca, qué cosa rara anda palpando en lo intangible.

—Pues, busco un libro que sacuda las risas y hable de cómo poner a caminar las cosas.

— Je, je, je. Si no me dice el nombre, me temo que no podré ayudarle. Al menos el nombre del autor.

—Fíjese, no tengo ni el título ni el autor, solo busco un libro que describa los artefactos que caen luego de sacudir a las risas y que especifique los detalles para armar los componentes capaces de hacer caminar lo inerte sin usar energías o combustibles.

—Mire, soy un ignorante, no leo los libros, sólo los vendo.

—Y cómo es posible que un librero nunca lea lo que vende, ni siquiera el resumen de las solapas.

—Sencillamene no me interesa leer.

—Entonces es un analfabeto.

—No, se equivoca. Sé leer perfectamente.

—Ah, entonces no es un ignorante.

—Llaman ignorante al que no lee, al que quien como yo, vende libros y no los lee o no conoce su contenido. Yo vendo libros, no el contenido de los libros. La gente viene aquí a comprar lo que otros dicen sobre los libros y se los llevan y los leen y hasta escriben sobre ellos o hablan con otros sobre el aprendizaje que les dejó el libro o simplemente leen y se quedan callados.

—La ignorancia tiene nombre pero desconocía que tuviera múltiples significados.

—En realidad no soy ignorante por no haber leído jamás a Foucault, Nietszche, Adorno, Bachelard, Khrishnamurti, Bergson, James, Lacan, Freud, Jung, Montesquieu, Piaget, Dewey, Unamuno, Cervantes, Huidobro, Neruda, García Márquez, Saussure, Pierce, Fromm, Asimov, Bradbury, Séneca, Platón , Aristóteles… solo leí 4 libros en mi vida, aparte de los libros de enseñanza primaria.

—Interesante. Y cuáles fueron esos libros que leyó:

—En orden: La puta respetuosa. La imitacion de Cristo. Un hombre acabado y el Mono vestido.

—Madre mía, usted sí que hizo una selección interesante. Y por qué no siguió leyendo.

—Ya lo ve en mi ojos. O es que acaso se está haciendo el que no sabe para molestarme.

—No le comprendo. No intento incomodarlo.

—Acérquese —el hombre me tomó del brazo con su mano zurda con tal fuerza que me creí hombre muerto—
Escuche mi susurro: La luz me cegó para siempre y desde entonces solo veo murciélagos blancos.

Hubo una pausa infinita y las luces, sin moverse, retornaron a los faroles.


Abandonado

Amanecí con un reloj anudado en la garganta y un tragarruído de adorno en cada oreja. Me sentí extraño todo el día. Los sonidos eran elefantes y mi cara el mutismo de un hambriento lleno de miedo.

Cuando retorné a casa todo goteaba. La vajilla repleta de agua de lluvia. La nevera hecha un bloque de hielo. La cama una piedra transparente y el espejo del baño lleno de cangrejos y despedidas.

«Notas dispersas sobre el hacer poético», por William Vanders

Que cada quien sea libre y haga sin menospreciar la libertad del otro ni mucho menos impedirla. Harto complicado cumplir con esto último a la perfección, pero el intento es lo que vale porque sé que existe gente que lo logra.

Digo, no es palabra santa ni pensamiento obtuso: uno deja de ser religioso cuando ya conoció la religión. Y que uno deja de ser poeta de las formas cuando ya las dominó. Es como reconocer la profundidad de la pobreza luego de haber vivido en la opulencia. Quizá no me sepa explicar. No tiene porqué ser como lo expreso. Quiero expresar y no me importa repetirme en recodos semánticos inentendibles, que la razón pura me dicta y el deber ser también – o el sentido común en todo caso-, que: la poesía pura está caduca, aquella de la métrica y rima, que debo primero conocer todo de ella para negarla y hasta para hacerla trizas y quitarle mérito a capricho o con razón. En todo caso, no fui, ni soy ni seré un aprendiz de la poesía de la formas rimadas. Hice el intento de aprenderlo en la escuela primera y luego en la universitaria; también de forma autodidacta…pero me fastidié de contar, de medir, de rimar…no me gusta. Me molesta tener que hacerlo, no es la forma que se adapta a mí, ni es un traje que pienso le quede bien a lo que quiero decir. Sin embargo, y ya con este sin embargo estoy dando muchas vueltas al asunto, existen inumerables poemas rimados que son obras maestras, y no obras maestras porque algún consagrado las haya escrito, sino obras magistralmente escritas por personas con el oficio, el tiempo y la pasión necesarias para esculpir el ángel invisible,dormido en el cerebro, y marcarlo en letras para mostrarlo al resto del mundo que dice existir.
Sí hay algo qué destacar en la versificación de hoy es que pretende ser como la de otrora….y es que existen excepciones en las que el contenido, atado a una forma vetusta, se adapta a la realidad actual. Evita decir lo trillado e intenta hablar del hoy sin la misma flor y el abejorro de ayer.

Me estorban cosas de mí y me decanto y me releo para sacudirme lo que no me gusta.

A veces no me creo lo que fui o me impresiona lo que dije, es parte de la vida y sus transiciones. Hay tantas cosas que he escrito que quisiera quemar u olvidar; las leo tan imperfectas, tan inexactas, tan poco agradables para mi entendimiento actual. Comprendo, además, que fueron épocas y que nacieron así y que ya poco puede hacerse, salvo versionar la idea. Las transformaciones que haga sobre lo antiguo quizá vengan, quizá ya las esté haciendo o quizá las deje sin ignición.

La fama del poeta

La muchedumbre, el poeta que la mira y se regodea en ella, tiene la tendencia al reconocimiento externo antes que de sí mismo y de su obra. Allí hay una sonrisa que tiene hielo, como diría Nietzsche. Una farsa de sí que es como un espejo roto del alma de uno, un espejo remendado con goma de mascar de esa que olvidan a propósito bajo las mesas. Una mentira del tamaño del ego de sí mismo. De modo que el autor gozará de tanta autenticidad en la medida que se aleja de la gente, del reconocimiento o galardones y en la proporción para que su pensamiento se amalgame en el corazón de la gente que adopta el mensaje, lo hace suyo y lo transforma según su percepción.

«La sabiduría de las fresas, «Buscando la sombra del relámpago», «Me designo», poemas de William Vanders

Imagen by Joshua Woroniecki

La sabiduría de las fresas


soy presente
un hoy de abeto tallado en el pasado
pincelando el aquaforte futuro

no me molestan los ayeres

algunos visten camisas ocres
otros son traslúcidos y soñolientos

me visitan por las mañanas
bebemos sonrisas
y untamos el pan con la sabiduría de las fresas

luego

las sombras

me susurran las manzanas que vendrán en diciembre
y duermo en el ahora del hoy mismo
para despertar

de nuevo

junto al reloj de lo que voy siendo



Buscando la sombra del relámpago



Si hay oscuridades atrapadas
en los ojos de las aves
y cansancios varados en las piedras:

¿por qué los filósofos mueren
buscando la sombra del relámpago?

¿por qué hay libros con hambre
acurrucados en las raíces de los árboles?

¿por qué los sonidos sueñan
con el vuelo del silencio primigenio?

Por si las dudas,

zurcí bocas a mis suelas para hablar con dios
en la grieta del asfalto.



Me designo


Bucanero sobrio y ladrón de ladrones.

Punto.

De tiempo libre para los oficios libres.

Punto.

Sufriente inmolesto y mártir justificado.

Doble punto:

Vivo en una buhardilla junto a mis muertos,

colecciono playas redimidas en caracoles viajeros,

duermo sin almohada y con espada al cinto,

me asombro fácilmente y sueño el mar,

despierto sin sol y alimento a mis polillas.

Punto y aparte.


Luego, soy feliz.

No me hambruna la soledad.

William Vanders – Venezuela



William Vanders. Nacido en alguna parte. Vive en una isla. Se dedica a buscar tesoros. Le gusta ir a la montaña y caminar por la orilla del mar.Nadador. Bucanero sobrio y ladrón de ladrones. De tiempo libre para los oficios libres. Colecciona playas redimidas en caracoles viajeros. Duerme sin almohada y con espada al cinto. Se asombra fácilmente y sueña el mar. Despierta sin sol y alimenta a sus polillas. A veces pinta y dibuja. Como Tirso Vélez, quiere con su pincel, pintar no la flor sino el aroma. Hace intentos por escribir para que la palabra sea útil.  Cree que El poeta de la poesía, es un martillo donde hay tachuelas sobrantes para las penas.  Que es un mar inmortal en piedras dormidas. Que el poeta es el no poeta. El que mira el cielo en los ojos del río. El que invisible, quema su nombre en los surcos de las manos. El que con palabras dice la lluvia y con susurros escribe el fuego.  Además, bebe vino y es vegetariano.

«Salvador», relato de William Vanders

Imagen by Reimund Bertrans

Conocí a Salvador cuatro años antes de su muerte. Murió de cáncer en la garganta.

Salvador fue un hombre de barba más cenicienta que blanquecina. Fue un servidor de las letras, más por su acendrada imaginación, que por rigurosidad académica.

Autodidacta de la palabra, describió el proceso de desnudez de las piedras. Dijo que las piedras se desnudaron para copular aleatoriamente con la lluvia, el aire, el frío, el calor, la humedad, el líquen, la luz, la oscuridad y el tiempo. Que su desnudez es signo fijo y secular de una memoria múltiple: la memoria de los secretos. Que su desnudez solidificada fue arena, es arena y será arena. Que duerme despierta estando dormida y queda vestida estando desnuda. Que habla sin ojos y mira sin boca. Que camina estando quieta y estando quieta respira. Que desnuda está siempre pero, a veces, se enamora del líquen y se transmuta en agua para viajar al río, ser meandro y beber el mar.

Salvador murió de cáncer en la garganta. Acaso una piedra en la voz de la palabra, acaso una palabra en la voz de la piedra.

Salvador.

Murió.