«Quién pudiera», «La niña pescadora», poemas de María José Quesada

Imagen by Tung Lam

Quién pudiera


Quién pudiera ser viento que acaricia tu rostro.
Quién la hoja caída que te logra tocar.
Quién pudiera besarte como yo te besara
-como chispa que salta, como llama en el lar-

Quién pudiera ser río que tu cara refleja
y en sus aguas te mece con sutil suavidad.
O la luna plateada que te envuelve en la noche,
o este cielo de estrellas que te cubre al pasar.

Y quién fuera tu sombra aunque no puedas verme
y quedarme a tu lado sin dejarte marchar.
Quién la ola que llega a romper en la roca
y te besa los labios con espuma de mar.



La niña pescadora


Una niña pescadora
con su red se fue a pescar
donde descansan las olas,
en la orillita del mar.

En la cabeza un pañuelo,
en el talle un delantal
y en la cara lleva rosas
con destellos de coral.

Echa la niña las redes
sobre las aguas de sal
y la corriente las mece
como en un juego naval.

Cuatro peces ha encontrado
cuando las viene a sacar
y una blanca caracola
que entre ellos fue a parar.

Acercándola a su oído
un rumor cree escuchar,
piensa que dentro hay sirenas
que no dejan de cantar.

Lleva la niña a su casa
ese regalo sin par
y su madre le reclama:
llévala, niña, a su mar,

que las sirenas son almas
y solo pueden estar
bajo las aguas azules;
no las podemos guardar.

Y la niñita, apenada,
la vuelve al agua a lanzar
donde lanzaba sus redes,
en la orillita del mar.

Veinte años han pasado
en su rostro y en su hogar
y la joven, aún pescando,
con papá se ha ido a embarcar.

La calma vira a tormenta,
el viento leva la mar.
La muchacha cae al agua.
De poco sirve nadar.

Hasta el lecho submarino
su cuerpo ha ido a parar
pero acudiendo a su encuentro
de ella empiezan a tirar

cinco sirenas preciosas
que no dejan de cantar.
Y nadando la devuelven
en la orillita del mar.

«Al encuentro del día», «En aras de la libertad», «Dèjá vù», relatos de María José Quesada

Imagen by Paolo Chieselli

Al encuentro del día

Tomó el abrigo que colgaba del perchero de pared y se vistió con él cerrando toda la abotonadura. Después se caló el sombrero y salió de casa.
Avanzó por la vereda de árboles huesudos y otoñales, desprovistos de ternura: ni una hoja ni una flor, y una cancioncilla que empezó a merodear por su cabeza terminó bailándole en la boca:

—En la noche de la nochebuena cuando los pastores…

Más tarde, ya a pie de prado, buscó una piedra donde sentarte y allí, acomodado en ella, se mantuvo pensativo al tiempo que pulsaba el borde de su sombrero dándole vueltecitas entre sus manos.

Una bandada de aves le hizo levantar la mirada persiguiendo su ruta.

—Míralas, qué felices van ellas, y no digo nada del rebaño del tío Paco, que por allá se escuchan los cencerros y el ladrido de Japonés.

Marcial lo sorprendió en sus divagaciones. Llegaba el hombre montado en su bicicleta con un pedaleo tan lento que era cosa de magia que conservara el equilibrio.

La dejó apoyada en un árbol y se acercó a Ignacio.

—Qué hay, paisano —dijo a modo de saludo.

El hombre del sombrero se giró dándole los buenos días, se levantó del duro asiento y le palmeó la espalda.

—Nada, aquí andamos, estirando las piernas y dándole gracia a la vista.
—Oye, pues llevo en el canasto de la bicicleta un vino y un tocino que ese sí que va a darle gracia al estómago.

Marcial sacó aquellas poderosas viandas contra el frío y la misma piedra que antes sirvió de asiento se ofreció ahora de mesa.


Tengo también una navaja en el bolsillo—añadió, buscándola en su pantalón—, me la trajo mi hijo cuando vino de Suiza, es, no veas la de utensilios que lleva, hasta sacacorchos.

El tío Paco, que andaba entre su rebaño color crema, destacando como una viruta de chocolate en medio de una tarta, los vio de lejos. Oído tenía poco pero gozaba de una vista de lince.

Levantó la mano desde la lejanía y los dos hombres le correspondieron agitando las suyas en signo de convocatoria. Cinco minutos más tarde ya estaba Paco en derredor del inesperado almuerzo.

El pastor sacó del zurrón un trozo de queso y otro de turrón y lo añadió al festín.

En esto que pasó por allí Manuela, la sobrina de Marcial, que iba a repartir el pan nuestro de cada día, y le hicieron el alto con toda la autoridad que el parentesco y la amistad admite.

La muchacha detuvo la camioneta y tras los correspondientes y correspondidos saludos añadió un pan redondo y hermoso. No la dejaron marchar sin probar bocado.

No se sabe qué diría la muchacha en el pueblo porque, al rato de haberse ido, advirtieron a un grupo de gente que se acercaba por el camino.

—Parece una manifestación, —dijo el pastor.

Cuando aquel grupo compacto estuvo más cerca se dieron cuenta de que no era tanta gente como parecía, contaron seis cabezas a lo sumo, que portaban bultos en las manos y todos tenían cara, y nombre y… empanadillas y pasteles de carne, mantecados, una botella de anís dulce, una guitarra, una pandereta…
Y aquella mañana, sin esperarlo, se armó el Belén.


En aras de la libertad


Atravesando la vereda de cedros que daba la bienvenida, llegaron al pueblo en un carromato tirado por dos mulas . Un hombre recio y de amable semblante lo conducía. A su lado, aprendiendo, posiblemente, el mismo oficio, iba un chiquillo de doce años que con un palito en la mano hacía como que azuzaba a los animales. En la parte de atrás del carro, cubierto éste de arpillera sobre un marco de madera, había toda clase de enseres: sartenes, cazos, tazas, cuchillos, coladores, una piedra de amolar, saquitos de poleo y otras hierbas digestivas y, pegado al asiento donde sus espaldas hacían frontera con la tienda de atrás, un hueco libre donde ellos pasaban la noche.


Cuando las mujeres escucharon aquel tintineo metálico comenzaron a salir de sus casas. Era la visita semanal a aquella villa y muchas de ellas iban a recoger los encargos de la semana anterior.


Un corro de niños acudió al encuentro. Les gustaba curiosear aquella guarnición y acariciar a las mulas que muy dóciles se prestaban a ello. El niño auriga se unió al grupo infantil y se las presentó, les dijo que la de color marrón se llamaba Flora y que la otra más morena era Lunar.


—Qué suerte tienes, siempre viajando de pueblo en pueblo, viendo cosas nuevas —le dijo uno de los muchachos.
—Sí —respondió el niño sintiéndose importante—. Dice mi padre que nunca nos detenemos en un lugar fijo para siempre porque somos espíritus libres.
—Mecachis, es verdad —contestó otro chiquillo del grupo— nosotros tenemos que ir a la escuela aunque llueva y todo, y los domingos nos obligan a ir a misa aunque no entendamos lo que dice el cura pero cuando yo sea mayor también voy a ser un espíritu libre.

Al cabo de tres horas el conjunto ambulante se perdió en la lejanía ofrecida por los brazos del camino.

El niño, muy calladito, buceaba en su interior, imaginaba la prisión de aquellos que quedaron en el pueblo, luego miró atrás, a su habitación, dirigió la mirada a su padre y le preguntó:

—Papá, ¿cuánto nos falta para dejar de ser libres?


Déjà vu


Había llegado el momento de su final, ya no era útil, su tiempo de actividad había terminado y alguien tuvo la gentileza de darle una despedida digna conforme a su clase. No hubo sonrisas ni lágrimas pero a ella le habría gustado un último viaje por la ciudad, volver, una vez más, a las calles por las que tanto la habían llevado aunque ésta vez fuera sola.


La enterraron mal, en una fosa común demasiado llena y dejándole una mano o una oreja afuera. Pero fuera lo que fuese no hizo falta más para que el viento la reviviera proféticamente con un: levántate y anda.


Elevó su ligero cuerpo y comenzó su tránsito por las calles del barrio. Un rosal, en la prisa de su carrera, le desgarró parte de su tejido, hecho que no le importó y continuó su sprint hasta darse de bruces con la cara de un transeúnte que se la quitó de encima mascullando palabras de asco.


En su prisa cruzó el tráfico rodado de la avenida principal, con el semáforo en rojo, esquivando los coches hasta llegar a la otra acera en donde fue perdiendo fuerzas para caer al suelo dando vueltas como una peonza. Se arrastró unos metros y volvió a su correteo sorteando a la gente, la gente evitándola…Fue fantástica aquella sensación de sentirse libre así que no consentiría que la usaran más ni que volvieran a meterla en aquel departamento de las cosas sin vida. Pero toda acción necesita un stress vital y el viento cesó. Quedó entonces arrinconada, tirada contra la pared de un edificio hasta que un hombre vestido de uniforme y con un arma letal en la mano se fijó en ella. Sintió que su tiempo de gloria había acabado y así fue. El hombre arremetió contra ella con su escoba y fue depositada nuevamente en el contenedor amarillo.


Es posible que alguien tenga una bolsa que cada vez que sale a la calle siente un déjà vu, como la mía, que dice, según por dónde pase, yo ya he estado aquí.


«Dos poemas» de María José Quesada

Imagen by Brendy Pradana

Y te miro

Yo, la que mira de frente
lo que encuentra en su camino,
te he de mirar diferente,
que no se note el cariño.
Tú eres clavel de otra aurora,
la religión de otro templo
mientras que yo soy la autora
de lo que siento por dentro.
Y sí, te miro, distinto,
te miro disimulando,
sin que te des cuenta, niño,
de cómo te estoy mirando.


La tormenta que me aviva

Estás lejos, me lo está diciendo el aire,
no respiro tus partículas de hombría
no resalta entre sus ondas tu lenguaje
ni cabalga tu ansiedad sobre mi herida.

Porque no relampaguean las miradas
que encendieron los rincones que me habitan,
y no truenan poderosas las palabras,
se desploma la tormenta que me aviva.

Quiero el rayo de tu impronta, tu amenaza,
el estruendo de tu gen provocativo,
la catarsis de tu nervio con mi calma
como unión entre mi luz y tu sonido.

Dame el viento, remolino de mis aguas,
y fundiremos esta muralla de hielo
por caer después en libre catarata
empapándote de amor hasta los huesos.

«Llévame contigo al mar», poema de María José Quesada

Imagen by Tim Hill

Llévame contigo al mar

Te conocí una mañana,
tú te marchabas del puerto
yo a la bahía bajaba
y quiso dios que ese encuentro
mi vida entera cambiara.

Llevabas la red al hombro,
venías de la almadraba,
para el mar eras un lobo
para mis ojos, un Atlas.

Y al pasar junto a tu mano
y contemplar tu sonrisa
mi ser quedó hipnotizado
como por arte de ondina.

La red te ofreció la estrella
que me engarzaste en el pelo:
Es para ti, mi sirena,
dijiste sin titubeo.

Sin tener culpa la estrella
quise esquivar ese gesto
y al darme la media vuelta
se me enredó en el cabello.

Cerró el círculo de presa
tu corazón lisonjero.

Las caracolas cantaban
y susurraban dulzonas,
algo fue cortando el aire
con alas de mariposas.

Cada noche una fogata
nos encendía la Luna,
sí mi amor, mi lirio de agua,
febril, lumínica, pura.


Volviste de nuevo al mar,
pasión de los marineros,
yo te quería alcanzar
con las ondas del pañuelo
que lloraban soledad,
marino de mis anhelos.

Guardado celosamente,
el miedo, veta profunda,
desbarató los dinteles
de mi templanza madura.

Regidas por un mal viento
una formación de bocas
iba desgarrando el puerto.
Gritaban las caracolas,
yo les pedía silencio.

Marché hasta la última piedra,
aquella que el mar bañaba.
Con arañazos de fieras
nereidas desesperadas
no daban siquiera tregua
a que mi voz te nortara.

Sin guarda quedó la noche,
los ángeles descansaban
y el agua imantó en su cauce
nombre, amor, estrella y barca.

No quiero ver más el mar
sino entregarle a su hambre
mi cuerpo y mi soledad.
Me dejará enamorarte
vestida de agua y coral.

«Transformación» por María José Quesada – España

Imagen by Enrique López Garre

Mi cama estaba situada junto a la ventana que da a la calle. Desde allí podía escuchar a los niños que jugaban al salir de la escuela, sus risas, gritos y voces, incluso podía ver cómo volaban sus cometas.


Debido a mi frágil salud nunca tuve la oportunidad de hacer esas cosas y por eso no las echaba de menos, pero los envidiaba.


Las armas que yo tenía para correr, saltar, y vivir un sinfín de aventuras eran los libros.


A través de ellos fui mosquetero; estuve en el centro de la tierra; dentro de la tripa de una ballena; en la prisión del castillo de If, …


Pero un día todo cambió. Entré en un profundo sueño y cuando desperté me invadió una gran sensación de libertad y ya no hay cama ni ventana ni he vuelto a escuchar a los niños de la calle.

Ahora vuelo entre montañas, profundos valles y planeo en las corrientes de aire.
Mis armas, ahora, son alas.


Soy Halcón, Rey, Centinela del cielo.

«Un hada en primavera», «Líbrame del amor», poemas de María José Quesada

Un hada en primavera

Ahora que se acerca la primavera
de princesita yo me voy a vestir,
con tres flores blancas haré mi diadema
-dos margaritas y un alhelí-
Será mi vestido muy largo y hermoso,
de gasas y tules, como el mes de abril,
bordado de espigas, también de madroños,
de verde manzana, de menta y anís.
Pero mis piecitos andarán descalzos
-las hadas del bosque caminan así-
para no hacer ruido ni romper el canto
de los mil gorriones que habitan allí.
Y una vez vestida toda de princesa
un cisne me espera, por llevarme a ti,
y allí acurrucados en sus tibias alas
voy a darte el beso que te prometí.


Líbrame del amor

Se me clava la tristeza
como una espuela oxidada,
daña, duele, amarga, escuece,
me enferma la piel y el alma.
Cómo cierro yo esa herida,
quién me quita esa navaja,
el crujido de mi carne
el dolor que no se acaba.
Quítame, madre, el tormento,
nímbame con tu agua clara,
hazme de nuevo en tu vientre
como flor resucitada
y apártame del cariño,
del sentido de nostalgia,
de todas las trampas dulces
que engañan y te desarman.
Del recuerdo que no cesa
de dar portazos al alba.
De tocar la libertad
con las dos manos atadas.

Líbrame del amor.

Ausencias, por María José Quesada

Smoke by Florian Berger

—Pedro, he estado hablando con mamá y escucha todo lo que me ha contado al preguntarle cómo ha sido su vida.

«Mis hijos siempre me han llevado loca. Cuando eran pequeños, de amor; cuando adolescentes, de preocupación; cuando se casaron, de alegría.

Pedrito era un maníaco de las motos. Su padre lo enseñó a pilotar el Vespino que tenía para ir al trabajo y llevarme de compras. Doce años tenía el niño, y el padre lo veía bien… A mi no me hacía gracia que se fuera con la moto él sólo por los descampados y para solucionarlo se juntó con una pandilla de amigos motorizados. Ya no iba sólo, según él. ¿Has visto qué solución?

Patricia me preocupaba de otra manera. No salía de casa más que para ir al colegio y hacer los recados que le mandaba. Hasta que cumplió los trece años me pareció normal, sí, hasta esa edad ni siquiera le echaba cuenta a que la niña no saliera en pandilla ni quedara con las amigas, que las tenía, a dar un paseo. Ya tendrá tiempo, decía yo. Pero claro, cuando llegaron los 14, 15, 16 años y esa actitud era constante ya me empezó a preocupar. Yo la animaba a que saliera, a que aprovechara el tiempo y su maravillosa juventud para hacer cosas nuevas -¿sabes?, tenía la carita de porcelana- La animaba a que hiciera algún curso de pintura, de fotografía, hasta le propuse que participara como voluntaria en un albergue de animales, que tanto le gustaban. Y la niña que no, solo estudiar y estudiar y estar en casa.

Pero como todo, con el tiempo cambiaron. Solitos».

Pedro escucha y sé que se conmueve igual que yo.

—Nos recuerda, Pedrito, nos recuerda.

Mamá nos mira, sentada, balanceándose en el asiento de su mecedora. No nos sonríe, no dice nada. Nos mira extrañada.

Pedro le coge las manos y ella lo rechaza pero Pedro insiste dulcemente hasta que al fin las doma. Yo también me acerco a ella, y frunce el ceño. Reclina su espalda y se aleja un poquito pero hoy nos deja que la toquemos, que le acariciemos las manos y el cabello. Ella nos pregunta dónde están sus hijos.
Mi hermano me mira y me dice: «No llores Patricia, nuestra madre es la misma, quien nos está hablando ahora es solo la ausencia».

María José Quesada – España

Magic keyboard by Joshua Woroniecki

Íntimos desconocidos

No puedo decir que Óscar y yo fuésemos una pareja mal avenida y ahí radicara el motivo de que nuestro matrimonio se arruinara. No discutíamos por todo lo discutible ni tratábamos de cercar la parcela de libertad del otro. Fue, en todo caso, un amor decreciente. Lenta pero inexorablemente dejaron de interesarle mis ideas y propuestas y de la misma manera yo empecé a pasar de las suyas. Nuestra vida se volvió predecible y anodina y nos fuimos enfriando en todos los aspectos que deberían estar vivos en una pareja, como si en lugar de madurar juntos nos hubiéramos convertido en dos ramas que crecen cada una hacia un lado hasta que dejan de tocarse. Nos convertimos en vecinos de cama y mesa y se deshizo por completo nuestro sentido de tándem. El divorcio sólo legalizó nuestra realidad.

Una tarde, cuando acabé mi horario de oficina, se me ocurrió conectarme a una página de contactos. Todo el mundo habla de esas cosas, incluso las anuncian en televisión, y bueno, bajo el anonimato decidí ver qué se movía en esos lugares.

Mi nombre es Noelia, así que me busqué un nombre imaginario: Helena. No tardó mucho en contestarme un hombre al que se le iba la vida en conseguir una cita conmigo. En cinco minutos que estuvimos conversando virtualmente ya me había coronado Reina. Así que al comprobar la velocidad que llevaba aquel tipo me dije: capaz que si permanezco un poco más me hace copropietaria de su latifundio. Aquel pensamiento, además, me hizo intuir que, con la misma pasión y prestancia que mostraba, al menor contrapunto que tuviera conmigo me arrojaría al foso de los cocodrilos de su castillo. No continué con el asunto y cerré sesión.

Dos semanas más tarde volví a hacerlo. Volví a conectarme en esa página de chat. Mismo nombre, Helena. En esta ocasión apareció un hombre sin tantos arrestos como el otro. Se presentó diciéndome que se llamaba Luis y casualmente, o porque estas cosas ya las tienen preparadas, era de mi misma provincia aunque residía en otra ciudad. Mantuvimos una conversación que duró casi una hora, pero se nos pasó tan rápido y ameno el tiempo, que quedamos en continuar charlando con asiduidad. Y así, día a día, Luis y yo fuimos intimando. Nos contábamos un poco de todo: los pormenores de la jornada, nuestra situación personal; ambos éramos separados, él por segunda vez pero, igual que yo, no tenía hijos. Me gustaba. Tenía mucho desparpajo hablando y cuando tocábamos temas de cosas más trascendentales ambos nos embarcábamos en una charla la mar de interesante, además de agradable. Me revivía por completo, era todo lo contrario que Óscar. Eso, junto con el cosquilleo que me producía nada más ver su nombre en la pantalla, hacía que se convirtiera en un cóctel muy, muy seductor.

Mantuvimos ese contacto ininterrumpido durante dos meses y medio aproximadamente, así que, a esas alturas, ya conocíamos las coordenadas interiores de cada uno. Y llegó el momento en que Luis y yo decidimos dar un paso más: conocernos en persona. Sabíamos de nuestras manías y gustos, nuestras opiniones sobre muchos temas, nuestros miedos y nuestros puntos fuertes, lo único que nos faltaba era descubrirnos físicamente, esa sería nuestra conexión definitiva. Era el momento de poner toda la carne en el asador.

Luis reservó mesa para nuestra cita en un Restaurante situado entre nuestras dos ciudades -cuya ubicación conocía porque estuve allí en alguna que otra ocasión- y me envió el mensaje: Restaurante “La Florida”, viernes, 20:30. Si llegas más tarde el maître te acompañará a la mesa 5. Es la nuestra.

La mañana de aquél día estuve hecha un manojo de nervios. Sentía incertidumbre pero al mismo tiempo estaba muy ilusionada. Agarré las llaves del coche y antes de salir de casa me dije frente al espejo: vamos chica, no tienes nada que perder.

Llegué al restaurante e hice lo que me indicó Luis, dirigirme al maître y presentarle mi asistencia. Me acompañó amablemente a la mesa 5. Allí estaba Luis, sentado de espaldas a mi trayectoria. Le anunció mi llegada y él se giró levantándose de la silla. Al mirarnos, apenas pudimos articular palabra hasta pasados unos segundos.

¡Óscar! -le dije a Luis.

-¡Noelia…! ¿Tú eres Helena?

A la pregunta (si la hubiera) de si volvimos a ser pareja: No.

María José Quesada – España

Orbs orbeez by Jill Wellington

Una reflexión

Hasta hace nada, cada cual vivíamos la vida dentro de su normalidad, con nuestras rutinas y monotonías; nuestras comodidades y carencias; problemas, dolencias, quejas, planes y proyectos.

Pero el mundo siempre está en estado de convulsión, es obvio que nadie lo ignora. Es un organismo vivo y en ese organismo, las personas, con nuestros comportamientos, somos su enfermedad. Lo atacamos constantemente por tierra (a nuestros semejantes con guerras y por extensión todas las consecuencias que de ahí derivan). Por mar (contaminación, masacre de especies). Y aire (contaminación, polución, calentamiento global).

Ahora, algo tan pequeño y silencioso nos ha detenido. Es un enemigo invisible y letal; da miedo.

Cuando desde China se dio la noticia de la aparición de este virus y de sus efecto en las personas, se veía como algo lejano. Casi impensable que pudiera extenderse de la forma en que lo ha hecho en tan poco tiempo.

Un exceso de confianza nos puede costar la vida, y en parte eso es lo que ha pasado.

Recuerdo que aquí, al principio de que se diera la noticia, la gente acudía a comprar a lo loco y, de esa manera, para las personas que iban a hacer su compra con normalidad ya no quedaban existencias de lo que necesitaban. Te veías obligado a tener que hacer lo mismo pero ¿quién no pudiera, qué? Ese comportamiento a mi me asustaba. Yo pensaba:«si hubiera una guerra, antes de que nos caiga una bomba ya nos hemos matado unos a otros». El miedo también saca nuestro egoísmo. En ese momento uno solo piensa en sí mismo y en los suyos, es normal, por eso ha sido y es tan importante poner orden dentro del caos.

Del mismo modo, superado el shock, amanece la cara más humana y solidaria de la persona. La entrega sin reservas del personal médico, que son personas especiales en su función pero con el mismo riesgo ante este problema como cualquier otra persona y con sus miedos, y ahí están, dándolo todo.

Así que, como se puede comprender, cuando escucho quejas porque hay que estar recluido en casa no me cabe en la cabeza qué tan tremendo esfuerzo se está pidiendo. A mí me gustaría que mi hija se quedara en casa hasta que todo pase, y yo misma también, porque cuando vuelvo del trabajo no sé lo que puede venir conmigo.

Comprendo también todas las consecuencias a nivel económico y laboral, porque una cosa es que tengas ahorros si te quedas sin trabajo, o que puedas cobrar un subsidio hasta que te puedas reincorporar al trabajo, entiendo todo lo que nos quedará como convalecencia. Cuando pasemos esto no volveremos de la misma manera. Tocará remontar el vuelo, quién sabe cómo, pero hay una cosa que tenemos que mirar como horizonte y que ha de ser nuestro motor: estamos.

Pienso también en que todos quisiéramos un remedio ya y ahora. En cuestión de medicina se está improvisando día a día, probando la funcionalidad de ciertos medicamentos que están dando resultado. No hay vacuna de momento. Y ésto también tiene que llevarnos a pensar en esas personas que, me da igual dónde estén, necesitan comida, medicamentos, vacunas que sí existen para todos, refugio, y que se les hace oídos sordos. Ahora que estamos todos sintiendo esa onda de miedo y necesidad y urgencia ¿se entiende mejor?

Ahora no podemos ver más allá que lo que hay delante, es lo que ocurre dentro de la niebla, pero iremos dando pasitos y poco a poco continuaremos viendo más camino.

Lamento profundamente todas y cada una de las vidas que se han perdido.
Y agradezco infinitamente todos los esfuerzos y la entrega de las personas que se están dando a los demás porque es lo que mejor saben hacer.

Cuidándote cuidas al otro. A por ello.

María José Quesada – España

Poemas escogidos

Palomas by Syaibatul Hamdi

A Marianela – En memoria de Benito Pérez Galdós

¿Quién te dijo, niña hermosa,
que no vales para nada?
Nadie ha sabido mirarte,
no todo el mundo ve el alma,
como no vemos el aire
ni a los duendes ni a las hadas
ni a la Virgen amorosa
que a ti te cantaba nanas.

Marianela, quien te supo
dentro de su sensación perlada,
te construyó fea y chica,
huerfanita y desgraciada,
para demostrarle al mundo
que la belleza es un ancla
-el cuerpo sólo es la nave-
y en la tempestad te amarra
para que el mar no te arrastre.
Esa eres tú y tus palabras.

Entre dos conchas, la perla,
entre las piedras, el oro,
entre la flores, la tierra,
y en Pablo luz de sus ojos.

Mas no supieron mirarte,
sólo un hombre lo vio todo,
Benito Pérez Galdós
bella te sacó del lodo;

aunque de harapos vistieras,
aunque soñaras descalza,
aunque un mendrugo de pan
en tus manitas llevaras.



Los besos que no te he dado

Se están muriendo en mi boca
los besos que no te he dado
y mira si son valientes,
si son como toros bravos,
que para alcanzar la muerte
lo quieren hacer luchando.

El clavel que hay en la tuya
se los pondré al enterrarlos
porque a la mía, mi niño,
siempre se lo estás negando
y no quiero que se vayan
tristes y desconsolados.

A dónde irán sin tu boca.
Eso me estoy preguntando.

Si van al cielo ¡qué gloria!
pues si arriba estás mirando
como ya no habrá frontera
bajarán hasta tus labios



Hadas

Qué dulces son las hadas,
las de la infancia.
¿Recuerdas cuando niñas
nos abrazaban?
Nos llevaban corriendo
sobre sus alas
alejándonos de ogros
y de las zarzas.
Y ya, ¿por qué no vienen?
¿no quedan hadas?
No llaman a la puerta
de nuestra casa.
¿Qué habremos hecho, dime,
para asustarlas?

Tan sólo, hemos crecido.
Siente el amor,
y encontrarás la Magia.