EDITORIAL

«De esas poses ridículas y otros yerbajos», Gavrí Akhenazi

«Para el poeta, escribir significa derribar el muro tras el cual se oculta algo que siempre estuvo allí».

Milan Kundera

Leo con mucha frecuencia ciertas catarsis exacerbadas y violentas, acerca de lo terrible, lo cruel, lo implacable y desgastante que es para algunos el hecho de escribir.

Leo a esos renegados, enfrentados a su propia expresión, renegando (valga la redundancia) de ella como si el poder escribir fuera poco menos que haberle entregado el alma al diablo y luego de firmado el pacto diabólico de quedarse sin alma, andar a los gritos y mesándose los cabellos por tener un don.

No los entiendo. No consigo interpretar su sufrimiento, su angustia, su desespero, su clamor, su gritería, su pataleta, su berrinche.

¿Por qué ese sufrimiento?¿Por qué esa tortura truculenta que los hace pedazos, según dicen? ¿Por qué el odio/amor, exasperado y casi desquiciado en su obsesión por denostar lo grandioso del acto expresivo?

Allí se presentan con largos discursos apoteóticos, como mártires de la letra ensangrentada, atormentados indefensos del cruel verdugo del arte que eligieron para hacerse visibles a sí mismos.

Porque de eso se trata la escritura: de la visualización de los propios habitantes que todos tenemos dentro. De ese otro que está ahí y que nos habita y que, además, escribe todo lo que se es incapaz de decir sino por su intermedio.

Entonces ¿de qué se trata ese tormento del que hablan algunos como si la literatura los hubiera atado a un potro de tortura intentando arrancar una verdad inconfesable?

La escritura no es eso que algunos –vaya usted a saber por qué–, dicen que es. Es algo maravilloso, extraordinario y por sobre todo, reparador.

Los poetas suelen ser especialistas en estas dramatizaciones de opereta: La poesía, la más cruel de las madrastras, la más intransigente de las carniceras, la más despiadada de las tiranas.

¿Qué les pasa? ¿Qué les pasa a estos tipos? Eso es lo que quisiera saber yo. ¿Por qué tienen semejante conflicto existencial con la escritura?

La escritura no es una cosa que nace de un repollo o que uno se choca en el camino como un espíritu errante que se apodera de nuestra conciencia en una película gore.

Que se puede hablar de trance, sí, a veces, pero la escritura es una parte del escritor que habla, es un hecho consciente que se realiza, es algo que no es ajeno, sino propio.

No es una condena ni uno está maldito. Más bien, es justo al revés. Escribir, poder hacerlo, sana o por lo menos ayuda a ver todo lo que nos habita y ponerlo a cierta distancia como para poder analizarlo con otra perspectiva. Es un acto creativo, no un linchamiento público ni una inmolación a lo bonzo delante de un espejo.

Ese folklore ridículo del escritor traumado o del poeta al borde del suicidio, ya son cosas que han pasado de moda y que han perdido, en consecuencia, su validez como liturgia. Se han vuelto un rasgo grotesco, una pose inválida, una pirueta circense para llamar la atención de algún desprevenido que todavía crea en los pececitos de colores.

Así que no consigo entender a todos esos desesperados que lloran por tener la capacidad para escribir, para descubrir sus monstruos y descubrirse, para curarse o para aliviarse, para expresarse, al fin y al cabo,  que es una de las cosas que más rehúye el ser humano.

Porque la escritura es la tabla que sostiene al náufrago, no el barco mientras se hunde.

Quizás, para evitarse tanta burda infelicidad creativa, todos estos renegados lacrimosos y atormentados, deberían dedicarse al bonsái. O en su defecto, dejar de dar lástima y seguir escribiendo honrando su arte con la boca cerrada y la letra dispuesta.

«El lector, socio capitalista», por Gavrí Akhenazi

El hombre que no tiene la costumbre de leer está apresado en un mundo inmediato, con respecto al tiempo y al espacio. Pero en cuanto toma en sus manos un libro entra en un mundo diferente. Ling Yu Tang

Pese a que las nuevas tecnologías han hecho de los libros algo cercano, al alcance de todos, y que existen muchas formas gratuitas de acercarse a ellos desde infinidad de plataformas o bibliotecas virtuales, la lectura ha mutado extrañamente hacia el aspecto inverso.

El lector, antes, era un animal selectivo y reconocía a qué llamar literatura, independientemente de si fuera un clásico o un innovador a quien leía. La literatura, desde la perspectiva del lector aquel, sometía su apetencia a la búsqueda de mundos diferentes y trabajaba sobre los pensamientos y su libertad ya sea desde la proposición o desde la oposición.

Un lector, entonces,  podía apartarse del presente inmediato para observarlo desde un ángulo distinto, con el que dialogar e intercambiar perspectivas acerca de lo pasado, lo presente y lo futuro, porque ese intercambio y esa interpelación entre enfoques, creaba pensamiento y trabajaba sobre las ampliaciones de otras facetas y criterios menos ponderables de lo real y de lo irreal.

Daba la posibilidad de acordar o cuestionar, porque la verdadera literatura no existe vacía de contenidos y están entre sus funciones tanto el consenso como el disenso con su potencial consumidor.

Este feedback o esta interpelación diferente, separa las partes del hombre que, mediante la lectura, abandona lo corporal para darle verdadera entidad a la capacidad intelectual de la que está dotado y resumirse a ella  como un viajero capaz de transportarse a lo desconocido o a lo ya conocido de otra manera y obtener de ello otras sensaciones, otras reflexiones y otras confrontaciones más allá de las propias.

Es algo que la lectura hace sin que el lector lo advierta. 

Provee al lector de otro mundo, hecho a la cavilación y al pensamiento. Ensancha las fronteras y obliga a la imaginación y a la razón por igual. Edifica hombre.

El problema, creo yo, radica en que la literatura y quienes la producen, olvidan su función en este asunto y entran en la vulgaridad y el pasatismo del todo vale, todo sirve, todo está bien, todo es bueno.

No digo, entiéndaseme bien, que la literatura debe ser un hecho solemne y elitista, sino justo lo contrario. Debe aproximarse al lector y a su vez, aproximar a este a la reflexión, a la medición, a la duda, la pregunta y a la repregunta.

Es función de la literatura hacer aportes sobre sí mismos a los lectores que se descubren como entidades participantes de un dialogo interpelativo en el cual poseen la capacidad de formular opinión propia sobre lo que les es ofrecido. Pueden ser creyentes, incrédulos o ambas cosas: incrédulos creyentes que buscan respuestas tanto a la creencia como a la incredulidad.

La función de la literatura, creo yo, va más allá de lo estético de otras artes porque, no olvidemos, la literatura también es un arte.

No es la estética sino la razón, su principal punto de apoyo. Necesita de un hecho intelectivo eficaz para hacer sus propuestas y por eso, el buen lector es el que determina qué es literatura y qué no pasa de ser apenas una moda para claqueros sin otra pretensión que estar a la moda esgrimiendo la superficialidad que toda moda tiene en su momento de auge.

No hace falta remontarse en el tiempo  –porque las vacas sagradas por algo lo son y nacen en todos los tiempos y en todos los espacios– para encontrar verdadera literatura de fragua actual y contextual a la época, que maneje a su vez lo universal del siempre que posee la condición humana y que, leída en cualquier momento de cualquier siglo, se aplicará a los hechos y a las sociedades con exactitud matemática, independientemente del momento en que viera la luz.

Los hombres repiten la monotonía de su Historia con mayor o menor grado de sofisticación, pero en la base, solo hay una Historia que el buen lector recoge a través de la verdadera literatura, ya que la verdadera literatura, cuente lo que cuente, siempre será un testigo, un espejo, un relator constante de los hechos de la especie humana sobre la tierra.  

«El guión, la ilusión de un sueño», ensayo de Edilio Peña

Imagen by Tomislav Jakupec

Cuando la estructura del guion de una película, sobreviene en estructura paradigmática obligante, limita las posibilidades de exploración entrañable de la historia que habrá de convertirse en película. Es decir, todas las películas que se elaboren a partir del paradigma estructural impuesto o de moda, habrán de ser la misma película, porque todas partirán de la misma estructura en la que se estableció su naciente y desarrollo embrionario. El guionista ha vaciado en el mismo molde estructural, la historia que el director pretende convertir en película única y singular. O una maquinaria más compleja que encarna el productor como representante de la industria del cine. A partir de entonces, inventiva del guionista quedará maniatada por una inducción consciente o inconsciente. Eso habrá de tener un impacto en el espectador porque quedará sujeto a un solo marco de exposición narrativo que irá reprimiendo la libertad natural de su propia percepción. La diversidad estructural no existirá, porque desde los inicios de creación de una película, ésta habrá de estar sujeta al paradigma establecido por el matrimonio del mercado y el cine, pero también, por la ideología que constriñe, bien entre las sombras o la oscuridad, intereses del capital productor o el Estado.

Pocos cineastas han escapado o escapan a esta dictadura de hacer cine sin sacrificar la elección personal. Su subjetividad zozobra de no alcanzar a hacer la gran obra. Postergarla es suicidarse. Andrei Tarkovsky, Igmar Bergman, Luis Buñuel, Akiro Kurosawa, y la irrupción de ese cine venido de lejos, del medio y lejano Oriente, del corazón del África, etc. Andrei Tarkovski jamás hubiera podido pasar un examen de admisión en una escuela de cine de Norteamérica. Nadie se hubiera atrevido a producir esos raros y tediosos guiones que elaboraba. Allí lo admiran, sí, pero desde lejos. Los estudiantes de las academias de cine o de algunas universidades de Norteamérica, no deben entusiasmarse demasiado con esa concepción arbitraria de estructuración de un guion y la realización de una película que viene de otra cultura, sensibilidad y concepción cinematográfica. Los lentos narrativos, los planos largos para celebrar el silencio, el viento o la nada habrán de ser insoportables para un director de cine con formación e influencia americana. El mero estorbo de una secuencia donde “no pasa nada”, no puede ser tolerado, porque no sirve al producto a vender. El producto que está por encima de la obra artística. La mercancía.

Quizá la demanda de este tipo de estructuras cinematográficas, está sujeta a la conducta enferma a nivel cognitivo de ese ser social y existencial, que al convertirse en espectador de una película, espera de que acontezca algo en la ficción que no acontece en la realidad que vive y que ansia sea modificada. No por una razón conocible sino por una pulsión desconocida. Ya que lo sojuzga el miedo y la incertidumbre de no saber, finalmente, que quiere en medio de las privaciones conscientes e inconscientes. Una necesidad de tragedia apocalíptica, de drama exagerado y de risa falsa, respira y persiste en la sociedad que habita. La fantasía de la transgresión se impone y ha comenzado a desbordarse, ya no necesita un detonante. El personaje como lo concibe la sociología o la psicología ya no existe, porque su más cara metáfora, el ser humano, agoniza o ha muerto. Las técnicas de actuación de los actores está sujeta al cuerpo emocional del personaje, no a la existencia inaprensible, aquella que no se expresa ni con el cerebro o el corazón. La falla está en que el punto de encuentro entre la estructura dramática paradigmática del guion y la técnica de interpretación del personaje, es la consecuencia de la primera. Entonces, ambas se alienan. El método de actuación del ruso Constantin Stanislavski, fue adaptado por los maestros de la actuación norteamericana, introduciéndoles las pautas psicoanalíticas de Sigmund Freud. Lee Strasberg fue su aladi desde su mítico Actor Studio. A través del logos nacería todo el nuevo teatro norteamericano, pero también el cine con una imagen  distorsionada y asesina.

Pero, ¿ quiénes construyeron la estructura totalitaria del cine en una  expresión paradigmática? Por supuesto, la industria de los productores en base a los dividendos que su producto ganaba en el mercado. ¿ Y a quienes les fue forzado elaborar los métodos de escritura del guion al considerar, desde las ganancias del mercado, lo que era una buena película? La mano esclava de aquellos guionistas que escribían, sin conocimiento de la reflexión y el ensimismamiento, de lo que era verdaderamente una trama y un carácter. La mayoría no leía. No pensaba. Desconocía los procesos sociales, psíquicos, los lactantes del alma. Los guionistas eran asalariados, que estaban escribiendo un guion tras otro, o empleados en elaborar informes que debían cumplir con las exigencias de un formato a llenar por exigencia de los grandes productores del cine de Hollywood. No tenían tiempo, porque en el cine tradicional hay algo que es más poderoso que el tiempo, la urgencia. Esa premisa que somete a colapso el estado final del enfermo. El novelista William Faulkner se lanzó a la aventura de escribir guiones de cine, no tanto por convertirse en guionista sino para darle de comer al escritor de novelas que lo habitaba, con estructuras complejas y crípticas, despreciadas por Hollywood. Pero terminó renunciando a ganar mucho dinero, escribiendo historias ajenas e insulsas, a pesar de tener un gran amigo, quien creía en su talento como narrador innovador, aquel multimillonario misterioso, productor y director de cine: Howard Hughes.

En Estados Unidos hay muchas academias de cine y televisión, y en sus cátedras de construcción de la estructura de un guion, utilizan los métodos tradicionales de composición para enseñar a escribirlos. Métodos elaborados por aquellos guionistas que aseguraron el éxito de los inicios de la industria del cine de Hollywood. Eran guionistas curtidos en la experiencia, pero sin dotes intelectuales profundos. El más profundo, probablemente, fue John Howard Lawson, pero éste concebía el cine como una expresión constreñida a la ideología. Lawson era un marxista leninista consumado. Escribió un libro sobre los fundamentos de la dramaturgia. Cometió el mismo error que cometió Bertolt Brecht en el teatro. Nunca escribió una pieza teatral contra el Estalinismo. Su legado terminó por causarle un daño terrible a la dramaturgia del teatro latinoamericano en los años sesenta, con la llamada Creación Colectiva. El otro método que se impuso en Estados Unidos para aprender a escribir un buen guion de cine, fue el de Syd Field: El Manual del Guionista. Su premisa capital: una página del guion, es un minuto en la pantalla. Eugene Vale, Técnicas del Guion para el cine y la televisión, llegó al mismo punto muerto en donde se enterraron sus anteriores colegas. El cine mudo guarda un legado que después fue aniquilado por la memoria de la industrialización del cine: Charles Chaplin y Buster Keaton. En el set de filmación, Chaplin podía repetir veinticinco veces una secuencia: Es decir, veinticinco veces modificaba la escritura de esa secuencia en el guion. El equipo que trabajaba con él se hartaba, pero su obstinada ambición creadora no lo fatigaba. El objetivo final era un hallazgo artístico que aún perdura en esos viejos celuloides en blanco y negro, de los cuales tampoco se quiere aprender.

Hoy en día, en los Estados Unidos, existe un método que es la biblia para llegar a ser un buen guionista. Es un método que da seguridad y garantía al guionista, al director, pero sobre todo, al productor que habrá de invertir en esa futura película que se desprenderá de ese guion que utiliza la fórmula ”mágica”. Me refiero al método del guionista Robert Mackee: El Guion. Su libro es una especie de termómetro que como un contador, cuenta las palabras del proceso de escritura del guion, en etapas que se arrogan probar que la estructura yace en términos técnicos predeterminados y per se. La historia es obligada a entrar en esa cantidad de palabras. Considera y trata de probarlo el autor, cuando orilla la presunción de que un guion es ( Excelente) al ganarse un Oscar. Y para abultar su ego de gurú del guion cinematográfico norteamericano, establece diez consejos de un rosario de los cuales no podrás salirte, si quieres ser su dilecto discípulo. Jamás su maestro. El señor Robert Mackee podrá ser un buen guionista dentro del paradigma que expongo en cuestión, pero es muy esquemático, superficial en sus conceptos, aseveraciones y máximas. En él no hay un pensador del cine, más bien, encarna un método aprendido de memoria que gusta que los demás recen y cumplan sin escapar de su norma. Seguro le ha producido buenos dividendos en el abordaje de la estructura para el guion de cine a luz de su paradigma, por igual, para la serie de televisión.

La explosión de las series en la televisión, no sólo ha domesticado la imagen como en el cine, sino que a su vez le niega al espectador, en su espacio de registro personal, la oportunidad de que éste confronte consigo, porque la narrativa de la serie está privada de la posibilidad del ensimismamiento que conlleva a la meditación de lo que debería ser un testigo reflexivo, y no un cómplice arrastrado por una ciega y trepidante intriga de acontecimientos, rigurosamente, calculados. Toda estructura dramatúrgica paradigmática apuesta a la totalidad al negar la singularidad de la misma. Ahí comienza la muerte de la imagen.

En la Grecia antigua, a los teatros no asistían espectadores, más exacto, sí escuchadores, porque la esencia de la obras era discursiva. Un discurso que sometía a catarsis la triada del cuerpo, la psiquis y el espíritu de los presentes sentados en las gradas de piedra. La obra entonces, no se representaba totalmente en un escenario físico, más bien apostaban representarse en cada una de las mentes de aquel quien fuera un buen escucha. Precipitándolo después, en una remoción catártica y expurgativa. Esas obras que fascinaron al pueblo griego, fueron escritas bajo la perceptiva estructural que cada autor encontró en sus historias elegidas para el teatro. Y no, como se ha hecho creer que Sófocles, Euripides, Esquilo, etc, leyeron o estudiaron antes de convertirse en dramaturgos, la Poética del filosofo Aristóteles como el método clave para conquistar la formula atinada para armar una obra teatral, tal cual como se armaba una nave ateniense. Todo lo contrario, Aristóteles, escribió su Poética mucho después, en un intento por comprender lo que conquistaron a nivel de estructura, cada uno de esos autores celebrados y ahora más vigentes. Porque la dramaturgia teatral griega era asumida desde una percepción ontológicamente política, y no ideológicamente política.

Cada historia posee una estructura que hay que hallar, cada dramaturgo o guionista posee su propia técnica que deberá descubrir en cada nueva experiencia escritural. Persuadido de que la estructura, nunca permanece inamovible en el lecho de la historia a explorar.

( Fragmento de un libro de ensayo, que espero no terminar, porque no quiero que se convierta en un método que me condene.)


edilio2@yahoo.com
@edilio_p

«Esos diarios del Gildo», reflexiones de Gildardo López Reyes

Imagen by Gildardo López Reyes

De libretas

Me gustan las libretas. ¿Es eso un fetiche? 

No lo sé, ni me importa, pero a mi gusto por esos objetos rectangulares se suma mi afán de acumulación. Qué feo. Y ahora, ese deseo irrefrenable por hacerlas yo mismo. Sí, algunos de ustedes saben lo bueno que soy para hacer manualidades, y lo mucho que me gusta hacerlas.

La idea de hacer mi propia libreta no apareció sola. Estaba yo buscando, en Youtube por supuesto, la forma de hacer un libro por mí mismo. Luego de tener bastantes problemas con mi archivo para Create space, pensé que quizá podría ser una buena idea hacer esos libros recopilatorios de mis escritos del blog yo mismo. 

Y bueno, entre todos los videos que Youtube decide mostrarte, me enseñó como hacer un sketchbook. ¡Mira, podría yo hacerme un sketchbook! Pero el video que encontré no era muy claro en cuanto a la forma en que deben coserse las hojas, y buscando un poco más, fui a dar con un estupendo video de Nuestro Estudio en el que se elaboraban cuadernos, y que es, además, increíblemente claro.

La cosa fue que luego de hacer dos sketchbooks, porque tenía mucho papel, sentí esas ganas de hacer una libreta. Quizá también habré recordado un video de Antonio García Villarán donde habla de sus libretas, y menciona que algunas la ha hecho él mismo.

Entonces, hice unas libretas que debo decir no quedaron demasiado bien, sobre todo al momento de pegar las pastas. Me descuidé y las pegué un poco chuecas. Quizá no chuecas, pero no sé cómo explicarlo.

Y… luego de tanta palabrería, venía yo a decir que esa primer libreta hecha por mí está prácticamente llena. Ya tengo a su sucesora, que elaboré hace dos fines de semana, jajajaja, soy tan obsesivo para ciertas cosas tan inútiles. Debería abrir una cuenta de instagram sólo para presumirla, quedó muy bien.

Las páginas contienen el dolor por la convalecencia de mi madre y la felicidad que me llegó cuando Liliana dijo Hola, y me volteó el mundo sin avisar. Supongo que es como aquella entrada Días nublados con un rayo de sol. Pero de hecho, lo primero que hice en ella fue dibujar, la última vez que me quedé a cuidar a mi querido tío Polo, quien falleció al final de ese malpresagioso enero.

Ahí germinaron tantos poemas, ahí están las huellas de este turbulento año.

Fotografié algunas páginas, para compartirlas.

EDITORIAL

Por Gavrí Akhenazi

Imagen by Thomas Skirde

La palabra a(r)mada

Utilizado como bandera, el concepto de generación difiere fundamentalmente del concepto de idea.

Leemos, la generación del ’80 (Argentina), la generación del ’27 (España) y similares, aunque en realidad, esa denominación abarque escritores de fundamentos literarios diferentes.

Yo prefiero, inclusive más aún que la denominación «corriente literaria», la de «idea literaria».

Una idea expresa pensamiento. Es como una adscripción que desde lo que se siente se transforma en lo que se piensa.

Y hablando de literatura, creo que debe tomarse en cuenta que lo que se escribe es un producto histórico social, siempre y cuando se considere aquel contexto en el que esa literatura fue producida. No puede tomarse como marco de referencia, único y exclusivo, a la generación que protagoniza la movida, porque todas las «generaciones» funcionaron y funcionan casi de una manera similar : critican y reniegan de la precedente.

Eso excluiría interpretar los cambios sociales, culturales y económicos que le dan origen. ¿Cómo deberíamos llamarle a la actual? ¿La generación de Internet?

Cuestiones modernistas:

Resulta que a veces uno lee vocabularios que aún hoy le resultan extravagantes.

Los lee en esos compañeros que se acercan con su afán escritor y si uno les dice: «eso se quedó en el modernismo», se ofenden como si les dijeras que sus madres desempeñaron el oficio más antiguo del mundo.

Yo, como soy hijo de una de esas madres que hicieron de ese oficio un culto, cito aquí lo que muchas veces me obligo a leer aunque no a digerir.

De hecho, la escritura cumple un papel emuntorio a la par del mejor de los estómagos.

Consideremos, al día de hoy en este hoy del hoy del siglo que transcurre, las siguientes apuestas lírico/metafóricas:

a) Palabras procedentes de la afición a la zoología: cisnes-pavos reales -mariposas-tórtolas-cóndores-gaviotas-crisálidas-vencejos-leones.

b) Palabras procedentes de la afición por la botánica, heráldica o mitología: lirios–lotos–anémonas–nenúfares (esta la uso a veces)–acantos–laurel–mirtos–olivos–almendros–pámpanos–adelfas–jacintos.

c) Palabras procedentes de la afición a la mineralogía y la arquitectura: oro – columnatas–capiteles–rubíes–zafiros–pórfido–mármol–esmeriles–bromuro–talco–opalina–esmeralda.

d) Afición por los neologismos latinos y griegos: liróforo–girósforo–aristo–áptero–apolónida–cristelefantino–faunalias–homérica–ixiónida–lilial–nictálope.

e) Palabras procedentes de la afición por la física, la química, la astronomía y la geografía: hidroclórico-hiperbórea-aerostación-hipermetría-febrífugo-hidrostático-cosmogonía-baremos-isobárico-sulfatados.

f) Palabras que remiten a una excesiva afición nobiliaria: pajes-reinas-heráldica-blasón-clavicordios-lises-príncipes/esas-reverencias- hinojos.

g) Afición por los adjetivos de color: dorado-rubí-níveo-esmeralda- violeta-azur ( y una lista infinita que excede a mi tiempo de examinación).

Esbozo nomás de una idea mayor. Para no aburrirme. Para no dormirme.

En el modernismo siempre sobra, nunca falta. Yo no soy decididamente un modernista, pero como escritor, que sí soy, sé que toda palabra en su justo momento es un hecho expresivo sin parangón. El asunto es cuando se la emplea en el mismo momento literario en el que la usa y la usó todo el que no le asigna un plus a su valor. Ej de docente : labios de rubí (para el vómito).

Las palabras tienen entidad y bien usadas, fuera del contexto al que todos las sujetan, resultan puntos flexivos en el hecho literario, que pueden ser recordados como antológicos.

El quid de la cuestión es resemantizar lo manoseado y darle entidad nueva a lo manido. Las palabras tienen una especie de valor matemático. Son algo más que dos más dos.

«En completa sinestesia. Tres poetas de mi credo»

Por: Ovidio Moré (Osvaldo Moreno)

Imagen by Ovidio Moré

(Con perdón de mi admirado Cuervo Gavrí, de quién tomé prestado el símil de lo sinestésico para hacer esta reseña).

¿Se puede saborear un poema como si lo hicieras con tus papilas gustativas, o sea, conocer su auténtico sabor? ¿Se puede ver el color de un verso? ¿Se puede oler una estrofa? Por lo visto, si padeces de sinestesia, sí. Yo no la padezco, no tengo ese bendito talento, pero la poesía me toma de la mano y me lleva a transitar por esos caminos sinestésicos, transfiguradores y metamórficos. La Poesía tiene ese raro don o esa extraña y deliciosa virtud de transportarte a mundos paralelos y suministrarte experiencias cognitivas, sapienciales, gustativas, auditivas y transfiguradoras en un juego mágico que está muy cerca de la imago, del éxtasis, del nirvana. La poesía es esa cosa que no podemos definir, ese caracol nocturno en un rectángulo de agua, al decir de Lezama, esa posibilidad infinita (para seguir lezamiando); una conversación en la penumbra, según Eliseo Diego; un animal marino que vive en la tierra y que quiere lanzarse a los aires, al decir de Carl Sandburg; esa irrealidad real (valga el oxímoron) según yo,  que nos pone la carne de gallina y nos hace sucumbir ante la melancolía o la alegría, y nos erotiza con su belleza sublime o siniestra, y nos da la fuerza necesaria o nos la quita, y nos explica el mundo desde otra perspectiva,  y ella, en sí misma, es otro mundo, tan, pero tan diferente a su prima la prosa que, a veces, nos resulta ignota, desconcertante, hermética. 

La poesía es, o quiero pensar que es, sinestesia pura. Una bestia indomable e irreductible que se metamorfosea, y como una enorme vagina (crisol de la vida y de la creación) se adapta al pene-lector que la desflora en toda su rotundidad.

La poesía es todo aquello que está al otro lado del azogue, donde puedes sentir (con los cinco sentidos) y ser (con los cinco sentidos) todo lo que queramos. Donde descodificas y creas nuevas imágenes con los elementos que te da el poeta y realizas tu propia alquimia, y puedes convertir el agua discursiva en autentico oro con el leve roce del verso, logrando que tu conocimiento sensible sea como la dorada lluvia que bañó a Dánae, que, a la vez que te llena de luz, te fecunda. Y puedes, en grávido o ingrávido arrebato, hacer el verso tangible, y sobarlo, olfatearlo, lamerlo, oírlo en su tintinear, verlo del color que su esencia  dictamine.


Eso puede hacer la poesía, eso pueden hacer los poetas. Dentro de la pléyade de estos últimos he escogido a tres que forman parte de mi catauro. He tenido la dicha de conocerlos de una manera o de otra (personalmente o virtualmente) y disfrutar de su obra de manera ininterrumpida, convirtiéndoles en mis poetas contemporáneos de culto, de referencia, de cabecera; son mi tridente, son mi triada.  Aparecen aquí en el mismo orden en que tuve el placer de conocerlos personal y poéticamente.

Ellos tres me transportan a esos mundos in-verosímiles donde puedo palpar el verso y comprobar su tacto áspero o aterciopelado, comprobar lo dúctil, lo pétreo, lo orgánico, lo vivo de su cuerpo y de su piel; donde puedo catar el sabor dulce o amargo, ácido o acre de su carne; puedo ver el color de cada palabra cuando conforman ristras de estrofas con tintes rojos, verdes, violetas, azules, grises, blancos, blancos puros y negros negrísimos; con ellos puedo ser sinestésico sin serlo, y ellos son: Luis Marimón Tápanes, Heriberto Hernández Medina y Gavrí Akhenazi.

Tres maneras distintas de enfrentarse al objeto poético y, al mismo tiempo, tan parecidos por su visceralidad, su fuerza, su magnetismo, su desgarro, su imaginación deslumbrante, su calidad literaria: poiesis en conjunción y conjugación. Materia poiética de refracción rica en metáforas e imágenes, tan propias, que los definen y los hacen únicos. Tres poetas que han modelado el barro, como lo hizo Dios, a su imagen y semejanza. Fieles a su identidad; contestatarios, rigurosos. Ellos mismos son su sinonimia y su antonimia: la realidad y el mito, el héroe y su némesis, el alfa y el omega, la luz y la sombra.

Ellos tres convergen en sus ríos discursivos, son concomitantes y, paradójicamente, son diferentes.


Son los artífices de versos que te flagelan y te acarician, que te laceran, te hacen sangrar con sus afiladas aristas; versos musculosos, titánicos, crueles y bellos, de una belleza que mata, que se te atraganta y te sofoca, que son Jonás y La Ballena, el espino y la amapola o el cardo y la azalea; la crucifixión y la apoteosis, pero que te abren caminos como Eleguá, que te bifurcan las realidades para crear otras nuevas; y tensan  y trenzan sus hilos de palabras cromáticas y camaleónicas que saben a fruta madura, al mejor vino; que huelen como la pureza, la raza, la lágrima, el sudor, la rosa… Versos que se adentran en la oscuridad y salen convertidos en luz, que son su propia antítesis, su derivación, su ciclogénesis explosiva; calma y vendaval. Trueno, relámpago, aguacero, lluvia que anega, lluvia que ahoga y sana. Lluvia. Lluvia que limpia, que arrastra lo malo, como ese rabo de nube silvético.

Sus poéticas nacen del yo, se desnudan, se abren en canal y nos muestran sus vísceras. Lo vivencial desmenuzado con la  fuerza de la mejor metáfora, la precisa, esa metáfora roja como el fuego, sabrosa como el pecado y que suena como violines gimiendo su catarsis en las arenas movedizas de esta “puta” vida. La imagen convertida en novia virgen a punto de perder el celibato y convertirse en rotunda y poderosa amante que sabe de anamorfosis, de écfrasis y de multiplicidad. Brujos, ellos son brujos que exorcizan sin miedo cada sintagma, cada verbo, y los devuelven lúcidos y precisos a la cama sedosa, al lecho verde de la verosimilitud.

La poesía como sanación, como ungüento que, a la vez que cura,  transforma el universo y lo estira y lo retrae en un juego infinito de espejos. Lo abstracto y lo concreto. Lo particular y lo universal. 

Hay en ellos un discurso polisémico, a veces nítido, a veces oscuro, un discurso de matices varios; pintores que juegan con los sfumatos, las veladuras o la pincelada consistente, matérica, reveladora de una cartografía, de un relieve poético extraordinario.

El poema de Marimón huele al barrio de la Marina, sabe a uva y a granada y a chirimoya y a mango, a veces maduro y dulce, a veces verde y ácido, o ácimo, como el pan cuya harina sólo necesita del agua del Yumurí, con su ictio-fauna de la podredumbre, para ser horneado  en su propio fuero; el poema de Marimón huele a ron, sabe a ron, sabe a azúcar prieta y sabe a vida amarga, sabe a sangre, sabe a tierra, sabe a miel cimarrona, a jutía, sabe a hojas de té, a naranjo en flor; tiene el color del San Juan; es un abanico cromático blanco, negro, gris, violeta, azul, naranja; es incendio, es día, es noche. 

Marimón es hechicero, es un   flautista de Hamelin que toca su poderosa flauta mágica en los lindes del desgarro para llevarte tras él en frenética comparsa, y, a la vez que se fustiga la espalda y muestra sus heridas de guerra santa, te convierte en cruzado y en acólito de por vida y te muestra los caminos a la salvación y al abismo.

Heriberto alza templos y verdades, su orfebrería tiene desde el hierro más rudo a la plata más pulida. Cada verso tiene esa pátina sapiencial y barroca, heredera de los imanes fragmentados, de las analectas incólumes, de la magnificencia y meticulosidad y precisión del maestro relojero. Su poema sabe a zumo de púrpura fruta de algún mundo perdido allende la galaxia o de otro mundo antiguo de cítaras, laúdes y salterios, porque habla con la voz de otro tiempo, como un caballero antiguo, un juglar que versa el presente y lo filtra a través del tamiz del pasado,  pero también rezuma aroma de piña cubana, huele a valentía, es enérgico y trágico, y tiene su regusto a desaliento, a desarraigo, a tristeza y, aún así, engasta sueños.

Akhenazi es potencia viva, honestidad, redención, compromiso, identidad, calvario… Es un cuervo de alas poderosas; el cuervo que cuando inicia el rito ya es chamán y soldado y saca la bayoneta de acero para en cualquier muro dejar la huella de su historia, de la historia.  Su verso es auténtico, tiene el color de las tierras áridas y de los candentes desiertos y de las nubes nimias (en su tercera acepción según la RAE) que juegan a metamorfosearse en  enigmáticas figuras del raciocinio; el color de los lucernarios que nunca se apagan; el sabor de los frutos prohibidos, el olor de la madrugada y de la penumbra, de la guerra y del sol y la verdad, el tacto de la carne erotizada de una mujer irredenta, voraz, litúrgica; su poesía es una rosa de Jericó que resucita siempre para desafiar y arremeter contra la banalidad del mundo.

El verso de Akhenazi es disparo certero, es ráfaga que mata y embriaga, es disparo por el que vuelves sumiso al paredón para volver a ser fusilado. Suena como el címbalo y te eriza la piel y hasta te marca como lo hace el hierro al rojo vivo.  El verso de Akhenazi está curtido con los sinsabores y los triunfos de un soldado cuya mejor arma es la palabra.  El verso de Akhenazi tiene el tacto de la piel del tigre, los colores del tigre y ruge como el tigre.

Ellos, los tres, son esos funámbulos que pueden hacer lo que se les antoje encima de la cuerda, cualquier juego malabar que se precie está en su poéticas. Son prestidigitadores, acróbatas de lo fabulatorio. Los tres hablan y diseccionan la vida, la muerte, el futuro, el amor, las ciudades, los templos, los hombres, los naufragios, los presagios, la redención, la pertenencia, el arraigo, la familia, el esplendor, la decadencia, la catarsis, la guerra, la paz, la locura, la cordura, los puentes, los infortunios, la inteligencia,  la brevedad, lo eterno, lo efímero, el paisaje en el azogue, los sueños… Son, coño, poetas, grandes, enormes poetas.

Luis Marimón y Heriberto Hernández Medina ahora habitan otro Parnaso, allá, en la inmaterialidad y en la eternidad, en el reino de los ausentes, pero nos han dejado una obra suculenta para poder practicar la sinestesia. Gavrí Akhenazi sigue afilando cuchillos, tejiendo tapices, domando sus bestias interiores y convirtiéndola en la mejor poesía y prosa poética que puedas imaginar. Hasta las novelas de este insomne Cuervo son poesía viva, cruda, bella.

Marimón hizo decidirse a Ulises, le dio al demonio el arpa, halló el lugar de la trama desde su jergón lunático y, en la herencia de la soledad, fue bibliotecario del infierno y supo de las memorias de un bufón y de los insomnes logogrifos; Heriberto descubrió los frutos del vacío, y le dio otros filos al fuego, compuso el discurso en la montaña de los muertos, encontró las sucesivas puertas y predicó verdades como templos en la patria del espejo; Gavrí echó a volar sus  pájaros de Ionit, sangró en los diarios del asco y en la temblorosa opacidad, tiene su propio campo de maniobras y sus calcetines usados, y a molido vidrio oscuro y ha vivido otros holocaustos y siente la nostalgia del Edén…

Y yo, vuelvo y repito, en la más agnóstica liturgia, los he convertido en mi credo cada vez que he palpado sus versos, los he olido, los he visto o les he encontrado el color y el sabor exacto, que es el sabor de cada uno y que yo he hecho mío, y me he dormido oyendo aún, en la infame duermevela, el tintineo de sus palabras descorriendo las cortinas de lo vívido y de lo imaginario, para devolverme la certeza de que en materia poética nada está perdido; ellos son una raza inextinguible.


Recuerde amigo lector, esto no es un axioma, es mi manera de descifrar, de ver, de catar, de palpar, la poesía. Usted seguramente lo verá, lo catará u oirá de otra. Cada interpretación sinestésica es diferente; cada nivel de entendimiento lector es igualmente disímil.

Hay tantas experiencias a la hora de enfrentarse a la poesía como granos de arena en una playa o estrellas en el universo.

«Digresiones sobre el machismo», por Gerardo Campani

El machismo es difícil de sustentar argumentalmente, más en estos tiempos. En cuanto a practicarlo, tiene sus contradicciones, que cada uno resuelve como puede. Algunos son engañados; ya por ella, en el secreto de otra alcoba; ya por él mismo, en el arcano de su ignorancia. Otros prefieren ni pensar en una probable “traición”. Otros pesquisan todo el tiempo, porque consideran más que probable que a la mujer de uno le pueda gustar el vecino, así como a uno le gusta la vecina. Otros abdican la corona de macho (antes de que se transforme en cornamenta) y aceptan o proponen la relación abierta, la práctica del swing o cualquier variante en boga. Otros sufren como perros, o se vuelven locos, o el día menos pensado arriban al uxoricidio, al doble homicidio o al mero suicidio.
Vaya tela marinera, como dicen en España. Y todo por la semántica.

Veamos.ramera. (De ramo.) f. Mujer que por oficio tiene relación carnal con hombres. || 2. Aplícase también a la mujer lasciva. (DRAE, 21ra. ed.)Así empieza el lío. Hay dos sentidos en esta palabreja: el del oficio y el del amor que se le tiene al oficio. El machista supone que la ramera debería solamente ejercer su oficio, pero sospecha que también lo disfruta a veces, y esa sospecha le produce una contradicción emocional que lo perturba (yo lo sé porque, como todo el mundo, soy machista, y porque he frecuentado rameras).


La perturbación es doble: si esta ramera es solamente profesional, me cabe esperar apenas hacerme la “paja sin manos” (no es muy atractiva esta instancia); si es, además, lasciva, no sé si lograré estar a la altura de su lascivia (y esto, menos que atractivo, es inquietante).

º º º

La palabra prostituta es el participio pasivo del verbo prostituir, esto es: “pervertir, entregar, abandonar una mujer a la deshonra pública”. Lo cual da que pensar dos cosas, al menos: a) que la mujer no se prostituye sino la prostituyen; b) que se trata de un oficio.
Puta, en cambio, proviene del latín putida: hedionda, pútrida. Más que una definición, una declaración de principios morales, en el que se identifica la lascivia femenina con la putrefacción.


Y no se le eche la culpa de esto a la Iglesia Católica, ni a la tradición judeocristiana, como es moda propagar. Las vestales (doncellas consagradas a la diosa romana Vesta –la Hestia de los griegos–) debían mantener la virginidad, so pena de muerte. ¡Y Vesta era la diosa del hogar! Y los romanos eran muy liberales y fiesteros, sin embargo.


Tenemos entonces en la idea general de ramera dos ideas constitutivas: la profesional (prostituta) y la lasciva (puta).


Mis lectoras feministas se preguntarán, a esta altura, por qué hablo de rameras en una discusión dedicada al machismo. Y bueno, porque de eso se trata el machismo, tanto el machismo masculino como el femenino. La unidad de valoración de una mujer es su relación con la putez.


La puta (lasciva) es apetitosa, pero cuando nos disgustamos con ella la tratamos de prostituta. Porque suponemos que debe ser puta con nosotros, y cuando lo es con otro, pretextamos un móvil fantasioso: que el otro tiene más dinero, o la tiene más grande (en este caso es “muy” puta), o que más prefiere el BMW ajeno al Fiat propio, o lo que fuera.º º ºProstituta: que sea algo puta, y que se descontrole conmigo.


Chica ocasional: idem anterior.
Amante: putísima conmigo.
Esposa: apenas puta, cosa que no sea un aburrimiento cumplir el débito conyugal.
Madre: algo puta, con Papá, pero no me hablen de eso.
Hermana: no me meto en su vida; además, le debo dinero.
Hija: nada puta, pobrecita, angelito de Papi.


Virgen María: cero absoluto de putez (Dios me libre y me guarde…)

º º º

“A Sergio le rompí la cabeza con el filo de la plancha, porque me llamó puta.”
“Ay, Esteban, dime puta, que me pone.”


¿Cuestiones de contexto? Sí, pero algo más, también. Paradojas de los ámbitos: lo que en público ofende, en privado erotiza. ¿Por qué sucede esto? Bueno, ya se sabe: porque son caras de la misma moneda; porque soñamos tanto lo que deseamos como lo que tememos; porque encontrar el punto medio es tarea imposible, y a lo que más podemos aspirar es a que se nos adivine el amor cuando les decimos “puta” o cuando nos dicen “cabrón”.

º º º

Mis chats con Milena son más o menos así:


—Milena, que puta sos.
—Sí, y vos un maricón, que querés ocultar tu condición de invertido haciéndote el galán con esas putas españolas, chilenas y mexicanas.
—Me haré el galán, pero no las cojo. En cambio vos, con ese instructor del gimnasio…
—Si me hacés cuestiones por eso, andate al carajo, maricón.
—¿Y para qué querés entonces a un maricón como yo?
—Porque soy tan puta que no le hago asco a nada.
—Pues andá a coger con el karateca ese entonces, puta reventada.
—Y vos hacete la paja con la mano izquierda, y metete un dedo de la mano derecha en el culo.
—Y vos hacétela ahora, mientras yo te digo lo puta que sos.
—Ay, Gerardo, me estoy calentando.
—Y yo. Me la estoy tocando.
—Yo, desde que empezamos a hablar.
—Ayyyyy
—Ayyyyyyyy
—Yegua, ya casi acabo.
—Guacho, yo estoy acabando.
—Ahhhh
—Ahhhh
—Te amo.
—Te amo.

º º º

¿Qué es el machismo sino una enfermedad? Dicen que los que han dejado el cigarrillo no deben decir que son ex fumadores, sino que de momento no están fumando. Bueno, en el mismo sentido, yo digo que de momento no ejerzo ningún machismo. ¿Creéis, oh feministas, que se puede exigir más que eso?
Saludos cordiales (no hipogástricos, que eso son chistes de Milena).

«Tres reflexiones», por Gildardo López Reyes – México

Imagen by Alexa

De pensamientos mágicos

Es tan tonto creer que la vida te debe algo, que todo el sufrimiento o la miseria vivida te hacen merecedor de cierto premio. No. Los lindos casi siempre tienen cosas lindas, no han hecho nada para merecer lujos y privilegios, y generalmente su comportamiento deleznable no termina con ellos; la mayoría de las veces crecen. Y si llegan a cometer una falta o delito, seguro también se libran de un destino carcelario: hay quien nace entre algodón y quien lo hacen entre la mierda. Pensar que mereces un buen amor porque el anterior te destruyó completamente es una completa estupidez, pero nos han hecho creer que es lo justo. Te mereces esto y te mereces aquello y te mereces todo. Y seguramente no te mereces nada. Lo verdaderamente cierto es que a pesar de haber llevado una vida buena y caritativa quizá te quedes esperando esa recompensa que te dijeron te daría la vida.
Aun así, me sigue encantando cantar eso que dice: cuánto me debía el destino que contigo me pagó. Sobre todo si hay tequila para lubricar la garganta: todo funciona mejor cuando está lubricado.


Mirando el mundo en cuarentena

No me parece nada extraordinario que la gente se junte para ayudar frente a una tragedia (el temblor del 2017, por ejemplo). Lo sorprendente en estos casos sería la apatía frente a la desgracia del prójimo. Nuestra naturaleza “humana” no es del todo vil, desprende algunos rayos de bondad.
Pero luego, una gran parte se comporta como esa señora (o señor) narcisista que le da una moneda al pobre pero se toma su selfie y la comparte por todas sus redes: que todos vean lo buena persona que es, faltaba más. Ahí van cientos de mexicanos a decirle a todo el mundo que los mexicanos no sólo somos los más chingones entre los chingones, sino que además somos los más buenos, digo, por algo la virgencita se vino a aparecer aquí y no en otro lado.
Bueno, dicen las bocas menos ignorantes que el halago en boca propia es vituperio. Pero yo creo que todavía esconde algo más. Pienso que cuando alardeamos de todo lo buenos que somos, inconscientemente es porque queremos tapar toda la demás mierda que cargamos, porque nos concierne también. Y quizá si miras de más lo bueno, por fingido que sea, dejas de ver lo malo, tan sincero.
Y hablando de bocas ignorantes, y cerebros que los son mucho más, en este país de gente tan maravillosa se han visto actos de completa estupidez, que sobrepasan esa ignorancia abismalmente. Y no son casos aislados. Gente imbécil ha agredido a doctores y enfermeras que tienen que trabajar lo mejor que puedan para salvar a desconocidos. Porque pues, una enfermera no puede permitirse un automóvil para llegar a su trabajo y debe compartir el transporte público con la peor ralea de este país lleno de gente maravillosa.

Y entonces, como dijera el buen Arjona: abrace a los suyos y aférrese, que aquí no es bueno el que ayuda, sino el que no jode. Y a ver cómo nos va.


Niños distintos

Estoy comiéndome una hamburguesa en McDonalds después de mucho tiempo de no hacerlo. Un niño de la calle se metió al lugar y pasó a pedir dinero a todas las mesas. Segundos después, un hombre que recién llega ve al niño, lo llama y le dice que si tiene hambre. El niño responde que sí, y el señor le compra una hamburguesa. Cuando se la entregan va a sentarse casi frente a mí.
Del otro lado también frente a mí hay una familia comiendo. Los padres y dos niños. El niño mayor debe tener dos o tres años más que el pedigüeño. Desde que éste se acercó a pedir a su mesa no ha podido dejar de mirarlo. Parece fascinado.
No sé si lo asombre la edad del niño, o el descaro que tiene para pedir dinero a extraños. No sé si piense en lo diferentes que son a pesar de lo similar de sus edades, pero no puede dejar de mirarlo mientras continúa comiendo lo que compraron sus padres.
Es tan insistente la mirada del niño mayor que el otro se siente observado y en su expresión parece verse que eso no le incomoda. Más bien parece hacerle gracia mirar esos enormes ojos del otro que expresan tantas cosas y que hasta parece que lo admira de cierta manera.
El “niño de la calle” termina su comida y se va, satisfecho. El otro, como poseído por un hechizo lo sigue con la mirada hasta que sale y se pierde en la calle. Ambos continuarán con sus vidas, tan distintas.

La ausencia del creador, por Sergio Oncina

Quien haya escrito más de cien líneas con la intención de emocionar al lector se habrá dado de bruces, consciente o inconscientemente, y no solo una vez, contra la ausencia. Y habrá repetido imágenes, conceptos y recursos, suyos y de otros.

¿En cuántas ocasiones nos encontramos con un ser querido fallecido actuando como ángel de la guarda o con un espectro sombra de un viejo amor?
Me declaro culpable del hueco en la cama y las formas de la ausencia fantasmagórica en el colchón y la almohada.

El folio en blanco es así de traicionero.

Lugares comunes lo llaman. Lugares para ir demostrando nuestra falta de originalidad y nuestra pertenencia a la misma humanidad.
Qué envidia del artista que se sale de la mediocridad y nos muestra de un modo diferente como duelen las llagas de la vida.

Todo lo escrito es ausencia. Por ejemplo, las cien líneas enteras de ese supuesto principiante de escritor.
Pensemos sobre qué escribimos: vivencias y recuerdos o sueños y deseos.
¿No son también las ficciones sueños en los que nos vemos inmersos con tal claridad que conseguimos desarrollarlos? ¿Y no les añadimos parte de nuestros recuerdos y deseos?


Y, en definitiva, ¿no escribimos sobre aquello que ya nunca podremos repetir (recuerdos) o aquello que queremos experimentar (deseos)? Ausencias.


Incluso cada párrafo se convierte en una ausencia más de las que van conformando nuestra memoria.
Miro al inicio del texto y leo ese primer párrafo. Si lo reescribo no voy a encontrar las mismas sensaciones que encontré al redactarlo por primera vez. Y si lo leo por segunda vez, tampoco percibiré igual la nueva lectura.

No se puede entender la ausencia como una sensación ajena al paso del tiempo. Pero tampoco el paso del tiempo se sentiría sin saber lo que es la ausencia. Esto es importante: somos capaces de comprender el tiempo porque existen las ausencias.

Los momentos felices son cubiertos de tristeza hasta emborracharse en ella, son bizcochitos a los que el alcohol acaba por estropear.
Algunas de las escenas más aplaudidas y emotivas del cine son parte de películas infantiles. La más conocida posiblemente sea la historia del inicio de Up. También Inside Out, con una originalidad sorprendente, ahonda a la perfección en ese cambio de felicidad por aceptación de la pérdida y la nostalgia como parte del crecimiento personal.

No se trata de que me falte el amor del fantasma cuyo cuerpo ya no duerme en mi cama, sino de que ya no volveré a ser el mismo, ahora soy un bizcocho empapado en licor. La dificultad para superar las ausencias radica, primero, en que hay que asumir que el tiempo transcurre, nos cambia y nos equipa con miles de pequeñas sombras que son los recuerdos y, después, en que hay que desprenderse de las sombras que nos dañan.

Lo complicado es aceptar las ausencias como parte de uno.

Seguro que lo ideal es buscar nuevos horizontes, no echar la vista atrás y no perseguir quimeras. No es tan fácil. Yo prefiero afianzar y crear ausencias. Yo prefiero escribir.

Marta Roussel Perla – Irlanda

Imagen by Gordon Johnson

Los misterios de la virtualidad

Para muchos de nosotros es fácil hablar de internet como simplemente un lugar más, con unas reglas concretas, como tantos otros espacios. Si vas a una biblioteca, no debes hablar alto. Si vas a Twitter, no puedes profundizar. Si vas a Instagram, prima la imagen. Si estás en una cena de empresa, debe cuidar de aunar el respeto y la etiqueta profesional con una apariencia casual y más relajada. Si estás en una videollamada con tus jefes, procura que todo el mundo en tu casa esté vestido.

Soy profesora de español online, de modo que desempeño mi trabajo a través de un ordenador. Hablo con mis amigos de toda la vida, que viven en España, a través de Hangouts, hablo con mis amigos de otras partes del mundo usando Whatsapp, no conozco a mi editor en persona pero nos escribimos por GMail, las editoriales que publican mis libros son Amazon y Hulu. A mi primera novia la conocí a través del Messenger. En Facebook debato, discuto, y hago bromas con personas muy interesantes con las que me cruzo de cuando en cuando en esa burbuja que he creado a través de mi sesgo cognitivo. Estoy en un mundo de ideas parecidas a las mías, y si salgo a la calle observo un planeta distinto. Pero una vez más, es como ir a una discoteca de salsa: no será ninguna sorpresa que a casi todos los asistentes les gusta bailar salsa. En internet elegimos ir a nuestro bar, eso es todo, al fin y al cabo tiene los sofás más cómodos y la comida es buena.

Aún recuerdo aquella infancia de otro siglo, cuando salíamos a jugar al parque. También jugábamos con los arcaicos videojuegos de entonces, pero no existía internet y nuestra vida la hacíamos en la calle, no había ningún otro sitio. Ahora resulta casi imposible pensarnos sin las redes de información que surcan nuestro planeta.

En su día se hacía una clase de distinción entre lo virtual y lo real, como si todo aquello que pasase en la red no tuviera incidencia en nuestras vidas. Ahora descubrimos nuevos ideas a través de internet, nuevas amistades, nuevas formas de pensar. Yo soy autista, transexual, demisexual… y es posible que jamás hubiera sabido señalarme sin el conocimiento que se libera y crece al otro lado de nuestras pantallas, con ayuda de esa red neuronal que nos hace fuertes. No es que me gusten las etiquetas en el sentido de que nos pueden limitar y encerrar en categorías rígidas, pero me encantan cuando nos liberan de nuestras dudas y temores, cuando lo que significan no es sólo aceptación sino que, en alguna parte del mundo, hay millones de personas como nosotros que han encontrado su camino de regreso a casa. El nivel de autoconocimiento que podemos adquirir las personas a día de hoy habría sido inimaginable hace tan sólo treinta años.

Pero esto tiene un precio: la exposición y el anonimato que puede servir para protegernos del odio de otros o para odiar. Porque ahora sabemos que todo lo virtual es real, que es un escaparate que nos muestra nuestras vergüenzas, que nos escupe la esencia humana a la cara. Existe el acoso en la red, los insultos, el bullying… existe

Jorge Ángel Aussel – Argentina

Imagen by Enrique López Garre

Virrealidades

1.- Quien confunde realidad con verdad y virtual con irreal, no comprende que la virtualidad no solo forma parte de la realidad, sino que en sí misma también es una realidad.


2.- Por mucho que el de la pantalla seas tú, lo que les llega de ti a los demás no eres completamente tú, sino una copia más o menos fiel de ti.


3.- El mundo virtual es un espejo distorsionado de la realidad, no del ser humano.


4.- Un narcisista frente a una computadora admira su reflejo en la pantalla.


5.- El navegador web es la versión 2.0 de la confesión. Eliminar el historial, el instrumento que promete la absolución de los pecados, una vez que ya nos hemos confesado.


6.- La única protección de datos inteligente es archivar la información privada en el disco duro de tu mente.


7.- Nada es más virtual en Internet que la opción de borrar los datos de navegación.


8.- Le llaman la nube, aunque lo almacenado en ella nunca será temporal.


9.- El halago fácil traspasa todos los cortafuegos del ego, con el fin de controlarlo luego.


10.- Quién dice que no progresamos, cuando ya ni siquiera precisamos matar para eliminarnos.


11.- Hoy en día te borran con el mismo dedo que antes solo te señalaba.


12.- La cultura del meme, la incultura del memo.


13.- La conexión a Internet permite el encuentro de las almas que sin saberlo, han estado siempre conectadas.


14.- Nos comunicamos con gente del mundo entero pero seguimos sin entendernos con aquellos que nos rodean.


15.- Lo que Apolo ha unido en la virtualidad, que no lo separe Cronos. Ni ser pobre.


16.- Muchos amores que nacen a la distancia tienen una fecha de caducidad marcada por las bajas probabilidades de un encuentro físico real.


17.- El sexo virtual es tan antiguo como la práctica de mantener relaciones sexuales con una persona mientras se piensa en otra.


18.- Un buen amante virtual es aquel que solo excitando tu mente es capaz de tomar el control de tu cuerpo.


19.- Abrazados al vacío nos abrazamos a la distancia y se llenan los vacíos y se acortan las distancias que nos abrasan.


20.- Cara a cara o a distancia es lo mismo: uno siempre se enamora y permanece enamorado de un desconocido.


21.- Crees que no existen las distancias hasta que tienes jet lag y se te pasa.


22.- La velocidad a la que circulan las fake news, más que nuestra inocencia demuestra nuestra incasable pereza.


23.- La incredulidad paró al bulo.


24.- El trol se masturba fantaseando que te molesta. Si muestras enfado, le darás su tan anhelado orgasmo.


25.- Como contra el coronavirus, el distanciamiento social es la medida de prevención más eficiente para evitar el contenido viral en las redes.


26.- Luchar por un mundo mejor desde el sofá requiere de un grandísimo esfuerzo, aunque solo sea para gustar.


27.- Tener todas las cosas a un clic es tener todas las cosas a muchísimos clics.


28.-Publicas tu desgracia en las redes y te invaden las dudas sobre qué habrán querido decir todos esos que le dieron Me gusta.


29.- Nos seduce la virtualidad porque en ella podemos elegir ipso facto la realidad que deseamos experimentar.


30.- Según un estudio casero, tomarle fotos a la comida podría engordar el ego.

Gerardo Campani – Argentina

Binary by Gerd Altmann

Escritores en la Red. Realidad versus virtualidad

La realidad suele ser insoportable. La realidad es la cosidad (res: cosa). ¿Quién quiere meramente una cosa si no es por el valor que pueda tener para sí mismo: económico, afectivo, estético, etc? La realidad lleva el pecado original de toda esencia, y para incorporarla necesitamos diluirla en la existencia. Agregaría a la primera frase de este párrafo: para un escritor, la realidad es siempre insoportable.

El gato es una cosa, es decir, nada que nos importe. Para los antiguos egipcios era un dios; para los inquisidores medievales, un demonio. Para nosotros, nuestros gatos son compañía, y los gatos ajenos, pequeños tigres inofensivos para admirar. Los gatos de internet son los mejores: no tenemos que darles de comer, no nos despiertan de noche, los hacemos aparecer y desaparecer a capricho.

La virtualidad, frecuentemente, aventaja a la realidad.

Por puridad, por comodidad, por estar despojada de las molestias y las miserias que lastran lo cotidiano del día a día. Virtualidad (virtus: virtud).

Muchas veces necesitamos agregar o quitar algo a la realidad para poder asimilarla de mejor manera. Agregamos vestimenta, quitamos malos olores, agregamos escenografías adecuadas, quitamos luz delatora. En la pantalla del PC o del celular todo es más elemental. Nos queda expresarnos con el otro o la otra, escribiendo. El aspecto visual se cumplimenta con una foto que hayamos elegido. Y la comunicación y la comunión almática se desarrolla plenamente. ¿Que se pueden hacer trampas? Claro, exactamente igual que en la realidad. Los victimarios son perversos y las víctimas ingenuas, como en la realidad. Y hay remedio para todo, si queremos remediar algún mal. Clic, eliminar, o correo no deseado.

Las relaciones virtuales no son fantasmagóricas, son verdaderas, ocurren en un tiempo cierto y en una geografía real, sólo que mediatizadas, filtradas.

En nuestro barrio podemos encontrar una o dos personas afines, o ninguna; en la ciudad, con suerte, será factible conocer a no más de media decena; en la red hay miles por descubrir. Pero no hay tiempo. Así que deberíamos cuidar los amigos virtuales para no pasarnos la vida buscando lo que se puede encontrar apenas pulsando una tecla.

Hay quienes consideran al mundo virtual como una fantasía o, en todo caso, como una realidad menos real.

¿Es cierto esto? Depende. Es cierto para (por ejemplo) una señora que busca hacer una amistad cuya finalidad primera es la de ir acompañada al bingo los fines de semana. O para quien busque una pareja, del tipo que fuere. Para un escritor (editado o inédito), el mundo virtual proporciona más ventajas que el material, por la misma naturaleza que determina que alguien sea escritor: el texto, la escritura.

El escritor, digo yo, es un bicho raro. Vive su vida como todo el mundo, pero su enfoque es también estético: ve en los avatares cotidianos, en los eventos, en sus propios pensamientos y emociones –en su subjetividad, en definitiva– algo incompleto, absurdo muchas veces. Y el acto de escribir es una cura o un alivio de esa incompletud, de esa sensación de absurdo.

La comunicación entre escritores es importante. Cada texto que un escritor exhibe, aunque sepa o espere que será leído por miles de consumidores, está también dirigido, íntima o secretamente, a otros escritores. Si a Juan le gusta Alejo Carpentier, es más que probable que alguna vez se haya preguntado “¿qué opinaría Carpentier de esta novela mía?”. Yo, borgeano confeso, siempre me pregunto si Borges aprobaría o toleraría cada cuento que escribo. Es natural. Ya sin Carpentier, sin Borges, Juan y yo nos consultamos sobre nuestros borradores, y nos corregimos o criticamos mutuamente. Y en ese ejercicio, también somos escritores. Somos escritores también en los correos electrónicos, como lo fueron antes otros escritores célebres que, post mortem, volvieron a encontrarse en compilaciones de sus correspondencias.

¿Y el chat? No veo por qué escaparía de la norma. Cierto que el chat es volátil, pero ¿no es una buena instancia para seguir siendo nosotros mismos, es decir, escritores?

El mundo virtual es el más idóneo de los mundos para un escritor.

Lo que no significa que tengamos que acomodarnos artificialmente en una probeta. La escritura (la que fuera) nos permite un conocimiento más profundo de las otras personas. Además, nos enriquece. Y por último, algo de mi casuística personal. El paso de la virtualidad a la realidad respecto de una misma persona nunca me ha producido desengaños o malas experiencias. ¿Cómo me podría suceder una cosa así? Si te he leído tanto, si te conocía tanto.

Sergio Oncina – España

Nostalgia by Susanne Jutzeler

Amores platónicos

Los idiomas mutan acordes a su tiempo.

En algún momento de la historia que desconozco, la definición de la expresión amor platónico dio un vuelco.

Platón, y su mundo de las ideas, se convirtió solo en la sombra del adjetivo “platónico” aplicado al amor.

Con los años se minimizó la importancia del concepto de la idealización y se maximizó el de la imposibilidad. Y la gente habla, hoy en día, de un amor platónico cuando el amor no es correspondido o cuando es imposible el acto sexual.

Entonces, ¿cómo llamamos a aquellos amores en los que la persona amada es idealizada?

Explican los filósofos cristianos, barriendo para casa, que la idea de bien, de perfección y verdad de las cosas, es Dios.

Pero en mayor o menos medida todos la desarrollamos sobre el objeto de nuestro deseo. Nos enfrentamos, generalmente en edades juveniles, a la persona amada dotándola de la forma suprema.

Es solo cuando se enciende la luz en la caverna y desaparecen las sombras, que se acaba con el amor idealizado.

En su concepto primitivo la única imposibilidad de un amor platónico es que no hallemos la perfección.

En la actualidad, se asocia el amor platónico a cierto infantilismo o a poca experiencia en las relaciones afectivas. Y es cierto en su raíz, no porque la imagen del alumno enamorado en secreto de su profesora sea el mejor ejemplo, sino porque se basa en la creencia de la existencia de un ser humano sin defectos al que, además, amamos por su excelencia.

Hasta los albores del año dos mil, las relaciones comenzaban en bares, discotecas, centros de ocio, en el trabajo… La presencia física era necesaria para establecer contacto con una futura pareja y, desde el inicio de la relación, los amantes tenían un recopilatorio amplio de características que podían romper la idea de bien. Por mucho esfuerzo que realizasen en mostrar solo lo mejor de sí mismos, accedían antes a la fase de aceptación de los defectos del compañero.

En menos de dos décadas el mayor porcentaje de encuentros de nuevas parejas se establece a través de las redes virtuales, (digo virtuales porque redes sociales siempre hubo aunque parezca olvidado, el idioma muta en 2020 tan rápido como los avances tecnológicos).

La virtualidad nos permite acercarnos al prójimo escondiéndonos detrás de nuestras mejores fotos, ofreciendo los datos de nuestros éxitos y mostrando nuestras mejores habilidades.


Los fracasos no caben en la imagen que proyectamos al exterior y, al otro lado, siempre hay alguien deseando creer en la forma perfecta.

De este modo crece el número de los primitivos amores platónicos y cada vez duran más las relaciones idealizadas. Es más fácil ocultar el verdadero yo detrás de una pantalla.

Dos amantes que se relacionan la mayor parte del tiempo en la distancia pueden llegar a tener sexo físico. Y, por supuesto, que sus sentimientos pueden ser correspondidos.

Pero ¿cuánto de su amor, para bien o para mal, es platónico?

Marta Roussel Perla – Irlanda

Imagen by Gordon Johnson

Los misterios de la virtualidad

Para muchos de nosotros es fácil hablar de internet como simplemente un lugar más, con unas reglas concretas, como tantos otros espacios. Si vas a una biblioteca, no debes hablar alto. Si vas a Twitter, no puedes profundizar. Si vas a Instagram, prima la imagen. Si estás en una cena de empresa, debe cuidar de aunar el respeto y la etiqueta profesional con una apariencia casual y más relajada. Si estás en una videollamada con tus jefes, procura que todo el mundo en tu casa esté vestido.

Soy profesora de español online, de modo que desempeño mi trabajo a través de un ordenador. Hablo con mis amigos de toda la vida, que viven en España, a través de Hangouts, hablo con mis amigos de otras partes del mundo usando Whatsapp, no conozco a mi editor en persona pero nos escribimos por GMail, las editoriales que publican mis libros son Amazon y Hulu. A mi primera novia la conocí a través del Messenger. En Facebook debato, discuto, y hago bromas con personas muy interesantes con las que me cruzo de cuando en cuando en esa burbuja que he creado a través de mi sesgo cognitivo. Estoy en un mundo de ideas parecidas a las mías, y si salgo a la calle observo un planeta distinto. Pero una vez más, es como ir a una discoteca de salsa: no será ninguna sorpresa que a casi todos los asistentes les gusta bailar salsa. En internet elegimos ir a nuestro bar, eso es todo, al fin y al cabo tiene los sofás más cómodos y la comida es buena.

Aún recuerdo aquella infancia de otro siglo, cuando salíamos a jugar al parque. También jugábamos con los arcaicos videojuegos de entonces, pero no existía internet y nuestra vida la hacíamos en la calle, no había ningún otro sitio. Ahora resulta casi imposible pensarnos sin las redes de información que surcan nuestro planeta.

En su día se hacía una clase de distinción entre lo virtual y lo real, como si todo aquello que pasase en la red no tuviera incidencia en nuestras vidas. Ahora descubrimos nuevos ideas a través de internet, nuevas amistades, nuevas formas de pensar. Yo soy autista, transexual, demisexual… y es posible que jamás hubiera sabido señalarme sin el conocimiento que se libera y crece al otro lado de nuestras pantallas, con ayuda de esa red neuronal que nos hace fuertes. No es que me gusten las etiquetas en el sentido de que nos pueden limitar y encerrar en categorías rígidas, pero me encantan cuando nos liberan de nuestras dudas y temores, cuando lo que significan no es sólo aceptación sino que, en alguna parte del mundo, hay millones de personas como nosotros que han encontrado su camino de regreso a casa. El nivel de autoconocimiento que podemos adquirir las personas a día de hoy habría sido inimaginable hace tan sólo treinta años.

Pero esto tiene un precio: la exposición y el anonimato que puede servir para protegernos del odio de otros o para odiar. Porque ahora sabemos que todo lo virtual es real, que es un escaparate que nos muestra nuestras vergüenzas, que nos escupe la esencia humana a la cara. Existe el acoso en la red, los insultos, el bullying… existe

Editorial

Por Gerardo Campani

En tiempos de cuarentena, el erotismo toma una significación un tanto diferente a la de tiempos normales. El ismo de Eros se sobrepone al ismo de Tánatos y este le quita nitidez a aquel.

El sujeto, sin poder ver claramente el campo del erotismo, se acerca a la pantalla y es absorbido por otro campo: el de la pornografía. Pornografía, literalmente: “dibujos o escritos acerca de las actividades de las prostitutas”. Aunque el término es de acuñación bastante reciente (s.XIX), la pornografía, en su sentido de sexualidad explícita, es antiquísima, muy anterior al concepto de erotismo, tal como lo interpretamos hoy.

Creo que el devenir histórico ha revertido la valoración de estos dos campos, poniendo al erotismo por sobre la pornografía en cuanto a posibilidades expresivas en el arte y también en la propia vida de hombres y mujeres. El acto sexual es simple, más allá de algunas posturas y de unas pocas perversiones. El erotismo es infinito, porque la seducción no puede estandarizarse, y cada cual erotiza y es erotizado de manera diferente.

¿Y qué haremos en estos tiempos de aislamiento con nuestro erotismo, si nos negamos a refugiarnos en esas repetidas imágenes de triple equis, que sólo cumplimentan una expeditiva resolución de nuestras pulsiones, sin pena ni gloria?

Créase o no, el erotismo no tiene límites ni fronteras. Menos aún en el arte. Tampoco en la vida.

Erotismo, sensualidad, sugerencia, seducción. Términos que nos llevan a un cierto ejercicio existencial, a la apropiación de un sentido de la vida menos bestial, menos mercantil, más humano, más satisfactorio.

Que el ismo de Tánatos espere, ya tendrá su tiempo. Hoy, aún con las restricciones impuestas por el maldito virus, podemos ejercer el erotismo y disfrutarlo. Ya lo dije: es infinito.

En este número presentamos algunos textos de ultraversales que se niegan a renunciar al erotismo. Recuerdos, reflexiones, sentencias, humoradas, todo vale.