«La sabiduría de las fresas, «Buscando la sombra del relámpago», «Me designo», poemas de William Vanders

Imagen by Joshua Woroniecki

La sabiduría de las fresas


soy presente
un hoy de abeto tallado en el pasado
pincelando el aquaforte futuro

no me molestan los ayeres

algunos visten camisas ocres
otros son traslúcidos y soñolientos

me visitan por las mañanas
bebemos sonrisas
y untamos el pan con la sabiduría de las fresas

luego

las sombras

me susurran las manzanas que vendrán en diciembre
y duermo en el ahora del hoy mismo
para despertar

de nuevo

junto al reloj de lo que voy siendo



Buscando la sombra del relámpago



Si hay oscuridades atrapadas
en los ojos de las aves
y cansancios varados en las piedras:

¿por qué los filósofos mueren
buscando la sombra del relámpago?

¿por qué hay libros con hambre
acurrucados en las raíces de los árboles?

¿por qué los sonidos sueñan
con el vuelo del silencio primigenio?

Por si las dudas,

zurcí bocas a mis suelas para hablar con dios
en la grieta del asfalto.



Me designo


Bucanero sobrio y ladrón de ladrones.

Punto.

De tiempo libre para los oficios libres.

Punto.

Sufriente inmolesto y mártir justificado.

Doble punto:

Vivo en una buhardilla junto a mis muertos,

colecciono playas redimidas en caracoles viajeros,

duermo sin almohada y con espada al cinto,

me asombro fácilmente y sueño el mar,

despierto sin sol y alimento a mis polillas.

Punto y aparte.


Luego, soy feliz.

No me hambruna la soledad.

«Anotaciones para repetir en silencio», selección de poemas de Ronald Harris

Imagen by Szilárd Szabó

Estoy condenado al travestismo de mi lengua
decir tantas veces lo mismo
amerita camaleones en el alma
camaleones y payasos
y malabaristas ciegos

tantas verdades disfrazadas de predicados sangrientos
ameritan la mentira de estos ropajes
de mi lencería púrpura
de mis peinados artificiales
de todo este maquillaje que devora mi rostro
en una sonrisa negra y vacía

porque hasta llorar aquí
es un espectáculo de geishas
y arlequines

el teatro está lleno
todos me miran con una expresión similar
que va desde el asco hasta el asombro

en este espectro hasta el miedo muestra su cara

comienza entonces la parodia
cae parte del telón al suelo
y me revuelco en él
dibujando sobre el escenario
una mancha grotesca y “sempertina”

parte del público quiere huir despavorido
otra parte está demasiada absorta
para darse cuenta

sólo unos pocos me miran hipnotizados

para terminar el acto
saco una paloma muerta de la manga
y me la trago

muchos a esta altura ya vomitan

entonces
de rodillas y llorando
les leo un poema sobre ellos mismos

los más enfurecidos
suben al escenario y me golpean en la cara
la mayoría se retira murmurando
hablando de cualquier cosa

quedo solo
pero siempre estoy solo

me saco la vestimenta para quedar desnudo y recostado

dentro
todos mis fantasmas susurran al mismo tiempo

estoy cansado muy cansado
quiero levantarme y salir corriendo a ninguna parte
pero ya es tarde

duermo


29 de junio de 2007

Cómo bordar este apetito con la voluntad que no tengo
acomodarlo en algún rincón polvoriento
junto a las fotos prohibidas

vienen sucediéndose las funciones
tarde a tarde
y el papel no me sienta del todo

y no es que los disfraces me incomoden
es sólo esa necesidad de sentir a veces
algo de verdad entre los dedos
algo de pudor en las encías

tanta lucidez a ratos desagrada

realidad sobre realidad

la noche fue larga sin la dosis
un prurito de sombras batalló entre mis sábanas
hasta ese amanecer siempre gélido
siempre desolado

una luz como una espada
se clavó en mi frente
para llamarme a la vigilia

fría luz de Julio para rezar

lejos
bulle la ciudad a la espera
de la somnolencia transeúnte

pronto un café frío y tres galletas
conectarse a los deberes y el ocio
suena “no todo está perdido” en los auriculares
aprieto los dientes y los ojos
para no llorar

igual lloro


3 de julio de 2007

Debo pintarme todos estos los labios
para besar a mis espectros
y dejarlos marcados con esta pena de cabaret
(tan similar a la alegría)

supongo que es mi destino
habituarme a la voluntad de los atrapados
ser fiel al postizo afán que profesa tanta angustia

vestirme de estas sombras
es un juego que bien puede valerme
un pasaje a la trascendencia
o a la condenación

pero ya es miércoles en la derrota

vienen los santos semanales
y un momento para practicar el ostracismo
en la patética compañía de los otros

la muchacha me sirve una bebida
me pregunta mi nombre
obviamente le miento
la miro absorto varios minutos mientras baila
no estoy aquí
no hay nadie aquí

Santiago se desmorona en los callejones

me tocan el hombro para llevarme hacia otra habitación
“son diez mil si la quiere desnuda”
acepto sin pensar

entra la muchacha y se desprende
de los restos de humanidad que nos separan
yo mientras
pretendo no sentir náuseas

voy a decirle que me voy
pero me hace un gesto de silencio
me besa en la única boca que nos queda
algo como la noche me sube por la espalda
algo como el abismo
o la desesperación

la verdad no deseo tocarla

preparo un intento de melancolía
pero suena el celular

me retiro sin cambiar de expresión
la perplejidad es una máscara excelente

me escondo al fondo del teclado y digito estas palabras

hablo con mi hijo por teléfono
y hago promesas que sé
no cumpliré

entro y salgo de la nada buscando fuerzas

voy a baño
orino
vuelvo al teclado y cierro los ojos
vuelvo al baño
me miro largamente en el espejo gigante que lo devora todo
está manchado en las orillas con los dedos
ya no lo soporto

vomito


4 de julio de 2007

Batallamos cada día con toda esta ternura
que llamamos tristemente soledad

abrimos y cerramos nuestros ojos a tanta maravilla diciendo

no gracias
hoy no quiero ser ni parecer

pero nos equivocamos
y caemos arrodillados cada siguiente ocasión
tentados en la posibilidad
de encontrar lo que nos huye

pertenecer no es verbo para moribundos

supongo que no todo obedece
al macabro juego del azar
eso debería incitar una plegaria
pero mi lengua está cansada de pedir

es que quizá
me he metido demasiadas cosas en el alma

o los alvéolos

demasiadas trampas demasiadas pesadillas
he recorrido este infierno demasiadas veces

pero hoy todo me parece demasiado
el horario las luces
el pastoso murmullo de mi respiración

todo me parece innecesario y repugnante
la música que baja de los muros
la sequedad del aire acumulado en la oficina
todos estos papeles llenos de garabatos incomprensibles

si pudiera gritar o llorar
levantarme para destruirlo todo con un alarido
asesinarlos a todos bramando sus nombres
en un sola y aterradora palabra

también
me parecería

demasiado

Manuel Martínez Barcia

Selección de poemas

Origen y exterminio

Necesito idear
un yo interpretativo del amor
sin llave en sus compuertas,

una imagen de ti

que sea irrenunciable cercanía
capaz de ser adverbio,
de modo, de lugar, de negación
si tú fueras apenas, casi, nunca,
el no de lo absoluto.

No pudiste escuchar mis oraciones
mientras éramos luz, el pulso creador
de lluvia estéril, pacto perdurable
de algún inexistir
en noches de recursos sin alzada.

Preciso creaciones que sean abstracción
fingiéndote invisible en mi materia,
temblor, ilusionismo, paréntesis que ocupe
este origen febril,

tan ávido ecuador de tu exterminio.


Las formas del aire

Hacia donde orientar
esta cálida luz
que pretende metáforas de ti
sembrando agitación en mis palabras
mientras los versos vuelan
las frágiles ideas de las ensoñaciones.

¿Acaso eres la ruta del amor?

Después de caminar por tu noche mis pasos
me basta con sentir la soledad que despiertan las flores
cuando tú eres mujer y el único atributo
capaz de ser escrito en un poema.

No sabría medir
la distancia que une
ese ir y volver
que atrae los sentimientos
y luego despereza.

Albérgame en tu sombra,
yo seré corazón
y hélice y válvula
y aliento

ese ardor tan fugaz que siempre te ilumina
y es bautismo de ángeles con sexo,
vigilia de tu nombre y la merced
de las formas del aire…


A pluma rota

Porque tú eres la piedra donde yo soy tropiezo

metaforicamente, diríase caer,
a paso cambiado, sin riesgo a fracasar
el límite absoluto, lo que repta el amor
sin huella en las alturas
.

Porque ambos fingimos ser pálpito de luz
mientras sueñan los cuervos
el tiempo de un poema,

porque yo soy guión
y te conozco actriz,
sobreactuando siempre,
veraz a tu manera.

Por estas tan inútiles razones
hoy pretendo extravíos,
la búsqueda de mí
sin que sangren palomas los aires de mi vuelo.


El norte de la rosa

Ayer estaba herido de locuras,
de ilusiones negándose a vivir
los tiempos que más amo.

¿De qué vale un ardor sin alegría,
silenciado en lo estéril que enfebrece
fulgores de la nada?

Gracias por este norte que oloriza
la brújula del sueño,
también la rosa virgen que liberta
lo esclavo del placer
sembrándome en la flor que lo perdura.


Des-atadura

Ya no me pesa el alma,
es como si por fin nos libertasen
de aquella esclavitud,
del abismo tan hondo que labramos
a golpes de insistencia, sin apenas minar
vetas del corazón,
sembrando la espesura en lo infeliz
sin frutos de esperanza.

Ya no duele el dolor,
me deshojo en tu piel, mientras náufrago escucho
el vacío del mar,
la silente inmersión de nuestra nada,

efímera la luz
nos desconvoca,
no hay sales en sus lágrimas
ni amor que las realce.


Pastoral sin nadie

Son mezcla de intuición y de lejura,
de relojes sin horas y mentes enceladas
en la promiscuidad de amoríos sin nadie.

En ellos las pasiones
sueñan que tiempo y luz son compañía
de un lápiz que gravita soledad
sobre un papel en blanco.

No hacen falta razones en su luna de miel,
ni siquiera invitados que engrandezcan
festejos por venir
cuando lo apalabrado ya es memoria.

En los poemas pueden contemplarse
los ecos del silencio cantando lo inmortal,
una sílaba oculta
que emite resplandores en espejos de sol
y a tu sombra sucede.

(así es como te escribo mi temblor cuando eres ausencia)


Sentir lo Ultraversal

Crucé lo imaginario sin saber
qué fuerza me arrastraba con sus brazos
hacia un mundo irreal,
emociones sin mí en la existencia,
con otro corazón alguna vez
latiendo mi sentir
en pulsiones gemelas de un tiempo iluminado.

No es tan fácil hallar
los mágicos instantes de Dios en las palabras,

tan cerca del amor,
tan lejos de extinguirme de lo humano
que podría pecar de incongruencia
fingiendo lo que fui,

-un ángel asombrado en el espejo-

y un verso en la retina
mirándome con luz de mis pestañas,
aunque nadie lo vea,

aunque sean mudez
voces de poesía
tan adentro,

acaso pedernal cuando hay un fuego

(o tan solo palitos…)

«A pesar de las alas», «Arma letal», «…y digo pájaro», «La flor insomne», «El arma del amor», poemas de Morgana de Palacios

Imagen by Stefan Keller

A pesar de las alas


Y para qué nos vamos a engañar
si a pesar de las alas
solemos caminar con pies de plomo
porque sabemos
que el peligro no está en la palabra expuesta
ni en la murmuración que la leyenda amplía
y desfigura rostros imposibles y tensos
tras la verdad oculta por la máscara.

El peligro es abrir las ignoradas puertas
que cada cual mantiene bajo llave
con el afán ingenuo de enterrar los errores
en tierra olvidadiza,
como si la mudez
los desapareciera.

Tú me susurras selvas
yo glaciares
y ambos nos miramos a las letras
como si fueran ojos

-sin bajar la mirada
sin acusar los golpes-

con la fiera fijeza de carnívoros
que se miden los dientes y el talento.

Si he de morirme un día en la palabra
que rompe tus cerrojos
no dudaré en llevarme por delante
tu épica soberbia.

Seguro que serás un muerto hermoso.


Arma letal


Dónde escondes el brillo
cuando cruzas
las calles convertido en muchedumbre.

Con qué disfraz de gato pardo eludes
las miradas ajenas, sus balas asesinas,
para que no descubran
la luz que te desborda el ojo moro.

No me lo explico. Es tanto
el esplendor antiguo de tu boca
y estás tan fisurado, tan roto y transparente,
que el fulgor se te escapa por todas las hendijas
y cualquiera con ojos lo percibe.

Si alguna vez te olvido,
si por ceguera un día no sintiera
en la retina el brillo de tu aura,
su fuerza golpeando en mis cristales,
no te andes con rodeos y dispara.

Dispara al corazón.

De volarme la mente, te descuidas,
que ya me encargo yo.


Y digo pájaro.



Entro en el ascensor
y digo pájaro.

En los largos pasillos
cuajados de denuncias
pienso pájaro.

Con la exigencia muda de los muertos
con su fe inquebrantable

digo pájaro

pájaro

pájaro

y espero
que se llene el Juzgado
de alas ruidosas.

Qué empeño loco el mío
soltar pájaros
en medio de un sarcófago.


La flor insomne.


Yo no busqué volar con estas alas tísicas
ni salvar las distancias entre el quiero y el puedo.

Yo decía jamás si intuía la entrega,
tapándome el escote de mis ojos de estreno,
era una mano arisca que no se sorprendía
de no ansiar la caricia ni el golpe del recuerdo.
Estaba ensimismada deliberadamente
sabiendo que no habría penúltimo regreso.

Si me besó la lluvia en un perdido otoño,
lo olvidé como olvido que un día tuve miedo
de no poder amar tanto como me amaron
los hombres que no amé con suficiente empeño.

Yo no buscaba nada. Estaba aquí, tranquila,
feroz si hacía falta defender algún sueño
que no era el mío nunca, porque yo no soñaba,
era una flor insomne viendo pasar el tiempo.

Tampoco te busqué, pero llegaste
a horcajadas del viento,
como llegan los hombres malheridos,
oscuro y violento.

Ahora, ya lo ves, sería inútil
decir que no te siento.


El arma del amor

Yo no inventé el amor. Estaba escrito
con todos sus misterios y celadas,
con sus filias y fobias, sus miserias,
sus miedos, sus torturas, sus mandalas.

Yo no inventé el amor pero si amo,
si me entrego a lo oscuro de su causa,
me da lo mismo el cielo que el infierno,
suya es la voz y suya la palabra
y es en la palabra que inauguro
cada matiz con que el amor me mata.

Nunca me enamoré como otras muchas
de un espejismo azul de hielo y agua,
si conflictiva soy, por el disturbio
se decanta el amor cuando me atrapa,
pero me ofrece más que a todas ellas,
su mística del mal sólo es un arma
que me vive y desvive, me atormenta,
o me hace reír si se dispara.

Algo de predador tiene su boca
que liberta, clausura y arrebata,
algo de una constrictor sobre el cuerpo
algo de guerra química en el alma.

Yo no inventé el amor. Estaba escrito
que llegaría náufrago a mi playa
y si me hace sufrir es cosa mía
como es suya la herida que declara.

Porque también es animal de láudano
y yo no he sido nunca suave y mansa,
no le dejo caer si se silencia
ni en el silencio deja que me caiga.

Mi enemigo tendrá las manos rotas
de golpear la vida encanallada
pero nadie acaricia como él
ni nadie dice más con la mirada.



«Soledumbre», «Hay amores», «Polvo y sal», «Humito de vara verde», poemas de Eva Lucía Armas – Argentina

Soledumbre

Entonces,
una descubre que está sola,
absoluta y completamente sola,
con su teléfono vacío de amistades lejanas al horario de los dramas
y a las que no llamar, inoportuna-mente.

Una está sola. Sola, sola, sola.
Y llora sola
y llora y llora y llora
mientras la ira le come las ideas
y no consigue a nadie en quien confiar.

Irremisiblemente, una está sola,
más sola que la una,
sola, sola,
como ha enfrentado al mundo tantas veces
y como está cansada de matar.

Se muere al matar lo que se quiere.

Pero una, como la una, está absolutamente sola.
Y mata y muere sola

sola

sola

Y se levanta sola al día siguiente de matar y morir.

Luego me vienen con llanto los llorones,
los que se tienen lástima en las vísceras
y los que se acumulan en su ombligo juzgando a los demás.

Los pobrecitos del ombligo grande y del ego más grande que el ombligo.

La soledad es árida y tremenda.

Y una llora si mata y una llora si muere
en esa soledad en que está sola
sin nadie en quién confiar ni nadie en quién creer,
sin nadie en que apoyar la soledad
y con la ira multiplicando tantos dientes hembras.

La soledad es eso.
Un campo de batalla donde me quedan pocos contendientes
con los que me encarnizo más y más
porque me hieren más y más y más me hieren.

Yo soy la soledad.
Y estoy tan sola.


Hay amores

Mi amor se había puesto esclerótico
y era un jubilado que planeaba poemas
en la franela de lustrar los muebles.

Los escribía con el polvo de los días inútiles.

Después
los guardaba en el armario con la escoba de barrer cenizas
y con la radio vieja que había olvidado la onda corta.

Era un amor lejano a la comunicación en gigabaits,
un amor de esos que llegan en las cartas no llamadas e-mail
y que, a falta de buzones que no fueran
hot, gi, yahoo
no encontraba donde depositar su único sobre.

Era un amor en sobre,
ensobrado después de perfurmarse,
recoleto y modernista como el cisne de Ruben Darío,
a su vez, antiguo como pocos,
y caído en desgracia sanitaria.

Un amor en medio de un alzheimer
que sacaba al amor de su galera y corría con él
por los pasillos de los hospitales
que el mar fue devorando pez tras pez.

No se rindió a desalinearse con el mundo
por propia vocación de desaliño.

Era un amor esdrújulo con una lengua renga
que sabía besar.

Hablaba con el fondo de los ojos.


Polvo y sal

El sol ha suspendido su desnudo,
se ha quitado su cáscara de seda sobre la voz del día
y en pantuflas de niebla
camina por la calle como un pequeño preso
que no recibe cartas.

El frío llega a pie sobre su sombra.

Es un filo de cristal que punza
la claridad más fértil
y la deja caer, lluviosa y desangrada,
lo mismo que un disfraz apolillado.

Todo parece diferente ahora.
Yo no sé si más claro.

Diferente.

Será la procesión de las ausencias
como una larga colecta interminable
de robar las pequeñas alegrías.
Ese rebrote a muerto que no termina nunca de morir
y nace en todas partes
enfrentándose al sol y al viento sur.

Yo no sé escribir cuentos cuando escribo poemas.
Soy bastante primaria en ese aspecto.
Escribo lo que late entre mis manos,
lo que mi mundo siente
y todas esas cosas pequeñitas que no reclaman nada.

Ya sufrí mucho.
Ya fui una fruta rota y una canción mordida
y un eclipse y un muerto.

Ya estuve muerta alguna vez también.

Ahora estoy viva
tan de regreso como una clarinada

a pesar del otoño en que anochece.


Humito de vara verde

Viejas palomas sin aire
se despeñan de silencio
sobre la luz de un mañana
que tiene en cueros al tiempo
mientras mis ojos se calman
en el fondo de lo negro,
porque no ceja la sombra
de proponerme sus duelos.

Mi brazo está desarmado,
delicuescente y pequeño
y mi mano culinaria
se apaga como un mal fuego
con humo de vara verde
que no rebrotó en anhelo.

No voy a pedir la vida
al genio de los deseos
porque con las cuentas claras
nada me deben ni debo.

No pienso llevarme lastre
arrastrando al cementerio.

Mientras tanto, a veces bailo
escribo a veces,

y sueño.

He perdido mi voz, poema de Ángeles Hernández Cruz

Imagen by Gundula Vogel

He perdido mi voz

He perdido mi voz.
Camino por los campos tratando de imitar
el aria matutina de un gallo somnoliento,
el ladrido de un perro solitario,
el crujir de las hojas del otoño
o el silbido del viento entre las ramas,
y no aparece.

En la ciudad rebusco y pruebo a repetir
las risas y los llantos de los niños
que juegan en los parques, y hasta ensayo
los gritos en los puestos de las ferias,
y no la oigo.

Por las noches visito los tugurios más sucios
y trato de reír la risa del borracho ,
o cantar la letrilla de una canción obscena
que un joven desafina al magullar
las teclas de su piano moribundo,
y es imposible.

Solo me queda hallarla entre mis versos.
Allí la descuidé buscando mil palabras
que llenaran poemas con murmullos sumisos.

Enrique Ramos – España

Imagen by Biljana Jovanovic

Hasta mañana

Quiero pedirte, amor, que me mandes de nuevo aquella foto
en la que me abrazabas dulcemente. ¿La recuerdas?
Estuvimos pensando en ir a Roma, a Berlín o a Viena
pero al final nos fuimos a París, aquella tarde.
A la orilla del Sena nos besamos esa primera vez
y luego, tantas otras, por el Barrio Latino y por Montmartre,
bajo la Torre Eiffel y las estrellas. Los días eran largos como espadas
y grises como cielos.
Pero las noches,
las noches eran nuestras, y podíamos vernos y tocarnos y besarnos,
y hacernos el amor, salvajemente.

Yo te amé en un hotel de esos gran lujo
sobre una cama ancha, como un sueño,
y una botella de champán francés
en la mesilla,
tus pechos dulces,
tus gritos de placer y mis gemidos
y tus manos sedientas y mis manos
y mis labios hambrientos y los tuyos.

Tú me amaste en silencio con los ojos cerrados,
calladamente. No importaba el lugar, importaba el momento.
Por la ventana entraba, mortecina, una luz suave
como tus dedos y tu mirada triste sobre mis ojos.
Susurrabas mi nombre y me abrazabas,
y jurabas tu amor, y yo te protegía con mis brazos
e imaginaba que todo aquello estaba sucediendo.

Después, nos despedimos
con un cuánto te quiero, amor, hasta mañana
y apagamos los sueños y la luz.

Mañana volveremos
a encender la pantalla y a soñar un viaje
de amor en la distancia.

Eva Lucía Armas

Cacareadores varios

Hay hombres que han perdido la condición genuina
y apenas
son pobres insurrectos de salón.

Desconocen la muerte.
Desconocen la absoluta impiedad del miedo.
Desconocen como desgarra un grito la garganta que grita.
Desconocen la voracidad de la intemperie,
lo anchurosa que puede ser la soledad,
la vastedad humana que cimbra en la catástrofe.

Se piensan malditos porque escriben su mustia frustración.
Y son sólo infelices. Infelices y pobres
o pobres infelices.

Ya quisieran estar realmente malditos
como Haití.

Ya quisieran (o no), sufrir en piel y hueso
la condición humana.

Pero son insurrectos de salón,
vanguardistas entre terciopelos
donde no acampa el hambre
y la muerte es parte de su fábula.

Escriben de amarguras que nunca han degustado.

Son apologetas
de fracasos que sus mentes inventan
acomodadas a la simpleza de siempre tener pan
que alimente a sus bocas dentadas.

Miserables
que se erigen en cuestores
igual que las gallinas que alborotan la paz de un gallinero
con su cacareo irremediable.

Cacareadores vanos que no han vivido nada
y piensan que alcanza con el grito
para hacerse notar
sin dejar esa comodidad que los protege
y en la cual se apoltronan
mientras escriben sus “tragedias griegas”
irrisorias y fatuas.

Seres que sólo claman por tener su minuto de gloria
en el monitor de los demás
cuando se abra la notificación en la que escupen
miserias que no entienden ni padecen
en su circo de ignorante molicie internetera.

Ridículos
en la sobreactuación de la miseria impúdica,
jamás han sufrido lo que cuentan.

Es solamente una borrachera de jarabe de pico.

Sólo los verdaderos luchadores
han vivido la umbra en los eclipses.

Poemas afuera

Entonces me reclino
encima de esta mesa de madera
como madera húmeda
como estatuita indígena
que alguien dejó acostada entre dos vasos
y unas migas de pan.

Lluevo como una cosa crepuscular
que nadie ha descubierto
ni ha nombrado.

Lluevo sin el rocío de la mañana
encima de la espina de la rosa
cuando cuelga
en una efímera lágrima llovida
en que se mira el día mientras nace.

Lluevo en tu vino mordisqueador
en tus ojos bulímicos
en tus manos de artífice de flores
en tu poema lluevo
sobre las velas que nos iluminan en tu bar de mentira
como dos figuritas en las que quepa el alma.

Lluevo en mi pastoral
sobre todas mis cosas y tus versos
y sobre las reliquias
desde el fondo de mí te lluevo en vino
en apresuramiento
en mi misma te lluevo…

No sé si de tu tierra nacerán mis relámpagos
pero igual
es tu sed…

y este es mi trueno
hoy
matador de homicidas a palabras.

Solange Schaffino – Chile

Un poema

Imagen by Tom Gralish
Cifra

No sé tu nombre
ni si alguna vez tu rostro
fue abrigado en un regazo.
No sé tu dirección
pero sí conocí la casa
donde te aisló este mundo.

Hoy sé de tu horizonte breve
y de tu hambruna tan cerca del trigo.
Que tenías cuarenta y cuatro
quién sabe si familia
y alguna pertenencia tapada en una bolsa.

Me pregunto a qué virus le temías,
si más a esta pandemia
o a la ciega distancia
a la que confinamos tus zapatos.

Pero te hiciste visible en una cifra
e intento tu lugar como si en algo remediara
trazarte aquí en mis ojos
hoy que eres el octavo de la lista que más duele
y nadie en tus retinas, ¡ah paradoja!
cuando ahora que estás muerto,
finalmente te sumaron.


* A un hombre en situación de calle, fallecido ayer en la 7 región. El 8vo.

Eva Lucía Armas – Argentina

Poemas escogidos

Imagen by Syaibatul Hamdi

Taumaturgia

El hombre se destrama mientras siente
el porqué de callar sus vendavales
y volverse llovizna
o no volverse nada más que espuma
de un aire sin orquestas.

El hombre alza el pañuelo de los besos
y lo libera al aire

mientras lo ve rodar como una piedra líquida
piensa en todas sus lágrimas
en todos sus bostezos
en sus insomnios húmedos
en sus últimas risas.

El pañuelo
se transforma en pájaro
que ríe entre las nubes
la búsqueda del sol.

El hombre, abajo,
quisiera ser pañuelo
mientras dibuja pájaros sin alas
que va guardando en jaulas de papel.

Así apaga la luz,
cierra la puerta
mientras oye volar entre sus páginas.



Animal que conversa

Ciertas cosas no están hechas para el don, decías
y abreviabas la vida de la desesperanza;
yo aprendí a combatir esa constante
y me dejé llevar por la inconstancia de la improvisación.
Agregabas aquella expresión a tus victorias
como una conquista sobre la voluntad de pertenencia
que llamabas tu sino
y te reías de él.

Siempre me pareció la tuya una irreverencia trágica
y por eso te contestaba eso de que yo
me consideraba un tanto mística
aunque intentara
también
sacarme el don de encima.

Mi rebelión te hace reír, aún.

Te hace reír con tu inclinación hacia la metafísica inclemente
donde los muertos se manifiestan
en una procesión que no termina sino en tu corazón

desangelable.



El terror de las sombras

«de pasionales sombras con voces de ventrílocuo
Oliverio Girondo
»

Hablábamos de vos,
del mineral oscuro de tu sombra.
Éramos varias voces en un claro esponjoso
donde cabía el verde
igual que una parroquia abandonada
está llena de ecos que recuerda
aunque Dios haya muerto.

Hablábamos de vos,
de tu salitre cáustico,
de las capas profundas que ignoran la curtiembre,
del descarne,
del pulso metafísico,
del reloj que olvidaste junto al brocal del pozo.

Hablábamos de vos
y de la voz del agua entre tu nombre
de viejo paredón,
de orín del hierro,
de arcilla sin esmalte

pero él no lograba descubrirte
y el resto hacía silencio.

Yo le hablaba de vos
y él me hablaba de vos.
Los dos hablábamos
como si no estuvieras entre todas las voces

como si no estuvieras siquiera en nuestras voces.

Como si no estuvieras.

Carmen Jiménez Meneses – España

Poemas escogidos

Manos by Javier Darío Fuentes Hernández

De nacimiento

A pleno sol paseo mi balsa de dolor,
la arrastro, la doblego, la desoigo.
Acepto lo que soy, por fin lo acepto.

Pero a veces me aparto,
como si fuera un perro en busca de una esquina
donde aliviar el peso de sus aguas.

Porque preciso de la soledad
y de un puñal que guardo entre las sienes
para rasgar el fondo de mis penas.

Padezco de sufrir, mal que me marca
lo mismo que un lunar de nacimiento.

Mas pese a esta dolencia, consustancial a mí,
una penuria humana siempre tuvo
la fuerza de un imán para atraerme.



Re-sentimiento

Antes de que te vayas, por si te vas primero,
limpiaremos la casa de los viejos enseres,
tiraremos a un pozo los que fueron deberes
de rigor en el aire, – mariposas de cuero-,

de tiempos de mudanza, de lumbre y aguacero,
de posponer hogar, caprichos y placeres
de entregarle al azar tantos atardeceres
en un sobre timbrado con un simple te quiero.

Regaló nuestro patio aquella algarabía
de guerras juguetonas y pájaros de tarde
a paredes al raso de la obligada ausencia.

Y en horas como esta, cuando en el cielo arde
la última luz del día, la frustrada emergencia
de abrazaros me duele más que ayer todavía

Solange Schiaffino – Chile

Poemas escogidos

Imagen by Enrique López Garre

El muriente

Un vilano atraviesa las ventanas
y se graba un vitral en tu cabeza,
rapada, con su cruz venosa adentro
estalla en haz de fulgores villancicos
como arterias que brotan navidades
en el desierto de tu carne.

Memorias y pensamientos se elevan,
huyes del mundo al vapor de una lágrima,
del sol mecánico que te respira
y oscurece en tus párpados
el pianito de tu hijo:

– no tengo miedo –
hablaste como tres gotas de suero cayendo
hasta abrazar nuestra vigilia de diciembre,
porque la muerte no se posterga
ni aparta al dolor de su precipicio.

Las luces digitales nos confunden,
¡cuánta fe innecesaria es todo esto!
No estaba el celeste en la pared
ni importaban los belenes,
mientras aquella maquinaria
…….. inútil
apagaba las últimas letras
que escribió tu corazón.



Quiero

Quiero una manta de lana suave como tu boca
para entibiar esta pena, que a pesar del invierno,
no combina con el frío
ni con el quiero un chocolate,
abriéndose lentamente al sabor del tacto
que tanto añoro.

Quiero abrir los ojos sin que el sol me duela
y extender mis brazos hasta reconocer idiomas
de las no palabras, no ternuras y no risas,
de cómo, a pesar de todo, arropa aquella frente
sobre la almohada,
de cómo quiero mirar más lejos
o traspasar la neblina en las promesas
que se agrietan como una duda
derramándose a punto de hacernos aguacero.

Que sea posible unos ojos mirándome
mientras desato mi cabello y que se sacuda en la caricia
libremente como el oído
cuando cobija la lágrima o este abrazo
que nos late y me fecunda
porque quiero.



Como quien juega

“Nel mezzo del cammin di nostra vita
mi ritrovai per una selva oscura
ché la diritta via era smarrita.”
(Dante Alighieri, Divina Commedia, Inferno, Canto I)



Se hace tarde.
Los treinta y cinco se tropiezan
con tantas puertas abriendo laberintos.
“Reniñez”* la llamaste, Gonzalo.
Hoy lo saben estos ojos.

Desde las pupilas – dicen –
parten las formas de una huida,
un viaje o un sueño.

A veces, como si descendiera con las calles,
con ésas que tienen su fin
allá adelante frente al mar o las nubes
escucho “que me parezco a todos los caídos”,
mientras regreso de soñar,
latigada de sol, justo abajo,
para dar la espalda a las alturas.

Y no sé decir
cómo hubo paraíso sobre este derrumbe,
sobre la tierra que las horas dejan.

Entonces, mujer o reniña,
“era tu momento” – eco tuyo –
profundo, de barro,
más abajo, más cielo
soy no más,
como quien juega libremente a ser lo que quiera.


* Reniñez: Palabro de Gonzalo Rojas, con la que describía su periodo de vuelta a la infancia en plena vejentud. Un genio poético a quien dedico este poema con el que en el 2001 respondí por primera vez a su eco.

Ángeles Hernández Cruz – España

Poemas escogidos

Imagen by Wei Zhu

Falsedad

Que no me engañen
las amapolas mustias que iluminaron prados
a orillas de los surcos de caminos vacíos.

Ni siquiera las losas de viejos camposantos
que quedaron sin tumbas entienden mi secreto.

El sosiego aparente en el que viven
esconde el alboroto del gemido del aire,
del gorjeo del pájaro alegre en primavera,
del clamor de los truenos en días de borrasca.

Yo conozco el silencio.



El cuerpo en el que vivo

El cuerpo en el que vivo ya no llora,
se guarda sus miserias en un bolso
que tejió con madejas de entusiasmo.

La boca de este cuerpo no enmudece,
a veces vocifera si es preciso
pero ha aprendido a hablar con la mirada.

El cuerpo en el que habito abre los ojos
cubriéndose los párpados de flores
que tamizan la luz de cada día.

El cuerpo que me guarda no es perfecto,
le sobran tu silencio y la nostalgia.
le faltan las caricias de tus manos.



Colores

Eliges cada día los colores
que cubran la vergüenza que te asola:
Tono falsa sonrisa en el semblante,
fondo de maquillaje frívolo diversión,
y un turquesa impostada hilaridad
que disfraza tus párpados morados.

Te embadurnas en tinta gris tiniebla
-como el suelo al que miras cuando huyes-
que camufla tu falta de amor propio.

Para la voz ajada de tu autoestima
reservaste un rojizo casi altivo
que insufle bocanadas de potencia.

Con armas de color has intentado
desmoronar al miedo,
sin que puedas dejar de verlo siempre
en el espejo triste de tus ojos.

¿Qué color te pondrás cuando vuelvas a casa
esta noche con él?

Gavrí Akhenazi – Israel

Poemas escogidos

Asesinando a mi madre

¿Qué había en el dolor?

¿Cuál era el artilugio que te agotaba el gesto de mujer
y te volvía esa muñeca víbora?

A veces me pregunto si
–como la mía–
tu vida no era otra cosa que un reproche agresivo
al que había sellado el desamparo.

El desamor te vuelve impenitente
ya sea porque vas de eterno huérfano
haciendo de mendigo
o porque como yo te ponés ácido
como una cosa a la que ganó el moho
e intoxica a cualquiera que la acerca su lengua
con el raro placer de lo querible.

Heredé esa toxicidad de tus efluvios
y esa toxicidad de tus ausencias
y esa toxicidad de lo irredento
que mastica su mundo de enemigos.
Esa faceta de lo imperdonable
y esa dureza de lo despreciado.

La casta del veneno
que obliga a no querer
a nadie que nos quiera.



De historias para no dormir

Finjamos un crepúsculo. Un aquelarre horrendo
donde el coro se eleve con un salmo de espanto
y les cuelguen los sayos a las voces antiguas
Hermanas Promesantes del Perpetuo Sollozo.

Abramos a dos manos el monasterio pulcro
que erradique la vida de los malos rincones
y atienda al panegírico del dios de los pequeños
urbanitas sociables, serenos en su inopia.

Que canten sus romanzas de pájaros y estrellas
las suaves voces húmedas de las tranquilas madres
que no ven como en ciernes, la niebla se hace muerte
y la costumbre acalla lo que nadie murmura.

Maníaco blasfemo, sepultador de cisnes,
hirsuto animal viejo de lengua con espinas
no me dejas soñar con príncipes ni elfos
licántropo del alma, vampiro de la fe.


Canta el coro y eleva sus tan conspicuas voces
y sus buenas costumbres y su moral prestada
de espaldas al desagüe donde todas las vidas
se van a la cloaca religiosa y oscura.

Pecados pecadores de la verdad del clima
que no llueven tomates ni café ni promesas.
Con los monstruos de mundo, el coro del sollozo
tiene para cantar hasta el fin de los tiempos.

Pero con la verdad que raja la postura
nadie se desayuna con mascarpone y fresas.
Masca Escherichias coli o uranio empobrecido,
indignidad, masacres, hambruna,violaciones.

El mundo desarrolla su farsa circunspecta.
Este demonio calla.
Haya paz en los hombres
de buena voluntad.



Vocación de silencio

Yo me caigo en el arte de caerme
como un fractal oscuro siempre huérfano
o como una ecuación que no responde
al alto resultado del silencio.
Yo me arrodillo a veces, no me caigo,
con la boca en la piel del desencuero
para que uses tu látigo de seda
en la sangre copiosa de mi cuerpo.

Yo a veces me arrodillo y nunca en vano,
porque me da la gana; nunca es miedo
de que un día me escupas en la tumba
o te escapes del piélago violento
en una barca inútil de promesas
con quién no sepa jota de sus remos.

Yo agacho la cabeza si tu mano
escribe en mi cabello un manifiesto
donde el sol se haga frágil como un niño
que cree en las promesas y en lo eterno,
porque apuesta a saber que hay en tu idioma
un río metalúrgico y sediento
del agua de mi espada y la victoria
de nuestro amor es cosa del destiempo.

Y vos, entre la duda y la promesa,
vas de la fruta al jugo o al pelecho
si mi boca reclama, intempestiva,
que por fin fructifiquen los anhelos.

Vos sos esa raíz avariciosa
que sostiene en la tierra todo el huerto
y yo soy ese viento que deslinda
la gran docilidad de los desiertos

y un mar…un mar hecho con diques
con arrecifes, pulpos y alfabetos
en que el coral -en púrpura- madura
y escribe que me encallo en los “te quiero”
con esta vocación por lo inaudible,

como un profundo voto de silencio.


Apúrate mujer, ponte bonita,
no te tiñas el pelo
y trae vino tinto y dos cebollas…
Yo cacé dos conejos.

Silvio Rodríguez Carrillo – Paraguay

Poemas escogidos

Cita inesperada by Mc. Millan

Subo hasta tus ojos

Sin que lo espere llegas, invadiendo
el solitario espacio de mi nube,
llenándome de sed con el perfume
parido por tu piel, que huele a cielo.

Sonríes suave, fuera de tu tiempo
venciendo mi tensión, mis hondas cumbres,
con la seguridad de quien sus cruces
supo sobrellevar perdiendo miedos.

Yo me dejo, entregado tomo fuerzas
y subo hasta tus ojos a mirarme,
a extraviar las ausencias anteriores.

Tú dejas que te asalte a tu manera
exigiendo destroce tus pesares
con mis modos de diablo vuelto hombre.

Mañana, nuevamente, nuestros nombres
sabrán que, diferentes, son iguales.



Como un alivio que se escapa

con las distancias insertas
en el debajo de mis párpados solos
erigiendo como un mástil y su bandera
la aridez de los caminos que transité
necesitando de todos y sin pedirle nada a nadie 
encallo sin furia y sin timidez
el borde de mi mirada al límite de sus ojos
que me observan y me juzgan
más allá de las leyes que los normales se permiten

irreverente y de algún modo temeroso
reverencio la estatura de su voz que calla
sentencias
palabras que cualquiera diría
memorias repetidas de manual
los gestos verbales con que impúdicamente
la gente sin rostro me insulta
si acaso naciendo antes que yo
carece de heridas o curas qué ofrecerme

a diferencia de mí
por su costado ella sangra
dos hijos criminales
parientes sin semilla
lo abyecto de varias religiones
y una sonrisa sana como última bandera

me besa boca abajo
su manera de beber mi whisky
de entregarse y pedirme seamos uno
de hacerme pontífice más allá de los sonidos
que no tienen más público que yo
que sí
que escribo para mí
carajo

sonrío
como un alivio que se escapa del agobio que lo define
y de un golpe la desnudo sobre mi historia
en una desesperación tranquila de acantilado
que sabe una sola vez golpeará la roca
una sola vez eterna
una eterna sola vez

cumplido el oleaje
los fractales en un rincón
sus ojos dormidos
me miro las notas que no pulsé
la vez que no apoyé la frente contra el muro



Sobre el límite

En el último segundo, el que separa
la primera de las noches futuras
de todos los anteriores recuerdos,
indefectiblemente uno se mira en las manos
la huella que en los dedos dejaron las cuerdas
cuando la mayoría de edad era una ilusión
y los años vividos ya eran demasiados.

Por un instante hay que ser el adulto
que necesitamos en esa infancia
edificada a cintarazos justicieros
logradores de la excelencia en la puta libreta
¡y qué honor lo del puto pabellón patrio
ahí en el desfile! Entre desconocidos
cuyos rostros todavía persigue mi saliva.

“Jamás con el más chico”, decía el salvaje
y yo le buscaba los ojos a su rabia
cuando alguna tarde me azotaba nervioso,
como derrotado de sí mismo.
Le paseé roturas, después, obediente,
mi puño siempre fue de abajo arriba.
Sediento, insaciable, coseché el llanto ajeno
ganándome el oro de la distancia.

En la precisión de lo efímero, en lo fugaz
no existe la visión periférica,
uno cree ver por el rabillo del ojo, sí,
pero lo que sucede es un oleaje en el corazón;
es uno que intuye lo inmutable
que ha ido construyendo por eones
y que siente, a fuerza de dolor y placer
inicia su brutal y suave trabajo de parto.

Ah…, sí
lo que dije de ella, también
lo que dije de nosotros, igual;
en un concurso justo ganaría algún trofeo, lo sé.
Mas, lo que callé
su nombre
las fechas
constituyen las dagas en las gargantas precisas
lo que soy, que existe, y nadie alcanza.