Orlando Estrella, prosas

Imagen by Susan Browne

Las soledades no aprendidas

En el transcurrir de tres días recibí dos mensajes: uno por el chat, otro por teléfono, ambos me causaron una extraña sensación de interrogantes.

Uno de esos mensajes, el del chat, decía:

“Orlando, no me abandones”
El otro, el del teléfono:

“Estoy viva, acuérdate de mí, ni mi hijo me llama y para mis hermanos no existo”

No niego que pensé; -no tengo el espíritu o la condición de ser paño de lágrimas-. Pero luego, más repuesto del impacto, medité saliendo de mi entorno individualista y me dije que esos llamados son un signo de soledades no educadas. Creo que pocas personas resisten la soledad sin sufrimientos, sin esas sensaciones de abandono y de olvido.

Ambos mensajes provenían de amigas con las que nunca tuve una relación de intimidad más allá de la simple amistad o ciertos lazos lejanos de familiaridad o de relaciones artísticas.

No creo ser el más cercano a estas dos amigas, pues no soy tan sociable como debería ser. Eso me indica que el abandono e indiferencia de los familiares e íntimos, (no sólo de estas dos damas) es más grave de lo que se supone.

Conozco el temor que infunde en otros la soledad de algunas personas. Hace ya unos años, y enamorado de una amiga, la invité a mi casa para que viera algunas obras pictóricas (esa fue la excusa) y luego de dar un recorrido me preguntó:

“¿Y tú vives solo en este casón?”
Como es natural le expresé que sí. Recuerdo que su rostro reflejó temor y dijo:

“¿Cómo es posible?”
Le respondí explicando que son situaciones coyunturales, cosas del momento. Luego me puso a pensar cuando agregó:

“Es que uno se acostumbra. La soledad no es buena amiga”.

Se retiró con cierta premura y en ese momento se perdieron las esperanzas de una conquista. Es un caso diferente al de mis dos amigas, pero ambos tienen en común el fantasma de la soledad.


El recluso al que mataron su soledad

Don Tomás era un recluso fornido, cercano a los 60 años que reflejaba en su rostro moreno cierta amargura, quizás producto de los errores que lo colocaron en aquella situación.

El rasgo que lo distinguía de los otros era su soledad. Rara vez salía al patio o caminaba fuera de su pabellón. Pasaba su tiempo recostado en su cama o sentado leyendo un libro y en ocasiones me daba la impresión de que leía el mismo texto pues no veía en su pequeña mesa mas que ese, aparte de otro más pequeño que luego supe era un diccionario de inglés.

La cama de Don Tomás estaba situada a tres camas de la mía y me causaba cierta inquietud su situación, tanto que su aislamiento llegó a dolerme hasta el punto de que pensara en la forma de establecer contacto con él aunque fuera un tipo difícil de abordar (al menos eso era lo que yo percibía).

Un día se me ocurrió acercarme a él con un cigarrillo y le comenté:

—Loco por fumarme este cigarrillo pero me pica la garganta.

Don Tomás se sonrió y me dijo:

Úntale un poco de mentol.

Sí, voy a probar le respondí.

Luego de proceder con el experimento me acerqué de nuevo y le señalé que tenía razón. Aproveché el momento y comencé a conversar con él de temas triviales como el clima, la sequía, la comida de la cárcel.

Me alegré pues se había roto el hielo y en los siguientes días pude hablar ya de otros temas, como por ejemplo la ausencia de visitas en su caso. Me decía que lo visitaban con frecuencia pero que al observar el trato que recibían sus familiares decidió pedirles que no volvieran más al penal y pidió que le enviaran por otra vía cualquier cosa que quisieran.

Ese dato me puso a pensar y decidí también pedirle a los míos lo mismo. Luego lo comenté con él y le agradecí el detalle a pesar de que esas visitas eran de las pocas cosas que un recluso esperaba con ansias. Trataba de animarlo a salir al patio y me decía que estaba cansado de todo, eran 9 años y medio de reclusión y había perdido la fe y se sentía sin fuerzas.

Señalaba que “por lo menos tú te entretienes con tus lápices y tus dibujos y veo que estudias. Yo era comerciante de víveres y nunca me interesé por más nada. Nada mas que por mi familia”

Un día, coincidente con una de las fechas en que se concedían indultos, vinieron unos carceleros a buscarlo y le pidieron que recogiera sus cosas pues le había llegado su libertad. Él se sorprendió de tal manera que el nerviosismo se hiso dueño de su persona y no atinaba que hacer, algunos reclusos se acercaron a felicitarlo y ayudarlo a empaquetar las pocas pertenencias que tenía. Luego se dirigió a la salida del pabellón dando pasos torpes y los policías sorprendidos lo tomaron de los brazos al momento en que se desmayaba. Más adelante hubo que llamar a los camilleros para sacarlo del penal.

Lo último que supe fue que lo trasladaron a un hospital en dónde falleció de un derrame cerebral.

El libro que constantemente leía aparte del diccionario de ingles era Juan Salvador Gaviota.


En busca de tristezas

Será que salgo a las calles con la mirada de escritor en busca de la tristeza.
No la busco expresamente pero la encuentro y entonces la sigo descifrando ya con los ojos puestos en ella.

Y se repite a cada paso que transito, no importa que las máscaras la oculten parcialmente.

Hago la diferencia del antes y el después. Antes era obvio que la tristeza se mostraba; este es un pueblo triste a pesar de disimularlo en cherchas y botellas, algarabías que son un desahogo pero que no se perciben así ni siquiera por los protagonistas y mucho menos por los espectadores.

Ahora luce una tristeza más real y auténtica pero no por el monstruo en miniatura que transita por el mundo ni por el miedo que se inculca a través de los medios. No, el monstruo ha definido la frontera de lo aparente y lo real, ha logrado que se comprenda en realidad el porque de la existencia paupérrima y vulnerable de este pueblo.

La misma violencia muestra su cara triste: decenas de asesinatos de mujeres y suicidios de sus asesinos han roto los records de años en pocas semanas. Pero no es a esa tristeza a la que me quiero referir, es a las miradas que van tropezando con la tuya, reflejos de una existencia disconforme consigo misma.

Desde mi balcón también la noto en los pasos de gente que transita. Son pasos apagados, familias cuyos colores en sus vestimentas te hablan de tristezas; en la palidez de los bultos y cosas que llevan a cuesta no se percibe otra cosa.
Creo que hasta los no videntes dirían “ahí van gentes tristes” y no por el sonido de sus pasos sino porque podrían agregar “y sus vestimentas pueden ser grises”.

No hablo de personas pobres o menos pobres o incluso sin pobreza. Hablo de una población que padece una carga de ignominia y de insensatez y aún no sabe cómo despojarla de sus hombros y qué pasos dar para recuperar la felicidad, aunque sea a medias.

Selección de poemas de Orlando Estrella

Mi Dios de niño

Crecí escuchando sobre su poder,
imaginaba lo majestuoso de su regencia
y una luz de blancuras que temía manchar.

¿Quién no soñó rondar por los paisajes místicos
que nos vendían en libritos blancos?
¿Quién no se impresionó al entrar a los templos?
Eran ambientes para no olvidar.

Pero nunca faltó un temor escondido
en escenas de fuego y un ser que no entendí
porque se interponía entre tanta belleza.
También logré ver ángeles guardianes
armados con espadas y así pude indagar
que eran los buenos frente a los malos y lo creí.

En verdad lo pensé, guardaba estampas.
Me gustaba Gabriel, un ángel héroe
y la imaginación siguió su curso.

Pero el orbe de grandes echó al suelo
ese mundo de Dios que de niño soñé.
Nadie me lo contó, las fantasías
se esfumaron, ahora son historias.

Si me hubiesen pintado a ese Dios menos grande,
más frágil, con defectos, más cerca de los hombres
quizás lo hubiese visto
como más verdadero.

El suceso de Cristo fue una revelación
de un mundo más cercano.


Ríe, payaso

Me río del payaso que aparento
-o quizás eso soy-
tratando de atraer miradas con mis versos.

No ando detrás de las sonrisas blancas
de los prójimos lentos
que se pierden en rutas de soledad y muerte.

Fracaso en el motivo y no convenzo,
me quedo solo y turbio,
un idiota que ríe sobre su propio estiércol.

Les pinto el enemigo que los hiere,
desnudo su bosquejo
y en los versos finales, dibujo su currículo.

Pero no captan al poeta necio
y su labia incendiaria
que sólo busca leña para alumbrar sus predios.

Mi máscara no llega, luce tosca,
antifaz obsoleto,
un arlequín que gime a carcajadas mudas.

Así, Ruggero tiene su remedo
con ausencia de público,
un títere que llora y ríe su lamento.


El poeta jardinero

Recuperemos las musas del hueco
donde quedó entrampado el poeta
que cultivaba las rosas del huerto
cuyo terreno lucía sin vida.

Nadie creyó que pudiese con versos
dar vida al hoyo podrido, marchito.
Surgieron brotes hermosos, serenos
que dieron paz y alegría a la grieta.

Pero en la casa del pobre el anhelo
es letra muerta en la boca del vate
si sólo tiene palabras con metros
y rimas muertas, por más efectivos
y contundentes resulten sus vuelos.
Serán tristezas con alas torradas
y volverá la sequía, el lamento.

Hay que ir blindado, no sé con qué armas
y rescatar al juglar jardinero
y prevenir que la infamia lo entierre
en el edén que forjó con ingenio.

«Me esquiva la calma», «Tres ángeles caídos», Orlando Estrella

Me esquiva la calma

Me esquiva la calma
como un sano a un contagiado.
Será que proyecto un mal de fondo,
una enfermedad esquizofrénica que perdura
pero que no se muestra.

Es la sangre que reverbera silenciosa
esperando lo imposible,
un volcán dormido que ni las leyes naturales
reviven pero que lo angustia.
¿Qué pasó en mi transitar que me aisló de la paz
y me arrinconó como a un perro
que abandonaron por necio y por gruñón?

Será que maldigo lo que otros aman,
lo que me mantiene atado a la soledad
viendo a los malditos disfrutando
del dolor y de la sangre ajena,
muriéndose tranquilos en sus camas
rodeado de sus familiares y secuaces.

Es grave expresar ciertos pensamientos
pero más grave es no poder revertirlos.
No puedo, ni el subconsciente me ayuda,
no tengo lo que todos, un dios al que rezar
y pedirle ángeles de guerra
pues sólo eso puede regresar la maldición
de vivir en un purgatorio dirigido por ratas
con zapatos y camisas.

Quizás la ausencia de calma, la soledad,
el exilio humano, el olvido
y el horizonte en tinieblas
es lo que me hace
no ser uno de ellos.


Tres ángeles caídos

Busca en la espuma de la mar y observa,
escudriña los tonos de la orilla
para ver si han quedado rastros nítidos
del ángel abatido por la maldad que impera.

Aun sepultado por las aguas, logra
el aliento de sangre que resiste
los tiempos de la muerte, acuérdate de Cristo,
esa sangre persiste según hablan
los profetas de antaño.

No esperes que las puertas del infierno
se quiebren y se escape un ser ya redimido
de sus viejos pecados en busca de venganza.
Carga con tu conciencia y caza los malandros,
haz la justicia de los hombres buenos
esos que creen que el mal no puede ser impune.

Proclama luego al viento tu hazaña de cobrar
crímenes que apagaron las alas de tres ángeles
que creyeron que el hombre es signo de bondades.

Emely y su retoño y Liz María
esperan por tu fuerza, no las desilusiones.

Hay crímenes que nunca pueden quedar indemnes,
no importa que la sangre te manche la conciencia.

«Dualidad», «El silencio», «El sueño», poemas de Orlando Estrella

Imagen by Stefan Keller

Dualidad


Si diferente a mí, gozas tus despertares
y todo el esplendor que presenta la vida
esperando el ocaso como un final feliz,
entonces te veré como ese símbolo de lo que debe ser
una existencia breve sin traumas ni dolores.

¿Qué se cruzó en mi senda enseñándome sólo
el drama del vecino que lo convirtió en zombi
y le marcó su vida?
¿Por qué me presentó un camino espinoso
como si fuera el único que podía pisar?

Quiero que sigas viendo bellezas en el aire
y brillos en las noches en que la luna falta.
Cuéntame esas historias de las que yo no sé
y algún día quizás,
pueda captar tus mismas sensaciones



El silencio.


Tú rompes el silencio que nos une
con esa indiferencia lastimante.

La falta de palabras nunca ha sido
tragedia para nuestro informal pacto,
que soportamos con sonrisas francas
como si nos burláramos de todos los manuales
de convivencia idílica.

El silencio es el arte forjado por los raros
en este mundo donde las palabras
valen más en papel que las sonoras
por mejor timbre que cultiven.

De repente, miradas que eran el parlamento
sobre el cual se erigía esta callada senda,
se volvieron estruendos y pusieron en duda
la firmeza del suelo construido.

¿Serán otros silencios u otros sonidos nuevos
los que se han interpuesto en nuestro viaje?.
De ser así, mejor volver al mundo
de soledades en el cual vivimos
porque la soledad es nuestra marca
y estamos obsoletos
para probar unión carnal, mujer.

Mira, que ya dejamos de ser niños
y solo nos espera cuidar las cicatrices
-abundantes por cierto-
adquiridas en nuestro desandar.

Espero que la suerte
acompañe el mañana.



El sueño


Camino entre los baches
de calles en penumbra
donde las sombras de cemento
esconden los dones que -según las cábalas-
me corresponden como inquilino
del paisaje que ayer pinté.

Usé los colores grises a mi alcance,
azules brumosos,
ocres de tierra
y gris de paine.

Busco un alma que rompa el silencio nocturno
tarea imposible, pues
mis calles son ricas en soledad
y también en belleza que solo yo percibo.

¡Qué pintor del demonio!
Ni dentro de mis cuadros
consigo la armonía.

«Me tocó una señorita», «Algunos códigos gárgola», «Breve recado a la parca», relatos de Orlando Estrella

Imagen by Dimitris Vetsikas

Me tocó una señorita

En la zona norte de la República Dominicana esta ubicado San Vito. Con sus pocas calles, es un poblado situado a pocos metros de la carretera principal que comunica varias provincias de la zona.

A ese lugar llegó una tarde una mujer ataviada con un vestido que no se correspondía con una persona joven y que le cubría las piernas hasta los tobillos. Llevaba una mochila al frente, además de su bulto de viajera.

Muy lentamente recorrió las pocas calles del sitio viendo los frentes de las casas como si buscara algo de su interés. Se detuvo ante una vivienda en la que un letrero rezaba “Pensión familiar económica, agua constante”.

Al ver la puerta abierta entró y entabló una breve conversación con la propietaria para luego dirigirse hacia una de las habitaciones.

Allí se estableció la viajera y de inmediato salió a visitar todo lugar donde hubiera conglomerado de personas: parque, iglesias, eventos públicos y demás.

Una noche, durante una de las visitas que acostumbraba hacer al parque, observó a un hombre que gesticulaba con un vaso en la mano compartiendo con unos amigos. La mujer se acercó para observar de cerca mientras fingía hablar por su teléfono celular.

Luego de un buen rato, ese hombre que había llamado su atención se retiró con pasos tambaleantes y ella lo siguió a una distancia prudente. Cuando él se detuvo frente a una casa y se disponía abrir la puerta, la mujer se le acercó al tiempo que preguntó: «¿es aquí que vive una modista que creo se llama Eufemia?». Él se sorprendió por tan inusual visita y luego de observarla por breves instantes le manifiestó que no y que la única que conocía vivía a la entrada del pueblo -sugiriendo con eso que podía llevarla-. Ella le sonrió de manera provocadora al tiempo que le pedía excusas y agregó que hacía unos años la conoció y quería aprovechar su estadía en el pueblo para saludarla.

Luego mantuvieron una conversación de rutina en la que ella siempre introducía algún elemento para extender el diálogo. A medida que hablaban la mujer se le acercaba más y luego dijo que «si no fuera tan tarde me hubieran gustado unos tragos». el hombre se entusiasmó y la invitó pero la mujer le señaló que no estaría correcto que fuera a una barra a esas horas y que prefería algo más privado.

La conversación se tornó en un intercambio más íntimo y decidieron entrar a la casa. Ya sentados en la sala compartieron unos tragos mientras él se sentía el hombre más dichoso del mundo.

Al poco rato y despues de una conversación muy amena, él la invitó a su habitación y no habían transcurrido unos minutos cuando se escuchó un sonido apagado y la mujer salió guardando en su mochila un revólver calibre 32. Se marchó sigilosamente no sin antes llevarse el vaso donde hacía apenas un rato tomaba un trago.

En su retirada iba evocando aquel momento de hace seis años cuando, en una reunión festiva de delegados políticos de la zona, ella se encontraba algo embriagada y este hombre -que ahora yacía con la cabeza destrozada por una bala explosiva disparada desde su boca- le ofreció llevarla a su casa y en el camino la condujo a un lugar apartado dónde la violó siendo ella virgen.

Ella solo recordaba -en aquel trágico lugar, dentro de su embriagues y dolor-, las palabras que retumbaban en su cabeza cuando él decía con un aire de triunfador:

—Cooño que suerte, me tocó una señorita.


Algunos códigos gárgola

Una gárgola está posada sobre un pico de nieve. No está a gusto, pues los copos la hieren. Ella prefiere las lluvias que además de refrescarla le recuerdan su niñez.
¿Dónde se esconden los bebés gárgola? ¿En las cuevas, en las cornisas o en los recovecos barrocos de las azoteas?
Solo a las adultas se les puede observar en su constante vigilia.

En documentos que han sido encontrados en azoteas abandonadas, hay constancia de la educación y de los entrenamientos que reciben en el lugar oculto al que son llevados los bebés gárgola.

También se han encontrado ejemplares de «Juan Salvador Gaviota» que parece ser uno de sus textos favoritos, además de historias sobre fakires y manuales sobre yoga y de control físico y mental.

En manuscritos de poetas gárgola se percibe entre otras cosas la gran cultura que poseen.

Aquellos que fungen como profesores, llevan consigo unas libretas donde están los manuales y lecciones que han de aplicar a los bebés.

Les dicen los profesores:
«A pesar de compartir el mundo de los humanos, somos diferentes y tenemos otros códigos de vida».
«Nos diferenciamos de un dios en que nunca hemos creado nada, cosa que no debe de importarnos, como tampoco tratar de corregir al humano, pues hay que dejarlos a su libre albedrío» .
«No somos dioses aunque muchos lo piensan».

«De lo que podemos estar orgullosos es de vivir en las alturas, no en el suelo donde recibiriamos escupitajos, golpes y atropellos sin importar nuestra dura piel y nuestra horrenda figura, incluso nos ofrecerían limosnas y eso sería intolerable».

«Por esto y otras razones debemos mantenernos en nuestro hábitat, pues de no ser así nos convertiríamos en grandes guerreros y quizás en los peores asesinos. Entonces no habría diferencia entre un humano y una gárgola y nuestra historia y mística se irían a la mierda».

Por todo esto, se les esta prohibido bajar al suelo, so pena de muerte, y si en algún momento se enamoran de un humano, será este que deberá trepar las paredes o, en su defecto, aprender a volar.

Estos datos referentes a su educación se les dan por escrito a los niños gárgola, y dadas sus condiciones de poseer una inteligencia muy superior a la humana son asimilados en poco tiempo.

No es de extrañar lo poco que se conoce de las gárgolas y de su historia, debido a las estrictas normas de conducta en que se desenvuelven.


Breve recado a la parca

Cuando llegues a mí, certera como siempre, no encontrarás a un hombre ocioso, sino que verás a un ente con energía y no a un muerto-vivo como esos zombis que ya se han entregado a la nada y solo esperan el decreto que los declare oficialmente muertos.

Tendré en las manos un lápiz o pincel o una cortadora de metales o quizás, algún objeto que me permita honrar la soberanía .

Tendrás el orgullo de saber que encontrarás a un hombre de trabajo que no huirá de ti ni de su destino, como lo hace de aquellos vivos que no buscan su carne sino sus ideas, y esas, valen demasiado, para asesinos tan pobres.

«Tríptico: Ángel, no vengo de Sodoma», poemas de Orlando Estrella

I



Al Ángel que me escucha cuando hago mis
monólogos,
el que cruza de acera al vernos en la calle
y me mira con dudas de ser yo el elegido,
debo advertirle pronto que no soy de Sodoma.

Él, todo poderoso, solo anda por mi senda,
no es por casualidad a pesar del recelo.
Detrás de su mirada de terneza,sencilla,
hay hongos destructivos que se traslucen claros.

Sabe y también conozco su objetivo final
pero quiere ser justo. Algunos inocentes
pagaron en antaño culpas viles, ajenas
y quedaron dolores que el tiempo no ha curado.

¿Por qué a mí loco impuro, me busca como amigo
será que ha visto letras salidas de mi puño?
Parece que las mira como muestra de honor
de alguien que no traiciona ni venderá a sus hijos
por salvar el pellejo, eso habrá de entender.

Hablaremos de frente, y estaremos acorde.
Y le diré:

—Cumple tu cometido, ya nuestro referente
lo dijo alguna vez. -¡Qué se hunda la isla
antes de la ignominia!-. Lanza todo tu fuego,
nadie mirará atrás, esta vez no habrá estatua,
porque yo haré la única en el fondo del mar.
No somos un desierto, recuerda lo que somos.

Mañana, dos isleños, una pareja apátrida
querrá recomenzar y le dará color
de tres tonos a un lienzo que habrán de enarbolar
quién sabe en qué lugar más lejano del globo.
Inventarán los cantos que nunca se escucharon,
unas baladas tristes colmadas de dolor
y nadie sabrá quiénes moraban en la isla
más bella del caribe.


II

Arcángel, ¿le propones a este mortal de barro
una misión tan noble, de tanta envergadura?
Un proyectil gastado, casi al implosionar
aunque lleno de hongos y deseos frustrados.
¿Esos eran tus planes al perseguirme ansioso?

No sé que poder viste en este cadavérico
que arrastra sus caídas como Cristo a su cruz,
con victorias efímeras solo como consuelo
del derrotado. Oye, he logrado entender
que el amor por el prójimo son lágrimas de salva
si no va de la mano de la fuerza brutal
y del odio aprendido a través de los golpes.

¿Estaré apto y tendré el amor suficiente
para la hora crucial? Mira que no lo sé.
Nunca me he contemplado en mis sueños constantes
acostado, en la espera del decreto oficial
anunciando el deceso de un vivo desahuciado.

Eso está a tu favor y de aquellos que esperan
que se haga la justicia que ellos por cobardía
nunca han decidido. Pero si me acompañas
cuidaré de tus alas “vaya suerte de ateo”
porque en ellas me iré a la estrella más triste
que no será más mustia que el país donde moro.


III

Hace ya cierto tiempo que me ocupan los ángeles,
no es por remordimiento por mi poca creencia
y no es por el rechazo cada vez más al prójimo
que solo ve su sombra como si más allá
no existieran más hombres que solo se reflejan
levemente en vidrieras. Y si, tengo remuerdos.

Serán los serafines, los que habitan mi mente
que tratan de guardarme, o son dardos mortales
en busca de respuestas, de por qué un ilusorio
se sumió en la catástrofe trepándose a las nubes
queriendo sofocar las llamas en que el hombre
y sus propias miserias se extinguían
en vez de suscitar una canción de cuna
a parte de su sangre, de ser mio aquel niño.

Podrán ser rescatistas detrás de perdedores
que contienen las lágrimas esperando el momento
para inundar los suelos y extinguir los demonios
que pululan y dictan las normas a seguir.

Los veo blandir espadas sin inspirar temores,
quizás son los espectros que otrora fueron víctimas
y hoy, en su nuevo rol, llegan con nuevos bríos
transformados en líderes proyectando las luces
adquiridas en luchas con los demonios muertos.

Puede ser todo un símbolo que refleja el fracaso
de aquel tipo de ayer muy cerca de victorias
o un signo de esperanza en días venideros.

De todas formas guardo una espada embotada
a un lado de la cama y en otro unos escritos
por si me toca irme, casarme con la gloria,
o si por el contrario solo me espera un mueble
cercano a una máquina para corregir musas.





«Poema a una bala», «Las cargas», poemas de Orlando Estrella

Imagen by Enrique Meseguer

Poema a una bala

Sola y desnuda viajas
libre
por el espacio
a velocidades irreales,
en espera de contactos que suplan tu soledad.

Tu silvido trágico es la canción fúnebre
de un vampiro en vuelo en busca de alimento
para saciar codicias de otros
a tu espalda.

Manipulada eres
sin concesión alguna.
Un ave indefensa sin voluntad,
sin decisión.

Tu éxito depende
del talento criminal del experto
en blancos
y negros augurios.

Te conozco
puedo dar fe de tu beso ardiente

o, quizás fue un aviso para el acto final
y no
tendrás
la culpa.


Las cargas

Salgo a la calle remolcando bloques
que pesan como un mundo, pero siempre sonrío
-más por vergüenza que por propio orgullo-
pues si muestro flaquezas soy carne de pirañas.
No es mi norma la imprudencia, miren,
quizás por eso es que obtuve algunos
años de vida más.

Mostrar el alma no es propicio allí,
además, he encontrado un lugar franco
en donde desnudarme por completo,
sin prejuicios ni miedo a que se noten
las muchas cicatrices que me adornan.

Si me miran escualos (esas bestias
de letras y palabras) creo haber ubicado
el oasis perdido. No tendré que morir
con lágrimas podridas pues ya sé
cómo evacuar fantasmas y dolores ocultos.

«A Carlín», «Pacto un pulso», dos poemas de Orlando Estrella

Imagen by Janet Domínguez

A Carlín

Cuando la sombra se desplaza rauda
a través del pasillo
evocando memorias de la sangre vertida
aparecen las lágrimas todavía inocentes
de ese muchacho pleno de vigor
buscando sus sandalias.

Tanto que mencionaba al R. Douglas
famoso francotirador, el gringo,
el mismo que cayó al llegar a Vietnam.

“Le tira hasta a los gatos y a los perros” -¡es un bárbaro!-
decía el joven que vivia un sueño
con su mauser al hombro.

Dieciséis años y al oír disparos
se sonreía como si viviera una comedia.

—¿Por qué no hablas ? -siempre me decía-
—No sabría decirte, es que soy medio alzao -le contestaba-.

Una tarde de lluvias, un disparo, y Carlín
se fue con su sonrisa en busca de otros sueños.

Un dieciséis de junio.


Pacto un pulso

Pacto un pulso de fuerza para ver quién derrota
a mi silencio activo o al vozarrón sin alma.
En mi esquina callada solo se oye el crujir
de mis huesos sin fans, aunque firmes y alertas,
sin embargo al contrario le sobra algarabía.

El ruido enajenado no me llega a los huevos,
tengo filtros antiguos que me hacen sordo al trompo.
A esa bulla apagada, callo con mi mudez
y será con los truenos que ensordecen la carne
que callarán mi voz, esa que no se escucha
cuando resuena recia en oídos malandros.

El barullo barato se desgrana en los aires,
solo inquieta la paz y molesta el sosiego
pero el sigilo pleno, pensado y concienzudo
es letal y procura dominar la algazara.

«Los veo», «Soldadito de cuerdas», dos poemas de Orlando Estrella

Imagen by Peggy Choucair

Los veo

Donde quiera que esté los veo a ellos
una presencia muda, pero viva.

No tengo muy seguro quién es el que procura
esas extrañas peñas
matizadas con humos de cigarros
que solo yo disfruto, acompañado a veces
de unos pequeños tragos que solo yo degusto.

Hago los ademanes que acostumbran los protocolos
de invitar a brindar por sus pasados,
pues el presente en solitario nunca,
tendrá un futuro digno de contarse.

A veces creo que los anfitriones
son ellos y me invitan, apenados porque
notan la soledad acostada en mi casa.

En sus miradas veo siempre dudas.
Seguro porque observan a los hombres
como una copia modelada en mierda
de aquellos de su tiempo
en que el honor y dignidad valían.

Me preguntan sin voces:
¿Valió la pena tanto sacrificio?

En más de una ocasión, gotas de perro
ruedan por mis pupilas. Esos canes
son más puros y honestos que los prójimos.

Quizás esos espectros sean mi cura hoy.
Y es que alguien que no cree ni en avernos ni en ídolos,
en algo tiene que confiar, y más,
si conoció lo puro de esos amigos muertos.

Soldadito de cuerdas

Si miro tu fantasma por las noches,
y no hiede a podredumbre de cadáver
es que sigues tan viva como en aquellos tiempos.
Tan dinámica como esos corceles
libres en la pradera detrás de un horizonte
no importando cuan lejos estaba de tu lar.

Tarareabas siempre “soldadito de cuerdas”
y parlabas que había que clavarme una estaca
en el centro del pecho -como a cualquier vampiro-
para hacer que brotara el fuego por mis ojos,
y pudiera salir de un letargo quimérico
mientras tú cimbreabas tus sueños a mil pies,
allá en lo alto.

La cuerda se gastó y tuve que crear
energías internas como esos chips robóticos
que nunca se degradan y seguirán aún
después de muertos.

Sí, después de enterrado,
lo poco que habré escrito, me mantendrá con vida,
pues no estarás para romperme el tórax.

Orlando Estrella – República Dominicana

Virtualidad de lo quimérico

Una sombra me visita



Mujer, cuando percibas la sombra que se exhibe
en los tiempos difíciles, mírala sin recelo
que puede ser un niño jugando a ser mi ángel
o si por el contrario
quiere que lo recuerde como un dardo letal,
no lo creas con saña.

Él es un inocente en busca de respuestas,
de por qué un hijo e puta se sumió en la catástrofe
trepándose a las nubes queriendo sofocar
las llamas en que el hombre
y sus propias miserias
se consumían
en vez de susurrar una canción de cuna
a parte de su sangre.

Esta bruma será como un eclipse
que me acompañará, igual que un talismán
perdido en el desierto
escondido en la arena esperando las aguas
que quizás nunca lluevan para salir a flote.

Hijo, ¿Sabes de mí?
También busco respuestas.




Soldadito de cuerda

Si miro tu fantasma por las noches,
y no hiede a podredumbre de cadáver
es que sigues tan viva como en aquellos tiempos.
Tan dinámica como esos corceles
libres en la pradera detrás de un horizonte
no importando cuan lejos estaba de tu lar.

Tarareabas siempre “soldadito de cuerdas”
y parlabas que había que clavarme una estaca
en el centro del pecho -como a cualquier vampiro-
para hacer que brotara el fuego por mis ojos,
y pudiera salir de un letargo quimérico
mientras tú cimbreabas tus sueños a mil pies,
allá en lo alto.

La cuerda se gastó y tuve que crear
energías internas como esos chips robóticos
que nunca se degradan y seguirán aún
después de muertos.

Sí, después de enterrado,
lo poco que habré escrito, me mantendrá con vida,
pues no estarás para romperme el tórax.

Orlando Estrella – República Dominicana

Doble exposición by Pedro Beja

Una reflexión

Esta pandemia es una de esas cosas que colocan al humano frente a realidades que existen por siglos pero solo cada cierto largo tiempo nos recuerda que si no cambiamos de rumbo, un día nos sorprenderá algo que ni siquiera el aislamiento o cualquier otra medida nos será suficiente para sobrevivir.

El hecho de que hayan existido varias civilizaciones a través de millones de años nos demuestra que algo ha pasado en cada una de ellas. No podemos decir mucho ,pues sabemos muy poco de que sucesos han ocurrido. Poco nos han enseñado en escuelas y en la historia. Tendrán sus razones.
Un virus como este no creo que naciera del aire, pero eso no es el tema ni el saber de donde provino nos va a salvar. Lo importante es darse cuenta de lo extraña que es la vida y como tu actitud es modificada como una tragicomedia.

Anoche, a unos 50 metros de mi casa y en pleno toque de queda, unos gritos desesperados despertaron a todo el barrio, un joven falleció y los familiares perdieron el control y fueron horas de quejidos mientras los policías no sabían que hacer pues el drama se trasladó a las calles circundantes con personas llorando y corriendo como locos. Una escena dantesca

En una guerra puedes salvar personas con solo darle albergue o esconderlos de persecuciones y también matar para salvar a otros, pero este virus trastorna toda la psiquis humana y las secuelas son peores que la propia guerra.



Un poema

Cobarde

Si miro a ese prójimo aturdido
tambaleándose sin fuerzas
rogando por su vida que se escapa,
tendré que huir lo más lejos posible
del escenario.

Nunca pensé mi cobardía ayer
me creí solidario para siempre
pero me han convertido en un cobarde,
¿será obra del destino
o de maestros de la perdición?

Sicarios sin caretas y sin nombre
y otros que dan la cara exponiendo su vida
que no saben de tramas, escondiendo sus lágrimas
y su impotencia.

No puedo solo huir, he de esconderme
como aquel criminal sin cuerpo del delito,
tapando mi ruindad
aquí en lo oscuro.

No es un consuelo que en la lista estén
millones de cobardes a la fuerza
queriendo ir al entierro de sus padres
y solo despedirlos por el móvil.

Nos han asesinado lo poco que quedaba
de humanidad en nuestro recorrer,
diseñando el estadio para el juego final.

Orlando Estrella – República Dominicana

Poemas escogidos

Las grietas

Si no puedo sellar mis grietas
que permiten que se inunde mi pensamiento
cuando la lluvia me atrapa
alevosa, y con el sol a la vista,

solo bastará
un ligero tremor
para disgregarme
y servir de alimento
a los poetas que solo han respirado
dentro de sus burbujas de murria.

No sé si podrán digerir
mi sangre sin tipo definido
y las arterias quemadas
por el odio humanista que me corroe,
hacia la claque de humanos sin humanidad.

Podrán nutrirse de verdades y mentiras
que enuncié para salvarme
y salvar a otros
de la soga del cadalso.
Conocerán de la tristeza de muchos
sin nombre ni apellidos
a través de mis células
que podrían horrorizar al peor de los indolentes.

Mientras sigo buscando el mortero
que se adapte a mis cicatrices,
hago el autorretrato que se niega
a plasmarse con exactitud.
Solo la imagen de un Frankenstein
moderno y pesaroso
se vislumbra en el lienzo.



Una fantasía

Pudiste ser la niña que debió estar presente
para tender tus manos cuando corrí directo
hacia ese mar de fuego donde encontré destinos
ocultos en la sombra.

Allí perdido me formé soldado
para vivir en pleitos hasta con mi conciencia.
Hoy no sé cómo abandonar las armas
y hasta mi catre, creo, es mi baluarte
frecuentado de espectros.

Avanzo con el ritmo de alguien que no pasea
sino que trota hacia un carretón
donde estoy atrapado como en las pesadillas
que tenemos de niños.

Voy y zafo las amarras del otro yo más joven
con la esperanza de que vuelva atrás
no para que claudique, sino para que busque
dónde quedó escondido
el espacio de paz que me toca por ley.
Y me declaro inútil para lograrlo hoy.

Sólo espero con calma el resultado
-toda una fantasía-
pero… quién sabe.



La madre que conspira

Miro esa madre conspirando en fugas,
que imagina trepar por las fachadas
como una Gárgola que busca cúspides
y se aleja del mundo terrenal.

Sueña con Ángeles que buscan nido
para esconder lo amargo del destierro,
como si hubiesen profanado al mundo.

Teje en su mente alas de raíces
que va escondiendo en un rincón del cuarto
donde se siente presa de mil monstruos.

Hurta maderas del galpón del fondo
y recoge los clavos que descubre
en sus paseos que mantienen vivas
sus ansias de escapar hacia los mares.

Sueña con una hermosa barca verde
que dirige la proa al infinito.

No sabe si sus fuerzas, que ya merman,
le bastarán para lograr su hazaña.

Una voz la sorprende cuando dice:
¿por qué tu hijo trae un remo aquí?

Orlando Estrella – República Dominicana

Poemas escogidos

Cruza los dedos sobre el vientre


Cruza sus dedos sobre el vientre joven
que hoy se subleva en calma pero tiembla con dudas,
solo un destino, pero dos caminos
inoculados por la sangre vil.

Un veneno que cruza las fronteras
de la inocencia incrédula y late poderoso
por salir a la vida, pero con un amargo
sabor a muerte que le ronda activa.

Dilema existencial, entre dos polos
que son incertidumbre tortuosa.
¿Qué busca un Ángel o ese monstruo en mí?
-se pregunta una niña sin saber el porqué,
si solo juega al escondite-

No existe el odio niño
para aplicar justicia que es cosa de los grandes
pero esa es otra historia que tendrá su epitafio.

No será la divinidad que actúe,
quien defina y concluya
que viva o muera
el Ángel monstruo
en un vientre inocente.




Ve al arroyo ve a los mares


Trae el rumor de calma de ese arroyo
que reposa tranquilo
y cántalo a los pies de la niña abusada
como un ritual de curación tardía.

Luego, otea en los mares turbulentos
el rumor de violencia,
conviértelo en justicia con tus manos
y busca el salmo justo que oriente tu camino,
pero no tengas la piedad que exige
el mandamiento que procura paz
y amor entre los hombres.

No puede haber amor ni compasión
hacia los prójimos que traspasaron
fronteras inviolables, inocentes.

No temas la condena de los Dioses,
ellos están en tregua, sus límites de asombro
ya llegaron al máximo, y no saben que hacer.

Ármate de valor, pues los fantasmas
serán tu compañía, pero el crimen
no habrá quedado impune.

Coloca en la balanza las opciones,
lo mío son palabras de un desarraigado
que ha perdido la fe en el hombre y sus normas.

Si hay tiempo, o el que decida la dirección.

Orlando Estrella – República Dominicana

Atrapados

Nos cubren las tinieblas como mantos del mal,
horadan pensamientos que quedaron varados
en ambientes hipócritas.

Así estamos, mi nena,
viendo en los mares rojos impensables señales
de un mundo sin razón.

Traiciones encubiertas como velos mugrientos
que enlodan los caminos
para que resbalemos sobre esa mierda húmeda
que nos arropa hoy
los sueños inconclusos.

La vida pasajera nos obliga a mentir
y solo las verdades las usamos de paso
como puñales finos para herir las ideas
que defienden el mundo.

-Y que por cierto está-
en manos de cabrones.

Vamos para la cama
que es el único sitio donde somos nosotros.

Ahí quizás logremos
ser felices un chin.

Entonces la mañana nos despertará lúcidos
pero si nos pasamos la gran noche fingiendo
que somos detectives, entonces somos pillos
y estamos atrapados.



Hombre

Tomaste posesión de un horizonte límpido
—el que la rigidez te fijó en la mirada—,
ese fue tu sendero que habrías de trillar
y caminaste incólume cual guerrero de luz.

Fui tu primer destello, sol que te deslumbró
y motivó la fuerza de macho convencido
con su inmenso poder y de inusual sorpresa
e instinto maternal ¡ vaya la vida extraña!

Hiciste añicos normas sagradas hasta hoy
pero, ¿de qué maldito material te fundieron?,
una incógnita grata que me sigue feliz.
Bien hubiera querido heredar tal proeza.

Sentí en mi piel de niño tu firmeza letal
que marcó como hierro mis tiempos del futuro
¿fue mi necedad bruta o tú fuiste vidente?
Incorruptible ser, lo fuiste hasta tu ocaso.

Te honraré mientras pueda, pero no soy igual.
Tus tiempos fueron calmos, los míos turbios, padre.



Huérfano

Te mecieron con cantos que aún recuerdas.
Fueron notas muy breves, canciones sin final
que el destino truncó por azares secretos.
Esos versos de paz hoy son baladas tristes
cosas que el gran amor desconocía, niño.

Hoy vas de salto en salto buscando las respuestas,
incógnita de vida oculta en pesadillas.
Solo el tiempo descifra estos juegos del hambre
y lo hará con tu vida y también con tu muerte.
Tú, trata de ganar, que perder no es fracaso.

Una inocencia muda, una infancia perdida
en calles de avatar con suelos movedizos
donde naufragan sueños de bebés hechos hombres
a fuerza de sus huevos curtidos en las lides
de luchas desiguales contra un mundo sin alma.



Temores…

Temes a la muerte siendo un laureado
que ganó la vida por suerte o azar
en un maratón de miles de ansiosos
en busca del premio de un vientre materno.

Esos perdedores también lo soñaban
¿Sabes dónde fueron? A burdos canales
y jamás verán ni las sombras muertas
de su travesía hacia tal incógnita
que solo un dichoso como tú conoces.

¿Y tú, qué esperabas? ¿Ser un inmortal?

Eres privilegio, todo un monumento
que respira y sangra, que come y defeca
ama y también odia, -especie de Dios-
sobre un suelo turbio donde tú pernoctas
y ahí quedarás con tus blancos huesos.

Tú sigues temiendo pero es a la vida
pues ésta se esfuma y no hay ningún modo
de variar el curso de esa gran verdad.

El mundo, el demonio y la carne, por Orlando Estrella

Incógnitas de vida que se tornan fantasmas
vacíos sin respuestas que llegan sin verdades
traumas que te corroen como el ácido al hierro.

Trastornos de conciencia dilemas y conflictos
del ser y del no ser, eterna dualidad.

Creces oyendo Dioses que proclaman bondades
dando la otra mejilla al atorrante vil
te hablan de perdonar criminales de guerra
enemigos eternos de la paz de los hombres.

Borrón y cuenta nueva impunidad e indultos
palabras que confunden y burlan el saber
mientras ¿que tú vislumbras? un mundo endemoniado
donde Dioses y Diablos moran en la indolencia.