John Madison

Marine Paradise

Eva emerge desnuda del corazón del mar en una fuga roja de romances.

Eva descarga su decálogo de vida en mis ojos

y sobrevuela libre mi piel de soledad azul.

La selva de serpientes marinas de su pelo se enreda

en la sed coustoniana de mis dedos de oceanógrafo.

Bancos de peces blancos milagrosos migran

desde su garganta hacia el atlántico ciego de mi boca.

Eva me entrega en un temblor biosónico sus agallas maduras de mujer-pez

para que explore sin bombona de oxígeno

sus abismos oceánicos ocultos al resto de los hombres,

la frágil oscuridad de su pozo-imaginarium de los deseos,

la humedad necesaria en sus jardines del delirio,

su edén,

el paraíso.


La soldado de Dios

Pido a Dios que te mate.
Te lleve por delante. Te silencie.

Algunos días,
esos días benévolos,
le pido solamente: haz que me olvide,
llévatela, señor.

Ve y tráele a otro tipo que la quiera
y que la haga sentir en las mañanas
hasta que el reino
de los hombres colapse
y tus ángeles quieran ser muy hombres
para gozar también.

Y entonces llegas, Dios,
tan de mañana,
y la traes tan húmeda a mis manos
y la montas desnuda sobre mí.

Me traes a esa “muerta” y yo permito
cabalgue mi violencia,
me sueñe y me imagine
orgasmo tras orgasmo,
a grito limpio
tu nombre entre sus dientes,
el cuarto y los vecinos, mi minúsculo
reino colapsado,
vencido en mi ataúd.

John Madison

Tauromaquia

Hoy la palabra se me presenta en cueros. Se ha liado la manta a la cabeza y en rebeldía, ejerce impúdica su danza exenta de esos adornos torpes que —según ella— nublarían sus dictados.

Así andan las cosas. Y yo no puedo más que contemplar, desde el bloqueo, la sencillez de su estructura estrófica vestida con un tanga como único amuleto para salvar su suerte.

En realidad nunca me impresionaron los desnudos, lo mío es fantasear con lo que hay debajo del vestido, pero a ella ya no le interesa el maquillaje, ni la fastuosidad, prefiere andar en cueros por mi casa como una libertaria que le da un ultimátum a su hombre: y bien, Mady, ¿me tomas o me dejas?, mientras yo entro en la última de las tres fases del fuego y mancillo su honor a grito limpio en inglés, en español castizo y en cubano.

Me siento como un memo que no tiene ni idea de como proceder ante el destape de esa perra loca que no lleva siquiera un triste brillo para caerme en gracia; tan confuso que no sé si encajarle un fajo de billetes en la goma del tanga en un intento vil de camelarla, o si darle esquinazo; olvidar que una noche —mientras ahogaba en vodka mi habanidad nostálgica— sentí el impulso ciego de vestirme de luces; echarme al ruedo como hacen los toreros espontáneos, espada al ristre ponerla de rodillas con un par de estocadas y rematar la faena cortándole las orejas y el rabo.

Presiento que no habrá puerta grande en mucho tiempo, ni paseo en volandas, ni trofeos. La Doña se ha emperrado en asestarme su más fiera cornada.

John Madison

Historias en la Red: Mayores




Un contador de historias, de esas que merecen la pena ser llevadas a la gran pantalla, me dijo que solo encontraría el verdadero camino hacia el oficio de escritor cuando me quedara completamente solo.

Teniendo en cuenta que los mejores consejos en mi carrera como escritor me los había dado aquel novelista, le hice caso y me quedé todo lo Robinson Crusoe que se necesitaba para encontrarme como hombre literario. Incluso colgué un cartel en la entrada de mi rincón bloguero prohibiendo el paso a los lectores curiosos como medida de apoyo al incremento de mi soledad.

Creánme si les digo que no pretendí ser descortés con esas señoras que dejan constancia de sus emociones en la Red y que a menudo se presentaban en mi blog llamándome a boca llena amigo y hasta hermano sin que nos uniera parentesco alguno.

Esas señoras saben que yo ni soy escritor ni estoy interesado en ese título al que le tengo un respeto inmenso.

Creo que ese viene a ser el punto en común entre ellas y yo.

Más de una vez les he comentado que a mí lo que me pone de escribir es que me vean como un tipo al que le va la movida comunicativa bloggera y punto, porque para llamarme escritor aun me falta mucho. De sobra saben ellas que el anuncio de paso restringido iba en verdad para esos «escritores» de los que estoy hasta el femenino del pollo. O quizás debería decir hasta el pene para no ofenderlos.

Comprendo que esa peña de memos no tiene idea de lo que abarca en realidad el uso kilométrico del castellano y que en la literatura existen tanto el pollo como la polla, cada cual en su contexto, en beneficio y buena virtud de la palabra. Pero cuando un tipo como yo se lía la manta en la cabeza y sale disparado para el monte en plena caja de comentarios de blogger en defensa del estilo, está hasta la polla y en ningún caso hasta el pene.

También podría darse el caso de que quien escribe no sea tan pasional como yo ni esté interesado en defender la riqueza del léxico y por tanto refiera su enojo alegando que ha perdido los papeles, el avión o que: «se me subió la mostaza» —en honor al film del actor francés Louis de Foune de igual nombre— con la delicadeza: «estoy hasta las mismas narices».

Amén de mandar a freír espárragos trigueros a esos judas escritores, mi cartel cumpliría, además, el cometido de alejar de mis tierras a cierta señorita «escritora» a la que había visitado en su casa virtual movido por su popularidad entre los blogueros.

Por esos días la oí mentar tantas veces que una noche junté con las letritas de la sopa que mi asistenta de hogar me había preparado su nombre: Becky G, y provocando con la cuchara un tsunami que arremetió de lleno contra la identidad de sémola de la muchacha, me planteé muy en serio comprobar si en realidad era tan buena narradora.

No tuve paciencia para esperar al dia siguiente y esa misma noche me presenté en su blog. Comencé mi análisis con un cuento sobre una palmera que usaba gafas y que quería mantener un affaire con un camello.

Me pareció una narración mal llevada en el planteamiento, pero no me lancé a decir, ¿por cortesía? lo que en realidad pensé. Sé que fue Ferrand Gómez quien le comentó a Becky que yo era un reputado poeta y textualmente: «Es un Ultraversal y de los grandes», muy rimbombante él —porque a rococó no le gana ni Luis XV—.

Ferrand no pertenecía al proyecto Ultraversal pero le gustaba la idea y leía todo lo que los Ultraversales exponían en Gogle+. Me consta que también añadió que mis versos le iban a encantar a Becky ya que eran muy re chulos.

Estoy seguro que el re chulo de Ferrand se alejaba años estelares de lo que Becky imaginó porque si hay algo para lo que no estoy hecho es para regentear burdeles, aunque pertenezca a esa casta de maromos que se les cae la baba por las currantas de la noche. Ferrand se refería a los huevos que le pongo al arte de escribir.

Quiero pensar que fue esa la interpretación que Becky dio a tales referencias y por las que respondió a mi comentario del cuento de la palmera parlante con un breve: «queda usted en su casa».

Bueno, yo en mi casa hago lo que me sale de las santas pelotas. Meo sin el más mínimo cuidado y además dejo la tapa abierta todo lo que me de el cuerpo y fumo marihuana todo el rato y me paseo, también, en bóxer y algunos días hasta en cueros por todas las estancias. De modo que le tomé la palabra y me adentré en sus textos, en especial en uno donde los protas se daban la del pulpo en un ascensor durante la noche de fin de año.

Que aquella escena del ascensor iba de amor, lo dijo ella. Para mi gusto una mujer que se arranca las bragas a la desesperada y acaballa a un tipo que acaba de conocer en un ascensor es pornografía barata. Un polvo literario mal llevado en Pekín y hasta en Italia. La tierra que vio nacer a mi ídolo del cine porno: Rocco Sifredi.

Ni siquiera Rocco que es un follador excelente —pero un pésimo intérprete— habría llevado tan mal aquella escena, por mucho que los comentaristas aplaudieran y vitorearan a Becky como si ella fuera la nueva Anais Nin.

En eso consiste el estilo, en calibrar qué haría el personaje en determinada situación y qué enfoque le daríamos a esa escena . Cualquier escritor que se respete sabe que existe una diferenciación entre follarse a un tipo como una perra loca y hacerle el amor desaforadamente a un tipo loco en una noche perra, y esa fue la apreciación que dejé en su entrada, entre otras cuestiones.

Sí, fue justo ahí donde comenzó la bronca en vivo y en directo. Le aclaré cómo debería llevarse literariamente un polvo de ese calibre y ella a mí que yo solo era un exhibicionista que lavaba sus trapos sucios en la blogosfera. «Uy, te estás pasando tres pueblos, reina», le dije. «Señorita, John, soy señorita», me respondió.

Pues muy bien, Señorita con «s» mayúscula (así lo escribió ella en su respuesta), sepa que yo he follado en los lugares más inhóspitos e inimaginables. En el interior de un closet, por ejemplo, durante el transcurso de una fiesta que celebré en mi casa. Mi mujer por entonces, Lyn, no tuvo paciencia para esperar que los invitados se marcharan; las fiestas en la Habana son largas.

En otra ocasión también mantuvimos sexo telefónico. Lyn en la Habana y yo en Grecia. Lyn me largó por esa boquita de asiática lo que ningún escritor de tres al cuarto sería capaz de fabular y no paró hasta asegurarse que su marido alcanzaba las arenas rojas de ese planeta que Truman Capote cita en aquel relato en el que se fuma un canuto de marihuana con una asistenta de hogar: “Un día de trabajo”.

Incluso tuve un polvo memorable en la parada del bus de 48 y 27 cuando aún no estábamos casados. En dependencia de la franja horaria Lyn me practicaba una felación o yo la masturbaba o ella montada directamente sobre mí en aquel banco súper estrechito. Esa noche tocó apagón. Nos dejamos ir tanto que alguien gritó: ¡aguaaaaaaa!… muy largo. Pero ya era tarde, no solo en los relojes, eran las tres de la madrugada.Ya estábamos en Cabo Cañaveral con los motores prendidos y listos para el despegue.


Sí, Becky, en la literatura el banco de datos del autor cuenta. Aunque la historia narrada sea pura ficción. Así que no me diga que usted tiene una manera de contar muy parecida a la de esa escritora que va de iluminada de los vampiros en la edad del pavo y que no le llega a Bram Stoker ni a la suela de los zapatos. Esa muchacha se hizo famosa gracias a toda esa piara de incultos que le hacía la ola en Internet y a la venta de Merchandising a todas esas adolescentes locas por encontrar a un Edward que les mostrara la posición correcta en una cama para el avistamiento seguro de Cuenca.

Y hasta ahí no más llegó la discusión porque la Señorita Becky me invitó, amablemente y sin carácter retroactivo, a abandonar la casa que antes me había ofrecido como mía. Me marché y nunca más volví. Ya había olvidado el incidente cuando, una noche, me entró un mensaje suyo por hangouts:

Becky G: Hola escritor.

J. Madison: Hola.

Becky G
: Creí que no ibas a responder.

J. Madison: ¿por qué no? Soy un gilipollas amable.

Becky G: Te llamo, Juan

J. Madison: No te he dado confianza para que me llames. Y me llamo Madison, no Juan.

Becky G: Ya, ni tú te llamas Madison ni tu exmujer se llama Lyn. ¿Verdad?

J. Madison: Efectivamente, no hay ninguna Lyn. Me lo inventé.

(Mentí, que es lo que hacemos los hombres malos y los escritores muy buenos). Es cierto que estuve casado con Lyn y que follamos como jamás podrán imaginar los protagonistas del ascensor del relato de Becky en los parques, paradas, callejones y portales de la Habana, pero Lyn no va enterarse de que ahora mismo es la “Marquesa del Chanteclair” en todo blogger porque a ella le interesa un rábano la literatura. Lyn no lee ni el periódico.

Becky G: Pues yo daría cualquier cosa por un poema tuyo, aunque la condición fuera aparecer con un nombre de ficción. Seguro que tu mujer está muy orgullosa de las cosas que escribes.

¿Mi mujer? Mi mujer actual tampoco sabe una mierda de literatura, pero conociéndome intuyó que yo pondría la pista caliente en blogger desde el primer día y puso el parche antes que la llaga: «Si va a escribir chorradas al menos póngase un seudónimo, pendejo. No me hace maldita gracia que la gente que me conoce se entere que el comemierda de mi marido (así dijo mi mujer, comemierda) anda escribiendo poemas infames donde yo siempre soy la puta caliente del burdel», remató. «Cierto, cariño», le dije entonces.

Reconozco que hay cierto punto de exhibicionismo en el acto de escribir. Al fin y al cabo es lo que mejor se me da. Encuerarme mientras largo entre lágrimas negras el bodevil. En aquel tiempo me encantaba darle gusto a mi mujer y me inventé un seudónimo que no fue ni comemierda ni pendejo, sino John Madison.

Justo iba a descolgar para explicarle a Becky que la mujer del pendejo estaba haciendo su entrada en la casa cuando Becky me envió aquella foto posando con un trocito de tela, un top idem a los que las hijas de la puta caliente del burdel que ya avanzaba por el corredor diciendo: «cariñoooo, hay alguien en casaaaa», llevan bajo el anorak cuando salen los sábados a perrear por las discotecas de Barcelona y por el que yo pongo el grito inútilmente en Marte, porque al final ellas se hacen las que no hablan marciano y agarran el bolso y desaparecen.

No, yo no era el papá de Becky pero también puse el grito en ese planeta que llevo toda la noche mentando y recordé al mirar la foto que si había una mujer a la que yo le arrancaría a mordiscos la ropa si me la encontrara en una esquina era Anastasia Mayo, la actriz porno. Una piba que tiene los pechos de una niña mal comida, pero un trasero para entregarle a ojos cerrados el pin de la cuenta bancaria.

A mi hermano Yeyo le tocó lo mejor en la tómbola del ADN; metro ochenta, bien parecido y unas manos altamente desarrolladas, contra mi metro sesenta y manos de Meñique. Para nada me estaría quejando si ese Meñique guardara parecido con el Meñique bretero lleva y trae que regenta el único burdel en Poniente, esa Ciudad salida de la serie televisiva “Juego de tronos” porque ese al menos mandaba en su imperio de putas.

Verdad de la buena es que por muy grandes que a mi mujer le resulten mis manos yo iba a necesitar al menos otro par para agarrar con propiedad las domingas de Becky.

—Mami —escribí presuroso.

—Qué, Juan.

—Yo no me llamo Juan. Dejate de abuso que ya estoy muy mayor para estas cosas.

—No importa. Me gustan los tipos mayores. Quiero invitarte a cenar.

—¿A mí?

—Sí. Para disculparme por aquella bronca que tuvimos en blogger?

Becky quería disculparse, pero qué pasaba con la disculpa de todos aquellos comentaristas que aprovecharon la bronca para ponerme públicamente como los trapos, solo porque yo había dado mi punto de vista sobre su narración con sinceridad abierta. En ningún momento fui descortés.

—Oye, olvidalo. Es agua pasada —le dije.

—¿Quieres decir que me perdonas?

—Claro, no dije que eras mala escritora. Dije que la escena del ascensor no era en lo absoluto creíble y que estaba mal enfocada

—Es igual Juan. ¿Cenamos?

—No, no es igual. Y no me llamo Juan, me llamo Madison.

John Madison – Cuba

Flowers by Matthias Böckel

Una historia

¿Pronto?

—Nathy, soy Juan. Han decretado el confinamiento. Es oficial.

—Pues ni me enteré. Llevo días sin ver las noticias. ¡Luca, deja esa silla. Lucaaaa!, mierda. Perdona un momento, Juan.

Tengo que esperar que ella atienda al crío y regrese a coger el teléfono.

—Ya sé que la semana pasada te dije que no era mi mejor momento para empezar algo, pero me sentiría más tranquilo si vinieras a casa —le digo.

—Si estás buscando peña para pasar la cuarentena ya puedes olvidarte, Juan.

—No, no ando buscando nada, Natalia. Lo que estoy es acojonado, así que no me cabrees. Recoge tus cosas y las de Luca. Voy para allá a buscarte.

—Vete a la puta mierda, Juan. ¡Luca, suelta esa cortina inmediatamente! Si te asustaste de mí o te faltó coraje para quererme como un hombre es tu problema. Yo no le temo al virus.

—Puedo transferir dinero a tu cuenta para que no les falte nada a Luca y ti, pero no podré hacer más si esto empeora. Por dios vives en cuarenta metros cuadrados y estas en paro.

—¿Y eso a ti qué te importa?

—Déjate ya de bronca, Nathy. El confinamiento va a ser duro para el crío.

—Espera un segundo, Juan. ¡Luca Salvatore! Mira, Juan, ya lo hablamos mañana.

—Te cedo el estudio —digo apresuradamente—. Si no espabilo ella colgará el teléfono y tendrá toda la noche para reafirmarse en esa postura de la que no saldrá.

—¿El estudio?

(El estudio es independiente y reúne las condiciones de habitabilidad: calefacción, cocina, dormitorio, TV…)

—¿Tu estudio de grabación dices? —vuelve a preguntarme. Ella quiere asegurarse de mi propuesta.

—Sí. Tiene entrada independiente. Piénsalo. Luca tendrá un jardín enorme para correr, un patio, podrá jugar con Drako. Los perros no transmiten el coronavirus.

El silencio entre los dos me descoloca. ¿Qué se puede esperar de una mujer que es exactamente igual a Covi19? Imprevisible, silenciosa y letal.

…..


No todos los que me importan duermen ahora bajo mi techo, pero sí los que mi radio de cercanía pudo abarcar. Son las 9:00 de la mañana de nuestro primer día en confinamiento. Soy el primero de la familia en llegar a la cocina, además de mi asistenta, Ivana, quien ya tiene preparado el café y parte del condumio.

—Ivana, voy a acercarme al kiosko a por la prensa. Regreso enseguida — le comunico.

—Señor Juan.

No, no me da tiempo a decirle ¿qué pasa? ni nada porque Ivana, una mujer más Rusa que la ensaladilla y que la estepa siberiana misma me abraza con un ruego:

—Por favor, señor, no salga.

Sí. Covid ha logrado que Ivana me abrace y eso es un logro del carajo teniendo en cuenta que lleva veinticinco años aguantando mis malcriadeces sin salir del marco sobrio que imponen las sociedades laborales.

Me quedo congelado. Ni la abrazo ni le digo que ningún virus es lo suficiente imbécil para exterminar a toda una raza y quedarse sin huéspedes solo para mostrar su poderío. Ese es un riesgo que Covid19 no va a correr. Tampoco le recuerdo que las bajas irán en aumento porque Ivana sabe tan bien como yo que en toda guerra solo sobreviven los más fuertes e inteligentes y que en España tenemos, por desgracia, un alto índice de ancianidad. Esto es una batalla destinada a zarandear la consciencia colectiva y llamarnos a leer el capítulo que toca: dejar de mirarnos el puto ombligo. Eso tampoco se lo digo, sólo lo pienso.

¿Sobrevivirán los más fuertes y listos?

El problema es que no estoy en ninguno de esos grupos. Emocionalmente estoy hecho una basura y de salud… Ni toquen esa tecla que se nos jode el piano. Soy asmático. Vivo con el permiso del ventolín y el Spiolto y esa verdad es lo que ha hecho que esa mujer que todavía me llama señor como si yo fuera el amo de un cortijo andaluz me impida salir a comprar la prensa con su efusiva muestra de amor breve.

No, no salgo a ninguna parte y espero a que el personal baje de los cuartos. Ya está toda la peña en la cocina, menos mi invitada. Ella llega la última y trae a su hijo Luca de la mano. Me adelanto a saludarla.

—¿Qué tal has dormido? ¿Todo bien? —le pregunto.

Como si un OVNI me hubiera dejado hace un par de minutos en el jardín. Claro que sé cómo durmió porque durmió conmigo. En el estudio, como “habíamos quedado”. Pero, no la dejo hablar y la conduzco hasta su lugar en la mesa.

—Familia, esta es Nathy —anuncio.

La verdad, creo que mis hijos no saben si aplaudir o si correr, o si escupirme en la cara el café, que es peor que el zumo de manzana que Ivana ha puesto en la mesa, porque mancha de cojones la camisa blanca que llevo puesta.

(Pensamiento errado. De inmediato me doy cuenta que no es ni lo uno ni lo otro al ver la rapidez con que mi hija mayor, Vivíana, ataja la situación).

—Bienvenida, Nathy. Siéntete como en tu casa.

Diez comensales entre hijas, yernos, invitados e Ivana. Todos actúan con normalidad aparente pese a la presencia de la invitada y el nerviosismo acojonante que los medios se han encargado de contagiarnos con su inyección letal entre pecho y espalda compuesta por su ranking de cifras de muertos y contagiados en Madrid, Barcelona, Italia y… Pero Natalia no parece asustada pese a tener a sus hermanos y a su madre en el ojo del huracán, Milán. Y si lo está no me ha participado nada ya que ambos andábamos en otros menesteres.

Mi hija mediana, Marie, bendice la mesa con su voz de soprano. Sé que no está todo lo calmada que su voz muestra. Nada me salvará del interrogatorio al que me someterá.

Mi yerno, Ché, mira al crío y a Nathy como si fueran dos criaturas que han escapado de Jurasic Park con la intención de defendernos del ataque de Covid. Claro, cómo diablos iba a saber él que iba a compartir mesa con un crío de dos años. Era de madrugada cuando los traje a casa.

A mi hija pequeña Rossi le da igual que su papá traiga a E.T a cenar, pero a Marie no. A esa le va a dar un soponcio cuando se entere que Nathy solo lleva dos meses saliendo conmigo y que su edad es igual a esa cifra que apellida a Covid: 19.

Nada me va a salvar de los reproches de Marie por no tener en cuenta que quizá Natalia o Luca podrían estar infectados o que cualquiera de nosotros puede estar ahora incubando ese bicho al que no sabemos cómo derribar de su bestia y podríamos, perfectamente, perjudicar la salud del niño.

Ese es el verdadero virus, el miedo irracional que a todos nos ocupa hoy: quién es el infectado o quien tocó qué cosa en el super o quién usó el cajero antes que uno y dejó a Covid preparado para para darnos por el culo.

Pero la vida sigue y nadie me va a disuadir de comenzar una relación con Nathalia en medio de este apocalipsis. Ni siquiera ese virus al que pretendemos mantener alejado de la cancela y los muros de esta casa mientras jugamos a Modern Family.


…….

La Habana es una ciudad detenida en su tiempo. Creo que esa atemporalidad es la que nos une a ella. Las ciudades mutan, la Habana permanece. En la Habana todo se mueve en Slow Motion: las guaguas, las colas en los comercios, la puntualidad, el sudor, las charlas… Soy un hombre acostumbrado a la elasticidad horaria y me tomo mi lapsus para todo. Aunque este tiempo de acuartelamiento obligado que cruza el mundo es diferente a las horas en cámara lenta con las que juega el trópico a pervivir por siempre en las costumbres de los antillanos.

Cuando vivía en Cuba, nunca fui consciente de las ventajas que ofrece la lentitud del día para hacer todas esas cosas que hasta hace poco iba moviendo de una fecha a otra en mi apretada agenda.

Una hora tumbado en mi cuarto de la casa familiar en la Habana era una eternidad exasperante que yo siempre acababa quebrantando.

Es la primera vez que tengo todo el día para mí y la primera que permanezco tantas horas viajando instrospectivamente por mí mismo y a merced del silencio junto a una mujer.

No hablamos de trabajo. No hablamos de mi divorcio ni del padre de su hijo ni de su familia en Milán. No hablamos de mi madre. No nos preguntamos qué será de nosotros cuando llegue el mañana o si cabe la posibilidad de un mañana ni si voy a cumplir el rito del anillo ni de los muertos que Covid va anotando en su libro de débiles.

No hablamos, vivimos el ahora de este cuarto, desnudos y serenos.

Deseo que no acabe jamás este confinamiento. Llevo tanto tiempo sin detenerme a contemplar la vida minuto a minuto. Tantos años pendiente de las horas, de mi ex mujer, de los aviones, de engordar la cuenta bancaria, de no dejar un hueco libre en mi agenda de trabajo, de mis hijas… que ni siquiera pienso en que pedirle a Dios que no nos regrese a la vida de antes es un pecado aún mayor que pernoctar en una sala plena de infectados sin traje protector ni protocolo.

No hablamos el lenguaje evolutivo de los hombres. Ese regalo que hemos ido adiestrando con el paso del tiempo sobre el mundo; la herramienta con que los escritores novelan las catástrofes, las guerras, sino la lengua madre de las almas: la lengua de mis ojos en sus ojos cerrados. La de mis labios en su frente. La de su olor a juventud en mí. La lengua de mi lengua en un encuentro mojado con su sexo. La lengua de mis manos gozando del viaje por el arco de su espalda. Ella le habla a mi historia de hombre naufragado con suspiros.

Son las 3:00 de la tarde de nuestro séptimo día de confinamiento. Luca duerme.

El amor en los tiempos del Covid

Eva Lucía Armas & John Madison

Soy esa vieja luz que intenta algo
entre la sombra que lo ocupa todo
y sin embargo, priman otros ritmos
sobre mi pulso antiguamente sabio.

Estoy acostumbrada a las historias
que no terminan bien.

A veces me aproximo hasta el ribete
de los nudos oscuros de los fosos
pero nadie me ve
o el que me ve, desvía la mirada
hacia otro fulgurar no compasivo

y se aparta de mí.

Me deja sola en la premonición del universo.

Quizás no soy fragor ni calentura
de hoguera despertada a contralumbre
pero conozco el verde como nadie
y el marrón de la tierra y sus crepúsculos
como un poco de sol que vocifera
que el canto habita siempre en las semillas.

Vuelo sola.

Quisiera compañía, pero todos se cansan de este cielo
hecho de cosas extrañamente místicas
y de verdades duramente humanas.

No he aprendido a callarme lo aprendido.

La fe me dura porque yo le exijo que dure para siempre.
Y es que conozco el rumbo
aunque me sigan pocos navegantes del mapa constelar.

Porque yo sé volar a contraviento
navego en otro mar, vivo otras olas

y te espero en silencio, por si acaso
lo que vas hablando de mí sea posible…

Si querés caminar
puedo llevarte a conocer los duendes

todavía.

Eva Lucía Armas

Anoche los arkontes llegaron a tu mundo.

Todo se ensombreció.
Llevabas armadura y cimitarra
y peleabas conmigo.
Algo me derribó. No alcancé a ver su forma,
pero te oí gritar desde la multitud:

¡Qué cierren el portal! ¡protejed al heraldo!

Y una horda de hombres tan altos como muros
cerró filas urgente sobre mí.

Me desperté llorando
y no por la premura de la muerte,
lloré por la belleza de aquel mundo y su reina.

El cielo era un festín de llamaradas.
(A Octavia siempre, solo Dios sabe en secreto)

John Madison

Alguna vez quizás, tiempo de ríos,
mi corazón atrajo tus derivas,
mi férrea vocación de acuartelada
dibujó encrucijadas en tu esquina
y con algún porqué, nuestras historias
huyeron sin que hubiera despedida.

Una vez fue que el puerto estaba lejos;
otra vez, había guerras en la orilla;
un día entre la niebla te atraparon
mejores arabesques que las mías
y paralelamente a los espejos
se reflejó total la asincronía.

Tuve que acostumbrarme a lo de siempre.

Amazona se nace con la herida
sobre el costado izquierdo, todo un símbolo
que te indica a qué gremio estás adscripta.

Imponente tu río cruza el bosque,
con sus voces galácticas y antiguas.

Acabo de llamar a mis ejércitos.
No me nombres Octavia… todavía.

Eva Lucía Armas

El mundo va a acabarse y ella quiere
llevarme a navegar, a ver los elfos.
Los peces voladores de su armario,
su cónclave de perlas en estéreo.

El mundo se nos rompe y yo contrato
Arturos y Merlines que a buen sueldo.
practiquen misas blancas y conjuros:
¡Qué surzan esa nube, hagan remiendos!

El mundo va a morirse y nunca pude
llevarla de mi brazo, mas que en sueños.


***



Siempre fui marinero, eso lo sé.
Siempre fui del salitre y de los puertos.
El precio de encarnar es entregar
la memoria a esa red que teje el tiempo.

Siempre fui marinero, no lo dudo.
Fui un hombre del parnaso, un faenero,
un buscador de ostras, mercader
polizonte, fui carne de pesqueros.
Pero si le pregunto al corazón
en qué puerto te vi, no lo recuerdo.

No recuerdo tus senos ni tu olor,
tus ritos de sudores con mi sexo.
Lo único que tengo como dato
de esas vidas pasadas en tu reino
es este abecedario, este amor,
este sansara hermoso que tu verbo
retorna a mi saliva. Etéreo aroma
a bandoneón que siembras en mi pecho.

Ya no pregunto a Dios, extraño idilio,
qué Nautilo de dos guardó en sus templos.
Yo ya no le pregunto a mi razón
por qué este jubileo, este misterio
de pasión desbocada cuando llegas
y levantas de golpe mis requiebros
y me haces desear ser un gran tipo,
ser un hombre de bien, tu Canserbero*

Ser un hombre de bien, a mí que nunca
me ha interesado el reino de los cielos.

John Madison

Yo estoy… ¿cómo se dice…? metafísica,
una espiral de paz que es todo intento,
una frecuencia azul que aturde el día
con ladridos dispares de silencio.

En la playa del mundo donde anida
toda su soledad mi Clavileño
mi Barataria ya no es una isla
y el faro no intimida al mar abierto.

Yo soy un pez cansado, un ave acuífera,
desteñido color, hoja del tiempo,
un almanaque apático sin rima.

No sé si te seduce, marinero,
internar a tu nave en la marisma
y acabar encallado entre mis sueños.

Eva Lucía Armas

Hace mucho que estoy en tu cornisa
como un concorde al que los aeropuertos
le niegan el visado. Octavia mía,
mi Octavia hoy y siempre en desafuero.
No me leves el puente todavía
que antes quiero besarte por entero
con mi streptease valiente. Octavia mía,
si estoy vivo y coleando es por tu verso.

Está escrito en mi libro, mi osadía
de aceptar la propuesta de tu reto
me salvó de la muerte por desidia.
Mi Octavia, solo Dios sabe el secreto
de esta causalidad que nos domina.

John Madison

John Madison – Cuba

Poemas escogidos

Imagen by Shahab Azad

Son montuno

Jamás tuvimos garbo pero aún así danzamos
con la vitalidad de un sentenciado a muerte
salmodiando al perdón frente a su cena.

Danzamos,
y el resto del concurso que nos mal imitaba
nos mostraba su enojo.

Ingrávidos danzamos,
tú amarrada a mi cuerpo
yo al vuelo de tu falda
tú llenando mis manos
yo atado a tu cintura, en breve contrapunto.

Apoyado en tu pecho
sobre mi fe tu voz
danzamos indomables
hasta que la locura,
dejó de intrepretarnos el vals de los amantes
y el tiempo y los silencios,
nos quitaron las fuerzas.



Habana inmaterial

Estoy aquí,
viviendo
con los pies enraizados a esta casa magnífica
minimalista y ancha,
confortable,
con los labios sellados y el corazón penando
los ojos ya desérticos y mudos
ante esta geografía sin límites
con las manos raídas
de tejer al presente direcciones y rostros,
de retener en la memoria turbia
papalotes sangrando tinta china en las nubes
solares bulliciosos habaneros y esquinas,
los autos con sus sones de salseros modernos
boleros sumergidos en tragos de daiquiris.

Estoy aquí
vestido de pasado
mecido por las aguas sin ventura ni suerte
de este mayo europeo nostálgico y sin trópico
mal viviendo, muriendo,
amortajado en ésta habanidad distante
que se me antoja cada vez más rota.



Jack Skeleton

En voto de silencio me declaro
aunque la “verbi gratia” me desborde
que puede mi discurso no ser claro
si mi voz de poeta es monocorde.

Y ya puede mi Sally tras la reja
pedir que rompa en dos mi mandamiento
que no daré cordel a la madeja
de versos sin tener conocimiento

Hay silencios que dictan en su arrastre
una suerte de efecto mariposa
no temas, Sally Persson, si el desastre
alcanza a mi liturgia clamorosa.

Te vuelves por momentos adictiva
a amores que alimenten tu brasero,
yo soy tu Frankenstein y tú la diva
que doma la pasión del romancero.

Y mientras la metáfora resiste
a regalarme su divino encanto
carcelera es la sombra que te asiste
hasta que el verbo anuncie el contracanto.

John Madison – Cuba

Los días de gloria

Ya no soy el tipo de los poemas. Mi divorcio no solo se llevó por delante una parte de mí, también mis versos. Gladys dice que me tenga paciencia. Que algún día de estos volveré a ser el hombre de los cuentos bonitos y que estaré curado del fanatismo enfermo por mi mujer (y al que llamé erróneamente amor), cuando al mirarla sienta lo mismo que se siente al observar un biombo o un armario: nada. Y no hay cosa que la rubita de mi vieja, Gladys, no suelte por esa boca de pitiminí que no acabe por hacerse realidad.

Ahora estoy junto a la cama de hospital de esa mujer a la que Gladys llama celosamente y con desdén “la puta”, mi mujer, y a la que agradezco mi visión excepcional del arte, mi profesión de publicista y mánager y mi habilidad poética.

Cierto, Gladys. Ya no siento esas ganas enfermas de comerme a mi mujer a muerdos limpios ni me pongo nervioso en frente suya, ni gageo como los gilipollas mientras ella se parte de la risa. No.

Estoy con mi mujer; con mi mujer medusa toda llena de cables y de tubos. Con mi mujer —transmutada en una reverenda porquería—, pensando en que fue esa misma mujer quien me cagó la vida, y que ahora no se entera, en lo absoluto, de que estoy aquí, de pie, mirándola. Ni se entera, tampoco, de haber sido quién me llevó a escribir bajo un seudónimo, aún más hijo de perra que ella misma, los mejores poemas que escribiré jamás.

Estoy con mi mujer que ya no se da cuenta que de su marido no queda más que el tipo de ficción que un día apareció para salvarlo de la muerte por colapso espiritual: John Madison.

El año pasado era increíble que mi mujer fuera para mí aún mejor que la octava maravilla, pese a tener setenta y uno. Sin embargo, ahora parece como si algún encantamiento de esos que usan las brujas de Perrault para poner la pista de palacio bien caliente hubiera borrado a la mujer narcisa, a la mujer genio que yo amé y puesto en su lugar a ese montón de huesos cenicientos y cabellos podridos.

Quiero que vuelva la meretriz del crack. La yonki del vasuko para ponerme a cien km/hora y cantarle los cuarenta principales y zarandearla y hacer de su papá, de ese papá que siempre le faltó, con una buena cachetada.

Quiero que vuelva la mujer del puterío. La del tequila, la ramera por la que yo lanzaba auténticas riadas de ofensas metafóricas para jodernos la vida y que todo en el maldito cuarto salte por los aires, pero me dura poco ese deseo porque la anciana a la que alimentan a través de la sonda ya le ha dado agua al dominó y comenzado su charla con Ikú.

Acaricio débilmente su mano. Quizás del otro lado, el lado de las almas, recuerde la caricia que el cabrón de su hombre dejó sobre esa palma —siempre le hacía aquel gesto cuando quería follar y estábamos en público— e interceda ante Dios para que me regrese la palabra y la vida cuando él le pida cuentas.

Sí, estoy con mi mujer; con mi mujer que es ahora un despojo, invocando a mis dioses y no, precisamente, para que me revelen el conjuro que traerá a mi vida la curación que aseguraba Gladys para escribir mis versos:

“Olofin, libera a la mujer que fue mi amor del sufrimiento. Libérala de todo pacto sentimental conmigo para que pueda recorrer la senda de los muertos”.

Miro a la mujer portadora del espíritu que en la hora del tránsito, del lado irrecordable que antecede a las reencarnaciones, ofreció sus servicios para ser mi enemiga: una enemiga despiadada, cínica, mala madre. Una yonki rebelde. Un despropósito al que quise arreglar sin entender que era yo el único tareco de su mundo que debía arreglar.

La miro inmóvil dentro de esa bata azul de algodón que allí le han puesto y que la hace parecer más pálida y jodida de lo que ya está. Pienso que no guarda, ni de coña, relación con su glamour y pienso, también, en el vuelco que supuso dejarla, en que hace un montón de meses que no me siento a escribir porque escribir es castigarme con el pasado y en que estoy limpio. Y en que hace un año justo que no me meto un pico de cristal ni de coca, desde que dejé a mi mujer.

Ni siquiera en esos días violentos tan cercanos al aniversario de la muerte de mi Manuel.

Me gustaría decirle a esa mujer que siento la manera tan trágica en la que nos amamos, o soltarle cualquiera de esas paridas estúpidas que le tiraba cuando a ella le iba mal en sus conciertos y que la hacían reír, pero no digo nada y sigo allí con mi mujer, mi mujer que es toda del silencio. Y soy ante su hiriente delgadez un hombre témpano. Un tipo sin pasión. Un infeliz al que su puta entre las putas le ha arrancado su humanidad de hombre y la ha arrastrado con ella hacia el submundo oscuro en el que se refugian los enfermos cuando ansían que la ciencia les permita dormir, de una maldita vez, su largo sueño en los albores del Antahkarana.

Selección de poemas de John Madison

El imperio de Octavia

Te extraño tanto, Octavia,

ni te imaginas, cielo.

Tendrás que desearme

con esta unción de fuego,

que entero me arrebata

como un tornado enfermo

para entender mis ganas

de transmutarme en hielo;

una escultura helada

que no padezca el eco

de esta hambre tan brava,

perra como el infierno,

montaraz que me vuelve

un amante esperpéntico.

A ratos, cara Octavia,

quiero tornarme invierno

para no hacerte daño,

no desvelarte a un tiempo

mis cerrojos, mi mundo

de Pandora, mis tientos

de Lovecraft que envían

tu canción a un convento

y alejan de mi puerta

tu boca de desierto.

De veras, regia Octavia;

solo pienso en ser hielo

y que algún escultor

piadoso de un certero

golpe de gracia rompa

en pedazos mi cuerpo.

Maldita sea la gracia,

lejana Octavia, tengo

que exigir a mis dioses

romanos ser de hielo.

*****

Ya quisieran las sílfides, Octavia,

que las amara como a ti te amo.

Yo te traje a vivir aquí, a mi pecho.

En las noches te llevo yo del brazo,

a visitar los nidos de corales

que cultivo en mi templo de verano.

Y tú me llamas Juan, no Marco Antonio

y un triunvirato acústico de astros

me fulmina de dicha por entero

y me vuelvo tan hombre en tu reinado

que de mi mismo, Octavia, siento miedo;

miedo de la pasión de este hombre bárbaro.

Ya quisieran las sílfides, Octavia,

que yo las quiera como a ti te amo.

*************

Ya fui el marido niño de una china

y el amante truan de una Danesa.

Soy el marido cruel de cierta inglesa

a quien saqué del fondo de su ruina.

Ya he sido por desgracia tantos Juanes

que temo me dispares del cabreo

que provoca en tu paz de jubileo

la fiebre de mi sexo y sus desmanes.

Nunca pedí quererte, pero vino

no sé cuándo ni cómo ni en qué parte

de mi cuarto y mi noche tu estandarte

de bailarina cósmica a mi signo,

y perdí los papeles por tu boca

por tus siete puñales, por tu loca

costumbre de cantar la vida en verso.

Estoy loco por ti, loco de veras,

porque el cielo cantóme que tú eras

esa Octavia de Luz que tuve un día:

un planeta de Luz, la Luz María

que orbita mi galaxia de silencio.

Y me domino, a ratos me domino

en ejercicio exacto de cordura

por no correr al norte de tu hondura:

Ayúdame señor, no sirve el vino.

No me sirve quemar Alejandría

ni apelar al concepto de la hombría

para aguantar incólume estas ganas

de correr a Argentina. Ay, qué ganas

de amar a esa mujer, zunzún glorioso

que trina solitario en su alta rama

para el bárbaro triste que la llama

su primera mujer: Eva y Lucía.

John Madison – Cuba

Arte minimalista

Gladys llegó a Madrid como el turrón, por Navidad, con su manada de bártulos y esa descarada impertinencia que la hace ser quién es: Gladys Sánchez.

Por el volumen del equipaje deduje que aquella visita iba a durar mucho y que la convivencia sería difícil.

Y camuflados entre los Manolos, los vestidos de Versace, los jeans de Gloria Vanderbilt, los pañuelos de seda, las tenazas del pelo, los rulos, el maquillaje, las pestañas postizas y toda esa marabunta de cosas propias del acicalamiento de mi señora mamá: los santos, porque no existe lugar ni galaxia dentro del universo donde Gladys Sánchez ponga el tacón en el que no estén ellos también.

La verdad es que yo nunca he creído en esas paparruchas. Sí, ya sé,  me veo en el deber de explicarles qué son los santos. Verán, hay una larga lista de deidades africanas a las que los cubanos y una buena parte del Caribe rinden culto. Así ha sido desde tiempos inmemoriales. Está Yemanyá, y Obbatalá y Oggún…

Queridos lectores, estoy convencido de que sabrán darle un buen uso a la Wikipedia. Tengo un amigo escritor (escritorazo), de esos que cuentan la vida con auténtico talento y esplendor.

El tipo no es muy partidario de los glosarios ni de las notas a pie de página. Vamos, que no hay que ponérselo en bandeja de plata a los lectores, eso dice. Si alguna palabra extraña despierta su interés sabrán tirar del diccionario.

Culturizando a la peña, que con los tiempos que corren no viene nada mal.

Pues eso, como les decía, no creo que los santos tengan el poder de solucionarme la vida. Sin embargo, allí estaba yo, desesperado, arrodillado (por amor) como un gilipollas ante una ollita sopera de porcelana ¿japonesa? adquirida en un mercadillo de barrio de artículos de segunda mano y colocada en el piso justo en el centro de una esterilla de bambú, rodeada de velas aromáticas, incienso y ofrendas florales, girasolares diría yo, porque lo que allí imperaba era el girasol a punta de pala. Una ollita  a la que mi señora mamá –Gladys– llama ampulosa y misteriosamente: “Oshún”, que para los cristianos corrientes de toda la vida no es otra que la Santísima Virgen de la Caridad, en este caso del Cobre, esa hermosa localidad santiaguera en la que se encuentra el santuario de la virgen.

Una ollita sopera que, más que un receptáculo-contenedor para deidades, semeja un objeto minimalista japonés de exquisita sobriedad en el grabado floral que eligieron para decorarla.

Ni puñetera idea de la relación entre la cultura nipona y las costumbres que nos dejaron nuestros ancestros: los esclavos africanos.

Y allí estaba yo, rayando el mediodía, ante la ollita sopera. Y en el interior de la ollita sopera: agua. Agua corriente, del grifo, ni siquiera bendita. Y unas cuantas piedras lisas y grises que, según Gladys, recogieron los santeros del sedimento del río donde se llevó a cabo la ceremonia religiosa previa a la entrega de dicho amuleto. Y el río, como todo cubano sabe, es el medio acuático de la Santa en cuestión: Oshún. La versión cubana de Afrodita.

Lo cierto es que se me hizo un cacao monumental sincretizar la ollita, el agua del acueducto madrileño y las piedras con el río y con la virgen mientras formulaba mi pedido especial.

Yo hablo con Dios muy a menudo, pero es un acto mucho más sencillo que hablarle a una ollita japonesa. Y siempre miro al cielo cuando lo invoco, que es siempre el techo de mi cuarto (uno no habla con Dios en plena calle). Sí. Es una estupidez. Según Juan María, el pastor evangelista de mi congregación, Dios está en todas partes, pero a mí me consuela saber que Dios está en mi techo.

Y como ya se sabe, nadie tiene ni zorra idea del rostro que se gasta Dios así que cada cual lo  imagina como se le viene en gana. Por regla general viejo, muy viejo, calvo y con las barbas como la cima del Everest, nevadas, mientras uno se lanza a pedir como un desquiciado sin la divina intervención del minimalismo japonés.

—¿Hijo?

—¿Mamá? ¿Es qué no sabes llamar antes de entrar?

—La verdad, es absurdo llamar a la puerta del cuarto de una. Por si no te has dado cuenta, este es mi cuarto, John.

Y claro que me había dado cuenta. Y bien. Existe una diferenciación muy clara entre el cuarto de mi madre y el mío y no me refiero al mobiliario. Mi cuarto siempre huele a ma-ría. Cualquier mortal sería capaz de colocarse sólo con abrir la puerta y dejarse acariciar por la fragancia, que no es precisamente el perfume a santidad que se supone acompaña a la madre de Jesús. De ser esa ” María” lo habría escrito con mayúscula.

—Con la de veces que me has dicho que ésto de los santos era una auténtica mamarrachada, John —me soltó Gladys, la sarcástica. Y luego un: ja, ja, ja, kilométrico. De unos tres o cuatro renglones aproximadamente.

Sí, ya sé. Jamás en la vida un escritor debe incurrir en la desfachatez de referir la efusiva alegría de sus personajes con unos escuetos y bochornosos “ja, ja, ja”. Hay que ser algo más creativo si se pretende al menos ser digno del oficio. Algo así como: lo agasajó con el desorden de su risa de opereta, el alto voltaje de su risa (puro 220 w) la electrizó hasta enamorarla, su risa era un estruendo de cristales rotos, su risa era la primavera echando a patadas, con su escandaloso apogeo, al invierno de sus penas. O simple y crudamente: se partió el culo de risa, se partió la caja, se meó (de risa) que para mi gusto va al pelo con mi personalidad, porque les advierto: no soy un escritor, simplemente alguien que se lo pasa de puta madre soltando sus paridas estúpidas por la red.

—Vaya, sí que estás metido con esa enfermera —el imperio Gladys contraataca.

—Como un camión en un bache. Y qué —contraataqué yo, el hijo del Imperio.

—No sé yo. A esta muchacha la encuentro poca mujer para un viudo de cuarenta y seis años al que le apasionan los combates nocturnos cuerpo a cuerpo, estás muy al día. Se te va un dineral en putas. Como sigas así no va a quedar ni un solo peso de la herencia de tu padre.

—¡Gladys!

—Con la de veces que le pedí a Oshún que te hiciera sentar la cabeza. Robertico necesita una mamá.

—No digas estupideces. Él ya tiene una madre.

—En el cementerio de Madrid. Desde hace quince años.

—Sí. Quince años de soledad.

—Si no espabilas se te van a convertir en cien como a García Márquez. Hijo, hasta cuándo vas a seguir venerando a una muerta.

—Y mira quién fue a hablar. Tú tampoco has tenido hombre desde que murió papá.

—Es diferente. Tu padre es irremplazable. Con lo feo que era, pero luego era tan especial. Un pedacito de pan. Cantaba de escándalo por Sinatra y bailaba tan bien los boleros. Apretaditos. Ay, era tan romántico. Cada vez que visito el blog de tu amigo me acuerdo de tu papá.

—¿El blog de mi amigo?

—”La maldad aparente”, que poemas que escribe ese hombre. Demasiado para este corazón.

—Gladys, no sé qué bicho te habrá picado para que confundas de esa manera tan cruel la velocidad con el tocino. Papá era corredor de apuestas. Sí. Hubiera sido un poeta tremendo. Reconozco que se marcaba unos poemas de amor de campeonato. Pero a excepción de los versos no entiendo la conexión entre un corredor de apuestas neoyorkino y la brillante carrera literaria de un señor  de procedencia israelí.

—Bueno sí, sí, lo reconozco, Gavrí Akhenazi es más bueno que papá fabricando versos. Es por esa frase.

—Ah, ya: “porque todos los monstruos somos, en el fondo, románticos”*.

—Sí. Tú papá era un monstruo muy romántico al que echo mucho de menos. Y ya estoy muy mayor para despertarme con esa deprimente visión de una dentadura flotando desfigurada en un vaso de cristal, lavar gayumbos y tomar sopa en compañía.

Pero fíjate qué sorpresa lo tuyo. Va a ser que Oshún ha oído mis rezos, de lo contrario no estarías ahí tan arregladito, arrodilladito y con las manos junticas sobre el regazo y esa carita de “no he roto un plato en toda mi vida”. Pero si vas a embarcarte en esa relación te aconsejo que seas el mismo canalla de siempre.

—¡Gladys, ya está bien de jueguecitos de palabras!

—Bueno no lo niegues, amor mío y corazón de otra, que tú eres muy canalla. Ahí saliste a tu papá y cada madre sabe qué clase de hijo tiene, pero un canalla atento y super simpático. Y a las mujeres nos vuelve loca esa versión del canallismo. Y si ese hombre está, además, como para hacerle un par de homenajes, así, uno detrás del otro y sin descanso … y tú has nacido de pie, pero sólo porque te pareces a mí en eso de la hermosura y no a tu papá. Gracias le doy a la Santísima Caridad del Cobre. Los feos tienen que emplearse a fondo y muy a fondo en el amor …

—Y las madres métome en todo y lengua larga muy a fondo en el silencio.

—Porque un feo, re-feo, bueno, yo estuve casada cuarenta años con un feo maravilloso, poco creativo en la cama…

—¡Mamá!

—De acuerdo, hijo, no te molesto más. Te dejo para que tengas unos minutos con Oshún. Y ojito. No le prometas a cambio nada que no seas capaz de cumplir. No sea que se ponga brava y se tome la revancha.

—¿Cómo qué?

—Despedirte de las putas y de la marihuana.

John Madison – Cuba

Maferefun, Cuervo

Me preguntaba yo, luego de hacer la siesta,
qué pasaría hoy,
exactamente hoy. Un Lunes a las seis
si me muriera.

Mi amor, mi gran amor del mundo y de los mundos
buscaría otro amor,
porque tú sabes bien, amigo mío,
de amor nadie se muere.
Y el hombre siempre vuelve a ser amor.

Es ley de vida.

Mis hijas, mis mataharis guerreras. Compañeras
de fatigas del alma
a las que hice mujeres
antes de que sus ojos lo pidieran,
a las que hice montañas
sin posibles ascensos de lo absurdo,
se buscarán la vida
con tal de que la vida no las muerda.

Como les enseñé.

Me quiero más que nunca en esta hora.
6:45 de la tarde.

Cada trozo de carne, de manos y de noche.

De mí, lo adoro todo.

Porque quiero vivir
pa’ que vivan los míos mi alegría.
Mi son de libertad.
Cada grito de guerra que le doy al destino.

Vaya a la mierda el diablo y sus tragedias.

Nunca creí en la muerte. Ni quiero que me lloren.

Que corra el ron sobre cubierta.

Pero aún queda mucho que dar a nuestra flota.

Maferefun mi cuervo,
Maferefun.

Ayer mañana y siempre.



Mamá, quiero ser sonetista

Querido Juan Ramón, pido un soneto
como quien pide en medio de una fiesta
vuelen al aire ritmos de bolero
para amarrarse al cuerpo de una hembra.

Tu abolengo y montura, moguereño,
inalcanzables  son para mi empresa.
Lánzame un cable a tierra, viejo arriero,
desde tus anchos vuelos de poeta.

Pues de catorce patas y once nudos
se presenta la bestia ante mis ojos
retándome a montarla en desafío.

Si domarla consigo, te aseguro,
la bulla va a escucharse en “Alto Songo”.

En su grupa violenta voy mecido.



Aún sigo en Estocolmo

Aún sigo en Estocolmo.

El galeón
se derrumba
sobre la laxitud
callada de su suerte.

Es un Lázaro envuelto
en un sudario blanco de carámbanos
a la espera de Cristo,
un témpano aquietado sobre el mar
negado a subyugarse.

Hoy nieva en Estocolmo.

El ancla se resiste a toda orden.

La arboladura gime
y el velamen
sisea moribundo entre mis rezos.
Los ángeles custodios
han tendido sus alas
sobre el sindicalismo
de la huelga.

El tiempo confabula.

La ciudad confabula
como una bailarina caprichosa
que ofrece a los turistas y portuarios
su exigua pompa de gogó falsaria
solo por retenerlos.

Quizá mañana.

Quizá mañana ronden otros vientos
y llueva en Estocolmo.

Desde cubierta exijo a lo divino:
—Que no cese. Que no calle, Señor
mi delgada llovizna libertaria.

Ésta palabra ardiendo que me cruza la frente
y los deseos.

Que no calle tu índigo de peces
ni tu morral de panes de futuro
que barre con pensarte
las rejas de mi oscuro falansterio.



La buena estrella

Algunas noches
no quiero ser marino.
Solo Goriot.

Ese Goriot tan francés y abnegado
que ofrece sus rodillas
a tu joven ventura
y bebe sopa amarga con migas de pan duro
sin quejarse durante todo el año.

Y el otro,
y el siguiente.

Para cumplir con todos tus caprichos.
Mi botín a los vientos
para limpiar tu estrella.

Pero no necesitas un Goriot,
sino a este Draco de papel
que mata
a puros cañonazos,
a los caimanes fieros de la ciénaga
que veneran a Giorgio.

Un igual que conozca la magnitud y el peso
de tu terrible caja de pandora.

(De: A instigación del viento)

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