«Esdrújula-mente», «Serendib», Ana Bella López Biedma

Imagen by J Plenio

Esdrújula-mente

Como una Hipatia torpe que no intuye la órbita
donde tu boca artera debajo de mis párpados
dirigirá su rumbo en tacto de relámpago,
te espero a cielo raso fuera de toda lógica.

Y te espero temblando, desnuda de retórica,
cansada de otro lunes, anhelando ese sábado
que hay en la comisura de tu decir de escándalo
donde solo yo veo tu soledad inhóspita.

Has destrozado en vuelo esa barrera última
donde parapetaba mi ternura de acuífero,
volviéndome mujer de transparencia impúdica

que te busca en los labios un resquicio de oxígeno.
Para sobrevivir en mi mundo caótico
he imbricado a mi piel tu corazón indómito.


Serendib

Me resisto a la inercia de romper el espejo,
de construir mañanas de polvo y de quimera,
de aguardar mientras otros me llenan la cartera
de verdades prestadas. Existo en el reflejo

de la mujer hermosa de sol dulce y añejo
que corre por las calles sin masticar la espera
con los huesos en flor. Boca salina y fiera,
no me agrieto jamás por ningún dolor viejo.

Miro en tecnicolor los espacios más grises
y habito entre las ruinas con ventanas al mar.
Mi suerte está en tu estrella que alumbra mi recuerdo.

Guardo cartas de espuma en el bolsillo izquierdo
de mi camisa. Canto sin garantías bises
y doy gracias si a ratos conjugo el verbo amar.

«Brama», contrapunto, Ana Bella López Biedma – Gavrí Akhenazi

Respiro tu animal de boca suave
y tus dedos recorren mi tiniebla,
despejan, sin temor a los caminos,
las roncas sensaciones de mi bestia
y nos calan, profundamente vivas,
en su inmoralidad, nuestras mareas.

Desarmo el valle fértil de tu espalda,
y te siembro los dientes de mi huella
si tu voz se reclina en el susurro
cortada en el amor como una cuerda
que me salpica entero con tu nombre
al estallar vocales que se queman.

Hacemos del amor la indisciplina
que sacia sus orgasmos con violencia
en esta soledad bajo la noche
y en este bar de copas de la pena.

Así, juntos y solos, como siempre
ceñimos el vaivén de las caderas
y el mundo es este mundo interminable
en que somos un macho y una hembra.

Después vendrán de nuevo las distancias,
la prodigalidad de las ausencias,
el tiempo camaleónico del bien
donde no cabe el coito de dos fieras.

Cumplamos con nosotros esta noche.
Ya se verá después, qué nos espera.

Gavrí Akhenazi


Respiro de tu boca como el beso
que nunca ha sido beso. Te desvuelas
en la fragilidad que de mi nombre
llega a tu nombre. Urdes con tu lengua
ese verso puntal que se me clava
en el centro voraz de la contienda
de medirnos la sangre, siempre al borde
de cada oscuridad. En la marea
de tu playa me adentro como un barco
cansado de su piel, suave madera
abocada al naufragio de una noche,
vencida por el filo de la ausencia.

Tu mano seminal traza una ruta
que va desde tu hastío hasta mis huellas
y muerde con la urgencia de las ganas
los muslos de mi soledad. Te acepta
la mujer que se esconde entre mis pliegues,
lluvia sumisa, tempestad violenta,
hecha toda de agua en la palabra
que nunca pronunciamos. En tu puerta
he dejado la ropa y los despojos,
abiertamente sola a cielo abierta.

Ana Bella López Biedma


A mi costado, mansa, frágil, dulce
tu orografía es un planeta inmóvil,
una curva de luna atravesada
por la penumbra de la medianoche.
Llena y frutal, igual que un higo intenso
tu sabor de abrevar constelaciones
me ciñe sus perfumes a la boca
y me empapa la piel de tus olores.

Ahora estamos así, serenos, anchos,
gozados en el filo de otros soles
y pronto yo me iré, de madrugada,
gato fugaz que escapa a sus rincones,
mientras tú aquí, de pronto alunecida
guardarás en tu vientre sin temores
las voces de pasión con que no hablo
por no quedarme fiel, junto a tu nombre.

Gavrí Akhenazi


Agreste pergamino el de tu tacto
que vira en ámbar líquido si posas
la lluvia de de tu aliento por mi talle
escuálido de sol. Tus manos rotas
se acercan tan extrañamente lentas
que parecen sembrar piedras preciosas.

Igual te irás, si acaso es que estuvieron
cerca de mí tu sangre y tu derrota
o quizás era solo el espejismo
de la luna en el charco de mis botas.
Acaba el onanismo de las letras
dibujando humedad bajo mi ropa.

Y es que no me conformo con los dedos
de un hombre que me sepa más que sombra
o el sueño de una noche de verano
que me busca en invierno por la boca.

De espuma son las aves de mi vientre
y vuelan con la sed de las deshoras
cuando muerde el insomnio mis costuras
de mujer desoladamente sola.

He cerrado las puertas de este cielo
y vuelvo suavemente a mi pagoda.

Ana Bella López Biedma


Tu pagoda es aquí, junto a mi mano
que se extiende a tu mundo de humedales
tallando un huerto de árboles frutales
a filo de puñal.
Lento artesano
sobre el sancta santorum de tus males,
limpio tu soledad y los retales
de otros dioses ausentes.
Te profano
en tu actitud de ánfora sagrada,
con mi voracidad desvergonzada

y es tu estremecimiento un canto vivo
que libera la bestia con que escribo
esta letra callada.

Gavrí Akhenazi


Ronco bandoneón,
llega tu voz a mí pausadamente.
Del ombligo a la frente
me va desanudando de emoción.
Extraña tu canción
abre el brocal del alma. Puro viento
cuando tu boca brama el sentimiento
sin disfraz ni atadura.
Tiembla, pausa y premura,
la piel, breve el espacio en que te siento.

Me desarma tu canto, negro y luna,
calor de cielo rojo en primavera.
Vale la espera
el tiempo de sin ti, nada y hambruna.
Me juego la fortuna
sentada en el arcén, pasa la vida.
Y mi silencio al beso de tu herida
sobre la alfombra de la confidencia.
Dame la esencia
de tu lágrima honda y más prohibida.

Bebámonos el vino
que nuestra soledad nos brinda en el camino.

Ana Bella López Biedma

«Cristales oscuros», Ana Bella López Biedma

Imagen by Lisa Runnels



Criaturas extrañas, las casas sin cristales iluminaban sus ojos con la tristeza de las farolas.

Él era la boca de tragarse noches y las manos del hambre. Y yo carne de pérdida.

Fue más la forma de violar el pensamiento, cuando la lengua taladró un agujero pulcro en mitad del cerebro y puso allí su nido de serpientes.

Eres mala.

Cierro los ojos. Veo el mar y una playa desierta. Canturreo sin mover los labios. No estoy aquí.

Tú eres la culpable.

Él me robó el apellido de todos los hombres. Después odié a mi padre. Lo odié tanto que casi lo perdí.

Cantar me devuelve la parte de mí que no sobrevive.

***

La sonrisa es un ave migratoria.

Con los dedos palpo su vacío en mi rostro. Toco la piel del llanto. Toco la nada.

No existe la primavera. Es una excusa del destino para volver más crudo el invierno. Yo no sentía el frío cuando era cadáver.

Migró también la luz de las pupilas, el tiempo de soñar y el cielo virgen. Ya no me encelo más con la alegría. Es demasiado agudo su filo para mis venas. Y al final lo pongo todo perdido.

***

A veces me siento enferma de ruido, ese ruido que alguna vez será silencio y ahora es un murmullo gris, espeso, desquiciante.

Soñarse en otra boca es ahogarse en un mar escuálido y turbio. Derramarse por la boca en una marea que se mueve siempre de dentro hacia fuera, que anega la otra boca y hace desaparecer el mundo. Lo otro es besarse sólo. Y solo.

Anoche soñé que estaba condenada a muerte. Esperaba en un patio que parecía un desierto. Nadie venía a despedirme. El miedo se agarraba a mi costado como un dios terrible y la muerte no era el dolor, el dolor era la soledad infinita, ese patio infinito, ese mar infinito.

Soy un alma diminuta que guarda las distancias para no romperse.

***

Besar una lápida es tan triste… se quedan ahí los besos, afuera del silencio, descolgados y en ruinas. Y tú los miras, tan ajenos, mientras aún te humean los labios y piensas que parecen las guirnaldas de un árbol de navidad en febrero.

Algunas veces me alegro de ser tan diminuta por dentro. No me cabe el dolor y sobrevivo a base de anestesia y prisa.

Reconozco el sabor de los charcos y todos los te quiero que se me quedaron varados en la boca.

***

No hace falta conocer el día exacto. Está ahí, agazapado, buscándote la lluvia y los despojos. Como el olor de un trueno, como el hambre que viene tras el hambre, se acomoda dentro de tus entrañas y espera. Es el final que llega y con él, el silencio.

La primera ventana al mundo emerge de los labios del deseo. Letanía dulce que acalla la razón y vuelve la piel líquida. Es el sueño que vive en otro sueño, del que nunca despiertas. La voz incandescente, la premura de un beso sin esquinas, la estación de un tren desnuda como un páramo y tus pasos, y sus pasos…

Y luego viene el pensamiento en vilo, el tragaluz de los quizás, el vuelo del mañana que no llega, las manos en un cuerpo como interrogantes, querer clonar la vida y converger dos líneas paralelas. Y todo goteándote la boca porque el alma también tiene los muslos de una mujer sin luna. Y así pasan las noches…

El último balcón tiene vistas al vacío. Allí, donde los días no son sino recuerdos de agua que destilan las manos y las lenguas, es donde te emborracha el dolor y desdibuja el sol de tu silueta, volviéndola de sombra y de costumbre. Allí se cierra el círculo y el mundo se vuelve inhóspito y fugaz como las cosas que no importan.

Por qué, dirás, por qué, sabiendo ya el destino de un infierno diminuto y febril donde sólo cabe tu nombre, por qué seguir siendo parte de un presente imposible. Porque estoy viva hoy y ves, es más de lo que dije nunca antes.

***

Estaba sola antes de estar sola. Envuelta en un papel de estraza arrugado y triste.

Estaba sola con mi soledad de orilla sin agua, sin pisadas, tan de arena que ni sed tenía.

Y me inventé un reflejo de luna para las noches largas, luminoso y frío, trazándome una línea en el suelo. Yo era la equilibrista de la sonrisa pintada y la pértiga sin límites.

Me lo inventaba todo. Por eso ya no hay nada.

Ana Bella López Biedma vs Sergio Oncina, contrapunto

Imagen by Katya Guseva

Yo soy de Madrid y puerto,
dividida en mis amores.
Salitre y sol, los olores
de mi corazón abierto.
Solo en la mar me convierto
en un barquito de vela
que va siguiendo una estela
invisible a otra mirada,
la de una cometa alada
que me juega a la rayuela.

Yo soy de pueblo de mar.
En mis primeros abriles
de cantos y aguamaniles
con sus manos de volar
mi madre, clara y almar
tejía flores de luna
por las barras de mi cuna.
Y el hierro soñaba arena,
y el rebozo, yerbabuena.
Sus ojitos de aceituna

arrebolaban la tarde
entre coplas y la brisa
competía con su risa.
Que su luz la salvaguarde
allá donde esté. Cobarde
la muerte, que enamorada
se la llevo una alborada
del brazo, como un amigo.
Mi soledad, yo conmigo,
siempre dentro mutilada.

Ana Bella López Biedma


Mis muchos pueblos son uno
y el uno se encuentra en todos:
madres de lengua y de modos,
padres del pan y el ayuno.
Vívido el niño que acuno
sobre un páramo de fuego
con la nostalgia del juego
y el sabor de la inocencia.
Pueblos de niño y creencia,
pueblo de lucha y de ruego.

Abuelas de la labranza,
carros de vacas y cincha,
trazo reseco que pincha
y a las vísceras alcanza.
Rostros adustos. Semblanza
surgida del aire frío
y del paraje sombrío.
Fuerza de carnes morenas.
Atemperadas sus penas
a golpe de puro brío.

Bicicletas que en sus hierros
guardan sudor y trabajo,
bielas arriba y abajo,
esfuerzo en días de perros.
Tormentas en los entierros
con infiernos prometidos
para los que, descreídos,
no ven a Dios en la mina
cuando el grisú extermina
hijos, padres y maridos.

Sergio Oncina


La oscuridad, gota a gota,
se va filtrando en la tarde
mientras el cielo hace alarde
de su última derrota.
Vibra en el aire la nota
de un pájaro estremecido
y hasta la boca del ruido
se calla por un segundo.
En la cornisa del mundo
crece la sal. No ha llovido

y el paisaje cristaliza
suspendido en el destiempo.
No se pasa el pasatiempo
de esta no-vida postiza.
Quiero dibujar con tiza
una ventana en lo oscuro
y escapar de cada muro
que la realidad impone.
Busco la luz que emocione
esta piel de sinfuturo.

Invento una costa larga
toda tierra y sol, un puerto
de barquitos, mar abierto
mientras un quizás me embarga.
Pasará esta nube amarga
y en un banco, frente a frente,
nos sorprenderá el relente
entre historietas y guiños.
Alicia y Pan, siempre niños,
libres siempre en nuestra mente.

No más cartas amarillas
ni más sepia en nuestras fotos.
No astillaré besos rotos
para unir nuestras orillas.
Retrocedo en las casillas
de este juego improvisado
y dejo atrás el pasado
pintando un nuevo paisaje.
No traigo más equipaje
que un corazón desnortado.

Ana Bella López Biedma


Existen tantos modos de añorar el pasado
como hombres que sueñan con futuros mejores,
ayeres y mañanas que emborrachan el hoy,
utopías sin luces para evadir las sombras.
Me confieso culpable, reo de la nostalgia,
soldador de recuerdos que debieron morir
bajo el manto real de lo que veo y toco,
fabulador, infante, mi propio ilusionista
y lechera del cántaro que se rompió en añicos.
Espero veredicto sin miedo a la condena
pues no hay mayor castigo que obviar el presente.

El efímero paso para el grano preciso
que entre las estrecheces se abandona y decanta
minúsculo y medroso, sin mirar hacia arriba,
a un ineludible encuentro con el tiempo.
Qué sentir de camino, a merced de la fuerza
que me arrastre hacia abajo, gravedad insolente,
y no cese en el empeño de buscarme un lugar
sobre la alfombra poso donde el resto murió.
Cayéndome al vacío, cementerio de granos
en el que aglomerarse viendo a otros vivir.

En una tumba oscura seguiré siendo yo,
errante en el paisaje de la memoria viva
o soñador de encuentros salvajes y furtivos
con alguna mujer a la que no conozco.
Quizás logre aprender a pedir libertad
con los ojos cegados por las ausencias nuevas
y el ahora me haga más falta que el ayer,
y no importen los luegos porque todos me alivien.
Pero “quizás” no es término que asegure verdades
y yo soy un cazurro, viejo-niño romántico.

Sergio Oncina


Los días van pasando. Uno tras otro
se suceden inevitablemente
monótonos y eternos. Y se vierte
ese líquido espeso en cada roto
de lo que soy, sin un quizás o un pronto
que muerda esta mortal alegoría
de vida sin vivir. Y en estos días
de olvido, a mi lugar llega sereno
el eco de tu voz, igual que un péndulo
constante en su vital melancolía.

Hoy que me siento absurda, que mi voz
se quiebra en viento y sal por las esquinas
he vuelto al dulce añil de tu sonrisa
por sacudir de nieve al corazón.
Y se ha parado el tiempo en el reloj
mientras piso tus calles. Voy descalza,
con la tristeza a cuestas, que se ensaña
como un animal vivo y que me muerde
el vientre, el corazón y hasta la mente.
Te busco en las costuras de mi espalda.

Me llama el soñador que se despoja
de alardes y disfraz, y que en su mano
lleva tan solo el niño que ha quedado
después del qué dirán o a quién le importa.
Me llama cuando agrieta con su boca
el verbo soledad que hay en mis noches.
Quedan en pie una mujer y un hombre
y un mundo de papel en cada sueño.
Y queda el ancho mar del pensamiento
para inventar un mundo sin razones.

Ana Bella López Biedma


El hombre medía silencios y sílabas rotas
sin voz que entonase sus versos de vida vacíos.
Llegó la mujer. Desdoblándose parió con sus notas
los ecos del viento y un mundo sin días sombríos.

Entonces, el hombre callado miró a la mujer
atónito y firme, admirando sus luces y rayos,
tan cerca y tan lejos, sin ojos que mientan al ver
que brota las flores si duermen abriles y mayos.

Y, juntas sus voces, se agrandan rompiendo cadenas,
reúnen las aguas calmadas creando los mares
con pizcas de sal agrietada y lunas que llenas
agitan las olas y funden comunes glaciares.

Sergio Oncina

Un poema de Ana Bella López Biedma

Polvo de mariposas

Digo tu boca y digo mar en llamas,
toda de azufre y luz, y a la intemperie.
Con cada negación sobre mi vientre
digo tu boca y digo madrugada

hecha de pan y muérdago, lejana
constelación de sal, estrella inerme.
Y digo tentación, y digo puente
en el vacío azul en que me abrazas.

Digo tu boca oscura en el silencio
donde no cabe nada más. Te pienso
prolongación de piel sobre mis noches,

extrañamente mío, leve roce
de plenilunio. Hondo temblor, me existes
polvo de mariposas, fiero y libre.

«Pagoda, otras prosas breves», Ana Bella López Biedma

Yo sé que no soy pájaro ni vuelo. Apenas polvo suspendido en el aire. O alguna cosa frágil, delicada, un respirar de loza, la sombra en un cristal.

A veces me pregunto que se siente afuera de esta yo que se arrebata siempre cielo adentro. Polvo a contraluz extrañamente quieto. Polvo sin viento. En espera.

Como un lugar donde nunca entra nadie. Como un espacio solo. Solo.


Escribo puentes de cristal, diminutos, invisibles al tedio o a la prisa. Filamentos de luz que con la luz se quiebran. Tejidos con las manos aun niñas, libres de culpa o de razones. Apenas una respiración cercana basta para que se diluyan en el aire y desaparezcan.

Pero yo escribo puentes de espuma sobre la piel del mar, salpicados de sal, como ese primer beso que no llega y se queda en el borde de los labios, vestido de promesa. Puentes que solo esperan pero que nunca esperan. Ajenos a la lluvia en mi ventana, o al monótono gruñir de la lavadora. Ajenos a la vida.

Escribo puentes hechos de palomas mensajeras. Puentes que no dicen nada, y no quieren nada. Miles de puentes que parten de un lugar que es solo mío. Puentes perfectos que a veces, casi sin darme cuenta, alzan el vuelo.

«Exégesis», «De esperas», «A pura muerte», poemas de Ana Bella López Biedma

Imagen by Mollu Rose Lee

Exégesis

Agitas la distancia
como un pañuelo blanco contra el cielo.

Nada te toca afuera de tu llanto o tu risa.
Hombre de peces quietos sin escamas
que reniega del tacto de oleaje
y del mar hecho añicos.

Hombre de piel de herida, nunca dueles,
cara de mimo, toda escarcha y tajo
y siempre sangre adentro.

Te observo en el alféizar de mis noches
-de sábanas inermes-
bámbola apenas luz hecha de llanto,
mientras te boicoteas las esquinas
con papeles que crujen
como grillos pisados, o que cortan
la yema de los dedos con su látigo.

A veces me pregunto
cuándo tiembla tu arena
al contorno de espuma, o se derraman
flores incandescentes en tu boca.

Cuando la oscuridad
sueña renglones rotos en tu abrazo.


De esperas

Donde pongo mi voz, pongo la espera
y pongo mi silencio si es preciso.
Guardo en mi boca el sol más insumiso
y en la caricia soy blanca bandera.

Donde pongo el amor me ofrezco entera,
sin medida, sin precio y sin permiso.
Abraza al hierro mudo en compromiso
mi vocación tenaz de enredadera.

Donde muere la sal beso la herida,
donde brota la sangre más oscura
cierro con mis dos manos y en sutura

derramo mi agua clara, canto y vida.
De espera el corazón, sin parapeto,
hibernará a tu verso, tibio y quieto.


A pura muerte

Acomodo tu verso a mi costado,
una estatua de luz, un dios obsceno,
tan fieramente dulce que un pecado
me graba a sal tu lengua como un trueno.

Me tiembla el agua en tu reflejo armado
de níspero procaz, hirsuto y pleno,
que empujo a la pared en verbo osado
bebiéndome de un trago su veneno.

A plexo descubierto y piel devota
la lluvia escribe en piedra los vaivenes
que anegan mi garganta gota a gota

y desanuda el sol de mi cordura.
Guardo el último canto en que te avienes
y abrazo a pura muerte tu ternura.

«Llueve», «Tiempo de bruma», «Soneto de invierno», tres poemas de Ana Bella López Biedma

Llueve

Me crecen las ortigas en la boca
donde antes sólo había un mar de espliego.
En tus manos de azogue y voz de fuego
lo que fue pedernal se ha vuelto roca.
Mi piel no se equivoca.
Soy el hambre que existe entre dos despedidas
o el olor de estas lágrimas suicidas
que siempre se deslizan por mi cara.
Mi vocación de beso y almazara
no llega a tantas vidas.

La espera se hace líquida y fecunda
en todos los espacios de mis noches.
Mientras en las aceras, los parques y los coches
llueve ausencia de ti, llueve e inunda
cada rincón. Como una flor rotunda
crece el dolor, un agujero espeso
que rompe cada luna, cada hueso
entre sus dientes de alimaña impía.
Llueve y no hubo nunca mas sequía
en este corazón torpe ex profeso.

Tiempo de bruma

Hay días largos y fríos,
como una tundra infinita
que se extiende ante los ojos
y nunca se va. Proscrita
del paisaje de la piel
huye la vieja alegría,
mientras las ausencias clavan
su silencio en las costillas.

Me rebelo en soledad
a la muerte sin orillas
que se lleva los pedazos
de la que fue nuestra vida
en un hermano, una madre,
viejos, jóvenes, chiquillas…

Nadie se escapa al abrazo
del adiós. Y aunque no olvida
nuestra realidad presente
el puntal de tanta herida,
hay que honrar al que no está
con cada sol que nos brilla.
Nada nos cabe en el hueco
de un corazón a medida
que nos completaba ayer
y hoy es sombra en cada esquina.

Pero el tiempo, hecho de bruma,
se está yendo de puntillas.

Hay que soltar la tristeza
del pasado retenida
cuando una mano aparece
como un pájaro suicida
para ventilar la casa,
sacudir las esterillas
y llenarnos el jardín
de guirnaldas y bombillas.

Dejar que nos vuele adentro,
y que pose su caricia
en el alero del mundo
donde todo va deprisa.
Que nos sosiegue las nubes
y nos respire de brisa.

Que recuerde quiénes somos,
esa espontánea alegría
que se anida en nuestra boca
cuando se encuentran las risas
y chocan en la distancia
como dos locos tranvías.
Ese tiempo compartido
donde no caben mentiras,
y las promesas se cumplen
y los tiempos se apaciguan.

Soneto de invierno

He bailado en el agua frente a frente
con tu ausencia de páramo. Desnuda
he rozado tu prisa que se muda
dejándome su rastro de aguardiente

en la garganta de soñar. La gente
ha pasado por mí sin ver que, aguda,
se clava la palabra de tu duda
bajo la piel de mi coraza. Miente,

porque no quiero desvivir contigo
si me dejas las manos sin abrigo.
Por ti el milagro, tú sembraste eterno

la flor exuberante en mis despojos
y brotó tierra y agua. Ahora el invierno
ha vuelto a la ciudad que hay en mis ojos.

Ana Bella López Biedma – España

Fantasy by Syaibatul Hamdi

El lugar de la codicia

Te miro tan desde lejos
pero te miro tan cerca…
bajo los húmedos párpados,
como una niña traviesa
mira en el escaparate
un gran helado de menta
y se relame en silencio
con su boquita entreabierta.

Te miro cuando no miras
en el trasluz de las puertas
bajo el cristal del asombro,
aunque me pongas mil rejas
te miro. No hay más lugares
donde me lleven mis velas,
si tú te mueves, mi norte
contigo se mueve. Trepan
las ganas sobre mi cuerpo,
voraces enredaderas,
y me envenenan los labios
en arrebato y ausencia.

Te observo, pez taciturno
sin agua y sin sed. Me apremia
el deseo de estrujarte
hasta que sangren las piedras.

Te miro cuando sonríes
con ese rictus de niebla,
y cuando cierras los ojos
al borde de las estrellas.
Con ese gesto tan tuyo
de levantar una ceja
en ese segundo mágico
que se rompe la tristeza.
Te miro tan en silencio
como una estatua muy vieja
y espero, como tan solo
el mármol forja la espera.

Te codicia mi saliva
sobre el pensamiento, mientras
la carne se vuelve roca,
la roca se vuelve arena
y se la lleva la brisa
devolviéndola a la tierra.

De bermellón y de luna
sobre tu espalda de absenta
he pintado con mis ojos
veinte pinturas de guerra
y con la lengua he borrado
toda la sed de la tregua.
He cincelado de espuma
la verde sal de tus huellas,
y se ha varado en tu orilla
hasta mi última madera.

Te miro hasta lo profundo
de esta profunda quimera.



Somnium ex machina

Hay un lugar azul, como de lirios
y de temblor, una pequeña isla
de naranjal en flor donde la luna
se asoma al tragaluz de los deseos.

El tiempo allí transcurre
en una espera larga hecha de azogue
y puentes levadizos. Un silencio
que apenas hace ruido llena todo.

Extiendo el brazo. En él
se prolonga mi mano hasta los dedos
y más aún hasta la arena tibia.
No soy yo quien la toca, es esa luz
que sale de estos dedos que casi no son míos,
dejando un aleteo de ternura.

Un perro escuálido
me mira desde lejos. Adivina
mi corazón con vistas al presente,
mis trenzas a estrenar. Sé que sonríe.

Una cabaña cierra el horizonte.
Allí entre sus paredes
hay un aguardentero de piel extinta y seca,
de junco y piedra clara
que licua las palabras en frascos transparentes
y los regala siempre al por menor.
Allí bebo feliz hasta el derrumbe.

Luego cruje la calle
y frena el autobús con su sonido triste.
Amanece Madrid por las esquinas
con su beso de Judas fluorescente.

Ana Bella López Biedma

Quiebra la noche

A paso lento, sin ganas,
se va acercando el verano
y yo sigo en este invierno
sin el vuelo de tus manos.

No pienso en ti, no te añora
este cuerpo tan huraño
mientras mis dedos escriben
tu nombre, seco y amargo
en las ruinas de mi ombligo.

La oscuridad de mi cuarto
te dibuja entre las sombras
y en mi sombra reflejado.

Toca tu ausencia mi pecho
caído, desangelado,
y se eriza el pensamiento
con el roce de tus labios
sobre el arrecife dulce
de mis caderas, y el barro
que amasaban tus gemidos
en la arena de mis años.

Quiero el peso de tu furia
sobre mi cuerpo, naufragio
con que le arrancas las velas
a este corazón exhausto.
Golpea, aprieta, diluye,
expande y licua mis labios
sobre la cruz de tu boca
lo mismo que un relicario.
Quiero mi lengua en tu ruina
y en tus lágrimas mi llanto.

Por la nieve de mi sueño
tu saliva ha cincelado
espinas y rosas rojas.
Aráñame los espacios
donde no me existe nada
salvo tu ausencia. Reclamo
todo el peso de tu cuerpo
abriéndome en dos, espasmo
en que se quiebra la noche
con el eco de un orgasmo.

Ana Bella López Biedma

Cuatro minutos

Han pasado varios años pero el viejo café sigue igual. El piano vertical, castigado contra la pared del minúsculo escenario, con su foco amarillento que magnifica ese aire decadente que tiene todo. Las pequeñas mesas diseminadas por el local en penumbra y ese olor indefinible a polvo y a nostalgia que nunca lo abandona. Ella camina entre las mesitas casi a tientas, hasta llegar a la tarima. Se quita el abrigo después de haber dejado a un lado la guitarra que desenfunda inmediatamente con delicadeza, casi con devoción de amante. Posiciona el pie del micrófono frente a la banqueta alta, hasta el lugar exacto, como si todo formara parte de un ritual mil veces repetido. Y en el fondo así es, aunque haya pasado mucho tiempo desde la última vez que estuvo allí.

Recuerda aquella otra noche, esa primera vez. Sus manos temblando mientras situaba cada uno de aquellos objetos, el gesto de afinar su guitarra, de sentarse mientras asía inconscientemente el micrófono, cómo se aferraba a la banqueta de bar. Y de respirar, de respirar profundamente como le había dicho su hermana que hiciera: “Nena, cuando salgas al escenario respira, cierra los ojos, respira e imagina que todo va a salir bien. Y así será”.

Había elegido aquella canción porque le hacía sentirse cómoda. Rememora aquel instante en que se volvió a colocar en el asiento por enésima vez, inspiró cerrando los ojos, y soltó después el aire mientras los abría. Ese fue el momento exacto. Sus ojos inconscientemente se dirigieron al fondo, a un punto lejano que le diera la seguridad que le faltaba. Aquella mesa esta ocupada por alguien que apenas se adivinaba en las sombras. Su mano movía lentamente un vaso ancho con algo que parecía whisky con hielo. Pero ella se quedó parada ahí, justo en sus ojos. Ojos de lobo, pensó. De lobo o de felino agazapado y hambriento. Un escalofrío subió por su espina dorsal mientras su rostro se acaloraba. Apartó la vista y tomó fuertemente la guitarra. Aquel contacto siempre le hacía sentirse bien. Encendió el micrófono y empezó a cantar.

Lía con tu pelo un edredón de terciopelo…

Tenía que volver a mirarlo. Lo hizo. Fue un error. De pronto desapareció todo ante sus ojos. Las mesas, la gente, todo se difuminó en un entorno extraño e irreal. Solo quedaron aquellos ojos carnívoros de sombra. Sentía cómo palpitaba su garganta.

Lía entre tus labios a los míos, respirando en el vacío…

Eso era. El vacío. Se ahogaba en ese espacio carente de oxígeno y a la vez, se iba convirtiendo en una sustancia cálida, liviana, poderosa. Oía su propia voz como si estuviera fuera de su cuerpo y le parecía mentira que sonara así, tan suave y sosegada cuando ella apenas podía contener aquel temblor que amenazaba con tirarla al suelo.

Lía con tus brazos un nudo de dos lazos…

No sabía en qué momento había ocurrido pero estaba cantándole a él, a aquella silueta sin nombre. Y a esos ojos que parecían atravesar todos los objetos y hacerla vibrar como un diapasón dulce e incontrolable. Si dejaba de mirarlo el mundo se desmoronaría.

Lías tus miradas a mi falda, por debajo de mi espalda…

No podía quitar la vista de aquellos ojos. Apretó los muslos para sentir la frialdad de la madera contra ella, en un vano afán de contrarrestar ese calor ingrávido y absurdo que se iba expandiendo como una onda en el agua sobre su piel.

Líame a la pata de la cama, no te quedes con las ganas de saber…

Rendida. Así se sentía. Se hubiera ido con él a cualquier parte. A un portal en penumbra o a París, a un viejo coche en mitad de una tormenta. Cualquier lugar hubiera sido posible. Aquellos ojos eran como maromas que tiraban de su centro. No existía la distancia, podía sentir su aliento pegado a sus labios y aquellos ojos de luz negra y profunda que parecían conocer sus secretos más íntimos, que resbalaban desde su boca hacia abajo, abriendo su cuerpo en dos.

Lía con tus besos la parte de mis sesos que manda en mi corazón.

Cerró los ojos en aquella última frase y terminó de cantar, incandescente y exhausta. Durante unos instantes ni siquiera oyó los aplausos. Recomponerse era su único objetivo. Estoy bien, repetía. Nadie se ha dado cuenta. Cuando abrió los ojos apenas alcanzó a ver una silueta perdiéndose en la noche.

Vuelve a la realidad. Muchas veces ha recordado aquella primera vez como un sueño, imaginando que fue producto de su imaginación y de los nervios del momento. Después de aquel vinieron muchos otros conciertos y jamás había vuelto a suceder nada parecido. Mueve la cabeza, como intentando quitarse el pensamiento de encima. Ya es hora de empezar el espectáculo.

Se sube a la banqueta y mira al fondo. Y entonces, solo entonces, sabe lo que tiene que cantar.

Ana Bella López Biedma

Aerostático by Peggy Marco Lachmann-Anke

Redes sociales

En el lugar donde nadie nos toca
escribimos al aire algún paisaje extremo
y esperamos el rayo,
la mordida fugaz que nos afirme
sobre el cristal acuoso de la vida
esa dulce destreza de los dedos.

Se inclina el contador
en su balanza inútil de opulencia,
y nos invade ese calor insano
de sabernos hermosos, importantes,
cultos, buenos, malditos,
diferentes del mundo.

Que absurda la ilusión de medir la estatura
en función de ese gas
con el que el ego sube como un globo
y estalla en mil pedazos,
si solo tierra adentro
donde nos sobreviven las palabras más tristes
y nos habitan simas como antiguas
compañeras de guerra,
se encuentra algún nidal pequeño y tibio
en que morir ternura o abrazarnos.

Nada nos mide sino ese temblor
de estar solos, de pie
y ser dueños de nuestro propio invierno.

Ana Bella López Biedma – España

Imagen by Julio Vicente

Una historia

Hay una línea roja en el umbral de mi casa. Una línea viscosa que repta sin moverse ni un milímetro, que vigila día y noche todos mis movimientos. Cada mañana despierto y mi primer pensamiento es para ella. Tiemblo. Tiemblo como una niña escondida en el armario, esperando que se hagan realidad aquellas pesadillas de la infancia, queriendo gritar y sin poder articular ningún sonido. Después me levanto y comienza mi rutina diaria, un hilo del que tiro incansablemente cada jornada para mantenerme a salvo, paso tras paso, ocupando las horas de este silencio áspero que no me deja nunca. Sola, siempre sola.

Alguien vive enfrente de mí, detrás de una de las ventanas de esa colmena inmensa. A veces mientras voy con precisión militar del salón a la cocina a prepararme el café de media mañana, o después de cerrar el portátil del trabajo cuando acaba mi turno, me asomo afuera y busco su silueta. Casi siempre su ventana está triste, con la cortina mustia, a oscuras. Pero hay momentos en que se deja ver una luz y se dibuja, igual que una sombra chinesca, el difuso perfil de un hombre solo. No sé si lo imagino, pero en ocasiones creo que lee algún libro muy grueso, o teclea velozmente frente a una pantalla, y en las mañanas cálidas con la ventana abierta me parece escuchar las notas de alguna melodía que casi nunca reconozco. Y salgo a la terraza, intentando averiguar si aquello es cierto, o si es este aislamiento el que me hace imaginar que a ratos, como una bandera que llamara a la tregua, un pañuelito blanco se asoma a aquel alfeizar y me saluda.

Hay días que no creo ser capaz de poder levantarme de la cama. Son esos días en los que tengo que salir, porque faltan comida o medicinas, o porque se me ha acumulado la basura. Cuando llega el momento de abandonar mi casa, el temblor es tan fuerte que apenas puedo asir el picaporte, envuelta en tela y plástico asfixiantes, mientras repito como un mantra que no pasa nada y cruzo aquella espesa línea roja. Si no fuera porque es imposible, diría que no respiro durante esos minutos, que me quedo ahí dentro de ese envoltorio como un puercoespín ya viejo, con las púas gastadas, esperando que nadie se dé cuenta de la fragilidad que encierro, de lo fácil que sería quebrarme. Y sigo temblando todo el tiempo, aguantando el oxígeno, sintiendo que cada superficie que toco con mis manos, con mis pies, es fría y pegajosa, y que se agarran a mí innumerables e invisibles partículas mortales. No puedo respirar, sé que me ahogo. Me alejo cuando me cruzo con alguien mientras martillea en mi cabeza como una pelota de goma rebotando en mi cráneo un único pensamiento, volver a casa. A casa. Y mientras camino por la calle, sintiéndome desfallecer, miro arriba, y tan solo esa minúscula señal en la ventana me ancla ala realidad, me da la fuerza para terminar, para volver sana y salva. Y cuando al fin regreso y cruzo de nuevo la frontera que separa mi hogar del mundo, apenas soy capaz de quitarme el sudoroso caparazón de plástico y ropa. Y tengo que ir corriendo a ducharme para librarme de todas aquellas partículas invisibles que siento adheridas a mi pelo, a mi piel, a mi vida.

Muchas veces me pregunto si voy a ser capaz cuando todo termine de volver a salir a la calle sin miedo. Y no sé contestarme. Entonces me asomo a la ventana.

Ana Bella López Biedma – España

Poemas escogidos

Pájaro dormido

Un pájaro de sal se posa a veces
en el tibio brocal de la mañana
y me revuelve el pelo y la tristeza
con sus alas de luz y de metralla.

Lleva la muerte escrita entre las plumas
y entre las plumas lleva una guadaña,
y sin embargo con su picofuego
hace añicos las sombras cuando canta.
Sortea los balcones y las ruinas,
doblega con su trino las murallas,
retuerce el mismo aire, y luego deja
una piedra de ausencia a sus espaldas.

Es un pájaro oscuro como el hambre,
con hambre de verdad y de palabra,
que clava uñas y dientes en los cuerpos
de los que domestican su garganta.
Puede volverse aliento diminuto
y abandonarse apenas en las palmas
de mis manos. Después, apenas siempre
desvuelará de nuevo la esperanza.

¿Cómo no ser feliz cuando en su vuelo
dibuja verde y viento con sus alas
y llueve inexorable los tejados
derramando su trueno-voz de aljaba?

El pájaro no viene hace unos días
y las paredes crujen en mi casa.
Quizás esté dormido, quizás sueña
con otro cielo de banderas blancas.
Y duelen los jardines con esquirlas,
los árboles no quieren tener ramas,
tiritan los aleros con el frío
del roto que ha dejado en la mañana.

Qué solos van los días por la cuesta,
qué sola se ha quedado mi ventana.



Amor de bruma

En viaje circular a mi memoria
tu boca de paisaje costalar
horada el agua triste y los silencios,
y nos vuelve vaivén. De arena y sal,
no nos tocamos nunca, y sin embargo
somos caricia en esta realidad,
desnuda y tibia como flor de otoño
que sahuma su ocaso a leña y pan.

Y rozo suavemente con mis manos
la bruma que te aleja en su cristal.
Aquellos que no somos sino en sueños
se acercan por los labios. La verdad
es solo ese momento, una cometa
que tiembla con sus ganas de volar,
una niña sin sombras en los ojos
vestida de sonrisa y tafetán.

Me acojo a la ternura de tu nombre
que me muerde por dentro, ese fugaz
destello de locura que tu aliento
siembra al reverso de mi piel. Frutal,
tu sol restalla entre mis noches rotas
luminoso y feliz. Quietud lunar,
me duermo entre tus brazos de quimera
como si el mundo no existiera más.



Despedida a las 12

Toco tu boca, rozo con mi dedo
ese perfil amargo que derramas
con tu saliva tibia, mientras cedo
a la fragilidad con que me llamas

de astillas y de sal, prendido el miedo
de tu perfil escuálido y sin llamas
hecho madera húmeda. Trasgredo
mi propio yo, y aunque jamás reclamas

acuno tu silencio entre mis brazos
y te anudo a mi pecho, ronco grito
de tuétano y temblor. Te haces pedazos,

te disgregas de azul, te recompones
desde el adentro de tus emociones
de lágrimas y sol en sangre escrito.

Ana Bella López Biedma – España

Prosas escogidas

Pagoda

Me llega este silencio como un viejo amigo y se queda aquí, entre mis costuras, en los huecos que deja el sol, en esta soledad de pagoda y frío. Se instala y lo llueve todo como un niño triste de peces, como un lunes sin olas. Hay un canto oscuro de grillos que me carcome por dentro y no respiro. Sé que no respiro.

No soy de nadie, no soy de ningún sitio, no pertenezco. No pertenezco. Nunca pertenezco.

Habito en esta soledad sin pliegues, donde todos los libros están cerrados y el mar no llega. Dejo crecer mis manos de escarcha. Apenas soy un abrazo a solas.

En mi pagoda.


Negro vinilo

Cristina sale del colegio deprisa. Cuando se aleja lo suficiente, se arremanga la falda para que se le vean las rodillas. Así no parece tanto que lleve un uniforme. Odia ese disfraz de colegiala casi tanto como a las monjas. No importa. Pronto llegará el verano y después el instituto, y con él poder ir vestida como quiera y tener por fin compañeros y no solo ese rebaño de niñas ruidosas que tan poco tienen en común con ella. Con alguna excepción prefiere rodearse de chicos, con los que comparte más aficiones y la simplicidad de lo directo.

Ella aún no lo sabe pero se mueve con la cadencia de un cisne a medio hacer. En su cuerpo se adivina la mujer que será, toda hecha de redondez. Redondos sus ojos de asombro, redonda su cara y sus senos menudos, redonda ella en su andar resuelto de inocencia.

Hoy vuelve sola. Yolanda tenía que irse a comprar con sus padres pero ella no quiere faltar a su cita diaria aunque sea sin compañía. Camina deprisa por la acera, sin mirar a ningún lado, solo pensando en llegar a su tienda favorita. De allí son los pocos discos que ha podido adquirir con su paga de domingo. Todos salvo el primero, que le regaló JR, el dueño de la tienda, Local Hero de los Dire Straits. Sueña con tener algún día un tocadiscos donde poder escucharlos.

Al entrar suena la campanita y la envuelve una vez más ese olor a vinilo, a papel antiguo, y la carraspera de un blues sonando bajito. Inspira despacio y luego aguanta el aire. Hay algo mágico en esa primera bocanada que reposa en sus labios, en su garganta, en sus pulmones. Allí se siente como en casa, como no se siente en su propia casa. Es su lugar, su cajita de cristal, su abrigo.

JR sale de la trastienda. Lleva su eterno traje gris y esa corbata mal puesta, hoy de rayas azules. Es un tipo mayor, seguramente andará ya cerca de los cuarenta. Parece un padre elegante pero sin niños. Siempre sonríe, con una sonrisa que abarca toda su cara. Tiene las manos grandes y se mueven inquietas como animalillos. Y su voz suena como si estuviera lejos, dentro de algún pozo oscuro.

Cristina le devuelve la sonrisa. Es como el guardián del tesoro, el dragón de sus libros de Tolkien, el amo del calabozo. Él la mira con esos ojos azul vidrio y parece que no parpadea. La mira intensamente, extrañamente y le pregunta si está sola. Ella asiente. Entonces él levanta de pronto aquella mano enorme y la pone en su hombro. Un gesto casual.

–Podrías venir a la trastienda, acaban de traerme las últimas novedades del mercado.

Nunca ha estado en la trastienda. Yolanda y ella recorren durante horas los pasillos y estantes de la tienda cada día al salir del colegio, pasando discos con sus dedos. Pero no van nunca a la parte de atrás.

Ella le mira y no sabe si es esa mano, que aferra su hombro ahora con fuerza, si son esos cristales opacos de su mirada, si es esa sonrisa que de pronto parece pintada en su rostro, si es la mano que ahora baja por su brazo y sigue bajando y roza su cadera. No sabe aun lo que es pero sabe que no, que no debe ir a la trastienda. JR da un paso hacia ella, se coloca más cerca, tanto que bizquean sus ojos, que su aliento le llega caliente y pegajoso, tan cerca…

Suena la campanita y de pronto están más lejos, aún frente a frente. Ella balbucea algo que quiere ser una despedida pero se convierte en un gorgoteo ininteligible. Después se da la vuelta y se va.

No supo por qué hasta mucho más tarde pero nunca más quiso tener un tocadiscos.