«Exégesis», «De esperas», «A pura muerte», poemas de Ana Bella López Biedma

Imagen by Mollu Rose Lee

Exégesis

Agitas la distancia
como un pañuelo blanco contra el cielo.

Nada te toca afuera de tu llanto o tu risa.
Hombre de peces quietos sin escamas
que reniega del tacto de oleaje
y del mar hecho añicos.

Hombre de piel de herida, nunca dueles,
cara de mimo, toda escarcha y tajo
y siempre sangre adentro.

Te observo en el alféizar de mis noches
-de sábanas inermes-
bámbola apenas luz hecha de llanto,
mientras te boicoteas las esquinas
con papeles que crujen
como grillos pisados, o que cortan
la yema de los dedos con su látigo.

A veces me pregunto
cuándo tiembla tu arena
al contorno de espuma, o se derraman
flores incandescentes en tu boca.

Cuando la oscuridad
sueña renglones rotos en tu abrazo.


De esperas

Donde pongo mi voz, pongo la espera
y pongo mi silencio si es preciso.
Guardo en mi boca el sol más insumiso
y en la caricia soy blanca bandera.

Donde pongo el amor me ofrezco entera,
sin medida, sin precio y sin permiso.
Abraza al hierro mudo en compromiso
mi vocación tenaz de enredadera.

Donde muere la sal beso la herida,
donde brota la sangre más oscura
cierro con mis dos manos y en sutura

derramo mi agua clara, canto y vida.
De espera el corazón, sin parapeto,
hibernará a tu verso, tibio y quieto.


A pura muerte

Acomodo tu verso a mi costado,
una estatua de luz, un dios obsceno,
tan fieramente dulce que un pecado
me graba a sal tu lengua como un trueno.

Me tiembla el agua en tu reflejo armado
de níspero procaz, hirsuto y pleno,
que empujo a la pared en verbo osado
bebiéndome de un trago su veneno.

A plexo descubierto y piel devota
la lluvia escribe en piedra los vaivenes
que anegan mi garganta gota a gota

y desanuda el sol de mi cordura.
Guardo el último canto en que te avienes
y abrazo a pura muerte tu ternura.

«Llueve», «Tiempo de bruma», «Soneto de invierno», tres poemas de Ana Bella López Biedma

Llueve

Me crecen las ortigas en la boca
donde antes sólo había un mar de espliego.
En tus manos de azogue y voz de fuego
lo que fue pedernal se ha vuelto roca.
Mi piel no se equivoca.
Soy el hambre que existe entre dos despedidas
o el olor de estas lágrimas suicidas
que siempre se deslizan por mi cara.
Mi vocación de beso y almazara
no llega a tantas vidas.

La espera se hace líquida y fecunda
en todos los espacios de mis noches.
Mientras en las aceras, los parques y los coches
llueve ausencia de ti, llueve e inunda
cada rincón. Como una flor rotunda
crece el dolor, un agujero espeso
que rompe cada luna, cada hueso
entre sus dientes de alimaña impía.
Llueve y no hubo nunca mas sequía
en este corazón torpe ex profeso.

Tiempo de bruma

Hay días largos y fríos,
como una tundra infinita
que se extiende ante los ojos
y nunca se va. Proscrita
del paisaje de la piel
huye la vieja alegría,
mientras las ausencias clavan
su silencio en las costillas.

Me rebelo en soledad
a la muerte sin orillas
que se lleva los pedazos
de la que fue nuestra vida
en un hermano, una madre,
viejos, jóvenes, chiquillas…

Nadie se escapa al abrazo
del adiós. Y aunque no olvida
nuestra realidad presente
el puntal de tanta herida,
hay que honrar al que no está
con cada sol que nos brilla.
Nada nos cabe en el hueco
de un corazón a medida
que nos completaba ayer
y hoy es sombra en cada esquina.

Pero el tiempo, hecho de bruma,
se está yendo de puntillas.

Hay que soltar la tristeza
del pasado retenida
cuando una mano aparece
como un pájaro suicida
para ventilar la casa,
sacudir las esterillas
y llenarnos el jardín
de guirnaldas y bombillas.

Dejar que nos vuele adentro,
y que pose su caricia
en el alero del mundo
donde todo va deprisa.
Que nos sosiegue las nubes
y nos respire de brisa.

Que recuerde quiénes somos,
esa espontánea alegría
que se anida en nuestra boca
cuando se encuentran las risas
y chocan en la distancia
como dos locos tranvías.
Ese tiempo compartido
donde no caben mentiras,
y las promesas se cumplen
y los tiempos se apaciguan.

Soneto de invierno

He bailado en el agua frente a frente
con tu ausencia de páramo. Desnuda
he rozado tu prisa que se muda
dejándome su rastro de aguardiente

en la garganta de soñar. La gente
ha pasado por mí sin ver que, aguda,
se clava la palabra de tu duda
bajo la piel de mi coraza. Miente,

porque no quiero desvivir contigo
si me dejas las manos sin abrigo.
Por ti el milagro, tú sembraste eterno

la flor exuberante en mis despojos
y brotó tierra y agua. Ahora el invierno
ha vuelto a la ciudad que hay en mis ojos.

Ana Bella López Biedma – España

Fantasy by Syaibatul Hamdi

El lugar de la codicia

Te miro tan desde lejos
pero te miro tan cerca…
bajo los húmedos párpados,
como una niña traviesa
mira en el escaparate
un gran helado de menta
y se relame en silencio
con su boquita entreabierta.

Te miro cuando no miras
en el trasluz de las puertas
bajo el cristal del asombro,
aunque me pongas mil rejas
te miro. No hay más lugares
donde me lleven mis velas,
si tú te mueves, mi norte
contigo se mueve. Trepan
las ganas sobre mi cuerpo,
voraces enredaderas,
y me envenenan los labios
en arrebato y ausencia.

Te observo, pez taciturno
sin agua y sin sed. Me apremia
el deseo de estrujarte
hasta que sangren las piedras.

Te miro cuando sonríes
con ese rictus de niebla,
y cuando cierras los ojos
al borde de las estrellas.
Con ese gesto tan tuyo
de levantar una ceja
en ese segundo mágico
que se rompe la tristeza.
Te miro tan en silencio
como una estatua muy vieja
y espero, como tan solo
el mármol forja la espera.

Te codicia mi saliva
sobre el pensamiento, mientras
la carne se vuelve roca,
la roca se vuelve arena
y se la lleva la brisa
devolviéndola a la tierra.

De bermellón y de luna
sobre tu espalda de absenta
he pintado con mis ojos
veinte pinturas de guerra
y con la lengua he borrado
toda la sed de la tregua.
He cincelado de espuma
la verde sal de tus huellas,
y se ha varado en tu orilla
hasta mi última madera.

Te miro hasta lo profundo
de esta profunda quimera.



Somnium ex machina

Hay un lugar azul, como de lirios
y de temblor, una pequeña isla
de naranjal en flor donde la luna
se asoma al tragaluz de los deseos.

El tiempo allí transcurre
en una espera larga hecha de azogue
y puentes levadizos. Un silencio
que apenas hace ruido llena todo.

Extiendo el brazo. En él
se prolonga mi mano hasta los dedos
y más aún hasta la arena tibia.
No soy yo quien la toca, es esa luz
que sale de estos dedos que casi no son míos,
dejando un aleteo de ternura.

Un perro escuálido
me mira desde lejos. Adivina
mi corazón con vistas al presente,
mis trenzas a estrenar. Sé que sonríe.

Una cabaña cierra el horizonte.
Allí entre sus paredes
hay un aguardentero de piel extinta y seca,
de junco y piedra clara
que licua las palabras en frascos transparentes
y los regala siempre al por menor.
Allí bebo feliz hasta el derrumbe.

Luego cruje la calle
y frena el autobús con su sonido triste.
Amanece Madrid por las esquinas
con su beso de Judas fluorescente.

Ana Bella López Biedma

Quiebra la noche

A paso lento, sin ganas,
se va acercando el verano
y yo sigo en este invierno
sin el vuelo de tus manos.

No pienso en ti, no te añora
este cuerpo tan huraño
mientras mis dedos escriben
tu nombre, seco y amargo
en las ruinas de mi ombligo.

La oscuridad de mi cuarto
te dibuja entre las sombras
y en mi sombra reflejado.

Toca tu ausencia mi pecho
caído, desangelado,
y se eriza el pensamiento
con el roce de tus labios
sobre el arrecife dulce
de mis caderas, y el barro
que amasaban tus gemidos
en la arena de mis años.

Quiero el peso de tu furia
sobre mi cuerpo, naufragio
con que le arrancas las velas
a este corazón exhausto.
Golpea, aprieta, diluye,
expande y licua mis labios
sobre la cruz de tu boca
lo mismo que un relicario.
Quiero mi lengua en tu ruina
y en tus lágrimas mi llanto.

Por la nieve de mi sueño
tu saliva ha cincelado
espinas y rosas rojas.
Aráñame los espacios
donde no me existe nada
salvo tu ausencia. Reclamo
todo el peso de tu cuerpo
abriéndome en dos, espasmo
en que se quiebra la noche
con el eco de un orgasmo.

Ana Bella López Biedma

Cuatro minutos

Han pasado varios años pero el viejo café sigue igual. El piano vertical, castigado contra la pared del minúsculo escenario, con su foco amarillento que magnifica ese aire decadente que tiene todo. Las pequeñas mesas diseminadas por el local en penumbra y ese olor indefinible a polvo y a nostalgia que nunca lo abandona. Ella camina entre las mesitas casi a tientas, hasta llegar a la tarima. Se quita el abrigo después de haber dejado a un lado la guitarra que desenfunda inmediatamente con delicadeza, casi con devoción de amante. Posiciona el pie del micrófono frente a la banqueta alta, hasta el lugar exacto, como si todo formara parte de un ritual mil veces repetido. Y en el fondo así es, aunque haya pasado mucho tiempo desde la última vez que estuvo allí.

Recuerda aquella otra noche, esa primera vez. Sus manos temblando mientras situaba cada uno de aquellos objetos, el gesto de afinar su guitarra, de sentarse mientras asía inconscientemente el micrófono, cómo se aferraba a la banqueta de bar. Y de respirar, de respirar profundamente como le había dicho su hermana que hiciera: “Nena, cuando salgas al escenario respira, cierra los ojos, respira e imagina que todo va a salir bien. Y así será”.

Había elegido aquella canción porque le hacía sentirse cómoda. Rememora aquel instante en que se volvió a colocar en el asiento por enésima vez, inspiró cerrando los ojos, y soltó después el aire mientras los abría. Ese fue el momento exacto. Sus ojos inconscientemente se dirigieron al fondo, a un punto lejano que le diera la seguridad que le faltaba. Aquella mesa esta ocupada por alguien que apenas se adivinaba en las sombras. Su mano movía lentamente un vaso ancho con algo que parecía whisky con hielo. Pero ella se quedó parada ahí, justo en sus ojos. Ojos de lobo, pensó. De lobo o de felino agazapado y hambriento. Un escalofrío subió por su espina dorsal mientras su rostro se acaloraba. Apartó la vista y tomó fuertemente la guitarra. Aquel contacto siempre le hacía sentirse bien. Encendió el micrófono y empezó a cantar.

Lía con tu pelo un edredón de terciopelo…

Tenía que volver a mirarlo. Lo hizo. Fue un error. De pronto desapareció todo ante sus ojos. Las mesas, la gente, todo se difuminó en un entorno extraño e irreal. Solo quedaron aquellos ojos carnívoros de sombra. Sentía cómo palpitaba su garganta.

Lía entre tus labios a los míos, respirando en el vacío…

Eso era. El vacío. Se ahogaba en ese espacio carente de oxígeno y a la vez, se iba convirtiendo en una sustancia cálida, liviana, poderosa. Oía su propia voz como si estuviera fuera de su cuerpo y le parecía mentira que sonara así, tan suave y sosegada cuando ella apenas podía contener aquel temblor que amenazaba con tirarla al suelo.

Lía con tus brazos un nudo de dos lazos…

No sabía en qué momento había ocurrido pero estaba cantándole a él, a aquella silueta sin nombre. Y a esos ojos que parecían atravesar todos los objetos y hacerla vibrar como un diapasón dulce e incontrolable. Si dejaba de mirarlo el mundo se desmoronaría.

Lías tus miradas a mi falda, por debajo de mi espalda…

No podía quitar la vista de aquellos ojos. Apretó los muslos para sentir la frialdad de la madera contra ella, en un vano afán de contrarrestar ese calor ingrávido y absurdo que se iba expandiendo como una onda en el agua sobre su piel.

Líame a la pata de la cama, no te quedes con las ganas de saber…

Rendida. Así se sentía. Se hubiera ido con él a cualquier parte. A un portal en penumbra o a París, a un viejo coche en mitad de una tormenta. Cualquier lugar hubiera sido posible. Aquellos ojos eran como maromas que tiraban de su centro. No existía la distancia, podía sentir su aliento pegado a sus labios y aquellos ojos de luz negra y profunda que parecían conocer sus secretos más íntimos, que resbalaban desde su boca hacia abajo, abriendo su cuerpo en dos.

Lía con tus besos la parte de mis sesos que manda en mi corazón.

Cerró los ojos en aquella última frase y terminó de cantar, incandescente y exhausta. Durante unos instantes ni siquiera oyó los aplausos. Recomponerse era su único objetivo. Estoy bien, repetía. Nadie se ha dado cuenta. Cuando abrió los ojos apenas alcanzó a ver una silueta perdiéndose en la noche.

Vuelve a la realidad. Muchas veces ha recordado aquella primera vez como un sueño, imaginando que fue producto de su imaginación y de los nervios del momento. Después de aquel vinieron muchos otros conciertos y jamás había vuelto a suceder nada parecido. Mueve la cabeza, como intentando quitarse el pensamiento de encima. Ya es hora de empezar el espectáculo.

Se sube a la banqueta y mira al fondo. Y entonces, solo entonces, sabe lo que tiene que cantar.

Ana Bella López Biedma

Aerostático by Peggy Marco Lachmann-Anke

Redes sociales

En el lugar donde nadie nos toca
escribimos al aire algún paisaje extremo
y esperamos el rayo,
la mordida fugaz que nos afirme
sobre el cristal acuoso de la vida
esa dulce destreza de los dedos.

Se inclina el contador
en su balanza inútil de opulencia,
y nos invade ese calor insano
de sabernos hermosos, importantes,
cultos, buenos, malditos,
diferentes del mundo.

Que absurda la ilusión de medir la estatura
en función de ese gas
con el que el ego sube como un globo
y estalla en mil pedazos,
si solo tierra adentro
donde nos sobreviven las palabras más tristes
y nos habitan simas como antiguas
compañeras de guerra,
se encuentra algún nidal pequeño y tibio
en que morir ternura o abrazarnos.

Nada nos mide sino ese temblor
de estar solos, de pie
y ser dueños de nuestro propio invierno.

Ana Bella López Biedma – España

Imagen by Julio Vicente

Una historia

Hay una línea roja en el umbral de mi casa. Una línea viscosa que repta sin moverse ni un milímetro, que vigila día y noche todos mis movimientos. Cada mañana despierto y mi primer pensamiento es para ella. Tiemblo. Tiemblo como una niña escondida en el armario, esperando que se hagan realidad aquellas pesadillas de la infancia, queriendo gritar y sin poder articular ningún sonido. Después me levanto y comienza mi rutina diaria, un hilo del que tiro incansablemente cada jornada para mantenerme a salvo, paso tras paso, ocupando las horas de este silencio áspero que no me deja nunca. Sola, siempre sola.

Alguien vive enfrente de mí, detrás de una de las ventanas de esa colmena inmensa. A veces mientras voy con precisión militar del salón a la cocina a prepararme el café de media mañana, o después de cerrar el portátil del trabajo cuando acaba mi turno, me asomo afuera y busco su silueta. Casi siempre su ventana está triste, con la cortina mustia, a oscuras. Pero hay momentos en que se deja ver una luz y se dibuja, igual que una sombra chinesca, el difuso perfil de un hombre solo. No sé si lo imagino, pero en ocasiones creo que lee algún libro muy grueso, o teclea velozmente frente a una pantalla, y en las mañanas cálidas con la ventana abierta me parece escuchar las notas de alguna melodía que casi nunca reconozco. Y salgo a la terraza, intentando averiguar si aquello es cierto, o si es este aislamiento el que me hace imaginar que a ratos, como una bandera que llamara a la tregua, un pañuelito blanco se asoma a aquel alfeizar y me saluda.

Hay días que no creo ser capaz de poder levantarme de la cama. Son esos días en los que tengo que salir, porque faltan comida o medicinas, o porque se me ha acumulado la basura. Cuando llega el momento de abandonar mi casa, el temblor es tan fuerte que apenas puedo asir el picaporte, envuelta en tela y plástico asfixiantes, mientras repito como un mantra que no pasa nada y cruzo aquella espesa línea roja. Si no fuera porque es imposible, diría que no respiro durante esos minutos, que me quedo ahí dentro de ese envoltorio como un puercoespín ya viejo, con las púas gastadas, esperando que nadie se dé cuenta de la fragilidad que encierro, de lo fácil que sería quebrarme. Y sigo temblando todo el tiempo, aguantando el oxígeno, sintiendo que cada superficie que toco con mis manos, con mis pies, es fría y pegajosa, y que se agarran a mí innumerables e invisibles partículas mortales. No puedo respirar, sé que me ahogo. Me alejo cuando me cruzo con alguien mientras martillea en mi cabeza como una pelota de goma rebotando en mi cráneo un único pensamiento, volver a casa. A casa. Y mientras camino por la calle, sintiéndome desfallecer, miro arriba, y tan solo esa minúscula señal en la ventana me ancla ala realidad, me da la fuerza para terminar, para volver sana y salva. Y cuando al fin regreso y cruzo de nuevo la frontera que separa mi hogar del mundo, apenas soy capaz de quitarme el sudoroso caparazón de plástico y ropa. Y tengo que ir corriendo a ducharme para librarme de todas aquellas partículas invisibles que siento adheridas a mi pelo, a mi piel, a mi vida.

Muchas veces me pregunto si voy a ser capaz cuando todo termine de volver a salir a la calle sin miedo. Y no sé contestarme. Entonces me asomo a la ventana.

Ana Bella López Biedma – España

Poemas escogidos

Pájaro dormido

Un pájaro de sal se posa a veces
en el tibio brocal de la mañana
y me revuelve el pelo y la tristeza
con sus alas de luz y de metralla.

Lleva la muerte escrita entre las plumas
y entre las plumas lleva una guadaña,
y sin embargo con su picofuego
hace añicos las sombras cuando canta.
Sortea los balcones y las ruinas,
doblega con su trino las murallas,
retuerce el mismo aire, y luego deja
una piedra de ausencia a sus espaldas.

Es un pájaro oscuro como el hambre,
con hambre de verdad y de palabra,
que clava uñas y dientes en los cuerpos
de los que domestican su garganta.
Puede volverse aliento diminuto
y abandonarse apenas en las palmas
de mis manos. Después, apenas siempre
desvuelará de nuevo la esperanza.

¿Cómo no ser feliz cuando en su vuelo
dibuja verde y viento con sus alas
y llueve inexorable los tejados
derramando su trueno-voz de aljaba?

El pájaro no viene hace unos días
y las paredes crujen en mi casa.
Quizás esté dormido, quizás sueña
con otro cielo de banderas blancas.
Y duelen los jardines con esquirlas,
los árboles no quieren tener ramas,
tiritan los aleros con el frío
del roto que ha dejado en la mañana.

Qué solos van los días por la cuesta,
qué sola se ha quedado mi ventana.



Amor de bruma

En viaje circular a mi memoria
tu boca de paisaje costalar
horada el agua triste y los silencios,
y nos vuelve vaivén. De arena y sal,
no nos tocamos nunca, y sin embargo
somos caricia en esta realidad,
desnuda y tibia como flor de otoño
que sahuma su ocaso a leña y pan.

Y rozo suavemente con mis manos
la bruma que te aleja en su cristal.
Aquellos que no somos sino en sueños
se acercan por los labios. La verdad
es solo ese momento, una cometa
que tiembla con sus ganas de volar,
una niña sin sombras en los ojos
vestida de sonrisa y tafetán.

Me acojo a la ternura de tu nombre
que me muerde por dentro, ese fugaz
destello de locura que tu aliento
siembra al reverso de mi piel. Frutal,
tu sol restalla entre mis noches rotas
luminoso y feliz. Quietud lunar,
me duermo entre tus brazos de quimera
como si el mundo no existiera más.



Despedida a las 12

Toco tu boca, rozo con mi dedo
ese perfil amargo que derramas
con tu saliva tibia, mientras cedo
a la fragilidad con que me llamas

de astillas y de sal, prendido el miedo
de tu perfil escuálido y sin llamas
hecho madera húmeda. Trasgredo
mi propio yo, y aunque jamás reclamas

acuno tu silencio entre mis brazos
y te anudo a mi pecho, ronco grito
de tuétano y temblor. Te haces pedazos,

te disgregas de azul, te recompones
desde el adentro de tus emociones
de lágrimas y sol en sangre escrito.

Ana Bella López Biedma – España

Prosas escogidas

Pagoda

Me llega este silencio como un viejo amigo y se queda aquí, entre mis costuras, en los huecos que deja el sol, en esta soledad de pagoda y frío. Se instala y lo llueve todo como un niño triste de peces, como un lunes sin olas. Hay un canto oscuro de grillos que me carcome por dentro y no respiro. Sé que no respiro.

No soy de nadie, no soy de ningún sitio, no pertenezco. No pertenezco. Nunca pertenezco.

Habito en esta soledad sin pliegues, donde todos los libros están cerrados y el mar no llega. Dejo crecer mis manos de escarcha. Apenas soy un abrazo a solas.

En mi pagoda.


Negro vinilo

Cristina sale del colegio deprisa. Cuando se aleja lo suficiente, se arremanga la falda para que se le vean las rodillas. Así no parece tanto que lleve un uniforme. Odia ese disfraz de colegiala casi tanto como a las monjas. No importa. Pronto llegará el verano y después el instituto, y con él poder ir vestida como quiera y tener por fin compañeros y no solo ese rebaño de niñas ruidosas que tan poco tienen en común con ella. Con alguna excepción prefiere rodearse de chicos, con los que comparte más aficiones y la simplicidad de lo directo.

Ella aún no lo sabe pero se mueve con la cadencia de un cisne a medio hacer. En su cuerpo se adivina la mujer que será, toda hecha de redondez. Redondos sus ojos de asombro, redonda su cara y sus senos menudos, redonda ella en su andar resuelto de inocencia.

Hoy vuelve sola. Yolanda tenía que irse a comprar con sus padres pero ella no quiere faltar a su cita diaria aunque sea sin compañía. Camina deprisa por la acera, sin mirar a ningún lado, solo pensando en llegar a su tienda favorita. De allí son los pocos discos que ha podido adquirir con su paga de domingo. Todos salvo el primero, que le regaló JR, el dueño de la tienda, Local Hero de los Dire Straits. Sueña con tener algún día un tocadiscos donde poder escucharlos.

Al entrar suena la campanita y la envuelve una vez más ese olor a vinilo, a papel antiguo, y la carraspera de un blues sonando bajito. Inspira despacio y luego aguanta el aire. Hay algo mágico en esa primera bocanada que reposa en sus labios, en su garganta, en sus pulmones. Allí se siente como en casa, como no se siente en su propia casa. Es su lugar, su cajita de cristal, su abrigo.

JR sale de la trastienda. Lleva su eterno traje gris y esa corbata mal puesta, hoy de rayas azules. Es un tipo mayor, seguramente andará ya cerca de los cuarenta. Parece un padre elegante pero sin niños. Siempre sonríe, con una sonrisa que abarca toda su cara. Tiene las manos grandes y se mueven inquietas como animalillos. Y su voz suena como si estuviera lejos, dentro de algún pozo oscuro.

Cristina le devuelve la sonrisa. Es como el guardián del tesoro, el dragón de sus libros de Tolkien, el amo del calabozo. Él la mira con esos ojos azul vidrio y parece que no parpadea. La mira intensamente, extrañamente y le pregunta si está sola. Ella asiente. Entonces él levanta de pronto aquella mano enorme y la pone en su hombro. Un gesto casual.

–Podrías venir a la trastienda, acaban de traerme las últimas novedades del mercado.

Nunca ha estado en la trastienda. Yolanda y ella recorren durante horas los pasillos y estantes de la tienda cada día al salir del colegio, pasando discos con sus dedos. Pero no van nunca a la parte de atrás.

Ella le mira y no sabe si es esa mano, que aferra su hombro ahora con fuerza, si son esos cristales opacos de su mirada, si es esa sonrisa que de pronto parece pintada en su rostro, si es la mano que ahora baja por su brazo y sigue bajando y roza su cadera. No sabe aun lo que es pero sabe que no, que no debe ir a la trastienda. JR da un paso hacia ella, se coloca más cerca, tanto que bizquean sus ojos, que su aliento le llega caliente y pegajoso, tan cerca…

Suena la campanita y de pronto están más lejos, aún frente a frente. Ella balbucea algo que quiere ser una despedida pero se convierte en un gorgoteo ininteligible. Después se da la vuelta y se va.

No supo por qué hasta mucho más tarde pero nunca más quiso tener un tocadiscos.

Ana Bella López Biedma – España

Ana Bella López Biedma es de Madrid, ingeniera técnica industrial, aunque nunca ha ejercido como tal. Empezó a escribir hace unos ocho años por pura necesidad. Ha colaborado en la revista Alaire, en el Sexto Continente, colabora habitualmente en la revista La Hoja Azul en Blanco de la Asociación Literaria Verbo Azul y en las publicaciones de La Espiral Literaria, asociaciones a las que pertenece.

Canta desde que tiene uso de razón, aprendió lo mínimo de guitarra a los catorce y desde entonces ha seguido haciéndolo aunque a nivel público lo abandonara durante mucho tiempo. Ha vuelto a retomar las actuaciones musicales hace unos tres años.

Compagina la faceta de poeta con la de cantautora y cantante de versiones en acústico. Este año ha publicado el libro de poemas “En clave de mí” acompañado por el CD de poemas musicados “En clave de Do-s”, con música de José Luis Hinojosa.

Ad ventum

Ana Bella López Biedma – España

Yo hablo con el viento. Algunas veces
aparece de pronto, en una ráfaga
de polvo y de tristeza. Solo espero,
mientras posa su aliento de metralla
encima de mis hombros, como lumbre
que acaba consumiéndose en sus ascuas.

Yo hablo con el viento en los veranos
que conservan el frío en la mañana,
abriéndole mis brazos sin reservas
se enreda en mi cintura, y con sus palmas
revuelve mil corales por mi pelo
bajando la marea de mi espalda,
y escribe con sus dedos de siroco
mis muslos de papel. Tiembla de ganas
el agua de mi centro, y el silencio
se vuelve soplo y grito que restalla.

Y puedo distinguir si no aparece
o si se queda quieto, boca amarga,
por no sembrar dolor sobre los campos
de mis días de siega y esperanza.

Yo hablo con el viento mientras sube
por el calvario oscuro de su alma
y hablo sin hablar cuando tropieza,
y abrazo el vuelo gris con que levanta
las hojas del otoño de sus días
como levanta el peso de mis lágrimas.

Y en las noches que el aire huele a pólvora
y no sopla la brisa, una palabra
se escapa de mis labios, y se queda
temblando sola igual que una plegaria.

El mundo, el demonio y la carne, por Ana Bella López Biedma

Dices que hable del mundo.

El mundo era un desierto y yo desnuda.
Eso fue ayer… Ayer e incluso antes.

Y ya no es más.

Como una herida azul, de orillas anchas,
una grieta cansada y sin esquinas
no deja sin embargo
de mirar hacia el sol
entre las sombras de las catedrales
y las esquirlas de fuego.

Yo no soy nada apenas,
un reducto de carne diminuto
que no pide perdón por estar viva.

Pero creo en la piel y en el asombro,
en el hombre mejor porque se sabe.

El mundo tiene manos de poeta
y sigue siendo un pájaro sin miedo.