«Digresiones sobre el machismo», por Gerardo Campani

El machismo es difícil de sustentar argumentalmente, más en estos tiempos. En cuanto a practicarlo, tiene sus contradicciones, que cada uno resuelve como puede. Algunos son engañados; ya por ella, en el secreto de otra alcoba; ya por él mismo, en el arcano de su ignorancia. Otros prefieren ni pensar en una probable “traición”. Otros pesquisan todo el tiempo, porque consideran más que probable que a la mujer de uno le pueda gustar el vecino, así como a uno le gusta la vecina. Otros abdican la corona de macho (antes de que se transforme en cornamenta) y aceptan o proponen la relación abierta, la práctica del swing o cualquier variante en boga. Otros sufren como perros, o se vuelven locos, o el día menos pensado arriban al uxoricidio, al doble homicidio o al mero suicidio.
Vaya tela marinera, como dicen en España. Y todo por la semántica.

Veamos.ramera. (De ramo.) f. Mujer que por oficio tiene relación carnal con hombres. || 2. Aplícase también a la mujer lasciva. (DRAE, 21ra. ed.)Así empieza el lío. Hay dos sentidos en esta palabreja: el del oficio y el del amor que se le tiene al oficio. El machista supone que la ramera debería solamente ejercer su oficio, pero sospecha que también lo disfruta a veces, y esa sospecha le produce una contradicción emocional que lo perturba (yo lo sé porque, como todo el mundo, soy machista, y porque he frecuentado rameras).


La perturbación es doble: si esta ramera es solamente profesional, me cabe esperar apenas hacerme la “paja sin manos” (no es muy atractiva esta instancia); si es, además, lasciva, no sé si lograré estar a la altura de su lascivia (y esto, menos que atractivo, es inquietante).

º º º

La palabra prostituta es el participio pasivo del verbo prostituir, esto es: “pervertir, entregar, abandonar una mujer a la deshonra pública”. Lo cual da que pensar dos cosas, al menos: a) que la mujer no se prostituye sino la prostituyen; b) que se trata de un oficio.
Puta, en cambio, proviene del latín putida: hedionda, pútrida. Más que una definición, una declaración de principios morales, en el que se identifica la lascivia femenina con la putrefacción.


Y no se le eche la culpa de esto a la Iglesia Católica, ni a la tradición judeocristiana, como es moda propagar. Las vestales (doncellas consagradas a la diosa romana Vesta –la Hestia de los griegos–) debían mantener la virginidad, so pena de muerte. ¡Y Vesta era la diosa del hogar! Y los romanos eran muy liberales y fiesteros, sin embargo.


Tenemos entonces en la idea general de ramera dos ideas constitutivas: la profesional (prostituta) y la lasciva (puta).


Mis lectoras feministas se preguntarán, a esta altura, por qué hablo de rameras en una discusión dedicada al machismo. Y bueno, porque de eso se trata el machismo, tanto el machismo masculino como el femenino. La unidad de valoración de una mujer es su relación con la putez.


La puta (lasciva) es apetitosa, pero cuando nos disgustamos con ella la tratamos de prostituta. Porque suponemos que debe ser puta con nosotros, y cuando lo es con otro, pretextamos un móvil fantasioso: que el otro tiene más dinero, o la tiene más grande (en este caso es “muy” puta), o que más prefiere el BMW ajeno al Fiat propio, o lo que fuera.º º ºProstituta: que sea algo puta, y que se descontrole conmigo.


Chica ocasional: idem anterior.
Amante: putísima conmigo.
Esposa: apenas puta, cosa que no sea un aburrimiento cumplir el débito conyugal.
Madre: algo puta, con Papá, pero no me hablen de eso.
Hermana: no me meto en su vida; además, le debo dinero.
Hija: nada puta, pobrecita, angelito de Papi.


Virgen María: cero absoluto de putez (Dios me libre y me guarde…)

º º º

“A Sergio le rompí la cabeza con el filo de la plancha, porque me llamó puta.”
“Ay, Esteban, dime puta, que me pone.”


¿Cuestiones de contexto? Sí, pero algo más, también. Paradojas de los ámbitos: lo que en público ofende, en privado erotiza. ¿Por qué sucede esto? Bueno, ya se sabe: porque son caras de la misma moneda; porque soñamos tanto lo que deseamos como lo que tememos; porque encontrar el punto medio es tarea imposible, y a lo que más podemos aspirar es a que se nos adivine el amor cuando les decimos “puta” o cuando nos dicen “cabrón”.

º º º

Mis chats con Milena son más o menos así:


—Milena, que puta sos.
—Sí, y vos un maricón, que querés ocultar tu condición de invertido haciéndote el galán con esas putas españolas, chilenas y mexicanas.
—Me haré el galán, pero no las cojo. En cambio vos, con ese instructor del gimnasio…
—Si me hacés cuestiones por eso, andate al carajo, maricón.
—¿Y para qué querés entonces a un maricón como yo?
—Porque soy tan puta que no le hago asco a nada.
—Pues andá a coger con el karateca ese entonces, puta reventada.
—Y vos hacete la paja con la mano izquierda, y metete un dedo de la mano derecha en el culo.
—Y vos hacétela ahora, mientras yo te digo lo puta que sos.
—Ay, Gerardo, me estoy calentando.
—Y yo. Me la estoy tocando.
—Yo, desde que empezamos a hablar.
—Ayyyyy
—Ayyyyyyyy
—Yegua, ya casi acabo.
—Guacho, yo estoy acabando.
—Ahhhh
—Ahhhh
—Te amo.
—Te amo.

º º º

¿Qué es el machismo sino una enfermedad? Dicen que los que han dejado el cigarrillo no deben decir que son ex fumadores, sino que de momento no están fumando. Bueno, en el mismo sentido, yo digo que de momento no ejerzo ningún machismo. ¿Creéis, oh feministas, que se puede exigir más que eso?
Saludos cordiales (no hipogástricos, que eso son chistes de Milena).

Teoría y práctica de la gauchesca, un relato de Gerardo Campani – Argentina

El profesor Adalberto Almeida daba una charla libre y gratuita en el salón de actos del Instituto de Estudios Sociales, que gentilmente cedía sus instalaciones. El tema era “Recursos poemáticos de la Gauchesca”, y además de algunos de sus alumnos y alumnas de la Facultad -entre las que se encontraba Sol- había una inesperada concurrencia.

Durante casi una hora el profesor Almeida pasó revista, analizó y alabó autores, estrofas, tradiciones y originalidades. Después recalcó la superioridad de Hernández sobre Ascasubi. Después trató de demostrar que en esa superioridad no estaba ajena la elección de la estrofa.

—Las décimas, acriolladas —dijo en un momento—, se desmerecen; el hablar gauchesco las torna desprolijas. Las sextillas, en cambio, por su sencillez, parecen ir sólo un poco más allá de las coplas corrientes de los payadores. Esa ventaja, a saber: la escasa pretensión de la forma, resalta el contenido y lo jerarquiza.

En este punto, el profesor Almeida se interrumpió y bebió un sorbo de agua. En el silencio producido se oyeron algunos murmullos de la gente, como si ya a esta altura de la charla se hubiesen formado dos bandos de opiniones contrapuestas. ¿En qué bando estaría Sol? Después prosiguió:

—En la célebre primer estrofa del Martín Fierro es notablemente marcada la simplicidad de la rima y de los recursos empleados. ¿Recuerdan? «Aquí me pongo a cantar / al compás de la vigüela; / que el hombre que lo desvela / una pena extraordinaria, / como el ave solitaria / con el cantar se consuela.» Estos versos parecen decir más de lo que dicen, como si el verdadero hallazgo fuera una idea universal, de la que sólo se expone una de sus variantes. Fíjense que los versos 4 y 5 tienen una rima bastante pobre: a los adjetivos en femenino extraordinaria y solitaria podrían corresponderle estrafalaria, sectaria, milenaria, plenipotenciaria, etc. etc. Y la rima de los versos 3 y 6 no es más ingeniosa: a los verbos conjugados desvela y consuela le corresponden recela, desmantela, cancela, congela, etc. Como el verso 1 es suelto, sólo nos queda el verso 2, que termina con la palabra clave vigüela, que es la que estructura toda la estrofa y en la cual recae la única precaución del versificador.

En ese instante, las luces del salón de actos parpadearon, como suele suceder antes de un corte de energía. El profesor Almeida miró la luminaria que tenía por encima de su cabeza y los fluorescentes adosados a las paredes. Después paseó la vista sobre la concurrencia, como manejando el tiempo de su charla.

—Veo algunas caras conocidas, algunos alumnos, ¡hola, Federico; hola, Sol! ¡Qué tal, ingeniero Rubulotta! ¡Hola, doctor Saralegui! Mucha gente nueva… y este señor, se vino con la guitarra… ¿no será payador, no?

—Alguito —contestó desde la primera fila de sillas el hombre con cara de entrerriano, que no soltaba el instrumento.

—¡Qué interesante! Me gustaría conocer su punto de vista de todo esto.

—No sé…

—¿Cuál es su gracia?

—Olmo, Juan José.

—¡Ah! Seguramente aprovechará Juan José para ahí lo ve y Olmo para para colmo, ¿no?

—Y…

—¿Se animaría a ilustrar lo que hemos dicho con algunas coplas?

—¿En sextas?

—Bueno, sí, si pudiera ser en sextillas, mejor.

—¿A favor o en contra?

—¿¡!?… como a usted le parezca…

Se hizo un breve e incómodo silencio, y cuando el profesor Almeida comenzaba a arrepentirse de ese convite fuera de programa, el hombre con cara de entrerriano se levantó con su guitarra, pasó al frente, y se sentó en la tarima sobre la que se encontraba la mesita del disertante. Acompañándose con una melodía indefinida dijo:

—Aquí me pongo a cantar
al compás de mi guitarra,
que el hombre que se desgarra
por una pena secreta
pruebe esta simple receta:
salamín y vino en jarra.

Hubo algunas risitas en un sector del salón, al fondo. Desde la segunda fila de asientos alguien dijo, en voz baja pero no tanto como para que no se oyera:

—Esa se la trajo de su casa. Además, es bastante vulgar.

El payador no se inmutó, y siguió rasgueando. Del mismo sector, otra voz, con sorna, pidió:

—¡Pianoforte!

Sonriendo y enarcando las cejas, mientras asentía con un leve movimiento de cabeza, repitió unos acordes durante algunos segundos.

—Aquí me pongo a cantar
al compás del pianoforte;
que el hombre que se comporte
como un estoico en la vida,
no tendrá llaga ni herida
ni dolor que no soporte.

—¡Ahí tenés —gritó uno del medio—, lo quisiste correr con el pianoforte y te retrucó con los estoicos!

—Además —agregó el de al lado— te escuchó lo que dijiste y empalmó el epicureísmo vulgar de la primera estrofa con otra digna de Séneca…

—¡Epa, no exageremos! —terció el ingeniero Rubulotta— ¿Por qué no continúa, caballero, con otros instrumentos de la orquesta?

Y el payador, que no había dejado de hacer acordes sin apartar la mirada de su mano izquierda, como si no le importaran las opiniones de los presentes, acometió de inmediato:

—Aquí me pongo a cantar
al compás de los violines;
que el cerebro no imagine
ni el corazón se acelere:
eso es cosa de mujeres
que andan llorando en los cines.

Otra vez se oyeron risitas en el fondo. El que había pedido pianoforte dijo:

—Bueno, no se dirá que no es consecuente con la anterior… Esta es muy estoica también.

—Y machista —aclaró una flaca de anteojos de la primera fila.

El que había acusado al payador de vulgar pidió más instrumentos de la orquesta. Y un adolescente que estaba sentado cerca de Sol –y no dejaba de mirarla– se atrevió a decir, en voz alta:

—Timbales.

Y al punto el payador espetó:

—Aquí me pongo a cantar
al compás de los timbales.
No hay dos dolores iguales
en la gente dolorida,
yo conozco mis heridas
y me acostumbro a mis males.

—¡Eso! —gritó uno del fondo.

—Eso ya más que estoico es masoquista —comentó el que había pedido pianoforte. Y en seguida exclamó, redoblando la sorna:— Pruebe con espineta.

—Sí, a ver con espineta —reforzó la flaca de anteojos, que no conocía de qué instrumento se trataba pero le había gustado la palabra.

—Aquí me pongo a cantar
al compás de la espineta,
que el hombre que no respeta
las normas de convivencia,
poco honor hace a su ciencia
cada vez que abre la jeta.

—¡Eso es una grosería! —gritó el del pianoforte y la espineta, dándose por aludido.

—¿Y qué querés? —dijo otro del medio, donde se habían ubicado los estudiantes de filosofía— Es el lenguaje de la gauchesca…

—Haya paz, caramba —intervino Rubulotta, ya convertido en mediador—, esto es un acto cultural…

El profesor Almeida escuchaba pasivamente y miraba el espectáculo con fastidio, o con indiferencia, ya seguro de que las cosas se le habían escapado de las manos.

El adolescente de los timbales volvió a intentar una participación que, al menos, atrajera una mirada de Sol.

—Clarinete —balbuceó en una rima tácita que aludía a su emisión en falsete.
E inmediatamente se oyó al payador:

—Aquí me pongo a cantar
al compás del clarinete;
si te molesta el juanete
y no aguantás los zapatos,
hay un remedio barato:
caminar con los zoquetes.

—¡Ah, esto es extraordinario —bramó uno de los del medio de la sala, ya convertidos en una espontánea claque—, ha dejado lo epicúreo y lo estoico y ya anda en lo utilitarista!

—¡En lo pragmático! —aportó el de al lado.

El acusador de vulgaridad volvió a ejercer su desconfianza:

—Así claro que no es difícil versificar, este hombre no tiene discurso propio, va cambiando de voz según le convenga la rima. ¡No está seguro de nada!

—Corno inglés —insistió el del pianoforte y la espineta, que ya había perdido la sorna.

—Justo —murmuró el payador mientras terminaba un rasguido.

—Aquí me pongo a cantar
al compás del corno inglés;
que si sufrís un revés
que te tira por el piso,
levantate de improviso
que eso es lo mejor. Tal vez.

Hubo unos murmullos de aprobación y otros de incomprensión. Desde atrás, alguien que comenzaba a perder la paciencia, o a entusiasmarse (quién sabe) gritó:

—¡Violonchelo!

Y con un gesto indulgente dijo el payador:

—Aquí me pongo a cantar
al compás del violonchelo,
que no hay mayor desconsuelo
ni cosa más aburrida
que vivir en esta vida
pensando en ganarse el cielo.

—¡Colosal! —gritó en coro la claque.

—¡Piramidal, insólito! —bramó uno de ellos— ¡Más allá de Mill y de James! ¡Estamos en la declaración de un escepticismo radical y superador que nos abre quién sabe qué caminos de la especulación metafísica y ética!

—Parece mentira —dijo el acusador de vulgaridad—, parece mentira que gente instruida se deje engañar así. ¿No se dan cuenta de que este señor se estudió de memoria los instrumentos de la orquesta? A ver si es tan rápido con el ukelele.

Y sin mediar un instante se oyó la voz del payador:

—Aquí me pongo a cantar
al compás del ukelele;
si trabajás dele y dele
sin poder juntar un mango,
practicá chistes guarangos
y probá suerte en la tele.

—¡A las pruebas me remito! —dijo uno de los filósofos de la claque— Ahí está la contestación, rozando el campo de la crítica sociológica.

Un joven de barba y amante del jazz, que parecía ajeno a la polémica pero tenía posición tomada, se incorporó de su asiento de la cuarta fila y sentenció con tono solemne y lapidario:

—Banjo.

Por unos segundos, que sintieron triunfales unos y fatales otros, sólo se oyó un lento rasguido apócrifo. Y en seguida la voz, segura y parsimoniosa, que decía:

—Aquí me pongo a cantar
al compás del dulce banjo:
este problema lo zanjo
pronunciándolo con jota.
¡Qué fácil que es dar la nota,
si encima me llamo Juanjo!

Entre la explosión de risas de casi todos y los aplausos de la claque se oyó decir al doctor Saralegui:

—No sé qué dirá el profesor Almeida, pero yo creo que la conferencia ha sido suficientemente ilustrada ya, y podríamos…

—Yo propongo… —alcanzó a decir el ingeniero Rubulotta, y en ese mismo instante se cortó la luz.

—¡Ohhhhhhhhhh! —se oyó como un coro entre la concurrencia.

Y todo el mundo supo que ahí se terminaba la cosa, porque no se había previsto una contingencia así, y la sala era una boca de lobo. Algunos encendedores alumbraron intermitentemente la desconcentración, que duró unos pocos minutos. Afuera no se formaron grupos para seguir charlando, como suele suceder a veces, porque hacía frío y corría mucho viento, y la gente ya estaba cansada.

El profesor Almeida, que no fumaba, aprovechó las lucecitas del encendedor del ingeniero Rubulotta y, tomándolo del brazo, caminaron juntos hacia la salida. Al llegar a la calle vieron al payador que se alejaba charlando animadamente con una chica.

—Tengo el coche a la vuelta. ¿Lo alcanzo hasta su casa, Profesor?

—Ahí va, con Sol —dijo el conferencista, como si no hubiese escuchado la propuesta de su alumno.

—Ah, sí, el payador se va con Sol. Y dígame, Profesor: al final, ¿la payada fue a favor o en contra?

—Me parece que en contra, Ingeniero. ¿Vamos?

Desde adentro del Instituto, como ya habían salido todos, el sereno, con una vela en la mano, echó llave a la puerta.

Otra casa, poema de Gerardo Campani

Otra casa

Cada pared de esta casa es una escena vacía;
cada sillón que no te abraza, un trasto que desprecio;
cada café tomado a solas, un rito cruel que trato de evitar.

Es que nunca estuviste aquí, y ¿por qué esta tarde
mis músicas y mis desapegos y mis dulces soledades
me han abandonado para dejarme solamente solo?

¿Cuándo tu piel adivinada en sueños
empezó a ser pesadilla de mis horas desnudas?

Inicio cada noche en cada ensueño
la trama perfecta que dibuja tu figura en nuestra escena,
una y otra vez.

La noche y mi tristeza me aseguran
que mi única realidad imprescindible
es ese sueño incesante que te repite adormeciéndome.

(Ignoro de qué materia tan sutil
he tomado esas imágenes que se velan bajo el sol
y no me bastan para poblar esta tarde.)

Ahora los rumores de la calle me ensordecen,
y una inquietante sospecha de no recordar lo primordial
me atenaza contra este sillón absurdo.

Gerardo Campani – Argentina

Binary by Gerd Altmann

Escritores en la Red. Realidad versus virtualidad

La realidad suele ser insoportable. La realidad es la cosidad (res: cosa). ¿Quién quiere meramente una cosa si no es por el valor que pueda tener para sí mismo: económico, afectivo, estético, etc? La realidad lleva el pecado original de toda esencia, y para incorporarla necesitamos diluirla en la existencia. Agregaría a la primera frase de este párrafo: para un escritor, la realidad es siempre insoportable.

El gato es una cosa, es decir, nada que nos importe. Para los antiguos egipcios era un dios; para los inquisidores medievales, un demonio. Para nosotros, nuestros gatos son compañía, y los gatos ajenos, pequeños tigres inofensivos para admirar. Los gatos de internet son los mejores: no tenemos que darles de comer, no nos despiertan de noche, los hacemos aparecer y desaparecer a capricho.

La virtualidad, frecuentemente, aventaja a la realidad.

Por puridad, por comodidad, por estar despojada de las molestias y las miserias que lastran lo cotidiano del día a día. Virtualidad (virtus: virtud).

Muchas veces necesitamos agregar o quitar algo a la realidad para poder asimilarla de mejor manera. Agregamos vestimenta, quitamos malos olores, agregamos escenografías adecuadas, quitamos luz delatora. En la pantalla del PC o del celular todo es más elemental. Nos queda expresarnos con el otro o la otra, escribiendo. El aspecto visual se cumplimenta con una foto que hayamos elegido. Y la comunicación y la comunión almática se desarrolla plenamente. ¿Que se pueden hacer trampas? Claro, exactamente igual que en la realidad. Los victimarios son perversos y las víctimas ingenuas, como en la realidad. Y hay remedio para todo, si queremos remediar algún mal. Clic, eliminar, o correo no deseado.

Las relaciones virtuales no son fantasmagóricas, son verdaderas, ocurren en un tiempo cierto y en una geografía real, sólo que mediatizadas, filtradas.

En nuestro barrio podemos encontrar una o dos personas afines, o ninguna; en la ciudad, con suerte, será factible conocer a no más de media decena; en la red hay miles por descubrir. Pero no hay tiempo. Así que deberíamos cuidar los amigos virtuales para no pasarnos la vida buscando lo que se puede encontrar apenas pulsando una tecla.

Hay quienes consideran al mundo virtual como una fantasía o, en todo caso, como una realidad menos real.

¿Es cierto esto? Depende. Es cierto para (por ejemplo) una señora que busca hacer una amistad cuya finalidad primera es la de ir acompañada al bingo los fines de semana. O para quien busque una pareja, del tipo que fuere. Para un escritor (editado o inédito), el mundo virtual proporciona más ventajas que el material, por la misma naturaleza que determina que alguien sea escritor: el texto, la escritura.

El escritor, digo yo, es un bicho raro. Vive su vida como todo el mundo, pero su enfoque es también estético: ve en los avatares cotidianos, en los eventos, en sus propios pensamientos y emociones –en su subjetividad, en definitiva– algo incompleto, absurdo muchas veces. Y el acto de escribir es una cura o un alivio de esa incompletud, de esa sensación de absurdo.

La comunicación entre escritores es importante. Cada texto que un escritor exhibe, aunque sepa o espere que será leído por miles de consumidores, está también dirigido, íntima o secretamente, a otros escritores. Si a Juan le gusta Alejo Carpentier, es más que probable que alguna vez se haya preguntado “¿qué opinaría Carpentier de esta novela mía?”. Yo, borgeano confeso, siempre me pregunto si Borges aprobaría o toleraría cada cuento que escribo. Es natural. Ya sin Carpentier, sin Borges, Juan y yo nos consultamos sobre nuestros borradores, y nos corregimos o criticamos mutuamente. Y en ese ejercicio, también somos escritores. Somos escritores también en los correos electrónicos, como lo fueron antes otros escritores célebres que, post mortem, volvieron a encontrarse en compilaciones de sus correspondencias.

¿Y el chat? No veo por qué escaparía de la norma. Cierto que el chat es volátil, pero ¿no es una buena instancia para seguir siendo nosotros mismos, es decir, escritores?

El mundo virtual es el más idóneo de los mundos para un escritor.

Lo que no significa que tengamos que acomodarnos artificialmente en una probeta. La escritura (la que fuera) nos permite un conocimiento más profundo de las otras personas. Además, nos enriquece. Y por último, algo de mi casuística personal. El paso de la virtualidad a la realidad respecto de una misma persona nunca me ha producido desengaños o malas experiencias. ¿Cómo me podría suceder una cosa así? Si te he leído tanto, si te conocía tanto.

Editorial

Por Gerardo Campani

En tiempos de cuarentena, el erotismo toma una significación un tanto diferente a la de tiempos normales. El ismo de Eros se sobrepone al ismo de Tánatos y este le quita nitidez a aquel.

El sujeto, sin poder ver claramente el campo del erotismo, se acerca a la pantalla y es absorbido por otro campo: el de la pornografía. Pornografía, literalmente: “dibujos o escritos acerca de las actividades de las prostitutas”. Aunque el término es de acuñación bastante reciente (s.XIX), la pornografía, en su sentido de sexualidad explícita, es antiquísima, muy anterior al concepto de erotismo, tal como lo interpretamos hoy.

Creo que el devenir histórico ha revertido la valoración de estos dos campos, poniendo al erotismo por sobre la pornografía en cuanto a posibilidades expresivas en el arte y también en la propia vida de hombres y mujeres. El acto sexual es simple, más allá de algunas posturas y de unas pocas perversiones. El erotismo es infinito, porque la seducción no puede estandarizarse, y cada cual erotiza y es erotizado de manera diferente.

¿Y qué haremos en estos tiempos de aislamiento con nuestro erotismo, si nos negamos a refugiarnos en esas repetidas imágenes de triple equis, que sólo cumplimentan una expeditiva resolución de nuestras pulsiones, sin pena ni gloria?

Créase o no, el erotismo no tiene límites ni fronteras. Menos aún en el arte. Tampoco en la vida.

Erotismo, sensualidad, sugerencia, seducción. Términos que nos llevan a un cierto ejercicio existencial, a la apropiación de un sentido de la vida menos bestial, menos mercantil, más humano, más satisfactorio.

Que el ismo de Tánatos espere, ya tendrá su tiempo. Hoy, aún con las restricciones impuestas por el maldito virus, podemos ejercer el erotismo y disfrutarlo. Ya lo dije: es infinito.

En este número presentamos algunos textos de ultraversales que se niegan a renunciar al erotismo. Recuerdos, reflexiones, sentencias, humoradas, todo vale.

Gerardo Campani & Morgana de Palacios

Anti erotismo radical

Amores que de tan sutiles
son como los de la famosa escena
de las miradas a la luz de velas
de la película de Kubrick.

Y otros que son disímiles,
y tanto, que parecen más teoremas
para las manos ágiles y expertas
en resolver cubos de Rubik.

Me adaptaré a cada circunstancia
siempre y cuando el trabajo esté bien hecho.
Si es buena la faena sobre el lecho
el ¿cómo así? carece de importancia.

Digo yo, que prefiero Bach a Elvis,
y sin embargo en el amor persigo
modestamente un resultado. Digo,
ese largo estornudo de la pelvis.

Gerardo Campani


Anti erotismo medular

Va a ser que sí,
que corren malos tiempos para escribir lujurias
y volver a la piel enamorada.

Que ya no queda espacio para enroscar las lenguas
y el roce de los cuerpos sudorosos.

Que dudamos
de si resucitar de tanta muerte absurda
tiene alguna ventaja
y merece la pena encarnizarse
forzando el boca a boca del instinto.

Probablemente ya, va a ser que sí,
que esta extravagante febrícula sexual
no tiene consecuencias y, aunque tiemble
como una gata arisca y aterida,
no va a dejarme huellas en la nuca
ni a preñarme de sol extemporáneo.

Que no quedan orgasmos que llorar
a borbotones cálidos,
porque tu palidez no se pronuncie
sobre la doble luna de mis pechos
con la voz excitada por la ausencia
y el deseo expedito.

Va a ser que sí,
y desaparecer
empieza a ser la opción
que en este ranking va ganando puntos.

Morgana de Palacios

Gerardo Campani

Atmósfera

Ayer estuve en una sala de chat, llamémosla X. Y no digo equis por haber sido el 33% de una sala -llamémosla- triple equis , sino por lo de la incógnita.
Charlé con gente X también. Bueno, aquí hay una diferencia, porque en el diálogo, así sea en el caos del chateo múltiple, mal que mal, te das cuenta de si una persona es medianamente potable o se trata de un caso perdido.
¿Te das cuenta, dije? Pues no, No sé los demás, pero yo no me di cuenta.

Paso a contar.
Había una vez, un agente aburrido y cándido y desgraciado que fue a pasear por los senderos señalizados de Zeus. Con la gorra, pero medio ladeada, un poco por el desaliño propio de la ingesta alcohólica desmesurada y otro poco de posta, porque no hay que ser tan botonazo cuando no se está de servicio, específicamente.
Hete aquí que, en una encrucijada entre tantas, trabó conocimiento con dos sujetos (un masculino y un femenino) cuyo comportamiento llamó su atención. No poderosamente, como es lo popular, sino apenas un poco más que moderadamente.
“¡Ah, no existen las casualidades!” pensó Gerard, que es sumariante de la Sub 4ta, pero estudió dos años filosofía en la UNR y seis meses astrología en la UCh, por correspondencia. “Si estamos los que estamos, es porque somos lo que somos.” (Inferencias así son muy usuales entre los que manejan el abecé de la ontología y de la astrología a la vez.) “Seguramente ella (el femenino) es de géminis, y él (el masculino), de sagitario. Y ambos, mortales.”
No se equivocó Gerard (nada hace suponer que pudiera haberse equivocado) en la aplicación del célebre silogismo. Es más, hasta es preferible que la realidad sea así de rigurosa. Ya que algunos han nacido, nos consuela saber al menos que morirán. En cuanto al barrunto natal-babilónico, hay que decir que no tuvo oportunidad de corroborarlo. Lo que falló fue su olfato policial. Paradójico fallo, si tenemos en cuenta su impronta quevediana o su perfil numismático, según la perspectiva del observador. Del observador de la nariz de Gerard, quiero decir.

Sigo.
El masculino iba con hándicap a favor, más que nada por ser oriental y por escribir ligero y no muy feo. A pedido mío (y juro que no hubo apremios ilegales) puso el link de su blog, que copié para ver después.
El femenino, directamente, confesó su modus operandi (en un privado): “sí, soy escritora”. Y luego de un hábil interrogatorio de mi parte, se ve que le cupo el chamuyo del policía bueno y también puso el enlace del suyo.

(Ah, bueh, volví a la primera persona sin darme cuenta, pero es que ahora ya estoy relajado y más tranquilo. Estoy en casa.)
Decía que encontré a dos, entre unos doce, más o menos, y justo esos dos escribían y tenían una página. Qué olfato, ¿eh?
Bla, bla, bla, y luego me despedí con la seria intención de irme a dormir. Pero…
¿Qué habrá sido? No sé, no soy psicólogo. Pero no me fui a dormir directamente, sino a curiosear qué mambo curtían. Una sospecha latente, qué sé yo. Cliqueé primero en el link del masculino.

Ay. ¿Cómo expresarme? A esta altura de mi relato ya sabrá mi culto lector y mi intuitiva lectora de cómo me fue en la pesquisa. Pero el punto es ¿cómo decirlo con mis palabras? Se me quiebra la voz. Lágrimas piadosas obnubilan mis ojos y caen sobre mi teclado. Y no es joda: lo juro por la Virgen del Rosario y por el Comisario Sánchez. Lloré, sí. Yo, el sumariante veterano y socarrón, lloré.
Creo que lloré por mí, como las campanas doblan por Hemingway. Claro, el masculino me importaba un carajo, pero yo me importo. Y me vi como despegado de mí mismo (ahora pienso que quizá por eso me bandeé antes a la tercera persona), como una conciencia repentina que observa a un idiota oficial sumariante engañado por el declarante.
Ay. Ay. ¿Dónde está el sagitariano oriental de marras? “Estúpido” dice la conciencia desde el cenit (el altillo de la Sub 4ta). “¿No sabés que la astrología es un cuento y que el Oriente es nada más que el Este?”
Y el pobre infeliz que dilapida su tiempo ya no se consuela con el verso de asumir el absurdo, sino que llora.
Sí, yo (como todos) soy la conciencia facha y la inconciencia populachera.
No soy psicólogo, repito. Soy el sumariante fuera de servicio, con sus vicios profesionales pertinentes.

Me hice un café y me tomé la pastilla para dormir. Volví a la PC y cliqueé el link del femenino.
Volví a llorar. Lo juro por los arriba citados (la virgen y el comisario). Pero ahora no eran solamente lágrimas piadosas sino también azoradas. Ojiplático y temblequeante, comencé a convulsionar. Gemidos, estertores a mitad de camino entre la infinita pena y la carcajada. Tal cual (supongo) como quien se encontrara frente a frente con la Nada. (Bueno, un poco me dejo llevar en la narración de los hechos por mis rápidas lecturas juveniles de Sartre, perdóneseme el culteranismo.) A ver. ¿Qué es la literatura? No sé, solamente soy el sumariante, que de entrecasa se desahoga escribiendo. Pero en la pregunta está la clave de la respuesta. ¿Qué es tal cosa, por lo pronto? Digamos, sin saber qué pueda ser, que será algo. Y aquí (ríanse las ninfas constantes y los faunos perseverantes) es cuando no quiero que me hablen de Wolff ni de Hartmann ni de Sarmiento inmortal.
Porque yo sí que la tengo clara. Materialismo o idealismo, ¿no? Pues no. Nada de materia en el blog de la escritora: un cundiente agujero que se detendrá solamente con la extinción física de la escritora. Y nada de idealismo, ni de ismo ni de idea: nada de nada. Cero al as. Pito catalán al boludo del sumariante que teclea en una Olivetti del año del pedo. Fuiste, alpiste. Ganó el delito. El eje del mal. La puta madre que me reparió.

Y sin embargo soy un buen tipo. Es decir, un blandengue. ¿Cómo vuelvo a esa sala y me enfrento (es un decir) al masculino y al femenino? Me van a preguntar qué me pareció. ¿Y qué les digo? Misión imposible, porque mentir no es negocio. Mentir al pedo, digo. Si me parecen una cagada atómica, para eso, no voy. Porque tampoco es cuestión de decirle “perro” al perro, que no sabe ni que él mismo es un perro.
El perro sagitariano y la perra geminiana. Un diámetro en una esfera infinita… ni diámetro es.

Floto. Me está haciendo efecto el zolpidem. Después de tanto llorar, floto por encima del altillo de la Sub 4ta. Flotan también las viejas Olivetti y las viejas Ballester Molina. Flotan las tiras de los uniformes. Y los uniformes. Todo flota, y veo el barrio desde muy arriba, arriba de los manchones verdes de los plátanos. Ya no soy el llorón ni la conciencia, Ni el cana. Ni Gerard. Más bien soy, como el finado, un pedazo de atmósfera.

Gerardo Campani – Argentina

Poemas escogidos

Artifex vitae artifex sui

No tuve un hijo (pero sí una hija).
No planté ningún árbol
(pero en la escuela germiné judías).

Escribí varios libros aceptables
aunque muy pocos los leyeron.
Y no se culpe a nadie.

Creo que conquisté el promedio
de la mediocridad de esta vida tan rara.
Así que en paz, igual que Amado Nervo.



Candidatura

Ella me dijo:
—No me gustan los hombres
con pelos en la espalda.
—¡Bien! ¿Por qué? —pregunté.
—Cuestión de gustos. Y tampoco
la barba tipo Valle Inclán.
Y debe ser más alto que yo misma.
—Tiene su lógica…
—Que no le falte un brazo, o una pierna.
—También es razonable.
—Ni tatuajes ni piercings.
—Ajá, voy bien, correcto.
—Que sus besos no sepan a cebolla
cruda, ni a ajo.
—Claro, es muy atendible. ¿Y qué
del cigarrillo?
—Eso no me molesta,
yo soy fan de Marlboro.
—Pues entonces pongámonos
de novios —dije, muy confiadamente.
—Hum, gracias, pero no. Cuestión de gustos.
Justo pasaba un taxi, y lo tomó.



Anas

Tantos poemas, tantos, tan diversos
de todos los poetas que acertaron
tocar mi alma y luego se quedaron
también entre mis versos.

El viejo madrigal de De Cetina,
de mis amores representativo;
el nocturno de Silva, amor prohibido
a un paso de mi esquina.

El soneto a Jesús crucificado,
que es el amor a Dios tal cual lo siento
y el amor cómplice del pensamiento
de un Borges inspirado.

¿Por qué las elegías y las odas
y todos esos cánticos inútiles
siguen poblando mis recuerdos fútiles
si las detesto a todas?

Quizá debiera huir de tanta cáscara
y concentrarme en el carozo mismo
de mi alma, y buscar el paroxismo
oculto tras la máscara.

Ah, la mujer incógnita se oculta
detrás de tantas cosas cotidianas:
la Virgen del rosario y tantas Anas
que ya son turbamulta.

Sólo un poema de un amor cualquiera
me distrae del miedo de la muerte.
Tal vez un día yo también acierte
y escriba mi quimera.

Prosas escogidas de Gerardo Campani

Fantasy by Will Gard

Pantalones cortos

Y me encontré con una foto de la casa, con la calle de tierra; el árbol en la vereda gris, con sus raíces que levantaban las baldosas; el porche con reja alta. Y me distraje de eso que estaba escribiendo y me vinieron recuerdos de más atrás, del veredón del boulevard y los tranvías, de Mamá delgada y de Papá con anteojos de metal y de Chiqui dibujando escenas egipcias. Y me entraron ganas de seguir recordando, porque esos años no fueron tan malos como los que les siguieron.

No creo que la memoria sea muy tramposa como dicen algunos. Más bien creo que es desordenada, y algunos hechos dolorosos sí que se olvidan, pero otros no; y se pierden para siempre momentos felices, pero otros están allí. Y no hay reglas que gobiernen esa antología que el tiempo ordena en su transcurrir.

No sé si es más sensato usar los recuerdos usufructuándolos para decir hoy lo que juzgamos, o recurrir a ellos para pergeñar párrafos más o menos interesantes; o simplemente acudir a la llana relación, con el riesgo también de incurrir en falsos recuerdos o distorsiones. Tampoco sé qué es lo que he hecho, aunque mi preferencia se inclina hacia este último procedimiento.

Hay niñeces repletas de fantasías y magias; otras abarrotadas de anécdotas, de juegos, de estudios, de geografías; otras, terribles y desdichadas. La mía fue lenta, introspectiva, melancólica y llevadera.


La casa

Los primeros años de la vida son los más importantes, también porque no los recordamos sino a través de lo que nos han contado. Algunas escenas, sin embargo –aisladas o confusas, como de un sueño–, nos pertenecen completamente, y nos empeñamos en hacerlas coincidir con las constancias de nuestros mayores, y se nos va la vida en esa inutilidad.

Papá, Mamá y mi hermana Chiqui ya estaban en la casa cuando nací, veinte días antes del invierno de 1951. Describir esa casa me parece más apropiado que describirlos a ellos, porque ellos se fueron transformando conmigo, y la casa, antes de las reformas, se eternizó definitivamente en mí en esos años.

La casa es anterior al barrio, a la ciudad, a la patria, al planeta, al universo; anterior a todos los mundos que vinieron después y que tardé en entender; la casa nunca me tuvo que ser explicada. La casa es anterior inclusive a las personas, con sus parentescos y vecindades simples o complejos.

Estoy seguro de haberla visto antes de las primeras reformas, tal cual la había dejado Glenda, la anterior propietaria, antes de morirse y de que la compraran mis padres, en 1948. Glenda sería una mujer moderna: vivía sola, pintaba, seguramente tomaría whisky y tal vez fumara. Yo oí nombrarla algunas veces en mis primeros años, pero solamente mucho más tarde advertí la relación entre una casa y sus habitantes. “Tenía la casa hermosa, un chiche –decía Mamá, años después–, pero nosotros éramos cuatro, y no cabíamos.” A lo mejor algunas modificaciones fueron anteriores a mis primeros recuerdos, pero si es así, no habrán sido relevantes: yo viví, empecé a vivir, en esa casa de espíritu distinto y que ya no existe más.

Ahora quiero recorrer esa casa perdida para siempre, como un fantasma inverso flotando en el mismo espacio pero en otro tiempo, entre aquellos tabiques y mamposterías y azulejos y pisos que se superponen con estos, como en un trabajoso truco de película de fantasías.

Entro desde la calle de tierra, pasando entre los dos árboles de la vereda y atravesando la puerta de reja alta. Me detengo un instante en el porche de la entrada. El piso olvidado, los umbrales rojos. ¿Aquí es? Dudo. Retrocedo, flotando, y atravieso la reja y vuelvo a la vereda de baldosas grises. Total, esto es lo más fácil de hacer para un fantasma. En la columna que separa la reja fija de la puerta de reja está la placa azul con números blancos y el escudo de la ciudad. Sí, 152, es aquí. Vuelvo a atravesar la reja y me enfrento a la puerta. La cerradura Yale, el picaporte de bronce, la mirilla cerrada. Con el mismo fantástico procedimiento ingreso al living. El piso de parquet oscuro, brillante. Al fondo se ve la cocina y el patio, pero no avanzo; me distraen las antiguas novedades más cercanas. A mi izquierda, el pequeño perchero de pared y enseguida el arco que comunica ampliamente a la otra habitación a la calle. Seguidamente, la otra puerta que lleva a la segunda habitación. Está cerrada. Al lado de la puerta, ya llegando a la pared del fondo del living, el barcito americano. Tiene dos puertas arriba, como un botiquín, y están un poco abiertas. Se ven los estantes de vidrio. Las puertas de abajo ocultan una pequeña pileta. En la pared de la derecha, el hogar a leña de siempre. Después, la escalera de madera que lleva a la planta alta. Subo, suspendido siempre, como cualquier fantasma, alejado por igual de los escalones que del techo y de cada pared. Es la única manera que la escalera no cruja, y eso le conviene a este silencioso viaje de inspección, parecido a una película muda. La escalera gira hacia la izquierda, en U. En el tramo final, a la derecha, un amplio ventanal recibe el sol de una terracita y lo arroja a través de la escalera hacia la habitación de la izquierda, abierta de ese lado en una pared petisa que tapa la subida de la escalera, hasta una altura de menos de medio metro por encima del último escalón. Allí pintaba Glenda, con esa luz arterial del nordeste y también con la venosa del sudoeste, que entra por la ventana a la calle, asomada al techo del porche. El atelier de Glenda era privilegiado: no podría haber atribuido una falla en alguna tela suya a la falta de luz.

Al trasponer el último peldaño, a la derecha, el baño, y a la izquierda, el acceso al atelier. Bajo ahora; después volveré a curiosear otras cosas.

Vuelvo al living, flotando y bajando ahora hacia la derecha. Quedo ante el barcito. Qué mueble tan simpático y tan útil ¡Ay, esas maderas laqueadas y esos espejos interiores! ¿Había que sacarlo, necesariamente?

A mi derecha está el cuadrado de un metro por un metro (en el piso está la tapa de la cámara de la cloaca) que conecta el living con el interior de la casa. A un lado está el hueco que forma la escalera; al otro, el baño; al fondo, la cocina. Pero no avanzo en esa dirección, sino que desando un poco el camino y me planto frente al arco. Después lo cruzo y entro a la primera habitación, con las dos ventanas en ele, una al porche y la otra a la calle. A la derecha, la habitación termina en una pared, con una puerta en el medio. Entre esta puerta y el arco, una pequeña repisa, junto al extremo de un cable que asoma de la pared y que es la bajada embutida de la antena de radio, en la terraza. La puerta está cerrada. Este detalle parece a propósito de explotar mi condición fantasmal: la atravieso y ya estoy en la segunda habitación. Aquí, como en la anterior, los pisos son de pinotea, y los techos, altos, con paneles de yeso blanco. La pared del fondo tiene tres aberturas: una puerta, a la izquierda, que siempre está semiabierta y que es la entrada de un vestidor estrecho y largo, como un pasillo; una ventana grande que da al patio; una puerta exterior. En la pared de la derecha, la puerta que da al baño.

Ser un fantasma no me impide sentir como cualquiera que no lo sea. Recorrer una casa vacía de muebles y de cosas y de gente es un acto excepcional, mágico. Tanto para un fantasma como para una persona. Lo comprobé en cada relevamiento de propiedades, cuando trabajaba de corredor inmobiliario, y ahora mismo, en esta casa. Se ven en los muros vestigios de la gente que ya no está; se intuyen en los picaportes las manos de aquella gente; se cree ver figuras desplazándose a través de puertas y arcos; se imaginan corpúsculos de vida impregnados en los marcos de las aberturas, en algunas molduras, en cualquier resquicio. Como imaginamos que se han movido esos dedos de aquella momia egipcia que observamos con solemne recogimiento.

Cada habitación tiene su sorda música y su hueco perfume; cada una me trae un distinto recuerdo atascado. Sin embargo, todas participan de una clave común y de rumores y aromas parecidos.

Entro al baño. De repente los recuerdos se desatascan y mi mano se va sola hacia los grifos del lavamanos. Claro, admito que solamente me es dado observar y sentir, y que no puedo actuar. El baño está más patente que el resto de la casa, con ese mundo de agua retenido en cañerías empotradas y esos sistemas para activarlo y que podría hacerlo si se me permitiese. Los azulejos verde claro (color predominante en toda la casa), con textura más de estuco que de azulejo; los sanitarios blancos: el lavamanos; el inodoro Pescadas; el bidet; la bañera enlozada. Toalleros y percheritos y portavasos y portacepillos de metal reluciente; espejos impecables. Enfrentada a la puerta por la que acabo de entrar, otra, que da al cuadrado en cuyo piso está la tapa de la cámara, y que obra como el centro estructurador del movimiento de la casa. Salgo del baño por esa puerta y giro a mi izquierda, hacia la cocina.

Aquí los azulejos son de un ocre pálido. No hay muebles ni artefactos, excepto un termotanque eléctrico, amurado, con los controles a la altura de los ojos de un adulto. Una ventana amplia y una puerta de hierro dan al patio. Están cerradas, y las atravieso con una impunidad que vuelve a causarme gracia.

El patio es grande; no tanto como lo era para aquel niño al que todo le parecía inconmensurable, pero sí más grande que como quedó tras las reformas. Al fondo, a la derecha, el limonero. A la izquierda, tal vez un pino. El suelo es de tierra, tapizado completamente con una grava roja y –recuerdo– ruidosa. Algunos parterres circulares pueblan la superficie con rosales y malvones. Cubriendo la mitad del cielo, la parra.

Ahora quiero volver a la planta alta, y en lugar de hacerlo por la escalera interior, me elevo desde el patio unos pocos metros y entro desde la terracita en donde está el lavadero. Atravieso una puerta cerrada y entro en el baño. Es un poco más chico que el de abajo, y no tiene bañera. El lavamanos es demasiado pequeño, incómodo, porque la grifería está muy pegada a la bacha y no deja lugar para maniobrar. Los azulejos son los mismos que los de la cocina; las baldosas del piso, al tono; el inodoro, Traful.

Vuelvo a la terracita. Me quedo un rato mirando la pileta de lavar, no sé por qué. A lo mejor porque me cuesta reconocerla, o acaso porque me la esté inventando ahora. El ventanal está cerrado, también, y lo traspaso, cubriendo enseguida el espacio de la escalera y entrando en el atelier. Baldosas blancas, como nunca volví a ver en ningún otro lado. La ventana que da al sudoeste, con su panorámica de techos bajos y pequeñas terrazas y árboles y más árboles a la distancia, como un mar verde interminable.

Me desvanezco en mi realidad fantasmal. Abro los ojos y me encuentro frente al monitor en blanco. Luego veré de reconstruir esta visita, este raro viaje en el tiempo. Ahora estoy casi llorando. Misterios de la melancolía, que me trae emociones de un tiempo que no viví y de gente que no conocí a través de una arquitectura que apenas vislumbré y que me resulta entrañable.

Hipótesis provisional del pie quebrado

Por Gerardo Campani

En las coplas de pie quebrado no debe considerarse el concepto de pie como unidad de escansión (como en la poesía griega y latina) ni como en la actual castellana, que supone también una unidad menor (como, por ejemplo, cuando se habla de “pie de rima”). En la época de Jorge Manrique, el concepto de pie era asimilable al de verso, en su sentido métrico.

Así lo registra el DRAE:

27. m. desus. Cada uno de los metros que se usan para versificar en la poesía castellana.

Entonces cabe preguntarse qué es lo que se quiebra cuando se habla de pie quebrado. Porque el ya quebrado es el verso corto, pero se ha quebrado del anterior largo.

~ quebrado.

1. m. Verso corto, de cinco sílabas a lo más, y de cuatro generalmente, que alterna con otros más largos en ciertas combinaciones métricas.

¿Y por qué cuatro o cinco? ¿Aun tratándose de estrofas octosilábicas? ¿A capricho del poeta?
Propongo una explicación.

Cuando el verso largo anterior (octosílabo) es grave, el quebrado es de cuatro sílabas. Si los sumamos a ambos, tenemos un dodeca acentuado en séptima.
Ejemplifico con el más célebre poema de esta forma, poniendo en la misma línea el verso quebrado:

Recuerde el alma dormida, [8]
avive el seso y despierte contemplando [12]
cómo se pasa la vida, [8]
cómo se viene la muerte tan callando [12]

Aquí, el verso quebrado mide exactamente la mitad del largo (cuatro sílabas), pero no pasa igual cuando el largo es verso oxítono (agudo), pues al contar realmente de siete sílabas, requiere de una más (cinco) en el quebrado. Ver:

¿Qué se fizo el rey Don Juan? [7+1=8]
Los infantes de Aragón [7+1=8]
¿qué se ficieron? [5]

Que vendría a ser:

¿Qué se fizo el rey Don Juan? [8]
Los infantes de Aragón ¿qué se ficieron? [12]

Cierto es que el mismo Manrique no es siempre consecuente con esta norma, pero creo que deben considerarse algunas cuestiones:

+ que las estrofas en las que no se atiene a lo señalado no suenan tan bien como las otras;

+ que desconocemos la exacta entonación de la época (casos de distintos recursos o licencias usuales, por ejemplo);

+ que en 1476 (probable año de su composición) la normativa era incipiente.

Supongo que el asunto de cuándo el quebrado es de cuatro sílabas o de cinco estará estudiado, pero no encontré nada al respecto, y por eso me he animado a proponer esta interpretación.


Si algún paciente y generoso ultraversal encuentra algo más (y mejor, preferentemente), agradeceré el dato.

Gerardo Campani – Argentina

https://www.facebook.com/gerardo.campani

La inteligencia se marca a la hora de resolver un conflicto y, cuando el conflicto radica en lograr un equilibrio estético y emocional en un texto, es cuando la inteligencia de Gerardo Campani se destaca. En sus textos siempre alguien percibe una parte de la realidad y la desmenuza desde su propia e íntima sensibilidad, para luego echarle una pizca de racionalidad, de manera que el color del sentimiento queda delineado por un atisbo de explicación del mismo. Explicación esta que suele adquirir el ropaje de cuestionamientos sin respuesta.


En su poética, hace gala de un profundo conocimiento de las reglas que norman este arte, lo que le permite no sólo desarrollar cualquier metro, sino también cambiar de fondo, forma, como también de tono. Bien puede escribir un poema blanco de carácter existencial, como decantarse por unos octosílabos si se lanza a un contrapunto divertido. Es también para remarcar que, en poética, no le cuesta trabajo distinguir o confundir al yo poético de cualquier sujeto que elija recrear. Cosa que a pesar de que dificulta llegar al fondo del escritor, permite el disfrute de cualquiera de sus poemas.


En cuanto a su prosa, la misma se caracteriza por un aliento tranquilo y ameno, con el cual logra proponer, partiendo de situaciones sencillas – o mejor dicho, comunes -, un montón de variables que deja a cargo del lector extrapolar. En su novela “Conrado está muerto”, por ejemplo, sin mencionarlo jamás, realiza un juego extenso sin líneas divisorias precisas y enérgicas entre crueldad y maldad, nociones nada pequeñas.


A la hora de dar la mano a un compañero de letras, es de él tener la precisa, la frase que empatiza con el que busca aprender. Con el tono humilde del que sabe y busca transmitir lo que sabe, y no con la altanería del que conoce lo que no sabrá enseñar a nadie. En este aspecto, uno de esos profes que se sientan a tu lado y te muestran el cómo sin impaciencias.


Gerardo Campani es un escritor que pisa firme en territorios difíciles, como lo son la densidad del absurdo o la milimétrica consistencia de la ironía. Un tipo capaz de decir “el mejor resultado es el empate”, y ya el que tenga capacidad para sopesar, que lo haga.

A o B

Por Gerardo Campani

Hay quienes dicen que se nace (digamos, de manera provisional y suscinta)) A o B.
“A” sería, por ejemplo, ser mujer, y “B” varón (podría ser al revés; esta elemental taxonomía es más metafísica que genética).

Otro ejemplo, de la misma guisa: “A” zurdos; “B” diestros. Y también: “A” escépticos; “B” crédulos.

Bien.

¿Y qué de los hermafroditas, los ambidextros y los budistas zen?

Es difícil establecer un límite tajante cuando se divide por un factor tan mínimo.

Sin embargo, es posible forzar la interpretación, y vaya como ejemplo una refutación de la indeterminación en la Lógica de Hans Reichenbach.

Este autor dice que la Lógica tradicional es bivalente, toda vez que inclina cualquier interpretación en el sentido de “verdadero” o “falso”. Y sin embargo -dice- hay una tercera instancia lógica, la de “indeterminado”. Por supuesto que esta “Lógica trivalente” que propone está basada en el Principio de Heisenberg (ver).

La refutación a esta esforzada propuesta de Reichenbach es que hace agua, porque solamente con aceptarla o rechazarla, ya entramos en la “superación abarcativa”, que nos obliga a considerar dicha propuesta como verdadera o falsa, con lo cual volvemos (en un estadio superador, abarcativo de la anterior), a la lógica bivalente que intenta impugnar.

Y es que la lógica, por más elementos matemáticos que contenga, es una disciplina tributaria de la filosofía (o si se prefiere de la metafísica). Si no fuera así, no habría más remedio que expulsarla de la disciplina a la que pertenece.

Es muy curioso todo esto: Bertrand Russell es célebre como filósofo; aportó más que nada al campo de las Matemáticas y a la divulgación de la Física; se lo premió con el Nobel de Literatura.

Volviendo al asunto de A y B, se dice también que nacemos alondras (hábiles bajo la luz del sol) o búhos (cómodos en la nocturnidad). Una interpretación fatalista de los biorritmos.

Y también naceríamos aristotélicos o platónicos.

Yo creo que esas condenas congénitas pertenecen a la Anatomía, menos a la Fisiología y casi nada a la Conducta.

Un mexicano con bigotes es sin dudas muy machazo, pero basta mirar en el Youtube los Huevos Cartoons para tener un ejemplo de lo que digo.

Y quiero decir que el sexo, o el género, como se dice ahora, es fatal, aunque no lo sea el rédito que se logre de él.

En cambio, ser zurdo o diestro (digo yo) es solamente el resultado de la acumulación temprana de azares en la conducta. Claro que esto es discutible, pero hay argumentos que contradicen el determinismo de la función de los hemisferios cerebrales.

A quien le interese el tema, podrá consultar bibliografía al respecto, que la hay y mucha.

La teta derecha o la izquierda, la distinta cantidad de leche que surte cada una al lactante, es un lugar común del psicoanálisis tradicional, por ejemplo.

Otra ilustración podría hacerla yo mismo, que tiro con el rifle como diestro, y con el arco como zurdo, espontáneamente.

Otra, el drama de los managers de box, que encuentran pupilos diestros en la guardia, pero zurdos de piernas. Y viceversa.

Otra, las distintas habilidades de ambas manos para diferentes funciones (la mano izquierda impura de los musulmanes, que es más hábil para limpiarse el culo que la derecha).

Por último, y para no aburrir, la cuestión de los búhos y las alondras, que es la misma que todo lo anterior.

Todas estas funciones son producto del azar de las experiencias, o de la educación.

Y así como se va conformado el hecho de ser zurdo o diestro, también el ser búho o paloma. Una cuestión de conformación de un “tipo” mediante la acumulación de experiencias que han de determinarlo.

¿Aristotélicos o platónicos? No creo que se nazca de una o de otra forma. Se va conformando (desde muy temprano, antes de saber nada de Aristóteles o de Platón), porque no son más que arquetipos a posteriori de la experiencia de cada uno.

De la misma forma, nadie nace escéptico o crédulo, sino que se va haciendo a través del tiempo de maduración de la personalidad.

Aunque estoy muy a la expectativa de no tener razón, porque la realidad es muy compleja y nadie tiene la última palabra.

Además, no me parece que los condicionamientos congénitos pesen más que los adquiridos. Tertuliano, con toda su apologética propia de un crédulo, no pudo dejar de señalar su célebre frase: Credo quia absurdum, más en sintonía con el escepticismo racional.

No importa demasiado con qué inclinación (en el caso de que la hubiera) nacemos. Construimos nuestra welltanschauung experimentando qué nos resulta mejor para desarrollar nuestras posibilidades expresivas.

Resumiendo: soy varón, búho, aristotélico, escéptico.

Casi un prototipo de trasnochador de café, relojeador de las mujeres que pasan, defensor del sentido común, descreído de cuentos.

Las madrugadas me han sido más llevaderas que las mañanas. Las mujeres más que los varones. Aristóteles más razonables que Platón, etc. Y todo por comodidad.

Así, el escepticismo me resulta más llevadero que la credulidad. Y digo “credulidad “ y no Fe, porque esta la tengo, como Tertuliano.

Acerca de Gerardo Campani

Relecturas

Por Gerardo Campani

Microensayo

Pedro Abelardo: Historia de mis desventuras
Buenos Aires, CEAL, 1967
Trad. José María Cigüela

Pedro Abelardo (1079-1142) ocupa apenas dos páginas (de las casi cuatro mil) en el Diccionario de Filosofía de José Ferrater Mora. Sin embargo, su papel en la historia del pensamiento occidental es imposible de soslayar. Veamos por qué.

Hay cuestiones de la filosofía que no se agotan jamás, y a cada solución aportada por una escuela (un ismo) le sucede un renacer de la anterior, sea en su forma original o en otra menos ingenua, frecuentemente precedida en su denominación por el prefijo neo.

Es decir, por ejemplo, que la refutación de Platón llevada a cabo por Aristóteles, no podía sino provocar una reacción llamada neoplatonismo.

Justamente en tiempos de Platón y Aristóteles comenzó a tratarse la cuestión de los universales. Para los absolutamente legos en estas cuestiones baste saber que el término universal es asimilable a la idea de general, abstracto, en contraposición a lo individual, concreto. De esta manera, el perro es un universal, y mi perra siberiana, y cada uno de los mastines de Aspide, y la Pitu extraviada en la noche de San Juan, son particulares.

Ahora bien, ¿existen tales universales, o son sólo conceptos sin consistencia ontológica? ¿Conocemos a diversos bichos y luego proponemos el término perro que los contempla (vía inductiva) o reconocemos a cada uno de esos bichos porque están comprendidos previamente en el universal perro (vía deductiva)? Y en caso de que los universales existan verdaderamente, ¿qué tipo de existencia tienen?

No pareciera esta una problemática urgente (casi nada en filosofía lo es), y de hecho estuvo postergada durante siglos, sin embargo aún hoy se la trata entre especialistas, sin llegar a una conclusión unánime.

El punto más interesante de esta polémica es la discusión ocurrida en Francia, en el siglo XII, entre las dos corrientes opuestas que exponían la cuestión.

Por un lado los realistas, defendiendo la existencia plena de los universales, y por el otro los nominalistas, que afirmaban que los universales son solamente palabras.

Hubo un antecedente, editorial, por así llamarlo: la traducción y comentarios hechos por Boecio (480-525) de la Isagoge de Porfirio (233-304), en donde se trata con cierta extensión el concepto de categoría en Aristóteles.

Y seis siglos después, cuando la filosofía seguía siendo pasión, pero bajo la mirada rigurosa de la teología, estalló la controversia.

Abelardo fue discípulo de los dos máximos exponentes de ambas corrientes, y con los dos polemizó.

Roscelino de Compiègne (1050-1120) acuñó el término flatus vocis (pedos de la voz) para referirse a los universales. Argumentaba este canónigo que “un color no es algo distinto del cuerpo coloreado”, negando así la existencia real de un color, más allá de los particulares coloreados que fueren. Así, cada particular es substancia en sí mismo, sin un universal real que los comprenda. No estaba del todo mal el encuadre, pero… el díscolo pensador no pudo dejar de inferir en esta línea que “las tres personas de la Trinidad deben ser substancias distintas”, lo que fue interpretado lógicamente como herejía triteísta en el Concilio de Soissons de 1092, y Roscelino abjuró de su proposición, y todos en paz.

Guillermo de Champeaux (1070-1121), alumno de Roscelino, creía en cambio que “toda individualidad es simple accidente de lo genérico y específico”, de manera que los particulares (individuos) están en esencia en el universal. Por lo tanto, el universal es real (esta postura es la llamada realismo) y no solamente un nombre (nominalismo) como enseñaba su maestro.

Después de una paliza dialéctica recibida por Abelardo, Guillermo rectificó ciertas rigideces de su sistema introduciendo elementos que dejaron menos desprolija su proposición.

Entiendo que estas cuestiones abstrusas no despierten mayor interés que lo anecdótico, y sirva esta brevísima reseña como marco para entender el clima de debates intelectuales en la Edad Media en el seno de la Iglesia, que no fueron precisamente monocordes ni alejados de la lógica más seglar.

La postura de Abelardo fue ciertamente razonable. Los universales no son cosas (res) a la manera de Guillermo, ni voces (vocis) como quería Roscelino; el universal es un nombre (nomen) de una vox significativa. Ni cosa ni voz: concepto. Y de ahí el término conceptualismo con que se conoce hasta hoy esta interpretación. Claro que no es cuestión de cambiar ismos como etiquetas de un frasco, sino llegar al concepto por mecanismos de razonamiento. Los empleados por Abelardo se basaron en la predicabilidad que se estudia en la Lógica y su aplicación a la ontología. Y sentaron precedente para el sistema de Santo Tomás de Aquino (1225-1274) que, agiornamientos mediante, sigue vigente para muchos hasta el día de hoy.

Hasta aquí, el Abelardo pensador, eximio polemista y brillante orador, que atraía discípulos de todos los rincones de Europa. El Abelardo más conocido es el de la historia de amor, a punto tal que es raro que su nombre no vaya junto con el de Eloísa. Abelardo y Eloísa, particulares arquetípicos del universal amor. Del verdadero, del amor que es tanto pasión como entrega, y que sobrevive a la mutilación y a la muerte, y poco tiene que ver con ciertos amores de cabotaje.

A mis amigos ultraversales quiero presentarles también al Abelardo escritor. No al técnico ni al teólogo, sino al íntimo, al que nos cuenta sus desdichas de una manera tan llana y persuasiva que no podemos sino creer en él y amarlo.

Fragmentos

Así comienza. Nótese lo directo de su discurso, sin engolamiento ni falsa modestia.

Soy oriundo de una villa fortificada que fue construida a la entrada de la Bretaña Menor. Tiene por nombre Pallet y según entiendo, dista hacia oriente ocho millas de la ciudad de Nantes.

De la índole de mi tierra y de mi estirpe me viene el ser ligero de corazón; pero también el estar dotado de inteligencia superior para las disciplinas literarias.

(…) Yo, a medida que más avanzaba y más fácilmente aprendía, más me encendía en el amor por los conocimientos. De forma que fui totalmente seducido por la literatura hasta el punto de abandonar la pompa militar y los derechos de la primogenitura en favor de mis hermanos. Abdiqué de la corte de Marte para ser educado en el regazo de Minerva.

Y en este pasaje, su voz íntima (refrendada por la Historia) relatando hechos y relatándose él mismo, con una descarnada pluma no muy común entre pensadores de la época.

Llegué finalmente a París, ciudad en que ya hacía tiempo que esta disciplina se cultivaba florecientemente. Allí me establecí al lado de Guillermo, el Capellense, mi preceptor, que por aquel entonces era famoso y realmente eminente en ese magisterio.

Por algún tiempo permanecí escuchándole. Al principio me tenía simpatía, pero después se puso molestísimo conmigo. Esto aconteció cuando me atreví a refutarle algunas de sus sentencias y opiniones, cuando comencé a razonar contra lo que él sostenía y a manifestarme en el curso de las polémicas, algunas veces, superior a él.

(…) Se sumó a esto, el que yo mismo, joven aún, presumiendo de las fuerzas de mi edad y de mi talento más de lo que correspondía, quise tener mis propias escuelas.

(…) Mas al poco tiempo, atacado por una enfermedad (…)

(…) Algunos años me mantuve alejado de Francia.

(…) Yo volví a él, a fin de aprender el arte de la retórica. En esta ocasión, siendo nuestras opiniones tan dispares, se reanudaron los choques entre los dos. Y yo traté de hacer zozobrar o mejor dicho destruir con claras argumentaciones su antigua tesis sobre la comunidad de los universales. Traté de destruirlo a él mismo.

(…) Acosado, corrigió esta opinión modificándola. Vino a sostener que la naturaleza no era una y la misma en los individuos desde el punto de vista esencial; pero afirmó que lo seguía siendo desde el punto de vista de la indiferencia.

¿Y cómo pensar que las cosas fueran distintas de como Abelardo las cuenta?

Vivía en la ciudad de París una jovencita de nombre Eloísa, sobrina de un canónigo llamado Fulberto. Este hombre, que sentía por ella un inmenso amor, había hecho todo lo que estaba de su parte para que ella progresara lo más posible en todas las ramas del saber.

Ella, que no estaba mal físicamente, era maravillosa por los conocimientos que poseía. Y como este don imponderable de las ciencias literarias es raro en las mujeres hacía más recomendable a esta niña. Por esto era famosísima en todo el reino.

Vistas todas las circunstancias que suelen excitar a los amantes, fue a esta a la que pensé me sería más fácil de enamorar. Llevarlo a cabo se me antojó lo más sencillo.

Era yo tan famoso entonces y sobresalía tanto por mi elegancia que no tenía temor alguno de ser rechazado por ninguna mujer a la que hubiera dignificado con la oferta de mi amor.

(…) Como nos encontrábamos separados creí que era conveniente que nos presentáramos por intermedio de cartas. Pensé que muchas cosas las expresaría mejor por escrito, pues es más fácil ser atrevido por escrito que de palabra.

(…) Cuando me vi enteramente inflamado por el amor a esta adolescente, busqué la manera de hacérmela más familiar. Pensé que una íntima conversación y un trato diario la llevarían más fácilmente al consentimiento.

Traté entonces de que el predicho tío abuelo de la joven me recibiera en su casa, que no estaba lejos del lugar de mis clases, en calidad de huésped. Me ofrecí a pagar por ello cualquier precio.

(…) El viejo cedió a la avidez de dinero que lo devoraba, al mismo tiempo que creyó que su sobrina se habría de aprovechar de mis conocimientos.

(…) Había, en verdad, dos circunstancias que me hacían aparecer a los ojos del canónigo como totalmente inofensivo: una era el amor que él sentía por su sobrina; y otra la fama de mi continencia.

¿Qué más pasó?

Primeramente, convivimos bajo el mismo techo. Llegando después a convivir en una sola alma.

Al amparo de la ocasión del estudio, comenzamos a dedicarnos por entero a la ciencia del amor.

Los escondrijos que el amor hambrea nos lo proporcionaba la tarea de la lección. Pero, una vez que los libros se abrían, muchas más palabras de amor que del tema del estudio se proferían.

(…) Ningún grado del amor fue omitido por los ardientes amantes. Y si algo desacostumbrado el amor inventa, ése también fue añadido. Y como éramos novatos en estos goces insistíamos con ardor en ellos, sin que nos aburriesen.

(…) Transcurridos algunos meses, el tío se enteró de nuestras relaciones.

¡Qué infinito fue el dolor que este conocimiento despertó en el tío! ¡Qué inmensa pena recibimos los amantes por la separación! ¡Cómo me confundí de vergüenza! ¡Con qué opresión se ahogaba mi corazón por la aflicción de la niña! ¡Qué ahogos tan grandes le produjo a ella mi abatimiento! Ninguno de los dos se preocupaba de lo que le pasaba a sí mismo, sino de lo que le estaba pasando al otro. (…) La separación de los cuerpos estrechó aún más los lazos que unían nuestros corazones.

Privados de toda satisfacción, más se inflamaba el amor. El pensamiento del escándalo sufrido nos hacía insensibles a todo escándalo. Pequeña nos parecía la pena proveniente del qué dirán ante la dulzura del goce de poseernos.

La historia sigue, pero no sé si con mis apostillas y mi selección de fragmentos consigo transmitir lo que me interesa. Tal vez la continúe, no sé. Ojalá haya despertado alguna curiosidad en quienes no la conocían.

Hay bastante bibliografía. Consigno tres obras:

  • Ottaviano, Carmelo: Pietro Abelardo, la vita, le opere, il pensiero (1930)
  • Casaubon, J. A: El problema de los universales (1984)
  • Pernoud, R: Eloísa y Abelardo (1973)

Acerca de Gerardo Campani

Gerardo Campani – Argentina

Bacanal

Estoy, al fin, frente a la mesa que más me gusta: una tabla de fiambre, con bondiola y queso Chubut. Hay también un frasco de aceitunas verdes, morrones, salsa golf, pan casero y una botella de cabernet. El vino tinto me hace doler la cabeza, pero al día siguiente. Por la tarde hice una última incursión en la satisfacción de los sentidos más bajos (más abajo del estómago). No fue la plenitud que siempre busqué, pero al menos ahora no la estoy buscando. El rostro aniñado de ese cuerpo alquilado me acompaña al costado de la escena, apagándose de a poco. De a ratos interrogo a mis imágenes, acumuladas en tantos breves años: ¿debería este momento postergado ser más patético o más estremecedor? La verdad es que, hasta ahora, los colores que me rodean son los mismos, y la sangre fluye autónoma y ajena, como siempre. Corto una rodaja de pan y un trozo de bondiola. Como. Mastico. Paladeo. Es muy rica esta bondiola, y el pan, perfecto. Un sorbo generoso de vino me hace seguir pensando. ¿Habrá un crescendo en esta bacanal secreta que me sitúe en una cúspide extática propicia a la trascendencia? ¿Habrá un momento en el que el placer me diga “este es el broche de oro” o “ahora o nunca”? ¡Qué tiernas las aceitunas y qué grandes! La salsa golf les agrega un gusto exquisito. ¡Roquefort! ¿Cómo me olvidé del roquefort? ¡Qué lástima! Con roquefort hubiera sido perfecto. Este pequeño contratiempo le confiere al momento una nueva dimensión de realidad. Mastico y lucho, a la vez, contra frases que me acechan tercamente, pero que no voy a permitirles la entrada. Frases como “la última cena” o “el canto del cisne”. El cabernet es ideal para componer esta obra de arte: separa los distintos sabores de la comida como en párrafos, y a la vez los organiza como un texto. De una cosa estoy seguro: este otro texto no va a recibir corrección, no mía, por lo menos. Alguien va a descifrar esta letra garabateada, de médico, extraña a este papel de envolver con que traje los manjares del almacén. Después, tal vez, serán mecanografiadas en una hoja decente, y envejecerán en una carpeta en una comisaría, o en algún juzgado (tampoco le permití la entrada al ridículo encabezamiento “Señor Juez”). Los colores, qué extraño, siguen sin cobrar intensidad, no son los colores saturados y definidos de los sueños. No sé si esto es mejor o peor, pero siento una leve decepción. Neoplasia. No es una palabra tan terrible. No tanto como cianuro de potasio, más sonora, más real, más al alcance de mi mano. Pero ninguna palabra es incompatible con la consistencia exacta de este bocado de queso. Sin embargo, este festín no tiene crescendo; no habrá, ya lo sé, una cúspide extática propicia a la trascendencia. El momento deberá ser cualquiera. Cualquier momento entre los situados más altos en esta sinusoide achaparrada. De todos modos no está mal. ¡Qué exquisito cabernet! Siento la libertad (qué curioso que es sentirla en este momento) corresponderse con lo fatal, y esto es un descubrimiento que me conforma. Neoplasia es un absurdo, una posibilidad desechada. Cianuro es la elección y a la vez la predestinación. ¿Y el momento exacto? Cualquiera, pero ¿cuándo? Ya me he comido la bondiola y más de la mitad del queso. El frasco de aceitunas está aún casi lleno, pero ya no me apetecen. Queda un poco de pan, y un cuarto en la botella de vino. El momento será cualquiera, pero no dentro de mucho tiempo. Sigo ahora sólo con el queso, que es lo que más me gusta. No sé si soy rata para la astrología china, y no voy a averiguarlo. También aquí coinciden la libertad y el determinismo: no me interesa saberlo y no podré saberlo. ¡Qué sensación extraña y agradable la de comer queso sin la preocupación de futuras constipaciones! ¡Qué privilegio el de tomar vino tinto sin el temor de la migraña del día siguiente! Neoplasia. No tiene sentido; nunca, en realidad, tuvo sentido, nunca tuvo significación por sí misma. Cianuro. Tampoco. Es el nombre de un trámite breve que reemplaza otros más fastidiosos. Cabernet. Un símbolo, un tanto arbitrario, de las cosas que van a quedarse de este lado. Junto con el reloj pulsera, que dejé en el baño; con los mocasines guinda que compré el mes pasado y no llegué a estrenar; con los recuerdos de sueños terribles y maravillosos; con diálogos fragmentados y escenas entrecortadas, míos y ajenos; con lo que supuse que era el amor de Adriana; con la mirada incomprensible de la niña alquilada, con ese rostro que vuelve a hacerse nítido y me observa con expresión de máscara, como destacado, tal vez por ser el último. Se acabó el vino, qué pena. Aunque el cianuro, me aseguraron, no da tiempo ni a un último sorbo de vino. ¡Qué extraordinario! Me acabo de dar cuenta de que he dejado, al fin, de fumar. Los cigarrillos están en el dormitorio, y no tengo ninguna gana de fumar, a pesar de que acabo de comer. Mis últimos pensamientos no están, definitivamente, a la altura de las circunstancias, y a lo mejor es preferible. ¿Y qué siento, por lo menos? Nada. Se me está terminando el papel. El registro de estos últimos instantes podría consolar a mis deudos, o tal vez informarle a quien lo lea que no es tan terrible esta determinación. Bajo la mesa me espera el frasco mágico. Un ligero temblor en mi mano empeora  la caligrafía de estos renglones finales. Miro con desgano a mi alrededor (los anaqueles desordenados, el televisor apagado, las migas de pan desparramadas sobre la mesa, la puerta entreabierta que da al baño), como echándole un último vistazo a este pequeño rincón del universo.

1992

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