«Brama», contrapunto, Ana Bella López Biedma – Gavrí Akhenazi

Respiro tu animal de boca suave
y tus dedos recorren mi tiniebla,
despejan, sin temor a los caminos,
las roncas sensaciones de mi bestia
y nos calan, profundamente vivas,
en su inmoralidad, nuestras mareas.

Desarmo el valle fértil de tu espalda,
y te siembro los dientes de mi huella
si tu voz se reclina en el susurro
cortada en el amor como una cuerda
que me salpica entero con tu nombre
al estallar vocales que se queman.

Hacemos del amor la indisciplina
que sacia sus orgasmos con violencia
en esta soledad bajo la noche
y en este bar de copas de la pena.

Así, juntos y solos, como siempre
ceñimos el vaivén de las caderas
y el mundo es este mundo interminable
en que somos un macho y una hembra.

Después vendrán de nuevo las distancias,
la prodigalidad de las ausencias,
el tiempo camaleónico del bien
donde no cabe el coito de dos fieras.

Cumplamos con nosotros esta noche.
Ya se verá después, qué nos espera.

Gavrí Akhenazi


Respiro de tu boca como el beso
que nunca ha sido beso. Te desvuelas
en la fragilidad que de mi nombre
llega a tu nombre. Urdes con tu lengua
ese verso puntal que se me clava
en el centro voraz de la contienda
de medirnos la sangre, siempre al borde
de cada oscuridad. En la marea
de tu playa me adentro como un barco
cansado de su piel, suave madera
abocada al naufragio de una noche,
vencida por el filo de la ausencia.

Tu mano seminal traza una ruta
que va desde tu hastío hasta mis huellas
y muerde con la urgencia de las ganas
los muslos de mi soledad. Te acepta
la mujer que se esconde entre mis pliegues,
lluvia sumisa, tempestad violenta,
hecha toda de agua en la palabra
que nunca pronunciamos. En tu puerta
he dejado la ropa y los despojos,
abiertamente sola a cielo abierta.

Ana Bella López Biedma


A mi costado, mansa, frágil, dulce
tu orografía es un planeta inmóvil,
una curva de luna atravesada
por la penumbra de la medianoche.
Llena y frutal, igual que un higo intenso
tu sabor de abrevar constelaciones
me ciñe sus perfumes a la boca
y me empapa la piel de tus olores.

Ahora estamos así, serenos, anchos,
gozados en el filo de otros soles
y pronto yo me iré, de madrugada,
gato fugaz que escapa a sus rincones,
mientras tú aquí, de pronto alunecida
guardarás en tu vientre sin temores
las voces de pasión con que no hablo
por no quedarme fiel, junto a tu nombre.

Gavrí Akhenazi


Agreste pergamino el de tu tacto
que vira en ámbar líquido si posas
la lluvia de de tu aliento por mi talle
escuálido de sol. Tus manos rotas
se acercan tan extrañamente lentas
que parecen sembrar piedras preciosas.

Igual te irás, si acaso es que estuvieron
cerca de mí tu sangre y tu derrota
o quizás era solo el espejismo
de la luna en el charco de mis botas.
Acaba el onanismo de las letras
dibujando humedad bajo mi ropa.

Y es que no me conformo con los dedos
de un hombre que me sepa más que sombra
o el sueño de una noche de verano
que me busca en invierno por la boca.

De espuma son las aves de mi vientre
y vuelan con la sed de las deshoras
cuando muerde el insomnio mis costuras
de mujer desoladamente sola.

He cerrado las puertas de este cielo
y vuelvo suavemente a mi pagoda.

Ana Bella López Biedma


Tu pagoda es aquí, junto a mi mano
que se extiende a tu mundo de humedales
tallando un huerto de árboles frutales
a filo de puñal.
Lento artesano
sobre el sancta santorum de tus males,
limpio tu soledad y los retales
de otros dioses ausentes.
Te profano
en tu actitud de ánfora sagrada,
con mi voracidad desvergonzada

y es tu estremecimiento un canto vivo
que libera la bestia con que escribo
esta letra callada.

Gavrí Akhenazi


Ronco bandoneón,
llega tu voz a mí pausadamente.
Del ombligo a la frente
me va desanudando de emoción.
Extraña tu canción
abre el brocal del alma. Puro viento
cuando tu boca brama el sentimiento
sin disfraz ni atadura.
Tiembla, pausa y premura,
la piel, breve el espacio en que te siento.

Me desarma tu canto, negro y luna,
calor de cielo rojo en primavera.
Vale la espera
el tiempo de sin ti, nada y hambruna.
Me juego la fortuna
sentada en el arcén, pasa la vida.
Y mi silencio al beso de tu herida
sobre la alfombra de la confidencia.
Dame la esencia
de tu lágrima honda y más prohibida.

Bebámonos el vino
que nuestra soledad nos brinda en el camino.

Ana Bella López Biedma

Ana Bella López Biedma vs Sergio Oncina, contrapunto

Imagen by Katya Guseva

Yo soy de Madrid y puerto,
dividida en mis amores.
Salitre y sol, los olores
de mi corazón abierto.
Solo en la mar me convierto
en un barquito de vela
que va siguiendo una estela
invisible a otra mirada,
la de una cometa alada
que me juega a la rayuela.

Yo soy de pueblo de mar.
En mis primeros abriles
de cantos y aguamaniles
con sus manos de volar
mi madre, clara y almar
tejía flores de luna
por las barras de mi cuna.
Y el hierro soñaba arena,
y el rebozo, yerbabuena.
Sus ojitos de aceituna

arrebolaban la tarde
entre coplas y la brisa
competía con su risa.
Que su luz la salvaguarde
allá donde esté. Cobarde
la muerte, que enamorada
se la llevo una alborada
del brazo, como un amigo.
Mi soledad, yo conmigo,
siempre dentro mutilada.

Ana Bella López Biedma


Mis muchos pueblos son uno
y el uno se encuentra en todos:
madres de lengua y de modos,
padres del pan y el ayuno.
Vívido el niño que acuno
sobre un páramo de fuego
con la nostalgia del juego
y el sabor de la inocencia.
Pueblos de niño y creencia,
pueblo de lucha y de ruego.

Abuelas de la labranza,
carros de vacas y cincha,
trazo reseco que pincha
y a las vísceras alcanza.
Rostros adustos. Semblanza
surgida del aire frío
y del paraje sombrío.
Fuerza de carnes morenas.
Atemperadas sus penas
a golpe de puro brío.

Bicicletas que en sus hierros
guardan sudor y trabajo,
bielas arriba y abajo,
esfuerzo en días de perros.
Tormentas en los entierros
con infiernos prometidos
para los que, descreídos,
no ven a Dios en la mina
cuando el grisú extermina
hijos, padres y maridos.

Sergio Oncina


La oscuridad, gota a gota,
se va filtrando en la tarde
mientras el cielo hace alarde
de su última derrota.
Vibra en el aire la nota
de un pájaro estremecido
y hasta la boca del ruido
se calla por un segundo.
En la cornisa del mundo
crece la sal. No ha llovido

y el paisaje cristaliza
suspendido en el destiempo.
No se pasa el pasatiempo
de esta no-vida postiza.
Quiero dibujar con tiza
una ventana en lo oscuro
y escapar de cada muro
que la realidad impone.
Busco la luz que emocione
esta piel de sinfuturo.

Invento una costa larga
toda tierra y sol, un puerto
de barquitos, mar abierto
mientras un quizás me embarga.
Pasará esta nube amarga
y en un banco, frente a frente,
nos sorprenderá el relente
entre historietas y guiños.
Alicia y Pan, siempre niños,
libres siempre en nuestra mente.

No más cartas amarillas
ni más sepia en nuestras fotos.
No astillaré besos rotos
para unir nuestras orillas.
Retrocedo en las casillas
de este juego improvisado
y dejo atrás el pasado
pintando un nuevo paisaje.
No traigo más equipaje
que un corazón desnortado.

Ana Bella López Biedma


Existen tantos modos de añorar el pasado
como hombres que sueñan con futuros mejores,
ayeres y mañanas que emborrachan el hoy,
utopías sin luces para evadir las sombras.
Me confieso culpable, reo de la nostalgia,
soldador de recuerdos que debieron morir
bajo el manto real de lo que veo y toco,
fabulador, infante, mi propio ilusionista
y lechera del cántaro que se rompió en añicos.
Espero veredicto sin miedo a la condena
pues no hay mayor castigo que obviar el presente.

El efímero paso para el grano preciso
que entre las estrecheces se abandona y decanta
minúsculo y medroso, sin mirar hacia arriba,
a un ineludible encuentro con el tiempo.
Qué sentir de camino, a merced de la fuerza
que me arrastre hacia abajo, gravedad insolente,
y no cese en el empeño de buscarme un lugar
sobre la alfombra poso donde el resto murió.
Cayéndome al vacío, cementerio de granos
en el que aglomerarse viendo a otros vivir.

En una tumba oscura seguiré siendo yo,
errante en el paisaje de la memoria viva
o soñador de encuentros salvajes y furtivos
con alguna mujer a la que no conozco.
Quizás logre aprender a pedir libertad
con los ojos cegados por las ausencias nuevas
y el ahora me haga más falta que el ayer,
y no importen los luegos porque todos me alivien.
Pero “quizás” no es término que asegure verdades
y yo soy un cazurro, viejo-niño romántico.

Sergio Oncina


Los días van pasando. Uno tras otro
se suceden inevitablemente
monótonos y eternos. Y se vierte
ese líquido espeso en cada roto
de lo que soy, sin un quizás o un pronto
que muerda esta mortal alegoría
de vida sin vivir. Y en estos días
de olvido, a mi lugar llega sereno
el eco de tu voz, igual que un péndulo
constante en su vital melancolía.

Hoy que me siento absurda, que mi voz
se quiebra en viento y sal por las esquinas
he vuelto al dulce añil de tu sonrisa
por sacudir de nieve al corazón.
Y se ha parado el tiempo en el reloj
mientras piso tus calles. Voy descalza,
con la tristeza a cuestas, que se ensaña
como un animal vivo y que me muerde
el vientre, el corazón y hasta la mente.
Te busco en las costuras de mi espalda.

Me llama el soñador que se despoja
de alardes y disfraz, y que en su mano
lleva tan solo el niño que ha quedado
después del qué dirán o a quién le importa.
Me llama cuando agrieta con su boca
el verbo soledad que hay en mis noches.
Quedan en pie una mujer y un hombre
y un mundo de papel en cada sueño.
Y queda el ancho mar del pensamiento
para inventar un mundo sin razones.

Ana Bella López Biedma


El hombre medía silencios y sílabas rotas
sin voz que entonase sus versos de vida vacíos.
Llegó la mujer. Desdoblándose parió con sus notas
los ecos del viento y un mundo sin días sombríos.

Entonces, el hombre callado miró a la mujer
atónito y firme, admirando sus luces y rayos,
tan cerca y tan lejos, sin ojos que mientan al ver
que brota las flores si duermen abriles y mayos.

Y, juntas sus voces, se agrandan rompiendo cadenas,
reúnen las aguas calmadas creando los mares
con pizcas de sal agrietada y lunas que llenas
agitan las olas y funden comunes glaciares.

Sergio Oncina

El amor en los tiempos del Covid

Eva Lucía Armas & John Madison

Soy esa vieja luz que intenta algo
entre la sombra que lo ocupa todo
y sin embargo, priman otros ritmos
sobre mi pulso antiguamente sabio.

Estoy acostumbrada a las historias
que no terminan bien.

A veces me aproximo hasta el ribete
de los nudos oscuros de los fosos
pero nadie me ve
o el que me ve, desvía la mirada
hacia otro fulgurar no compasivo

y se aparta de mí.

Me deja sola en la premonición del universo.

Quizás no soy fragor ni calentura
de hoguera despertada a contralumbre
pero conozco el verde como nadie
y el marrón de la tierra y sus crepúsculos
como un poco de sol que vocifera
que el canto habita siempre en las semillas.

Vuelo sola.

Quisiera compañía, pero todos se cansan de este cielo
hecho de cosas extrañamente místicas
y de verdades duramente humanas.

No he aprendido a callarme lo aprendido.

La fe me dura porque yo le exijo que dure para siempre.
Y es que conozco el rumbo
aunque me sigan pocos navegantes del mapa constelar.

Porque yo sé volar a contraviento
navego en otro mar, vivo otras olas

y te espero en silencio, por si acaso
lo que vas hablando de mí sea posible…

Si querés caminar
puedo llevarte a conocer los duendes

todavía.

Eva Lucía Armas

Anoche los arkontes llegaron a tu mundo.

Todo se ensombreció.
Llevabas armadura y cimitarra
y peleabas conmigo.
Algo me derribó. No alcancé a ver su forma,
pero te oí gritar desde la multitud:

¡Qué cierren el portal! ¡protejed al heraldo!

Y una horda de hombres tan altos como muros
cerró filas urgente sobre mí.

Me desperté llorando
y no por la premura de la muerte,
lloré por la belleza de aquel mundo y su reina.

El cielo era un festín de llamaradas.
(A Octavia siempre, solo Dios sabe en secreto)

John Madison

Alguna vez quizás, tiempo de ríos,
mi corazón atrajo tus derivas,
mi férrea vocación de acuartelada
dibujó encrucijadas en tu esquina
y con algún porqué, nuestras historias
huyeron sin que hubiera despedida.

Una vez fue que el puerto estaba lejos;
otra vez, había guerras en la orilla;
un día entre la niebla te atraparon
mejores arabesques que las mías
y paralelamente a los espejos
se reflejó total la asincronía.

Tuve que acostumbrarme a lo de siempre.

Amazona se nace con la herida
sobre el costado izquierdo, todo un símbolo
que te indica a qué gremio estás adscripta.

Imponente tu río cruza el bosque,
con sus voces galácticas y antiguas.

Acabo de llamar a mis ejércitos.
No me nombres Octavia… todavía.

Eva Lucía Armas

El mundo va a acabarse y ella quiere
llevarme a navegar, a ver los elfos.
Los peces voladores de su armario,
su cónclave de perlas en estéreo.

El mundo se nos rompe y yo contrato
Arturos y Merlines que a buen sueldo.
practiquen misas blancas y conjuros:
¡Qué surzan esa nube, hagan remiendos!

El mundo va a morirse y nunca pude
llevarla de mi brazo, mas que en sueños.


***



Siempre fui marinero, eso lo sé.
Siempre fui del salitre y de los puertos.
El precio de encarnar es entregar
la memoria a esa red que teje el tiempo.

Siempre fui marinero, no lo dudo.
Fui un hombre del parnaso, un faenero,
un buscador de ostras, mercader
polizonte, fui carne de pesqueros.
Pero si le pregunto al corazón
en qué puerto te vi, no lo recuerdo.

No recuerdo tus senos ni tu olor,
tus ritos de sudores con mi sexo.
Lo único que tengo como dato
de esas vidas pasadas en tu reino
es este abecedario, este amor,
este sansara hermoso que tu verbo
retorna a mi saliva. Etéreo aroma
a bandoneón que siembras en mi pecho.

Ya no pregunto a Dios, extraño idilio,
qué Nautilo de dos guardó en sus templos.
Yo ya no le pregunto a mi razón
por qué este jubileo, este misterio
de pasión desbocada cuando llegas
y levantas de golpe mis requiebros
y me haces desear ser un gran tipo,
ser un hombre de bien, tu Canserbero*

Ser un hombre de bien, a mí que nunca
me ha interesado el reino de los cielos.

John Madison

Yo estoy… ¿cómo se dice…? metafísica,
una espiral de paz que es todo intento,
una frecuencia azul que aturde el día
con ladridos dispares de silencio.

En la playa del mundo donde anida
toda su soledad mi Clavileño
mi Barataria ya no es una isla
y el faro no intimida al mar abierto.

Yo soy un pez cansado, un ave acuífera,
desteñido color, hoja del tiempo,
un almanaque apático sin rima.

No sé si te seduce, marinero,
internar a tu nave en la marisma
y acabar encallado entre mis sueños.

Eva Lucía Armas

Hace mucho que estoy en tu cornisa
como un concorde al que los aeropuertos
le niegan el visado. Octavia mía,
mi Octavia hoy y siempre en desafuero.
No me leves el puente todavía
que antes quiero besarte por entero
con mi streptease valiente. Octavia mía,
si estoy vivo y coleando es por tu verso.

Está escrito en mi libro, mi osadía
de aceptar la propuesta de tu reto
me salvó de la muerte por desidia.
Mi Octavia, solo Dios sabe el secreto
de esta causalidad que nos domina.

John Madison

Cualquier día te olvido, de Morgana de Palacios & Gavrí Akhenazi. (España-Israel)

Venga, despiértame, que aún dormida
me siento atravesada por un rejón de celos
y me mana, insustancial, la sangre
de la mordacidad
cuando aprieto los dientes del poema.

Dale, despiértame de una lúcida vez
que el sueño es un glaciar que se derrite
y va anegando todas las palabras
con que te voy pensando en el vacío.

Mejor despierta cuando cruja el aire
y se abra la tierra bajo el pie de una vida
usurpadora
contra la que no puedo competir
si me volatilizo entre las sábanas.

Mejor puesta de pie que levitando,
y con todas las luces encendidas
como hirvientes luciérnagas
para ver que te alejas tras los párpados
del más perfecto olvido,

y volver otra vez
porque me extrañas.

(MdP)

La vida te da celos como una amante negra
que se pierde en la sombra del camino
arrebujada y álgida
añadida
al edredón de luz que no estrenamos.

Como un manual de las conjugaciones
en tu boca se aupan
congoja y libertad, águila y aire,
y es el pulso del vientre que recita
la lucha desigual de lo lejano

y se acerca sin alas
como un grito.

Ya está despierta tu voluntad firme
y tu lengua que roza
estas pieles cristales en que todo
va en clave de utopía.

Estabas como yo,
huracanada y presa
en la sólida red del desconcierto
y mirabas el mar
y yo miraba el mar
y el abismo era esa cosa única
que nos volvía un espesor de niebla
y un alfabeto para maldecir.

Ahora estás despierta
y así, descomunal como una diosa rústica
que no quiere ser diosa
masticas el quebranto de este batracio roto
que ha ganado la luna
en una zambullida hacia tus ojos.

(G.A.)

Yo hago malabares con la vida
que me tocó vivir, no porque quiera,
sino porque me empuja y pendenciera
disfruta estando a punto de estampida.

Tú te la juegas como si perdida
para cualquier futuro ya estuviera,
y en África la muerte concediera
alguna bula extraña a tu caída.

Y pasa el tiempo y ambos nos hallamos
en una cuerda floja que tensamos
a fuerza de ignorar las realidades.

Si tú bajas las armas, yo me muero,
y si las bajo yo y te libero,
será un día de fiesta para el Hades.

Nunca estoy en los planes de la muerte
aunque hay gente “que muere” o que “se muere”
constantemente todo el puto día
proclamándose muerto o anecdótico
desmedido en sus cuitas.

Anda como el del cuento cierta gente
¡Ay Muerte!
¡ven a mi!
¡Ven a mí, Muerte!
¡Acaba mi desgracia, buena amiga!

Y guardan en botellas sus congojas
para beberlas en las romerías
donde se juntan a llorar, dolientes,
sus hondas y vastísimas heridas.

La muerte de verdad es otra cosa.
Acampa sobre Dios
y lo devora.

A veces pienso en vos como en el este
por donde se alza el sol
sobre mi vida.

Yo no quiero morirme a plazos cómodos
de dentro a fuera, suave y despacito,
sin darme cuenta apenas
de lo que voy dejando en el camino,
ni quiero estar tan ciega que no vea
quien salta mi cadáver sin ruído
y pretende apropiarse de mis sueños,
de mis voces, mis hombres y mis libros,
como si fuera un ente transparente
en mitad del vacío,
o la ingenua vestida de arrogancia
que nunca reconoce al enemigo.

Hay formas de ejercer la violencia
en las que no hace falta pegar gritos
y son las más usadas por las zorras
que buscan rotos en cualquier bolsillo
para colar sus manos de traumadas
y hacerse con la verga del vecino
como si no tuviera voz ni voto
ni nada que oponer el susodicho,
salvo caer rendido y en pelotas
cuando la zorra jale del hilito.

Yo no acoso a los hombres
en las trastiendas de los entredichos,
ni busco comprensión ni voy de víctima
ni murmuro de nadie, ni me afilo
las uñas en la piel de otras mujeres,
ni las tiro por tierra, ni las piso.

Será por eso que me enferma el alma
la oscura suavidad y hasta el sigilo,
con que se mueven las saltacadáveres
buscándole las grietas a mi nicho,
por deslizar su realidad viscosa
como si fuera un venenoso líquido.

Yo no quiero morir a plazos cómodos
como mueren algunas por lo escrito,
gordas polillas grises que sedientas
se pegan a un erótico botijo
que les dé agua por cualquier pitorro
y les aplaque el ansia y el instinto,
ni me voy a morir por lo bajinis
silenciando la voz de mi cuchillo.

De golpe moriré, cuando se caiga
mi último colmillo.
Y mientras tanto que se aten corto.
Ya sabes lo que digo.

¿Qué te pasa, mujer?¿Ay… qué te pasa
que subida en la pila de ladrillos
levantás los cuchillos carniceros
amenazando a tantos corderitos
y degollás a mano y a mansalva
las insaciables bocas del instinto?

¿Que te alzaste la flor de la canela
y no perdona nadie que así ha sido?
¿Que el ganso desplumado se te ha vuelto
un altivo bocón capitolino
y caen en picada las gaviotas
las avutardas y las estorninos?

¿Que le piden en matrimonio al perro
desdentado y sarnoso y malherido
por tus tifones y por tus caricias
que con cadena corta está contigo?

¿Que ese caballo rengo de tu cuadra
pasó a ser pura sangre de prestigio
y se pelean varias amazonas
por ver si le funcionan los testículos
y al fondo de sus ojos de laguna
pretenden ahogarse en sus abismos?

No sería más fiel si se entrenara.
No sería más fiel ni más amigo
ni más ganso, más perro, más caballo
si se entrenara más en tanto vicio.

Porque el ganso que es perro y es caballo
reconoce por sí a los espejismos
y no se cree amores fabulosos
ni calenturas varias ni – promiscuo –
juega un sádico juego de dos puntas
para satisfacer su ego maligno.

No en internet al menos, está claro,
desde que vos estás en su destino.

Puedo elegir
dónde empieza la rabia
a desmayar su grito de distancia,
dejando en la garganta una hendidura,
o escribir un poema para un hombre
que se ha dejado atrás
un lupanar de orquídeas petulantes y bellísimas
que le echan de menos desesperadamente,
y rozar con mi voz su madrugada
porque sienta el temblor de los vocablos,
y deje de pensar que algo en ti falla,
si te observa llorar ante el cristal.

Puedo elegir el odio
y revolverme en él como una bruja
preñada de sarcasmo.

(Razones no me iban a faltar//ya te vas a dar cuenta).

Pero esta noche fría de sábado invernal,
he optado por mirarte ahí sentado,
sereno y penumbroso,
rodeado de puertas muy azules,
sudando por los poros de la letra
todo el calor abrasador del día
y reencarnado en ti, una vez más,
tras la última muerte.

Elijo amar tu mano mutilada
que no ha dejado un día de acariciar mis ojos,
la ceniza y la llama de tu boca,
y hasta el golpe de gracia de tu risa violenta.

Puedo elegir y elijo
porque puedo.

Me estoy haciendo hombre, compañera.
Me estoy humanizando suavemente
conforme el sol se astilla entre mis ojos
y la vida se astilla clavándose en mis manos.

Me estoy haciendo hombre como un niño que crece
y empieza a ver el mundo
y empieza a ver, también, que no está solo
como cuando nacía de él la bestia.

Me estoy haciendo hombre paso a paso.

Recupero la pausa, la sonrisa
de vez en vez las ganas de abrazar se me escapan
y abrazo a mis amigos
y te abrazo.

Siento de vez en cuando una alegría
que se atora en mis dientes
y separa el mordisco para que nazca el canto.

Juego con cosas nimias, cosas simples,
como si recuperara privilegios
con los que no nací.

Me estoy haciendo hombre
porque el agua de la vitalidad y la armonía,
el agua curadora de tus ojos
ha conseguido cincelar la piedra
y darle forma al mundo de los vientos
y moldear mi cansancio en utopía.

Tu enorme mar paciente
ha tornado en guijarros mis murallas
para que llegue el sol a bendecirme.

No intento ser feliz. Ya no lo intento.
Más allá del amor, no existe nada,
y el amor tiene más de sufrimiento
que de felicidad esperanzada.

No dejo que me anule el pensamiento
si me veo en sus ojos reflejada,
o se me instala, suave, en la mirada,
levísimo vilano cara al viento.

Cruzo, entonces, las calles del reproche,
sin exigirle sombras a la noche
que disimulen la verdad desnuda.

Y me sucedes tú, laaaaaaaaaaaaargo y sin prisa,
de tan íntimo, extremo, con la risa
dinamitando el tiempo de la duda.

Y sin embargo, el tipo es insolente,
cínico a veces y otras despiadado
para con el amor, desarraigado
con torpeza tenaz. Incoherente.

El tipo siempre está como alunado
y sus conflictos, espontáneamente,
le brotan desde el sino malhadado
como un miasma de bronca maloliente.

Ya le cuesta vivir. Tanto en los ojos
le depreció la piel con los abrojos
que le pudren la lana al Vellocino.

Siempre va cuesta arriba en la pulseada
y además sabe que no cuesta nada
morirse sobre el borde de un camino.

Quizás si esa mujer no lo quisiera
no existiría su última quimera.

Quizás abre las puertas, lentamente,
para que pase
el quimérico viento que de noche
ulula su canción desesperada
por lo que llaman vida, durante un día o dos.

Cuando se harta al fin de su sonido,
cierra de golpe el alma y se recuesta
en su imaginación para el sarcasmo
y en el poder de tiro del cinismo,
mientras le tiemblan todas las metáforas
que deja de escribir
por miedo a disgregarse con demasiado ahínco.

Es casi inofensivo cuando evoca la muerte
como una costumbre cotidiana,
y aún así me vulnera
porque suele mirarme con sus ojos
y siempre está presente
asomada al balcón del hermetismo.

La mía, sin embargo, no me importa,
se me olvida a diario,
aunque me siga aullando como un perro.

Será que no la llevo de la mano
como a una novia oscura
de la que no se quiere prescindir
porque es mucho el placer que proporciona
cada vez que se fuerza contra el muro
de la resurrección emocional.

En los más asombrosos parecidos
aparece el matiz, la diferencia,
que nos convierte en únicos
con Eros y Thanatos.

Cualquier día me quedo cara al cielo
contándole al vigor de las estrellas
este apagarse calmo
este apagarse nómade del hambre
nómade de la sed y de las aritméticas sin dioses.

Me quedo cara al cielo, imaginando
una albada vital sobre tus hombros
y una oceanada recia en tus pupilas.

Se han hecho las estrellas para eso.

Me quedo cara al cielo en estas noches amplias
como las palmas amplias del ser del universo
y este reposo amplio donde viajan las nubes
que no llueven aquí.

Me quedo en las estrellas, suspendido del arca,
navegando la incógnita de tu cuello ligero
de tu garganta altiva de mascarón de proa
de tus pies en la nieve de tantísimas penas
y cenizas de barcos arrancados
a los puertos del ansia.

Quizás desde tu mundo el cielo es gris, distinto,
o de un azul distinto
pero en la noche puedo rememorar estrellas
en las que cuelgo cartas por alcanzarte algo
con la mano del alma.

Es un jadeo grave, sudoroso, caliente,
tu aliento en el latir pulsante de la noche,
transparencia atigrada que me observa acechante,
esquiva nebulosa malherida de soles.

No me pareces tú con la mirada puesta
en los astros del sur. No veo tu uniforme
ni tu lábaro, rojo de sangre coagulada,
ni el vapor que desprenden tus alados dragones
tras la dura batalla. No me pareces tú
ritualizando el verso como un sacerdote,
con la mística absorta en la altura infinita,
olvidado del ser miserable del hombre.

Yo no sé para qué se hicieron las estrellas
que en este invierno gris escatiman temblores,
pero sé para qué se ondulan tus palabras
y el enigma malévolo de tus ojos ladrones,
y el porqué de tus luces y el porqué de tus sombras
jugando al escondite sobre mis callejones.

A la exacta medida de mi boca alunada
levitas en mi aura sin tomar precauciones.

Rabioso a veces, con la noche informe
haciendo de pantalla a mis películas
la frescura se obstina en reducir el tiempo
a un colchón de cenizas.

Largas cenizas quedan y un mar ronco
del fiasco que es la boca de la vida
y se pierde en el hábito de una luz ojerosa
toda tu vocación de maravilla.

Tengo la dentadura inapetente
siempre el pecado pronto a buscar víctimas
y esta no saciedad y este tumulto
que me corroe aprisa.

Tus ojos para mí son buenos ojos
que con mirada angélica me miran
menos deforme en mis deformidades
en mis calamidades y desdichas.

Tu boca de mujer que siempre me dibuja
mejor de lo que soy, me determina
contornos que no tengo más que a solas
en la desnudez íntima.

Por deberte te debo el mundo entero
y este quererme un poco, todavía.

Yo no te debo nada, no digas que me debes,
porque bastantes deudas mantienes con la vida
que hace tu realidad. Yo no te he dado nada
que no me dieras tú, un día y otro día.
El mal humor, también, la cruda destemplanza,
el hastío de ser un punto de partida
que huye hacia adelante y ansía el desarraigo
como otros la paz de un hogar con caricias.

De ángel tengo poco a la hora de mirarte,
ni me das pena alguna, si es eso lo que opinas,
porque nadie más libre que tú para el olvido
y nadie más dispuesto a morirse deprisa
con tal de sentir tanto que no sientas el tiempo
correrte por las venas como un ladrón caníbal.

Te pinto como eres, elemental y extraño,
sobre una cuerda floja del aire suspendida,
valiente cuando toca el peligro a la puerta,
intuitivo y cruel y verdad y mentira
y duro y disconforme y emotivo y risueño
y astuto y vengativo y noble y altruista
y reservado y triste y profundo y callado
y el cuerdo que trasciende en la locura escrita.

Ni te salvo de ti ni de mí ni del mundo
ni tengo vocación de absurda maravilla.
Me arrastro como tú, con las tripas al aire
sobre una realidad que crece en la embestida,
como un hambriento monstruo que todo lo devora
y deja poco espacio para las alegrías.

Otras y otros son los que hacen tu presente
digno de ser vivido, los que curan tu estigma.
Yo sólo te acompaño con las manos de viento
y el corazón de lluvia de las causas perdidas,
tormentosa en la letra que nos une y separa,
como tú, más o menos, cuando ciego me miras.

No me gusta la American Express
porque no tiene límite de compra
y cualquier día me hago con un oso koala
con un faisán morado
o con un ave lira
y te las llevo a casa para tu colección de Animal Planet.

Entro a la jaula del mundo todo el tiempo
para buscar tu nombre
porque tu nombre está prediseñado
con barrotes que cantan.

Tu nombre amurallado
hecho de resonancia vengativa
es un nombre feroz
intempestivo
que te levanta en armas solidarias
siempre fatal, ausente, oscura, impúdica
como si le exigiera a mis obligaciones
que de una buena vez dejara de mirarte.

Yo no me engaño y si me engaño
estoy feliz así.

No compro absurdos ni leo tus panfletos
de boca incentivada por la espina de tu fatalidad
que pugna por venderse descreída
casi mefistofélica, non sancta.

Yo conozco esa mujer en verdes,
pródiga en amuletos sanadores
equinoccial y honda, incomprable.

No me vendas a ultranza tus negruras
como si fuera un ciego que todo lo ve en negro
y que después de tantos años juntos
yo no te conociera.

Por eso uso la Visa.
Tengo acotado el límite de compra
sólo a las cosas buenas.

De donde no se vuelve, volví cuando era niña,
con las carnes abiertas y el ánimo maltrecho.
De entonces hasta hoy son muchas las tragedias
que me han pintado ojeras en los ojos del sueño.

No digas que te vendo mi fatalismo a ultranza
y que no comprarás mis absurdos panfletos,
porque sabes de sobra que ni como metáfora,
consiento que se dude de lo que llevo dentro.
Jamás manipulé los instintos de nadie
porque soy lo que escribo, más allá de los versos.

Si alguien quiso ver ferocidad en mí
o una oscura impudicia en la voz o en el gesto,
no fue por mi interés en ponerme un disfraz
ni por hacer partícipe de mis hondos secretos
a un mundo que jamás me atrajo lo bastante
como para olvidarme de mi yo verdadero,
e intentar seducirlo haciendo el papelón
de perversa sensual galopando misterios.

Tú no eras como todos, no lo seas ahora,
dándole a la leyenda consistencia de credo,
que ni tengo interés en dar gato por liebre
ni pretendo epatar con un golpe de efecto
a quien, por conocerme, a pesar de los golpes,
no se mueve de aquí velando por mi cuello,
no vaya a ser que un día, harta de tanta lucha,
me olvide del peligro de los degollamientos
y alguno me rebane la voz y la palabra,
las ganas de escribir y hasta los sentimientos.

Precisamente tú que inventas las murallas
para poder saltarlas en cuatro movimientos,
te vienes a reír del nombre amurallado,
malsonante a venganza, intempestivo y fiero,
como si lo tuvieras clavado en la garganta
sin poder pronunciarlo cuando lo silba el viento.

Y yo que lo elegí como parte de un rito,
que pude ser Ginebra, yéndome al otro extremo,
considero que en ese “Amor de Ana” oculto,
se condensa mi fuerza, mi memoria y mi fuego.

No digas que malsuena mi nombre de mujer
porque a la mayoría de hombres le dé miedo.
No eras como todos, no lo seas ahora,
que sabes que Morgana no es la bruja del cuento.

Bastante con que dejo que te embarguen mis verdes
mientras me llamas “Negra”. ¿No te parece, Negro?

Yo no te veo hecha de rotos lutos viejos,
sino siempre de un fuego que lastima tu prédica vacante
cargando al hombro cuanta cosa pueda
desesperar tu espalda.

Mitad mujer que lucha, mitad galeote amargo
que rema por la vida en barcas carenadas
en navíos sin norte
en botecitos de cáscara de nuez, después de los diluvios.
Y sin embargo rema, contra marea y viento,
detector de los puertos y los puentes
con las manos callosas y el corazón calloso.

Sé cómo sos desde el minuto uno.
Sé cómo sos de enérgica y de diáfana,
de frágil y de sólida,
de cristal y de aire,
de terruño y relámpago.

Sé como sos desde el minuto cero de mi odio
y del minuto n en que resisto
perduro
manifiesto
reniego
cuido
escupo
hago las paces con los dientes rotos
y la lengua poblada.

Pensás que si este hombre no te conociera
podría hacerte bromas de las que no te gustan
sobre tus legendarias:
colección de cabezas y testículos
y tus estanterías y cunetas
y esa fatal vertiente de tu boca de púrpuras.

Si no te conociera en el instante en que todos se arredran
si no te conociera en la vigilia y en la debilidad
si no te conociera en tu invulnerabilidad tan vulnerable
como una flor de arena que embandera un castillo

¿qué cosa estaría haciendo entre tus uñas?
¿qué cosa estaría haciendo entre tus lágrimas?
¿qué cosa estaría haciendo
si no es construir el cada día
a pesar de lo inhóspito y las ferias?

¿Qué cosa haría este animal de músculo
si no es alzarte en brazos
cuando estás muy cansada de caminarte sola?

Abrir un libro suyo, se diría,
es impregnarse el párpado de niebla
a fin de protegerse del calor
que quema las pestañas de la tierra.
Es encontrarle vivo, se diría,
sudoroso de especias,
con la lágrima pétrea del sarcasmo
y la sonrisa entre viril y tierna.

Cerrar un libro suyo, se diría,
es como renunciar a las respuestas
de la vida brutal, cuando la vida,
en su boca de sol se manifiesta
con las tripas al norte del instinto
y el corazón al sur de la inclemencia.

Y abrir, de nuevo abrir, por siempre abrir
un libro suyo, se diría,
es toparse de frente con la ausencia
y el alarido turbador del tiempo
sobre la carne enferma,
muerta de amor, aún, sobrevolando
el amor propio y la pasión ajena,
furioso como un tango de Tom Waits
cuando acalambra el aire de un poema.