EDITORIAL

De «sensibles» insensibilidades

por Gavrí Akhenazi

Asombrosamente, ha surgido una nueva corriente de lectores beta, que, como parecían no alcanzar las ya existentes de «opinadores» no necesariamente siempre bien calificados para el menester, se denomina: «lectores sensibles».

A quién se le habrá ocurrido esta estupidez, no lo sé, pero ahí están, con denominación «de origen», expulsando al resto de lectores del plano de la sensibilidad para situarlos quién sabe en qué marginalidad de lo insensible.

Más allá de ser un esperpento ideológico de alguno de esos colectivos variopintos que parecen coptar como una horda de primates el territorio del sentido común, las editoriales deberían regresar a la racionalidad y preguntarse en qué clase de cosa quieren convertir a los escritores y a su vez, convertirse.

Para ejemplificar este parecer, cito las palabras de Jorge Ángel Aussel, poeta y aforista argentino:

«Creo que hoy en día las «sensibilidades» se hieren con mucha facilidad y por eso lo de los comités de lectores sensibles, que más bien deberían llamarse “susceptibles”, porque la sensibilidad es algo muy distinto. No hay sensibilidad alguna en no comprender que hay diversas realidades y que las cosas son como son y que se llaman como se llaman, y que pintarlas como son en realidad no es ninguna falta de respeto a nadie. Creo que ya bastante nos censura el mundo como para que también nos autocensuremos.»

Este tipo de tergiversadores de la realidad que repentinamente aparecen decididos a imponer sus ideologizadas premisas sin considerar las premisas ajenas –o sea, intervenir haciendo sobre otros lo mismo que reclaman que no les sea hecho– reciben la pleitesía indiscriminada de un aborregado grupo de editores que «nos exigen» modificar nuestras posturas literarias –reales o ficcionadas– y por lo tanto, alterar no solo las tramas, sino la idiosincrasia que deseamos darle a los personajes si tratamos el asunto en un determinado contexto.

Hasta ese punto de delirio patético ha llegado la cosa en su desequilibrio, que se le impide a los escritores ser testigos de la realidad y, por ende, se los induce a escribir una realidad que no existe, sólo para satisfacer a uno de los múltiples sectores de la misma sociedad que el escritor retrata. Acaso, ¿no sucede lo que se intenta modificar a partir de contar la realidad ocurrente? ¿O es visualizando y no enmascarando como se producen los verdaderos cambios?

Me ha pasado, no es que cuento experiencias ajenas.

Y, por supuesto, yo soy de los que no cede porque somos los escritores los testigos reales de lo que acontece en nuestras sociedades y lo hemos sido siempre. Acomodar la vida al gusto de una porción minúscula de ella es subvertir la realidad, transformarla en algo que no es y que no existe, mediante una imposición, porque el planeta es grande y las realidades son extremadamente variadas dentro de él.

Los cambios sociales no se fabrican, se producen a lo largo del tiempo.

La historia humana los produce a medida que los hombres avanzan o retroceden a través de ella y así, igualmente, cambiar libros escritos hace cien o doscientos años para acomodarlos al gusto momentáneo de un colectivo particular en este siglo, implica cambiar la historia de esa evolución.

La humanidad no es políticamente correcta y los escritores, a la vanguardia, no deberían serlo jamás porque está en nosotros crear pensamiento en base a retratar a esa humanidad carente, inhóspita, incompleta, tantas veces ridícula, tantas veces tragicómica.

¿Qué ganaremos no siendo fidedignos? Ser hipócritas, unos inútiles testigos –todo testigo tiene la obligación legal de decir verdad– de algo que en realidad no ocurre, sino que está enmascarado en la burda hipocresía de lo acomodaticio.

Una humanidad retratada de manera sesgada a cuyo retrato se le aplica un filtro que la mejora para algunos y la empeora para el resto, porque impide ver realmente qué cosa pasa en ella y con ella, se interpone a su evolución.

Cambiar manuscritos célebres resulta en un acotamiento de la inteligencia colectiva para resumirla solo al deseo de unos pocos «agraviados», como si eso no fuera un agravio en sí a la evolución del mundo negando desde dónde se viene.

Este debería ser nomenclado como «el siglo de la incongruencia».

Quizás, este asunto de «los sensibles» es un fenómeno más de la inutilidad del hombre para resolver inteligentemente sus asuntos.

DEBATES MÁS, DEBATES MENOS

Divague sobre el hacer literario, por un tal Ronco Campana

(Imagen by Nathan Osman)

No existe ninguna novela, ningún cuento, ningún poema del que broten bananos, ni poema social que elimine a la doctrina asesina. La literatura es suplemento de entretenimiento y no va más allá de ello, luego podría ser otra cosa, como por ejemplo, útil para crear camaradería, como formadora de criterios de autoayuda, para resolver el enigma del hombre o hacerse preguntas sobre la sombra del rayo; pero la literatura no alimenta a nadie y bien puede desaparecer que no haría falta. Cuanto menos llena está la panza menos necesaria es la literatura. Somos una minoría rara que hace lo que hace y por ser minoría no estorbamos; salvo contadas excepciones de escritores que usan la palabra para retar al dictador y el dictador los desaparece…y fin del problema.

No hay balas en las letras.

La literatura es, en realidad, ira que no daña.

Luego si queremos, podemos hablar de la literatura que enseña, que es otra cosa, de la literatura que hace manuales, que también es otra cosa, pero la literatura del poema, de la novela, del cuento, en el 99% es mero entretenimiento que poco modifica al mundo.

Escribe sobre el hambre y observa si el hambre termina. Somos una sarta de necios que quiere cambiar al mundo con una flor.


Réplica 1:

La literatura fabrica pensamiento. Uno lee y su cerebro y su rango de pensamiento se amplían y cuanto más lee, más se amplían, porque observa diferentes cosas, diferentes posturas, diferentes dilemas, a lo largo de la testificación de la historia humana que hacen los escritores.

La literatura expresa épocas, movimientos, registra las revoluciones humanas, trabaja sobre las evoluciones de la especie, le habla al hombre profundo para despertarlo y luego, el trabajo será de ese hombre profundo y sus análisis y sus visiones sobre los planteos. La literatura interroga, sugiere, duda, afirma, pero es el hombre el que crece cuando se sumerge en ella y trabaja las conclusiones en sí, que todo lo leído le aporta.

Por supuesto que si te mantenés en lo superficial de estar discutiendo si la métrica sí o la métrica no, nunca vas a llegar al hecho básico de la elaboración de pensamiento y de conciencia que se hace a través de la escritura y que deviene en la lectura sus frutos.

A través de la literatura, llegan otros mundos y otras posibilidades. Llegan otros razonamientos y otros cuestionamientos. Llegan otras historias que no quedan en el metro cuadrado muelle en que mucha gente vive.

Los escritores han pertenecido a los movimientos que cambiaron el mundo, desde que el mundo es mundo. Porque aunque el hombre se mantenga dentro de su condición humana, el mundo ha ido cambiando desde las cavernas hasta ahora. Y han estorbado en todos los tiempos, en todos los siglos y seguirán estorbando porque ponen las cosas en cuestión.

Hablo de literatura. No de estupideces pasatistas, que sí, no molestan a nadie que no sea un escritor de raza.

Cito:

«Cuanto menos llena está la panza, menos necesaria es la literatura».

Sorprendería saber cuánta gente con la panza vacía se ha aferrado a la literatura para aguantar el día. Y cuánta gente atrapada en el miedo, ha encontrado en la literatura una puerta para llegar a la mañana.



Réplica 2 :

Es seguro que si la Literatura en toda su extensión no existiera, no existiría la humanidad tal y como la conocemos hoy en día. La comunicación entre seres humanos y la evolución a nivel científico, sociológico y mental que tenemos, tampoco se hubiera dado.

La Literatura es útil para el hombre, tanto como lo es la Medicina, la Psicología y la Psiquiatría, las Ciencias de todo tipo, etc. etc. y todo lo que se base en la transmisión de conocimientos por escrito de una generación a otra. Todo, en definitiva, de lo que se compone la civilización.

No digamos ya de la utilidad de la Industria Literaria, a la hora de dar de comer a todos los trabajadores que integra, algo más que bananos ¿verdad? ¿O vamos a decir que todos los asalariados de Editoriales, Imprentas, Librerías, Concursos, profesorado de colegios y Universidades, y todos los etc. que quieras añadir, carecen de estómagos reclamantes?

Hay Literatura (perra) que no cambia al hombre por carente de todo aquello que pueda motivarlo al cambio, y la ha habido y la habrá (excelsa) para cambiar al hombre desde lo más profundo. Si tú realmente crees en eso que estás diciendo ¿Qué haces escribiendo lo que escribes? ¿Por qué no te dedicas a algo que sea más que un hobby para matar tu tiempo de aburrimiento llevando la contra al que pueda ser considerado un escritor de raza que hace muchísimo más que entretener a su prójimo, teniendo en cuenta, además, que el entretenimiento, en sí mismo, es lo mejor que puede sucederle a un hombre, mientras aprende de todos los demás hombres?


Réplica 3:

Efectivamente, el contenido de un libro, un poema, una historia, todo lo que es el lenguaje oral y escrito no da un banano porque no es un bananero como tampoco dará peras ni naranjas.

Ahora, la literatura, en cualquiera de sus ramas, da un fruto excepcional empezando por el aprendizaje, el cocimiento, la belleza y además tiene la capacidad de hacer salir de uno mismo para dejarse llevar en otro yo que nunca imaginaríamos sin la literatura, porque es ella quien lo mueve.

Precisamente fue el lenguaje lo que determinó al hombre como tal. La literatura es el alimento de la mente, se nutre con ella, expande el pensamiento, incluso enriquece el lenguaje. Bien podría decirse que es un círculo con dos centros.

Si yo tomara una partitura y la leyera no me diría nada, pero si la entendiera, si en ella sintiera y comprendiera la música, qué mundo se me abriría.

Hay que saber leer.

La literatura es una necesidad y un bien inmaterial.

Respuesta:

Si bien Ronco Campana dice cosas duras, al analizar en profundidad lo que menciona, no cabe duda que, apartando su vehemencia, hay detalles que pueden aportar si se logran ampliar. Porque no hay guerra que conozca fin solo porque una novela se publique, ni hambre que cese porque un poeta escriba un poemario. Sí existe la comprensión colectiva de una tragedia a partir del aporte de un escritor, ya eso es mucho decir. Pero la Segunda Guerra Mundial no la terminaron los poemas, sino las balas de verdad. Luego la literatura hizo su parte, integrando lo ocurrido a la memoria colectiva, detallando la atrocidad para que las generaciones por venir se dieran por enterado.

Intervienen: William Vanders (Venezuela)-Gavrí Akhenazi (Israel)- Morgana de Palacios (España)- María José Quesada (España)

CONTRATAPA

Modelo de Bohr

«El mundo se resuelve por círculos cerrados. Es la imagen que da. Se expresa a través de círculos cerrados que se mantienen cerrados de modo de resultarse inaccesibles unos a otros. Lo literario no es la excepción» digo, como consigna, para promover el debate entre mis alumnos porque son ellos los que deben plantearse las preguntas y debatir las respuestas.

Dudar y preguntarse te hace libre como también escuchar lo que otro que duda y se pregunta tiene para decir.

Ellos debaten. Yo apenas reconduzco la cosa con una observación mínima si el asunto deriva demasiado, aunque considero que siempre las derivas son fructíferas en el campo de los pensamientos. El pensamiento es, en resumen, una suma de derivas que se entrecruzan en el mar de los imposibles para resolverse, acaso, como posibles.

Ahora que están cerradas las fronteras del que fue alguna vez un país para mí y del que, voluntariamente, entregué el pasaporte sobre el que tantas veces maldije y otras tantas lloré, retomé algunas de mis viejas, postergadas costumbres. Leer, por ejemplo. Tengo tiempo para leer libros. Leer como solaz, como condición natural que se ejerce de manera natural porque es parte fundante de nuestro propio ser.

Lo he dicho muchas veces: «Un escritor que se precie de tal es fundamentalmente un buen lector».

Lo he dicho siempre, como otras cosas que también digo siempre y luego veo que otros repiten como si fueran suyas y no mías. Pero uno no puede estar poniéndole el copyright a cada cosa que se le ocurre. Eso también lo tengo claro.

Crear pensamiento es eso. Si alguien repite lo que uno ha dicho es porque lo elaboró y está de acuerdo. Si así no fuera, diría otra cosa, como en el debate de mis alumnos que presencio desde el silencio –pacífico– que me otorga la satisfacción frente al intercambio de ideas y repreguntas. Soy un enamorado cultor del pensamiento.

Todos son círculos cerrados, a veces hasta extrañamente concéntricos, como los anillos que indica el protocolo de seguridad, pero, en este caso específicamente literario, círculos cerrados que se repelen unos a otros en función de su estructura.

¿Se rozan en alguna ocasión? Extrañamente, a veces, como sucede con los átomos, salta un electrón de una a otra órbita y después ya no vuelve porque, energéticamente, no pertenece más a la órbita que lo vio nacer. Tiene que absorber un fotón, con todo lo que ello implica, metafóricamente.

El mundo literario es así, atomizado, no molecular. Los círculos se cierran y se encierran en sí mismos. Cada círculo se transforma en una ciudad amurallada donde, en general, todos recelan de su vecino de alguna manera pero defienden el patrimonio egotista de las invasiones porque todo salto requiere una absorción de luz.

Alguien dona la luz que otro absorberá para saltar al próximo nivel.

Cuando uno deja de escribir, dona esa luz que otro aprovechará. Dona un lugar en la órbita, en el círculo.

También apagarse resulta una elección. Casi como entregar el pasaporte, las credenciales, las armas reglamentarias y todo eso que uno entrega para obstaculizarse a uno mismo cualquier conato de regreso.

גברי אכנזי

DEBATES MÁS, DEBATES MENOS

Imagen by Gerd Altmann

Sobre un texto de Albert Rueda: Pretérito imperfecto.

Pretérito imperfecto

Era Gervasio un campesino de consumadas dotes para la caza con garrote. Su estrategia era, invariablemente, la misma siempre. Localizaba un agujero, valoraba el tamaño y juzgaba la importancia de la presa. Luego introducía su cayado y hostigaba al animal, hasta que éste salía de su madriguera. Finalmente, un certero garrotazo daba fin a su cacería.

Cierto día, el último que se recuerda, Gervasio andaba por el campo; atrajo su atención un decomunal agujero, y pensó que la pieza debía ser formidable. Con tal acicate puso en práctica su infalible estrategia de caza. Introdujo el palo, hostigó y hostigó por un rato hasta que escuchó el atronador lamento de la pieza, y finalmente preparó el golpe de gracia elevando su arma. Salió un tren de mercancías… y lo mató (a Gervasio, claro). Por eso comencé en pretérito imperfecto esta corta reseña: por lo pretérito del verbo y lo imperfecto del resultado.

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Pretérito imperfecto v 2.0

Era Gervasio un campesino de consumadas dotes para la caza con garrote. Su estrategia era, invariablemente, la misma siempre. Localizaba un agujero, valoraba el tamaño y juzgaba la importancia de la presa. Luego introducía su cayado y hostigaba al animal, hasta que éste salía de su madriguera. Finalmente, un certero garrotazo daba fin a su cacería.

Cierto día, el último que se recuerda, Gervasio andaba por el campo; atrajo su atención un decomunal agujero, y pensó que la pieza debía ser formidable. Con tal acicate puso en práctica su infalible estrategia de caza. Introdujo el palo, hostigó y hostigó por un rato hasta que escuchó el atronador lamento de la pieza, y finalmente preparó el golpe de gracia elevando su arma. Del enorme agujero salió un tren de mercancías…

Por eso comencé en pretérito imperfecto esta corta reseña: por lo pretérito del verbo y lo imperfecto del resultado.

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Pretérito imperfecto v 3.0 (updated version)

Era Gervasio un campesino de consumadas dotes para la caza con garrote. Siempre seguía la misma estrategia, de su propia invención. Localizaba un agujero, valoraba el tamaño y juzgaba la importancia de la presa. Luego introducía su cayado y hostigaba al animal, hasta que éste salía de su madriguera. Finalmente, un certero garrotazo daba fin a su cacería.

Cierto día, el último que se recuerda, Gervasio andaba por el campo; atrajo su atención un descomunal agujero, y pensó que la pieza debía ser formidable. Con tal acicate, puso en práctica su infalible estrategia de caza. Introdujo el palo, hostigó y hostigó durante un rato hasta que escuchó el atronador lamento de la pieza, y finalmente preparó el golpe de gracia elevando su arma. Del enorme agujero salió un tren de mercancías…

Por eso comencé en pretérito imperfecto esta corta reseña: por lo pretérito del verbo y lo imperfecto del resultado.


Opinión 1:

Como en literatura todo es posible, el relato puede ser visto como una gran metáfora acerca de la conducta que prevalece en ciertos individuos y cómo esta conducta se carga el criterio o el sentido común.

La cosa es que sí, que el resultado termina por ser imperfecto y la resolución, generalmente drástica.

En lo formal, creo que para este pasaje existe, además de la opción que propone el relato, la de obviar o mejor dicho, no referir explícitamente el destino que le tocó a Gervasio, sino dejárselo a la participación del lector. Además, es casi cantado que era eso lo que sucedía y es la primera hipótesis que uno -al menos yo- imagina cuando el tipo se mete a hurgar en el enorme agujero.

La cosa, resumiendo, podría plantearse también así:

Introdujo el palo, hostigó y hostigó por un rato hasta que escuchó el atronador lamento de la pieza, y finalmente preparó el golpe de gracia elevando su arma. Del agujero descomunal brotó un tren de mercancías.

Luego, sí, la reflexión de narrador indicando por qué eligió pretérito e imperfecto.

Hago esta sugerencia, porque previamente el narrador ya expresa a comienzo de párrafo «el último que se recuerda», refiriéndose a los días de vida de Gervasio, lo que ya es un anticipo de que ahí se terminó Gervasio.


Opinión 2:

Un resultado imperfecto en pretérito perfecto. Curioso.

Me gusta el texto, porque al igual que en otros tuyos, se revela el oficio del escritor. Ya sabes que me gustan las robotizaciones, podas y los hachazos como diría Gavrí. A veces le erro por drástico o visceral, pero mi finalidad es pulir las cuchillas para que los cortes sean precisos. En esta etapa experimental de mi vida como escritor escondido del mundo, me dio por la manía de la tachadura. No sé en qué terminará. Todo lo escrito me parece tachable e incendiable. Y ya que estamos en un taller literario y sin ánimo de hacerle correcciones a nadie, te haré mi propuesta redaccional de «Pretérito imperfecto».


Anticipando: Digo. Si bien los incisos son autónomos porque explican algo extra-necesario de una idea, en mi visión literaria hago revisiones para dinamitarlos si fuera urgente. Es probable que el uso del inciso como recurso gramatical de adición, sea hachable. Se supone que el escritor tiene la misión de contar con claridad para ser entendido, entonces acude al inciso porque es incapaz de definir sus ideas en una oración diáfana. ¿Acaso el inciso es lo que digo?

Al texto:

Era Gervasio un campesino de consumadas dotes para la caza con garrote. Su estrategia era la misma siempre. Localizaba un agujero, valoraba el tamaño y juzgaba la importancia de la presa. Luego introducía su cayado y hostigaba al animal, hasta que éste salía de su madriguera. Finalmente, un certero garrotazo daba fin a su cacería.

Cierto día, Gervasio andaba por el campo; atraído por un decomunal agujero, pensaba que la pieza debía ser formidable. Con tal acicate, practicaba su infalible estrategia de caza. Introducía el palo, hostigaba y hostigaba hasta que escuchaba el atronador lamento de la pieza, y finalmente preparaba el golpe de gracia elevando su arma. Salía un tren de mercancías… matándolo.


Hachazo 1: anulación de «invariable» . Si era la misma de siempre por tanto es invariable.
Hachazo 2: anulación de «el último día que se recuerda». Ante la imprecisión del día y el desconocimiento del mismo, la expresión «cierto día» es semánticamente inversa a la afirmación: «el último que se recuerda». Si el día es cierto es porque es impreciso. Me explico: al ser un adjetivo indefinido, su potencia semántica es relativa por imprecisa. Entonces, se presupone que Gervasio no recuerda ese día con exactitud.
Hachazo 3: anulación de «por un rato». Si Gervasio hostigaba y hostigaba en pretérito imperfecto ,, al igual que en hostigó y hostigó, tal insistencia presupone una secuencia temporal.
Hachazo 4: anulación de «a Gervacio, claro».
Hachazo 5: anulación de «Por eso comencé en pretérito imperfecto esta corta reseña: por lo pretérito del verbo y lo imperfecto del resultado.» Al desarrollar la historia en pretérito imperfecto, el cierre es innecesario.

Idea final: en el segundo párrafo el autor desarrolla acciones con la finalidad de sorprender al lector. Es una de las propuestas narrativas más difíciles de lograr. La muerte de Gervasio ocurre. Un tren lo mata. Pero para que la muerte del personaje ocurra, requiere de un resolución más ajustada. No sé cómo explicarlo. Se me ocurre mencionar el cuento de Horacio Quiroga llamado «El hijo». Su desenlace mortal es una obra maestra de la intriga. Y la intriga es la que falta en este final.

Reitero: Desde que nos comentamos, es enriquecedor este proceso de mejora textual. La finalidad es encontrar nuestra propia voz. Y que esa voz reacentúe las influencias transformándolas en un estilo peculiar. Un estilo tan marcado que el lector diga: éste es un Albert Rueda, en vez de decir: este cuento es de Albert Rueda.



Réplica:

Mucho tijeretazo veo yo en tu comentario; y también la eterna cuestión del tiempo verbal que alguna vez hemos debatido algunos compañeros. A ver si acierto a darte mis razones y te resultan convincentes, más allá de que tu estilo es tuyo y eso no se pone en entredicho.

En primer lugar, la introducción no forma parte del texto, propiamente cuento. Nota la línea de puntitos al final del inicio, eso desliga, además de estar en cursiva para mejor señalización. Sólo pretendía poner en antecedentes al lector sobre el origen, y de paso aprovechar para desear un feliz domingo. Pero por éste y otros posteos míos, creo que terminaré pasando de introductorios y contextualizaciones que no sean propiamente el texto, visto el éxito de tales iniciales. Por eso, al exponer la versión 2.0 eludí deliberadamente la misma introducción, no forma parte en sí misma del texto. Sigamos:

Cierto día, Gervasio andaba por el campo; atraído por un descomunal agujero, pensaba que la pieza debía ser formidable.

Tal como lo expones tú, me parecería más acertado gramaticalmente interconectar de modo directo ambas partes. Algo así como «Cierto día, Gervasio andaba por el campo cuando, atraído por un descomunal agujero, pensaba que la pieza debía ser formidable.

Y aquí empiezan los problemas de redacción. Si lo plantease de esa forma, el peso de la idea recaería totalmente sobre la idea de lo que Gervasio pensaba. Y el planteamiento inicial no era para nada ése. La frase tiene un carácter de contextualización general, y por ende considero que las partes deben sostenerse un tanto equilibradas unas respecto de otras. Y entonces aparece la cuestión de tiempo verbal. Tu planteamiento casi impone el pretérito imperfecto, que además sostienes completamente en el resto de propuestas. Y es tema ya comentado que me parece muy prosaico y le resta totalmente frescura; por no hablar de que al establecer pasados matizados ofrece más precisión narrativa, en según qué casos. El pretérito perfecto simple destaca con sutileza algún momento o hecho puntual, sin perder la óptica del tiempo pasado sostenida en el texto. Sé que los ojos de cada uno tienen sus apetencias, y por eso la mía gira en torno a ese planteamiento.

En cuanto al hachazo 2º, definitivamente no concuerdo contigo. La expresión «cierto día» no manifiesta en este caso una imprecisión comprensiva, sino un mode de decirle al lector: «un día, pero no te digo cuál exactamente, sigue leyendo…» Eso es lo que desliza la expresión. Y por pura coherencia, solo que un tanto próxima, la siguiente aclaración, «el último que se recuerda» es complementaria de lo pimero, una especie de reiteración aclarativa con su posterior conexión irónica en el desenlace del texto. No sobra, sinceramente lo digo. Y también por lo mismo tomé la sugerencia de Gavrí, obviando el explicito «lo mató» y dejando al lector cierto margen, poco pero no explícito, al menos. No renunciar a cierta ironía sugerida, pero tampoco dar el pescado totalmente asado.

Tu tercer hachazo, por lo de los tiempos verbales, sigo pensando que no encaja en mi discurso. Tanto verbo en «aba» termina siendo monótono, si no hay una genialidad expresiva manifiesta. Sin embargo, sí que me ha hecho releer el pasaje, porque creo que lo de «un rato» resulta poco enriquecedor, dicho tal cual, por lo que voy a añadirle algo que lo haga girar más redondo, tal que así:

..hostigó y hostigó durante un rato…

Y hay una razón para ello. Se pretende dar la idea de que el tal Gervasio se tomó tiempo ante la expectativa de cobrar una pieza formidable. Por tanto, aunque no comparto tu punto de vista, sí que saco ganancia con tu observación al revisarlo con ojo más crítico. Gracias mil.

El cuarto hachazo, ya está resuelto en la versión 2.0 y por tanto, nada que objetar.

Respecto del quinto hachazo, es parte de la ironía global, Willy; si lo prefieres, un sub-sarcasmo de cierre. Ese fragmento sí corresponde propiamente al texto, con su leve toque de humor. Más o menos acertado, se puede debatir. Por ejemplo, a nuestra compañera Ángeles le resultó grato. Y obviamente, al autor también puesto que lo situó ahí con intención.


Respuesta:

El presente histórico

El presente histórico indica simultaneidad del evento con respecto al momento del habla, pero el presente histórico indica anterioridad, igual que un tiempo de la esfera del pasado o que un pretérito perfecto compuesto. Esto motiva que en la oración sustantiva se encuentren las mismas formas verbales que se subordinan a tiempos de la esfera del pasado o a un pretérito perfecto compuesto y no las que se subordinan a tiempos de la esfera del presente:

Y es entonces cuando le DIGO que muchas personas habían sido testigos de su infracción (anterioridad), que yo tenía todas las de ganar (simultaneidad) y que mi abogado arreglaría todo (posterioridad).»

Que conste que la definición de hachazos y roboticidad del texto le pertenecen a Gavrí. Prefiero decir poda o tachadura. Creo que le llamaste nota de autopsia o nota de suceso periodístico. En los tres casos, define una situación en la que el lenguaje tiene tendencia a ser parco, plano, quirúrgico, sacrificando los recursos narrativos que pudieran dinaminarzo o enriquecerlo. No estoy seguro de esta última afirmación, pero es probable que así sea.


Réplica:

La terminación «aba» no es un presente histórico. Es un pretérito imperfecto puro y duro que no deja las ideas como las ideas son sino que las deja colgando de supuestos que no existen, porque no tienen fin, sino que se hacen discurrentes.

En el planteo con todas esas terminaciones en aba, además de ser de una monotonía arrasadora, hay ideas que ni siquiera se expresan con corrección sintáctica, porque el imperfecto no da para ponerlo en todos lados o en cualquier lado y quedarse uno tan tranquilo.

Una narración correcta requiere de muchos juegos verbales entre modos y tiempos para que sea sólida.

Y refiriéndonos ya específicamente al presente histórico, no es un un pretérito, sino que dentro de la formulación de la frase se incluye un verbo en presente dentro de un contexto pretérito. Ejemplo:

El muro de Berlín cae el 9 de noviembre de 1989.
Colón descubre América en 1492.

Eso es presente histórico.


Nueva posición:

Creo que se me ocurre una forma razonablemente clara de abordar el asunto verbal. Supongo que por otros comentarios, ya sabéis la tendencia que tengo -a veces un tanto burda, lo acepto- a metaforizar, comparar, ejemplificar conceptos. No es seguramente el modo más ortodoxo, pero he podido comprobar que a pequeña escala ayuda mucho, sobre todo para entender la idea básica. Luego ya es cosa de cada uno profundizar. Veamos si esta vez acierto.

Tomemos un breve fragmento de texto, ideado repentinamente por mí para servir de muestra. Sea el corto:

Tomás estaba tumbado en el diván, mientras el psicólogo le preguntaba aparentemente cosas inconexas. Una de ellas le sorprendía repentinamente. Entonces Tomás se giraba hacia el doctor y le dirigía una mirada inquisitoria, al tiempo que le preguntaba: ¿es preciso responder a éso?

Bien, ya tenemos una especie de mini-argumento establecido. Deliberadamente usé algunos tiempos verbales de forma inadecuada; nos servirán como contraste para percibir la necesidad de ajustar estilística y gramaticalmente el uso. Con un giro más adecuado, la idea literalmente explota, se eleva de forma que resulta totalmente comprensible, asequible, y sobre todo, coherente en orden temporal. Algo así, más o menos:

Tomás estaba tumbado en el diván, mientras el psicólogo le iba preguntando cosas aparentemente inconexas. Una de ellas le sorprendió repentinamente. Entonces Tomás se giró hacia el doctor, dirigiéndole una mirada inquisitoria, al tiempo que le preguntaba: ¿es preciso responder a éso?

Con un poco de estilo, aún se puede mejorar sin duda. Pero ahora cada tiempo manifiesta un matiz específico que contextúa debidamente cada acción y sus derivados, al tiempo que aleja un poco la sensación de contar una historieta en pasado sostenido, vacilante e impreciso. Insisto que cuesta un momento mejorar el fragmento corregido, no es una labor de moros en absoluto. Pero para lo que pretendo exponer, me sirve. De nuevo, pero ahora una junto a otra,para apreciar los contrastes y cambios, el efecto se hace evidente:

EJEMPLO TIPO

Tomás estaba tumbado en el diván, mientras el psicólogo le preguntaba aparentemente cosas inconexas. Una de ellas le sorprendía repentinamente. Entonces Tomás se giraba hacia el doctor y le dirigía una mirada inquisitoria, al tiempo que le preguntaba: ¿es preciso responder a éso?

EJEMPLO GIRADO 1

Tomás estaba tumbado en el diván, mientras el psicólogo le iba preguntando cosas aparentemente inconexas. Una de ellas le sorprendió repentinamente. Entonces Tomás se giró hacia el doctor, dirigiéndole una mirada inquisitoria, al tiempo que le preguntaba: ¿es preciso responder a éso?

EJEMPLO GIRADO 2

Tomás estaba tumbado en el diván, mientras el psicólogo hacía preguntas sobre cosas aparentemente inconexas. De repente, una le sorprendió. Entonces Tomás, girándose hacia el doctor, le dirigió una mirada inquisitoria y le preguntó: ¿es preciso responder a éso?

Ni dicen lo mismo, ni lo hacen del mismo modo, ni siquiera lucen igual. Y no me he devanado los sesos para poner el ejemplo, lo cual indica que algo genéricamente gira de un modo u otro.

Intervienen: Albert Rueda (España) – Gavrí Akhenazi (Israel) – William Vanders (Venezuela)



EDITORIAL

La escritura como experiencia

En muchos de nosotros surge la pregunta de por qué seguimos escribiendo entre tanta maraña de estímulos que la época ofrece y, también, de esta nueva proliferación de escritores que incluso, por sus propias declaraciones, parecen vender muchos más libros de los que hemos llegado a vender alguna vez y se jactan de ello en las redes, supongo que como una forma de marketing.

 Si nos remitimos a aquello que se está leyendo hoy en día, tomando como referencia estas mismas redes sociales, encontraremos que quizás, lo que se ha perdido realmente, es el lector. Lectores hay, como siempre (todos parecen beta, bookstagrammers y colaboracionistas), pero ese lector con mayúsculas, el que busca alguna cosa más que lecturas en tándem, al parecer va desapareciendo poco a poco, inexorablemente, a la par que van desapareciendo con él, bajo la maraña, obras excelentes.

Me pregunto qué tipo de experiencia es la literatura para toda esta camada virtual y cómo definirían el hecho de que una obra perdure en el tiempo, cuando ellos padecen una compulsión extraordinaria por escribir casi pareciera que no importa qué.

Una de las características de aquellos libros que perduran y que no quedan atrapados en el montón es el  ir mucho más allá de una buena narrativa, ya que mucha buena narrativa no es solamente manejar con soltura las herramientas, comenzando por aplicar correctamente la gramática.

Se trata de un plus que existe como un resorte interior y que el trabajar la obra se consigue develar a través de, por ejemplo, elegir las palabras correctas para ubicarlas en el sitio exacto en que logren el efecto deseado.

No todas las palabras caben arbitrariamente en cualquier fraseo. Esta elección, por sonido, coloratura, precisión de significado, movimiento sintáctico, es lo que termina por diferenciar «el estilo» o «la voz» de un escritor.

Pero sólo con el estilo o con la corrección gramatical no siempre el resultado será el esperable, ya que hay un elemento intangible, algo que se lleva y, debido a su aparición durante el ejercicio literario, el escritor sufre una suerte de transmutación con la que ejercer el don creativo, que no todos poseen o que no todos consiguen despertar dentro de sí, ya sea por pudor, porque prefieren trabajar dentro de una zona de confort o, porque, simplemente, por mucho que se esmeren y produzcan libros, no lo tienen.

La experiencia de la escritura es compleja y atraviesa por muchas etapas mientras se aquilata, porque cada época de nuestro descubrimiento íntimo como escritores necesita ser pensada y sopesada.

Ser escritor no es sencillamente estar alfabetizado y redactar con cierto decoro, sino que, para ejercer la profesión realmente con plenitud, se necesita de una intensa indagación en nuestras zonas oscuras y en las de nuestro entorno, ya que allí subyacen los componentes de lo humano que luego se plasmarán.

Quizás, porque existe un vasto territorio oscuro en el acontecer humano, la literatura puede penetrar en él y recrearlo desde nuevas perspectivas y visiones,  no para echar luz sobre esas zonas y exponerlas sino para describir su complejidad y por qué no, su vastedad.

Creo que esa es la experiencia más enriquecedora que puede devengar ser escritor.

PROSA POÉTICA

William Vanders – Venezuela

Imagen by Claudio Schwartz

En la orilla del ruido

Este canto vibra en la orilla del ruido donde hay miedo, está a medio milímetro del silencio.

Este canto es una espina que grita, una gota de angustia oculta en la panza.

Este bullicio duerme con los dientes apretados, sueña con el dolor de los niños sin madre y despierta engarrotado protegiendo la infancia del abuelo.

Esta garganta no se cansa de tragar sogas mientras el rostro se erige como estatua.

Estos labios cohabitan la tortura, cuando al desaparecido le esconden la vida para borrar su muerte.

El canto está herido, camina en la cornisa del precipicio, bordea el límite de la mudez y entona el estribillo mortuorio para que se levanten los vivos.

Esternón insuflado, espalda encorvada, de puntillas y cuello extendido: cabeza al vacío como yunque retando a la injusticia.

La voz ya no va en el aire, resuena en la neurona y viaja a la memoria.


Me sospecho feliz en el bosque

Imagen by Mario Esposito

Sé que el atardecer puede incendiarse en la mano y la lluvia ensayar percusiones en el techo del pobre.

Sé que a veces no amanece y la oscuridad es como el hambre del solo, del solo por abandonado.

Sé que al llorar sin lágrima labriega, la voz se pega al alma, las manos se cierran y nos miramos sin vernos el pecho.

Sé de un tiempo infinito al pausar la sonrisa del hijo y de ese otro tiempo raro, afilado y combativo, luchando por el presente de un pasado repetido en lo futuro.

Sé de atrincherarse en campo frío y sin agua, muriendo ,sin saberlo ,en la herida de la sangre del otro.

Sé poco de lo mucho y mucho de lo poco, me sospecho feliz en la sencilla complejidad del bosque.

HISTORIAS

Cuatro vientos – María José Quesada

Frente al domicilio de Pedro aguarda, sentado dentro un Opel Corsa amarillo, Eugenio, con una bolsa de patatas fritas que calma, bocado a bocado, su tiempo de espera mientras engorda, milímetro a milímetro, el contorno de su cintura. Permanece al acecho de Pedro. Hoy está dispuesto a seguir sus pasos y observar todos sus movimientos, nada más que ponga un pie en la calle.

Eugenio podría haber sido policía, ya que ese fue su deseo desde chico, pero no daba la altura requerida para entrar en el cuerpo de la policía municipal. Él lo sabía y por eso se presentó a la primera prueba de ingreso con unas cuñas taloneras dentro de los zapatos; pero no hubo caso, los medían descalzos y en calzoncillos. Aquello no lo achicó y se presentó en segunda convocatoria. Para pasar la prueba, ésta vez se dejó crecer el cabello por la parte de arriba del cráneo y lo engominó de punta, consiguiendo ganar así varios centímetros de altura. No hubo caso, los midieron descalzos, en calzoncillos y con el cabello rapado.

De ahí, a dos años después, creció, lo que son las cosas, sólo que a lo ancho. Bien le valía luego su presencia anatómica para detective, más su paciencia, intuición, discreción y un largo rosario de cualidades.

Eugenio nació con dos dientes así que, al mes de nacer su madre lo alimentaba más con cocido, con garbanzos y lentejas estofadas que con leche materna. Nunca cogió un resfriado, una tos ni un mal de estómago, pese a que su abuela peleaba con su hija, la madre de Eugenio, para que respetara su etapa de lactante. Pero desde que Eugenio probó por vez primera el cocido, con garbanzos, no quiso tomar de la teta ni papilla alguna.

Pedro acaba de poner un pie en la calle y se dirige en dirección contraria a la que Eugenio tiene aparcado el coche, así que éste observa su trayectoria, ahora, por el espejo retrovisor del vehículo. Considerada una distancia prudencial, Eugenio sale del coche y lo persigue guardando un moderado espacio entre los dos.

Pedro se detiene frente a un vendedor de cupones de la ONCE. Eugenio, unos metros por detrás, se detiene y consulta su reloj. Pedro continúa el camino con su cupón de la ONCE y Eugenio llega hasta el vendedor, al que pide el mismo número que acaba de llevarse el último cliente, no vaya a ser, añade, que le toque el premio a ese y a mí no.

Veintidós minutos caminando al rebufo de Pedro lleva Eugenio, y, por ahora, sin novedad en el frente.

«Comestibles Aurora, queso y pan a todas horas» reza el cartel que hay en la puerta del establecimiento en el que Pedro acaba de entrar.

Hace cinco minutos que Eugenio se ha hecho con un periódico de tirada gratuita al que le faltan la letra H, de hacienda, y la letra L, de limítrofe. En su lugar aparecen dos agujeros semicirculares, hechos a pellizcos, y con la distancia justa para que coincidan con el ojo derecho y el ojo izquierdo de Eugenio.

Con tamaña máscara aguarda, mirando a través del escaparate de «Comestibles Aurora, queso y pan a todas horas», y observa los movimientos de Pedro en el interior de la tienda. Alguien de dentro señala hacia afuera, y Eugenio se agacha a recoger una ficticia moneda encontrada, perdiendo así unos preciados momentos de observación.

Cuando cree que ya ha pasado el peligro vuelve a su postura de lector los agujeros que coinciden con sus ojos.

Pedro ya no está, pero no ha salido de la tienda.

¿Estará enredado con la tendera? ¿Habrá pasado a la trastienda para ayudar con alguna caja pesada? ¿Le habrá dado un retortijón y habrá tenido que ir al retrete? ¿Se habrá volatilizado? ¿Habrá una escalera interior que lleve al primer piso y ahí está el de la inmobiliaria para hacerle firmar el contrato de venta de Los cuatro vientos? -se pregunta.

(fragmento)

ANTIACADÉMICAS

El lugar común

por Gavrí Akhenazi

Para Barthes escribir es «la elección del área social en el seno de la cual el escritor decide situar la naturaleza de su lenguaje».

Ergo, la creación literaria ocurre en un tiempo determinado y es durante ese tiempo que cada palabra tiene un impacto preciso en el lector que la recibe desde su propio lugar en la «naturaleza del lenguaje» y es en ese momento cuando la literatura «le ocurre».

Que ese feedback se establezca y exista en el lector ese descubrimiento de algo que ocurre, depende de que el autor ofrezca un panorama diferente y no que se mantenga en el ámbito de los convencionalismos naturales tanto en las secuencias de la vida como en el idioma que emplea para explicarlas en la obra.

Salir del pensamiento corriente, de ese primero que se nos viene a la cabeza, implica salir del facilismo que ofrece sólo manzanas o peras, como si no existieran otras frutas de estación o de fuera de estación (las adecuadas en un caso así) a las que apelar.

La técnica implica también una búsqueda de ese lenguaje que indique la diferencia entre lo común y lo heterogéneo, ya que hay imágenes que existen casi de manera preconcebida y son las que se deben evitar, en persecución de caminos alternativos que estimulen no sólo al lector sino también, que nos estimulen a la exploración de una concepción nueva, un enfoque particular, aunque se trate de una anécdota ordinaria.

La teoría literaria es muy amplia y si algo tiene de bueno conocerla, es que le permite al autor un cambio en el pensamiento rutinario al que suele aferrarse y por tanto, reivindica y habilita recrear la construcción por fuera de las zonas confortables que vienen dándole resultado.

Algunos, ni siquiera advierten que se han vuelto completamente previsibles en el lineamiento de sus tramas y en la reiteración de sus golpes de efecto. Frente a ellos, desde la primera página un buen lector puede hablar del libro completo sin haberlo leído, como si de un resumen predecible se tratara.

Esa previsibilidad es la que acampa en todos los lugares comunes, como una plaga que infecta la creatividad y susurra en la cabeza del escritor que ese es el camino que da resultado porque a otros, antes, les dio resultado.

En la prosa, a diferencia de lo que muchos piensan, el ritmo es un factor determinante para que un relato, incluso uno lineal y sin mayores expectativas, se haga apetecible por su fluidez.

No dejarse atrapar por un manejo acotado del idioma para trabajar la llanura de la anécdota implica un sentido artístico inaprensible con el que variar lo que se está diciendo.

La precisión de un adjetivo no convencional, la sinestesia como recurso, incluso un enfoque arbitrario sobre lo establecido funcionan como un golpe de atención y provocan un repentino interés que el lector agradece porque lo mantiene involucrado y expectante con el desarrollo.

Desafiar al lector, proponerle retos pero por sobre todo, proponerse retos uno mismo, no debe ser jamás obviado ni perder de vista que la creación siempre es, en cierto modo, magia y a ningún mago le gusta que su público ya le conozca todos los trucos.

HISTORIAS

Cumpleaños – Sergio Oncina

Hoy es mi cumpleaños y creo que estoy triste, o debería estarlo, no estoy seguro. Siento que no necesito adentrarme en esa tristeza melancólica del que contempla la vida con la marcha atrás puesta y ha llegado a la mitad del camino pero ni siquiera sabe cómo.

Pero aún me cuesta mirar hacia delante y planificar el futuro, sencillamente porque no sé quién quiero ser. No es tan fácil cómo supone la gente. Antes de lanzarse de cabeza a la piscina conviene saber si está vacía, contestarse otras preguntas: «¿quién soy?, ¿estoy vacío?» Cada vez que las planteo, se me cuela el pasado entre las rendijas de la percepción. Así que, aunque intente evitarlo, la melancolía nutre el presente.

Por eso me planto y giro la cabeza para encontrarme en una infancia tan extraña como todas las infancias, al lado de las personas que me conocen mejor que yo mismo.

A la niñez voy de la mano de mi hija. Cada día que recorremos los pocos metros que separan la puerta de casa a su colegio yo vuelvo a mis escuelas, a mis compañeros y a mis juegos.

Hoy, Helena, por primera vez ha soltado mi mano en la entrada del patio escolar y, sin percatarse de la atenta mirada que perseguía sus pasos, ha corrido a la puerta de su aula hasta que uno de sus amigos le ha tendido la mano para ayudarle a subir el escalón que separa el patio de su clase.

Con seis años es capaz de tener una pequeña vida propia de la que no dar cuenta a su padre.

Yo, con seis años como ella, iba a una escuela de pueblo en el Seat 127 de uno de los profesores, sentado en la parte trasera con mi madre y mi amiga Laura. En el asiento delantero iba la mamá de Laura, Yolanda, que también sería mi maestra durante ese curso, el primero de EGB.

Laura y yo éramos como hermanos postizos y mi madre, Socorro, y Yolanda eran tan amigas que compartían una forma de vivir. Eran dos maestras muy jóvenes, apenas llegadas a la treintena, (qué jóvenes me parecen ahora y qué mayores las creía cuando íbamos juntos en ese coche antiguo). Habían estudiado la carrera juntas y aprobado la oposición en el mismo año. A partir de ahí el sistema educativo público y sus elecciones las reunían para ejercer la docencia en los mismos pueblos

Odio el olor a gasolina, lo asocio a la sensación de madrugar y de no poder dormir en el viaje desde León a Quintana, el destino que ese año, y los tres siguientes, nos tocó en suerte.

Agapito, profesor y conductor, nos recogía en el mismo punto y a la misma hora cada día de la semana. Con seis años una rutina aburrida y monótona es una jaula. Por suerte a esa edad cualquier barrote es de plastilina y al montar en el coche había una niña que, como yo, tenía ganas de jugar.

Al llegar a Quintana nuestras madres entraban al colegio y nosotros esperábamos fuera a que llegasen el resto de niños.
A principios de los 80 los pueblos de León seguían teniendo calzadas de barro, ausencias de aceras, portones de madera y muros de adobe. Un escenario ideal para el juego al aire libre.

El primer día de curso el ruido era ensordecedor en los cinco peldaños de las escaleras de acceso, Laura y yo actuábamos con la timidez propia de los nuevos, veíamos formarse los grupillos de amigos a nuestro alrededor, niños gritones y alocados, iguales que los que ahora observo en las puertas del colegio de Helena.

Me proyecto en ella y pienso en cómo se relacionará con sus compañeros y cómo formará parte de un grupo.

No me preocupo porque los niños la saludan al entrar y al salir y yo la noto feliz. Pero, por otro lado, la comparo conmigo y advierto los muchos secretos que ocultaba a mis padres a esa temprana edad.

Uno de mis secretos era el miedo a estar solo, a no tener amigos o a que un niño más fuerte que yo se riese por mi incapacidad para pronunciar correctamente la erre. Laura no se reía, pero no podría contar con su ayuda en el caso de que hubiera pelea porque, aunque fuese mayor que yo, siempre evitaba los líos y se comportaba como una niña bien de cara al exterior. A solas tenía el carisma suficiente para llevar la voz cantante en nuestra relación.

Supongo que su situación era tan complicada como la mía, alumnos nuevos e hijos de los profesores, solo debía pasar el tiempo para que nos llamasen enchufados, empollones o chivatos. Entonces, Laura no necesitaría defenderse y otros niños lo haríamos por ella porque hay personas que tienen don de gentes desde que comienzan a hablar y Laura era una niña tan adorable que si alguien la insultaba sería por envidia y siempre encontraría un paladín que se partiese la cara para que le dedicase una palabra amable.

En cambio, yo no tendría a nadie y acabaría jugándome el respeto de mis compañeros a puñetazos en el barro.

Por eso, ese primer día, ya analizaba con la mirada quiénes eran los niños mayores, quiénes mandaban y quiénes tenían hermanos que pudieran complicarme la existencia.

Pese al año que Laura me sacaba íbamos juntos a la misma clase porque ni en primero ni en segundo sumábamos alumnos suficientes para formar un curso propio.

Nada más entrar en el aula Yolanda nos hizo leer y fue con estas lecturas de iniciación cuando me tranquilicé, más niños de seis años tenían serios problemas de dicción, sobre todo con la erre y nadie leía igual de fluido que Laura y yo.

Mientras los compañeros se trababan y se esforzaban en completar los párrafos que les correspondían, me leí los textos de la semana siguiente. Observé que Laura ocupaba su tiempo con la misma actividad, competíamos sin habernos retado.

No recuerdo nada más de mi primer día de clase en Quintana. A partir de esa fecha la memoria mezcla imágenes y sucesos sin un orden concreto.

¿Qué recordará Helena del 3 de noviembre de 2020? Dudo mucho que se acuerde del dibujo que me ha dado como regalo o de la película que hemos visto esta tarde, pero quizás sí se acuerde de cualquier detalle que haya ocurrido en su aula junto a su mejor amiga, Sara. O de la mascarilla de unicornio, o del gel hidroalcóholico que no soporta porque huele a menta, o de los deberes de inglés sobre Halloween que hicimos ayer en la mesa del salón.

No sé qué podrá determinar su personalidad, cómo saberlo si no sé qué influyó en la mía.






HISTORIAS

Largas horas de sombra Gavrí Akhenazi

—De muchacho era un ratón pálido, hocicudo. Una bolsita de huesos que excedían la carne y se clavaban encima de las cosas. Era una laucha hambreada más que hambrienta… No es lo mismo estar hambreado que hambriento. Daba ese aspecto de animal tristón que vive de penuria en penuria y todos corren a escobazos para evitar la contaminación. Un bicho desgarbado y telúrico, crecido desde su propia idiosincrasia. Como buen ratón, no cabía en la vida de la gente hasta que un día me convertí en gato…en este enorme gato que ahora ves. La muerte puede, de vez en cuando, hacerle a un ratón de Hada Madrina con solamente darle un susto en una guerra…como me lo dio a mí la primera vez que vi morir pilas de gente con un solo y único estallido. Ya debería estar acostumbrado y sin embargo, algo le pasa a mis costumbres. No se dan.

Ella es una pantera agazapada y sana, como un animal de terciopelo esquivo que espera en una horqueta. Está serena y firme, con esa piel lustrosa y exigente, brillosa y aceitada, recogida entre las piernas de su hombre. Inmóvil está allí, como una bestia tibia.

Lo escucha hablar y desde su mirada a su lengua hace silencio. Le gusta oírlo hablar.

Él le habla en un inglés que a veces es difuso y se mezcla en su boca con suajili o se sazona con los demás idiomas en los que él habla sólo con la gente que él habla, porque él solamente habla cuando quiere. Con ella habla a menudo de todas esas cosas que los unen y que a la vez los separan de todos los demás hombres que no viven las cosas que ellos viven.

Ella está allí como una talla de madera alcanzada por un último rayo.

Tiene ojos enormemente enormes, como si fueran dos lagunas negras naciendo de la sal, porque brillan así, pupilares, dentro de una esclerótica toda de fuerza azul. Son dos planetas sus ojos, que han alcanzado la violencia del sol y calcinados, refulgen con feroz nocturnidad.

Ella escucha a su hombre con atención de hembra que quiere oír hablar a aquel que la hace suya. Está desnuda y quieta entre sus piernas, como una gata ciclópea que se entrega a una cuestión de piel, mórbidamente.

Han hecho el amor hasta extenuarse como si ella fuera una manada y él un único macho.

Han hecho el amor como si hubieran decidido repoblar el mundo y repoblarse.

Ahora él le habla y ella escucha y a veces, con la punta afilada de su lengua de frambuesa brillante, lame las ingles de él, mordisquea los vellos de los muslos y sonríe, como la juventud. Pero no lo interrumpe. Lo escucha con una atenta dulcedumbre.

Cuando se conocieron él iba envejeciendo de derrotas y ella trepaba por un rayo de luz al universi, Los dos eran un grito.

Ella ha pasado por tantas desventajas que se entiende con él en los escalamientos que sacan del abismo y además, sabe que ese hombre que sufre con una desesperanza de suicida el final de sus años paradójicos, conoce mil y un secretos para sobrevivir contracorriente. Entonces, ella, que no quiere ser de rama rota, se aferra a esa sabiduría por los límites que lo mantienen a él atemporal.

Se miran a los ojos con languidez de perro y entrelazan los dedos de las manos como si uno al otro se alzaran desde un oleaje en el que están sumersos.

Luego, él la atrae hacía sí. La levanta de ese mar nocturno e invisible hacia la tierra seca de su cuerpo y ella, como si fuera un náufrago del que las manos jalan, repta despacio y apoya la mejilla sobre el pecho de él, donde no duele o donde en realidad, todo es dolor.

—Siempre regresas herido, pero igualmente, siempre llegas de regreso.

Ella habla mientras cierra los ojos sobre el compás metódico de la respiración en que siente como él se relaja y se diluye en su mundo sin sueños.

Se duermen así.

NOVEDADES EDITORIALES

Mutter, un libro de Silvia Heidel

En este nuevo libro, la autora argentina Silvia Heidel nos propone una travesía por etapas diversas, tanto de la historia general como de la particular.

A partir de la relación con la historia familiar, se imbrican situaciones pasadas y presentes, como en un caleidoscopio que Heidel maneja desde diferentes ángulos, creando un clima por momentos onírico y por momentos realista y concreto. Lo tangible y lo intangible se entrelazan en un juego climático que nos lleva desde los ancestros hasta el presente, donde la realidad ejerce un peso específico que la remembranza aligera.

El entramado de escenarios lleva al lector por un vaivén a la vez tan pintoresco como poético, tan verosímil como mágico, en ese viaje hacia la historia que se porta como descendiente de otras historias anteriores.

En todo el desarrollo gravita ese peso familiar sobre las búsquedas particulares de la voz narradora, como un justificativo para emprenderlas en aras del propio e íntimo descubrimiento.

La oscilación entre pasado y presente nos ofrece un juego textual profundo e interesante, en que el lector se sumerge, también él, como un buceador de esa trama en la que acompaña a la voz narradora en su propuesta indagatoria.

Las subtramas están desarrolladas con naturalidad y frescura. De igual modo, los diálogos internos y externos que la voz narradora aporta como realidad ficcionada y que, en su desarrollo, resultan a la vez cerraduras y llaves del hilo general, ubican al lector dentro del panorama que las distintas secuencias van ofreciendo.

Así como indica el título, el personaje de la madre es sobresaliente en toda la obra. Marca el tempo y el sino, como una especie de guía constante a la que la voz narradora recurre y se aferra, para encontrar salida a sus preguntas y contradicciones.

Heidel ofrece una prosa coloquial y cercana (bien argentina), dentro de un desarrollo histórico que abarca un amplio período del país. El lenguaje es claro, práctico y abierto, dentro del coloquial natural de origen.

Quizás, un poco localista en ciertos aspectos de su «argentinismo», pero, si vamos al caso, toda obra lo es, independientemente del país donde se haya escrito, ya que lo verdaderamente valioso es el retrato de la época y la arquitectura de la trama con sus personajes vívidos y fecundos. Eso la dota de universalidad.

HISTORIAS

Cuento para salir a navegar – Solange Schiaffino

Imagen by Renzo Alarco

Ella abría las ventanas apenas la sombra se dejaba acariciar por la entrada del sol.
Hacía tiempo que había dejado las vendas y su convalecencia solo quedó registrada en un diario, pues usaba buenas cremas para la difícil cicatriz.

Cada tanto solía guardar las lágrimas para luego reciclarlas en forma de canciones con océanos que se podían navegar en ojos brillantes de curiosidad y sorpresa, porque había aprendido que la vida era como los puertos, donde la única certidumbre es que existen los arribos y también las despedidas.

Hasta que un día ya no fueron solo sus canciones las que aparecían en sus cajones de guardar. También desde el jardín venían cantos impresos en hojas que volaban hasta su mesa. Al dirigirse a su trabajo, lejanas melodías le resonaban durante todo el trayecto hasta grabarse en los papeles que parecían pentagramas de tareas listas para cantarse. Algunas le llegaban como mensajes por debajo de la puerta, incluso como flores tomadas por el camino. Entonces, quiso intercambiarlas con las suyas y comenzó también a dejar canciones junto al sol de la tarde para que dieran la vuelta al mundo.

Una noche en que vio a media calle al dueño de la voz sutil, al que hacía girar las palabras como remolinos y tronar con las olas una sintonía perfecta para la danza de las estrellas, supo que quería cantar canciones nuevas que salieran de todos lados con su ritmo de despertar mañanas.

Pero él dejó de cantar y ella, que se comunicaba con sus adentros, apenas vio que la herida iba a brotar de nuevo en el tiempo de los regresos, agradeció al de la voz sutil, sus letras y silencios. Se fue a sanar a solas. Así oyó emerger en el centro de su pecho una música veloz, y pudo gozar de su novedad conmovedora: ya podía cantar con las sonrisas y con quien ella quisiera más allá de las ventanas.

Estaba lista para dejar ella misma el puerto. Hallar desde ahora su propia isla, una estrella, un cielo o todos los océanos hacia donde la llevaran sus canciones, que ya eran libre aliento y navegación en el presente infinito.

HISTORIAS

Love for sale – John Madison

Imagen by Luke Jones

Conozco a muchas pibas que se funden el sueldo en tacones y bolsos. Los compran como si fueran Chupa Chups a sabiendas de los malabares que tendrán que hacer para llegar a fin de mes. Mi mujer también fue una de esas consumidoras compulsivas. Compraba zapatos a juego con las carteras a punta de pala, pese a saber que me eran indiferentes.

Me daba igual si iba a la compra descalza. Me gustan las mujeres por lo que hay oculto en su corazón.

En cuanto a los bolsos, no dejo de reconocer que tienen su punto funcional. Cuando vas de copas con tu mujer, por ejemplo. Ese mismo bolso en el que te andabas cagando por su desorbitado precio se convierte en tu salvador cuando le pides que te guarde el tabaco, la billetera, las gafas de sol…

En ocasiones, el bolso de tu compañera te libera de una multa por posesión de estupefacientes: «Mierda, un control policial». Entonces le pides a tu mujer que te guarde en su bolso la metralla que llevas encima.

Por supuesto que ella me cumplía, ambos sabíamos que los agentes no iban a registrar el bolso de una señora de buena posición.

A ratos, yo también practicaba la compra compulsiva, aunque no eran objetos tan chachis como un bolso de Carolina Herrera. Eran, según mi mujer, «más mierda inútil».

Solo una vez, en Navidad, compré algo que nos puso de acuerdo: un karaoke. Lo usábamos en Nochebuena, por San Esteban… y otras fechas señaladas.
Para evitar enfados entre los participantes propuse algunas pautas con las que ella estuvo de acuerdo. Tuvimos cantantes de oído cuadrado a los que soportó con un estoicismo de Grammy.

Giubi, por ejemplo, es un excelente bailarín, pero para cantar no lo llames. Mi colega no afina, rebuzna.

Sentí más la presencia del verdadero amor en el último año que pasé junto a mi mujer que en los veintiséis que llevábamos de matrimonio. En esa última etapa ya no estábamos casados ni usábamos el karaoke. Tras el ictus mi esposa perdió los rudimentos del lenguaje, pero no a su compañero de vida. La amaba aunque fuera totalmente dependiente de mí y aunque hubiera convertido mis días pasados en un infierno.

Era una gran verdad que aunque que me esforzara en hacerle la vida más fácil ella no recuperaría lo perdido. Su degradación mental y física era una realidad que yo solo podía combatir fabricando nuevos recuerdos.

Es cierto que no hablaba, como también es cierto que al cabo de los meses de producirse el incidente recuperó algunas palabras. No le valían una mierda para hacer una sesión de karaoke –no podía construir una frase por sencilla que fuera–, pero bastaban para comunicarnos: café, bebé para identificar a los hijos, agua, TV. Sol, decía sol, lluvia…, y ¡Juan!.

Fue una sorpresa descubrir que de entre toda la variedad lingüística, mi nombre había regresado a su memoria. Hecho curioso, en el pasado solo me llamaba por mi nombre de pila cuando estaba de bronca.

Encontrar el karaoke entre los trastos que guardo en el garaje me hizo rememorar la noche en que nos conocimos y en la que oí por primera vez a Camarón de la isla, una voz valiente en la manera de afrontar los preceptos del flamenco de finales de los ochenta.

Me enamoré de su voz, tanto como lo hice años más tarde de mi mujer. La conocí durante el intermedio
de la jam session que había ido a escuchar en el café del teatro Central, en Sevilla. Ella era una de las participantes.

«¿Le importaría dejarme un papel de fumar?», le pregunté.

Minutos antes vi que se había liado un porro en la terraza, apartada del resto de músicos.

Ella me pasó un papelillo.

«Ha sido un “Love for sale increíble», le dije refiriéndome al estándar con el que los músicos habían cerrado la primera parte de la jam y que ella había interpretado al piano.

Me dio además del papel, fuego. Mientras la miraba adentrarse nuevamente en el bar me di cuenta de que no sabía su nombre. Llegué con el concierto en marcha y ni siquiera miré el cartel publicitario de la entrada.

Más tarde, volvimos a encontrarnos en la salida del teatro. «Te acerco a casa», gritó ella desde el interior de su coche, gesto que acepté agradecido. Era la voz de Camarón de la isla la que sonaba en el reproductor.

Entonces no tenía manera de saber que ella sería en el futuro mi esposa ni que veintisiete años más tarde esparciría sus cenizas bajo el olivo del jardín de nuestra casa.

Desde que nos casamos, vivió inmersa en una guerra contra el tiempo. La diferencia de edad, veintidós años, nunca me molestó. A quien le hacía la puñeta era a ella, ya que perdía una hora cada mañana para disimular las arrugas con el maquillaje. Teñirse el cabello semanalmente para ocultar las canas o someterse a costosos tratamientos contra la celulitis.

Sí, la mujer que ya no compraba tintes de L’Oreal para el cabello ni podía usar el karaoke había envejecido milenios.

No caí en la cuenta de que la mujer que fue mi compañera durante un cuarto de siglo era ya una anciana que usaba, en lugar de tacones caros a juego con el bolso, deportivas con velcro.

Ya no era capaz de apañárselas con los cordones.

ARTÍCULO

El arte según Madison, por John Madison

¿Qué se necesita para hacer arte? Yo diría que valentía, y mucha personalidad por encima de todo, porque desde ya afirmo que no es suficiente con la formación técnica. Si todos los artistas del planeta se hubieran conformado con lo que ya estaba hecho sin traspasar la línea que cuenta para la academia como no permitido, aún estaríamos pintando en las cavernas.

¿La técnica es necesaria para crear cosas que nunca se han hecho? Por supuesto, ¿cómo valorar lo hecho para posteriormente abrir una nueva brecha? ¿El autor puede hacer lo que le de la gana con su obra, aunque no entre dentro del canon? Por supuesto.

Tu Arte: ¡Tu responsabilidad!

En muchos casos, los procesos de experimentación han dado lugar a movimientos culturales nuevos y a la modificación de los manuales.

Los valores del individuo: historia personal, infancia, geografía, dogma, religión o filosofía, condición socioeconómica, familia y tabúes condicionan la forma de hacerlo. De ahí que no se pueda medir la manera en la que cada cual se exprese. La literatura es una instantánea de esa realidad que el creador vive y exorciza. De modo que, también, es una credencial que habla de ese autor como parte de un conjunto «x» con un comportamiento sociocultural «x». Lo llamamos «estilo». Cada cual el suyo.

A menudo uno tropieza con gente que pretende cambiarle el estilo: «No entiendo lo que escribes, porque tus palabras o tus versos no son iguales a los míos», «Yo no diría jamás eso con las palabras que tú lo has dicho»… válido para actividades como pintar, cocinar, actuar, fotografiar… En fin, Arte.

Para TODO.

Enfrentar un texto, en prosa o en verso, con esa libertad de la que hablo requiere valentía si se pretende retratar y sobrevivir a toda una jauría de inquisidores más interesados en la quema de brujas que en el respeto por el marco que rodea la expresión escrita.

Me es imposible marcharme sin recordarme a mí mismo el concepto real de Arte: Arte, del latín ars, artis. Actividad o producto realizado con una finalidad estética y comunicativa.

En fin, comunicar va de «hacer Arte».

HISTORIAS

Héctor Michivalka – Honduras

Imagen by Markus Spiske

Algo sobre mi padre

Mi padre, por muchos años fue comodín en el edificio del único Sindicato de Trabajadores de las Bananeras integrado por más de diez mil personas, ya sea como mensajero, carpintero, o taxista cuando lo requería cualquier delegado para que lo llevara de tour por las cantinas del pueblo.

En la entrada principal de aquel edificio había un enorme almacén que ofrecía al cliente electrodomésticos, bicicletas, sillas, adornos y muebles para el hogar. Detrás de la tienda se localizaban las oficinas del gremio. En el patio funcionaba el taller de carpintería, una galera abierta al aire libre, con techo de láminas, en cuyo local mi viejo y un grupo de ebanistas fabricaban mercancía para el negocio. Eso le otorgaba el derecho tácito de cargar en la parrilla de su bicicleta las tablitas sobrantes que cruzaban su paso al finalizar la jornada diaria.

Con el pasar de los meses, papá se vio obligado a erigir un galpón, por partes, en el patio trasero de nuestra vivienda, y que continuaba según exigencia de la madera huérfana que se iba acumulando.

Su codicia tuvo la brillante idea de construir mesas y sillas justo en la acera de la casa, a la vista de los transeúntes como estrategia para promover sus habilidades de ebanista, cebar su ego y exponer los artículos en venta. Era de poco sonreír, salvo cuando un cliente potencial le preguntaba por el precio de un producto, y más si era una mujer la que le aceitaba los resortes de su galantería.

Por sus conocimientos polifacéticos y la fama que aumentaba según adquiría prestigio por su buen hacer, el barrio procuraba sus servicios de plomería, electricidad, carpintería -de albañil, no, porque él olvidaba con rapidez el trabajo forzado-, y hasta de usurero. Con frecuencia, por las mañanas lo visitaba una clientela temeraria compuesta por conductores de autobuses, todavía temblequeando por los sopores de la borrachera de la noche anterior, empeñando la licencia de conducir para mitigar la resaca. Nunca faltaba un raterito vendiendo la poca mercancía que había obtenido en los riesgos de la madrugada a precio de ofrenda.

Mi padre siempre repetía la misma respuesta justificativa ante los reproches de mi madre, al ver una silla de ruedas o un par de muletas en calidad de compra o de empeño: «Si no lo hago yo, alguien más lo va a hacer».

Los clavos viejos que rescataba de las reparaciones, los coleccionaba en una olla tamalera. Si había un pedido pendiente de ebanistería, mi padre sacaba un martillo y un trozo histórico de riel de tren del cuartito de herramientas -el cual siempre protegía bajo llave como si escondiera un alienígena- y ordenaba a mi hermano René, de once años, y a mí, tres años menor, que enderezáramos los clavos de la temible y fastidiosa olla para reutilizarlos en el proyecto.

Nos turnábamos con el acuerdo de relevarnos cada vez que recibiéramos el inexorable pinchazo en los dedos. Muchos clavos eran de imposible rehabilitación por su estoicismo y las contorsiones sufridas durante el desarme.