«Quién pudiera», «La niña pescadora», poemas de María José Quesada

Imagen by Tung Lam

Quién pudiera


Quién pudiera ser viento que acaricia tu rostro.
Quién la hoja caída que te logra tocar.
Quién pudiera besarte como yo te besara
-como chispa que salta, como llama en el lar-

Quién pudiera ser río que tu cara refleja
y en sus aguas te mece con sutil suavidad.
O la luna plateada que te envuelve en la noche,
o este cielo de estrellas que te cubre al pasar.

Y quién fuera tu sombra aunque no puedas verme
y quedarme a tu lado sin dejarte marchar.
Quién la ola que llega a romper en la roca
y te besa los labios con espuma de mar.



La niña pescadora


Una niña pescadora
con su red se fue a pescar
donde descansan las olas,
en la orillita del mar.

En la cabeza un pañuelo,
en el talle un delantal
y en la cara lleva rosas
con destellos de coral.

Echa la niña las redes
sobre las aguas de sal
y la corriente las mece
como en un juego naval.

Cuatro peces ha encontrado
cuando las viene a sacar
y una blanca caracola
que entre ellos fue a parar.

Acercándola a su oído
un rumor cree escuchar,
piensa que dentro hay sirenas
que no dejan de cantar.

Lleva la niña a su casa
ese regalo sin par
y su madre le reclama:
llévala, niña, a su mar,

que las sirenas son almas
y solo pueden estar
bajo las aguas azules;
no las podemos guardar.

Y la niñita, apenada,
la vuelve al agua a lanzar
donde lanzaba sus redes,
en la orillita del mar.

Veinte años han pasado
en su rostro y en su hogar
y la joven, aún pescando,
con papá se ha ido a embarcar.

La calma vira a tormenta,
el viento leva la mar.
La muchacha cae al agua.
De poco sirve nadar.

Hasta el lecho submarino
su cuerpo ha ido a parar
pero acudiendo a su encuentro
de ella empiezan a tirar

cinco sirenas preciosas
que no dejan de cantar.
Y nadando la devuelven
en la orillita del mar.

«De vuelta», «Maldito silencio», «Súbdito», poemas de Sergio Oncina

Imagen by Elmer Geissler

De vuelta


Creen que me olvidé de escribir poesía,
del juego deslumbrante y del placer
de la piel en el verbo
y de la muesca exacta en el renglón maldito.

Los fetiches caducan con la monotonía
y el velo de las vírgenes
ni frena la calima de la tinta en el sexo
ni cubre tempestades.

Me entretuve, sin más,
sin ninguna razón que justifique
el borrón de la pena
y el tiempo evaporado en las caricias.

Me erguí para otear lo que se palpa
abracé los paisajes con el temblor extraño
de quien se sabe solo
en los muslos calientes del origen.

Hube de regresar al frío de mi roca,
decepcionado, falto de la verdad escrita,
el fármaco que palia los dolores agudos
del bienestar fingido.



Maldito silencio


Un agosto pasado correteaban niños.
Un abrupto septiembre se repartían besos
al final del pasillo:
un adiós, hasta luego,
hasta un junio tardío.

Las paredes de adobe en el invierno
nos resguardan del frío.
No es lugar para nietos
el hogar encendido.

Volverán a su mundo, su flamante colegio,
poblarán sus retratos los estantes vacíos
y quedarán recuerdos
de las risas y gritos
planeando en el aire e impregnando los sueños
del calor en el patio, del olor a membrillo.

Se nos escapa el tiempo.

Ya no creo bendito
el maldito silencio.



Súbdito


La ilusión del portazo se cuela entre mis sueños:
un impotente adiós sin vuelta atrás
tan sonoro y brutal como rotundo,
un golpe seco que lo cambie todo
aunque sea a peor.

Me anticipo a la fuga
y al regreso del hombre arrepentido
preguntándome cómo:
¿Cómo me sentiré apostatándome?
¿Cómo podré dormir
convertido en la antítesis de lo que quise ser?

En la guerra del tedio
elimino cualquier huida posible
y busco en el manojo de las llaves
la que cierra la puerta de salida
y mata al desertor.

Siempre seré soldado sin ejército
y súbdito de mí.

«Si amaneces sin mí», «Digamos que…», «Del beso al diente», poemas de Morgana de Palacios

Imagen by Nika Akin

Si amaneces sin mí.



si decides mañana amanecer sin mí
déjame aquí el grial de tu santa palabra
y haré que nuestra historia
sacrílega se eleve
por encima de todos los benditos
contra los que hemos ido por sensuales

si amaneces sin mí y aun sombrío
te pones a buscar algún espectro
que luminoso apague mi memoria
no olvides que mis uñas
te han rasgado la espalda
y todos reconocerán mi nombre
cuando eyacules preso tu abundancia
sobre cualquier viciosa sin palabras

yo te obligué a existir frente a ti mismo
tú a indagarme viva entre muertos sin rostro
y fue a través de ti, de tu desgarro
que me volví cruel para los ojos
dañina
como la música de Bartok

no malvendas mis huellas digitales
y te recordaré
por todos los que te olviden

mantendré abierto tu vacío
de par en par
con palabras que cubrirán tu nombre
si al final de la página
épico me seduces
como si no tuvieras la victoria
al borde de unos labios
hartos de copular con mi añoranza

si miras por mí el mundo
con tus ojos antiguos
olvidándote de lo mirado
yo pagaré por ti lo que me pidan
y es posible que hasta pueda

perdonar a dios
por tenerte tan cerca
sin tocarte




Digamos que…



Digamos que hace falta mucha insatisfacción
y un conato de ira taladrando las sienes
para escribir un verso que merezca la pena
y yo me estoy volviendo oscura decepción,
displicente y ecléctica transeúnte de andenes
cementerio de trenes con flores de gangrena.

No hay dinero que compre mi dolor de mujer
pero ya no lo muestro con dos copas de más
ni enseño cicatrices de antiguos abordajes.
Asumo consecuente que cada anochecer
tiene su oculto éxtasis y disfruto quizás
de la autenticidad de un tiempo sin blindajes.

No persigo la luna y come de mi mano,
no manipulo mentes de amantes doloridos
ni levito en crepúsculos de furibundas místicas.
Digamos que me observo lejana, en otro plano,
espectadora escéptica de versos descreídos
que dislocan rutinas, sin ansias crematísticas.



Del beso al diente



No sé salir de ti, pero me fugo
por las hendijas de mi claustrofobia.

Beberte a palo seco me perfora la lengua
como un piercing de hielo
y esnifarte necrosa mi frágil estructura.

Debe existir un modo de pasar
del beso al diente
sin un asesinato de por medio,
de aclimatar la duda a la certeza,
la abstinencia a las ganas.

Quizás exista un él sin condiciones
con las mayúsculas que escribo el ansia
que no le ponga trabas a la muerte
si decide cortarse las venas en mis pechos.

Debe de haber un modo de observar
-voyeuresse ajena a protocolos-
cómo grita la corte milagrosa,
sin ser el cul de sac de todas las miserias
y llegar siempre tarde
al chill out de la hombría desgastada,
para la última copa.

No sé salir de ti
pero estoy aprendiendo
a morder los barrotes del poema,
porque ya no me basta que la jaula
se disfrace de pájaro.

«Dos poemas» de María José Quesada

Imagen by Brendy Pradana

Y te miro

Yo, la que mira de frente
lo que encuentra en su camino,
te he de mirar diferente,
que no se note el cariño.
Tú eres clavel de otra aurora,
la religión de otro templo
mientras que yo soy la autora
de lo que siento por dentro.
Y sí, te miro, distinto,
te miro disimulando,
sin que te des cuenta, niño,
de cómo te estoy mirando.


La tormenta que me aviva

Estás lejos, me lo está diciendo el aire,
no respiro tus partículas de hombría
no resalta entre sus ondas tu lenguaje
ni cabalga tu ansiedad sobre mi herida.

Porque no relampaguean las miradas
que encendieron los rincones que me habitan,
y no truenan poderosas las palabras,
se desploma la tormenta que me aviva.

Quiero el rayo de tu impronta, tu amenaza,
el estruendo de tu gen provocativo,
la catarsis de tu nervio con mi calma
como unión entre mi luz y tu sonido.

Dame el viento, remolino de mis aguas,
y fundiremos esta muralla de hielo
por caer después en libre catarata
empapándote de amor hasta los huesos.

Tres poemas, por Silvio Rodríguez Carrillo

Imagen by Benjamin G. E. Thomas

Sé contigo y déjame


No me sigas ni me esperes
que me estoy abriendo paso
luchando contra lo que dijeron que soy,
destruyendo la fe más errada
y que me obligaste a beber,
desestimando bloques enteros de mi realidad
que creí no cambiarían.

No te duelas en mi desapego
ni le recrimines a lo histórico
el estruendo de los ángeles al romperse,
todo se hizo necesario esa mañana
en la que llegué tan temprano
que no había amor para repartir
y te inventé el que pude
sin saber que no iba a durar.

Detén el llanto antes que nazca
o escúpelo en torrente irrefrenable,
pero no te detengas en un dolor
que sólo es mancha sobre los nombres
y acaso ancla en los pies del que lo porta,
no sea que en soledad en lugar de brillar
termines amalgamándote con sombras hirientes
que beben de sí, de sólo silencio.

Como antes
en el inicio del puente bajo la luna,
festeja que siendo como los demás
no soy como los otros,
como yo celebré en su momento
en tu simpleza lo único y definitivo.

Sé contigo y déjame
ser con lo que me ronda
lo que no pude hallar en tu presencia,
el fondo preciso de lo ilimitado
y el rostro de Dios
sonriendo sobre mis errores.


Rompebolas


Escuchame, pedazo de boluda,
si a vos no te produce regocijo
nada que no refiera de tu hijo
como si fueses ciega sorda y viuda,

es un problema tuyo, solo tuyo,
pues hay quienes se placen en más cielos
de los que conocieron tus abuelos
-que no pensaban mucho, me lo intuyo-.

Así que ya cortala, despertate
buscate algún librito que te valga
para hacer algo más que un sucio mate,

renová tu pensar, mové la nalga
o ponete al costado de mis olas
que te pasás rompiéndome las bolas.


Elegiste seguir lo vivido


En el centro movible de la arena
clavé una estaca enorme, pura altura
y en ella la bandera más preciosa:
el viento incontenible con voz cruda
repitiendo el cantar de tus cabellos
disolviendo mis más íntimas dudas.

Desde el futuro vine a tu pasado
a llenarlo de aromas improbables,
a tornar toda cruz en mil espadas
y lograr que te rías y me abraces
como en tu dimensión se puede y debe,
sin mirar a los lados, aunque enfade
al que pide le den lo que no fue
y llenar con lo ajeno su equipaje.

Te di mi risa bruta, mi decir
y con sólo mi espalda fui tejiendo
la lluvia por adentro del afuera
y la tórrida luz que brinda un beso
si ocurre en la mañana y sin aviso
tapando toda falta y todo hueco.

Pero nunca sirvió lo de quererte,
encaraste los daños como meta
y con lágrimas fuiste destrozando
todo lo que busqué no sea prueba;
extraviando controles y colores
juzgaste que mejor era ser mueca,
dejándome intentar golpes de sombras
por traerte del lado que no enreda.

Elegiste seguir lo vivido
por quienes no vivieron mis acciones,
repetir lo seguro de lo necio
y evitar arriesgar ser quien impone
esa no imposición que clava y duele
en el alma del burdo en sus barrotes.

«Regalo de espliego», «Encuentros», «Grietas reconfortantes», poemas de Ángeles Hernández Cruz

Imagen by Phuc Nguyen

Regalo de espliego



Tu mirada en penumbras, envuelta en el hastío,
me pedía en silencio descoser las amarras
para llevarse lejos la carga de los años
que tú ya no podías llevar a tus espaldas.

Yo quería hechizar a la bestia sombría.
A modo de sirena mi voz desafinaba
en un arrullo astuto que la guiara lejos
y nos dejara, madre, a salvo de sus zarpas.

Comencé por un tango, tus ojos se agrandaron
escuchando a Gardel perderse en mi garganta.
¡Qué idea tan absurda! En vez de una sonrisa
asomó la tristeza en tu frente argentada.

Seguí con los boleros, con angelitos negros,
con gardenias a pares al son de las maracas
y tus dedos marcaron el compás de mis notas
reviviendo el calor de unas tierras lejanas.

Bailé junto a Adelita rancheras de Jalisco
comiéndonos las tunas hasta Guadalajara
y allí es donde encontré lo que andaba buscando:
tu risa, mi regalo, con lazos de lavanda.



Encuentros



A veces se me olvida, solamente unas horas,
que a la felicidad le gusta disfrazarse.
Se maquilla de rojo en las vendas sangrantes
y en las baladas tristes se camufla de nota.

Aprendí la lección una lúcida tarde:
lo supe al revisar el perfil de una roca
que al herirme explotó y se hizo redonda
sin aristas ni agujas; como la arena, suave.

Puedo ver la alegría como espuma de olas
en los charcos en calma de enfurecidos mares;
refugiada en mis ojos para ver los paisajes
cuando el cielo sonríe tras las ventanas rotas.

Aunque busque escondrijo, sé que está en todas partes.
Encontrarla es mi lucha y una ilusión asoma
después de cada golpe, lastimada la sombra,
cuando afianzo mis pasos para seguir el viaje.



Grietas reconfortantes



“Hay una grieta en todo.
Así es como entra la luz…”

Himno, Leonard Cohen


Hay una grieta en todo por la que asoma la luz que gana
a las sombras rotundas, como en su himno cantó el poeta
desgarrando la noche triste del hombre con su saeta
que atrajo al resplandor con la candencia de una campana.

También por las rendijas de cicatrices que todavía
duelen al roce leve de una caricia con sinfonía
de reproches antiguos, entran las llamas luminiscentes
para rellenar huecos con dulces hilos de luz dorados.

Ya siento el entusiasmo de bellos surcos desagraviados
como por el kintsugi, pero son firmes por resilientes.

«Para la soledad», «No te juro», poemas de Carmen Jiménez Meneses

Imagen by Adrian Campfield

Para la soledad

Era mi travesía como un Nilo
surcado cada noche por cruceros,
viajaba entre palacios ancestrales
y amaneceres verdes recién hechos.

Hoy al pensar extraño vuestro ruido,
la casa, sin vosotros, es un túnel de espejos
bajo la luz desierta de un quirófano
donde operan los duendes mi esqueleto.

Ahora que mis huesos son al alba
peines destrenzadores de los vientos,
para la soledad quiero las alas
porque ella se escabulle en el silencio
como un pájaro libre que atisbara
la fruta inalcanzable que no encuentro.


No te juro

No te juro, si llegas a quererme,
fidelidad eterna. Yo no juro,
porque a veces nos llueve la nostalgia,
a golpes de latido alquitranado,
y nos crece en las alas la soledad de puente,
de algún éxodo antiguo.

Te prometo el presente de este instante:
una esfera candente de mi vida,
un incendio voraz contra tu boca,
una nave varada en tus adentros,
un ciego y loco anhelo, una franquicia,
dos estrellas fugaces que se chocan.

«Sobre alas y armas», poemas de Juan Carlos González Caballero

Imagen by Syaibatul Hamdi

Por Akhen, Maestro armero

Por el amor del dios de los dolores,
por la conformidad del hombre acomodado,
por el gorgojo gordo de tanta sangre dulce,
por la queja infantil del roce de un zapato,
por el traje burgués de medias pintas,
por el oro perdido en unas pulcras manos,
por la savia indolente de un bosque de hormigón,
por la omisión que engrosa filas de falsos santos.

Por eso es menester que el mundo vea el horror
con la tinta del luto, piel, desnuda palabra,
que manche con sudor oscuro mentes planas.
Y por eso se os siente, lejos, en las antípodas
de cualquier egoísmo
o cosa parecida.


En el ring

Viniendo de esos ojos no supo conocer
la trampa sensorial unida al pestañeo
que fortalece la mirada helada
–aquilatada al paso de los años
en el club de la lucha–

En la boca del loco enamorado,
directos asestados por un par de alas negras
como abanicos que descubren poco
de la fiereza oculta del deseo;
una cadencia justa
para hacer de los sueños las caídas,
y de su día, el mejor amigo
que le espera en la esquina de la lona
y le trae a la vida sacándolo del KO.

Se hace más fuerte
una víctima que no quiere serlo,
que aprende pronto
y se torna en verdugo alguna vez.

Se profesionaliza hasta que le derriban
con un ascendente al mentón, cruzado,
su vocación de sparring
al que se le enseñan los diez números
que anuncian el final
de los jabs destinados a mantener distancias
entre los aspirantes
al título de rompecorazones.

«De armas y alas ultraversales», poema de Silvio Rodríguez Carrillo

Imagen by Mehemet Turgut Kirkgoz

El conocimiento conduce al Amor, y el Amor conduce al conocimiento, son inseparables.
Smarc.



A Morgana y a Gavrí.



La palabra correcta en su metro y su rima
se convierte en peligro, en el arma terrible
que sonriente utiliza el poeta de altura
sin mostrar las costuras, los cortes horribles,
el envés de sus versos precisos y bellos.

Exorcista inefable, alfarero de estirpe
el orfebre de letras consigue sus alas
acechando la zarpa dorada del tigre,
releyendo la sombra de todas las nubes
en el antes de Adám y los frutos del crimen.

Transcurridas las horas, los años, los versos,
se conoce el amor, la unidad, los jardines
que florecen azules –hebreos o hispanos–,
los colores, las luces –entonces decibles–,
el valor de las pausas en todos los ríos.

Lo viví, de primera escritura, sin rifles
apuntando mi sien, con ejemplos enormes
presionándome a ser en mi letra sin límites.

«A pesar de las alas», «Arma letal», «…y digo pájaro», «La flor insomne», «El arma del amor», poemas de Morgana de Palacios

Imagen by Stefan Keller

A pesar de las alas


Y para qué nos vamos a engañar
si a pesar de las alas
solemos caminar con pies de plomo
porque sabemos
que el peligro no está en la palabra expuesta
ni en la murmuración que la leyenda amplía
y desfigura rostros imposibles y tensos
tras la verdad oculta por la máscara.

El peligro es abrir las ignoradas puertas
que cada cual mantiene bajo llave
con el afán ingenuo de enterrar los errores
en tierra olvidadiza,
como si la mudez
los desapareciera.

Tú me susurras selvas
yo glaciares
y ambos nos miramos a las letras
como si fueran ojos

-sin bajar la mirada
sin acusar los golpes-

con la fiera fijeza de carnívoros
que se miden los dientes y el talento.

Si he de morirme un día en la palabra
que rompe tus cerrojos
no dudaré en llevarme por delante
tu épica soberbia.

Seguro que serás un muerto hermoso.


Arma letal


Dónde escondes el brillo
cuando cruzas
las calles convertido en muchedumbre.

Con qué disfraz de gato pardo eludes
las miradas ajenas, sus balas asesinas,
para que no descubran
la luz que te desborda el ojo moro.

No me lo explico. Es tanto
el esplendor antiguo de tu boca
y estás tan fisurado, tan roto y transparente,
que el fulgor se te escapa por todas las hendijas
y cualquiera con ojos lo percibe.

Si alguna vez te olvido,
si por ceguera un día no sintiera
en la retina el brillo de tu aura,
su fuerza golpeando en mis cristales,
no te andes con rodeos y dispara.

Dispara al corazón.

De volarme la mente, te descuidas,
que ya me encargo yo.


Y digo pájaro.



Entro en el ascensor
y digo pájaro.

En los largos pasillos
cuajados de denuncias
pienso pájaro.

Con la exigencia muda de los muertos
con su fe inquebrantable

digo pájaro

pájaro

pájaro

y espero
que se llene el Juzgado
de alas ruidosas.

Qué empeño loco el mío
soltar pájaros
en medio de un sarcófago.


La flor insomne.


Yo no busqué volar con estas alas tísicas
ni salvar las distancias entre el quiero y el puedo.

Yo decía jamás si intuía la entrega,
tapándome el escote de mis ojos de estreno,
era una mano arisca que no se sorprendía
de no ansiar la caricia ni el golpe del recuerdo.
Estaba ensimismada deliberadamente
sabiendo que no habría penúltimo regreso.

Si me besó la lluvia en un perdido otoño,
lo olvidé como olvido que un día tuve miedo
de no poder amar tanto como me amaron
los hombres que no amé con suficiente empeño.

Yo no buscaba nada. Estaba aquí, tranquila,
feroz si hacía falta defender algún sueño
que no era el mío nunca, porque yo no soñaba,
era una flor insomne viendo pasar el tiempo.

Tampoco te busqué, pero llegaste
a horcajadas del viento,
como llegan los hombres malheridos,
oscuro y violento.

Ahora, ya lo ves, sería inútil
decir que no te siento.


El arma del amor

Yo no inventé el amor. Estaba escrito
con todos sus misterios y celadas,
con sus filias y fobias, sus miserias,
sus miedos, sus torturas, sus mandalas.

Yo no inventé el amor pero si amo,
si me entrego a lo oscuro de su causa,
me da lo mismo el cielo que el infierno,
suya es la voz y suya la palabra
y es en la palabra que inauguro
cada matiz con que el amor me mata.

Nunca me enamoré como otras muchas
de un espejismo azul de hielo y agua,
si conflictiva soy, por el disturbio
se decanta el amor cuando me atrapa,
pero me ofrece más que a todas ellas,
su mística del mal sólo es un arma
que me vive y desvive, me atormenta,
o me hace reír si se dispara.

Algo de predador tiene su boca
que liberta, clausura y arrebata,
algo de una constrictor sobre el cuerpo
algo de guerra química en el alma.

Yo no inventé el amor. Estaba escrito
que llegaría náufrago a mi playa
y si me hace sufrir es cosa mía
como es suya la herida que declara.

Porque también es animal de láudano
y yo no he sido nunca suave y mansa,
no le dejo caer si se silencia
ni en el silencio deja que me caiga.

Mi enemigo tendrá las manos rotas
de golpear la vida encanallada
pero nadie acaricia como él
ni nadie dice más con la mirada.



«La libido textual», «Vanguardia», «La lengua diminuta», «Vis a vis», poemas de Morgana de Palacios

La libido textual

No toca techo la libido textual
y sólo toca fondo
si se abre de piernas a la muerte,
deriva
salta
gira
se deprime
se le quitan las ganas y recupera el ansia
violando silencios
pese a las alambradas de la mente.

Mata la realidad que no le excita
y la recrea, tan en exclusiva,
que entra en erección al roce de las letras
suspira
llora
gime
y se refleja
en la húmeda piel de los orgasmos.

Una sigue escribiendo, embarazada,
vulnerabilidades
y dando a luz los monstruos de la tinta
como si un padre oscuro los amara.


Vanguardia

Yo no voy con las modas,
no me adapto
a su veneno tópico y efímero.

La vanguardia soy yo, desde intramuros,
auriga de mi tempo
y nadie va a decirme qué registros
he de emplear, qué fibras
he de tocar,
qué pedante origami
he de poner en vuelo para darle
placer a algún estúpido aburrido,
ni cómo seducir una mirada.

Yo salgo con mi jaula vacía
a las calles de todos
a los campos de nadie
en busca de los pájaros del sueño
que alguna vez insomnian en mi lengua
antes de suicidarse
en algún viento alisio atormentado.

No me derramo en lágrimas
por prescripción de algún facultativo
ni río, escandalosa,
después de haber vaciado
la botella del ansia.

No me sujeto a voces moralistas
ni me escudo
en la crudeza estética del trampantojo porno,
y no ando, famélica,
a la caza de reconocimiento,
como pueda pensar la muchedumbre
de poetas esclavos de la gloria.

El rostro de la fama, inexpresivo,
no me atrajo jamás.

Soy la caligrafía del silencio
que íntimo me grita,
cuando quiere vivir de muerte súbita,
orgasmo en la garganta.

Un graffiti pulsante en algún muro
que el tiempo borrará
sin una duda.


La lengua diminuta

Por despertarte a ti que traes el pensamiento
ardido en una pira de voces taciturnas,
te voy a discutir el agua si sediento
me vienes a beber y el día si avariento,
intentaras negarme tus palabras nocturnas.

El pan si estás hambriento, la paz si desolado
-como si sólo fuera la flor de la discordia-
el aire que respiras por no sentirte ahogado
y el mar cuando lo quieras atravesar a nado,
a puñalada limpia y sin misericordia.

Te voy a discutir por el placer perverso
de verte derribando muros de catedrales,
el crucifijo cátaro de tu acerado verso
y porque formes parte de mi oscuro universo,
la luz donde radican tus principios morales.

Si no puedes vivir sin que yo te discuta
porque lo necesitas para sentirte fuerte
no me exijas silencio. Yo soy la que disfruta
azuzando tu verbo, la lengua diminuta
que te va a discutir hasta la misma muerte.


Vis a vis

Estamos tú y yo frente al poema
como un verdugo que latiga el alma,
la espuela en los ijares de la mente
que galopa al gemido de la máscara.

Aunque le pongas música a la noche
y a la imagen de libre dentellada,
inequívocamente nos miramos
como dos enemigos sin palabras
que copulan mentiras violentas
y verdades hirientes como dagas.

Ni descansas en mí ni yo recuesto
la sed en tu pupila de aire y agua,
pero un júbilo extraño te recorre
cuando mi lengua arisca se desata
sobre tu adusta boca de soldado,
impúdica de sangre si me habla.

Escándalo tu verbo proxeneta
para mi puta voz desarraigada.

«Un hada en primavera», «Líbrame del amor», poemas de María José Quesada

Un hada en primavera

Ahora que se acerca la primavera
de princesita yo me voy a vestir,
con tres flores blancas haré mi diadema
-dos margaritas y un alhelí-
Será mi vestido muy largo y hermoso,
de gasas y tules, como el mes de abril,
bordado de espigas, también de madroños,
de verde manzana, de menta y anís.
Pero mis piecitos andarán descalzos
-las hadas del bosque caminan así-
para no hacer ruido ni romper el canto
de los mil gorriones que habitan allí.
Y una vez vestida toda de princesa
un cisne me espera, por llevarme a ti,
y allí acurrucados en sus tibias alas
voy a darte el beso que te prometí.


Líbrame del amor

Se me clava la tristeza
como una espuela oxidada,
daña, duele, amarga, escuece,
me enferma la piel y el alma.
Cómo cierro yo esa herida,
quién me quita esa navaja,
el crujido de mi carne
el dolor que no se acaba.
Quítame, madre, el tormento,
nímbame con tu agua clara,
hazme de nuevo en tu vientre
como flor resucitada
y apártame del cariño,
del sentido de nostalgia,
de todas las trampas dulces
que engañan y te desarman.
Del recuerdo que no cesa
de dar portazos al alba.
De tocar la libertad
con las dos manos atadas.

Líbrame del amor.

«El sueño de un beso», «Efecto hotel», «Vendrás», tres poemas de Juan Carlos González Caballero

Hands by Jackson David

Tres poemas

El sueño de un beso

Me he encontrado en el cielo de la boca
un beso antiguo, tuyo, y el tropiezo
por el que mueren los amantes ávidos
de robarse los líquidos del cuerpo,
de entorpecerse la venida rápida
mutuamente, mordiendo el mismo anzuelo.

Te encontraba en el velo de la boca,
te encontrabas conmigo allí en el techo
hecho de ambos, sin luna y sin estrellas,
éramos luz bermeja de un recuerdo,
era el lenguaje de mi lengua trémula
apurando las mieles de tu verbo
que por dulces pensé que no eran malas,
que por buenas me hieren estos sueños.


Efecto hotel

Amarte fue como habitar hoteles,
con todo atornillado a paredes y suelos,
como estar de turista en una estancia estandarizada
de placeres con costes elevados
para mi pobre paz hambrienta de tu sexo.

Pero te amé.

La bipolaridad de tu mirada,
después de los vaivenes en un único olor de tactos húmedos,
me desahuciaba de tu mundo helado,
tu reino quieto de emociones quietas
y tus senos tapados de forma calculada.

Y yo, desnudo, viendo el vuelo de quien quiere
olvidarse muy lejos.
Y yo tan cerca, mientras mi lenguaje
me ahogaba la garganta.
Y tú te habías ido, ya no estabas
antes de darme cuenta.

Nunca fui el cliché que se conoce
por despertar deseos en mujeres.

Tú fuiste quien abrió la puerta de los vértigos,
iluminada con la luz azul
y alguna serenata
de las que matan suavemente al cómplice
con el paso del tiempo.

Me encontré dentro, me encontré feliz,
por un instante,
en el lugar más frío
que haya podido conocer un joven
sin experiencia.

Eras un corazón de piedra pómez
y de intemperie,
con poco espacio para el buen amor.


Vendrás

¿Vendrás desde el pasado con tu aroma de lirios,
como el perfume dulce de la flores que mueren
dejando sus estelas en la niebla noctámbula
al servicio y señuelo de tu copa caliente?

¿Vendrás así, ligera, como un aire de pompa
o el peso de burbujas que intrépidas me ascienden
al mostrarme tus piernas y su rubor abierto
para que yo me lance, desde mi sed que crece,
a la espuma de un tiempo que jamás volverá
y me rompa la calma tu cruz, siendo mi suerte?

Tendría que purgarme de hechizos, cada vez
que me embriagues los diques, te infiltres y me anegues.

«Menos tu nombre», «Cuando yo me haya ido», «Como una voz ausente», tres poemas de Alejandro Salvador Sahoud

Imagen by Matthias Böckel

Menos tu nombre

cuando soy triste
yo me voy al viento
porque la sombra se vuelve inhabitable
inhallable el camino
y cuadrada la esfera

todo está de revés menos tu nombre
que hace señas de niño en un andén sin trenes
pero con tanto papel despedazado
y tanto polvo largo
que a veces
es sólo un buen fantasma
diletante

tu nombre sin zapatos
que pisa minucioso el agua turbia
me exime en la navaja
y en las cruces
del no miedo a sufrir
mas sí a que sufras
como la rozadura larga de una herida
que me sangra en la frente

triste que soy a veces desleído
acuarela de nieblas y lloviznas
y babas
que devoran eso pétreo de mí
como un unto pulsátil
largo musgo y ausencia
inhóspita guarida de éste
mi
último
aliento
con que a veces escribo
o
me mojo en verde oliva
rozo el viento en tu nombre
con el cansancio trágico en el ala
y la certeza
de que el sol existe
sobre lo más oscuro de su vientre

¿quién llagará tu espalda
una vez que mi látigo se hiele?
¿quién llagará mi sed
si se muere despacio en tu diluvio?

los dioses no se ocupan de esta tarde
en que el viento
y el polvo
comulgan imprudentes
en una niebla espesa de pañuelos

si no te importa
me llevaré tu nombre en algún lado



Cuando yo me haya ido

Cuando yo me haya ido, quizás de madrugada
sabrás que se habrá muerto lo mejor de ti misma
porque los sueños caben, porque viene la albada
y habrás de descubrirte desnuda y encendida.
Cuando yo me haya muerto porque tu me has matado
habrá un silencio oculto, en tu mirar de ausencia
habrá de desarmarse el río de tu mundo,
musitarás mi nombre…como en la adolescencia
porque el amor abarca también lo inabarcable
porque el sueño fulgura el revés de las rosas
porque todo es presente, desigual e involable
porque tu amor es mio…porque estoy en tus cosas
porque me tienes siempre y no te tengo nunca
como nunca he tenido aquello que he amado
pero saberte apenas, un sitio, una penumbra
me habita todo aquello que está deshabitado.



Como una voz ausente

Matar el alma a veces es como matar pájaros
que habitan en las islas donde nace lo verde
de las resurrecciones y de las madrugadas
donde no llega nunca el dolor que nos muerde.

El alma muere sola de propia cuchillada
sequita, otoñecida, de tanto perder tiempo
detenida mirando larguísimos ponientes
como un recuerdo de esos que van a contratiempo

Luego el amor se filtra como una escaramuza
de guerrillero torpe. Como una voz ausente
se camufla de escarcha, de tomillo y espliego
haciéndose pequeño en un cajón que miente
el sueño de Pandora.

La esperanza de otoño, tus ojos en los míos
son luz de una candela oculta, intermitente.

Sergio Oncina – España

Que no es lo mío, no

Si es jodido el amor qué falta hace buscarlo
entre las frialdades de la virtualidad.
Digo más, realmente qué putada encontrarlo
ajenos al tú a tú y a la carnalidad.

Este romanticismo de la era de internet
lo dejo para otros, que sin escaramuzas
piel con piel no me trago la bondad del buffet
y te venden a precio de mero unas merluzas.

Qué putada querer un ideal vacío
de sudores, sorpresas, mordiscos y buen sexo
(o malo, da lo mismo). Que no, que no es lo mío
gozar frente al PC y al Wi-Fi genuflexo.

Que si debo postrarme sumiso de rodillas
no sea sin opción de sentir en la boca
el mínimo calor, volátiles cosquillas
o un salado seísmo al agrietar la roca.