«Los hay suaves», «Movimiento de rotación», «Orientación sin brújula», poemas de Sergio Oncina

Imagen by Evgeni Tcherkasski

Los hay suaves



Los hay suaves, amores que en pucheros de barro
hierven borboteando a fuego lento
e impregnan las cocinas
de exquisitos aromas
a carbón, leña y especias.

Son guisos magistrales de novatos.

Son talento cuidado por el mimo
de quienes aman sin más exigencias
que aprender a quererse.

Son la infancia del sexo suculento,
donde nace el deseo desnudo de mentiras
y el sabor en el otro es el que imaginaste
cuando solo intuías que besabas su piel.

Densos y silenciosos
rellenan los rincones de la vida
y alimentan vacíos.

Permanecen en uno
recordándonos cómo fuimos, somos
y querríamos ser.



Movimiento de rotación



Gente, risas, bullicio,
un barril de cerveza
y un rincón para dos
alejados del resto.

También en ese bar
había camarera y servía las cañas
con igual diligencia que las chicas
que inspiran mis poemas rutinarios
sobre cafés y brownies.

El universo se vestía de color estridente
para llamarnos la atención
y en la televisión daban noticias
que no eran importantes
porque lo ajeno a ti y a mí
era solo un atrezzo
con el que el mundo simulaba
una realidad ficticia y aburrida
e intentaba mostrar
que no giraba a nuestro alrededor.

Como si de verdad
existiese algo más y no tuviera
relación con nosotros.
Como si los muchachos que reían allí
fuesen felices como yo
o las chicas, tan guapas como tú.

Ya no existe ese bar,
escribo versos por rutina
y me engancho al maldito telediario.
Cada día la Tierra
rota sobre su eje.


Orientación sin brújula


También la carretera habla de ti
en cada intersección.
Múltiples direcciones
y cambios de sentido
nombran pueblos que habitas sin estar.

En el norte te veo
corriendo en una playa
con un minúsculo bikini azul
y ganas de inundar el mar Cantábrico
con el contacto fiero de tu cuerpo.

El oeste, el lugar de tu infancia,
es todavía más tuyo que yo.
Ahí es donde creciste sin saber
quien sentiría tu presencia
muchos años más tarde.

El sur me atemoriza
porque nunca volvimos a encontrarnos
y el mundo es un pañuelo
y no es tan grande el metro de Madrid.

El truco es conocer la línea, la estación,
el horario y la puerta de salida.

Y esquivarte.

«No disparo», «El abuelo», dos relatos de Sergio Oncina

No disparo

Nunca tuve en mis manos un arma de fuego.
A los críos traviesos, desobedientes y caprichosos los justifican: «Es muy inquieto». Extrapolando, yo era un niño quieto, incluso demasiado quieto. Pero también, impulsivo e iracundo.

Mis amigos del pueblo disparaban con escopetas de perdigones y apuntaban igualmente a botes de conservas que a pardales. Esa caza infantil me aburría. Yo observaba a los demás sin hacer ni un solo ademán para unirme a la ronda de tiro.

Recuerdo el ruido metálico del perdigón contra el bote, el aleteo de los pájaros asustados y el sonido seco del impacto en algún tordo o pardal que distraído descansaba sobre el tendido eléctrico.

Después el pajarillo caía al suelo, el infante cazador lo recogía y comprobaba su puntería buscando el orificio de entrada del perdigón.

El primer día que presencié el juego se me ocurrió proponer que disparasen a los pájaros escondidos entre los árboles porque sobre los cables se exponían demasiado.

Me contestó Miche ofreciéndome la escopeta:
—Toma, dispara tú donde quieras.
Lo rechacé diplomáticamente.
—Yo no quiero, no me gusta.
Pero José insistió:
—¿Te dan pena los pájaros? No jodas, seguro que comes pollo.
—No me interesan, ni muertos ni vivos.
—Se nota que eres un pijo de ciudad.

A los diez segundos la escopeta descansaba sobre la hojarasca y un urbanita estampaba repetidamente sus puños contra las mejillas de Miche.

Otra vez perdí el control.


El abuelo



Mi abuelo tampoco era partidario del uso de la escopeta. No me lo dijo, pero en su casa no había armas y nunca lo vi salir de caza.

A los ojos de su nieto se veía como un hombre tranquilo y lleno de las contradicciones que los ancianos no necesitan disimular.


Su medio de transporte habitual era la bicicleta, aunque las carreras de motos televisadas ocupaban todas sus mañanas de domingo.

Le gustaba jugar a la baraja, pero sin contrincantes. Las tardes de domingo escuchaba la radio y jugaba a las cartas en solitario, partidas que no finalizaban hasta que se completasen sin hacer trampas.

En muchas ocasiones sus nietos nos quedábamos a su lado en silencio aprendiendo las reglas de esos juegos contra el azar.

Entre semana cuidaba de su huerta y de un par de canarios y un jilguero. Los trinos nos despertaban cada mañana de verano. A veces él limpiaba sus jaulas mientras los niños desayunábamos.

Una de sus comidas favoritas era el arroz con pichón, un plato típico de los pueblos interiores españoles y muy recurrido en la cocina de la posguerra.

Nuestro vecino, el padre de Miche, intercambiaba palomas por ciruelas o manzanas de nuestra huerta.

El primer recuerdo que tengo de un pájaro muerto por un perdigonazo es que lo desplumaba el abuelo. Él me explicó la causa de la muerte cuando extrajo el balín de la paloma.

La carcasa del ave, una vez limpia, daba sabor al caldo en el que se cocía el arroz. Sobre el otro fuego de la cocina de leña mi abuela sofreía un poco de ajo y pimentón, y en la misma sartén añadía la escasa carne del pichón. Los olores perduran en mi recuerdo.

El plato final era una especie de arroz caldoso con trozos de paloma. En mi infancia se me antojaba desagradable. Hoy pagaría por probarlo.

«Nubes», «Elefante gris». «El calor de lo inerte», tres poemas de Sergio Oncina

Nubes

Me hablabas de un jinete
sobre un corcel gris humo,
de un delfín sobre el mar
y de casas de gnomos.

Y yo solo veía
las nubes en el cielo
y mi cielo en tus ojos.


Elefante gris

¿Mamá,
por qué cuando estoy triste
un elefante gris
me oprime el corazón?

¿Será para que duela
y mi pena se cure

al llorar?


El calor de lo inerte

Cuando ella lo abraza
siento su calidez
y una ternura inmóvil
impropia de lo inerte.

Sus ojos saltarines
de plástico y cristal
reflejan a la niña.
Refulgen y se alegran.

¿Qué vive en su interior?

«El futuro del sin», «¿Maldito?», dos poemas de Sergio Oncina

El futuro del sin

A veces se me apagan las luces de la mente
y las sombras me invaden y campan a sus anchas
bajo el gobierno tibio de una mirada oscura
que no ve más allá de las viejas tristezas.
Y soy hombre de ojos apagados y muertos,
un engendro del odio por faltarle un amor
en el que abandonarse cuando sufre derrotas,
las ausencias que el tiempo va sembrando en su vida.
Esta falsa sonrisa, este maldito rictus
asesina mi rostro, la esperanza y la fe.

No se tuercen los gestos por batallas perdidas
mas sí por no aceptarlas como parte de uno.
Tampoco es la cuestión olvidar sufrimientos
con la monotonía que nos regala el sol.
Esta suma de albas y alegrías falaces
no recosen heridas ni borran cicatrices,
son un parche pirata para un tuerto sin luz
que, agotado, no quiere ni siquiera mirar,
pero aún en tinieblas, ve lo que tiene enfrente
y se queda a sufrir peleando el ocaso.

El futuro del sin es el futuro único.
No regresará el aire puro que respiré
en tiempos de embelesos, inocencias e ímpetu
cuando el sol despertaba y no me daba cuenta,
cuando, como un milagro, mi voz anochecía
y dormía profundo recostada a mi lado,
soñando con mentiras sin la verdad nostálgica
que cada noche añoro y cada día pierdo.
Y habrá más, más ausencias. Y serán las peores
y las lloraré solo por no doler a nadie.



¿Maldito?

Una tarde tras otra agonizan los días,
impertérrito al sol dilapido las horas
y los sueños se escapan sin llegar a la noche
por las grietas de un cuerpo que simula dureza,
mas se quiebra al sentir tu maldito recuerdo.

Y me río. ¿Maldito? Ni yo mismo lo sé,
ojalá no importase la razón y pudiese
como un necio seguir contemplando el vacío,
esconderme en mentiras que recubran los huecos
que horadaste en mi alma. Solo quiero vivir.

Necesito volver a un estado de calma
sin pensar en preguntas que no tienen respuestas;
en por qué nunca más se detuvo el ocaso.

Necesito creer que también existía
cuando tú todavía no habitabas en mí.

La ausencia del creador, por Sergio Oncina

Quien haya escrito más de cien líneas con la intención de emocionar al lector se habrá dado de bruces, consciente o inconscientemente, y no solo una vez, contra la ausencia. Y habrá repetido imágenes, conceptos y recursos, suyos y de otros.

¿En cuántas ocasiones nos encontramos con un ser querido fallecido actuando como ángel de la guarda o con un espectro sombra de un viejo amor?
Me declaro culpable del hueco en la cama y las formas de la ausencia fantasmagórica en el colchón y la almohada.

El folio en blanco es así de traicionero.

Lugares comunes lo llaman. Lugares para ir demostrando nuestra falta de originalidad y nuestra pertenencia a la misma humanidad.
Qué envidia del artista que se sale de la mediocridad y nos muestra de un modo diferente como duelen las llagas de la vida.

Todo lo escrito es ausencia. Por ejemplo, las cien líneas enteras de ese supuesto principiante de escritor.
Pensemos sobre qué escribimos: vivencias y recuerdos o sueños y deseos.
¿No son también las ficciones sueños en los que nos vemos inmersos con tal claridad que conseguimos desarrollarlos? ¿Y no les añadimos parte de nuestros recuerdos y deseos?


Y, en definitiva, ¿no escribimos sobre aquello que ya nunca podremos repetir (recuerdos) o aquello que queremos experimentar (deseos)? Ausencias.


Incluso cada párrafo se convierte en una ausencia más de las que van conformando nuestra memoria.
Miro al inicio del texto y leo ese primer párrafo. Si lo reescribo no voy a encontrar las mismas sensaciones que encontré al redactarlo por primera vez. Y si lo leo por segunda vez, tampoco percibiré igual la nueva lectura.

No se puede entender la ausencia como una sensación ajena al paso del tiempo. Pero tampoco el paso del tiempo se sentiría sin saber lo que es la ausencia. Esto es importante: somos capaces de comprender el tiempo porque existen las ausencias.

Los momentos felices son cubiertos de tristeza hasta emborracharse en ella, son bizcochitos a los que el alcohol acaba por estropear.
Algunas de las escenas más aplaudidas y emotivas del cine son parte de películas infantiles. La más conocida posiblemente sea la historia del inicio de Up. También Inside Out, con una originalidad sorprendente, ahonda a la perfección en ese cambio de felicidad por aceptación de la pérdida y la nostalgia como parte del crecimiento personal.

No se trata de que me falte el amor del fantasma cuyo cuerpo ya no duerme en mi cama, sino de que ya no volveré a ser el mismo, ahora soy un bizcocho empapado en licor. La dificultad para superar las ausencias radica, primero, en que hay que asumir que el tiempo transcurre, nos cambia y nos equipa con miles de pequeñas sombras que son los recuerdos y, después, en que hay que desprenderse de las sombras que nos dañan.

Lo complicado es aceptar las ausencias como parte de uno.

Seguro que lo ideal es buscar nuevos horizontes, no echar la vista atrás y no perseguir quimeras. No es tan fácil. Yo prefiero afianzar y crear ausencias. Yo prefiero escribir.

Sergio Oncina – España

Que no es lo mío, no

Si es jodido el amor qué falta hace buscarlo
entre las frialdades de la virtualidad.
Digo más, realmente qué putada encontrarlo
ajenos al tú a tú y a la carnalidad.

Este romanticismo de la era de internet
lo dejo para otros, que sin escaramuzas
piel con piel no me trago la bondad del buffet
y te venden a precio de mero unas merluzas.

Qué putada querer un ideal vacío
de sudores, sorpresas, mordiscos y buen sexo
(o malo, da lo mismo). Que no, que no es lo mío
gozar frente al PC y al Wi-Fi genuflexo.

Que si debo postrarme sumiso de rodillas
no sea sin opción de sentir en la boca
el mínimo calor, volátiles cosquillas
o un salado seísmo al agrietar la roca.

Sergio Oncina – España

Nostalgia by Susanne Jutzeler

Amores platónicos

Los idiomas mutan acordes a su tiempo.

En algún momento de la historia que desconozco, la definición de la expresión amor platónico dio un vuelco.

Platón, y su mundo de las ideas, se convirtió solo en la sombra del adjetivo “platónico” aplicado al amor.

Con los años se minimizó la importancia del concepto de la idealización y se maximizó el de la imposibilidad. Y la gente habla, hoy en día, de un amor platónico cuando el amor no es correspondido o cuando es imposible el acto sexual.

Entonces, ¿cómo llamamos a aquellos amores en los que la persona amada es idealizada?

Explican los filósofos cristianos, barriendo para casa, que la idea de bien, de perfección y verdad de las cosas, es Dios.

Pero en mayor o menos medida todos la desarrollamos sobre el objeto de nuestro deseo. Nos enfrentamos, generalmente en edades juveniles, a la persona amada dotándola de la forma suprema.

Es solo cuando se enciende la luz en la caverna y desaparecen las sombras, que se acaba con el amor idealizado.

En su concepto primitivo la única imposibilidad de un amor platónico es que no hallemos la perfección.

En la actualidad, se asocia el amor platónico a cierto infantilismo o a poca experiencia en las relaciones afectivas. Y es cierto en su raíz, no porque la imagen del alumno enamorado en secreto de su profesora sea el mejor ejemplo, sino porque se basa en la creencia de la existencia de un ser humano sin defectos al que, además, amamos por su excelencia.

Hasta los albores del año dos mil, las relaciones comenzaban en bares, discotecas, centros de ocio, en el trabajo… La presencia física era necesaria para establecer contacto con una futura pareja y, desde el inicio de la relación, los amantes tenían un recopilatorio amplio de características que podían romper la idea de bien. Por mucho esfuerzo que realizasen en mostrar solo lo mejor de sí mismos, accedían antes a la fase de aceptación de los defectos del compañero.

En menos de dos décadas el mayor porcentaje de encuentros de nuevas parejas se establece a través de las redes virtuales, (digo virtuales porque redes sociales siempre hubo aunque parezca olvidado, el idioma muta en 2020 tan rápido como los avances tecnológicos).

La virtualidad nos permite acercarnos al prójimo escondiéndonos detrás de nuestras mejores fotos, ofreciendo los datos de nuestros éxitos y mostrando nuestras mejores habilidades.


Los fracasos no caben en la imagen que proyectamos al exterior y, al otro lado, siempre hay alguien deseando creer en la forma perfecta.

De este modo crece el número de los primitivos amores platónicos y cada vez duran más las relaciones idealizadas. Es más fácil ocultar el verdadero yo detrás de una pantalla.

Dos amantes que se relacionan la mayor parte del tiempo en la distancia pueden llegar a tener sexo físico. Y, por supuesto, que sus sentimientos pueden ser correspondidos.

Pero ¿cuánto de su amor, para bien o para mal, es platónico?

Sergio Oncina

Antes de las luciérnagas

La noche que volvieron las luciérnagas
te vestías deprisa en el lagar
contra mi voluntad, insatisfecho
con tan poquito tuyo.

Antes, la oscuridad te amparaba y huías
por la hilera de vides en un juego infantil
sin ninguna inocencia.

En la persecución
tu aroma a sexo y mosto era un rastro imperdible
y tus prendas, miguitas del pan de la lujuria.

Prendías el deseo.
Con tus pasos y risas se erizaba mi piel
más allá del instinto.

No precisaba ver para seguirte.

(Nunca he necesitado ojos para encontrarte).


Efímero y sublime

Habitas en regiones escondidas,
en los pliegues del muslo, en la cintura,
en la salinidad tibia e impura,
paraíso y raíz de las heridas.

Te busco en los torrentes y crecidas,
al filo de la muerte y la locura,
desde el placer ingenuo a la tortura,
en riberas obscenas y prohibidas.

Sabiendo donde habitas más te busco
ávido del temblor fugaz y brusco
que apacigüe el ansia que me oprime.

Aún si llamo acudes al encuentro
y expones a mi yo, de fuera a dentro,
fútil, humano, efímero y sublime.

Sergio Oncina

Redes sociales (tríptico)

A los narcisistas


Hoy se pervierte la literatura
y cualquier yonqui adicto al narcisismo,
encumbrado en el mapa del cinismo,
ensucia sin honor la lengua pura.

Se ablandó la gramática más dura
para satisfacer al consumismo,
venció en la guerra fría el victimismo
y Facebook controló nuestra lectura.

Somos solo avatares de internet
en un vulgar asesinato. Brutos
sin la fastuosidad que exige Roma.

Un «uno para todos» ruin. Ballet
de Yodas en un mar de anacolutos.
Funesto descalabro del idioma.




A un parapoeta de Facebook cualquiera

Parapoeta en boca del rebaño
que bala contra el lobo sus soflamas,
torero de cornúpetos en llamas
que mugen los berridos de un extraño.

Agitador de Facebook cada año
con frases del montón y memedramas,
guarda tu delantal y tus mojamas
para un sentenciador menos tacaño.

Acierta donde meto el pepinillo
si repite el vinagre o por grosera
rebates la verdad, necio listillo.

Tengo varios halagos en espera,
pan con hostias, un gollum sin anillo
y olivas con anchoas en salmuera.




Rantanplan

Un perrito llamado Rantanplan
escribe poemitas con pasión
y causa entre la turba sensación:
¡Cómo riman los guaus del hábil can!

¡Cómo aplauden la lerda y el gañán!
¡Cómo piden un bis de la función!
¡Viva la poesía de salón!
¡Qué falta de un cariño o de un diván!

Toma una galletita, está muy bien:
¡Ay, el perrito guapo y su jardín!
¡Que ya son sus poemas más de 100!

¡Ay! No olvides usar más su purín.
¡Que tiene pedigrí! ¡Que no es común!
¡Que no ladra sus versos al tun tun!

Sergio Oncina – España

Una reflexión

Estómago

Auguro que este texto será un caos y pasará de un tema a otro sin más lógica que la visceral.

Siempre he considerado que el órgano que contiene al alma es el estómago y estos días de emociones contradictorias me lo confirman: la gente está muriendo por asfixia en nuestros hospitales y asilos (residencias de ancianos es su denominación políticamente correcta, pero es tiempo de mandar a la puta mierda el lenguaje políticamente correcto) y el corazón late, el cerebro ordena, pero el estómago se niega a asentar la comida en mi cuerpo.

Por suerte yo no soy político y puedo hablar con las tripas, llorar por las esquinas si me sale de los cojones, enfadarme con el mundo como un niño pequeño, tener atisbos de depresión e, incluso, ser irracional y a la vez humano.

Ya no tengo trabajo, de la noche a la mañana vivo de las rentas y las ayudas que pueda proporcionarme el estado, el mismo estado que me prohíbe trabajar para preservar el bien común, esa idea casi utópica que tantas veces he defendido vehemente.

Mi generación se enfrenta por primera vez a un recorte brutal de las libertades personales y nunca pensé que lo aceptase con tanta mansedumbre. Creo que estamos asustados porque nos hemos dado cuenta de que el futuro es incierto; yo lo estoy aunque lo esconda.

Lo disimulo porque tengo una hija. Hoy ha llorado a las ocho y cinco de la tarde, hacía frío y hemos salido al balcón para aplaudir a nuestros sanitarios, llevamos una semana con esta rutina y se ha convertido en la oportunidad de ver gente diferente a su padre y su madre, el resto de las horas es una niña de cinco años confinada en casa.

Cada mañana leemos y hacemos juntos los deberes, le encanta mostrar a sus padres lo lista que es y tenemos que buscar en internet más tareas que las que nos envía su profesora por email. Después de comer jugamos al fútbol o a las muñecas en el hall y escuchamos música. Pero su momento preferido son los aplausos y yo sospecho que es porque ve niños en las ventanas de en frente.

Cuando la niña duerme el estómago se me sube a la garganta porque tengo tiempo para pensar.

De repente tengo demasiado tiempo para pensar y mandan las entrañas.



Un poema

Hoy, que me sobran fuerzas, me permito llorar,
porque aún tengo fuerzas me permito llorar,

porque nuestros relojes
puede que no se encuentren
pero siguen marcando el mismo tiempo,

porque ella está en la guerra
y yo me quedo en casa
con su silueta azul en la memoria,

porque noto las lágrimas surcando mis mejillas
y sé por qué brotaron,

porque tiembla mi estómago
y desbordo salud,

porque nos asoló una puta pandemia
para volver a hablarnos,

porque ningún amor, por muy platónico
o imposible que sea,
se merece acabar en un cuarto de hotel,

porque queda esperanza,
porque puedo escribir,

porque seguimos siendo los mismos dos idiotas:
ella capaz de renunciar a todo
y yo incapaz de renunciar a nada.

Sergio Oncina – España

Poemas escogidos

Imagen by Robert Richardson

Despedida a las 12

Como muñeco endeble, rojo hielo,
como lago vertido en una mano
que no logra atraparlo, partisano
incapaz de romper su turbio velo.

Como límite azul de mar y cielo:
indefinido, lánguido y lejano.
Como perfil de luz glauca, liviano
acompaño la senda de tu vuelo.

Revoloteo tras de ti, estornino
sin bandada que insiste en tu camino
pues no hay otro mejor para sus pasos.

Y no reclamo, pero sí me asusto
cuando despierto solo en el injusto
lecho de las derrotas y fracasos.



Frialdad

Hoy no quiero arrastrarme por el suelo
llorando como un cínico payaso,
he obviado alimentar un porsiacaso
que frene con excusas el canguelo.

Hoy toca desgranar, a golpes, hielo
y beber con su frío cada vaso
que sirven anunciándome un fracaso
creyendo que mi piel es terciopelo.

Mi invierno es un favor al mundo ocre
que aunque muda sus hojas cada octubre
no consigue un matiz menos mediocre.

Hoy resisto perenne a cielo abierto,
aguanto la tormenta que nos cubre
y pese a congelarme no estoy muerto.



Tocar la magia

Hay momentos que escapan de la realidad
y se guardan en planos impropios de la física:

Los riesgos de acercarse
a un contacto ficticio.
Los dedos revolviendo mechones de su pelo,
la sonrisa intangible del adiós,
la luz que no ilumina la penumbra
y, sin embargo, es.

La posibilidad latente de fugarse
a otro mundo ajeno,
la incertidumbre exótica de saberse distinto.

Y una lógica sobrevuela el alma
y exige impertinente
resolver los enigmas
del lugar corporal donde contengo
la magia de un quizá.

Sergio Oncina – España

Poemas escogidos

León, ciudad cementerio


Contemplo la ciudad. Se desmorona
y no encuentro pilares ni cimientos
que aferren los vetustos monumentos
sobre las catacumbas. No perdona

tanto desinterés y no funciona
el pasar de los años porque, lentos,
carcomen los despojos polvorientos
hasta ser nada. Y nada se cuestiona.

Al lejano curioso se le miente.
Lo fácil es obviar este declive
y que el olor a flores le cautive.

La muerte de lo muerto no la siente
más que quien, aledaña, la percibe
y sobre el camposanto muere y vive.




Retrato de un gato


Ayer pintábamos de azul un cielo,
unas nubes con ojos relucientes,
unas praderas verdes fluorescentes,
dos treses boca abajo en pleno vuelo.

Un meandro y un pez en un riachuelo,
una barquita roja, varios puentes,
flores para mamá poco corrientes,
corazones de amor para el abuelo.

Un sol anaranjado que ilumina
el collage de colores infinitos
desde el ángulo recto de la esquina.

En el dorso, de firma, un garabato.
Solo faltó explicar a los perritos
que detrás de la valla estaba el gato.

Sergio Oncina – España

Sergio Oncina (1979) es un pseudónimo en homenaje a las raíces leonesas que impregnan su personalidad y por tanto cada uno de sus textos.

En 2017 fue consciente de que el ser humano es un contador de historias y que, consciente o inconscientemente, necesita comunicarse. Meses después eligió adentrarse en cómo escribir su historia. Hoy aspira a contarla cada vez de un modo diferente.

Se considera un aprendiz de escritor centrado en los sentimientos que imperan en nuestra realidad cotidiana, caótico y cínicamente fatalista.

Tareas de mañana día 20 de octubre.

Sergio Oncina – España

Ir al magosto del colegio con mi hija pequeña
y que coma castañas,
poner dos lavadoras sin mezclar los colores,
pedir certificado de la cuenta de ahorro,
mostrar más empatía con mis clientes,
comprarme chocolate: negro, con leche y blanco,
escribir un poema que me seque las lágrimas,

olvidarme de ti.