«Respecto del fondo…¿y cómo era?», Silvio Rodríguez Carrillo

Imagen by Jonah Brown

Oscuro, el fondo me recibe y me acompaña
cayendo inútil a mi lado en el absurdo
que el tiempo dicta o nos propone sin hablarlo.
Sabemos tanto de la guerra que ofrecemos
que apenas somos un etcétera granate.

La perra, menos displicente, se acomoda
sonriente y guapa al imposible que se teje
difícil, duro pedernal despreciador
de nubes negras, de riachuelos despojados
de niños breves conquistando un oleaje.

A solas, siempre sin testigos, ocurrimos
arriba, abajo, por los bordes de lo simple.
Igual que un mar que se ignoraba y que aparece
de rojo o negro, palpitando sus crueldades
sin nombres propios, escondiéndose sus víctimas.


«Yo amé mucho a un niño,
y vivimos encerrados cien años en un cuchillo».


Un africano, en el corazón del continente, discutiendo poderes con el sol se entrega al trance a través de un tambor. Desprovisto de hambre, de sed, de una piel que le permita, acaso, acceder a dolores profanos, alcanza el ritmo.

Golpea, profundo. Cada golpe es un gesto en una red de infinitas aristas ondulantes que reciben y transmiten, del impacto, su consecuencia vibratoria; la tensión sostenida por dos manos que se hacen una misma secuencia con el tambor.

El sol recorre la breve y bruna geografía del africano, sin prisa, casi como si lo mirase detenidamente desde varios ángulos. Primero su cintura; de apoco, después, la forma de punta de lanza clavada en la tierra que es la anchura de su espalda, brillosa, imponente, solitaria; su cabeza llena de rizos diminutos, negros, y, luego de algunas horas, el pozo profundo de sus ojos, donde parece habitar el rastro de algo anterior a todas las fieras.

El africano golpea tranquilo un rato más, inmutable al sudor, a las moscas, a la derrota del sol, que de nuevo volverá mañana a examinarle el ritmo.

Del otro lado, donde terminan las redes que el tambor palpita, un niño de plata, de piel blanca, ojos negros y pelo criollo, azabache, murmura preces en el muelle de una bahía en donde las barcazas sueñan, ciegas, atrevidas, con navegar en mar abierto.

«Los fondos de tus bragas», «Por», Silvio Rodríguez Carrillo

Imagen by Engin Akyurt

Los fondos de tus bragas

Mira los crucifijos, todas las negaciones
pulcras y desvirgadas, mira los desperdicios
faltos de carestías, aptos y preparados
para las sensaciones simples y sin estilo.

Si me observas en medio de la mierda
que me envuelve sin lástima el hastío,
y te ríes sin ganas o con asco
del dolor que mi vientre endurecido
convirtió sin apuro en el altar
en que sangran las putas de mi niño…

es posible que entiendas la fatiga, la escena
que relato mordiendo con mis pies el camino
señalado a distancia por la sed de apareo
que te nubla la boca con saliva de grito.

Yo me pauso, tranquilo, indetenible,
sosteniendo las bridas de mi sino
que humedece los fondos de tus bragas,
esquilando almanaques enemigos,
apurando mi vaso sin errores
despeñando mis nombres en tu ombligo.


Por

Me conozco las sendas, las trampas y atajos
que conducen al duelo terrible del hombre
escapando del sino que busca su cuello,
por captar con mis ojos y manos la noche
renegando del día que exhibe su estrella
y entender en la guerra el amor de los dioses.

Por sacarme los callos en clave de fa
le adivino al poeta sus gestos mayores
y al prosista sus tics de manual; lo de siempre,
caminar a la sombra, en la luz, sin razones
ni verdades, me tiñe el mirar de distancia
que me acercan al solo y a todos sus golpes.

Por querer sin querer, tropezar y erigirme,
saboreo el abismo que viven los pobres
que pretenden cercar mis modales, mis formas,
reclamando les mire el ombligo -las dotes-
que suponen precioso, bellísimo… ¡mierda!

Yo me miro los modos, reviso mis bordes
y mastico, ignorante y brutal, los vacíos
que no pude llenar descollando en amores
que regalo a las putas sedientas de huellas.

Por saberme, me sé solitario en mis torres.

«Siempre al borde», «Tan breve y sin embargo», Silvio Rodríguez Carrillo

Imagen by Antonio López

Siempre al borde

Hoy, aquí, siempre al borde
de lo que espero y de lo que quieren
de eso que consigo y de aquello que tensa
la mirada que proyecto –limpiándome de furias–
sobre el lomo de las aves que prescinden, por perfectas
de imaginar cosas raras
de vivir extremos
de pensar iniciar el día sin saludarme

me pregunto cuánto puede durar una estrofa
cómo se mide el ritmo de un imbécil
cuánto vale el silencio de un amigo
de qué manera se calcula el peso
emocional
que tiene la mirada con el rabillo del ojo
para
cada cual.

Nunca he sabido esconderme,
aun habiéndome doctorado en jamás
darle importancia a lo inservible,

con la espalda llena, pletórica,
de olvidos de gente que siente,

de chicas que no rasguñan el detrás de sus ojos
buscando el por qué de sus puentes,

de chicos que meten las manos en sus bolsillos
asumiendo que el miedo es buen consejero.

Me miro y admiro
en el amor
que irreverente cuando lo recibes
irreverente lo impones
es
así.


Tan breve y sin embargo

Siempre era debajo de los puentes
desde donde miraba los eclipses,
aunque si tocaba lluvia, y los gatos se le arrimaban a los tobillos
cerraba los ojos y con el pulgar y el índice de la mano derecha
se tocaba los párpados pensando en Saint-Exupéry
cuando pensó, con-en su amada soledad por qué tenía que morir.

Si ocurría el día, y era el torneo o la kermés
se guardaba lo mejor para el final,
cuidando de que el sudor le marque la camiseta
el hambre la mirada
y todas las hormonas el aliento de chita nómada,
sintiendo en las caderas el reclamo de Gaia
exigiéndole aparearse.

En un mismo cubo mágico nos miramos,
sin sabernos del todo, en altos riesgos pasados y futuros
coincidimos en un calendario espiral
de ojos verdes y pelos largos y rubios,
en un frenesí vital que por amar la vida y temer a la muerte
necesita
componer catedrales inauditas en donde someterse
pisando con los pies desnudos
antes que brasas de carbones cristianos o paganos,
trizas de vidrios sobre un asfalto nocturno, de callejón.

Se dijo que habité en el borde de su boca
cuando el hijo de María conoció a su primo,
que me acarició las espaldas, cargadas de sombras,
cuando Ceres se abstuvo de ser puta;
hubieron niños que cantaron, solemnes, un réquiem
cuando una misma tarde nuestras rodillas se rompieron.

A veces llora
con la frente apoyada en un muro de 200 kilómetros de altura;
sabiéndole,
en silencio le arrimo palabras a las manos,
como si le sirviera
por si le fuera útil
sentir que existo, de algún modo.

En otros momentos soy el que ríe,
el que cruza las nubes más gordas,
como un titán entrenando sus piernas en un lodazal infinito;
entonces me alienta
me escribe libros en idiomas que no conozco,
me arroja piedras a la cara
y un espejo para que vea que sangro
todavía.

Todo esto es muy breve
y edad es lo que nos sobra.

Autor de élite III, un libro de Silvio Rodríguez Carrillo

Dice su autor:

«Las demasiadas veces me dijeron «quiero escribir un libro, pero no sé ni cómo empezar», la típica.

En mi mente, la respuesta automática era: te puedo ayudar a corregir lo que escribes, no a escribir.

En sin embargo, habiendo conectado con tantos profesionales que pudieran mejorar un montón de vidas volcando lo que saben en un libro, me tomé el trabajo de elaborar una guía de cómo hacerlo: Autor de élite III – Convierte lo que sabes en tu legado.

Cómo escribir, publicar y promocionar un libro de no ficción. Un libro que se enfoque en la solución de un problema específico por ahí, a alguno le pudiera ser de utilidad, o quizás conozca a alguien que le pueda servir.

«El aljibe», «Sermón de la meseta», relatos de Silvio Rodríguez Carrillo

Imagen by Phuong Nuyeng

El aljibe

Ató un extremo de la soga a su cintura, y el otro al tronco del arbolito de naranjo que estaba a unos dos metros del aljibe. El albino, de unos doce años, siguió la operación sin decir ni una palabra. Comprenderás, le dijo Li al albino, que estas son cosas que hacen los poetas, y que alguna vez harás si te dedicas a escribir. Seguidamente, Li comenzó a deslizarse por dentro del aljibe como una araña, extendiendo brazos y piernas hasta cubrir el reducido diámetro de ese túnel vertical que pareció tragarlo. La soga resultó una precaución algo más que molesta.

Al llegar al fondo, Li confirmó lo que los últimos meses habían predicho, una total y absoluta sequedad. No había llovido desde el último verano y el fondo del aljibe estaba completamente seco. Desanudó de su cintura la soga y se sentó sobre la loza, asumiendo en su respiración la tranquila oscuridad de ese fondo con el que convergía en frialdad y falta de luminosidad, y se entregó al desasosiego. Él había construido el aljibe y la aldea lo relacionaba con él, si en el aljibe no había agua era su culpa, no importaba que hubiese llovido o no. Era simple.

Li comprendía la locura y la culpa, y por eso sabía que su realidad no tenía salida. En la aldea pensaban que el aljibe se tragaba el agua de las lluvias antes de que caigan, y que él era el culpable de la situación, de ahí que le dieron plazo hasta esa noche para que llueva, de lo contrario lo torturarían. En su momento Li pensó en razonar, pero se dio cuenta de que esa gente era irrazonable, lo intuyó cuando celebraron que el aljibe podía contener el agua por semanas, y lo confirmó cuando lo nombraron ciudadano azul sin consultarle.

Ahorcarse le ahorraría la tortura, pensó Li, pero ahorcarse era una de esas cosas para las que no tenía práctica, y que exigía una cuota de valor que entonces puso en duda. Entre el terror a la tortura, y la falta de valor para el suicidio, memoró los infelices poemas que le escribiera a Sue Yang, que le valieron sus favores y cierta fama de poeta que le ganó un adepto incondicional, el albino, que más arriba hacia de custodio y cuya tarea era dar la voz de alerta si acaso decidía escapar. De eso se trataba, ¡del silencio del albino!

Volvió a anudarse la soga a la cintura y comenzó a trepar por las paredes cuesta arriba, convencido de que tendría éxito en lo que se habría propuesto, esto es, darse a la fuga y que el albino no diga nada hasta que se haya perdido en el horizonte. No pensó que toda la aldea estaría esperándolo arriba, ni que el albino había abandonado su puesto de vigilancia ni bien descendió, ni que la misma Sue Yang encabezaría a la muchedumbre, y menos aún, ahora que sentía el frío de las primeras gotas de lluvia, que comprendería lo que es salvarse.


El sermón de la meseta

Entrenas por curiosidad, por ver de qué va la cosa, hasta que le sientes el ritmo y algo te impulsa a ir a por más. Entrenas hasta cansarte, hasta el absurdo de llegar al agotamiento y lesionar lo que siempre debiste cuidar, pero que nunca te lo advirtió nadie. Entrenas hasta odiar imponerte cualquier entrenamiento mientras continuas entrenando. Entrenas hasta sentirte dueño de cada uno de tus movimientos, de cada pulsación y cada respiración, siempre a mitad de camino a ese equilibrio que no llegará jamás. Entrenas hasta que el único rival es tu reflejo cuando avanzas de espaldas al sol.

Viajas por oficio, y aprendes a ser el extraño que fue enviado porque sabe lo que ignoran los nativos. Viajas porque confían en que podrás hacerte similar a los lugareños y desde ahí establecer lo que no estaba previsto. Viajas porque en donde estabas no había sitio sino para lo de siempre todos los días, porque hay algo en el ticket que con cariño y desprecio sujetan tus dedos. Viajas porque puedes mirar a los ojos del que te pide el pasaporte y leer su vida entera, aunque te doble en edad, sin que él tenga posibilidades de hacer lo mismo.

Escuchas por impulso, midiendo la emoción alegre o rencorosa de quien cierra la puerta de un auto, la rabia el desgano o la fe en el roce del cuchillo con el tenedor cuando alguien cercena las verduras de su ensalada. Escuchas, veinte años después, el silencio de tu maestra de escuela antes de dormir, el griterío en el patio de recreo, y tu propio llanto desde la alta lejanía del castigado. Escuchas la mudez del que no habla porque se acostumbró a no tener con quién hablar. Escuchas el crepitar de los carbones relajando los modos del asador que nunca finge.

Transcurres la noche por estigma entre maldito y bendito, como si nada te faltara y nada te bastase, como si sin nadie estuviesen todos, o tan sólo los escogidos por tu querencia a prueba de juicios. Transcurres la noche como buscando llegar a la madrugada para decirle con los ojos abiertos cómo se soporta el día con los ojos entrecerrados, en una suerte de batalla que te tensa las espaldas no decirla, y que sabes es el precio de compartirla. Transcurres la noche con las manos abiertas a lo que no llega, por si ocurra la siembra, ese gesto genial, desconocido.

Y persistes, es así que persistes, con la altanería de un faro que ni busca ni se expone, tan sólo estando ahí, recibiendo la bravura del oleaje de silencios por abajo y la luminosa sordidez por arriba. Persistes en tu musculatura emocional, flexible e inquebrantable en su propio código de espiral que escupe como engulle. Persistes en tu condición de incondicional porque cuando ya nada queda levantas un nombre y lo vuelves tu aliento. Persistes porque siempre te queda otra, pero la que quieres es la que tendrás. Porque el vacío como el lleno no te acaban de poblar el pulso.

Tres poemas, por Silvio Rodríguez Carrillo

Imagen by Benjamin G. E. Thomas

Sé contigo y déjame


No me sigas ni me esperes
que me estoy abriendo paso
luchando contra lo que dijeron que soy,
destruyendo la fe más errada
y que me obligaste a beber,
desestimando bloques enteros de mi realidad
que creí no cambiarían.

No te duelas en mi desapego
ni le recrimines a lo histórico
el estruendo de los ángeles al romperse,
todo se hizo necesario esa mañana
en la que llegué tan temprano
que no había amor para repartir
y te inventé el que pude
sin saber que no iba a durar.

Detén el llanto antes que nazca
o escúpelo en torrente irrefrenable,
pero no te detengas en un dolor
que sólo es mancha sobre los nombres
y acaso ancla en los pies del que lo porta,
no sea que en soledad en lugar de brillar
termines amalgamándote con sombras hirientes
que beben de sí, de sólo silencio.

Como antes
en el inicio del puente bajo la luna,
festeja que siendo como los demás
no soy como los otros,
como yo celebré en su momento
en tu simpleza lo único y definitivo.

Sé contigo y déjame
ser con lo que me ronda
lo que no pude hallar en tu presencia,
el fondo preciso de lo ilimitado
y el rostro de Dios
sonriendo sobre mis errores.


Rompebolas


Escuchame, pedazo de boluda,
si a vos no te produce regocijo
nada que no refiera de tu hijo
como si fueses ciega sorda y viuda,

es un problema tuyo, solo tuyo,
pues hay quienes se placen en más cielos
de los que conocieron tus abuelos
-que no pensaban mucho, me lo intuyo-.

Así que ya cortala, despertate
buscate algún librito que te valga
para hacer algo más que un sucio mate,

renová tu pensar, mové la nalga
o ponete al costado de mis olas
que te pasás rompiéndome las bolas.


Elegiste seguir lo vivido


En el centro movible de la arena
clavé una estaca enorme, pura altura
y en ella la bandera más preciosa:
el viento incontenible con voz cruda
repitiendo el cantar de tus cabellos
disolviendo mis más íntimas dudas.

Desde el futuro vine a tu pasado
a llenarlo de aromas improbables,
a tornar toda cruz en mil espadas
y lograr que te rías y me abraces
como en tu dimensión se puede y debe,
sin mirar a los lados, aunque enfade
al que pide le den lo que no fue
y llenar con lo ajeno su equipaje.

Te di mi risa bruta, mi decir
y con sólo mi espalda fui tejiendo
la lluvia por adentro del afuera
y la tórrida luz que brinda un beso
si ocurre en la mañana y sin aviso
tapando toda falta y todo hueco.

Pero nunca sirvió lo de quererte,
encaraste los daños como meta
y con lágrimas fuiste destrozando
todo lo que busqué no sea prueba;
extraviando controles y colores
juzgaste que mejor era ser mueca,
dejándome intentar golpes de sombras
por traerte del lado que no enreda.

Elegiste seguir lo vivido
por quienes no vivieron mis acciones,
repetir lo seguro de lo necio
y evitar arriesgar ser quien impone
esa no imposición que clava y duele
en el alma del burdo en sus barrotes.

EDITORIAL

Imagen by Mostafa Meraji

«El tiempo como territorio», por Silvio Rodríguez Carrillo

Quizás te ha pasado que estando en la fila del supermercado, desde un lado alguien se te acerca, tanto, que puedes casi sentirlo. Como te produce una sensación molesta, casi inmediatamente y por reflejo, intentas dar un paso más hacia la caja. Esto sucede porque tenemos, de manera natural, la necesidad de un territorio espacial básico, que hace reaccionemos cuando nos sentimos invadidos. Puedes hacer la prueba en diversas situaciones, observando o actuando, y verás que los individuos intentarán conservar su espacio vital instintivamente, siempre que puedan. Esto es: A se alejará del desconocido B, si este invade su espacio vital.

Bien mirado, incluso un escritorio puede convertirse en un territorio. Imagina que estás observando una entrevista entre dos contertulios (A y B), ambos, a cada lado del escritorio, sentados en sillas. Estando A con los codos sobre el escritorio, B, normalmente, permanecerá con la espalda apoyada en el respaldar de su silla. Ahora, si operase un cambio de postura y B pasase a apoyar sus codos sobre el escritorio, lo normal es que A retroceda y apoye su espalda en el respaldar de su silla. Estos son gestos corporales, derivados del principio de territorialidad y que, en parte, estudia la proxémica.

Es fácil entender la importancia que tiene el territorio. Y debería ser fácil, entonces, entender que así como para nosotros es importante contar con un territorio, que así como para nuestra familia es fundamental tener un territorio, así mismo es importante y fundamental para cualquier persona y/o su familia contar con un territorio. Si de familia vamos a nación –recordando que posiblemente pertenezcamos a alguna–, debería de ser sencillo de entender cuán importante y necesario es, para cualquier nación, contar con un territorio. Así, debería ser sencillo entender cuán nefasto es que invadan nuestro territorio, ya sea individual, familiar, o nacional.

Pero el territorio no es sólo un “espacio”, no acaba con lo espacial. Así como “el trabajo no es un lugar”, así mismo, el territorio no se limita únicamente al espacio. Existe otro factor y que también cuenta como territorio, y ese factor es, justamente, el más precioso que tenemos, dada nuestra condición humana: el tiempo. Si un auto nos bloquea la puerta del garage nos invade el territorio espacial, pero si además hace que lleguemos tarde al trabajo, también nos invade el territorio temporal. Aquí, lo insoportable es la gente que anda invadiendo territorios sin ni siquiera darse cuenta.

Es por esto que así como defiendes tu jardín o el patio de tu casa y no dejas que cualquiera lo invada, del mismo modo no debes permitir jamás que nadie invada tu tiempo, porque es un territorio que debes defender y enseñar a respetar, con el ejemplo por delante. Considera que, a diferencia de unos cuantos metros cuadrados que puedas llegar a disputar con un vecino, el tiempo no lo puedes recuperar y, como a ciertas personas no las vas a cambiar, mejor evita a aquellas para las que “el tiempo como territorio” vendría a ser como “la dimensión desconocida”.

«Autor de élite I y II», por Silvio Rodríguez Carrillo

Ahora que terminaste de escribir tu libro, ¿sabes qué necesitas para publicarlo exitosamente?

Si no tienes experiencia en publicar libros es muy probable que cometas algunos errores al subir el tuyo en alguna plataforma. Verás, aparte del diseño interior (maquetación) y el diseño exterior (cubierta), para que tu publicación sea exitosa debes tener en cuenta algunos factores que los autores de élite saben que son imprescindibles.

Ahora puedes acceder a todo el recorrido que implica la publicación de un libro, desde su concepción hasta su puesta en venta en las plataformas y, además, conocerás los tres pilares sobre los que se edifica toda publicación exitosa. Este trabajo incluye enlaces con contenido de gran calidad para que sepas desde cómo encarar las publicaciones en tu blog, hasta ejemplos de los errores no forzados que tus competidores han cometido.

«De armas y alas ultraversales», poema de Silvio Rodríguez Carrillo

Imagen by Mehemet Turgut Kirkgoz

El conocimiento conduce al Amor, y el Amor conduce al conocimiento, son inseparables.
Smarc.



A Morgana y a Gavrí.



La palabra correcta en su metro y su rima
se convierte en peligro, en el arma terrible
que sonriente utiliza el poeta de altura
sin mostrar las costuras, los cortes horribles,
el envés de sus versos precisos y bellos.

Exorcista inefable, alfarero de estirpe
el orfebre de letras consigue sus alas
acechando la zarpa dorada del tigre,
releyendo la sombra de todas las nubes
en el antes de Adám y los frutos del crimen.

Transcurridas las horas, los años, los versos,
se conoce el amor, la unidad, los jardines
que florecen azules –hebreos o hispanos–,
los colores, las luces –entonces decibles–,
el valor de las pausas en todos los ríos.

Lo viví, de primera escritura, sin rifles
apuntando mi sien, con ejemplos enormes
presionándome a ser en mi letra sin límites.

«Ars de un clandestino», tríptico de Silvio Rodríguez Carrillo

Imagen by Albretch Fietz

Al Prosor, Hamal, que muy a su manera me entrenó en la paciencia del que corrige.

Si te aplicas al ritmo y a la rima
es posible que logres universos
de palabras sedientas de la esgrima
que se nutre de santos y perversos.

Observa la canción que te lastima
el temple que procuran sus reversos
y entiende que el valor es lo que estima
la bestia que devora a los dispersos.

El camino es difícil, inseguro
se precisa de sangre por las venas
del rencor y de Roma en los latidos

si acaso se pretende que lo puro
no suene al rechinar de las cadenas
que burlan los poetas exigidos.

*

No creas que desprecio lo sencillo
de andar con claridad por los cuadernos
sin liarse en los oscuros laberintos
que imponen un formato a los momentos.

Yo también me prohíbo que los ritos
de un poema sometan a mis textos
a contarme privándome del brillo
que consigo al decirme sin sus metros.

Escribo valorando las palabras
sabiendo que me expongo a la caída
al acto del tropiezo en la carrera
que pretendo ganar con mis espaldas
protegiendo a mis manos de la herida
de exponer sin estilo mis certezas.

*

No importan los tropiezos, las deshoras
que implica el atreverse a profesar
las formas defendidas por los doctos
que hicieron de sus versos su legado.

Procurando alcanzar a la belleza
que se oculta sonriente en la grafía
del esteta mordaz, irreverente,
es normal lastimarse sin remedio.

Lo cierto que trasciende a los detalles
de dudas, desconfianzas y temores
se inscribe en el adentro del sentido,

en el pulso que empuja al buscador
a vivir en el borde de lo triste
por honrar sin errores su palabra.

Dolencias de un bastardo, poema de Silvio Rodríguez Carrillo

Imagen By Stefan Keller

Dolencias de un bastardo

Buscando tu voz en la luz intranquila -que tiembla
de noche invernal sin un vino dispuesto en su vaso-
me arritmo a la calle de extraños fantasmas sin nombre,
con algo de cobre en mi ruin billetera amorosa,
por ver si te pillo llenando de verbos la nada.

Camino lo oscuro, el perfume lejano y sencillo
que dejan tus alas quemadas torciendo la suerte
de tanto pendejo sin gusto, de tanto doctor
que cree que el arte consiste en hartar de basura
el pulso inocente del hombre que olvida ser uno.

Si fijas el foco, la lente, verás que al seguirte
–los pasos, los sueños, la historia indecible y audaz
de todas tus fallas y aciertos– consigo alegrías
que sólo capturan los tigres, las osas, los solos;
aquellas que gozas sabiendo de un otro en tu sangre…

No, perdona.

Perdona si paso de ritmo, si acaso insinúo
el porte del alfa que sella sin prisa en sus labios
la ausencia de paz si le falta su chica de bucles;

si inquieto tu siesta buscando le impongas tu estilo
de cálida sierra a los huecos que horadan mi mente
por ser de tus manos el hijo insondable, el bastardo.

Silvio Rodríguez Carrillo – Paraguay

La partida

Enciendo el túnel temporal, los monitores,
y el chat de siempre en el horario convenido,
sabiendo bien que no será de las mejores
la densa charla que tendremos intranquilos.

Me pesa el tiempo que me ocurre por las noches
buscando el tacto con palabras, lo distinto
de andar el triunfo en el cristal, con relaciones
virtuales, simples, repitiendo un algoritmo.

Apago el llanto de mi mente que reclama
su carne cierta, lo palpable sin distancias,
y finjo ganas, un deseo sin espinas.

Me juego el nombre en el teclado, la partida
que nadie gana sin mentirse, sin mancharse
de huecos rotos la mirada y el lenguaje.

¿Es posible el amor a la distancia?

Si el amor que los une es perdurable
salvando la distancia, que claro, siempre es mucha
es la cuestión terrible que no dices
y que cualquiera sabe te ha llenado de dudas
ahora que ha viajado a otro país.

¿Cómo andar en pareja sin caricias profundas
aliviando o avivando lo que el cuerpo
sabe exige y pretende tras la jornada dura,
que toca en todos lados si el camino
es el de quien intenta lograr hacer fortuna?

¿Con qué libro o película de santos
desviarías los celos que cada día suman
agobio y malestar a las llamadas
que el otro no contesta, fijando en la penumbra
su condición de herida sin testigos?

Si lo miras despacio -midiendo la conducta
de los hombres gregarios, sin excesos,
y la de las mujeres que juegan como adultas-
verás que sí se puede, aunque depende
de si el macho es capaz, sin lápiz y sin pluma,
de alcanzar a su bella con lo suyo
con eso que define si va de envergadura.

Silvio Rodríguez Carrillo

Saboreando el antes

Repaso mi silencio envuelto por sus ojos
de selva que no acaba, de colores cambiantes
como el oro impreciso de todos los instantes
que su pelo derrama venciendo mis cerrojos.

Furtivo, con sus manos inquietas y anhelantes
presionando mi espalda -mi histórico de arrojos-
accedo a su humedad, orquídea que sin rojos
se nutre de mi lengua saboreando el antes.

Sus latidos de diosa acompasan el río
que arde en mis adentros, desbancándole el frío
tan solo con mi carne de novicio irredento.

Como un golpe de nubes se derrite en mi aliento
destrozando el pretérito de mis hombros arcanos,
sonriendo satisfecha su saber de veranos.