«Horror vacui», por Gavrí Akhenazi

Cuando miro el papel en blanco, veo correr a lo lejos un hombre espantado. ¿Espantado de qué? No lo sé, y también el rito ridículo de hombres que dan vueltas sobre sí mismos.

La página en blanco – Henri Michaux

Creo que pertenezco al grupo de aquellos a los que el blanco del papel no los asusta y por ende, tampoco consiguen entender con claridad ese espanto que acontece en los otros, ese desasosiego frente a lo «no escrito», como si los que lo padecen sufrieran de una extraña agorafobia papelística, mensurada por veleidosos ataques de pánico escénico y la página sobre la que desean escribir no fuera su mejor herramienta sino lo contrario: un enemigo.

Tantas veces he escuchado repetir esa idea folklórica del terror a la página en blanco, que también me he llegado a preguntar si los que lo padecen con semejante desmesura (porque hay que ver la cantidad de despropósitos que uno llega a leer describiendo tal padecimiento), son escritores o alguna especie híbrida obstinada en mimetizarse con los que sí lo son y que, por eso de ser un híbrido, no gozan de los mismos beneficios que otorga la placentera página en blanco, esa mirada del abismo que mira dentro de ti, que refería Nietzsche y la única llave capaz de liberar a todos los monstruos de tu propio abismo para ser donados al otro.

Sentarse frente a la página a esperar que por ciencia infusa penetren pensamientos creativos que si no existen ya de por sí en nuestra impronta es muy difícil que se nos ocurran, imagino que debe causar una profunda frustración, porque un escritor siempre encuentra qué escribir, aunque sea la lista de la compra, de manera creativa.

Lo creativo nos habita y nos empuja, más allá de lo ficcional, porque hay que hacer la distinción exacta entre creación y ficción.

La creación es un hecho natural con el que se puede transmitir la anécdota más simple y no necesita de la ficción para su riqueza, sino solamente de sí misma.

La ficción es una especie de artificio adosado a la creación pero que no tiene, per sé, componentes propios si el que ficciona no tiene una imaginación creativa que no repita modelos de éxito ya demasiado explorados y demasiado vistos.

Creo que es en esta diferencia, entre el creador nato y el copista, donde se produce ese espacio terrorífico frente al mismo elemento: la página en blanco.

El creador ansía el blanco de la página porque siempre tiene algo que poner ahí y el esfuerzo radica no en hacerlo, sino en hacerlo bien. Y si no tiene nada que decir, se queda callado, porque sabe ya que la página siempre estará allí, esperándolo, sin que él se fuerce y sin forzarla, porque un escritor y su página en blanco son complementarios, no opuestos.

Así que cuando escucho –o leo– esas manifestaciones sobre la desesperación que provoca una página en blanco, cuando en realidad verla debería ser un gozo casi como el más inefable de los orgasmos –ya que si uno se planta frente a ella es porque tiene algo que escribir–, me sale naturalmente preguntarme si esa persona angustiada y asfixiada por el silencio de su página, no sería tanto más feliz podando arbolitos de bonsái o tejiendo chales al crochet.

Yo creo que sí y alguna vez se lo he dicho a alguno que acabó por acusarme de cruel.

La cosa es que si no se sabe para qué le sirve una página en blanco a un escritor, respondí, deberías trabajar con herramientas de las que sí sepas para qué se emplean. Y si en realidad lo que te pasa como escritor es que estás en estación seca, esperá la estación de las lluvias. Probablemente, lo que termines produciendo en estación seca, será solamente paja para la hoguera.

Luego, hay otros que tampoco han sido bendecidos por la creatividad pero a los que los fascina la página en blanco, aunque tampoco sepan para qué sirve en realidad y así es como vemos lo que vemos en esta pobre literatura de hoy y aquí: otro tipo de horror vacui.

«Hojas en sombra», algunas prosas breves, Gavrí Akhenazi

Tirria in terra


Me aburrí todo el día.

Es esta puta indiferencia hacia las cosas lo que me tiene inerte como un alga flotando encima de tanto estancamiento.

Me siento estancado también yo, porque la adrenalina se transforma en una droga dura cuando se ha abusado de ella tantos años y pasa su factura cuando llega la calma al músculo en alerta.

Fofo de corazón y de cerebro, voy perdiendo motivos por fuera del combate.

No me estimula casi, casi nada y esta molicie de predador al pedo me trepa por las ganas de portarme mal; entonces obedezco, pongo cara de perro boludo que no quiere disgustar al dueño y digo: כן,כן,כן, mientras por dentro de mí, mis dientes interiores mastican a mis dientes que pujan por morder lo tan estólido.

La chatura ha llegado como un pariente que se quedó sin casa, una vez más.

Sin embargo parece el preferido de toda la familia. Y uno ahí, aguantando su charla de invicta boludez. Y uno ahí, buscando la forma de salir por la ventana o meterle una granada en la garganta, para verlo estallar salpicando todas las paredes con su minúsculo cerebro de maní.

¿Y después qué? Después estalla y ¿qué? ¿Sirve de algo o vamos a quedarnos hasta sin su cerebro de maní?¿Y después qué? ¿Vamos a extrañar sus simpatías de mascota que tiene una para cada ocasión y ya no distinguimos, los demás, a quién quiere o a quién odia, porque a todos les da la misma mano, esa de congraciarse?

Estoy en el momento del desprecio, cuando me siento diferente a todo por aquel tema de la adrenalina que tuvo siempre en jaque a mis sentidos, sin permitirle descansar jamás a esta extinta furia creativa que ahora me bosteza en el estómago y apelmaza mis manos a un almohadón untado con perfume en el que me limpio el semen de la paja.

En el fondo soy, sin duda, un psicópata. Tengo varios niños muertos en mi haber, entre los que también cuento al que yo fui.


Correr por la vida


Me desperté a las cinco, como siempre.

El sueño es una cosa que no ceja su abandono. Un amante irrecuperable que en realidad no tuve, pero que imagino me está destinado, aunque sólo sea en el deseo por él que habita en mí.

Hoy corrí con mis hombres.

Antes de las heridas corría siempre con ellos esa cantidad abundante de anfractuosos kilómetros que los dejaba exhaustos y a mí me ocupaba una parte del día a desvivir.

A mi edad aún me gusta correr y sigo haciéndolo sólo porque me gusta, porque quiero, no para demostrarle al personal –como en mis otras épocas– que si yo puedo resistir hasta el final, ellos también.

Ahora corro por mí y para mí, junto con ellos, como esos perros largos de la estepa africana, que trotan de alegría, inexplicables. Cargo la mochila de combate y corro como un gamo que se siente gamo y se transforma en gamo a cada tranco.

El teniente médico protestó un poco cuando me vio salir dispuesto a la aventura.

Sus heridas, señor…

Pero quedarse preso en las heridas es no saber sanar.


בית קברות


Quise quedarme más.

Seguramente hubiera pasado todo la noche aquí, junto a tu tumba.

Quise quedarme todo el tiempo posible, pero me echaron al final, con malos modos. Cada quien cuida aquí su propio culo. Lo cuidan mientras me entienden y me echan y me dicen que ya sonó esa estúpida queda que tiene toda guerra aunque no exista, pero que vuelva hoy cuando amanezca y me quede si quiero, todo el día.

¿Qué hago conmigo yendo de tumba a tumba, convertido en fantasma que hace preguntas que nadie es capaz de responder?

Del amigo al abuelo voy y vuelvo como esos peregrinos que tienen que llegar a sus santuarios para darle sentido a lo que han hecho.

Voy de una tumba a otra.

Voy de mi tiempo de holganza al de la guerra, antes de las obligaciones de matar y en su intermezzo. Voy desde una tumba a otra.

Y la rodilla que se clava en tierra no hace de antena a nada. No recibo mensajes de mis muertos.

Pero yo sigo aquí. Cumpliendo mi deber yo sigo aquí.

Mis muertos jamás tendrán vergüenza de que yo todavía sobreviva.

De los ritmos literarios y otras malas hierbas

por Gavrí Akhenazi

Soy un tipo que se dedica a la prosa porque se siente más a gusto con el tipo de formato narrativo que con lo que sería escribir un poema o sea, disponer la escritura en frases cortas apiladas.

Creo que la prosa tiene su propio ritmo y lo he sostenido durante muchos años cada vez que surgió la controversia de si ritmo sí o ritmo no, para diferenciar la prosa de la poesía. La prosa tiene su propio ritmo, repito, y los buenos prosistas se lo imprimen a sus textos, cada uno dentro de su propio estilo, porque una prosa sin un ritmo natural que la haga fluyente y atractiva, es un bodoque que al lector le resulta difícil cargar.

Por otro lado, creo que la poesía, como tal, puede abarcar infinitos temas siempre que se encuadren en su denominación, ya que poesía no es poema. Poema es una forma y poesía es un género, del mismo modo que un gato no es un león, a pesar de que los dos son felidae.

Tanto la poesía como la prosa son, por decirlo a mi modo, una «visión» literaria de la expresión humana. Por ende, lo discursivo puede ser poético, aunque es un poco más complejo hacer que «lo poético», concebido como tal, o sea, con el uso del simbolismo, del lenguaje connotativo y de todas esas cosas, resulte apropiado para cierto tipo de discursos, como el discurso científico, aunque haya excelentes científicos que hacen excelentes discursos poéticos en sus exposiciones.

Más allá de lo que digan los manuales, en los intercambios de opiniones lo que prima es el criterio que se emplea.

Soy un escritor que hace pocas citas para amparar lo que dice, porque a mí lo de las citas no me gusta y prefiero manejarme por fuera de lo que otros dicen, ya que llegado a un punto de la carrera, cualquier escritor que se precie de tal puede elaborar desde su experiencia y con más enjundia, lo que otros refieren en los tratados y que nunca han experimentado per sé.

De ahí que diga que el ritmo no creo que defina o diferencie lo que es prosa de lo que sería poesía y que la prosa tiene su propia valencia rítmica casi tan notable como los ritmos métricos que regirían el esquema poemático.

La diferencia no es esa, a mi criterio
ni un poema resulta
de
cortar una prosa
en los suficientes pedazos
como para que
parezca que el autor ha escrito
un poema más o menos
rítmico.

Que se pueda escribir lo que a uno se le antoje con el formato que se le antoje, estoy en un todo de acuerdo. Uno puede hacer lo que quiera y renunciando a mi fobia por las citas, echaré mano de Huidobro: «El autor es el dios de su obra». Justamente por eso, uno puede hacer lo que se le ocurra y pensar también lo que se le ocurra con respecto a lo que escribe, prescindiendo del sentido común y amparándose en las novedades que ofrecen las vidrieras de los cambalaches, donde todo cabe y todo se vende y tirando por la borda el sentido común que mencionaba antes.

Cuando se establece para un poema la definición «prosaico», se está entendiendo que alguna diferencia hay entre lo que es netamente poético y no necesariamente lírico -que es otra cuestión- (ya sea en prosa como en poesía) de lo que parece más un discurso periodístico o un artículo de opinión que el autor cortó en pedazos más o menos rítmicos y apiló con formato de poema. Y eso es porque el sentido común indica que cualquier escrito que se precie de «poético» debe tener algún condimento que lo defina como tal, más allá de una pila de frases cortadas más o menos rítmicas.

Yo creo que si siguiéramos el criterio de que solamente el ritmo diferencia poema de prosa, no valdría la pena hacer distingos de ninguna índole entre poema y prosa propiamente dicha que incluiría a los ensayos, las crónicas periodísticas, los artículos de opinión, las ponencias científicas, los libros de mecánica y todo lo que se te ocurra. Incluso hasta el instructivo de los medicamentos podría ser tanto poema como prosa, de acuerdo al formato que al que diseña el prospecto le parezca más feliz.

Tiene que existir por fuerza alguna otra cosa que diferencie el fondo de lo netamente formal ¿verdad?

Ahora una prosa que rima, como tantas que suelo ver ¿es una prosa?

La rima tampoco define lo poético. La rima, como el ritmo, definen lo estructural. Las prosas no riman. Si rimaran ¿qué serían? Y no estoy hablando de la prosa poética, ya que, como me he cansado decir, no deja de ser prosa con un fuerte condimento poético, hasta el punto en que se ha discutido si el nombre debería ser «prosa poética» o «poema en prosa». Y volvemos al huevo y a la gallina ¿verdad?

No. Porque la definición de poema, poético, poesía, es una definición en sí misma, muy alejada de lo convencional de su formato. Es una visión de la realidad que trabaja diferentes parámetros y que cabe en muchas partes, porque es la sustancia emocional, la otra visión, lo que la diferencia sustancialmente de, por ejemplo, esta exposición que estoy haciendo.

Lo que es poético es poético dentro del formato que se le quiera dar, porque no se trata de contar las sílabas, aplicar el metro correspondiente, trabajar la dinámica rítmica o meter todos los gatos en la misma bolsa, sino de una concepción de la realidad muy por encima de eso.

Y de eso creo que adolecen realmente algunos poemas cuyos autores sostienen solamente la teoría de que si es rítmico, es poema, cuando en realidad parecen un instructivo para medicamentos que un diseñador creativo colocó en frases cortadas que le sonaban más o menos bien, pero que, como todo instructivo, sirve para lo que sirve pero a nadie emociona un instructivo de medicamentos.

Entiendo las defensas y por supuesto, son válidas para mí como cualquier otra defensa que haga alguien convencido de lo suyo, porque yo no discuto opiniones en literatura ya que hay tantas opiniones como escritores. Solamente expongo mi opinión.


El contenido siempre es importante. De hecho, creo que es lo más importante y el continente o formato no debe ser un obstáculo.

El hecho artístico creativo lleva implícitos una serie de resortes que justamente por eso lo transforman en un hecho creativo y un hecho artístico no es una lista de supermercado ni el prospecto de un medicamente, por usar dos cuestiones que ya empleé, si no se las dota de un plus de creatividad, que no es precisamente imponerle un ritmo a lo escrito.

De otra forma, todo sería un hecho artístico y cualquier cosa cabría en esa denominación, incluso ese perro que un «supuesto artista plástico» ató a una pared en su exposición y dejó morir de hambre ante la indiferencia de sus seguidores.

La cosa radica en no caer en el simplismo y justamente creo que esa es la base de la historia, ya por fuera de si casa o deja de casar el metro de un poema.

Lo sencillo puede alcanzar un alto vuelo creativo, cosa que no significa que uno deba volverse lírico, pomposo, intraductible o caer en la más lisa planura, sin un solo giro artístico.

Sencillo, Miguel Hernández. Sencillo, Manuel Alcántara. Y no por eso su acto creativo era simple, porque repito, simple no es sencillo y el arte, ya por ser arte, no es una cosa plana, completamente aemocional y que no despierta el mínimo estímulo más allá de un bostezo.

Un hecho artístico es creativo per sé. No es una página de diario donde se relata un óbito intrascendente, aunque hay algunos periodistas que hacen arte al momento de sus notas y entonces, sus notas te llaman la atención justamente por la creatividad discursiva que poseen.

Creo que debe existir algún tipo de diferenciación manifiesta entre la creatividad, que, repito, no se trata de hablar complejizando lo que se dice ni de crear imágenes estrambóticas que no encierren ningún sentido capaz de despertar el estímulo en el símbolo de quien lo lee (porque el sistema del arte es la coexistencia de símbolos entre el emisor el receptor, ya sea por el impacto propio de la idea o por el impacto estético que el símbolo trabaja).

El arte es una expresión íntima y precisa de la creatividad para no caer en la simpleza. Luego, no todo es arte por más que aquellos a los que les falta el plus de la creatividad, quieran que se comulgue con ruedas de molino.

Y así como un poema no es un ensayo, aunque uno en un ensayo pueda incluir deslices poéticos, la sencillez no es simpleza. De otro modo, cualquier cosa sería cualquier otra, más allá de la taxonomía. Un perro sería una mesa, un fusil sería un ramo de flores y dejo a elección del lector los ejemplos de permutación que se le ocurran.

Si cualquier cosa puede ser cualquier otra, nada se definiría por la taxonomía y todo haría de todo, por no decir que todo sería todo, porque por algo las cosas son diferentes entre ellas, más allá de la filosofía.

Pero si no te da el cuero (talento en este caso) para hacer todo el camino y pretendés cambiar todo el sentido real del arte para que lo tuyo encaje, yo diría que mejor el que supone eso intente con el bonsai, porque uno puede escandir bien, regular o mal, pero escribir un poema no es saber escandir.

Escribir un poema es saber escribir y eso, solamente te lo añade el plus de entender el ejercicio del hecho artístico y que no todo es arte, aunque nos empecinemos en que así sea, como el tipo que ató el perro al muro y lo dejó morir de hambre.

«Coitus continuus», relato de Gavrí Akhenazi

Por la tierra resbalo como el gris resbala por el cielo en las tormentas. Una tormenta en gris, que se resbala.

O un pájaro caído, pienso después, mientras giro el cuerpo con el caño del fusil adherido a los labios.

Tengo esa costumbre.

Lo aprieto contra mí y soporto el caño con los labios en un beso de olor picante, frío, contaminado de lubricante y pólvora.

El olor del arma empapa el olfato y tiembla entre las manos como el olor de una mujer que también tiembla entre mis manos, tantas veces feroces, cuando intento acariciar la piel desnuda. Todo lo desnudo está indefenso.

Estoy un rato así, tendido, con el arma-mujer sobre mi cuerpo y su boca en mi boca, sostenida casi sobre el filo de los dientes y la rigidez mordiente de los labios, apretando sus partes que disparar enciende de calor, igual que a un cuerpo encienden los orgasmos.

Respiramos. Jadeamos. Esperamos. Corremos. Resbalamos. Jadeamos. Respiramos.

El olor del arma me intoxica, me droga, me despierta las voces del rugido, igual que una mujer me las despierta con sus olores íntimos y sus sabores bruscos a pelo y a sal, grasa y almizcle, carne cruda y metal, pescado y hambre.

Cierro los ojos y me abandono a la seducción suave, a la succión del juicio por lo que todo mi cuerpo se estimula, mientras ahora giro, suavemente y apoyo el vientre en el olor a tierra que se pega a la sudoración.

Disparo.

El francotirador hace silencio y el silencio es un hábito que rueda por el morbo.

Le hago un gesto a la tropa y continuamos el camino por ese territorio interrumpido por la vida y la muerte de las cosas.

A veces tengo erecciones al matar.

«Alto psicópata» diría alguna gente que no entiende los secretos del ramo.

«Pan quemado», por Gavrí Akhenazi – Israel

Dentro del sueño, el pan tostado se deshace en su boca y el aroma de ese mordisco llega como en la infancia, esculpido con crujidos tibios y untuosos que impregnan la conciencia de una dulce gratitud.  

Trata de encontrar una palabra que defina la consistencia de ese pan que sueña, pero no la consigue. El sueño se la niega y le aproxima, en cambio, palabras que nada tienen que ver con lo que él sueña, mutilado al fin por el cansancio. El sueño insiste con aportaciones caprichosas como: “mordisco fluo, pan volátil, miga desesperada, espuma despanada”.  

El hombre busca angustiosamente la palabra que defina a ese pan de sus sueños como el pan de su infancia, hasta que pierde la palabra y el pan.  

Duerme en un rincón que comparte con la oscuridad y la vigilia. Todo lo sobresalta en los momentos en que no busca el pan.   Allí los hombres reposan como pueden, bajo un constante murmullo de quejumbre que levita insistente, lo mismo que un fantasma usa la noche para alimentarse. Es un mismo tono sostenido en una grave perpetuidad.   A veces, un niño se despierta gritando. Llora y llora, con voces angustiosas. Provoca un remezón del aire, un sobresalto que avasalla al fantasma y sus gemidos, como avasalla al sueño. Entonces, otros niños lloran de igual forma, como una rabiosa reacción en cadena, inconsolable.  

Pero cuando sólo existe la quejumbre sobre todos y el resto está en silencio por afuera, existe, también, un mal presagio. La calma se transforma en un presentimiento que se solaza en la vigilia y nadie duerme, porque el afuera, ese afuera desconocido, oscuro y silente, es una garra pronta que está eligiendo, en soledad, el momento para cerrarse sobre los hombres desprevenidos en sus sueños. Por eso, nadie duerme, realmente. Ni los que están de guardia ni los que aguardan su turno para hacer la guardia.  

El hombre se recoge en una posición aún más fetal. Se enrolla sobre sí, como un ciempiés, para aferrarse al pan con el que sueña o con el que quiere soñar todavía un rato. Evoca desesperadamente al pan. Lo edifica cien veces en su mente vigil, para soñarlo. No pide más que eso. Un sueño en que haya pan.  

Luego ocurren el fuego y el estruendo. Ocurren los gritos y las armas, sobre ese brusco campamento insomne en que los hombres se levantan y buscan posiciones de defensa, atrapados repentinamente por la garra que ha saltado desde la oscuridad y corre libre, incendiando las pocas chozas precarias que persisten en pie, luego de su último asalto hace seis noches, cuando aún no habían llegado los que ahora, con armas, le hacen frente.  

El hombre que soñaba relega el pan, aparta el pan, olvida el pan y se transforma en uno de esos feroces animales del miedo, que dispara sobre otros animales. Los fogonazos van llevándose la noche con incendios.   

—Perdimos un camión —susurra alguien en la oscuridad. Una voz conocida, que jadea detrás de algunos tiestos que la ocultan.  

La corresponsal de la BBC, cámara en mano, intenta rescatar esas secuencias en que los hombres corren y combaten. Toma fotografías compulsivas, apresuradamente instintivas.  

El camión incendiado es una luminaria majestuosa, intrépida, que se eleva en la noche como un fuego sagrado e invencible.  

—Son niños… son niños… —grita alguien, pero el fuego no cesa, aunque los que atacan desde la furia de la garra, sean niños soldado.  

Uno de esos niños se detiene.   

Queda frente al lente de la cámara y a la mujer que lo ha enfocado mientras avanzaba disparando contra el hospital. El niño soldado se detiene allí, mirando a la fotógrafa y de espaldas al fuego del camión. Sonríe. Se acomoda en una pose marcial frente al objetivo, como un niño que se toma una foto. Baja el fusil y simplemente sonríe para su retrato, con una sonrisa ancha y orgullosa.  

Suena el disparo. El niño cae hacia adelante y su cuerpo se desarma sobre el suelo. La fotoperiodista observa al hombre que ha disparado y se acerca hacia ella.  

—¿Está usted bien? —pregunta él— ¡No haga estupideces, mujer! ¡Póngase a cubierto!   

Ella escucha la orden y mira al hombre que le obliga con gestos apremiantes a que busque reparo.  

—Él sólo quería una fotografía —musita la mujer—. Sólo quería un retrato.  

Sabe que el hombre ya no la escucha porque se ha alejado a cubrir otro flanco.  

La periodista permanece allí, junto al cadáver del niño soldado, que aún le sonríe.

Territorio de jaimas, por Gavrí Akhenazi

Todos saben que me gusta estar solo. Me siento bien dentro de la soledad que queda en mi mundo. Las personas me estorban, excepto aquellas únicas que elijo para relacionarme, para que puedan avanzar por mis largos yermos carentes de agua y despiadados de pájaros, donde se gestan y apaciguan mis tumultos de polvo, mis tormentas de olvido, el calmo paroxismo de mis furias.

Vivo ahí, en esa jaima inhóspita, hecha con huracanes y veleros. Una jaima cosida con gigantescas gavias para capear oleajes de la sangre.  Vivo dentro de mi rutina de silencios, de intermitentes y oscuros monosílabos y, dicen esos que siempre están conmigo, que soy una alimaña hecha con gestos y con ojos de bruscas mutaciones.

Los niños, sin embargo, no ven en mí lo que los hombres ven. Jugamos, cantamos, trabajamos y aprenden “cosas raras” (como suele decirme el hombre sabio que conduce la civilización en este lado tan poco hospitalario de la existencia humana).

Yo les explico la gesta de los hombres, mientras dibujo mapas en la tierra y les hago relatos de otros lugares que están inaccesiblemente lejos, pero que los niños consiguen imaginar para asombrarse.  No hablo de ese occidente dominador y férreo que parece el único territorio habitado sobre el mundo. Les hablo de culturas antiguas como la suya propia, de largos mitos rústicos que se parecen en todos los lugares y que se repiten con diferentes nombres. No hablo de religiones con los niños. Hablo de civilizaciones y esperanzas.

La escuela es paga aquí, porque de otro modo, es imposible retener un maestro sin comer. Algunos pueden pagarla. La mayoría no, así que esos de la mayoría son mis niños del fútbol y la historia y los mapas que los humanos han trazado para cortar en trozos la esperanza.

Disfruto enormemente de estos niños, como en mis viejos tiempos de docencia, en el margen que nadie quiere ver.

Luego, regreso a mis silencios, a esta imprecisa ejecución del día, que implican los informes, los ajustes a la necesidad, el miedo de los otros, los que migran como si el suelo bajo sus pies se les moviera y ese resabio a pólvora que dejan los malos daños impregnado en la piel.

La soledad se aprende, como todo. La soledad no es más que un hábito más, una costumbre que no precisa de zurcidos ni parches porque es una muralla no vencida por el asalto de las hordas trágicas.

Afuera de mi jaima hay otras jaimas. Tratamos, apenas, de ser buenos vecinos, en la desértica amplitud que constituye no saber si hay mañana cuando cae la noche día a día.

Otros planos de ausencia, editorial de Gavrí Akhenazi



Otredad. Ajenidad. Individualidad. Xenofobia. Indiferencia. Ignorancia. Palabras que definen la relación con el otro y su búsqueda de invisibilización.

El otro, eso que es diferente y que está ahí, por todas partes. Eso que no somos. El que nos es extraño.

La ausencia no se centra solamente en la percepción de lo que no está y que se necesita. No es la falta de algo que ocupaba un valor emocional y que al desaparecer genera un espacio de vacío.

La ausencia en sí es un vacío que ocupa (valga el oxímoron) la conducta humana a lo ancho y a lo alto de ella.

La ausencia es en la conducta humana, el resumen de las palabras que menciono al comienzo de esta reflexión. El desplazamiento de la conexión con ese ser social que los hombres, como especie, dicen ser y que, en la práctica, solamente son capaces de desarrollar con reservas dentro de su metro de confort.

La especie humana posee en su genética un enorme espacio vacío para con sus propios integrantes. No se reconoce en el otro y en «el otro» deposita la desconfianza, la suma de sus males, las reservas de sus aprensiones más desarrolladas y de las más ocultas, las responsabilidades y las culpas y, por supuesto, la ajenidad, el desentendimiento, esa otredad enfrentada decididamente al individuo como unicidad que no acepta lo disímil.

En una u otra forma, todos los humanos practicamos ese registro de conducta.

En mayor o menor medida, todos somos ausentes.

Gavrí Akhenazi – Israel

Consideraciones sobre lo ingrávido

Conserje de los lunáticos
paralizador de mi infancia
petrificador de la cuna vacía
tráenos la esperanza.
Conserje de los tiranos
testifica mi vanidad
vuelve mortal mi memoria
confunde lo que el Diablo ha escrito.
Tolera mis celos
reconoce mi necesidad desesperada.
Conserje de los lunáticos
identifica mi destino
revive el sueño de la vida
y perdona sus gritos de súplica.
Sella la entrega de las semillas
en esta angustia por respirar.

(Janitor of lunacy – Soap and skin – traduction)


Lo tradujo mientras lo iba escuchando y colocó debajo “Traducción libre de Ariê Aryiasz”, como una consigna.

Explicaba siempre aquello, cuando hablaba con otros escritores de esos del otro mundo a donde se mudaba su Jekyll en estado desesperado, harto de hablar con Hyde en el vacío en el que Hyde vivía. Hay que interpretar lo que se lee escrito, entender el trasfondo, el metamensaje, lo que no se ve pero se está diciendo con el texto.

Y con todas las cosas, pensó. Ir un poco más lejos.

Todas las cosas tienen entrelíneas, tecleó y sus ojos, de repente suaves, cansinos, ligeramente entrecerrados, observaron los brillos en el agua que el leve vibrar de la mesa frente al tecleo en la notebook, hacía tambalear. Los brillos del agua jugueteaban en una dispersión vidriosa y refractaria, cercana, mientras los ojos pasaban de largo y se extendían como un roce a los paños de la puerta corrediza que permitìa ver el diluvio sobre el jardín de invierno.

No para de llover, imaginó, como participando de una irrealidad climática en un cuento, nadando en la semipenumbra del living que olía a libros sin desembalar, pero que parecían a su vez, desembalados y presentes.

Esa casi oscuridad de temporal se iba transformando lentamente en su habitat. Persistente y voraz, el agua era un microclima de su vida sin lazos, simbólica, lo mismo que un torrente o ese basural esparcido a través de las calles en la ciudad grosera y polimórfica.

La reunión había sido como la ciudad: mugrienta.

Pero Aryiasz no estaba ahí, en ese puesto actual, para plantearse códigos que no podían servirle ni a él ni a nadie. Y además, como le dijo al funcionario que lo escuchaba con solemne atención de buitre que espera, él había buscado todas hienas y ya sabe como son las hienas, muy territoriales.

—Para los resultados que ustedes pretenden, no sirven los lobos, solamente las hienas —había agregado como si explicara pequeñas verdades zoo-lógicas a un alumno disfuncional del que se da por descontado que no se obtendrá respuesta.

Mientras haya resultados, los métodos importan poco en el mundo de la chapucería y los resultados son como los gusanos, hay que mover apenas la mierda y te cansás de encontrarlos, le había aclarado a Doguchi, cuando salieron de la reunión como dos animales que se han hartado de cazar y buscan solamente un sitio para echarse a digerir los restos que aún aprietan entre los colmillos.

En la pantalla de la notebook se abrió el cuadro de diálogo del skype con un interrogante repentino.

Aryiasz miró la pregunta y torció el gesto hasta ese momento amable. Se le agrietó la expresión con que acababa de explicar algo a una aprendiz de poeta con conflictos femeninos y precarios que se traducían en una escritura acorde.

De un manotazo, Hyde desplazó a Jekyll.

Si tenés muchas ganas de matar…legalizalas y listo, respondió a su interlocutor, mientras observaba el avatar del otro, sí, legalizalas ¿o conocés un mundo sin sicarios? La muerte es un hecho legal para nosotros, acordate. Los que brindan buenos servicios cotizan en moneda de curso legal. Y los buenos sicarios no son sicarios, son funcionarios al servicio de…Empleados, papá, ni más, ni menos.

Observó la lluvia mientras veía el mensaje de ¯«Jack está escribiendo». Caía, blanda, a través de los paños de vidrio, como una cosa fría, hecha completamente de fantasmas.

Pensó que ya era hora de encender una luz.

Le gustaba el color casi cobrizo que desprendía la lámpara rinconera estratégicamente colocada por el decorador de aquel departamento junto a un sillón de esos de lectura que nadie emplea para sentarse a leer en una tarde de lluvia, pero no se levantó para encenderla. Permaneció en su charco de penumbra, donde los movimientos continuaban agitando el agua que aún no había bebido, rompiéndola en mínimos fulgores dentro de la prisión del vaso.

Estiró la mano, mientras seguía con los ojos la respuesta de Jack en el cuadro de diálogo. Usaba un ciervo como avatar. Un ciervo, pensó, trayéndose el vaso hasta la boca. Este usa un ciervo y yo uso un buitre.

Interrumpió el pensamiento. En el radio que alcanza la mirada, notó que algo flotaba en la superficie líquida. Dejó al ciervo de Jack y miró dentro del vaso aquel punto flotante, oblongo, parduzco, con alas.

Mientras respondía, bebió.
Sintió que el cuerpo quitinoso le raspaba despacio la garganta mientras él escribía que acá hay muchos nidos de cucarachas chiquititas y repitió, de esas, de las chiquititas y como se sigan reproduciendo, se van a comer a las grandes ¿me captás? Se van a comer a las que vuelan.

*

El repentino resplandor de la pantalla lo obligó a pestañar.

Se afirmó en el convencimiento de que aquello era fotofobia y que seguramente, el virus trepaba a toda velocidad hacia su sistema nervioso y de ese hecho, también, podían derivarse tantos errores de tipeo y repentinamente tantas dudas frente a la grafía correcta de algunas palabras, como si tuviera Alzheimer, pensó.

Leyó en el correo de Jekyll (que Hyde era tan afecto a revisar como si buscara una cura a los cada vez más notables efectos de la mutación) y bajo el título de “Me gustaría publicarte” un texto de invitación que rezaba:

Hola
He conocido tu poesía hoy.
Te invito a publicar poemas en

Espacio virtual del que soy editora bla..bla..bla…
En el blog publicamos poemas de temática social, existencial, poesía de la conciencia, etc… de autores de todo el mundo.
Si estás interesado escríbeme a

y a continuación una dirección de e-mail.

De vez en cuando llegaban esa clase de correos para el idiota de Jekyll. Gente que leía sus desafortunados gritos de habitante del mundo, a quien Hyde arrastra por los pelos a través de la guerra y la miseria, por las pústulas y las defecaciones, obligándolo a implicarse en una realidad frente a la que todos se tapan los ojos: la realidad de los Hyde.

—¿Qué querrás? preguntó en voz alta, observando de reojo el vaso de agua donde la luz de la pantalla formaba mínimos reflejos eléctricos ¿Un pálido panfleto o una crónica de la verdad?

Sonrió.

Un pálido panfleto. Seguramente querés un pálido panfleto. Pero yo no escribo pálidos panfletos ni me rasgo las vestiduras ni me meso y arranco los cabellos ni me los cubro con tierra. Soy incapaz de escribir un pálido panfleto, porque la realidad no es un panfleto pálido que yo pueda escribir desde un sillón cómodo, tratando de recrear lo que me cuentan en la guerra mediática que ha inventado la televisión para que nadie se entere de la otra. Ninguna guerra es pálida ni tampoco es un panfleto. Hay gente en las guerras. Y muere. Como yo.

Una rebelión sorda le ganó la garganta mientras pensaba eso, repasando el correo con los ojos y atendiendo a sus vísceras que se retorcían como si albergaran entre barrotes orgánicos a un monstruo que bramaba.

—¿Qué podría escribir y que sonara pálido? le preguntó a la fotografía en que la mujer morena aparecía retratada— ¿Qué podría escribir yo, Hyde y que sonara pálido, si ni siquiera puede escribir Jekyll algo que a los dos nos suene pálido?

Asestó un empellón al teclado y la notebook retrocedió algunos centímetros, como un animal golpeado, entre los libros apilados, los papeles y las armas, todo mezclado siempre sobre la misma mesa, por esa costumbre siamesa de moverse a dos seres por los mundos.

Hyde ha regresado de Somalia…A Hyde acaban de matarle a su mujer durante un robo, de dos balazos en el hijo que llevaba…Hyde estuvo en el Congo y le prometió a una niña soldado que iba a sacarla del infierno, pero Hyde no pudo…A Hyde lo baleó un niño soldado en Liberia, mientras trataba de intercambiar prisioneros con los insurgentes y salvar cuatro monjas…Hyde es un tipo que ha visto los hospitales llenos de monstruos paridos en el Irak de la democracia…Hyde ha visto el container de Tawergha, ametrallado por «los rebeldes» y lleno de cadáveres de niños, mujeres y hombres negros, cuyo único mal fue trabajar en la Libia de Kadaffi para poder comer antes de que llegara el Consejo de Transición con su revolución…Hyde ha estado en Haití y ha estado en Georgia y en Bosnia Herzegovina y en Colombia y en toda Centroamérica…Hyde ha estado en Malvinas y en Ruanda…caminó Afganistán y evacuó de una escuela a más de cien niños palestinos…¿O fue Jekyll el que hizo todo eso? pensó, mientras desarmaba y armaba las armas, mecánicamente, como un acto reflejo iluminado por el resplandor evanescente de la notebook y los brillos eléctricos del agua.

—Estás en crisis, Hyde…Estás en crisis murmuró Jekyll y bebió el agua mientras con la otra mano, Hyde se apuntaba la Glock que le había regalado Doguchi, sobre la sien derecha.

En el cuadro de diálogo del Messenger, apareció un beso.

Hola linda, escribió entonces León Aryiasz, trayendo de regreso la notebook a sus ojos, sabés que me llegó un mail de una tal…

Gavrí Akhenazi

Ars amandi

Con la garra cerrada, el animal explora el tacto de lo cálido. Si abre la garra, habrá un estremecimiento en todo el aire, un rasgo de viento en el paisaje de esa colina húmeda por la que anda lamiendo el calor de la vida, sin tocarlo.

Desliza con deleite la garra predictiva en un ínfimo espacio de tibieza, a tan breve distancia, que percibe como se eriza el tiempo debajo de la piel, en sus pulpejos de predador eterno que ha encontrado una hembra en el desaire de los celos feroces.

Carne de paz que tiembla en el espacio oscuro y entre pliegues de luz que la modelan espesa y terciopelo. Entre las garras, el animal que explora con el tacto, siente la selva, tan mojada y dulce, como una cabellera interminable atrapada por miles de medusas. Tiene sed. Se inclina con el ansia y recoge medusas con la lengua, gotas de sal cautiva y vaporosa le mojan las papilas y los labios.

Hay un rumor apenas, un murmullo en las hojas del silencio, un movimiento de brújulas antiguas que indican a la vez los cien caminos de esa orografía que el animal enfrenta.

Toda orografía es un misterio sobre el que establecer el territorio y avanzar en lo tórrido y lo acuático, en el fuego veloz que irrita las colinas con un aroma intenso a leche y sebo, y allí perder los dientes y los juicios y ese aliento de guerra que resiste el nudo de las lenguas y los ojos.

Ella, una tormenta en blanco y su ceniza, un fuego diluvial que quema y reproduce incendios, temerario, sobre un erial de vientos, amaina la cordura. Como un puente que se remece y vibra mientras vuelve tsunami la ternura, se deconstruye y se construye.

Un viejo mineral y un pez de oro atrapados en la red de un pescador de instintos, se confunden la sombra y los otoños en la necesidad vertiginosa y ya no hay presa ni animal de garra sino un solo y último relámpago, quebrado en el sudor, atado al beso.


Sexo barroco

Pensó que había regresado a ese muladar de terciopelo donde los olores se vuelven un légamo de complejidad y uno chapalea satisfecho y cálido, con la fiebre ausente de estos años que ya no se parecen a aquellos porque en aquellos la fiebre era una manifestación del corazón y ahora es solamente lo que se ha dejado atrás, se ha postergado de manera inepta con la ineptitud de lo que no se tiene ganas de resolver y apenas queda en eso, en algo que no se tiene ganas de resolver porque no se encuentra el cómo hacerlo y mientras piensa eso, una laxitud amarilla, una grasitud sobre la que la vida resbala sin quedarse, le patina la piel ocupada en la fragancia pastosa del sudor que se vuelve una joya caliente, extraída de un mar de sal profunda como todas las lágrimas que no se han llorado en el momento justo y rebalsan desde los rincones humanos atrapadas por glándulas obstinadas en cumplir su función desalinizadora del corazón con mal de pena.

Hunde los dedos y debajo de las yemas está la palpitación sensible de un reloj crudo como un pan que llora y que se ha amasado con la sal antigua y la sangre habitante y un poco con el calor manual de desbrozar la carne de esas cosas que el pudor le junta sobre el ansia de ser apenas un cuero tenso y expresivo, una resonancia de gemido que grita, una violencia de animal que come y su réplica de animal de vuelo en ese movimiento en que toda sonoridad se transforma en cárnica y sabor, en sabor, piensa, como si en la lengua tuviera más papilas que el resto de los amores y esas papilas pudieran crecerle por los labios mientras se los relame con la holgura de un disfrute anunciado por efímero y a su vez, por constante y declarado, porque uno se lleva los sabores y esos olores al olor vencido, pegados en órganos que la ciencia aún no ha descubierto y crecen solamente en los largos momentos en que un cuerpo y el otro se transforman en una expresión madura que se funde, se funde, se congrega y a la vez se disgrega en una descabellada cuestión química que, como los órganos esos que crecen sin haber sido descubiertos aún, se manifiesta en lo que complementa la verdad de estar así, resbalosos y perfumados en una irredención de uñas y lenguas y cabellos y por sobre todo de miradas que rasgan la saliva, la asfixia, el espasmo y el semen.

Así, quedarse así, en un sexo que duele.

(De: Caída de las patrias)

Editorial

Por Gavrí Akhenazi

Tapitas de plástico

Originalmente había escrito otro editorial. No estaba mal, porque es exactamente lo que pienso del asunto, pero estoy cansado de divagar sobre el mismo punto: «qué es ser escritor».

Es imposible explicarle a alguien qué es ser escritor y aunque todos los escritores divaguemos hasta encontrarnos con las mismas conclusiones en el mismo camino y luego terminemos repitiendo una y otra vez las conclusiones a las que todos arribamos, es como en la crianza: el consejo del padre está pero la experiencia es lo que termina por hacerlo cierto en el hijo.

¿Para qué seguir renegando en la realidad de los molinos de viento?¿Hasta dónde el otro está dispuesto a entender, si es que escucha, aquello que se le dice y podría servirle de provecho en su propio camino?

La literatura está concebida como un arte fácil: se juntan unas cuantas letras, se ordenan en unas cuantas palabras que a su vez, con suerte, se ordenan en frases coherentes y se terminó. Cualquiera que esté alfabetizado puede producir esta secuencia sin mayores altibajos y expresar «sus sentimientos».

Esto ha vuelto a la literatura un arte reduccionista, jibarizada por un simplismo que la demuele en sus componentes más básicos. Ha terminado el tiempo de las catedrales y estamos en el tiempo de los barrios en serie, todos cuadraditos y sin otra aspiración que ser todos iguales de cuadraditos, con todas las habitaciones exactamente en el mismo lugar y pintados uniformemente, porque parece ser que eso es lo que da resultado.

La creatividad ha perdido territorio frente al poder tecnológico de la fotocopiadora.

¿Para qué construir una catedral si al público le sobra con un monoambiente?¿Para qué la orfebrería del detalle creativo si las paredes están pintadas y eso alcanza?

Dentro de la actualidad on-line de las piezas literarias en danza dentro de las grandes cadenas de comercialización del rubro, no son los escritores los que se han terminado. Se han perdido los lectores, porque mantener la vigencia de la buena literatura es patrimonio exclusivo de los lectores ya que ellos bajan o suben el pulgar frente a la obra.

Los críticos han pasado a la inexistencia. Ya no importan a la hora de elegir qué leer. Sus opiniones son todavía menos leídas que las obras que intentan destacar o terminar de sepultar –como otrora fuera la costumbre–. Incluso, hasta para los autores «con peso», los críticos se han transformado en un mal menor que ya no se tiene en cuenta porque el avance de la pacmánica (neologismo de Pac-man) literatura on-line es lo que realmente sepulta en la mediocridad cualquier obra digna de ser destacada.

Algún que otro idealista repite en los reportajes sus divagues y sus «consejos para escritores noveles», basado, como mencionaba al principio, en la propia experiencia: Talento, herramientas, búsqueda interior de la voz propia, trabajo, trabajo, trabajo.

Intercambiando opiniones con otro colega, me observó que hasta el talento parece haber pasado de moda y que la literatura es como una playa llena de turistas veraniegos. Cuando se van, queda todo tipo de residuos sobre la arena y la arena parece muy pero muy sucia. No deja de ser arena. Es arena sucia. «Hay que buscar con buen ojo para encontrar otra vez las caracolas».

Entonces, concluyo diciendo: Lo que ha perdido el lector es el ojo para encontrar las caracolas y tiene sus frascos de guardar, repletos de tapitas de plástico.

EDITORIAL

por Gavrí Akhenazi

Ahora no queda nadie para hablar por mí

First they came for the comunists, and I did not speak out—
Because I was not a comunist.
Then they came for the trade unionists, and I did not speak out—
Because I was not a trade unionist.
Then they came for the Jews, and I did not speak out—
Because I was not a Jew.
Then they came for me—and there was no one left to speak for me.

Martin Niemöller

Digamos que nunca fui propenso a escribir distopías.

Cuando uno se acostumbra a vivir dentro de una, la describe como su realidad. En absoluto esa realidad le resulta distópica. Sabe que hay otro mundo, otro escenario que es de los otros, pero el suyo, el diario, es esa distopía en la que vive, ese lugar al que nadie entiende de verdad y al que nadie llega como a una realidad ocurrente, sino como algo que está «en otro país, en otro espacio, hasta en otro mundo» y que provoca en los que se anotician de que existe, comentarios conmiserativos y tristones, comentarios de alarma, de «¡cómo puede ser que no tengan agua, que los niños mueran de enfermedades ridículas o que mueran de hambre; que en los campos de refugiados se pudran los cadáveres junto a las tiendas hasta que llega el extenuado personal a llevárselos y quemarlos por ahí para que no se propaguen más pestes de las que ya hay!» Comentarios hechos desde el confort del sillón en el living; desde la comodidad alimentaria de una cocina nutrida; desde el mullido colchón en que se descansa frente al televisor.

Puedo seguir enumerando estas cosas de la irrealidad en la que media humanidad está sumida, pero no es la cuestión de estas palabras.

Los que vivimos en las distopías no observamos con horror las películas catástrofe ni nos hace preguntarnos nada The walking death. Somos «the walking death».

No nos asombra la muerte porque camina con nosotros a todas partes y chocamos con ella cada diez pasos, mientras imaginamos a cuántos podremos salvar de todos los que están destinados a morir y a cuántos deberemos resignar, porque los suministros no alcanzan y el orden de prioridades a veces debe estar incluído en el protocolo de nuestra conciencia.

Veía, desde esta cuarentena de hoy y aquí, las imágenes de monos, jabalíes, cabras, coyotes y ciervos invadiendo ciudades desiertas y aterrorizadas. Un oso famélico paseando por una avenida. Veía «un mundo sin humanos».

Y veía, también, todos esos microcosmos de los primeros y segundos mundos que tanto se compadecían desde su zona de confort de este último mundo de las distopías humanas donde el agua, el pan y la salud está negado, tomando conciencia de que el hombre es tan lábil como su destino y que frente a algunos enemigos de material genético invencible, con la capacidad de mutar en un abrir y cerrar de ojos y alzarse en su bolsa de espanto con la Humanidad en su conjunto, no hay nada que hacer.

Y este es un virus sereno, no es el Ébola de las distopías, por nombrar uno de «alfombra roja». Es un virus mortalmente sereno, cuya ferocidad consiste no en las muertes que causa sino en la velocidad con la que contagia de forma exponencial y sí, cuando abre la caja de Pandora de su letalidad, la muerte también es terrible, porque de los serenos todos dicen: «cuídate de la ira de los mansos».

Es un virus destinado a enseñarle algo al hombre que el hombre olvidó en cada ocasión en que se le intentó enseñar algo, sea mediante una epidemia o una guerra. Olvidó que la humana es una especie frágil, olvidadiza, innecesaria y dañina per sè.

Alguna vez debería aprender que la verdadera distopía no consiste en vivir donde yo he vivido, sino en la zona de confort en la que viven los demás. Esa es la verdadera distopía, la que crea la inopia: olvidarse de todos los prójimos y por sobre todo, olvidarse de que a pesar de ser muy vasto, el barco es uno solo y que, tarde o temprano, el aleteo de la mariposa en la popa, provocará el tsunami que hundirá la nave por la proa.

Gavrí Akhenazi – Israel

Un poema

Isla sitiada

El poema se da lejos del aire,
como una intromisión desde la ausencia
piel abstinente de viejos maleficios,
hiedra final y quemazón de higuera
que un agua sin vigor ha abandonado
sobre las rocas, en la playa isleña.

Un leño inútil que llorando arde
la voz final de su madera intrépida;
un mascarón de proa sin navío
que con manos de sal zurce las velas
y martilla a remaches sobre el casco
las alas de su última quimera.

Llega un momento donde no hay sextante
que acierte con el rumbo y con la estrella
y en el mapa sin dios de lo divino,
se vuelve circular hasta la pena
y tropiezan sangrando viejos pasos
una vez y otra vez contra la piedra.

Ya ves que hasta he perdido los alardes,
y el tesón es un náufrago de niebla.

Me recluyo a mi sangre en mi conmigo
y allí me quedo inmóvil, en alerta.
Siempre llegará un Judas a besarnos
con su beso de víbora en la lengua.

Me recluyo en mi sangre, en mi conmigo,
muralla adentro y en mi propia guerra.

Gavrí Akhenazi – Israel

Poemas escogidos

Asesinando a mi madre

¿Qué había en el dolor?

¿Cuál era el artilugio que te agotaba el gesto de mujer
y te volvía esa muñeca víbora?

A veces me pregunto si
–como la mía–
tu vida no era otra cosa que un reproche agresivo
al que había sellado el desamparo.

El desamor te vuelve impenitente
ya sea porque vas de eterno huérfano
haciendo de mendigo
o porque como yo te ponés ácido
como una cosa a la que ganó el moho
e intoxica a cualquiera que la acerca su lengua
con el raro placer de lo querible.

Heredé esa toxicidad de tus efluvios
y esa toxicidad de tus ausencias
y esa toxicidad de lo irredento
que mastica su mundo de enemigos.
Esa faceta de lo imperdonable
y esa dureza de lo despreciado.

La casta del veneno
que obliga a no querer
a nadie que nos quiera.



De historias para no dormir

Finjamos un crepúsculo. Un aquelarre horrendo
donde el coro se eleve con un salmo de espanto
y les cuelguen los sayos a las voces antiguas
Hermanas Promesantes del Perpetuo Sollozo.

Abramos a dos manos el monasterio pulcro
que erradique la vida de los malos rincones
y atienda al panegírico del dios de los pequeños
urbanitas sociables, serenos en su inopia.

Que canten sus romanzas de pájaros y estrellas
las suaves voces húmedas de las tranquilas madres
que no ven como en ciernes, la niebla se hace muerte
y la costumbre acalla lo que nadie murmura.

Maníaco blasfemo, sepultador de cisnes,
hirsuto animal viejo de lengua con espinas
no me dejas soñar con príncipes ni elfos
licántropo del alma, vampiro de la fe.


Canta el coro y eleva sus tan conspicuas voces
y sus buenas costumbres y su moral prestada
de espaldas al desagüe donde todas las vidas
se van a la cloaca religiosa y oscura.

Pecados pecadores de la verdad del clima
que no llueven tomates ni café ni promesas.
Con los monstruos de mundo, el coro del sollozo
tiene para cantar hasta el fin de los tiempos.

Pero con la verdad que raja la postura
nadie se desayuna con mascarpone y fresas.
Masca Escherichias coli o uranio empobrecido,
indignidad, masacres, hambruna,violaciones.

El mundo desarrolla su farsa circunspecta.
Este demonio calla.
Haya paz en los hombres
de buena voluntad.



Vocación de silencio

Yo me caigo en el arte de caerme
como un fractal oscuro siempre huérfano
o como una ecuación que no responde
al alto resultado del silencio.
Yo me arrodillo a veces, no me caigo,
con la boca en la piel del desencuero
para que uses tu látigo de seda
en la sangre copiosa de mi cuerpo.

Yo a veces me arrodillo y nunca en vano,
porque me da la gana; nunca es miedo
de que un día me escupas en la tumba
o te escapes del piélago violento
en una barca inútil de promesas
con quién no sepa jota de sus remos.

Yo agacho la cabeza si tu mano
escribe en mi cabello un manifiesto
donde el sol se haga frágil como un niño
que cree en las promesas y en lo eterno,
porque apuesta a saber que hay en tu idioma
un río metalúrgico y sediento
del agua de mi espada y la victoria
de nuestro amor es cosa del destiempo.

Y vos, entre la duda y la promesa,
vas de la fruta al jugo o al pelecho
si mi boca reclama, intempestiva,
que por fin fructifiquen los anhelos.

Vos sos esa raíz avariciosa
que sostiene en la tierra todo el huerto
y yo soy ese viento que deslinda
la gran docilidad de los desiertos

y un mar…un mar hecho con diques
con arrecifes, pulpos y alfabetos
en que el coral -en púrpura- madura
y escribe que me encallo en los “te quiero”
con esta vocación por lo inaudible,

como un profundo voto de silencio.


Apúrate mujer, ponte bonita,
no te tiñas el pelo
y trae vino tinto y dos cebollas…
Yo cacé dos conejos.

Editorial

La educación es un arma de guerra

Por Gavrí Akhenazi

Como estamos todos encerrados, con esa frase que empleo como título para esta editorial, comencé la clínica virtual para mis alumnos de la Universidad. La docencia me vuelve un tanto verborrágico…

«Si hay algo que jamás debe detenerse frente a nada es la educación de un pueblo, porque la educación es creadora de pensamiento y el crear pensamiento es el reaseguro que tiene la libertad.

Un pueblo que piensa es un pueblo que se plantea interrogantes, que tiene búsquedas, que analiza, sopesa, reflexiona. Es un pueblo al que no se puede llevar de la nariz, que siempre hará una pregunta incómoda frente a una duda turbia, que desafiará con su afán por las respuestas, a todas las respuestas.

A esta altura de mi vida –y ya pueden ver el estado en qué he quedado así que mi propio estado da fe de que lo que digo es verdad– he visto toda clase de catástrofes y he presenciado todo tipo de epidemias, desde el Ébola hasta el cólera y algunas que ni nombre tenían. Estoy viejo, así que pocas películas de pandemias me impresionan porque las he conocido en primera persona. Solamente puedo decir que «esto es muy raro», porque todos esos interrogantes de los que les hablaba en un comienzo y que nacen a partir de la educación creadora de pensamiento, no me permiten aceptar lo que los medios masivos de comunicación están imponiendo a nivel planetario. Hay virus de tantísima más letalidad que andan sueltos por el mundo sin que nadie les haga sombra ni los encumbre al podio de «gran virus». Virus comunes, que nos encontramos todos los días, como otro tipo de patógenos comunes de alta contagiosidad que andan haciendo estragos en poblaciones vulnerables (el sarampión en el Congo, sin ir más lejos) y nadie cierra sus fronteras por ellos ni se decretan cuarentenas ni se asaltan los shuks ni te aplican multas. Nadie les aplica el rigor de la ley a los «antivacunas» con el riesgo que conlleva a esta altura de la Humanidad, un tipo de conducta semejante.

La sumisión por el miedo es más antigua que el mundo. Si un pueblo tiene miedo, busca un referente, un pater que lo guíe y le diga qué hacer y cómo comportarse. Elige el mesianismo a la razón. No discute, no opina, no se interroga. Olvida otro tipo de cuestiones importantes, porque nada hay más importante para un ser vivo que seguir vivo. El miedo, entonces, produce una parálisis de las ideas reflexivas y aparece el cerebro primario de los animales de sangre caliente, que obedece al alfa de la manada social casi de manera ciega o responde al instinto de conservación y destruye a lo diferente –o civilizadamente asalta el shuk y termina a puñetazos con otro asaltante de shuks por un rollo de papel higiénico–.

Al miedo caliente se opone la reflexión que otorga la educación. Al miedo infundido y fogoneado por el bombardeo de información catastrófica, se opone el orden en las ideas que otorga la educación. El miedo es el opositor primario de la coherencia y de la razonabilidad y en esta clase de situaciones, juega en contra y no a favor de los hombres.

En estas excepcionales condiciones, este miedo que parece ya inyectado a presión por los profetas de la catástrofe, es el arma de alguna guerra que no es epidemiológica aunque la epidemiológica sea su excusa. Tampoco vamos a restarle importancia, que no va por ahí el discurso, sino tratar de darle la que realmente tiene, comparándola con otra serie de cosas iguales o peores y analizando esa particularidad.

El arma que se opone al miedo y con la que contamos para encontrar o al menos intentar encontrar la verdad es la educación, el conocimiento, el pensamiento lógico y sus interrogantes, sus búsquedas, sus cuestionamientos a la obviedad.

Dos armas para la misma incógnita. El hombre, en el medio».

Ahora, hablemos con Nietzsche y con Chomsky.

El brillo en la mirada (séptima entrega) por Eva Lucía Armas & Gavrí Akhenazi

Capítulo 11

Cuerpo y alma

Por Gavrí Akhenazi


Eleuteria, al principio, se puso muy nerviosa, pero después regresó a las cocinas y lo dejó hacer sus caprichos.
Sabía que era inútil metersele en el medio, tratando de modificarle las conductas, porque Daniel se empecinaba en ellas cuanto más otros intentaban torcérselas.

Como todos se habían ido hacía tanto, Eleuteria acomodó los muebles a su gusto, para sentirse cómoda y no fantasma, habitando entre disposiciones de otros.

A él, la disposición de las cosas lo sacó de quicio y estuvo durante días y días yendo y viniendo con jarrones, estatuas y sillas, que no pudo acomodar.

Sumido en un estado de desquicio, por eso de la salida de quicio gracias al desprolijo y absurdo sistema de los objetos en los planos de sol y sombra de la casa, optó por lo más sanitario que encontró.
Sacó todo al patio y le prendió fuego.

Eleuteria, que lo vio a punto de arder el universo de su mundo con una tea, le dio un grito de alto y ofreció una solución casi ideal.

Vio que en los ojos de su niño se encendía una llama extraña, maravillosa.

Durante varios días, todos los pobres de los alrededores se estuvieron llevando las cosas de la casa, transportando aquel mobiliario costosísimo, mientras formaban sobre el horizonte y el atardecer, con tanta portación de cosas, una fantasmal caravana de emigrantes.

La casa quedó tan vacía, que cualquier cosa que habitara en ella además de sus habitantes de carne y hueso, no encontraba dónde meterse.

Eleuteria ya se había acostumbrado a los demás que pululaban tan fantasmales como ella que había sufrido la gracia de conservar los cueros sobre el ánima, por eso el bochinche que hacían al no encontrar sus cosas, no la perturbaba.

A Daniel, en cambio, las voces de las cosas lo ponían de pésimo humor.

Había conservado para sí el dormitorio cerrado.

Eleuteria tuvo que abrirle aquella habitación, porque no consiguió meterlo en otra ni con buenos oficios ni con amenazas. Luego él se mudó.

La habitación era tan austera como una celda de convento, pero se llenaba por la tarde del dulce sol oeste.

Daniel era muy parecido a ese momento. Él mismo era un crepúsculo que se reclinaba pesadamente sobre el aire encerrado, poblándolo con aromas de pasto y de limón.

Mientras pensaba, Eleuteria mojó otra vez el paño en la jofaina y lo extendió, lavando los restos sangrientos que persistían encima de la piel.
Su niño, enmudecido en brazos de un desmayo que no lo abandonaba, respiraba en un hilo. A los pies del camastro, el peón nuevo, que lo había traído hasta la casa cuando lo halló boqueando sobre el polvo, lejos de su caballo espantadizo y en un barro de sangre, esperaba alguna orden de la nana Eleuteria. Pero ella no hablaba. Se limitaba a lavar aquella herida –seguro que un cornazo– imaginando que Dios le guiaba la mano sobre el vientre tenso de su niño.

—Mucha sangre perdió —le dijo el peón nuevo a la nana, por decirle alguna cosa.
Ella lo miró apenas. Después rezó, porque no sabía hacer nada mejor que eso. Rezó y encendió velas y siguió rezando hasta que todas las velas se apagaron.

Así, durante varios días.

El peón nuevo la acompañó como un perro durante todo el tiempo. Fiel como un perro. Callado. Guardián. Veló de noche y de día ante la puerta, combatiendo fantasmas y atendiendo preguntas de los otros peones que intentaban saber qué hacer, ya que el señor no estaba en persona para ordenar el mundo.

Pero el señor no estaba. Se debatía en una rara atmósfera entre fiebre y quebranto, como un reo condenado a muerte al que todos los días le suspenden sentencia y ya no sabe cuál será su último. Había perdido tanta sangre –seguro que por el cornazo– que no resucitaba. A la vida, lo sujetaba un hilo estertoroso de respiración como de fragua, porque así son las fiebres.

Eleuteria quiso saber que había pasado.
Fue un cornazo, seguro, pero no supo más que lo supuesto.

Por las dudas quemó en el mismo hogar del dormitorio las ropas entintadas con la sangre del niño –porque para ella era y sería el niño Daniel– mientras los dientes del frío masticaban los gruesos postigones.

Para ella fue una larga semana, en que se acosumbró a ver llegar la muerte y pararse ante el umbral de la puerta, donde el peón nuevo le echaba unas palabras. Qué le decía, Eleuteria no alcanzaba a oír, pero la muerte hacía un gesto suave y se iba a otra parte.

Los Irala, por lo menos los de la rara rama de Juan Luis, tenían esas cosas de los aparecidos y las voces. Nunca quiso aceptar la nana que Daniel tuviera aquellas partes, aunque siempre lo supo.

Después de muchos días, Daniel abrió los ojos, mucho más negros y más grandes, porque con la fiebre y la hemorragia, la piel le forraba la calavera como una especie de guante magro que destacaba grotescamente las desproporciones entre rasgos.

Eleuteria se apresuró a ofrecerle leche tibia, pero él estaba desconcertado.

—¿Qué me pasó, nana? —preguntó, atónito frente al estado de calamidad en que se despertaba y reconocía.
La nana le explicó lo poco que sabía, intentando a la vez alimentarlo con la leche con miel.

-—Tu peón sí sabe, pero no quiere contarme nada a mí. Alguna cosa mala habrás hecho y por eso… —dijo la nana, señalando la puerta.
—Quiero darle las gracias —dijo Daniel—. Llámalo, nana.

Eleuteria descubrió que en tantos días de compartir el hilo de la vida, nunca le había preguntado al peón desgarbado su nombre.

Como Daniel insistió en que quería agradecerle el salvataje –fue un cornazo, nana, fue un cornazo– ella llamó.

Eustaquio Ocaña giró suavemente la cabeza y saludó a Irala desde lejos.


Capítulo 12

Los secretos ocultos

Por Eva Lucía Armas

Mi madre había encontrado por la mañana el relicario. Muy descuidada yo, había abandonado el trofeo sobre la mesita de junto a mi cama, cuando debí habérmelo colgado del cuello y mantenerlo así a resguardo de todos los ojos indiscretos. Ahora, ella lo sostenía entre sus dedos, a la luz difusa de los ventanales, absorta, contemplándolo como si fuese a ella a la que se le hubiera extraviado la joya.

Era un relicario muy antiguo, de oro, labrado en filigranas maravillosas. Una miniatura costosísima, que el clandestino quizás había recibido de manos de doña Matricia, como prueba de su amor o que se había robado del cuello de ella. Dentro, no tenía ninguna imagen. Sus dos tapas se hallaban vacías o sea que lo que estaba destinado a guardar, no estaba guardado. Lo que me daba a pensar que era más probable el robo que el recuerdo.

Mi madre, sin embargo, parecía pensar otra cosa.

Sus dedos acariciaban los repujados del oro de la tapa como si estuviera leyendo algún mensaje secreto solamente destinado a ella. Los acariciaba y miraba la distancia de los campos hacia el horizonte de pájaros y vacas. No quise interrumpirla así que pasé de puntillas hacia la puerta de salida pero ella, con el oído de un ciervo, me llamó a su lado. Me acerqué, mientras el relicario pendía de la mano de mi madre, recibiendo la luz del sol de la siesta.

—Lo encontré en la enredadera de los Ibarguren… No vaya usted a pensar que lo tomé de otro sitio —me excusé.
-—¿¡Dónde lo hallaste!? —se asombró ella— Oh… Dios mío…entonces…

No dijo más. Ocultó su dolor en un silencio obligado, llevándose mano y relicario hasta los labios como para sellarlos.

—No sabía que era suyo, mamá —murmuré, sin saber qué decir ni qué pensar.
—Lo extravié hace demasiados años… —me dijo ella— Alguien lo robó. Ahora sé quién fue. Tantos años… y se lo habían quitado…

Con un ademán, lo colgó de mi cuello.

Hablaba consigo misma y no conmigo. Reflexionaba sobre los supuestos de su vida, pero no quería la joya. «Prefiero que lo tengas tú…» me dijo sencillamente «Tú lo recuperaste».

Si con recuperarlo se refería a habérmelo traído de la casa de los Ibarguren, ella también había traído cosas de allí. Se había traído a Lumilla, que con la muerte de su ama había quedado desempleada y le había rogado, llorándole por detrás, que no la abandonara a la indigencia. Mi madre, de corazón vulnerable, se hizo cargo de la tragedia de la pobre.

Lumilla era joven y chispeante. Tenía un carácter más saludable que Magnolia, porque no andaba de rezos y admoniciones todo el día. Además, sabía a detalle el romance de su señora lo que la volvía de contar suculento para los ávidos oídos del resto de la servidumbre. Como yo andaba siempre de mezclada entre ellos, aproveché para aprender las cosas que Lumilla contaba y que yo no alcanzaba a imaginar en mis viajes hacia el infinito.

Fue durante el pelado de las papas, que, acosada por Berenice y Camila, Lumilla se puso a narrar la última noche, mientras yo, desde mi rincón de quitarle la vaina a las habas, conseguía estirar mis oídos hasta sus secretos.

Al cabo le dije: «Habla más fuerte que me interesa…» y ella, seguramente por miedo a ser corrida de su nuevo hogar si me desobedecía, comenzó en voz alta su relato.

Todas queríamos saber cómo era el galán en cuestión. Pero la descripción no variaba. Moreno, fuerte, lo de siempre. La casa siempre estaba muy oscura como para que se viera bien o nadie quería ver demasiado y se contentaban con adivinar. ¡Con la falta que me hacían a mis los detalles para entender como se hacían de verdad las cosas!

«A la señora le gustaba que la vieran hacerlo… por eso dejaba la puerta abierta o lo hacían por cualquier lado…» nos contaba Lumilla sin distraer su movimiento de pelar las papas «Chillaba como gata encelada la señora…»
La voz de Lumilla me transportaba a mis propias fantasías. Pobre doña Matricia, si tenía un infierno tan caliente como el mío, por supuesto que necesitaba que alguien se lo enfriara con urgencia. Yo sólo pensaba en Daniel. Ningún hombre me producía lo que él me producía de solamente verlo, de solamente pensarlo. Soñaba en las noches sueños indecentes que me agotaban y me levantaba con un humor pésimo a la mañana. Estaba ansiosa, desasosegada y ya viajar al infinito en mi propia fantasía no me resultaba suficiente. Quería su boca. Quería sus manos. Quería su fuerte olor cálido.

La última noche de doña Matricia fue en la capillita que tenía en su casa. La había mandado construir cuando todavía su amor estaba consagrado a los santos y lo único que le importaba era ser santa a pesar de don Ferdinando. Pero esa noche , no se salvó ni el reclinatorio.

Contaba Lumilla con tantos detalles que a mí me resultaba hasta difícil ubicar los sitios, como el amante, un salvaje de aquellos, hacía aullar a su señora mientras se le metía por detrás y la sacudía como un saco vacío a la vista de todos los santos, mientras ella, su señora, se metía por delante un crucifijo chillando como una chancha, de parados, en el reclinatorio y que sé yo qué más, porque la geografía anatómica se me extraviaba con tanto que jadeaban y gemían los amantes y exclamaban las sirvientas.

«Al menos se murió contenta» comenté al fin, mientras Berenice se servía agua y Camila se apantallaba los calores con ambas manos.

Lumilla era la mejor narradora de relatos que yo había escuchado en mi vida. Nos había transportado hasta tal extremo, que todas habíamos llegado a ser parte de la locura amorosa de doña Matricia como si la hubiéramos visto protagonizándola.

Las habas estaban todas por el suelo. Las papas habían ido a la olla a medio pelarse. El maíz hacía olor a requemado sobre el fuego. Y nosotras cuatro nos mirábamos como que debíamos cada una ir corriendo a buscarnos un cubo de agua fría en el que meternos hasta el cuello.

Josefina irrumpió en nuestra complicidad, haciéndonos notar que todos aspiraban a cenar en la casa.

—Además, tenemos visita, Luisi. Estás al comando de la cena. No haga pasar un papelón a la familia con tus extravagancias culinarias esta vez —dijo y se fue.
—Esta doña se parece a mi doña Matricia…—nos comentó Lumilla— Era así de mandona ella. Todo estaba siempre mal, hasta lo que una hacía siempre bien.

Lo de la visita ya lo sabía. Siempre los novios de mis hermanas, (porque ambos estaban de visita ese día y por eso yo había quedado confinada a la cocina), eran gentilmente convidados a compartir la mesa por mi padre, que insistía en apurar los trámites del casamiento de Josefina, como si su insistencia fuera capaz de adelantar la fecha ya fijada para el principio del invierno.

No sé qué temía tanto mi padre. Si hubiese podido, además de adelantar la fecha también hubiera cosido el vestido más rápido que la tía Felicitas, por más que el pobre Faustino fuera un idiota incapaz de meterle una mano a Josefina ni el día de su boda.

Quizás quería sacársela de encima, para tener un mal carácter menos que aguantar. Pero le hacía deferencias especiales a Faustino, para que el tipo no fuera a arrepentirse y soltar a mi hermana antes de subirla al barco.

Félix, en cambio, se veía tan enamorado y tan apurado, que no necesitaba empujón de nadie. Lo que necesitaba era una buena esclusa que le contuviera tanto torrente amoroso como le profesaba a Cayetana.

—Cuéntanos más… —le dije a Lumilla, mientras por el suelo iba recogiendo habas que meter en la fuente y las otras pelaban bien las papas. Luego le dije a Berenice que se fuera hasta el salón de recibir para ver si estaba solamente Faustino o si Félix también se quedaba al convite. Para el imbécil que se peinaba como si lo hubiese lamido una vaca y que nunca decía que no a las invitaciones de mi padre, yo no preparaba manjares extravagantes. Para mi hermana Cayetana, yo preparaba manjares fabulosos, que hubieran agasajado el paladar de un maharajá, solo para que Félix se sintiera bien apreciado en la familia.

Berenice volvió al rato.
—Hay otro más, niña —me dijo con descuido.

Yo odiaba las visitas.
Con mis futuros cuñados ya tenía confianza, pero con los invitados tenía que comportarme como una damita. Vestirme bien, hablar con recato, lucir con modales y sonreír como lela estúpida. Además, tenía que callarme la boca y no opinar de nada. Estar sentada allí en la mesa, haciendo de figurita.

«Maldición… maldición… maldición…» me enfurecí con el papel y mandé a Berenice a averiguar quién era el inoportuno que desguasaba mi tranquilidad. ¡Y yo que pretendía quedarme toda la noche en las cocinas, oyendo los relatos de Lumilla!

Berenice regresó enseguida.

—No sé quién es… No lo conozco —me dijo.

Había ajusticiado un pavo en el interín de sus idas y venidas, así que alguien había elegido por mí el menú. Lo estampó en medio de la mesa. Camila se apresuró a meterlo en el agua caliente y comenzó el festival de las plumas. Mi madre apareció un rato después. No porque dudara de mi papel como jefa de cocina, sino para permitirme acicalarme.

—Ve a ponerte bonita —me ordenó, sonriente.
—Mamá, no estoy de buen ánimo… Si quisiera usted excusarme, prefiero hoy comer en las cocinas —no agregué «y escuchar los relatos de Lumilla», porque mi madre hubiese dicho que no.
Igualmente dijo que no.
—Ve… Luisina —repitió muy seria ahora e insistió—. Ponte bonita.

Le dije a Lumilla que me acompañara para asistirme. Como no tenía aún un lugar fijo en la casa, ella me siguió. Y nos acomodamos en la habitación, intentado encontrar un vestido acorde, un peinado acorde, un perfume acorde. Ella echaba ropa sobre la cama y yo le advertía «No que es de Bernardina… No que es de Cayetana… Esa no me gusta». Al cabo le pregunté si doña Matricia se desnudaba cuando estaba con su amante.

Lumilla me dijo que sí. Me dijo que él le arrancaba toda la ropa porque le gustaba ella desnuda y que ella lo desnudaba a él también.
Le pregunté que era eso de por detrás y por delante y ella me explicó muy sabihonda de esos temas que por detrás es para no tener niños y por delante es para tenerlos porque «salen por el mismo lugar por donde te los meten». Y yo repetí «Ah… ah…» Y ella me explicó que doña Matricia tenía terror a quedarse preñada, aunque se veía bien que le hacía buena falta una cría. Pero que, me imaginara yo, si la doña se quedaba preñada del moreno, como iba a hacer para explicarle a don Ferdinando que no creía en el Espíritu Santo, que la había embarazado un crucifijo. Aunque no fuera a creer yo que el moreno no se la montaba también hasta hacerla gritar.

Acabó explicándome que las mujeres tenemos muchos orificios para que el varón sea nuestro dueño. Así me explicó que doña Matricia se volvía muy promesante, de rodillas delante del moreno. Le pregunté qué cosa era esa de promesante y como mi madre me llamaba a gritos, decidió que me le explicaría en la próxima ocasión y que «mejor se pone bonita… porque de seguro que le han hallado pretendiente allá abajo».

—La boca se te haga a un lado, Lumilla —le grité.

Lo que me faltaba es que mi padre se pusiera a disponer sobre mi vida, como si yo fuese una sobra en la suya.
Lumilla me dijo que a veces las cosas no son tan terribles como parecen y que debía darle una oportunidad al destino.

La cuestión es que llegué al salón, cuando ya todos estaban sentados y Magnolia comenzaba el servicio alrededor de la mesa.

El invitado era Daniel Irala.

Parecía que lo había arrasado un desastre natural. Estaba pálido, demolido, más delgado que la última vez y su colorcito sabroso de aceituna había desteñido hacia un verde amarillento, propio de un tifoso.
Lo único que no desteñía en Daniel era la oscuridad tersa de su mirada negra. Me sorprendió tanto verlo casi deplorable, que sin saludarlo le pregunté: «¿Y el sarcófago?». Me corregí al instante.

—Perdón… es que lo veo a usted tan… desmejorado…

Mi padre se encargó de explicarme sin dejar que Daniel se explicara, que un toro le había dado una cornada «aquí», (mi padre se señaló el vientre, por debajo de las costillas y antes del cinturón), «cuestión que es de mucho sangrar».

—Pero ya estoy mejor… —acotó el Irala, porque si algo no le ha gustado nunca, es que hablen por él.
—Se ve… —murmuré yo y ocupé mi sitio que algún malhadado había situado justo frente al de Daniel. Por supuesto, Josefina me reprendió hablándome sobre mi poca disciplina, mi falta de urbanidad y mi mal aprendizaje de la buena educación que mis padres trataron de inculcarme. Para ser urbana, cortés y disciplinada le pregunté a Daniel cuando había sido el episodio en cuestión.
—El martes —me respondió Irala. Sus ojos negros, ardientes y serenísimos, se me metieron dentro como el día de la misa.
—No fue un día muy afortunado el martes —dije, haciendo referencia a la muerte de don Ferdinando y su mujer, la santa.

La tía Felicitas lo llevó por el lado de la luna. Según su versión de la desgracia, la luna había influido sobre todos los que se desdicharon el martes. Y agregó: Ni te cases ni te embarques. Y pasó a narrarle a Daniel el fin de los Ibarguren.

Todos, incluyéndome, estaban interesadísimos en Irala. Al fin, el hombre lobo había abandonado la madriguera para dejarse ver y tratar y eso no podía desaprovecharse con silencios en la mesa. Entre la tía Felicitas y mis hermanas, lo atiborraban de preguntas a las que mi padre imponía un cierto coto de modo que Daniel pudiera llevarse un bocado a los labios y no tener que estar toda la cena explicándoles a ellas las estupideces que le preguntaban.

La tía Felicitas le salió enseguida conque «si no supiera que está muerto el difunto, diría que usted es Juan Luis Irala».

Mi madre la amonestó con los ojos. Con los mismos ojos que no le quitaba de encima a Daniel, buscándole alguna cosa que solamente ella conociera y que perteneciera en realidad al otro.

Yo, hacía lo propio. Le miraba las manos, huesudas y secas, heridas por el duro trabajo rural. Le miraba los labios, el mentón, el cuello, las orejas. Los ojos los evitaba porque él se apoderaba de mi mirada al instante como un ave de presa.

Durante la conversación, me enteré que Daniel había rescatado la famosa hipoteca de mi padre y que aquella actitud de presentarse a negociarla, como quién le echa una soga a un ahogado, había fascinado la buena disposición natural que mi padre le profesaba a la gente honrada. Por eso, el Irala estaba sentado ahí, como invitado de honor y mi padre no terminaba nunca de agradecerle aquella oportunidad de recobrarse monetariamente sin perder su patrimonio endeudado por culpa de los Mirándola y su tenebroso banco.

Faustino le habló sobre su caballo. Era un padrillo gris, bellísimo, nervioso y salvaje. Nunca había entendido yo cómo Daniel lo dominaba. Cómo conseguía que esa bestia furiosa se amansara en sus manos y le hiciera los gustos. El caballo era un verdadero demonio, al que no hubiera podido resistir ningún jinete. Al parecer, había sido presa codiciada para varios cazadores, pero ninguno había tenido certidumbre en el lazo, según narraba Faustino que agregó a su disquisición, en un tono casi sentencioso como si velara una amenaza «Es un caballo que no pasa desapercibido, señor Irala…»
Daniel lo había bautizado Fantasma.

Mi padre le dijo entonces algo como que a mí me gustaban mucho los caballos y tenía gran manejo de ellos y que lamentaba mucho que yo no fuera varón, porque así podría delegar muchísimos asuntos para que yo los resolviera, dada mi capacidad, pero «lamentablemente era mujer».
Daniel lo escuchaba atentamente , pero estaba pensando en otra cosa. Conocía yo bien su facilidad para distraerse cuando la conversación no le interesaba.

Como ya íbamos hacia el café, le dije a mi padre si me permitía ver el tan ponderado caballo del señor Irala y agregué «Me acompaña usted, por supuesto, Daniel…»

Cayetana y Félix se vinieron con nosotros hasta la cuadra, pero se quedaron a mitad del recorrido, entre los árboles. No le creí a Cayetana que ella y Félix no se dieran los besos del matrimonio como había querido hacerme creer. Para que querrían atrincherarse allí en lo oscuro, si no para hacer cosas que la luz no permitía.

Daniel, como si tal cosa, me pasó su brazo fuerte por encima de los hombros y me pegó a su cuerpo, para que camináramos abrazados. No era cuestión de estar peleándome con él, después de haberlo extrañado a rabiar, así que le aferré la cintura con mis dos brazos, fuertemente.

—Ayyy… me duele… —gimió— Es verdad lo que te dije de la herida.

Me reí, desprendiéndome del abrazo para abrir el gran portón de la cuadra.
El potro estaba allí.

—Si lo quieres, es tuyo —me dijo Irala.

Deslumbrada y avariciosa, acaricié su morro plateado y sus crines de luna. Era un dibujo de mis fantasías hecho realidad.
Daniel, detenido detrás de mí, me observaba. Consideraba cumplida la etapa de las paces y seguramente ya pergeñaba como continuar adelante, por encima del cadáver de todas sus amantes. Ya, con regalarme el caballo, bastaba para halagar mi vanidad femenina y que, resarcida ya de sus faltas, pudiéramos regresar a andar juntos. Luego, si tenía otro desliz, ya vería la forma de arreglarlo también, porque para los hombres, las flores y las joyas zurcen los corazones. Este se la había jugado por algo más que un ramo de flores. Había apelado a algo que sabía que yo no podía resistir.

Lo miré al fin, con los ojos temblando de agradecimiento.

—¿Qué quieres a cambio? —gestioné.
—Una sonrisa… —me respondió— ¿Sigues tan enojada?.. Te ves más bonita, tan enojada.
—Acaba Irala… qué tu y yo nos conocemos bien… Y tu no das puntada que no lleve hilo… Dime que quieres y abreviamos.
—¿Qué cosa te ha hecho enojar tanto? —me preguntó directamente.
Le expliqué brevemente su romance con la hija del banquero.
—¡Qué cabecita más loca tienes! —exclamó riéndose— ¡Estás celosa, Luisina! ¡Estás celosa de ese papagayo chillador! ¿En qué puede aventajarte? .. En las estupideces que habla, solamente…

Me tomó entre sus brazos y me apretó contra él. Sus manos me revolvieron el cabello, corriendo por el contorno de mi rostro hacia mi nuca, hasta alzar mi boca hacia sus labios que se entreabrieron como a mí me gustaba, listos a envolver los míos en esos besos que me quitaban el buen tino.

El «Luisi… Luisi…» de Cayetana nos obligó a soltarnos como repelidos. Me dediqué a estudiar las formas del potro que Daniel me había obsequiado, mientras él se recostaba contra un puntal, muy pendenciero, sosteniendo el candil, mientras mi hermana y Félix hacían su irrupción en la escena, seguidos de Josefina y Faustino.

Nosotros los miramos con fastidio.

El Fantasma, fue el centro de atención del novio de Josefina.

Se dirigió directamente a donde el mozo de cuadra lo había dejado y se puso a observarlo, como si supiera mucho de todo.

Los ojos de Daniel se le fueron detrás, sin que él se moviera un centímetro. No alteró en nada su posición reclinada ni varió el ángulo con que sostenía el candil para que yo estudiara al potro ni bajó la pierna que había recogido para apoyarse en el puntal, pero el relampagueo en lo profundo de sus tormentas negras me alertó de que la actitud de Faustino lo preocupaba.

—No te vaya a patear… —le dije a mi cuñado— Yo que tú ni me le acerco.
—No hay muchos caballos como este… De hecho, es un pelaje poco común en la zona… —murmuró Faustino. Su voz no me sonó bien en los oídos—. Qué casualidad que sea el suyo…

Daniel no cayó en la obviedad de preguntar ¿por qué?

Hizo como que no escuchaba y reclinó sus ojos encima de mí, que había dejado su regalo para acercarme. Entendí que si él no preguntaba, yo tampoco debía hacerlo.

—Nos vamos… antes de que papá venga con la escopeta a buscarnos—sugirió Cayetana.

Salimos los seis. Ellos adelante y Daniel y yo los últimos, para cerrar la cuadra.

Él, por supuesto, me puso su brazo encima, porque ya me consideraba de su propiedad. En realidad, fue para retrasarnos un poco y distanciarnos de mis hermanas.

—No le hagas caso a Faustino… Está celoso porque siempre él fue el consentido de mi padre y esta noche, lo ha sido tú —le dije, reclinándome en su pecho para escuchar su corazón— Le caes bien a mi papá. El no es tan amable con los desconocidos.

—Tu padre es un buen hombre —me respondió Daniel.