El ensamble narrativo

por Gavrí Akhenazi

Imagen by Raymond Klavis

La trama y las subtramas (la historia tomada en su conjunto):

Trabajo paralelo se denomina al equilibrio entre las subtramas que corren, casualmente, en paralelo. Se da en algunas novelas y en algunos relatos de cierta extensión. Por ejemplo, la historia del protagonista y su antagonista ¿se mantienen equilibradas en cuanto al contenido que va a terminar por incidir en la historia general? Suele suceder que a veces, intentando explicar una trama de base, apelamos a los recursos de la subtrama, de modo que existe un segundo relato que corre al mismo tiempo que el que estamos contando y eso aporta una riqueza especial al argumento, si se trabaja bien y no queda como un momento que resuelve en vacío. Es muy común la introducción de datos que despiertan interés pero que terminan por no decir nada dentro de la historia, porque el autor no consigue resolver la incidencia del paralelo y se quedan ahí, a media agua y entonces uno se pregunta ¿y… con tal cosa qué pasó?

El trabajo de confronte es cuando se plantea el antagonismo entre las situaciones y cómo se maneja la incidencia entre una y otra posición accional. Un protagonista fuerte contra un antagonista con una historia todavía más fuerte que la de base y que termina por llevarse puesto el nudo original, moviéndolo hacia un nudo que no pertenece al planteo, pero que resulta mucho más atractivo por su carga que el de la historia. Eso desbalancea toda la narración, porque crea una seducción y una, llamémosle «simpatía» del lector hacia otra parte que en realidad no pertenece al espacio original de la obra. Para que sea efectivo y nutricio a la trama, debe mantener un equilibrio preciso de secuencias que alimenten el interés por igual y se imbriquen con la historia base de manera aditiva y no sustractiva. Una obra rica en matices trabaja sobre elementos de confronte y desarrolla elementos de paralelismo.

Ambas cosas le quitan planitud y linealidad y definen la potencia narrativa detrás de la idea. Hacen al interés en el desarrollo de los marcos particulares y dan calidad narrativa. Si esas puertas que se abren hacia cofres de tesoros, dejan al lector colgado de un pincel y no llegan a puerto o no se entiende para qué fueron puestas ahí, el desmedro de la calidad es considerable, porque el lector no resuelve satisfactoriamente los porqués.

El riesgo narrativo como variable:

La limitación en los riesgos narrativos se produce cuando el autor ofrece poquito al lector. No toma riesgos, no se implica y busca hacer una trama jugosa. Todo queda ahí, plano, acotado, y el lector se queda con sensación de poco, de que leyó algo mezquino, pobre, primario.

Un escritor debe tomar riesgo narrativo, necesariamente, si quiere obtener un buen producto. Para eso, apela a los items anteriores: enriquece la trama.

La no toma de riesgo narrativo y por ende, la chatura narrativa, es eso: un «hasta ahí», o un «esto lo leí cincuenta veces» o «que aburrido». O sea, la limitación en el riesgo narrativo es directamente proporcional a la pobreza narrativa, porque uno puede estar contando cómo regó el malvón (o sea, la más simple de las anécdotas), pero si la viste con fuerza narrativa, busca resortes que le den suculencia y enjundia, hará un gran relato del riego del malvón. Es una de las características que define el talento: la capacidad de crear riesgo narrativo.

Los personajes comunes (trabajo en trama):

Esquemas de relación y carácter prototípicos: ejemplo: el culebrón. El malo es malérrimo, el bueno, casi llega a la santidad y de tan santo, resulta idiota. El mezquino es hipermezquino y así, lo que define generalmente los estereotipos de personalidad que andan dando vueltas.

Si el autor no es capaz de mover los paradigmas y que el héroe no sea una mezcla de Súperman y Gandhi y el malo no sea la viva reencarnación de Satanás hibrido con Hitler, malo. Los seres humanos no son así. Son luz y sombra y, en general, de acuerdo a cómo sople el viento, más sombra que luz. Entonces, si las relaciones se establecen como en las historias antiguas, los personajes quedan rígidos, como dije: estereotipados. O se pasan de mambo, intentando morigerar la fuerza que el prototipo del folklore literario tiene per sé.

Los prototipos existen en todos los relatos y el juego está en el enroque de esos roles. Un autor que consigue enrocar los prototipos preexistentes y traducirles otros lados que coexisten también, obtendrá personajes creibles y ricos. Y en ese trabajo influye la voz de la que se dota a los personajes y cómo logra el autor que esos personajes se vuelvan reales y cotidianos y no sujetos de historia. Un prototipo no habla como un prototipo porque los seres humanos no hablan como prototipos o como se supone que hablarían. El trabajo de la voz del personaje es fundamental para el movimiento natural del rol. Y además, el desarrollo de las relaciones entre diferentes prototipos, tampoco debe ser una relación estereotipada, sino que apunte al desarrollo de la naturaleza humana como esa naturaleza es, aunque el personaje sea el héroe (figura prototípica por excelencia), demostrar que existen grados en que confluye con el villano (otra figura prototípica por excelencia).

En general, los autores prefieren no trabajar en sus personajes favoritos las zonas oscuras, que por otro lado son las que resultan más ricas emocionalmente. O sea, encuadran y encapsulan a los personajes y los «hacen hablar o actuar» como ellos suponen que ese prototipo actuaría. Cuando se visualiza eso en el trabajo textual, malo, porque se aleja de lo real, donde el blanco y el negro son solamente una posibilidad entre tantas que habilita la gama de los grises. Nadie habla filosofando 24 horas al día, por dar un ejemplo. Y las personas no hablan como si hubieran desayunado escobas y anduvieran tiesas por la vida dando sermones y sin rajarse unas cuantas puteadas.

Entonces, hay que ver cómo se desarrolla el trabajo sobre el prototipo. La literatura no es otra cosa que mímesis. Refleja lo real, incluso si estamos trabajando una distopía, una utopía o un relato convencional. Cómo construye la personalidad cada autor sobre el prototipo de sus personajes, habla mucho de cómo interpreta la realidad del mundo que lo rodea.

Fundamentalmente, prototípicos o atípicos, los personajes deben estar dotados de credibilidad.

Esquema y jerarquía de roles (enfoque de personaje):

Con respecto a la jerarquía de roles, a veces los personajes se van solos (la mayoría de las veces hay que soltarlos para que ellos marquen el rumbo), entonces, el autor empieza planteando un personaje principal y otro secundario cuando comienza a escribir el relato y cuando termina de escribirlo, el personaje principal ha mutado el rol y se ha transformado en el secundario, porque el secundario fue tan poderoso en su construcción que terminó por comerse al principal.

Eso se nota mucho, porque la historia termina desequilibrada y pierde la congruencia de la idea fundante para derivar en una idea aportada por la subtrama, que acaba por reemplazar a la trama principal. La anécdota del secundario es con mucho muy superior a la anécdota del primario, entonces la historia termina por ser una historia que aparece repentinamente y que no estaba en «el original» con el que se comienza la lectura o sea, la propuesta ya no es lo propuesto.

No quiere decir que un antagonista no sea tan rico como un protagonista, sino que los dos, o inclusive contando en el plano secundario a todos los colaterales a los dos principales, marchen en equilibrio y sean concordantes en peso narrativo. Una obra se divide en varias categorías de personajes, pero todos deben funcionar acorde a la idea y conservar sus «espacios de poder» para que la cosa resulte coherente. Si las variaciones de rol no son adecuadamente llevadas, a veces las transformaciones resultan ridículas, porque el trabajo sobre el personaje en ningún momento habilitó a que ese mismo personaje diera un salto cuántico.

Y ni qué decir de la previsibilidad. Eso tampoco resulta bien. Los personajes previsibles son aburridos y terminan por estupidizar la trama. El lector advierte a las cuatro hojas qué puede esperar de ese personaje y hasta se da el lujo de adivinar el final sin haberlo leído. La previsibilidad es todavía más negativa para un personaje y para una obra, que atribuirle repentinamente un salto cuántico. Achata la obra, literalmente. Y es, en el trabajo de los roles, el error más común. Y en el de la trama, el cotidiano.

Un personaje al que no se dota de perspectivas dentro del relato, es eso: chato y previsible. Son personajes no construídos. La perspectiva de un personaje es su entorno y su historia. Todos los personajes tienen una historia previa, no salen de un repollo. Y son sus circunstancias las que deben ser introducidas como elementos arquitectónicos de la personalidad y es la historia la que define en cierto modo la emocionalidad de la que dotamos al personaje. Un relato es como un edificio. No pueden quedar ladrillos sueltos, mal colocados o que haya que devanarse los sesos pensando por qué ese ladrillo está ahí, si no tiene una explicación plausible.

El ensamble:

La obra, como sus personajes, debe estar anudada. No debe necesitar una explicación posterior de tal o cual secuencia, sino que todo debe ensamblar, ya sea porque se matiza, se explica o se perfila, pero la solidez narrativa no se construye sobre el azar. Luego, pueden caber interpretaciones diversas, pero el material a interpretar debe ser ofrecido dentro de la trama, en lo que compete a cada personaje y cómo encajan los diferentes materiales entre sí para que esos personajes a su vez puedan interactuar e interrelacionarse desde la diversidad de sus universos.

Luego, en la resolución de los conflictos, hay que ver cómo se las ingenia el autor para no resultar en un tópico de órdago. Los conflictos en general son universales, pero en la obra atañen particularmente a los diferentes personajes. Entonces ¿qué hace el escritor con ese conflicto universal (la muerte de su perro) aplicado a ese personaje en especial, con esas características de las que lo proveyó y qué riqueza puede obtener de la relación «conflicto universal/psiquis del personaje». En esa relación causa y efecto, se ve la pericia para crear un segundo universo personal para el personaje enfrentado al conflicto. Qué hace el autor con lo que pasa, sería el resumen.

Para todo esto las herramientas con que cuenta el escritor son múltiples y variadas. Entre ellas, el estilo o la voz narrativa. Una buena anécdota y un buen desarrollo comienzan siempre en una buena voz narrativa. Una buena voz narrativa sirve para resolver tanto un conflicto simple (enterró al perro pero lo contó de tal manera que los lectores terminaron llorando) como un conflicto complejo (pagó un viaje a la plataforma interestelar y donó el cadáver del perro al universo). Y las dos cosas, con una buena voz narrativa, resultan igualmente eficaces porque la voz narrativa las vuelve creíbles, ya que ensambló de tal manera las partes que hace posible que el perro sea donado al universo o que el perro sea enterrado en el jardín (hablando de típico y atípico frente al conflicto universal: muerte del perro). Generalmente, eso no sucede. La cosa resulta una lámina de plomo sobre el interés o de tan inverosímil, un cuento de risa.

Pero si la voz narrativa no trabaja sobre la anécdota de manera eficaz, termina por decir al comienzo del relato que la puerta del baño estaba a la derecha y al final del relato la coloca a la izquierda.

Lo más increíble, bien resuelto, se vuelve creíble. Lo más común es que las herramientas sean tan pobres narrativamente y tan llenas de tópicos y estereotipos, que hasta los personajes más creíbles se vuelven increíbles por lo mal desarrollados que están.

La realidad inducida: imagen vs metáfora.

por Gavrí Akhenazi

Hablábamos, no hace mucho, de la percepción que hace lo sensible de aquella realidad que se le ofrece y la forma en que cada óptica procesa esa realidad para luego establecerla por escrito.

La identificación de la realidad tiene dos aristas que podríamos llamar prácticas para el oficio de escribir. O si se quiere, dos herramientas para producir no solo la fotografía de lo real en la mente del lector mediante una descripción, sino, literariamente, la creación de una fotografía a través de las palabras por fuera de lo meramente descriptivo.

Entonces, tenemos dos variables sobre una misma percepción cognoscitiva: la imagen vs. la metáfora.

La imagen, el retrato, como en los haikus. La captura del instante.

La metáfora, una construcción desde lo sensible, que altera la literalidad de los significados para crear con otra semántica, una idea.

En la imagen prevalece lo puntual, con su propio significado, con la valencia real de las palabras dentro de una construcción. Es como una captura de pantalla en la que el instante queda fijo con todos sus componentes inmóviles.

En la metáfora, hay una disgregación de esos componentes y una permutación que permite resemantizarlos sin límite, porque la construcción induce, no produce, una visualización de lo que se describe. Entonces, dentro de una metáfora, una misma imagen recrea infinitos aspectos diferentes de acuerdo a cómo sea su constructo y de acuerdo a cómo el lector interprete esa construcción alternativa.

La metáfora es una recreación disruptiva sobre lo denotativo de una imagen.

Sin embargo, podríamos decir que la imagen también es un proceso literario que requiere de lo connotativo para alcanzar su esplendor, porque, aunque apelemos a la literalidad en la captura del instante, esa literalidad debe estar ajustada a las palabras precisas que no resten sentido sino que acierten con el sentido propio de la imagen que ellas ofrecen como fotografía.

Se trata de un minucioso trabajo de orfebrería, no ya sobre lo creativo, sino sobre lo semántico propiamente dicho. Dar con las palabras exactas. Con esas y no con sucedáneos, forja la imagen.

El español es un idioma especialmente rico para este menester. Cada palabra es un matiz, no un sinónimo. Un matiz es lo que permite definir con precisión el color que daremos a la imagen plasmada.

La metáfora, por el contrario, permite la aplicación imaginativa de la aparente incongruencia, porque se basa en la sustitución de sentido y en la composición de lo abstracto para que pueda verse lo concreto.

La metáfora, a diferencia de la imagen per sé, es un hecho impresionista, en el que el lector es una parte fundamental para el desarrollo de su integración dentro de un texto, porque está en la mente del lector la aplicación de su propia semántica alternativa para llegar a la comprensión de ese hecho connotativo que se le presenta.

La metáfora como entidad literaria se extiende bastante más allá de la mera comparación.

Una metáfora requiere una arquitectura dentro del pensamiento, que ofrezca materiales curiosos y nobles, para que resulte eficaz como instrumento.

Es la creatividad del escritor la que se juega los tantos en esa edificación y en la elección de las palabras –su más preciada herramienta– para que la metáfora cobre el vuelo necesario y resulte no solo posible dentro de la mente del lector, sino que alcance su propia dimensión de hecho literario como tal.  

El impacto de toda obra, además de la idea fundante, está cimentado en el constructo que el escritor consiga hacer de esa idea primaria. La impronta de un escritor la da su manejo en la inducción de la realidad dentro de la obra y cómo trabaja con sus herramientas naturales para obtener una diferencia sustancial.

El trabajo acabado en la reproducción de una imagen ajustando los resortes de su artesanía o el trabajo liberado de la creatividad en la construcción de una idea mediante el uso disruptivo de los significados, hacen a una diferencia esencial entre escritores.

Ambas herramientas, utilizadas con sensibilidad y justeza, suelen encontrarse en textos brillantes que relatan anécdotas nimias, porque en ese trabajo de precisión orfebre es donde realmente se aprecia la fibra natural del escritor detrás de la obra.

Una anécdota excepcional mal trabajada es siempre un fiasco, a diferencia de una anécdota sencilla en la que el escritor emplea justamente lo que lo define por tal: el arte de crear con la palabra una segunda realidad para su lector, utilizando las herramientas propias del hecho literario.