LAS PERSONAS GRAMATICALES EN NARRATIVA

por Gavrí Akhenazi

A grandes rasgos, la utilización de las personas gramaticales en la narrativa está directamente relacionada a cómo se plantea el discurso desde el ámbito de la «voz narradora».

Para el planteo de sus discursos, la «voz narradora» adopta, podría decirse, dos posiciones básicas, que pueden a su vez estar imbricadas o perfectamente distanciadas entre sí.

En la primera posición, se produce una invasión del que refiere el discurso sobre su discurso referido. En la segunda, el discurso de la voz primaria –discurso del que refiere– opta por separarse de la voz secundaria –la que lleva adelante el discurso referido–.

Esta posición ocurre en ausencia de un narrador introductor del discurso de personaje. El narrador deja que solo hable el personaje y no asume en ningún momento la palabra desde un plano de ajenidad a lo dicho o a lo sucedido.

Cuando se presentan dos registros diferentes y claramente diferenciables en el distanciamiento de la voz narrativa con respecto a la voz del personaje, se marcan claramente las fronteras entre ambos discursos.

Esta separación se enfatiza cuando se utiliza notablemente el sello atributivo y se insiste en dar protagonismo a los verba dicendi: dijo/comentó/contestó/repitió. Indica clara o implícitamente la separación de dos voces y cuál es el nivel en que se desarrolla el discurso de una y otra.

Existe una posición especial en la cual el narrador hace suyos los dichos, pensamientos y sentimientos del personaje y los expone, de modo que no hay coexistencia de dos instancias discursivas en un mismo nivel.

Esta variedad aparece cuando la figura del narrador presenta algún grado de contaminación o mimesis con el discurso del personaje.

Podríamos explicar esta variante como un narrador de acciones verbales ajenas o propias que adhiere estrechamente al texto de esa acción verbal sin cederle la palabra al sujeto que la ha ejecutado.

Manteniéndonos dentro del ámbito de la «voz narradora», la distancia o cercanía con lo narrado se manifiesta en el uso que se hace de las personas gramaticales.
Originalmente, se configuraba el uso de la 1ª persona para la narración «autobiográfica» y la 3ª se suponía para toda narración «no autobiográfica».

En realidad, lo que se le plantea al autor no se cimenta en este tipo de paradigmas, sino que sus narradores pueden estar fuera de la historia o presentes en la historia y para estas «presencias» puede incluso apelar a personajes secundarios y no necesariamente protagónicos.

Frente a esta perspectiva, observamos diferentes categorías:

a) El narrador se refiere a sus personajes con pronombres de 3ª persona o por sus nombres
Ejemplo:

«Marcos estaba junto a la ventana, pensativo. Ellos había arribado temprano a la estación […]

b) El narrador opta por el yo. Esto remite a que todo lo dicho es propio a ese narrador en su calidad de tal y solamente cede su posición discursiva frente a otro personaje en uso de la palabra mientras éste se refiere a sí mismo.

Ejemplo:

Me había detenido junto a la ventana y observaba las vías. (yo)
-Todavía es temprano -dijo Marcos- Iré por allí a ver qué está pasando. Debería haber traído abrigo -repitió mientras pensaba «Ya lo dije varias veces durante el camino hacia aquí. Es que el frío me aprieta el esqueleto». (él)


En este caso, Marcos habla de cosas que le competen y el narrador de primera se sitúa en la escena y sitúa al lector también en ella.

Asimismo, en este apartado, encontramos los narradores múltiples que corresponden por separado a diferentes visiones de un mismo hecho y que funcionan como narradores independientes en diferentes secuencias o capítulos, dentro de la misma estructura textual. En un capítulo habla Juan y en el que sigue habla María, pero ambos relatan a su modo la trama general de la historia, desde sus propios puntos de vista y con sus propias vivencias.

c) Una subcategoría de lo anterior es cuando el narrador habla de sí mismo o «se autoapela», utilizando la 2ª persona. Este caso se aplica a los llamados «discursos interiores» que corresponden a diálogos con el consigo o en «flujo de conciencia».

La diferencia con el narrador anterior radica en que el narrador de 1ª se habla a sí mismo como si fuera otra persona o le habla al lector. Un ejemplo práctico de esa apelación al tú es la escritura de una carta en la que el narrador de 1ª relata todas sus peripecias «contándoselas a alguien».

Ejemplos:

A su consigo: «Al final, imbécil, estamos aquí atrapados otra vez y es tu maldita culpa que yo me sienta como se siento ahora». Mientras hablaba, mis ojos en el espejo frente a mi imagen, iban deteriorando su expresión. «Te lo dije. Te lo dije», agregué y me señalé ahí, en esa imagen escuálida en la que me veía. Me repetí: «Te lo dije, idiota, pero nunca me haces caso» y me fui de espejo para dejar de verme.

Epistolar: «¿Sabes? Por aquí está empezando a hacer calor y el viento se ha suavizado. Me gustaría verte, si eso fuera posible».

Al lector: «Como bien habrás advertido, mi querido lector, el narrador de segunda se usa poco porque ya estás viendo que sus posibilidades son complejas y restringidas. Iremos contigo paso a paso y así comprenderás».

d) El narrador se refiere a sí mismo en 3ª persona para luego alternar esta distancia discursiva con la 1ª.

Ejemplo de esto, sería algo como la letra de este tango:

Uno busca lleno de esperanzas
el camino que los sueños
prometieron a sus ansias.
Sabe que la lucha es cruel
y es mucha pero lucha y se desangra
por la fe que lo empecina…
Uno va arrastrándose entre espinas
Y en su afán de dar su amor,
[…]
Si yo tuviera el corazón…
(El corazón que di…)
Si yo pudiera como ayer querer sin presentir…

Las personas gramaticales ofrecen una amplia y rica gama de posibilidades narrativas que alejan a los discursos de los elementos convencionales que les supone la ortodoxia.

Ofrecen un interesante juego de movimiento textual y ayudan a cubrir una paleta de expresividades no convencionales que amenizan y recrean desde diferentes ángulos lo puramente narrativo.

Sin embargo, para que no se produzcan desbalances o quiebres interpretativos, el juego entre las personas gramaticales y los discursos que les competen dentro del entramado de voces generales, debe ser construido con delicadeza, coherencia y eficiencia, para que el resultado no acabe en un galimatías en que los roles discursivos se superponen y confunden con la consecuente dificultad para el lector.

TÉCNICA NARRATIVA

«Creerse el personaje» por Gavrí Akhenazi

Para crear efectivamente un personaje se debe creer en él. Un personaje no es un artificio sino una creencia, una certeza. No es una fabricación, un invento, sino una existencia.

Los personajes están vivos y se comportan como están: de forma viva y no como muñequitos de papel que el autor acomoda según le parece a la funcionalidad que quiere darles.


No se le tuerce el brazo a un personaje. El personaje le tuerce el brazo –o la idea– al autor, cuando logra manifestarse en toda su magnitud y expresarse según él mismo a través de un narrador que lo interpreta, lo secunda, lo avala o lo cuestiona como a alguien –no algo– que se puede tocar y que está ahí, con su propia idiosincrasia y sus propios elementos psicológicos que van apareciendo conforme el personaje se revela al tiempo que se rebela contra las imposiciones que el autor quiere que asuma.


Un personaje realmente creíble empieza por un autor que lo acepta sin condicionarlo, sin imponerle restricciones que son suyas y no del personaje: ese «pudor» que refieren muchos autores a la hora de que su personaje diga realmente lo que debe decir para ser un elemento fidedigno dentro de la narración.


Ya sea que el tipo sea un pobre anodino que no puede quebrar con su estoico anonimato o que sea un héroe inverosímil, el lector creerá en él porque ambos aspectos están desarrollados con la eficacia de la realidad. Lo más increíble se vuelve real si se ha trabajado de tal forma que así lo perciba el receptor del texto. La exageración de rasgos nunca es buena si no está trabajada en un contexto de otros rasgos normales que también adornan la misma psicología como elementos propios de la universalidad.

El lector siempre busca un grado de identificación independientemente de que el personaje con el que intenta eso sea un oficinista o un elfo. Es el personaje y sus características naturales las que consiguen la empatía necesaria que lo vuelva un villano o un campeón en la cabeza del lector.

Depende de la pericia narrativa del autor obtener un buen resultado del poder de sus personajes y para ello, el rango de credibilidad depende del equilibrio que se ponga en la construcción del rasgo. Por eso, para construir un rasgo creíble, debe creerse en él y estar convencido de que ese rasgo puede ser develado de manera efectiva en el desarrollo del plano psicológico más allá de las filias y las fobias del propio autor.


El error común es que el autor ve un personaje, una «creatura», cuando la cosa es justo al revés. El personaje es el narrador que habla sobre ese «creador» de sí mismo que es el personaje.


Muchos autores bisoños aplican a sus personajes características que condigan con la personalidad que le presuponen a su personaje. Si es un tipo valeroso, heroico, será alto, bien puesto y con una nobleza a prueba de tentaciones, porque no hay nada más fácil que estereotipar al personaje sin permitirle su propia humanidad. Es lo que el autor presupone que debe ser y no lo que el personaje «humano» es realmente. Por eso, la deshumanización de los personajes resulta tan notoria y se ve (generalmente en muchas películas) que el compañero del protagónico es un gordito simpaticón y miedoso o un travieso simplón sobre el que el protagónico ejerce un insustancial paternalismo, aunque el autor del libro no los haya descripto de esa manera.

La deshumanización del personaje para transformarlo en una suposición de estereotipo indica que la obra está «escrita» de manera efectista y no efectiva: un entretenimiento que no pasa de eso, pero que no ha requerido de un trabajo autoral real que cree en su personaje con sus propias características imperfectas, las que, al cabo, son las que darán verosimilitud a lo narrado.


Creer en las imperfecciones, en las dudas, en las negligencias y en los egoísmos del personaje es crear un ser humano que represente lo real de una psicología accesible y propia de toda la humanidad.



DESPUÉS DE JOYCE

por Gavrí Akhenazi

Existen dos formas primarias de construir una narración. Hay más, por supuesto, muchas más, pero las dos más básicas, digamos, desde el punto de vista del escritor, son la intelectual y la emocional.

Cuando un escritor encara la intelectual crea una ficción documental, que puede ser como el escritor quiera: filosófica, literaria, histórica, periodística.

Es una ficción investigativa que requiere de un conocimiento profundo sobre aquello de lo que se hablará, aunque sea novelada. Si no, es una chapucería.

Suele suceder con las novelas o las crónicas mal documentadas. Son una chapucería. Compiten con la historia de manera espúrea. O sea, se pueden agregar datos, pero no se pueden falsear los básicos, porque son los que constituyen el fundamento. Hablando de la Toma de la Bastilla, se puede decir que en ese momento había más prisioneros que los cuatro que registra la Historia y que el alcaide Launay tenía puesto un calzoncillo rojo que le zurció la negra Emerenciana y que Necker se torció el pie por el apuro el día en que lo sustituyeron, pero no se puede argumentar que la revuelta fue el 21 de noviembre de 1908.

Por supuesto que si el autor se inclina por una ucronía, el asunto cambia porque en eso se basa el trabajo ucrónico: cambiar la Historia por una historia o sea, hacer ficción por aquello que podría haber pasado pero que nunca ocurrió y sí ocurrió lo que la Historia registra.

La ficción emocional, en cambio, es la narración simple, de historias comunes que no precisan años de bibliotecas y documentos sino de conocimiento humano, comportamiento humano, aplicado a historias humanas de todos los días. Por supuesto que estas segundas pueden tener un marco real, dentro de una época determinada. Pero no son históricas. Están «en contexto».

A veces se puede contar la historia sin hacer Historia.

Antes se decía que una de las premisas básicas de una novela es que tuviera un marco histórico que discurriera a través de un tiempo determinado. Y si bien ya no es exactamente así, el marco histórico resulta en mayor o menor medida, siempre un escenario sobre el que trabajar lo emocional y ya no importa si es o no ficcional ese marco, porque se circunscribe a la descripción de una realidad contextual.

La práctica narrativa ha determinado que los paradigmas se demuelen mediante la creación de otros paradigmas, por eso, la línea histórica propiamente dicha ya no es una premisa fundamental de la novela sino que se ha transformado en un testimonio sociotemporal del momento en el que un autor enmarca lo narrativo emocional.

Repetiré entonces eso que a esta altura es casi un mantra: «Hubo un antes y un después de Joyce».

ARTÍCULOS

EL «NARRAR»

por Gavrí Akhenazi

Los que comienzan a transitar el camino del escritor tienen, cuando se les interroga acerca de sus porqués, un grupo de respuestas generalmente uniformes. Algunos buscan un modo de expresar sus emociones (entonces uno escucha: «escribo mis sentimientos», como si los demás prescindiéramos de ellos al escribir) u otros son decididamente fabricadores de mundos ficcionales porque suponen que el escritor es eso: un ficcionador. Luego hay otros, entre los que me incluyo, que no intentan fabricar nada imaginario, porque piensan que no hay nada más fantástico que la diaria realidad. Por lo tanto, no les interesa crear otros mundos, ya que este que hay tiene material de sobra para todos los gustos.

Lo de crear mundos es algo que ha seducido siempre a los escritores, llegando este hecho a ser considerado como el objeto mismo de la literatura.

Ceñirse estrictamente a los hechos, también tiene su aquel porque los hechos se trabajan a través del prisma de quien los reproduce y por los tanto, siempre existirá un grado más o menos abundante de matiz, otorgado por la visión de quien los relata.

Escritor y escrito, impregnan a los hechos narrados de su propio poder de intervención óptica.

Las cosas escritas suceden «como quien las escribe las ve», de modo que la impronta narrativa es lo que confiere a un texto todos los condimentos necesarios que requiere lo que se recibe como materia prima: «la anécdota».

Muchos escritores no se avienen a abandonar aquello que le da resultado a otros y entonces trabajan en base a la recreación de cuestiones remanidas que otros han escrito con mayor enjundia, de modo que cada autor que se transforma en un apostador al número puesto, pierde la posibilidad de ajustarse a su propia creatividad.

No porque hayan resultado efectivas en otros momentos históricos del hombre, ciertas obras pueden ser traídas en copias al carbón hasta el presente, sin modificar el tiempo de ocurrencia, ya que la historia del hombre es absolutamente dinámica y cada momento de la misma tiene su propia connotación vivencial, aunque los hechos se repitan como una constante de la condición humana. Un ejemplo sería hablar de la Primera Guerra del Golfo como si se tratara de la Primera Guerra Mundial. Hay, entre una y otra, un siglo de cambios en la Humanidad, aunque la Humanidad no sepa cómo no estar en guerra.

Lo que importa, realmente, no es lo que uno escribe -realidad o ficción-, sino cómo lo escribe.

Un escritor debe ser ante todo un explorador de su internalidad y un observador minucioso de su alrededor. Asimismo, resulta fundamental el estar dispuesto a correr cualquier riesgo sin temor a las herramientas que posee para correrlo. También, debe estar consciente de que es mucho más fácil fracasar que conseguir el éxito y debe estar preparado para el rechazo porque en estas cuestiones, la última palabra siempre la tiene el público o sea, el lector.

A mi entender, la diferencia entre escritores la da la capacidad de escribir «peligrosamente» que algunos poseen y a la que otros ni siquiera se animan.

Un escritor, incluso el ficcional, es un testigo, porque el material del que se nutre siempre será su propio proceso de observación y recreación de lo observado. Y lo observado, sobre todo en los tiempos que corren, presenta un profundo grado de inestabilidad y de permanente mutación que deben ser reflejados por la literatura para mantener su propia vigencia.

Las formas que se le impriman a lo narrado, la elección de palabras en la escritura de cada frase, lo deciden todo. El estilo es lo que define al autor y es lo que el autor necesita encontrar para identificarse y a la vez, ser identificado.

Sin embargo, algunos aspirantes a narradores no advierten que lo que resultaba efectivo en otro momento histórico ya no resulta efectivo en este porque viven ya en otro mundo y la realidad ha dado para el hombre una vuelta de campana. Por lo tanto, no pueden aferrarse a esquemas narrativos pertenecientes a siglos anteriores porque las respuestas de los hombres frente a los desafíos de la vida han cambiado sustancialmente. Incluso la emocionalidad ha cambiado y las reacciones frente a un mismo hecho, son completamente diferentes.

En un mundo de redes sociales, donde la emoción se reduce a «emos» y a «gift», resulta un desafío la traducción a palabras de aquella intimidad particular que, en otra época, podía resultar todo un argumento de relato.

La intimidad se halla expuesta a la visión pública, como en un escaparate de feria, de modo que aquello que podía recrearse como la hondura de un personaje, parece ahora flotar en su exhibicionismo como si cada fanpage o cada muro, fueran libros abiertos y expuestos sin el menor cuidado a los ojos de un público al que tampoco le importa demasiado lo que tengamos para decir ya que siempre estará más ocupado enseñando su propio libro.

Aunque el hecho de narrar traspone esa superficialidad, requiere de todos sus elementos intrínsecos para derrotarla y abrirse paso.

Entre esos elementos, siempre estará la calidad que el autor ostente para encontrar la proximidad con el lector.

El ensamble narrativo

por Gavrí Akhenazi

Imagen by Raymond Klavis

La trama y las subtramas (la historia tomada en su conjunto):

Trabajo paralelo se denomina al equilibrio entre las subtramas que corren, casualmente, en paralelo. Se da en algunas novelas y en algunos relatos de cierta extensión. Por ejemplo, la historia del protagonista y su antagonista ¿se mantienen equilibradas en cuanto al contenido que va a terminar por incidir en la historia general? Suele suceder que a veces, intentando explicar una trama de base, apelamos a los recursos de la subtrama, de modo que existe un segundo relato que corre al mismo tiempo que el que estamos contando y eso aporta una riqueza especial al argumento, si se trabaja bien y no queda como un momento que resuelve en vacío. Es muy común la introducción de datos que despiertan interés pero que terminan por no decir nada dentro de la historia, porque el autor no consigue resolver la incidencia del paralelo y se quedan ahí, a media agua y entonces uno se pregunta ¿y… con tal cosa qué pasó?

El trabajo de confronte es cuando se plantea el antagonismo entre las situaciones y cómo se maneja la incidencia entre una y otra posición accional. Un protagonista fuerte contra un antagonista con una historia todavía más fuerte que la de base y que termina por llevarse puesto el nudo original, moviéndolo hacia un nudo que no pertenece al planteo, pero que resulta mucho más atractivo por su carga que el de la historia. Eso desbalancea toda la narración, porque crea una seducción y una, llamémosle «simpatía» del lector hacia otra parte que en realidad no pertenece al espacio original de la obra. Para que sea efectivo y nutricio a la trama, debe mantener un equilibrio preciso de secuencias que alimenten el interés por igual y se imbriquen con la historia base de manera aditiva y no sustractiva. Una obra rica en matices trabaja sobre elementos de confronte y desarrolla elementos de paralelismo.

Ambas cosas le quitan planitud y linealidad y definen la potencia narrativa detrás de la idea. Hacen al interés en el desarrollo de los marcos particulares y dan calidad narrativa. Si esas puertas que se abren hacia cofres de tesoros, dejan al lector colgado de un pincel y no llegan a puerto o no se entiende para qué fueron puestas ahí, el desmedro de la calidad es considerable, porque el lector no resuelve satisfactoriamente los porqués.

El riesgo narrativo como variable:

La limitación en los riesgos narrativos se produce cuando el autor ofrece poquito al lector. No toma riesgos, no se implica y busca hacer una trama jugosa. Todo queda ahí, plano, acotado, y el lector se queda con sensación de poco, de que leyó algo mezquino, pobre, primario.

Un escritor debe tomar riesgo narrativo, necesariamente, si quiere obtener un buen producto. Para eso, apela a los items anteriores: enriquece la trama.

La no toma de riesgo narrativo y por ende, la chatura narrativa, es eso: un «hasta ahí», o un «esto lo leí cincuenta veces» o «que aburrido». O sea, la limitación en el riesgo narrativo es directamente proporcional a la pobreza narrativa, porque uno puede estar contando cómo regó el malvón (o sea, la más simple de las anécdotas), pero si la viste con fuerza narrativa, busca resortes que le den suculencia y enjundia, hará un gran relato del riego del malvón. Es una de las características que define el talento: la capacidad de crear riesgo narrativo.

Los personajes comunes (trabajo en trama):

Esquemas de relación y carácter prototípicos: ejemplo: el culebrón. El malo es malérrimo, el bueno, casi llega a la santidad y de tan santo, resulta idiota. El mezquino es hipermezquino y así, lo que define generalmente los estereotipos de personalidad que andan dando vueltas.

Si el autor no es capaz de mover los paradigmas y que el héroe no sea una mezcla de Súperman y Gandhi y el malo no sea la viva reencarnación de Satanás hibrido con Hitler, malo. Los seres humanos no son así. Son luz y sombra y, en general, de acuerdo a cómo sople el viento, más sombra que luz. Entonces, si las relaciones se establecen como en las historias antiguas, los personajes quedan rígidos, como dije: estereotipados. O se pasan de mambo, intentando morigerar la fuerza que el prototipo del folklore literario tiene per sé.

Los prototipos existen en todos los relatos y el juego está en el enroque de esos roles. Un autor que consigue enrocar los prototipos preexistentes y traducirles otros lados que coexisten también, obtendrá personajes creibles y ricos. Y en ese trabajo influye la voz de la que se dota a los personajes y cómo logra el autor que esos personajes se vuelvan reales y cotidianos y no sujetos de historia. Un prototipo no habla como un prototipo porque los seres humanos no hablan como prototipos o como se supone que hablarían. El trabajo de la voz del personaje es fundamental para el movimiento natural del rol. Y además, el desarrollo de las relaciones entre diferentes prototipos, tampoco debe ser una relación estereotipada, sino que apunte al desarrollo de la naturaleza humana como esa naturaleza es, aunque el personaje sea el héroe (figura prototípica por excelencia), demostrar que existen grados en que confluye con el villano (otra figura prototípica por excelencia).

En general, los autores prefieren no trabajar en sus personajes favoritos las zonas oscuras, que por otro lado son las que resultan más ricas emocionalmente. O sea, encuadran y encapsulan a los personajes y los «hacen hablar o actuar» como ellos suponen que ese prototipo actuaría. Cuando se visualiza eso en el trabajo textual, malo, porque se aleja de lo real, donde el blanco y el negro son solamente una posibilidad entre tantas que habilita la gama de los grises. Nadie habla filosofando 24 horas al día, por dar un ejemplo. Y las personas no hablan como si hubieran desayunado escobas y anduvieran tiesas por la vida dando sermones y sin rajarse unas cuantas puteadas.

Entonces, hay que ver cómo se desarrolla el trabajo sobre el prototipo. La literatura no es otra cosa que mímesis. Refleja lo real, incluso si estamos trabajando una distopía, una utopía o un relato convencional. Cómo construye la personalidad cada autor sobre el prototipo de sus personajes, habla mucho de cómo interpreta la realidad del mundo que lo rodea.

Fundamentalmente, prototípicos o atípicos, los personajes deben estar dotados de credibilidad.

Esquema y jerarquía de roles (enfoque de personaje):

Con respecto a la jerarquía de roles, a veces los personajes se van solos (la mayoría de las veces hay que soltarlos para que ellos marquen el rumbo), entonces, el autor empieza planteando un personaje principal y otro secundario cuando comienza a escribir el relato y cuando termina de escribirlo, el personaje principal ha mutado el rol y se ha transformado en el secundario, porque el secundario fue tan poderoso en su construcción que terminó por comerse al principal.

Eso se nota mucho, porque la historia termina desequilibrada y pierde la congruencia de la idea fundante para derivar en una idea aportada por la subtrama, que acaba por reemplazar a la trama principal. La anécdota del secundario es con mucho muy superior a la anécdota del primario, entonces la historia termina por ser una historia que aparece repentinamente y que no estaba en «el original» con el que se comienza la lectura o sea, la propuesta ya no es lo propuesto.

No quiere decir que un antagonista no sea tan rico como un protagonista, sino que los dos, o inclusive contando en el plano secundario a todos los colaterales a los dos principales, marchen en equilibrio y sean concordantes en peso narrativo. Una obra se divide en varias categorías de personajes, pero todos deben funcionar acorde a la idea y conservar sus «espacios de poder» para que la cosa resulte coherente. Si las variaciones de rol no son adecuadamente llevadas, a veces las transformaciones resultan ridículas, porque el trabajo sobre el personaje en ningún momento habilitó a que ese mismo personaje diera un salto cuántico.

Y ni qué decir de la previsibilidad. Eso tampoco resulta bien. Los personajes previsibles son aburridos y terminan por estupidizar la trama. El lector advierte a las cuatro hojas qué puede esperar de ese personaje y hasta se da el lujo de adivinar el final sin haberlo leído. La previsibilidad es todavía más negativa para un personaje y para una obra, que atribuirle repentinamente un salto cuántico. Achata la obra, literalmente. Y es, en el trabajo de los roles, el error más común. Y en el de la trama, el cotidiano.

Un personaje al que no se dota de perspectivas dentro del relato, es eso: chato y previsible. Son personajes no construídos. La perspectiva de un personaje es su entorno y su historia. Todos los personajes tienen una historia previa, no salen de un repollo. Y son sus circunstancias las que deben ser introducidas como elementos arquitectónicos de la personalidad y es la historia la que define en cierto modo la emocionalidad de la que dotamos al personaje. Un relato es como un edificio. No pueden quedar ladrillos sueltos, mal colocados o que haya que devanarse los sesos pensando por qué ese ladrillo está ahí, si no tiene una explicación plausible.

El ensamble:

La obra, como sus personajes, debe estar anudada. No debe necesitar una explicación posterior de tal o cual secuencia, sino que todo debe ensamblar, ya sea porque se matiza, se explica o se perfila, pero la solidez narrativa no se construye sobre el azar. Luego, pueden caber interpretaciones diversas, pero el material a interpretar debe ser ofrecido dentro de la trama, en lo que compete a cada personaje y cómo encajan los diferentes materiales entre sí para que esos personajes a su vez puedan interactuar e interrelacionarse desde la diversidad de sus universos.

Luego, en la resolución de los conflictos, hay que ver cómo se las ingenia el autor para no resultar en un tópico de órdago. Los conflictos en general son universales, pero en la obra atañen particularmente a los diferentes personajes. Entonces ¿qué hace el escritor con ese conflicto universal (la muerte de su perro) aplicado a ese personaje en especial, con esas características de las que lo proveyó y qué riqueza puede obtener de la relación «conflicto universal/psiquis del personaje». En esa relación causa y efecto, se ve la pericia para crear un segundo universo personal para el personaje enfrentado al conflicto. Qué hace el autor con lo que pasa, sería el resumen.

Para todo esto las herramientas con que cuenta el escritor son múltiples y variadas. Entre ellas, el estilo o la voz narrativa. Una buena anécdota y un buen desarrollo comienzan siempre en una buena voz narrativa. Una buena voz narrativa sirve para resolver tanto un conflicto simple (enterró al perro pero lo contó de tal manera que los lectores terminaron llorando) como un conflicto complejo (pagó un viaje a la plataforma interestelar y donó el cadáver del perro al universo). Y las dos cosas, con una buena voz narrativa, resultan igualmente eficaces porque la voz narrativa las vuelve creíbles, ya que ensambló de tal manera las partes que hace posible que el perro sea donado al universo o que el perro sea enterrado en el jardín (hablando de típico y atípico frente al conflicto universal: muerte del perro). Generalmente, eso no sucede. La cosa resulta una lámina de plomo sobre el interés o de tan inverosímil, un cuento de risa.

Pero si la voz narrativa no trabaja sobre la anécdota de manera eficaz, termina por decir al comienzo del relato que la puerta del baño estaba a la derecha y al final del relato la coloca a la izquierda.

Lo más increíble, bien resuelto, se vuelve creíble. Lo más común es que las herramientas sean tan pobres narrativamente y tan llenas de tópicos y estereotipos, que hasta los personajes más creíbles se vuelven increíbles por lo mal desarrollados que están.

La realidad inducida: imagen vs metáfora.

por Gavrí Akhenazi

Hablábamos, no hace mucho, de la percepción que hace lo sensible de aquella realidad que se le ofrece y la forma en que cada óptica procesa esa realidad para luego establecerla por escrito.

La identificación de la realidad tiene dos aristas que podríamos llamar prácticas para el oficio de escribir. O si se quiere, dos herramientas para producir no solo la fotografía de lo real en la mente del lector mediante una descripción, sino, literariamente, la creación de una fotografía a través de las palabras por fuera de lo meramente descriptivo.

Entonces, tenemos dos variables sobre una misma percepción cognoscitiva: la imagen vs. la metáfora.

La imagen, el retrato, como en los haikus. La captura del instante.

La metáfora, una construcción desde lo sensible, que altera la literalidad de los significados para crear con otra semántica, una idea.

En la imagen prevalece lo puntual, con su propio significado, con la valencia real de las palabras dentro de una construcción. Es como una captura de pantalla en la que el instante queda fijo con todos sus componentes inmóviles.

En la metáfora, hay una disgregación de esos componentes y una permutación que permite resemantizarlos sin límite, porque la construcción induce, no produce, una visualización de lo que se describe. Entonces, dentro de una metáfora, una misma imagen recrea infinitos aspectos diferentes de acuerdo a cómo sea su constructo y de acuerdo a cómo el lector interprete esa construcción alternativa.

La metáfora es una recreación disruptiva sobre lo denotativo de una imagen.

Sin embargo, podríamos decir que la imagen también es un proceso literario que requiere de lo connotativo para alcanzar su esplendor, porque, aunque apelemos a la literalidad en la captura del instante, esa literalidad debe estar ajustada a las palabras precisas que no resten sentido sino que acierten con el sentido propio de la imagen que ellas ofrecen como fotografía.

Se trata de un minucioso trabajo de orfebrería, no ya sobre lo creativo, sino sobre lo semántico propiamente dicho. Dar con las palabras exactas. Con esas y no con sucedáneos, forja la imagen.

El español es un idioma especialmente rico para este menester. Cada palabra es un matiz, no un sinónimo. Un matiz es lo que permite definir con precisión el color que daremos a la imagen plasmada.

La metáfora, por el contrario, permite la aplicación imaginativa de la aparente incongruencia, porque se basa en la sustitución de sentido y en la composición de lo abstracto para que pueda verse lo concreto.

La metáfora, a diferencia de la imagen per sé, es un hecho impresionista, en el que el lector es una parte fundamental para el desarrollo de su integración dentro de un texto, porque está en la mente del lector la aplicación de su propia semántica alternativa para llegar a la comprensión de ese hecho connotativo que se le presenta.

La metáfora como entidad literaria se extiende bastante más allá de la mera comparación.

Una metáfora requiere una arquitectura dentro del pensamiento, que ofrezca materiales curiosos y nobles, para que resulte eficaz como instrumento.

Es la creatividad del escritor la que se juega los tantos en esa edificación y en la elección de las palabras –su más preciada herramienta– para que la metáfora cobre el vuelo necesario y resulte no solo posible dentro de la mente del lector, sino que alcance su propia dimensión de hecho literario como tal.  

El impacto de toda obra, además de la idea fundante, está cimentado en el constructo que el escritor consiga hacer de esa idea primaria. La impronta de un escritor la da su manejo en la inducción de la realidad dentro de la obra y cómo trabaja con sus herramientas naturales para obtener una diferencia sustancial.

El trabajo acabado en la reproducción de una imagen ajustando los resortes de su artesanía o el trabajo liberado de la creatividad en la construcción de una idea mediante el uso disruptivo de los significados, hacen a una diferencia esencial entre escritores.

Ambas herramientas, utilizadas con sensibilidad y justeza, suelen encontrarse en textos brillantes que relatan anécdotas nimias, porque en ese trabajo de precisión orfebre es donde realmente se aprecia la fibra natural del escritor detrás de la obra.

Una anécdota excepcional mal trabajada es siempre un fiasco, a diferencia de una anécdota sencilla en la que el escritor emplea justamente lo que lo define por tal: el arte de crear con la palabra una segunda realidad para su lector, utilizando las herramientas propias del hecho literario.