«Enanos dobles de jardín», relatos breves de Ovidio Moré – Cuba

Manteca y Cocuyo

Cocuyo le dijo a Manteca que subiera a la loma. Manteca subió a la loma. Manteca nunca había subido a la loma, le daba miedo, pero, aun así, subió porque se lo había dicho Cocuyo. Cocuyo no era el jefe de Manteca, sólo era su amigo. Manteca confiaba en Cocuyo porque Cocuyo alumbraba, tenía aquella lucecita fosforescente y verdosa que le transmitía seguridad.  Manteca, en cambio, no tenía luz, era opaca, muy opaca, como las cenizas o el carbón del marabú quemado. Cuando Manteca llegó a la cima de la loma, muerta de miedo y cagada en los pantalones, descubrió que la isla era más grande de lo que le habían dicho. Desde allí arriba se veía el mar anaranjado en toda su plenitud, el horizonte se hacía lejano, y el monte, lleno de guásimas, palmas, jagüeyes, ceibas y ocujes, parecía una mancha verde ante el insólito espejo naranja del agua. Manteca, entonces, se sentó en la hierba y lloró y lloró. Lloraba porque tanta belleza y tanta inmensidad no cabían en sus pupilas. Cocuyo llegó caminando despacito, muy despacito, sin hacer ruido, y con un abrazo luminiscente la abarcó en su totalidad a pesar de que Manteca era gorda gordísima. Y, por primera vez en la vida, Manteca sintió que brillaba con luz propia.


Micaela y Agapito

Agapito tocaba el silbato y Micaela el acordeón. Agapito era fuerte como el ácana y tan alto como una palma real. Micaela era pequeñita y frágil, sin embargo, cargaba con el enorme acordeón como si cargara con un saco lleno de aire. A Agapito parecía que el silbato le pesara en el cuello, caminaba cimbrado hacia adelante arrastrando sus largas patas de flamenco y siempre daba la sensación de estar cansado. Micaela llegaba la primera a la plaza del batey, mucho antes de que saliera el sol, y montaba su carpa y su escenario en menos de lo que cantaba el gallo. Agapito se levantaba tarde y cuando llegaba a la plaza apenas había sitio, y si encontraba cabida era porque él parecía un alfiler. Micaela, apenas aparecían los niños, entonaba canciones alegres e improvisaba décimas sobre los animales del monte y la laguna: que si de la cotorra, de la biajaca, de la jicotea, del jubo o del perro jíbaro, y los niños aplaudían pidiendo más y más. Agapito tocaba el silbato cada vez que un niño corría, reía un poco más alto de lo habitual o se ponía a dar brincos como un chivo, y entonces les gritaba con semblante avinagrado: ¡Muchacho, carijo, quédese quieto y no joda más!. Micaela y Agapito eran hermanos.


Mandinga y Carabalí

Mandinga y Carabalí sólo se tienen el uno al otro. Mandinga es tan viejo como la ceiba del potrero y tiene la cara lisa como una polymita. Carabalí tiene cara de jutía y es mucho más viejo que Mandinga. Mandiga, de tan negro que es, no se ve por la noche, pero si se ríe sus dientes brillan en la oscuridad. Carabalí ya ha perdido todos los dientes y su negritud se está volviendo gris. Mandinga viste como un tocororo, con colores vivos y alegres y se entretiene con los zunzunes, los jubos, las arañas peludas y cuanto bicho hay en el monte, y como es así de “entretenido” y se ríe solo cuando saca las papas, las malangas o las yucas, de los sembrados, le llaman el Bobo de la Yuca.  A Carabalí le gusta vestir de blanco, pero desde que se ha enfermado, prefiere ir desnudo por temor a que el color se enferme con su podredumbre (así llama él a la enfermedad). Mandinga, a pesar de ser “entretenido” cuida de Carabalí: le toma la temperatura con la mano, le baja la fiebre con paños húmedos y le hace tamales, guenguel y majarete con el maíz que él mismo siembra; le espanta los jejenes y las moscas y le da los jarabes en una jícara hecha de güira. Carabalí se lo agradece contándole historias de princesas y guerreros de su África natal. Carabalí y Mandinga habían venido en el mismo barco y los había comprado el mismo amo. Mandinga antes no era así, era inteligente y jacarandoso, pero por romper sin querer una botija en la casa del amo, el amo le pegó tan fuerte en la cabeza que se quedó “entretenido” para siempre. Carabalí le cuidó entonces y se lo trajo a vivir con él a su bajaraque en los lindes del ingenio. Carabalí tenía un bajareque propio porque ya era muy viejo. Y como ahora Mandinga, además de viejo, es “entretenido”, el amo dejó que viviera en el bajaraque de Carabalí. Al ser ambos tan ancianos  no rinden en el cañaveral, por lo tanto ya no han de vivir en los barracones ni ir al corte de caña, pero Mandinga y Carabalí no saben vivir sin hacer nada, por eso la amita Eduvilges, que es una niña muy buena, le había pedido  al amo que dejara que ellos se ocuparan del cuidado de su jardín, el único, en toda la casona, que está plagado de romerillo, mariposas,  varitas de San José, girasoles, siguarayas, coralillo, cundeamor, y de las orquídeas malvas que se alimentan del caigurán. Ahora es Mandinga, como he dicho, el que cuida de Carabalí. Carabalí se ve como un clavel mustio y se entristece, se siente inútil, pero sobre todo, se entristece más, porque sabe que si él se muere, Mandinga se quedará solo, muy solo.


Nadie y Alguien

Nadie no tiene nada y, por no tener, no tiene ni sombra. Alguien tiene mucho y tiene una sombra muy larga. Nadie, aunque se ponga al sol y el sol le ilumine con toda su intensidad, nunca tiene sombra. Alguien, hasta en la oscuridad tiene sombra, o mala sombra, según como se mire. A Nadie no le importa no tener sombra, y no le gusta hacer sombra ni ser la sombra de otro. A Alguien le gusta que su sombra siga creciendo y que cubra la sombra de los demás. Nadie cultiva letras. A veces sus cosechas son tan escasas que apenas puede alimentarse de palabras, pero a él le da igual, sus palabras, aunque estén algo raquíticas y sólo den para una oración, le mantienen vivo. Las cosechas de Alguien, que también cultiva letras, son copiosas y le dan para párrafos y parrafadas, y para mantener inmaculada su obesidad mórbida. A Nadie le gusta cosechar palabras como: blanco, lagartija, espejo o lluvia. A Alguien le gusta cosechar palabras como: oropel, ditirambo, suculento o grandilocuencia. Nadie y Alguien  viven en un pequeño islote dentro de un mar inmenso que a su vez está dentro de un gran océano. Nadie no ocupa casi nada, sólo un cuarto del islote que comparte con los otros. Alguien lo ocupa casi todo: las tres cuartas partes restantes. A Nadie le gusta no ser nadie, y a Alguien le gusta ser alguien, aunque sigue soñando que un día será Dios.

A la espera, por Ovidio Moré

Imagen by Mircea Iancu

Recordé aquella canción, la que ahuyentaba al silencio, al vacío, la que susurrabas inesperadamente mientras la banalidad anegaba la casa y mis palabras se escondían en los rincones de la alacena.

Recordé tu tibia música, el fulgor que brotaba fundiéndose en el cristal de la ventana.

Recordé tu sonrisa mezclada en el susurro y al susurro mientras sonreías.

Toda la arquitectura del silencio caía derribada por tu voz apenas audible, pero que, como un disparo, fulminaba tanto gris, tanta mediocridad, tanta melancolía… Y la casa se llenaba de alegres trinos, de avecillas iridiscentes posándose en cada resquicio, en cada oquedad, en cada poro de mi piel. Entonces la soledad también huía aterrorizada por los sumideros, y sus alaridos se dejaban oír en las cañerías. Y las palabras bajaban a la hoja y danzaban desenfrenadamente con sus piececitos manchados de tinta dejando un reguero de versos estampados en lo blanco del papel.

 Recordé aquella canción y yo también la susurré. La susurré al oído de la casa, al cuerpo del espejo, al  pubis de las sábanas… Pero el color seguía siendo el mismo, un gris apagado, yerto; el silencio continuaba y a cada paso eran más espeso, como un muro pétreo e insalvable. El vacío se arremolinaba en el interior de mi cuerpo, viajaba por mi sangre dejando un frío riachuelo de temor serpenteando por las venas. Y la soledad, esa dama soberbia y omnipresente, se paseaba desnuda por cada habitación. Por más que lo intenté no pude. Mi susurro era anodino, insípido, la casa no era capaz de encontrarle el sabor a mi canto. Las palabras volvieron a refugiarse tras el frío de la porcelana y es por tu ausencia. Y aquí estoy, a la espera. En tu espera.

Ovidio Moré

Imagen by Anna Larin

A lo Quevedo

Hoy vengo antigongorino
pues me siento un quevediano
con el azote en la mano
a flagelar con buen tino.
Como un Lope hilando fino,
o como el docto Boscán
haré con mis versos pan
en el horno del sarcasmo
para tener un orgasmo
de sapiencia o lo Gracián.


No soy yo el que alardea
de rimar trabucaciones,
pues estas deposiciones
siempre acaban en diarrea.
Te agravan la cefalea,
la mollera se te empacha,
confundes la “Cucaracha”
con una danza zulú
y quedas como un sijú
en una oscura covacha.
 
Tres tigres en un trigal,
tristes a más no poder,
tristeza, tristona, ser,
tristotecnia intestinal.
Ya ves, yo puedo “ri-mal”
y meter con calzador:
anfíbraco, inquisidor,
trocaico, limbo, espondeo,
alambique, camafeo,
oligarca, pundonor.
 
Y puedo seguir así
rimando como un bellaco
sin que sea un caricato
ni pierda mi pedigrí.
 A mí me dijo Martí:
“Sé culto para ser libre”
y un poeta de calibre
un día puede que seas;
es necesario que leas
y todo en tu pecho vibre.
 
Aprendí a domar el verso
con la métrica y la rima,
y a acentuar, que legitima
que el ritmo no sea disperso.
El poema queda terso
cuando aplicas lo aprendido,
pues todo lo que has leído
de Quilis, Tomás y Bello
es el quilate, el destello,
que luce el verso pulido.
 
Si no hay métrica o sintaxis,
ni “acentos” ni ortografía,
ni imagen ni alegoría,
ni metáforas ni praxis;
si no haces profilaxis:
no limpias de polvo y paja,
ni le quitas la mortaja
al pobre verso estertóreo,
sólo será un incorpóreo
cadáver en una caja.

Tener léxico te ayuda,
es signo de inteligencia;
también saber cuál licencia
has de usar ante una duda.
Pero abusar sólo engruda
y logras un gran pastiche
que ni mojado en ceviche
habrá quien pueda tragar
porque esto suele acabar
en un tremebundo enchiche.

Y a mi prima la semántica
la dejaste patitiesa;
en el desencanto y lesa
como heroína romántica.
La poiesis nigromántica
que te has sacado del gorro,
es vetusta como el Morro,
y es tanto y tanto estropicio
que ni un nuevo frontispicio
arregla este chorroborro.
 
“Ya que coplas componeis”
y hasta públicas las haces...
¿nos es hora que las amases
con tino…., o no sabéis?
La monorrima que hacéis
sin métrica ni cordura,
es safia literatura
y sólo leerla prueba
que la llevaba el “Esgueva”
en “gongorina” andadura.


Y creo que hay buena fe
en tus remedos atroces,
y también que hay ciertas voces
que te encienden el quinqué.
Dicen saber el por qué
escribes estos panfletos
que son intrincados setos
que esa “voz” viste de flores
rindiéndoles mil honores
a lo que son esqueletos.
 
Yo no juzgo a la persona,
estoy juzgando al poeta
de poiesis incompleta
y de atrofiado genoma.
No pretendo que un axioma
sea esta exposición,
tampoco una expiación
de mis pecados veniales,
son sólo ciertos retales
de inane improvisación.

Yo sólo espero, Florindo,
que te vaya todo bien;
no hay maldad, lo juro. Cien
achés con la paz te brindo.
Tú piensas que escribes lindo;
yo entiendo que escribes mal.
La antonimia es abismal,
pero si tú eres feliz,
siguiendo esa directriz,
lo afirmo, lo soy igual.


Ovidio Moré – Cuba

Imagen by Lorri Lang

Azúcar para crecer

Nacer en una isla tiene sus consecuencias. Y nacer en una isla bloqueada, aún más. Nacer en una isla bloqueada que dice que está construyendo el Edén definitivo, es vivir en las proximidades del infierno. Nacer para vivir cerca del infierno en una isla bloqueada que por su situación geográfica es el infierno mismo, no es vivir, es sobrevivir. Nacer en un pueblucho de esa isla y vivir toda tu infancia, adolescencia y juventud en ese “culo del mundo” es ser un zombi. Un zombi siempre hambriento. Agapito Elizondo, nacido en Naranjos, provincia de Guásima, y en la Isla, lo sabía bien. Agapito Elizondo, aún así: famélico y quijotesco, fue un niño casi feliz.  Agapito Elizondo habiendo nacido rodeado de agua, sin contacto ninguno con el exterior; bloqueado y con hambre como un zombi, fue un niño casi feliz.  Y es que “los niños son las esperanza del mundo, los niños nacen para ser felices”, decía aquel gran y sabio hombre, el del anillo de acero,  y Agapito lo sabía, y era casi feliz,  pero tenía hambre. ¿Y qué esperanza hay para un niño casi feliz y con hambre en una isla bloqueada que no llega a construir nunca el paraíso, y siempre, pero siempre, está a las puertas del infierno? Pues, la verdad, poca.

 
Ah, pobre Agapito Elizondo, ahí está, en Naranjos, descalzo, flaco y lleno de parásitos, correteando por el patio de su abuela, jugando a Los Mosqueteros. Pero no sólo le gusta el juego a Agapito, también le gustan los libros y hasta le gusta dibujar monigotes y flores y los bichos del patio. Su abuela dice que tiene talento, y él, Agapito, no sabe qué significa esa palabra, pero debe ser algo bueno si lo dice la abuela. La abuela siempre dices cosas bonitas, y cuenta historias de países perdidos y de seres estrafalarios, que luego él supo, cuando fue un poquito mayor y comenzó la escuela,  se llamaban seres mitológicos… ¡Qué palabra tan linda!  se dijo Agapito. ¡Mitológico! Fíjate tú, rimaba con zoológico y con biológico y con lógico! ¡lógicamente…! jajajaja…. Así se reía Agapito en medio del patio. Luego se quedaba meditabundo e imaginando. Imaginaba que un día viajaría a Grecia y a Roma para conocer a los centauros, los tritones, las arpías, las ninfas, los colosos, los faunos, etc… A Tenochtitlan o Teotihuacán; a Machu Pichu o el Cuzco… Y podría ver de cerca, y quizás  hasta tocar, a la gran serpiente emplumada Quetzalcoatl. Qué inocente era Agapito, aún no sabía que de la Isla no había escapatoria alguna. Sólo siendo un ser mitológico, como un pegaso, por ejemplo, podría salir volando de aquel terruño tan verde, tan lindo, tan largo, tan cálido, pero a la vez tan, pero tan jaula. No obstante a Agapito le gustaban también mucho los mitos de su isla: los de los aborígenes y los de los africanos, y por temporadas olvidaba sus planes de periplos por la antiquísima Europa. Un día se casaba con aquella hermosa taína y bajaba en canoa el Cauto y conocía a Aipirí, la muchacha que se convertía en tatagua, y otro luchaba al lado del fiero Shangó y repartían la justicia por los montes y sabanas. Bueno, esto último lo logró, Agapito estuvo en las arcillosas tierras de donde vinieron los Orishas, y, como Shangó, llegó a ser un guerrero de verdad.

Sí, Agapito era un niño con mucha imaginación, con muchas sueños, con muchas carencias y con mucha hambre. Hambre de todo: de comida, de conocimientos, de cultura… Pero ya lo hemos dicho, aún así, era casi feliz. Agapito tenía madre, padre, abuelos y hermanos. Agapito tenía libros y libretas y lápices de colores. Agapito tenía un patio grande con árboles frutales. Agapito tenía una niñez. Sólo le faltaba poder viajar hasta el horizonte y sobre los mares y sobre las montañas y por los cielos. Y le faltaba estatura, Agapito era pequeño y raquítico, siempre el más pequeño de entre los amigos de la clase, del barrio o del pueblo. Agapito quería crecer. Agapito quería crecer y tener alas. Agapito quería crecer, tener alas y ser libre. Agapito quería ser alto, grande, enorme, gigante, imponente… Agapito no quería ser pequeño, enano, microscópico, insignificante… Agapito quería ser un niño sapiente y grande, dibujante y grande, lector y grande, cuentero y grande, rimador y grande… Sí, sí, rimador… también rimador, porque Agapito un día descubrió la poesía y Agapito entonces quería crecer y escribir versos, crecer y dibujar lo que decían sus versos (o viseversa) y crecer y crecer y crecer como el aguacatero del patio o la mata de mamoncillos, tal alta, tan frondosa, que daba tantos pero tantos frutos… Agapito quería dar muchos mamoncillos, o sea, muchos frutos. ¡Ah Agapito, pobre e iluso Agapito! Agapito se olvidaba del talento, esa bonita palabra de la que hablaba la abuela.  Y es que Agapito no entendía que el hecho de tener vocación por algo, o por hacer algo con todas tus ganas y con lo que te sentías tan, pero tan bien, algo que era puro gozo, que te producía tanta felicidad, no era sinónimo de tener talento. Su abuela se equivocaba, pero Agapito aún no lo sabía y, para cuando lo supo, ya era demasiado tarde, Agapito ya peinaba canas  (bueno esto es sólo una expresión, porque era alopécico perdido), para cuando lo supo ya era un hombre maduro llegando a lo podrido y había perdido toda la dentadura de tanto comer azúcar o, como decían en la Isla, de tanto “comer mierda”. Aunque la verdad era que sí, Agapito, de verdad, de verdad de la buena, comía mucha azúcar, comía mucha azúcar para crecer.


Cuando Agapito tenía como cuatro o cinco años, en la televisión ponía un spot que rezaba así:

¡AZÚCAR PARA CRECER! 

Y Agapito, que ya comía azúcar para saciar el hambre fisiológica, ya fuera a puñados, disuelta en agua o con gofio, se lo tomó a pies juntillas y aumentó su dosis de azúcar diária; él quería crecer, ya lo saben. Si lo decían en la televisión de la Isla tenía que ser verdad ¿no?. Claro, lo del “azúcar para crecer” era para crecer la economía, pues era el primer renglón económico de la Isla, pero la mente infantil de Agapito no lo lo entendió así, a pesar de que en las imágenes salían plantaciones de caña y macheteros y alzadoras y cosechadoras. No, no lo entendió. Y Agapito no creció, tampoco lo hizo la economía, ambos siguieron iguales, iguales que como estaban, o quizás hasta peores, porque Agapito carió todos su dientes, y la economía… bueno, esa también se carió de mala, de malísima manera.

Y ahí tenemos de nuevo a Agapito, sin crecer, con los dientes cariados, con la piel pegada a los huesos, con la barriga hinchada y con una Tenia más grande que Agapito. Y ahí tenemos a Agapito algo tristón, meditabundo, ojeroso, dibujando sus garabatos, escribiendo sus rimas, sus cuentos de brujas y submarinos y leyendo a Verne y a Salgari. Y, por eso, era casi feliz. Y un día, sin que él mismo se diera cuenta, había crecido un poquito, nada,  había alcanzado una estatura normalita, ni fú ni fá, pero ya no estaba enanoide. Y le salió la pelusilla del bigote y, junto con ella los primeros pendejos, y Agapito se alegró, pero no tanto, porque su miembro viril tampoco es que se hubiera desarrollado mucho, aunque ya podía lucir, sin complejos, aquella rala pendejera y el badajo asomando coqueto entre ella. Y Agapito empezó a sentir cosquilleos y cosas inexplicables allí, en su entrepierna, a excitarse cuando alguna muchacha le enseñaba más de lo permitido, y comenzó a enamorarse de aquellas muchachas voluptuosas. Y mientras más se enamoraba más leía, y mientras más se masturbaba más dibujaba, y mientras más sueños eróticos tenía más escribía. Y descubrió que tanto el amor como el arte eran su fuente de placer. Que en la creación artística había un componente sexual inigualable.


Y cuando con dieciséis años Agapito hizo el amor por primera vez con Mirna, aquella muchacha achocolatada salida de un lienzo de Rembrandt, Agapito sintió que había pintado un cuadro, Agapito sintió que había escrito una novela, Agapito sintió que había escrito el mejor verso de todos los que había escrito hasta el momento. Por eso, Agapito, hoy, alopécico, gordo y sin dientes, cuando dibuja, escribe o lee es como si estuviera singando con su mujer y tuviera un orgasmo superlativo, y viceversa, cuando está haciéndole el amor a su mujer es como si estuviera pintando un cuadro o escribiendo una novela. Sí, porque Agapito, a pesar de todos los pesares, se casó, a pesar de todos los pesares engendró hijos,  a pesar de todos los pesares un día, aunque no creció, se metamorfoseó en un pegaso y surcó el cielo y recorrió la antiquísima Europa, y lloró en la tumba de Rafael, y el corazón se le salió por la boca en el Coliseo Romano y en la Capilla Sixtina, y conoció a los centauros y a lo faunos y a las ninfas y y y y y y y …. y hasta conoció, de tú a tú, a la Gioconda, a la Maja desnuda y a las Tres Gracias de Rubens, estas últimas tan sensuales y voluptuosas; mayestáticas y ampulosas como la mulata Mirna.

Y Agapito fue padre varias veces, y Agapito sintió que no había dicha como aquella, y Agapito era el hombre más afortunado de la galaxia, y Agapito era padre y escribía, y Agapito era padre y dibujaba, y Agapito era padre y leía, leía, leía y leía mucho, tanto, pero tanto, que llenó su casa de libros. Y Agapito era esposo y amaba, y Agapito era esposo y lloraba, y Agapito era esposo y sentía en su interior algo que las palabras seguro, pero seguro que pueden explicar, pero él no las hallaba para explicarlo. Pero, aún así, Agapito, también, en su interior, tenía un agujero negro de añoranza y morriña. Y Agapito se dio cuenta que volvía a ser casi feliz. Se percató que la felicidad es una quimera que nunca se puede alcanzar del todo. Por más azúcar que comiera para crecer, la vida, tiene su punto de amargor y no hay quien se lo quite.


Y Agapito aunque no creció ni crece físicamente (sigue con su mediana estatura), creció de otra manera mágica, de otra manera que no hace falta explicar. Agapito creció de la única manera en la que puede crecer un hombre Odiseo, un hombre Ícaro, un hombre Juan Candela, un hombre Odilon, un hombre Martí, un hombre. Y, no obstante, sigue comiendo azúcar, pero ahora de remolacha. Es otra azúcar para crecer, otra azúcar con la que escribe, con la que dibuja, con la que ama, y no es una azúcar mejor ni peor, es otra azúcar, y Agapito sigue siendo casi feliz, porque ahora las carencias son otras, son del alma. Ahora Agapito tiene allá, en la Isla, una parte de su corazón zozobrando. Allí quedaron sus padres, sus abuelos, sus hermanos, sus sobrinos, sus amigos, sus colores, sus palabras autóctonas; quedaron la mata de mamoncillos, el aguacatero, lo bichos del patio y su niñez. Y ahora Agapito tiene síndrome de Estocolmo, ahora Agapito añora la Jaula, esa jaula tan verde, tan cálida, tan linda, tan larga, y con tanto sabor al azúcar de caña, al azúcar para crecer con la que no creció, pero con la que Agapito era casi feliz como lo es ahora. Y es que del azúcar y de la Isla, no hay quien escape.

La pasión triste: un libro de Gavrí Akhenazi

Por Ovidio Moré

Dibujo de Ovidio Moré

Nada diferencia a la concepción literaria de la concepción plástica, el proceso creativo es idéntico. En el primer caso, el creador, dibuja imágenes con palabras, en el segundo, crea las palabras con las imágenes. El dibujo, el óleo, o la acuarela, pueden ofrecer un discurso poético, de la misma forma que el poema o la prosa pueden ofrecer un discurso pictórico. En resumidas cuentas, estamos hablando de arte, independientemente de cómo se manifiesta.

Pero yendo más allá, cuando ambas son leídas o visionadas por estos artistas (pintor o narrador o viceversa) da pie a inspiraciones mutuas: un poema o una narración puede inspirar una obra plástica, y una obra plástica puede inspirar una obra literaria.

Y eso es lo que me ha pasado a mí con la lectura del último libro de Gavrí Akhenazi, que me ha inspirado el siguiente dibujo  y, a su vez el dibujo ha dado pie al texto que sigue a continuación.

A propósito de la pasión triste de Gavrí Akhenazi

En tu cabeza habita el pájaro hambriento de ojo insomne, y llueve en las sombras de tu rostro, pero llueve de manera diferente a como llueve en el amarillo del día y en el negro de la noche.

Te alzas desde el gris, como un reloj de arena que se nutre del agua viva de tus lágrimas, en una desmedida ambición de ser clepsidra.

Tus lágrimas anegan el pecho, inconmensurable mar azul donde navega el corazón atravesado por la punzante flor de la pasión, de la pasión triste, la que duele lo que SÍ está escrito. Es el mismo corazón que vive, late y sangra versos que se vuelven ave: Cisne intrépido a la conquista de nuevas constelaciones, que son como circuitos eléctricos que han de dar luz al lucernario que te habita y que añoras.

Y en esos amarillos días en que la sangre cae gota a gota, la esperanza (inmensa neurona verde y espinosa a la que siempre perseguimos) te persigue, va a tu espalda porque eres como ese Cristo redentor dolido y lacerado el que refuerza su piel de aleaciones de plata y acero, para que ni la bala perdida de plomo ni la bala de la desidia del mundo, encuentren carne en la que echar raíces, justo allí, donde tu ala de pájaro de barro quedó trunca.

Pero siempre regresas del horror y renaces del gris, siempre. Y el pájaro roto de barro se hace hombre que ama, sueña y escribe. Porque el amor y la letra son el mejor ungüento contra la soledad, el horror y el olvido.

La literatura de Gavrí Akhenazi, de La pasión triste, es una literatura visceral y auténtica. Prosa poética donde las haya, exuda un exquisito lenguaje metafórico que no deja indiferente, al tiempo que se revela como lenguaje testimonial único. Cuando lees a Gavrí, la empatía y la sinergia te atrapan, ahí quedas en simbiosis con la escritura y con un mundo vivencial pletórico de emociones desgarradoras, donde el amor y el  “horror” van de la mano, formando parte de la cotidianidad del hombre-guerrero-cooperante-escritor, que viste de belleza el encanto en una catarsis continua para poder sobrevivir.

Entre cartas y epitafios te sumerges en una obra literaria de una calidad y riqueza verbal inigualables.

Os la recomiendo de todo corazón, porque esto es literatura de muchos quilates.

Ovidio Moré – Cuba

Unidad y lucha de contrarios

Sé que acabaré perdiendo la batalla. Mi cuerpo se convierte en historia, pero esa luz que se posa en la ventana y que, tímidamente, como un gorrión asustado, baja a comer de mi mano, me dice lo contrario.

Sé que esta desnudez de blandas carnes, de corazones mostrando sus arterias, de jadeos, de telúricas pasiones y de desayunos en la cama, no es apta para cardiacos; y sé que tu desnudez sigue avivando mis más “bajos instintos” ajena a mis sístoles y a mis diástoles.

Sé que a veces la rutina y el tedio atacan y acorralan en la trinchera a lo novedoso, a lo lúdico y a lo fantasioso; que tu fuerza es inversamente proporcional a mi debilidad y que, como los polos opuestos del imán, nos atraemos.

Sé que el amor, según dicen los sabios poetas, las pitonisas, las cartománticas y hasta los ángeles, dura más allá de la muerte. Sin embargo, yo sólo quiero amarte en vida, a no ser que en la nada, en nuestro regreso al polvo, convertidos en esas mínimas y atómicas partículas, podamos gozar del sexo y del deseo, o yo pueda disfrutar de la fugacidad de mi beso en tu frente, de la insistencia de mis dedos entre tus rizos.

Sé que esta música que ahora desgarro, que ahora sentencio, que ahora visto como una segunda piel, está en lucha continua con tus silencios, con esos estados callados de ausencia según Benedetti, con esa estática de tu pose en medio de la cocina.

Sé que vives para modelar cada día el barro, para cincelar el mármol, para esculpir en alabastro estas ansias que nos unen, estas pieles que nos funden. Y lo sé por la sencilla razón de que yo muero por ello.

Acerca de Ovidio Moré

El mundo, el demonio y la carne, por Ovidio Moré

Yo tengo
algo de Satán, y de algoritmo,
de matemático ente endemoniado,
de poros que destilan un azufre
inocuo y, a la vez, algo perverso.

Tengo
algo de ángel caído, de Ícaro desnudo,
de corazón que late bajo hojas de yagruma,
pero en el fondo, muy a mi pesar,
sólo soy hojarasca voluble.
Irrisorio neonato, blanda carne,
romántico héroe.

Tengo
algo del músculo de la tierra,
de la arcilla cocida del alfarero:
pájaro sediento en su nido,
pájaro de barro (bestia taciturna,
poética bestia
perdida en los pliegues
de la noche incandescente).
Ave pétrea en la rama
de un árbol bicéfalo y triste.
Así me veo,
como en un evangelio apócrifo,
donde los milagros se concretan a golpe de pluma,
a golpe de tinta, a penitencia del verbo,
a silicio de la metáfora.

Tengo
de la carne de la isla, que es madre
y atalaya donde otear el horizonte
de aquel otro mundo arcaico
que ahora quiere retoñar
de entre las cenizas y desde las naves quemadas.

Tengo
del ciclón que silba y saca sus pezuñas
arañando el agua, y luego llora sus lágrimas
de verde cocodrilo.
De esa carne, tengo.
Acaso he de sobrevolar esa galaxia imberbe
que saca sus colores de mundo nuevo,
de estrella recién creada;
acaso he de vestir sobre mis hombros
otra piel de león de Nemea,
ahora, justo ahora, que Oshun
ha llenado de miel las jícaras
y Obatalá pinta de blanco
con cal viva cada rincón,
cada estancia, cada arteria…
Y el hacedor de los caminos,
el inquieto Eleguá,
limpia de marabú y de guao
el sendero que ha de conducirme
al último grito, al último suspiro.

Acaso no soy yo mi propio demonio.
Acaso cada hombre no es un mundo.

Todos tenemos nuestro infierno cotidiano,
el paraíso no estaba a la vuelta de la esquina.
Se equivocaba Vargas Llosa,
el paraíso estaba en mi única neurona,
y hace tiempo,
mucho, pero mucho tiempo,
que celebré sus exequias.

Acerca de Ovidio Moré

Ovidio Moré – Cuba

De mis errores

Me gustan mis errores, no quiero renunciar a la libertad deliciosa de equivocarme.
Charles Chaplin

Me equivoco a conciencia muchas veces,
no me importa mostrarme equivocado,
no nací siendo un ente iluminado:
fui borrego en rebaño de mil reses.

Me arrepiento de algunas idioteces,
porque vi que quedé bien retratado
como el tonto del bote y esquilmado
por meter la nariz en otras mieses.

El consejo de Chaplin yo lo asumo,
a mí también me gustan mis errores
porque aprendo de ellos y me crezco.

Me la suda el pastiche con su grumo,
me han tirado otras cosas aun peores
y aquí sigo, tan pancho y más que fresco.



Quinteto sin nombre

v

Avatares del destino
se enredan en nuestros pasos
y todos son como ocasos
de soles en el camino.
El hombre es un inquilino
en esta tierra marcada
por la desidia y la espada
de la inconsciencia de otrora.
Si queremos nueva aurora
hay que empezar de la nada.

vv

Es cierto, la estrella está,
aunque el cielo nuble todo,
pero siempre encuentra el modo
de eclipsarse más allá.
Ya nunca me alumbrará
con los ojos del amor,
porque sembrado el temor
Ha  quedado en mi mirada.
Siento que no valgo nada,
que sólo fui un soñador.

vvv

En  este cielo trascribo
con letra de nube clara
que si en la lluvia bajara
la montaña yo derribo.
Con el pie sobre el estribo
galopo en veloz caballo;
gritando voy y no callo
porque callar me hace vil.
Atrás quedó lo servil,
ya nunca seré un vasallo.

vvvv

Espero la eternidad
como espero una palabra,
que surja al verso y se abra
tras cualquier adversidad.
Las espero en la oscuridad
De los rincones vacíos
Y la espero en los navíos
Del corazón si zozobra.
La espero aunque sé que cobra
por todos los extravíos.

vvvvv

Hablé del horror un día
y tanto hablé que sentí
el horror dentro de mí
dejando el alma vacía.
Lo recuerdo todavía
bajando como un dolor,
y a cada paso un temblor
sacudía mis entrañas,
como si miles de arañas
Crecieran en mi interior.

Ovidio Moré – Cuba

El comerciante

Fotografía de Arantza Gonzalo Mondragón

Cuentan que en un pueblo de la campiña cubana vivió el viejo Celestino Mendoza. Un viejo desabrido y cascarrabias que siempre vestía de verde y llevaba un enorme sombrero alón de color naranja con flecos azules y magentas. Pero… ¿cómo era que tan pintoresco atavío, propio de un payaso de feria, era el vestuario de aquel viejo malhumorado, gruñón y triste, que se peleaba con todos por el más mínimo detalle? El dilema estaba en que el viejo Celestino era dueño de un secreto, y este secreto le había agriado el carácter arrebatándole  la alegría. Celestino no podía  sonreír aunque hiciese el intento, pues su boca se transformaba en una mueca espantosa que no dejaba escapar la risa.

El viejo Celestino no siempre había sido así. Hubo una época en que era un hombre jovial, bonachón y botarate. Trabajaba como vendedor ambulante y se hacía acompañar de una cotorra, una jutía conga y una jicotea. El viejo Celestino vendía palabras. Sí, como lo oyen, comerciaba con palabras, palabras fugaces y palabras eternas, fáciles y difíciles, dulces y amargas, vacías y  de intenso significado, benditas y malditas, alegres y tristes, benéficas y ponzoñosas, y así, un larguísimo catálogo de palabras que no tenía fin. Iba de pueblo en pueblo con su mercancía, sus mascotas y su llamativo vestuario en una carreta tirada por un buey más viejo y matungo que el propio Matusalén.

Un día Celestino llegó a un pequeño pueblo de apenas veinte  bohíos  en la falda de una montaña del Escambray, y allí empezó a ofertar su mercancía.

El pueblo estaba falto de palabras y todos fueron a por la que necesitaban y hasta algunos de los vecinos se llevaron de más, por si las tenían que utilizar más adelante, cuando se les presentara la ocasión propicia, y otros, porque les sonaban tan raras y exóticas, que quisieron guardarlas como un tesoro.

Celestino estaba eufórico, había hecho una buena venta. De todos los sitos visitados en lo que iba del mes, era donde mejor había vendido sus palabras. Con la bolsa llena y el corazón feliz recogió todas sus pertenencias y, montado en su carreta, se dispuso a partir. Y partió, pero no había recorrido aún ni un kilómetro desde la salida del pueblo cuando se topó, a la orilla de la guardarraya, con un bohío solitario. El bohío era de tablas de palma y techo de guano como todos los bohíos, pero llamaba poderosamente la atención por un detalle en lo alto del techado, un cartel de yagua con letras en cal, rezaba: SE VENDEN SECRETOS.

Cuentan que Celestino, mordido por la curiosidad o quizás por la perspicacia y la intuición de comerciante presto a renovar su mercancía y su oferta, se decidió a entrar en aquel bohío con el ánimo de comprar algunos secretos que luego pudiera revender. Palabras y secretos hacían buenas migas, dicen que pensó. Al entrar en el bohío sólo encontró a un viejo idéntico a él, vestido también de verde, sentado en medio del suelo de tierra y con un gran tabaco en la boca. El viejo del bohío tenía la mirada más vacía que Celestino hubiera visto en su vida.

—Buenos días, vengo a comprarle algunos secretos… señor… —dijo Celestino, dejando las palabras en el aire, a la espera de que el otro respondiera.

—Señor Sin Nombre —contestó el viejo sentado. —Ese es el primer secreto, el único secreto, el secreto más grande, el secreto que tengo en venta.

—Sólo ese…, pero si el cartel dice secretos… no un secreto ¿Me toma usted por guanajo? ¿Qué de especial tiene su nombre para que sea secreto?

—Mi nombre es el padre y la madre de los secretos. Quien acceda a él conocerá la verdad y la mentira.

—¿La verdad y la mentira…? ¿De qué? —dijo Celestino con incredulidad y sorpresa.

—Ves, ya se ha desprendido otro secreto —dijo el viejo del tabaco echando una inmensa bocanada de humo—. Compre usted mi secreto y sabrá todo sobre la vida y la muerte, sobre lo conocido y lo desconocido, sobre los dioses y los demonios, sobre el hombre y la mujer, sobre el arte y la ciencia, sobre la modestia y la soberbia, sobre el amor y el desamor…

—¿Todo eso? —interrumpió Celestino.

—Todo eso y mucho más, porque conocerás el secreto del Poder, y de este deriva todo lo que te he dicho. Mi nombre es la llave de ese cofre.

—¿El secreto del Poder? Suena interesante… y ¿cuánto pide por su secreto?

—Una palabra.

—¿Sólo una palabra? Pues ha dado usted con la persona indicada, yo vendo palabras.

—Lo sé, pero no me la venderás. Haremos un trueque, yo te digo mi secreto, o sea, mi nombre, y tú me das la palabra, y nunca, nunca jamás, podrás venderla a nadie una vez que sea mía.

Celestino accedió, pues pensó que hacía el mejor negocio de su vida. Por sólo una palabra sería dueño del padre y de la madre de todos los secretos, conocería el secreto del Poder.

—Y cuál es la palabra —preguntó Celestino.

—La palabra LIBERTAD.

Y cuentan que Celestino hizo el trueque, y al oír el gran secreto éste se le coló por los oídos como un ciclón, alojándose en su cerebro para luego bajarle por todo el cuerpo y meterse en su sangre convirtiéndola en plomo. El secreto se hizo tan pesado que apenas podía moverse, luego sintió como se retorcía en su boca privándole de la alegría. El viejo Sin Nombre le dijo:

—Ahora ya lo sabes todo, nunca podrás contar este secreto, pues, si intentas decirlo, morirás al instante; tampoco creo que puedas seguir comerciando con palabras, al darme la palabra libertad me has dado tu propia libertad y yo te lo prohíbo, además, me quedo con toda tu mercancía, ya no eres libre para utilizarla a tu antojo.

El Viejo de Verde echó mano del gran saco de palabras de Celestino, metió la mano y, después de rebuscar un poco, dio con la palabra elegida: SILENCIO, y dibujando una sonrisa sardónica en su rostro, la lanzó a los pies del, ya para siempre, amordazado Celestino.

Desde ese instante Celestino Mendoza dejó de comerciar con las palabras y arrastró el pesado secreto hasta la tumba. Y aunque siguió vistiendo con su alegre y comparsero traje hasta el día de su juicio final, denotando una alegría superflua, por dentro la tristeza le corroía el alma. Celestino Mendoza había quedado “Fuera de Juego”.