«Simplemente un romance», Gavrí Akhenazi

Imagen by Benou Mecharavy

Para el ramo de tu boca
y en el penal de mi carne,
escribo con estorninos
solas palabras de nadie.

Desembocadura y dique
del caudal de mi desastre,
sombra de luz en mis ojos
de acritud itinerante,
bebo de tu orilla calma
la hierbabuena y el aire.

Estás entre mis silencios
como una luna que arde
en un día anestesiado
hecho con dolor y arrastre,
para decirme que al cielo
tengo una vez de mi parte.

Viejo de mudez y áspero,
sin finales rutilantes
llego con la lengua rota
de prédica en los eriales
hasta tu recodo mágico,
donde acontecen tus árboles
y en el borde de tu mundo
obligo a que ardan mis naves
aferrado de tus costas
con mis palabras de sangre.

«Romance para una duda», Morgana de Palacios

Imagen by Klara Kulikova

Nos citábamos a ciegas
en el motel de los versos
y era como un suicidio
lentificado en el tiempo.
Sin programación mental
desgranábamos silencios
con la paradoja a punto
de convertirse en misterio.

Todo era un baile loco
que siempre bailamos cuerdos.

De futuro nunca hablamos
ni del contraluz del sexo.
Del pasado alguna vez
si es que llegaban los muertos
a resucitar de noche
las lenguas de los lamentos,
mas con cada madrugada
estar vivo era lo cierto,
lo único que importaba
para conjurar los miedos.

Si te creí, da lo mismo,
pero en el confín del sueño
eras la pura metáfora
del amor que estando lejos
te excita la inteligencia
y te solivianta el cuerpo
con las manos tormentosas
al rozarte con los dedos.

Cómo encendimos hogueras
que atizamos con los vientos
de todas las latitudes
para quemar los secretos,
y cómo nos tradujimos
boca a boca el sentimiento
con las espadas en alto
pero el abrazo en el gesto.

Te hubiera reconocido
como reconoce un ciego
la llamada de la luz
desde el corazón del fuego.

El presente está plagado
de instantes de desencuentro,
de historias que nos mantienen
de las circunstancias presos
con los tobillos atados
y la rebeldía en cueros.

Entiendo que tengas dudas
y te asalte el desconcierto
porque la vida que apaga
hasta el resplandor del cielo,
haya llegado a la cima
de cualquier descubrimiento
y nos sepamos las mañas
de ser dos polos opuestos
con la sangre predispuesta
a dejar huella en el verso.

Con respecto a mí no dudes
ni me uses de pretexto,
que por algo estoy de vuelta
de tus íntimos infiernos
y sigo creyendo en ti
con los ojos bien abiertos.

Yo soy la misma y escribo
únicamente si siento
y te estoy sintiendo tanto
como siento el sufrimiento
que te lleva hasta la duda
si piensas que no te quiero.

Y es que te quiero, varón:
frágil corazón de acero.

«Ice man», John Madison

Imagen by Simon Berger

I

Tendrás que desearme
con esta unción de fuego,
que entero me arrebata
como un tornado enfermo
para entender mis ganas
de transmutarme en hielo;
una escultura helada
que no padezca el eco
de esta hambre tan brava,
perra como el infierno,
montaraz que me vuelve
un amante esperpéntico.

A ratos, cara Octavia,
quiero tornarme invierno,
hielo, no hacerte daño,
no desvelarte a un tiempo
mis cerrojos, mi mundo
de Pandora, mis tientos
de Lovecraft que envían
tu canción a un convento
y alejan de mi puerta
tu boca de desierto.

De veras, regia Octavia;
solo pienso en ser hielo
y que algún escultor
piadoso de un certero
golpe de gracia rompa
en pedazos mi cuerpo.

Maldita sea la gracia,
lejana Octavia, tengo
que exigir a mis dioses
romanos ser de hielo.

II

No sé cómo lo hicieron
esos novios de sombra
de tu antaño, mi Octavia,
para bordar tu fronda.

Te estoy enamorando
venerando tu boca
a bolerazos limpios
con el poder de Bola.

Bola de nieve, cálido
como este amor que goza
bajándote una nube
de algodón a tu alcoba
y ni Bola, ni Silvio
con su luz cegadora
y su tiro de nieve
pueden hacerle sombra
a este Romeo nuevo
que corteja tu rosa.

«No Arianna», «Ya no apuesto a los incendios», Eva Lucía Armas

Imagen by Jim Cooper

No Arianna

Hay algo en tu voz de fragua,
de tallador de infinitos,
de burilador de lunas
que van hilando en sus filos,
las singladuras de luz
en el pozo de lo efímero.

¿Acaso tu corazón
acaudillador de trinos
agitará la alfaguara
oscura, donde no hay brillos,
que yace dentro de mí
y que ahoga a los navíos
en derroteros sin mar
por un secarral de espíritus?

Me dimensiona tu voz.

Y tus versos aguerridos
disparan balas de audacia
sobre mi mundo más íntimo,
reacio para sembrado,
inhóspito por antiguo
y sediento por sediento,
mientras, profundo, su acuífero,
troca en diamantes de trueno
al tam tam de tus latidos.

Caminador de este páramo,
tu verso en sus intersticios
se cuela como si un dios
le fuera dando sonidos
a las grutas de mi karma
para que hablen a tu oído
y te guíen, lentamente,
a través del laberinto.

Yo jamás he sido Arianna
ni hay Teseos en mi abismo.

La minotaura se oculta
en su propio maleficio.


Ya no apuesto a los incendios


Hace tiempo, jubilosa,
iba inventando fogatas
con mis páginas insólitas
donde contaba romances
como aquel, el de Verona,
pero en mis cuentos de amor
nunca hubo muertos ni alondras.

Tan solo yo me morí.

Desgajada rama rota
en el árbol del milagro
de haber nacido escritora,
entre historias de novela
fue una novela mi historia.

Y me morí, simplemente,
arrancándome las hojas.

Mis alas se desplumaron,
mi imaginación fue otra
y me estrellé contra el suelo
en una pirueta tonta
escapando a mi destino
desde la sima más honda.

Si no pájaro, arañita,
lagartija trepadora,
vaporcito que se eleva
levitando entre las sombras,
voz de voz recuperada
que no aprende a dar la nota
pero que vuelve eco el canto
como la sierra pedrosa
manda a las voces del viento
a salamanquear victorias

así yo, toda de barro,
toda yo de piedra indómita,
me levanto cada día,
desde esa novela sórdida
y escribo de puño y letra
una página de aroma
envuelta en la paz extraña
de que me dota estar sola.

Por eso no escribo incendios.
Que hablen de incendios las novias
y de besos y de amor.

Ya no creo en esas cosas.

«Trilogía de la diáspora (romance), Ovidio Moré

Imagen by Colbi Crook

Trilogía de la diáspora

Soy ese pez que dibuja
a tinta y con arabescos
mujeres de cuello largo
corazones y cerebros,
máscaras para derrotas
de un rufián llamado tiempo,
extrañas flores de ámbar
y rostros de terciopelo,
sangrantes venas y soles
deshinchados y violentos;
caracolas habitables
del color del limonero,
alas truncadas, y libres,
y metáforas del miedo,
azules cielos prohibidos
y puertas hacia el infierno,
algunos amantes rojos
y otros de inocuos besos,
telarañas para ilusos,
laberintos y burlescos
niños que orinan con saña
sobre el poder usurero.

Soy ese pez que en sus genes,
en su taíno esqueleto,
tiene algo de mambí,
de campesino insurrecto;
que fue un duende con carencias
y ansias de aventurero,
al que le faltaba el pan

y le crecían los sueños.

Soy ese pez argonauta
que navega lisonjero
entre vitrales de Amelia
como sacados de un cuento
y entre las mestizas Floras
de René Portocarrero.

Soy ese pez anodino
que describe a fuego lento
su catarsis octosílaba
como otrora algún aedo;
que es carne de poesía
que heredó de sus ancestros;
que se refracta en Lezama
y en sus cóncavos espejos,
en sus múltiples imágenes ,
y en virgilianos conceptos,
en el Niágara de Heredia,
y en los más «sencillos versos»
de aquel de frente serena
siempre vestido de negro.

Soy ese pez del Caribe
que disecciona momentos
como un biólogo curioso
desentrañando el misterio
de la ausencia que me araña
por ser doble de Odiseo.
Y por ser pez de vigilia
cada noche yo regreso

al cocodrilo varado,
en un insomne velero,
a recordar ese niño
guajiro que llevo dentro,
el que pintaba en el aire
estando atado en el suelo,
al que el duro desarraigo,
cuando me lance el anzuelo,
no pueda pescar su alma
porque sigo siendo isleño.

Soy ese pez en simbiosis
de raíz y sentimiento,
al que el mar le grita en olas
y le sirve de escudero
para que salga triunfante
ante el molino de viento,
y pueda sembrar ocujes
y palmares en el pueblo
que entre nieves y amapolas
habrá de guardar mi cuerpo,
y ese día habrá llegado
la finitud de mi éxodo.

«Octubre», «Nocturnal», Isabel Reyes Elena

Octubre

Octubre llegó a destiempo
con vocación de solsticio
y entre los verdes y ocres
en mí germinó el olvido
despojándome de ramas
que asombraran los caminos
(jamás tuve luminarias
que dieran luz a mi exilio).

Octubre con alfileres
ornamentó el acerico
del corazón que me late
a ritmo de petroglifo.


Hoy soy columna de mármol
conteniéndose el respiro
y aunque el ayer se revuelve
entre pátinas de siglos
para recordarme siempre
todo aquello que yo he sido
no me arrepiento de nada
ni a los veranos envidio
y con mis ojos desnudos
azules, cálidos, limpios,
espero pacientemente
seguir llevando los hilos
de las riendas de mi vida
y que el instante preciso
me encuentre serenamente
abrazando el infinito.

No doblarán las campanas
porque han de morir conmigo.


Nocturnal

Ahora sobre el alero
la luna, triste, se alza
y dialoga antigüedades
con no sé qué voces blancas.

Hay algo extraño en la calle
retorcida y solitaria.

Acaso yo no soy yo,
tal vez no son mis pisadas
éstas que van en la noche
rompiendo la oscura calma.

Los versos que voy pensando
quizás no son mis palabras.

Algo ha pasado en el tiempo.

¿Es otra edad ya lejana,
otra noche y otra luna
dialogando con el alba?

«Quién pudiera», «La niña pescadora», poemas de María José Quesada

Imagen by Tung Lam

Quién pudiera


Quién pudiera ser viento que acaricia tu rostro.
Quién la hoja caída que te logra tocar.
Quién pudiera besarte como yo te besara
-como chispa que salta, como llama en el lar-

Quién pudiera ser río que tu cara refleja
y en sus aguas te mece con sutil suavidad.
O la luna plateada que te envuelve en la noche,
o este cielo de estrellas que te cubre al pasar.

Y quién fuera tu sombra aunque no puedas verme
y quedarme a tu lado sin dejarte marchar.
Quién la ola que llega a romper en la roca
y te besa los labios con espuma de mar.



La niña pescadora


Una niña pescadora
con su red se fue a pescar
donde descansan las olas,
en la orillita del mar.

En la cabeza un pañuelo,
en el talle un delantal
y en la cara lleva rosas
con destellos de coral.

Echa la niña las redes
sobre las aguas de sal
y la corriente las mece
como en un juego naval.

Cuatro peces ha encontrado
cuando las viene a sacar
y una blanca caracola
que entre ellos fue a parar.

Acercándola a su oído
un rumor cree escuchar,
piensa que dentro hay sirenas
que no dejan de cantar.

Lleva la niña a su casa
ese regalo sin par
y su madre le reclama:
llévala, niña, a su mar,

que las sirenas son almas
y solo pueden estar
bajo las aguas azules;
no las podemos guardar.

Y la niñita, apenada,
la vuelve al agua a lanzar
donde lanzaba sus redes,
en la orillita del mar.

Veinte años han pasado
en su rostro y en su hogar
y la joven, aún pescando,
con papá se ha ido a embarcar.

La calma vira a tormenta,
el viento leva la mar.
La muchacha cae al agua.
De poco sirve nadar.

Hasta el lecho submarino
su cuerpo ha ido a parar
pero acudiendo a su encuentro
de ella empiezan a tirar

cinco sirenas preciosas
que no dejan de cantar.
Y nadando la devuelven
en la orillita del mar.

«Dos poemas» de María José Quesada

Imagen by Brendy Pradana

Y te miro

Yo, la que mira de frente
lo que encuentra en su camino,
te he de mirar diferente,
que no se note el cariño.
Tú eres clavel de otra aurora,
la religión de otro templo
mientras que yo soy la autora
de lo que siento por dentro.
Y sí, te miro, distinto,
te miro disimulando,
sin que te des cuenta, niño,
de cómo te estoy mirando.


La tormenta que me aviva

Estás lejos, me lo está diciendo el aire,
no respiro tus partículas de hombría
no resalta entre sus ondas tu lenguaje
ni cabalga tu ansiedad sobre mi herida.

Porque no relampaguean las miradas
que encendieron los rincones que me habitan,
y no truenan poderosas las palabras,
se desploma la tormenta que me aviva.

Quiero el rayo de tu impronta, tu amenaza,
el estruendo de tu gen provocativo,
la catarsis de tu nervio con mi calma
como unión entre mi luz y tu sonido.

Dame el viento, remolino de mis aguas,
y fundiremos esta muralla de hielo
por caer después en libre catarata
empapándote de amor hasta los huesos.

«Llévame contigo al mar», poema de María José Quesada

Imagen by Tim Hill

Llévame contigo al mar

Te conocí una mañana,
tú te marchabas del puerto
yo a la bahía bajaba
y quiso dios que ese encuentro
mi vida entera cambiara.

Llevabas la red al hombro,
venías de la almadraba,
para el mar eras un lobo
para mis ojos, un Atlas.

Y al pasar junto a tu mano
y contemplar tu sonrisa
mi ser quedó hipnotizado
como por arte de ondina.

La red te ofreció la estrella
que me engarzaste en el pelo:
Es para ti, mi sirena,
dijiste sin titubeo.

Sin tener culpa la estrella
quise esquivar ese gesto
y al darme la media vuelta
se me enredó en el cabello.

Cerró el círculo de presa
tu corazón lisonjero.

Las caracolas cantaban
y susurraban dulzonas,
algo fue cortando el aire
con alas de mariposas.

Cada noche una fogata
nos encendía la Luna,
sí mi amor, mi lirio de agua,
febril, lumínica, pura.


Volviste de nuevo al mar,
pasión de los marineros,
yo te quería alcanzar
con las ondas del pañuelo
que lloraban soledad,
marino de mis anhelos.

Guardado celosamente,
el miedo, veta profunda,
desbarató los dinteles
de mi templanza madura.

Regidas por un mal viento
una formación de bocas
iba desgarrando el puerto.
Gritaban las caracolas,
yo les pedía silencio.

Marché hasta la última piedra,
aquella que el mar bañaba.
Con arañazos de fieras
nereidas desesperadas
no daban siquiera tregua
a que mi voz te nortara.

Sin guarda quedó la noche,
los ángeles descansaban
y el agua imantó en su cauce
nombre, amor, estrella y barca.

No quiero ver más el mar
sino entregarle a su hambre
mi cuerpo y mi soledad.
Me dejará enamorarte
vestida de agua y coral.

«El chopo y la luna», «En cambio yo», poemas de Carmen Jiménez Meneses

Imagen by Nika Akin

El chopo y la luna

Cómo no voy a escribir
que esta noche placentera,
¡chopo!, a los pies de mi lecho
relumbra tu cabellera.
Y es tu sombra en la pared
como de agua que corriera
y me llenara de peces
alegres, la alcoba entera.

Hoy no quiero levantarme
antes de que la primera
luz del día desaliñe
tu peinado y mi quimera

de ser un río que fluye
hacia el mar por la ladera
suave de alguna campiña
donde nada interrumpiera
este bullir sosegado
de su cauce y su ribera.

Cómo no voy a esculpirlo
en versos, ¡ luna platera!,
si ya presiento que el alba,
como una hoz traicionera,
viene a segarnos los sueños
sin clemencia y sin espera.


En cambio yo

Yo he sido la añoranza contenida.
Como una flor cortada precozmente,
del lecho primigenio. De mi herida,
llevo una cicatriz en plena frente.

De la fugacidad siempre consciente
a la fragilidad comprometida,
el tiempo es un trayecto transparente
como el cristal del vaso de mi vida.

Qué importan los detalles de este viaje,
lo que nos desanima o nos alienta,
si al final, todo encaja en el paisaje

agreste o cultivado, si sentimos
que es la veracidad con que vivimos
la auténtica raíz que nos sustenta.

«Soledumbre», «Hay amores», «Polvo y sal», «Humito de vara verde», poemas de Eva Lucía Armas – Argentina

Soledumbre

Entonces,
una descubre que está sola,
absoluta y completamente sola,
con su teléfono vacío de amistades lejanas al horario de los dramas
y a las que no llamar, inoportuna-mente.

Una está sola. Sola, sola, sola.
Y llora sola
y llora y llora y llora
mientras la ira le come las ideas
y no consigue a nadie en quien confiar.

Irremisiblemente, una está sola,
más sola que la una,
sola, sola,
como ha enfrentado al mundo tantas veces
y como está cansada de matar.

Se muere al matar lo que se quiere.

Pero una, como la una, está absolutamente sola.
Y mata y muere sola

sola

sola

Y se levanta sola al día siguiente de matar y morir.

Luego me vienen con llanto los llorones,
los que se tienen lástima en las vísceras
y los que se acumulan en su ombligo juzgando a los demás.

Los pobrecitos del ombligo grande y del ego más grande que el ombligo.

La soledad es árida y tremenda.

Y una llora si mata y una llora si muere
en esa soledad en que está sola
sin nadie en quién confiar ni nadie en quién creer,
sin nadie en que apoyar la soledad
y con la ira multiplicando tantos dientes hembras.

La soledad es eso.
Un campo de batalla donde me quedan pocos contendientes
con los que me encarnizo más y más
porque me hieren más y más y más me hieren.

Yo soy la soledad.
Y estoy tan sola.


Hay amores

Mi amor se había puesto esclerótico
y era un jubilado que planeaba poemas
en la franela de lustrar los muebles.

Los escribía con el polvo de los días inútiles.

Después
los guardaba en el armario con la escoba de barrer cenizas
y con la radio vieja que había olvidado la onda corta.

Era un amor lejano a la comunicación en gigabaits,
un amor de esos que llegan en las cartas no llamadas e-mail
y que, a falta de buzones que no fueran
hot, gi, yahoo
no encontraba donde depositar su único sobre.

Era un amor en sobre,
ensobrado después de perfurmarse,
recoleto y modernista como el cisne de Ruben Darío,
a su vez, antiguo como pocos,
y caído en desgracia sanitaria.

Un amor en medio de un alzheimer
que sacaba al amor de su galera y corría con él
por los pasillos de los hospitales
que el mar fue devorando pez tras pez.

No se rindió a desalinearse con el mundo
por propia vocación de desaliño.

Era un amor esdrújulo con una lengua renga
que sabía besar.

Hablaba con el fondo de los ojos.


Polvo y sal

El sol ha suspendido su desnudo,
se ha quitado su cáscara de seda sobre la voz del día
y en pantuflas de niebla
camina por la calle como un pequeño preso
que no recibe cartas.

El frío llega a pie sobre su sombra.

Es un filo de cristal que punza
la claridad más fértil
y la deja caer, lluviosa y desangrada,
lo mismo que un disfraz apolillado.

Todo parece diferente ahora.
Yo no sé si más claro.

Diferente.

Será la procesión de las ausencias
como una larga colecta interminable
de robar las pequeñas alegrías.
Ese rebrote a muerto que no termina nunca de morir
y nace en todas partes
enfrentándose al sol y al viento sur.

Yo no sé escribir cuentos cuando escribo poemas.
Soy bastante primaria en ese aspecto.
Escribo lo que late entre mis manos,
lo que mi mundo siente
y todas esas cosas pequeñitas que no reclaman nada.

Ya sufrí mucho.
Ya fui una fruta rota y una canción mordida
y un eclipse y un muerto.

Ya estuve muerta alguna vez también.

Ahora estoy viva
tan de regreso como una clarinada

a pesar del otoño en que anochece.


Humito de vara verde

Viejas palomas sin aire
se despeñan de silencio
sobre la luz de un mañana
que tiene en cueros al tiempo
mientras mis ojos se calman
en el fondo de lo negro,
porque no ceja la sombra
de proponerme sus duelos.

Mi brazo está desarmado,
delicuescente y pequeño
y mi mano culinaria
se apaga como un mal fuego
con humo de vara verde
que no rebrotó en anhelo.

No voy a pedir la vida
al genio de los deseos
porque con las cuentas claras
nada me deben ni debo.

No pienso llevarme lastre
arrastrando al cementerio.

Mientras tanto, a veces bailo
escribo a veces,

y sueño.

«La dulce ausencia», «La piel», dos poemas de Carmen Jiménez Meneses

La dulce ausencia

No hablaré de mi muerte,
no merece la pena,
será solo un instante
por mucho que te duela,
tampoco muy dispar
del dolor de una ausencia.
Hay ausencias en vida
que las entrañas queman,
y si me apuras, hijo,
será más llevadera
porque nunca se extinguen
los amores que bregan,
mano a mano, en los surcos
de pasiones gemelas.

Y aunque a tu juventud,
aún salvaje y tierna,
le parezca un horror
vivir la vida huérfana,
es mejor que otras muertes,
y vivimos con ellas.

No te hablaré tampoco
de mis propias vivencias,
mi condición de madre
respetará las reglas
que entre los dos pactamos
y que firmé a sabiendas,
para que mis fracasos
no te cancelen puertas
que la ilusión traspasa
con voluntad y fuerza,
si el azar nos ayuda
con su mano de niebla.

Te hablaré del afán,
de las noches en vela,
en que brillamos juntos
igual que dos luciérnagas,
porque allí me hallarás
convertida en estrella.
Y cuando el tiempo pase
seré una dulce ausencia.

La piel

Su ausencia es como un barco a la deriva
que se acerca a mi costa sin motivo
y me desborda de melancolía
cambiando mi razón por espejismos.

Hoy me dejó la playa reducida
a un extenso mosaico cristalino,
cada tesela muestra una sonrisa
en millares de rostros de mis hijos.

Yo contemplo sus gestos en la arena,
a la luz de este lento atardecer,
hasta que se los lleva la marea.

Y regreso pensando que no sé
resetearme y despedir su estela
ni detenerme al borde de mi piel.

«Llueve», «Tiempo de bruma», «Soneto de invierno», tres poemas de Ana Bella López Biedma

Llueve

Me crecen las ortigas en la boca
donde antes sólo había un mar de espliego.
En tus manos de azogue y voz de fuego
lo que fue pedernal se ha vuelto roca.
Mi piel no se equivoca.
Soy el hambre que existe entre dos despedidas
o el olor de estas lágrimas suicidas
que siempre se deslizan por mi cara.
Mi vocación de beso y almazara
no llega a tantas vidas.

La espera se hace líquida y fecunda
en todos los espacios de mis noches.
Mientras en las aceras, los parques y los coches
llueve ausencia de ti, llueve e inunda
cada rincón. Como una flor rotunda
crece el dolor, un agujero espeso
que rompe cada luna, cada hueso
entre sus dientes de alimaña impía.
Llueve y no hubo nunca mas sequía
en este corazón torpe ex profeso.

Tiempo de bruma

Hay días largos y fríos,
como una tundra infinita
que se extiende ante los ojos
y nunca se va. Proscrita
del paisaje de la piel
huye la vieja alegría,
mientras las ausencias clavan
su silencio en las costillas.

Me rebelo en soledad
a la muerte sin orillas
que se lleva los pedazos
de la que fue nuestra vida
en un hermano, una madre,
viejos, jóvenes, chiquillas…

Nadie se escapa al abrazo
del adiós. Y aunque no olvida
nuestra realidad presente
el puntal de tanta herida,
hay que honrar al que no está
con cada sol que nos brilla.
Nada nos cabe en el hueco
de un corazón a medida
que nos completaba ayer
y hoy es sombra en cada esquina.

Pero el tiempo, hecho de bruma,
se está yendo de puntillas.

Hay que soltar la tristeza
del pasado retenida
cuando una mano aparece
como un pájaro suicida
para ventilar la casa,
sacudir las esterillas
y llenarnos el jardín
de guirnaldas y bombillas.

Dejar que nos vuele adentro,
y que pose su caricia
en el alero del mundo
donde todo va deprisa.
Que nos sosiegue las nubes
y nos respire de brisa.

Que recuerde quiénes somos,
esa espontánea alegría
que se anida en nuestra boca
cuando se encuentran las risas
y chocan en la distancia
como dos locos tranvías.
Ese tiempo compartido
donde no caben mentiras,
y las promesas se cumplen
y los tiempos se apaciguan.

Soneto de invierno

He bailado en el agua frente a frente
con tu ausencia de páramo. Desnuda
he rozado tu prisa que se muda
dejándome su rastro de aguardiente

en la garganta de soñar. La gente
ha pasado por mí sin ver que, aguda,
se clava la palabra de tu duda
bajo la piel de mi coraza. Miente,

porque no quiero desvivir contigo
si me dejas las manos sin abrigo.
Por ti el milagro, tú sembraste eterno

la flor exuberante en mis despojos
y brotó tierra y agua. Ahora el invierno
ha vuelto a la ciudad que hay en mis ojos.

Ana Bella López Biedma – España

Fantasy by Syaibatul Hamdi

El lugar de la codicia

Te miro tan desde lejos
pero te miro tan cerca…
bajo los húmedos párpados,
como una niña traviesa
mira en el escaparate
un gran helado de menta
y se relame en silencio
con su boquita entreabierta.

Te miro cuando no miras
en el trasluz de las puertas
bajo el cristal del asombro,
aunque me pongas mil rejas
te miro. No hay más lugares
donde me lleven mis velas,
si tú te mueves, mi norte
contigo se mueve. Trepan
las ganas sobre mi cuerpo,
voraces enredaderas,
y me envenenan los labios
en arrebato y ausencia.

Te observo, pez taciturno
sin agua y sin sed. Me apremia
el deseo de estrujarte
hasta que sangren las piedras.

Te miro cuando sonríes
con ese rictus de niebla,
y cuando cierras los ojos
al borde de las estrellas.
Con ese gesto tan tuyo
de levantar una ceja
en ese segundo mágico
que se rompe la tristeza.
Te miro tan en silencio
como una estatua muy vieja
y espero, como tan solo
el mármol forja la espera.

Te codicia mi saliva
sobre el pensamiento, mientras
la carne se vuelve roca,
la roca se vuelve arena
y se la lleva la brisa
devolviéndola a la tierra.

De bermellón y de luna
sobre tu espalda de absenta
he pintado con mis ojos
veinte pinturas de guerra
y con la lengua he borrado
toda la sed de la tregua.
He cincelado de espuma
la verde sal de tus huellas,
y se ha varado en tu orilla
hasta mi última madera.

Te miro hasta lo profundo
de esta profunda quimera.



Somnium ex machina

Hay un lugar azul, como de lirios
y de temblor, una pequeña isla
de naranjal en flor donde la luna
se asoma al tragaluz de los deseos.

El tiempo allí transcurre
en una espera larga hecha de azogue
y puentes levadizos. Un silencio
que apenas hace ruido llena todo.

Extiendo el brazo. En él
se prolonga mi mano hasta los dedos
y más aún hasta la arena tibia.
No soy yo quien la toca, es esa luz
que sale de estos dedos que casi no son míos,
dejando un aleteo de ternura.

Un perro escuálido
me mira desde lejos. Adivina
mi corazón con vistas al presente,
mis trenzas a estrenar. Sé que sonríe.

Una cabaña cierra el horizonte.
Allí entre sus paredes
hay un aguardentero de piel extinta y seca,
de junco y piedra clara
que licua las palabras en frascos transparentes
y los regala siempre al por menor.
Allí bebo feliz hasta el derrumbe.

Luego cruje la calle
y frena el autobús con su sonido triste.
Amanece Madrid por las esquinas
con su beso de Judas fluorescente.

Carmen Jiménez Meneses – España

Imagen by Gordon Jhonson

Un poema

¿Cómo pausar el vuelo?,
planear como el ave
en el calmado huerto
interior de mi sangre
asida a los recuerdos.

¿Cómo?, si el mundo arde
alrededor sin freno,
si encerrada en panales,
la miel, sin colmenero,
desfallece en el agre
olor de los entierros.

Qué paradoja infame
que venga el aislamiento
a erigirse en remedio,
cuando ha sido el culpable
ignorante y soberbio,
que despreció los males
por creerlos ajenos
y renegó del hambre
para cercarla lejos.