EN BUEN ROMANCE

Jorge Ángel Aussel – Argentina

Su castillito de letras

Al caer la madrugada
para escribir se despierta,
toma una taza de insomnio
y en su pasado se acuesta:
las manos en el teclado,
los ojos en las estrellas,
el alma sobre la hoja
y los pies sobre la hiedra.

No quiere ser escritor
ni sueña con ser poeta.

A sus diecitantos años
ya se siente de setenta,
de ciento veinte, de miles
de años luz, de la pretérita
edad de los multiversos,
parte de Alfa y Omega,
primitivo como el mundo
singular que lo rodea,
y joven al mismo tiempo,
estrenando vida nueva.

No quiere ser escritor
ni sueña con ser poeta.

Fantasea con el sitio
en que, según argumenta,
habitaba mucho antes
de reencarnarse en la Tierra,
cuando solo era un espíritu
sin cuerpo que retuviera
su mente de vasto vuelo,
las alas que se le enredan
probando llaves y medios
a fin de cruzar sus verjas
y transmitir el mensaje
que todavía recuerda.

No quiere ser escritor
ni sueña con ser poeta.

Frente a la computadora
pasa los versos en vela,
en soledad, en la calma
de que el vecindario duerma,
escribiéndose un espejo
donde mirarse las penas
y escudriñar lo que ignora,
lo que oculta, lo que niega,
lo que nadie advertiría
si primero no lo muestra.

No quiere ser escritor
ni sueña con ser poeta.

Todavía no lo quiere,
todavía no lo sueña…
solo quiere ser él mismo
sin disfraces ni caretas,
y sueña con fabricarse
un castillito de letras
para encontrar en las páginas
su lugar de pertenencia.



Gavrí Akhenazi – Israel

Agua y acero

«…aguacérame los ojos
hasta que me abra de ideas
y con paso resoluto
cruza despacio mi lengua
que, a los gritos, anda loca
por la calle de tu ausencia».

Morgana de Palacios


Si te aguacero los ojos
antigua gárgola negra
y te crecen siete vientos
dentro de la voz desierta,
es que en el Templo se enciende
la luz de la voz eterna
y tiemblan las columnatas
su feroz naturaleza.

Si te aguacero los ojos
– como a un ídolo que tiembla –
verdes de jade y humeantes
como el mar bajo la niebla,
¿a quién perderá el Triángulo
donde estallan mis tormentas?
¿A tu puente de amatista
donde se acoda la tierra
en que afincar el sangrado
de mis alas turbulentas?
¿Al disgregado crepúsculo
en que el vino se despuebla
y fallecen los amantes
bajo el farol de tu puerta?

No pidas que se deshagan
ni tus labios ni tu lengua,
que escuchan los malos duendes
y con plácida inclemencia
concederán tres deseos
y trazarán cien fronteras.

Ellos te quieren a salvo
de mi mirada perversa,
de mi sonrisa disfónica
de mi renegada pena.
Te quieren lejos de mí,
del caos de mi tristeza,
de la sangre que me mancha
por asesinar quimeras
en los tiempos inhumanos
con que remonto las guerras.

Mujer, no pidas por mí
desde el borde de la ausencia.
Mujer, no pidas por mí
desde tus fieras almenas,
porque si tu boca llama
tu palabra me atormenta
y una cadena de llanto
a tus manos me encadena.

Por aguacerar tus ojos
los ojos se me aguaceran.



Gerardo Campani – Argentina

(In memoriam)

Romance del wild, wild west

Por la calle polvorienta
de aquel silencioso pueblo
avanza Randolph Scott
todo vestido de negro.
Rock Hudson lo está esperando
con un temblor en los dedos,
con la pistola prestada
y con la estrella en el pecho.
Qué destino tan injusto
para tan simple vaquero
enfrentarse con un killer
en duelo tan desparejo.

Siempre es novedad morirse
y alguna vez hay que hacerlo.
Si hay que ser hombre de veras
qué mejor que este momento.

El killer sigue avanzando;
el sheriff se siente muerto.

Y cuando están a dos pasos
ocurre un raro suceso:
Randolph Scott se abalanza
sobre Rock, muerto de miedo,
lo sujeta con sus brazos
y le da en la boca un beso.



Vicente Mayoralas – España

(In memoriam)

Sueños y cardo

Son las púas de mis sueños
punzantes como ese cardo
que sobrevive en mi tierra,
la tierra de mis quebrantos,
altanero y amarillo,
como la sed del secano,
en las espinas su angustia
y en las raíces su llanto,
y la mirada en el cielo,
y en el cielo el desengaño.
Así los sueños me hieren
tan profundos, como aciagos,
tan sublimes en recuerdos
y en perspectiva tan parcos.
¡Cómo me duelen los sueños
y cómo me hiere el cardo!
Ambos habitan en mí,
en mi pena, cuesta abajo,
por donde corren mis ansias
y mis anhelos truncados.
En ese amor que me escarba
y descuartiza en pedazos
tengo al niño que me habita
entre los surcos jugando,
ajeno a este otro hombre
de soledades sembrado
y que sueña juventudes
con la esperanza en el raso,
porque morir nunca muere
quien ama, como ama el cardo.