CONTRATAPA

Sonidos de la estática

Tanto a mis alumnos de la universidad como a aquellos que se acercan a Ultraversal.com con el fin de adquirir mejores herramientas para el desarrollo de su oficio de escritor, suelo explicarles que el exitismo es un pésimo consejero en todos los ámbitos y que un autor debe estar primordialmente preparado para aceptar la crítica y masticar el fracaso.

Es casi inverosímil, en el ámbito literario ajeno al merchandising, dar el batacazo (expresión esta en sus acepciones latinoamericanas: 3ª y 4ª del DRAE) con la primera obra que sale a la luz. Más aún, si la obra es un producto propio de la inmadurez autoral y no ha encontrado en su camino un buen guía que ponga en su preciso lugar la cosa mediante el altruismo de la sinceridad, cosa poco probable en la actualidad porque como todo, la literatura también es un negocio.

Creo firmemente que la condescendencia para con una obra poco madura no ayuda a ningún autor, porque lo que realmente ayuda a un autor es la verdad. Posición, por supuesto, resistida y vituperada por el ejército de egos populosos que abundan en el mundillo de la medianía literaria en este peculiar territorio de la virtualidad en el que se ampara el éxito en interesados comentarios halagüeños, en general, carentes de fundamentos anclados en el conocimiento o, también por lo general, obedientes a intereses que nadie confesaría.

Que muchos sean capaces de lucrar con la condescendencia hacia obras mediocres o directamente dignas de la hoguera, va en relación proporcional a lo que cobran por sus servicios de asistencia al autor, ya se trate de aquellos que imparten «clases de escritura» –y si uno analiza realmente sus textos (incluso los propagandísticos) los halla acuciados por errores garrafales– o, peor aún, de aquellos que van por allí dejándose llamar «maestro» y enseñando lo que ni siquiera han aprendido decentemente. En román paladino: «los que tocan de oído».

Otros –y los casos abundan–, son «hijos de la cita». Sin haber llegado por ellos mismos a ninguna conclusión de esas a las que el propio oficio bien ejercido te lleva, han memorizado como verdaderos papagayos una larga ristra de «citas» que ponen en juego cada vez que abren la boca, como si solo citar lo que dijo tal o lo que dijo cual, fuera aval suficiente de su pericia en el ramo, cuando en realidad, esto solo refleja que por ellos mismos no han llegado a ninguna conclusión de relevancia si no es a través de ampararse en las conclusiones ajenas.

Por eso, me animaría a decir que casi para una amplia mayoría que como mayoría suele resultar acrítica, la elaboración de conclusiones propias no es válida per sé y solamente la cita es válida si tiene una rúbrica en bronce debajo.

Luego, alguien que decida trasladar su conocimiento del oficio a un escritor en ciernes, debe ser, primordialmente, además de un buen docente que haya conseguido desarrollar libertad en el criterio propio, un buen lector y con «buen lector» me refiero a la capacidad de penetrar en los entresijos, encontrar los metamensajes, comprender la arquitectura natural de la voz que enfrenta y bucear en ese mundo, consciente de que no está en el propio sino en otro universo con el que quizás tenga más diferencias que concordancias pero que, aún así, debe ser comprendido en sus diferencias.

Es un error muy común que quien transmite conocimiento se lleve las cosas a su territorio y en vez de trabajar sobre la voz ajena, le imposte la suya con sus propios vicios y manías. Eso, solo demuestra que aún el guía no es un buen lector y menos aún un buen docente, así pueda recitar completa y de memoria la Biblioteca de Alejandría.

Volviendo al origen de esta charla, y siendo egotistamente autorreferencial, creo que un autor en ejercicio pleno de su oficio, termina concluyendo las mismas cosas y casi bajo los mismos parámetros que el resto de autores que andan por allí siendo citados –para el caso de internet ya que es el que nos ocupa– en innumerables frasecitas, generalmente sacadas del contexto en el que fueron dichas y ajenas al fin para el que fueron expresadas. Una expresión en contexto pertenece al contexto que la incluye porque un contexto es la trama de las expresiones que contiene para fundamentar o expresar las ideas que se intentan sostener con él.

Sin embargo, para muchos, la elaboración de conclusiones no es válida per sé y solamente la cita es válida.

La falta de conclusiones propias que poner en juego a la hora de transmitir el conocimiento es directamente proporcional a la inseguridad que se tiene sobre ese conocimiento y que, por lo tanto, no podrá ser transmitido con la eficacia que requieren las explicaciones al estar internalizadas y ya formar parte de la concepción propia de la cosa. O sea, aquello de «como dijo tal o como dijo cual» siempre será una conclusión «ajena» que se repite sin tener la certeza de su exacta validez porque no es uno el que ha llegado a ella de motu proprio y luego convalidado al leerla también en otros. La experiencia siempre abre mundos que la teoría desconoce.

Los que ponen en tela de juicio conocimientos que valen por su propio peso, son los mismos que le exigen a uno que para opinar en disidencia a la masa acrítica tan afecta a la memorización/repetición de conceptos, debería ostentar un Nobel y para cuestionar a un autor fallecido, debería haberse batido a duelo con él en su misma época.

Esa es la concepción que para muchos se define como el ejercicio de la autoridad literaria, sin tener en cuenta que a un autor lo avala su obra, independientemente de cómo se llame y que, por eso, el conocimiento no es directamente proporcional al nombre sino que vale por cómo ese autor trabaja y logra sus niveles de expresión. Prueba de esta inopia malsana registra la historia de la literatura con autores que renunciaron a su nombre taquillero e intentaron, con el mismo oficio, escribir bajo otro pseudónimo, sin siquiera conseguir ser reconocidos por su buen hacer. «Cosas veredes, Sancho».

Luego, dentro del variado universo de los lazarillos literarios, encontramos tanto a serios como a oportunistas y dentro de los serios  no todos sirven para acompañar o, al menos, para transmitir certeramente sus conocimientos aunque cobren su buen dinero por hacerlo. El pensamiento generalizado es «mejor tener contenta a la gente a que se acabe el negocito rentable». La frustración del autor en ciernes frente al escaso éxito de su obra siempre pertenecerá pura y exclusivamente al autor y al mundo ilusorio del promisorio éxito.

En otro orden, tantísimos nombres de esos que rubrican las citas no han conseguido siquiera un buen discípulo del que enorgullecerse por la calidad de su vuelo ya que en general, un autor suele estar más ocupado consigo mismo que aceptando bajo su ala a otro autor al que donar legado. Y con legado no me refiero al producto sino a las herramientas para construir el producto, porque cada autor que se precie de serlo, es único en el uso de las herramientas y es una premisa fundamental que el guía comprenda eso.

Es imposible «enseñar a escribir» concebido en modo plantilla. Lo que realmente se puede enseñar es cómo utilizar la batería de herramientas con las que «se consigue escribir», siempre y cuando haya un mínimo sustrato de talento sobre el que roturar con ellas.

De ahí que hacerlo gratuitamente y solo con un fin altruista diría que más orientado a rescatar a la literatura que al autor en sí–, resulta en una especie de delirio místico al que todos pueden vituperar sin el menor empacho, porque como dije en un comienzo, la literatura ha dejado de ser un arte para transformarse en un negocio caza bobos. Entre los que se dedican al vituperio, podríamos (aborrezco la poca implicación en un tema que nos permite el potencial) contabilizar a los que se han servido holgadamente de esta actitud altruista, beneficiándose para luego exhibir el conocimiento como mérito propio obtenido casi por ciencia infusa.

Enseñar o transmitir conocimiento requiere, sin lugar a dudas, un plus vocacional que la mayoría no posee por temor a que le surja competencia o si se ejercita la sinceridad natural, cargarse el negocio en el que se ha embarcado, incluso en el singular y variopinto mundillo de internet y creo que es por eso que lo que campa por sus fueros en este territorio es de una insólita y aplastante medianía de la que nadie quiere ni intenta hacerse cargo.

Ya diría Joan Manuel Serrat: «Nunca es triste la verdad. Lo que no tiene es remedio».

גברי אכנזי

EDITORIAL

por Gavrí Akhenazi

Imagen by Ronald Wittek

Ilustres desconocidos

A poem is a city

a poem is a city filled with streets and sewers
filled with saints, heroes, beggars, madmen,
filled with banality and booze,
filled with rain and thunder and periods of
drought, a poem is a city at war,
a poem is a city asking a clock why,
a poem is a city burning,
a poem is a city under guns
its barbershops filled with cynical drunks,
a poem is a city where God rides naked
through the streets like Lady Godiva,
where dogs bark at night, and chase away
the flag; a poem is a city of poets,
most of them quite similar
and envious and bitter …
a poem is this city now,
50 miles from nowhere,
9:09 in the morning,
the taste of liquor and cigarettes,
no police, no lovers, walking the streets,
this poem, this city, closing its doors,
barricaded, almost empty,
mournful without tears, aging without pity,
the hardrock mountains,
the ocean like a lavender flame,
a moon destitute of greatness,
a small music from broken windows …

a poem is a city, a poem is a nation,
a poem is the world …

and now I stick this under glass
for the mad editor’s scrutiny,
and night is elsewhere
and faint gray ladies stand in line,
dog follows dog to estuary,
the trumpets bring on gallows
as small men rant at things
they cannot do.

Charles Bukowski


Cuando los lectores la liberen de la mediocridad que le imponen la falta de un mínimo buen gusto, la chatura de las copias al carbón repetidas hasta la persuasión, la ausencia de una voz definida por su creatividad y no por su simpleza (que no es lo mismo que sencillez) la literatura volverá a ser literatura y por ende, la poesía, poesía.

Debería evitarse el patético fenómeno de defender ciertos poemas porque sus  autores están bendecidos con el don de las empatías generales en su grupo de amigos/seguidores que, con tanto aplauso de favor, no hacen más que mantener con un respirador artificial  una ilusión que yace muerta en la tumba de la falta de sustento (léase talento, incluso talento para aprender el arte y obetener un producto si no creativo, al menos decoroso).

El camino es complejo y todo el que se interna por él debería saber que solo algunos pocos poemas trascienden la vida de un autor. De la mayoría de los que ese autor ha escrito, la gente no recuerda una palabra siquiera al terminar de leerlos. Y aunque pareciera una blasfemia, también sucede eso con los nombres que a nadie se le caen de la boca.

La misión natural es liberarse, si se quiere ser poeta o escritor, de las influencias en las que originalmente nos cimentamos. Liberarnos del peso costumbrista de mencionar a Borges, a Cortázar, a Neruda, a la Pizarnik y al resto de los que se nombran como si se tratara de una tribu de brujos y como si nadie más que ellos pudiera –luego de ellos– encontrar dentro de sí su voz creadora y expandirla sin tener que rendirles pleitesía.

Con algunos colegas no se puede siquiera decir media palabra de las figuras institucionalizadas a fuerza de que tanta repetición las ha instaurado como modelo literario único del que es imposible abjurar para dejar de obedecer sus sombras. Incluso autores con voz reconocida y propia, mantran con esos nombres y aspirarían a ser sus reencarnaciones en vez de ser ellos mismos, bendecidos con su propio don.

Entonces, ¿qué podemos esperar de todos los otros autores jóvenes y no tanto, que van escribiendo «sus sentimientos» por aquí y por allí, confundidos por la ausencia de un lector crítico y repantigados en la comodidad del amiguismo ineficiente?

Volviendo al comienzo de esta reflexión, lo que estos supuestos «autores» deberían tener claro primordialmente es que la poesía (y la literatura en general) va mucho más allá de una redacción de palabras más o menos bonitas engarzadas dentro de un ritmo más o menos agradable, expuestas al desconocimiento de un auditorio de lisonjeros que dan todo por bueno.

El problema aparece cuando esos «poetas/escritores» –que aunque nombran a la musa todo el rato no han conseguido una cita con ella– realmente se convencen  –y mucha culpa de esto la tienen los lectores acríticos–  de haber arribado a la profundidad de la escritura generando ruido y, en la mayoría de los casos, no han pasado —con más pena que gloria, a pesar de su esforzada campaña marketinera — del círculo viscoso que los rodea y los festeja.

Ni siquiera, en la mayoría de los casos,  consiguen dejar apenas, como caminito de su hacer recorrido, algunas páginas triviales que ni para sí rescataría el olvido.

CONTRATAPA

Conga, conga, conga



La sabiduría popular dice: «Por la plata baila el mono».

Observo y traspolo: «Por la promoción de su obra baila el escritor» y, lo mismo que el mono, con tal de ser promocionado –al menos en este mundo de habitantes que son solo virtuales– a demasiados no les importa dentro de qué bolsa de gatos son incluidos.

Están ahí y no precisamente para valorar su propia obra sino para proyectarse en el espacio de la inclusión, rodeados de otros que pretenden lo mismo, independientemente de las calidades de cada uno, generalmente desparejas y descuidadas si el editor lo es.

En eso, siempre he sido un exquisito.

Pese a ser yo el que selecciona el material y ser, además, un exigente obsesivo para con lo que publico, la Revista tiene un fin determinado y no es la promoción, sino que, los que participan son muestra de que puede hacerse buena literatura, aún en internet, premisa fundamental del proyecto Ultraversal al que la Revista pertenece. Como la falsa humildad no es lo mío, no soy un editor descuidado con el material que le llega. Debe reunir calidad en fondo y forma. Eso, es innegociable. O sea, no publico cualquier cosa con tal de llenar las hojas de esta Revista. No publico bultos. Publico autores que puedan llamarse tales.

Por eso, debo decir que me defrauda profundamente la forma entusiasta en que tipos que escriben muy bien se prostituyen a la caza de un poco de espacio en cualquier publicación que ni siquiera define los mínimos límites del buen hacer y donde todo se da por bueno, solamente para llenar páginas.

¿Quién puede promocionarse dentro de una bolsa de gatos o un cajón de sastre? Más aún, si los que dirigen ese lugar saben todavía menos que los que escriben dentro y por lo tanto, son incapaces de hacer las correcciones necesarias para que el material no salga cojo, mal entrazado o directamente, mal escrito.

Antes, en mis épocas épicas, hablaba de estas cosas con aquellos que las hacían. Intentaba que comprendieran que se trasciende por la calidad y no por la cantidad de publicaciones de medio pelo en las que nos incluyan.

Ahora, ni siquiera me lo planteo.

Es una época donde la calidad no importa como no importa tampoco la mezcolanza si eso sirve para que alguien nos lea, allí entremetidos entre toda clase de calidades que no respetan la nuestra y que, por bajas, terminan también por bajarnos el precio.

Lo que siento es este desengaño profundo que me producen los autores que estimo y veo que se venden por un minuto de fama, mientras promocionan con desafuero entusiasta el folletín que los ha bendecido concediéndoles una carilla a su aparición pública.

Ese sentimiento nos asalta a los que estamos de vuelta.

Es piedad. Piedad por la literatura, quiero decir. Pura y dura piedad por la literatura que se ha transformado en una bestia en vías de extinción por la que nadie hace nada para repararle las heridas exigiendo al menos un mínimo de calidad en las publicaciones.

Los desaforados de la promoción son los primeros que se prenden, aunque sea de una teta seca o, lo que es peor, de una teta atrapada en la mastitis de su propia prostitución.

Mi hija menor, mientras me ve teclear, quiere saber qué me pasa. Le digo que siempre hay un peldaño más para el desengaño. Nunca el desengaño es suficiente. Tiene la reservada capacidad de darte una sorpresa.

גברי אכנזי
Gavrí Akhenazi

Bonus track

EDITORIAL

por Gavrí Akhenazi

Imagen de Christine Sponchia en Pixabay

La forma justa

Quizás, muchos consideren al acto creativo como el hecho de trasladarse a un mundo irreal o que, al menos, dista del real general.

Ya, que algunos se dediquen a escribir pensamientos o reflexiones provoca curiosidad en aquellos que no lo hacen. Entonces, aparecerá un buen cúmulo de detractores que impondrán sus dudas acerca de la capacidad de decir o su repudio por hacerlo, al considerar a la literatura una pérdida de tiempo abocada exclusivamente a desfogar la emocionalidad de quien escribe. El mundo comunicativo de la tecnología impone actualmente otros parámetros comunicacionales.

Sin embargo, no hay nada extraño en esa necesidad de escribir conclusiones personales o, simplemente vivencias personales, como germen original de lo que puede –a veces– convertirse en una historia desde todo punto universalizable.

La escritura representada por sus escritores más allá de tratarse de una manifestación cultural es una imagen de la verdad –léase realidad, vida, humanidad, hombre– que se expresa a través de un intérprete que obra de manera mediumnica al plasmar o reinterpretar los hechos del hacer humano, independientemente del escenario en que los radique, aunque en general el mundo vea al hacer literario como un pasatiempo asequible a todos, más aún en estos tiempos de internet.

Esta forma de ver al hecho literario como algo sin importancia ya que «redactar» –no escribir– está al alcance de cualquier persona mínimamente alfabetizada e incluso analfabeta y capaz de hilar un frondoso relato oral, hace que, por su masividad actual, no se le preste la debida atención y menos aún, el necesario crédito a una expresión de calidad.

Esa especie de minusvalía en que ha sumido a la literatura el exceso de oferta, atenta contra la calidad de la elaboración ya que la ausencia casi total de enfrentamiento al despiadado ojo del buen lector, ha conseguido la aceptación de cosas indefectibles de leer sin experimentar una irrefrenable  «vergüenza ajena».

Diría que es este cúmulo inefable de descuidos literarios el que me produce rabia al comprobar la ceguera y la falta de pensamiento crítico presente en el actual mundo lector que sería disculpable si en el actual «mundo escritor» existiera, aunque fuera mínimamente, la condición autocrítica.

Para que una expresión alcance todo su potencial y pueda convertir el sentimiento original en fuerza expresiva, desenmascarando y desmembrando sus ribetes y sus consecuencias, la forma a la que se apele para construirlo es fundamental.

La forma literaria implica el equilibrio, la justeza en el adecuado balanceo de cómo se propone una situación e incluso, en muchas ocasiones, para que un producto literario sea efectivo en su comunicación particular, puede apelar a la subversión  o sea, a los riesgos que se aceptan por fuera de los modelos convencionales y exponerlos sin miramientos, casi como una especie de escándalo que busque remover resortes en el lector.

La subversión o la transgresión está en la elección de los temas, en develar mediante una forma ajustada al fin propuesto, las anécdotas y lograr comunicarlas con efectividad y contundencia.

Las búsquedas reales y efectivas, según entiendo, deben ejercerse sobre la mirada que el autor proyecte sobre las cosas a plasmar y en cómo será capaz de edificar esa visión para conseguir compartirla con el potencial lector.

 La escritura que le impondremos a cada frase para darle forma elocuente al producto literario es el elemento decisivo.

Una mala forma, una elección equivocada en la construcción de un mensaje, arruinan cualquier buena idea y le impiden lucir su natural intensidad.

El medio que elegimos, o sea, la forma y su escritura, constituyen una parte insoslayable de la verosimilitud literaria y son, desde el comienzo, aquello que acabará por definir el resultado.Por eso, creo que encontrar la forma justa para cada producción que encaremos, es parte esencial de nuestra propia verdad planteada en el acto creativo.

CONTRATAPA

אנחנו כאן עכשו

Cuando comencé esta Revista, mi objetivo pasaba por la fidelidad al grupo del que formaba parte y por ello, dar a conocer el proyecto Ultraversal y sus resultados.

Al proyecto en cuestión me uní hace trece años. Trece, para los que creen en cábalas, la gloria o el desastre. Pero en mayo de este año se cumplieron los trece años que nadie puede suprimir de la vida desde que se cuenta de ese modo el tiempo.

Tan cuestionado como resistido, encontré que me parecía a Ultraversal en un montón de cosas, pero por sobre todo en esas dos que menciono: cuestionado y resistido. Para mí fue un desafío pertenecer, justamente por lo problemática que resultaba mi presencia para los entonces habitantes del Taller que si bien siempre mantuvo ese perfil, como todos los lugares literarios por momentos servía apenas para la exposición de egos escritoriles.

Yo venía desde la realidad y como la realidad me comportaba, sin corrección política y diciendo lo que pensaba de lo que me tocaba leer. Alto y claro, para que se entendiera y no le cupiera a nadie dudas de mi opinión ni de mis sugerencias. Era un Taller literario y yo era escritor real, de esos que pueden tirar un curriculum sobre la mesa y que la mesa se caiga por el peso al suelo, pero la cuestión es que ese no fue mi camino. Como me gusta a mí, el llano es el llano y con seudónimo, todos los gatos somos pardos, así que pensé que alcanzaba con lo que uno escribe o con cómo lo escribe, para sentar precedente y que las cosas se entendieran sin mayores cuestiones. La falsa humildad nunca fue lo mío. No sé cómo se come eso, aún hoy y creo que se nota.

La inteligencia y la nobleza me seducen mucho más que dos tetas tirando de una carreta.

Luego se dirá que dos escritores, como dos amas de casa en la misma cocina, no pueden convivir porque los atropella el propio peso de sus egos.

No fue mi caso. Mi caso fue el contrario y encontré en Morgana de Palacios, la fundadora de Ultraversal, esas otras y extrañas relaciones de escritores, esas «parejas» de escritores que funcionan en base a la potenciación y jamás a la competencia o el recelo.

Los que están acostumbrados a las batallas tienen un carácter diseñado para eso. No cualquiera es capaz de entregar su vida por algo que considera una «causa». Y quizás, eso es lo que me fascinó del asunto, superado el escollo de la resistencia que encontré entre los miembros originales del proyecto que hasta ese momento era exclusivo patrimonio de Morgana.

Todos saben que soy soldado y que proceso las cosas siempre con un enfoque bélico y hasta quizás, heroico, como esa posición que te ordenan no abandonar y que, al final, uno termina defendiendo por propia convicción a costa de su propia vida, pero como sostenía Martin Luther King: Cuando encuentras una buena causa por la que vivir, también la encuentras para morir por ella.

La cosa es que esta vez, retomo la Revista no por fidelidad al grupo sino por fidelidad a mí mismo.

Lo mío son y serán las trincheras, aunque sea el último soldado en ellas.

Morgana suele decirme que mi sinceridad es impúdica. Siempre lo ha sido, no voy a cambiar de viejo. Pero también me ha repetido: «La Revista es tuya».

La voy a hacer a mi modo, entonces, no porque antes no fuera mi modo el de hacerla, sino porque también uno cambia sus estrategias en medio del combate.

Por lo tanto, hemos vuelto.

גברי אכנזי

Gavrí Akhenazi

Editor y único responsable

EDITORIAL

por Gavrí Akhenazi

Imagen by Noe Two

Ausencia de sinonimia

Ya que existe una marcada confusión en el uso de la denominación «escritor», cabe decir que «redactar» y «escribir» no solamente son verbos diferentes sino que, además, no son sinónimos.

Por lo tanto, no deben confundirse ya que el aprendizaje de la redacción es relativamente sencillo para todos y se consigue durante la alfabetización primaria. Sus herramientas son la gramática y la ortografía.

El aprendizaje de las normas de ambas dará a cualquiera una redacción decorosa.

Escribir es mucho más difícil y sin temor a pecar de elitista, ese verbo, tan diferente a redactar, solo es posible para una minoría que a las herramientas naturales del «redactar decorosamente», agrega necesariamente la creación y este segundo componente requiere de originalidad, elocuencia y, por qué no, de un grado aceptable de singularidad.

La redacción basa su constructo en prosa expositiva, sin ningún plus agregado que aporte aspectos connotativos a la lectura. La redacción es la base del periodismo: «opiniones libres, hechos sagrados». Igualmente, la redacción engloba la didáctica de cualquier disciplina, ya sea científica o gastronómica. El rango para emplearla es un campo muy vasto.

Para redactar, además de las herramientas mencionadas, se requiere racionalidad, coherencia, especificidad en lo expuesto, concreción y claridad.

Por eso, la redacción es un campo de la inteligencia racional y la escritura es un campo de la inteligencia emocional.

Las obras de arte o las que se consideran por tales, siempre van más allá de los aspectos lógicos y provocan en los receptores un grado de emoción inexplicable.

Ese aspecto movilizador que pone en juego una sinergia propia, particular y difícil de definir, es el «acto creativo» que trasciende la mera ejecución que otorgan las herramientas de cualquier disciplina, para fabricar un ámbito en que juegan factores externos a la intelectualización racional de lo percibido.

La sensibilidad, expresada a través del acto creativo, es establecida desde una frecuencia indefinible, porque es un enfrentamiento de sensibilidades diversas que, emocionalmente, consiguen una convergencia irracional, si se me permite el término.

Esto, es común a todas las artes, en mayor o menor medida.

La escritura, que pertenece más al plano cognoscitivo que al del impacto visual, sonoro o estético propiamente dicho, requiere, por este mismo motivo, un mayor grado de entrega emocional al momento de transformar el «constructo redactado» en un elemento que despierte la simbólica emocional en el receptor.

El verbo escribir, más allá de lo definido en los diccionarios, refiere, en la intimidad del escritor, a todo ese otro mundo que transforma la óptica propia en una construcción de estilo propio.

Lo connotativo de una visión del mundo va más allá del encasillamiento que normalmente se hace de ello en el marco de lo poético.

El escritor que pone en juego sus procesos interiores de creatividad, ofrece en su reunión de símbolos y en su forma de trabajar la obra, una apreciación diferente de lo conocido, un enfoque secundario de una misma realidad primaria. Como el artista plástico, el escritor dibuja a su modo y con sus elementos naturales, la percepción propia de lo que observa y esa percepción incluye un bagaje interno que, quizás, el mismo escritor descubre a medida que lo plasma.

Este peculiar fenómeno que se da frente a la obra como una metáfora del ser interior, podría definirse como el momento en que un escritor descubre que lo es, porque deja de redactar y comienza a crear.

EDITORIAL

por Gavrí Akhenazi


Realidad ficcionada: trabajar con el caos

Algunos que he visto o leído por ahí, en la vastedad de este mundo online, están convencidos de que escribir es apenas el relato de una sucesión de hechos, la mayoría de ellos ficticios, ilusorios, prefabricados por la mente del autor en turno. Sin embargo, la distancia, la divergencia entre la comodidad de una narración y la realidad es absoluta.

El mundo real, ese de todos los días que está allí afuera de la mente y del autor y del que solamente vemos o percibimos una parte, es abrumadoramente cruel.

Algunos avanzamos sobre esa crueldad, esa brutalidad disparada desde lo más hondo del hombre y que se manifiesta en todo lo que se ve, si acaso el escritor se detiene a mirar realmente lo nutricio que resulta a su obra, ese alrededor. Porque es en ese alrededor hecho a la inclemencia, donde la humanidad y su condición se manifiestan de manera natural, tal y como le es propio.

Un escritor no es lo que inventa sino lo que observa y luego plasma.

La obra está hecha de materiales reales sobre un escenario oscilante que puede ser ficcional o fidedigno, pero lo que sucede sobre ese escenario siempre radica en la esencia de la observación, en los monstruos que uno ha juntado dentro de sí a fuerza de ejercer su óptica sobre el mundo del que forma parte, ya sea como actor de reparto o como testigo de una ópera comunitaria.

La obra y su escritor pertenecen a un universo que abarca infinitas dimensiones y que a su vez se plasma de manera fragmentaria, de acuerdo a las posibilidades reales de acceder a un orden escrito a partir de lo visualizado y procesado, ya que esto es siempre base para obtener un producto propio.

Como hijo de mi tiempo o hijo del siglo, he visto desarrollarse diferentes corrientes o propuestas, ya sean éstas irrisorias y fútiles como analíticas y perdurables, así como también me ha parecido muchas veces un decidido delirio egotista aquello de pretender «nuevas narrativas o nueva poesía» , exhibidas desde la pomposidad más recalcitrante y por ende, desde la ignorancia más soberbia, como un descubrimiento especialmente único de realidades o especulaciones que se dejan por el camino la historia del hombre ya hartamente escrita y reescrita.

A pesar de mí, estoy absolutamente persuadido de que existe, en la mayoría de los casos online que por aquí me ocupan, un divorcio manifiesto entre la narración de algo y la realidad propuesta al escritor desde el mundo que lo rodea con su verdad incomprensible.

Luego, llega el arte del cómo, ya que el realismo del que se nutre el escritor quizás no deba ser solo un discurso sobre los hechos que le da por relatar, sino que el verdadero sustento de la obra está en el cómo esos hechos consiguen transformarse en arte sin perder su vigencia, su esencia y su verosimilitud.

La realidad como sustrato ficcional se presenta con un sesgo caótico que debe ser reinterpretado a partir de la percepción y de la agudeza con que el escritor consiga relacionarse interiormente con su parte en esa realidad para transformar sin deformar el mensaje recibido.

Quizás es por eso que siempre he defendido el estilo con que la anécdota está escrita por encima de la anécdota en sí.

Es en el estilo de lo escrito donde se percibe la real impronta del escritor y su visión sobre esa realidad que lo rodea más allá de la ficción o no ficción.

Es su visión creativa o recreativa de lo real y percibido, lo que resuelve la ecuación de la dicotomía entre lo tangible y lo ficcionado.

Porque la realidad per sé es una cosa bárbara incluso dentro de una anécdota hermosa y es justo ese sustrato profundo de la condición humana, lo que nunca es dado perder al momento de que la obra se transforme en «nuestro punto de vista», un poco más allá de un discurso narrativo que se limita a la enumeración de verbos como único sustrato.

Justo por ese extraño costado, pasa el arte.

EDITORIAL

El escritor y su herramienta

por Gavrí Akhenazi

Imagen by Marcel Langthim

Me pregunto, cuando leo o escucho ciertas posturas o participo de algunas formas de debate, dónde ha quedado realmente la lengua que nos fuera cercana y accesible.

Siento, en muchas ocasiones, que toda esa riqueza intrínseca que tiene el español ya no queda en ninguna parte. Se ha perdido en medio de todo lo que se ha perdido o degradado o transformado en una mutación extravagante acorde a la época, como si sobre el idioma hubiera caído una verdadera batería de misiles de cabeza nuclear que crearan esa gestación de deformidades en los humanos sobre los que caen.

Quizás la lengua está perdida en los laberintos de quienes la hablan cada vez más a su modo, y no será posible su rescate, a pesar de todo lo que algunos nos esforcemos en conservar el código que nos equipara y nos iguala.

A esta altura del siglo, parece destinada, tal vez, a atravesar el desierto del enmudecimiento en pos de la tierra de los emoticones, atravesar las brumas tenebrosas y sórdidas de un discurso que la mutila y la descoyunta casi con afán asesino para salir de esos lugares transformada en un adefesio irreconocible.

He regresado tardíamente al español y a reaprenderlo en su vastedad y también a redescubrirlo como un código cuasi infinito de posibilidades en las que todo puede ser escrito y todo puede ser dicho, porque cada vocablo encierra un matiz único e irremplazable y para un escritor que se precie de tal, nada hay más sustancioso que la enorme herramienta de su lengua. Muchos deberían acceder a este último concepto.

La lengua es algo atemporal y nos plantea una exigencia de infinito, porque se abre paso como un acto vivo que siempre es capaz de interpelar y de ofrecer resultados inefables. Unifica, reunifica, explica, relaciona, comunica, habla.

La literatura es la forma más pura de la manifestación de la lengua, y por su naturaleza posee una fundamental esencia interpelativa, ya que está dirigida a otro alguien que completará el círculo de la comunicación y recogerá el germen de sus preguntas, porque el código participa al receptor con el emisor del mensaje y resultará nutricio ese intercambio de realidades ficcionales o no, líricas o no, pero que siempre inducirá a un sentido de amplitud reflexiva, tan necesaria a los seres humanos.

La lengua es riqueza.

¿Por qué, entonces, arrojar la riqueza a los chanchos, siempre bien alimentados por el postureo de moda?

EDITORIAL

Imagen by Danilo Batista

El perverso arte del mal competidor

por Gavrí Akhenazi

Las competencias entre ciertos movimientos «literarios» y sus protagonistas, que buscan su expresión a través de internet, no son novedosos, porque eso ha ocurrido en todos los tiempos.

Lo nefasto de ciertos planteos de competencia se da cuando los protagonistas de esos movimientos que surgen entre aparatosos autobombos y extensísimas exposiciones de sus atributos –como si poseer algún titulillo universitario (propio o inventado), asegurara la potencia de un escritor– se cimentan en destruir a la oferta contraria, sibilinamente y escupiendo sapos sobre los demás que puedan ser competidores.

Sinceramente, uno trata de mantenerse moderado, cuasi haciendo un voto a la indiferencia más ecuánime. Es más,  uno intenta reflexionar y ser fiel con su ideas y siempre manejarse poniendo en el contexto adecuado los conocimientos que ha adquirido.

Más de una vez, siguiendo esta metodología, he intentado –diría que infructuosamente y eso que se trata de palabras, cosa que deberían entender todos los que se dicen escritores– llegar al diálogo de forma serena, educada, trabajada en base a la lógica, cosa que desde ya dota a una argumentación del  equilibrio necesario, pero digamos que hay veces en que uno se topa con gente que le pone las cosas difíciles, porque albergan una ponzoña disfrazada de interés y un interés hipócrita que disfraza aviesamente el deseo de hacer daño, solo con el fin de no tener competidores de fuste. Los otros, no les interesan.

La literatura, como todas las artes, carece de la generosidad necesaria para remontar vuelo asistida por sus artistas o sea, los escritores. Por el contrario, cuando en realidad se ve algo así, esos que nombro anteriormente buscan de manera despiadada crear una pelea en el barro y lo que no son capaces de decir de frente, lo murmuran en todas esas orejas incautas o ávidas de saborear la sangre ajena.

O bailan el agua, doran la píldora y, literalmente, chupan el culo –permítaseme aquí la falta de temor a la expresión– solamente para ser recompensados por la babosería ajena a la que, posteriormente, ofrecerán un lugarcito primoroso en el proyecto que llevan a cabo, sin importar en realidad la calidad literaria de lo expuesto.

Se leen cada cosas por ahí que hablan más de sus editores que de los propios convocados a participar.

Pruebas… como para hacer dulce. Pruebas de ambas cosas, también.

Lo mal nacido no prospera. La literatura lo olvida y mucho más aún en estos tiempos pasatistas y apócrifos, en que se han perdido los lectores de fuste que puedan opinar objetivamente.

Lo que avala la calidad es la trayectoria y el sostén en el tiempo. No exponer, a guisa de panegírico refrendatorio de solvencia, una innumerable cantidad de ítems que llevan a pensar a quien los lee: «sacaron a pasear el trapo de lustrar bronce de la abuela».

EDITORIAL

ULTRAVERSAL – LA SECTA LITERARIA

Por Eva Lucía Armas

Ultraversal y nosotros, los ultraversales. Los sectarios, los elitistas, los perfeccionistas, los que deseamos que la literatura no termine siendo un arte menor en la que no importen ni el fondo ni la forma y todavía, menos aún, el contenido. Los que no deseamos que la técnica literaria que defendemos, se transforme en un montón de escombros sobre la que cualquier gallina pone un huevo y lo llama «obra».

De la mano de su mecenas, Morgana de Palacios,  quien fundara este proyecto cultural virtual y gratuito en 2003, cuando aún el potencial de internet estaba inexplorado, Ultraversal se ha mantenido constante en sus ideas y firme en el camino de sus objetivos: un Taller de Perfeccionamiento y Crítica Literaria, responsable y honesta, hecho por escritores para escritores.

Por nuestro espacio han pasado, durante estos dieciocho años de trayectoria, una cantidad innumerable de poetas y narradores que ahora pueden verse en las librerías y en las plataformas virtuales.

Pero Ultraversal es algo más que un Taller de Perfeccionamiento en las reglas del arte. Es un trabajo intenso y solidario, en el que cada miembro de la plataforma colabora desinteresadamente con sus compañeros desde su conocimiento o desde su óptica. Es un lugar en el que la generosidad priva sobre el ego natural del artista y en el que la única exigencia es «ayudar al compañero, en la medida de nuestras posibilidades».

Cito las palabras del escritor y poeta cubano, John Madison:

«Ultraversal es una herramienta de rescate.

Ser un ultra es la pasión que más placer y orgullo me ha dado a mis 51 años. Ser un ultra requiere valor extremo, vas a mirarte desde todos los puntos, vas a viajar a zonas de ti que ni siquiera sabías que existían y vas a dejar que otros te miren, te cuestionen, te señalen, te guíen…

Los mayores descubrimientos sobre mí los he hecho mientras trabajaba en mis versos. Ultraversal te ubica como parte del todo. Es la manera en que este lugar dimensional te enfrenta a ti mismo.

Alguien me preguntó una vez porqué volvía siempre.

Bueno, uno siempre regresa a los lugares donde fue feliz.»

Nuestro fin jamás fue ni será el lucro. Solo la excelencia.

EDITORIAL

«De esas poses ridículas y otros yerbajos», Gavrí Akhenazi

«Para el poeta, escribir significa derribar el muro tras el cual se oculta algo que siempre estuvo allí».

Milan Kundera

Leo con mucha frecuencia ciertas catarsis exacerbadas y violentas, acerca de lo terrible, lo cruel, lo implacable y desgastante que es para algunos el hecho de escribir.

Leo a esos renegados, enfrentados a su propia expresión, renegando (valga la redundancia) de ella como si el poder escribir fuera poco menos que haberle entregado el alma al diablo y luego de firmado el pacto diabólico de quedarse sin alma, andar a los gritos y mesándose los cabellos por tener un don.

No los entiendo. No consigo interpretar su sufrimiento, su angustia, su desespero, su clamor, su gritería, su pataleta, su berrinche.

¿Por qué ese sufrimiento?¿Por qué esa tortura truculenta que los hace pedazos, según dicen? ¿Por qué el odio/amor, exasperado y casi desquiciado en su obsesión por denostar lo grandioso del acto expresivo?

Allí se presentan con largos discursos apoteóticos, como mártires de la letra ensangrentada, atormentados indefensos del cruel verdugo del arte que eligieron para hacerse visibles a sí mismos.

Porque de eso se trata la escritura: de la visualización de los propios habitantes que todos tenemos dentro. De ese otro que está ahí y que nos habita y que, además, escribe todo lo que se es incapaz de decir sino por su intermedio.

Entonces ¿de qué se trata ese tormento del que hablan algunos como si la literatura los hubiera atado a un potro de tortura intentando arrancar una verdad inconfesable?

La escritura no es eso que algunos –vaya usted a saber por qué–, dicen que es. Es algo maravilloso, extraordinario y por sobre todo, reparador.

Los poetas suelen ser especialistas en estas dramatizaciones de opereta: La poesía, la más cruel de las madrastras, la más intransigente de las carniceras, la más despiadada de las tiranas.

¿Qué les pasa? ¿Qué les pasa a estos tipos? Eso es lo que quisiera saber yo. ¿Por qué tienen semejante conflicto existencial con la escritura?

La escritura no es una cosa que nace de un repollo o que uno se choca en el camino como un espíritu errante que se apodera de nuestra conciencia en una película gore.

Que se puede hablar de trance, sí, a veces, pero la escritura es una parte del escritor que habla, es un hecho consciente que se realiza, es algo que no es ajeno, sino propio.

No es una condena ni uno está maldito. Más bien, es justo al revés. Escribir, poder hacerlo, sana o por lo menos ayuda a ver todo lo que nos habita y ponerlo a cierta distancia como para poder analizarlo con otra perspectiva. Es un acto creativo, no un linchamiento público ni una inmolación a lo bonzo delante de un espejo.

Ese folklore ridículo del escritor traumado o del poeta al borde del suicidio, ya son cosas que han pasado de moda y que han perdido, en consecuencia, su validez como liturgia. Se han vuelto un rasgo grotesco, una pose inválida, una pirueta circense para llamar la atención de algún desprevenido que todavía crea en los pececitos de colores.

Así que no consigo entender a todos esos desesperados que lloran por tener la capacidad para escribir, para descubrir sus monstruos y descubrirse, para curarse o para aliviarse, para expresarse, al fin y al cabo,  que es una de las cosas que más rehúye el ser humano.

Porque la escritura es la tabla que sostiene al náufrago, no el barco mientras se hunde.

Quizás, para evitarse tanta burda infelicidad creativa, todos estos renegados lacrimosos y atormentados, deberían dedicarse al bonsái. O en su defecto, dejar de dar lástima y seguir escribiendo honrando su arte con la boca cerrada y la letra dispuesta.

EDITORIAL

Por Gavrí Akhenazi

Imagen by Thomas Skirde

La palabra a(r)mada

Utilizado como bandera, el concepto de generación difiere fundamentalmente del concepto de idea.

Leemos, la generación del ’80 (Argentina), la generación del ’27 (España) y similares, aunque en realidad, esa denominación abarque escritores de fundamentos literarios diferentes.

Yo prefiero, inclusive más aún que la denominación «corriente literaria», la de «idea literaria».

Una idea expresa pensamiento. Es como una adscripción que desde lo que se siente se transforma en lo que se piensa.

Y hablando de literatura, creo que debe tomarse en cuenta que lo que se escribe es un producto histórico social, siempre y cuando se considere aquel contexto en el que esa literatura fue producida. No puede tomarse como marco de referencia, único y exclusivo, a la generación que protagoniza la movida, porque todas las «generaciones» funcionaron y funcionan casi de una manera similar : critican y reniegan de la precedente.

Eso excluiría interpretar los cambios sociales, culturales y económicos que le dan origen. ¿Cómo deberíamos llamarle a la actual? ¿La generación de Internet?

Cuestiones modernistas:

Resulta que a veces uno lee vocabularios que aún hoy le resultan extravagantes.

Los lee en esos compañeros que se acercan con su afán escritor y si uno les dice: «eso se quedó en el modernismo», se ofenden como si les dijeras que sus madres desempeñaron el oficio más antiguo del mundo.

Yo, como soy hijo de una de esas madres que hicieron de ese oficio un culto, cito aquí lo que muchas veces me obligo a leer aunque no a digerir.

De hecho, la escritura cumple un papel emuntorio a la par del mejor de los estómagos.

Consideremos, al día de hoy en este hoy del hoy del siglo que transcurre, las siguientes apuestas lírico/metafóricas:

a) Palabras procedentes de la afición a la zoología: cisnes-pavos reales -mariposas-tórtolas-cóndores-gaviotas-crisálidas-vencejos-leones.

b) Palabras procedentes de la afición por la botánica, heráldica o mitología: lirios–lotos–anémonas–nenúfares (esta la uso a veces)–acantos–laurel–mirtos–olivos–almendros–pámpanos–adelfas–jacintos.

c) Palabras procedentes de la afición a la mineralogía y la arquitectura: oro – columnatas–capiteles–rubíes–zafiros–pórfido–mármol–esmeriles–bromuro–talco–opalina–esmeralda.

d) Afición por los neologismos latinos y griegos: liróforo–girósforo–aristo–áptero–apolónida–cristelefantino–faunalias–homérica–ixiónida–lilial–nictálope.

e) Palabras procedentes de la afición por la física, la química, la astronomía y la geografía: hidroclórico-hiperbórea-aerostación-hipermetría-febrífugo-hidrostático-cosmogonía-baremos-isobárico-sulfatados.

f) Palabras que remiten a una excesiva afición nobiliaria: pajes-reinas-heráldica-blasón-clavicordios-lises-príncipes/esas-reverencias- hinojos.

g) Afición por los adjetivos de color: dorado-rubí-níveo-esmeralda- violeta-azur ( y una lista infinita que excede a mi tiempo de examinación).

Esbozo nomás de una idea mayor. Para no aburrirme. Para no dormirme.

En el modernismo siempre sobra, nunca falta. Yo no soy decididamente un modernista, pero como escritor, que sí soy, sé que toda palabra en su justo momento es un hecho expresivo sin parangón. El asunto es cuando se la emplea en el mismo momento literario en el que la usa y la usó todo el que no le asigna un plus a su valor. Ej de docente : labios de rubí (para el vómito).

Las palabras tienen entidad y bien usadas, fuera del contexto al que todos las sujetan, resultan puntos flexivos en el hecho literario, que pueden ser recordados como antológicos.

El quid de la cuestión es resemantizar lo manoseado y darle entidad nueva a lo manido. Las palabras tienen una especie de valor matemático. Son algo más que dos más dos.

EDITORIAL

por Juan Carlos González Caballero

Imagen by Clarence Alford

Amor de los demonios

Te amo, te quiero.
Te odio, te deseo.
Ya no te quiero.

Tendría que ajustar más el objetivo de lo que intento explicar con este comienzo, porque en cada cultura, en cada nación, en cada casa, las palabras usadas no significarán exactamente lo mismo. Se pueden aproximar, sonar a, pero ¿llegan a trasmitir al cien por cien?

De esa necesidad por transmitir lo que nos produce estos sentimientos surge, en muchos casos como en el mío, el primer intento de escribir un verso, una carta, que nunca supe si llegó a su destinataria.

Podría decir te quiero o te quise ¿cierto? Y aún así depende del tono en que lo diga, el momento o a quien se lo haga comunicar.

Comienzo aquí con lo que es una declaración. Uno muestra a otra persona su sentir afín hacia ella o su gusto, su desvelo, su deseo por no dejar de verla nunca. Le declara lo que quiere seguir siendo para con la persona que recibe el mensaje.

Hablar de esto, como podéis comprobar, puede hacer que parezcamos un eslogan facilón que todo el mundo conoce de sobra.

Por eso es que el arte, y si me apuran aún más, las canciones, las letras, son algunos de los lugares en los que nos llegan y conmueven estos informes del interior.

Componen un infinito abanico de crónicas en las que la inmensa mayoría de la gente nos veremos identificados y sacudidos por dentro.
Algunos de estos golpes, o muchos, acertarán con más o menos frecuencia dependiendo de la experiencia y memoria emocional de cada quien.

Darán de lleno en nuestro corazón, porque de algún modo u otro, el amor sobrevuela a toda obra. Entiéndase que si hablamos de daño, odio, desamor o despecho estamos tratando la misma materia.

Lo que significa querer es mucho más global, y al mismo tiempo el verbo más habitual para hablar de amor.

Pienso que lo engloba todo en un mismo kit. Desde el enamoramiento de los primeros instantes que tienen fecha de caducidad o aquel término denominado «estado de locura transitorio» hasta llegar a esa simbiosis de los que se mueren casi a la par, ya ancianos. Es este último concepto por el que podemos anhelar un amor en paz en el tiempo (algo que puede resultar paradójico cuando son los amores que nos dieron «guerra» aquellos que nos marcan más).

Hablemos en plata y honestamente. Se trata de placer y dolor. Ser conscientes de que cuando hemos sido felices y enloquecido de placer, el tiempo dejó de existir en nuestra gráfica. En cambio, es en los momentos dolorosos donde el reloj se detiene y casi que podemos notar como cae sobre nosotros piedra a piedra. En general nos solemos identificar con este último aspecto en mayor medida que con el primero ¿Interesa demasiado que alguien te describa lo feliz que se siente al haber encontrado a esa persona?

Por supuesto que hay excepciones pero sería curioso poner en una balanza ambos extremos y ver cual gana en calidad y cantidad de transmisión.

Nos hace tomar decisiones que vienen del pálpito, o bien de una intuición que tiene como fin el desear lo mejor a quien se ama, como pudiera ser el dejarlo ir o como pudiera ser el no tener contacto por parte del sujeto amante a modo de protección mutua. De lo contrario, hablaríamos de la conocida toxicidad a través de la cual las relaciones se convierten en engendros de egoísmos y miserias.

Se muere y se seguirá muriendo por amor y somos una especie diseñada para abrir más de dos y tres veces la misma herida.

Aún así, vivir el amor aunque tan sólo sea una vez en la vida, es algo de lo que ningún ser humano se debiera privar ni privar a nadie bajo ningún motivo, a pesar de sus consecuencias.

Durante todo este tiempo robado al lector he tenido la tentación de citar canciones y letras, aunque pienso que es preferible que le añadan su propia banda sonora a todo esto o escriban sobre lo que les ronda la mente.

Oigan su propia canción.

EDITORIAL

Imagen by Mostafa Meraji

«El tiempo como territorio», por Silvio Rodríguez Carrillo

Quizás te ha pasado que estando en la fila del supermercado, desde un lado alguien se te acerca, tanto, que puedes casi sentirlo. Como te produce una sensación molesta, casi inmediatamente y por reflejo, intentas dar un paso más hacia la caja. Esto sucede porque tenemos, de manera natural, la necesidad de un territorio espacial básico, que hace reaccionemos cuando nos sentimos invadidos. Puedes hacer la prueba en diversas situaciones, observando o actuando, y verás que los individuos intentarán conservar su espacio vital instintivamente, siempre que puedan. Esto es: A se alejará del desconocido B, si este invade su espacio vital.

Bien mirado, incluso un escritorio puede convertirse en un territorio. Imagina que estás observando una entrevista entre dos contertulios (A y B), ambos, a cada lado del escritorio, sentados en sillas. Estando A con los codos sobre el escritorio, B, normalmente, permanecerá con la espalda apoyada en el respaldar de su silla. Ahora, si operase un cambio de postura y B pasase a apoyar sus codos sobre el escritorio, lo normal es que A retroceda y apoye su espalda en el respaldar de su silla. Estos son gestos corporales, derivados del principio de territorialidad y que, en parte, estudia la proxémica.

Es fácil entender la importancia que tiene el territorio. Y debería ser fácil, entonces, entender que así como para nosotros es importante contar con un territorio, que así como para nuestra familia es fundamental tener un territorio, así mismo es importante y fundamental para cualquier persona y/o su familia contar con un territorio. Si de familia vamos a nación –recordando que posiblemente pertenezcamos a alguna–, debería de ser sencillo de entender cuán importante y necesario es, para cualquier nación, contar con un territorio. Así, debería ser sencillo entender cuán nefasto es que invadan nuestro territorio, ya sea individual, familiar, o nacional.

Pero el territorio no es sólo un “espacio”, no acaba con lo espacial. Así como “el trabajo no es un lugar”, así mismo, el territorio no se limita únicamente al espacio. Existe otro factor y que también cuenta como territorio, y ese factor es, justamente, el más precioso que tenemos, dada nuestra condición humana: el tiempo. Si un auto nos bloquea la puerta del garage nos invade el territorio espacial, pero si además hace que lleguemos tarde al trabajo, también nos invade el territorio temporal. Aquí, lo insoportable es la gente que anda invadiendo territorios sin ni siquiera darse cuenta.

Es por esto que así como defiendes tu jardín o el patio de tu casa y no dejas que cualquiera lo invada, del mismo modo no debes permitir jamás que nadie invada tu tiempo, porque es un territorio que debes defender y enseñar a respetar, con el ejemplo por delante. Considera que, a diferencia de unos cuantos metros cuadrados que puedas llegar a disputar con un vecino, el tiempo no lo puedes recuperar y, como a ciertas personas no las vas a cambiar, mejor evita a aquellas para las que “el tiempo como territorio” vendría a ser como “la dimensión desconocida”.

EDITORIAL: «Las alas y las armas» por Eugenia Díaz Mares

Imagen by Maximiliano Estevez

De lo que nos provee Ultraversal

Vagando entre los blogs del ciberespacio intentaba sacar con mis torpes palabras lo que me estaba aniquilando y veía el abecedario en el cual apoyarme sin poder alzar vuelo.


Morgana de Palacios me encontró en mi derrotero. ¡Bendito sea ese día en el que me enseño que había una luz en el camino de las letras para mí, de esas letras que carecían de alas y de voz.


Cuando llegue a Ultraversal me sentí una inmigrante al ir leyendo la excelencia en los trabajos de los ultraversales, me llene de temor volviéndome a sentir tan insignificante como cuando era niña. Eso no me detuvo. Aunque yo sea nerviosa e insegura también soy tenaz para aprender y conocer mas sobre lo que me gusta.


Comencé a compartir lo que solía escribir sabiendo bien que estaba en un taller de crítica literaria. Al principio me sentí avergonzada y muy desanimada al ver tantos errores en mis trabajos principalmente de ortografía. Sobre métrica y estructuras estaba en cero. Más me avergonzaba pensar en cómo me había atrevido a publicar en un blog lo que yo llamaba poesías.


En varias ocasiones quise tirar la toalla y retirarme rendida con la cabeza baja y si no lo hice fue por la generosidad que tenían los administradores y compañeros ultraversales conmigo, por esa ayuda desinteresada que me estaban dando. Siendo yo una persona poco instruída, ellos me estaban dando su tiempo y sus conocimientos para que las palabras en mis trabajos pudieran tener alas y luz.


Me hicieron sentir que yo podía hacerlo, aunque tuviera que corregir una y mil veces mis trabajos para poder captar lo que ellos querían que yo entendiera.

Poco a poco me fueron ayudando a cerrar las cicatrices en mis alas. Sintiéndome segura y apoyada me atreví a confesarles que yo le había hecho la promesa de un libro en memoria de su vida a mi hija Erika Adriana, algo para mí muy difícil de lograr porque no tenia las armas necesarias que se necesitaban.


Fue aquí en Utraversal en donde me brindaron las armas, en donde experimente que existen las diosidencias desde el momento que Morgana de Palacios me encontró y me trajo a esta gran familia de ultraversales, en donde todos han sido una parte importante en el libro «Su corto vuelo» que logre escribir en memoria de mi hija.

No tengo manera de retribuirles.

Queda en el libro para siempre su generoso apoyo y la ayuda que me brindaron y que siguen brindándome.


Escribir el libro para mi hija, tomada de la mano del Taller de perfeccionamiento literario Ultraversal, ha sido una hermosa experiencia en mi vida. Al ver a todos involucrados en el proceso como una gran familia me sentí acompañada y eternamente agradecida.


Nota del Director: Este editorial que firma la poeta mexicana Eugenia Díaz Mares no tiene ánimo de propaganda ni está destinado a seducir lectores para que el producto se compre. Más bien, lo contrario, aunque algún suspicaz, seguramente, intentará llevar la cosa por ese lado.

Ultraversal es un proyecto gratuito, un mecenazgo. No tiene ningún fin de lucro sino que su único fin es solidario.

La solidaridad, sobre todo en el mundo de los egos artísticos (y por qué no, en cualquiera de los demás mundos), es mal vista y peor mirada, porque contraría las normas del «me lo guardo para mí», «si alguien va a destacar, seré yo» y todas esas cosas que vuelven a las artes, en vez de un hecho expresivo que comunique a los hombres entre sí, un hecho mezquino que solamente busque el lustre propio y el preponderar de unos por encima de otros.

Elegí para el Editorial de agosto las palabras de Eugenia, porque para nosotros es un ejemplo de tesón, afán de superación personal y lucha desde la resilencia más extrema, por el logro de un objetivo fundamental en su vida.

Somos nosotros, los ultraversales, los que estamos agradecidos a Eugenia ya que su entrega al aprendizaje, su humildad inveterada, su empuje solidario y sus progresos incalculables, nos han enseñado que a pesar de la mezquindad humana, no todo está perdido.

Las personas necesitan de la solidaridad en todos los aspectos de la vida. Y ser solidario, aún en el arte, donde lo único que prevalece es el ego del artista sobre cualquier otro bien mayor, es una forma de hacer humanidad, una mejor humanidad, y que el arte perdure más allá del hombre.