RELATANDO

John Madison – Cuba

Love for sale


Conozco a muchas pibas que se funden el sueldo en tacones y bolsos. Los compran como si fueran Chupa Chups a sabiendas de los malabares que tendrán que hacer para llegar a fin de mes. Mi mujer también fue una de esas consumidoras compulsivas. Compraba zapatos a juego con las carteras a punta de pala, pese a saber que me eran indiferentes.

Me daba igual si iba a la compra descalza. Me gustan las mujeres por lo que hay oculto en su corazón.

En cuanto a los bolsos, no dejo de reconocer que tienen su punto funcional. Cuando vas de copas con tu mujer, por ejemplo. Ese mismo bolso en el que te andabas cagando por su desorbitado precio se convierte en tu salvador cuando le pides que te guarde el tabaco, la billetera, las gafas de sol…

En ocasiones, el bolso de tu compañera te libera de una multa por posesión de estupefacientes: «Mierda, un control policial». Entonces le pides a tu mujer que te guarde en su bolso la metralla que llevas encima.

Por supuesto que ella me cumplía, ambos sabíamos que los agentes no iban a registrar el bolso de una señora de buena posición.

A ratos, yo también practicaba la compra compulsiva, aunque no eran objetos tan chachis como un bolso de Carolina Herrera. Eran, según mi mujer, «más mierda inútil».

Solo una vez, en Navidad, compré algo que nos puso de acuerdo: un karaoke. Lo usábamos en Nochebuena, por San Esteban… y otras fechas señaladas.
Para evitar enfados entre los participantes propuse algunas pautas con las que ella estuvo de acuerdo. Tuvimos cantantes de oído cuadrado a los que soportó con un estoicismo de Grammy.

Giubi, por ejemplo, es un excelente bailarín, pero para cantar no lo llames. Mi colega no afina, rebuzna.

Sentí más la presencia del verdadero amor en el último año que pasé junto a mi mujer que en los veintiséis que llevábamos de matrimonio. En esa última etapa ya no estábamos casados ni usábamos el karaoke. Tras el ictus mi esposa perdió los rudimentos del lenguaje, pero no a su compañero de vida. La amaba aunque fuera totalmente dependiente de mí y aunque hubiera convertido mis días pasados en un infierno.

Era una gran verdad que aunque me esforzara en hacerle la vida más fácil ella no recuperaría lo perdido. Su degradación mental y física era una realidad que yo solo podía combatir fabricando nuevos recuerdos.

Es cierto que no hablaba, como también es cierto que al cabo de los meses de producirse el incidente recuperó algunas palabras. No le valían una mierda para hacer una sesión de karaoke –no podía construir una frase por sencilla que fuera–, pero bastaban para comunicarnos: café, bebé para identificar a los hijos, agua, TV. Sol, decía sol, lluvia…, y ¡Juan!.

Fue una sorpresa descubrir que de entre toda la variedad lingüística, mi nombre había regresado a su memoria. Hecho curioso, en el pasado solo me llamaba por mi nombre de pila cuando estaba de bronca.

Encontrar el karaoke entre los trastos que guardo en el garaje me hizo rememorar la noche en que nos conocimos y en la que oí por primera vez a Camarón de la isla, una voz valiente en la manera de afrontar los preceptos del flamenco de finales de los ochenta.

Me enamoré de su voz, tanto como lo hice años más tarde de mi mujer. La conocí durante el intermedio
de la jam session que había ido a escuchar en el café del teatro Central, en Sevilla. Ella era una de las participantes.

«¿Le importaría dejarme un papel de fumar?», le pregunté.

Minutos antes vi que se había liado un porro en la terraza, apartada del resto de músicos.

Ella me pasó un papelillo.

«Ha sido un ‘Love for sale increíble’», le dije refiriéndome al estándar con el que los músicos habían cerrado la primera parte de la jam y que ella había interpretado al piano.

Me dio además del papel, fuego. Mientras la miraba adentrarse nuevamente en el bar me di cuenta de que no sabía su nombre. Llegué con el concierto en marcha y ni siquiera miré el cartel publicitario de la entrada.

Más tarde, volvimos a encontrarnos en la salida del teatro. «Te acerco a casa», gritó ella desde el interior de su coche, gesto que acepté agradecido. Era la voz de Camarón de la isla la que sonaba en el reproductor.

Entonces no tenía manera de saber que ella sería en el futuro mi esposa ni que veintisiete años más tarde esparciría sus cenizas bajo el olivo del jardín de nuestra casa.

Desde que nos casamos, vivió inmersa en una guerra contra el tiempo. La diferencia de edad, veintidós años, nunca me molestó. A quien le hacía la puñeta era a ella, ya que perdía una hora cada mañana para disimular las arrugas con el maquillaje. Teñirse el cabello semanalmente para ocultar las canas o someterse a costosos tratamientos contra la celulitis.

Sí, la mujer que ya no compraba tintes de L’Oreal para el cabello ni podía usar el karaoke había envejecido milenios.

No caí en la cuenta de que la mujer que fue mi compañera durante un cuarto de siglo era ya una anciana que usaba, en lugar de tacones caros a juego con el bolso, deportivas con velcro.

Ya no era capaz de apañárselas con los cordones.



Isabel Reyes – España

El regreso


La muerte ha venido a visitarme varias veces. La primera, cuando mi padre volvió una noche por sorpresa y permaneció observándome en la puerta del dormitorio. Y vino para quedarse conmigo para siempre, cuando Miguel apareció de pronto en el salón, después de tantos años enterrado.

Hasta entonces, yo dudaba de mis ojos, de mis silencios y de mi propia sombra. Pese a la claridad de lo vivido, yo creía, -o al menos lo intentaba- que el miedo había provocado y dado forma a unas imágenes que sólo existían en el recuerdo. Pero, esa noche, la realidad se impuso a cualquier duda. Cuando Miguel abrió la puerta, yo estaba allí, sentada frente a la chimenea, despierta y desvelada igual que ahora, y al verle ni siquiera sentí miedo.

Pese a los años transcurridos apenas me costó reconocerle. Seguía igual que yo le recordaba cuando vivía. Y ahora, sentado en el sofá, inmóvil, parecía haber venido a demostrarme que era el tiempo, y no él, el que realmente estaba muerto.

Ambos permanecimos en silencio. Después de tanto tiempo separados, estábamos los dos frente a frente, sin atrevernos, pese a ello, a reanudar una conversación interrumpida bruscamente. Yo ni siquiera me atrevía a mirarle. Ni un solo instante dejé que me invadiera la sospecha de que había venido para velar mi propia muerte. Sólo al amanecer, cuando una tibia luz me despertó y comprobé que ya no estaba conmigo, un negro escalofrío me recorrió por vez primera al recordarme el calendario que aquella noche que se iba tras los árboles del parque, era la última noche de enero. La misma exactamente en que Miguel había muerto 25 años antes.

A partir de entonces volvió a hacerme compañía muchas veces. Llegaba siempre a medianoche cuando el sueño comenzaba a rendirme. Aparecía en el salón sin hacer ruido, sin pisadas, sin que las puertas de la calle ni el pasillo lo anunciasen. Pero yo sabía que Miguel se acercaba por los ladridos asustados de Boss. A veces, cuando la soledad era más fuerte que la noche, cuando el cansancio desbordaba los recuerdos, corría hacia la cama y me tapaba con las mantas, como una niña, para no tener que compartirlos con él.

Una noche, sin embargo, hacia las tres o cuatro de la mañana, un extraño murmullo me despertó de repente. Era una noche fría de finales de otoño y la lluvia cegaba, como ahora, la ventana. Al principio pensé que llegaba del exterior, que era el viento al arrastrar las hojas muertas. Pero en seguida me di cuenta de que estaba equivocada.

Procedía de algún sitio de la casa, como de voces cercanas, como si hubiera alguien hablando con Miguel. Permanecí inmóvil en la cama escuchando largo rato antes de levantarme. Boss había dejado de ladrar y su silencio me alarmaba más aún que ese extraño eco de palabras.

Cuando salí al pasillo el murmullo se detuvo de repente como si en el salón también me hubieran escuchado. Con Miguel sólo había sombras muertas, silenciosas, sentadas en corrillo que se volvieron a la vez a mirarme cuando abrí la puerta y en las que apenas me costó reconocer los rostros de todos los muertos de mi casa.

Durante segundos me quedé paralizada. Pensé que el corazón iba a estallarme y aterrada eché a correr hacia la calle con el perro. No me atrevía a volver junto a los míos. El miedo me arrastraba sin rumbo por callejas solitarias y me empujaba más allá de la noche y de la desesperación.

Esperé a que saliera el sol. El viento había cesado y una calma profunda se extendía por la ciudad. Boss me miraba en silencio tratando de entender, pero yo no podía decirle nada. Aunque entendiera mis palabras, no podría explicarle algo que ni yo misma alcanzaba a comprender. Quizás todo no hubiera sido más que un sueño, una turbia pesadilla nacida del insomnio y la soledad. O quizás no. Quizás lo que había visto y oído era real y las sombras negras seguían esperando a que volviera. Abrí la puerta. La casa estaba sola y por la ventana entraba la primera luz del día.

Pasaron varios meses sin que nada parecido ocurriese. Yo esperé cada noche atenta a cualquier ruido, temiendo que la puerta volviera a abrirse sola y Miguel apareciera frente a mí. Pero pasó el invierno sin que nada turbase la paz de mi corazón. Y así, cuando llegó la primavera, yo estaba segura de que nunca volvería porque jamás había existido más que en mi imaginación.

Pero volvió. De noche y por sorpresa. En medio de la lluvia. Se sentó en el sofá y se quedó mirándome en silencio igual que el primer día.

Desde entonces a hoy ha regresado muchas noches. A veces con mi padre. A veces rodeado de toda la familia. Durante mucho tiempo me escondí para no verles. Me resistí a aceptar su compañía. Pero siguieron acudiendo cada vez más a menudo, y al final, no tuve más remedio que resignarme a compartir con ellos mis recuerdos y mi hogar.

Ahora que presiento a la muerte rondando por mi cuarto, y mis ojos van tiñéndose de gris, incluso me consuela pensar que están ahí, esperando el momento en que mi sombra se reúna para siempre con las suyas.

LOS NARRADORES

Eva Lucía Armas

Eva-nescente

Había aprendido a huir.

Y de tanto huir le parecía pertenecer a mundos que desaparecían con solamente sacar el pie de ellos.

Había vivido en un montón de mundos que huían unos de los otros, como un complejo juego de escondidas. Mundos que se iban perdiendo en su memoria, escapando mientras se escapaba de algún otro mundo.

Alguna vez pensó que era de aire y que vivía subida en algo que no admitía la condición de enraizar más que en la valija que a veces tampoco se llevaba.

Ella terminó siendo su propia valija, que huía de la vida con los pocos recuerdos que podía meter dentro del pecho:
Su abuela Catalina, que era ampulosa y feliz como una pajarera.
Los sandwiches de queso cremoso de la tía Chichí, cuando en las huídas alguien se la olvidaba en esa casa como a un bulto que todos se niegan a portar.
El aroma profundo del poleo y la menta en un atardecer lleno de verdes.
El gesto serenísimo de la tía Elvina leyendo a Proust debajo de los sauces.
La soledad recóndita.
Los campos polvorientos del abuelo Bautista, tan infinitamente planetarios.

Era, al fin y al cabo, un bulto que manos apuradas iban dejando en diferentes oficinas que no lo recibían.

Hasta que apareció el Dueño del Paquete y lo reclamó como Cosa Muy Suya, a la que nadie, ni siquiera ella, podría volver a acceder, según le dijo cuando se casaron.

Pensó que se había olvidado la cara de su padre y no conseguía recordar la voz de su madre, cuando cargó a los dos hijos menores en el auto y huyó sin secarse la sangre de los golpes.

¿A qué mundo me escapo una vez más?

Como cuando escapaba con su madre de un inevitable momento político, en la valija, transportaba el miedo.



John Madison

Imagen de Souvick Ghosh en Pixabay

A change is gonna come

A los siete días de separarme de mi mujer me compré una botella de tequila. Recuerdo que era sábado y que yo deambulaba por la casa en bóxer como un fantasma, un fantasma que bebía a morros mientras lloraba.

Los niños y la asistenta me veían ir de un lado a otro, pero no me decían nada porque sabían que me encontraba en un estado de depresión profunda. Mi cuerpo y mis emociones reflejaban, prácticamente, los mismos síntomas que un toxicómano siente cuando el síndrome de abstinencia lo tiene pillado por los huevos.

Lo que te convierte en adicto no es la sustancia, actividad u objeto en cuestión, sino tu comportamiento ante su ausencia, la ausencia de mi mujer.

Sí, soy un adicto al amor. Pero no supe que lo era hasta que comencé mi proceso de divorcio. Abría y cerraba el día llorando por una hija de perra que me había maltratado psicológica y físicamente tanto a mis hijos como a mí.

Quedé muy descalabrado de esa relación en todos los frentes: el emocional, el físico y el financiero. Sufría ataques de pánico, alcoholismo, depresión, ansiedad, agorafobia, impotencia, recuerdos intrusivos, pérdida del control, arrebatos de ira, aislamiento, pensamientos suicidas, trastorno del sueño y pesadillas recurrentes en esos días en los que conseguía dormir, además de transfiguración de la realidad, insensibilidad ante los estímulos vitales y una profunda dificultad para mantener la atención; hecho que afectó considerablemente a mi carrera de escritor.

¿Se puede superar la dependencia emocional? Por supuesto que sí, pero primero has de reconocer que eres codependiente.

La dependencia emocional está catalogada a día de hoy por la psiquiatría moderna como adicción. Mi cuerpo es un libro abierto que atestigua todas las humillaciones que soporté durante veintisiete años: un navajazo en una pierna, rotura del radio, una cicatriz en el cráneo, dos dientes partidos por los que pagué un ojo de la cara al dentista que los devolvió a su estado original y una larga lista de marcas invisibles.

Esas son las más difíciles de calibrar ya que los sucesos que las acompañan me salen al paso sin que yo los llame y cuando esto sucede, por regla general, la herida vuelve a sangrar profusamente.

¿Tiene alguien idea de lo que es despertar en medio de la noche con un cuchillo de sushi en la garganta?

Existen muchos tipos de maltrato: el psicológico, el financiero, el físico, el sexual…Yo los soporte todos.

El maltrato está, a menudo, se asocia con las mujeres como víctimas, aunque todas las personas que hemos pasado por situaciones similares sabemos que el asunto no tiene estatus social, bandera o género.

Socialmente se juzga y condena a un hombre que no responde a un acto de tal índole con la misma moneda. Al parecer los que nos abstenemos de golpear somos menos hombres. Pero hay que ser muy hombre para mirarse ante el espejo y hacer el obligado recuento de los daños, mucho más que para ocultarlo. El gran aliado de la violencia conyugal es el silencio del cónyuge afectado. No solo sentía vergüenza de exponer mi calvario, sino que había desarrollado una simpatía hacia mi ex mujer que me llevaba a justificar su mal comportamiento.

Podría haberle soltado dos carajazos bien dados, y aquí paz y en el cielo gloria. Pero nunca lo hice por mi educación. Mi abuelo nos grabó a martillo, tanto a mí como a mis hermanos varones, Rafa y Yeyo, que el hombre que le levantaba la mano a una mujer no era nunca más un hombre. «La violencia es un camino sin retorno», solía decirnos. Pese a ello, confieso que alguna vez la abofeteé para llamarla a capítulo.

No, no podía responder a sus ataques con un contraataque efectivo, pero tampoco era capaz de apartarla de mi vida. Mi matrimonio era peor que formar parte del reparto de actores del film A Nightmare on Elm Street en versión vida real.

La historia era siempre la misma. Ella montaba un pollo, yo la echaba de casa. Luego de unas semanas ella regresaba, me pedía perdón y yo la dejaba entrar, una vez más, en mi reino. A veces se presentaba en el colegio de los niños y les pedía envuelta en sus lágrimas de cocodrila trágica que intercedieran por ella. Entonces los niños hacían de mediadores, también envueltos en lágrimas, solo que las de los niños no eran falsas.

Tantas noches llegué a hacerme la pregunta de por qué me sentía imposibilitado de romper aquel círculo cíclico de broncas y perdones que la vida me trajo de vuelta la respuesta: «Apriétate el cinturón, guaperas. Dependes emocionalmente de una psicópata».

Los psicópatas tienen un comportamiento similar al de un pitbull. Una vez pillan a la presa se resisten a abrir las fauces y como suele ocurrir con las perras suelen ser más agresivas y territoriales que los machos, y es una realidad clínicamente probada que los dependientes emocionales respondemos a una jerarquía de mando. El alfa es quien gobierna y yo no he sido jamás alfa de nada. Yo representaba en aquel guirigay monumental el papel de perro, también. Aunque mi fuerza física era superior mi cerebro interpretaba que la cadena de mando era inviolable.

Como dependiente emocional tenía auténticos problemas para lidiar con los espacios vacíos. Vivir sin mi ración diaria de sexo era un infierno. Ni siquiera era capaz ya de masturbarme porque me hacía sentir más terriblemente solo aún. Me tiraba todo el día colocado en una especie de trance provocado por el hachís la marihuana y el alcohol que anestesiaba por completo mi sensibilidad.

No me divorcié por voluntad propia, pero todo círculo se cierra cuando Dios le asigna a uno escuderos poderosos. Marie, nuestra Marie, nos sentó en la cocina de casa una mañana y le pidió a su madre que se marchara a Londres. Tanto mis hijos como mi asistenta estaban hasta el moño de las manipulaciones y de las malas pulgas de la señora.

Me llevó tres años divorciarme, fue laborioso. Cada vez que mi abogada presentaba el preacuerdo mi mujer se declaraba en desacuerdo y vuelta a empezar. A excepción de la casa familiar a mi nombre le permití quedarse con todo lo que me exigía con tal que me dejara en paz, cuenta bancaria incluida.

Aun así, no era suficiente para ella. Chapeadora profesional al fin, intentó quedarse con la custodia total del niño. No por amor de madre, sino porque vivir con el niño le permitiría mantenerse en contacto conmigo.

Por supuesto que peleé por quedármelo con uñas y dientes. A mí había que matarme para que lo entregara a cambio de mi libertad. Pero no estaba en mis planes permitir tal cosa, ya ni siquiera porque el niño me hubiera suplicado quedarse conmigo. Sé perfectamente que mi hijo y yo tenemos el mismo monstruo del armario: nuestras madres.

Como suele ocurrir en las tragedias familiares irresueltas, Dios solo cambia el escenario y el atrezzo, los personajes y el trasfondo de la escena a interpretar son los mismos: el maltrato.



Silvio Rodríguez Carrillo

16 – 50

Detrás de una de las cabeceras de la cancha de vóley, estaba el edificio con las aulas y, detrás de la otra cabecera, la cantina. Con la cantina de frente, podías ver, a la derecha un muro que iba hasta llegar a la escalera por la que subíamos a las aulas. A la izquierda, algo del patio de recreo, por el que se accedía a las escaleras que llevaban al vestuario. Sabíamos que no debíamos ir a los vestuarios salvo en los días de fútbol, cuando nos juntábamos por lo menos dos o tres cursos para jugar algún partido del calendario.

Nunca fui un rebelde sin causa, conviene decirlo, pero sí, siempre me gustó experimentar cosas, probar distintas maneras de hacer algo, aunque jamás tuve en mí el menor deseo de violar reglas sólo por joder. Por ejemplo, primero logré cambiar la misa de las 13:30 para las 17:00 porque se hacía más soportable al evitar la hora de más calor de la siesta, y luego pude eliminar su obligatoriedad al reemplazarla por charlas vocacionales que venían a darnos algunos profesionales. Ahí tenías a un abogado, o a un ingeniero contándonos de qué se trataba su trabajo, como para que supiéramos algo.

Por otro lado, debo confesar que siempre tuve problemas con mis superiores si estos no me despertaban admiración. Y digo admiración y no respeto, sabiendo bien qué estoy diciendo. Creo que nunca he respetado a nadie, aunque sí he valorado en todo lo posible a cualquier ser humano que se me cruzó enfrente. Ahora, si un superior no es gigantescamente superior no lo puedo tratar como tal y entonces, en lugar de admirable, me parece despreciable, y al ladito del desprecio, me nacen, incontenibles, las ganas de burlarme, de joderlo adrede para que sepa quién es el guacho de la manada.

Supongo que acabé de joder al padre Brítez cuando logré que –no bien terminado el segundo mes lectivo– me exoneraran de las tediosas clases de religión. Yo venía jugadísimo desde el primer curso, cuando el padre Venancio me escogió como a su favorito y me entrenó en la biografía de los santos, en la simbología oculta de los textos bíblicos y en los misterios del sacerdocio. Yo era un animal de misa y comunión diaria y mi único pecado era, quizás, decir palabrotas. Me fascinaba ser cristiano y me imagino que el padre Venancio esperaba que yo llegue a ser sacerdote.

Cinco años después, con el padre Venancio en Roma, Brítez era el que mandaba. Yo ya sabía, entonces, que nada como un profesor imbécil para domesticar el carácter de un alumno como yo. Sin embargo, en la otra mano, había profesores que darían pena si analizáramos su erudición, pero que tenían una humanidad, un don de gentes severo y gentil, que me desarmaban. El de sicología era tan flojo, el pobre, que si no fuese por mí, no hubiera podido dar. Algo similar ocurría con la profe de Sociales. A Brítez le dolía que yo dominase ciertos quilombos, estaba muy claro.

De repente fue por eso, justamente, que intuitivamente pillé que me tenía rabia y decidí cagarlo. Las notas iban del uno al cinco, uno: aplazado; dos: aceptable; tres: bueno; cuatro: muy bueno; cinco: excelente. Mi nota más baja era 4, en inglés. En todas las demás, religión entre ellas, a puros 5. Yo sabía –como se saben esas cosas que no pueden demostrarse– que Brítez iba a hacer lo que tuviese que hacer para que yo no alcance el 5 en religión. Fue por eso, ahora que lo empiezo a ver, por vanidad y por odiador de injusticias que lo cagué.

Le comencé a estropear las clases de religión mostrándole que su Biblia, la de Reina Valera, era una patada en los huevos, y que con la de Jerusalén el discurso sería más fácil de entender, aunque mucho más difícil de explicar. El golpe de gracia se lo dí después, cuando me burlé de Pablo, tratándolo de posible homosexual al que le faltaron huevos para declararse un puto cualquiera, o por lo menos un misógino al uso, y que me demuestre lo contrario, «si podés, hermano en Cristo». En el consejo de profesores decidieron ya no tenía que pasar clases de religión.

Como sea, yo sabía que no debía bajar por las escaleras hasta el vestuario, al tiempo que sentía que debía hacerlo. La gente como yo sabe que muchas veces las cosas están decididas desde mucho antes, de lo contrario, ¿cómo explicar a Vivaldi y a Richter, a Tolstói y a Cortázar? Así que pasé por el costado de la cantina y bajé la primera y la segunda escalera hasta dar con el vestuario. Estaba vacío, olía a azulejos con lavandina, a humedad limitada, a frescor deportivo. Y escuché, como un rumor, el sonido del agua corriendo por uno de los mingitorios.

Apenas me acerqué para cerrar la llave sentí la tenaza en mi nuca que estrelló mi frente contra la pared de azulejos blancos y una mano hábil, hijoputezca, tomando mi muñeca izquierda para llevarla hasta mi espalda. Un dolor físico, puro, que no conocía, se instaló en mi hombro izquierdo, mientras mi frente primero, mis pómulos después, le aceptaban su realidad de muro a los azulejos. Quien me sometía no era otro que Britez. El aroma a menta que salía de su boca jadeante lo delataba y me encumbraba, porque en mi aliento había tabaco, como oposición necesaria, quizás hasta justa.

Apalanqué mi empeine zurdo detrás del talón de su pierna izquierda y me tiré hacia atrás. Entonces él, desparramado y medio mareado –puede que al golpearse la cabeza por no soltarme– se quedó debajo, con el día boca arriba y mis ojos mirando por una milésima de segundo el terror que le ganaba la mirada. Estrellé mi puño derecho en un gancho debajo de su oreja izquierda y mi puño izquierdo contra el lado derecho de su quijada, por comenzar racionalmente. Golpeé su cráneo con mis puños muchas veces, desde el rencor hasta la calma. Desde el ruido hasta mi nombre.

Yo tenía entonces 16 años, Brítez, casi 50.

Los autores

Eva Lucía Armas

John Madison

Silvio Rodríguez Carrillo

LOS NARRADORES

María José Quesada

Transición

Mamá era buena pero sobre todo correcta. Con ella nunca me faltaba nada, me llevaba bien vestida y calzaba buenos zapatos; ella tenía obsesión con el calzado, siempre impoluto, preciso, casi ortopédico. Con respecto a la alimentación también era muy determinante: comida sana y equilibrada y azúcares los justos, que eran las galletas y el Colacao del desayuno y algún caramelo ocasional. Para con mis estudios era firme, sin agobiarme pero al acecho; reconozco que a veces lo necesitaba.
Yo siempre iba con permiso de mamá. La quería

La tía Paula era su antítesis.
Era de las que si no combinaban rayas con cuadros qué más da, la de la broma espontánea, sonrisa abierta y la que me enseñó chulería. Cuando ella me hablaba me desinhibía. Ella era como el polvo de talco en el zapato que aprieta, la bienvenida a la frescura y quien me enseñó a salir del molde para encontrar mi forma. La mejor hermana que podía tener mi madre porque me mostraba y me hablaba de todo lo que mi madre no me decía y además, sentía que teniendo su permiso, también tenía el permiso de mamá.
Me habitaban muy bien aunque ellas dos nunca se veían. La quería.

Llegaron momentos de grandes choques entre las tres, lo percibía cuántos más años iba cumpliendo. Cada una tiraba de mí para su lado. Mamá se volvió más inflexible conmigo cuando mi anatomía fue cambiando de niña a mujer. Llegó a volverse prohibitiva tanto como yo insegura pero ahí estaba la tía Paula quitándome miedos. Mamá no sabía cómo hacerlo; no la culpo, aunque la tía Paula, a veces, como de manera homicida, me asomaba a balcones sin barandilla.

Un día mamá se fue y la tía Paula dejó de existir, entonces nací yo.


Ana Estepa

Tiempos de cambio (fragmentos)

Eran tiempos de cambio, de las primeras escuelas públicas y la sanidad universal.
Todo estaba por construir, tras una oscuridad de inocente ceguera.

Recuerdo a mi padre, de madrugada, forrando su pecho con panfletos sindicales, para lanzarlos en la puerta de la fábrica, y los sobresaltos de mi madre cuando sonaba el teléfono. Las mañanas heladoras frente a la estufa de butano, mientras sudaban las paredes.

En la televisión en blanco y negro, la familia Telerín nos llevaba hasta la cama, en donde por fin podía liberarme de la tirantez de mis trenzas.

La felicidad era un domingo de playa y sombrilla, con tortilla de patatas y filetes empanados.
Por la noche, los paños de agua con vinagre sobre la piel quemada, y en el bar de Pepe, unas gambas.

Los hombres, adiestrados para la censura, no parpadeaban ante las piernas de las azafatas de un concurso televisivo, mientras los amantes distantes languidecían ante cartas eternas.

Septiembre era el mes de las lágrimas y de decir adiós al amor del verano.

Recuerdo con nostalgia el chocolate y los churros de los domingos, las mañanas gélidas y las ventanas empañadas.
La vida transcurría todo lo lenta que supone la infancia, y el tiempo era una senda de creatividad ilimitada.

Mi madre hacía magia en la cocina. Ponía sobre la mesa manjares de puchero y cuchara. Y por la tarde escuchaba por enésima vez las historias de mi abuela. De cómo ella «Sebastiana la Gata», militante socialista, se enfrentó sin miedo a los fascistas que querían fusilar al cura rojo del pueblo. De cómo logró salvarle, a cambio de barrer durante todo el año la plaza del ayuntamiento. Y de por qué nadie del bando nacional delató su ideología.
«Hija mía, hacer el bien a todo el mundo, sin mirar el color de su camisa, me salvó la vida.»

Recuerdo también el quiosco de la esquina, como si fuese la cueva de los tesoros. Me atiborraba de dulces mientras pensaba angustiada en el lunes siguiente.
Lunes de cuadernos y lápices, y calcetines blancos.
El camino a la escuela era una aventura, que a veces era plácida y otras el infierno a pie de calle.

Mientras los yonkis se picaban en los descampados, la mano de mi hermana pequeña, agarrada a la mía, me hacía invencible. Y aunque a veces me temblaban las piernas, sabía sacar los dientes ante el peligro.
Fue por aquel entonces que comencé a escribir, necesitaba contar lo que ocurría en mi cabeza de diez años.
Supe por primera vez, del placer de la escritura y de la libertad de vivir otros mundos.


Gavrí Akhenazi

Posición de combate (fragmento)

El sol se reclina sobre el polvo de la mampostería y se mantiene sobre las cosas como un observador que resplandece con quietud.

Bajo ese sol brillante y suspendido, todo es caótico luego de la explosión.

Un remolino de colores aturdidos se abre y se cierra sobre su propia confusión sin un espacio cierto en el que desarrollar la locura de su espira, hecha con hombres y mujeres sin rumbo que escapan o se arrastran o están ahí, inmóviles de pie, como si los hubieran abducido y ahora se hallaran en un planeta distinto de aquel en el que el estallido los sorprendió atrapados en las ocupaciones de su día.

La gritería resulta abrumadora, del mismo modo que abrumador es el silencio en que se mueven azorados aquellos a los que la explosión ha ensordecido. Algunos ni siquiera advierten sus heridas. Caminan como zombies hasta que se desploman.

Por todos lados y en un radio amplio, los restos de cosas y personas forman la misma alfombra deshecha y esparcida.

El olor de la muerte posee demasiados componentes ahí, pero esa mezcla de sangre con escombro, de carne con frutas y verduras, de amoníaco y lágrima, absorbe otros sentidos y se introduce por las fosas nasales hacia oscuros reductos de la mente para colonizarlos.

A pesar de que todo es una filmación en cámara rápida, interiormente se procesa en cámara lenta, como quien hojea un álbum de postales en el que agregar las fotos que le gustan. Aunque todos escapan dando gritos, parecen detenidos, estáticos, inertes, pegados sobre el caos.

Porque no hay demasiadas ambulancias, los médicos del grupo del Noveno suelen ser de los primeros en llegar. Entran al cataclismo con la resignación de la costumbre y entonces, los que han quedado en pie pelean por ellos, disputan por ellos y los tironean y los arrastran de un lado a otro, de herido en muerto, desesperados por salvar a sus seres queridos que estaban allí un minuto antes y ahora son heridas o pedazos.

Es imposible detenerse en alguien porque son demasiados cuerpos por doquier y se requiere apenas el instante de un golpe de vista para entender a quién salvar y en quién no se puede invertir tiempo.

En la camioneta que oficia de esa ambulancia que han conseguido improvisar, suelen cargar de a varios y los trasladan hasta el hospital, como si de mercadería se tratara. Poco se puede hacer en el terreno ya que, en general, al primer estallido suele suceder un segundo y a veces un tercero, porque en esos ámbitos la muerte parece inconformista y regresa y regresa a la cosecha.

El terror es, para la muerte, un consorte de lujo.

El Noveno y el Tercero, que «dominan el campo» como siempre explica Víktor el acto de escogerlos, protegen al Ebrio y a su paramédico. Es uno de los que aún resta del diezmado ya plantel de Mathi. Se complementan bien, sin sobresaltos, con imperio sobre la realidad horrorizada en la que funcionan de manera eficiente.

—Les dije que ese tiene experiencia en estas cosas —apunta el Noveno—. A los hombres los definen sus gestos.

—¿Por qué a ti te da por la filosofía cuando estamos en estas misiones? —se queja el Tercero, sonriendo. Ayuda con un cuerpo al paramédico y observa al Noveno que no lo ha escuchado, porque está ahora junto al Ebrio, ambos arrodillados junto a un cuerpo.

—¡Orev!… ¡Iala! Estamos completos —grita el paramédico— ¡Iala!¡Iala!

El Tercero observa a aquellos dos ahí. Se acerca, porque piensa que entre la debacle, no escuchan el llamado. Hay demasiado ruido alrededor.

El Ebrio sostiene la mano de un hombre al que el estallido le ha amputado las piernas y es apenas un resto de humano en un lago de sangre, que protege debajo de sí a un niño.

El Noveno intenta extraer el cuerpo pequeño, porque el hombre les implora que lo salven. Lo recoge, lo atrapa entre los brazos y asiente a la vez con la cabeza frente a los ojos de aquel resto que habla con el Ebrio y le encomienda a su hijo.

El Ebrio le dice que él lo cuidará. Repite varias veces «yo lo cuidaré».

Lo ven morir apenas sonriendo. El Noveno deja junto al cuerpo del padre también el del niño. Busca un momento la cabeza. Encuentra la mitad. La acerca al tronco.

Vuelven a la ambulancia.


John Madison

Out of this world

No me hablen de la muerte. No me pidan que acepte su embestida. No me pidan que acepte convertirme en su siervo ni tampoco que no llore a mis muertos.

Algo se rompe eternamente dentro de ti cuando pierdes a un hijo y no existe herramienta mortal en el reino de Dios capaz de arreglar tal avería, máxime si tu hijo no ha vivido lo bastante como para fabricar los suficientes recuerdos que a ti te gustarían. Y cada vez que uno de tus hijos vivos celebra su cumpleaños, o logra alguna meta, la puerta blindada de ese búnker que has construido muy al fondo de tu corazón para guardarlo se abre y tu hijo resurge en el umbral y te saluda. Ahí, sacas la cuenta de la edad que tendría si no se hubiera marchado y te preguntas qué número de zapatilla calzaría y en qué lugar trabajaría, cómo sería su novia y un sinfín de hipótesis que sabes que nunca tendrán cabida en tu realidad.

Sí, ahí empiezas a odiar el verdadero significado de la palabra Nunca.

La muerte es más difícil de llevar para los que se quedan que para los finados. Así que no, no me hablen de la muerte.

Yo podría morir hoy. He sido buen hijo, buen hermano, amigo. He sido padre y madre, buen esposo. He sobrevivido con una comida al día para que mi mujer y mi hijo tuvieran más posibilidades en cuanto a nutrición. Me he prostituido, he trapicheado, he gritado por mis derechos y los de mi hijo en un país dictatorial en el que a sus gobernantes les importaba un soberano maravedí el bienestar de sus conciudadanos.

No, no me hablen de la muerte. Yo he enterrado a un padre, a un hijo, a un hermano, a un abuelo, a mi mujer. En ese orden y en edades difíciles para aceptar la lidia con esa hija de perra.

Sí, yo me puedo morir hoy, y aquí paz y en el cielo gloria. Así que no, no me hablen ustedes de la muerte.

Sé bien lo que es la muerte. Algo putrefacto e injusto, algo indomable, porculero e incómodo que vive contigo los trescientos sesenta y cinco días del año. La muerte cena contigo, se viste, desayuna y trabaja a tu compás y sabes que será así hasta el día en que Dios te llame a filas y, finalmente, vuelvas a reunirte con tu hijo y el resto de tu fallecidos.

Hay un tema tabú en mi literatura, se llama Manuel Martínez Shong: mi hijo. Ni todas las palabras y metáforas del mundo, ni todas las novelas conseguirían traermelo de vuelta. Así que no, no me hablen de la muerte.

Quien no ha perdido a un hijo no podrá jamás saber de lo que hablo.

Por el amor de Dios: No me hablen ustedes de la muerte.

«Siempre diciembre», relatos breves de Silvana Pressacco

Imagen by Myriams Photos

La caja de bombones


Ese año diciembre me había parecido un mes demasiado largo; sin embargo, la navidad que no queríamos llegó para recordarnos que nada sería igual, que ya nunca nada sería lo mismo.

El arbolito había quedado olvidado en el armario de todos mis olvidos y aún hoy, cuando se aproxima esa fecha religiosa, me privo de recordarlo.

La familia que se había congregado en mi casa no estaba completa. Fue difícil explicarles a los más pequeños por qué faltaban los abuelos. Ni yo misma encontraba explicaciones que me conformaran y las que el tiempo me dio tampoco lo hicieron.

Cuando levantamos las copas para cumplir con la tradición del brindis los adultos no nos miramos a los ojos para superar el peor momento. Recuerdo a los niños, ingenuos de todo, con los ojitos contagiados de las chispitas brillantes y coloridas que caían del cielo. Los míos, en cambio, se llenaron de lágrimas inoportunas.

Todavía no sé cómo pude murmurar un “feliz navidad” mientras entregaba los regalos, ni cómo pude medir la ansiedad que me gritaba que debía estar en otro lugar mientras elegíamos con mi hija qué vestido ponerle a la nueva muñeca.

Apenas cumplí con lo que consideraba un trámite; dejé un beso en el aire a todos y me fui a la casa de mis padres, una casa que olía a hospital desde que alojaba a dos sombras junto a todos los silencios corridos de las calles.

No permanecí mucho tiempo, mi madre casi me empujó de ahí cuando me dio un paquete envuelto en papel de regalo. Creo que quería la última navidad de mi papá para ella sola y obedecí aunque sentí que me robaba unas horas junto a él. Aún escucho el diálogo a una sola voz que ella comenzó a interpretar mientras yo recorría el largo pasillo camino a la puerta de salida.

Ninguno de mis familiares me preguntó nada cuando regresé porque mi rostro acostumbra a hablar por sí solo.

El grito alegre de mis hijos dándome la bienvenida me hizo recordar el libreto por lo tanto retomé la actuación deslizando el paquete por la mesa en dirección a las tres caritas curiosas que controlaban sus manos en espera de alguna señal.

-Los abuelos –fue lo único que me permitió decir mi voz.

Después vi entre nubes cómo el papel volaba en pedazos por el aire.

No hizo falta averiguar el contenido del paquete, todos sabíamos que era una caja con los bombones que mi papá tenía siempre en sus bolsillos. Mientras circulaba de mano en mano sentí la presencia de los que estaban en la casa de los silencios.

Ahora, cada vez que llega la navidad, vuelven a pesarme los ojos, pero es inevitable dejar de sonreír cuando alguien pasa con la caja para compartir los bombones.


Mes de emociones


Diciembre es el mes en el que despiertan las emociones que hibernaron durante el año, ellas bostezan mientras abren la puerta que mi celador racional había cerrado con llave porque las obligaciones debían ser la prioridad.

En este mes huelo el verano, el mar y la piel bronceada. Es un mes que asocio a la libertad, un mes que es sinónimo de caminar descalza. Tal vez transcurre alimentándose de todas las rutinas porque roba los relojes y los almanaques, cualquier momento es propicio para vivir el ahora porque el después todavía no importa. Durante sus semanas aparecen los jueces de mi conciencia obligándome a una pausa, a una mirada que evalúan las acciones realizadas durante el año y a veces en la vida. Muchas veces sin querer, termino ante los álbumes familiares que conducen también sin querer, a momentos de risa y de llanto porque encuentro evidencias de cómo las largas mesas que conformábamos como familia fueron perdiendo el bullicio y ganando ausencias.

Cuando empieza diciembre y despiertan las emociones, las mañanas tienen más aire, más color. Disfruto sin considerar que es una pérdida de tiempo, sin que me sorprenda el miedo a olvidar hacer lo que sea porque se despejan los apuros de mi entorno y en los espejos por fin me veo.

Diciembre es el mes que explota mi sensibilidad porque apenas comienzan a ceder los nudos en mi cuello comienzan a formarse otros en la garganta. Es un mes que trajo a mi primer hijo y durante el cual agonizó mi padre.

Es un mes agridulce que tiene sobre mí poderes que otros meses desconocen. En su transcurso me libero y sin embargo me concede el tiempo para enredarme en viejos dolores.

«Hoja, camino, tiempo y silencio», «Egombre», relatos de William Vanders

Imagen by Dimitris Vetsikas

Hoja, camino, tiempo y silencio


Hace poco más de veinte años mis padres mutaron piel y huesos, sangre y memoria, por arena. Y de la arena surgieron un ciruelo y un apamate. En los ojos de las frutas y en el polen de las flores, los encuentro y me aroman.

Recuerdo cuando cumplí dieciocho años. Me dijeron: ya eres un hombre y queremos entregarte una carta que escribimos para ti antes de que vieras la luz de este mundo. Solía releer la carta a menudo, pero hace 35 años que no lo hago. Mi visión de mundo se fue desarmando con los años y solo me queda una tuerca, un tornillo y la mano derecha para girar los ciclos meditativos tanto como para distraer a mi mente en asuntos propios de la eternidad. La mano izquierda la dejé sin oficios naturales, solo la empleo para formar con ella un tragaluz por el que puedo espiar a las hormigas.

Hicimos todo lo que no debimos. Era el título de la carta escrita por mis padres tres meses antes de nacer:

«Amado hijo. Cuando tengas la mayoría de edad leerás por primera vez esta carta. Queremos confesarte que previo a tu nacimiento, hicimos todo lo que no debimos. Que como seres humanos cometimos los mismos errores que todos cometieron. Nos creimos eternos y desperdiciamos la vida empeñados en defender ideales. Gastamos nuestro dinero creyendo que la muerte nos llegaría al día siguiente. Nos educamos para ser alguien y encontrar el respeto de la sociedad. Compramos autos, viajamos, bebimos, nos llenamos de recuerdos materiales. Y hoy, al saber que pronto nacerás, convinimos en repensar nuestros propósitos y creer que la vida es larga en su brevedad. Eres una extension nuestra y queremos estar contigo tanto tiempo como sea posible. Sabemos ahora que entre nacimiento y muerte nada es al azar y que todas las circunstancias están preescritas y sucederán predestinadamente. Con esta carta anexaremos instrucciones a seguir luego de abandonar este habitáculo. No es el fin, hijo, es la continuidad de la creación transmutante. Aunque no nos veas, nuestra esencia seguirá a tu lado y te abrazaremos con colores, sabores y aromas, hasta que nos reencontremos renacidos en otras formas de vida. Te dejamos libre en Hocatisi, porque libre naciste y libre serás siempre. Hoja, camino, tiempo y silencio. Recorre la senda a tu criterio sin dañar a nadie. Observa que el daño que puedas causar no necesariamente es físico. Puedes aplastar emociones sin mover un dedo y puedes, también, ser feliz sin mucho esfuerzo. Solo debes concentrarte y mirarte. Hocatisi es una casa, es un reloj, es libertad. Sé libre para los oficios libres. Duerme mucho y despierta temprano. Come poco y siéntete saciado. Haz de las aves tus amigas y no arruines a la culebra por culebra. Toma de la naturaleza los dones y agradece. Ve al árbol y dialoga. Camina y háblate. Libera el ruido de tu mente. Hocatisi te revelará que el silencio es un camino y que la hoja es tiempo. Aunque la hoja esté marchita no significa que ha muerto. Esa hoja está en un proceso de vida eterna. Hocatisi son tus ojos y los ojos de quienes miras. Entenderás a las miradas por el rostro que llevan puesto. Conocerás a tus bisnietos y tus últimos veinte años serán vividos como si hubiesen transcurrido sesenta. Sabrás que el tiempo no es el que se mide en horas sino aquél que dentro ti fue marcado por el infinito. Por último, si escuchas nuestras sonrisas y voces, ve rápido al espejo, tócalo, cierra tus ojos y luego duerme. Que el amor esté contigo, por siempre, para siempre. Mamá y Papá»

Hace mucho decidí no revelar todos los detalles de las otras partes de la carta, porque son las mismas instrucciones que siguieron mis padres justo después de verse morir. Solo es indispensable llevar una pisca de sal, un trozo de tiza , un espejo ovalado,pequeño, y cien metros de hilo pabilo, entre otras menudencias. Es que como me indicaron mis padres: Al morir es como dicen. Te conviertes en fantasma a semejanza de tu cuerpo hasta que se ejecute la metamorfosis. Entre el tránsito de abandonar el esqueleto y adaptarse a gravedad cero, es necesario lamer un poco de sal para alejar espíritus malignos atrapados en la tristeza. La tiza es para marcarse la frente con un punto porque por ahí es por donde entra la nueva existencia. Un espejo para ver la distancia entre el alma y los pies no vaya a ser que sintamos vértigo. Y cien metros de hilo pabilo por si nos arrepentimos y queremos retornar al cuerpo físico.

Estos apuntes siempre me parecieron exagerados y fantasiosos, pero cuando toco el espejo y me duermo, confirmo que todo es cierto. Y que el apamate está florido y que el ciruelo está en cosecha y que estoy aquí, conmigo, viviendo en un camino de hojas dentro de un silencio sin tiempo.



Egombre


Ronco Campana surcó su existencia sin estrellas para la fortuna. Cuando se percató de haber nacido en una época ambigua, ensilló a Sur y a Monte, dio la espalda a su rancho y cabalgó sin ver ni hablar con nadie. En aquella casona de bahareque enterró sus armas, su pasado y sus recuerdos. También ocultó su nombre entre dos tapias y con los años olvidó su linaje. Juró anularse y que nadie lo conociera, salvo sus caballos y su perro Panza. Su plan eremita pronto encontró una nueva tragedia. Monte enfermó repentinamente y murió. Luego la tristeza tocó el corazón de Sur y también falleció. Panza se mantuvo fuerte y longevo, salvo por tres cráteres que crecieron en su garganta. Parecían volcanes negros, profundas cimas agoreras del infortunio. Panza se fue aletargando y convirtió en costumbre tumbarse a dormir casi todo el día. Esta actitud preocupó a Ronco y le preguntó con voz dulce, melancólica y entretenida:

—Qué tienes Panza, por qué ya no ladras. Hacia dónde migró tu sonrisa y por qué ya no vienes cuando te llamo.

El perro lo miró con párpados agazapados, se echó en su regazo, lamió sus manos y durmió profundamente. Ronco Campana acarició su pelaje y tornó ojos al cielo con boca apretada y cuello extendido, para hundir su congoja en las cuencas de sus ojeras. Supo con los años que Panza era un perro transmutador, que absorbía los males para aminorar sufrimientos de quienes amaba con el propósito de extender sus vidas tanto como fuera posible. Panza acumuló tanta enfermedad ajena como pudo, pero no logró salvar a Sur ni a Monte. El destino de los equinos se escribió hace mucho y la configuración matemática de sus nacimientos es como la vida de todo: inmodificable.

En otro día de mucho calor, Panza se arremolinó en los pies de Ronco, lamió sus tobillos, lo miró con amor profundo, cerró sus ojos y dejó de respirar. Los ojos de Ronco quedaron huecos por siempre, su rostro fue un sin semblante y ya no hubo espacio en su pecho para ningún sentimiento. Se convirtió en un hombre sin nadie ni para nadie, de pasos sin ruido ni huellas. Ni la soledad fue su compañía. Caminó durante años sin rumbo fijo, como embebido en lo inerte. Todo lo que amó lo perdió y todo lo que tocó lo arruinó. Es una energía extraña con la que algunos seres nacen y sin querer ni merecerlo llegan a la vida estando muertos.

«De la saga: Enanos dobles de jardín», relatos de Ovidio Moré

Imagen by Jo-B

Fénix y Rara Avis.

Ni Fénix se llamaba Fénix ni Rara Avis Rara Avis. Fénix se llamaba Totí Prieto y Rara Avis Bijirita del Monte, pero en el batey ya no se estilaba eso de lo autóctono, de lo endémico, estaba de moda lo foráneo. Así que, cuando llegaron por el agua los ánades de Rusia, Fénix y Rara Avis se vistieron con plumas de ánades y fueron a recibirles al puerto. 

Luego, para el agasajo, les llevaron a la laguna, en la que habían dispuesto varios espejos (disimulada y estratégicamente en la orilla contraria) para que la laguna semejara un lago tan grande como el mismísimo Baikal. Bijirita, perdón, Rara Avis, rindiéndoles pleitesía, les recitó Oda al Volga, un larguísimo poema de su propia inspiración, y Fénix cerró el homenaje bailando un solo de “El lago de los cisnes” al compás de la música de Chaikovski.

Para el ágape se sirvió revuelto de setas  y bridaron con auténtico vodka. Los ánades rusos se aburrían como otras, porque ellos lo que estaban era locos por comer ajiaco, tomar guarapo de caña y bailar la conga y el chachachá. Y es que en Rusia, también, lo foráneo estaba de moda.


Melao, Raspadura y Coquito

Melao quería ser como Raspadura, tener alguna forma y ser sólido, y por eso la envidiaba. Raspadura no quería ser como Melao, estaba orgullosa de ser como era, aunque la mayoría pensara que ella era bastante pegajosa.

Melao se quejaba por todo y de todo: de vivir donde vivía, de comer lo que comía, de vestir lo que vestía; por quejarse, se quejaba hasta del color de su piel.

Raspadura se ponía lo primero que encontraba, salía a la calle (andariega como ella sola) debajo del tórrido sol sin importarle si se derretía o no, o si su piel cambiaba de coloración; con tal de respirar el aire puro del batey y pasear por la calle libre y desprejuiciada, era capaz de hacerlo hasta desnuda.

Melao apenas salía de casa, y si lo hacía llevaba consigo una enorme sombrilla. El sol, para él, era un verdadero incordio. Raspadura, en sus paseos diarios, se iba al caimital, se sentaba debajo de un árbol y, mientras devoraba caimitos,  leía historias de sus antepasados, sobre todo de su abuela Azúcar Prieta, la primera mujer en el batey (y en todos los alrededores) en proclamarse dulce.

Melao abominaba de su estirpe, y eso que su abuela era Azúcar Turbinada, que era mucho más clara que su prima Azúcar Prieta, pero Melao, al igual que envidiaba a Raspadura, por aquello de tener forma, envidiaba a Coquito y, al mismo tiempo, le idolatraba,  porque este último era nieto de Azúcar Blanca.

Coquito estaba locamente enamorado de Raspadura, le gustaba lo mestizo de su piel (ese tono tostado de caramelo) y su sonrisa perenne mientras desandaba las calles del batey e iba dejando su dulce rastro, y Melao estaba enamorado de Coquito y de su blancura.

«El misterio», un relato de Edilio Peña

Imagen by Joshua Woroniecki

El misterio contiene a la vida, aunque también a la ficción. La conciencia es poca luz para lo desconocido. La existencia de un ser humano transita en el deseo —o en el desespero— por saber más de sí y de otros. El vasto universo es su metáfora. Sin embargo, los párpados mueren sin saberlo, porque, invariablemente, hay un velo que ensombrece. La mirada o el sentir no alcanzan a dilucidar tiniebla tan enhebrada, aunque luzca posible ante la curiosidad. Las explicaciones de la razón no descifran lo oculto que acompaña al pasajero de la vida.

Hay dolores físicos o psíquicos que el silencio represa, quizá porque al confesarlos, el sentido sagrado del padecer se extravía.

El grito es el desahogo ahorcado de la impotencia; sin embargo, la neurosis nada tiene que ver con el misterio, así Sigmund Freud se haya obstinado en demostrar lo contrario. Creo que Carl Gustav Jung hubiese estado de acuerdo conmigo. Porque la obsesión quiere tener lo imposible para saciar lo que el misterio niega. Los sentimientos son inútiles a nuestro obstinado fin; el amor no agota el misterio, ni siquiera lo expande, apenas, lo acaricia.

La muerte misma sigue siendo el más inexpugnable de los misterios. Deseado o temido. En todo crimen queda algo no resuelto que la justicia no puede aclarar. Los casos cerrados, por detectives y forenses, siguen respirando aún en los archivos muertos que esperan ser devorados por el fuego de los hornos.

Edipo rey, en la obra de Sófocles, no se explica por qué tuvo que matar a su padre sin saberlo, casarse con su madre y procrear hijos en el propio vientre del cual había nacido. Las indagaciones reales lo condujeron, desesperadamente, a la metafísica de los oráculos, y en ninguno de esos senderos donde se cruzan los caminos que pretenden dilucidar lo inextricable consiguió respuestas, sino determinantes ciegas que lo condenaron a sacarse los ojos con los broches de oro de su propia madre. En ese refugio de la oscuridad perpetua, Edipo rey comprendió que la conciencia solo guarda secretos, pero no esos misterios que el alma reserva. Los primeros pueden llegar a conocerse, los segundos, jamás.

Se estima entonces que la realidad tiende a representarse con la máscara de la apariencia; y el misterio, con la máscara de la ficción.Cierto es, que cuando la realidad tensa su cuerda, el misterio aproxima su acecho de manera sorprendente y abismal.

María Magdalena tuvo tres hijos idénticos que compartieron el mismo destino.

Nacieron en un rancho de un barrio y siempre durmieron en la misma cama. Pero también compartieron novias, deseos, y algunos vicios que el frenesí despierta en la adolescencia. Eran tan idénticos que los demás se desquiciaban al no poder diferenciarlos, mucho más, al saber que a cada uno de los tres tenían que llamarlos con el mismo nombre.

Una madrugada, una bala atravesó la pared de zinc del cuarto donde dormían, y cegó la vida de uno de ellos. En la morgue no encontraron la bala perdida, y el cuerpo, helado y hermoso del joven, no presentaba orificio alguno de la salida del proyectil.

Desde entonces, la madre y los dos hermanos sobrevivientes fueron hechos botín por la tristeza y la nostalgia, que no regresa la pérdida amada, sino que más bien la alejaba como alas que surcan el infinito cielo.

En medio del desasosiego acrecentado por la pobreza, la madre se obstinaba en poner un plato más en la mesa, donde una vela iluminaba la comida, con el deseo de ver si ésta desaparecía por la boca inexistente de aquel hijo, a quien el infortunio había transformado en una presencia única y protagónica. Eso hizo que sus otros dos hijos comenzaran a odiarla, al comprobar que ella había convertido al hijo ausente en su preferido.

Desde entonces, los rivales del hermano invisible y poderoso, fraguaron un plan con la fiebre de la envidia, pero justo en el momento en que iban a ejecutarlo, de nuevo la bala perdida puso fin a la vida de otro de aquellos que la misma identidad había hecho hermanos.

En la morgue, de nuevo, no hallaron resto del proyectil ni ningún orificio de salida en el cadáver tan hermoso como el anterior hermano. Mas, la coincidencia o el absurdo, no produjo extrañeza alguna entre los forenses.

Sin embargo, la madre y el hijo que le quedaba abandonado y desterrado al desamparo existencial más profundo, comenzaron a temer mucho más de lo inexplicable.

Fue cuando ambos decidieron, a partir de entonces, dormir abrazados en la misma cama que los tres hermanos idénticos habían compartido.

Pero una mañana, al creer que despertaba de la pesadilla infinita, la madre encontró entre las sábanas, al último hijo con un orificio en el corazón.

Serena, como si hubiera estado esperando ese desenlace, María Magdalena se levantó de la cama y asomándose por el orificio de la pared de zinc, por el que había entrado siempre la bala perdida que había matado a sus tres hijos, y por donde, también ahora, un rayo de luz se proyectaba y la aniquilaba, la madre pudo ver el rostro de un hombre idéntico al de sus hijos muertos, sonriendo desde la venganza, con una pistola en la mano.

Edilio Peña es un autor nacido en Venezuela. Escritor de novelas y relatos, dramaturgia teatral y cinematográfica. Cultiva el ensayo con predilección. Dice de sí mismo que nació frente al mar, pero terminó viviendo en la Alta Montaña.

Del libro «Sensación de Moebius», dos historias de Gavrí Akhenazi

Post scriptum

En mi corazón late un frío sonoro, pálido por momentos. Late, indisciplinado como la rabia. Se apaga y vuelve y vuelve y se apaga, como si estuviera hecho de mar profundo.

Llevamos un buen rato esperando a Al-Shawiri. Es un hombre puntual y meticuloso con el que me llevo bien. 

En general y a pesar de las complicaciones de este ramo, también en él se establecen simpatías y se otorgan votos de confianza. Habitamos en el archipiélago de los solos y, de vez en vez, hacemos señales hacia las otras islas. Señales sencillas, que puedan ser reconocidas sin dudar, reconocidas, como parte de un código del que se respeta su cifrado. Los que no lo respetan son invasores. Eso también forma parte de nuestro códice de supervivencia.

Con Al-Shawiri puedo conversar de muchas cosas. Compartimos el sesgo de otras vocaciones a las que le dedicamos un tiempo que intentamos guardar en los bolsillos, robándolo al tiempo que nos roba la vida. Escribe, como yo, e igual que yo tiene momentos de debacle y brillantez que oculta en sus libros con un nombre de guerra que no usa en la guerra. Ni él ni yo usamos nuestro nombre de tanto usar nombres de guerra que nos permitan escribir de guerras y de todas las miserias subrepticias que abonan el territorio del terror al ejercicio de la condición humana.

Al-Shawiri y yo solemos encontrarnos en alguna que otra Feria del Libro de tal o cuál lugar. Damos conferencias breves y escapamos de la multitud, con ese anonimato protectivo que tienen las arañas: cazan y desaparecen en sus lugares cuevas. Solamente vamos a puntuales sitios donde estamos a gusto y podemos retirarnos rápido por las puertas laterales.

David no es escritor además del trabajo oficial. Él es anticuario. Posee una tienda mágica en Tánger que las otras rutinas le obligan a abandonar o delegar en manos de otra miembro de la raza que además de ser de la raza, es pintora.

Al-Shawiri sostiene que vivimos fuera del mundo de los demás y que por eso podemos escribir historias que parecen películas o sencillamente, ficción, novela negra. Eso nos da un plus en el campo de la realidad. Vivimos en una especie de cuento por no decir que vivimos en una mentira constante en la que nos enriquecemos de tanto empobrecernos. La única fortuna es poder poner en una hoja de papel esta colección de monedas de miseria que vale lo que somos. O no vale. En realidad, no vale nada ese aspecto prescindible en que nos sumimos de jóvenes por aventureros y de viejos porque no servimos para nada más. 

Acabamos viviendo en dos cuentos: el de la cruda y ardua realidad y el que escribimos para soportar el primero.

Dos cuentos al fin, ni más ni menos. Como si fuéramos sólo un personaje. 


Manual del reptiliano

La cama es angosta y huele a no sé qué, un tufo pringoso y perfumado que se nos adhiere conforme el vaivén lo desprende de sus sujeciones y en esa libertad viaja, movible, hacia el olfato.

La cama, angosta y tufosa, chirría con espasmos, hipa de manera deprimente, como un bicho decrépito que a sacudidas se desarticula y mientras lo hace intenta con extrañas contorsiones acomodar sus partes más ruinosas.

Pienso en ajustar la cama estrecha que cesa de gemir en cuanto me tumbo de espaldas. Pienso en ajustar los bulones que unen las partes de madera que hacen ñec y pienso también que los orificios deben estar agrandados o flojas las tuercas y si es así tendré que ir a comprar algo para suplir esa sonora deficiencia y también un destornillador y alguna pinza. No he visto herramientas en el territorio de David.

Seguramente le haré una lista a Said y que él se encargue de traerme las cosas para ajustar definitivamente esta orquesta de cacofonías que es la cama de…

Giro los ojos y choco con los ojos de la mujer que está a mi lado, mirando mi perfil. Trato de recordar su nombre si es que me lo dijo en el trayecto que recorrimos para acabar aquí. Pero parece no estar en mi memoria y ni siquiera tengo la sensación de un nombre en mí que le pertenezca a la mujer de sonrisa tranquila y cabello amarillo arenoso.

Ella me observa con curiosidad. Está de bruces y con el torso un poco levantado porque sustenta su cuerpo en los antebrazos y los codos, hundidos en su espacio de colchón mojado. El cabello cae sobre un solo hombro. Recuerdo que ella lo llevaba sujeto y yo no lo liberé, contrariando mi gusto por el cabello suelto de mujer.

Quiere hablar, pero yo soy un silencio que anda.

Le deben haber explicado que debe hacerme hablar. Para eso está aquí. Para eso sucedió la planeada causalidad de encontrarnos casualmente, como en un mal guión de una película de enredos tan mediocre como previsible.

Pero yo solamente hablo cuando quiero y para decir solamente lo que quiero.

Entiendo, por sus gestos, que esa parte no se la explicaron porque ellos siempre creen que saben mucho más de lo que saben y que entienden cosas de las que en realidad no entienden nada. Por eso ella está aquí y ha sometido su cuerpo a tener sexo con el mío aunque es joven y tentadora y sin duda podría aspirar a alguien mucho más apetecible que mi vieja contextura de gárgola fósil.

Me los imagino, como antes a la pinza y al destornillador, explicándole a esta rubia novata lo que tiene que hacer en función del deber patriótico, porque ellos (como nosotros) lo conciben todo desde esa perspectiva de heroica inverosimilitud.

Ellos se han buscado minuciosamente todos sus enemigos. A nosotros, los enemigos, nos crecen en las macetas, así que ni siquiera tenemos que buscarlos. Ya están incorporados a nuestra forma de sobrevivir.
No le hago preguntas a la mujer joven que enciende un cigarrillo y dice ¿smoke? mientras me enseña la cajetilla abierta y estrujada por horas de tensa mala vida. Niego con la cabeza y en silencio.

Ella, en cambio, se interesa por todos mis tatuajes. Los estudia como se estudia un libro en otra lengua, arrastrando por ellos los ojos y los dedos y haciéndome preguntas que apenas le respondo. Yo conozco su especie, pero ella no conoce la mía. Esa es la diferencia entre nosotros de la que aún parece no haberse percatado.

Insiste en conversar con mi mudez. Pregunta tonterías que en contexto responden a las premisas de un interrogatorio, pero que aquí, en esta cama bulliciosa y escueta, pasan a ser el diálogo casual de dos desconocidos que in-tentan no sentirse tan ajenos ni solos en un país extranjero y hostil.

Quiere saber qué hago, dónde vivo, si los hombres con los que hablaba cuando ella se zambulló en la escena son mis amigos, y algún que otro detalle que debe averiguar y no averigua porque yo solamente le hago gestos que no responden nada.

Cuando la vi me gustaron sus piernas. Ahora descubrí que tiene lindos pies. Los senos son demasiado pequeños, como dos puñaditos erectos que apenas curvaban su blusa liviana en un inaparente rasgo femenino cuando giré los ojos y la advertí en el café, con un libro en la mano que no me explico de dónde sacó (aunque ellos se las ingenian hasta para conseguir un libro de edición agotada que sirva de señuelo a su propio escritor) y con sus ojos de un azul sajón, fijos en mí.

David me deslizó: “Hay una de los otros que te mira”. A lo que Said agregó: “Le tiene en la mira, di mejor.”
Yo lo supe en cuanto vi el libro. Esa era la excusa para hacerse conmigo e instalarse a mi lado, tal como ahora yo estoy instalado en su cama pequeña y odorífica, de melancólica hembra sola, intentando no resultar ni descortés, ya que se prestó al sexo, ni alerta, para que no alce la guardia ella también porque intuya que advertí la trampa, aunque creo que sabe que yo sé pero se hace la tonta tal como le enseñaron.

Deben haberle dicho que yo solamente reacciono si me obligan a reaccionar. Si no me obligan, prefiero mantenerme en actitud agazapada, de pacífica espera. Quizás se lo hayan dicho, quizás no. Deberían saberlo, en todo caso y haberla prevenido.

Ella quiere saber por qué no le pregunto –como todos, aclara– si le gustó lo que hicimos, si estuve bien y si está satisfecha.

La miro con abulia y con abulia sonrío, dándole a entender que no me haga preguntas idiotas al tiempo que le respondo justamente eso: No hago preguntas idiotas.

Debe ser el tono en que lo digo lo que le da la pauta de que no me importa como ella se sienta o haya procesado este momento sexual que consumamos. Eso la fastidia, la incomoda y la agrede, porque entiende que su objetivo está incumplido y no adquirió dominio sobre mí, cosa que deben haberle recalcado hasta el tedio y que además la obliga a mantener más tiempo esta relación innecesaria para la vida de ambos, con todo lo que mantenerla implicaría para su heroica y patriótica juventud.

Cuando regreso, David está sentado en mi lugar y sonríe. Parece un muñeco rechoncho y descuidado detrás del escritorio.

Said también sonríe. Sobre su dentadura enorme cae la luz y la vuelve sobredimensionada entre los labios gruesos y caníbales. Said tiene un aspecto feroz y desaliñado, dulcemente animal.

Ninguno de ellos me pregunta nada. Regresamos metódicamente a lo que vinimos a hacer aquí, porque aquí, cada uno sabe lo que tiene que hacer.

Said, solamente, me pone una carpeta entre las manos. En la primera hoja está la fotografía “de legajo” de la mujer que acabo de dejar. Ahora, para mí, ya tiene un nombre, un trabajo y un objetivo definido.

«Vértigo», un relato de Juan Carlos González Caballero

Imagen by Cong Dug Nugyen

Aquella mañana había pensado en los últimos años de vacío, el abandono de las emociones, la vida que se le escapaba y el terror de no ver a nadie más que a nadie en el espejo.


Entendió su papel en aquella reunión que se celebraría más tarde y el pulso se le aceleró. La respiración se volvió dolorosa de solo pensar en lo que iba a ocurrir. Al mismo tiempo, el vello de la nuca volvía a erizarse como cuando era muy joven.

Había intercambiado alguna mirada con la de las pestañas que le agitaban la sangre cuando ocultaban y mostraban un misterioso fuego azul en fugaces parpadeos. Igual de fugaces que aquellos momentos en que se cruzaban por los pasillos, pero que nunca fueron más allá de los buenos días o las buenas tardes.

Él no tenía muy claro cómo iba a reaccionar ante la decisión de su padre, el dueño de la empresa, ya que tenía a la mayoría de accionistas en el bolsillo. Pero llevaba mucho tiempo rumiando sentimientos como los que albergó al despertarse esa mañana.

Su infancia siempre fue cómoda, de niño bien, y nunca se había despistado del itinerario que vigilaba un equipo de seguridad hermético y efectivo, hasta tal punto, que no podía distinguirlo de entre la rutina de días de colegios privados y todo tipo de actividades extraescolares, que lo aislaban de un mundo de realidades consideradas como de riesgo.

Había sido un hijo obediente hasta el extremo, incluso a veces, obligado bajo presiones y amenazas cuando ponía en duda la ética de actos que se tambaleaban en los límites de lo legal, por encima del cielo y del infierno. Su madre, fallecida pocos meses antes, se encargó de convertirlo en una pieza clave dentro del comité de accionistas al hacerle heredero de sus participaciones.

En la sala, muchos mostraron sus sonrisas de hiena y él no quiso mirarlos cuando ocupó su asiento. Le invadió una horrible sensación de mareo, como perder la gravedad desde el cuenco más alto de una noria de feria.
La de aquellos azules reconoció la desolación y el vértigo con sólo ver la palidez de ese hombre tímido de los pasillos. Le hizo revivir un rictus familiar que le había transfigurado el rostro en demasiadas ocasiones. Y entonces le guiñó, desde aquel azul pestañeo, cómplice, frente a decenas de silencios y muecas paternalistas.

Él la vio dejar su silueta esbelta, su perfume y su buen hacer detrás, en las oficinas en las que había trabajado mucho y bien a cambio de muy poco y de tratos humillantes. No les iba a dar el placer de que la echaran, así que se anticipó a esa ceremonia bochornosa.
Mientras pasaba junto a él, que continuaba observándola, se inclinó para besarlo en los labios, como un susurro.

Nadie se sorprendió tras el portazo ni al verla tropezar, debido a sus tacones,
antes de dejar atrás el quicio mental de los miembros del comité que llevaban horas tramitando despidos improcedentes de sus empleados. Los diezmaban bajo las estrategias que proporcionaba un equipo de abogados.

Él la siguió hasta la calle. Se sintió pletórico.
Hacía frío afuera, el otoño tomaba las riendas con su luz menguante y la ciudad amenazaba con engullir la estela de una melena suelta y brillante que intentaba abrirse paso entre los transeúntes.

Le costó alcanzarla porque ella iba ahora descalza, con los zapatos en una mano, mientras que con la otra intentaba apartar a la masa de gente que entorpecía aquella especie de fuga. Consiguió que se girase al llamarla por su nombre y sus cuerpos chocaron en un abrazo como en un vuelo de baile. A ambos les brillaban lágrimas en la cara que no terminaban de romper.

A él lo estuvieron buscando como si fuera un delincuente durante el resto de la jornada, porque su padre se negaba a asumir que algo escapase a su control, incluida la familia.

El rastreo se prolongó hasta que la noticia fue trepando hasta la última planta de aquel avispero de cifras y muertos vivos trajeados.
Al día siguiente, el hombre poderoso dejaba caer el teléfono sin percatarse de que el auricular había quedado colgando, como un ahorcado, del borde de la mesa señorial de madera noble y sutiles filigranas doradas.

La voz al otro lado del cable le había descrito la imagen de una pareja joven que se besaba envuelta por las luces rutilantes de la gran avenida.

«Le Professeur», «La abeja reina», «La Vanidosa y yo», relatos de Sergio Oncina

Imagen by Hermann & Ritcher

Le Professeur



De niño quería ser periodista deportivo y escribir, no sé si por ese orden. El deseo consistía en trasladar las emociones que a mí me provocaba la competición y que el lector supiera que se enfrentaba a un texto escrito desde la admiración. Permanecer cerca de mis ídolos y saber qué se siente en los momentos de máximo esfuerzo.

En esa época el ciclismo era un deporte épico y, sin duda, el preferido para que volase mi imaginación con las gestas de mis ídolos.

Me quedé con las ganas de narrar como el norteamericano Greg Lemond arrebataba el Tour de Francia en la última contrarreloj a la figura local, el francés Laurent Fignon, amado y odiado al mismo tiempo por su carácter indómito.

Después de más de 3.000 kilómetros en sus piernas llegaban a la última contrarreloj con solo cincuenta segundos de ventaja para el corredor galo. Un espectacular recorrido entre Versalles y París dirimiría el ganador de la edición del Tour de 1989.

Fignon era un ciclista con aspecto intelectual, gafitas redondas y coleta al viento, pero de sangre caliente, espíritu guerrero y pocos pelos en la lengua. Cariñosamente apodado como Le Professeur, en contraposición a la imagen tosca de su primer gran rival Le Blaireau (El Tejón) Bernard Hinault al que privó de superar el récord histórico de victorias absolutas en el Tour.

Greg Lemond era un corredor frío, alejado de las pasiones que provocaba su deporte en Europa. Competía para ganar, medía sus esfuerzos y guardaba las fuerzas para desgastarse en el lugar adecuado.

El Profesor, imagen de un ciclismo antiguo y pasional, fue derrotado por el profesional americano. Tan solo una diferencia de ocho segundos, la más nimia de la historia, le separó de la gloria. Los aficionados franceses lloraron esa derrota como si fuera suya, como si predijeran que 40 años después persistiría la sequía de triunfos nacionales en su carrera. Digo su carrera porque para Francia el Tour no es una competición más, es un símbolo del país, un orgullo, ¿y qué puede haber más orgulloso de sí mismo que un francés?

En el resto del mundo se celebró más el varapalo recibido por el díscolo Fignon que la victoria del estadounidense. Yo tenía ocho años y fui feliz.

Hoy en día, con Laurent Fignon fallecido y Greg Lemond convertido en imagen del primer ciclismo moderno, los aficionados neutrales echamos de menos la furia del viento, la mala leche, el ataque inesperado del más débil y las declaraciones desde las entrañas después de las etapas.

Su cuerpo descansa en el cementerio parisino de Pere Lacheise, y los guías turísticos lo nombran junto a nombres como Moliere, Oscar Wilde, Jim Morrison, Chopin, Édith Piaf o Cyranno de Bergerac.


La abeja reina



En 2020 por primera vez en la historia el Tour no se ha corrido en julio, la pandemia lo trasladó al mes de septiembre. Los franceses que partían como aspirantes quedaron muy pronto descartados para la victoria final.

El ciclismo es un deporte paradigma de los avances tecnológicos, cada corredor cuenta con un potenciómetro que mide los watios que usa en cada esfuerzo, los directores de equipo dan órdenes precisas a sus corredores a través de auriculares inalámbricos, los miembros de cada formación están supeditados a su jefe de filas y trabajan como un bloque para él.

Con estos mimbres es difícil que la épica surja, que el aficionado se levanté del sofá con el corazón acelerado porque su corredor favorito busca un imposible derramando en solitario a cien kilómetros de la meta. Y, sin embargo, algunos aún confiamos en ver un nuevo Fignon al que después odiar y amar a partes iguales por gabacho.

La edición actual transcurrió de un modo similar a las de las últimas décadas: un duro esloveno se colocó líder de la general muy pronto. Su equipo, que vestía de amarillo y negro, dominaba la carrera en todos los terrenos y su abeja reina, el esloveno Primoz Roglic, parecía inexpugnable.

El segundo de la general había perdido tiempo en una etapa intrascendente debido a una caída de varios ciclistas. También se trataba de un esloveno, el joven Tadej Pogačar.

Inexplicablemente un pequeño país balcánico sin casi tradición ciclista contaba con dos opciones de victoria. Todo apuntaba a la victoria final del corredor más veterano.

Llegó la crono final y Primoz aventajaba a Tadej en un minuto, en esta ocasión la etapa finalizaba en un puerto de montaña al que se llegaba tras un llano. Los equipos lo tenían todo medido y preparado: habría un cambio de bici cuando comenzase la subida, cada ciclista sabía cuál era el máximo de potencia que podría desarrollar y el número de dientes de los platos y piñones que usaría en cada segmento de la prueba.

Tadej sale fuerte y al llegar a pie de puerto ha recuperado la mayor parte del tiempo perdido, posiblemente haya forzado más de la cuenta en este terreno. Cuando se produce el cambio de montura se desprende también del potenciómetro y comienza la ascensión dejándose llevar por sus sensaciones. En cada pendiente se retuerce y sus gestos de esfuerzo contagian su dolor al espectador.

La carrera cambia. El joven Pogačar mejora los tiempos de todos sus rivales. Su compatriota entra en crisis y pierde el Tour de Francia. Como en 1989 la última contrarreloj decide quién es el ganador final y, esta vez, el corazón vence al cerebro.


La Vanidosa y yo



El mismo día que me fabricaron ya presumieron de mí subiéndome el ego hasta las nubes: «Es perfecta, de cuero como las de antes y le hemos añadido un protector de piel para que ni se moje ni se estropee. Mirad que diseño, es moderno, aerodinámico y ligero. Si os la calzáis veréis que es como un guante».

No cabía en mí de orgullo. Tenía una gemela, idéntica pero asimétrica. Qué guapa era la jodida, tanto como yo. Me miraba en ella como Narciso en el agua.

«Su precio es, nada más y nada menos que 189€, estas botas no las va a comprar cualquier mindundi, están fabricadas para profesionales. Van a ser aplaudidas y veneradas»
Luego me señalaron, a mí directamente, no a mi hermanita: «Fijad la atención en esta, qué elasticidad y tersura. Amortigua la pelota como si la agarrases con la mano. Tiene suela multitacos y puedes montar tacos de goma o de aluminio ¿Cuántos goles meterá? Cientos o miles por lo menos. Se van a caer las gradas de los estadios celebrando sus goles. Si las compra un delantero se va a hinchar porque es ideal para patear faltas y penaltis»

Cuánta gloria me esperaba. Mi gemela estaba un poco mosca porque yo era siempre la elegida para las demostraciones. Fue envidiosa, egoísta y mala desde que nacimos. A partir de este momento la llamaré «La Vanidosa» para que quede claro quién es y cómo actúa.
No quiero decir que yo no tenga mi vanidad o mi orgullo, pero yo nunca me hubiera comportado como se comportó ella. La Vanidosa es una pécora traicionera, una víbora con afán de protagonismo.

Qué felices estábamos cuando nos compraron, nos llevaban en un palé junto a varias compañeras, todas en nuestras cajitas. Yo iba arrimadita a La Vanidosa porque aún no sabía lo maléfica que era.

No pasamos por ninguna tienda. Llegamos al club directamente. Un señor muy amable nos acarició con un trapo y nos colocó debajo de unas taquillas con las fotos de nuestros futuros dueños. A La Vanidosa y a mí nos correspondió la taquilla de un jugador rubito con melenita, una gomita para sujetar el pelo y pinta de guaperas nenaza. Mal empezamos, pensé.
Al lado posaron su equipación. Busqué con avidez el número de la camiseta esperando un dorsal 9, un 10 o, como mal menor, un 7, un 11 o un 8. Pero ni siquiera era un número entre el 1 y el 11, nos habían colocado en la taquilla del 14. Comenzaba a caerme mal el tipo que vestía ese número insulso y todavía ni siquiera habíamos olido el césped recién cortado.
Yo tenía nociones futbolísticas del pasado, puede que en otra vida fuese un balón de fútbol porque me acordaba del 14 de Johan Cruyff y del 23 de David Beckham, que pese a su aspecto impoluto era un centrocampista goleador. Yo hubiera encajado a la perfección en el pie derecho de David, hasta se hubiera olvidado de Victoria Adams por mí.
Así que, gracias al ejemplo de Beckham y Cruyff, aún conservaba una pequeña dosis de esperanza. Leí el nombre que figuraba en la camiseta: Guti. No me gustó. Qué poco atractivo. Ronaldinho, Mijatovic, Caniggia, Rui Costa… esos sí son nombres de cracks. ¿Pero Guti? Ese es el apodo de un niño gamberro en un colegio.

Pues el muy cabronazo de Guti resultó ser un gran jugador, en su campo le aplaudían muchísimo y en los campos de los rivales le pitaban y cantaban con pasión: ¡Guti, Guti, Guti… maricón! El primer día que salimos juntos fue como visitantes y me dolió el insulto. Con el paso de los partidos yo misma coreaba el cántico y apostillaba para mis adentros: «Hijoputa y cabrón».

La Vanidosa lo idolatraba, eran tal para cuál. Qué falsos con sus cintas y sus regatitos, haciendo como que me pasaban la pelota y, cuando ya acariciaba la idea de dar un pase o disparar a puerta, todo era parte del engaño y La Vanidosa la pisaba, la dormía y la mandaba con suavidad a algún otro compañero, que, por caprichos del destino, sí sabía manejar la diestra. Porque el capullo de Guti pasaba olímpicamente de su pie derecho, no me hacía ni puto caso, había partidos que en noventa minutos yo solo rozaba el balón un par de veces y sin ninguna emoción.
Cuando marcábamos goles siempre eran La Vanidosa y El Vanidoso los protagonistas absolutos y, si uno de sus pases finalizaba en gol, se arrodillaban a sus pies y frotaban a La Vanidosa como si el mérito fuera solamente suyo, como si yo no hubiera corrido y no me hubiera apoyado a la perfección en el césped para mantener el equilibrio.

Reconozco que algo (un poco) de envidia sí tenía. Daos cuenta de que aguantaba humillaciones tales como que el balón fuera perfecto para que yo centrase al área y Guti, el muy capullo, doblara su zurda por detrás de mí y usase a La Vanidosa para golpear el balón en un escorzo que llamaban rabona.
La gente los aclamaba enfervorecida y yo solo quería que me quisieran. ¿Tanto era pedir un poco de cariño?

Una vez nos quedamos solos los tres, enfrente de la portería y con el guardameta vencido. Era mi momento, presentía que por fin me dejarían empujar el balón a las mallas. No estaba nerviosa, al revés, estaba preparada, atenta y ansiosa por recibir los parabienes del público.
Qué decepción cuando El Vanidoso no tuvo la delicadeza de pensar en mí. Preparó la parte interna de su pie izquierdo y no lo pude evitar. Sé que no debí, pero usé todas mis fuerzas para llegar a la pelota antes que La Vanidosa. No salió bien ya que Guti va de estrellita, pero es muy torpe y se cayó dejándome sin gol.
Salimos en todos los resúmenes deportivos de la semana. Fuimos el hazmerreír del mundo futbolístico. ¿Qué le costaba dejarme ser, por una vez, feliz? Desagradecido. Después me echaba la culpa delante de sus compañeros «la bota derecha no se agarró bien al césped». Me quiso jubilar, menos mal que el señor amable, que era el utillero, le convenció para cambiarme solo los tacos.

El Vanidoso es un desagradecido y un desgraciado, cuando el terreno está embarrado o los jugadores rivales sueltan alguna patada malintencionada no hay distinciones, eso nos toca sufrirlo a todos por igual. Cuánto he galopado yo de lado a lado de la cancha para lucimiento de La Vanidosa y El Vanidoso.

Para qué no tengáis dudas de lo que hablo os voy a contar el ejemplo supremo de egoísmo y falta de lealtad:
Jugábamos en Coruña y Guti vestía de negro, el equipo jugaba bien y, como siempre, yo no rascaba bola. Pero de repente El Vanidoso recibió el balón en la frontal, se escoró a la derecha mientras avanzaba hasta el borde del área pequeña. El portero se adelantó y dejó un ligero hueco entre el palo y él. Yo lo tenía clarísimo, si me usaba era gol seguro. ¡Un golazo!, ¡un golazo mío!, me relamía.

Pero La Vanidosa no pensaba lo mismo y, cuando El Vanidoso amagó golpear conmigo, se entrometió. La muy atrevida se cruzó y acarició la bola con el taquito desplazándola hacia atrás en una jugada ilógica.
Robó mi gol. Me robaron la gloria.
Iba a abroncarla cuando apareció nuestro 9 por detrás y empujó a la red el balón.
Tuve que callarme otra vez. Los odio.

«Carne rebozada fría», relato de Jordana Amorós

La carne rebozada fría no vale nada.

En cambio la tortilla de patatas incluso está mejor de un día para otro, pero hoy no toca.

No necesita ni abrir el recipiente para saber lo que va a encontrar. Su madre es previsible….claro que tampoco tiene demasiado tiempo por las mañanas para ponerse creativa , así que es fiel a sus rutinas: Lunes, albóndigas, martes, pescado empanado, miércoles, ensalada de pasta …

Pero… ¿ Qué día es hoy? ¡ Conejo con tomate!


Y está para chuparse los dedos.
Acaba de comer y regresa a su tarea.

En las primeras horas de la tarde, los apresurados viajeros, sin darse apenas cuenta, ralentizan un poco su paso .

¡ Qué bien suena hoy ese violín!

Y los desangelados túneles del metro se llenan por un momento de un ambiente festivo de domingo .

**************

La carne rebozada fría no vale nada.

Era algo que, quizás por habérselo escuchado a su madre, siempre se decía. Y que era un crimen echar a perder un estupendo filete no comiéndolo recién hecho. Aun así, el que se había preparado para cenar esa noche, por más que desprendía un aroma apetitoso, se enfriaba, olvidado sobre la mesa….

Pero es que era superior a sus fuerzas, apenas percibió su presencia ,no había tenido más remedio que coger el espray y buscar compulsivamente al intruso.

Desde niño había sentido una intensa fobia hacia los insectos, hacia cualquier «bicho» en general, que últimamente se había agudizado, pues ellos ,como sintiéndose atraídos por aquella aversión, habían decidido perseguirlo.

Ciempiés, cucarachas, escarabajos, arañas…apareciendo en los lugares más insospechados, estaban convirtiendo su vida en un verdadero infierno.

Y ahora aquel zumbido … ¿Dónde diablos se escondería la mosca que estaba a punto de enloquecerlo?

Pero sabía cómo burlarse de ella.

Abrió el aparador y sacó del fondo la botella.


**************
La carne rebozada fría no vale nada.

Pero es que no queda mucho más en el frigorífico, apenas unas cuantas hortalizas sin demasiado lustre, aunque no es la primera vez que se enfrenta a la situación y con un poco de ingenio sabe cómo solventarla.

Cuando suena el timbre , la mejor de sus sonrisas los recibe en la puerta.

—¿A que no sabéis qué tenemos hoy para cenar?
Con el hambre que traigo me comería un elefante.
¡Que exagerado eres, Toño!
¡Os he preparado… ! «¡¡¡Piratas del Caribe»!!!.


Los niños devoran con rapidez las humildes viandas, dispuestas en los platos con esmero

Y de postre ¿ Qué hay, mami?
No, hoy no nos queda nada, cielo.


Esa noche ella se cena su vergüenza.

Mañana volverá a la esquina.


*************
La carne rebozada fría no vale nada.

Siempre es igual, después de las obligadas celebraciones familiares, una semana comiendo sobras.

Y rumiando indirectas dirigidas con puntería a la zona de flotación:

a)- ¡Cuánto tiempo llevo sin ver a Alberto!
b)-Yo pensaba que hoy,«en tu cumpleaños» , haría una excepción y sacaría un ratito para estar con nosotros…
c)-Lástima que lo «desborde el trabajo»
d)-Y eso que por lo que dicen su «secretaria» es « muy eficiente
»

e), f), g) ,h), i)……

El puding también fue a parar a la basura. Nada sabe bien frío.

O quizás sí…

Imaginó la escena :

A la jubilación de la prima Conchita pensaba presentarse en su flamante descapotable rojo.

Y del brazo de su amante cubano.

«Al encuentro del día», «En aras de la libertad», «Dèjá vù», relatos de María José Quesada

Imagen by Paolo Chieselli

Al encuentro del día

Tomó el abrigo que colgaba del perchero de pared y se vistió con él cerrando toda la abotonadura. Después se caló el sombrero y salió de casa.
Avanzó por la vereda de árboles huesudos y otoñales, desprovistos de ternura: ni una hoja ni una flor, y una cancioncilla que empezó a merodear por su cabeza terminó bailándole en la boca:

—En la noche de la nochebuena cuando los pastores…

Más tarde, ya a pie de prado, buscó una piedra donde sentarte y allí, acomodado en ella, se mantuvo pensativo al tiempo que pulsaba el borde de su sombrero dándole vueltecitas entre sus manos.

Una bandada de aves le hizo levantar la mirada persiguiendo su ruta.

—Míralas, qué felices van ellas, y no digo nada del rebaño del tío Paco, que por allá se escuchan los cencerros y el ladrido de Japonés.

Marcial lo sorprendió en sus divagaciones. Llegaba el hombre montado en su bicicleta con un pedaleo tan lento que era cosa de magia que conservara el equilibrio.

La dejó apoyada en un árbol y se acercó a Ignacio.

—Qué hay, paisano —dijo a modo de saludo.

El hombre del sombrero se giró dándole los buenos días, se levantó del duro asiento y le palmeó la espalda.

—Nada, aquí andamos, estirando las piernas y dándole gracia a la vista.
—Oye, pues llevo en el canasto de la bicicleta un vino y un tocino que ese sí que va a darle gracia al estómago.

Marcial sacó aquellas poderosas viandas contra el frío y la misma piedra que antes sirvió de asiento se ofreció ahora de mesa.


Tengo también una navaja en el bolsillo—añadió, buscándola en su pantalón—, me la trajo mi hijo cuando vino de Suiza, es, no veas la de utensilios que lleva, hasta sacacorchos.

El tío Paco, que andaba entre su rebaño color crema, destacando como una viruta de chocolate en medio de una tarta, los vio de lejos. Oído tenía poco pero gozaba de una vista de lince.

Levantó la mano desde la lejanía y los dos hombres le correspondieron agitando las suyas en signo de convocatoria. Cinco minutos más tarde ya estaba Paco en derredor del inesperado almuerzo.

El pastor sacó del zurrón un trozo de queso y otro de turrón y lo añadió al festín.

En esto que pasó por allí Manuela, la sobrina de Marcial, que iba a repartir el pan nuestro de cada día, y le hicieron el alto con toda la autoridad que el parentesco y la amistad admite.

La muchacha detuvo la camioneta y tras los correspondientes y correspondidos saludos añadió un pan redondo y hermoso. No la dejaron marchar sin probar bocado.

No se sabe qué diría la muchacha en el pueblo porque, al rato de haberse ido, advirtieron a un grupo de gente que se acercaba por el camino.

—Parece una manifestación, —dijo el pastor.

Cuando aquel grupo compacto estuvo más cerca se dieron cuenta de que no era tanta gente como parecía, contaron seis cabezas a lo sumo, que portaban bultos en las manos y todos tenían cara, y nombre y… empanadillas y pasteles de carne, mantecados, una botella de anís dulce, una guitarra, una pandereta…
Y aquella mañana, sin esperarlo, se armó el Belén.


En aras de la libertad


Atravesando la vereda de cedros que daba la bienvenida, llegaron al pueblo en un carromato tirado por dos mulas . Un hombre recio y de amable semblante lo conducía. A su lado, aprendiendo, posiblemente, el mismo oficio, iba un chiquillo de doce años que con un palito en la mano hacía como que azuzaba a los animales. En la parte de atrás del carro, cubierto éste de arpillera sobre un marco de madera, había toda clase de enseres: sartenes, cazos, tazas, cuchillos, coladores, una piedra de amolar, saquitos de poleo y otras hierbas digestivas y, pegado al asiento donde sus espaldas hacían frontera con la tienda de atrás, un hueco libre donde ellos pasaban la noche.


Cuando las mujeres escucharon aquel tintineo metálico comenzaron a salir de sus casas. Era la visita semanal a aquella villa y muchas de ellas iban a recoger los encargos de la semana anterior.


Un corro de niños acudió al encuentro. Les gustaba curiosear aquella guarnición y acariciar a las mulas que muy dóciles se prestaban a ello. El niño auriga se unió al grupo infantil y se las presentó, les dijo que la de color marrón se llamaba Flora y que la otra más morena era Lunar.


—Qué suerte tienes, siempre viajando de pueblo en pueblo, viendo cosas nuevas —le dijo uno de los muchachos.
—Sí —respondió el niño sintiéndose importante—. Dice mi padre que nunca nos detenemos en un lugar fijo para siempre porque somos espíritus libres.
—Mecachis, es verdad —contestó otro chiquillo del grupo— nosotros tenemos que ir a la escuela aunque llueva y todo, y los domingos nos obligan a ir a misa aunque no entendamos lo que dice el cura pero cuando yo sea mayor también voy a ser un espíritu libre.

Al cabo de tres horas el conjunto ambulante se perdió en la lejanía ofrecida por los brazos del camino.

El niño, muy calladito, buceaba en su interior, imaginaba la prisión de aquellos que quedaron en el pueblo, luego miró atrás, a su habitación, dirigió la mirada a su padre y le preguntó:

—Papá, ¿cuánto nos falta para dejar de ser libres?


Déjà vu


Había llegado el momento de su final, ya no era útil, su tiempo de actividad había terminado y alguien tuvo la gentileza de darle una despedida digna conforme a su clase. No hubo sonrisas ni lágrimas pero a ella le habría gustado un último viaje por la ciudad, volver, una vez más, a las calles por las que tanto la habían llevado aunque ésta vez fuera sola.


La enterraron mal, en una fosa común demasiado llena y dejándole una mano o una oreja afuera. Pero fuera lo que fuese no hizo falta más para que el viento la reviviera proféticamente con un: levántate y anda.


Elevó su ligero cuerpo y comenzó su tránsito por las calles del barrio. Un rosal, en la prisa de su carrera, le desgarró parte de su tejido, hecho que no le importó y continuó su sprint hasta darse de bruces con la cara de un transeúnte que se la quitó de encima mascullando palabras de asco.


En su prisa cruzó el tráfico rodado de la avenida principal, con el semáforo en rojo, esquivando los coches hasta llegar a la otra acera en donde fue perdiendo fuerzas para caer al suelo dando vueltas como una peonza. Se arrastró unos metros y volvió a su correteo sorteando a la gente, la gente evitándola…Fue fantástica aquella sensación de sentirse libre así que no consentiría que la usaran más ni que volvieran a meterla en aquel departamento de las cosas sin vida. Pero toda acción necesita un stress vital y el viento cesó. Quedó entonces arrinconada, tirada contra la pared de un edificio hasta que un hombre vestido de uniforme y con un arma letal en la mano se fijó en ella. Sintió que su tiempo de gloria había acabado y así fue. El hombre arremetió contra ella con su escoba y fue depositada nuevamente en el contenedor amarillo.


Es posible que alguien tenga una bolsa que cada vez que sale a la calle siente un déjà vu, como la mía, que dice, según por dónde pase, yo ya he estado aquí.


«Historia de una baldosa», relato de Ángeles Hernández Cruz

Soy una baldosa de gres color beige, de las baratas, fabricada hace más de 30 años. Me eligieron para la edificación de un enorme bloque de viviendas de alquiler y unos albañiles me fijaron con una pasta pegajosa al suelo de uno de los pequeños apartamentos oscuros que dan al interior. No me quejo, pues mi situación es privilegiada, soy la segunda baldosa según se entra por la puerta de la escalera, en la confluencia entre la entrada, la cocina, el salón-comedor y el pasillo; todo un lujo.

En todo este tiempo han pasado muchas cosas sobre mi superficie, cada vez más desgastada y no siempre limpia. No sé por qué, pero por alguna extraña razón tengo una sensibilidad especial para detectar las emociones de los humanos -y no tan humanos- que me han pisado. Comprendo que es difícil de entender. Puede que haya sido un defecto de fábrica o que yo sea la reencarnación de algún ser mezquino, despreciable y soberbio cuyo destino era ser pisoteado por los demás.

Pero aquí he estado muchos años viendo como pasaban (o pisaban) historias sobre mí, sin poder abrazar a sus protagonistas en los momentos duros o reír con ellos en los de felicidad.

Entre mis primeros recuerdos está el de una pareja muy joven. Entraban apresurados, devorando el tiempo con manos y bocas inexpertas, y en el pequeño espacio que ocupo daban rienda suelta a sus deseos. No esperaban a llegar al dormitorio, a pocos pasos, no; preferían la frialdad del gres para llenarla de una excitación que me llegaba a traspasar. Luego se vestían con las mismas prisas y se marchaban. Ahora que lo pienso, y atando cabos, creo que en realidad no eran inquilinos porque el edificio estaba a medio construir.

Más tarde, un matrimonio de mediana edad se trasladó a la vivienda. Ella andaba como si sus pies estuvieran atados por algún tipo de grilletes que no eran sino su anclaje a la tristeza y a su obsesión por mantener la casa siempre impoluta. Me cepillaba con lejía todas las mañanas, algo que yo odiaba profundamente. Era justo sobre mi rectángulo, donde cada noche esperaba a su marido de pie, inmóvil. Por el pequeño temblor de sus zapatillas de andar por casa, yo notaba una débil señal parecida a la esperanza, que sabía a ilusión desgastada. Entonces él abría sigilosamente la puerta y entraba tambaleándose y soltando improperios. La mujer se quedaba un rato más allí y luego, remolcando sus pasos, se iba a dormir al sofá del salón.

Sobre mis centímetros cuadrados han ocurrido cosas terribles pero también otras de gran ternura. Como aquel adolescente que giraba una y otra vez sobre sí mismo mirándose al espejo de la entrada. Yo percibía su nerviosismo a través de las suelas de sus lustrosos zapatos mientras él seguía atusándose el pelo, la chaqueta y el pantalón. No quería defraudar a aquella muchacha en su primera cita.

Y cómo olvidar aquel perro de raza y color indefinibles que esperaba horas y horas enroscado, calentando mi espacio cerquita de la puerta, hasta que llegaba su dueño: un joven callado y gran amante de la música. Todos los días se repetía el ritual del encuentro entre el perro y su amo. Quizá fueron los momentos más llenos de dulzura que mi corazón de gres haya sentido; mucho más gratificantes que los que he presenciado entre algunos de los humanos que han pisado por aquí.

Sin duda lo más trágico y duro que he vivido ocurrió hace pocos años, cuando la cabeza de una joven y bella inquilina impactó sobre mí después de que su pareja le propinara el último puñetazo. El rostro inerte ya no tenía la belleza de antes. Sus rasgos quedaron desfigurados por los golpes y en sus ojos el miedo pedía ayuda. Unos minutos más tarde, que para mí fueron eternos desde mi impotencia, alguien echó la puerta abajo y sentí las pisadas urgentes de la policía y de los sanitarios que llegaron alertados por los vecinos del apartamento contiguo. Demasiado tarde.

También fue aquí donde se arrodilló la señora que vino a vivir sola al apartamento. Era tan delgada que apenas me dí cuenta de su presencia. Aquella tarde alguien había metido un sobre por debajo de la puerta y ella se agachó para recogerlo y leer su contenido. Allí se quedó de rodillas llorando en silencio, abrazando con fuerza aquel trozo de papel y meciendo su frágil cuerpo hasta quedarse dormida hecha un pequeño y triste ovillo. Al día siguiente recogió todas sus pertenencias y se fue para siempre.

Durante un tiempo, una pareja joven vivió en el piso. Cada vez que se encontraban sobre mi territorio, se paraban muy juntos durante un segundo, probablemente para regalarse un beso o una leve caricia. A los pocos meses, detecté cómo los pies de ella se detuvieron y un líquido tibio cayó sobre mí como una lluvia espesa llena de vida . Percibí gran agitación, idas y venidas de pies temblorosos, hasta que salieron. Los siguientes meses se convirtieron en un peregrinaje, día y noche, pisándome con pasos cada vez más fatigados, para intentar acallar el llanto del bebé.

Han sido muchas las personas que han pasado por este sitio: familias numerosas que apenas tenían espacio para moverse y, como consecuencia, yo siempre tenía algún pie grande o pequeño encima. Familias pequeñas y tranquilas que pasaban casi flotando. Parejas que se pasaban el día discutiendo entre la cocina y el comedor. Estudiantes que organizaban fiestas en las que todo el suelo retumbaba por la reverberación de la música y el baile… Muchos vinieron pero todos se fueron.

Pero ahora, después e todos estos años, llegó el momento del final. Los dueños han decidido colocar parqué de madera sobre una capa aislante. Empezaron a instalarlo desde las habitaciones del fondo y probablemente mañana me cubrirán con esa capa que me desconectará del mundo, como un sudario, y dos o tres tablones a modo de ataúd. Ya no podré sentir los pies de la gente que pase por este lugar oscuro, pero lleno de historias.

Nadie me quitará lo que he vivido pero espero volver a reencarnarme en algo diferente: un piano, por ejemplo, o en un botón de ascensor. Creo que también podré percibir las emociones de la gente a través de sus manos.

«Me tocó una señorita», «Algunos códigos gárgola», «Breve recado a la parca», relatos de Orlando Estrella

Imagen by Dimitris Vetsikas

Me tocó una señorita

En la zona norte de la República Dominicana esta ubicado San Vito. Con sus pocas calles, es un poblado situado a pocos metros de la carretera principal que comunica varias provincias de la zona.

A ese lugar llegó una tarde una mujer ataviada con un vestido que no se correspondía con una persona joven y que le cubría las piernas hasta los tobillos. Llevaba una mochila al frente, además de su bulto de viajera.

Muy lentamente recorrió las pocas calles del sitio viendo los frentes de las casas como si buscara algo de su interés. Se detuvo ante una vivienda en la que un letrero rezaba «Pensión familiar económica, agua constante».

Al ver la puerta abierta entró y entabló una breve conversación con la propietaria para luego dirigirse hacia una de las habitaciones.

Allí se estableció la viajera y de inmediato salió a visitar todo lugar donde hubiera conglomerado de personas: parque, iglesias, eventos públicos y demás.

Una noche, durante una de las visitas que acostumbraba hacer al parque, observó a un hombre que gesticulaba con un vaso en la mano compartiendo con unos amigos. La mujer se acercó para observar de cerca mientras fingía hablar por su teléfono celular.

Luego de un buen rato, ese hombre que había llamado su atención se retiró con pasos tambaleantes y ella lo siguió a una distancia prudente. Cuando él se detuvo frente a una casa y se disponía abrir la puerta, la mujer se le acercó al tiempo que preguntó: «¿es aquí que vive una modista que creo se llama Eufemia?». Él se sorprendió por tan inusual visita y luego de observarla por breves instantes le manifiestó que no y que la única que conocía vivía a la entrada del pueblo -sugiriendo con eso que podía llevarla-. Ella le sonrió de manera provocadora al tiempo que le pedía excusas y agregó que hacía unos años la conoció y quería aprovechar su estadía en el pueblo para saludarla.

Luego mantuvieron una conversación de rutina en la que ella siempre introducía algún elemento para extender el diálogo. A medida que hablaban la mujer se le acercaba más y luego dijo que «si no fuera tan tarde me hubieran gustado unos tragos». el hombre se entusiasmó y la invitó pero la mujer le señaló que no estaría correcto que fuera a una barra a esas horas y que prefería algo más privado.

La conversación se tornó en un intercambio más íntimo y decidieron entrar a la casa. Ya sentados en la sala compartieron unos tragos mientras él se sentía el hombre más dichoso del mundo.

Al poco rato y despues de una conversación muy amena, él la invitó a su habitación y no habían transcurrido unos minutos cuando se escuchó un sonido apagado y la mujer salió guardando en su mochila un revólver calibre 32. Se marchó sigilosamente no sin antes llevarse el vaso donde hacía apenas un rato tomaba un trago.

En su retirada iba evocando aquel momento de hace seis años cuando, en una reunión festiva de delegados políticos de la zona, ella se encontraba algo embriagada y este hombre -que ahora yacía con la cabeza destrozada por una bala explosiva disparada desde su boca- le ofreció llevarla a su casa y en el camino la condujo a un lugar apartado dónde la violó siendo ella virgen.

Ella solo recordaba -en aquel trágico lugar, dentro de su embriagues y dolor-, las palabras que retumbaban en su cabeza cuando él decía con un aire de triunfador:

—Cooño que suerte, me tocó una señorita.


Algunos códigos gárgola

Una gárgola está posada sobre un pico de nieve. No está a gusto, pues los copos la hieren. Ella prefiere las lluvias que además de refrescarla le recuerdan su niñez.
¿Dónde se esconden los bebés gárgola? ¿En las cuevas, en las cornisas o en los recovecos barrocos de las azoteas?
Solo a las adultas se les puede observar en su constante vigilia.

En documentos que han sido encontrados en azoteas abandonadas, hay constancia de la educación y de los entrenamientos que reciben en el lugar oculto al que son llevados los bebés gárgola.

También se han encontrado ejemplares de «Juan Salvador Gaviota» que parece ser uno de sus textos favoritos, además de historias sobre fakires y manuales sobre yoga y de control físico y mental.

En manuscritos de poetas gárgola se percibe entre otras cosas la gran cultura que poseen.

Aquellos que fungen como profesores, llevan consigo unas libretas donde están los manuales y lecciones que han de aplicar a los bebés.

Les dicen los profesores:
«A pesar de compartir el mundo de los humanos, somos diferentes y tenemos otros códigos de vida».
«Nos diferenciamos de un dios en que nunca hemos creado nada, cosa que no debe de importarnos, como tampoco tratar de corregir al humano, pues hay que dejarlos a su libre albedrío» .
«No somos dioses aunque muchos lo piensan».

«De lo que podemos estar orgullosos es de vivir en las alturas, no en el suelo donde recibiriamos escupitajos, golpes y atropellos sin importar nuestra dura piel y nuestra horrenda figura, incluso nos ofrecerían limosnas y eso sería intolerable».

«Por esto y otras razones debemos mantenernos en nuestro hábitat, pues de no ser así nos convertiríamos en grandes guerreros y quizás en los peores asesinos. Entonces no habría diferencia entre un humano y una gárgola y nuestra historia y mística se irían a la mierda».

Por todo esto, se les esta prohibido bajar al suelo, so pena de muerte, y si en algún momento se enamoran de un humano, será este que deberá trepar las paredes o, en su defecto, aprender a volar.

Estos datos referentes a su educación se les dan por escrito a los niños gárgola, y dadas sus condiciones de poseer una inteligencia muy superior a la humana son asimilados en poco tiempo.

No es de extrañar lo poco que se conoce de las gárgolas y de su historia, debido a las estrictas normas de conducta en que se desenvuelven.


Breve recado a la parca

Cuando llegues a mí, certera como siempre, no encontrarás a un hombre ocioso, sino que verás a un ente con energía y no a un muerto-vivo como esos zombis que ya se han entregado a la nada y solo esperan el decreto que los declare oficialmente muertos.

Tendré en las manos un lápiz o pincel o una cortadora de metales o quizás, algún objeto que me permita honrar la soberanía .

Tendrás el orgullo de saber que encontrarás a un hombre de trabajo que no huirá de ti ni de su destino, como lo hace de aquellos vivos que no buscan su carne sino sus ideas, y esas, valen demasiado, para asesinos tan pobres.

«El aljibe», «Sermón de la meseta», relatos de Silvio Rodríguez Carrillo

Imagen by Phuong Nuyeng

El aljibe

Ató un extremo de la soga a su cintura, y el otro al tronco del arbolito de naranjo que estaba a unos dos metros del aljibe. El albino, de unos doce años, siguió la operación sin decir ni una palabra. Comprenderás, le dijo Li al albino, que estas son cosas que hacen los poetas, y que alguna vez harás si te dedicas a escribir. Seguidamente, Li comenzó a deslizarse por dentro del aljibe como una araña, extendiendo brazos y piernas hasta cubrir el reducido diámetro de ese túnel vertical que pareció tragarlo. La soga resultó una precaución algo más que molesta.

Al llegar al fondo, Li confirmó lo que los últimos meses habían predicho, una total y absoluta sequedad. No había llovido desde el último verano y el fondo del aljibe estaba completamente seco. Desanudó de su cintura la soga y se sentó sobre la loza, asumiendo en su respiración la tranquila oscuridad de ese fondo con el que convergía en frialdad y falta de luminosidad, y se entregó al desasosiego. Él había construido el aljibe y la aldea lo relacionaba con él, si en el aljibe no había agua era su culpa, no importaba que hubiese llovido o no. Era simple.

Li comprendía la locura y la culpa, y por eso sabía que su realidad no tenía salida. En la aldea pensaban que el aljibe se tragaba el agua de las lluvias antes de que caigan, y que él era el culpable de la situación, de ahí que le dieron plazo hasta esa noche para que llueva, de lo contrario lo torturarían. En su momento Li pensó en razonar, pero se dio cuenta de que esa gente era irrazonable, lo intuyó cuando celebraron que el aljibe podía contener el agua por semanas, y lo confirmó cuando lo nombraron ciudadano azul sin consultarle.

Ahorcarse le ahorraría la tortura, pensó Li, pero ahorcarse era una de esas cosas para las que no tenía práctica, y que exigía una cuota de valor que entonces puso en duda. Entre el terror a la tortura, y la falta de valor para el suicidio, memoró los infelices poemas que le escribiera a Sue Yang, que le valieron sus favores y cierta fama de poeta que le ganó un adepto incondicional, el albino, que más arriba hacia de custodio y cuya tarea era dar la voz de alerta si acaso decidía escapar. De eso se trataba, ¡del silencio del albino!

Volvió a anudarse la soga a la cintura y comenzó a trepar por las paredes cuesta arriba, convencido de que tendría éxito en lo que se habría propuesto, esto es, darse a la fuga y que el albino no diga nada hasta que se haya perdido en el horizonte. No pensó que toda la aldea estaría esperándolo arriba, ni que el albino había abandonado su puesto de vigilancia ni bien descendió, ni que la misma Sue Yang encabezaría a la muchedumbre, y menos aún, ahora que sentía el frío de las primeras gotas de lluvia, que comprendería lo que es salvarse.


El sermón de la meseta

Entrenas por curiosidad, por ver de qué va la cosa, hasta que le sientes el ritmo y algo te impulsa a ir a por más. Entrenas hasta cansarte, hasta el absurdo de llegar al agotamiento y lesionar lo que siempre debiste cuidar, pero que nunca te lo advirtió nadie. Entrenas hasta odiar imponerte cualquier entrenamiento mientras continuas entrenando. Entrenas hasta sentirte dueño de cada uno de tus movimientos, de cada pulsación y cada respiración, siempre a mitad de camino a ese equilibrio que no llegará jamás. Entrenas hasta que el único rival es tu reflejo cuando avanzas de espaldas al sol.

Viajas por oficio, y aprendes a ser el extraño que fue enviado porque sabe lo que ignoran los nativos. Viajas porque confían en que podrás hacerte similar a los lugareños y desde ahí establecer lo que no estaba previsto. Viajas porque en donde estabas no había sitio sino para lo de siempre todos los días, porque hay algo en el ticket que con cariño y desprecio sujetan tus dedos. Viajas porque puedes mirar a los ojos del que te pide el pasaporte y leer su vida entera, aunque te doble en edad, sin que él tenga posibilidades de hacer lo mismo.

Escuchas por impulso, midiendo la emoción alegre o rencorosa de quien cierra la puerta de un auto, la rabia el desgano o la fe en el roce del cuchillo con el tenedor cuando alguien cercena las verduras de su ensalada. Escuchas, veinte años después, el silencio de tu maestra de escuela antes de dormir, el griterío en el patio de recreo, y tu propio llanto desde la alta lejanía del castigado. Escuchas la mudez del que no habla porque se acostumbró a no tener con quién hablar. Escuchas el crepitar de los carbones relajando los modos del asador que nunca finge.

Transcurres la noche por estigma entre maldito y bendito, como si nada te faltara y nada te bastase, como si sin nadie estuviesen todos, o tan sólo los escogidos por tu querencia a prueba de juicios. Transcurres la noche como buscando llegar a la madrugada para decirle con los ojos abiertos cómo se soporta el día con los ojos entrecerrados, en una suerte de batalla que te tensa las espaldas no decirla, y que sabes es el precio de compartirla. Transcurres la noche con las manos abiertas a lo que no llega, por si ocurra la siembra, ese gesto genial, desconocido.

Y persistes, es así que persistes, con la altanería de un faro que ni busca ni se expone, tan sólo estando ahí, recibiendo la bravura del oleaje de silencios por abajo y la luminosa sordidez por arriba. Persistes en tu musculatura emocional, flexible e inquebrantable en su propio código de espiral que escupe como engulle. Persistes en tu condición de incondicional porque cuando ya nada queda levantas un nombre y lo vuelves tu aliento. Persistes porque siempre te queda otra, pero la que quieres es la que tendrás. Porque el vacío como el lleno no te acaban de poblar el pulso.