VERSO LIBRE

Aquí están mis recuerdos,
suspendidos en el espejo desviado de la memoria.

Aquí están:
oscilan en trapecios de agua,
evaden pesadillas.
se intercambian, exaltados se quejan,
duplican su carcajada,
desayunan, salen de paseo, lloran,
y sus lágrimas son ulexita
que sabe ver a través de la pena.

Aquí estás vos,
que sos un recuerdo,
lo eras o, tal vez, no,
porque batís palmas,
corpóreo, en el horizonte de esa fantasmagoría,
nombrándome.

Tu voz y su nítido eco,
cómo trompeta de Miles David,
profundo como un odaiko.

Aquí están mis recuerdos,
arrojados en el tiempo lábil de un código postal
que la emoción fijó en las cosas que pasan.

Código postal

Silvia Heidel



Visión en Laguna Redonda

Antonio Rojas

Sus ojos eran un sol negro sobre las aguas de Laguna Redonda;
parecía un pez bíblico bebiendo la sombra de los árboles.
De sus orillas emergen muertes paralelas
a contemplar la muerte de los pájaros, la infancia de los lobos,
y el éxtasis de los agonizantes.
El viento arrastra letras y números
que abren cortinas de bronce y combinaciones de aldabas,
la perfección del olvido, y un bellísimo azul matemático.
En su callar caben todas las voces,
los cocodrilos silentes del ocaso,
el peso de lo que está por existir,
las llaves y cinceles que abren el ayer de los baúles
y el orden estricto de los féretros,
la espada de David y los espejos en la cabeza de Absalón,
Jezabel y la Sulamita, la nave de Elías, El corcel de Saulo,
los muros y las trompetas de Jericó,
el oro,
las piedras,
los cristales,
los dos ladrones en ambos extremos de la luz.

Su vista termina donde comienzan los sueños.

Más allá, la tarde eleva sobre la ciudad aéreas construcciones,
(allí hay puertas que, al mirarlas,
sueltan los cerrojos,
se quiebran en relámpagos fríos,
en cifras olorosas,
y abundantes cabelleras caen de los dinteles).

El anciano se sienta en el borde de una piedra;
tiene en las manos la marca de Caín y la daga de Atila,
las eleva hacia el cielo en un semi círculo monstruoso
buscando el corazón de la noche,
y un duende infla danzas en la memoria,
el ritmo de otras eras
donde él es, apenas, el balbuceo de un instante
que se consume aprisa en las fauces omnívoras del universo.
Creo escucharle decir: -”Aleph”,
y pienso en la cebada y la menta de Eleusis,
en las mezquitas gemelas del Taj Majal,
la piqueta y la lanza de Nemrod,
el tango de una noche en Buenos Aires,
las ruinas de Sechin…
Pero él sólo buscaba comprender el horror
de esa selva metálica
donde duermen estrellas difuntas su ilusión de albas,
pasear por los oráculos
donde cantó Elohim su hosanna secreto,
y descienden con la lluvia
dioses azules,
alas de ángeles…

huesos de hombres.


Acostumbro despertar a las cuatro
para comunicarle con un beso
ese buen día enamorado, como si fuese
un laurel profético de luz sobre la oscuridad.

Ya sé de las confusiones que se alojan
en su tránsito de decisión a victoria
y cómo se repiten los mapas de la complacencia.
Por eso, llevo días adelantándome a la madrugada
para dar con el trayecto donde circulan
juntos, razón, deseo y posibilidades.

A veces, pareciera plena noche al fondo
y otras, la boca inédita del día, justo ahí
donde cambia el destino de mis besos,
como si todo se resumiera en actitudes
mediando entre fugas de energía y fe.

Entonces agradezco las líneas que se escriben
con esos silencios que ojalá también trazaran
claramente los límites entre hora vacía
y amanecer con sol estallando en la ventana y sus promesas.

Rutina sin agenda

Solange Schiaffino

NOVEDADES EDITORIALES

Mutter, un libro de Silvia Heidel

En este nuevo libro, la autora argentina Silvia Heidel nos propone una travesía por etapas diversas, tanto de la historia general como de la particular.

A partir de la relación con la historia familiar, se imbrican situaciones pasadas y presentes, como en un caleidoscopio que Heidel maneja desde diferentes ángulos, creando un clima por momentos onírico y por momentos realista y concreto. Lo tangible y lo intangible se entrelazan en un juego climático que nos lleva desde los ancestros hasta el presente, donde la realidad ejerce un peso específico que la remembranza aligera.

El entramado de escenarios lleva al lector por un vaivén a la vez tan pintoresco como poético, tan verosímil como mágico, en ese viaje hacia la historia que se porta como descendiente de otras historias anteriores.

En todo el desarrollo gravita ese peso familiar sobre las búsquedas particulares de la voz narradora, como un justificativo para emprenderlas en aras del propio e íntimo descubrimiento.

La oscilación entre pasado y presente nos ofrece un juego textual profundo e interesante, en que el lector se sumerge, también él, como un buceador de esa trama en la que acompaña a la voz narradora en su propuesta indagatoria.

Las subtramas están desarrolladas con naturalidad y frescura. De igual modo, los diálogos internos y externos que la voz narradora aporta como realidad ficcionada y que, en su desarrollo, resultan a la vez cerraduras y llaves del hilo general, ubican al lector dentro del panorama que las distintas secuencias van ofreciendo.

Así como indica el título, el personaje de la madre es sobresaliente en toda la obra. Marca el tempo y el sino, como una especie de guía constante a la que la voz narradora recurre y se aferra, para encontrar salida a sus preguntas y contradicciones.

Heidel ofrece una prosa coloquial y cercana (bien argentina), dentro de un desarrollo histórico que abarca un amplio período del país. El lenguaje es claro, práctico y abierto, dentro del coloquial natural de origen.

Quizás, un poco localista en ciertos aspectos de su «argentinismo», pero, si vamos al caso, toda obra lo es, independientemente del país donde se haya escrito, ya que lo verdaderamente valioso es el retrato de la época y la arquitectura de la trama con sus personajes vívidos y fecundos. Eso la dota de universalidad.

LOS LIBÉRRIMOS

Antonio Rojas

La ira de las estaciones

He quedado solo con mi fe.
Incorrupta, yace en el fondo de mi corazón,
como dormida en el vientre de un pez milagroso.

Ahora que estalla de pronto la ira de las estaciones,
las cosas ya no son sino como las recuerdo
en la síntesis brumosa del paisaje infame.
No solo el amor,
también es bello el olvido.
Aunque creer nos eleve,
nunca alcanzamos la altura de los sueños:
en el espacio que respira una flor
se gesta todo un mundo de desdicha.

Alargo mis sentidos para atrapar al insecto de la tarde;
como para nacer en otra era
algunos pájaros huyen
en la escasa luz que resta al día.
Hora invidente,
cazo pedazos de cielo en la tormenta,
quizás porque amar es el último argumento,
y el último grito.



Silvia Heidel

Uno infinito

«La pregunta ética ha desaparecido del preguntadero humano». Gavri Akhen.

intersecto números en mis venas
esta noche que raspa con su alarido mis ojos
alguna chispa de verdad
relumbrará en esa crucifixión íntima

números que son Uno
multiplicado a la enésima
milésima millonésima
cifra sinfin
nos cerca con su horca de llanto

no ni nunca
ajenidad frente al Uno
de infinitesimales ojos
boca
lengua
pies
corazón
brazos
desmembrados por esta edad oscura
sobre la tierra muda y ciega

Uno hendiendo lo umbrío
sangre con alas
en un pliegue de tiempo
con nostalgia de futuro



Enrique Sanmol

La noche es sola

La noche es sola,
y crece como una infección
en el torrente sanguíneo.
La noche es sola
y yo intento escabullirme
entre calles y arpegios,
pateando un asfalto
de señales horizontales
y semáforos intermitentes,
entre perros que defecan
en las almas de las aceras.
Ella odia dormir sola,
y a mí la noche me asesina,
como lo hacen los nonatos
que anhelan desde el limbo
la lotería de existir,
de crecer como una infección
vertiginosa y hermosa.
La vida eterna entre perros
que defecan y defecan
en las almas de las aceras
y los semáforos.
Ella odia dormir sola,
y a mí la noche me asesina.
La vida eterna entre espectros
que acuden a la llamada
de una oscuridad desnuda,
la oscuridad helada
de un exoplaneta deambulando
por un universo de noche sola.



Alex Augusto Cabrera

Día sin luz ni sol

mañana lloverá y no estaremos
no seremos los mismos detrás de la ventana ni en el bar
ni en el auto
y habrá otras arañas recorriendo el vacío de la casa

lloverá y un diluvio de treinta y seis minutos
se llevará tus años y los míos
buscándote
entre cada comienzo tercamente

lloverá como nunca
y
gota a gota
se llenarán de moho nuestros nombres
las paredes de ausencia
la guitarra de voces silenciadas
toda la espera y todos los proyectos
serán tan solo esquirlas
mis mapas y los tuyos se llenarán de polvo
y sangrará la lluvia
gota a gota
hasta que se desborde
lo que ya es inútil de tan tarde

pero seguirá el bar y el auto y la ventana
y tú te irás allá
al día nuevo

día sin sol ni luz
día en pañales

el viento pasa

yo no sé a dónde iré

ni si hoy existo

CONTRAPUNTO EN VERSO LIBRE

Silvia Heidel & Gavrí Akhenazi

Mapamundi (fragmentos)

Silvia Heidel

I-¿QUIÉN?

A lo bonzo te inmolaste tras esa zarza
que ardía en tu jardín.
¿Quién daba campanadas en tu sangre
repicando bautismos?
¿Quién recitaba salmos
y encendía antorchas perennes?
Bandadas migrantes devoraron tu horóscopo.

Sin mapa.
Perdida.
En tus fronteras,
ancho precipicio.

II- TENGO QUE CONSEGUIR MUCHA MADERA

Se agitan las aguas
cuando lanzo un conjuro para que regrese.
Se arrima, aérea.
Me pregunto si será el fantasma
de aquella canción pegadiza.

Rítmica, se contonea timoneada por nadie.
Me entusiasman sus velas de copo de algodón,
su carcasa de canela jaspeada
con moteados arrayanes australes.

Me incita, cadenciosa, a expediciones temerarias
sin más compañía que la de un improvisado viernes.
Después de todo, el mare nostrum
está al alcance de unas cuantas remadas.

Pero, el galán de la pantalla me despabila:
una ola de plomo quebró su timón
y mi balsa ha mutado en montaña de aserrín.
Son invencibles las polillas carpinteras de mi biblioteca.

III- SIN LEVANTES NI PONIENTES

Son nocivos los grises.
Uno se estanca en su miel engañosa,
en su campo minado de peros.
Hay que huir de su garúa de paradojas,
esa niebla cerrada
donde los contornos se diluyen
en una cómoda ingravidez
que devora los puntos cardinales.

IV- TE ESPERO

En esta metrópoli sin esquinas,
te espero.
Aquí, sobre las brasas de mi tatami..
Busquemos juntos esa inflexión
por donde la luz se cuela.
Con el alma despellejada,
te espero.
Sin relato ni discurso.
Con las manos abiertas
crucificada en calles caníbales
donde florece la implacable cicuta.



Gavrí Akhenazi

Hay un túnel sin luz en su final
y hay una luz sin túnel
en la espesa astilla de la sombra
conque la calle se devora a sí misma
y a aquellos que le confian su paso miserable.

Todo en la memoria
padece de un ambiguo color sepia
aferrado al orín del hierro que supo ser
a veces
ese profundo mundo contenido en un canto
que acabaron devorando los pájaros del miedo.

Ahora, aquí, en tus calles caníbales
propiedad de una ciudad canibal que ha perdido su puerto
nos observamos sin fragilidad,
atados al destiempo de alguna edad pasada
en la que imaginarnos atrapados de vida.

El mundo
puede resultar frente a nuestros ojos
un tímido carrusel imaginado
por lo que aún no hemos asesinado de la infancia,
porque, quieras que no,
el dolor es capaz de asesinar las alas no nacidas
y fabricar en vez de un pájaro, un lagarto.



Silvia Heidel

UNA LUZ SIN TÚNEL

Esa astilla de sombra
se clava en la aorta de ciudades
abandonadas por los pájaros
donde el dolor ha crecido
lagartos en las alcantarillas.

Allí prospera una sangre de hielo
que no sabe de nacimientos.
Pero hay luces sin túnel
que se expanden a la vera de la noche
empujándola hacia su nada
con dragones de fuego .

Y, nosotros, que nos hemos fabricado
esta metrópoli desprovista de carreteras
sentados en una arista de fragilidad,
en su acantilado de seda,
podemos reconocernos
en el capullo sin laberintos,
que cuelga de las moreras
sobrevivientes de la infancia.

Nosotros, en este instante
bajo la misma estrella.



Gavrí Akhenazi

Aún podemos detener la voluntad
bajo la sombra de los olivos
y permanecer frágiles, solo para nosotros,

efímeramente frágiles

con las frentes alzadas a un viento pendular
parecido al paso de la vida.

En el espejo
el roce de los ojos tiene esa condición de la añoranza
que aprendemos a borrar levantando las manos
y así tapar la imagen que nos devuelve el tiempo.

Acumula, ese espejo invisible que habitamos,
sus magias que nos miran,
nos explican de pie
como si fuéramos inexplicables
allí, en ese retrato tantas y tantas veces malquerido.

A nuestro modo, hemos sobrevivido a las mareas y hasta a ciertos mareos perniciosos
cuando no nos fue dada la quietud
y el rigor se transformó en un hábito
parapetado en los relojes.

«Cada vez que estés triste
siembra un olivo», me explicaron un día.

Hay infinitas formas de sembrar un olivo
en el olvido.

¿Qué hará tu corazón con esa estrella?



Silvia Heidel

¿QUÉ HARÁ TU CORAZÓN CON ESA ESTRELLA?

Él hará lo que se hace con todas las estrellas:
guardar ese reflejo de joya facetada en su vientre,
para derrotar a la inclemencia,
y gobernar a las mareas del hábito.

Es su mirada la que me acompaña,
hoy, bajo la sombra
de este olivo prendido a la tierra
como un sobreviviente etrusco

que se burla del paso de los siglos
ofreciendo sus frutos cual
distracción frente a su malicia

que exhibe su rugosidad como un trofeo
a estos leones que desperezamos
nuestra quietud junto a la sombra de su velo

alejados de toda cacería.

VERSO LIBRE Y VERSO BLANCO

Ya sé que la alegría es transitoria
como esa ciudad que siempre circunvalas
en el viaje a nunca
y en la que nunca te quedas a dormir.

Aromática como el dulce petricor que exhala la tierra
cuando abre sus fauces al canto de las aguas.

Obscena como la sangre en el pan
y el colmillo en la carne.

Inocente y estúpida como yo
ante cualquier ventana abierta a temporales
que he dejado de prever y me sorprenden
sonriente y encueros.

Llega
te besa
nada contigo un rato
se va
y permanece escondida en la distancia
con aquellas palabras que no quiero escribir.

A veces creo que no la necesito
y me he coagulado de silencio.

Alegría

Morgana de Palacios

(verso blanco)


Con los libros bajo el brazo

Isabel Reyes

(verso blanco)

Llovía en el Retiro.
Recuerdo escalinatas y un poema embrujado.
Daba temor mirarme. También tengo yo ahora
una sed infinita de que surja tu imagen.

Acaricias el frágil relente de mi pelo,
sabe a limón de mármol la añoranza.
No acierto a caminar, me asusto.
Tus muros son muy altos. Quién me abrirá las puertas.

Casi apenas mujer
te soy una exiliada que llega a la ciudad
en esta noche espesa, esta cerrada lluvia.
Me llamas desde hondos corredores sin aire.

Quién soy yo con los libros sujetos bajo el brazo,
estudiante en la “Complu”.
Me tomas de la mano y aquel parque disipa
su maleficio verde. Se han secado mis lágrimas
Nos vamos a encontrar.

Has llegado de lejos.
El sol hace trasbordo por tu boca
y empiezo a renacer.
Reescribo a dos velas mi tesis doctoral,
bebemos la tristeza solemne
de esta ciudad a oscuras que mis ojos permiten.

Quién eres, quién soy yo. Dónde vamos tan tarde
a prender ideales si no queda ni un taxi
por el puerto nevado de los amaneceres.
Hoy
tengo enfrente ese parque de mi inútil tristeza.

Demasiados peldaños ascendiendo a mi frente.


Sangran los horizontes por los cuatro perfiles
mientras en las esquinas de las bocas,
y a plena luz de las pantallas,
se trafica con paz impunemente.

Te ofrecen papelinas con dibujos
de palomas y olivos que tan solo contienen
un cóctel de moral adulterada.

Qué inútil es dormirse en el deseo
de antiguas psicodelias si no existe
terapia que libere
el tóxico del odio que regalan
en las mismas esquinas,
bajo la misma luz,

y tras las mismas bocas.

Caramelo de regalo

Ángeles Hernández Cruz

(verso blanco)


Me convenzo

William Vanders

(verso libre)

Esta noche me convence el insomnio.
Es un instinto primitivo,
un alma con mil ojos
en mi retina tapada.

Soy un Cro-magnon
hibernando despierto,
en alerta y sigiloso,
cauto para no ser cautivo,
con herencias tatuadas en el muslo,
de verbo herido y rumiante,
enfurecido en el temor,
acostumbrado a la amnesia,
de mandíbula pensante,
sobreviviente,
libre,
despabilado dentro del párpado caído:

un homínido

intrascendente,

con auroras a cuestas

para oscurecer el pecho

durante el combate.


Miro el río y, en él,
miro la sombra del crepúsculo
que se hunde en su musculatura acuosa.

Una sombra que no hace pie en espesuras,
y derrumba minaretes de sentido por correntadas
que arrastran olvido y desmemoria,
como si fuese posible
amalgamar sus gotas de mercurio.

Acaso sea eso lo que desteje el pampero
mientras peina las trenzas de los sauces,
lo que repite con su canto el zorzal
zarandeando las voces dormidas,
lo que insinúan los juncos
con sus guitarras de mil cuerdas.

Miro el río y sus luces de atardeceres fugados:
me recuerdan que esa moneda inadvertida
que la tarde dejó caer en su bolsillo
no es la misma que aquella segada
por el filo de cierta memoria implacable.

Re-lecturas

Silvia Heidel

(verso libre)

VERSOLIBRISTAS

Silvia Heidel – Argentina

Image by Bianca Van Dijk from Pixabay

Postales del instante

III
Podría suceder que el mar fuese devorado por las dunas .
Que abra sus compuertas y mis pasos atraviesen el desfiladero
hasta desenrollar el ovillo de resplandor encantado con médula de miel.
Es tan clara mi voz desde este lado de la ilusión .
Tan suficiente para hipnotizar a la cascabel de siete cabezas
tatuada en mi espalda. Instante,
canta tu bossa nova.
Cómo imaginarte?
Inmortal, pese a que sos fuego?
O, apenas y a penas, infinito mientras dures.


IV
Igual que yo, esta bahía y su calendario
se han desprendido de los inviernos.
Aquí un sol atemporal desliza brillos sobre
cuerpos inmersos en gradaciones de aguamarina.
Una gaviota inmóvil despliega su fuselaje.
Un cardumen quiebra iridiscencias en juegos sin guión previo.
Hay un batir de oleajes que vienen, van y regresan a la misma playa.
Ecos de risas que erizan la dermis con escalas de garganta salobre.
Sobra tanta placidez bajo estas hojambres de redondez imperfectible.
Vibra una energía expansiva en la atmósfera:
desmesura que desborda la palabra y rebasa los contornos.
Es mi corazón acurrucado en tu palma.
Descalzo, el tiempo se detuvo en mi portal.
No sabe adónde ir.



William Vanders – Venezuela

Image by Kerstin Riemer from Pixabay

Parco

Narrar con sombra el fantasma de la sangre.

Fugarme del otro cuando la mente se asusta.

Caminar descalzo sobre los cardos de una lágrima.

Sospechar de la violencia dormida en la derrota.

Ser ángel descosido en la raíz del árbol.

Entrar en el ojo de Dios y extraer origamis de fuego.

Palpar la ceniza oculta en el archivo de la piedra.

Reconocerme.

Saberme.

Hablarme.

Evocar a la muerte que me aviva.

Transcribir mi naufragio.

Volver.

Mudar este silencio a la pausa habladora.

Transferir mi alma a un pez milenario.

Quedarme quieto en la parquedad de su espíritu.

En fin:

Volcar la aurora en mi frente.

Desplazar el infinito a mi nariz oceánica.

Colocar azúcar sobre la sal derramada.

Arrojar esqueletos maniatados por la memoria.

Cincelar.

Olvidar.

Desmarcar.

Partirse desde adentro.

Reunirse.

Beber.

Zigzaguear.

Habitar la locura del sol tragamundos.

Andar.

Mirar.

Callar.

Reconocer al magma en la lengua.

A las anclas incrustadas en la espalda.

Al barco hundido en el pecho.

Dormir.

No despertar.

Descansar.

Lamer la dulzura salobre del destino.

Viajar siempre viajar adonde habita mi ternura.



Jesús M. Palomo – España

Image by Bianca Van Dijk from Pixabay

Poema de amor

No te escribo poemas de amor.
Y te podría decir que tengo las palabras rotas,
pero sería como ladrar en una comisaría.

No te escribo poemas de amor
porque al amor no lo entiendo.
Te llegué con batallas de más
y dejé los adjetivos grandes
esparcidos por los campos,
los tequieros desterrados, al sol.

No te escribo poemas de amor.
Desisto de usar las manos
para aplaudir a mi propio ego.
He dejado aquello atrás también.

Prefiero callar, escuchar la vida
mecido en tu regazo
y dejar que sea el silencio
quien marque el compás
de este corazón adormeciente.



Rosario Vecino – Uruguay

Imagen de Peggychoucair en Pixabay

A pesar, quizás, aún

castradora de aguas santas
mis fluidos
mi llanto

la sagrada humedad de dos cuerpos
trenzados
amándose

cadena de mis manos impidiéndome
el tacto
la caricia

traidora de mi esencia
has congelado mi lengua junto con mi corazón

pero no recordaste -rosarito-
que yo respiro por el estómago
me escondo en el estómago
me muestro en el estómago

y
resucito a otras vidas
-adiviná-

regurgitando

EN VERSO LIBRE

Silvia Heidel – Argentina

Imagen by Jackson David
Flashback

Una nube se ha detenido sobre el piso del cuarto.
Bajo su sombra que no se decide a ser lluvia,
lloran sin lágrimas los ojos de mis difuntos.

Acodados en la férula del recuerdo
son bocas descosidas de silencio,
gestos que bailan con pie mesurado
alrededor de la mesa vestida de fiesta.

Han sentado en mi falda
las llanuras oscilantes donde rieron,
sus huertas y jardines de corolas gigantes
hoy brotan en mi alfombra.

Han puesto a cantar al rescoldo
levando misterios con sus manos blancas
que regalan duraznos al aire
y musitan claves a sus bandoneones.

Un tobogán de niebla los trajo a mi puerta,
ahora que mi memoria opone su espalda
a este catálogo que naufraga en un vórtice.

Y ese fogonazo dispara su carta sin remitente
en el ojo del espejo que me mira desolado.
Impasible.


Love and peace

Hay olor a sol de verano en el aire,
bajo un cielo tan brillante que lastima.

Se diría que los eucaliptus
transpiran tristezas mentoladas,
heridos por el flechazo de siriríes
ajenos a tanta escaramuza.

Escucho el golpeteo del oleaje
acariciando mis perímetros.
Reincido en ejercicios de olvido,
hamaca de viento que lleva y trae
sobre las luces flotantes del día.

Mientras, descifro titulares:
los leo al revés,
en diagonal,
en zigzag,
en jeringozo.
Están escritos en idiomas que no entiendo.
Deberíamos inventar un esperanto
que no sea polilla de biblioteca.

Todo esto, para no ver los peces
que alguien arrojó en mi living.
Una tonelada de peces muertos.

Te lo dije.
No es un lugar seguro.
Nunca lo fue.
Solo en tu cabeza love and peace.
Solo en tu cabeza.


Jesús M. Palomo – España

¿Cómo te llamas?

Me llamo Jesús por mi abuelo.
Me llamo Jesus,
sin tilde,
porque mi padre lo escribía así.

Me llaman Jesus, o Palomillo
pero me han llamado de todo.

Cuando era niño me llamaban Chusete
y lo aborrecía.
Así aprendí a hacerme el sueco.

Y, cuando era menos niño,
me llamaban Txus,
porque había otro que portaba el mismo nombre
y yo,
que llegué más tarde,
no era merecedor de ser nombrado completo.
Por eso ahora siempre llego antes que los demás.

Cuando me salio el bigote
y me afeitaba con la cuchilla de mi padre
nadie me llamaba.
Dejé de ser popular.

De vuelta de Mallorca,
me llamaban maricón.
Pero lo decían por lo bajini,
no fuera a ser cierto.
Con mis plumas los descolocaba.

Tuve una época
donde casi ninguno de los que conocí
recuerda mi nombre.
Aún hoy, algunos ni me saludan.
Cómo iba a saber yo que estaban casados.



Siri dice

Avanzo hacia un destino
que aún no soy capaz de vislumbrar.

Lo hago usando mapas antiguos,
pues renuncio
a ser mecido por el ge pe ese,
que me hace sentir atontado,
adormecido entre las consignas.

«Siga adelante en la rotonda
si quiere llegar a la Gloria»

Pues no quiero.

Desisto de ser guiado por satélites,
a pesar de las ocasiones
que me he precipitado por ruas embarradas,
por rutas que acaban en basureros
y en cuevas ciegas.

Avanzo errando,
sin que nadie me controle
y voy encontrando recovecos insospechados.

Solo cuando en la niebla
me abandona hasta la orientación,
se me antoja poética la última voz de Siri.
«Ha llegado.
Su destino está a la izquierda».