LOS FAVORITOS DEL EDITOR

José Sbarra

El mal amor (selección)

Te informo sobre la situación en casa, por si te interesa.
La persiana de nuestro dormitorio se trabó arriba y se niega a
bajar.
Las puertas del armario bostezan de noche y de día.
La parte de tu lado de la cama se muere de aburrimiento.
Una banda de polillas insensatas se comió la cortina azul.
Cuelgan de todos los cajones lenguas de trapo sedientas.
Las toallas que olvidaste en el suelo envejecieron
precipitadamente.
Los lirios de plástico que habías puesto sobre el calefactor
se marchitaron.
No quiero exagerar, pero alguno de los Rolling Stones
humedeció con sus lágrimas la pared donde pegaste el póster.
El cielorraso se descascara pidiendo que vuelvas.

(Y de mi corazón mejor no hablemos)


Alguien habrá acercado su mejilla
a una almohada usada por mí para recordar
el roce de mi piel?
Alguien habrá permanecido despierto
hasta la alta noche
para seguir amando con su mirada
mi egoísmo dormido?
Alguien habrá caminado por una calle desierta
de un país lejano murmurando mi nombre
llamándome?
Alguien habrá serenado su corazón
apretando contra su rostro
pequeñas ropas mías?
Alguien habrá preferido mi muerte
antes que verme
en brazos de otra persona?
Alguien habrá gozado
entrando al baño después de mí,
con el vapor,
la temperatura y los perfumes
de mi intimidad?
Alguien habrá deseado caer en el sueño
con mi sexo anclado en su
cuerpo?
O solamente yo
amé de esa manera?


No dejes que te impresionen las estrellas
que quizás estén todas muertas.
No te dejes corroer por las canciones añejas
Duerme y nada más.
Esta noche, duerme
Mañana una muchedumbre de arcoiris
con lo que haya quedado vivo, ya conoces el mecanismo
te fabricarán una sonrisa nueva.
Ahora duerme y nada más,
esta noche, duerme.
No te castigues con la luna,
ese transatlántico indiferente,
este silencio pasará
volverán las palabras como pájaros,
como veranos, como soles
volverán las palabras
y alguien dirá tu nombre.
Esta noche, duerme,
echa el ancla y duerme,
duerme.
Que por unas horas oscuras nada te hiera.
No llores, no implores, respira y duerme
concéntrate en la respiración
y acaríciate un hombro,
amate un poco y duerme
esta noche duerme.
Mañana tendrás la oportunidad,
flamante y renovada de volverte a equivocar.


Alaridos en el ventrículo de las torturas.
El amor desollado pide a gritos que le devuelvan las epidemias.
La memoria decapita los nombres de los fracasos.
Alaridos en el ventrículo de las torturas.
Se arrastra la tristeza por los túneles de las arterias.
Los errores que cometí flotan en el pantano de mis pensamientos.
Aúlla la traición en la bruma de mis ilusiones.
Alaridos en el ventrículo de las torturas.
En mi cuerpo, donde se celebraron los ritos del placer,
monjes funerarios ofician la misa del adiós.


No te llevaste solamente
tu paraguas, tus ropas
y el cepillo de dientes.
Te llevaste también
la música
el telón de las noches
y la escenografía de los días
arrasaste con todo.


Mientes.
Nada de lo que respondes es verdad.
Nada es cierto.
Lo único cierto es que te anudarías a sus pies,
que le besarías en todo momento hasta fastidiarlo,
hasta perderlo.
Haces estrategias.
Haces estrategias para que alguien no se vaya de tu lado.
Mientes para que no te abandonen.
Tienes la certeza de que tu espontaneidad ahuyenta.
Nunca más un gesto sincero.


Estaba en una fiesta.
Sabía que existían personas interesadas en hacer el amor con él,
del mismo modo que él
intentaba hacer el amor con otras.
Entonces visualizo un círculo de seres humanos,
cada uno intentando seducir a otra persona
que no era la que tenían delante,
y así hasta el infinito.


Es sábado
y es de noche
vos estás sola
yo estoy solo
abracémonos desnudos
digamos palabras excitantes
y llamémoslo amor.


No.
No conocí el amor.
Solo conocí
el exasperante deseo de que el amor existiese.


Alguien pronuncia mi nombre
la grúa detiene su acción devastadora
alguien pronuncia mi nombre
los obreros se quitan los cascos y abandonan su tarea
alguien pronuncia mi nombre
soy una demolición en suspenso.


Cuando veo mis pies
allá tan lejos de donde suceden las ceremonias,
las tomas de decisiones y los bacanales,
no puedo evitar un sentimiento de angustia por ellos.
Me pregunto si podría acercarlos
anotándome en un curso de contorsionismo y acrobacia.
Pero no creo que el resto de mi cuerpo,
tan habituado al desorden,
soporte el método y los esfuerzos.
Cuando yo muera
sé que ellos se enfriarán primero,
tendrán sus minutos de muerte solitaria
hasta que reciban la compañía final
de todo el andamiaje de mi esperpento.
Pobres pies estos pies, tuvieron peor suerte aún que mi corazón.
Lo cual no es decir poco.
Recuerdo los tiempos felices que pasé a tu lado.
Nunca olvidaré lo dichoso que fue en esos tiempos en los que,
por lo menos,
te tomabas la molestia de mentirme.


Ando por la casa buscando tus olores como cuando rastraba tus engaños.
Busco aromas. Durante la primera semana encontré un par de medias y varias ropas que dejaste tiradas. Las huelo. Las beso.
Al principio lo hacía con vergüenza. Después empecé a hacerlo con naturalidad.
Ahora
lo hago con
desesperación.
Las aplasto en mi boca y en mi nariz para extraerles
algo de lo que amé.
Sigo encontrando ropas tuyas, pero ya no huelen
Contienen apenas el recuerdo
del olor.
Con el tiempo, menos el deseo, todo se diluye.
¿Por qué no construí una jaula? ¿Por qué no tejí una red para
que dependieras
solo de mí?
Odio las teorías sobre el amor y la libertad.
Debería haberte construído una sólida jaula.
Y llevarte ahí el plato de comida, el agua y el sexo.
Serte imprescidible.
Ahora me he quedado sin tus olores
Y para colmo en el prostíbulo de mi corazón
están reclamando aumentos desmesurados.

Acerca del autor

José Sbarra (15 de julio de 1950 – 23 de agosto de 1996) es el poeta del under democrático que hizo del amor la estructura narrativa de su obra poética.

Dramaturgo, performance, autor de libros infantiles, conductor de ciclos de lectura de poesía en la ciudad, la figura de Sbarra se proyecta como el nexo cultural que une el destape tierno de la poesía posdictadura con las experiencias poéticas de la década del 90.

Sus obras de teatro plagadas de humor negro y poesía, su experiencia psicodélica y testimonial en Informe sobre Moscú (1996) y su obra póstuma El mal amor (2017) lo consagran a través del tiempo como una de las principales voces poéticas de nuestro país.

«No hay orfandad cósmica», como dice Sbarra, porque él mismo se inscribe con su poesía en una lectura del amor que atraviesa tiempos y edades.

PENSAR EL TEATRO

por Edilio Peña – Venezuela

Pensar  el teatro, es más que pensar la representación de una ilusión o un acontecimiento, un sueño o una pesadilla. Es pensar lo fantástico o lo inimaginable como una ciega certeza que nos rebasa. Por eso en el teatro no puede existir la realidad. La realidad es demasiado estrecha para la imaginación y la propia vida. Quienes intentan este desatino de ser fiel a la realidad de la idea y de los principios atávicos de cualquier pensamiento,  desprecian la representación teatral que descarna la honda mentira en que se está sumergido por los espejismos. Pero eso no quiere decir que el teatro sea un defensor absoluto de la verdad.  Porque la verdad a veces puede ser una coartada de una imposición. Quizás es un expositor de la resbaladiza  certeza. Además, el teatro es demasiado ambiguo para ser  evangelista.  Su falsedad es su virtud.  Moliere la glorificó con su comedias.

Un teatro oscuro es más verdadero que un teatro explícito. Llámese este último, social o psicológico. Los personajes de los  verdaderos dramaturgos no  deben decirlo todo;  y de hecho, no lo dicen. El diálogo es el arte supremo de la conversación que vertebra la ausencia.  El teatro se habla para develarse y revelar al otro. No por la estrategia consciente de la voluntad.  Eso crea una paradoja: La representación  de la historia no se convierte en un catálogo de imágenes. Es más, la imagen como destino final de la representación puede ser sacrificada oponiéndole la nada. Solo una mano, un objeto o un haz de luz puede ser suficiente. El ego de la representación es desterrado de la ambición promiscua del barroco teatral a que se nos tiene acostumbrado. Se  debe dramatizar en otra dimensión escénica para que el espectador abandone la razón de ser testigo y se convierta en un poseso que activa la remoción de su triada, física, psíquica y espiritual.

El verbo desencadenado es un gran peligro en estos tiempos  de incontinencia verbal.  Hablar mucho conduce al sin sentido de la reiteración. A veces hay que contraer las riendas del verbo; otras, ahogarlo en el silencio. Dejarlo sin respiración hasta que aparezca la máscara desconocida del pantano o del océano.  Y eso no lo puede lograr el naturalismo ni el realismo tradicional. El teatro sinfónico terminó con William Shakespeare. Chejov e Ibsen fatigan.  El pasado es un fardo que pesa  en la existencia de sus personajes. Cada vez que uno de ellos entra a escena,  tiene que relatar de donde viene; y en ese relato minucioso que convoca el detalle, descubrimos las motivaciones veladas o explicitas de los personajes. Leemos las obras de  William Shakespeare para enterarnos cómo son las tácticas y las estrategias de las intenciones de los personajes que luchan por lograr su magno objetivo.

Macbeth mata al rey Duncan, y al hacerlo, se percata con ello, que  ha asesinado el sueño. Desde entonces, el insomnio lo atormentará.  Ricardo  III,  el único personaje de  literatura dramática que parece no padecer de culpa, asesina  amigos y familiares  en una trepidante y macabra ascensión por entre la escalera de sus víctimas,  con el solo fin de coronarse rey con  su ostentosa ambición y  fealdad; pero en el último acto,  inesperadamente, grita lleno de terror al saberse perdido en la última batalla: “¡ Mi reino, mi renio por un caballo!”. No obstante, en siglo XX, el dramaturgo Irlandés, Samuel Beckett, escribió una pieza llamada Esperando a Godot, donde el pasado ( la motivación), la intención y  el objetivo dramático de sus personajes, no era la premisa estructural para concluir la obra como  expresión de la intriga que  tienen las  piezas teatrales tradicionales.  Beckett había descubierto el absurdo de la vida en el teatro.  Quizá porque una obra teatral cuando culmina en representación,  es para crear una gran insatisfacción en los espectadores, un desasosiego que se puede celebrar o despreciar. Los espectadores  deben marcharse   del teatro,  como si estuvieran a punto de partir de la vida, sin haberlo dicho todo. Aquí la banalidad no calza, pero tampoco la épica.

 Los personajes de la ficción teatral,  están condenados al destino de morir en cada representación, en el sentido de que nunca serán idénticos sus actos en cada nueva representación que se haga de ellos. Sin embargo,  tienen  la posibilidad de resucitar con posturas, gestos y movimientos distintos, así la representación siguiente no sea idéntica a la primera. Hay momentos en que los personajes  teatrales  son como Lázaro burlándose de la muerte. El tiempo existencial es tan breve, que no  permite al personaje  teatral eternizarse en el espacio ni en el tiempo.  Están condenados a existir  en  el fugaz  ahora, ese presente  que los desvanece, y que alguna memoria que se resiste a olvidarlos, eventualmente, los recordará en su última agonía. Ni  la persona ni  los personajes podrán escapar a esta sentencia.  A veces silente, otra brusca o cruenta. El dolor  nos lo recuerda. Nos marchamos de este mundo  sin terminar de hacer y ser completamente lo que quisimos, deseamos o soñamos ser. Algunos descendemos a la tumba,  petrificados por  aquellos secretos inconfesables. Ese es el gran misterio de la vida, que intenta reproducir el buen teatro. Quizá por ello, escribir teatro, no resulte fácil. Porque no es lo que dicen los personajes lo que importa, sino, lo que dejan de decir en la situación dramática límite que los confronta. Ese abismo que los coloca  en el vértigo que produce el vacío.

EL AUTOR INVITADO

María G. Romero – España

POEMAS



IMPOTENCIA

El mastín del dolor,
con su hambre canina,
me devora incesante
royéndome los huesos.
Orco fiero, imbatible,
acosador de flores y alegría.

En las crines del aire,
detrás de la paciencia,
en el abrazo inmenso
de mi padre me escondo.
Es inútil, no tengo
ni la pastilla mágica
ni el arte de volverme invisible
o madera de boj.

Zaragoza, 2007


ABRIL

Abril lleno de luz, de soles vivos,
atraviesa la estepa de los brazos,
cojea entre los pies, trata la lengua
como un amante fiel, como si aún
fuera un cuenco de luna; el ruiseñor
que todavía canta en sus alcores.

Pleno de algarabía en la ventana,
con suavidad él deja su presencia
en la dehesa triste de los ojos,
en el ocaso azul, los altozanos,
sobre la voz del río y el adagio
que es el cierzo callado cuando duerme.

Yo no quiero morir en primavera
con el almendro en flor y los rosales,
ni en la marcha triunfal de cuanto vive
embriagada de aromas y de trinos.

¡Oh, Dios! Cómo me duele mi corazón de barro,
mis huesos de madera, los nudos de mis dedos.


PERRA VIDA

No tengo amor ni hambre
ni siquiera
habito ya tu instinto o tu deseo.
Temo,
en esas soledades de ida y vuelta,
encontrarme tus versos o mis besos,
que me huyas
como huyen los mirlos cuando llegan
las blancas golondrinas del verano.

Solo mi perro sabe
del aullido silente de una casa vacía.
Mi perro
que a bien tuvo adoptarme
sabiendo-¡soberbio compañero!-
que tal vez no le viva doce años.

Zaragoza, 2006


3

Han volcado los cielos, los alcores,
el horizonte tiene
dos soles y tres lunas sorprendidas,
la sombra del amor tiene su sombra.

Besos de absenta dulce,
adelfas en la boca y en el alma,
entre sensibles campos que me cercan
dibuja Frida Kahlo, la mañana.

La vida es un retorno
sin fin en la memoria;
los ojos de mi padre siguen vivos,
cantan las golondrinas y retrocede el agua.
Quizás salga del sueño y no esté el arcoíris,
o ese banco de ayer de piedra entre la niebla.
El amor es así, revelación,
copa de sol y boca de ceniza.

4

Giralda soy y giro con el viento,
¿ de qué sirve oponerse a su gran fuerza?
Me engañan las esquinas donde de rostro cambian
aquellos que una vez caminaron conmigo
en estas soledades sin retorno.

No existe la tragedia a los ojos del cielo,
no hay misericordia en la luna encendida
ni error que no se pague
si pisas los confines de la niebla,
este nimbus caído en pleno mayo.
Me deslumbran estrellas
que son tan solo rocas
disfrazadas de luz o de cristales;
un falso firmamento de la inocencia absurda
que, a pesar de los años, no me deja crecer.
-Quiero encontrar de nuevo la alegría que fui-
¡Oh, victoria, victoria, la risa de la muerte!


POEMA A VIVA VOZ

Junto al hermoso fantasma de Rimbaud,
oceánico león que en la distancia
clava su arañazo de luz,
amo la pesadilla de mi tiempo.

Las flores de mercurio
que en sus sudores queman
los pétalos del alba
sin dejar de llorar entre los números,
relámpagos abstractos,
que tercamente niegan
mi cita con el heno.
Esos rostros de milenaria escarcha
con sus cabezas tristes dándose contra el cielo.

Persiguen la medida de mi fuerza,
mi amor desesperado
guardián de la locura,
este manto de sal
que tus delirios hiela.

La noche se rebela
como un titán oscuro,
condenándome todo
a la muerte más fácil.
Una revolución de lágrimas y dientes,
estrangula y socorre mi herida eternizada:
Yo soy el corazón de esta agonía.

Zaragoza, 1978



Acerca de la autora

Nació en las primeras estribaciones de la serranía de Cádiz, en Villamartín, primer pueblo de la Ruta de los pueblos blancos.

Desde el año 1966 reside en Zaragoza por motivos de trabajo de su padre.

Miembro de la tertulia del Ateneo de Zaragoza desde el año 1978.

Participación en varios libros colectivos:
“Retos Poéticos”. Madrid, 2017
“La Cárcel”. ASEAPO. Madrid, 2017
“El viaje”, relato. Colección “Picapedreros”. Zaragoza, 2017
Antología a Federico G. Lorca. “Granada”. (Soneto) Córdoba Azalea. 2018.
“A la hora del Café”. Amazon. Noruega. 2013.
53 Escritores a Ramón J. Sénder. Editorial Heraldo de Aragón.1980
Poemas a viva voz. C.S.I.C. Excma. Diputación de Zaragoza. 1999
Alijos Poéticos.Sdad. Coop. Librería General. Zaragoza 1989

ARTÍCULO

«Ese» silencio, la cesura versal como elemento connotativo

por Gavrí Akhenazi

La llamada cesura o pausa versal (el corte que se produce entre versos de un mismo poema), representa un elemento simbólico de gran importancia en la construcción de los discursos poéticos.


La cesura o pausa, no solamente es la mera separación versal que vemos cotidianamente sino que su implementación adecuada encabeza una de las funciones simbólicas más interesantes dentro de un poema: «la función del silencio».


¿Por qué? Precisamente, porque el silencio representado a través de una cesura amplia, distanciadora entre versos que se pretenden nodificar como un peso semántico dentro del discurso, permite al lector acceder de manera más reflexiva y emocional a la experiencia que el autor le ofrece, como su propia concepción de lectura para el trabajo.


La cesura no solamente sirve para conectar a los versos entre sí o acomodar sintagmas dirigidos por la esticomitia sino que ofrece también una amplia gama de posibilidades de implementación enfática sobre determinados nodos de incidencia que hacen a las ideas que el discurso trabaja.

De ahí que la cesura amplíe sus límites hacia la experiencia emocional de una estructura melódica diferente y modificadora del molde sonoro tradicional que pueden ofrecer las estructuras clásicas, donde las cesuras están prefijadas.


La implementación discrecional de las cesuras, implica también un campo de preferencia estético/simbólica, con que el autor intenta traducir espacios determinados y determinantes por su significado particular a resaltar.


Representan un llamado de atención hacia el lector, una inducción reflexiva del porqué la cesura separa, por fuera de las convenciones, tal o cuál idea dentro del constructo general.

La ruptura cesural es, sin duda, un elemento intrínseco e importante a la transmisión efectiva de lo nodal: el banderín rojo que dice al lector «eh… lector, aquí está pasando algo». Por supuesto que me refiero a cortes cesurales bien empleados en función del discurso y no a esa arbitrariedad tan notoria que rompe sintagmas de manera azarosa sin un objetivo semántico prefijado por la incidencia del nodo poético.

La llamada «morfología poética», ha variado sustancialmente desde el molde clásico decimonónico al trabajo estructural sobre él que imponen las búsquedas poéticas de reforma del mismo, como también, la irrupción del «verso libre» en el panorama de la creación ha provisto de elementos ligeros que permiten una ampliación en el uso del silencio «conceptual».

Los silencios son componentes naturales de las partituras musicales y por tanto, su extrapolación a la melódica poética funciona casi en el mismo sentido, porque aportan la pausa necesaria entre un pensamiento y el siguiente, dentro de todas sus formas: cesura propiamente dicha, cesura de fin de idea (ya sea por punto o por esticomitia) y, por qué no incluir también a las pausas estróficas en este análisis.



La cesura impone el silencio dentro de la música poética aunque un poema no goce de demasiada armonía. El silencio poético ofrece un grado de intimidad extrarrítmico que busca crear atmósferas o climas diferentes dentro de la estructura.


El silencio no se escucha. Se percibe. Y es en base a esa percepción que el lector registra algo que el poema no explicita con palabras pero que llega con la misma intensidad de ellas.

El silencio despierta sensaciones diferentes de las lógicas porque la lógica de un silencio versal implica un significado diferencial y propio e induce a las preguntas no formuladas de ¿por qué el verso está separado del corpus aunque corresponda a una misma idea?¿Qué significa esta propuesta?

El silencio poético en todas sus formas tiene su propia dimensión dentro de la lectura e incita al lector a imaginar otras climáticas no verbales que vertebran de una manera connotativa las partes formales del discurso.


El silencio bien empleado es un símbolo, otro ámbito de lo poético, aquello que indica una intención no expresa pero no por ello menos eficiente.


Sin embargo, pese a que este movimiento cesural puede adaptarse a cualquier formato clásico, parece más patrimonio del verso libre que de alguna otra estructura estrófica o sea, el apego constriñe decididamente el trabajo que puede conseguirse en el plano de las sugerencias y en el diálogo autor/lector, relegando la importancia de los silencios y su innegable peso semántico para la imaginación y la sensibilidad del que lee.

En poesía, el silencio no es inaudible.

CUENTOS PARA NIÑOS

María José Quesada

Perrario

Somos muchos dentro de las celdas esperando que vengan a visitarnos. En la mía habitamos tres: una hembra de patas cortas, color canela, hocico puntiagudo y unas largas orejas que le caen por los lados y vuelan cuando ella salta. Es nerviosa como un tic y de todos la más chic. El otro compañero es negro y robusto como el tronco de un castaño, y tan serio como un General, por eso lo llamo así. Si algo le falta es altura porque de músculo va más que sobrado. Tiene los ojos saltones y la nariz chata, no aparenta lo buenazo que es. Y luego estoy yo que, dicen mis amigos, soy algo así como un enjambre de rizos con dos aperturas para los ojos, negra como el hollín, un poco más alta que ellos y, según el General, una descocada. Reconozco que de chica rasgué dos cortinas y roí las patas de una silla pero tampoco es para tanto, ¿quién de pequeño no ha hecho trizas un juguete? En fin, que aquí nos encontramos los tres, y muchos otros más, como si fuésemos delincuentes o malhechores.

La perrita canela, a la que llamo Campanilla, entró en prisión porque sus dueños vinieron a este pueblo de vacaciones y se les olvidó llevársela de vuelta a casa. Dice que el día que se marcharon ella estaba allí también, junto al coche y al lado de las maletas, y que antes de entrar al coche se alejó un poquito para hacer un pis y cuando volvió ya no estaban. Se quedó esperando allí quietita mucho tiempo porque sabía que se darían cuenta de que ella faltaba y darían la vuelta, pero no volvieron. Afirma que aún la estarán buscando y que un día aparecerán. Yo le digo que puede ser y el general le aconseja que no se engañe más.

El General no se anda con rodeos ni fantasías. Opina que está allí porque las personas no saben lo que es la responsabilidad ni el compromiso , que somos juguetes en sus manos y no seres vivos que necesitamos un mínimo de implicación y respeto por parte de quien nos alberga en su vida. Asegura que libres podemos buscarnos la vida pero que en un hogar dependemos del dueño y lo que es peor, nos acostumbran a ello. Asegura que el suyo lo traicionó pero el General no sabe, y no se lo diré nunca, que cuando duerme emite ladriditos de alegría y mueve las patas como si corriera. Éste aún sueña con su dueño, a mí no me engaña.

En la celda de enfrente están Roco y Pergamino. Roco es un San Bernardo que no sé qué pinta aquí en el Sur. Se lo trajeron de Los Pirineos como regalo para una niña, nos contó, pero que cuando fue creciendo y creciendo, y no tenía fin, acabó siendo más grande que la casa y que entonces sus dueños empezaron con los cartelitos de «Se regala…» No funcionó. El tamaño sí importa y la última opción, y promete que con todo el dolor de corazón de sus dueños, ha sido el albergue. Que sí, que aquí nos cuidan mucho, -uffff… cuando llegan los cuidadores esto es un alboroto, pero porque hemos tenido la suerte de que nos trajeran aquí y no «al corredor de la muerte», La perrera, y no me lo invento, porque dicen los que han salido de allí, que como en un mes no te quiera alguien, te chuflan un pinchazo que te quita de en medio y te quedas listo de papeles. San Antón tenga en su gloria a tantos compañeros.

Pergamino…ay el pobre Pergamino… es un galgo maltratado. Todos lo queremos con pasión pero nos tiene terror, en verdad le tiene pavor a la vida. No quiere salir de la celda ni en esos días tan maravillosos que nos sacan de paseo grupal por el campo. Se recoge hecho un ovillo en el fondo de la celda y si quieres arroz, Catalina. Y mira que estamos todos encima de él dándole ánimos y diciéndole que todo pasó… pero no hay forma. Me da tanta pena que viva en ese cautiverio que es más cautiverio que todos los cautiverios del mundo… Lo más gordo es que fue campeón de caza. Se me ponen los rizos de punta así que no voy a contar más.

Lula es otra perrita que está puerta con puerta con la de estos dos ejemplares. Ésta es la monda lironda. En otra vida debió de ser soprano o como se diga que se dice. Ladra a todas horas, es un sinvivir. Hasta le ladra a las mariposas, ¿dónde se habrá visto semejante cosa? Está aquí por ladrina, y cuando hablamos con ella de eso… va y nos ladra.

¡Uh! Acaban de venir unas personas a vernos. Tengo que dejar de cotorrear y acicalarme un poquito que hay que mostrar buena presencia, a ver si entrando por los ojos, nos dejan llegarles al corazón.

Y no lo dije, pero yo estoy aquí porque, aparte de lo de los muebles -que fue cuando me estaban saliendo los dientes-, dejé fritas a dos cobayas – esto fue jugando- y le mordí en el culo a una persona, – ahí sí que fue a propósito porque casi no llegaba pero salté.

Pero prometo, con las patitas juntas, que ya he cambiado.


Esta tarde se han llevado a Brisca. Brisca es toda blanca exceptuando la nariz y los ojos, y tiene el pelo tan largo que cuando camina parece que flota. Es una cosa tan rara que si no lo ves no lo crees. Es, además, muy calladita. Estaba en la celda de la naranja. Es que nuestros departamentos no tienen número, tienen cada uno el dibujo de una fruta.

Brisca vivía con una mujer que un día se murió de lo vieja que era y entonces un policía la trajo aquí para que no estuviera sola en el mundo. Es muy educada y no pasa día sin que nos de los buenos días ni pasa noche sin que nos de las buenas noches. Cuando llegó estaba muy triste, normal, su dueña la crio a biberón y han vivido juntas ocho años, lo sé por Campanilla que lo oyó decir. Pero no hay nada que el cariño no arregle. La llevamos en palmitas y, esto que nadie lo sepa, El General le pone ojitos y luego disimula, pero a mí no me engaña.
Pues ya está, se la ha llevado una señora que olía de bien…olía a bondad y estamos todos muy contentos, hasta Lula, que siempre está protestando, le ha movido la cola a la señora cuando pasó por delante de ella.
Ay… de verdad, esto de estar a la espera no se lo deseo a nadie, muchas veces me pregunto qué algo tan malo habremos hecho; nada, divagaciones mías. Luego me da por pensar en los de La perrera y aún me pongo peor porque sé lo que hace una aguja. Dicen que los perros no pensamos pero no es cierto, pensamos en las cosas que puede pensar un perro, en la comida, en el paseo, en el dueño, y en el daño que nos puedan haber hecho pero no gestionamos los pensamientos. No planeamos ni imaginamos ni nada de eso, pero recordamos y entendemos las palabras y sobre todo nos dice mucho el tono de la voz que habla, y el olor de las personas y presentimos, aunque nunca distinguimos la mentira, ni siquiera sabemos qué es eso ni cómo se forma, por eso hacen con nosotros tantas cosas malas incluso las personas en las que hemos depositado toda nuestra confianza y por las que daríamos la vida. Yo, si digo la verdad, como tarden mucho en venir a por mi ya no me voy a querer ir.

En la celda del plátano, que no lo he contado aún, hay cuatro hermanos que tienen tres meses. Son todo pelusilla y redondos como ovillos. Se llaman Zeus, Gea, Sansón y Pan. Se pasan el día jugando, mordiendo los barrotes de la celda y haciendo la croqueta por los suelos. No les quitamos el ojo de encima y cuando vemos que el juego se les va de las patas les damos un ladrido y se ponen firmes, aunque les dura poco. Nos turnamos cada día para que uno de nosotros los vigile.

El que me preocupa es Pergamino, está muy delgadito aunque El General me dice que los galgos son así porque su naturaleza es correr, correr y correr y que por cosas de la aerodinámica (que no sé lo que es) tiene que ser y estar así de flaco y que todo el problema que tiene está en su cabeza. Yo le hago caso porque sabe mucho, pero aún así siempre olisqueo para saber si se lo ha comido todo. Por ahora come bien pero me gustaría verlo más gordito.

Mañana domingo vienen los voluntarios a echar una mano en la limpieza y esas cosas, para que no cojamos pulgas y todo esté limpito. Nos van a cortar las uñas, con la dentera que me da… pero es preferible porque una vez tenía una tan larga que se curvó y se me fue clavando en la almohadilla y duele… ayú cómo duele.

¡Quéeeee! Ays, que sí, que ya voy. Me toca vigilar a los ñacos que están haciendo escándalo con el plato de la comida.
Mis dulces galletiiitaaaas… ¡no metáis la cabeza ahí… grrrrrrrrr!

Una cosa tengo clara, nunca seré madre.

¡Zlassss! (lengüetazo de despedida)

La autora

LOS NARRADORES

Eva Lucía Armas

Eva-nescente

Había aprendido a huir.

Y de tanto huir le parecía pertenecer a mundos que desaparecían con solamente sacar el pie de ellos.

Había vivido en un montón de mundos que huían unos de los otros, como un complejo juego de escondidas. Mundos que se iban perdiendo en su memoria, escapando mientras se escapaba de algún otro mundo.

Alguna vez pensó que era de aire y que vivía subida en algo que no admitía la condición de enraizar más que en la valija que a veces tampoco se llevaba.

Ella terminó siendo su propia valija, que huía de la vida con los pocos recuerdos que podía meter dentro del pecho:
Su abuela Catalina, que era ampulosa y feliz como una pajarera.
Los sandwiches de queso cremoso de la tía Chichí, cuando en las huídas alguien se la olvidaba en esa casa como a un bulto que todos se niegan a portar.
El aroma profundo del poleo y la menta en un atardecer lleno de verdes.
El gesto serenísimo de la tía Elvina leyendo a Proust debajo de los sauces.
La soledad recóndita.
Los campos polvorientos del abuelo Bautista, tan infinitamente planetarios.

Era, al fin y al cabo, un bulto que manos apuradas iban dejando en diferentes oficinas que no lo recibían.

Hasta que apareció el Dueño del Paquete y lo reclamó como Cosa Muy Suya, a la que nadie, ni siquiera ella, podría volver a acceder, según le dijo cuando se casaron.

Pensó que se había olvidado la cara de su padre y no conseguía recordar la voz de su madre, cuando cargó a los dos hijos menores en el auto y huyó sin secarse la sangre de los golpes.

¿A qué mundo me escapo una vez más?

Como cuando escapaba con su madre de un inevitable momento político, en la valija, transportaba el miedo.



John Madison

Imagen de Souvick Ghosh en Pixabay

A change is gonna come

A los siete días de separarme de mi mujer me compré una botella de tequila. Recuerdo que era sábado y que yo deambulaba por la casa en bóxer como un fantasma, un fantasma que bebía a morros mientras lloraba.

Los niños y la asistenta me veían ir de un lado a otro, pero no me decían nada porque sabían que me encontraba en un estado de depresión profunda. Mi cuerpo y mis emociones reflejaban, prácticamente, los mismos síntomas que un toxicómano siente cuando el síndrome de abstinencia lo tiene pillado por los huevos.

Lo que te convierte en adicto no es la sustancia, actividad u objeto en cuestión, sino tu comportamiento ante su ausencia, la ausencia de mi mujer.

Sí, soy un adicto al amor. Pero no supe que lo era hasta que comencé mi proceso de divorcio. Abría y cerraba el día llorando por una hija de perra que me había maltratado psicológica y físicamente tanto a mis hijos como a mí.

Quedé muy descalabrado de esa relación en todos los frentes: el emocional, el físico y el financiero. Sufría ataques de pánico, alcoholismo, depresión, ansiedad, agorafobia, impotencia, recuerdos intrusivos, pérdida del control, arrebatos de ira, aislamiento, pensamientos suicidas, trastorno del sueño y pesadillas recurrentes en esos días en los que conseguía dormir, además de transfiguración de la realidad, insensibilidad ante los estímulos vitales y una profunda dificultad para mantener la atención; hecho que afectó considerablemente a mi carrera de escritor.

¿Se puede superar la dependencia emocional? Por supuesto que sí, pero primero has de reconocer que eres codependiente.

La dependencia emocional está catalogada a día de hoy por la psiquiatría moderna como adicción. Mi cuerpo es un libro abierto que atestigua todas las humillaciones que soporté durante veintisiete años: un navajazo en una pierna, rotura del radio, una cicatriz en el cráneo, dos dientes partidos por los que pagué un ojo de la cara al dentista que los devolvió a su estado original y una larga lista de marcas invisibles.

Esas son las más difíciles de calibrar ya que los sucesos que las acompañan me salen al paso sin que yo los llame y cuando esto sucede, por regla general, la herida vuelve a sangrar profusamente.

¿Tiene alguien idea de lo que es despertar en medio de la noche con un cuchillo de sushi en la garganta?

Existen muchos tipos de maltrato: el psicológico, el financiero, el físico, el sexual…Yo los soporte todos.

El maltrato está, a menudo, se asocia con las mujeres como víctimas, aunque todas las personas que hemos pasado por situaciones similares sabemos que el asunto no tiene estatus social, bandera o género.

Socialmente se juzga y condena a un hombre que no responde a un acto de tal índole con la misma moneda. Al parecer los que nos abstenemos de golpear somos menos hombres. Pero hay que ser muy hombre para mirarse ante el espejo y hacer el obligado recuento de los daños, mucho más que para ocultarlo. El gran aliado de la violencia conyugal es el silencio del cónyuge afectado. No solo sentía vergüenza de exponer mi calvario, sino que había desarrollado una simpatía hacia mi ex mujer que me llevaba a justificar su mal comportamiento.

Podría haberle soltado dos carajazos bien dados, y aquí paz y en el cielo gloria. Pero nunca lo hice por mi educación. Mi abuelo nos grabó a martillo, tanto a mí como a mis hermanos varones, Rafa y Yeyo, que el hombre que le levantaba la mano a una mujer no era nunca más un hombre. «La violencia es un camino sin retorno», solía decirnos. Pese a ello, confieso que alguna vez la abofeteé para llamarla a capítulo.

No, no podía responder a sus ataques con un contraataque efectivo, pero tampoco era capaz de apartarla de mi vida. Mi matrimonio era peor que formar parte del reparto de actores del film A Nightmare on Elm Street en versión vida real.

La historia era siempre la misma. Ella montaba un pollo, yo la echaba de casa. Luego de unas semanas ella regresaba, me pedía perdón y yo la dejaba entrar, una vez más, en mi reino. A veces se presentaba en el colegio de los niños y les pedía envuelta en sus lágrimas de cocodrila trágica que intercedieran por ella. Entonces los niños hacían de mediadores, también envueltos en lágrimas, solo que las de los niños no eran falsas.

Tantas noches llegué a hacerme la pregunta de por qué me sentía imposibilitado de romper aquel círculo cíclico de broncas y perdones que la vida me trajo de vuelta la respuesta: «Apriétate el cinturón, guaperas. Dependes emocionalmente de una psicópata».

Los psicópatas tienen un comportamiento similar al de un pitbull. Una vez pillan a la presa se resisten a abrir las fauces y como suele ocurrir con las perras suelen ser más agresivas y territoriales que los machos, y es una realidad clínicamente probada que los dependientes emocionales respondemos a una jerarquía de mando. El alfa es quien gobierna y yo no he sido jamás alfa de nada. Yo representaba en aquel guirigay monumental el papel de perro, también. Aunque mi fuerza física era superior mi cerebro interpretaba que la cadena de mando era inviolable.

Como dependiente emocional tenía auténticos problemas para lidiar con los espacios vacíos. Vivir sin mi ración diaria de sexo era un infierno. Ni siquiera era capaz ya de masturbarme porque me hacía sentir más terriblemente solo aún. Me tiraba todo el día colocado en una especie de trance provocado por el hachís la marihuana y el alcohol que anestesiaba por completo mi sensibilidad.

No me divorcié por voluntad propia, pero todo círculo se cierra cuando Dios le asigna a uno escuderos poderosos. Marie, nuestra Marie, nos sentó en la cocina de casa una mañana y le pidió a su madre que se marchara a Londres. Tanto mis hijos como mi asistenta estaban hasta el moño de las manipulaciones y de las malas pulgas de la señora.

Me llevó tres años divorciarme, fue laborioso. Cada vez que mi abogada presentaba el preacuerdo mi mujer se declaraba en desacuerdo y vuelta a empezar. A excepción de la casa familiar a mi nombre le permití quedarse con todo lo que me exigía con tal que me dejara en paz, cuenta bancaria incluida.

Aun así, no era suficiente para ella. Chapeadora profesional al fin, intentó quedarse con la custodia total del niño. No por amor de madre, sino porque vivir con el niño le permitiría mantenerse en contacto conmigo.

Por supuesto que peleé por quedármelo con uñas y dientes. A mí había que matarme para que lo entregara a cambio de mi libertad. Pero no estaba en mis planes permitir tal cosa, ya ni siquiera porque el niño me hubiera suplicado quedarse conmigo. Sé perfectamente que mi hijo y yo tenemos el mismo monstruo del armario: nuestras madres.

Como suele ocurrir en las tragedias familiares irresueltas, Dios solo cambia el escenario y el atrezzo, los personajes y el trasfondo de la escena a interpretar son los mismos: el maltrato.



Silvio Rodríguez Carrillo

16 – 50

Detrás de una de las cabeceras de la cancha de vóley, estaba el edificio con las aulas y, detrás de la otra cabecera, la cantina. Con la cantina de frente, podías ver, a la derecha un muro que iba hasta llegar a la escalera por la que subíamos a las aulas. A la izquierda, algo del patio de recreo, por el que se accedía a las escaleras que llevaban al vestuario. Sabíamos que no debíamos ir a los vestuarios salvo en los días de fútbol, cuando nos juntábamos por lo menos dos o tres cursos para jugar algún partido del calendario.

Nunca fui un rebelde sin causa, conviene decirlo, pero sí, siempre me gustó experimentar cosas, probar distintas maneras de hacer algo, aunque jamás tuve en mí el menor deseo de violar reglas sólo por joder. Por ejemplo, primero logré cambiar la misa de las 13:30 para las 17:00 porque se hacía más soportable al evitar la hora de más calor de la siesta, y luego pude eliminar su obligatoriedad al reemplazarla por charlas vocacionales que venían a darnos algunos profesionales. Ahí tenías a un abogado, o a un ingeniero contándonos de qué se trataba su trabajo, como para que supiéramos algo.

Por otro lado, debo confesar que siempre tuve problemas con mis superiores si estos no me despertaban admiración. Y digo admiración y no respeto, sabiendo bien qué estoy diciendo. Creo que nunca he respetado a nadie, aunque sí he valorado en todo lo posible a cualquier ser humano que se me cruzó enfrente. Ahora, si un superior no es gigantescamente superior no lo puedo tratar como tal y entonces, en lugar de admirable, me parece despreciable, y al ladito del desprecio, me nacen, incontenibles, las ganas de burlarme, de joderlo adrede para que sepa quién es el guacho de la manada.

Supongo que acabé de joder al padre Brítez cuando logré que –no bien terminado el segundo mes lectivo– me exoneraran de las tediosas clases de religión. Yo venía jugadísimo desde el primer curso, cuando el padre Venancio me escogió como a su favorito y me entrenó en la biografía de los santos, en la simbología oculta de los textos bíblicos y en los misterios del sacerdocio. Yo era un animal de misa y comunión diaria y mi único pecado era, quizás, decir palabrotas. Me fascinaba ser cristiano y me imagino que el padre Venancio esperaba que yo llegue a ser sacerdote.

Cinco años después, con el padre Venancio en Roma, Brítez era el que mandaba. Yo ya sabía, entonces, que nada como un profesor imbécil para domesticar el carácter de un alumno como yo. Sin embargo, en la otra mano, había profesores que darían pena si analizáramos su erudición, pero que tenían una humanidad, un don de gentes severo y gentil, que me desarmaban. El de sicología era tan flojo, el pobre, que si no fuese por mí, no hubiera podido dar. Algo similar ocurría con la profe de Sociales. A Brítez le dolía que yo dominase ciertos quilombos, estaba muy claro.

De repente fue por eso, justamente, que intuitivamente pillé que me tenía rabia y decidí cagarlo. Las notas iban del uno al cinco, uno: aplazado; dos: aceptable; tres: bueno; cuatro: muy bueno; cinco: excelente. Mi nota más baja era 4, en inglés. En todas las demás, religión entre ellas, a puros 5. Yo sabía –como se saben esas cosas que no pueden demostrarse– que Brítez iba a hacer lo que tuviese que hacer para que yo no alcance el 5 en religión. Fue por eso, ahora que lo empiezo a ver, por vanidad y por odiador de injusticias que lo cagué.

Le comencé a estropear las clases de religión mostrándole que su Biblia, la de Reina Valera, era una patada en los huevos, y que con la de Jerusalén el discurso sería más fácil de entender, aunque mucho más difícil de explicar. El golpe de gracia se lo dí después, cuando me burlé de Pablo, tratándolo de posible homosexual al que le faltaron huevos para declararse un puto cualquiera, o por lo menos un misógino al uso, y que me demuestre lo contrario, «si podés, hermano en Cristo». En el consejo de profesores decidieron ya no tenía que pasar clases de religión.

Como sea, yo sabía que no debía bajar por las escaleras hasta el vestuario, al tiempo que sentía que debía hacerlo. La gente como yo sabe que muchas veces las cosas están decididas desde mucho antes, de lo contrario, ¿cómo explicar a Vivaldi y a Richter, a Tolstói y a Cortázar? Así que pasé por el costado de la cantina y bajé la primera y la segunda escalera hasta dar con el vestuario. Estaba vacío, olía a azulejos con lavandina, a humedad limitada, a frescor deportivo. Y escuché, como un rumor, el sonido del agua corriendo por uno de los mingitorios.

Apenas me acerqué para cerrar la llave sentí la tenaza en mi nuca que estrelló mi frente contra la pared de azulejos blancos y una mano hábil, hijoputezca, tomando mi muñeca izquierda para llevarla hasta mi espalda. Un dolor físico, puro, que no conocía, se instaló en mi hombro izquierdo, mientras mi frente primero, mis pómulos después, le aceptaban su realidad de muro a los azulejos. Quien me sometía no era otro que Britez. El aroma a menta que salía de su boca jadeante lo delataba y me encumbraba, porque en mi aliento había tabaco, como oposición necesaria, quizás hasta justa.

Apalanqué mi empeine zurdo detrás del talón de su pierna izquierda y me tiré hacia atrás. Entonces él, desparramado y medio mareado –puede que al golpearse la cabeza por no soltarme– se quedó debajo, con el día boca arriba y mis ojos mirando por una milésima de segundo el terror que le ganaba la mirada. Estrellé mi puño derecho en un gancho debajo de su oreja izquierda y mi puño izquierdo contra el lado derecho de su quijada, por comenzar racionalmente. Golpeé su cráneo con mis puños muchas veces, desde el rencor hasta la calma. Desde el ruido hasta mi nombre.

Yo tenía entonces 16 años, Brítez, casi 50.

Los autores

Eva Lucía Armas

John Madison

Silvio Rodríguez Carrillo

POESÍA DE CONTRAPUNTO

Morgana de Palacios – Eva Lucía Armas

Estéreo – tipos

(romance heroico)

Ahí está mi boca desbocada
mezcla de ira ansiosa y de ternura
cegada por la luz de la alborada
y vidente de noche como un búho
insomne por la presa deseada.

Mi amor sin nombre, está, mi voz sin grito
mi corazón, mi esencia silenciada
mi muerte protectora, mi estrategia
para enfrentar la guerra programada.
Ahí está mi cuerpo imperturbable
su carne de cañón esclavizada,
ahí mi libertad de pensamiento
mi letra de cristal, mi llamarada.

Ahí está mi espera, mi renuncia.
Nada más afilado que su espada.

Morgana de Palacios



Vaya por tu emoción mi furia trunca,
mi visión sin amor, desabrigada,
esta garganta al sol y este silencio,
estas letras en rosa tan rosáceas
en las que han muerto pájaros y árboles
al son vibrante de sus asonadas.

Impotente de todo y vuelta furia
la vida se ha ensañado en nuestras alas
y ha dejado su sino el guerrerismo
que tu ira y la mía acostumbraban.

Vamos de los cansancios a las flores,
de la cocina suculenta al arma,
de la quimioterapia a los escándalos
del juzgado de turno a nuestra casa
y nos quedamos como un jazmín seco
guardadas en el libro de las causas.

Perdidas en las guerras de los otros
nos volteamos furiosas y agraviadas,
con estas manos que nacieron pródigas
de abrigar el vacío y la nostalgia
mientras la letra se nos va alejando
hacia un futuro que no diga nada.

Vos con tu rebelión, yo con mi mundo.
Nuestras almas gemelas. La distancia.

Y que nadie se meta en esta historia.
Hagan silencio. Dos mujeres hablan.

Eva Lucía Armas



Jamás una palabra más alta que la otra
ni aún cuando el poema dejara de ser arte
y transmutado en losa nos crispara los nervios
por no poder callarnos unas cuantas verdades.

No sé si hemos perdido los tiempos del amor
o hemos ganado juntas tantas guerras brutales
que se nos acabaron las razones profundas
para fundar de nuevo bulliciosas ciudades.

Todo nos pasa cuenta mientras pasa la vida,
los hombres y los hijos, los nietos, los pesares
que siempre pesan más que aquellas alegrías
que alguna vez tuvieron visos de realidades.

Fuiste para tu padre un escudo de luz
y para mí una igual de mi raza y mi sangre,
y no ha habido mujer más lúcida y leal
renunciando al sosiego por seguir adelante.

Llegaste acostumbrada a jugarte la vida
de palabra y de obra. No tuve que enseñarte.

Lejos de mí la muerte si te miro a esos ojos
que la vencieron antes de mis oscuridades,
porque no por más niña fuiste menos valiente
para pisar descalza su senda de cristales.

Hablemos cuanto quieras, tú eliges el idioma
que hay un mundo infinito de posibilidades
para dos que se entienden más allá de los versos
y pueden cerrar juntas los más siniestros bares.

Morgana de Palacios



En una macetita hoy he plantado incienso,
un esqueje arrancado que me encontré en la calle
mientras iba hacia el super con el bolso vacío
y los ojos gastados por el mismo paisaje
con que la vida ajusta esta ciudad cerrada
a los dolores varios que atesora mi carne.

Porque yo soy de carne desde dentro hacia fuera
y es de dentro hacia fuera que los dolores laten
si fisuras de lluvia ocultan mis jardines
bajo esta arquitectura de pagoda y cristales
en la que se refugian los ecos trasegados
con sus mendigos húmedos de tristeza insaciable.

Tanto romance heroico suena a marcha profana,
a propaganda persa, a contínuos timbales
con que marcan el paso los días de la angustia
y se quedan callados los de festividades,
porque solo una misma, amiga mía y larga,
sabe hasta donde lucha la vocación de madre.

Nosotras guerrilleras del acto libertario
convocamos a veces a todo el aquelarre
por mantener intacta la esperanza baldía
y sostener el día sobre los estandartes.

Porque si cabe pena en todos los caminos
nosotras somos duras y fuertes caminantes.

Eva Lucía Armas

Las autoras

Morgana de Palacios

Eva Lucía Armas

MADEMOISELLE

Cadáver exquisito en prosa – fragmentos

John Madison – Eva Lucía Armas

Mademoiselle (John Madison)

En la mar todo era lejano. Y él había olvidado, temporalmente y por su bien, los mapas de retorno hacia su isla.

En la calma chicha de las noches serenas las leguas se le antojaban eternas, insalvables, mientras el galeón se mecía solitario como un crío huérfano indefenso ante lo imprevisible de las aguas.

El capitán de aquel vaixell era el espíritu del mar. Un verdadero corsario de acero que nunca había conocido en sus carnes el miedo a la soledad de las aguas. Tal vez porque en el fondo él también se sentía tan solitario e impío como el océano. Un renegado que jamás lamentó tanto su condición de marinero errante hasta encontrar a su «ella».

No se conocían personalmente. Aunque él presumía de tener en su camarote una imagen del perfil de su mademoiselle brillando sobre el blanco de las elegantes perlas que rodeaban su cuello de cisne.

Sí.
Mademoiselle lo hacía feliz desde su exótico paraíso en el hemisferio Sur del mundo. Desde su lejanía cercana en la correspondencia. Lo hacía feliz aunque él no pudiera desnudarla en su santuario marino y amarla a plenitud como le gustaría.
Como un hombre.

Pensaba mucho en «ella», a diario. La pensaba como esa pieza imprescindible que completaba el puzzle de su hombría. Algo valioso que ya había tenido con anterioridad en otro estado físico y que perdió, bien sabía el universo por qué, en algún tramo del camino.

Si existía en el mundo una versión de los sueños que lo haciera sentir mágico era la de fabular despierto: la verticalidad de su cabello castaño sobre su espalda desnuda camino de la ducha. Su dulzor tímido y callado estallando en hecatombe, solamente, cuando ella quería y necesitaba gritar junto a ese otro hombre que él había sido en el pasado su placer. Sus grávidos y sensuales pies de geisha (siempre imaginaba a aquella mujer pragmática de cabellera alegre sin los rituales mágicos femeninos del maquillaje, con el rostro lavado y puro avanzando descalza por las viejas calles de su espalda curtida por las largas travesías) El camarote desordenado en suspiros. Sus armas y cortafuegos de mujer derribados, dispuestos a matar su soledad transoceánica.

Lo cierto es que entregaría al destino el contenido al completo del botín atesorado en sus bodegas si eso le permitiera formar parte de su olor a hembra asilvestrada, a mate, en el camarote, mientras ella escribía novelas de navegación en la noche. Todo, por quebrantar en mil nocturnos su atractiva soledad.

Ella sin él.

Fantaseaba con lo mucho que debió haberla amado en alguna de sus anteriores vidas. O quizás en todas.

«Que el destino y los dioses le concedan nuevamente tan alto privilegio a mi próxima piel marinera.
Y un galeón español para perdernos mar (cuerpo y verso) adentro».

Pensó mientras volcaba su pasión en verso encerrado en su cripta de cristal, el camarote, rumbo a Tombuctú:

«Detén los tiempos, mademoiselle.

Detenlos.

Detenlos y desnudate conmigo
sobre tu cama roja y solitaria
pensando en mis
insomnios sin tu risa.

Detén los mundos, vida de mi muerte,
que yo desataré todos los nudos ciegos
de esos amantes que no supieron nunca
que el amor vive en tu boca de poeta.

Que dios vuela en tu boca tan lejana»

Los versos.

Fue de esa manera tan antigua y almática que ambos volvieron a retomar el tren de la vida.



El libro de los sueños (Eva Lucía Armas)

Mientras esperaba que el bicicletero terminara de aplicar un parche a la cámara de la rueda trasera que había pinchado durante la vuelta a casa, a través de la vidriera atiborrada de cuadros y accesorios, Mara observaba el suave trajín del mar.

El pueblo costero que había elegido para vivir era breve. Pocas casas sobre calles de arena talcosa que se pegaba a todo como harina integral; muchos árboles que sostenían a la tierra en su sitio; médanos calmos como cuerpos que se desagregaban al pisarlos y nada de turistas, por ahora.

Con las monedas que heredara al morir su padre –un hombre rico en experiencias pero desapegado de lo material– había concretado aquella mudanza, soñada prácticamente desde la niñez.

La casa era como ella: hecha a medida con las cosas imprescindibles. Eso sí, de madera, una madera embreada y fuerte, como un casco de barcaza antigua, no de las modernas. Una casa como una cáscara de nuez muy grande y con un corazón de pulpa dulzona situado en la cocina que olía siempre a especias, a azúcar quemada y a plantas aromáticas.

Legéndero era un pueblo con mar, como el de la canción de Sabina, en el que no había un banco pero sí una taberna en la que Mara había conseguido trabajo recreando recetas extraídas del libro en que su abuela había escrito las que inventara. Legéndero era, sin ir más lejos, el pueblo de su abuela y a eso se debía el regreso de Mara a aquel lugar.

En el libro de recetas de su abuela había encontrado historias sobre Legéndero que, al igual que las recetas, Mara supuso inventadas por su abuela. Ella tenía la misma vocación: inventaba comidas y cuentos.

En el pueblo, a su abuela la llamaban Mara I y por eso a ella la apodaron Mara II. Mara I, porque ese había sido el nombre que un hombre navegante pintó en su barco. Un hombre que no fue su abuelo y que llegó a Legéndero en ese barco que tripulaba solo, como un «Solo en mi balsa».

Contaban los más viejos, casi como una leyenda urbana, que, hasta llegar a Legéndero, aquel barco no había tenido nombre de botadura. Lo contaban con alarma supersticiosa, porque todo barco debe tener un nombre para moverse entre los fantasmas del mar y no ser confundido con alguno de ellos, como le sucedió al Holandés Errante. Pero el de aquel hombre no lo tenía. Para referirse a ellos, al barco le decían «el barco» y al hombre le decían «el capitán del barco» y todos sabían de quién hablaban porque en el pueblo eran pocos y se conocían por sus nombres y por los nombres de sus barcos.

En el libro de recetas de su abuela los cuentos se relacionaban con las comidas.
Todas las comidas tenían su historia y todas las historias tenían su comida, así que de ese modo aparecían en la carta de la taberna.

Los martes, esos en los que no te cases ni te embarques, se servían Cuentini d’il capitano.

Así figuraba en el libro de la abuela de Mara II el primer plato que le sirvió un martes al capitán del barco sin nombre de botadura, para que saboreara la hospitalidad de Legéndero.

Los autores

John Madison

Eva Lucía Armas

LOS FAVORITOS DEL EDITOR

María Meleck Vivanco

Canciones para Ruanda (selección)

1.- Solitario escorpión de amarillo purísimo con erecciones que delatan la guerra

Bajo las puras rosas las palabras más áridas
resisten.
Bermellones y negras fulguran casuarinas
languidecientes
brotes y viento atribulado.
Atadas están al carruaje del sol y a la desolación
del mundo.
Acompañan postales con dinamita y gritos de locura.
Pronto desaparecen todos los ruidos del amor
mezclados
con amuletos, consumaciones y presagios.
Amor que se complace con herejías y reniega del hombre.
Piratas como dioses sellan la última puerta
como mudos sonámbulos de otro lagar oscuro.

De otro violín de infortunada melodía.

Texturas para un cielo que contrasta el furor.
Doble corona de infaustas mariposas.
Paneles que se cierran por adentro.
Huestes que ardieron antes y yacen apagadas
recubiertas de sal.
En cautiverio

Solamente nube rizada de pólvora
y ángel desvelado.
Oh aldeas enterradas y lábiles como el fino temblor.
Espacios de inocencia.
Nieve de la tristeza que encanece jardines.
Llamador insistente en la desierta alcoba
abandonada.
Aquietad remolinos.
Tened piedad en esta angustia larga.
Resistid el escombro de inauditos recuerdos
porque en Ruanda aún se abren blanquísimos capullos
y
en Ruanda todavía los espejos resplandecen.



2.- Las banderas de orfandad enrojecen la lluvia

La partición de las estrellas descubre oscuridad
sobre los mismos cuerpos que luminosos nos herían.
Agotados
estaban
de escandalosos sueños sin conocer del llanto,
esa orla de pies inertes.
Su filo de flamencos que van minando
las profundas sedas,
las mordidas de besos,
las diminutas lunas de la mano.

Deseo por deseo el borde de mis labios amaneció vacío.
Adormideras del mar retengo a mi costado.
Escalofrío de extremaunción convocan las campanas
de norte a sur.
Su oficio de follaje y negra sed se instala en las murallas.

La palabra cabeza funda banderas lejos de su templo
en ingle alucinada en rojo ardiendo.

En gotas de atormentados niños
cayendo a sobresalto,
aullando a flor de vientre
desde una comisura de relojes.
Busco el secreto manuscrito de Ruanda,
su memoria discriminada al cielo polvoriento
y el pobre Dios cruzaba la frontera
esparciendo como al acaso pétalos.

Naturalmente la víspera caían
abriendo al mundo
de par en par sus ritos para que entrara el mago de la suerte.
Y pagar su rescate de azucenas desnudo hasta el cabello
prendido de una nube como si fuera un ángel.


3.- Y el valle violento es como un matuasto al sol galopado de turbulencias

Volvía del castigo y recordé los tártagos
donde enredaba música la luciérnaga triste
con instrumentos traídos de la guerra.
La huída a contraluz .

Los corredores que sepulta la tierra gris
y el viaje de la aurora cuidan mi corazón,
mi vino pálido que noche a noche sorbe la metralla.
Yo he intentado morir y no he podido.

Desciende el viento pero nunca muero.
Quema lágrima heroica en carne que supura tanta impiedad
tanta neblina
ansiosa.
Dios proteja esta herida dulcemente

Y entorne las ventanas del espejo.


4.- Como una caracola la muerte estará en otro ruido
Como un higo de luto en otros dientes de tímido conocimiento blanco

Oscuros umbrales de revelación sostienen temerarios
la edad impura
o el cuchillo de plata a la intemperie o la caravana
que alisa arenas y castiga a los pájaros heridos

(Cuando aparece el huésped persignarse)

La inocente descubre ceremonias en los huesos de un niño.
Voraz, una cascada de nieve derretida lava de olvido su alma,
red luminosa fluye en el coro de renacuajos del diluvio
Y plegaria comulgante en el oído sordo de tristeza
sobre tristeza Ruanda inventa un corazón para olvidar.

Suelta lujurias en los ojos velados que encienden la imaginación.

Aquí
en su piel
existe una rosa cautiva perversamente lastimada.

Es
la rosa
esclava de secretas voces.

La casa desprovista de manjares y paciencia

Los fantasmas del ancestro que convocan animales,

libidinosos ruidos

y grifos de voces permanentes.

Dioses sorprendidos en el Kivú,
apostados entre mariposas salvajes.
Oscuros umbrales de revelación.
Cuerpos destruidos de tanto vagabundeo sin brújula
con su joroba verdinegra que asoma
en la claraboya de la luna.

Deseo comparecer a tu lado Ruanda de incestuosas lágrimas
efímera como tu pulso de felicidad invisible.


12.-Se oyen lejanos gritos de hombre y de mujer y el fuego que devora un monte en la dinastía de los pétalos


La enemiga cruzaba la frontera. Iba dormida la inocente abeja. La matriz de su ala sangraba hilo delgado de oro fino. Y el sacerdote pescador hilaba perlas negras cama de erizos para la novia tímida, apresurada amante de la muerte. Su noche errática. Su posada de palmeras y tigres.


Gritan los pájaros gemelos en su pareja celestial.
Aldea virgen, Ruanda. Heridas respirantes la convocan. Fulgores que salvan la oscuridad, verbenas machucadas con olor a alcanfor.

Las manos los pulmones y la sombra son el humo de un pez.
Encima de la fuente agonizan los capullos del iris.
La creación abre sin luna al mirto.

Tatuada selva maldecida.

Muertos de Ruanda descorren los visillos de sangre. Miran pueblos llenos de excusas, renegados sacramentales del azar y palpitantes sexos en la hoguera
quieren medir el peso de los huesos (que aquel que te acompaña te derrumba) mientras el alacrán del lago cuida su prole hambrienta bajo las hojas amarillas.

La enemiga cargaba su fusil. Iba dormida la inocente abeja.


14.-Papeles amarillos húmedos de oscuridad destiñen de a poco las galas del reino

En remolino de menguados ojos entro en el laberinto de la guerra
El delirio flamea junto a una nube extraña con una agorería de gallo bataraz, de ave gloriosa incursionando en causes de zozobra.
Bajo un aura salvaje donada por las flores más lujosas atraigo mi deriva de ser en el lago Kivú. En los fértiles sueños jubilosos rodeados de azahares que junio resucita.

La dimensión del luto es hálito inocente. Como un padrillo en celo descarrila sus ángeles en cavidad de piedra desollada.
Nadie le salva el corazón a nadie

Nadie le salva el beso, la herencia la memoria el trino.

Que de olvido y de brasa son los pueblos que entregan sus ovejas y corolas. En duelo desesperan a los ríos ocultos

Madres rituales que desgranan fábulas en un recodo de aquietada guerra
Lagrima mía. Efigie de medalla oxidada reconocidamente muerta, desgajada en la rama.

Ya nadie cuida el oro fuera de la tierra
Ya nadie nombra el llanto

Ediciones ibuK – 2013

Acerca de la autora

Nacida en Valle de San Javier, Córdoba, Argentina en 1921 y fallecida en Portezuelo, Maldonado, Uruguay en 2010, Meleck Vivanco publicó siete libros –número cabalístico- y dejó inéditos otro tanto desde 1956, cuando escribió su libro inicial «Taitacha temblores» hasta la publicación en 2009 de su Antología poética. Sus otros libros publicados son: Hemisferio de la rosa (1973), Rostros que nadie toca (1978), Los infiernos solares (1988), Balanza de ceremonias (1992) y Canciones para Ruanda (1999); mientras que en la lista de inéditos figuran: Plaza prohibida, La moneda animal, Balanza de memorias, Bañados de sereno, Mi primitiva cruza, Los regalos de la locura y Mar de Mármara.