LOS FAVORITOS DEL EDITOR

Réjean Ducharme

El valle de los avasallados (fragmentos)

1.-

Todo me devora. Cuando tengo los ojos cerrados, es por mi vientre por el que soy devorada, es en mi vientre donde me ahogo. Cuando tengo los ojos abiertos, es a través de lo que veo por lo que soy devorada, es en el vientre de lo que veo donde me asfixio. Soy devorada por el río demasiado grande, por el cielo demasiado alto, por las flores demasiado frágiles, por las mariposas demasiado tímidas, por el rostro demasiado bello de mi madre. El rostro de mi madre es bello sin más. Si fuese feo, sería feo sin más. Los rostros, bellos o feos, no sirven para nada más. Miramos un rostro, una mariposa, una flor, y eso nos transforma, después nos irrita. Si nos dejamos llevar, nos desespera. No debería haber ni rostros, ni mariposas, ni flores. Tenga los ojos abiertos o cerrados, estoy contenida en un todo: de repente, ya no hay suficiente aire, el corazón me aprieta, el miedo se adueña de mí.

En verano, los árboles están vestidos. En invierno, los árboles están desnudos como los gusanos. Dicen de los que están criando malvas que se comen los dientes de león por la raíz. El jardinero encontró dos toneles viejos en su desván. ¿Sabéis qué hizo con ellos? Los serró por la mitad para sacar cuatro barreños. Puso uno en la playa y tres en el campo. Cuando llueve, la lluvia queda recogida dentro. Cuando tienen sed, los pájaros detienen el vuelo y vienen a beber.
Estoy sola y tengo miedo. Cuando tengo hambre, como dientes de león por la raíz y se me pasa. Cuando tengo sed, sumerjo la cara en uno de los barreños y sorbo. Mis cabellos caen al agua. Sorbo y se me pasa: ya no tengo sed, es como si nunca hubiera tenido sed. Nos gustaría tener tanta sed como agua lleva el río. Pero bebemos un vaso de agua y ya no tenemos sed. En invierno, cuando tengo frío, vuelvo a casa y me pongo un grueso jersey azul. Vuelvo a salir, comienzo de nuevo a jugar en la nieve y se me quita el frío. En verano, cuando tengo calor, me quito el vestido. El vestido ya no se pega a mi piel, me encuentro a gusto y me pongo a correr. Corremos por la arena. Corremos y corremos. Después tenemos menos ganas de correr. Nos aburrimos de correr. Nos paramos, nos sentamos y enterramos nuestras piernas. Nos tendemos y nos enterramos de cuerpo entero. Después nos cansamos de jugar en la arena. Ya no sabemos qué hacer. Miramos, por todas partes, como si escudriñáramos. Miramos y miramos. No vemos nada de interés. Si prestamos atención cuando miramos de ese modo, nos daremos cuenta de que mirar así nos hace daño, de que estamos solos y de que tenemos miedo. Nada se puede hacer contra la soledad y el miedo. Nada nos puede ayudar. El hambre y la sed tienen sus dientes de león y su agua de lluvia. La soledad y el miedo no tienen nada. Cuanto más intentamos calmarlos, más se desviven, más gritan, más arden en deseos. El cielo se desploma, los continentes se hunden en un abismo: te quedas en el vacío, solo.
Estoy sola. Solo tengo que cerrar mis ojos para darme cuenta de ello. […]


3.-

El olmo, él es mi navío. Cuando ya no sé qué hacer, me embarco. He anudado un banderín amarillo en la copa. La vieja lata de conservas completamente oxidada que cuelga del extremo de un cordel, es mi ancla. Largad los continentes. Izad los horizontes. Ahora, partamos. He puesto rumbo hacia unas riberas más escarpadas y más volcánicas que las de este país. Voy a caballo sobre la rama más alta, por ver si unos arrecifes se desprenden de la bruma. De repente, mi pie resbala, pierdo el equilibrio. Me voy a pique. Al caer, mi cara golpea en una piedra y me desmayo, me deslizo hasta el fondo del océano sordo y oscuro. Me veo ahogada. El olmo navega a la deriva, la quilla por encima del puente. Me recupero en la cama de un hospital. Al recobrar el conocimiento, noto que algo me falta en la boca. Con razón. Me faltan los cuatro dientes de delante. No puedo parar de meterme la lengua en la herida. La Sra Einberg está en mi cabecera. Se apresura a calmarme. ¡Tus dientes van a volver a crecer! Cuando se es una niñita como tú, todo vuelve a crecer, todo se recupera, todo se cura. Tengo nueve años. Christian tiene once. Einberg y la Sra. Einberg son tan viejos como mi ancla. Van cuesta abajo, del otro lado de la colina. […]


19.-

Bajo un túmulo desmoronado del que se alza un poste de creta, en el que se retuerce una llama negra, los huesos de Iseo se pulverizan y se confunden con la tierra para hacer crecer las flores. En el salón de baile del palacio, las baronesas gordinflonas bailan con las baronesas en flor. De repente, una araña de cristal tan grande como un árbol se descuelga del artesonado, se estrella contra las baronesas que bailan con baronesas, y, deslizándose, desmembrándose y dispersándose a toda velocidad por el enlosado de azabache, hace repicar los frisos de acero con sus mil piedras saltarinas. Veo un navío cubrir una distancia de más de cien acres de océano. Estoy sentada encima, con las piernas colgando, casi en la punta de un promontorio. Es un abrupto malecón, un malecón de cristal compacto, un rompeolas monumental tallado en una canica transparente y multicolor. Lo que me arrastra en su loca deriva es un vitral tan macizo como un acantilado. Sentada entre el cielo y la tierra, sentada entre el día y la noche, instalada en una vagoneta de la noria de la cantera, sueño cosas imposibles. Soy el ombligo del mundo y, mientras que las tinieblas se concentran en derredor para crear una vez más la noche, sueño con cosas que nunca existirán. Hay un sauce llorón al otro lado del canal, justo frente al banco de piedra donde, cabizbaja, Chamomor está sentada. Miro como es debido al sauce llorón llorar, dejar arrastrar sus mustias ramas como cabellos por la corriente. Miro al sauce, desemboco en el sauce. Cuando un ombligo del mundo se vierte en un sauce, el sauce se convierte en ombligo del mundo. El sauce me mira, se vierte en mí, me traga y el ombligo del mundo se convierte en sauce. Un mar es un enorme vaso de agua. Una tempestad en el mar solo es una tempestad en un vaso de agua. Los primos permanecen escondidos entre la maleza con todas las antorchas apagadas, esperando a que oscurezca del todo.
Es el cumpleaños de Chamomor. […]


41.-

La luz ha tomado forma, está fuera del océano de aire que le daba el aspecto inmaterial de la sombra. El sol tiene rayos de hierro. La luna tiene rayos de madera, como una rueda de carreta. Estoy tranquila. Nunca más gritaré. Lo he entendido todo. Lo sé. Cuando sabes donde estás y quien eres, puedes, como el gato, abalanzarte sobre la canica que rueda por el suelo e imaginar que eres un dragón. Cuando te has comprendido, puedes correr por la inmensa esfera armilar e imaginarte que, al igual que la ardilla en su jaula, uno juega, se divierte. El único medio de pertenecerse es comprender. Las únicas manos capaces de agarrar la vida están en el interior de tu cabeza, en el cerebro.

No soy responsable de mí ni puedo llegar a serlo. Como todo lo que ha sido fabricado, como la silla y el radiador, no tengo que responder de nada. La bala que hiere al animal en el corazón no es delictiva. Fue lanzada y no podía escapar a su dirección. Un impulso me ha sido otorgado y no puedo escapar de él. Más avispada que una granizada de perdigones, puedo contrariar el impulso, aspirar a otros blancos, pero mi sangre y mis carnes están encaminados en una dirección y yo ya no puedo cambiarla al igual que una botella no puede cambiar de contenido. En otras palabras, he sido configurada como Bérénice tal como el radiador ha sido configurado como radiador. Puedo resistirme a Bérénice e intentar ser otra, pero, al igual que un radiador no puede convertirse en boa, yo no podría convertirme en Constance Chlore. Cuando has sido configurado como indiferente, mezquino y áspero, no puedes ser sensible, caritativo y dulce. ¡Cómo pueden haceros daño las cosas si no contáis para ellas! Puedes oponerte a tu mezquindad pero sigues siendo mezquino. Puede tender a lo suave pero la piedra permanece dura. A quien le gusta el vino no puede no gustarle el vino. Al que no le gusta el vino no puede gustarle el vino. Uno está configurado. Y punto. Se es radiador. No se puede cambiar nada. Los seres humanos son los únicos radiadores que pueden dar cornadas al aire contra su configuración. […]

Acerca del autor

Réjean Ducharme, hijo de Omer Ducharme, jornalero, y de Nina Lavallée, nació en Quebec en 1941 y murió en 2017. Tras la publicación de  de su primera novela L’Avalée des avalés en 1966 por Gallimard, Radio-Canadá habló con sus padres, Omer Ducharme y Nina Lavallée. Tras esta entrevista, Réjean Ducharme pedirá a sus allegados que «no contacten con los medios» . Réjean Ducharme siempre ha rechazado cualquier solicitud de entrevista y no ha aparecido en público. Apenas existen dos fotos de él, y solo unas pocas cartas raras a los diarios se publicaron al comienzo de su carrera. Vivía en Montreal . Como el escritor estadounidense Thomas Pynchon , vivió en el anonimato.

La repercusión en 1966 de su novela L’Avalée des avalés, lo estableció instantáneamente como uno de los grandes escritores quebequenses de su generación. En 1992 , Jean-Claude Lauzon dirigió Léolo , una película inspirada en el espíritu de la novela de Réjean Ducharme y en la que el personaje principal lee L’Avalée des avalés . En 2005 , la revista Time incluyó a Léolo en su lista de las «100 mejores películas de todos los tiempos» .

LOS FAVORITOS DEL EDITOR

Mia Couto

Raíz de rocío y otros poemas (selección)

Para ti

Fue para ti

que deshojo la lluvia

por ti solté el perfume de la tierra

no toqué nada

y para ti fue todo

Para ti creé todas las palabras

y todos me extrañaron

el minuto que corté

el sabor de siempre

te di voz

en mis manos

Abrí los capullos del tiempo

le robé al mundo

y pensé que todo estaba en nosotros

en ese dulce error

de todo lo que poseemos

sin nada tenemos

simplemente porque era de noche

y no dormimos

bajé sobre tu pecho

para buscarme

y ante la oscuridad

ceñirnos por la cintura

estábamos en los ojos

viviendo en uno

amante de una vida.

—-

Di mi nombre

Di mi nombre

pronúncialo

como si las sílabas te quemaran los labios

sopla suavemente

de una confianza

para que la oscuridad se sienta como

para que tu cabello este desatado

para que ocurra

porque creo por ti

soy yo dentro de ti

quien bebe la última gota

y llevarte a un lugar

sin tiempo ni contorno

Porque solo para tus ojos

soy gesto y color

y dentro de ti

me recojo herido

agotado de pelear

donde me golpeo

porque mi mano infatigable

buscar por dentro y por fuera

de apariencia

porque el tiempo que vivo

se muere de ser ayer

y es urgente inventar

otra forma de navegar

otra dirección otro púlsar

para dar esperanza a los puertos

que esperan pensativos

En medio húmedo de la noche

di mi nombre

como si fuera un extraño para ti

como si fuera un intruso

para que yo no me conozca

y sobresaltame

cuando suavemente

pronuncia mi nombre.

—-

Pregúnteme

Pregúnteme

si sigues siendo mi fuego

si todavía enciendes

el minuto de gris

si te despiertas

el pájaro herido

que cae

en el árbol de mi sangre

Pregúnteme

si el viento no trae nada

si el viento arrastra todo

si en la quietud del lago

descansó la furia

y la estampida de mil caballos

Pregúnteme

si te volviera a encontrar

de todas las veces que me detuve

por los puentes brumosos

y si fueras tu

a quien vi

en la infinita dispersión de mi ser

si fueras tu

que reuniste pedazos de mi poema

reconstrucción

la hoja rota

en mi mano incrédula

Cualquier cosa

Pregúntame lo que sea

una tontería

un misterio indescifrable

simplemente

Así que sé

que es lo que aun quieres saber

para que aun sin contestarte

sé que te quiero decir.

—-

Identidad

Necesito ser otro

para ser yo mismo

soy un grano de roca

Soy el viento que te desgasta

soy polen sin insecto

soy arena apoyando

el sexo de los arboles

Existo donde no me conozco

esperando mi pasado

anhelando la esperanza del futuro

En el mundo lucho muero

en el mundo por qué lucho nazco.

—-

La demora

El amor nos condena:

retrasos

incluso cuando llegas temprano.

Porque no es en el tiempo que te espero.

te espero antes de que haya vida

y tú eres el que da a luz a los días.

Cuando llegues

no soy más que nostalgia

y las flores

caer de mis brazos

para dar color al suelo que pisas.

perdido el lugar

donde te espero,

solo tengo agua en el labio

para saciar tu sed.

palabra envejecida,

Tomo la luna en mi boca

y la noche ya no tiene voz

si te desnuda.

se te cae el vestido

y es una nube.

tu cuerpo yace sobre el mio,

un río se riega hasta convertirse en mar.

—-

El momento antes del beso

No quiero el primer beso:

suficiente para mi

El momento antes del beso.

me quiero a mi mismo

cuerpo ante el abismo,

tierra en el desgarro del terremoto.

el labio ardiente

entre el temblor y el miedo,

el oscurecimiento de la luz

en el vaciamiento de los cuerpos:

el amor

no más tarde.

quiero el volcán

que en la tierra no toca:

el beso antes de ser boca.

—-

Te amé sin saber

en el reverso de las palabras

en la cara opuesta

de mi soledad

Yo te amé

y acariciado

tu imperceptible crecer

como carne de luna

en los labios nocturnos entreabiertos

Y te amé sin saber

te amé sin saberlo

amor

de buscarte

amando inventarte

Al borde del fuego

dibujé tu cara

y reconocerte

cambié mi cuerpo

cambié de noche

Me uní al crepúsculo y al amanecer

acostumbrarse a

a tu ausencia intermitente

enseñé los timbilas

esperando el silencio.

—-

Soledad

Me acerco a la noche

el silencio abre sus telas oscuras

y las cosas fluyen

por aceite frío y espeso

Este debería ser el momento

donde me recogería

como una puesta de sol

en el latido de tu pecho

pero la soledad

entra por mis ventanas

y en tus manos afligidas

Libero mi delirio

Ahí es cuando vienes

con tus pasos de niña

tus sueños ordenados

como dos trenzas en tu espalda

guiándome por pasillos interminables

y volviendo a los espejos

donde la vida te enfrentó

Pero los ruidos de la noche

trae tu esponja silenciosa

y sin luz y sin tinta

mi sueño se resigna

Lejos

los hombres se hunden

con el anacardo que fermenta

y la ola del alba

persiste en la reunión

a las rocas del tiempo.


—-

Destino

A la pequeña ternura

me estoy acostumbrando

mientras pospongo

servidor de daños y engaño

estoy perdiendo la dirección

en la repentina lentitud

de un destino

eso me esta siendo escaso

yo se mi muerte

tu lugar escurridizo

tu suceso disperso

ahora

que más

¿puedo ganar?


Acerca del autor

António Emílio Leite Couto, conocido como Mia Couto, nació en Beira, Mozambique, en 1955. En 1972 se instaló en Maputo, donde comenzó a estudiar Medicina. Dos años después abandonó sus estudios para dedicarse al Periodismo. Fue director de la Agencia de Información de Mozambique (AIM), de la revista Tempo y del diario Noticias de Maputo.

Su carrera literaria se inició en 1983, con el libro de poemas Raiz de Orvalho, al que siguió, en 1986, su primer libro de cuentos, Vozes Anoitecidas. Ha publicado novelas, crónicas y relatos breves. Su novela Tierra sonámbula fue elegida como uno de los doce mejores libros africanos del siglo XX por un jurado reunido con motivo de la Feria Internacional de Zimbabwe.

En 1999 Mia Couto recibió el Premio Virgílio Ferreira, por el conjunto de su obra.

En 2013 recibe el Premio Camões, el más prestigioso que se otorga a la creación literaria en lengua portuguesa, convirtiéndose en el segundo mozambiqueño en recibirlo.

LOS FAVORITOS DEL EDITOR

Salim Barakat

Dylana y Diram

Una cabra montés en una colina
y una quietud que levanta sus cuernos alto como una cabra montés.
¡No te acerques un paso más, oh guía!
No des un paso más.
Tu lugar es el lugar desde donde las raíces miran raíces
y la tierra mira su heredad.

Una cabra montés en una colina
y una quietud obstinada levantando sus cuernos alto como la cabra.

1. 

Mírala, un montón de canastas rubias bajo el destello de tu sangre, Diram. Mira cómo duerme sobre tu brazo, sus alientos caen estrella tras estrella en la inmensidad de tu virilidad. . . . ¿Recuerdas, Diram, la vez que llegaste a ella, tímido, envuelto en campos, tus pasos los pasos del día, y tu clamor el clamor de los tallos de trigo? ¿Recuerdas la tarde que brillaba en tus ojos, aquella primera tarde en que ambos saqueasteis a besos los tesoros del ser y descubristeis un extraño arroyo bajo el lecho rocoso del alma? ¡Tranquilo, Diram! Que sea lento, tu encantamiento de las cámaras de su corazón: el corazón de Dylana, que cuelga como un latido, lleno de vida.

2. 

Míralo. Una flecha rubia bajo el destello de tu sangre, Dylana. Mira cómo adorna la velada con el sonajero de su virilidad. Él sube a ti en una escalera de jadeos, como si todo el lujo fuera suyo, como si fueras las palabras con las que canta la canción del hombre. Cantadle lo que la nube le canta a su hija. ¿Bajar de tu dulzura empalagosa y revelar la seducción de las alturas, para que tomes el campo de su corazón con el trigo de tu canción? Ven, Dylana, se inclina más cerca, narrando frutas. 

3.

Mírala, mira cómo adorna tu pecho con un rayo de labios y dedos. Mírala, Diram, y verás veinte corazones debajo de su corazón. Cada corazón alucina otros veinte de su sueño. Ella es la boca del río para todo hombre ungido con el estruendo de las raíces. Ella es la filtración de horas y argumentos, el drenaje final de toda valentía o miedo. ¡No te acerques ni un paso más, Diram! ¡No des un paso más! Tu lugar es el lugar desde donde la dulzura se espía dormida en canastos rubios y de sangre. 

4. 

Levántate, Dylana, y aprieta tu suave cerco. Eres el bosque donde su linaje florecerá y las entrañas se mezclarán con las aves. Eres su ruido entre ruidos. Tú eres su alabanza, en la que todo rey ve su reino y todo camina un camino hacia el trono. Por eso, cuando se incline sobre ti, levántale el vaso de la mujer y a su pecho tembloroso levanta el escudo de tu seno, ensangrentado con las nubes y con las edades.

5.

¡Levántate, Diram! Levántate para ver desde los picos de la alegría la pendiente de la mujer que se extiende desde las máscaras deslumbrantes hasta la canción. Eres la espada de sus resortes. Contigo golpea las mañanas y se abren en anhelos y alces. Eres su aliento entre alientos y su alabanza en que el aire sumerge las flechas perdidas de los dioses. Así que cuando ella se incline sobre ti, levanta a su boca tu boca, tachonada con el canto del hombre, y a su seno tembloroso levanta el escudo de tu seno, salpicado de agua y elogios.

6.

¡Míralo, Dylana! Mira cómo recoge rayos y esparce vientos sobre tu lecho. Mira cómo cuelga de tus jadeos como una fruta. Él pone trampas para las plantas como si se jactara de ti ante la penetración del agua. Mira cómo rodea el agua como la tierra, para asediar el latido de tu corazón que se eleva, como la espuma y los barcos, del agua. . . . Cuando abra su red al final del día, esparciendo planetas y lucios, que duerma en sus profecías. Déjalo ser, Dylana. Todo lo que agarra de la tierra es un puñado de ladrillos, y todo lo que ve es la pendiente de tu pecho extendiendo sobre la tierra una sombra de noche y virilidad.

7.

¡Mírala, Diram! Mira cómo junta bandadas de gansos ante tu corazón y teje las nubes. Mira cómo se balancea hacia ti, manada a manada desde la ladera más lejana, mano a mano con el horizonte creciente. Cuando salta los arroyos, su vestido revela raíces que no tocan la tierra pero rozan las alabanzas con que se cubren todas las raíces. Si decides tomar su mano entre las tuyas, también tomas el horizonte. Si decides abrazarla, deja que las raíces te sostenga; que la fruta sorba la fruta de tu aliento; que la tierra se precipite hacia ti, desenvainando su torrente de leche y de formas.

8.

¡Despiértalo, Dylana! Despiértalo de un sueño bordado con la dulzura de mil corazones ebrios. Despierta la mañana con él para que juntos partan hacia ti, empolvados de lujuria, de opulencia, de júbilo. Porque es el último al que verás alucinando, soplando cuernos ilusorios, llenando, como un sirviente, las copas de los ahogados con heroísmo. Ahí está él, en su propio vendaval, en el antiguo ráfaga de raíces y el regocijo de lo salvaje en lo salvaje. Él es el último que verás acercarse como la señal que envía una tormenta antes de que use una armadura ensangrentada y arranque el mantel, rompiendo los platos contra el mármol del alma. Despiértalo. Despiértalo, Dylana.

9.

¡Despiértala, Diram! Despierta la mariposa de lo invisible y su libélula dorada. . . Despierta a Dylana y, con ella, despierta la casa, piedra por piedra, y luego el cuadrado alrededor de la casa y luego la valla. Y cuando termine con eso, despierte la mañana que duerme junto a la cerca. Di: Ven, Dylana, ven, seamos testigos del brillo vacilante de la tierra mientras arroja hierro y esplendor a nuestro escudo humano. Ven, descubramos nuestros pechos a los campos, temblando con la dulzura de una punta de lanza hundida donde fluyen el sésamo y el azafrán. Como si, juntos, lucháramos por ser heridas más allá de las cuales no hay heridas. Ven, despiértala, Diram.

10

¡Despiértalo, Dylana! Despierta al niño, su pecho desnudo inquieto bajo un rayo torrencial. Despiértalo, despierta el día y los panes. Llena tu balde, aquello de lo que riegas a los animales invisibles de la mañana, llénalo con capullos de seda y bayas que caen de la alabanza. Teje con seda y bayas la dulzura que cubre a Diram. Despiértalo. Despiértalo, Dylana.

11

¡Despiértala, Diram! Despierta el sueño de debajo de sus pestañas. Tírale un guijarro de tiempo, que se estremezca como el rostro de un manantial; que ella se ensanche anillo por anillo, cada uno un carruaje que lleva hierbas y senderos. Vamos, por dios, el mensajero de los valles está recogiendo ramos de niebla para los dos y esparciendo lavanda infancia sobre la cerca de la casa. Despiértala. Despiértala, Diram.

12

¡Despiértalo, Dylana! Despierta el rostro de la farsa, ese niño rodeado por las guadañas de los dioses. Despiértalo para que seas testigo del veloz rocío matinal y sus jocosas seducciones. Que sepas que el rocío relincha en la hierba y tiene cuernos que declaran herejía bonachona en suelo bonachón.

13

¡Despiértala, Diram! Despierta la pompa celestial de Dylana. Esparce sobre ella gotas de mañana y arrogancia. Si ella se extiende ante ti, despierta, obsérvala como una planta estudia a una planta. Siéntense juntos a la sombra de los besos y déjense seducir por canciones de canciones. Despiértala, Diram. ¡Despertarla!

14

¡Despiértalo, Dylana! Despierta al rayo humano, Diram, mientras desciende ebrio del esplendor del hombre. No cubras tus manos o tu jadeo sobre él. Que se extienda, claro y lucent; brotes y racimos que asoman dentro de él. Entonces lo poseerás a él y todo lo que se cierne dentro de él. Puedes elegir ser el hogar humano de plantas, nubes y alas. Dylana, ¡despiértalo!

15.

¡Despiértala, Diram! Despierta la sangre viva y sus formas amigas. Corónate para el despertar de Dylana con un suave tamborileo. Es el despertar de un trono por cuyo poder brotan las fuentes y corren los arroyos. Ella es tu arco. Con ella te lanzas -cuando te lanzas- a ti mismo en un canto final. ¡Despiértala, Diram, despiértala!

16

¡Despiértalo, Dylana! Despierta la opulencia y sus formas amables. Sé testigo de la apertura de sus pestañas sueltas pájaros. Es una vigilia que sólo la mañana conoce, captando el sonido del agua. Él es tu arco. Con él disparas -cuando disparas- tu totalidad en una canción final. ¡Despiértalo, Dylana, despiértalo!

17

¡Despiértala, Diram! Despierta Dylana, un océano de espuma. Extiende tus velas cuando se tuerce bajo el barrido de tu sangre matutina. Carga su sangre con nubes desnudas. ¡Despiértala, Diram, despiértala!

Despiértala,
Despiértala,
No quise despertar la tierra esa mañana.
La tierra tampoco quiso despertarme.

Todo pasa cuando las señales están completas, y el que se aferra al gemido partirá con la mañana. Así partieron, Dylana y Diram, y yo no quise despertar a la tierra esa mañana y ella no quiso despertarme a mí.

. . .

Regresaban y la tierra también regresaba de su cosecha diaria de mil espigas de trigo, mil llamaradas, mil intrusiones donde los valientes han abandonado sus destinos bajo una ola invisible, mil escudos resquebrajados, mil rayos mojados de besos; mil hombres dispararon a Dylana y Diram con flechas de ceniza; se inclinaron ante el silencio que esparce aguas a su paso y devasta flores.

Así partieron: un niño y una mujer.

Y yo soy un guía que condujo a dos amantes a nada más que a la dulce futilidad. Supe cuando el corazón hereda la desembocadura del río, se revela, como un secreto los cobertizos delirantes. Pero sin embargo los llevé conmigo, envueltos en relámpagos que florecen en aureolas amargas, los llevé hacia un esplendor no heredado, y allí dije: Despliega tus velas como una estrella naciente con la que la tierra escucha el golpear del agua sobre el escudo del agua. . 

. . .

Por dios, por dios, no me pidas, después de todo esto, no me pidas que narre la tierra, dirección por dirección, y el cielo, tornillo a tornillo. Soy la perpetuación de la historia, y si hablo, hablo mi corazón esparciéndose en la tormenta como urogallos de arena de cobre. ¡No! No me pidas, después de todo esto, que narre la muerte con la muerte, y que pise esta dulzura como el hueco de la pezuña de un mulo. Mire, mientras se sienta allí en una valla puesta del sol, mire y verá veinte hombres que cubren a Diram y Dylana con sus capas. Luego, una sola línea de sangre escurre descaradamente entre guijarros y paja y desaparece al borde de la desolación.

Acerca del autor

Salim Barakat es un poeta y novelista kurdo-sirio. Nació en 1951 en Qamishli, una ciudad étnica, religiosa y lingüísticamente diversa en el norte de Siria. Se mudó a Damasco a principios de la década de 1970 y luego a Beirut. En 1982, las crecientes tensiones políticas y sectarias en la ciudad devastada por la guerra lo obligaron a partir hacia Chipre, donde permaneció más de quince años. Reside en Estocolmo, Suecia, desde 1999. Ha publicado más de cuarenta y seis obras de poesía y prosa, incluidas tres autobiografías.

LOS FAVORITOS DEL EDITOR

José Sbarra

El mal amor (selección)

Te informo sobre la situación en casa, por si te interesa.
La persiana de nuestro dormitorio se trabó arriba y se niega a
bajar.
Las puertas del armario bostezan de noche y de día.
La parte de tu lado de la cama se muere de aburrimiento.
Una banda de polillas insensatas se comió la cortina azul.
Cuelgan de todos los cajones lenguas de trapo sedientas.
Las toallas que olvidaste en el suelo envejecieron
precipitadamente.
Los lirios de plástico que habías puesto sobre el calefactor
se marchitaron.
No quiero exagerar, pero alguno de los Rolling Stones
humedeció con sus lágrimas la pared donde pegaste el póster.
El cielorraso se descascara pidiendo que vuelvas.

(Y de mi corazón mejor no hablemos)


Alguien habrá acercado su mejilla
a una almohada usada por mí para recordar
el roce de mi piel?
Alguien habrá permanecido despierto
hasta la alta noche
para seguir amando con su mirada
mi egoísmo dormido?
Alguien habrá caminado por una calle desierta
de un país lejano murmurando mi nombre
llamándome?
Alguien habrá serenado su corazón
apretando contra su rostro
pequeñas ropas mías?
Alguien habrá preferido mi muerte
antes que verme
en brazos de otra persona?
Alguien habrá gozado
entrando al baño después de mí,
con el vapor,
la temperatura y los perfumes
de mi intimidad?
Alguien habrá deseado caer en el sueño
con mi sexo anclado en su
cuerpo?
O solamente yo
amé de esa manera?


No dejes que te impresionen las estrellas
que quizás estén todas muertas.
No te dejes corroer por las canciones añejas
Duerme y nada más.
Esta noche, duerme
Mañana una muchedumbre de arcoiris
con lo que haya quedado vivo, ya conoces el mecanismo
te fabricarán una sonrisa nueva.
Ahora duerme y nada más,
esta noche, duerme.
No te castigues con la luna,
ese transatlántico indiferente,
este silencio pasará
volverán las palabras como pájaros,
como veranos, como soles
volverán las palabras
y alguien dirá tu nombre.
Esta noche, duerme,
echa el ancla y duerme,
duerme.
Que por unas horas oscuras nada te hiera.
No llores, no implores, respira y duerme
concéntrate en la respiración
y acaríciate un hombro,
amate un poco y duerme
esta noche duerme.
Mañana tendrás la oportunidad,
flamante y renovada de volverte a equivocar.


Alaridos en el ventrículo de las torturas.
El amor desollado pide a gritos que le devuelvan las epidemias.
La memoria decapita los nombres de los fracasos.
Alaridos en el ventrículo de las torturas.
Se arrastra la tristeza por los túneles de las arterias.
Los errores que cometí flotan en el pantano de mis pensamientos.
Aúlla la traición en la bruma de mis ilusiones.
Alaridos en el ventrículo de las torturas.
En mi cuerpo, donde se celebraron los ritos del placer,
monjes funerarios ofician la misa del adiós.


No te llevaste solamente
tu paraguas, tus ropas
y el cepillo de dientes.
Te llevaste también
la música
el telón de las noches
y la escenografía de los días
arrasaste con todo.


Mientes.
Nada de lo que respondes es verdad.
Nada es cierto.
Lo único cierto es que te anudarías a sus pies,
que le besarías en todo momento hasta fastidiarlo,
hasta perderlo.
Haces estrategias.
Haces estrategias para que alguien no se vaya de tu lado.
Mientes para que no te abandonen.
Tienes la certeza de que tu espontaneidad ahuyenta.
Nunca más un gesto sincero.


Estaba en una fiesta.
Sabía que existían personas interesadas en hacer el amor con él,
del mismo modo que él
intentaba hacer el amor con otras.
Entonces visualizo un círculo de seres humanos,
cada uno intentando seducir a otra persona
que no era la que tenían delante,
y así hasta el infinito.


Es sábado
y es de noche
vos estás sola
yo estoy solo
abracémonos desnudos
digamos palabras excitantes
y llamémoslo amor.


No.
No conocí el amor.
Solo conocí
el exasperante deseo de que el amor existiese.


Alguien pronuncia mi nombre
la grúa detiene su acción devastadora
alguien pronuncia mi nombre
los obreros se quitan los cascos y abandonan su tarea
alguien pronuncia mi nombre
soy una demolición en suspenso.


Cuando veo mis pies
allá tan lejos de donde suceden las ceremonias,
las tomas de decisiones y los bacanales,
no puedo evitar un sentimiento de angustia por ellos.
Me pregunto si podría acercarlos
anotándome en un curso de contorsionismo y acrobacia.
Pero no creo que el resto de mi cuerpo,
tan habituado al desorden,
soporte el método y los esfuerzos.
Cuando yo muera
sé que ellos se enfriarán primero,
tendrán sus minutos de muerte solitaria
hasta que reciban la compañía final
de todo el andamiaje de mi esperpento.
Pobres pies estos pies, tuvieron peor suerte aún que mi corazón.
Lo cual no es decir poco.
Recuerdo los tiempos felices que pasé a tu lado.
Nunca olvidaré lo dichoso que fue en esos tiempos en los que,
por lo menos,
te tomabas la molestia de mentirme.


Ando por la casa buscando tus olores como cuando rastraba tus engaños.
Busco aromas. Durante la primera semana encontré un par de medias y varias ropas que dejaste tiradas. Las huelo. Las beso.
Al principio lo hacía con vergüenza. Después empecé a hacerlo con naturalidad.
Ahora
lo hago con
desesperación.
Las aplasto en mi boca y en mi nariz para extraerles
algo de lo que amé.
Sigo encontrando ropas tuyas, pero ya no huelen
Contienen apenas el recuerdo
del olor.
Con el tiempo, menos el deseo, todo se diluye.
¿Por qué no construí una jaula? ¿Por qué no tejí una red para
que dependieras
solo de mí?
Odio las teorías sobre el amor y la libertad.
Debería haberte construído una sólida jaula.
Y llevarte ahí el plato de comida, el agua y el sexo.
Serte imprescidible.
Ahora me he quedado sin tus olores
Y para colmo en el prostíbulo de mi corazón
están reclamando aumentos desmesurados.

Acerca del autor

José Sbarra (15 de julio de 1950 – 23 de agosto de 1996) es el poeta del under democrático que hizo del amor la estructura narrativa de su obra poética.

Dramaturgo, performance, autor de libros infantiles, conductor de ciclos de lectura de poesía en la ciudad, la figura de Sbarra se proyecta como el nexo cultural que une el destape tierno de la poesía posdictadura con las experiencias poéticas de la década del 90.

Sus obras de teatro plagadas de humor negro y poesía, su experiencia psicodélica y testimonial en Informe sobre Moscú (1996) y su obra póstuma El mal amor (2017) lo consagran a través del tiempo como una de las principales voces poéticas de nuestro país.

«No hay orfandad cósmica», como dice Sbarra, porque él mismo se inscribe con su poesía en una lectura del amor que atraviesa tiempos y edades.

LOS FAVORITOS DEL EDITOR

María Meleck Vivanco

Canciones para Ruanda (selección)

1.- Solitario escorpión de amarillo purísimo con erecciones que delatan la guerra

Bajo las puras rosas las palabras más áridas
resisten.
Bermellones y negras fulguran casuarinas
languidecientes
brotes y viento atribulado.
Atadas están al carruaje del sol y a la desolación
del mundo.
Acompañan postales con dinamita y gritos de locura.
Pronto desaparecen todos los ruidos del amor
mezclados
con amuletos, consumaciones y presagios.
Amor que se complace con herejías y reniega del hombre.
Piratas como dioses sellan la última puerta
como mudos sonámbulos de otro lagar oscuro.

De otro violín de infortunada melodía.

Texturas para un cielo que contrasta el furor.
Doble corona de infaustas mariposas.
Paneles que se cierran por adentro.
Huestes que ardieron antes y yacen apagadas
recubiertas de sal.
En cautiverio

Solamente nube rizada de pólvora
y ángel desvelado.
Oh aldeas enterradas y lábiles como el fino temblor.
Espacios de inocencia.
Nieve de la tristeza que encanece jardines.
Llamador insistente en la desierta alcoba
abandonada.
Aquietad remolinos.
Tened piedad en esta angustia larga.
Resistid el escombro de inauditos recuerdos
porque en Ruanda aún se abren blanquísimos capullos
y
en Ruanda todavía los espejos resplandecen.



2.- Las banderas de orfandad enrojecen la lluvia

La partición de las estrellas descubre oscuridad
sobre los mismos cuerpos que luminosos nos herían.
Agotados
estaban
de escandalosos sueños sin conocer del llanto,
esa orla de pies inertes.
Su filo de flamencos que van minando
las profundas sedas,
las mordidas de besos,
las diminutas lunas de la mano.

Deseo por deseo el borde de mis labios amaneció vacío.
Adormideras del mar retengo a mi costado.
Escalofrío de extremaunción convocan las campanas
de norte a sur.
Su oficio de follaje y negra sed se instala en las murallas.

La palabra cabeza funda banderas lejos de su templo
en ingle alucinada en rojo ardiendo.

En gotas de atormentados niños
cayendo a sobresalto,
aullando a flor de vientre
desde una comisura de relojes.
Busco el secreto manuscrito de Ruanda,
su memoria discriminada al cielo polvoriento
y el pobre Dios cruzaba la frontera
esparciendo como al acaso pétalos.

Naturalmente la víspera caían
abriendo al mundo
de par en par sus ritos para que entrara el mago de la suerte.
Y pagar su rescate de azucenas desnudo hasta el cabello
prendido de una nube como si fuera un ángel.


3.- Y el valle violento es como un matuasto al sol galopado de turbulencias

Volvía del castigo y recordé los tártagos
donde enredaba música la luciérnaga triste
con instrumentos traídos de la guerra.
La huída a contraluz .

Los corredores que sepulta la tierra gris
y el viaje de la aurora cuidan mi corazón,
mi vino pálido que noche a noche sorbe la metralla.
Yo he intentado morir y no he podido.

Desciende el viento pero nunca muero.
Quema lágrima heroica en carne que supura tanta impiedad
tanta neblina
ansiosa.
Dios proteja esta herida dulcemente

Y entorne las ventanas del espejo.


4.- Como una caracola la muerte estará en otro ruido
Como un higo de luto en otros dientes de tímido conocimiento blanco

Oscuros umbrales de revelación sostienen temerarios
la edad impura
o el cuchillo de plata a la intemperie o la caravana
que alisa arenas y castiga a los pájaros heridos

(Cuando aparece el huésped persignarse)

La inocente descubre ceremonias en los huesos de un niño.
Voraz, una cascada de nieve derretida lava de olvido su alma,
red luminosa fluye en el coro de renacuajos del diluvio
Y plegaria comulgante en el oído sordo de tristeza
sobre tristeza Ruanda inventa un corazón para olvidar.

Suelta lujurias en los ojos velados que encienden la imaginación.

Aquí
en su piel
existe una rosa cautiva perversamente lastimada.

Es
la rosa
esclava de secretas voces.

La casa desprovista de manjares y paciencia

Los fantasmas del ancestro que convocan animales,

libidinosos ruidos

y grifos de voces permanentes.

Dioses sorprendidos en el Kivú,
apostados entre mariposas salvajes.
Oscuros umbrales de revelación.
Cuerpos destruidos de tanto vagabundeo sin brújula
con su joroba verdinegra que asoma
en la claraboya de la luna.

Deseo comparecer a tu lado Ruanda de incestuosas lágrimas
efímera como tu pulso de felicidad invisible.


12.-Se oyen lejanos gritos de hombre y de mujer y el fuego que devora un monte en la dinastía de los pétalos


La enemiga cruzaba la frontera. Iba dormida la inocente abeja. La matriz de su ala sangraba hilo delgado de oro fino. Y el sacerdote pescador hilaba perlas negras cama de erizos para la novia tímida, apresurada amante de la muerte. Su noche errática. Su posada de palmeras y tigres.


Gritan los pájaros gemelos en su pareja celestial.
Aldea virgen, Ruanda. Heridas respirantes la convocan. Fulgores que salvan la oscuridad, verbenas machucadas con olor a alcanfor.

Las manos los pulmones y la sombra son el humo de un pez.
Encima de la fuente agonizan los capullos del iris.
La creación abre sin luna al mirto.

Tatuada selva maldecida.

Muertos de Ruanda descorren los visillos de sangre. Miran pueblos llenos de excusas, renegados sacramentales del azar y palpitantes sexos en la hoguera
quieren medir el peso de los huesos (que aquel que te acompaña te derrumba) mientras el alacrán del lago cuida su prole hambrienta bajo las hojas amarillas.

La enemiga cargaba su fusil. Iba dormida la inocente abeja.


14.-Papeles amarillos húmedos de oscuridad destiñen de a poco las galas del reino

En remolino de menguados ojos entro en el laberinto de la guerra
El delirio flamea junto a una nube extraña con una agorería de gallo bataraz, de ave gloriosa incursionando en causes de zozobra.
Bajo un aura salvaje donada por las flores más lujosas atraigo mi deriva de ser en el lago Kivú. En los fértiles sueños jubilosos rodeados de azahares que junio resucita.

La dimensión del luto es hálito inocente. Como un padrillo en celo descarrila sus ángeles en cavidad de piedra desollada.
Nadie le salva el corazón a nadie

Nadie le salva el beso, la herencia la memoria el trino.

Que de olvido y de brasa son los pueblos que entregan sus ovejas y corolas. En duelo desesperan a los ríos ocultos

Madres rituales que desgranan fábulas en un recodo de aquietada guerra
Lagrima mía. Efigie de medalla oxidada reconocidamente muerta, desgajada en la rama.

Ya nadie cuida el oro fuera de la tierra
Ya nadie nombra el llanto

Ediciones ibuK – 2013

Acerca de la autora

Nacida en Valle de San Javier, Córdoba, Argentina en 1921 y fallecida en Portezuelo, Maldonado, Uruguay en 2010, Meleck Vivanco publicó siete libros –número cabalístico- y dejó inéditos otro tanto desde 1956, cuando escribió su libro inicial «Taitacha temblores» hasta la publicación en 2009 de su Antología poética. Sus otros libros publicados son: Hemisferio de la rosa (1973), Rostros que nadie toca (1978), Los infiernos solares (1988), Balanza de ceremonias (1992) y Canciones para Ruanda (1999); mientras que en la lista de inéditos figuran: Plaza prohibida, La moneda animal, Balanza de memorias, Bañados de sereno, Mi primitiva cruza, Los regalos de la locura y Mar de Mármara.