Idella Esteve – España

Poemas escogidos

Roca

No te hablaré de la tristeza,
no hace falta.
Pero verás mis lágrimas
y sentirás,
como si fuera tuyo,
mi corazón latir despacio
mientras que las palabras
se emitirán a golpes, balbucientes.

No necesitarás
un cielo gris de nubes, ni aguaceros
que te calen el alma,
ni mis negras tormentas
para saber de toda esa empatía
que antaño fui buscando.

Te negaste mil veces a entender mis razones.
Por qué vienes ahora
tratando de mostrarte complaciente.

Se te ha pasado el tiempo.
Ni te quiero conmigo ni me valen enmiendas,
deja mis aflicciones, que sé cómo curarme.
Tengo claro que nunca
me moriré de amores:

No se muere la piedra
aunque se abra y fracture,
y yo soy pura roca que soporta el embate.



Duermevela

En el techo de mis noches
se fundieron las estrellas
como si fueran bombillas.
Está la bóveda negra
y escondida está la luna
entre el tibio duermevela
en que he entrado últimamente
para escribir mis poemas,
nunca llegando a dormir
jamás estando despierta,
querer decir tantas cosas
y tan huidizas mis letras.

Dónde fueron a volar,
por qué se muestran ajenas
a todo mi sentimiento
sea de alegría o pena
que ilumina las pupilas,
que obscurece las ojeras.
En dónde habrá de encontrarlas
mi aspiración quijotesca
de escribir un arco iris
con toda luz en ausencia
y arañándome los ojos
con mis esfuerzos por verla.

Las letras se me fugaron
mas quedan palabras sueltas,
aunque pocas, importantes,
que hablan de amor y de guerra,
de odios y de perdones,
de dulzores y de agrezas,
del ego y de grandes logros,
también de cosas pequeñas.

Buscaré un electricista
que se suba a la escalera
y de la noche en el techo
de estrellas y de cometas
arregle todas las luces
para que las letras vuelvan
y pueda escribir mi arco,
aunque sea en línea recta,
fulgente con sus colores
que ilumine las dehesas,
y los mares y los ríos,
las plazas y las callejas.

Y si no puede arreglarlas
que me encienda mil candelas
y brillen los candelabros
que acaben con mi ceguera.



Los árboles mueren de pie

Sigo en pie,
aguacerado árbol
vertiendo
las cristálicas gotas por mis ramas.

Sigo en pie, ya sin hojas.
Soy un seco madero a pesar de la lluvia
que ha inundado septiembre de nostalgia y recuerdos,
amenaza de otoño, cuando emigran los pájaros.

No ha de haber una lápida que recuerde mi nombre,
ni flores a mis plantas.
No ha de haber epitafio que recuerde mi lucha
si no hay cuerpo yacente.

Sigo en pie.
Porque es así
como mueren los árboles.