Textos Exclusivos, por Rosario Alonso

Me gusta el olor que desprenden los libros polvorientos. Estar rodeada de ellos me proporciona una inexplicable sensación de calma. A la luz de los fluorescentes que iluminan este sótano, convertido en almacén de libros, ojeo un ejemplar único, del que he tenido noticias hoy mismo.

Juan me telefoneó esta mañana para anunciarme su último y más extraordinario descubrimiento: el ejemplar de un libro del siglo XVIII, escrito en castellano antiguo pero de autor desconocido y contenido aún por descubrir. “Textos Exclusivos”, se titula.

Tardé poco en vestirme y, de forma precipitada, me dirigí a la librería de mi amigo. Tuve que llamar a la puerta, porque el local estaba cerrado. Vi a Juan en el interior, visiblemente nervioso pero con una alegría que se desbordaba por momentos.

—¡Es lo mejor que he encontrado en mi vida de librero! –me dijo nada más penetrar en el local– De hecho, no lo he puesto a la venta porque me lo pienso quedar. Lo siento —su lamentación fue un mal presagio. Yo pensaba ofrecerle un buen precio si el ejemplar mere-cía la pena.

A continuación descendimos por unas estrechas escaleras al polvoriento almacén que Juan, a lo largo de muchos años, había convertido en una biblioteca improvisada, aunque reservando un pequeño hueco para situar una mesa y una lamparita y convertir aquel rincón en un despacho.

Las paredes estaban cubiertas de estanterías y en sus baldas se acumulaban enciclopedias completas, volúmenes sueltos, manuales de todas las ciencias y artes, novelas rosa, negras… de todos los colores. En algunos lugares, a falta de estantes, los libros, acumulados unos encima de otros en altos rimeros, se convertían en columnas de papel que quisieran sostener el bajo techo.

A la luz de la lamparita sobre la mesa de roble del almacén, Juan me mostró el lujoso ejemplar causa de nuestro precipitado encuentro.

—Sólo he tenido tiempo de leer la primera página y, curiosamente —me dice—, el libro empieza con una cita entre un librero y una clienta para hablar de un manuscrito que el primero ha encontrado. Es una sorprendente casualidad —añade tras descubrir en mi rostro una muestra de asombro.

Comienzo a leer y he de darle la razón. Paso la página y las palabras escritas, hace siglos, reviven para infundir cierta aprehensión de la que no sé el origen. Juan, como siempre se retira con cualquier excusa y sube. Sabe que me gusta ojear estos libros a solas, porque hay placeres que sólo se pueden saborear en la soledad.

Así, bajo la luz amarillenta, no puedo contener mi impaciencia. Obvio la encuadernación de cuero negro, sus letras doradas, desgastadas por el tiempo y el olvido. Y leo. Y en la lectura me sumerjo en un pasado que se hace presente, como si el autor o autora de este libro estuviese a mi lado, observando cada movimiento, cada gesto, cada silencio.

De pronto, algo salta junto a mí. Me echo a un lado, atemorizada, e imagino que alguna rata está allí delante, dispuesta a clavarme sus colmillos. Solo encuentro un gato canela que maúlla cansinamente. Tan asustado como yo, vuelve sobre sus patas y sale por el único ventanuco del almacén. Riéndome de mí misma cierro la ventana y vuelvo a la lectura inacabada. Para mi sorpresa, en sus lí-neas encuentro a la mujer y al gato, contados con tal minuciosidad de detalles que pareciera que el autor estuvo presente apenas unos minutos antes, en esta misma habitación.

Una inquietud creciente me invade. Quizá debería dejar la lectura, subir con Juan y olvidarme de todo. Hay momentos en los que la mente ha de limpiarse de los aires mefíticos que la enturbian, sobre todo si se ha respirado el polvo de muchos años.

Pero no, sigo. Al continuar desbrozando el camino literario las alarmas se encienden. ¿Casualidades o causalidades?  En el libro, una novela cae de un estante y provoca un gran ruido al golpear contra el suelo. Escucho. Sólo tengo tiempo de atisbar, entre las penumbras que rodean el halo de luz. Hay un libro sobre el suelo. Siento mi sobresalto. El libro, este libro extraño que Juan ha dejado en mis manos, es más de lo que parece, concluyo y mi corazón se acelera.

Avanzo en la lectura, cada vez más ofuscada por descubrir entre aquellas páginas la clave de tantas casualidades, y cada vez más nerviosa al releer la historia de todo lo que me ha acontecido y sigue acaeciendo en cada minuto de esta mañana llena de enigmas.

Mi lógica de las cosas me hace dar un paso más. Me digo que por qué esperar tanto tiempo si puedo saber cuál es el final. Así que paso todas las páginas de golpe y llego hasta la última. No me atrevo a leer.

Asustada estoy, pero la curiosidad me obliga a una mirada sobre el último párrafo de la página: “Y entonces ella escuchó el sonido de las pisadas que descendían por las estrechas escaleras. Eran pasos lentos, furtivos, como si el que los provocase arrastrara los pies al darlos.  Ella, entonces, levantó la mirada del libro que leía y giró la cabeza…”

Acababa la página cuando escuché, con una nitidez aterradora, esos pasos lentos, pausados, cautelosos que, procedentes de la escalera, se acercaban a mí.

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